Capítulo 4: Pasado y presente
Shion nunca había podido dormir más allá de las cinco de la mañana. Incluso, había noches en que se pasaba la madrugada en vilo, prendido a algún libro bajo la escasa luz de sus aposentos. Pues bien, esa era una de esas noches en las que, por mucho que se esforzó en conciliar el sueño, no lo había conseguido.
El Timeo se había encargado se mantener ocupada su mente durante todas esas horas. En lo personal, prefería las bases de Pitágoras, pero el trabajo de Platón no le parecía tampoco del todo malo. La última vez que leyó aquel libro había sido en la primavera del año en que los gemelos habían nacido. Lo recordaba porque había devorado cada libro que cayera en sus manos con una ansiedad mal sana, esperando el momento en que los primeros niños de la siguiente generación vieran la luz del día. Visto así, parecía que Platón y él estaban unidos por el nerviosismo, pues nuevamente sus caminos habían coincidido, en un momento crucial para sus chicos: en un momento de renacimiento.
Al final, había desistido del alumno del Sócrates y había marchado hacia su viejo taller en busca de algo verdaderamente útil en que ocupar su falta de sueño.
A últimas fechas había encontrado cierta tranquilidad trabajando en las armaduras viejas y heridas. Aquel era un trabajo que nunca se terminaba, pero que le brindaba una satisfacción inigualable al sentir su poder regresando a ellas y al devolverles el brillo del que la guerra las había privado. Quizás sus habilidades no estaban del todo recuperadas, pero al menos ahí era de ayuda.
El taller era un arcoiris de armaduras, todas de distintos rangos, distribuidas por doquier. El polvo de estrellas flotaba por todo el lugar, impregnándolo de un aire de misticismo muy especial. Al Patriarca le gustaba pensar que aquel rincón era, para los ropajes sagrados, lo que la Fuente de Athena para ellos. Entraban ahí heridos, deshechos, lastimados; y salían con el brillo especial de una nueva vida.
Un poco más allá, estaban las armaduras cuyos dueños aún no las reclamaban. Esas, en particular, le resultaban especialmente tristes. Hakurei le había dicho en alguna ocasión que las armaduras vivían a través de sus dueños, compartían sus almas y eran el complemento perfecto para ellas, como dos piezas de un rompecabezas. De ser así, la soledad de las vestiduras debía ser espantosa y difícil de sobrellevar, como la de aquel que espera un vida por quien le complementa, sin la certidumbre de cuándo o cómo llegará.
Mientras el momento de encontrar a sus portadores llegaba, Shion siempre se había encargado de mantenerlas en perfecto estado. Las cuidaba, las acicalaba y se aseguraba de hacerles compañía. Así, cuando su elegido arribara, las encontraría tan hermosas como las leyendas las describían, o aún más.
-Pronto vendrán por vosotras. –les susurró, como solía hacer en años pasados. Tenía la esperanza de que, con los tiempos de paz, la Orden tendría la oportunidad de resurgir, fortalecerse y crecer. Entonces, muchos nuevos santos y amazonas se unirían al ejercito de Athena, que regresaría a sus épocas de antaño.- No falta mucho, ya veréis.
Respondieron a sus palabras con un tintineo, que robó una sonrisa de los labios del lemuriano.
Las miró una vez más y después se dirigió a su mesa de trabajo, donde un par de tiaras esperaban por él para ser reparadas. Tomó las piezas entre las manos con cuidado. La luz amarillenta las iluminó, dejando a la vista de Shion las grietas en el metal. Cambió de ángulo para verlas mejor y examinar detenidamente el daño. Para muchos podían ser simples rasgaduras, pero para los ojos experimentados eran mucho más que eso: eran heridas de guerra, cada una contando una historia distinta pero no menos épica que las otras. En otros tiempos, al pasar los dedos sobre las cicatrices, casi podía ver el contexto en que habían nacido. Sentía la fuerza de las armaduras y disfrutaba de su sabiduría milenaria. Pero su cosmos aún estaba demasiado disperso como para conseguirlo en ese preciso momento.
No obstante, Shion decidió intentarlo.
Cerró los ojos y se concentró en su propio espíritu, en la fuerza que manaba de su interior. El calor de su propia sangre se hizo sentir, mientras el latido de su corazón se replicaba en cada parte de su cuerpo. Percibió la energía dentro si, burbujeante, pero adormilada, acumulándose en su pecho. Entonces, intentó dominarla. La hizo fluir por sus brazos, por cada célula de ellos, hasta alcanzar sus manos. Las puntas de sus dedos se tornaron sensibles a ella, como si su esencia se cristalizara ahí y el poder del universo se arremolinara a su alrededor.
Igual que sucediera en sus tiempos de aprendiz, el mundo se tiñó de oscuridad. Una a una, las luces de cosmos que todavía era incapaz de identificar se dibujaron en el mapa de su cabeza. A lo lejos, percibió la presencia del gran muro de energía que Athena había levantado antes de despertarles, envolviéndoles a todos.
Arles le había dicho que su diosa no quería correr ningún riesgo. Sabía que regresarían sin el uso completo de sus facultades y, aunque los tiempos de paz parecían seguros, Athena no deseaba dejarles desvalidos. Por ello, había levantado un muro de cosmoenergía, que blindaba su Santuario de ataques enemigos. Cualquiera que cruzase los límites, sin ser aliado de la Orden, habría de ver su energía mermada. Aquella barrera de cosmos, sumada al esfuerzo de traerlos de regreso, había terminado de drenar a la joven deidad, hundiéndola en un sueño que no terminaría pronto.
Pero Shion no tenía mucho tiempo tampoco. Su cosmos se encargó de recordarle que todavía había un largo camino para que pudiera tenerle por completo bajo su control. La imagen, que tan solo unos minutos antes se había visto perfectamente clara, comenzó a perder nitidez, amenazando con desvanecerse en cualquier instante.
Justo antes de que sucediera, sintió una perturbación en la calma de la barrera, un movimiento tan suave como el de una cortina acariciada por el viento: un par de cosmoenergías intrusas se habían abierto paso a través de ella.
De inmediato se puso en alerta, sobre todo cuando reparó en la naturaleza conocida de ambas presencias. Dudó. ¿Sería en verdad posible? O, ¿sería aquel un error derivado de su falta de precisión? Abrió los ojos, terminando de ese modo con su pequeño ejercicio, y llevó rápidamente su mirada hacia las únicas capaces de proveerle de un respuesta certera. Caelum y Apus resplandecieron bajo el escrutinio de sus ojos rosas.
-Están vivas… –musitó, frunciendo el ceño con desconfianza.- Están aquí.
-X-
A la distancia, la colina zodiacal lucía como un gigante oscuro, oculto entre las sombras de la noche. La hilera de teas, situadas a lo largo de la escalinata, dibujaban formas caprichosas, que con un poco de imaginación, vestían al coloso, preparándole para la guerra. En la cima, el Templo Papal le coronaba de olivos; a sus pies, el Coliseo le calzaba. A su alrededor, las estrellas tintineaban, como si el guerrero de piedra despertara a su cosmos para envolverse en su poder. El mar también entonaba su canción de guerra, armonizada por el susurro de sus aguas y el rugido de sus olas rompiéndose contra los arrecifes.
Pero al imaginario coloso no le quedaban muchas horas de vida. El Sol nacería pronto por el horizonte y su magia desaparecía, dejando solamente a la piedra embarnecida por el tiempo y la silueta de los templos magistrales, escoltando a la imponente Athena de mármol. Sus ropas de fuego se esfumarían y las voces de los mortales acallarían el himno que las olas cantaban en su memoria.
Muchos años atrás, Naiara y Deltha había formado parte de ese mundo místico. Habían compartido sus misterios, y habían sido devoradas por su encanto. Pero, como si hubiera sido un sueño, la realidad se había cruzado en su camino.
Ahora no eran más que extrañas en el lugar al que alguna vez habían llamado hogar; desertoras, traidoras… sombras. Habían llegado ahí con una mochila en la espalda, sus máscaras sobre el rostro y un hueco en el estómago, tal como se habían marchado. Al igual que en aquel entonces, no sabían con que habrían de encontrarse toda vez que llegaran a su destino, ni tampoco sabían como enfrentarían las adversidades que seguramente surgirían más adelante.
Pero no había marcha atrás una vez llegado a ese punto. Estaban más cerca de lo que jamás habían estado y sería imposible para ambas volver sin las respuestas que habían ido a buscar.
Habían evitado entrar a Rodorio, escabulléndose por los espesos bosques que rodeaban el llano en el cual se encontraba la aldea. Sus sombras les habían de servido de refugio hasta ese momento, pero habiendo llegado al límite, pronto tendrían que aventurarse a terreno abierto. Una vez ahí, tendrían que confiar en sus habilidades para ser invisibles, en el sigilo que habían aprendido a dominar como amazonas que eran. La cuestión era que, por años, se habían esforzado en no ser nada más que normales. Ahora debían descubrir si seguían siendo Caelum y Apus… si su verdadera esencia no había desaparecido.
Se detuvieron al borde del bosque, todavía ocultas en las semipenumbras de la arboleda. A los lejos, observaron como los primeros albores de la mañana aparecieron por encima de la línea del mar. El denso manto negro que las cubría empezaba a desaparecer, mientras el cielo se teñía de tonos azules, naranjas y grises.
Las primeras aves habían despertado también. Escucharon el chillido de las gaviotas inquietas a lo lejos y el olor del mar golpeó su olfato, inundándolas de melancolía. Pronto, según recordaban, los guardias comenzarían el recorrido para extinguir a las teas agonizantes. Entonces, sería el momento indicado para entrar.
-¿A dónde iremos? –La respuesta a la pregunta de Deltha era obvia, pero la pelipúrpura necesitaba escucharlo de los labios de Naia una vez más.
-A las Doce Casas.
Y así era.
Después de todo, era por ellos que habían vuelto; por nada más. Tenían que verificar, con sus propios ojos, que estaban ahí y también las condiciones de su regreso.
Esperaron con paciencia y, tal como recordaban, los guardias aparecieron unos metros más allá, dispuestos a terminar con su primera tarea de la mañana. Oyeron sus voces desde la lejanía, pero no atinaron a descifrar a que se referían. El aullido del fuego moribundo llegó a sus oídos y una pequeña nube de humo gris anunció el final de la misión. Los soldados otearon el lugar en un par de ocasiones, mas en ninguna de ellas fueron capaces de verlas. Por fin, tras lo que pareció una eternidad, se dieron la media vuelta y se marcharon lejos de ahí.
Cuando los vieron desaparecer, las chicas respiraron tranquilas. Se permitieron unos segundos de relajamiento antes de decidirse a seguir el camino. Lo cierto era que burlar a los guardias era la parte sencilla. No sería igual cuando los que las enfrentaran fueran iguales a ellas, o superiores. A como diera lugar, no debían bajar la guardia en ningún momento, y debían rezar por no toparse con ningún santo o amazona antes de llegar a su objetivo.
Naiara fue la primera en ponerse en marcha. Miró a su alrededor, asegurándose que nadie las atrapara e inició la marcha. Sin embargo, solo unos pasos más adelante, sintió la mano de Deltha sujetándola del brazo. Por un segundo, su corazón se desbocó, pensando en la posibilidad de haber sido pilladas. Notando su ansiedad, Deltha movió ligeramente la cabeza y se llevó el dedo índice a los labios de plata, pidiendo a su amiga que no se preocupara ni hiciera un solo ruido que las traicionara.
-¿Qué sucede? –murmuró la morena.
-¿Estás segura de esto?
-¿Tú no? –devolvió la pregunta, dejando a la otra sin palabras.- Vamos, Del. Estamos tan cerca, no puedes echarte para atrás ahora.
-¿Y si no es lo que esperamos? ¿Y si algo sale mal? –Los recuerdos de la última vez que estuvo ahí regresaron a ella con rapidez y una sensación de desasosiego hizo mella en su voluntad. ¿Cómo demonios se había dejado convencer de regresar al lugar donde todo había empezado?
-Escucha… -Naia miró una vez más sobre sus hombros, con el sentimiento creciente y casi paranoico, de que alguien pudiera atraparlas.- Todo estará bien. Mira alrededor. ¿Ves algo fuera de lugar? ¿Sientes algún tipo de amenaza? –La vio negar y supo que volvía a tener la ventaja.- Exacto. Se siente como antes… se siente como en casa. –Deltha agachó la cabeza y sus dudas no resultaron un misterio para la morena, quien se apresuró a tomarla del rostro y buscó por la mirada oculta tras la máscara plateada.- Del, mírame. –Le dijo.- Dijiste que haríamos esto juntas y, mientras lo estemos, todo estará bien. Lo prometo.
Deltha quería creerle, lo necesitaba; el problema era que, más allá de las palabras de Naia, sus propios miedos eran los que amenazaban con ahogarla. Naia quizás tenía razón al decir que vivir en el mundo exterior no era suficiente. Pero, con lo poquito que pudiera ser, era todo lo que Deltha tenía; y en ese instante, estaban a punto de arriesgar todo, por probablemente nada.
