Capítulo 5: Desconocidos
Al reparar en la presencia de Shura en su templo, Aioria no pudo sino sorprenderse. El santo de Capricornio, al igual que la gran mayoría de ellos, apenas y abandonaba los límites de sus propios dominios muy de vez en cuando. Con la excepción de Camus, sus encuentros con la raza era humana eran igual de escasos y, aunque su semblante lucía un poco más tranquilo, el león no podía negar el recelo en aquellos irises oscuros cada vez que le miraban.
-Hey… -saludó de una forma más accidentada de la que hubiera deseado.
-Hola. ¿Interrumpo? ¿Tienes compañía?
-No, no. Yo iré más tarde a donde Marin y Aioros se ha quedado en Sagitario ésta mañana. Adelante.
Aunque no dijo nada, Shura agradeció infinitamente la sonrisa ínfima que apareció en los labios del león. Con lo escasas que eran, resultaban más y más valiosas.
Entró tímidamente en Leo, paseando la mirada por cada rincón de aquel templo que pocas veces se había atrevido a visitar. Después de la muerte de Aioros, sobraba decir que las relaciones con Aioria eran insostenibles. Pero ahora le daba un gusto infinito que la situación se hubiera revertido. Para los ojos del español había una innegable justicia divina en que, de pronto, Aioria tuviera todo lo que alguna vez los mismos dioses le habían negado. De todos, probablemente era el que más razones tenía para estar agradecido por esa segunda oportunidad y también quien más la disfrutaba. Había pasado de no tener a nada ni a nadie, a tenerlo todo. Sin importa lo difícil que pintara el mundo, el león lucía simplemente feliz a últimas fechas y vaya que lo era.
-¿Qué haces por aquí? –El castaño volvió a cuestionarle y lo único que Shura pudo hacer fue encoger los hombros.
-¿Me creerías si te dijera que salí a caminar y de pronto me encontré aquí?
-No. –Aioria le sonrió y el español imitó el gesto, con cierta melancolía en el rostro.- ¿Estás aquí por Aioros?
Al escucharlo suspirar, Aioria obtuvo su respuesta.
Hasta donde sabía, Shura y Aioros no habían cruzado palabra desde la reunión tras su resurrección. En las pocas ocasiones en que había hecho el intento por sacar palabra alguna a su hermano sobre el asunto, éste simplemente había hecho hasta lo imposible para cambiar el rumbo de la conversación. Así que, muy por el contrario de lo que Shura pensase, estaban en las mismas al respecto; Aioros parecía haber dominado en pocos días el arte de mantener la boca cerrada a como diera lugar.
-¿Cómo está tu hermano? –el español cedió y preguntó.
-Pues… -Chasqueó la lengua. Si era sincero, Aioria tenía que admitir que la pregunta no le pilló desprevenido. Sabía que Aioros aún era importante para Shura, a pesar de todo lo que les separaba. Y lo único que lamentaba era el hecho de que, sin Shura y sin Saga, su hermano parecía morirse lentamente en una soledad en la que él mismo no le era suficiente.- No muy bien. –terminó por admitir, no sin un bufido de decepción.- ¿Recuerdas esos tiempos cuando hablaba sin parar y era casi imposible hacerlo callarse? Bueno, ahora lo imposible es hacerlo hablar.
-Lamento escuchar eso. –Y Shura era sincero.
-No lo hagas. –Aioria negó.- Aioros está demasiado solo y ya sabemos que la soledad no le va bien. Depende de él salir de su encierro… solo me gustaría poder serle de más ayuda.
-Tiene todas las razones para sentirse solo y traicionado.
-Si, eso no lo niego. Pero hay un mundo de cosas ahí afuera mil veces mejores que las cuatro paredes de su templo, y se las está perdiendo todas.
Shura lo miró con una mueca en los labios que gritaba culpabilidad. Cuando la mirada de Aioria se tornó empática a sus sentimientos, negó suavemente con la cabeza.
-Es difícil para él despertar y encontrarse rodeado de un montón de desconocidos.
-Lo sé. Pero también sé que debería darse la oportunidad de conoceros de nuevo. –replicó el león.- Nadie dijo que iba a ser fácil desde el principio. Y vamos, que si alguien tiene la capacidad de conseguirlo, es precisamente mi hermano.
Vaya que Shura que sabía un par de cosas acerca de lo difícil que las cosas habían sido. Él no juzgaba a Aioros, sino lo contrario. De hecho, coincidía con el león al pensar que Aioros sería capaz de sobreponerse a la precaria situación. Sin embargo, entendía sus motivos y se seguía sintiendo culpable de esa soledad que le devoraba rápidamente. Hubiera querido hacer más que sentir remordimiento, pero mientras el arquero no le dejara acercarse, tenía las manos atadas.
Estaba a punto de responder, cuando las palabras se le quedaron en los labios. No hubo tiempo para alargar aquella plática, tendría que quedarse el aire, porque no mucho después, un huracán irrumpiría en la hasta entonces tranquila casa de Leo. Dicha tormenta venía en la forma del benjamín de los doce templos, más que dispuesto a sonsacar detalles que satisficieran el apetito voraz de su curiosidad.
-¡Hola! ¡Hola! ¡¿Hay alguien en casa?! –el grito de Milo retumbó en la calma de Leo y, por alguna razón desconocida, Aioria sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Poco después, notó que el motivo de su preocupación era la euforia desmedida con la que la voz de Milo había sonado. Aquello nunca era presagio de buenas noticias.- ¡Hola! ¡Gato! ¡¿Estás aquí?! ¡Ven, minino, minino, minino!
Shura miró el rostro fastidiado del león y tuvo que contenerse para ahogar una risa. Milo y Camus podían ser mejores amigos, pero Milo y Aioria eran dos desastres con piernas capaces de poner sus respectivos mundos de cabeza.
-Creo que te hablan. –musitó, sonriendo de una manera que le resultó agradable. Aioria bufó. No estaba sordo como para no escuchar el griterío del escorpión. Lo que sí, estaba seguro que incluso Shion, en el templo Papal y masticando galletas ruidosamente, había sido capaz de oír semejante escándalo.
-¡Estamos arriba, bicho! –respondió también entre gritos. Aquellos eran los momentos en que realmente extrañaba tener su cosmos bajo completo control. Tanto griterío, sumado al eco de sus templos, terminaría por hacerlos lucir como idiotas.
Pero menos de un segundo más tarde, la cabeza de Milo asomó por la puerta, con la sonrisa más grande que le habían visto en muchos días y aquel mohín pícaro que solo pronosticaba problemas. Detrás de él, Camus lo empujó para abrirse paso. La recriminación apareció por un instante en la mirada del santo de Escorpio, pero rápidamente volvió a esfumarse, dejando su lugar a la travesura más propia de él.
-No era necesario gritar, gato. Ya estaba bien cerca. –saludó mientras el gesto de Aioria solo emanaba más y más fastidio.- ¡Ah! ¡Cabra! Así que aquí estabas escondido. ¿Reunión familiar y nadie nos invitó?
-Parece ser que te has autoinvitado.
-Así soy yo, felino.
-Alguien amaneció de buen humor. –Shura miró al griego peliazul con cierta curiosidad. Camus, a su lado, confirmó lo obvio con un sutil levantamiento de su ceja izquierda.
-¿Qué sucedió, bicho? ¿Aprendiste a compartir tu cama con el dosel asesino? –Shura se atragantó con la pregunta de Aioria.
-Ja ja. Pero que gracioso nos resultaste, gato tonto. En realidad, ni siquiera sé porque necesitamos doseles. –Meneó la cabeza.- Muy elegantes, pero que poco útiles.
-¿Te resultan inútiles? Y yo que creía que ya pensabas en colgar espejos de ellos. Lo suficientemente fetichista para tu gusto.
-¿Espejos? –Milo parpadeó, sintiéndose algo incrédulo. Después, giró el rostro sin saber si debía sentirse ofendido por la implicación contenida en las palabras del santo de Leo, o por el hecho de que la idea no se le había ocurrido a él primero.- Eso está pasado de moda. Las cámaras de video son lo de hoy en día. –Pero solo había terminado de hablar cuando las caras de incredulidad en sus compañeros le hicieron soltar la carcajada más escandalosa de ese día.- ¡Os he dejado perplejos! Eso es una advertencia: No os metáis con el maestro en estos temas.
-Si, si.- Aioria resopló un poco después.- ¿Qué te trae por aquí y con tan buen humor?
-¡Ah! Vengo en busca de noticias interesantes. –Camus, al escucharlo, giró los ojos.- ¡Vamos, vamos! ¡No seas tímido, gato! ¡Cuenta!
Shura y Aioria se miraron con recelo. Entrecerraron los ojos y, justo cuando el griego estaba a punto de preguntar sobre que demonios hablaba, Camus se le adelantó.
-Sobre Naia y Deltha.
-¡Camus! Calla y déjalo hablar. –Se quejó el escorpión mientras cruzaba los brazos y se dejaba caer en el sofá de Leo.- Anda, gato, ¡cuenta! Por lo que he visto, Caelum se trajo de regreso el culo más lindo que he visto en mucho tiempo. ¿Qué se trajo Apus para tu hermano? –Volvió a ensanchar su sonrisa, solo para que la mano de Camus impactara contra su nuca un segundo después.
-Deja de decir estupideces.
-¡Pero si solo quiero saber! Me da cierta esperanza pensar en que han vuelto. ¡Con un poco de suerte, tendremos un montón de santos menos gruñones a partir de ahora!
-Y tenemos un santo más ingenuo de lo que parecía. –Camus terció. No recordaba demasiado de las chicas en cuestión, pero por mucho que lo intentase, no podía pensar que los problemas se solucionarían en un abrir y cerrar de ojos.- Estás cantando la victoria demasiado pronto.
-¿Por qué? De verdad confío en que esas dos harán una diferencia pronto.
-Casi me gustaría que tuvieras razón, bicho, y eso en sí, ya es una locura descomunal. –acotó Aioria. Camus lo secundó.
-No hacen milagros. Además, ha pasado tanto tiempo que ni siquiera sabemos como van a tomar el hecho de que estén aquí.
-Oh, venga, montón de aves de mal agüero. –Milo meneó la cabeza.- Naia y los gemelos eran inseparables. Desde hoy te lo digo, esa chica estaba hecha para uno de ellos… o para los dos. –sonrió pícaramente.- Y Deltha… -se tornó pensativo.- De no haber sucedido toda la desgracia, el pobre arquero hubiera perdido su virginidad con ella. –afirmó con toda seguridad.
-¡Por los dioses, Milo!
-¡¿Qué?! Admítelo, minino. Tú hermano es más virgen que Athena. –Mientras escuchaban a Milo, en un gesto casi idéntico, los otros tres santos se pasaron la mano por la cara.
-¡Silencio! En primera, no es tu problema. En segunda, ¡no quiero saber nada de la vida sexual de mi hermano! Y, en tercera… ¡argh!
-Estás gruñendo de nuevo. Eso no puede ser saludable para un corazón que estuvo detenido por un buen rato. –Autocontrol. Aioria necesitaba de todo su autocontrol. Milo, en cambio, lucía más y más divertido conforme la conversación tomaba el rumbo que él quería.
De todas las noticias y cosas improbables que podían haber sucedido en los días pasados, el regreso de las amazonas era la más irreal de todas. Las dos se habían esfumado como un sueño muchos años atrás, tantos que su solo recuerdo resultaba difícil de traer de regreso.
