Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.

Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.


Rengoku estaba apoyado contra el tronco de un árbol, descansando brevemente tras su última misión. Esa vez les había tocado ir a un pueblo cercano a la montaña dónde Sumiko y Nezuko se habían criado, así que, tras pedírselo ambas, decidieron hacer una parada ahí, para visitar las tumbas de su familia.

Era noche cerrada y las dos chicas estaban arrodilladas frente a estas. Sumiko lloraba en silencio, pensando en el futuro que les había sido arrebatado. Si las cosas hubieran seguido como siempre, ella posiblemente ya hubiera aceptado una de las propuestas de matrimonio de los chicos del pueblo.

Pero eso ya no importaba, pensar en lo que podría haber sido no tenía sentido. Su presente y su futuro era cazar demonios y matar a Muzan Kibutsuji. Haría que su hermana volviera a ser humana también, pensó mientras abría los ojos y miraba de reojo a Nezuko.

Se levantó, y la demonio la imitó. Las dos se sacudieron con una mano la nieve que se les quedó en la ropa y se acercaron a Kyojuro.

—Muchas gracias —dijo Sumiko, consciente del desvío que habían tenido que dar para ir allí.

—No hace falta que las des.

Los tres se dieron media vuelta y poco a poco se fueron alejando de la vivienda. Nezuko se giró y la contempló un segundo antes de perderla definitivamente de vista. Pero no tardó en retomar la marcha y ponerse al lado de su hermana, agarrando su mano derecha y sonriendo un poco.

Lo importante era que seguían juntas, pensó.

Rengoku encabezaba la marcha. La misión había sido un éxito y Sumiko se había hecho cargo rápido del demonio, antes de que el número de víctimas fuera en aumento. Si seguía a ese ritmo, el Pilar esperaba que pudiera subir pronto de rango.

Esperaba que viviera lo suficiente para sucederle como Pilar de las Llamas. Se colocó bien la capa, era otoño y, en esa zona de la montaña, se notaba bastante frío. Así que lo mejor era irse de ahí cuánto antes.

La escuchó suspirar con cierta resignación cuando el cuervo de ella se acercó y comenzó a asignarle una nueva misión.

—Llegar a Tokio nos tomará más de una semana —comentó cuando el ave terminó de hablar y, al girarse y mirarla, se percató de su nerviosismo. —¿Ocurre algo?

—No, no es nada —mintió, sin demasiada convicción, la joven. Rengoku la observó, no creyendo ni por un segundo aquello, con el tiempo que llevaban viajando juntos, había notado que, cuando Sumiko mentía, evitaba siempre mirarle y se mordisqueaba el labio inferior.

— ¿Seguro?-la presionó un poco —.Si es alguna herida podemos parar en alguna casa de glicina a que te lo curen.

—No me gustan las ciudades muy grandes —confesó la chica, al rato.

Rengoku asintió, serio —.Puedo entender que no te agraden, pero, es mejor que te vayas acostumbrando a ese tipo de cosas.

Los cazadores de demonios tenían que estar listos para trabajar en cualquier tipo de terreno y situación posible.

—Lo sé.— Fue la escueta respuesta de ella. Esperaba pasar sólo el tiempo necesario y que no fuera mucho peor que Asakusa, aunque no se hacía demasiadas ilusiones sobre eso último.

Descender la montaña les llevó más de una hora, y Rengoku estaba agradecido de contar con ambas, pues conocían a la perfección la dirección que había que tomar.

—Vendíamos carbón a los pueblos cercanos —explicaba Sumiko, sonriendo con nostalgia al recordar esos tiempos —.Al ser la mayor, yo solía encargarme de eso.

— ¿Y cómo te hiciste esa marca en la frente? —preguntó el Pilar con curiosidad. Llevaba tiempo deseando hacer esa pregunta, pero nunca se había atrevido por no parecer descortés. Ahora parecía el momento indicado.

Sumiko se llevó la mano ahí antes de responder —.Nací con ella —comentó— mi padre también tenía una similar y, según me contaron, mi abuelo igual.

—¡Qué curioso!— Era la primera vez que escuchaba algo así. Siguió andando mirando al frente, sonriendo ligeramente.

