Capítulo 6: Princesa
El encuentro con Saga la había dejado temblando y no precisamente de miedo, sino de rabia. El tono autoritario de su voz, la frialdad de sus palabras y la indiferencia en su mirada esmeralda, todavía vibraban en su interior, dejándola con aquella horrible sensación de un vacío imposible de llenar en el estómago. Naia jamás había esperado un recibiendo de reina, ni tampoco esperaba que las cosas fueran iguales a lo que había dejado atrás desde el primer momento. Pero, muy a su pesar, tenía que admitir que nunca había imaginado que el primer intercambio de palabras con Saga hubiera sido tan áspero y, a la vez, tan agresivo.
Desde ese momento, se había esforzado en repetirse que el motivo de su cambio era más fuerte y doloroso de lo que ella podía imaginarse. El tiempo y la vida no habían sido menos crueles con ellos, sino lo contrario. Todo lo magistrales que lucían por fueran, toda esa magia que emanaba de ellos, no se trataba de nada más que un espejismo luminoso que intentaba cubrir lo rotos que estaban por dentro.
-Eso es lo que sucede. –Se dijo a si misma, por enésima vez.- Pronto todo cambiará… con tiempo. Hay que darles tiempo.
A pesar de todo, ni podía negar que se sentía ligeramente enfadada, ni tampoco podía ser indiferente a la actitud del gemelo. Por más que intentaba mantenerse tranquila, dolía un poquito.
Sin embargo, por alguna extraña razón que ni ella entendía, ahora se hallaba de camino a Géminis, dividida entre el deseo de encontrarse de nuevo con el gemelo para arreglar las cosas… o bien, para patearlo mentalmente en el culo. Siempre había considerado a Kanon y a él como sus amigos más cercanos, así que no terminaba de comprender cómo era posible que los ojos de Saga lucieran tan desilusionados de su presencia ahí. Era precisamente eso lo único que le dolía de aquella conversación.
Tampoco quería darle más vueltas de las que debería. Mientras más lo pensara, más personal sería; y Naiara no quería más enredos para la situación que tenía entre manos.
Entre el ir y venir de las ideas, más pronto de lo que hubiera deseado, el tercer templo se dibujó en su horizonte. También, más pronto de lo que esperaba, se encontró subiendo las angostas escaleras de mármol que guiaban hacía el recinto privado de la casa de los gemelos. Y, todavía más pronto, se dio cuenta que tenía la mano en el pomo de la puerta y que ésta crujió cuando la empujó para abrirse paso.
Se mordió los labios, suspiró y se animó a dar un paso dentro. Solo entonces reparó en la mala idea que había sido presentarse ahí, de manera tan repentina. Debió haberse anunciado antes; tenía que haber encendido su cosmos para avisar de su presencia. Pero no lo había hecho y sus únicas dos opciones en ese punto eran, o huir despavorida, o terminar de enfrentar a la razón que la había llevado hasta ahí esa mañana. Al final, resultó que había una tercera alternativa que no había considerado.
-Kanon. –Sin darse cuenta, sonrió aliviada en el instante en que sus ojos repararon en al figura del gemelo menor. Los ojos de Kanon coincidieron con los suyos un segundo después y, para su tranquilidad, le devolvió el gesto de simpatía.
-Ah… visitas.
-Algo así. –Se invitó a pasar, convencida de que, con Kanon alrededor, sus acciones no serían un fastidio para nadie.
Kanon le inspiraba confianza. Complicidad, incluso.
Era diferente, pero a la vez, seguía siendo el mismo. Por alguna razón desconocida, era el que menos había cambiado, o quien menos lo demostraba; y, por lo mismo, era con quien a más a gusto se sentía. Desde el primer día, no había tenido reparo en decir las cosas como eran: buenas, o malas. Se había mostrado justo como ella lo recordaba y, quizás lo mejor era, que no la veía como si se tratase de un mosquito molesto, revoloteando a su alrededor. En pocas palabras, Kanon le daba esperanzas de que las cosas podrían ser lo que alguna vez fueron.
-¿Qué te trae por aquí? –Sintió su intensa mirada sobre ella, recorriéndola… casi degustándola. Lejos de incomodarse, le resultó divertido.
-Visitando a las estrellas.
Se arrancó la máscara sin pensarlo y la asentó en la mesilla de centro, mientras ella misma tomaba asiento en el sofá, justo al lado del gemelo. Lo miró por un segundo, con una diminuta sonrisa en los labios, y casi de inmediato le imitó, subiendo sus pies a la mesa para ponerse cómoda.
-¿Fumas? –El gemelo le mostró una cajetilla de cigarros. La amazona se lo pensó un segundo. ¿Cuándo había sido la última vez que había fumado? No estaba muy segura, pero le parecía que había transcurrido siglos desde la última vez que el tabaco tocó sus labios.
-Gracias. –Tomó un cigarrillo y se lo llevó a la boca. Antes de que Kanon le ofreciera lumbre, le arrebató el suyo de los labios, y con él, encendió el propio antes de devolvérselo. Dio una calada profunda y, al exhalar el humo tibio… no sé sintió menos intranquila.- ¿Estás solo?
-Ahora estoy contigo.
-¡Valiente compañía!
La risa sarcástica que abandonó su garganta puso al gemelo sobre aviso. Kanon arrugó el ceño y probó su cigarro, dejando que el silencio la invitara a continuar. No lo hizo, así que decidió preguntar. Nunca se le había dado bien esperar, ni tampoco dar rodeos innecesarios… Además, le gustaba más la Naia platicadora del otro día y vaya que necesitaba un poco de diversión en ese momento.
-Ugh. –Musitó, mirando de soslayo a su amiga de la infancia. Aún cabreada, tenía que admitir que era la chica más guapa e interesante que había visto en mucho tiempo.- Alguien está de malas. ¿Qué pasó? Dime que la cobra no intentó darte una paliza de nuevo.
Con la sola mención de la amazona de Ophicus, Naia arrugó el ceño todavía más. Dio un toque al cigarro y se cruzó de brazos en una actitud meramente defensiva. Los arañazos de la mujer en cuestión todavía le ardían… aunque no tanto como le dolía el orgullo. La expresión de desagrado no pasó desapercibida para el gemelo quien, comprendiendo las emociones que Shaina era capaz de provocar, esbozó una sonrisa burlona.
-Agradable la fierecilla, ¿no?
-Tanto cómo un dolor en el estómago. ¿Qué rayos está mal con ella?
-Nada… -Kanon se encogió de hombros. Shaina era un persistente dolor en el culo, pero tenía que admitir que, como amazona, poco o nada había que reprocharle.- … Bueno, o casi nada. –Había un pequeño punto cuestionable en su historia, pero…
-Cualquiera lo diría. Hay algo terriblemente mal con esa mujer demonio. –caló el cigarrillo una vez más y se deshizo del flequillo rebelde que le cubrió los ojos con un manotazo.
Kanon, increíblemente, volvió a guardar silencio una vez más. Se detuvo a mirarla, con más descaro del que debería haber mostrado, hasta el punto en que la atención de la joven recayó sobre él también. La vio alzar una ceja, lo cual le resultó un gesto de lo más gracioso y solo entonces volvió a confrontarla.
-Oh, venga, Caelum. No vas a decirme que nuestra adorable víbora consiguió amedrentarte, ¿verdad? Lo que pasó antes fue solo su agradable forma de darte la bienvenida. Se pondrá mejor. –Cuando la morena le fusiló con la mirada, el gemelo soltó una carcajada que casi consiguió contagiarla. Se incorporó ligeramente solo para apagar lo que quedaba de su cigarrillo en el cenicero, pero de inmediato volvió a acomodarse a su lado.
-Por los dioses, falta que le hace un buen polvo.
-En realidad… -en esa ocasión fue la ceja izquierda del peliazul la que se levantó. Sin notarlo, Naia había puesto el dedo sobre el único punto negro en el historial de la cobra.- Ese es el problema. Se quedó las ganas.
-¿De qué hablas? –De pronto, la conversación se tornaba entretenida.
-Shaina tiene un pequeño secreto.
-Habla. –Inconscientemente, la amazona se acercó un poco más a él.