Aioria se rascó la cabeza. Miró a Shura, quien al igual que él, había estado ahí cuando la catástrofe de Naia comenzó. A diferencia de Deltha, la amazona de Caelum se había marchado al exilio. Recordaba el caos que se había armado tras su condena por parte de Shion, y el escándalo todavía mayor cuando desapareció del prisión de Urano, en medio de un misterio total en el cual muchos dedos apuntaron hacia Saga. En pocas palabras, se había ido con la sombra de la deshonra sobre su cabeza y había arrastrado al santo de Géminis consigo; y, por lo que él mismo sabía, aquella era una carga demasiado pesada para llevar encima de los hombros.
En cuanto a Deltha, había estado enojado con ella por mucho tiempo, al haberle abandonado en medio del desbarajuste que ocasionó la muerte de Aioros. Cada vez que la situación se tornaba especialmente sádica en su contra, la recordaba y la maldecía por haberse marchado sin llevárselo consigo y dejándolo a merced de aquel montón de monstruos que habían hecho escarnio de él.
Sin embargo, a pesar de todo lo difícil que había sido, con el tiempo había aceptado que su destino era quedarse y conseguir la armadura de Leo. En algún punto, cuando había llegado a creer que Aioros había sido realmente un traidor, también se había convencido que ella había estado involucrada. Pero eventualmente, la olvidó por completo… hasta el día en que volvió a verse las caras con su hermano. Desde la resurrección, había pasado los días esperando la eventual pregunta de Aioros, acerca de su paradero. Estaba seguro de que el cuestionamiento surgiría en algún punto. No había sucedido, pero ahora ella estaba de regreso y ni los dioses, ni el mismos Aioros, sabían como terminaría aquello.
-¿Gato? ¿Te moriste de la impresión? ¿De qué Deltha haya vuelto? ¿O de que tu hermano sea virgen? –La voz de Milo, acompañada de su mano que le paseó delante de los ojos, le hizo notar que se habían encerrado en sus pensamientos por un instante.
-Milo, cállate. –Camus intervino de nuevo, con ayuda de otro manotazo.
-¡Camus!
-Por los dioses, Milo, tienes la boca más grande de todas. ¿Es tan difícil callarte por un segundo?
-¡Pero son buenas noticias! Y todos vosotros estáis actuando como si de un entierro se tratara. Madre mía, que poco os falta para echaros a llorar aquí mismo.
-Ya lo dije antes: estás pecando de ingenuo. –Camus le sentenció. No quería sonar negativo, pero una voz en su interior le decía que, muy a pesar de lo que Milo pensara, nada iba a ser tan sencillo como lo pintaba.- Te recomendaría tener un poco más de prudencia.
Más Milo simplemente no podía entender el por qué de tanto pesimismo en el aire.
Bufó, se sopló los flecos y soltó una maldición entre dientes, sin la suficiente sutilidad como para no ser escuchada. Un instante después, se reacomodó en el sofá de Aioria y trepó los pies a la mesita, mientras se cruzaba de manos y aquel mohín de chiquillo regañado se dibujaba en su rostro.
-Vale, vale. –musitó.- Como queráis. Si queréis creer que esto será una catástrofe, hacedlo. Dioses, ahora comprendo porqué tenemos fama de amargados.
-Milo… -Aioria lo miró de nuevo con aquella cara de fastidio que siempre ponía cada vez que el escorpión dorado jugaba la carta de la falsa indignación.
-¡Tsh! No digas más, gato tonto. Lloriquea un poco más con la cabra y con Camus. Mientras tanto, yo disfrutaré de la señorita culo bonito…
-Hasta que alguien te rompa la cara por idiota.
-¡Camus!
Pero mientras los otros tres seguían su discusión, Shura solo pudo permanecer en silencio. Sus pensamientos coincidían con los de Camus y los de Aioria. Sin embargo, deseaba con todas sus fuerzas que el optimismo de Milo terminara por cristalizarse… en especial por Aioros. Quizás el arquero no volviera a hablarle en lo que restaba de su vida, pero le bastaría con verlo bien para sentirse en calma. Deltha podría ayudar con eso.
La cuestión era que, aunque la amazona y él habían sido buenos amigos desde el principio, ahora se sentía también en deuda con ella. Al igual que Aioria, Deltha había perdido mucho con la muerte de Aioros; y todo había sido por una mala decisión suya.
Supo que eventualmente tendría que darle explicaciones. Aún si ella no las pidiera, Shura se sentía en compromiso de darlas. Lo que pasaría después, si la amazona las aceptaría o no, no quería pensarlo en ese momento. Fuera como fuera, no podía doler más que la mirada de Aioros, dolida y decepcionada, sobre él. Difícil como fuera, si Deltha se quedaba, el español confiaba que su presencia sería de ayuda para su amigo y, con eso, se daba por bien servido.
-Venga, cabra, ¿tú también vas a ponerte a llorar? ¿En serio? –Más Shura no le respondió a Milo, sino que solo suspiró. Ante su reacción, el escorpión decidió que era demasiado dramatismo para lo que iba de la mañana. Solo quedaba una cosa por hacer.- En vista del éxito obtenido y de lo platicadores que os encontráis ahora mismo, será mejor marcharse. –dijo, poniéndose de pie con un brinco.- Vámonos, Camus. Espero que ahí abajo esté más entretenido que aquí arriba. Algún chisme nuevo habrá para escuchar.
Y aunque chismes no hubiera, Milo se encargaría de encontrar alguno.
-X-
Debía admitir que hacer aquello, no había entrado nunca en sus planes iniciales. Y el motivo por el cual caminaba directo al despacho de Shion, era para Kanon una completa incógnita. Pero ahí estaba.
-Ésta es una visita inesperada.
El menor de los gemelos se detuvo en cuanto escuchó la voz de Arles. No lo había visto, el tipo tenía una sorprendente habilidad para pasar desapercibido, pero Kanon rápidamente giró en su dirección. Los ojos color miel del santo de Altair lo contemplaban con una dureza que a duras penas destacaba en medio de su rostro inexpresivo.
-Arles. –dijo simplemente.
-¿Qué te trae por aquí? –El aludido se acercó lentamente hasta él, casi con desconfianza: como si esperase un zarpazo letal en cualquier momento. Kanon se sopló el flequillo.
-Vengo a ver al viejo. –Arles arrugó la frente.- ¿Está por ahí?
-Respeto, Kanon, respeto. Si quieres que alguien te tome en serio, demuestra que no eres un animal y que tienes una mínima educación. –Esta vez fue el peliazul quien frunció el ceño.
-Ya, mis disculpas. –Inclinó el rostro casi exageradamente, pero no pudo evitarlo: Altair siempre había sido un amante de las buenas formas, casi lo había olvidado. Arles siempre le había resultado un tipo de lo más gracioso, que tendía a exagerar y a preocuparse demasiado. Pero ahora estaba enfadado, y probablemente, tenía todos los motivos del mundo.
-¿Qué es lo que quieres?
Una cosa estaba clara: Arles no iba a dejar que todo se fuera al demonio por la rabieta de un mocoso. Las cosas eran difíciles de por si, como para andar jugando con las intrigas, voluntarias o no, de Kanon. Habían caído en ese error una vez, y les había conducido de un modo u otro al abismo. No pensaba dejar que sucediera lo mismo de nuevo, y si para eso debía ejercer de fiero perro guardián, lo haría. No le importaba enseñar los dientes y ganarse la antipatía de todos, al fin y al cabo, ese había sido siempre su papel.
-Solo quería… -se encogió de hombros. No tenía muchas opciones, así que suspiró y continuó.- Solo quería ver como estaba. En son de paz. Lo prometo.
-¿No crees que debiste pensarlo primero?
-Ya, ya. –hizo un gesto con la mano, quitándole importancia al asunto.- No imaginaba que todos iban a estar tan sensibles. Me morderé la lengua, te lo prometo.
-Te envenenarás.
-Es probable. –Arles entrecerró los ojos y contempló su sonrisa triunfal. No estaba nada contento con ninguno de ellos: desde Shion, hasta el último de los chicos; pero entendía que las cosas llevaban su tiempo… Kanon, por desgracia, nunca había pensado así. Carecía de paciencia para los demás.
-Escúchame, Kanon. Harías bien en pensar, no dos, sino mil veces cada palabra que vayas a pronunciar. Quizá no te hayas dado cuenta, pero tenemos suficientes problemas como para que tú vengas a echar sal a las heridas por a saber qué retorcidos motivos. –Se cruzó de brazos, sin dejar de ver el rostro del gemelo, que escuchaba con estoicidad el rapapolvo.- Si eso es lo que tu consideras "ayudar", déjame decirte que estas muy equivocado. Puede que sea cosa mía, pero tu brillante actuación me pareció más una declaración de guerra, que un intento por solucionar nada. Careces de tacto para tratar a los demás, y lo necesitan desesperadamente. Todos. Así que te aconsejo que empieces a buscar esa empatía de la que careces.
-Ugh. –Murmuró con disgusto. No atinó a decir nada más. A decir verdad, no esperaba que Arles se atreviera a decir las cosas de un modo tan claro; al menos no a él. Y aunque en parte lo agradecía, no le complacía en lo absoluto escucharlo. El de Altair rodó los ojos al escuchar el monosílabo que escapó de sus labios.
-El Maestro está en el despacho.
Después, Arles se dio la vuelta y siguió su camino. Comenzaba a creer que todos ellos habían terminado siendo un montón de niños egoístas y malcriados. ¡Cuánto se habían equivocado y qué mal habían hecho las cosas Shion y él!
-X-
Cuando llamaron a la puerta, lo que menos esperaba Shion era toparse con el rostro casi travieso de Kanon tras ella. Dejó la pluma sobra la mesa, olvidando inmediatamente lo que estaba haciendo, y tragó saliva cuando el peliazul cerró a sus espaldas. Lo observó detenidamente, todavía sorprendiéndose de la inexplicable parsimonia y frescura que transmitía el chico.
-Kanon. –murmuró. El santo alzó las cejas suavemente y sonrió con cierta inquietud a modo de saludo.- ¿Qué…? –Shion carraspeó. No tenía la menor idea de cómo debía comportarse después de lo que había pasado. Kanon le había hecho sentir tan miserable que…- ¿Qué te trae por aquí?
-De visita. –Se dejó caer despreocupadamente en una de las butacas, que crujió peligrosamente bajo su peso.
-Oh. –El lemuriano no dejó de observarlo. Una incómoda pausa se instauró entre ellos, pero cuando la mirada amatista del Maestro terminó por ser demasiado penetrante e imposible de soportar más tiempo, Kanon rompió el silencio.
-¿Cómo va todo? ¿Ocupado?
-Si, claro. –Shion asintió… pero no atinó a decir nada más.
-Oye…
-¿Mmm?
-Fue necesario. –Y aquella mirada rosa, que a pesar de lo mal que pudiera sentirse no se acobardaba ante él, ni lo haría nunca, empezaba a intimidarlo: le estaba haciendo dudar. Un poquito.
-¿Tú crees?
-Si.
-Ya. –Aquello no era precisamente lo que el peliverde esperaba escuchar, aunque no se había creado grandes expectativas. Ni siquiera había esperado su visita. Retomó la tarea que lo mantenía ocupado antes de su llegada, aunque toda su atención la tenía el gemelo.- Supongo que depende del punto de vista.
Kanon chasqueó la lengua con disgusto, y se levantó de un salto cuando la silla crujió de nuevo. Miró al viejo mueble con cierta desconfianza, y continuó.
-¿Sabes? No termino de comprender que sucede con todos aquí. –Shion arrugó los lunares de su frente con suavidad.
-Eso nos quedó bien claro a todos, no te preocupes.
-¡Oh, venga ya!
-¿Qué quieres que te diga, Kanon?