-Confía en mi. –Naia la tomó de la mano y Deltha solo atinó a asentir.
-Confío en ti.
Se aferró a la mano amiga lo más fuerte que pudo y decidió que se dejaría llevar por ella, como en los viejos tiempos. Juntas, eran indestructibles; una siempre sostendría a la otra y nunca se dejarían caer, sin importar lo que pasara. Eran una familia, era más hermanas de lo que la sangre les podría hacer.
Así que, cuando Naia volteó y su máscara de plata se encontró con la de Deltha, la amazona de Apus supo que había una sonrisa tímida, y a la vez temerosa en los labios de Caelum. No necesitaba verla para saber que compartían preocupaciones. Podía sentirla y hacer sus sentimientos propios. Podía sentirla, tan asustada como ella misma, pero siempre con un coraje muy por encima del suyo.
-Vámonos.
Corrieron lo más rápido que las piernas les dieron, brincado cada obstáculo que se les asomara en el camino. Cada segundo que transcurría sin que fueran detenidas era de invaluable ayuda. A como diera lugar, tenían que llegar a las Doce Casas, sin encontrarse con nadie más antes. De no ser así, si llegaban a fallar, nadie iba a apiadarse de un par de desertoras.
Lo que seguía, no lo esperaban. Simplemente cayó sobre ellas, como un balde de agua fría, sin que lo vieran venir.
-Deteneos. –La orden las obligó a pararse mientras sus corazones enloquecían dentro de ellas.
La voz, aunque familiar, les resultó desconocida hasta que voltearon. Fue ahí cuando se encontraron con él. Al principio se sintieron desubicadas sobre su identidad, pero pronto repararon en que no podía ser nadie más que…
-Maestro. –Naia musitó, aún sin dar crédito a sus ojos.
La larga cabellera verde, los ojos rosas y, por encima de todo, los lunares que adornaban su frente en vez de cejas. Su inesperada juventud podía despistarlas, más el resto de las señales eran tan claras como el agua.
-Habéis vuelto. –Y, a pesar de serle grato verlas en perfecto estado, Shion dudaba mucho de que fuera el momento correcto para que se presentasen en el Santuario. Naiara y Deltha había crecido con los gemelos y Aioros. Habían sido amigas… y quizás más; pero ninguna de las dos había demostrado la capacidad de mantenerse enteras en tiempos de tribulación, justo como los que se vivían en esos días. ¿Qué garantía tenía de que podrían contribuir y no terminar por convertirse en un estorbo?- ¿A qué habéis venido?
-Nosotras… -La amazona de Caelum titubeó. Miró a Deltha en busca de apoyo, pero se encontró con que su amiga estaba completamente paralizada por la impresión. Deltha no iba a hablar, Naiara lo sabía; así que tenía que arreglárselas para no caer presa del mismo pánico.- Hemos venido a verlos.
-Sois una exiliada y una desertora. –Las palabras las abofetearon.- ¿Por qué debería de confiar en vosotras?
Y mientras hablaba, los lunares en el rostro del Patriarca se fruncieron y su mirada se afiló, hasta el punto que parecía penetrar en sus mentes y buscar en ellas cada escondrijo de sus pensamientos. Quizás era el tiempo que habían pasado lejos, o el hecho de que ese par de ojos jamás habían sido tan duros con ellas, pero las dos amazonas terminaron por agachar la cabeza, sintiéndose completamente vencidas por el lemuriano.
-Jamás… -Naia balbuceó. ¿Qué era lo que debía decir? Solo la verdad.- Nosotras jamás les haríamos daño. –musitó por fin.
-Y tampoco entendéis una pizca de lo que ellos han vivido. Es fácil lastimar a alguien cuando no se le comprende, pequeña. –De pronto, el tono de Shion se había suavizado.
Las intenciones de las chicas podían ser nobles, pero no estaba seguro de que tenerlas ahí fuera lo mejor para todos. Podían ayudar, eso era cierto; pero también podían hundir aquello que Shion luchaba por salvar.
-Por favor… Haremos lo correcto esta vez. –La amazona de Caelum suplicó. Si Shion se negaba, no tenía la menor idea de lo que haría. Regresar sobre sus pasos hasta Rhodas no era opción. Su vida estaba en el Santuario y no estaba dispuesta a renunciar a ella una vez más.
-¿Cuáles son vuestras intenciones? ¿Pensáis quedaros?
-Si. –Naia respondió sin titubeos. En cambio, Deltha calló y su silencio no pudo resultar más sospechoso para Shion.
-¿Deltha?
-¿Si? –En ningún momento se había atrevido a levantar la mirada para enfrentar a los ojos de Shion. No podía. Lo único que le quedaba era luchar contra sus propios temores, apretar los puños con toda la fuerza que tuviera y evitar que la voz le temblara.
-La pregunta era para ambas. ¿Pensáis quedaros?
-Vos decidme. ¿Somos bienvenidas? –Y en un rincón muy oculto en su corazón, la amazona de Apus deseó que la respuesta fuera negativa.
-Si te refieres a ellos, creo que lo sois. Vuestra presencia podría beneficiarles y ciertamente les resultará grata.
-¿Y para vos? –Ante el nuevo cuestionamiento, el santo entrecerró los ojos y suspiró antes de atreverse a decir nada más.
-Athena nos dio esta oportunidad a todos, así que estoy dispuesto a compartirla con vosotras. Pero debéis saber que, si decidís formar parte del Santuario nuevamente, esta será también la última oportunidad que os dé. Os equivocasteis una vez… -miró a Naiara.- No lo hagáis de nuevo. Las reglas son las mismas, pero en esta ocasión nos os permitiré brincarlas. –El lemuriano se aseguró de ser lo suficientemente claro. No estaba dispuesto a permitir más rebeldías, ni tampoco más equivocaciones. Hablaba muy en serio.- Es vuestra decisión ahora. Pensadlo detenidamente, porque es un compromiso de terrible importancia. Habéis vivido en un mundo completamente diferente a este y, supongo, os hicisteis una vida ahí afuera. La vida que yo os ofrezco es la misma que teníais catorce años atrás; no será más fácil, pero quizás si sea un poco más difícil. ¿Renunciareis a todo lo que conocisteis para pertenecer aquí una vez más? ¿Podréis comprometeros a consciencia?
-No hay nada que pensar. –Para Naia, por mucho que sus dudas y temores lucharan por imponerse, todo estaba más que decidido. Desde el primer momento, una voz en su interior le había susurrado que debían regresar, que su lugar estaba en el Santuario. Eso haría.- Pertenecemos aquí.
-Creo que debéis considerarlo con mayor cuidado, Naiara. –Shion le replicó.- O, ¿me equivoco, Deltha? –Una vez más, todo lo que recibió de la pelipúrpura fue un profundo silencio que le otorgó la razón y dejó a Naiara boquiabierta.- Os lo dije antes: vuestra ayuda sería útil, pero no necesitan de vuestros problemas. Así que tenéis que decidir que es exactamente lo que buscáis en este lugar. Decidid con cuidado, porque no quiero que les lastiméis. La cabaña que compartisteis con Axelle aún está desocupada. Podéis quedaros ahí el tiempo que necesitéis para tomar una decisión. No os quiero cerca de las Doce Casas. –De pronto, los lunares en su frente se fruncieron ligeramente, causando un escalofrío en ambas amazonas.- No tenéis ningún derecho a asomar de la nada, poner sus vidas de cabeza y marcharos más tarde. Si no tenéis intenciones de quedaros y de comprometeros con el Santuario, preferiría que no les vierais. No permitiré que les hagáis daño.
-X-
Desde que el Maestro les dio permiso para quedarse, un pesado silencio se había instaurado entre ambas, y aunque las sensaciones de las dos amazonas eran dispares, sus mentes no dejaban de dar vueltas a un mismo asunto. Lo cierto era, que aunque habían valorado la opción de verse sorprendidas, jamás habían pensado encontrarse con el mismo Patriarca.
Había sido impactante. No solo por el hecho de que, aparentemente, el mismo Shion había ido en su busca antes de que se acercaran más a las Doce Casas; sino por su misma presencia. Lejos quedaba ya la imagen del adorable anciano que Naia recordaba, a pesar de que en la mayor parte de sus memorias, la máscara dorada era una fiel protectora de su rostro. Ahora Shion era joven, mucho, más que ellas. Su apariencia era tan radicalmente diferente, que cuando sus ojos amatista se posaron sobre ellas, fue como si les hubiera robado el aire. Había dejado olvidadas en algún rincón del templo principal sus túnicas de seda, y aquel extraño vigor que marcaba cada gesto, era algo totalmente nuevo para ellas.
Sin embargo, aquella no era su preocupación, ni la causa de su inesperado silencio… sino la advertencia, más que clara, de que no se acercaran a los chicos.
Naia quiso soplarse el flequillo, pero cuando la máscara de plata le recordó su situación, la maldijo en silencio. Siguió caminando, viendo de cuando en cuando a Deltha y preguntándose qué estaría pensando. Aunque casi podía saberlo… El viejo siempre había tenido un aura de lo más respetable, y sobre todo, impresionante. Ella misma había titubeado como una niña al ser cuestionada, ¡y ella era la que estaba segura de lo que hacía! Solamente la quedaba aferrarse a aquella promesa que ambas habían pronunciado en Naxos. Por poco que fuera.
-Creo que antes era más bonito. –musitó Deltha. Inmediatamente, la morena la miró.
-Ha pasado mucho tiempo. –replicó ella.
Lo cierto era que… Deltha tenía razón. El Santuario siempre había sido un viejo campamento de soldados. Las marcas de sus batallas se vislumbraban aquí y allá, y el crujir de la roca milenaria al deshacerse en mil pedazos, era tan común como el graznido de las gaviotas. Pese a ello, lo que ahora veían sus ojos, era un lugar castigado. Por lo que podían ver, se habían esforzado en arreglarlo, pero las viejas cicatrices eran más que visibles.
Pronto, sus pasos las condujeron al campamento. Habían seguido las indicaciones de Shion, sorprendiéndose de que las amazonas y santos convivieran. Quizá era porque ellas eran muy pocas…o porque los tiempos habían cambiado. Pero sus ojos, que añoraban la vista de las pequeñas casitas blancas de puertas azules, se toparon con una sombra triste de lo que antaño fue un pequeño poblado de cuento. La vieja blancura se había oscurecido, y grandes manchas cubrían sus muros. Las puertas y ventajas habían perdido su azul… y muchas, a duras penas se mantenían sobre sus goznes.
¿Qué era lo que había sucedido allí? Se preguntó, deteniéndose en lo alto de la pequeña arena de pelea que coronaba la parte central del campamento. ¿De qué las había advertido Shion? ¿Qué era aquello que no podrían comprender?
-¿Quiénes sois? –Una voz femenina y dura, resonó a sus espaldas. Dando un respingo, las dos voltearon en su dirección. Shaina las observaba con interés.
-Naiara de Caelum y…
-Deltha de Apus. –Naia observó de reojo a su amiga, que se había apresurado a continuar, y no pudo sino sonreír con suavidad. Sus títulos… sonaban tan bien y tan extraños a la vez.
Shaina guardó silencio, aunque el escrutinio no cesó. Ella, que había pasado toda una vida en el Santuario, conocía de sobra la historia de aquellas armaduras, de sus dueñas. Frunció el ceño.
-¿Qué hacen aquí una exiliada y una desertora?
-Contamos con el beneplácito del maestro, puedes ir y asegurarte... –Naia ladeó el rostro sutilmente.- ¿Quién eres tú?
-Shaina de Ophiuco.
-X-
Su corazón se había desbocado.
Solamente salía de su cabaña, con la única intención de comenzar los entrenamientos de aquel día. Se había dormido, así que las prisas lo habían arrojado de la cama sin piedad alguna.
Alzó el rostro, con los ojos entrecerrados por culpa del sol, y la cabellera verde de Shaina, agitándose con la brisa, llamó su atención. Era raro que estuviera allí a esas horas. Sin embargo, apenas necesito un par de segundos para olvidar por completo la presencia de la italiana. Su mirada violeta veía un poco más allá, a la chica morena que estaba frente a ella.
Entreabrió los labios, incapaz de decir nada, y casi sin darse cuenta, sus ojos se humedecieron.
-X-
-Oh, dioses. –murmuró Deltha. Hacía unos segundos que había dejado de prestar atención a la conversación, y quizá solamente había sido una casualidad… pero cuando sus ojos se cruzaron. Inmediatamente llevó la mano al brazo de Naia y la sujetó con fuerza.- Naia…
-¿Si? –Del no dijo nada, solamente se limitó a hacer un gesto con su cabeza… indicándole a dónde debía mirar.
Naia oteó el paisaje. Vio un montón de rostros desconocidos que las observaban con cierto interés, y cuando iba a preguntar que era aquello que debía ver… Simplemente lo hizo.
Nikos. Nikos estaba allí… vivo. Mirándola.
-Naia… -susurró.