-La cobra tiene un oscuro pasado…
-Oh.
-En el que sufrió una obsesión espantosa por cierto santo de bronce. –Una mueca de completa incredulidad adornó el rostro de la morena. Kanon no pudo sino ensanchar su propia sonrisa. Le robó el tabaco y se lo llevó a los labios.- Pegaso. –Añadió tras una pausa que a Naia le resultó eterna.- Creo que habrás escuchado de él.
-¿Pegaso? ¿El favorito de la princesa? –Se cubrió la boca con las manos y soltó una risita burlona.
-El mismo. –El gemelo asintió, disfrutando aquella historia tanto como Naiara.- Digamos que perdía toda su dignidad cada vez que lo miraba, besaba el suelo que pisaba y le idolatraba como a ningún otro; de no ser porque las malas hierbas nunca mueren, hubiera muerto por él.
-¡Por Athena! ¡Esto es demasiado bueno! ¡Shaina embabucada por un mocosito!
-El mocoso vio su rostro una vez y eso bastó para traumatizarla. -continuó.
-No me digas. Amar o matar. Pfff… que ridiculez. –Meneó la cabeza con desaprobación.- Por un momento creí que la cobra tenía suficiente cerebro como para no creerse esa mierda.
-No todas las mujeres son como tú.
Naia perdió la mirada en él, contemplándolo mientras daba un toque más al cigarro. Era como si, de pronto, aquel rostro, de ojos centellantes, labios bonitos y sonrisa mordaz, la hubiera atrapado. Recordó el primer beso, robado justo antes de que su mundo colapsara; y, de alguna forma, sintió el deseo de robar uno menos inocente ahora.
-Devuélveme eso. –No lo hizo. En cambio, arrebató de regreso el diminuto cigarrillo de sus dedos. Se lo llevó a la boca, juguetonamente y, muy despacio, dio una última calada. Sus ojos violeta jamás se despegaron de los esmeralda del gemelo. Jugaron con él, le provocaron y solamente se desviaron de él cuando su mirada se tornó más penetrante que la propia.
-¿Sabes que hay algo endemoniadamente sexy en la forma en que tratas a ese cigarrillo?
-¿En serio? –El peliazul asintió, acercándose todavía más a ella. La amazona no se movió ni un poquito, solo liberó lenta y provocadoramente el humo de sus pulmones.- ¿Intentas algo conmigo? Escuché que, con palabras, incluso los dioses caen bajo tu encanto. ¿Cuál es el secreto, Kanon?
-Todos tenemos secretos. -Intempestivamente, Kanon se acercó a ella, rodeó su cuello con el brazo y la jaló hacia si, hasta que la tuvo tan cerca que su labios rozaron la blanca piel de su cuello. Naiara no pudo reaccionar. Permaneció estática, sintiendo como la respiración de Kanon golpeaba contra su oído y le erizaba la piel con su caricia. Algo en su interior se retorció y, de no haber sido por su resistencia a ceder al primer intento del gemelo, hubiera caído en su juego en ese mismo instante.- Si te lo dijera, no te resultaría ni la mitad de interesante. –murmuró a su oído.
-Entonces no lo hagas. –Le susurró también. Rió, para después intentar ponerse de pie, pero el geminiano la apretó con un poquito de más de fuerza, dispuesto a no dejarla ir.
-¿Huyes? –Naia escuchó la risita, suave y encantadora, cosquilleando en su oído; y sintió la caricia directa de los labios de Kanon, así como lamida traviesa que consiguió cortarle la respiración.- Creí que querías saber mi secreto. -murmuró. El ronroneo ronco de su voz la envolvía, como una tentación cada vez más difícil de resistir.
-¿Vas a decirme?
-Es bien sencillo… se trata de saber perfectamente lo que quieres y en el momento preciso en que lo quieres. –Kanon se alejó un poquito para buscar sus ojos. Su mirada lo dijo todo: "Ríndete, o caerás."
-¿Y qué quieres, Kanon? –Ella lo cuestionó, a pesar de que sabía la respuesta. La mirada violeta brillaba con tanta provocación como la suya. Bastó con verla mordisquear sus labios para saber lo que quería… y que Naia quería exactamente lo mismo que él.
-Quiero…
Pero no hubo tiempo para que terminara de hablar. Un par de golpes resonaron en su puerta y las voces de los mensajeros papales resonaron, llamando su nombre. No había más tiempo para juegos.
-¡Saga y Kanon de Géminis! ¡El Maestro os convoca a su presencia!
El gemelo estaba seguro de haber gruñido como no lo hacía en mucho tiempo. Para cuando soltó la primera maldición, la amazona ya se había alejado de él, y lo observaba más divertida de lo que él se hubiera esperado. Por fin, sin que pudiera contenerla por más tiempo, la risa de Naiara estalló, con tanto entusiasmo que al peliazul le resultó imposible no esbozar una sonrisa retorcida. Se le había escapado… por ahora.
-Que curioso. –La amazona se puso en pie y se plantó delante del santo, con las manos sobre sus caderas.- Me parece que, por esta vez, desear no fue suficiente.
Revolvió la melena azul y depositó un beso fugaz en su frente antes de girar sobre talones en busca de la salida. La mirada de Kanon estaba sobre ella, podía sentirla… y no se equivocaba.
Los ojos del santo seguían minuciosamente cada contoneo mientras pensaba irremediablemente en lo que acababa de perderse. De haber sido paranoico, hubiera pensado que el viejo había planeado que la interrupción llegara justamente a tiempo. Pero, con lo que nadie más que él mismo contaba, era el hecho de que, en realidad, nunca había mentido. Su secreto era precisamente ese: cuando quería algo, iba tras de ello, a como diera lugar. Y, aunque el beso robado catorce años atrás nunca le había dejado pensado, ahora era precisamente la mujer que surgió de aquella niñita mona la que le hacía pensar en cosas mucho menos inocentes y mil veces más… sugestivas.
-¡Oye, Caelum! –La llamó, antes de que desapareciera por su puerta. Al verla voltear, le sonrió.- No te lo había dicho antes, pero es buena tenerte de regreso.
-Es bueno estar aquí de nuevo.
Y, por lo que veía, ella tampoco parecía oponerse.
-X-
Si Milo había llegado tarde a la reunión, era precisamente porque los estúpidos mensajeros de Arles no había sido capaces de encontrarlo. De haber sido un poquito más hábiles, y mucho más avispados como para buscarle en el sótano de Escorpio, sin lugar a dudas el santo no hubiera tenido que soportar la mirada reprochadora de Camus por su retraso, ni tampoco el suspiro malintencionado del santo de Altair cuando por fin el guardia de la puerta anunció su llegada.
-Al fin estamos todos. –comentó Arles. Milo gruñó y estaba seguro de que el gesto de desagrado se escuchó hasta en el rincón más alejado del salón.- Podemos comenzar, Maestro.
El peliazul tardó un par de segundos más antes de tomar el único asiento que quedaba vacío. Se sentía intrigado por el motivo de aquella improvisada reunión.
Miró hacia los rostros de sus compañeros en busca de respuestas, pero lo único que encontró fueron miradas tan curiosas como la suya, en algunos casos. El resto de ellos, o bien le ignoró, o como en el caso de Saga, su mirada resultó imposible de descifrar.
-Lamento si os ha parecido que ésta convocatoria ha sido hecha con demasiada premura. –Shion acomodó las hojas que traía en las manos. No eran necesario que lo hiciera, pero al menos de esa forma podía descargar su nerviosismo de alguna forma. La última vez que los había tenido reunidos a todos, el desastre los había golpeado sin que lo viera venir.- Hay noticias importantes que deben ser compartidas con todos vosotros.
Calló por un segundo, buscando cualquier cosa en los rostros de sus chicos que le hablara de su estado de ánimo.
Los últimos días habían sido un verdadero misterio. Arles había llegado a su despacho con noticias ocasionales, pero con nada realmente importante. Así que, con todo pesar, Shion tenía que decir que iba caminando a ciegas en relación a sus muchachos. Sin embargo, quería ser optimista. "No noticias… son buenas noticias." Y vaya que confiaba que así fuera.