-No lo sé. –se encogió de hombros, mientras curioseaba y toqueteaba las mil y una cosas que llenaban las estanterías.- Pero después de todo lo que ésta Orden ha vivido, me resulta de lo más… extraña la actitud de sorpresa y la reacción melodramática de todos al escucharme.
-Poco tienen que ver las guerras que se luchan, con las batallas que se libran en el interior de cada uno. Si hubieras tenido un propósito en tu vida más allá de la venganza, quizá lo podrías comprender. Pero dejaste el odio a un lado demasiado tarde, y lo que tienes ante ti son desconocidos. ¿Me equivoco?
Kanon dibujó un mohín de disgusto. No, no se equivocaba. Podía desear recriminarle al viejo muchísimas cosas, pero no podía quitarle la razón en eso. Su vida había girado en torno a sus propios deseos, no había tenido en cuenta nada más que sus ambiciones y satisfacciones personales: había sacrificado a todo y todos, sin importar quienes fueran o cuál terminara siendo su destino… por nada. Nunca se había preocupado por nadie, ni siquiera se había molestado en tomarse su tiempo para conocer a las personas. Para él no habían sido más que meros instrumentos.
-No les comprendo. –En absoluto. Eran todos unas completas incógnitas, y empezaba a temerse que su retorno triunfal como salvador había sido un desastre.
-Yo tampoco a ti, si te soy sincero.
-Vale, lo siento. –Suspiró con cansancio y cierta derrota. De otro modo jamás se hubiera disculpado con él.- Sé que mis palabras te molestaron. –Pero Shion no cambió su semblante. Él no lo definiría como molestia, sino más bien como un dolor inesperado. Inesperado, porque aunque era consciente de todos sus errores, del que menos esperaba toda esa cantidad de reproches… era de Kanon. ¡Qué ingenuo había sido! ¿Qué pensaba? ¿Qué Saga o Aioros abrirían la boca para protestar? A duras penas habían pestañeado.
-No es eso, Kanon. No es tan simple.
-Pedí disculpas a Saga también, si es lo que te preocupa.
-Vamos a ver… -dejó la pluma nuevamente, y se sobó los ojos, ignorando el sutil reproche.- Esto no es como cuando erais niños y hacíais travesuras. ¿Entiendes? Esto es mucho más complicado que todo eso. Un "lo siento" no va a aliviar el dolor de nadie. Ni siquiera el que tú puedas sentir. No voy a aplaudirte porque hagas lo correcto, ese es tu deber, tu obligación. Pedir disculpas es algo que cualquiera con un poco de sentido común haría. –Guardó unos segundos de silencio, en los no dejó de observarlo.- Tienes que comprender que la vida no es una competición entre Saga y tú. Todo eso terminó, y terminó mal. Muy mal. –Suspiró. ¡Era tan culpable de aquello, como ellos mismos! No habían sido más que niños…- Pero te doy la razón en todo lo que dijiste. –Kanon alzó una ceja con curiosidad: sorprendido.- Hice muchísimas cosas mal, errores que alguien en mi posición jamás debió cometer. Desde luego, pero en aquel entonces no lo ví, y está claro que no me resultaba todo tan obvio como ahora. Me duelen todas y cada una de mis equivocaciones como no te haces idea, aunque desde luego unas hieren mucho más que otras por las consecuencias imborrables que acarrearon. Mis errores os colocaron a vosotros como víctimas, y eso nunca debió suceder. –Se puso en pie con lentitud, y se acercó hasta la ventana, perdiendo la vista en el horizonte soleado del Santuario.- Entiendo que todos estéis enfadados y dolidos. ¡Por supuesto que lo hago! Todos tenéis algo que recriminarnos a mi y a Dohko. Pero no comprendo, ni lo haré nunca, tu necesidad de hundir en la miseria al mundo entero.
Kanon apretó los dientes.
-No es eso… -masculló, pero Shion no lo dejó acabar.
-Cuando entramos a ese salón, sabíamos que las cosas se pondrían difíciles y que muchas de las explicaciones que escucharíamos nos disgustarían y nos harían mucho daño. Nadie ignoraba eso. La verdad es siempre dolorosa para unos y otros: no importa que se vistan de héroes o de villanos ante el mundo. Al final, no somos más que personas normales y corrientes. Podemos engañarnos diciéndonos que somos invulnerables, que no sentimos ni padecemos, que nuestro corazón esta vacío… Pero es mentira. Una gran mentira. –Volteó, buscando sus ojos.- ¿Era realmente necesario hurgar en la herida de esa manera? Ya no por mi y Dohko… antes o después esto iba a pasar. Pero, ¿ellos? ¿Les viste las caras? ¿Te paraste a observar el dolor en sus ojos? –Colocó un mechón de su melena verdosa tras la oreja.- Siempre te las has ingeniado para convertir cualquier escenario en un campo de batalla entre tu hermano y tú. Sinceramente, fue un pésimo modo de comenzar, Kanon. Si querías empezar de cero, ganártelos… ¿por qué así? ¿Tenías que pisotear a Aioros de esa manera? ¿Tenías que destruir la poca confianza que tenían en todo esto?
-No había manera de colorear nada de lo sucedido para que a Aioros le doliera menos.
-Discrepo en eso, Kanon. Querías ser uno de nosotros, ¿no? –el geminiano asintió con decisión: por supuesto que quería, pero empezaba a darse cuenta de lo distinto que había sido vivir en Atlantis todo aquel tiempo. Lo diferente que resultaba ser el manipulador, a ser el manipulado.- No puedes serlo si simplemente pasas como un huracán sobre ellos y destruyes los diminutos avances que hacen en su vida. Has sido siempre independiente: tú, tú y tú. De una manera u otra te empujamos a ello y lo siento. Lo siento muchísimo. Quizá si te hubiera tomado más en serio, no estaríamos aquí teniendo esta conversación. La cuestión es que, o empiezas a pensar un poco en los demás, o jamás les alcanzarás. Jamás llegaras a ningún lado asumiendo que nadie aquí tiene corazón.
-No es eso.
-¿Y qué es?
-Simplemente pensé que eran más fuertes. –Se encogió de hombros.- Quizá ellos han sido santos de oro toda su vida, y comprenden bastante mejor lo que significa, eso no te lo discuto, porque para mi todo eso es… extraño. Pero la Guerra de Hades… ¡Joder! Tú estuviste ahí, aunque es cierto que no les viste. Pasaron muchas cosas, hicieron muchas cosas y lo soportaron sin romperse. No creí que después de eso, la simple y pura verdad les resultaría tan trágica. Lo que pasó, pasó. Nada va a cambiarlo.
-No puedes saber cómo va a reaccionar alguien a quien no conoces, Kanon.
-¡Oh, venga ya! –le dio un manotazo al aire con disgusto.
-¿Vas a decirme que todos ellos son lo que recuerdas? La última vez que tú y yo vimos a la mayoría, tenían siete años. No eran más que niños que os idolatraban. Ni siquiera voy a mencionar nada de Aioros y Saga, porque el cambio es más que notorio en ellos. Uno por desconocimiento y otro por más conocimiento del necesario. No puedes pensar que son las mismas personas, y quedarte tan tranquilo. Han crecido, han vivido tiempos difíciles y han cambiado. Se han hecho duros, muchísimo… pero tremendamente frágiles. Me gustaría creer que esta es la oportunidad de tener una vida más normal, y me gustaría que ellos sintieran lo mismo, en lugar de pensar que es una terrible equivocación. Tal y como tú presentaste tú versión de la historia, no puedo calificarles de ingratos si sienten que no tienen nada por lo que merezca la pena vivir.
-Me ha quedado claro que mis métodos no han sido los apropiados. –Oh, claro que lo había hecho: entre Saga, Arles y Shion, estaba soportando más regaños que en toda su vida.- No quería sembrar la discordia. –Shion alzó un lunar.- No exactamente, al menos.
-¿Y entonces?
-En cierta manera no quería que la culpa de todo lo sucedido cayera sobre una sola persona. Quería que comprendieran que lo que había pasado era mucho más amplio… que sin importar si eran niños o no, todos tenemos parte de culpa. Incluidos tú y Dohko. Sois poco más que perfectos para todos, y me parece tan injusto que… -se encogió de hombros una vez más y resopló.- No lo sé. Era obvio que Aioros iba a encajar esto mal, aún sin saber que paso entre Ares y él antes de su muerte, era evidente que toda la historia posterior iba a romperlo en pedacitos. Hasta que no comprendiera la magnitud de lo sucedido, Aioros no iba a reparar en que el problema no había sido solo Saga. Y probablemente, no lo hará. ¿Has escuchado las versiones de la gente? ¿Has oído lo que piensan? –Dibujó un mohín de disgusto, cuando Shion asintió.- Vosotros lo dejasteis solo, y sois tan culpables de la debacle como nosotros. Yo me esforcé por hundir todo: a él, a vosotros, al Santuario y al mundo entero; pero se suponía que erais vosotros quienes debíais cuidar sus espaldas. Necesitaba que lo supieran, todos y cada uno de ellos, y siento si lo hice mal. No encontré otra manera.
-¿Cómo van las cosas con Saga? –No ponía en duda la veracidad de lo que Kanon decía, ni aquel curioso y torpe intento por echarle una mano a su hermano. Aquello ya era mucho más de lo que había visto durante años entre ellos, pero era precisamente aquel abismo que los había separado, el que convertía en torpe y prácticamente inútil todo lo que Kanon había hecho por esclarecer las cosas. Cualquiera se hubiera tomado su discurso aquel día como un cruel ataque.
-Digamos que… Mal. Tiene un genio de mil demonios.
-Procura no despertarlo. –dijo mucho más relajado. Reparar en la preocupación de Kanon, le había tranquilizado. No había curado las heridas, ni mucho menos… pero al menos, encontraba un pequeño motivo para sufrirlas y seguir adelante.
-Ya, sencillo de decir.
-A veces las cosas van mucho más despacio de lo que nos gustaría. No quieras apresurarlo. Es una situación difícil para todos… y para él. Dale espacio.
-X-
Al fin, tras lo que había parecido una eternidad, Afrodita se había marchado, dejándole solo.
Desde el ultimo encuentro con Saga, el santo de Piscis parecía haber entendido lo mucho que el pasado les pesaba y lo poco que podía hacer para remediarlo. Del mismo modo, a partir de ese día, los regalos habían cesado y una extraña sensación de tirantez había tomado posesión del sueco. Aunque en ningún momento se había alejado del todo, Afrodita si había pasado a ahogarse en silencios incómodos durante su tiempo juntos. Máscara Mortal lo comprendía: la mirada con que Saga los había atravesado y la verdad que llevaban sus palabras, bastaba para asesinar en vida a cualquiera, mucho más cuando su consciencia era como un yunque que cargaban en la espalda y que comenzaba a doblegarlos con su peso.
Lo que también era cierto, era el hecho de que poco a poco, el italiano se había resignado a la molestosa presencia de Afrodita a su alrededor. Así que, ahora que no estaba, se sentía especialmente aburrido y hasta casi… casi lo echaba de menos. Cuando estaba suplicaba por que se marchara, y cuando se iba se sentía su ausencia. Maldita fuera. La bipolaridad del tercer templo parecía volverse contagiosa.
Sin mucho mas que hacer, y tal como se había acostumbrado en los días mas recientes, se dejó caer en su sofá e intentó encender su cosmos aun adormecido. De poco a poco había conseguido que el aura purpúrea de su energía despertara. Pero aunque fuera capaz de enviar bichos no deseados de paseo al Yomotsu, en el fondo, Máscara Mortal seguía sintiéndose tan inofensivo como un gatito al que le habían cortado las garras. Así que, igual que siempre sucedía cada vez que lo intentaba, desistió entre más maldiciones antes de marcharse con dirección a sus aposentos.