Y ella, incapaz de hacer otra cosa, hizo a un lado a Shaina y corrió hacia él. Lo abrazó con todas sus fuerzas, olvidándose de las pocas pertenencias que había dejado en el suelo e ignorando las miradas curiosas. Enterró su rostro metálico en el cuello de su hermano y se embriagó con su olor, aferrándose a él, temiendo que solamente fuera una ilusión que desaparecería segundos después.
Pero era real. Sentía las caricias de su hermano, sus lágrimas, las propias… sus besos. Hasta que rompió a reír.
-Estás vivo. ¡Estás vivo! –Su hermano enredó sus dedos en la negra melena y asintió.- Te quiero, Nikos. ¡Te quiero!
-X-
Se había puesto a llorar apenas vio a Naia correr hacia él. Su improvisada acompañante guardó silencio, observando la escena igual que el resto de curiosos. Pero ¡si tal solo supieran...! Ahogó un sollozó y sonrió, feliz como no recordaba haber estado en mucho tiempo.
Tomó las mochilas del suelo, y se acercó hasta ellos. Por eso, solamente por ese momento… todo había merecido la pena. Encontrar a Nikos había sido completamente inesperado, algo que ninguna de las dos se había planteado siquiera. Pero ahí estaba el santo de Orión, viéndose asombrosamente parecido a Naia ahora que habían crecido, tan adulto como ellas y con una sonrisa de felicidad imposible de amargar, a pesar de las lágrimas.
-¡Entremos! ¡Entremos! –Tomó la mano de Naia, y rápidamente rodeó con el otro brazo a Deltha, acercándola hasta él y besando su pelo con tanto cariño, que la pelipurpura se estremeció. Naia había tenido razón desde el principio, sin importar las dudas o los miedos.
Cerraron la puerta de la humilde vivienda tras de si y Nikos se deshizo de su equipaje.
-¡Quitaos esa máscara, por favor!
Su súplica, ciertamente infantil, hizo crecer la sonrisa de ambas amazonas. Naia obedeció sus deseos inmediatamente, sin pensárselo siquiera. Sin embargo, Deltha se tomó unos segundos. Apenas llevaba un par de horas en el Santuario, y las viejas costumbres parecían haber regresado. Suspiró, y después de pensarlo un poco más, decidió que no tenía mayor importancia. Ya no era una niña temerosa e insegura, y Nikos… no era cualquiera. Era el hermano de Naia y, la gustaba pensar, el suyo propio.
-Estáis… -Entreabrió los labios un par de veces, viendo de una a otra, mientras su gesto de felicidad se agrandaba, hasta que finalmente, se perdió en la mirada de su hermana.- Estáis preciosas. ¡Cómo habéis crecido!
Y lo cierto era, que habían pasado catorce años para todos. No hacía falta mencionarlo siquiera, de alguna manera, ambas sabían que cada quien cargaba una historia difícil a sus espaldas.
Deltha se acomodó en el sofá, escuchándoles hablar y reír, observando embelesada como Naia era incapaz de soltar la mano de Nikos, de acariciarlo y abrazarlo. Nunca, jamás, la había visto de aquella manera.
-¿Cómo fue? –preguntó la morena.
-¿El qué?
-Tú… -se encogió de hombros.- ¡Estás aquí!
-Bueno… -Por primera vez, Nikos apartó la mirada.- Han pasado muchas cosas, al parecer.
-Eso dijo el Maestro. –terció Deltha.
-¿Lo habéis visto? –Ambas asintieron casi a la vez.
-Él nos envió aquí. Todo está… cambiado.
-Si… -El mayor enterró los dedos en su melena, sin tener muy claro como continuar.- Es un poco difícil al principio. La cuestión es… El Inframundo esta sumido en completo caos desde la última guerra santa. Muchas almas escaparon de él, y otras simplemente están vagando perdidas por ahí, sin orden ni concierto. –Se encogió de hombros.- Volví, igual que otros muchos. Aunque pocos pertenecen a nuestra época… La mayoría son alumnos de mis propios compañeros.
-Eso si es extraño. –Esta vez fue él quien sonrió.
-Lo es. –asintió lentamente.- Athena, mientras tanto, se esforzó por traer de vuelta a la Orden Dorada al completo. –Las miró a ambas fugazmente, observando bien sus reacciones, siendo consciente de lo mucho que las interesaba aquella parte. Sin embargo, antes había otra cosa que debía contar.- Y… bueno, Keitaro también volvió.
De pronto, la deslumbrante sonrisa de Naiara, se esfumó. Deltha tragó saliva, viendo de uno a otro, y esperó. Llevaría su tiempo comprender lo que había sucedido. No tenía caso apresurarse.
-¿Y…? –como si Naia hubiera escuchado sus pensamientos, su voz surgió inesperadamente tranquila.
-Hablamos. De todo, de lo que nos había llevado hasta aquel punto… -Nikos la vio fugazmente.- De lo que se dijo, de lo que pasó… -A decir verdad, solo en aquel momento había reparado en lo mucho que temía su reacción.- Estamos bien, intentando hacernos con nuestro propio lugar. Es agradable ver caras conocidas, no abundan… no sentirse tan solo y fuera de lugar.
-Entiendo.
-¿Lo haces?
-Bueno… -Naia se sopló el flequillo.- No digo que sea sencillo, pero entiendo lo que dices. Es… -se encogió de hombros.- Supongo que me acostumbraré… si se porta bien.
-Esta bien escucharte hablar así, ¿sabes? –Se tomó la libertad de apartar uno de sus largos mechones negros, y colocarlo tras la oreja de su hermana con mimo.- Pero, ¿y tú? Escuché tantas cosas, tantas versiones… A decir verdad, casi empezaba a creerme q te habías esfumado en la nada.
Deltha la miró inmediatamente. Recordaba aquella noche como si hubiera sido el día anterior. Y aquel pacto que habían hecho en el Cabo, debía permanecer tal cual: en secreto. Especialmente sino sabían qué iban a encontrarse.
-Quizá si. –Sus ojos, nerviosos, volaron a Deltha apenas por una fracción de segundo.- Pero es algo de lo que no quiero, ni querré hablar. Escapé y salvé la vida. Es lo que importa, ¿no?
-Desde luego. –Y hablaba con total sinceridad, aunque no descartaba la opción de que más adelante la curiosidad se volviera imposible de soportar.
-Después de aquello, estuve en Rhodas. Y no preguntes por qué, pero terminé trabajando como guía turística. Descubrí que tengo una capacidad para hablar de lo más curiosa y… me gustó. Fue divertido.
-¿Y tú? –preguntó a Deltha.
-Yo fui a parar a Naxos, después de un montón de aventuras y desventuras que no pienso confesar. –Naia ahogó una carcajada, ganándose una mirada reprobatoria. Deltha no se sentía especialmente orgullosa de sus primeros meses fuera del Santuario.- Conocí a alguien, y terminé dando clases en una pequeña escuela de deportes acuáticos. –De pronto, se detuvo.- ¿De qué te ríes?
-Es que… -Nikos dejó escapar una carcajada más.- Guía y monitora, es algo que nunca habría pensado de dos amazonas… pero oye, esta bien. ¡Sois mujeres de recursos al parecer!
-Ah, hermano, te queda tanto por aprender…
-Oye, ¡no te burles!
-No lo hago.- Aunque lo hacía, por supuesto que lo hacía.- Pero necesitamos saber… ¿qué es lo que pasó aquí?
-Esa es una gran pregunta, ¿sabes?
-¿Tan grave ha sido? –preguntó Deltha.
-Si. –no se tomó ni un segundo para contestar, y aquello, sumado a la preocupación evidente de Shion, las puso en total alerta.
-Empieza por el principio. –dijo Naia, resoplando.
-Supongo, que he de empezar a contar a partir de la muerte de Aioros… -apenas musitó su nombre, mirando con cierto nerviosismo a Deltha, en busca de una reacción. Ella asintió, apenas perceptiblemente, sin mediar palabra.- Bueno, lo primero que debéis saber es que la historia esta hecha a base de rumores, hay muchas cosas que…
-¡Nikos! Solo empieza.
-Ares reencarnó, y reinó en el Santuario los últimos trece años. Él fue la causa de la muerte del Maestro, de la muerte de Aioros, de la desaparición de Kanon… y de muchas otras calamidades que sucedieron. –Se cuidó muy mucho, de mencionar el nombre de Saga.- Nadie se percató de su presencia, al parecer se manejó en el Santuario igual que un actor en un escenario. Todos se convirtieron en sus títeres, y nadie sospechó nada. La bebé Athena nunca volvió al Santuario aquella noche, creció en Japón. Nadie supo de eso hasta que hace algo más de un año se dejó ver acompañada de unos santos de bronce.
-¿Qué? –Preguntó Deltha. Ella había estado ahí, había estado los días siguientes a la muerte de Aioros, había oído como aseguraban una y otra vez que la niña estaba a salvo, con el Maestro. Nikos se encogió de hombros.
-La guerra se desató, asaltaron las Doce Casas y… ganaron. –Aguardó, expectante ante el inesperado silencio de sus dos acompañantes.- Eran cinco.
-¡¿Cómo?
-Al parecer, había quien tenía sus sospechas acerca de lo que sucedía con el Maestro… Mu, Roshi, Aldebarán, incluso Aioria. Pero no movieron ficha hasta que los chicos llegaron a Aries y fue demasiado tarde... Unos les dejaron pasar, otros no. Resultó que trajeron consigo la verdad acerca de Aioros, y desvelaron la traición de Máscara Mortal y Afrodita.
-¿Quiénes…?
-Perdón, Ángelo y Matti. Cáncer y Piscis. –Había olvidado que aquel sobrenombre lo habían adoptado después de vestir sus armaduras.- Eran fieles a Ares, lo servían a conciencia. –Se aclaró la garganta y luego continuó.- Los chicos tuvieron cierta ayuda, aunque no demasiada. Shaina y Marin, la amazona del Aguila, les ayudaron a su manera… Y finalmente, vencieron a Ares en mitad de la noche.
-¿Cómo es posible que unos chicos de bronce, ganaran la partida a las Doce Casas y derrotaran al Dios de la Guerra? –la voz de Naia, era apenas un hilo. Y a decir verdad, Nikos no podía responderla. ¿Cómo podían unos chiquillos estar a la altura de los Santos Dorados? Nunca lo comprendería.
-No fue exactamente así.
-¿No?
-No llegaron a vencer a Ares, él… -se aclaró la garganta y se removió inquieto en su asiento.- Se suicidó.
-No has dicho quién era.
La pregunta fluyo de labios de Naia, sin que ella misma se diera cuenta. Y solo cuando los ojos de su hermano la buscaron, supo lo mucho que temía la respuesta. Su corazón se aceleró, aceptando ya lo peor.
-Saga.
Se levantó del sofá de un salto, y comenzó a caminar por el diminuto salón. De pronto se sentía claustrofóbica allí.
-No. –negó lentamente con el rostro.- No puede ser.
-¡¿Él…? –murmuró Deltha.
-No es posible, Deltha. Tú sabes que él… -pero nunca terminó la frase. Era como si sus miradas hablasen más que sus palabras, porque, efectivamente, así era.
Nikos vio de una a otra. No se había sorprendido de la reacción, porque a decir verdad, la esperaba. Había sido igual de complicado de creer para él, aunque en su caso, nunca había sentido simpatía hacía Saga… menos aún amistad. Imaginaba que era duro.
-Si pensáis quedaros, hay más cosas que debéis saber. El Santuario estuvo inmerso en tres guerras más: Asgard, Poseidón y Hades.
-X-
Cuando la soledad de aquel viejo hogar que habían abandonado mucho tiempo atrás las rodeó, Deltha dejó escapar el aire que había retenido de manera casi inconsciente. Se desprendió de la máscara, y apoyó la espalda en la pared. Después, con una pesadez y un cansancio desconocidos, se sobó los ojos. Buscó con la mirada a Naia. La morena se había dejado caer en una vieja y polvorienta silla, y había hundido el rostro entre sus manos.
-No puedo creerlo, Deltha. –musitó.
La aludida quiso hablar, responderla de cualquier modo posible… pero la palabras se negaron a abandonar su garganta. Se mordisqueó los labios, y después apretó los dientes, fijando su vista empañada en cualquier punto de la habitación que no fuera su amiga.
Era imposible dudar de la sinceridad de las palabras de Naia: a ella misma le parecía todo una mala broma. Sin embargo, a medida que Nikos iba profundizando en la historia, su corazón se fue rompiendo en miles de diminutos pedazos.
Nunca había comprendido qué era lo que había sucedido aquellos últimos días que había pasado en el Santuario, aunque estuviera claro que las cosas habían cambiado. Pese a ello, no quiso investigar, no quiso saber nada más, porque ya había escuchado suficiente. Nadie le dio el beneficio de la duda a Aioros. Maldijeron su nombre y escupieron sobre una tumba inexistente. A nadie le importaba ni un poco, ni siquiera como para poner en duda la veracidad de las cosas. A nadie: a ninguno de los que habían adorado el mismo suelo que pisaba.