-Ha pasado ya tiempo suficiente desde nuestro regreso. –continuó.- Nuestros cosmos comienzan a recuperarse, y tanto Dohko, Arles, como yo, confiamos en que pronto los tendremos de regreso en un cien por ciento. Después de una cuidadosa consideración… -y vaya que se había llevado tiempo pensando, planeando y midiendo con sumo cuidado cada paso de su nuevo esquema.- …he llegado a la conclusión de que es el momento de retomar un plan de trabajo.
Volvió a detenerse para contemplarlos con detenimiento. Un par de cejas se levantaron, otro par de labios se torció con resignación y alguno más se revolvió el cabello, pero nada más. Shion sabía que aquel era el primer gran paso para retomar una normalidad que seguramente nunca existió.
-Lo primero que haré será asignaros un equipo. –Una vez más, rebuscó entre sus papeles por la hoja en la cual había garabateado los nombres de cada grupo. Dohko, Arles y él se habían quemado las pestañas con aquella dantesca tarea, mayormente porque para el santo de Altair, como para el mismo, la gran mayoría de esos nombres no proporcionaban más que rostros de desconocidos para ellos.- Trabajareis como líderes de cada grupo. Serán vuestra responsabilidad y rendiréis informes por cada una de sus acciones.
-¿Incluso yo tendré un equipo? –Kanon preguntó, burlón. Después de todo, el solo era santo suplente de Géminis.
-Incluso tú, Kanon. –Le respondió el Patriarca sin inmutarse. El gemelo chasqueó la lengua. Pero Shion ni siquiera prestó atención a aquel gesto; Kanon estaba muy equivocado si creía que a partir de entonces la vida se le pasaría entre vagancia y juegos retorcidos.- Aquí está. –anunció cuando el trozo de papel cayó en sus manos.- Cada equipo está constituido por dos o tres miembros, de distintos rangos, distintas habilidades y, por supuesto, diferentes carencias. Está en vuestras manos ayudar a desarrollar esos talentos y contribuir a la disminución de sus carestías. Algunos constituirán retos mayores que otros, pero estoy seguro que las recompensas serán también mayores. Cuando estéis integrados, se os asignará misiones, internas y externas. La Guerra Santa puede haber quedado en el pasado, pero nuestra Orden nació para servir a la humanidad… y hay mucho en lo que podemos ser de utilidad aún.
-Sabréis que los santos de bronce que llegaron con Seiya y los demás al Santuario han decidido permanecer entre nosotros. –Dohko intervino. Había tenido la oportunidad de tratar con ellos personalmente y había llegado a considerarlos como buenos chicos. Sin embargo, del mismo modo, reconocía que sus habilidades como santos eran pocas y su nivel, bajo para el rango que representaban.- Me parece que debéis prestarles mayor atención. Probablemente sean quienes más trabajo demanden de vuestra parte.
-Los equipos quedarán organizados del siguiente modo. –Miró una vez a sus discípulos y procedió a leer la lista.- Mu, tú estarás a cargo de Algheti de Hércules, Dio de Mosca y Sirius de Can Mayor. Por supuesto, Kiki seguirá estando bajo tu cuidado y tutela.
-Bien.
-Aldebarán, tu equipo estará constituido por Geki de Osa Mayor, Ban de León Menor y Nikos de Orión. –El toro dorado asintió.
Conforme los nombres iban surgiendo, una diminuta sonrisa iba ensanchándose en los labios de Milo. Moría de curiosidad por su equipo, eso era cierto e innegable; pero del mismo, los equipos ajenos le resultaban todo un entretenimiento. Estaba seguro de que, al final, más de un grupo saldría de ese salón con un mote nuevo, cortesía suya.
-Saga. –Shion contempló al gemelo.- Jabú de Unicornio, Argol de Perseo y Shaina de Ophicus quedarán bajo tu cargo.
-"Mierda." –Fue todo lo que la cabeza del gemelo alcanzó a pensar en ese instante. Su rostro, sin embargo, permaneció tan indiferente como había llegado.
-La cobra… uuuuh. –Se alcanzó a escuchar la risita divertida del Escorpio, pero una mirada severa por parte de Arles consiguió acallarla en un segundo, no sin conseguir una mueca de molestia por parte de Milo, dicho sea de paso.
-Kanon… -El Patriarca buscó por la mirada del peliazul. Cuando la encontró, se golpeó de frente con una pared de provocación. Los ojos de Kanon poseían la habilidad de expresar la rebeldía innata de su dueño.- Serás responsable de Ichi de Hidra, Dócrates, Cassios y Jaki.
Y para cuando terminó de pronunciar los nombres, la carcajada del escorpión no pudo contenerse por mucho más. Rió a como le vino en gana y con tanta fuerza como quiso. Kanon entrecerró los ojos, confundido, mientras buscaba en los rostros de sus demás compañeros por una explicación a la conducta del bichejo.
-¡Madre mía! ¡Madre mía! –Milo se ahogaba con su propia risa.- ¡Pero que bueno!
-Milo… -Shion intentó reprenderlo, pero no funcionó.
El problema era que tampoco era el único. Máscara Mortal no tardó en unirse a la carcajada.
Kanon había notado que más de uno de los otros santos presentes luchaban contra su propia sonrisa. Aioria se había mordido los labios para no reírse. Aldebarán tenía cara de espanto. Camus había agachado la mirada, y ahora observaba con fascinación la alfombra bajo sus pies. Shura se había convertido en víctima de un repentino ataque de tos, mientras Afrodita se cubría insistentemente la boca con los dedos. Aioros, como siempre, no tenía la menor idea de lo que sucedía; y Saga… ¡el muy maldito de Saga estaba sonriendo por primera vez en un millón de años! Maldita fuera. Tenía que ser algo muy malo.
-Un momento… -Por primera vez en su vida, Kanon sintió que las palabras le titubearon en la boca.- ¿Por qué no has mencionado las constelaciones de mis subordinados?
-¡Porque no las tienen! –Milo respondió entre risas todavía.- ¡No son santos!
-Basta ya, Milo. –La voz de Shion se tornó autoritaria.- No quiero una risa más.
-¡¿Mis subordinados no tienen armadura?!
-No poseer una armadura no significa que sean débiles. –Los ojos rosáceos de Shion se centraron en el gemelo.- Tú, mejor que nadie, deberías entenderlos. Dócrates y Jaki poseen el nivel de un santo de plata, pero no el espíritu. Cassios es discípulo de Shaina, por lo que seguramente no tendrás quejas de él. Os haríais bien los unos a los otros, Kanon. Confío en que entenderás mis razones eventualmente.
Pero lo único que tuvo por respuesta fue un gruñido que, en realidad, esperaba. A pesar de todo, se sintió conforme. Tenía sus motivos, todos bien intencionados. Solo faltaba esperar que Kanon los comprendiera… aunque sus compañeros no estaban ayudando en lo absoluto.
-Continuemos. –acotó un segundo después.- Ángelo, estarás con Nachi de Lobo y con Giste. –De inmediato, los ojos de Shion viajaron a Milo, advirtiéndole en silencio que no quería una sola risa más en su sala. Afortunadamente, el santo peliazul decidió no tentar más a la suerte por ese día.- Aioria, quedarás a cargo de Orfeo de Lira y Marin de Águila.
-Perfecto. –asintió el castaño, con un sonrisilla en los labios. Pero casi de inmediato, Milo, a su lado, se encargó de borrarla.
-Puuurrr… -ronroneó suavemente como un felino.- El gatito ya se hace cargo de la aguilita. –Y entonces, la mano de Aioria se estampó contra su nuca.
-¿Algo más que quieras compartir, Milo?
-No, no, Maestro. –rió por lo bajo.- Mis disculpas. –Su carita de inocencia no alcanzó a convencer a Shion.
Milo era un desastre con piernas. Había pasado de ser un chiquillo travieso a convertirse en un joven todavía más escandaloso. Sin embargo, a Shion le tranquilizaba que su conducta divertida y bulliciosa hiciera más relajado un proceso que él se había imaginado más difícil. Aún así, meneó la cabeza con una desaprobación más que fingida y se atrevió a seguir con las asignaciones.