Sin embargo, algo mas tenía que hacer antes de eso; y era precisamente alimentar a su estómago que gruñía sin ninguna vergüenza pidiendo algún tipo de alimento. Por lo tanto, con toda la pereza que la mañana le había dejado, Máscara Mortal se dirigió a su cocina, arrastrando los pies.
Abrió la nevera, sintiendo el frío muy agradable en medio del calor asfixiante de la época. Entre el montón de restos a medio comer, buscó por algo que todavía fuera comestible. Lo poco que encontró le resultó suficiente: una porción de queso de cabra que tendió sobre una rebanada de pan duro.
Su bocadillo no había sido ni la mitad de apetitoso de lo que hubiera deseado, pero le bastó para mantener a las tripas en orden... al menos hasta que Shion se dignara a enviarles el almuerzo, porque la verdad era que ya se había tardado. Para su buena suerte, no tuvo que esperar demasiado. Su escueta merienda apenas tenía unas cuantas mordidas cuando escuchó el sonido de las sandalias aproximándose a su cocina, reconociéndolas de inmediato como lo más parecido que había en el Santuario del término "servicio a la habitación". Pero más allá de la comida, su atención recayó en algo más. Su sorpresa fue grande cuando aquella belleza de piel tostada, cabello azabache y ojos verdes atravesó el marco de su puerta envuelta en la túnica blanca que portaban todas las doncellas de Athena. Sonrío; después de todo quizás no pasaría la tarde tan solo como había pensado al principio.
-No sé si te extrañé más a ti o a mi almuerzo, Arabella. –La habló.- La comida que queda en mi nevera es una mierda... y las putas que me he conseguido hasta ahora también. ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿El Maestro ahora nos consigue hetairas además de alimentarnos? –La mujer al escucharlo, sonrió también, incluso con tanto cinismo como el santo.
-Si has tenido putas de mierda es porque no has buscado adecuadamente. Yo he estado todo el rato en el templo del Maestro... –La provocativa pausa sacó una sonrisa socarrona al peliazul. Solo entonces, ella continuó.- ...haciéndola de doncella, por supuesto. No pienses mal.
Una carcajada estalló en el salón, alimentada con el eco de la piedra. Mientras lo observaba reír, la mujer levantó una ceja con obvia picardía y asentó la charola con comida en la mesa del centro.
-Tú tienes de doncella lo que yo tengo de inocente. Eres tan puta como las otras.
-Soy una hetaria. –recalcó ella.
-Bah. Las de tu clase no me engañáis con vuestro título de hetairas. Sois exactamente iguales a las que no llevan títulos elegantes. – Replicó el santo cuando consiguió domar a su propia risa.
-Oh, venga. -Arabella le devolvió la mirada con aquellos ojos fieros y seductores.- Un conocedor como tu debería distinguir mejor entre un trozo de vil carne y una fuente de placer.
-Lo único que sé es que servís para lo mismo: para follar. Deja el juego de las diferencias para mis mojigatos compañeros que se sienten menos culpables follándose a una hetaira que follándose a una simple puta. En lo que a mi respecta, sois lo mismo.
Pero ninguna de sus palabras, por mas provocadoras que fueron, alteraron siquiera un poquito a la mujer. Ella solo se limitó a mirarlo con una mueca mordaz en los labios mientras pensaba con detenimiento su siguiente movida.
-¿Estás seguro de lo que dices?
Lentamente se deslizó hasta él, meneando las caderas a modo de provocación. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, estiró la mano para acariciar la corta cabellera azul. Ángelo amenazó con apartarse, pero Arabella se lo impidió. Sus labios rozaron los del santo como una caricia del viento, más ninguno de los dos se inmutó y entonces, el verdadero juego comenzó.
-Los hombres como tú, deberían aspirar a algo más que solo un par de piernas alrededor de vosotros. -Le susurró con una voz tan sensual que, aunque el italiano no lo admitiera, consiguió despertar a su libido.- Merecéis lo mejor y solamente eso.
-Y supongo que tú podrás proveerme de ello.
-Solo si me permites poner en practica mis artes. Serías mi inspiración... -sus manos se colaron dentro de la camisa del italiano para acariciar su torso.- Mi lienzo... -bajaron hasta su pantalón.- Mi obra de arte... -lo escuchó suspirar cuando sus caricias se volvieron más candentes y, en el preciso instante en que lo sintió bajo su completo control, detuvo su juego, dejándolo con más ganas de las que Mascara Mortal hubiera querido aceptar.- Pero como todas las putas te dan igual, quizás debas bajar hasta el pueblo por una menos elegante. Yo solo me tiro a hombres que saben lo que quieren. –Y se apartó de él, tan rápido como una ráfaga de viento.
A sabiendas de que había ganado, el dulce sabor del triunfo adornó el rostro de Arabella mientras emprendía la huída. Después de todo, aun era y siempre sería una artista en su antiguo oficio; y le gustara a Ángelo o no, sus instintos no eran muy diferentes a los del resto de los hombres. La lujuria siempre sería lujuria y ella era experta manejándola a su antojo. Sabían donde tocar, qué decir y cómo divertir a los hombres, como si de niños ansiosos por golosinas se tratara.
-¿Qué pasa? ¿Una simple puta ha jugado con la voluntad de un santo dorado tan fácilmente? –Se detuvo un segundo al escucharlo gruñir. Sin importar lo que dijera, Ángelo no tendría respuestas que su cuerpo no le hubiera dado.- Habría que organizar un ejército de putas para poneros a todos de rodillas. Te lo digo desde ahora: estoy segura de que habrían de dotarme de un puesto de general; mis habilidades para envolveros son como las de nadie.
Pero Máscara Mortal no respondió. Aquel jueguito no había caído ni un poquito en su gracia. Una cosa era su golfería y otra muy diferente era que un par de guarradas maldichas le pusieran en control de una puta como a cualquiera.
En cambio, Arabella, disfrutó muchísimo cada mueca de disgusto del santo. Podía negarlo cuanto quisiera y soltar cuantas maldiciones le vinieran a la cabeza, pero el peliazul no podría borrar el hecho de que, por un segundo y en muchas ocasiones anteriores, lo había tenido en la palma de su mano con un par de caricias que prometían un arrebato de placer que sin duda deseaba.
-No sé porque te vanaglorias tanto. ¿Porqué esas manos tuyas han levantado algo más que palabras? Bah… -El santo trató de salvar el orgullo en pleno naufragio. Esa mujer no podía quedarse con la última palabra.- Te aseguro que se hubiera levantado igual con cualquier otra puta. Anatomía básica, preciosa. Un polvo nunca está demás... sea la puta que sea.
-Menos mal que yo soy más exigente que tú, o habríamos terminando haciéndolo en tu sofá. –Replicó la hetaira, casi de inmediato. Su rostro se adornó con un mohín de inocencia inexistente.- Solo busco a aquellos que visten en oro, como tú, pero que son mucho más inteligentes. Nada menos que eso. Me gustan los verdaderos príncipes, aquellos que demandan perfección, porque ellos merecen recibirla... Además son amantes extraordinarios, según yo misma he comprobado. Las putas simples no están hechas para ellos. Nosotras las hetairas, si.
-Creo que empiezo a comprender... -Máscara Mortal adoptó una expresión reflexiva por un segundo, siempre sin dejar se mirar a la morena.- Después de escucharte creo saber la diferencia entre vosotras, las hetairas, y una puta normal. -Arabella se mantuvo en silencio, presintiendo que lo que fuera que dijese no iba a gustarle.- Parece ser que vosotras hacéis mejor uso de vuestras lenguas y no exactamente en el sentido que un hombre esperaría. Perdéis demasiado tiempo con palabras cuando podríais poner esas bocas vuestras a trabajar en cosas mas interesantes.
Y a pesar de su burla, sarcasmo y malas intenciones, todo lo que el santo de Cáncer consiguió fue sacar una carcajada a la mujer.
La vio menear la cabeza con desaprobación mientras la larga trenza que recogía la larga cabellera oscura se meció a su ritmo. Se sintió intrigado de los pensamientos que guardaba en su cabeza, pero tan grande era su curiosidad como su orgullo para rehusarse a preguntar. Pero Arabella habría de satisfacer sus dudas pronto.
-Os conformáis con tan poco… los hombres como tú. –Arabella soltó un bostezo mal fingido.- Eso os hace jodidamente aburridos. Un hombre que no es capaz de exigir, tampoco es capaz de dar. ¿A qué le teméis? ¿A ser calificados? Habría que pensar en que no cumplís con los requisitos.
-¿Buscas provocarme? Porque no está funcionando. –Aunque a decir verdad, si que le resultaba un poquito molesto el hecho de que una vil hetaira tuviera la lengua demasiado afilada.- Si algo, quien se da más importancia de la que debería aquí, eres precisamente tú. Puta o hetaira; eso no hace gran diferencia en las habilidades sexuales de cualquiera de nosotros. Es más… cualquiera diría que estas jodidamente celosa de que las putas reciban tanta o más atención que tú.
Tal parecía que el ir y venir de palabras no cesaría pronto. Arabella, en el fondo, lo estaba disfrutando. Había llegado el punto en que ya no importaba más quien tuviera la razón y quien no. El juego se había tornado irresistiblemente divertido en el momento en que comenzó a revolver la mente del italiano.
La desparpajada risa que se le escapó confirmó lo que sentía. Solo por el hecho de divertirse, había valido el paseo hasta la cuarta casa.
-Te diría que estoy celosa… -le dijo mientras emprendía el camino hacia la salida.- …pero si se tratara de alguien más. Por lo que a mi respecta, fóllate a cuantas putas te venga en gana. Yo buscaré por peces más grandes.
Los gruñidos no la hicieron voltear esta vez. Su porte espigado y altivo no desapareció a pesar de las maldiciones del santo. Caminó con paso seguro hasta sobrepasar la puerta y, al cerrarla detrás de si, se atrevió a reír con más soltura. Como doncella, o como hetaira, quedarse iba a resultarle divertido y mucho más que satisfactorio.
-X-
Estaba sola en la diminuta cabaña.
En otro tiempo, la soledad le hubiera resultado insoportable, pero poco a poco se había acostumbrado a ella. Sin embargo, a pesar de ello, Deltha no podía sentirse tranquila.
Lo que la enloquecía, no era el hecho de quedarse sola, sino el lugar en donde estaba. Naia había salido bien temprano por la mañana, en compañía de Nikos, para volver a acomodarse lentamente al lugar al que había deseado regresar por tantos años. En cambio, ella no se sentía capaz de dar un solo paso fuera de la cabaña, sin sentirse comprometida a tomar una decisión para la que aún no estaba lista.
Lo cierto era que, cuando no pensaba en ese par de ojos azules y tristes de Aioros, lo único en lo que podía pensar era en Naxos. Extrañaba su departamento, pequeñito y viejo, que olía a pan recién horneado cuando el viento del sur arrastraba los olores de la panadería de enfrente. Extrañaba beberse todas las mañanas una taza de chocolate o del peor café del mundo, preparado por ella, para despertar bien antes de salir con dirección a la playa. Extrañaba pasarse el día metida en el mar durante el verano y hasta extrañaba los malos chistes del encargado de la cafetería donde trabajaba en épocas invernales. En conclusión, extrañaba todo lo que hacía su vida simple… y sabía que si decidía volver a ella, terminaría por odiar cada detalle con la misma fuerza con que ahora les echaba de menos.
