Capítulo 7: Panateneas

Naia se aseguró de que cada minúsculo detalle estuviera a la perfección. Extendió una gruesa capa de crema de chocolate y avellana sobre los panqueques, y dibujó una carita sonriente con mermelada de fresa encima: justo como a Deltha le gustaba. Cualquier cosa con tal de sacarle un par de palabras. A su vez, preparó un plato casi idéntico para ella, aunque sustituyó la jalea con un poco de chocolate en polvo. Después, acomodó ambos platos en la mesa y se sentó en una de las sillas, con la esperanza de que la pelipúrpura la acompañara a desayunar esa mañana.

No habían tenido la oportunidad de sentarse para hablar a gusto sobre todo lo que había sucedido. Cada vez que lo intentaban, la conversación se reducía a un debate sobre el pasado; sobre la inocencia de Saga, o su culpabilidad, según fuera el punto de vista de cada una. Y Naia, ni siquiera había tenido la oportunidad de preguntarle cual había sido su decisión final acerca de permanecer en el Santuario.

Por un momento había llegado a pensar que Deltha en verdad se quedaría. La había visto acomodar un rincón de la cabaña para sus cosas: su ropa, su cama y alguna vieja fotografía de lo que había sido su vida en Naxos. Pero de unos días para atrás, el humor había vuelto a oscurecérsele y, con él, las esperanzas de Naiara se derrumbaron un poquito también.

-El desayuno está listo. –llamó.

Su amiga no tardó en acompañarla. Se sentó en el lado opuesto de la diminuta y vieja mesa de madera; la miró fugazmente y le obsequió una sonrisa que no terminó de convencerla.

-Gracias. –musitó.

-Espero que te guste. –Deltha asintió mientras probaba el desayuno hecho especialmente para ella. Degustó un pedacito, dándose tiempo de disfrutar el delicioso platillo, y esbozó una sonrisa. Intentó no prestar atención a la mirada insistente de Naiara. Lo consiguió con éxito en las primeras dos ocasiones, pero a la tercera supo que no tendría escapatoria.

-¿Pasa algo?

-Iba a preguntarte lo mismo. Has estado demasiado distante en estos últimos días.

-¿Tú crees? –Bajó la mirada, centrándola en el plato que tenía enfrente. Su tenedor jugó con la comida, más no volvió a probarla.

-Puede que hayamos estado separadas por mucho tiempo, Apus, pero te conozco. ¿Qué te pasa? ¿Es sobre tu decisión? ¿Acaso has decidido que… no vas a quedarte? –La última pregunta abandonó sus labios casi con miedo. Cierto era que habían hecho la promesa de permanecer juntas sin importar lo que sucediera. Cierto era, también, que Aioros hacía su parte de la lucha para convencerla. Sin embargo, tenía que reconocer que la situación con la que se habían encontrado, era mucho peor de lo que llegaron a imaginarse.- Necesito saber lo que has decidido, Del.

Los ojos avellana de su amiga chocaron con los suyos. La oyó suspirar y presenció como se llevaba las manos al cabello, para acomodarlo de la mejor manera que le fue posible. Cada gesto de Deltha exudaba una tensión difícil de evitar.

-Voy a quedarme. –respondió en un susurro. Una vez más, rehuyó a la mirada de su amiga.- Voy a intentarlo al menos.

-¿Pero? –Había un "pero", Naia estaba segura de eso.

-No lo sé, Naia. –Dejó los cubiertos y apartó el plato, para aparragarse sobre la mesa y cubrirse la mirada con las manos.- No sé que tan bien vaya a funcionar esto.

-Será un desastre si en realidad no es lo que deseas. –Odiaba decirlo, pero en honor a la verdad, tenía que hacerlo.

-No es que no lo desee. Quiero… ayudar.

-¿Entonces?

Deltha se mordió los labios y buscó la mirada violeta de su amiga. No le había contado al respecto de su encontronazo con Saga. De hecho, desde aquel día, había evitado a toda costa entrar en más discusiones sobre el tema. No era que estuviera arrepentida de todo lo que había dicho, o hecho; porque simplemente se había sentido a gusto, al menos por un rato. Pero la cuestión era que aquel arranque de rabia iba a causarle más problemas con Naiara de los que se sentía capaz de manejar.

-¿Deltha?

-Es que… -suspiró.- Estuve en Géminis. –La reacción de la morena no le sorprendió. Aquellos hipnotizantes ojos violetas se abrieron de par en par, suplicándole que no hubiera hecho alguna estupidez. Probablemente era tarde para eso.

-¿Cuándo?

-Hace un par de días.

-¿A qué fuiste?

-Fui en busca de Saga…

-Oh, Deltha. Dime que no dijiste algo de lo que fueras a arrepentirte después.

-Dije lo que tenía que decir. –Aseveró con todo el convencimiento que tenía dentro de sí.

-¡¿Qué le dijiste?!

Ante la exigencia de Naia, la pelipúrpura se puso de pie en un brinco. Cruzó los brazos y comenzó a caminar, errante, por el pequeño espacio que constituía su hogar. Su mirada se clavó en el suelo, con la firme intención de esquivar los inquisidores ojos de la amazona de Caelum.

-¡Deltha!

-Le dije que no merecía todas las oportunidades que se le obsequiaban. No entiendo por qué, con todo el daño que hizo, la vida sigue siendo buena con él. –Se apresuró a responder, víctima de la presión. Se abrazó a si misma y se dejó caer sobre la cama, sentándose al borde.- No puedo, Naia; no puedo soportar su presencia aquí.

-Por los dioses. ¿No te das cuenta de lo que estás haciendo?

-¿Qué es lo que estoy haciendo, Naiara? –Sopló los flecos que caían sobre su mirada. No se sentía con ánimos de soportar un sermón a esas horas de la mañana.

-¡Estás siendo innecesariamente cruel! Estás juzgándole y condenándole por algo que no alcanzas a entender. Estás sobreponiendo un… error, si es que debe llamársele así, a todo lo que conociste de él. Lo querías antes; sé que lo hacías. ¡Así que no entiendo porque tienes que ser tan dura al respecto! Saga probablemente se equivocó, ¡¿pero quién no lo hizo?! ¡Todos fallamos, de una forma u otra, y sin embargo, es contra él con quien te desquitas! –Se dio cuenta, en la forma en que Deltha le miraba, que estaba gritado y bajó la voz, una vez más, luchando por mantener la compostura a pesar de lo furiosa que se sentía.- No comprendes nada, Deltha, y creo que no deseas hacerlo. Siempre es más fácil culpar a alguien más de nuestros problemas que admitir nuestras equivocaciones. Todos nos equivocamos ahí. Absolutamente todos.

La amazona de Apus permaneció en silencio después de aquel arranque de su amiga. Naia podía verla, sentada en la cama, con la cabeza baja y la mirada escondida tras los mechones de su cabello.

-¿Por qué tienes que defenderlo tanto? –Preguntó la pelipúrpura al borde las lágrimas. Dolor o rabia, lo que fuera que estaba sintiendo, era sumamente difícil de controlar.

-¿Por qué tienes que odiarle tanto tú? No estás siendo mejor que nadie aquí y tampoco eres la única que sufrió todos estos años.

-Me quitó todo lo que tenía. –Sonó como un chiquilla tonta; lo sabía, pero no le importaba. Así era como se sentía en ese momento: pequeña, impotente, dolida. La mirada de Naia la hizo sentir aún más diminuta. Aquella aura de decepción en esos ojos hermosos, la abofetearon sin necesidad de palabras.

-Y, sin embargo, ahora que tienes la oportunidad de recuperar todo lo que perdiste, te has pensado más de una vez en huir y mandar todo al demonio. –Aseveró, con toda la crudeza que le fue posible.- Quizás no merecías nada de lo que tanto deseabas.

Para cuando Naia reparó en las lágrimas desbordantes en los ojos de su amiga, supo que probablemente había hablado de más. Pero la vida era así; cruda y sin matices. Si ella no lo decía, alguien más lo haría… o simplemente Deltha jamás lo entendería.

Al verla levantarse a toda prisa y caminar con zancadas enormes hacia el cuarto de baño, estuvo tentada a detenerla. Sin embargo, sabía que la pelipúrpura no se detendría… no por ella, no en ese momento. La puerta se cerró con un golpe y, unos segundos después, oyó el agua de la ducha corriendo. No pudo sino preguntarse qué estaban haciendo. Habían regresado al Santuario con la esperanza de hacer una diferencia, no para empeorar las cosas. Pero eso era justamente lo que estaban haciendo. No podían permitirse que los problemas las separaran, no si querían sobrevivir en ese mundo adverso y ayudar a sus amigos de la infancia.

Naiara dejó caer la cabeza sobre su mesa.

Algo tenía que hacer para mejorar la situación, pero, ¿qué? Por el momento, lo mejor para ella sería callar. Deltha no necesitaba saber sobre Kanon y lo que casi había sucedido en Géminis, al menos no por ahora.

Se levantó también y recogió los platos para llevarlos al fregadero. Apenas y habían tocado la comida. Suspiró.

Tenía que darse prisa, pues la ceremonia en honor a Athena comenzaría pronto y, como amazonas, ambas debían estar ahí. Solo esperaba que el resto del día fuera mejor, porque el principio había sido poco menos que pésimo.

-X-

Las armaduras doradas habían resplandecido aquel día bajo el sol, todas juntas… como siempre debió ser. Shion se había emocionado al verlo, y la sonrisa había resultado imposible de borrar de su rostro. Sus pequeños niños habían crecido, y habían ocupado el lugar que les correspondía. Dudaba que hubiera algo que le hiciera sentir más orgulloso que aquella simple visión.

Pero, después de todo aquel largo día de ceremonias, paseos, y palabras formales, había llegado la hora de descansar y disfrutar. No solamente comenzaban los festejos, aquellos que de veras se esperaban, sino que era la hora del descanso. Las armaduras estaban prácticamente recuperadas, igual que sus dueños. Además, era de sobra consciente de lo mucho que se habían fortalecido mutuamente aquel día. Hacía demasiado que los ropajes no eran vestidos, y anhelaban tanto la caricia de sus dueños, como les sucedía a ellos. Era una relación imposible de quebrar, simbiótica… y tan vital como lo era el mismo aire para respirar.

Por eso se había percatado de que el brillo no era suficiente. El sol y el cosmos de sus dueños las fortalecían, pero también necesitaban algo mucho más básico para ser ellas mismas la fuente de la luz: sangre. El eterno e inquebrantable vínculo que unía santo y armadura. Aunque no estaba seguro de que aquel fuera el día más adecuado para ello, Shion sabía que no podía demorar el proceso mucho tiempo más.

Había procurado darles tiempo de recuperarse lo más posible, y ahora que lo estaban, era tiempo de celebrar. Confiaba en que no fuera un problema, y que los chicos pudieran disfrutar de la fiesta. Se lo merecían… aunque debía admitir que le inquietaba. Recordaba demasiado bien lo sucedido en las últimas Panateneas que presenció, y no deseaba repetirlo bajo ningún concepto.

Suspiró y se colocó un mechón de su larga melena verde tras la oreja. Vio a los chicos, uno a uno: unos charlaban animadamente, reían mientras apuraban el contenido de una copa de vino; otros observaban, más silenciosos. Entonces, carraspeó, llamando su atención.

-Se que todos tenéis mucha prisa por salir de aquí, y empezar a celebrar.

-¡Panateneas, Maestro! –exclamó Milo alzando su copa.- El día perfecto para divertirse, beber buen vino, de ese que se esconde bajo llave en este templo, y disfrutar de la siempre agradable compañía de hermosas féminas.

-Hay algo que debo pediros antes de que os vayáis. –dijo con una sonrisa en el rostro. Milo tenía la maravillosa cualidad de hacer reír hasta a las piedras.- El proceso de sanación de vuestras armaduras aún no ha terminado, y ya que estaréis muy ocupados lo que resta de día y noche, pensé que sería un buen momento para acabar con ello.

-¿Piensas que es una buena idea desangrar a tus santos tal día como hoy?

-Es un poco de sangre, Kanon. –Shion lo vio fijamente, aún sonriente, aunque no por ello le pasó desapercibido el modo en que Saga frunció el ceño sutilmente al otro lado del salón.- No un sacrificio humano.

-Aún así, es inapropiado.

-¿Alguna queja más? –ignoró los comentarios del gemelo, y echó un vistazo a los demás.

-Viviremos. –Aioria se encogió de hombros.- Lo hemos hecho antes, con Seiya y los demás. No es un gran problema.

-Si alguien no se siente lo suficientemente bien como para afrontarlo hoy, puede dejarlo para otro día. Es solo que me gustaría dejarlo zanjado cuanto antes, aprovechando que ni hoy ni mañana necesitareis usarlas.

-Hagámoslo. –respondió Camus. Shion asintió.

-Id yendo a mi taller, enseguida os sigo.