-Shiva de Pavo Real y Ágora de Loto seguirán como tus subordinados, Shaka. –El santo de la Virgen aprobó y, en ese momento, Shion se dio cuenta que había llegado el momento más esperado para su santo de Escorpio.- Milo…
-¿Sí? ¡Dime ya! –El peliverde volvió a negar.
-Dante de Cerbero, Moses de Ballena y Naiara de Caelum. –Milo pestañeó un par de ocasiones, incrédulo. Después, esbozó la sonrisa más grande de ese día y soltó una carcajada de triunfo. La "señorita culo bonito" había quedado en su equipo. ¡Al diablo con los otros! ¡No había podido quedar mejor! ¡Ahora tendría acceso a todos los chismes!
-¡Genial!
-Aioros. –El arquero centró su atención en él. Con un poco de suerte, así como Aioria había quedado como superior de Marin, él se quedaría con Apus.- Spartan, Asterión de Canes y Tatiana de Lince estarán en tu equipo. –El santo se sopló el flequillo. Pues no, sus suposiciones habían fallado vilmente. Sin embargo, recordó que Tatiana había alguna vez subordinada de Saga y los rumores decían que… Bueno, ya tendría tiempo de sobra para averiguar.
-Bien.
-Eire de Grulla y Capella de Auriga trabajarán contigo, Shura. –continuó Shion.- Camus, Jamian de Cuervo, Tremy de Sagita y Deltha de Apus serán tus subordinados. –El Patriarca bajó momentáneamente las hojas de papel que mantenían su atención y se concentró, tanto en el santo de Acuario, como en el de Escorpio.- Os solicito que os mantengáis atentos a los movimientos de Caelum y de Apus. Sabed que las condiciones de su retorno son delicadas. No quiero volver a llevarme un susto desagradable con respecto a ellas, aseguraos de que cumplen adecuadamente con lo que se les encarga. Si os dan problemas, avisadme de inmediato. –Se sentía a gusto con la decisión que había tomado, de encargar su custodia a Camus y también a Milo. No tenía nada especial en contra de las amazonas, pero tampoco estaba en disposición de permitirles poner al mundo de cabeza con alguna otra mala decisión.
Antes de regresar a sus documentos, echó un vistazo fugaz a los rostros de los gemelos y de Aioros. Pudo jurar que su comentario no cayó en gracia ni a Kanon, ni al castaño. Aunque Saga, en cambio, no movió un solo músculo, y eso ya era un alivio en si.
-Continuamos… -Shion retomó su labor.- Solamente me quedas tú, Matti. Estarás con Misty de Lagarto y Keitaro de Cruz del Sur.
-Afrodita. –replicó el sueco.
-¿Qué?
-Afrodita. Preferiría si me llamarás así, Maestro.
-Oh… -Shion entrecerró los ojos y se llevó la mano a la barbilla. Para él siempre sería Matti, pero si lo que quería era eso…- Supongo que, está bien. Afrodita, será de hoy en adelante. –Al escucharlo, Máscara Mortal levantó una ceja. Estaba a punto de abrir la boca para reclamar el mismo derecho que el santo de Piscis, pero una vez más, el lemuriano se le adelantó.- Olvídalo, Ángelo. No pienso llamarte "Máscara Mortal". Los demás pueden decirte como les venga en gana, pero para mi siempre serás Ángelo. Punto. No se discute más. –Un bufido del italiano le hizo saber que había entendido.- Bien, ¿todos habéis comprendido vuestras asignaciones?
-A la perfección, Maestro. –Le respondió Mu. El peliverde se alegró de que, quizás con la única excepción de Kanon, nadie más había protestado, y de hecho, ya veía venir las quejas del gemelo.
-Dijiste que había una segunda noticia. –Milo volvió a irrumpir en la conversación. Si la segunda noticia resultaba tan divertida como la primera, sería un día más que maravilloso.
Shion sonrió mientras asentía. Buena señal para todos. La segunda noticia, tal como el santo de Escorpio pensaba, era mucho más grande que la primera y mil veces más grata.
Se tomó un segundo para mirar a Dohko y también a Arles, sus dos cómplices en el pequeño secreto. Arles le asintió, mientras que la sonrisa del chino se hizo más evidente. Shion estaba seguro de que las noticias del despertar de la princesa serían tan extraordinarias para todos, como lo habían sido para él.
La presencia de Saori se había convertido en una ráfaga de aire fresco en el templo papal. La pequeña diosa, hasta entonces una desconocida para el Maestro, resultó ser mil veces más adorable de lo que había llegado a imaginarse. Sabía que el fondo de ella existía una diosa, regia y exigente: una deidad de la guerra, aun minimizada; pero lo que sus ojos alcanzaban a ver era solamente a una chiquilla que se esforzaba por ser todo lo que se esperaba de ella.
Aún así, Shion tenía plena confianza de que su presencia sería para bien. El regreso de Athena sería quizás lo que sus santos necesitaban para retomar la vida que ella había deseado para ellos. Tenía fe en que las cosas mejoraría a partir de ese punto.
-Por una vez, me alegra ser el portador de noticias tan especiales… –habló de nueva cuenta. Su rostro se iluminó con una sonrisa espontánea.- La gran noticia la hemos dejado para el final.
-¿Crees que algún día nos diga? Esto es tortura, estoy seguro. –Milo susurró al oído de Camus. El francés solo lo miró fugazmente, exigiendo silencio, pero sintiéndose no menos intrigado que él. Era innegable que Shion ya le había dado más que vueltas suficientes al asunto.
-Estoy aquí.
La vocecilla, tan delgada como un suspiro, retumbó en el salón, atrapando la atención de los santos a su paso.
Efectivamente, Saori estaba ahí.
-X-
Ataviada con su peplo blanco, digno de una diosa; con la larga melena lila trenzada en oro y en plata, y el rostro desbordante de alegría, la adolescente les miraba desde un rincón alejado.
Cuando se hubo enterado de la convocatoria para reunir a sus santos dorados, simplemente no había podido resistir la tentación de verles. Shion seguramente tendría preparado algo diferente, algo más especial y probablemente formal, para su primera presentación en lo que había sido largas semanas. ¡Pero ella solo quería verlos lo más pronto posible! Así que había recurrido al plan más desesperado que le cruzara por la cabeza. De alguna forma había conseguido escabullirse en el salón y, de otra forma todavía más complicada, había guardado silencio en espera del momento adecuado para mostrarse. ¡Había aguantado demasiado! Así que, cuando la mención de Shion se hizo más que obvia para ella, supo que era entonces, o nunca.
Fue a su encuentro, casi corriendo, y cuando pilló al primero que se cruzó en su camino, lo abrazó con todas las fuerzas que tenía.
-¡Estoy tan feliz de veros! –exclamó mientras hundía el rostro en su pecho.
Aioria se quedó estupefacto. Cuando por fin reaccionó, alcanzó a corresponder el abrazo del modo más formal que le fue posible. Los abrazos desmesurados no estaban incluidos en el protocolo para tratar con Athena. Sin embargo, su afecto por la pequeña era tan grande como el que recibía de ella. Después de todo, estaban ahí por voluntad suya. Lo que tenían, que en el caso de Aioria era mucho más de lo que alguna vez esperó de la vida, era gracias a ella. Y, de una forma en que quizás poco entendían, la joven diosa también había renunciado a todo lo importante que poseía, para volver al lugar que le pertenecía.
-Nosotros también estamos felices de tenerte aquí, princesa. –Le respondió con una sonrisa, solo para que ella se la devolviera de un modo que pareció iluminar la habitación completa.
Otros once abrazos siguieron a ese primero, con el mismo ímpetu y siempre sin reparar en el abanico de reacciones que arrancaba de sus santos. Algunos más incómodos que otros, para ellos; porque Saori simple y sencillamente parecía haberse olvidado del pasado marcado por su ausencia, para aferrarse a un presente en el que no pensaba abandonarlos jamás. El resto de la historia ya no le importaba. Traiciones, odios, dolor… todo eso era algo que deseaba borrar de sus mentes, a como diera precio. Lo primero era aquello: demostrarles que, a sus ojos, no hacían falta la disculpas ni tampoco las lágrimas. Le valía con sus sonrisas y con la promesa implícita que disfrutarían aquella vida que les regalaba.