Pero toda la determinación que había sentido al decidirse a empacar sus cosas para volver se escurría más rápido de lo que pensase conforme las noticias de los cambios llegaban a ella a raudales. Sentía que eran demasiadas cosas para asimilar en poquísimo tiempo y ese maldito lugar tenía la capacidad de amedrentarla como pocas cosas. ¡Había cambiando! Ya no era la misma... pero el estúpido Santuario parecía decidido a demostrarle lo contrario.
Suspiró mientras tomaba la máscara de plata entre sus manos. La acomodó en su rostro y caminó hasta el espejo para mirar su reflejo.
-Pf… -bufó. En muchos años nunca había pensando en la posibilidad de volver a usarla.
Apenas la había retirado de su rostro cuando escuchó que llamaban a su puerta; se sobresaltó. No podía tratarse de Naia, ni tampoco de Nikos, así que, tomando precauciones a regañadientes, volvió a ponerse el rostro de metal sobre el suyo.
-Ya voy. –Contestó ante la insistencia del golpeteo. Pero al abrir la puerta, su sorpresa no pudo ser mayor.- ¿Aioros? –preguntó, incrédula ante lo que sus ojos veían.- ¿Qué… qué haces aquí?
-Hola. Vine a verte… a traerte algo. –Se apresuró a responder, temeroso de que la puerta terminara cerrándose en su nariz; y casi de inmediato, le mostró la bolsita de tela que contenía el gran secreto del día.
-¿Qué es eso?
-Una sorpresa.
-Oh… -Deltha dudó por un segundo. Sin embargo, rápidamente su cerebro la obligó reaccionar.- ¿Quieres pasar? –Abrió un poco más la puerta a manera de invitación, no sin dejar de notar las miradas y los susurros mal disimulados de quienes observaba la escena con más curiosidad de la que deberían. Algunas cosas nunca cambiaban, a pesar del tiempo.
Sin embargo, mientras ella se preocupaba por el exterior, los ojos de Aioros hacían lo propio por el interior de la cabaña.
Si Sagitario en si, ya era un desastre, no había palabras para definir lo que era aquella diminuta casita después de tantos años de abandono. No tenía problemas con el desorden, o de otro modo no hubiera podido sobrevivir en su propio templo. Sin embargo, pensó que lo mejor sería salir, a pesar de todo lo incómodo que pudiera resultar para ambos.
Llegar ahí, solo, ya había sido una odisea. Quizás valía la pena hacer un último esfuerzo y sacar a Apus del encierro en el que ella misma se había confinado. A los dos les vendría bien un poco de aire fresco.
-¿Te importa si salimos? –Preguntó, más no esperó por una respuesta.
Antes de que la amazona pudiera reaccionar, Aioros ya la había sujetado de la muñeca y la llevaba a rastras consigo.
Las protestas de Deltha se le ahogaron en la garganta. Alcanzó a cerrar la puerta de la cabaña como pudo y siguió a zancadas al santo, a donde fuera que la estuviera llegando. Se pasó la mano por la cabellera revuelta; miró a Aioros, encontrándolo completamente concentrado en no mirar a nada más que lo tenía en frente; y de pronto, ella se misma se tuvo que esforzar por no pensar en todos esos pares de ojos que los observaban como si fueran un par de animales de circo que huían de sus celdas.
-¿A dónde vamos? –le preguntó cuando consiguió igualarle el paso. Los secuestros no eran precisamente lo suyo.
-A la playa. –La pelipúrpura arrugó el semblante.
-¿A la playa?
-Si. Creí que te gustaría.
-Sí, sí… es solo que es… repentino.
-Hace días que no te veía. –Le dijo él, mirándola de reojo. "Casi temía que te hubieras marchado sin decirme," pensó.
-No me apetecía salir de la cabaña. –Se encogió de hombros y lo miró, como si fuera capaz de leerle los pensamientos.- ¿Pensaste que me había marchado? –El silencio del arquero le respondió. Deltha suspiró, sin creerse que Aioros la creyera capaz de hacer tal cosa. Detalles como aquel la hacían pensar en lo poco que se conocían ahora.- Te prometí que te buscaría para decirte acerca de lo que decidiera. Buenas noticias, o malas, te las diría.
-Ya… bueno, pensé que salir de Sagitario y venir a verte sería buena idea. ¿No lo es? –Se detuvo de improviso para enfrentarla.
La amazona frenó también, confrontándole con la ventaja de su máscara. Ella podía ver sus ojos llenos de duda, pero él no podía saber que los de ella estaban tan confusos como los suyos. Al final, Deltha meneó la cabeza, concediéndole la razón. De hecho, era agradable salir del encierro por una vez en lo que había parecido una eternidad.
-Me alegra que lo hicieras. –respondió.- De verdad que si. Han sido días interminables.
-No va bien, ¿eh?
-No del todo. Cuando Naia y Nikos están alrededor, es mucho más llevadero. Pero cuando se marchan, termino pensando las cosas de más.
-Te comprendo.- Aioros resopló. Lo mismo le pasaba cuando Aioria se esfumaba después de su visita diaria.- El silencio hace todo más pesado. -Y ahí fue cuando Deltha notó que la conversación ya no era acerca de ella.
La historia que Nikos les había contado días atrás la había horrorizado. Todavía se le enchinaba la piel al pensar en cada oscuro detalle y su conciencia aún se revolvía entre creer, o no hacerlo. Parecía ayer cuando Saga y Aioros eran inseparables; parecía ayer cuando las miradas de admiración de Shura resaltaban el aura mágica del Sagitario, pero había sido tanto tiempo atrás, que Deltha se sentía tonta de recordarlas aún con tanta nitidez.
-¿Cómo van las cosas con los demás? –Se atrevió a preguntar. No estaba segura de querer enarbolar las explicaciones de Nikos como una verdad absoluta. Después de todo, el santo de Orión había visto tanto como ellas: nada.
-No muy bien. Volver ha sido difícil.
-Aioria debe estar de lo más feliz.
-Oh. Él sí, te lo aseguro. –Pero la sonrisa en su rostro era más una señal de melancolía que de alegría absoluta.
-¿Por qué esa cara? –Ante su pregunta, Aioros la miró como si se maldijera a si mismo por ser demasiado transparente.
-Por nada.
-Por algo, si.
Hubo silencio hasta que se hubieron alejado lo suficiente del campamento como encontrar un poco de privacidad que tanto les urgía. El estrecho sendero que atravesaba los pequeños bosques que rodeaban el Santuario, y que guiaba directamente hasta la caleta, representaba un respiro de tranquilad para ambos. Solo entonces, en medio de aquella extraña tranquilidad, Aioros se atrevió a contestarle.
-Todo ha cambiado… demasiado si me preguntas. –Terminó por admitir tras un bufido de resignación. También era cierto que aquella nueva realidad lo superaba a cada instante.- Son tan diferentes. La última vez que los vi eran solamente unos niños y ahora...
-Ya no lo son. –Por alguna razón, la imagen de Milo, con flirteos incluidos, se le dibujó en la mente y la hizo sonreír.
-¿Has escuchado algo? Sobre lo que sucedió en aquel entonces, me refiero. –La sonrisa se le borró en ese mismo instante. Asintió, pero era poco probable que el arquero la viera. Su mirada permanecía perdida en algún punto indefinido del suelo.- Saga… Saga en realidad nunca desapareció. –susurró, como si el pronunciar las palabras, éstas fuera capaces de revivir a la pesadilla.- Resultó que estuvo todo el rato delante de nosotros, con Ares dentro de si… y yo jugando a hacer el idiota delante de él. –Se revolvió el cabello como un gesto de nerviosismo puro.- Fue Ares quien asesinó a Arles, a Shion… fue él quien mandó a Shura…
Viniendo de la boca de Aioros, Deltha no tenía más dudas; tenía que ser cierto. Sintió el corazón partírsele en pedazos y, casi de inmediato, un sentimiento muy parecido a la rabia anidó dentro de su pecho. Recordó esas últimas horas, cuando Aioros había acudido a ella con el corazón despedazado y no pudo sino imaginarse la sonrisa retorcida y llena de placer de Ares, adornando los labios de Saga al verlo caer. ¿Por qué el gemelo no había hecho nada para detener la tragedia? ¿En qué momento les había dado la espalda?
-Lo supe hace poco. Lo siento.- musitó.
-Nos manejó a todos a su antojo y ni siquiera lo vimos venir, aún cuando estaba delante de nuestras narices.
-Le buscasteis hasta el último momento, Aioros; hicisteis todo lo que pudisteis. No podíais hacer nada más.
-Si que podíamos. Era mi mejor amigo, debí notarlo. Le fallamos…Le fallé. –espetó con todo el auto control que le quedaba.
Deltha le acarició el brazo, a manera de apoyo. No era suficiente, y lo sabía. Aunque tampoco sabía que era lo correcto para esos momentos.
"¡Él también os falló!" Hubiera querido decirle, pero no estaba ahí para hacer los líos más grandes, ni tampoco era esa la actitud adecuada. Se mordió los labios para no pronunciar las palabras equivocadas, porque en ese preciso instante su rabia era mucho más grande y fuerte que ella misma.
Recordaba que aquella noche, en medio de la desgracia, mientras los cosmos de Aioros y Shura se debatían a la distancia y las órdenes de dar caza al traidor se esparcían por el Santuario, ella había pedido a los dioses por ayuda. Alguien, además de ella, tenía que entender que algo que estaba mal. Alguien tenía que saber que Aioros no era ningún traidor. Alguien tenía que ayudarlo. Alguien tenía que detener la catástrofe… y ese alguien solo podía ser Saga.
Pero el geminiano jamás había aparecido, y ahora ella entendía el por qué. Todo el tiempo había estado enfrente de ellos, mirando sin mirar, y habían sido precisamente sus labios los que habían puesto la condena sobre la cabeza de Aioros. Si para ella había resultado ser una dolorosa decepción, no podía siquiera imaginarse lo que Aioros debió sentir en ese momento. Lo que era peor, las palabras del santo lo decían todo: "Le fallamos." Él, que había hecho todo por encontrarle en aquel entonces, lo había hecho solo para darse cuenta de que no podía ayudarle y había muerto en la agonía más terrible, con el peso del fracaso y la incertidumbre sobre él.
-Sé lo duro que es para ti, pero no puedes seguir castigándote por eso. –"Hiciste lo correcto. No podías hacer más… pero no lo entiendes." Pensó.
-Le pedí perdón.
-¿Qué?
-Y solo me espetó un montón de cosas más a la cara.
-Por Athena… -Deltha enredó los dedos en su cabello.
-¿Crees que hice mal en disculparme?
-No… no. –"¿Él te mata y tú te disculpas?" No podía creer lo que estaba escuchando.- No importa lo que yo piense. –Agregó al darse cuenta que no se creía ni ella misma lo que estaba diciendo.- Lo único que importa es lo que tú creas correcto.
-Pues entonces, estamos en un problema. -Su voz había sonado hueca, estaba casi seguro de ello; pero prefería eso a sonar como un animal herido. Ya estaba cansado de inspirar pena.- A éstas alturas, no tengo la menor idea de que está bien y de lo que está mal. Lo correcto no parece estar funcionando para nadie… salvo para Kanon. Él es el único que parece saber con claridad lo que quiere y tiene que hacer. ¿Quién iba a decirlo?
-Kanon siempre fue bueno para hacer lo que se le viniera en gana.
-Creo que lo envidio ahora mismo.
-No lo hagas. No quieres ser él. –Aioros la miró fugazmente antes de apretar un poquito más el paso. Prefería dejar el tema por la paz, no había ido por ella para amargarse el día pensando en todo lo que estaba mal en su vida. Llevaba demasiado tiempo agriándose la vida por cuestiones que no podía resolver.