Desde que Senjuro había abandonado la casa familiar, sentía que se había quitado una preocupación de encima. No sabía qué pasaría con su padre, pero, secretamente, esperaba que eso sirviera para que se diera cuenta.

Sumiko le miró curiosa, pero no comentó nada sobre su cambio brusco de humor.


Douma se sentó frente a Kanae, sorprendido por lo que ella acababa de decirle. Aunque la idea no le resultaba del todo desagradable.

—No es mala idea —comentó —pero, ¿a qué Luna Inferior querrías enfrentarte?

—Quería escuchar primero tu opinión antes de nada —admitió ella y la sonrisa del demonio se ensanchó. Se llevó la mano derecha a la barbilla, y se quedó pensando lo que sabía sobre las Seis Lunas Inferiores.

— La Primera y la Quinta gozan de especial simpatía de nuestro señor, así que no te aconsejo solicitar enfrentarte a uno de ellos. —No se había interesado demasiado en ellos, así que apenas tenía información.

—Entiendo, ¿sería buena idea ir a por la Sexta? —quiso saber Kanae. Quizá fuera más prudente empezar por el puesto más bajo y luego ir escalando.

—No puedo darte mucha información, apenas lleva cuatro meses en ese puesto. Pero, creo que Akaza comentó que su técnica de sangre no era la gran cosa.

—Por si acaso seguiré haciéndome más fuerte —decidió ella. Douma asintió.

—De todas formas, aún tienes tiempo, no creo que él acepte el desafío tan pronto —le confesó. Era necesario que primero Muzan le diera el visto bueno y luego el contrincante aceptase el desafío.

—¿Existe la posibilidad de que se niegue a enfrentarse a mí?

—Poco probable, a menos que quiera parecer un cobarde. Pero no te preocupes, se lo haré saber a nuestro señor cuánto antes.— Douma dudaba de que se fuera a oponer ante la posibilidad de tener a otro antiguo Pilar entre las Doce Lunas.

Kanae asintió, esperaba que fuera pronto. Hasta entonces se aseguraría de alimentarse todas las noches sin falta.

Douma la observó caminar hacia la puerta. Había hecho bien en convertirla cuando estaba al borde de la muerte, de haber tardado un poco más habría llegado la otra cazadora y no hubiera podido. Aunque se había asegurado de dejar objetos personales de Kanae para que la dieran por muerta.

—Estoy seguro de que lo conseguirás, Kanae, querida —dijo antes de que ella saliera de la habitación.

—¿Tanta confianza tienes en mí? —Cierto escepticismo teñía sus palabras, aunque el otro no se lo tomó mal.

—Conozco tus habilidades.-Fue su respuesta. Ella asintió y tras despedirse con un gesto se marchó.


Suma estaba intranquila, llevaban ya meses ahí infiltradas pero no conseguían averiguar nada y las muertes seguían produciéndose.

Lo peor era que no seguían un patrón específico y, en muchos casos, no podía decir con certeza que el causante fuera un demonio. Y el pasotismo de las trabajadoras de la zona tampoco le gustaba.

Eran expertas en hacer como que no pasaba nada, casi parecía que les daba igual y seguían con su vida sin más.

Había conseguido mejorar su posición hasta ser una oiran, al igual que Hinatsuru y Makio. Intercambiaban cartas con Tengen cada quince días, aunque procuraban ser escuetas y utilizar código morse para evitar que, si estas eran interceptadas, no pudieran leer su contenido. Cualquier preocupación era poca cuando se trataba de algo así.

Se asomó por la ventana y contempló a la gente que paseaba por las calles. Que fuera un barrio con vida nocturna complicaba todo.

5 meses y sin pista alguna, se mordió el labio. Tengen comenzaba a sentirse inquieto también. Tenía que haber una forma de hacer que el demonio se revelase a sí mismo, pero, ¿cómo?

Nunca antes uno había conseguido darles esquinazo por tanto tiempo. Y sabía que eso comenzaba a sacar de quicio a su marido.


Shinjuro suspiró. Había perdido la cuenta de los días que habían pasado desde que sus dos hijos se marcharon. Tampoco es que pusiera interés en saberlo, todos los días eran iguales.