Los últimos dos abrazos fueron los que consiguieron erizarle la piel, más que ningún otro. Atropellados, incómodos e incluso torpes; sin embargo, volver a estrechar entre sus brazos a Aioros y a Saga, sin que la muerte estuviera de por medio, le resultó el epítome de aquella grandiosa hazaña que había comenzado al decidirse a regresarlos. Ver sus rostros de nuevo, escuchar sus voces y estrecharlos entre sus brazos; ¡cuántas veces se había imaginado ese momento! Y, ahora, por fin veía cristalizados todos sus esfuerzos.
-Os eché de menos. –Susurró la joven diosa. No los conocía tanto como hubiera deseado, pero sus palabras eran sinceras.
-Esa era la gran sorpresa. –Shion les dijo mientras contemplaba la escena. No había forma alguna de que desviara la mirada de su diosa y de sus santos, no cuando aquella estampa frente a él había sido una que soñara desde que su llegada fuera anunciada.
-X-
Después de aquella ráfaga de mimos y palabras bonitas, Saori parecía haberse tranquilizado un poco… o al menos eso era lo que creían. Lo cierto era que, a pesar del agotamiento, de haber sido voluntad suya, la pelilila hubiera permanecido por horas y horas alrededor de ellos, escuchándolos, o simplemente mirándoles hasta que el cansancio la venciera.
Pero Arles parecía más al borde del colapso que ella. Llevaba varios minutos golpeteando la mesa con los dedos y echando miradas por encima de su hombro, en dirección a donde ella estaba. Por fin, cuando ya no pudo contenerse más, el santo de Altair se levantó con el sigilo de un gato, solo para murmurar unas pocas palabras al oído de Shion. Entonces, el lemuriano asintió repentinamente y, al igual que él, rebuscó el rostro de su princesa. Esperó con paciencia a que sus ojos coincidieran y, cuando sucedió, le obsequió una sonrisa que solamente un padre embelezado podría obsequiarle.
-Es momento de retirarse, princesa. –acotó con suavidad.- Tus fuerzas no han regresado del todo, así que deberías tomar las cosas con calma. Hay más que tiempo suficiente para hablar, mi niña.
-Lo sé. Es solo que me siento emocionada. –sonrió, mientras acomodaba un largo mechón de cabello lila detrás de su oreja.- Me gustaría quedarme un poco más.
-No sería prudente por ahora. –De alguna forma, la intervención y la insistencia de Arles no le sorprendían. Curiosamente, veía en el santo de plata a su siguiente guardián fiero, aquel que velaría paranoicamente por cada detalle de su vida. El sola idea la hizo sonreír.- Vendrán días bastante agitados para vos. No les has dicho al respecto aún, Shion.
-Oh… estás en lo correcto. –Shion se puso de pie lentamente y ofreció la mano a Saori para ayudarla a levantarse.- En honor al regreso de nuestra princesa, hemos decidido que las Panateneas han de celebrarse en los días próximos. Os recomiendo sacar a vuestras armaduras de sus cajas de Pandora. Habréis de vestirlas en menos tiempo de lo esperado.
-¿Panateneas?
-Si, Kanon; más pronto de lo que imaginas. Os haré saber cuando estemos a la víspera. –Shion se tomó unos segundos para observarlos por una última vez, antes de despedirlos. Todo había salido mil veces mejor de lo que había esperado. Aliviado, suspiró.- Mientras tanto, podéis marcharos. Volved a vuestros asuntos.
Apenas Shion les había dado la espalda, cuando Milo se levantó de su asiento como un resorte. Jaló a Camus para que se pusiera en pie también y urgió al resto del grupo a seguirlo.
-Vale. ¡Todos a Escorpio! Yo invito a las bebidas mientras charlamos acerca de los interesantes grupo. Podremos hablar del equipo canceriano de los sadomasoquistas, o de los felinos amorosos. –Escuchó gruñir a los dos santos aludidos, pero no le importó.- Quizás el gato quiera maullarnos la canción que preparó para Marin y que cantará con ayuda de Orfeo. ¡Será fenomenal!
-¡Milo!
Sin embargo, entre el ir y el venir de palabrería, ninguno notó que la mirada de su diosa seguía sobre ellos. Shion intentó escoltarla de regreso a su dormitorio, pero los planes de la deidad eran unos muy diferentes.
-Me quedaré unos minutos más. –Le dijo a su Patriarca. Los lunares en el rostro del lemuriano se levantaron, más Saori siquiera reparó en ellos. Su atención estaba en otros asuntos… en otras personas, para decirlo de un modo más correcto.
-X-
Ni siquiera había tenido oportunidad de moverse de su asiento cuando sus ojos se cruzaron fugazmente con los de Saori. No era la primera vez que los veía, ni aquella era la mirada más intensa que compartían. Sin embargo, era diferente. Por primera vez, era un gesto lleno de paz, de tranquilidad; sin prisas, ni miedos a lo que fuera a suceder.
Entonces, cuando ella sonrió suavemente y apresó su mano entre las suyas, se supo vencido.
La miró interrogante, casi de soslayo a través de su flequillo, pero el gesto de la niña diosa era firme y no daba lugar a dudas. Se quedó quieto, donde estaba, y apenas asintió levemente ante la insistente mirada gris. Después, le soltó, y la sintió irse. Se quedó quieto, inmóvil cual estatua, a la expectativa.
El detalle no pasó desapercibido para Shion, que caminaba rumbo a la otra salida, fingiendo un desinterés que estaba lejos de sentir. Pero antes desaparecer por la puerta, echó una última mirada atrás. Buscó los ojos de Saga, y un único vistazo fue suficiente. Su mirada se veía igual que la de un animalillo asustado. El peliverde asintió suavemente, con la única intención de infundirle ánimo, pero Saga, tras devolver el gesto tímidamente, se limitó a agachar la cabeza, contemplando con un inusitado interés el caprichoso jaspeado de la mesa.
-¡Aioros! –el nombre abandonó los labios de Saori como una melodía, y sin poder evitarlo, Saga se estremeció.
No miró en la dirección del arquero, pero casi podía imaginar a la perfección su reacción ante el asalto inesperado de aquella Athena a la que no reconocía. Caminaría presuroso rumbo a la salida junto a Aioria, lleno de preguntas acerca de quiénes y cómo eran sus nuevos subordinados y sin entender ni un poco de las misteriosas sonrisas que los demás habían compartido minutos atrás. Probablemente, sintiéndose excluido y fuera de lugar.
Sin embargo, al escuchar la voz cantarina de la diosa y sentir el aterciopelado tacto de sus manos, Aioros no podría sino quedarse quieto, cual estatua, con la mirada perdida en algún punto de la puerta por donde los demás se alejaban, no sin dedicarles alguna mirada confundida. Luego apretaría los labios, apenas perceptiblemente, y contendría su necesidad, a duras penas, de apretarse la cinta roja de la frente. Eso si, voltearía hacia ella con una mirada pura y cristalina, procurando que ningún sentimiento inapropiado se dejara ver a través de ella. Al menos no demasiado.
Saga se sopló el flequillo. Así era Aioros, al menos el que recordaba y el que creía estaba con él en aquella habitación. Sencillo, fácil de comprender, fácil de querer.
-¿Si?
-¿Puedes quedarte un momento?
Ninguno de los dos podía adivinar que era, pero aquella voz tan dulce tenía un poder hechizante sobre ellos. No habían podido resistirse a su risa y sus graciosos gorgoteos cuando era solo un bebé, y mucho temían que la diosa adolescente que era ahora tendría un efecto parecido. Simplemente era imposible negarle nada.
Aioros tragó saliva, y casi sin querer, su mirada se perdió en la melena de Saga, que no se había movido y les daba la espalda desde su silla, para después centrarse en la princesa. Asintió rápidamente, sin saber que otra cosa podía hacer… y casi temeroso, retrocedió sobre sus pasos y volvió a tomar asiento junto a ella.