-Venga, si no caminamos más rápido, jamás llegaremos a la playa.
Deltha casi tuvo que correr detrás de él. Al igualarse, se colgó de su brazo y miró de reojo a su rostro. Aunque él le sonrió, el brillo en su mirada parecía haberse opacado ligeramente; a la amazona ni le pasó desapercibido, ni le gustó. Ese no era el Aioros que ella recordaba. La soledad lo estaba convirtiendo en una persona bien diferente.
-Tenemos todo el día. –Respondió tras unos segundos.
Se aferró un poquito mas a él e, interiormente, se maldijo. Maldita fuera su obstinación por volver a Naxos, maldito también su odio por el Santuario… y maldita fuera su debilidad por las miradas tristes.
-X-
Discreción. Siempre le había gustado la discreción. Quizá era solamente porque casi nunca había podido disfrutar de la tranquilidad y libertad que otorgaba aquella extraña cualidad. Desde que tenía memoria, siempre había sido el centro de atención, de un modo u otro. Lo cual no quería decir que en determinadas circunstancias no le hubiera resultado gratificante el protagonismo… Pero no era así en aquellos días. En absoluto.
Sin embargo, de un modo inexplicable para él, había logrado abandonar por más tiempo del esperado la fortaleza casi inexpugnable que solía ser Géminis la mayor parte del tiempo. Había caminado por los viejos rincones del Santuario, había salido a entrenar cada día entre las sombras… había contemplado a la gente desde una distancia prudencial. Los había estudiado, y a pesar de lo duro que le resultaba devolverles las miradas, lo había logrado. Un poquito.
Por eso, el alboroto que había puesto en alerta sus sentidos, le hizo fruncir el ceño con disgusto: solo podía indicar algún desafortunado acontecimiento despertaría rumores, sin duda. Detuvo su caminar, y volteó a su izquierda. Un par de amazonas acaparaban la atención en un coliseo que parecía repleto aquel día, igual que los últimos. A medida que el tiempo pasaba, todos iban recuperando poco a poco sus habilidades. Todos deseaban volver a ser los de antes, más o menos; volver a sentirse fuertes… porque aquello era lo único que les había servido en el Santuario. Eran especiales y tenían un lugar porque tenían poder, poco o mucho: desde el último santo de bronce, hasta el mismo Patriarca. Verse privado de él, era un suplicio que nadie había sabido manejar del todo bien.
Se acercó un par de pasos hasta el borde de la escalera. Las gradas se extendían a izquierda y derecha; donde unos descansaban, otros gritaban alentando a las combatientes, y otros, simplemente cuchicheaban sin perder detalle alguno.
Sorprendentemente, nadie reparó en él. O eso pensó.
-¿Hay algo mejor que una pelea de gatas a media tarde? –Saga dio un respingo al escuchar la voz de Milo a sus espaldas. Volteó en su dirección, hallando terriblemente reconfortante la presencia de Camus junto al Escorpión: aquella sonrisa que lucía el menor, junto a aquella casi infantil emoción que transmitía su voz, le provocaba escalofríos.
-Eso es porque no te has visto en medio de una. –murmuró el francés. "Aunque lo harás pronto, a este paso." Pensó.
-Aparentemente Saga si. –Hizo un gesto en su dirección.- ¿Qué demonios te ha pasado en la cara? –El geminiano se sopló el flequillo, recordando los arañazos que, por cortesía de Tatiana, adornaban su mejilla.- ¿Te peleaste con un tigre?
-Más o menos. –dijo.- Podría decirse que si. –Terminó, pensativo, en apenas un hilo de voz. No pensaba dejar que Lince lo dejará marcado por mucho tiempo más. No, porque antes o después Milo y el resto del mundo lo sabrían y comenzarían a sacar sus propias conclusiones, y Saga tenía claro que ninguna de ellas iba a ser de su agrado. Le resultaba obvio solamente con mirar aquella deslumbrante sonrisa traviesa en su rostro.- Nada serio. Estuve entrenando.
Milo alzó las cejas, divertido ante la torpe justificación. Pero incapaz de despegar los ojos de la arena por mucho tiempo, cayó en la cuenta de algo. Entrecerró los ojos cuando por su cabeza pasó la idea de que, quizá, Saga aún no se había percatado de la identidad de las amazonas que peleaban en la arena. Al menos de una.
-No se si estas al día de las últimas noticias, pero… Creo que deberías echar un ojo ahí abajo. Estoy seguro de que lo encontrarás interesante. Mucho.
Saga ladeó el rostro. Siempre había sido lo suficientemente listo como para sospechar de las palabras del bicho. Siempre, y nunca había fallado. Se dio lentamente la vuelta, temiendo lo peor, y observó el combate detenidamente, tal y como Milo había sugerido.
No había prestado atención la primera vez que sus ojos habían reparado en ellas. Dos amazonas más, enzarzadas en una pelea más de las miles que seguirían. Para él no tenía ningún tipo de misterio, era el pan de cada día; y a aquellas alturas de la vida, un acontecimiento así carecía de cualquier tipo de interés. Aunque admitía que, quizá, quince años atrás le habría resultado mucho más… interesante.
Sin embargo, prestándole más atención al combate, algo comenzó a inquietarle. Aquella larga melena negra, le recordaba a alguien. Todas sus alarmas saltaron, y cuando finalmente reconoció los movimientos que su memoria había atesorado mucho tiempo atrás… Contuvo la respiración.
Ella.
-Tienes que estar de broma. –masculló, más para sí mismo que para sus acompañantes.
No podía ser. La había ayudado a escapar, la había brindado una vida prácticamente segura, alejada de todo aquel infierno… Naia era, probablemente, la única persona a la que había logrado salvar. ¿Por qué estaba allí?
-Oh, venga ya… Quita la cara de disgusto. –Milo no tenía intención de perderse un solo detalle de su reacción, aunque no fuera exactamente lo que había esperado inicialmente.- Es lo más sexy que he visto en los últimos tiempos. –Saga no necesitaba mirarle para saber que lucía aquel irritante gesto triunfal y perverso. Y aquello solo podía significar una cosa: Milo iba a convertirse en una autentica molestia más pronto que tarde.- Tenía la impresión que de todos, tú serías el que valoraría las excelentes vistas tanto como yo.
Saga alzó una ceja, y cuando quiso fulminarlo con la mirada, la mano de Camus ya se había vuelto a estrellar sobre la nuca del Escorpión. Vio fugazmente al francés, agradeciéndole así el gesto. Pero, rápidamente, hizo a un lado todo aquello y volvió la vista a la arena, concentrándose en ella. Tal y como estaban las cosas, después de catorce años, Naiara no tenía ni media oportunidad de salir de una pelea con Shaina con un mínimo de dignidad. Ella debía haberlo sabido, porque…
¡Qué demonios! ¿Qué esperaba? Estaba siendo demasiado optimista. Naia jamás había utilizado el cerebro cuando era necesario. Siempre que las cosas se ponían difíciles, había terminado dejándose llevar por la impulsividad, había desconectado. Suspiró y se sopló el flequillo de nuevo.
-Esa ha sido una manera rápida de meterse en problemas. –murmuró.
¿Cuánto llevaba ella en el Santuario? Chasqueó la lengua. ¿Importaba? Ahí estaba, mordiendo el polvo vilmente. No era lo que Saga hubiera llamado regresar con buen pie, la verdad. El peliazul siseó suavemente cuando la vio caer con pesadez al suelo una vez más. Aquello iba a doler, pero Caelum era terca, demasiado; y ahí estaba, intentando levantarse a pesar del temblor que sacudía sus brazos.
Saga oteó al público una vez más. Sospechaba que si ella estaba ahí, Nikos y quizá Deltha, no andarían lejos. Y aunque no les había visto hasta aquel momento, la situación en si era desconcertante. Jamás hubiera imaginado volver por tercera vez a la vida, menos aún que lo hicieran personas que llevaban más de una década muertas… pero ¿Nikos? ¿Las chicas? Simplemente no habían pasado por su cabeza un solo instante. No había pensado en ellas, mucho menos en él: hacía mucho que su recuerdo se había diluido en el caos de su mente.
De pronto, sus ojos lo encontraron. Nikos observaba, como no podía ser de otro modo, en primera fila, apenas a unos metros de su hermana. Sus puños apretados delataban el nerviosismo e impotencia que sentía, como siempre que se había tratado de ella. Claro que, Saga sospechaba, que el de Orión había aprendido bien la lección. Del modo difícil, pero lo había hecho: no era conveniente meterse en los asuntos de Naia sin su permiso.
Quizá por eso, él mismo ignoró aquella advertencia mental. De ningún modo, y en ninguna vida posible, estaría de acuerdo en nada con Orión, punto. Masculló una maldición apenas audible, y comenzó a bajar las escaleras. Escuchó pasos tras él, así que supuso que Milo y Camus lo seguían a una distancia prudencial.
Se apartó un mechón de su melena ligeramente frustrado. Para no querer ser el centro de atención en aquellos días, lo estaba disimulando demasiado bien.
¡Como fuera! Bajó los últimos dos escalones de un salto, sin perder de vista a Shaina y Naia. La cobra era una mujer incombustible, lo sabía, lo había visto. Durante años había sido una fierecilla adolescente a la que Ares a duras penas manejaba, y a decir verdad, no tenía muy claro que ellos pudieran hacerlo. ¿Pero qué remedio le quedaba? No podía dejar que la italiana la usara de trapo. No así.
Escuchó a Naia gemir cuando se estrelló de nuevo en el suelo unos metros más allá, y frunció el ceño suavemente. Por eso, cuando Shaina alzó el brazo y el cosmos púrpura rodeó sus garras, decidió que aquello terminaría allí, y en aquel instante.
Se movió rápido, mucho más que ella, tanto que ni siquiera lo sintió llegar. Saga sonrió satisfecho, su velocidad volvía, poco a poco, y se sentía maravillosamente bien.
-¡A mi la co…! –Shaina nunca terminó. Su mirada plateada buscó inmediatamente al dueño de la mano que sujetaba su muñeca con firmeza, hasta que se topó con los ojos severos de Saga.
-Suficiente por hoy. –dijo él, suavemente, con una tranquilidad pasmosa. Shaina forcejeó, inútilmente, porque su mano no se movió un solo milímetro.
-Estamos entrenando. –farfulló ella.
-Ya no.
La peliverde luchó un poco más por liberarse, y finalmente se rindió, controlando a duras penas la rabia que la carcomía. Ella, que había sido poco más que la dueña y señora del Santuario en su ausencia, con el permiso de Marin… había sido detenida, y casi regañada, igual que una aprendiz inexperta. En público. Chasqueó la lengua con disgusto.
-Como digas. –Saga asintió, y la soltó sin más dilación.
-Gracias.
-No me las des. –Shaina se dio media vuelta y echó a andar.- Quizá puedas enseñarle su lugar a tu amiguita.
Saga alzó una ceja. Sorprendido por la respuesta que tan poco le había gustado, y aunque difícilmente se mantuvo callado, lo dejó pasar. Tampoco le dio demasiada importancia, pues cuando se hubo asegurado de que la cobra se hallaba lo suficientemente lejos, volteó a ver a Naiara. Sentada sobre sus rodillas, con el acelerado vaivén de su pecho, y su ropa llena de polvo, se veía igual que un animalillo apaleado. Tragó saliva. Sin tener demasiado claro que debía decir o hacer en aquel momento.