Observó cómo fueron marchando entre protestas y bromas. Se alegró de que aunque las cosas no estaban ni mucho menos solucionadas, al menos el alboroto fuera el suficiente como relajar el ambiente entre ellos. Todo transcurría de un modo insufriblemente lento, pero al menos avanzaban paso a paso.

Atrapó suavemente el brazo de Saga cuando pasó a su lado en silencio e, inmediatamente, los ojos del peliazul buscaron los suyos.

-Espera un momento. –Saga lo observó por un instante, como si de alguna manera supiera que era lo que Shion iba a decir. Él, mientras tanto, buscó a Kanon y cuando lo hubo encontrado, lo llamó.- ¡Kanon!

-¿Si? –el menor se detuvo de inmediato. Dejó ir a Milo, casi a regañadientes, y esperó.

-Tenemos que hablar. –Kanon siseó.

-Eso no suena agradable.

Shion ignoró el comentario y se giró hacia Saga.

-¿Vais a hacerlo? –preguntó sin dar más rodeos, no sin cierto temor. Y es que, aquel era un asunto delicado al que había dado muchas vueltas los últimos días.

-No. –dijo el mayor, sin ningún rastro de duda en su voz. Las dos miradas de sus acompañantes se clavaron inmediatamente en él.- Voy a hacerlo. –No dejó que los gestos, uno más sorprendido que otro, de sus acompañantes lo intimidaran, y continuó.- Independientemente de lo sucedido a lo largo de los años hasta el día de hoy, el legítimo dueño de Géminis soy yo, y esta decisión me corresponde.

-¡Mira que fácil ha sido! –exclamó Kanon.

Su voz surgió casi como un suspiro, en parte aliviada y en parte un poco desilusionada, tales eran sus emociones en aquel instante. Por un lado, agradecía enormemente el verse apartado de aquella responsabilidad sin darle tiempo a pensar en ello. Saga estaba en lo cierto, Géminis era suya, no de Kanon. No tenía derecho alguno a reclamarla, ni a interponerse en aquella peculiar relación entre el ropaje y el santo. Lo sabía de sobra. Y tampoco quería aquella responsabilidad.

La escama del Dragón de los Mares había sido su verdadera armadura durante casi una vida. La había tomado por capricho y conveniencia, pero había resultado. Y ni siquiera con ella se hubiera atrevido a dar semejante paso. El ritual de la sangre era demasiado importante: una ligadura de por vida a aquella joya de oro, e incluso más allá de la muerte. ¿Estaba él dispuesto a comprometerse de esa manera? Sabía la respuesta.

No. No lo estaba. Las armaduras doradas acarreaban una responsabilidad que no quería, que nunca había querido. Él solamente era un santo suplente, y aquello le concedía una libertad que no cambiaría por nada. Porque así era el verdadero Kanon: libre.

Sin embargo, Saga había sido contundente en su respuesta. No había dudado un solo segundo. Tal y como Kanon podía esperar. Había que ser muy ingenuo para creer que un santo querría compartir su armadura, mucho más aún si la historia que compartían era la suya. Era lógico e irrefutable.

Había que admitir algo, y era que Saga había hecho las cosas según los términos que los demás le habían impuesto en los últimos tiempos: había cedido su templo, lo había compartido a pesar de que Kanon sabía de sobra que era lo último que deseaba hacer y, muy a su manera, había lidiado con la situación lo mejor que había podido. Estaba en su derecho y era justo que se negara. Probablemente, él nunca habría accedido a ninguna condición que no fuera suya y con la que no estuviera conforme. De ningún modo.

-¿Sabes por qué? –la pregunta de Saga, lo tomó desprevenido. Lo miraba con aquellos ojos que lo hacían verse mucho más mayor de lo que en realidad era, y solamente atinó a encogerse suavemente de hombros.- Por muy… orgulloso que me hiciera sentir lo que pasó durante la guerra de Hades, eso no fue más que el primer paso en tu camino en la Orden de Athena, y no borra lo sucedido anteriormente; ni para ti, ni para mí. –Por un segundo, escuchar la palabra "orgulloso" de los labios de Saga, resultó tan asombroso, que no prestó gran atención a lo demás.- Eso era lo que debiste hacer desde el momento en que nuestro combate de sucesión terminó, era tu responsabilidad. Con todos mis errores; lo que soy, me lo he ganado con mi propio esfuerzo. A ti todavía te queda mucho trecho por recorrer para comprender la responsabilidad que implica portar una armadura. Y, sinceramente, dudo muchísimo que atarte a Géminis de esa manera sea lo que de verdad quieres.

-Solo por tal cantidad de palabras juntas saliendo de tu boca, esa decisión debería ser válida e incuestionable. –Se dio cuenta de la irritación de Saga tan pronto como terminó de hablar, así que se apresuró a continuar.- Pero tienes razón. –Y admitirlo en voz alta, resultaba francamente extraño.- Yo no quiero esa responsabilidad, es tuya. Tú eres el santo de Géminis.

Shion no había despegado los labios desde que Saga respondiera a su pregunta. Les había escuchado atentamente, y observado en busca de hasta el más mínimo detalle. Comprendía cómo debía sentirse uno acerca de compartir la armadura, y de la dolorosa intromisión que suponía que un tercero se interpusiera en su vínculo… pero no terminaba de entender la docilidad de Kanon. Solo tenía sentido si de veras no quería tal obligación, y entonces, Shion reparó en que sus expectativas con Kanon eran demasiado altas. Ninguno de los dos había dicho nada que fuera mentira, y sorprendentemente, estaban de acuerdo en la solución.

-De acuerdo entonces.

-¿Algo más? –Negó lentamente ante la pregunta de Kanon.- Entonces, que os divirtáis en vuestro sangriento ritual. ¡Tengo cosas que hacer! –giró sobre sus talones y emprendió el camino a la salida.

-¡Kanon! –El peliazul lo miró sobre el hombro.- No te metas en problemas.

Y Shion no tuvo más remedio que suspirar resignado cuando la sonrisa burlona se dibujó en el rostro del gemelo. No le daba ninguna tranquilidad. Cuando desapareció tras la puerta, volteó hacia Saga.

-¿Vamos? –El chico asintió, sin decir nada.- Me alegra que no hayáis peleado por esto.

-No podemos equivocarnos cuando estamos de acuerdo en algo, por una vez.

-X-

-¿Os pasa algo? –Nikos miró de una amazona a otra, repleto de curiosidad. Llevaban un buen rato sentados juntos y ninguna de las dos había dicho gran cosa.

La ceremonia oficial de las Panateneas había terminado un rato antes. Su joven diosa, radiante y henchida de alegría, se había retirado a sus dormitorios en busca de un poco de descanso, y había dejado el resto de las celebraciones para el resto de sus santos y amazonas. Las armaduras habían desaparecido también, cediendo su lugar a las túnicas y peplos de telas más frescas, más ligeras y ciertamente más cómodas. El vino y el alcohol también habían surgido desde los rincones más inesperados, y cuando la noche llegó, las hogueras ardieron, para que la vida se arremolinara alrededor de ellas.

Sin embargo, la gran sorpresa, o la sorpresa a medias, había sido precisamente la ausencia de los santos dorados. Por primera vez desde su regreso, se les había visto juntos; todos, absolutamente todos, flanqueando a Athena durante cada paso de la ceremonia. Sus armaduras los habían vestido por primera vez también, sentando las bases de un regreso exitoso, al menos en su forma. Era el primer triunfo de Athena: el triunfo sobre la muerte, y el premio principal era la vida… o así debería de ser, porque la realidad era muy diferente. Más de uno lo notaba, y aunque nadie lo dijera, era obvio. Lo que sucediera en sus corazones o en sus mentes, el brillo del oro lo ocultaba a la perfección. Eran dioses renacidos… dioses que ellos mismos desconocían ser.

Pero junto con el Sol, el brillo del oro se había desvanecido y ahora, lo único que quedaba de ellos, era precisamente su ausencia. Nadie los había visto desde entonces, aunque sus cosmos se habían dejado sentir antes, con una fuerza poco menos que descomunal.

-¿Estáis seguras que os sentís bien? –repitió el santo de Orión. Su hermana asintió de un modo apenas visible.

-Ha sido un día largo.

-La clase de día en que se necesita un trago para terminarlo. –Naia volteó hacia su amiga y su suave risa se filtró a través de su máscara.

-¡Totalmente! ¡Mataría por un vaso de vodka ahora mismo!

-Y yo te ayudaría. –Deltha le respondió.

Naia no la vio, pero estaba segura de que la pelipúrpura sonreía igual que ella. De pronto, fue como si la complicidad nunca se hubiera roto por problemas ajenos. Sabía que se necesitaban, que se querían demasiado como para dejar que aquella situación las destruyera, del mismo modo en que lo había hecho con Saga y con Aioros. Lamentaba terriblemente lo de que aquella mañana y sabía que Deltha se sentía igual al respecto.

-¿Vodka? –Nikos levantó una ceja. Sus ojos, de una violeta más oscuro que los de su hermana, volvieron a mirarlas con el ceño fruncido.- Nunca me acostumbraré al hecho de que habéis crecido.

-Deberías. Ya no somos más niñas… ¡sino mujeres de peligro! –La amazona de Caelum revolvió aquella melena corta y negra como el ébano.

-Por Athena… -El santo resopló y Naia soltó una carcajada de lo más contagiosa.

-Te comportas como si fuera el fin del mundo.

-Si sois mujeres de peligro, lo mínimo que tendría que hacer es preocuparme.

-Bah. Exagerado.

Pero Nikos no la dejó decir nada más. La atrapó y la atrajo hacia si, devolviéndole el revoltón de cabello a pesar de las quejas de la más pequeña, solo para depositar un beso después sobre ellos.

-Escúchame, pequeña mujercita de peligro… -le susurró mientras la apretaba entre sus brazos.- …solo ten cuidado. No dejes que nada, ni nadie, te haga daño, ¿vale? No seas temeraria, hasta el punto de ponerte en peligro; y no hablo solamente de peligro físico. -Al escucharlo, Naiara arrugó la frente. Se separó lentamente de él y buscó su mirada, aunque todo lo que Nikos vio, fueron los fríos ojos de su máscara.- Hablo muy en serio. Las cosas son diferentes ahora… son más complicadas. Necesito que medites bien cada decisión. –Entonces, desvió su mirada hacia Deltha, quien hasta ese momento se había limitado a observar, tomándola también por sorpresa.- Ambas, tened cuidado.

-Lo tendremos, lo tendremos. –Naiara sabía que sus intenciones eran buenas y apreciaba la preocupación que su hermano tenía por ellas. Así que, sin pensarlo un solo segundo, le devolvió el abrazo.- No arruines tu noche pensando en estas cosas, ¿de acuerdo?

El moreno se sopló los flequillos. Ya lo había dicho: existían detalles a los que tardaría en acostumbrarse, y las Panateneas, con los chismes que habían traído años atrás, le recordaban que cada decisión era importante. No quería que esos errores volvieran a repetirse, más temía que no podía hacer nada más que advertir a Naia al respecto. El resto dependía de ella.

Le besó el cabello, lo acicaló y le obsequió una sonrisa más a la amazona. Mientras estuviera a su lado, estaría bien.

-X-

En otro punto de su vida, se hubiera sentido furioso de haber sido excluido de esa forma. Había pasado el día confinado al protocolo que la ceremonia ameritaba, siempre al lado de Athena, como parte de su séquito… solo que él no tenía armadura de oro para vestir, ni nunca la tendría mientras su hermano existiera.

Después, el viejo había tenido la brillante idea de llevar a cabo el ritual de sangre para devolver a las armaduras el resplandor completo del que las guerras las habían privado. Desde el primer instante, Kanon sabía que él no habría de formar parte de ello. Géminis tenía dueño, uno celoso y posesivo, que nunca permitiría la sangre de otro sobre su adorado ropaje… y, en realidad, el antiguo marina tampoco sentía un deseo avasallador de abrirse las muñecas ese día y dejar la mitad de su sangre regada en el templo papal. Así que, si Saga estaba dispuesto a hacerlo por si mismo, a él no le importaba. Estaba seguro que podría encontrar mil cosas mejores que hacer en los festejos… De hecho, ya tenía algo en mente.

Tan pronto Shion le permitió retirarse, el gemelo había descendido por las escalinatas y se había internado entre la multitud de curiosos que hacían suyos los festejos. Sus miradas le siguieron cada paso y más de uno, osado y suicida, se atrevió a murmurar algo a sus espaldas que, para buena suerte, Kanon ignoró. Esa noche era un hombre con una misión y no tenía intenciones de salirse de sus planes.

Por fin, tras lo que le pareció un sinfín de rodeos, encontró a quien buscaba: Naia estaba ahí, a solo unos metros, demasiado entretenida con su hermano y con su sombra. Kanon sonrió mientras se disponía a hacer su gran entrada triunfal.

-Que buena que quedó la noche. –saludó, con aquel gesto tan suyo dibujado en los labios.