Recordó lo muchísimo que Aioros había sufrido sus últimos días. Lo que se había esforzado por encontrar a Saga, por traerlo de regreso y solucionar las cosas… por hacerle la vida un poquito más fácil y cuidar de él. Por aligerar el dolor de la ausencia de Kanon. ¡Y todo ese tiempo había estado frente a ellos! Observando su miseria, su tristeza… sin hacer nada. Luego la muerte de Shion…
Y finalmente, el trono que tanto había deseado Saga, fue suyo de un modo u otro. Aioros había permanecido muerto durante trece años, trece malditos años en que él había gobernado como un rey.
Simplemente, se sentía tan furiosa y defraudada, que le resultaba imposible hablar.
-Sabes que Saga nunca hubiera hecho nada de eso, Del. –Pero ella, solamente miró al suelo. Ojala pudiera tener la fe ciega que Naia tenía en él.- Lo sabes, ¿verdad?
-No lo sé. –terminó por decir, encogiéndose tan suavemente de hombros, que el gesto apenas resultó perceptible.- Él…
-Él no es así.
-No era así. –las palabras surgieron tan rápido, que ella misma se sorprendió. Alzó el rostro por primera vez.
-¡Del! –exclamó.- Saga me sacó de aquí. Tú fuiste quien se lo pidió… y lo hizo sin casi pensarlo. ¡No se lo pediste a Aioros, se lo pediste a él! –Y en eso, tenía razón.- Se jugó todo por eso, no puedes pensar que…
-¿Y Kanon? ¿Qué hay de Kanon? –Naia calló. Adoraba al menor de los gemelos, al menos en sus recuerdos lo hacía, a pesar de lo mucho que cambió.- La "desaparición", la traición, Poseidón…¡Por los dioses! –sonó desesperada, si. Pero toda aquella historia la sobrepasaba. Era como intentar ensamblar las piezas de un puzzle de miles de años, cuyas aristas se habían desgastado tanto, que ya resultaba imposible unir unas a otras.- ¡Se volvió un autentico psicópata!
-Kanon…
-¿También vas a justificarlo? –se cruzó de brazos. Consciente de que había sonado demasiado dura, pero así lo sentía.- Podría comprender que defendieras a Saga, aunque, sinceramente… no lo hago. ¿Pero Kanon? Kanon nunca hizo nada bien, Naia. Al menos nada que fuera beneficioso para alguien más que él mismo.
-¿Y eso es todo? Siempre te dolió enormemente que nadie quisiera saber más sobre la otra parte de la historia de Aioros, que nadie se interesara o preguntara: que se creyeran todo lo que decían de él, sin más… -Se puso en pie de un saltó, y comenzó a caminar con nerviosismo por la habitación.- Estas haciendo lo mismo. Los has lapidado nada más escuchar a Nikos y para ti son culpables de todo lo que se les acusa, aún sabiendo que la mayor parte de la historia de mi hermano son rumores que ha ido recogiendo de aquí y allí.
-Tienes razón. –Buscó su mirada.- Pero te guste creerlo o no, Saga es el responsable de la muerte de Aioros… y de muchas otras personas. –Aunque todas aquellas personas no habían sido más que anónimos para ella en su mayoría.- Lo sabes. ¡Lo sabes de sobra! –levantó la voz, y desde donde estaba, notó el respingo de sorpresa de su amiga.- No puedo olvidar eso, aunque tú lo hagas.
-¡No lo olvido! –gritó de vuelta.- Pero preferiría escucharles a ellos primero. No conozco a esta gente que habla, no sé quienes son… y todos han sido tan traidores como el que más. Todos. No les voy a dar más credibilidad a ellos, que a Saga o Kanon, ni mucho menos.
Deltha guardó silencio. Odiaba discutir con Naia. No la gustaba ponerse así, ni gritarse, o hacerse daño. Sin embargo, habían llegado a un punto en que la opinión de ambas difería, y sabía de sobra que no sería fácil de manejar, ni sobrellevar. Pese a eso, la inquietud que la embargaba no se debía solamente a la verdad recién hallada, sino a la creciente sospecha que albergaba dentro de si.
-¿Lo sabías?
-¿Qué?
-Lo de Saga. Siempre creíste que estaba vivo. No hubo manera de hacerte creer lo contrario. ¿Sabías que estaba aquí? ¿Ocupando el trono?
-¡No! –Exclamó. Se sentía ofendida, ¡desde luego! Pero ella jamás hubiera pensado que…- Siempre creí que estaba cerca. Saga no se hubiera ido del Santuario jamás. –musitó.- Si no lo encontraron, fue porque no buscaron lo suficiente, y eso, es más que obvio. Pero nunca supe nada… ¿Cómo? Su cosmos estaba tan muerto como el de Aioros.
La pelipurpura asintió, y se mordisqueó el labio inferior nuevamente. Observó a Naia, una y otra vez, y recapacitó acerca de todo lo que había dicho. No se sentía mejor, en absoluto. Mas la morena tenía razón en algo: estaba haciendo lo mismo que habían hecho todos con Aioros.
-Está bien. –murmuró, acercándose hasta ella y tomando su mano.- Esto es… más difícil de lo que pensamos.
-No creí que algo así hubiera sucedido.
-Relajémonos un poco. Será mejor que dejemos habitable la cabaña. Después quizá podamos seguir con lo que habíamos empezado.
-¿Las Doce Casas? –preguntó sorprendida.
-Si.
-¿Estás segura?
-Escuchemos lo que tienen que decir y veamos cuál es la situación… -dijo asintiendo. Naia la imitó, respiró hondo, y continuó.
-Esta bien.
-X-
Era un poco patético, pero solo un poquito, estar sentado ahí a esas horas del día, sin nada mejor que hacer que curiosear por quien pasaba o dejaba de pasar, en especial cuando la entrada a las Doce Casas estaba más desierta que Siberia en un día de mal tiempo. El problema era que, aunque Camus no lo deseara, Milo se encargaba de sacarlo a jalones de su templo; o, de lo contrario, se esforzaba en volver su vida insoportable hasta que cediera y sentara a tomar el Sol junto con él.
A pesar de todo, el acuariano apreciaba la compañía y, aunque no lo admitiera, también el cambio de aires. Milo, con todo y sus defectos, era una inyección de vitalidad y frescura en medio de aquel ambiente particularmente tenso que se había apoderado de sus compañeros, y que amenazaba con no desaparecer jamás.
Y así era como habían terminado ahí, sentados sobre las rocas, cual iguanas, asoleando esas pálidas pieles suyas a las que buena falta les hacía un poquito de color. Era temprano aún, por lo que el Sol, lejos de resultar molesto, se sentía agradable. La brisa soplaba con más fuerza de lo normal, haciendo que Milo se tragara varias veces la melena en sus intentos de sobrellevar la interminable conversación, convertida en soliloquio, que había entre él y Camus. La primera vez que sucedió, le resultó gracioso; la segunda, divertido; pero a la tercera se volvió tedioso escucharlo maldecir a algo tan incontrolable como el viento. Al final, el escorpión aprendió que era mejor mantener la boca cerrada y Camus agradeció a Eolo por la primera bendición de esa día.
Milo podía ser un poco… demasiado conversador. Aún en esos días en que nada parecía suceder en ningún lado, el santo de Escorpio poseía la habilidad de convertir cada nimiedad en una aventura. Fue así como el francés se enteró de la invasión de arañas al sótano de Escorpio, de la pequeña rata que husmeaba cada mañana en las escaleras a Sagitario y de cómo el dosel de la cama se había caído y atacado a Milo mientras dormía plácidamente el día anterior. A decir verdad, a veces, y solo a veces, Camus llegaba a pensar que ver el mundo a través de los ojos de su amigo tenía que ser una de las cosas más interesantes. Mientras más escuchaba a Milo, más se convencía de que el resto de ellos no eran nada más que un montón de amargados pasando de la vida.
-Quiero comenzar a entrenar. –Fue lo siguiente que escuchó del griego. Intrigado, levantó una ceja. Milo tuvo que haber notado el gesto, porque de inmediato se apresuró a ofrecer una explicación más amplia.- Me aburro sin hacer nada. Además, hay que ponernos en forma. –Camus ladeó la cabeza, concediéndole la razón.
-Suena como una excelente idea. –La voz le sonó demasiado indiferente, pero a juzgar por la cara de Milo, para el escorpión había sonado como el tipo más entusiasta del mundo.- Aunque no sé que tanto podemos hacer sin ayuda de nuestros cosmos. Lo primero sería forzarnos a recuperarlos tan pronto sea posible.
-¡Jah! ¡Eso sería genial! Extraño convertirte en alfiletero. –Pero lejos de lo que Milo pensaba, Camus ni siquiera se inmutó.
-Inténtalo y terminarás congelado hasta el alma. Siempre es bueno verte lloriquear como una niña cuando tienes resfriado.
Aunque al principio el peliazul le lanzó una mirada de fastidio, no tardó en romper en carcajadas. Claro que, el viento tampoco esperó nada para jugar sus cartas, y un segundo más tarde, Milo se encontró escupiendo su propio pelo. El ataque de su cabellera no retuvo su atención por mucho tiempo, pues rápidamente algo más se cruzó en su camino.
-Alabado sea Zeus… -musitó, no sin permitirse que una diminuta y perversa sonrisa se le dibujara en los labios. Intrigado, Camus siguió la dirección que le indicaron los ojos de Milo.- Mira eso, Camus. –El aludido levantó una ceja.
-Ya lo veo. –respondió, aunque de alguna forma estaba seguro de sus ojos no veían lo mismo que los del bicho.
-Es una buena manera de iniciar la mañana.
-Eres idiota. –replicó sin ninguna cortesía.-Un idiota hormonalmente alterado. En serio, Milo, casi creí que habías madurado. Casi.
-¡Oye! ¡Pero si no soy ciego! –Movió la cabeza en negación.- Y desde ya te digo, Camus, que esa criatura que viene por ahí tiene el trasero más lindo que he visto en mucho tiempo. –El francés le dirigió una mirada recriminatoria.- ¿Dónde había estado escondida todo este tiempo?
-Quizás se perdió en el mismo lugar donde tú extraviaste tu cerebro. –Esta vez, el escorpión devolvió la mirada de fastidio.
-Eso, búrlate. –Chasqueó la lengua y se jugó la carta de la indignación.- Solo te diré que no tiene nada de malo disfrutar de esta nueva oportunidad; y, para mi, disfrutar significa mucho más que pasarme el día encerrado en mi templo leyendo libros del doble de ancho que mi brazo.
-Leer al menos aporta algo para el desarrollo intelectual.
-Admirar la belleza aporta felicidad al alma.
-O, en tu caso, aporta libido a tu desvergüenza. –Al oírlo, la desvergüenza de la que Camus hablaba, afloró en la forma de una sonora carcajada del escorpión. Lo único que el francés pudo hacer fue negar sutilmente con la cabeza. Sin importar como lo viera, Milo no tenía remedio.
-¿Milo? –La risa cesó cuando la pregunta surgió de los labios femeninos con suavidad y con un toque de curiosidad.
El santo de Escorpio levantó la mirada, tan azul como sorprendida. Sus cejas formaron un arco perfecto mientras sus labios se separaban ligeramente sin que las palabras surgieran de ellos.
-¿Te… te conozco? –balbuceó tras unos segundos silencio.
-¿No nos reconoces? –Naiara volteó hacia Deltha quien solo se encogió de hombros. Milo, a su vez, miró con complicidad a Camus, pero éste ni siquiera le prestó atención, sino que se concentró en las recién llegadas.
-Es raro, porque jamás olvidaría a alguien como tú, guapa. –respondió con picardía. Las amazonas intercambiaron miradas y, a pesar de la avalancha de emociones que las aquejaban, una risita indiscreta se dejó escuchar.
-Pues me parece que no conseguí dejar una impresión lo suficientemente buena como para que me recuerdes, ¿no lo crees así? –Caelum decidió seguirle el juego. Si Milo no estaba dispuesto a rebuscar en su cerebro por recuerdos, ella no iba a facilitarle nada.
-Oh… -El peliazul se tornó pensativo. Un instante después, giró la cabeza para hablarle por encima del hombro a su amigo.- Ya se me hacía raro no haberla notado antes. –susurró, no lo suficientemente bajo.
-Y a mi se me hace raro que sigas con la cara entera. –El otro santo le devolvió el susurro.
-Es un horrible descuido de mi parte haberte olvidado… -Milo hizo una pausa, invitándole a revelar el nombre que tanto la intrigaba. Naia, por su parte, no tenía intención alguna de terminar el juego.
-Adivina. –le dijo.
-Oh, por los dioses… -Deltha musitó a sus espaldas, meneando la cabeza con una insistente negación.