Conocía lo suficiente al mayor como para saber que no iba a desentenderse por completo y que, lo más probable, era que le siguiera visitando y mandando parte de su salario a casa.

Sonrió con cierta amargura al pensar en sus dos hijos. Le ponía enfermo recordar el empeño que ponía Kyojuro siempre en salvar vidas. ¿Acaso importaba? Los demonios siempre tenían las de ganar y no era raro que el enfrentamiento se saldase con la muerte o transformación del cazador en demonio.

Shinjuro había perdido la cuenta de las veces que se había visto obligado a matar a alguno de sus aliados antes de que aquello llegase a su fin. Si cerraba los ojos aún podía escuchar las súplicas de esos desgraciados pidiendo la muerte antes de perder por completo su humanidad.

Ignoraba si Kyojuro, en sus seis años de servicio, se había topado con algún escenario así, aunque tampoco era que hubiese puesto especial interés en saberlo y, de haber ocurrido, Kyojuro jamás lo llegó a comentar.

Suspiró, echaba tanto de menos a Ruka… . ¿Por qué había tenido que morir ella? El que había tenido un trabajo peligroso siempre había sido él, nunca ella. El destino había sido cruel con ellos y, en muchas ocasiones, Shinjuro pensaba que era culpa suya.

Se recostó bien en su futón y se quedó pensativo. Quizá, ahora que sus hijos le habían dado la espalda de esa manera, fuera momento de reunirse con Ruka. Sí,…no era mala idea, pensó el hombre.


Kyojuro se tumbó en la cama tras dejar cerca suyo la katana. Habían recorrido bastante terreno y se agradecía ese descanso. Aunque todavía les faltaba para llegar a la capital.

Hacía tiempo que no pisaba Tokio, pensó mientras cerraba los ojos e intentaba conciliar un sueño ligero. No estaba realmente cansado, estaba acostumbrado a recorrer distancias más largas sin descansar, pero tenía que adaptarse a Sumiko.

Ella aprendía rápido, se dijo, tenía talento y el joven hombre estaba cada vez más convencido de haber tomado la decisión correcta aquel día nublado. Y esa misión en Tokio la ayudaría a acostumbrarse, si no superaba cuánto antes la desventaja que su agudo olfato suponía en ciudades así, estaría perdida.

Sus pensamientos se desviaron entonces a su hermano. Senjuro estaba creciendo a ritmos acelerados y Kyojuro juraba que cada vez que lo veía estaba más alto y era más maduro. Y estaba seguro que, bajo el ala de Shinobu, le iría muy bien.


Sumiko seguía callada a Rengoku, según le había dicho antes el Pilar, les faltaba un día escaso para llegar a su destino. Y la chica iba sintiendo como el estómago se le iba haciendo un nudo por el nerviosismo.

Sentía vértigo ante el hecho de estar en la capital, pero Rengoku contaba con ella, no podía mostrar miedo. Además estaba Nezuko, no podía dejar que ella le viera asustada.

— Gracias a los informes de la policía hemos podido cuadrar la zona en la suele actuar el demonio —le informó Kyojuro, serio. Tenía su patio de caza y rara vez mataba fuera de este.-No creo que sea especialmente poderoso. Por lo que he podido deducir, debe tratarse de alguien convertido hace poco.

Esos demonios solían ser descuidados y no se molestaban en ocultarse realmente, eran bastante fáciles de detectar y de eliminar.

—¿No deberían evacuar esa zona? —preguntó Sumiko. Eso sería lo primero que ella haría en esa situación.

—No es tan fácil, sólo conseguiríamos que el miedo fuera a más. Es mejor llegar cuánto antes y acabar con el demonio para que puedan vivir con normalidad.

—Entiendo.

—Nos quedan un par de días para llegar, iremos directamente hacia allí y esperaremos a que aparezca.-le indicó él y la joven asintió.

—De acuerdo.

—¡Bueno, vamos! —dijo él acelerando un poco, obligando a la chica a ir más deprisa. Sumiko corría lo más rápido que podía. Aún le impresionaba las velocidades que podía alcanzar.