-Kanon. –La amazona de Caelum respondió de inmediato. De haber podido ver su rostro, Kanon hubiera descubierto que estaba tan divertida como él con aquel encuentro.- Pensamos que ninguno de vosotros vendríais.

-Nunca me cuentes entre el montón. Muévete, Nikos. –De inmediato, el gemelo trató de hacerse un hueco junto a ella. A base de empujones, y muy a pesar del santo de Orión, lo consiguió.- Los otros estarán ocupados por un rato más.

-¿Qué ha pasado con ellos? –Preguntó la pelipúrpura.

-Oh, Apus. ¿Estabas aquí? Un poco más de silencio y sigilo, y pensaría que eres una estatua. –Añadió el geminiano, no sin su toque particular de cinismo. Su brazo se cruzó por encima de Naia, antes de dirigir una mirada igual de retadora para su hermano. Al verlo fruncir el ceño, se sintió más que complacido.- Cómo os decía, Shion mantendrá a los demás ocupados un rato más. Se le ha ocurrido la maravillosa idea de sangrarlos ahora mismo.

-¿Qué?

-Ritual de sangre, Apus. Por Athena, debiste prestar un poco más de atención a lo que decía Axelle. Y tampoco creas que el viejo es un loco psicópata que desea matarlos de nuevo. Caelum, deberían enseñarle un poco acerca de reparación de armaduras. –posó su dedo sobre la nariz de plata de la amazona morena.

La carcajada de Kanon fue lo único que se escuchó después. Ni Deltha, ni Nikos, parecieron compartir su travesura. Para Naiara, el ambiente, de pronto, se había vuelto demasiado denso. La tensión que flotaba en el aire podía cortarse con un cuchillo.

-Bueno… -Naia carraspeó, decidida a aligerar la situación todo lo que fuera posible.- …Shion no será un psicópata, pero si un poquito manipulador como para planear el mejor momento para dejarlos sin sangre… no que vaya a funcionar, claro está. Todo el mundo sabe que las Panateneas significan dos cosas: alcohol y mujeres en peplos semitransparentes. No hay forma de que los mantenga lejos de ambas cosas.

-Uh, peplos semitransparentes. –el geminiano se llevó el dedo a la barbilla y adoptó una falsa postura reflexiva.- ¿Cómo el tuyo, guapa?

-¡Kanon! –Lo golpeó juguetonamente en el hombro y trató de ahogar una risa, sobre todo porque podía ver el ceño cada vez más arrugado de su hermano.- ¡No digas esas cosas!

-¿Por qué? No soy ciego; y si no fueras su hermano… -Se dirigió al santo de plata.- …estoy seguro de la verías tan sexy como yo.

Nikos se mordió los labios y desvió la mirada. Una cosa tenía segura en ese momento; y era que detestaba la idea de tener a Kanon cerca. Ni siquiera entendía porque Naia no le ponía un alto ahí mismo. El gemelo estaba pasándose de los límites.

-Creo que deberías callarte ahora mismo. –Masculló, con la poca paciencia que le quedaba dentro.

-¿Te molesta la conversación, Nikos? –Kanon esbozó una sonrisa retorcida. Había olvidado lo divertido que era liar la mente de aquel idiota.- Siempre puedes marcharte.

-¿Por qué no te vas tú? Yo estaba aquí antes.

-Porque no se me viene en gana. –Las miradas con las que se taladraron hubieran sido capaces de matarlos de haber sido cuchillos. Las amazonas, en cambio, se revolvieron incómodas en sus lugares.- ¿Qué piensas hacer para sacarme?

-¡Voy a…! –Nikos se puso de pie de un brincó y Naia también. Apenas consiguió interponerse entre su furibundo hermano y el geminiano, que observaba la reacción sin ninguna vergüenza.

-¡Basta! ¡Nikos, basta! ¡Basta ya!

Deltha se apresuró a ayudarla, tomando al santo de plata de la mano y jalándolo, lejos del gemelo.

-Escucha a Naia. –Le susurró, a pesar de que la fuerza del moreno la sobrepasaba. Podía sentir su rabia y, de alguna manera bizarra, la compartía. Kanon podía ser insoportable cuando se lo proponía. Eso no había cambiado.

-¡¿Cómo le permites que te hable así?! –Confrontó a su hermana.

-Solo es un juego… Cálmate. –Las miradas que aquel arranque de ira había atrapado le quemaban la espalda. Pero la prioridad de la amazona era calmar a su hermano.

-Escúchala, Orión. No seas tan aburrido. –Kanon chasqueó la lengua y negó con la cabeza. La mueca burlona de su rostro, sin embargo, seguía ahí.

-¡Solo cállate, Kanon! Estás empeorando las cosas. –Deltha intervino. Tiró una vez más de Nikos y después centró su mirada rápidamente en Naiara.

-Por favor… -La escuchó susurrar. Tardó un par de segundos, pero el santo dejó de luchar. Se había rendido.

-Ven conmigo. –La pelipúrpura lo jaló consigo hasta donde estuvo sentado unos minutos antes y, solo cuando lo vio sentarse al lado de su amiga, Naia se permitió respirar.

Se llevó las manos a la cabeza y enterró los dedos en su larga cabellera oscura. Por un momento había llegado a pensar que perdería el control de la situación. Suspiró y exhaló varias veces y muy despacio, buscando un poquito de calma para su corazón que latía desbocado. Cuando la nublazón de su mente cesó y dejó de escuchar el retumbar de sus latidos en los oídos, pudo escuchar los murmullos a su alrededor. Hablaban de ella, hablaban de Nikos… y hablaban de Kanon, en medio de ambos.

Cansada, se dejó caer al lado del gemelo. Al verlo sonreír, le clavó el codo entre las costillas.

Agradeció a los dioses que hubieran elegido un lugar no demasiado cercano al gentío. De otra forma, el escándalo hubiera sido mucho peor. Aún así, alguna risita más escandalosa de lo que debía se escapó a alguno de los pocos curiosos, pero casi de inmediato, una mirada afilada del gemelo los hizo callar.

-¿Tenéis algo que mirar aquí? –Su voz ronca y seria, sin un atisbo de toda la ironía que emanaba unos segundos antes de él, se escuchó. Naia observó de reojo las reacciones de los intrusos. Accidentadas y torpes, las disculpas llegaron antes de que Kanon volviera a pronunciar tan solo una palabra más. Un instante después, el cuarteto quedo de nueva cuenta solo.- La gente en este sitio no tiene nada más que hacer… además de chismosear, claro está.

-Ignóralos. –Una vez más, la morena intentó calmar las cosas. Sin embargo, un súbito chasquido por parte de su hermano la hizo darse cuenta de que no estaba consiguiendo nada.

-Sí, ignóralos, Kanon. Total, solo hablarán de mi hermana, no de ti.

-¿Y gracias a quién será eso? ¿Eh, Nikos? ¿Quién comenzó el escándalo aquí?

-Por los dioses, ¿pensáis seguir con esto? Kanon ha hecho un comentario, desafortunado quizás, ¡y tú te lo tomas como si fuera la peor ofensa del mundo! –reclamó a su hermano. Lo quería con toda su alma, pero estaba llevando ese problema demasiado lejos.

-¿Ahora es mi culpa? –La forma en que Naia ladeó la cabeza le respondió. No sabía que era peor: el hecho de que estuviera defendiendo a Kanon o que le estuviera echando en cara un lío que el gemelo había comenzado.- Genial, Naia. Genial.

Las cosas ya había ido lo suficientemente mal ese día como para que ella siguiera soportando reproches. Demasiadas malas caras, demasiado mal humor… demasiado para ella. Así que se puso de pie, tan rápido como pudo. Suspiró y se armó de paciencia, porque sabía que el mundo iba a caérsele encima cuando abriera la boca y compartiera sus planes. Pero no tenía intención alguna de seguir tragándose aquel sofocante ambiente alrededor suyo.

-¿Sabéis algo? Creo que Kanon y yo ya la hemos liado de sobra aquí. –Tomó la mano del gemelo para ayudarlo a ponerse en pie mientras la mirada atónita de Nikos se centraba en ambos. No había necesidad de ver el rostro de Deltha para saber que sus ojos marrones lucían tan incrédulos como los del santo.- Estaremos… por ahí, entre las fogatas. Vámonos, Kanon. –lo jaló.

-¿Vas a dejarnos… por él?

-Si, Nikos, si. –Volteó hacia su hermano.- Así al menos podréis pasaros el resto de la noche en paz.

-¡Naia!

Pero Deltha no obtuvo respuesta alguna. Simplemente no le quedó más remedio que observar como su amiga y el geminiano se alejaban.

-¡Pasadlo bien! –Kanon se despidió. Miró por encima de su hombro hacia donde estaba Nikos, y su mirada era más que clara: había ganado una vez más.

El santo de plata estuvo a punto de ponerse de pie para gritar un par más de maldiciones, pero la amazona alcanzó a colgarse de él para impedírselo. Lo obligó a sentarse y, cuando lo consiguió, le tomó el rostro entre las manos y le obligó a mirarla. Meneó la cabeza, pidiéndole que no intentara seguirlos más.

-Déjalo ir.

-Deltha, el muy idiota… -intentó protestar, pero los dedos de la amazona se posaron sobre sus labios, haciéndolo callar.

-Es un idiota. No te iguales a él.

-¡Naia se fue con él! –Nikos admitió su resignación al cruzarse de brazos.

-Lo sé. Esa es una estupidez de su parte, no es culpa de él. –de haber podido, se hubiera soplado los flequillos. Casi podía recordar aquellas últimas Panateneas, con todo lo que había sucedido. La historia no podía volver a repetirse… aunque por lo que veía, pasaría y en un nivel superior.

-Ni siquiera sé que ve en él.

-Pues… -La amazona subió los hombros.- Supongo que es un tipo divertido… Odioso, pero divertido.

-¿Crees que ellos…?

-Oh, Nikos, no quieres hablar de eso, y yo tampoco. –Negó. De pronto, tenía hasta dolor de cabeza por pensar en los problemas que aquello podría traer. ¿Por qué Naia no le había dicho nada al respecto?

-Y ahora, ¿qué?

-Ahora, nada. –Ahora de verdad mataría por un trago.- Hablaré con ella al regresar a casa, ¿vale?

El santo de Orión asintió. No era como que tuviera otra opción más que esa. Naia no iba a permitirle un reclamo más y, por lo pronto, tampoco tenía oportunidad de acercarse. Estúpido Kanon… ¿cómo era posible que ya hubiera conseguido meterse entre él y su hermana con tan poquito tiempo ahí?

-X-

-¡Saga!

Hubiera mentido si dijera que el inesperado grito no lo había sobresaltado. Se colocó un mechón de la larga melena azul a la espalda, y tras darle un último vistazo a la, inusual, quietud de su templo, se encaminó al lugar del que provenían los insistentes gritos con cierta reticencia.

-¡Saga!

No tenía la menor idea de por qué, pero cada vez que escuchaba el eco de su nombre, un escalofrío sacudía su espalda. Bajó las escaleras silencioso, sin hacer un solo sonido que delatara su posición y con su cosmos completamente apagado.

-¡SAGA! ¡¿Dónde estás?!

-Quizá ya se ha ido. –murmuró Shura, mientras se revolvía los cortos cabellos negros con cierto nerviosismo. No estaba acostumbrado a los escándalos, ni a la permanente revolución a la que Milo parecía dispuesto a someter a todos.

-O, lo más seguro, es que cuando haya escuchado a este energúmeno, haya huido. –Milo entornó los ojos, casi ofendido por las palabras ácidas de Camus.- Es exactamente lo que cualquiera con dos dedos de frente haría.

-Me pregunto qué hacemos aquí, entonces. –Y Camus tenía una respuesta para la pregunta del español, pero un nuevo grito amenazó con romper sus tímpanos.

-¡SAG…!

-Estoy seguro que ya te han oído hasta en el Infierno, Milo. –La inesperada aparición del geminiano, sobresaltó a los tres por igual.- Estoy aquí.

-¡Joder! –El escorpión se llevó la mano al pecho con teatralidad.- Estoy débil después de casi desangrarme. ¡¿Quieres matarme de un susto?!

-¿Quieres poner a prueba la resistencia de la cristalería de Géminis? Me temo que no aguante muchos más gritos...

-¡Sentido del humor! –Exclamó el menor, sonriente y ligeramente emocionado.- ¡Agonizante, pero no muerto!

Y sin previo aviso, se colgó prácticamente de los hombros del mayor, empujándolo rumbo a la salida con un ímpetu difícil de aplacar. La posibilidad de que Saga se lo pensara dos veces y volviera a la oscuridad de su madriguera, era muy grande; lo sabía de sobra. El geminiano solo se sopló el flequillo.

-¿A qué viene tanta prisa? –murmuró ligeramente incómodo. Llevaba día rehuyendo la compañía de Milo porque resultaba demasiado… impetuosa para su situación. Ahora estaba atrapado.