-X-
Saori se había sentado entre ambos, Saga a su derecha y Aioros a su izquierda; y casi inmediatamente, había entrelazado sus dedos con los suyos. Era una situación extraña, incluso para ella. No estaba acostumbrada a su presencia, esa que incluso a ella le resultaba imponente. Había crecido rodeada de niños, lejos de aquel mundo, se había convertido en una diosa junto a ellos… y ahora tenía frente a si a un par de jóvenes sacados de las leyendas que poco tenían que ver con Seiya y los demás.
Vio de uno a otro rápidamente, observando el rostro de dioses que lucían y el corazón de niño que lloraba en silencio en sus pechos. Podía sentirlo, podía sentir su amargura y dolor, y aquello la hería enormemente.
Recordaba la primera vez que sus ojos se habían posado en Saga. Aquella fatídica noche, su mirada había distado mucho de ser tan pura y hermosa como la que viera tiempo después durante el Hades, o la que lucía en aquel momento. Aún siendo una diosa, la presencia de Ares en el geminiano la había asustado, la había dado miedo y lo había enfrentado. Claro que, jamás, ni por lo más remoto, se le hubiera pasado por la mente que todo tuviera un desenlace tan trágico. Ni siquiera su conciencia milenaria como diosa lo había esperado. Él había sido más rápido, más fuerte… y ella solamente había podido abrazarlo igual que a un muñeco roto, deseando poder dar marcha atrás en el tiempo.
Se habían encontrado más adelante, en una situación que no era más sencilla… y a diferencia de ahora, sujetó su mano con una intención muy diferente. Lo sintió temblar de dolor, de miedo… el mismo miedo que a ella le causo su muerte tiempo atrás. Y sin querer, creó un vínculo difícil de romper, imposible, le gustaría decir. Podía mirarlo y sentir que sus ojos iban más allá, que la apreciaba, y que no solamente sentía aquella fe inquebrantable entre santo y diosa.
Casi inconscientemente, apretó su mano con más fuerza, temiendo que de un momento a otro desapareciera.
Llevó su mirada a Aioros, tragó saliva, y sonrió. Ahí estaba su ángel guardián. Inquieto a más no poder, y sin saber bien en que ocupar su atención. Le transmitía tanta ternura, que le resultaba imposible describirlo, incluso para si misma. Él había estado ahí siempre, desde el primer día de su vida. Ambos lo habían hecho, lo sabía. Habían estado juntos esperándola, queriéndola. Había dado su vida por ella, sin dudarlo; olvidándose de su propia familia y de todo lo que quería, solamente por cuidarla. Había continuado velando sus sueños desde el más allá, y ahora que lo conocía… sabía que era su presencia la que había sentido a su lado a cada paso que había dado.
Les debía todo… y a la vez, sentía que nada sería suficiente por su sacrificio. Seiya, Shun, Hyoga, Shiryu e Ikki, habían peleado no solamente porque creían en su causa… sino porque eran amigos. Habían aprendido a quererla. Sin embargo, en este caso era diferente. Saga, Aioros y todos los demás, habían sido educados para creer en ella, para sacrificarse por ella… Y aunque no dudaba de la fe de ninguno de ellos, había que creer muy profundamente en algo para morir por ello.
Se sentía tan agraciada por su simple compañía, que había olvidado los motivos por los que les había retenido.
-¿Cómo estás? –De pronto, la voz de Saga resonó suavemente en la habitación, sacando a los otros dos de su letargo con un respingo que ninguno supo disimular.
Él se sorprendió a si mismo por haber sido capaz de pronunciar dos palabras, y si no se hubiera sentido inmediatamente el centro de las dos miradas, estaba seguro que también se hubiera respingado ante el sonido de su propia voz. Solamente atinó a aclararse la garganta.
-¡Bien! –exclamó ella, después sonrió.- Nada que unas cuantas horas de sueño no puedan arreglar.
El geminiano no tenía la menor idea de por qué Saori no soltaba su mano, y lo que era peor, por qué no parecía con intención alguna de hacerlo. O quizá si lo sabía… y la chiquilla era consciente de que si le soltaba, era capaz de salir corriendo en menos de un segundo. Casi sonrió ante el pensamiento, pero el resoplido tenso de Aioros poco más allá lo trajo a la realidad. Ella no dejaba de observarles, de uno a otro, con sus espectaculares ojos grises que parecían, y de hecho estaba seguro de que lo hacían, verlo todo.
-Me alegro… me alegro mucho.
Y para sorpresa de Aioros, devolvió el gesto. Saga dibujó una diminuta y discreta sonrisa en sus labios cuando logró serenarse. Era extraño, desde luego. Aioros no lo había visto sonreír desde que habían vuelto. Pero de alguna manera, aunque apenas habían compartido un par de palabras, tenía la sensación de que había un vínculo en aquella habitación considerablemente difícil de explicar.
-¿Esta todo bien? -se atrevió a preguntar con cierta timidez. Inmediatamente, la mirada de Saga se fijó en él. No estaba seguro de soportar tanta tensión por mucho tiempo más.
-Si, si. Es solo que… -Saori se encogió de hombros, en un gesto que al arquero le resultó demasiado humano como para provenir de una diosa; aunque hubiera perdido parte de su divinidad.- Me preguntaba como estabais vosotros. –Y algo les decía, a ambos, que aquel vosotros se refería exclusivamente a ellos dos.- Con muchos de los chicos tuve oportunidad de pasar un tiempo, antes de que se desatará la guerra de Hades. De conocerles y ver como se sentían…
-No tienes de que preocuparte.
-Todo irá bien. –inexplicablemente, Aioros se encontró completando la frase del gemelo, igual que muchos años atrás. Saga lo miró de soslayo, tan sorprendido como él, y luego continuó.
-Solo hay que ser paciente.
-Lo sé, lo sé. Yo lo sé. –Fascinada con aquella inesperada complicidad que ninguno había pretendido mostrar, amplió su sonrisa.- Solo quiero que vosotros lo comprendáis… que tengáis tanta fe en ello, como habéis demostrado tener en mi… en Athena. –rápidamente se corrigió. Para ellos, Saori era una desconocida, una niña mimada. Athena era un asunto muy diferente, y aquello la intimidaba. No estaba segura de poder cumplir con lo que esperaban de ella, ahora que la diosa le había dejado más espacio en su propio ser.- Me gustaría que las cosas fueran volviendo a su lugar poco a poco. Quiero ser útil, yo… -volvió a encogerse de hombros, sintiéndose inevitablemente, como un bebé frente a ellos.- Siento muchísimo por lo que habéis tenido que pasar unos y otros. Mi único deseo es poder compensaros.
-Nada fue culpa vuestra, princesa. –murmuró Aioros con el ceño fruncido. Ni en el más raro de los escenarios, se hubiera imaginado a una diosa pidiéndoles disculpas.- Nosotros debíamos…
-Saori, llámame Saori. –dijo de pronto. Aioros asintió apresuradamente, temiendo haberla ofendido.- Llamadme Saori… No soy una diosa completa, y aunque lo fuera… no quiero sentirme como una extraña. Habéis hecho por el mundo mucho más que yo. Solamente quiero ser una más entre vosotros.
-Supongo que Arles podrá vivir con eso. –continuó el arquero, rascándose la nuca algo más relajado. Conocía poco, apenas nada de aquella chiquilla, pero lo que veía comenzaba a gustarle y le generaba una confianza desconocida hasta entonces.
-Podrá. –Replicó ella sonriente.- Tendrá que poder. Si Tatsumi lo hace, él también. –murmuró más para si misma que otra cosa. Aioros alzó una ceja confundido.- Oh, no tardarás en conocerlo, te lo aseguro.
-Ya veo…
-Aunque, ahora que mencionáis a Arles… alguien dijo que sois un par de niñeras magníficas.
-Oh, dioses. –Aioros hundió el rostro entre las manos, cuando la escuchó reír.- Era para haberlo visto…
-Confió en que algún día me contéis de eso. –Volteó a ver a Saga, que había permanecido en silencio desde hacía algunos minutos, y ladeó el rostro para ver sus ojos. Lucía pensativo.- ¿Qué ocurre?