Contempló su mirada de plata fijamente, y solo entonces se recordó a si mismo mucho tiempo atrás, haciendo cosas como aquella sin siquiera pensar en las consecuencias… algo tan impropio de él que siempre llamaba demasiado la atención, y se abofeteó mentalmente. Había pasado mucho tiempo, había crecido y había madurado. Ya no había lugar para aquellas cosas, y lo sabía. No tenía quince años…
-Saga. –murmuró Naia. Si él la escuchó o no, no lo sabía.
Todo su cuerpo podía doler como mil demonios, pero en aquel momento, se la había olvidado. Casi había esperado que el deslumbrante salvador fuera Kanon, pero apenas tardó un segundo en darse cuenta de que quién se había entrometido había sido él… Saga. ¡Eran tan diferentes a sus ojos! Sonrió tras la máscara, con cierta emoción contenida únicamente por el dolor, y sintió las lágrimas agolpándose en sus ojos. Saga se veía tan… impresionante, que no encontró palabras para decir nada más.
-Será mejor que te levantes. –dijo él de pronto.
Saga sabía que quizá había sonado demasiado… frío. Pero ella no podía esperar otra cosa, ¿o si? La máscara lo miraba de vuelta, inexpresiva y arañada; pero las lágrimas negras que adornaban sus pómulos de plata brillaban igual que si terminaran de ser derramadas. Nunca le había gustado aquel dibujo, acababa de darse cuenta de ello.
Ella, sin embargo, escuchó su voz como si proviniera de un lejano recuerdo. Había perdido todo rastro aniñado, y el tono grave sonaba extremadamente tranquilo, aunque con un toque de autoridad imposible de ignorar. Su semblante estaba serio, impasible, y el brillo casi cristalino de sus ojos verdes lucía menos vivo que en sus recuerdos, a pesar de lo hermosa que seguía siendo su mirada.
-Vamos. –Y ésta vez, ya no era una sugerencia. Saga era autoritario, lo sabía de sobra: era un mal vicio que había adquirido con los años. Y, le gustase o no, era el precio que pagaba por el miedo entremezclado con el respeto que infundía su sola presencia.
Tragó saliva. La mirada opaca de Naiara le ponía nervioso, y todas aquellas miradas no estaban ayudando.
Naia asintió e intentó levantarse, pero sus rodillas fallaron. Sin embargo, justo cuando parecía que se estrellaría de bruces contra el suelo, los brazos de Nikos la rodearon en un abrazo.
-X-
Saga sujetó la puerta de la desordenada cabaña, hasta que Nikos y Naia entraron. Después la cerró, y se apoyó en ella, observando al par de hermanos. El mayor la dejó con cuidado en el sofá, y tras colocar un mechón de su melena tras la oreja, besó su cabeza.
-¿Estás bien? –Ella solamente asintió.
-No te preocupes.
-¿Puedes dejarnos solos? –Al escuchar la voz del peliazul, Nikos se tensó.
Ambos sabían que no era una pregunta. Y él, de alguna manera, agradecía que hubiera intervenido, pero no le resultaba nada grata su presencia allí. No después de todo lo que había pasado y de todo lo que había escuchado. No podía evitar verlo una y otra vez, y detenerse en aquel rostro casi de porcelana que apenas lucía una sola cicatriz. No importaba lo tranquilo que se viera su semblante, recordaba su historia una y otra vez; y por mucho que lo intentara era incapaz de adivinar que pensaba tras aquella mirada vacía. Saga era intimidante y, en cierto modo, lograba amedrentarlo.
Ladeó el rostro, preguntando en silencio a su hermana que debía hacer, aunque conociera la respuesta de antemano. Y cuando Naia asintió, no tuvo más remedio que acceder.
-Está bien. Volveré después. –Se alejó, prácticamente arrastrando los pies, y clavando un instante su mirada violeta en el rostro de Saga, que ni siquiera lo miraba: como si no existiera. Apretó los dientes, y cerró la puerta tras de sí. En su anterior vida no se habían llevado bien, pero tenía la impresión de que en esta, tampoco sería diferente.
Después, solamente hubo silencio. Un silencio sepulcral en el que ella fue incapaz de dejar de verlo. Se veía parecido, pero a la vez muy diferente. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue la expresión de sus ojos, o más bien, la ausencia de expresión. Era como si la estuviera mirando, pero en realidad no viera nada.
Naia suspiró y tragó saliva con dificultad. Cada segundo de silencio que pasaba entre ellos, más se recordaba la advertencia de Shion, de Milo, de Kanon… ¿Qué les había pasado? Sabía la historia, si… pero no podía dejar de preguntarse por lo que habían pasado, por qué lo habían pasado. ¿Por qué habían tenido que sufrir así?
-¿En qué estabas pensando? –fue él quien rompió el silencio, con la mirada fija en la ventana de enfrente.
-No lo sé. –Las tres palabras escaparon de su garganta de golpe, sin que tuviera tiempo de pensar. Y no mentía. No tenía la menor idea de que motivo la había llevado a hacer algo tan estúpido. Quizá solamente era aquella imperiosa necesidad que la carcomía por dentro y la empujaba a sentirse como en casa fuera del modo que fuera.
-Hace catorce años que no enciendes tu cosmos, y a no ser que ahí fuera te convirtieras en una pequeña delincuente de barrio, cosa que dudo, no creo que hayas pegado un solo golpe en esos años. Shaina es buena. Mírate. Es un pésimo modo de empezar.
-Lo sé.
Saga se sopló el flequillo, pero guardó silencio. A decir verdad, no tenía muy claro que quería decir… Ni porqué continuaba allí aún habiéndose asegurado de que ella ya estaba a salvo.
-Estuve con Kanon.
-Bien. –Internamente se sintió disgustado.
-No pensaba encontrarlo a él cuando fui a Géminis.
-¿Por qué no? Ahora compartimos casa. –"Y escenificamos una excelente obra de teatro todos los días." Pensó.
Naia ahogó un quejido cuando se puso en pie. Se acercó unos pasos hasta él, y cuando lo tuvo enfrente, se quitó la maldita máscara. Saga la vio a los ojos fugazmente, por primera vez en catorce años, pero no tardó en voltear a otro lado. No soportaba ver aquellos ojos. Era como enfrentar un juicio para el que no estaba preparado.
-Estás cambiado.
-¿Tú no? –Se encogió de hombros.- ¿Qué esperabas, Naiara?
-No lo sé. –Se percató de que utilizaba su nombre completo, y aquel minúsculo detalle se sintió terriblemente extraño.
-Han pasado catorce años. ¿En qué estabas pensando cuando decidiste volver?
-En vosotros.
-¿Nosotros? –Ahogó una pequeña carcajada amarga.- Nosotros nunca debimos ser un motivo para volver. Mucho menos ahora.
-Para mi si, y para Deltha.
-Deltha es diferente.
-No veo por qué.
-Lo es. –Se encogió de hombros. De ningún modo posible su situación podía compararse a la de Deltha y Aioros.- Escucha… -se mordisqueó el labio un momento.- No queda nada aquí de lo que tu recuerdas. Nada. No se qué es lo que buscas, pero dudo mucho que lo encuentres.
-Este es mi lugar, Saga.
-¡Esto no es un juego! –alzó la voz sutilmente, lo suficiente como para silenciarla.- Estoy seguro de que te sabes la historia al completo, con todo lujo de detalles. Harías bien en no olvidarla.
-¿Qué quieres decir?
-Recuerdas a personas que no existen. No debes aferrarte a ese recuerdo. Tienes a tu hermano, eres afortunada por ello, desde luego; pero nada más.
-¡Estás aquí! Kanon y tú...
-¿Sabes cuánto vas a tardar en darte cuenta de que no soy lo que crees? ¿O lo que quieres recordar? –Se encogió de hombros.- Medio minuto, siendo optimistas. El tiempo ha pasado, hemos crecido, hemos cambiado. Mucho. Ya no tienes trece años.
-Saga…
-Usa la cabeza o harás que te maten.
-No creí que Shaina fuera tan temperamental. Además, no me meteré en líos. Te lo prometo.
-No tienes que prometer nada. Es cosa tuya, yo no estaré ahí para solucionar tus catástrofes. Ya no. No te saqué de aquí para esto. Quería que tuvieras una oportunidad, que vivieras… cualquier cosa ahí fuera es mejor que lo que puedas encontrar aquí. Eso te hacía especial y afortunada. ¿Y ahora qué? Shion siempre lo ha sabido, te lo aseguro. Desde el primer momento supo que había sido yo quien te sacó del calabozo, pero no dijo una palabra. No puedes hacer lo que te plazca solo porque lo hace. Cada paso que das, tiene consecuencias.
-¡No podía estar fuera sabiendo que habíais vuelto! –gritó con cierta desesperación.
-Deberías, hubiera sido mucho más fácil para todos.
-¡¿Cómo?! –Exclamó, sorprendida de la dureza y carencia de sentimientos con la que hablaba.- Sé que han sucedido cosas terribles, no puedo imaginar lo que habéis pasado… -Sus ojos apagados respondieron con silencio, pero fueron tan claros como el agua. No, no podía siquiera imaginarlo.- ¡Pero me da igual! Yo os quiero a vosotros, no a lo que os rodea. Siempre os he querido… sin importarme lo mucho que deslumbrabais, vuestra genialidad o vuestra estupidez. Para mi nunca habéis sido un trofeo.
-Ya… -murmuró.- Disculpa si no tengo demasiada fe en la fortaleza mental de la humanidad. Siempre has sido sincera y terca como una mula, y no has cambiado. Pero también sé que no podrás mantener tu fe y confianza en nosotros. Antes o después la situación va a superarte, porque ya no somos un par de críos revoltosos y envidiosos, con ansias de gloria. –Posó la mano en el pomo de la puerta, dispuesto a marcharse.- Somos adultos, peligrosos y complicados al extremo. Con más historias y traumas a nuestras espaldas de las que son humanamente posibles de manejar.
-Solo quiero ayudar. –Susurró acercándose hasta él, posando la mano magullada en su brazo arañado.- Me sirve simplemente con haceros reír, como antes. Tampoco soy ciega, no pido más. Solo compartir el camino.
-No, Naiara. Cuando lo comprendas y te choques de frente con la realidad, te va a desbordar… te va a doler y te vas a sentir decepcionada. –Finalmente abrió, y antes de darla la espalda y desaparecer, prosiguió.- A veces es mejor conformarse con el brillo de los recuerdos, Caelum.
-X-
Cuando llegaron a la playa, ambos se dejaron caer sobre la arena, uno frente al otro. Cómo si jamás hubiera dejado el hábito atrás, Deltha oteó los alrededores antes de quitarse la máscara, solo cuando estuvo segura de que no había nadie más por ahí. La paranoia que le producía el maldito rostro inerte era difícil de olvidar. A pesar de ello, el aire frío sobre su cara se sintió bien y el sonido del mar acalló levemente su ansiedad.
-Sabía que te gustaría aquí.
Al chocar su mirada con la de Aioros, le sonrió. Su conversación anterior había sido realmente oscura y complicada. Las palabras de Aioros todavía daban vueltas en su cabeza, mientras sus sentimientos parecían haberse hecho incluso más transparentes a sus ojos. Para Deltha, aquellas confesiones le habían hecho ver que, más que una ayuda, su conducta la estaba convirtiendo en un problema para el santo y eso era lo último que deseaba ser.
-Es agradable aquí. –Le respondió.- Hay una paz que no se siente ahí dentro.
Y Aioros compartía ese sentir. Llevaba demasiados días encerrado en Sagitario como para no apreciar aquel cambio de aires.