Lo curioso era que Camus estaba tan seguro como ellas mismas de que se conocían. Sin embargo, su cabeza le jugaba una mala pasada, haciéndole imposible recordar el momento en que sus caminos se habían encontrado con anterioridad. Había que aclarar, por supuesto, que a diferencia de Milo, él estaba completamente seguro de que no se había tirado a ninguna de esas dos; y habiendo pasado la mayor parte de su tiempo en Siberia, no había forma de haber coincidido con ellas antes.
Arrugó el ceño, todavía más, conforme la frustración de un recuerdo truncado le irritaba.
-Quizás podríamos intentarlo una vez más, guapa. Conocernos de nuevo…
-Dudó que seas más adorable que cuando te conocí.
-Déjame intentarlo.
-Quizás solo un beso más. –Le respondió la morena. Todavía recordaba aquel besito desparpajado del pequeño Milo cuando se conocieron. El pequeñín siempre había tenido su encanto especial.
-Me gusta la idea. –Se relamió los labios.
Pero en ese preciso momento, un golpe de iluminación llegó a Camus. ¡Oh, por Zeus, Athena y todos los dioses olímpicos! El bicho estaba haciendo el ridículo más grande de su vida. En momentos como ese, la membresía de santos dorados debería de ser retirada bajo cargos de estupidez incurable.
-Cuando quieras. –Respondió la otra con coquetería y Camus solo atinó a pasarse la mano por el rostro.
-¡Así me gustan! ¡Eres totalmente mi tipo! –Detrás de la máscara, la chica sonrió.
-Cierra la boca, Milo. Reserva la poca dignidad que te queda y piensa detenidamente por una vez en tu vida. Las conocemos. –acotó, ocasionando que la mirada recelosa del escorpión se centrara con detenimiento en las recién llegadas por unos segundos, antes de regresar a Camus, con una curiosidad más que obvia.- ¿No recuerdas nada?
-¡Ya quisiera recordar! ¡Si tuviera los detalles te aseguro que no lo pienso dos veces antes de…! –Pero el golpe de la mano de Camus en su nuca lo hizo tragarse las palabras.
-Ellas fueron parte de este Santuario cuando nosotros no éramos más que niños… -Las miró.- ¿O me equivoco? –Ninguna de las dos le respondió.
-¿Eh? ¿De qué hablas? –Lo cuestionó el escorpión.
-Recuérdalas. –insistió el santo de Acuario. Mientras, Naia se divertía constatando el despiste de quien fuera un chiquillo al que nada se le escapaba.
Algo en el cerebro de Milo hizo conexión en el momento en que se detuvo a mirarlas con detenimiento. ¡¿Cómo lo había pasado por alto?
-¿Ya te diste cuenta? –Camus preguntó al notar el súbito respingo del griego.
-No puede ser…
-Oh, si. Si que lo es.
-¡¿Estás diciendo que la señorita culo bonito y su amiguita son…?
-¡Oye! ¡No me llames así! –Se quejó Caelum.- Y sí, bicho coqueto, somos nosotras.
-¡Habéis vuelto! ¡Oh, por los dioses! ¡Esto se pondrá muy interesante! –chilló, con una emoción casi infantil. Era muy probable que sus días de acosador de hermanos mayores volvieran pronto. Claro que sus hermanos mayores eran mucho más agrios y jodidos de lo que recordaba.
-Ya veremos. –Y, por el tono de su voz, supo que Naiara compartía muchas de sus inquietudes al respecto. Por lo que Nikos les había contado, la situación estaba mucho peor de lo que se habían imaginado.- Es bueno ver unas cuantas sonrisas por aquí.
-No esperéis muchas de esas ahí arriba. –El acuariano intervino, adivinando sus intenciones. En realidad no era difícil de predecir, cuando no había otra razón para volver más que ellos.- Han pasado por muchas cosas.
-Lo sabemos. –Deltha le respondió.
-Supongo que es bueno teneros de regreso.
-¡Es más que bueno! –Milo complementó a su amigo.- A ver si vosotras conseguís sacarles una sonrisa, porque hasta donde sé, hoy en día no hacen mucho más que gruñir.
-No seas injusto, Milo. Lo intentan. –Camus acotó.
-Lo sé, aunque no con mucho éxito. –Con resignación, el santo de Escorpio se sopló los flecos.
-¿Qué debemos esperar? –Nikos les había explicado lo que sucedió en su ausencia, pero no había podido decirles nada respecto a los efectos de toda aquella tragedia en sus amigos. Con un poquito de suerte, Milo y Camus, quienes la habían compartido, sabrían algo al respecto.
-No esperéis muchas palabras, ni tampoco demasiado optimismo. –Al oír a Camus, ambas amazonas se mordisquearon los labios.- Y, por sobre todo, tened paciencia.
-No encontrareis a las mismas personas que dejasteis atrás, os lo garantizo. –terminó Milo.
Un nerviosismo descomunal hizo mella en el estómago de Naia. En ningún momento había esperado que el regreso fuera un lecho de rosas, pero sin duda pintaba como el peor de los escenarios.
Miró de soslayo a Deltha, sin que pasara por alto sus puños apretados y la evidente tensión en su cuerpo. Quizás era ella su mayor preocupación. Shion había hecho regresar sus dudas, y los comentarios de Milo y Camus no ayudaban demasiado.
-Será mejor que continuemos nuestro camino. –Tomó de la mano a Deltha y la jaló consigo.- Dejaremos los besos para otra ocasión, Milo. –De no haber tenido la máscara, el escorpión la hubiera visto guiñar el ojo.
-Es una pena. –Le respondió, no sin un mohín mezclado de complicidad y divertida desilusión.
-¿El Maestro sabe que estáis aquí? –Ambas asintieron.
-Nos haríais un favor al no decirle donde vamos, Camus.
-Deltha está en lo cierto. –Naia los miró.- No le parecerá que estemos por aquí.
-No pasa nada, guapa. Suerte a ambas. –El escorpión echó una última mirada mientras las veía marchar.
Y sin decir mucho más, las amazonas se apresuraron a subir por la escalinata zodiacal, como no habían hecho en más de una década.
-X-
Naiara suspiró. Toparse con Milo y Camus había aligerado el inmenso pesar que la ahogaba desde que Nikos les pusiera al tanto de la situación. Y tras la conversación con Deltha, no había dicho gran cosa, porque solamente pensaba y pensaba, volviendo siempre al mismo punto de partida.
Saga. Ares.
Ares. Saga.
Simplemente, no podía concebirlo. Había agradecido el inesperado coqueteo de Milo porque había relajado un poco los ánimos. Deltha no había encajado el asunto demasiado bien, y… no estaba segura de poder culparla. Luego, se habían escabullido hasta su objetivo inicial.
Aries despertó la nostalgia, igual que cuando caminaban a hurtadillas por aquellos pasadizos y escaleras. Tauro, comenzó a poner sus nervios a prueba. Pero cuando la silueta imponente de Géminis se alzó ante las dos, cada paso que daban era más difícil que el anterior.
Avanzaron lentamente, y cuando las columnas se levantaron sobre sus cabezas, se vio obligada a respirar hondo.
-¿Estás bien? –preguntó Deltha.- ¿Estás segura de esto?
-Si, si. –Se apresuró a asentir, aunque en realidad no era así. ¿Pero que podía hacer? Del estaba casi peor…
Pronto, la inmensidad del salón de batallas las acogió. Estaba limpio, arreglado… aunque el suelo estaba tan calcinado, que la piedra parecía casi derretida. Naia se estremeció. Era como si todo el templo estuviera rodeado de fantasmas que deseaban sobre todas las cosas gritar su historia. Se detuvieron.
-¿Y ahora? -murmuró más para si misma que otra cosa.
Contemplando cada detalle, se había percatado de que nunca antes había entrado en Géminis. Había atravesado sus corredores a toda prisa, huyendo de la atemorizante presencia de Zarek, y cuando él había muerto… Simplemente no había surgido la ocasión. Recordaba aquellos días turbulentos, y sabía bien que lo que menos deseaban los gemelos era que nadie se entrometiera en su pequeña zona de guerra.
-No lo sé. -replicó Deltha.- Quizá debas avisarles…
-¿Cosmos? –la pregunta era absurda, y lo sabía, pero algo dentro de ella la impedía pensar con claridad.
-Si, yo diría que si. –La inesperada voz las sobresaltó a ambas por igual. Voltearon, inmediatamente, en la misma dirección.- No tenemos timbre todavía.
Kanon las observaba con interés. Permanecía apoyado en la entrada a los privados, con los brazos cruzados y con una sonrisa burlona en el rostro, observando cada detalle de las que habían sido sus amigas de infancia. De aquellos lejanos años que no parecían suyos en absoluto.
Habían crecido, igual que ellos. Naia y Deltha ya no eran más dos chiquillas, sus ojos daban fe de ello, y lo que veían… le gustaba.
-Parece ser que los últimos tiempos hacen que todo el mundo salga corriendo de sus escondrijos. –dijo ciertamente divertido.
Había percibido sus cosmos apenas un par de minutos atrás, cuando habían pisado la misma entrada de Géminis. No había estado seguro al cien por cien de su identidad: su cosmoenergía seguía aturdida y hacía demasiado tiempo que no las sentía a ellas. Por eso había bajado a toda prisa.
Ellas guardaron silencio. No necesitaba escucharlas para saber que las incomodaba… e, incluso, las atemorizaba. Era casi seguro que ya habrían escuchado los detalles más truculentos de su historia. Pero debía admitir que se sentía bien tenerlas frente a él.
-¿En qué puedo ayudaros?
-Pues…-Naia había perdido la voz, y tan solo había sido capaz de articular aquella palabra.
No le había quitado la vista de encima a Kanon un solo segundo. Lucía impresionante: más alto que la última vez, más fuerte, su melena se mecía a sus espaldas considerablemente más larga que antes… Con un aura poderosa a su alrededor que no le había conocido nunca. Y sin embargo, lo que más llamó su atención, fue lo poco o nada que había cambiado su expresión: su sonrisa, su mirada.
-En realidad, estuvimos con mi hermano y…
-Oh, el viejo Nikos. –Naia asintió.- Algo oí de que estaba de vuelta, aunque no tuve el placer de verlo. Me alegro por ti.
-Si. –No podía verla, pero Kanon supo inmediatamente que estaba sonriendo. Imitó el gesto y casi por casualidad vio de soslayo a Deltha.
Ella lucía diferente: silenciosa, tensa… casi fiera. Ni rastro de la niñita mimosa y delicada que había conocido. No pudo sino imaginar lo mucho que iban a cambiar las cosas de ahora en adelante. ¿Para bien o para mal? No tenía la menor idea, pero quizá la presencia de las dos sirviera para algo.
-¿Queréis subir? El señor Santo de Géminis, sorprendentemente, no está en casa. Seré vuestro humilde anfitrión.
-No… será mejor que no. –se apresuró Deltha.- Gracias, Kanon. –Oh, y ¡qué extrañas se sentían aquellas dos palabras juntas!- Sube tú, Naia. Yo seguiré mi camino…
-Está bien. –la morena asintió.
-Ve por los pasadizos. –La sugerencia de Kanon la tomó desprevenida.- Quedan demasiados escalones hasta Sagitario, y las Doce Casas son… un campo de minas, siendo optimista.
-Si, esta bien… -No tenía la menor idea de que debía decir. Con Kanon allí delante, se sentía incapaz de borrar la gran historia de sus vidas de su cabeza, y solamente deseaba huir. Ni siquiera estaba segura de que continuar hasta la Novena Casa fuera una buena idea.- Os veré después.
Agitó la mano tímidamente, y se encaminó hasta la entrada de los pasadizos. Se sintió terriblemente aliviada de recordar, más o menos, el lugar donde se encontraba y no verse obligada a pedir ayuda.
-¿Subes? –preguntó Kanon cuando la perdieron de vista. Naia solamente asintió.
-X-
Caminó tras él, en completo silencio, mientras sus ojos no perdían detalle alguno de los privados del Tercer Templo. Desde que tenía memoria, se había preguntado como sería aquella parte de la Casa. Y lo cierto era, que aunque había estado en Sagitario, y Géminis no podía ser muy diferente, su curiosidad nunca había quedado satisfecha.
Sin embargo, lo más interesante de todo, no era aquello. Era Kanon. Aquella extraña sensación que transmitía, como si con cada paso que daba, derrochara seguridad. No era que alguna vez le hubiera faltado la seguridad en si mismo, no; simplemente ahora era distinto. Caminaba con la cabeza bien alta, orgulloso de si y de lo que era.
-¿Interrumpí? –murmuró ella.
-No, la verdad es que no. Solamente estaba viendo la tele. –Se dejó caer despreocupadamente en el sillón.- ¿Quieres? –Le tendió el bote de galletas, y Naia se animó a coger una.
Súbitamente, su nerviosismo creció. Recordó la máscara que llevaba, lo que significaba… y por un instante, las dudas la hicieron casi temblar. No tenía problema en mostrarle su rostro a nadie, había dejado aquella etapa de su vida atrás… si es que alguna vez la había tenido. Pero tampoco sabía si sería capaz de lograr que su rostro no la traicionara.