La capital era peor de lo que hubiera podido imaginar. Habían llegado temprano por la mañana y la cantidad de gente que andaba por la calle resultaba, a ojos de la chica de pueblo, exagerada.

Instintivamente agarró la capa de Rengoku con fuerza y trató de relajar su respiración. Los olores y los ruidos la aturdían, pero tenía que acostumbrarse, se dijo, obligándose a sí misma a alzar la cabeza. Al hacerlo se topó con la mirada preocupada de su maestro.

—Estoy bien —dijo, más para convencerse a sí misma que al otro. Rengoku asintió y permitió a la chica que siguiera agarrada a él. Así se aseguraba de que no se perdiera.

—Por aquí, deberíamos llegar en menos de una hora —le indicó mientras comenzaban a andar esquivando a la gente.

—¿Ha estado alguna vez en Tokio? —quiso saber ella.

—Varias veces, y debo decir que es una ciudad preciosa, sobre todo de noche.

—¿Siempre hay tanta gente?

—¡Claro! ¡Por algo es la capital!

La chica se iba fijando en los distintos letreros de las tiendas y, mentalmente, trataba de leerlos. Era algo que le gustaba hacer desde que, gracias a Rengoku, había aprendido a leer y a escribir.

Le debía mucho ya y haría lo que fuera para no defraudarlo. Si no hubiera sido por él, Nezuko no estaría con ella, pensó. Se esforzaría al máximo, se prometió a sí misma.

Rengoku sonrió ligeramente al ver que la determinación volvía a brillar en la mirada de su sucesora.


Shinobu depositó el ramo de flores frente a la tumba de su hermana. Aunque ahí no hubiera más que un sepulcro vacío, pues no pudo encontrar el cuerpo de Kanae, algo que, años después, seguía atormentando a la mujer.

Lo único que le quedaba era el haori que siempre llevaba puesto y la horquilla con forma de mariposa que usaba Kanao.

De nuevo, como tantas otras veces, sintió el odio que burbujeaba dentro de ella, amenazando con salir y romper la máscara que Shinobu, con mucho empeño, había creado para esconder sus verdaderos sentimientos.

Quería crear el mundo que Kanae soñó, sentía que ahora, con la existencia de Nezuko Kamado, no era algo tan disparatado. Un mundo dónde humanos y demonios pudieran convivir en paz.

Trató de forzar su sonrisa, pero no fue capaz. Aunque al menos estaba sola y nadie vería eso.

Se incorporó y, de nuevo, juró en silencio ante la tumba encontrar y dar muerte al demonio que le arrebató a Kanae. Aunque fuera lo último que hiciera, se aseguraría de ello.

Dio media vuelta y se encaminó a la salida. Sólo cuando estuvo ahí volvió a sonreír, volviéndose a poner aquella máscara. Tomó el camino que iba hacia la izquierda y se dispuso a volver a casa. Kanao, Senjuro y las demás debían estar esperándola.

Al pensar en ellos, por un momento, su sonrisa se hizo más natural y sincera, aunque no duró mucho tiempo.


Kanao esperaba nerviosa en la sala de entrenamiento a que llegase Shinobu. Si hubiera sabido a dónde iba, la hubiera acompañado, pero la mayor se fue sin decir nada.

Miró hacia la puerta cuando esta se abrió y vio que se trataba de su maestra. Sin pensarlo dos veces se levantó y dio un par de pasos hacia ella.

—Shinobu… . —Kanao era la única que, en la Mansión de las Mariposas, llamaba a la Pilar de los Insectos por su nombre.

—¿Ocurre algo? —preguntó la mujer menuda mientras cerraba la puerta.

—Me hubiera gustado acompañarte antes a visitar el cementerio, ¿por qué no me avisaste? —Kanao era consciente de que sus palabras sonaban como una recriminación.

Shinobu se quedó mirándola sorprendida, era la primera vez que Kanao hacía algo así. No era la primera vez que visitaba sola la tumba, pero la más joven nunca había protestado. Aliviada de que, poco a poco, fuera exteriorizando sus emociones, la abrazó.

—Lo siento-se disculpó —no ha estado bien por mi parte no preguntarte si querías acompañarme. La próxima vez iremos las dos, ¿vale?