-¡Estamos en fiestas!

-Lo he notado… -pero Milo no dejó de arrastrarlo.- ¿Puedes no empujarme? Preferiría bajar las escaleras paso a paso, no rodando.

-Solo date prisa, ¿quieres?

-Estoy andando, Milo…

-No lo suficientemente rápido.

-Las Panateneas seguirán ahí cuando lleguemos en… aproximadamente tres minutos.

-Hay mucha gente en el Santuario, Saga.

-Y tú cuentas por tres. O cuatro.

-Necesitamos llegar pronto. Tenemos la posibilidad de celebrar y de beber en público, lo cual no sucede todos los días. ¡Quizá Kanon se haya robado ya a todas las chicas lindas que me están esperando! ¡Él llegó antes! Lleva ventaja.

-Por Athena... –murmuró el mayor resignado, siguiendo sus pasos sin más remedio.- Estoy viejo para esto.

Shura y Camus observaban la escena con una mezcla de confusión y diversión. Caminaban con tranquilidad tras el dúo de peliazules, escuchando el ir y venir, realmente inesperado, de palabrería inútil.

-Vaya… -murmuró Shura.

-Inesperado. –Camus negó lentamente con el rostro, aunque realmente se sentía más aliviado de lo que nunca confesaría. La continua compañía de Milo, aunque agradable, terminaba por resultar agotadora. Y por lo que parecía, se había encontrado a alguien más a quien poner a prueba por un rato. Quizá aquella era su merecida noche de descanso después de todo. Solo esperaba que Saga tuviera la suficiente paciencia y resistencia para lo que estaba por venir.- Muy inesperado.

-Suenas poco convincente, Acuario. Cualquiera diría que esperabas ansioso porque algo así sucediera.

-¿Te parece?

La deslumbrante sonrisa en los labios de Shura, se le contagió. Quizá su gesto era uno más tímido y discreto, pero resultaba tan alegre, como cómplice. Continuó caminando, mucho más relajado. Lo más difícil, estaba hecho, todos habían salido de sus templos dispuestos, al menos, a pasarlo bien. La inesperada escena frente a él era un vivo recordatorio de ello, y por un instante, fue como volver a la infancia… cuando el bicho correteaba incansable tras los gemelos.

-X-

Con las llamas de las hogueras iluminando el cielo nocturno del Santuario, las voces alegres, los cantos mucho menos afortunados, la música… Por un instante, todos se sintieron como si aquel no fuera el Santuario al que en verdad pertenecían.

Habían vivido muchas Panateneas a lo largo de sus vidas, sí; nunca habían dejado de celebrarse, pero, probablemente, solo Saga, Kanon y Aioros podían recordar cómo eran en realidad. Cómo eran en aquellos tiempos pasados llenos de esperanzas y sueños… incluso felicidad.

Casi inmediatamente, los ojos de Saga otearon por los alrededores, con la vaga esperanza de encontrar una de aquellas miradas que reflejara la misma sorpresa que la suya. No encontró a ninguno, ni a su hermano, ni al arquero. Así que, cuando Milo le puso la jarra de plata en las manos, contempló su contenido ensimismado y pensativo. Aquella iba a ser una noche difícil, estaba seguro de ello. Así que, sin más dilación, se llevo la jarra a los labios. Cualquiera hubiera esperado vino, ouzo, o quizá cerveza, pero cuando el calor en su garganta se dejó notar, alzó las cejas. Como respuesta, Milo solamente sonrió.

-Si vamos a divertirnos, hagámoslo bien. –murmuró, con misterioso secretismo, palmeando su hombro.

No le resultó difícil adivinar que el resto de sus acompañantes bebían lo mismo que él o parecido, y solo entonces se preguntó cómo demonios se las había ingeniado Milo para hacerse con semejante arsenal de alcohol: estaba seguro de que había suficiente vodka para medio ejército. Y eso, sin contar que la orden dorada estaba considerablemente débil a costa de la donación de sangre.

-No preguntes. –respondió Milo antes de que tuviera tiempo de preguntar.

Y no pensaba hacerlo, sabía de sobra que a veces era mejor ahorrarse preguntas de respuestas incómodas. Sonrió, inesperadamente, ciertamente divertido ante lo improvisado del asunto, y se sentó en la arena. Milo había sido siempre así, independientemente de quien gobernara el Santuario: natural y peligrosamente despreocupado.

-¿La pérdida de sangre aumenta su hiperactividad? –murmuró Shura.

-Nunca me lo había planteado, pero visto lo visto…–replicó Camus.- Es probable.

-Eso es preocupante.

-No te haces una idea.

-X-

-Y sí fue como sucedió. –terminó Milo, inflando el pecho orgulloso.

-Tengo mis dudas al respecto… -el acento italiano delató a Máscara Mortal tan pronto como despegó los labios. A últimas fechas había preferido mimetizarse con el ambiente, como todos habían notado. La presencia cercana, y siempre intimidante de Saga no ayudaba, solo había que ver a Afrodita. Sin embargo, aquella noche las cosas eran diferentes. Quería que lo fueran. Dio un sorbo de whisky y se llevó un cigarrillo a los labios, aunque no lo encendió.

-¡Oye! Si vas a estropear mi historia, al menos hazlo con algún buen argumento.

-¡Oh! ¡Tengo uno! –Milo frunció el ceño al escucharlo, e inmediatamente, un montón de risitas etílicas se dejaron escuchar.- Para empezar, en aquellas Panateneas, aún eras demasiado pequeño como para levantar más de metro y medio del suelo.

-Siempre fui un crío ágil. –alzó la copa.

-Sí, ya... –Ángelo rodó los ojos.- El hecho, es que juraría que fuiste tú quien perdió en ese torneo de lucha grecorromana del que hablas. –Encendió el cigarrillo y le dio una calada, tomándose su tiempo para desvelar el misterio.- Con una amazona.

Un enorme mohín de disgusto se formó en los labios de Milo, cuando el cangrejo dorado destapó su secreto, y sin poder evitarlo, los demás estallaron en carcajadas.

-No fue eso lo que llegó a mis oídos, allá en Siberia… -masculló Camus.

-Pues fue digno de ver. –añadió el de Capricornio. Saga sonrió mientras les escuchaba hablar. Nunca les había visto tan relajados… Y aunque no lograba recordar aquel momento del que hablaban, no le importó.

-Maldición, siempre me pierdo los grandes momentos.

-¿Molesto? –quiso saber Shura.

-¿Sabes lo que podía haber hecho con semejante información en mis manos?

Iba a replicar, pues se hacía una muy buena idea de lo que hablaba. Pero en aquel momento, Ángelo y Milo, que no habían dejado de hablar, atrajeron de nuevo su atención.

-¿Estás diciendo que no sabías que era una amazona, o qué simplemente la susodicha te pateó el culo vilmente? –Milo frunció el ceño. Máscara Mortal había volteado la conversación en su cara sin que se diera cuenta siquiera.

-¡Una chica! –Exclamó.- Es difícil pelear con chicas de modo amigable. Ya sabes. –Echó un rápido vistazo a su improvisado público, y terminó con una sonrisa burlona.- Uno nunca sabe donde puede tocar.

-Especialmente si la dama era una masa de puro músculo bastante más alta que tú en aquel entonces. No te culpo, no parecía una mujer. Si hubieras resistido, te hubiera despedazo en dos minutos.

-Ah… ¡Los viejos tiempos! –exclamó el escorpión.

-Claramente algo se hizo mal con nuestra educación.-murmuró Shura algo más allá.- Confundir el sexo de las personas, no puede ser muy normal… o habitual.

-¡Oye! Mi caso no tiene nada que ver con el de gato y Lithos… -Milo sonrió, de oreja a oreja, al rememorar la anécdota.- Aioria necesitó un baño con ella, o al menos uno que admitiera, para darse cuenta del detalle en cuestión.

-¿Cómo te diste cuenta tú?

-Eso carece totalmente de importancia, cangrejo. Bebe y calla.

El grupo estalló en carcajadas.

Afrodita saboreó el vino, y vio a sus acompañantes uno a uno. Nunca, en todas sus multiples vidas, hubiera pensado contemplar una escena como aquella. Inexplicablemente, todos parecían divertirse. Los primeros momentos habían sido tensos, desde luego, pero conforme el alcohol comenzó a correr, todo se relajó. Se sorprendió enormemente cuando Ángelo intervino en la conversación, y solo cuando se percató de que las miradas de los demás continuaban tan achispadas como divertidas, se relajó.

A pesar de los abismos que separaban a muchos de ellos, todo estaba saliendo bien.

-X-

-¿Cómo ha tomado Kanon el asunto de los grupos? –La pregunta de Shura, inesperadamente seria, lo tomó desprevenido. Volteó a verlo, y cambió la jarra de mano.

-No tengo la menor idea, pero promete ser más que interesante. ¿Ansioso por empezar? ¿O qué? –Desde luego que él no lo estaba. Los entrenamientos a partir de entonces prometían ser poco menos que tortura.

-¡Ni siquiera sé quien es Grulla! –Exclamó.

-Oh, te encantará.

-¿La conoces? –preguntó Camus.

-Desde hace algunos días. -Saga asintió.- Se llama Eire, es irlandesa.

-¿Cómo es eso? ¿Has salido de la guarida sin avisar?

-Muy gracioso, Shura. Solo estuve entrenando.

-¿Y socializando?

Saga se encogió de hombros. Debía admitir que aquel no era su fuerte… pero la chiquilla lo había hecho considerablemente fácil.

Justo en ese instante, una doncella, a la que rápidamente distinguió como la tímida Alessandra, se acercó hasta ellos con una bandeja.

-¿Quereís? –dijo en apenas un susurro, tendiéndoles la bandeja repleta de keftedes y saganákis.

Saga asintió, tomó un par de los últimos, y cuando los demás se hubieron servido, sonrió a la jovencita a modo de despedida. El rubor creció rápidamente por sus mejillas.

-¿Qué ha sido eso?

-¿Él qué?

-Ella. –aclaró Camus.

-Se sonrojó. –No sabría decir por qué, pero la voz de Shura, se tornó inesperadamente cómica.- ¡Mucho! –exclamó.

-Se llama Alessandra, llevó la compra a Géminis hace días.

-Oh. –dijeron ambos a la vez. Saga alzó las cejas divertido, le dio un bocado al aperitivo, y un sorbo al vodka.- Es guapa, ¿no?

Ninguno contestó inmediatamente, sino que sus miradas, oscura y cristalina, siguieron a la doncella a medida que se alejaba entre las hogueras. Saga ladeó el rostro, fascinado con aquella reacción desconocida, y antes de que lo viera venir, rompió en una suave carcajada. Nunca antes se había visto inmerso en una situación como aquella, tan natural y espontánea.

Las mujeres no le eran en absoluto una especie desconocida, pero jamás había compartido una conversación de aquel tipo con nadie. Todos había tenido sus historias a lo largo de los años, lo sabía de sobra, pero de un modo lo suficientemente discreto como para que nadie preguntara. Todos, salvo Aioria, claro.

Shura carraspeó y, rápidamente, recuperó la compostura, irguiendo la espalda y ahogando su mirada en la jarra.

-No está mal. –murmuró.

-Tiene un bonito peinado. –terció el francés, señalando el moño trenzado.

-Ya… -Saga continuaba atónito, era imposible de negar. De todos, probablemente de quien menos esperaba una reacción así, era de aquel par; pero Camus…

-Y unos ojos lindos.

-¡Oh! ¡Por Athena! –exclamó el peliazul. Ojos lindos, bonito peinado… ¡No daba crédito a lo que escuchaba, y la risa, que a aquellas alturas comenzaba a surgir peligrosamente fácil, escapó de su garganta.

-¿Estas carcajeándote en público, Géminis? ¿Has enfermado?

De pronto, la voz a sus espaldas le hizo dar un respingo. La reconoció rápidamente, y sonrió al hacerlo. Volteó el rostro, hasta que sus ojos se toparon con la máscara de plata.

-¡Tati! –Exclamó.- Ven, siéntate y deléitanos con tu presencia.

Atrapó su mano antes de que la rusa tuviera tiempo de negarse, y la arrastró hasta que se sentó a su lado, en la arena. Tatiana reparó en las miradas curiosas de los dos santos que lo acompañaban y alguna otra mucho más indiscreta. Con una timidez que la sorprendió a ella misma, movió su mano a modo de saludo.

-Ella es Tatiana de Lince, quizá la recordéis. Y ellos… supongo que es difícil no saber quiénes son.

-Hola. –murmuró. Podía jurar que la única vez en su vida que había visto a Saga bajo la influencia del alcohol, había sido en unas Panateneas, mucho, muchísimo tiempo atrás.

-Te invitaría a un poco de mi vodka secreto, pero… -susurró Saga en su oído, encogiéndose de hombros.