Tomó una bocanada de aire, y armándose de valor, se desprendió de ella con cuidado. Pronto, sus ojos violetas se toparon con las esmeraldas de Kanon. El peliazul amplió su sonrisa.
-No creí que lo hicieras.
-No tiene mucho sentido llevarla puesta frente a ti a estas alturas de la vida ¿no crees? –con un gesto de su rostro, Kanon le dio la razón.
-Ya. –mordisqueó una galleta, sin dejar de verla.- ¿Cuándo llegasteis?
-Hoy. –susurró.- Esta misma mañana. El Maestro nos encontró en los lindes del Santuario.
-¿En serio? ¡Qué gran bienvenida! –Naia rodó los ojos.
-Fuimos al campamento, conocí a la amazona de Ophiuco y… me encontré a Nikos.
-¿Y cómo fue? Lidiar con Shaina es toda una experiencia.
-Bueno… me atrevería a decir que no empezamos con buen pie. –adoptó una expresión pensativa y continuó.- Tengo la impresión de haber irrumpido en su territorio sin permiso.
-Probablemente sea eso. –Kanon rió suavemente.- ¿Y Nikos?
-Pues… ¡Dioses! ¡No esperaba encontrarlo vivo! Os sentimos regresar a vosotros, no a él… y cuando lo vi… -se encogió de hombros y una sonrisa tímida apareció en sus labios.- Solo por eso mereció la pena.
-Supongo que si. –Kanon dio voz a sus pensamientos inconscientemente.
Naia y Nikos siempre habían estado muy unidos, sin importar qué. Hubo una época en que él mismo la recordó que nadie merecía sus sacrificios, ni siquiera un hermano. Y ahora, estaba ahí, catorce años después, frente a ella, pensando en lo mucho que le hubiera gustado tener esa sonrisilla de ilusión en el rostro al reencontrarse con Saga.
-¿Cómo te fue a ahí fuera? –quiso saber.- Y lo más importante de todo… ¿por qué demonios querríais regresar a un sitio como este después de tu magistral desaparición?
-Bueno, -ignoró el comentario acerca de su huida, a pesar de que sospechaba que se había convertido en un secreto a voces.- admito que la vida loca viviendo en Rhodas estuvo bien. Descubrí un par de talentos ocultos, y me divertí muchísimo a lo largo de estos años. Deltha y yo mantuvimos el contacto, pero apenas nos vimos en unas cuantas ocasiones. –Podía haberle dicho donde había estado aquel tiempo, pero optó por la prudencia. Tenía serias dudas sobre si Del se quedaría allí, y no era justo desvelar su único refugio.- Y hace un tiempo pues… ¡Boom! Vuestros cosmos regresaron de la nada.
-¿Y eso es todo? ¿Por eso volvisteis? –Naia se encogió de hombros ante la pregunta.- Oh, vamos. –"Confiesa." Quiso decir él, pero calló.
-Necesitábamos respuestas. Hemos llevado vidas normales ahí fuera, pero nunca comprendimos que era lo que sucedía en realidad aquí.
-¿Y lo hacéis ahora? –Naia se acurrucó en el sofá, y fijó la vista en otra parte. Cualquier lugar era mejor que mirar sus ojos en aquel momento.- Nah…
-Digamos que… -suspiró.- Nikos nos puso al día de ciertos acontecimientos. –Omitió las advertencias de Shion.
-Oh, la parte interesante supongo. –Y aquella era la primera vez, desde que habían vuelto, en que de veras se sentía ansioso ante su propia historia y la opinión que generaría.
-No se si interesante lo defina bien.
-¿Truculenta historia? ¿Lamentable? –sugirió.- ¿Increíble?
-¿Te lo estas tomando a broma? –preguntó totalmente sorprendida de la frescura con la que hablaba.
-No, la verdad que no. –Se puso en pie, tan solo para terminar sentado junto a ella en el sofá.- A decir verdad, me lo estoy tomando más en serio de lo que nadie cree.
-¿Es verdad?
-¿El qué?
-Ares… -Fue difícil pronunciar la primera palabra. Después, las demás surgieron solas. No podía ignorar el asunto por más tiempo.- Saga. Tú. Poseidón. Incluso Hades…
-Si.
-¿Si? –probablemente, no se acostumbraría nunca a tal sinceridad. Kanon podía ser demasiado claro cuando quería, y acababa de recordarlo.
-Si. Ahora, la historia que todo el mundo ahí fuera cuenta, es su propia versión. A grandes rasgos, las cosas sucedieron así… pero hay muchos matices que todos ellos desconocen o prefieren ignorar.
-¿Cómo cuales?
-¿Qué es lo que deseas saber en realidad? –La pregunta sobraba, Kanon sabía de sobra que lo que todo el mundo deseaba conocer, era la verdadera historia de Ares. Y no estaba seguro de poder contar demasiado al respecto, al menos nada que fuera nuevo.- ¿Ares?
-Y tú.
-Haré esto fácil, Naia. –O al menos, tan fácil como le fuera posible.- Todo lo que has oído de mi, es cierto probablemente. Le hice una sugerencia estúpida a Saga, terminé encerrado en Cabo Sunion, y por avatares del destino, terminé empuñando el tridente de Poseidón y vistiendo una de sus escamas. Solo deseaba la destrucción de este lugar, como fuera, y siempre fui consciente de lo que estaba sucediendo.
-Lo cuentas como si fuera una broma.
-No lo es, te lo aseguro. Pero no tiene caso darle más vueltas. Tardé mucho tiempo, pero comprendí como eran las cosas y… bueno, Athena estuvo allí para mi. Ella me dio la oportunidad, y lo demás es historia. Aquí estoy, y mal que bien, sigo adelante. No pretendo que todo el mundo deposite su confianza en mi de la noche a la mañana.
-¿Y Ares?
-Esa… es otra historia muy distinta. –se acomodó en su asiento, y se apartó un mechón de la melena.- Reencarnó en Saga. ¿Por qué? Porque era el destino y así estaba escrito, por casualidad, por capricho… yo qué se. La cuestión es que nunca fue una encarnación muy… armónica. Lo sometió, eliminó a todos sus obstáculos de un plumazo, y reinó sin mayor problema durante mucho tiempo.
-Eso ya lo se.
-Ya. Veras… -se removió de nuevo, con la única intención de verla directamente.- Nadie aquí puede darte detalles de eso, salvo una persona. Y si quieres un consejo… ni lo intentes.
-¿Dónde esta? –Kanon se encogió de hombros.
-No lo se. Pero debes saber que no es quien tu recuerdas. Olvídate de las sonrisas encantadoras y todas esas idioteces que tanto os gustaban a todos. La situación ahora es muy distinta, y Saga prefiere morirse antes que mencionar una sola palabra acerca de ese tiempo y todo lo que pasó.
-Nikos dijo que se… -apretó los dientes.
-Suicidó, si. –No tenía la menor idea de por qué aquella palabra resultaba tan difícil de pronunciar. Quizá porque evocaba muchos sentimientos contradictorios imposibles de manejar.
-Nada de lo que sucedió fue su voluntad, ¿verdad?
Kanon la miró por unos instantes y tragó saliva. Intentando comprender aquella necesidad que tenía el mundo de creer en la inocencia.
-No se si todo o nada fue voluntad suya o no. Se que no podía controlar muchas cosas, y tengo la sospecha de que hay muchas otras que ni siquiera recuerda. ¿Eso te consuela?
-A decir verdad… un poco.
-Las cosas son como son, Naia. No intentes colorearlas porque no van a cambiar.
-¿Y ahora?
-Ahora… bueno, tuvimos un regreso un tanto movido. Probablemente deba ir en algún momento a ver como están las cosas por el Templo Papal. Creo que se me fue la mano ligeramente con el ímpetu, y asumí que todos estarían preparados para escuchar la verdad tal cual era. –O más bien, tal cual él la contaba.- Me equivoqué, y ahora esta todo un poco… revuelto. –por decir algo.
-¿Aioros está bien? –Kanon alzó una ceja con curiosidad.
-Vivo, que es bastante mejor de lo que estuvo los últimos catorce años, si me preguntas.
-Ya, pero volver y encontrarse todo esto es… -resopló.- Sobrecogedor.
-Esta confundido, supongo. Incluso asustado, y no le culpo.
-Y ¿ahora qué? ¿Qué harás tú?
-¿Yo? –se encogió de hombros.- No mucho. Con la tregua entre Poseidón, Athena y Atlantis, las cosas están más tranquilas. Soy un santo ahora, y mi sitio está aquí.
-Si, pero Saga…
-Saga es el Santo de Géminis, no le des más vueltas. Siempre lo fue, y siempre lo será. Vestí la armadura durante la guerra con Hades, y fue maravilloso, pero es suya. Intento acostumbrarme a lo que siempre debí ser.
-¿Su hada madrina? –Kanon explotó en carcajadas, y casi por instinto, revolvió la melena de la morena. Había olvidado su sentido del humor.
-Su pesadilla, más bien. No vestiré Géminis a no ser que él no pueda hacerlo… y después de todo lo que he visto en los últimos tiempo, será mejor que eso no suceda nunca. Pero estaré aquí como uno más.
-¿Ahora vas a tener responsabilidades?
-Oh, no, cielo. Solo soy un santo suplente…
-X-
Tras haber dejado a Naia en Géminis, la subida hasta el Noveno Templo le había resultado increíblemente larga. No solo rogaba en su interior por no perderse en aquel sinfín de pasadizos oscuros y mohosos, sino que también sentía el estómago revuelto con todo lo que había sucedido en las últimas horas. Lo que traía atravesado en el pecho era una mezcla de sentimientos que iban desde la ansiedad hasta la rabia, pasando por el miedo, y todas comenzaban a escaparse de su control. Estaba segura de que en cualquier momento, su carácter iba a superarle y terminaría estallando de alguna forma que no resultaría grata para nadie.
Lo cierto era que mientras más cerca estaba de Sagitario, más y más crecía el temor de lo que encontraría ahí. La compañía de Naia había mantenido a raya a sus pensamientos más oscuros. Sin embargo, al quedarse sola, lo único que había podido hacer era dar vueltas a sus propios miedos, una y otra vez, en las formas más variopintas.
Aún antes del regreso, Deltha no había sido tan ingenua como para pensar que la gente no habría cambiado, ni que todo seguiría igual. Pero, constatarlo con sus propios ojos, había resultado mil veces más impresionante de lo que su mente se había atrevido a imaginar. Empezando por Shion y pasando por Nikos, Milo, Camus, Kanon… Todos y cada uno de esos rostros nuevos la habían sorprendido; y había sido precisamente entonces cuando reparó en una cuestión especialmente importante para ella: ¿cómo sería Aioros después de tantos años?
Después de tantos años, uno esperaría olvidar el rostro de alguien perdido. Pero, por el contrario, había detalles que Deltha había atesorado, incluso con tintes obsesivos. Recordaba perfectamente su sonrisa, sus grandes ojos azules y aquella graciosa expresión en su rostro cada vez que curvaba las cejas con sorpresa. Su voz, en cambio, era más difícil de remembrar. A veces, soñaba con que le hablaba. Sin embargo, el paso de los años había sustituido la voz por la de aquellos que pasaban por su vida, perdiendo la de Aioros en un recuerdo cada vez más confuso.
Naia le había advertido a no saltar a conclusiones o a juicios de los que pudiera arrepentirse, pero simplemente no podía ser indiferente a todo lo que había visto, escuchado y sentido ese día. Hasta ahora no tenía ninguna razón para quedarse, y si miles de dudas que la jalaban de regreso a Naxos. El único que podía convencerla de quedarse estaba a unos minutos de ella, y a pesar de su presencia, Deltha no estaba segura de que fuera suficiente para retenerla.
Tras un debate mental interminable, el pasadizo llegó a su final y Sagitario le dio la bienvenida como en tantas veces anteriores, aunque en ninguna de ellas la amazona recordaba sentirse tan nerviosa.
Se había repetido y auto convencido de que mantendría el control. Ya no era más la chiquilla que veía y respiraba a través de él. Ahora era una mujer adulta, independiente, fuerte; y él era… Ante todo tenía que mantener la compostura. La historia que Nikos les había narrado era lo suficientemente desgarradora como para que ella le agregara drama a su regreso; un regreso que ni siquiera estaba segura de que fuera definitivo.
Entró como un felino, con pasos imperceptibles hasta alcanzar el corazón de Sagitario. Entonces, el muro con las palabras de Aioros grabadas en él se cruzó en su camino.
Sintió el corazón enloqueciendo dentro de su pecho y las manos le temblaron cuando extendió los brazos para acariciar la piedra labrada. Sus dedos rozaron el mármol con cuidado, temiendo que al tocarlo, el mundo desapareciera de nuevo para ella. Pero lo único que sucedió fue que el frío de la roca se impregnó en sus dedos.
-"A todos aquellos cuyo coraje ha vencido todos los obstáculos, os confío la vida de Athena, conjurándoos a protegerla y venerarla aún más que la propia." -Leyó cada palabra en silencio, sintiéndolas especialmente dolorosas. Ella lo había sabido desde el principio; Aioros jamás había sido un traidor.