Kanao asintió y se relajó algo, se sentía mejor ahora que lo habían hablado. Shinobu se apartó de ella y retrocedió un par de pasos.

— Bueno, ¿empezamos el entrenamiento? —preguntó la Pilar de los Insectos, de buen humor.

Kanao volvió a asentir y se colocó en posición. Con Shinobu solía trabajar la velocidad y los reflejos, aunque aún no era capaz de igualar el nivel que la adulta tenía. Dentro de los Pilares, Shinobu era la única que, dada su estatura y escasa fuerza. no podía decapitar a los demonios, aunque lo compensaba con sus conocimientos sobre venenos y su velocidad.


Kokushibo observaba al cazador de demonios que, nada más verlo, se había arrodillado ante él, pidiendo clemencia. El demonio había ido a un poblado a cazar, una aldea de pescadores y, al salir de una de las casas, se había topado con aquel chico.

Era realmente patético, ¿a eso se había visto reducido el Cuerpo de los Cazadores de Demonios?

Se detuvo ante él, serio.— ¿Por qué debería perdonarte la vida? —preguntó y el chico comenzó a temblar, tratando de pensar, con desesperación, qué decir.

—Quiero ser más fuerte —reconoció. Tenía la voz pastosa y hablaba de manera atropellada, haciendo que el desagrado del demonio fuera en aumento y llevase la mano izquierda hacia la katana que tenía, listo para desenvainar.

—¿Y qué?— Eso a él le daba igual. El chico comenzó a temblar cuando oyó cómo el otro le apuntaba con su espada-¿Acaso me estás pidiendo que te convierta en demonio?

El chico tragó saliva, si esa era la única manera de seguir con vida, no dudaría. Sin atreverse aún a levantar la cabeza, asintió.

—¿Y qué aportarías? Ni siquiera eres un Pilar —comentó, con desdén, Kokushibo. Su traición no supondría un golpe fuerte al Cuerpo. Dudaba siquiera que se fuera a notar.

—¡Hay alguien de quien quiero vengarme! —Estaba ya desesperado, pero eso pareció detener al demonio, así que optó por seguir por ese camino.-Es alguien que sólo se interpone en mi camino.

Kokushibo detuvo el filo de su arma a escasos centímetros de su cuello. —¿Y por qué debería ayudarte? Eres de los rangos más bajos, no creo que merezca la pena.

— ¡Si dispongo de algo de tiempo estoy seguro de que podría llegar a ser miembro de las Doce Lunas!

El demonio se quedó pensativo —.Cuatro meses, si dentro de ese tiempo no lo has conseguido, yo mismo te daré caza y acabaré contigo.

Retiró el arma de su cuello por fin y el joven comenzó a respirar con cierto alivio. Kokushibo le indicó que juntase ambas manos formando un cuenco y, tras hacerse un corte lo suficientemente largo y profundo para que brotase sangre, la depositó ahí.

—Bébetela toda —le ordenó, serio —.La transformación, dado que practicas la respiración, debería tomar varios días. Eso si es que sobrevives al proceso, claro. Por cierto, que no te lo he preguntado, ¿cómo te llamas?

—Kaigaku —murmuró el humano mientras se llevaba las manos a la boca, y obedecía esa orden, procurando no dejar ni una sola gota.

Nada más terminar, un dolor atroz se extendió por todo su cuerpo y el joven chilló mientras sus piernas perdían toda la fuerza y se desplomaba contra el suelo. Apenas podía ver lo que le rodeaba, su vista se iba desenfocando por momentos. Le dolía todo, era como si cada célula de su cuerpo aullase de dolor y no pudiera ponerle solución.

Kokushibo se acercó y, con facilidad, cargó al chico sobre su hombro y se marchó del lugar. Buscaría refugio antes de que se hiciera de día y, a decir verdad, tenía cierta curiosidad por ver si ese humano era capaz de lograr aquello. Le había dado suficiente sangre para tener posibilidades, aunque todo dependería de él.


Sumiko cortó la cabeza del demonio con facilidad. Había sido fácil derrotarlo, tal y como Rengoku le había dicho antes, se trataba de alguien recién transformado, así que no dominaba completamente sus nuevas habilidades.