-Viviré, las fiestas de las amazonas son mucho mejores que las vuestras, santo.

-Uhhh… Casi siento envidia. ¡Maldición! –Después volteó hacia sus compañeros.- Ella es la maestra de Eire, Shura.

-Oh. ¿Dónde está ella?

-Supongo que en la playa, la mayoría de las chicas están allí. Ya sabéis, cosas de la máscara. ¿Por qué?

-¿Te han contado que nos han asignado grupos de trabajo? –La rubia negó con el rostro.- Eire está con Shura.

-Tengo miedo de preguntar con quién estoy yo. –dijo.

-Con Aioros.

-Oh. –Tal parecía que su destino era estar a cargo de leyenda en leyenda.

-Vivirás. –le dio otro sorbo al vodka.

-¿Qué tal habéis pasado el día? –preguntó, cambiando inesperadamente de tema. No conocía a ninguno de los santos dorados salvo a él. Mentiría si dijese que no le daba lástima que Shion no les hubiera dejado en el mismo grupo que hacía catorce años.

-Ha sido largo. –Y por el hastío en la voz de Shura, Tatiana supo que no mentía. Esbozó una sonrisa tras la máscara. No les envidiaba. Pasaban la vida figurando, de cara al mundo… y aguantando como fuera.- Pero parece que tenemos a un traficante de bebidas alcohólicas entre nosotros, así que… viviremos.

-Al menos hoy. –terció Camus.

-De acuerdo en eso.

La rusa rió, y aunque su risa se escuchó lejana y fría por el metal de la máscara, se sintió súbitamente relajada. No había esperado verse inmersa en una situación como aquella, sentada, junto al fuego, escuchando la conversación etílica de tres santos dorados… de los tres santos dorados del Hades. De alguna manera, el agarrotamiento de sus músculos desapareció a medida que la conversación entre ellos retomaba el curso normal. Los vio tranquilamente, sin necesidad de disimular la fascinación de su mirada.

Siempre le había parecido que las túnicas hacían que los santos se vieran como dioses, y ahora, no podía sino reafirmarse. Ya no eran niños, eso era obvio. Y lo cierto era, que se alegraba infinitamente de que, aún con cierta timidez, hubieran sido capaces de mostrarse al mundo de aquella manera tan natural. Como chicos normales, dentro de lo que cabía esperar, para su edad.

Volteó hacia Saga, y justo en el instante en que lo hizo, lo encontró hurgándose en la herida vendada de la muñeca. Atrapó su mano antes de que siguiera con ello.

-Quieto.

-Molesta. –dibujó un mohín de disgusto, que la resultó adorablemente infantil.

-Vivirás. -dijo, con una sonrisa en sus labios.

-No lo tengo muy claro. –Negó lentamente, con más teatralidad de la que había planeado.- Entre la pérdida de sangre, y que este es el peor vodka que he bebido jamás… -Eso, y que había reparado en la presencia allá, a lo lejos, de su hermano y Naiara. No le habían pasado desapercibidas las risitas tontas, las caricias mal disimuladas, y aquella mirada de Kanon que parecía a punto de devorarla. Le dio otro sorbo al vodka, y negó de nuevo.- Mañana estaré muerto. Otra vez.

-Pues deja de beber.

-¿Y pasar esta larga noche horriblemente sobrio? No, gracias. Ya es suficientemente difícil así.

-X-

Deltha bufó, para no gruñir, y acomodó la cabeza en el hombro de Nikos mientras sus ojos recorrían incesantemente los rostros de aquel montón de jóvenes desconocidos que ahora les hacían compañía. De no haber tenido la máscara, la hubieran visto taladrándolos con la mirada. No le eran desagradables en lo absoluto, pero en ese momento sentía una envidia mal sana por ellos. Sin darse cuenta, un verdadero gruñido se le escapó.

-¿Eso fue un gruñido? ¿Qué te sucede? –Nikos la miró de soslayo.

-Os odio a todos.

-¿Eh?

-Os odio a todos. –repitió.- Es totalmente injusto que podáis beberos todo el alcohol que se os venga en gana, mientras nosotras no podemos probar ni un traguito. Estúpida máscara. –Al escuchar el motivo de sus quejas, el santo de Orión soltó una carcajada; y, por primera vez en varios minutos, la amargura que Kanon le había metido en el alma al llevarse a su hermana, se disipó por un segundo.

-No vas a llorar, ¿verdad, Apus? –Capella sonrió mientras empinaba el jarro de cerveza hasta que la última gota terminó en su estómago.

-Oh, lo haría con gusto… si mis lágrimas fueran de vodka. –Los escuchó reír y, por alguna milagrosa razón, una sonrisa diminuta apareció en sus labios.

Las malditas fiestas le habían parecido un infierno y, desde que Naia desapareciese, todo había ido a peor. Soltar un poquito de veneno en compañía de Nikos la había tranquilizado por un rato y luego, con la repentina aparición de aquella panda de santos adolescentes, solo había adquirido una enorme ansiedad por beberse el alcohol que traían consigo… o por marcharse de ahí corriendo.

Hacía rato que se había olvidado de buscar aquel rostro conocido que tanta falta le hacía en esos momentos. De hecho, ya casi había abandonado la esperanza de que Aioros se apareciera por ahí. Después de la explicación atropellada de Kanon, Deltha se había resignado a que el arquero probablemente pasaría el resto de la noche en Sagitario, recuperándose de la brutal sangradera que seguramente Shion les había ocasionado.

Así que, de pronto, se preguntó: ¿Qué hacía ahí, cuando en realidad no había razón para quedarse? No encontró explicación alguna, ni justificación a sus acciones.

De todas formas, ahora no sentía deseos de marcharse. Si lo hacía, terminaría encerrada en su cabaña, dando vueltas y vueltas a lo que Naia estaría haciendo con Kanon en aquel mismo instante. Y es que Deltha no era ninguna mojigata, pero por eso mismo, tampoco era ingenua como para pasar por alto la confianza excesiva que había crecido entre esos dos… ni tampoco la actitud sospechosa que habían mostrado antes de desaparecer con rumbo a Géminis, suponía.

Miró de reojo a Nikos, permitiéndose contemplarlo por un instante. Seguía molesto, de eso no le cabía duda. Sin embargo, incluso él, con todo lo incómodo que se sentía al respecto de la conducta de Naia, parecía esforzarse en llevarles conversación a sus recién hallados compañeros.

La amazona se acomodó un poquito más en su hombro y bostezó. La noche todavía sería larga.

-¿Aburrida? –Deltha se incorporó con un brinco al reconocer aquella voz a sus espaldas.

-Cansada. –respondió mientras le buscaba con la mirada. La máscara no demostró emoción alguna, pero el rostro detrás de ella, se iluminó con una sonrisa; Aioros por fin había aparecido.

El santo saludó tímidamente al resto y entonces, la pelipúrpura reparó en aquel efecto que nunca había olvidado, pero ya consideraba perdido. Bastaba con mirar a los ojos de los santos más jóvenes para penetrar en sus mentes. La forma en que observaban al arquero, con esa mezcla de admiración y de escepticismo; esa adoración implícita que ella había visto muchas veces antes, pero por primera vez en esos ojos jóvenes y desconocidos. Todos y cada uno de los santos dorados causaban ese efecto. Sin embargo, bajo el aura de la leyenda que se había construido, la figura de Aioros se alzaba de una forma que ni siquiera ella podía definir.

-¿Quieres un trago? –Preguntó accidentadamente Jamián. Nikos, en cambio, no pareció demasiado convencido con la idea.

-No creo que… sea buena idea. –Aioros levantó sus brazos vendados. Nunca había sido un gran bebedor, por lo que probablemente su resistencia al alcohol fuera mínima; y si a ello sumaba la falta de sangre en su organismo, tenía la sensación que los resultados serían catastróficos.- Donación de sangre a las armaduras.

-El Maestro no podía ser menos oportuno. Ni modo, habrá que bebernos tu trago y, ya que estamos en eso, también el de Apus. –Asterión contestó con una sonrisilla divertida que Deltha fulminó con la mirada.

-Ya os dije que os odio por eso. –acotó, haciéndolos reír una vez más.- Y por eso, ahora os abandono con vuestras botellas. Iré a vagar por ahí en busca de diversión. –Tomó la mano de Aioros y prosiguió a arrastrarlo consigo.

-Divertíos mucho. -oyeron la voz de Capella y las risitas cómplices de los otros después, cuando la implicación en el comentario se hizo obvia.

-Lo intentaremos.

-Por Athena. –Nikos hundió el rostro en las manos. Jamás alcanzaría a hacerse a la idea de que aquellas dos niñas que había dejado catorce años atrás, habían crecido y ya eran mujeres adultas.

Deltha en cambio, ni siquiera se inmutó, a pesar de que escuchó también a Aioros atragantarse. Agitó la mano en el aire, a manera de despedida y desapareció de ahí tan pronto como pudo, en compañía del arquero.

-¿Qué ha sido eso? –Aioros preguntó cuando estuvieron lo suficientemente lejos.

-Una implicación totalmente esperada de su parte. –Deltha se encogió de hombros.- ¿Cómo te sientes? –Cambió de tema rápidamente y no pudo evitar mirar hacia el vendaje que resguardaba las heridas del santo.

-Es un tanto molesto, pero no excesivamente. Además, vale la pena por completo. –La sonrisa en su rostro le dijo a Deltha que no mentía. En adición al aire de melancolía en él, descubrió un sentimiento de esperanza que le hizo creerle.- Sagitario quedará preciosa… ya lo es, quiero decir, pero…

-Sé lo que quieres decir. Es un vínculo especial, ¿no es así? –El arquero asintió.- ¡Aunque el sentido de oportunidad de Shion es espantoso! ¿Sangraros en plena fiesta? Pff… habrá que iros recogiendo cuando caigáis, víctimas del alcohol.

La risa de Aioros estalló, con Deltha compartiéndola con mucha más mesura. Al menos Aioros se veía mejor que como lo encontrase días atrás.

-¿Qué tal te ha ido en las Panateneas? –la cuestionó una vez más.- ¿Mejor que a mi?

-La mejor parte ha sido veros vestir vuestras armaduras. Ha sido… un gran momento. –Con solo pensarlo, la piel se le erizó de nuevo. No recordaba la última vez que algo la había impresionado tanto, ni tampoco recordaba haberse sentido tan sobrecogida en años. Muy aparte de sus rencores y sus odios, verlos juntos, envestidos en oro, con Athena al frente de ellos, le había llegado hasta el fondo del alma.

-A veces se siente como un sueño.

-Pero es real. Muy real. –el brazo de Aioros se cruzó por encima de sus hombros, y Deltha sonrió. Dentro de todas las cosas malas de ese día, al menos tendría unos minutos de paz con él. Entonces, reparó en las vendas del arquero. Las rozó con los dedos, con toda la suavidad que pudo, sin ánimo de hacerle daño.- ¿Seguro que no te duele mucho?

-Segurísimo.

-Bien…

Caminaron un poquito más entre la marea de gente que los rodeaba, observando detalles con un interés de lo más inusual. Para ambos, la experiencia resultaba tanto absurda, como increíble. Encontrarse de nuevo ahí, en medio de las fiestas más importantes en honor a su diosa, había salido de sus planes muchos años atrás.

Pero ahora estaban de regreso, ellos y todos los demás. Mu y Kiki marchaban de regreso a Aries cuando alcanzaron a verlos, con Aldebarán caminando a su lado. Milo había aparecido poco después en su campo visual, jugueteando y sonriendo en medio de un montón de santos de plata y alguna que otra doncella, más interesada en el peliazul que en su conversación. Afrodita y Máscara Mortal les acompañaban, justo ahí, entretenidos en lo suyo: el italiano divertido con su botella de whisky, observando al escorpión, y Afrodita, haciéndolo compañía y hablando a saber que cosas. Kanon y Naia andaban por ahí todavía, lo cual tranquilizó a Deltha al menos por unos segundos, hasta que un poco más adelante, apenas unos pasos, se encontraron con las siluetas, algo más solitarias, pero no muy alejadas, de Camus, Shura… y Saga.

Al ver al gemelo, la amazona se retorció en su lugar. Instintivamente, se guardó detrás del cuerpo de Aioros y rezó por no tener que encarar al gemelo en ese preciso instante. No se sentía lista para un segundo round de reclamos, ni tampoco tenía deseos de amargarse la noche más de lo que ya había hecho.

En lo que no reparó fue en el hecho de que Aioros notó su súbito malestar. Decidió no decir nada de inmediato pero, si ella hubiese levantado el rostro, hubiera podido ver su mirada, interrogante y curiosa, cayéndole encima. El santo la acercó un poquito más contra si. Arrugó la frente, mientras intentaba encontrar el motivo del cambio en su actitud, y solamente cuando reparó en el trío sentado un poco más allá, comprendió lo que sucedía.

-¿Vas a contarme? –Le susurró. Siguieron caminando, muy despacio, hasta que las figuras de los otros tres se perdieron de vista.