Salir le había resultado una tortura desde el principio. Si en algún punto de su primera vida le había parecido fácil hacer a un lado los rumores, en ésta le resultaba imposible fingir que no le importaban. La excesiva atención nunca le había gustado, pero ahora parecía que todos los ojos del mundo se centraban en él a cada paso que daba, sin importar a donde fuera. Estaba seguro que a sus compañeros les sucedía lo mismo, más también estaba convencido de que casi con toda seguridad lo manejaban mejor que él.
Haberse encontrado con un par de caras conocidas le hubiera ayudado terriblemente. Sin embargo, todo era nuevo, incluyendo sus hermanos de Orden; y para ellos, también era novedad, así que el círculo giraba viciosamente, lo cual no le dejaba más opción que resignarse a vivir la vida que le había tocado.
-¿Aioros? –Deltha llamó su nombre y él volteó.- Por Athena, me estás matando de curiosidad. ¿Vas a decirme que traes ahí? –La amazona trató de curiosear en la bolsa de tela que el arquero llevaba, pero no consiguió ver más allá de lo que él quería mostrarle.
-¿Desde cuando eres tan ansiosa?
-Los escorpiones somos curiosos. –ella insistió.- Déjame ver. –Trató de pillar la bolsa, pero los instintos del arquero seguían siendo más rápidos.
-Tranquila. No comas ansias, Apus. –Aioros le sonrió y con la mayor calma que pudo, a sabiendas de que la estaba enloqueciendo, procedió a abrir un poquito más la bolsa, en un juego agónico para la amazona.
-Anda…
-Espera.
-¡Quiero ver!
-Vale, vale. Ya va. -Se apresuró un poco más, pero no lo suficiente.
-¡Aioros! –Al ver aquel gesto de inconfundible agitación en su rostro, el arquero soltó una carcajada.
-Ahí está. –dijo por fin, cuando el contenido estuvo a la vista. En esa ocasión, la gran risa provino de la garganta de Deltha.
-¡Chocolate! ¡Y a montones!
-El gran tesoro de Sagitario. ¡Un montón de chocolate de contrabando! –Aioros tomó un poquito de la barra de dulce y se lo ofreció.
-¿Cómo has conseguido tanto?
-Uno que tiene sus influencias… -Pero la pelipúrpura entrecerró los ojos y lo miró con una curiosidad aún mayor mientras metía el trocito de chocolate a su boca.- Bueno… eso y el hecho de que el viejo Stravos se consiguió una nieta que mantiene mi alacena llena.
-¡Ajá! –Deltha soltó la exclamación con suspicacia. Una pizca de celos le revolvió el estómago, pero decidió no prestarle demasiado atención.- Dime, Sagitario, ¿te has estado prostituyendo por chocolate? –Y el castaño se atragantó, robándole a la chica una carcajada todavía más fuerte.
-¡No! –alcanzó a decir entre tosidos opacados por la risa de la chica.
-¡Cualquiera lo diría!
-¡Oye!
-No me mires así. –le reclamó cuando consiguió dejar las carcajadas de lado y la mirada de Aioros se posó sobre ella, entre fastidiado y divertido.- Prostituirse por chocolate es caer muy bajo.
-Deltha… -pero ella solo ensanchó su sonrisa, a lo que él no pudo sino sonreír, contagiado por la espontaneidad del gesto.
Por un largo minuto no hubo más risas, ni más palabras, solo miradas cómplices y sonrisas mal disimuladas. El chocolate se volvió el centro de atención, y nada más parecía interesar además de ello. Fue un momento de paz… cómo hacía mucho no sentían.
-¿Intentar comprarte con chocolate para que te quedes sería también caer muy bajo? –Aioros la miró de soslayo.
-¿Intentarlo? No. –La amazona negó.- Que yo acepte, si. Es casi tan terrible como la prostitución. –Le imitó, mirándolo también por el rabillo del ojo, con una traviesa sonrisa en los labios.
-Que no me prostituyo, Apus. –El tono en su voz arrancó una nueva risa a Deltha.- Esto te está resultando demasiado divertido.
-Es porqué lo es.
-Entonces, quédate. Sería divertido siempre.
La risa se apagó, dejando solo una sutil sonrisa en su rostro.
Deltha bajó el rostro y mordisqueó sus labios. Desvió la mirada hacía el mar, mientras la conversación de ese día acudía a su cabeza. Sus sentimientos hacia el Santuario no había cambiado en lo más mínimo. Si algo, solo lo había odiado un poco más, aunque sonara imposible.
Lo que sí era diferente, era precisamente lo que sentía por Aioros. Le gustaba pensar que lo comprendía mejor y que no sentía pena por él. La pena era un sentimiento demasiado oscuro para recaer sobre cualquiera en especial cuando se trataba de alguien que significaba tanto para ella, como lo era Aioros. En vez de compadecerlo, quería ayudarlo… del mismo modo en que él le había tendido la mano, muchos años atrás. Entendía lo solo y herido que estaba, así como lo mucho que necesitaba una sonrisa amiga que le hiciera el camino de regreso menos duro.
Solo algo hacía mella en su deseo, y era precisamente su propia disposición para quedarse. ¿Sería capaz de mantenerse entera a pesar del disgusto que le ocasionaba ese lugar? ¿Podría no convertirse en un estorbo más en vez de una ayuda? Solo había un modo de averiguarlo.
-Aioros, yo… -Se sopló los flecos púrpuras que le cubrían los ojos. Rezó internamente por tener la fortaleza para hacer frente a su decisión.
-Antes de que digas algo, déjame explicarte. –Para su sorpresa, Aioros se le adelantó. Frunció el ceño, sin saber como tomar lo que sea que quería decirle.
-¿El qué?
-Sobre lo que dijiste antes… que éramos diferentes. Lo entendí.
-Aja…
-Creo que lo mejor sería comenzar por el principio; empezar de nuevo. –La amazona ladeó el rostro con curiosidad, más lo dejó continuar.- No tenemos que ser lo que éramos antes, Del. Si te quedas, y tú quieres, podemos ser solo amigos. -Si aquel era el único modo de convencerla de quedarse, Aioros estaba dispuesto a intentarlo. Por el momento, le bastaba con eso: con tener una cara amiga. Necesitaba, a como diera lugar, encajar en ese nuevo Santuario, y sentía que no podía hacerlo solo.- Solo amigos. ¿Qué dices?
Deltha tardó un par de segundos en reaccionar, asintiendo suavemente, pero preguntándose en su interior si estaban haciendo lo correcto. La única certeza que tenía era que quería ayudarlo. El resto quedaba en manos del destino. Era un sacrificio pequeñito, por todo lo que el Sagitario había representado y representaba para ella.
-Me parece bien. –musitó… y que los dioses se apiadaran de ellos.
-Excelente. –El arquero le sonrió y, sin que ella lo esperase, le tendió la mano.- Comencemos por el principio, ¿vale? Soy Aioros.
Clavó su mirada en ella, en espera de una respuesta. Tras una pausa, ocasionada por la sorpresa del repentino gesto, Deltha correspondió el saludo. Lo miró con complicidad y estrechó su mano con una sonrisa en los labios.
-Soy Deltha. Encantada de conocerte. –le dijo.- Soy nueva por aquí y, ¿sabes? Busco un guardaespaldas que me salve el culo cuando una amazona malencarada quiera pateármelo, he visto muchas de esas por ahí. ¿Conoces a alguien que pueda ayudarme?
Al escuchar la carcajada de Aioros, recordó lo mucho que había echado de menos esa risa y no pudo sino acompañarlo, sintiéndose tranquila con su decisión al menos por un instante.
-X-
Parpadeó lentamente cuando los brazos de Morfeo la liberaron con una sutil caricia de despedida. Se sentía cansada, terriblemente cansada, pero la paz que se respiraba en la habitación la reconfortaba hasta límites insospechados. Se incorporó con cuidado en la cama, apartando el sedoso dosel blanco. Después, posó sus pies descalzos en el frío suelo de mármol y se estremeció ante su frío tacto.
Tomó, con manos temblorosas, el vaso de agua que reposaba en su mesilla. Y cuando reparó en las preciosas rosas rojas que lo acompañaban, no pudo sino sonreír. Se puso en pie rápidamente, más emocionada que nerviosa, y se acercó corriendo a la ventana. Apartó las vaporosas cortinas, y se asomó.
Contempló el atardecer del Santuario, con el sol derritiéndose en el suave arrullo del mar, mientras las golondrinas y gaviotas llenaban el aire con sus trinos y graznidos en la lejanía. Su deslumbrante sonrisa se agrandó en su rostro de niña cuando sus ojos grises pasearon por la silueta renovada de las Doce Casas.
Se dio la vuelta, tomó una de las flamantes rosas y con cuidado la enredó en su larga cabellera. Después, echó a correr, ignorando la debilidad que sentía y el frío del mármol bajo sus pies. Solamente deseaba contemplarlos uno a uno, adorar sus miradas y perderse entre sus voces aterciopeladas. No le importaba lo difícil que fuera, en absoluto, ella les ayudaría de todos los modos posibles y si no encontraba una solución... se la inventaría. No anhelaba nada más que regalarles una vida, y la parte fácil había sido un éxito. Estaban allí, podía sentirles inflamando su pecho con un cariño desbordante, a pesar de lo poco que les conocía. No importaba, era como si hubieran pasado milenios a su lado, velando sus sueños y ahuyentando sus pesadillas.
Abrió la puerta del salón del trono, e inmediatamente, las miradas de Dohko, Arles y Shion se posaron sobre ella: sorprendidas, desencajadas y aliviadas, rebosantes de alegría.
-Princesa… -atinó a decir Shion.
Ella solamente sonrió. La majestuosidad de Athena no regresaría en esa era, al menos no en su totalidad: aquel precio había pagado, pero parte de su divinidad seguía ahí. Saori dio un par de pasos más, hasta que unos poco centímetros la separaron del Patriarca. Buscó sus ojos rosados, mareándose con la mezcla de emociones que desbordaban, y pillando a todos por sorpresa, incluida ella misma… lo abrazó.
-Lo conseguimos. –murmuró contra su pecho. Nunca antes se había sentido así. Jamás se había sentido tan en casa como en aquel instante. Y aunque sabía que una parte de ella sufriría con la ausencia de sus amigos más queridos… no tenía miedo. En el Santuario tenía una familia.
Ahora solamente quedaba vivir.
-Continuará…-
NdA:
Aioros: ¡Volvimos! ¡Sun y yo volvimos!
Kanon: Uy, que gran noticia. ¿No podías haberte perdido por ahí? ¿Caído por algún canal?
Aioros: Yo también te extrañé, Kanon ¬¬'
Kanon: =D
Saga: ¡Cómo sea! A partir de ahora, habrá algunos cambios por estos lugares. Para empezar, tenemos que advertiros que a partir de ahora, las actualizaciones se retrasarán un poquito. Las bruj… cof… cof… las malvadas favoritas de todas tienen algunas nuevas responsabilidades, por lo que su tiempo para escribir estará más limitado.
Kanon: Os pedimos paciencia. Sí, paciencia. Ya saben, esa extraña cualidad que yo no tengo.
Aioros: Esperamos que lo manejéis mejor que él. Pero tranquilas, que las chicas seguirán siendo constantes.
Saga: Cualquiera lo manejaría mejor que él.
Milo: Extrañaré a la señorita culo bonito hasta el siguiente capítulo T_T
Saga: ¬¬'
Aioros: Y antes de que Milo termine en la Otra Dimensión, ¡despedimos el capítulo por hoy!
Damis: Reviews anónimos al profile. ¡Prometo mantener a las víboras sexys en forma de hetaira lejos de los niños! Al menos por un tiempo… ;)
Sun: ¡Gracias por esas toneladas de reviews! Los esperamos con ansias ;)