Nezuko observó como los restos de su enemigo se convertían en polvo y no pudo evitar estremecerse. No quedaba nada de él, casi como si nunca hubiera existido, las únicas pruebas de su existencia eran los destrozos que, con sus manos, había causado en los edificios cercanos.

Rengoku se acercó a su pupila sonriendo. — ¡Muy bien! ¡Si sigues así, pronto subirás al siguiente rango!

Sumiko limpió la hoja de su arma y notó entonces que estaba algo mellada, pero no parecía ser demasiado grave. El Pilar de las Llamas se dio cuenta y, tras pedirle el arma, la examinó.

— Quizá sea mejor que te la arreglen, no puedes tener la katana en mal estado —le comentó —pero debes tener más cuidado, procura que esto no se repita.

—¡De acuerdo! —dijo ella enseguida.

—Iremos a la casa de mi familia y esperaremos ahí a que te la entreguen— dijo Rengoku, así podía aprovechar para ver cómo estaba su padre. Le preocupaba y quería asegurarse de que estaba bien.


Llegar les tomó varios días y se vieron en la necesidad de realizar varias paradas para descansar, además que, durante todas las noches, Nezuko salía de la cesta y les acompañaba andando, para así poder estirar las piernas durante unas horas.

Y así, cuando amaneció el octavo día de su viaje, llegaron finalmente a la casa de la familia Rengoku.

Pero nada más entrar en el recibidor, un olor nauseabundo a putrefacción les golpeó y los dos cazadores se taparon la nariz. El mal olor era tan fuerte que Sumiko sentía que los ojos le escocían.

Rengoku estaba pálido, como si, antes que ella, hubiera comprendido cuál era el origen del nauseabundo olor.

—Sumiko— Ella apenas se percató de que la llamaba por su nombre —.Sal y, pase lo que pase, no entres. Bajo ningún concepto. Es una orden.

La chica, sin decir nada, obedeció lo más deprisa que pudo y salió. No se detuvo hasta llegar a la entrada, momento en el que por fin se retiró la mano de la nariz.


Rengoku contuvo el aliento y sacando fuerzas y valor, comenzó a avanzar hacia el interior de la casa. Las piernas le temblaban y todo su instinto le suplicaba que se diera media vuelta y no siguiera avanzando.

A medida que se adentraba en su hogar, el olor se iba haciendo más y más insoportable y, aún con la nariz tapada, era capaz de percibirlo.

Se detuvo delante de la puerta del dormitorio de su padre, lugar desde el que parecía provenir todo ese olor. Levantó la mano derecha y la colocó sobre el pomo. A esas alturas, temblaba sin control y tragó saliva antes de girar el manillar de la puerta despacio.

Si antes el olor era insoportable ahora era cien veces peor. Lo primero que vio el joven hombre fue la cantidad de moscas que revoloteaban por el dormitorio, pero, tras mirar a su derecha, todo eso pasó a segundo plano.

Había un cuerpo apoyado contra la pared. De no haber sido por el pelo, si hubiera tenido que fijarse en su aspecto, Kyojuro jamás lo hubiera podido reconocer. Era su padre.

Dio un paso atrás, había visto cientos de cadáveres en sus años de servicio, pero ninguno en un estado de descomposición tan avanzado. No aguantó más y vomitó ahí mismo.

La piel de su padre había adquirido un color verdoso y tenía moscas revoloteando por todos lados. No pudo soportarlo más y volvió a vomitar.

Sin darse cuenta había empezado a llorar. No podía estar ahí por más tiempo, apenas estaba consciente de sus alrededores. Sólo pensaba en marcharse de ahí, aunque la imagen del cadáver de su padre le perseguiría de por vida.

A trompicones llegó a la salida y trató de avanzar hacia donde estaba Sumiko, pero las piernas no le respondieron y cayó al suelo de rodillas. Podía oír a la chica llamándole, pero parecía estar muy lejos y apenas era capaz de escucharla.


Bueno, y hasta aquí es el noveno capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.

Así que, nos vemos el mes que viene con el décimo capítulo.

¡Hasta la vista!