-¿Qué quieres que te diga?

-¿Por qué estás tan nerviosa? Del, no quiero que te metas en problemas. –Y bastaba con ver sus ojos para saber de que clase de "problemas" estaba hablando.- Hablo en serio. Déjale en paz.

-Pues… -La amazona de Apus bufó.- Es un poco tarde para eso. –Admitió. Tarde o temprano, el incidente en Géminis iba a llegar a sus oídos. Mentirle al castaño no tenía razón de ser.

-¿De qué me estás hablando? ¿Qué has hecho, Deltha?

La amazona se escabulló de él y se le plantó enfrente, cruzándose de brazos. El tono en la voz de Aioros le indicaba lo serio que estaba hablando. Cada vez que su voz se tornaba demasiado grave, la amazona se sentía desarmada y, por algún motivo irracional, mentirle quedaba completamente fuera de sus planes.

-Hay algo que tienes que saber al respecto. –comenzó.- Yo… discutí con Saga antes. –Aunque en realidad, el gemelo solamente había pronunciado un par de palabras, ninguna de ellas que resultaran en un debate. Las acusaciones, la ola de rabia y los gritos habían sido solamente suyos.

-¡Deltha!

-¡¿Qué?! –Replicó de inmediato. Ciertamente no estaba arrepentida de lo que había hecho o dicho.- Lo siento, pero no podía ser indiferente ante todo lo que Saga ha causado, ante todo el mal que ha hecho. Alguien tenía que decírselo, porque creo que nadie ha tenido el valor de hacerlo.

De pronto, la pelipúrpura se dio cuenta de lo que acababa de decir y deseó comerse sus palabras. No solo había acusado a todos de cobardes, sino que además acababa de incluir a Aioros entre ellos. Se rascó la cabeza y se mordió nerviosamente el labio. Su lengua parecía destinada a hundirla ese día, de una forma, o de otra.

-Vaya, eso fue… -Aioros lucía tan incómodo como ella misma.

-Fue una estupidez. –terció rápidamente.- Lo lamento y retiro lo que dije.

-Iba a decir que fue realmente sincero.

-Oh… -Deltha entrecerró los ojos con suspicacia. Estaba segura de que esa conversación no iba a terminar ahí.

-Si, sincero e innecesario.

-Lo sé. No era mi intención que sonara así.

Por un segundo, le pareció que el santo iba a continuar la discusión. Sin embargo, para su sorpresa, Aioros se cruzó de brazos, igual que ella, y poco después se llevó la mano a la boca, callándose lo que fuera que pensaba decirle. Vio sus ojos ir, de ella, a donde habían visto a Saga y a los otros. Lo hizo varias veces y, en un par de ocasiones, incluso le pareció verlo abrir la boca. Pero sus labios se movieron, más su voz no sonó en lo absoluto. Observarlo así, era como esperar una reprimenda que eventualmente llegaría a pesar de la tardanza.

-Anda, dime que está mal lo que hice. –Intentó apresurarlo. Mientras más pronto hablara, más pronto superarían ese problema.

-El problema es que tú no crees que está mal. ¿Me equivoco?

-No, estás en lo cierto. Estaba en todo mi derecho de decirle lo que sentía… todo lo que dolía. –Se dio cuenta de que había agachado la cabeza y de que luchaba ya contra el propio temblor de su voz. Sin embargo, lo que no esperaba, ni veía venir, fue el hecho de que las manos de Aioros se posaron sobre sus hombros y los apretaron con suavidad, en un honesto intento de reconfortarla. Levantó lentamente la mirada, encontrándose con los ojos del arquero, fijos en lo suyos, envueltos en plata.- Tenía que hacerlo… tenía que decirle, Aioros.

-Lo hiciste ya, sacaste lo que te hacía daño. Ahora, déjalo ir. Por más doloroso que haya sido, no puedes permitir que te envenene el alma. Nadie puede vivir odiando para siempre.

-Él tenía que saber todo lo malo que hizo.

-¿Crees que no lo sabe?

-¡No dijo nada, Aioros! ¡Nada! Después de todo lo que dije, de todo lo que le grité… -Se soltó de él, retrocediendo un par de pasos.

-¿Qué querías que te dijera, Deltha? Las palabras no iban a cambiar nada. Nada va a cambiar el pasado.

-Necesitaba saber que lo sentía. ¡¿Era mucho pedir que estuviera arrepentido?! –El santo la miró, dejándola una vez más sin palabras.

-¿Cómo sabes que no lo está?

-¿Cómo puedes saber que lo que siente es, en verdad, arrepentimiento? –La amazona contraatacó.

No supo que hizo que la voz se le ahogara en la garganta, si el silencio ensordecedor que arranco del santo, o aquella expresión en su rostro. Volvió a morderse los labios, sabiendo que una vez más, su lengua había sido más rápida que su cerebro.

-Solo… lo sé. –Se encogió de hombros. La relación con Saga iba de mal en peor, pero Aioros necesitaba creer en algo. Con todos los errores que pudieron haberse cometido en el pasado, no podía vivir con el hecho de que Saga fuera en realidad un monstruo al que nada, ni nadie, le importaba.- Quiero creer que lo siente.

Y Deltha no pudo sentirse más miserable en ese momento. Independientemente de lo que sintiera por el santo de Géminis, ¿quién era ella para pasarle encima a lo que Aioros deseaba creer o no?

Jugueteó nerviosamente con las mechas más largas de su cabello. Ese día su maldita lengua la había metido en más líos de los que podía manejar. Aioros tenía razón en algo: ella tenía que calmarse. Si seguía permitiendo que sus sentimientos la dominaran de ese modo, terminaría por enloquecer y enloquecer a todos a su alrededor. Pero eran tantas sus dudas, sus preguntas, todo tenía tan poco sentido…

-Si tan solo hubiera pedido ayuda… ¿Por qué no lo hizo? –En algún punto, un sollozo se le escapó. De inmediato puso todo su esfuerzo en recobrar la compostura.- Todo hubiera sido diferente.

-Del, escucha… -Aioros exhaló. Él llevaba días enteros pensando lo mismo, largas horas de insomnio dando vueltas a esa misma pregunta y había llegado a una sola conclusión.- Algunas personas no pueden pedir ayuda. No saben cómo hacerlo.

La amazona se quedó petrificada. No entendió el por qué un escalofrío le recorrió espalda al escucharlo hablar.

Aioros podía lucir diferente, pero había algo que no había perdido a pesar de todo, algo que a ella siempre le había fascinado: su fe en las personas. Volvió a sentirse diminuta a su lado, como se sentía cuando era un niñita asustadiza y frágil. Llevaba catorce años intentando crecer y tenía que admitir, con cierta decepción, que no había mejorado mucho en comparación con la persona que solía ser. ¿Qué le quedaba? Seguir avanzando.

Así que por esa noche, decidió callarse. Tomó tímidamente la mano de Aioros y retomó el paso que llevaban antes. Hubiese querido decir algo más, pero ya llevaba demasiados "lo siento" en esa noche.

Suspiró.

-Oficialmente, me serviría un trago. –dijo.

Aioros sonrió mientras volvía a abrazarla. Ella se acurrucó un poquito junto a él. Ojalá el resto de la noche transcurriera con un poco más de calma. Le urgía un respiro en medio de tantos líos.

-X-

-Mucho mejor aquí.

-Tu hermano tiene un sentido del humor lamentable.

-Tú te pasaste. Es un asunto delicado, y Nikos…

-Oh, vamos, solo bromeaba… claro que Apus tampoco ayuda. ¿Es siempre así?

-¿Así cómo?

-Una amargada.

-Kanon…

-Está bien, está bien. Olvidémonos de los indeseables. –Apartó un mechón de pelo azabache que caía sobre la máscara de plata, y lo colocó tras la oreja de la amazona.

-No has cambiado gran cosa, ¿sabes?

-¿Eso es bueno o es malo?

-Supongo que si dejas a un lado la parte psicópata, está bien. –Kanon estalló en carcajadas.- No bromeo. No vas a intentar conquistar el mundo de nuevo, ¿verdad?

-Nah… de momento no.

-Bien, porque eres un villano con poco éxito.

-¡Oye!

-Fracasaste vilmente, cielo, y lo que es peor… cuentan por ahí que un santito de bronce te pateó el culo sin piedad alguna…

-Ah, el bueno de Ikki. El fénix. –Aclaró.- Me gustaba ese tipo.

-Es el mismo fénix que, cuentan, te salvo en el Hades. –Kanon frunció el ceño inmediatamente.

-Tienes los oídos demasiado finos, Caelum.

-¡Es cierto! –Estalló en carcajadas al reparar en que los rumores eran verdad.- ¡Es cierto! ¡Deberías ver la cara que pusiste!

-Me rompieron un dedo, Caelum. ¡Un dedo! Minos casi me lo arranca sin piedad alguna. Hay pocas cosas peores que destrozar un dedo, ¿sabes?

-Lloraste.

-Casi.

-Por un dedo. –Continuó burlándose, y al ver su expresión de disgusto, instintivamente tomó su mano en la suya, entrelazando sus dedos y sonriendo tras la máscara.- Pobre Kanon.

-Lo único bueno de ese asunto, es que Zarek se debió de remover en su tumba solo de verlo.

-No hay mal que por bien no venga, ¿no?

-Exacto, pequeña.

Naia rió. De alguna manera, que Kanon hablara de aquellos tiempos con tanta tranquilidad, la permitía tomarlo con más ligereza, y eso que la historia era difícil de asimilar. La cuestión era, que ahora que Kanon estaba ahí, con ella, bromeando y haciendo el idiota… la hacía olvidar. Era como volver a ser adolescentes otra vez, pero con menos amargura bajo la piel. Posó la cabeza en su hombro, mientras el geminiano encendía un cigarrillo.

Iba a mencionar algo al respecto… y acerca de lo molesta que resultaba la máscara en aquel momento. Pero de pronto, sus ojos violetas se detuvieron en la hoguera que había a lo lejos, a su izquierda. Reparó en Milo, en Máscara Mortal… podía escuchar las carcajadas desde donde estaba, aunque no entendiera de que hablaban. Sin embargo, cuando reparó en que también estaba Saga, con Shura y con Camus, se sorprendió. La cuestión es que no estaban solos… una amazona rubia estaba sentada junto al peliazul, sosteniendo su muñeca y diciéndole algo que le hizo reír.

Reía, Saga reía. Y tenía una sonrisa preciosa. Una enorme cantidad de celos hicieron un nudo en su estómago cuando recordó el nombre, que en realidad jamás había olvidado, de la amazona que lo había logrado. Tatiana. Tatiana del Lince.

-X-

Después de la regañina, revolvió su pelo rubio sin piedad alguna. Y al recibir un manotazo en el estómago, se echó a reír nuevamente. Shura y Camus esbozaron un par de sonrisas en sus rostros, y pocos segundos después, ella misma lo hizo tras soltar una maldición en su ruso natal.

-Eres rusa. –Tatiana asintió ante la afirmación de Camus.

-Aunque hace mucho tiempo de la última vez que estuve allí.

-¿De dónde?

Saga observó de uno a otro, mientras les escuchaba hablar. Y casi inevitablemente, su mente no tardó en desconectar. De alguna manera, aquella fiesta había llegado en el momento oportuno. Paseó sus ojos por los alrededores, y casi se atragantó cuando se cruzó fugazmente con la mirada de Deltha. Caminaba junto a Aioros, prácticamente abrazados y en silencio… pero, sabía de sobra que aunque solo fuera por un instante, aquellos ojos avellana lo habían fulminado.

Suspiró, y volvió la vista hacia Tatiana y Camus. Shura lo observaba, de soslayo, y dio por hecho que había notado el súbito cambio. Se sintió cazado dentro de sus propios pensamientos.

-¿Qué sucede? –preguntó en apenas un susurro.

-Nada. –Saga se encogió de hombros.

En lo que a él respectaba, nadie se enteraría jamás de aquella "conversación" que Apus y él habían mantenido. Se había propuesto resurgir de sus cenizas, como fuera. Y si para ello, para ser lo que necesitaban que fuera, debía actuar y tragarse todo… lo haría. A nadie le interesaban los pormenores de lo que sentía por dentro, era tan sencillo como eso y lo sabía.

-Pensé que hoy estarías con él. –preguntó. Esta vez, fue el de Capricornio quien se encogió de hombros.

-No hoy. –De pronto, la situación se había tornado demasiado seria.

-¿Por?

-Supongo que por el mismo motivo que no lo estás tú. –Saga dejó escapar una risa, ligeramente amarga. Shura tenía tantos motivos para temer a Deltha y Aioros como él. Y no sabía por qué, pero el temor e inquietud que provocaba la pequeña Apus, era realmente intimidante.

-Supongo. –Dijo al fin. Shura alzó su jarra, invitándolo a brindar.