-No volváis a hacer esto, princesa. –Saori frunció el ceño, y el rápidamente se corrigió.- Saori. Somos nosotros quienes debemos cuidar de ti, y mal que bien, continuaremos haciéndolo hasta el final. Eso lo sabes. –La chica asintió. Había visto con sus propios ojos lo lejos que habían llegado por ella, como para ponerlo en duda.- Pero no vuelvas a ponerte en riesgo de esta manera. No lo hagas. No por nosotros, ¿de acuerdo? –La diosa entreabrió los labios dispuesta a emitir una protesta, pero Saga alzó su mano, y la silencio con un gesto.- Se que hablo por todos cuando digo que el sacrificio hecho por ti, ha merecido la pena. Independientemente de las consecuencias que tuvieran para nosotros.
Saori mantuvo su mirada unos segundos más, y terminó por asentir. Imaginaba que lo que menos deseaban, después de todos sus sacrificios, era saberla muerta por traerlos a ellos de vuelta. Pero lo volvería a hacer si tuviera ocasión… y sabía que eso se debía a su conciencia humana, mas no la importaba. Les quería. No necesitaba más explicaciones.
-Tú tampoco vuelvas a hacerlo, ¿si? –Saga calló. Sus labios se sellaron inmediatamente al escucharla, y Aioros desvió la mirada casi inmediatamente.- ¿Si? –insistió.
-Si. –terminó por decir.
-Bien. –se puso en pie, y para sorpresa de ambos, besó sus cabezas suavemente.- Será mejor que vaya a descansar, vosotros deberíais hacer lo mismo. –No le pasó desapercibida la tensión en ellos ante su inesperada muestra de cariño, pero no le importaba. Verlos, tenerlos ahí… la hacía feliz. Se alejó un par de pasos, rumbo a la puerta, pero de pronto, se detuvo.- ¿Saga? ¿Aioros? –Ambos alzaron el rostro a la vez.- Gracias por todo.
-X-
Llegó a Géminis un buen rato después. Se había tomado el descenso con calma, sin prisas, y había aprovechado el largo trayecto para pensar. Aquella era una de las pocas cualidades que le encontraba a la larga escalinata: uno siempre podía reflexionar largo y tendido antes de llegar a su destino, incluso inventarse una excusa convincente en caso de ser necesario.
Sin embargo, en aquel momento se sentía cansado y confuso. No había sido difícil de entender que el único objetivo que perseguía Shion con aquella sorpresiva reunión, era reinstaurar la normalidad poco a poco; si es que era posible. Habían sucedido cosas curiosas y, debía admitir, que el viejo Patriarca había estado más que hábil en la elección de los equipos. Él probablemente lo hubiera hecho de otro modo, pero no dejaba de ser una manera elegante y sutil de regañar a Kanon. Esconder la sonrisa le había resultado imposible. Y no es que fuera únicamente por la satisfacción, quizá ligeramente infantil, que le había provocado.
Shion había encontrado el modo de ordenar las cosas y de reprenderles sin que se dieran cuenta siquiera. Pero su sonrisa se había esfumado tan pronto como Saori había atrapado su mano antes de que tuviera tiempo de pestañear. Sus músculos se habían tensado inmediatamente, y un nerviosismo casi insoportable había dado la vuelta a su estómago. Aún en aquel momento, lo sentía del revés.
Verla con vida, con aquella deslumbrante sonrisa, había sido indescriptible. Una paz enorme lo había embargado al comprobar que estaba sana y salva, al escucharla hablar y gozar de aquel tono infantil y dulce que escapaba de sus labios, sin miedo a que alguien fuera a morir en los próximos segundos, como siempre había sucedido en sus anteriores encuentros. Mas no había estado preparado para lo siguiente.
Se habían quedado solos, Saori, Aioros y él; formando una rocambolesca escena que mal que bien habían sorteado. Solamente suplicaba por no tener que pasar por algo así demasiado pronto. Estaba cansado, agotado. Quizá no tanto física, como mentalmente. Pero la realidad era, que la presencia de Aioros había llegado a empequeñecerlo. Lo había mirado de soslayo, como cada vez que el arquero había entrado en su rango de visión a lo largo de aquellas semanas, y un mísero atisbo a aquellos ojos azules, había servido para que su conciencia gritara; a pesar de que había llegado a ser una conversación distendida.
Lo había observado embelesado mientras Saori le sacaba un par de palabras, hasta que finalmente había llegado a una única y dolorosa conclusión: las cosas no habían cambiado tanto como pensaba. Durante años, en aquella etapa suya de sueños y grandes esperanzas, nunca había querido ser como nadie más. Había querido destacar por ser Saga, y le gustaba pensar que en algún punto lo había conseguido. Admiraba a algunas personas como Aioros y Orestes, pero sobre todo a Shion. Después, con el tortuoso paso del tiempo, su percepción de las cosas había cambiado.
Habían sido trece largos años, en los que había tenido mucho tiempo para pensar, y Aioros se había erigido como aquello que le hubiera gustado ser, sin duda alguna. Ahora, el arquero había vuelto. Estaba ahí, podía verlo, oírlo, y sentirlo… Ahora era cuando comprendía que jamás sería como él, que jamás podría: Aioros simplemente era todo lo que a él le hubiera gustado ser. Repleto de ingenuidad y pureza, de fe en todo y todos, de esperanza y fortaleza. El arquero era la luz, y él era, tristemente, la oscuridad.
Se adentró en la Tercera Casa pensando en todo lo que había sucedido desde que habían vuelto.
Pasó junto a Géminis, que descansaba tranquila en medio del gran salón de batallas. Algunos tímidos rayos de sol la iluminaban, otorgándole un aspecto aún más etéreo y hermoso al que ya tenía. Shion había hecho un excelente trabajo con ella, aunque aún no había terminado. Sintió su llamada, su grito de atención, con un leve tintineo de su cosmos que contestó, sin darse cuenta, con una sonrisa; para después detenerse a su lado. Extendió la mano, y encendió su cosmos energía cuando las yemas de sus dedos tocaron el añorado metal.
Al contemplarla, imágenes de toda una vida fluían por su cabeza. Unas más bonitas que otras… pero todas parecían hacerle la misma pregunta una y otra vez. ¿Cómo había llegado hasta ahí? ¿Hasta aquel punto en que renegaba de todo y todos? No tenía la menor idea, y aunque no estaba cómodo con su nueva situación, odiaba aquello que había terminado siendo.
Saga de Géminis era fuerte, no lloraba, no se lamentaba. Lo que fuera que sucediera con él lo llevaba por dentro, lejos de las miradas y los sentidos de todos. La máscara que era su rostro lo hacía invulnerable. Solo necesitaba encontrar el modo de recomponerla y colocarla en su lugar, para poder salir de aquel templo y vivir… como se esperaba de él. No había caso en que alguien supiera sus pesares, porque nadie tenía una solución. Nadie comprendería.
Pero tampoco podía cumplir con las expectativas de todos. No podía hablar de toda una vida, o actuar, como si nada grave hubiera sucedido, no podía olvidarlo. No podía evitar sentirse culpable, y tampoco podía recuperar al Saga de trece años atrás. Por mucho que Aioros, o Naia lo necesitaran o lo quisieran de vuelta… No sería posible. Al menos, no por el momento. No hasta que terminara de romperse y tocar fondo.
Se sopló el flequillo. Demasiadas reflexiones por aquel día. Solamente necesitaba cerrar los ojos y no pensar en nada. Con aquella idea se incorporó, pero cuando un metálico taconeo se escuchó a sus espaldas, supo que su anhelado descanso tendría que esperar.
-X-
Deltha no tenía la menor idea de que extraño impulso la había llevado a tomar aquella decisión. Quizá era porque Naia no había dejado de repetirle lo mismo una y otra vez… o quizá porque la compañía de Aioros y todo lo que el arquero había mencionado, lleno de tristeza y nostalgia, la había llegado muy al fondo. Probablemente fuera lo segundo… porque, de un modo u otro, estaba acostumbrada a lidiar con el ímpetu de Naia.