No sabía en que momento Aioros había escrito aquello, pero una corazonada le dictaba que, tal como sonaba, era una última voluntad a la que ella no había contribuido en nada. Al igual que una niña asustada, había huido dejando todo atrás, incluyéndolo a él. Había pasado años y, de alguna forma, sabía que él comprendería. Pero a pesar de ello, no existían explicaciones suficientes ni palabras que expresaran su pensar en un momento como aquel.
Suspiró, pesarosa, mientras sus dedos delineaban las letras talladas. Sus piernas se negaron a responderle, aunque su consciencia era la principal culpable de su resistencia a seguir adelante. Sin embargo, sin que ella se percatara, el destino estaba a punto de darle caza.
-Resulta intrigante, ¿no te parece? –Aquella voz desató un huracán en su interior.- No tengo la menor idea de cómo llegó eso ahí.
Al escucharlo, la amazona se petrificó. Una marea de recuerdos la envolvió con el sonido de aquella voz que sonaba un poco más grave, pero tan suave y tranquila como la recordaba.
Los pasos resonaron en su dirección, pero Deltha fue incapaz de moverse. Los ojos se le humedecieron y un nudo le apretó la garganta. La mano de Aioros se posó sobre el mármol, junto a la suya, más la amazona no se atrevió a voltear el rostro para buscar el suyo. En cambio, su mirada se mantuvo fija en aquella mano cercana, que poco después entrelazó los dedos con los suyos.
-Los milagros existen. –musitó, agachando la cabeza y con las lágrimas asomando en sus ojos.
-En más de una forma.
La pelipúrpura se había dicho que mantendría sus cabales a toda costa, pero en el momento en que los brazos de Aioros la rodearon, se rindió, estrechándolo con tanta fuerza como le fue posible.
Después de tantos años, cuando la esperanza estaba perdida, se reencontraban en la más absurda de las situaciones. Ambos habían cambiado, sus ojos no le mentían. Catorce años habían dejado huella en ellos, en formas que ni siquiera alcanzaban a entender aún, pero que abrían de ser más y más obvias conforme los días transcurrieran en su redescubrimiento mutuo.
Sin embargo, también había detalles que la hacían pensar que, en un rincón profundo del corazón, un pedacito de ellos había resistido al pasado y sobrevivido a duras penas. Ahí en sus brazos, a pesar de los años, la esencia del arquero la envolvía, susurrándole, obligándola a creer que no lo había perdido. Su voz, segundos antes, había sonado tan suave que las memorias, que pensaba desaparecidas, regresaron a ella en un abrir y cerrar de ojos. ¿Podría ser que, contra todo pronóstico, consiguieran vencer el peso del cambio? ¿Serían capaces de pensar en el pasado que guardaban juntos, pero de vivir el presente? ¿Qué sucedería si no eran capaces de conseguirlo?
Muy a pesar de sus temores, Deltha quería pensar también que esa misma resistencia, que rayaba en la obstinación, la ayudaría a tomar la decisión que llevaba retrasando desde que pudiera un pie en el Santuario. Quería pensar que la fuerza que había ganado en esos años sola, la sostendría en los momentos más difíciles. Pero a la vez, temía que su regreso le arrebatara el coraje que tanto trabajo le había costado reunir.
Se separó lentamente de él, a sabiendas de que mientras más tiempo pasara entre esos brazos, más difícil le sería marcharse si tuviera que hacerlo. Podía engañar al mundo, pero no a si misma; y era precisamente por eso que tampoco podía perder de vista las posibilidades de que terminara alejada de ahí.
-Nunca pensé que volvería a verte. –Su mano acarició la mejilla del santo, como si toque de sus dedos pudiera asegurarle, más allá de todo duda, que no era un sueño lo que la envolvía.
-Yo tampoco pensé que regresaría, ni que volvería a tenerte aquí.
Deltha apartó la mano y esbozó una sonrisa triste. Se había esforzado tanto por asimilar su ausencia que tenerlo de nuevo frente a ella, revolvía su vida en formas que jamás había imaginado.
-Has cambiado. –le dijo él, nuevamente. Ella asintió, en silencio y mordisqueando sus labios ocultos detrás de su máscara.
Aioros no se hacía ni una mínima idea de lo diferente que era ahora. Quizás quería ver en ella a alguien que ya no existía. Pero es que sus ojos no le mentían. La última vez que la había visto era solamente una niña, una chiquilla que jugaba a ser amazona. Ahora tenía enfrente a una mujer, a una chica que había vivido catorce años que él se había perdido.
-Tú también cambiaste.
-¿Te parece? –Se rascó la cabeza con nerviosismo.- En realidad, yo creo que sigo siendo el mismo.
-Oh, no te engañes. –La seguridad con que las palabras surgieron de sus labios le dijo que ella se sabía en lo correcto.- Ni tú ni yo somos las mismas personas que solíamos ser. Todo ha cambiado. Todos somos diferentes.
La determinación en su voz le resultó inapelable. Hubiese querido tener algo que refutarle; algo igual de determinante, o al menos algo que la hiciera dudar de la dureza de sus propias palabras. Pero nada le vino a la mente. Aioros se quedó mudo, forzándose a si mismo a entender la realidad que les tocaba vivir.
-¿Eso es… bueno? ¿Es malo? –preguntó tras un rato de reflexión. Por los dioses, que nunca en su vida se había sentido tan confundido. Después de que Athena les trajera de regreso a la vida, nada en su vida había sido sino un mar de confusión y de preguntas que era incapaz de responderse la mayor parte del tiempo.
-No lo sé.
En su interior, Deltha no estaba muy alejada de lo que él sentía. Había pasado todos esos años deseando poder abrazarlo, conversando con su recuerdo, anhelando tan solo verlo. Sin embargo, en un giro del destino que jamás hubiera esperado, lo tenía ahí enfrente, vivo, sano; y solo podía pensar en el miedo que le infundía todo lo que estaba pasando. A duras penas se había hecho una vida sin él. Había llorado y sufrido cada día de esos catorce años por dejar atrás su recuerdo y, justo cuando creía recobrar el control sobre su vida, los dioses se encargaban de arrebatárselo de nuevo. Era un destino cruel e impredecible el que le había tocado.
-Han pasado muchas cosas… -El santo le dijo.
-Nikos nos ha contado lo que sabe.
-¿Nikos? –preguntó, sorprendido.- No he tenido la oportunidad de verlo. ¿Naia volvió también?
-Si. Se quedó en Géminis, con Kanon.
-Géminis está un poco… revuelto. –susurró. Sagitario tampoco estaba muy de pie.
-Todo está tan cambiado. Irreconocible, incluso. –Deltha desvió la mirada con tristeza. Toda la alegría que le había causado el encuentro de Naia y Nikos parecía disolverse con el paso de las horas.
-Pero sigue siendo nuestro hogar.
Y la reacción que Aioros buscaba, nunca llegó. Solo pudo verla agachar la cabeza y casi pudo imaginarla mordisqueando sus labios, con nerviosismo.
-Estuve en Naxos todo este tiempo. –"Y no sé si deba llamarlo hogar ahora," pensó.- Naia insistió en que volviéramos, tan pronto sus cosmos se hicieron presentes. Vimos a Shion antes y nos dijo que pensáramos la posibilidad de quedarnos.
-Oh… -Pero Deltha no dijo nada más, solo se encogió de hombros.- Y, ¿qué pasará ahora? –Aioros volvió a cuestionarla en busca de respuesta.
-Tampoco lo sé. –dijo de nuevo. "No sé nada" era todo lo que podía decirse.
-¿Te quedarás?
-"¿Quedarme? ¿Aquí? No sé si pueda hacerlo."
Pero no dijo nada. Calló, encogiendo los hombros una vez más.
Agradeció haber tenido el suficiente sentido común para usar la máscara aquel día. Necesitaba, no solo mantener blindado su rostro, sino también su alma. Tragó saliva y se mordió los labios mientras pensaba en tantas cosas, que se sintió abrumada. ¿Qué debía hacer? ¿Qué debía decir?
-¿Del? ¿Te quedarás? –El santo insistió.
-Yo… tengo una vida ahí afuera. –respondió por fin, no sin sentir que una parte de ella le gritaba que estaba en un error. Cruzó sus brazos sobre el pecho, en un esfuerzo de blindarse a si mismo de las repercusiones de su propia lengua.- No sé si debería… Este lugar… -se encogió de hombros mientras su mirada rehuía de la suya.- Yo nunca encajé aquí. Siempre fue complicado pensar que tenía un espacio en el Santuario, pero ahora…
-Eres una amazona.
-Fui una amazona. –terció apresuradamente, no sin recordar las palabras que Naia le había repetido hasta el cansancio para convencerla de regresar: "Siempre serás la amazona de Apus". La cuestión era que la pelipúrpura no esta segura de querer retomar el camino de guerras y dolor que estaba destinado para ellas.- Ahora solo soy Deltha, y me gusta ser así.
-¿Eso significa que no…?
-Eso significa que no estoy segura de que es lo que quiero. –volvió a interrumpir.- Me estás pidiendo dejar todo lo que tengo ahí, todo, por… esto. –Miró a su alrededor, y Sagitario jamás se sintió más imponente a sus ojos como en ese momento.- Cierto, volviste. Estás aquí de nuevo y eso me hace terriblemente feliz. Pero, ¿qué hay para nosotros ahora? Solo somos un par de extraños que alguna vez compartieron un cariño infantil, pero que no se conocen más.
La forma en que el arquero echó el cuerpo para atrás y entrecerró los ojos la puso en alerta. Leyó el desconcierto en su rostro con una facilidad que la preocupó.
-¿Eso es todo lo que fue para ti? –Fue en esa pregunta, accidentada y dubitativa, que Aioros se dio cuenta de lo mucho que pesaban los años perdidos.- ¿Un juego de niños?
-¡No! –La amazona se apresuró a responder.- No es lo que quise decir. –Pero el arquero no dijo nada más. Solo se quedó ahí, mirándola con ese par de ojos que irradiaban un profundo dolor.- Lo que quiero decir es que no hay nada claro para mi ahora, como tampoco lo hay para ti. Te quise, muchísimo; y cada día me recordé a mi misma lo que sentía por ti, para no olvidarlo. Pero no sé si puedo dar ese salto de fe que se requiere para volver y pensar que las cosas podrían ser como antes… no cuando me muero de miedo de pensar en que podrías volver a marcharte. No quiero que salgas herido, pero tampoco quiero ser herida.
Aioros pasó saliva. Asintió con suavidad y cuando su mirada descendió, no volvió a levantarla hasta algunos segundos después. Al hacerlo, clavó la mirada en aquella máscara que no había desaparecido, por mucho que él lo hubiera deseado. El rostro de plata lo miró del mismo modo de siempre: con los ojos muertos y aquella mueca de indiferencia que, por esa vez, le resultó más que irritante. A pesar de todo, se esforzó en dibujar una sonrisa amarga, como su propio estado de ánimo. Las cosas no estaban saliendo la mitad de bien de lo que hubiera esperado. Sin embargo, la decisión no estaba en sus manos.
-Suena como que tienes mucho que pensar. –Se acercó una vez más, no sin cierto recelo, le acarició los cabellos púrpuras antes de depositar un beso sobre ellos.- Lo que sea que decidas, quedarte o marcharte, dímelo. Te echo de menos y me gustaría que te quedarás… pero solo es si lo que quieres. –musitó.- De ninguna otra forma más.
Deltha sintió su corazón romperse un poquito más, si es que aquello era posible. Lo abrazó una vez más, incapaz de darle la seguridad que necesitaba, ni las respuestas que quería. Volvería más tarde a Sagitario, fuera como la última vez, o la primera de muchas más.
-X-
Inexplicablemente, aquel día Saga se había levantado por el lado derecho de la cama. Se había vestido rápidamente, y salió a darse un baño a la playa. Se había sentido tan bien como pocas cosas que recordaba. Pero cuando comenzó a temblar, se dio cuenta que era hora de salir de allí, y volver.
Volver. A decir verdad, cualquier sitio que no fuera Géminis, estaba bien. Siempre y cuando estuviera solo, o tuviera una compañía que le resultara agradable, lo cual reducía mucho la lista de candidatos. Así que cambió de idea. Llevaba días entrenando solo en su templo, intentando recuperar parte de sus habilidades y su forma física. Pero aquello no era del todo fácil encerrado entre cuatro paredes, por grandes que fueran.
No sabía cuanto tiempo llevaba corriendo, aunque sospechaba que menos de lo que solía aguantar tiempo atrás. Cuando sus pulmones comenzaron a quejarse, y los pinchazos en sus piernas se hicieron casi insoportables, se detuvo.
Se apartó los mechones empapados de agua y sudor de la cara, y apoyó las manos sobre sus rodillas, intentando recuperar el aire que tanta falta le hacía. Y tan concentrado estaba en aquella tarea básica, que no había reparado en que tenía compañía.