-Las cosas cambiaran. –Saga no dijo nada, solamente le dio un trago más a la bebida, mientras asentía sin mucha convicción.

-X-

Era inevitable. Por mucho que la compañía de Kanon la fascinara, sus ojos iban de cuando en cuando en la dirección opuesta. Agradeció infinitamente, por un solo segundo, la discreción que la máscara la otorgaba. El resto del tiempo, cuando lo escuchaba hablar ensimismada, y cada vez lo sentía más y más cerca, no podía sino maldecirla.

El inoportuno trozo de metal la había impedido probar un solo bocado de las exquisitas viandas que las doncellas llevaban en sus bandejas, de igual modo que tampoco había podido dar un solo trago a una copa. Tenía hambre, si. Pero por sobre todas las cosas, deseaba deshacerse del estorbo por el mero placer de mirar a Kanon a los ojos.

Admiraba la habilidad que él tenía para descubrir, o imaginar, hasta el último de sus gestos. Tanto, que había terminado por resultar un juego de lo más divertido. Sin embargo, aquella sonrisa engreída y rompedora, la estaba matando. Y aunque no tenía la menor idea de cómo habían llegado a aquel punto tan rápido, la agradaba.

Había vuelto al Santuario con una idea muy distinta en la mente. Pero ahora, para ella, era sorprendentemente fácil lidiar con Kanon. Era sencillo, porque parecía esculpido en piedra, pero no solo en el exterior… sino que de alguna manera, el menor de los hermanos era inmune al daño que ocasionaban las palabras y las miradas. A él nada parecía dolerle, ni siquiera los recuerdos más difíciles, de los que se reía sin reparo o vergüenza alguna como si fueran inocentes travesuras.

No tenía miedo de herir a Kanon. Estaba casi segura que de aquella manera era imposible. Si él era consciente de la verdadera magnitud de los errores que había cometido, se la escapaba. El geminiano siempre había pecado de egoísta. Estaba segura de que ella no podría lidiar de aquella manera con un pasado así, pero a la vez, le daba la seguridad necesaria para continuar con aquel juego. Era divertido.

-¿Qué me dices? –el peliazul acarició su pelo, colocándolo con mimo en la espalda. Quizá era la magia de las Panateneas, el recuerdo diluido en el tiempo de lo que había sucedido mucho tiempo atrás… pero comenzaba a sentir impaciencia.

-¿Uhm? –murmuró ella. Kanon tomó una jarra de una de las bandejas y la pasó frente a sus ojos.

-¿Seguimos la fiesta en Géminis, o qué? –dijo en apenas un susurró, y algo en su voz, ronca y atrayente, la resultó cautivador.

-Creí que nunca lo preguntarías. –Kanon amplió la sonrisa, y se acercó hasta ella. Besó su mejilla, justo en el punto donde la protección de plata terminaba y su oreja nacía. Naia sonrió tras la máscara, y le quitó la jarra de las manos, poniéndose en pie.- ¿Vamos?

Apenas tardó un segundo en levantarse, y en emprender el camino. Naiara volteó la vista atrás una sola vez más. Después, se dejó guiar por Kanon en la penumbra, y solamente cuando la silueta de Géminis se alzó frente a ellos en mitad de la noche, se deshizo de la máscara. Kanon se la quitó de las manos, y antes de que tuviera tiempo de murmurar una sola palabra, atrapó sus labios entre los suyos con avidez.

-X-

Aioros soltó una carcajada cuando Deltha terminó su historia. A su lado, la amazona no pudo sino negar con suavidad, pensando en la bendición que representaba su máscara para ocultar sus mejillas sonrojadas. La verdad era que solamente unas poquísimas personas en su vida conocían aquella terrible etapa que tantas vergüenzas le traía. ¿El por qué se lo había contado a Aioros? No tenía la menor idea. Pero quizás tenía con ver con el hecho de que, después de la rígida conversación de antes, las cosas debían relajarse un poco entre ambos.

Al final, había resultado, y la noche se les escapaba entre anécdotas suyas que, muy aparte de lo vergonzosas que pudieran ser, valían la pena por cada sonrisa que robaban al castaño.

-No te imagino en esa situación, Apus.

-Oh, cielo, no te haces la mínima idea. –rió atropelladamente mientras se revolvía el cabello.- Si tan solo supieras…

-Pues tendrás que contarme. ¡Todo eso es demasiado bueno!

-Ya lo creo. Naxos fue tan… -¿Cuál era la palabra? ¿"Diferente"? ¿"Surreal"? Deltha suspiró. No sabría como definirlo.- En fin… hay historias y tiempo de sobra para divertirte.

-Por supuesto que si. Cuenta con que te haré contarme cada oscuro detalle, señorita fugitiva.

La amazona volteó a verlo y picó juguetonamente el hoyuelo marcado en su mejilla. Aquella graciosa muesca siempre se mostraba cuando sonreía y Deltha no había hecho sino extrañarla todo ese tiempo. Verlo sonreír era volver más de catorce años en el pasado, a la época en que la amistad infantil bastaba para convertir ese mundo en un lugar hermoso.

Sin embargo, antes de que pudiera decir cualquier cosa más, la mirada de Aioros la hizo callarse. Los ojos azules se centraron en un punto más allá, y la sonrisa de antes, cambió ligeramente. La pelipúrpura no pudo evitar buscar el motivo del recién hallado interés del santo. Siguió la dirección de su mirada y, entonces, reparó en él.

-Aioria. –musitó. Pero no tuvo tiempo de más, pues Aioros le tomó la mano y caminó a toda prisa en busca de su hermano pequeño.

-Vamos a saludarlo. Le encantará verte.

La última vez que Deltha y Aioria habían cruzado palabra, el león tenía solamente siete añitos. Era un niño pequeño, con un carácter mucho más grande que él mismo. Le recordaba correteando siempre detrás de Aioros, jugando a ser como él e intentando comerse al mundo en dos bocados. Si tuviese que definirlo, en aquel entonces, la amazona lo habría llamado un diminuto tornado de energía inagotable.

Pero el joven que les observaba desde un poco más allá, distaba mucho del chiquillo al que ella había conocido. Ahora era un hombre, un santo embarnecido por una vida que ella ni siquiera llegaba a comprender. Había crecido, ahora era mucho más alto que ella, y casi tanto como Aioros. Pero también sabía que, lo que sus ojos veían, no se comparaba ni un poco con la madurez que seguramente habría ganado. Pero lo que más la impresionó desde la primera vez que le había visto a su regreso, era el enorme e innegable parecido que guardaba con su hermano mayor. Desde niño había demostrado ser un pequeño clon del arquero y, el tiempo, si algo había hecho con esa teoría, era reafirmarla.

Sus gestos, sin embargo, eran diferentes. Sus ojos verdes le proporcionaban un aspecto más felino. Su mirada era más penetrante, más analítica y, ciertamente, más dura… al menos en ese momento.

A la mujer que estaba a su lado, también la reconocía del campamento de las amazonas. La recordaba perfectamente bien porque, de alguna manera bizarra e improbable, la pelirroja parecía la única de ellas capaz de librarse de los tormentos de Shaina. Águila era su constelación, aunque su nombre seguía escapándosele de la memoria.

-No creí verte por aquí. –Aioria saludó a su hermano cuando estuvieron lo suficientemente cerca. Estrecharon manos y, durante los pocos segundos que duró el gesto de complicidad, Deltha no pudo sino mirar de uno a otro, sintiéndose conmovida al verlos juntos.

-No tenía intenciones de quedarme en Sagitario esta noche.

-Ya lo veo. –La mirada del santo de Leo se desvió ligeramente hacia ella, y lo único que se le ocurrió hacer fue saludar levemente con la mano.

-Supongo que te acuerdas de ella.

-Si. Deltha de Apus. ¿Cómo olvidarla? –Y el tono de aquella pregunta denotaba todo, menos satisfacción. La pelipúrpura bajó la cabeza, incómoda, al notar la tirantez en su voz, mientras Aioros únicamente arrugó el entrecejo, sin saber como tomarse ese comentario.

-Ella es Marin de Águila. –El castaño trató de seguir la conversación.- Seguramente la habrás visto en el campamento.

-Un par de veces.

-Os he visto también, a ti y a Caelum.

-Naia… Naiara. –Deltha se corrigió.- Ese es su nombre.

-¿Qué hay de ti, Apus? ¿Qué te ha traído de regreso? –Aioria interrumpió. Sonaba inusualmente serio; autoritario, inclusive. Ni siquiera la mirada interrogante de su hermano lo amedrentó, sino que simplemente pasó de ella.- ¿Esta vez si será para siempre? Sería horrible que volvieras a huir a la menor señal de peligro.

-No pienso hacer tal cosa.

-Buena suerte para ti que estamos en tiempos de paz. De otra forma, no estoy muy seguro de que pudieras mantener tu palabra. –Deltha se quedó callada. En realidad, no sabía que decir.

-Vale. –musitó al fin.- Ya sé de que va esto.

-¿En serio lo sabes?

-Aioria… -La voz de Marin sonó tan incómoda como la situación. Pero el león estaba lejos de detenerse.

-No creo que entiendas nada, Deltha. Nunca estuviste ahí, no lo viviste. No sabes nada.

Al verla, toda esa rabia que había sentido cuando pequeño regresó, tan rápido como un golpe que no había visto venir. No entendía de donde había sacado el valor para volver, después de haberse esfumado cuando los problemas consumían al Santuario y a ellos mismos. Volvía y se comportaba como si nada hubiera sucedido. Volvía, catorce años después, creyendo que podría comprender algo que nunca había vivido.

Ella, que no sabía por todo lo que él había atravesado; ella, que tenía en sus manos la posibilidad de librarlo de aquel cruel destino… estaba ahí, mirándole escondida detrás de esa maldita máscara.

-Siento haberme marchado de ese modo, Aioria. Lamento haberte dejado también, pero no me arrepiento. Mírate, ve lo que eres ahora. –Lo cuestionó.- ¿Crees que hubieras podido convertirte en el hombre que eres hoy en día, estando conmigo? No. Ni remotamente.

-Tal vez no hubiera tenido que vivir el Infierno que pasé.

-Tal vez ni siquiera hubieras sobrevivido. –En medio del ir y venir de palabras, Aioros y Marin se revolvían, cada vez incómodos.- Arles no hubiera dejado que un aprendiz de santo dorado huyera del Santuario. Lo sabes tan bien como. Estando aquí, bajo su control, podía vigilarte. Ahí afuera, nada le hubiera garantizado que no te convirtieras en su enemigo. Iba a buscarte y a matarte tan pronto te encontrara. –Aioria lanzó una risa amarga y la amazona supo que era momento de callarse.

-¿Eso te has dicho todo este tiempo para mantener tu conciencia tranquila? –En esa ocasión, Deltha no respondió.

-Creo que fue suficiente, Aioria. –El santo más joven miró a su hermano. Su mirada, intensa e indomable, chocó con la de Aioros, quien la sostuvo sin dificultad ninguna. Por fin, el león dorado cedió, desviando sus ojos de él.

Aioria guardaría silencio a partir de ese momento, aunque su mirada acusadora no iba a desvanecerse. Abrazó a su amazona pelirroja y, como un verdadero león que sale de caza, ocultó sus ojos y las garras detrás de ella. Pero no era necesario, su presa ya había asumido la derrota.

Ella tampoco esperaba que él la comprendiera. Se había marchado siendo solo una niña, que a duras penas había conseguido sobrevivir en el mundo real. Jamás, ni aún en sus pensamientos más extremos, hubiera pensado en la posibilidad de mantenerse viva cargando un niño consigo. Dejar a Aioria había sido de las decisiones más difíciles de su vida. El chiquillo era todo lo que quedaba de Aioros; y aún así, lo había dejado ir, pensando que era lo mejor para todos. Después, había vivido todos esos años preguntándose si había hecho lo correcto.

-Estoy cansada. Es hora de volver a casa. –susurró a Aioros mientras acariciaba su mejilla, a modo de despedida.- Te buscaré mañana.

Miró una última vez a Aioria y a Marin, despidiéndose con un gesto de cabeza; y se marchó de ahí lo más rápido que pudo.

-X-

-Es hora de que me vaya.

-¿A dónde? –quiso saber.

-A por Eire, le prometí que iría.

-Está bien. –replicó, ciertamente taciturno. Tatiana frunció el ceño suavemente, percatándose al instante del detalle, pero no preguntó nada.

-Pasad una buena noche. –Dijo, poniéndose en pie.- Y tened una buena mañana…

-Si… ¡Dobry vecher! -Saga se despidió en ruso, usando las mismas palabras que ella le había enseñado hacía, lo que parecían, milenios. Dejó escapar una pequeña carcajada, y se alejó de allí lentamente.

-¿Hablas ruso? –Camus alzó una ceja, curioso.

-Tengo un dominio perfecto del idioma… -replicó, seriamente.- De cuatro palabras exactamente.