La cuestión era, que allí estaba. En Géminis, contemplando la larga melena azul del que una vez fuera un gran amigo y cómplice. Se quedó quieta en el mismo instante en que él notó su presencia, y cuando se dio la vuelta de un modo odiosamente lento, Deltha apretó los puños y la mandíbula con fuerza. Contempló su rostro, por primera vez en más de una década, pero viéndolo de un modo muy distinto al de la última vez. Sin embargo, la cara que la veía de vuelta era prácticamente la misma. Más adulto, más hombre… igual de bonito, e infinitamente más culpable.
-¿Realmente crees que sigues siendo digno de ella? –Las palabras escaparon de sus labios antes de que pudiera pensarlas, pero el brillo de Géminis era demasiado llamativo como para ignorarlo. Simplemente, no alcanzaba a comprender como ella, uno de los ropajes sagrados más poderosos sobre la tierra… no lo había abandonado.
-Creo que ya tienes una respuesta para eso. –dijo con suavidad. Su voz sonaba pausada, ni una sílaba más alta que otra que denotara emoción alguna; aunque Saga estaba lejos de sentirse tan tranquilo.
-Y aunque la tengo, estas aquí, frente a mí. –Siseó, mientras daba un par de pasos al frente. El peliazul guardó silencio, y continuó observando la máscara de plata, ignorando el certero "golpe" lo mejor que pudo.- No lo entiendo… -masculló ella, cuando lo tuvo apenas a unos centímetros.- No entiendo por qué gozas de más oportunidades que todos los demás juntos. No las mereces.
No había manera humana de describir lo furiosa que se sentía en aquel momento. La sola presencia de Saga frente a ella le resultaba infinitamente dolorosa, pero su silencio no lo era menos. Por un lado era como si ignorase todos los sentimientos que desbordaban sus palabras, como si no la escuchase siquiera. Por otro, daba la impresión de que ni siquiera le importaba un poco. Los ojos de Deltha se humedecieron de lágrimas de rabia.
-No soporto que estés aquí. –Y Saga no necesitaba ser un genio para saber que no solo se refería a su presencia en Géminis, frente a ella; sino a estar con vida.- Pensé que podría lidiar con ello, pero te miro y… -Su voz se rompió por un instante y se maldijo por mostrar un atisbo de debilidad en un momento como aquel.- No mereces estar aquí. Has hecho tanto daño que ni siquiera alcanzo a comprender de donde sacas el valor para estar ahí de pie como si nada.
Saga quiso decir algo, pero no encontró el modo, ni las palabras. Deltha no necesitaba escucharle, aunque ella pensara que si; porque no tenía ninguna excusa, ninguna explicación que la pudiera hacer sentir mejor… especialmente porque pensaba peligrosamente parecido a ella. Había fallado, punto.
-Te hubiera confiado mi vida. ¡Te lo hubiera confiado todo porque tú eras especial! -Las manos de la amazona se estrellaron contra el pecho de Saga, llenas de rabia. Y por primera vez desde que ella hubiera llegado, la mirada del geminiano buscó el suelo, o cualquier otro lugar donde esconderse.- ¡Te quería tanto como a un hermano, te quería tanto como lo hacía Aioros! Y nos fallaste. ¡Lo mataste! ¡Escupiste sobre todo lo que él era, sin que te importara todo lo que hizo por ti! –Golpeó de nuevo.- Todo lo que estaba dispuesto a hacer por ti… Y lo condenaste…
-Deltha… -murmuró con cierto nerviosismo, pero no atinó a decir más. Ella tenía razón, tenía toda la razón. ¿Cómo podía siquiera pensar en una excusa? No importaba lo dolorosas que resultaran sus palabras, no importaba que rompieran lo poco que quedaba en pie de su corazón.
-Tú me lo quitaste, Saga. –Y por el sonido de su voz, al geminiano no le resultó difícil saber que lloraba.- Y has tenido el valor de reprocharle el pasado… ¡lo has tenido! Pero ahora no eres capaz de decir nada. ¡Di algo! ¡Dímelo a mi! –Gritó.- ¡Defiéndete y no seas cobarde! ¡Naia quería que te escuchara a ti también!
-No hay nada que pueda decir. –dijo tras sujetar las muñecas de la amazona antes de que volvieran a empujarlo. La conversación con Aioros había sido un error, pero en su momento le había salido del alma.- Nada.
-¡¿Y ya?! –quiso deshacerse de su agarre, golpearlo, abofetearlo y acomodar su cerebro; pero Saga no la dejó. Lloró, lloró amargamente sin que ya la importara que él lo supiera, y finalmente se zafó de él y de la máscara de un manotazo. Para ella, como amazona, Saga ya no era digno de ver su rostro, pero merecía ver sus lágrimas y su dolor: todo lo que él había provocado.- ¿Tan difícil te resultó pedir ayuda…? –Dejó de gritar. Ya no era necesario, aunque su corazón amenazara con escapar de su pecho por la velocidad a la que latía. El sonido escapó de su garganta en apenas un hilo de voz.- ¿Tan difícil como fácil fue matarlo?
Saga clavó los ojos en el suelo, a pesar de que aquel gesto era muy impropio de él. Guardó silencio por unos instantes, porque aunque sus labios se movían, o querían hacerlo, su garganta se negaba a darle voz. Tragó saliva, e hizo acopio de fuerzas para ignorar el intrincado nudo de su garganta. Cada palabra de Deltha, había sido un certero golpe donde más dolía. Buscó su rostro, y miró aquellos ojos avellana bañados en lágrimas. Ella no se merecía lo que había pasado. Nadie lo hacía, pero desgraciadamente y por mucho que lo deseara, él no tenía una solución.
No había nada que pudiera hacer por arreglarlo, por aliviar el dolor que había provocado a tanta gente. Y aunque fuera terriblemente doloroso, Deltha había reaccionado tal y como él había esperado… como le parecía lógico dada la situación. La compasión, las disculpas, las palabras amables y las miradas esperanzadas que evocaban un pasado que no volvería… estaban equivocadas.
Ya no le quedaba más opción que levantarse, porque aquella conversación, si podía llamarse así… había sido, sin duda, el último y certero golpe para tumbarlo. Las cosas ya solamente podían ir a mejor. Debían mejorar.
-Lo siento, Deltha. –Dijo finalmente.- Lo siento muchísimo.
Era, probablemente, mucho menos de lo que ella esperaba y todos merecían. Pero era un paso, era un comienzo… Y era sincero. Era verdad.
-Continuará…-
NdA:
Shion: ¿Apenas el capítulo 6 y ya comenzasteis a pervertir a mis niños? ¬¬'
Aioros: En defensa de Damis y Sun, debo decir que Kanon ya era un pervertido, seguramente u_U
Saga: Estoy de acuerdo en eso u_U
Kanon: Al menos me lo paso mejor que otros :D Mucho mejor.
Arles: ¿Podemos dejar de hablar de perversiones delante de la princesa? Es su primer día con nosotros y ya estará pensando a saber que cosas acerca de este lugar u_u
Saori: Whahaha! Tengo los niñeros más guapos de todo el mundo *_*
Damis: Y esperamos que el mundo entero este complacido con esta Saori "reinventada".
Aioros: Lo estarán. ¿Tú la has visto? ¿Has visto lo mona que es? ¡Nadie me avisó de eso! ¡En mi contrato no ponía que mi diosa sería una cosa preciosa que dan ganas de comerse!
Sunrise: Creo que hemos creado un pequeño y adorable monstruo, Damis.
Damis: Si, es probable.
Kanon: Como sea, tengo prisa y cosas mejores que hacer. ¡Vamos! ¡Disuelvanse! ¡No hay nada que ver aquí!
Milo. Algunos pagaríamos por verte entrenar a tu maravilloso grupo, Kanon. Lastima que yo tenga cosas mejores que ver, claro…
Kanon: ¬¬'
Saga: ¡Bah, bah! ¡Déjale tranquilo o no se callará jamás!
Aioros: ¡Muchas gracias por los montones de reviews!
Saga: Y con esto nos despedimos. Tengo un rincón al que irme a llorar. ¡Gracias, Apus!
Deltha: &/(ç%*_"¬!