-Creo que aún necesitaras bastantes horas de entrenamiento. –Se incorporó de pronto, como un resorte, al verse sorprendido, y giró en la dirección de la voz que le resultaba familiar. Sorprendido, y aún con la respiración agitada, esbozó una minúscula mueca que podía haberse confundido con una sonrisa.
-¿Es tan obvio? –murmuró entre jadeos.
-Un poco.
Observó a Tatiana detenidamente, intentando recordar cuando había sido la última vez que la había visto… o cuál había sido su paradero. No tuvo demasiado éxito en su tarea, así que se limitó a mirarla. No tenía muy claro que surgiría de aquel encuentro… pero desde luego, haberse topado con ella era una grata sorpresa.
-¿Agua? –una voz más juvenil, surgió a espaldas de la rusa, y un chiquilla pelirroja, y enmascarada, le tendió una botella.
-Gracias. –respondió, confundido, después de haber saciado su sed.
-Eire, amazona de la Grulla. –dijo, inflando el pecho orgullosa.
Saga agitó su mano suavemente, a modo de inocente saludo. Ladeó el rostro levemente, y miró de una a otra.
-¿Tú alumna? –Tatiana asintió. De pronto, las piezas comenzaron a encajar en su cabeza.
-¿Por qué no descansamos un rato y así tenéis oportunidad de hablar?
No le paso desapercibido el poco disimulado intento de la joven amazona por librarse de su entrenamiento, como todos ellos habían hecho alguna vez en sus vidas. Pero la voz de Eire sonó inesperadamente alegre para él, rebosante de un desparpajo que le recordaba mucho a un pequeño escorpión que alguna vez había correteado por aquellos lares. Y con una complicidad recién descubierta, se encontró cuestionando a Tatiana con la mirada, tal y como hacía la joven Grulla.
-Esta bien, esta bien. –La rusa se encogió de hombros con resignación, al reparar en la inesperada complicidad, y se sentó en el suelo, junto a Saga. La sombra del árbol a sus espaldas, era de agradecer.- Ve a tomar un poco el sol, si quieres.
-¡¿Qué? No, estaré bien aquí, a la sombra. Gracias. –Saga alzó las cejas suavemente, entre divertido y curioso. Sin embargo, Tatiana a su lado, miró a la adolescente seriamente y, aún portando su máscara, Saga supo que le estaba dedicando una mirada de hielo.- Hace calor.
-Eire…
-¡Vamos, Tati! ¡No seas egoísta! –Y de pronto, se cruzó de brazos, igual que haría una niña.
Tatiana no dijo nada, se apartó uno de los rizos que caían sobre su rostro, y respiró hondo. Era difícil saciar la curiosidad de una niña con futuro de amazona. Desde que Eire se cruzó en su camino, la chiquilla tenía más preguntas sobre los santos dorados de las que ella creía posibles. Mal que bien, había ido sorteando las dificultades que planteaban las respuestas. Pero cuando había vestido su armadura, y habían vuelto al Santuario… el asunto se le había ido de las manos.
Apenas había vislumbrado a alguno de ellos en un par de ocasiones. Y la curiosidad que la generaban cuando era niña, había quedado en nada comparada a la fascinación que ahora sentía por el rango más alto.
Eso si, la amazona del Lince haría todo lo posible por mantener esa "fascinación" bajo control. Y lo que menos deseaba era tenerla revoloteando alrededor de Saga desde el primer momento, como una mariposilla, cuando las cosas estaban cuanto menos… confusas.
-Vamos, Eire. Puedes incluso ir a darte un baño. Se acabó el entrenamiento por ahora. –La pelirroja bufó, aumentando el asombro de Saga aún más si era posible, pero finalmente se resignó.
-Esta bien, está bien. Quédatelo para ti sola. –Se dio media vuelta, y emprendió el camino hacia la playa. Sin embargo, cuando parecía que se perdería de vista, volteó y gritó.- ¡Deberías venir más a menudo, Saga!
Después, se marchó.
-Ignórala. –Era difícil que la expresión de asombro de Saga pasara desapercibida para alguien.- Desde que volvimos esta un poco… hiperactiva y emocionada.
-Entiendo. –dijo asintiendo.- ¿Cuántos años tiene?
-Dieciocho, aunque aparente doce.
-Vaya…
-¿Sorprendido? –Y a decir verdad, sabía que lo estaba, y ella no terminaba de comprender por qué.
-Si, bueno… -se encogió de hombros.- Hay algunas cosas que no… -pero no terminó la frase. No recordaba, y su situación ya era lo suficientemente lamentable, como para empeorarla con eso.
-¿No recuerdas? –ella terminó la frase por él.
-No todo. –Y así era. Había grandes fragmentos de su pasado que no eran más que huecos en blanco, incógnitas que no estaba seguro de querer desvelar. Sin embargo, recordaba otros momentos con mucha más nitidez de la que le gustaría.
-Cuando desapareciste… -Saga miró al suelo, apesadumbrado, tan pronto mencionó aquella palabra.- El Maestro me envió a Irlanda. Allí encontré a Eire, y allí permanecí hasta que las cosas se calmaron y el Santuario volvió a la normalidad.
-Oh. –Se sopló el flequillo.
Y ahora, ¿qué? ¿Debía hacer un resumen o confesión sobre su historia? No tenía la menor idea de cómo empezar. Y tampoco comprendía del todo porque la presencia de Tatiana no le resultaba tan amenazadora como la del resto. Quizá, era porque ella siempre había sido irremediablemente honesta con él, para bien y para mal. Nunca había disimulado en su presencia.
Se habían encontrado por sorpresa, y debía decir que había sido totalmente inesperado, porque hasta aquel instante, ni siquiera se había acordado de ella. Pero allí estaba, sin aquella acuciante necesidad de huir a su oscuro agujero. En compañía de alguien más.
Era, definitivamente, extraño. ¡Quizá estuviera enfermo!
-¿Cómo estás? –preguntó, sin saber a ciencia cierta si era lo que debía decir.
-Bien, bien. Ha sido agradable volver, y ver que las cosas regresan poco a poco a su lugar. Hemos trabajado mucho. ¿Qué hay de ti? –Y él, suspiró, confiando en que, quizá, Tatiana lo dejará pasar; pero sentía su mirada clavada en él, y supo inmediatamente que no tenía escapatoria.
-Esta siendo complicado. –Por no decir, que estaba siendo más o menos una tortura insoportable.
-Supongo que si.
-Ha pasado mucho tiempo… y demasiadas cosas. Todos estamos demasiado cambiados, más de lo que muchos esperarían.
-Todo el mundo cambia con el tiempo.
-Si, pero… -se encogió de hombros.- No se que decirte. Ya sabes la historia, y seguramente has oído más cosas que yo, así que…
-Desde luego, las viejas costumbres nunca mueren, y tampoco los chismosos.
-¿Estás decepcionada? –La pregunta la tomó de improviso. Saga la miraba de soslayo, a través de un desordenado mechón empapado de su melena azul, como un animalillo asustado.
-¿Decepcionada?
-De lo que paso. –añadió, asintiendo.- De mi.
-No. –Y no dijo nada más, solamente lo contempló fijamente, analizando cada detalle, cada marca apenas visible en su piel, y cada gesto aún más apesadumbrado que el anterior. Tragó saliva.- Me sentí confundida, perdida. Muchas de las cosas que oí me pusieron furiosa… y en algún momento desee tenerte delante solo para meter un poco de sentido común en tu cabeza, aunque fuera a golpes.
-Au.
-Después… -a decir verdad, hacía solamente unos minutos.- Reparé en que realmente me siento decepcionada de mi misma. –Saga alzó la mirada rápidamente, sorprendido.
-¿Por qué?
-Porque yo sabía de tus desmayos, de tus jaquecas… y no hice nada. Quizá, si hubiera dicho algo al respecto, todo el desastre podía haberse evitado. Lo siento, lo siento mucho. Me di cuenta demasiado tarde.
-No lo hagas. Esta bien así. De hecho… te lo agradezco. Puede sonar extraño después de todo lo que ha pasado… pero fuiste fiel a tu palabra, a lo que me prometiste. –Y es que, aunque la situación pudiera parecer similar a la de Aioros, para él no lo era en absoluto.- Gracias. Lo necesitaba en aquel momento.
Tatiana ladeó el rostro sutilmente, lo suficiente, como para que Saga imaginará que estaba sonriendo tras la máscara. Y de pronto, se sintió infinitamente aliviado, liberado. Era la primera vez que se sentía cómodo, normal… y sobre todo, no juzgado.
-¿Las cosas ya están bien?
-¿Qué cosas?
-Ares.
-Oh. –se encogió de hombros, incómodo.- Si. Si.
-Entonces, con eso basta. Todo mejorará a su debido tiempo. Es bastante estúpido pretender que todo vuelva a la normalidad y este bien en un simple pestañeo. Llevará su tiempo y debéis ser pacientes. –"Debes serlo." Quiso decir, porque a él nadie iba a ponérselo fácil, y lo sabía.- ¡Por los dioses! La gente deja de hablarse durante años por cualquier estupidez… lo vuestro es mil veces más complejo.
-Supongo…
-Un paso cada vez, Saga. Quizá Athena os ha dado una oportunidad única. Puede que muchos lo vean como un motivo suficiente para olvidar todo, sin más. Pero creo que no se puede hacer nada más absurdo que obviar las heridas de cada cual. Es estúpido… -se encogió de hombros.- Esto ha sido demasiado repentino. Cada persona necesita su propio tiempo para curarse, su propio ritmo para reponerse. Quién no lo entienda, tiene una perspectiva de la realidad bastante distorsionada.
Y Saga, se encontró sonriendo. Le sorprendió tal gesto, pero le resultó infinitamente agradable hacerlo.
-Te ves bien, Lince.
-¿Ese truco te funciona realmente? –Saga alzó una ceja con curiosidad.- Los rumores cuentan muchas cosas, Géminis.
-¿De qué cosas hablamos?
-De tus buenas compañías durante esos años…
-Oh.
-¡Vamos! –Tatiana se puso en pie de un salto, entre carcajadas.- ¡Mueve ese culo tuyo de una vez, y entrenemos! No te acomodes. ¡Mi alumna debe conocer a un santo respetable! Y te aseguró que por el modo en que te habló y miró, no se despegará de ti en años.
-Continuará…-
NdA:
Saga: ¡Al fin! ¡Alguien que me entiende y que no quiere lincharme! ¿Era mucho pedir un poco de comprensión? ¿Eh? ¬¬'
Aioros, Kanon: ¡Si! ¬¬'
Saga: ¬¬'
Damis: Cof. Cof. Siento deciros esto a todos y todas, pero… Así es la vida real. Cruda y difícil, las heridas no se curan de la noche a la mañana, Tatiana tiene razón, todo el mundo tarda en encontrar su lugar y olvidarse de las ofensas. Quien diga lo contrario, simplemente miente.
Sunrise: No todo en la vida es comedia y alegrías, por desgracia. Hay malas rachas que lleva su tiempo solucionar… pero no se preocupen. ¡Ya habrá muchos momentos divertidos también! Paciencia. Dennos un tiempito para arreglar las cosas.
Damis: ¡Y como aclaración! Espero que os hayáis percatado de que este fic no esta catalogado como una comedia o historia de humor, sino como una historia de amistad, con lo que eso conlleva.
Sunrise: Intentamos acercar la historia de Saint Seiya lo más posible a la realidad. Y ni que decir tiene, que el argumento esta preparado muy, muy, muy a largo plazo… lo que ocurre en cada capítulo esta sometido a muchos análisis y esta lejos de ser improvisado, así que hacer cambios es sumamente complicado. ¡No comáis ansias! No todo puede suceder en unos poquitos capítulos, pero os aseguro que la espera vale muchísimo la pena.
Damis: Sucede lo mismo con los personajes que utilizamos y cómo los utilizamos. Nos manejamos con los personajes que creemos más adecuados y con aquellos que nos hacen sentir más cómodas para la historia que queremos contar, los que de verdad aportan algo interesante a nuestro argumento.
Sunrise: ¡Lo sentimos, chicas! Pero hay personajes que simplemente no tienen un hueco relevante aquí, y meterlos simplemente por rellenar, no va con nosotras y creemos que es un gran error.
Damis: Así como hay otros, cuya historia es prácticamente inexistente… y nosotras hemos adaptado a lo que consideramos más apropiado. Cada decisión tiene un motivo importante, como la sexualidad de determinados Santos.
Afro: Cof. Cof.
Damis: Si, Afro, eres tú. ¡Así que pedimos que le deis tiempo al argumento y comprenderéis el por qué! Os aseguro que todo es para mejor.
Sunrise: ¡Escribir esta historia requiere mucho tiempo y dedicación! ¡Agradecemos el aluvión de reviews y favoritos!
Damis: ¡Los replies anónimos, como siempre, en nuestro profile!
Aioros: ¡Y recordad que Sunrise y yo estaremos de vacaciones el próximo mes, así que la actualización del capítulo 5 tardará un poquito en llegar! ¡Feliz verano!