Rieron. Aquella noche, Camus y Shura habían descubierto un lado desconocido del geminiano: un lado con capacidad más que de sobra para hacer reír a las personas, aunque, por algún motivo inexplicable, Saga mantenía bien escondida esa faceta suya.

Después de aquello, Alessandra no tardó en volver. No se había alejado mucho en todo lo que iba de noche, aunque estaban seguros de que la presencia de Tatiana junto a ellos la había intimidado. Sin embargo, cada vez que regresaba, lo hacía con la más bonita de las sonrisas en sus labios.

Saga descubrió que las miradas de Camus y Shura iban y venían tras ella, prácticamente a la vez, y eso… sumado a lo francamente divertido que le resultaba hacerla sonrojar, le dio unos cuantos minutos más de inesperada diversión, cuando ya la había dado por perdida.

-Tienes una sonrisa preciosa. –Y al escucharlo, sus dos acompañantes se respingaron de un modo imposible de disimular. A las dos miradas que se clavaron en él inmediatamente, respondió con una sonrisa burlona; pero ella, con sus mejillas coloreadas, se veía aún más bonita y graciosa.

-Gracias. –Murmuró con una timidez inusitada, igual que el día en que le regaló las rosas de Afrodita.- Os traeré más vino.

Se alejó a toda prisa, dando pasos tan suaves, que si les hubieran dicho era una ninfa, ninguno lo hubiera puesto en duda. Saga dio un mordisco a un pedazo de pan, y al sentir las insistentes miradas sobre si, alzó el rostro, cargado de fingida inocencia.

-¿Qué?

-Estas… -balbuceó Shura.

-Seduciéndola. –terminó Camus. El moreno asintió airadamente, estando de acuerdo.

-¿Yo? –se hizo el loco, esbozando una sonrisa torcida.

Lo cierto es que aquella chiquilla no le despertaba ningún interés. Era una niña linda, pero eso nada más: una niña, a diferencia de la mujer con la que Alessandra hablaba en aquellos momentos.

Sus ojos habían reparado en ella por casualidad, hacía un ratito nada más. Había observado su ir y venir, el contoneó incesante de sus caderas y la sonrisa coqueta y presumida que iluminaba su rostro. No veía a Arabella desde un tiempo antes de morir la primera vez, pero allí, envuelta en aquel sugerente peplo de gasa blanca, y con su larga melena trenzada a la espalda, seguía viéndose como una diosa. Igual que siempre. Por eso, cuando la perdió de vista, y Alessandra volvió, no dudó. Tomó su mano, cuando pasaba frente a él, y la atrajo hacia sí, hasta que pudo hablarle al oído.

Las miradas inquisitivas de los otros dos, no hicieron sino aumentar cuando se levantó del suelo, se sacudió la arena de la túnica, y se despidió.

-Ha sido una noche larga y es tarde. –Los dos lo miraron con idénticas expresiones.- Os veré mañana.

Y sin decir gran cosa más, se dio la vuelta y se marchó, siguiendo los pasos de Alessandra, con las miradas estupefactas de Camus y Shura fijas en ellos.

-X-

No hizo falta caminar demasiado. Alessandra le condujo exactamente al lugar donde quería, más o menos. La chiquilla se despidió con un gesto de su cabeza, y se alejó rumbo al templo papal, con una mezcla de desilusión y emoción. La noche había terminado para ella. Sin embargo, cuando se quedó solo con la joven italiana, Arabella solo dibujó una sonrisa en los labios, y se dio la vuelta, alejándose por el sendero sumido en la oscuridad: ignorándolo, pero segura, y deseosa, de que él la seguiría.

No se equivocó.

Se alejaron lo suficiente como para que la decreciente algarabía fuera apagándose en la lejanía, hasta que ella se detuvo. Se dio la vuelta, y amparada por los restos de un viejo templo, lo esperó. Saga caminó hasta ella, hasta que la distancia fue apenas perceptible, y la hetaira, recortó el ínfimo espacio que los separaba.

-Te ves bien. –dijo ella.

-¿Tú crees? –Y por el sutil, y gracioso, modo en que arrastraba las palabras, Arabella no tardó en descubrir que había bebido demasiado.

Le quitó la jarra de la mano, y la dejó posada a un lado. Lo miró a los ojos, esbozando una sonrisa coqueta, y se puso de puntillas, acercándose peligrosamente. Su mano, trepó por su torso, hasta que sus finos dedos se enredaron en la melena azul. Tiró de ella suavemente, y lo atrajo hacia sí, manteniendo la casi inexistente distancia que los separaba.

-Deberías dejar de beber. –Susurró. Después, sin quitarle la vista de encima, lamió sus labios, lenta y provocadoramente, degustando el sabor fuerte que el vodka había dejado allí.- Y empezar a divertirte.

Tenía razón, mucha. Saga casi gimió de disgusto cuando se alejó unos centímetros, pero rápidamente sus dedos se enredaron en la melena trenzada, y antes de que ella tuviera tiempo de seguir jugando despiadadamente, devoró sus labios hasta quedarse sin aire.

-Ven conmigo. –susurró ella, con brillo goloso en los ojos. Tomó su mano, y lo guió, rumbo a los pasajes subterráneos de los doce templos. Sabía de sobra lo importante que era, especialmente para Saga, la discreción. A lo largo de los años, de su doble vida, había aprendido muchas cosas. El descaro de Ares era muy diferente a él. A Saga no le gustaban los chismes, ni los rumores propios o ajenos. Le gustaba mantener una pequeña intimidad, donde nadie, salvo los implicados, supiera lo que hacía o dejaba de hacer. Siempre había sido así, y no sería ella quien lo complicara.

-X-

Despertó de golpe, agitado, y prácticamente en el momento en que abrió los ojos se arrepintió de ello. Se dio la vuelta, quedó bocarriba respirando profundamente, intentando domar su pulso desbocado y tras unos segundos se sobó los ojos.

-¿Una pesadilla? –Reconoció al instante la voz de Arabella, siempre tan dulce y melosa como el mismo terciopelo. La hetaira le apartó el pelo del rostro, y Saga se incorporó sobre sus codos.- Te ves horrible, cariño.

-Me siento peor. –Y era cierto. No sabía en qué punto había considerado una buena idea ingerir más vodka que sangre había en su cuerpo, pero cuando terminó de sentarse, supo que aún seguía borracho.

La cantarina risa de la mujer, resonó en la habitación mientras se incorporaba. Caminó desnuda hacia su tocador, despreocupadamente. Saga la observó peinar su larga melena oscura y ondulada, y suspiró.

Arabella era, casi con toda seguridad, una de las pocas cosas que le resultaba agradable recordar de aquellos trece largos años. Ella había sido la hetaira favorita de Ares, la reina de su "harén", la consentida… y también la suya propia. Habían compartido cama más veces de las que podía recordar cuando el dios le daba un rato de paz. Ella había podido irse en aquellos momentos, pero siempre había decidido quedarse. ¿Por qué? No lo sabía, cuando Ares se iba solo quedaban sus pedazos… pero pacientemente, ella había ido armándolos.

Era guapa, increíblemente guapa, inteligente y lista; no en vano había sobrevivido a aquellos difíciles años. Sin embargo, lo único que les unía, y les uniría siempre, era el más que buen sexo y las afiladas e interesantes conversaciones que podían mantener, porque, incluso cuando él no era un genio socialmente hablando, ella obraba milagros. Era sencillo: sin ataduras, sin exclusividad, responsabilidades, o sentimientos. Ella no esperaba nada de él, y él no esperaba nada de ella. Era gratificante.

La noche anterior, Arabella había aparecido en el momento oportuno. Lo había sacado, se atrevería a decir que involuntariamente, del agobiante ambiente de la fiesta y de las incómodas miradas y pensamientos que nunca habían sido formulados en voz alta. Se había encargado de hacerlo olvidar, como siempre.

Saga se sobó los ojos nuevamente, y tras hacer a un lado todas aquellas reflexiones, decidió que era hora de volver a casa. Imaginaba que aún era pronto, porque el sol apenas se filtraba por la ventana, y daba las gracias por ello. Arabella, y las demás doncellas, vivían en las pequeñas cabañas a los flancos del templo papal… y era allí, precisamente, donde estaba. Debía desaparecer cuanto antes sin ser visto.

Se puso en pie, aún ligeramente tambaleante, y buscó su túnica por el suelo.

-Espera. –Arabella se acercó hasta él y, con delicadeza y una sonrisa plasmada en el rostro, le ayudó a ponérsela; para, finalmente, cerrar el broche de oro que acomodaba la túnica en su hombro.- Listo.

-Debo irme. –Ella asintió, mientras él se calzaba las sandalias.

-Aún es pronto, nadie te verá.

El peliazul inclinó suavemente la cabeza a modo de despedida, y abrió la puerta sin hacer un solo ruido. Cerró tras de sí igual de sigiloso.

Lo que no sabía era que Arabella se había equivocado, y que los ojos dorados de una doncella, a la que no había visto en mucho tiempo, lo contemplaron hasta que se perdió por la boca de los pasadizos.

-X-

Cuando la frescura de Géminis se dejó sentir, Saga respiró aliviado. Subió las escaleras tan rápido como fue capaz. Se encaminó a la cocina, con la única intención de encontrar algo en los armarios que aplacara la inclemente resaca y mantuviera a su estómago en su sitio, cosa que parecía improbable. Se deshizo de las sandalias por el camino, pero cuando llegó a la puerta, se detuvo de golpe.

Entreabrió los labios, dispuesto a decir algo, pero ningún sonido salió de ellos. Ladeó el rostro, permitiéndole a sus ojos unas mejores vistas del panorama y, finalmente, alzó las cejas estupefacto.

-Bonitas bragas.

Su voz sonó inesperadamente ronca y rasposa, tal y como se sentía; y Naia, sobresaltada, ahogó un grito. Dejó caer el frasco que sujetaba en sus manos y el cristal se hizo mil pedazos al rebotar contra el suelo. Inmediatamente, se llevó las manos a los labios.

Furtiva en aquel templo, había terminado con una pierna en la silla, y la rodilla en la encimera, con la única intención de alcanzar el armario que, sospechaba, albergaba un botiquín. La cabeza estaba matándola. Había sido tan discreta como había podido para evitar… precisamente esa situación, pero había fracasado. Vilmente.

-¡Saga! –exclamó, con un grito que sonó demasiado agudo para su gusto. Se quedó quieta, donde estaba, con la camiseta de Kanon cubriendo demasiado poco de su cuerpo, y con su gemelo, precisamente él, observándola como si de una aparición demoníaca se tratase.

-¿Qué…? –quiso preguntar él. "¿Qué haces subida en la encimera de mi cocina? ¿Aquí, en mi templo?", más bien. Pero entonces, cuando las manos de la amazona tironearon de la camiseta, con la única intención de que taparan algo más de sus muslos, cayó en la cuenta. No era difícil atar cabos.- Oh.

-Es que…

-¿Hm?

-Solo buscaba aspirinas.

-En el cajón. –Señaló el cajón con un movimiento de su cabeza, sin saber que más decir.

-Gracias. –Naia saltó de la silla.- Saga, yo…

-Me voy a dormir. –Y de pronto, olvidó que motivo le había llevado a la cocina. Solo quería caer en la cama, y cerrar los ojos.

-Continuará…-

NdA:

Shion: ¿Qué parte de que no quería problemas en las Panateneas no entendisteis?

Santitos: …

Kanon: ¡Oye! Nos lo pasamos bien en nuestra nueva vida, es lo que queríais, ¿no?

Saga: Habla bajo, Kanon, habla bajo.

Aioros: Al parecer, fue una sabia decisión rechazar el alcohol que me ofrecieron.

Kanon: ¿No vas a ejercer de enciclopedia andante como en los viejos tiempos, Saga?

Saga: Grrr…

Aioros: Creo que eso, es un no.

Kanon: Vale, vale, como queráis. Asumiré mi puesto como suplente… Las keftedes y los saganákis, son aperitivos del llamado "mezze" o entrantes de la gastronomía griega. Los keftedes son bolitas de carne picante, y especiada. Y los saganákis, son rebanadas de queso de oveja enharinadas y fritas, rociadas con limón y orégano. ¡Ah! Y el ouzo, es el vino anisado más típico del país.

Aioros: No lo has hecho mal.

Kanon: ¡Gracias, arquero!

Camus: Olvidas la aclaración en ruso. Dobry vecher, significa "buenas noches".

Kanon: Estamos un poco quisquillosos hoy…

Santitos: ¬¬'

Sunrise: Pues con este capítulo larguísimo, nos despedimos hasta la próxima. Tan pronto como nos sea posible.

Damis: Sería un placer pasar la vida escribiendo o dibujando, única y exclusivamente; pero tenemos trabajo, familia, amigos, ¡incluso un novio!

Sunrise: ¡Es imposible hacerlo de otro modo! ¡Mil gracias por los reviews!

Damis: ¡Ciao, ciao!