Capítulo 10: Atlantis

Saga nunca había sido del tipo de personas que dejaran al descubierto sus pensamientos, pero incluso él, no pudo evitar levantar la vista y observar con la incredulidad de un crío, el mundo de fantasía que era Atlantis. Nunca había estado ahí antes y, con sinceridad, tampoco había invertido tiempo reflexionando acerca de cómo serían los dominios de Poseidón; aquel sitio le provocaba suficientes escalofríos como para dedicarle aún más pensamientos de los que le había destinado. Sin embargo, no podía evitar sentirse envuelto y sobrecogido por el misticismo con que aquel rincón del mundo les daba la bienvenida.

Miró de reojo a Aioros, solo para contener una sonrisa al contemplar la expresión de su rostro, mucho más obvia que la propia. Pero ¿cómo culparlo? Atlantis era una maravilla como pocas en el mundo exterior, cuya belleza era difícil, si no imposible, de pasar por alto, o siquiera de concebir.

La tarde ya había caído sobre el Santuario, cuando lo abandonaron para descender hasta la profundidades del océano. Arriba, el cielo lucía como un lienzo cundido de pinceladas de colores oro, rojos y grises. Sin embargo, atravesando la enorme bóveda de agua que ahora estaba sobre sus cabezas, el panorama se había teñido de tonos azules y naranjas, en una perfecta combinación con las centenas de corales que decoraban el suelo marino y con las sombras de los animales que surcaban las aguas cercanas a la superficie. Una ligera bruma inundaba el espacio entre ellos y el techo de aguas cristalinas. A lo lejos, distribuidos en todas las direcciones, las sombras de los siete pilares los delataban como orgullosos guardianes de aquel cielo azul turquesa. El aire estaba impregnando de un profundo y refrescante olor a salitre. El sonido del viento era reemplazado por el susurro de las olas, adormecidas por el preámbulo que la entrada de la noche ofrecía, mientras que la humedad en el ambiente calaba hasta lo más profundo de ellos.

De no haberse sentido carcomido por los nervios, el santo de Géminis hubiera disfrutado de esa maravilla. Pero la inquietud que tenía dentro crecía a pasos agigantados, dejándolo con nada más que un montón de escenarios, de los cuales ninguno era benévolo con él.

-Athena. –Su atención hacia el paisaje que mantenía atrapados a sus ojos desapareció cuando la voz suave y aterciopelada de Julián resonó en el silencio. Encontró su silueta frente a ellos, en lo alto de las escalinatas del soporte principal, escoltado por sus seis marinas, cuyas miradas afiladas no escaparon a la percepción del geminiano.- Bienvenida.

Por un instante, el santo de Géminis deseó estar dentro de su cerebro, esculcando sus pensamientos y encontrando lo que sentía detrás de aquel rostro lleno de cordialidad. ¿Sería sincero? ¿O, estaba todo perfectamente planeado para ocultar diferencias?

Pero para el joven dios, nada era menos complicado. Podía no estar al tanto de ciertos detalles, pero la historia de ambos santos que tenía enfrente, le era muy clara.

Con todo el desprecio que pudiera sentir por Kanon, en el fondo sentía un contradictorio respeto por el poder que tenía. Le gustara o no, el Dragón Marino había ayudado a cimentar a Atlantis, cuando ellos no eran más que unos niños. Kanon había entrenado a cada hombre ahí; los había hecho fuertes, pero nunca a su nivel. Y, sin embargo, ahí frente a él, Poseidón tenía a dos hombres cuyas sombras se habían proyectado tan alto, que Kanon había terminado enterrado bajo su leyenda. La reencarnación de un dios y el heredero al Patriarcado Ateniense: Kanon era temible, pero el respeto por ambos debía ser mayor, y el recelo también.

-Atlantis os da la bienvenida a todos. –Sus ojos azules recorrieron los rostros de Géminis y de Sagitario.

Ni Saga, ni Aioros, respondieron, limitándose a asentir para aceptar su recibimiento, compartiendo el mismo recelo. Lo contemplaron detenidamente mientras descendía por las escalinatas para ir al encuentro de la joven Athena, no sin poder sacarse de la cabeza la juventud del peliazul y, sin darse cuenta, arrugaron ligeramente el semblante cuando tomó la mano de la diosa entre las suyas para depositar un beso sobre ella.

-Julián. –Saori correspondió el gesto con una sonrisa enorme.- Estoy feliz de poder verte de nuevo.

-Espero que no sea ésta la primera y única visita. Siempre serás bien recibida aquí.

-Será la primera de muchas, te lo aseguro. -Al verla sonreír una vez más, Julián la imitó.

-Es un honor teneros aquí. Os habéis hecho de una reputación propia bastante… impresionante. –Se dirigió a los santos. Aunque el gemelo no se inmutó en lo más mínimo, Aioros si terminó por levantar las cejas con curiosidad y esbozar la mejor sonrisa que pudo bajo dichas condiciones.- Pero habrá tiempo de sobra para hablar sobre vosotros en la cena. Todo esta listo para recibiros como se debe.

-Gracias. –El arquero musitó mientras observaba a la pareja de dioses tomando la delantera.

Saga les siguió también, aunque sus preocupaciones iban más centradas en el pequeño grupo de adolescentes que contemplaban la escena desde la parte más alta de las escaleras: las marinas de Poseidón.

El desagrado que la situación les generaba era tan denso, que resultaba imposible de obviar. Sus miradas lo habían dejado claro desde el primer momento y el santo no les culpaba. Si él tuviera que mirar a los ojos al mismo rostro que alguna vez había sido su perdición, con toda seguridad se sentiría igual que ellos. El nombre de Kanon pesaba muchísimo aún… y su ausencia casi pesaba más.

Así que, cuando pasaron a su lado y sus ojos siguieron cada movimiento suyo, el peliazul solo pudo clavar sus propias esmeraldas en ellos. Hubiera pensando que estaba paranoico por sentirse de ese modo, de no ser porque incluso Aioros lucía especialmente tenso con la presencia de los guerreros más jóvenes. Pero estaban ahí para quedarse, y no tenían tiempo para pesar de ello hasta el punto de obsesión. Solo les quedaba una opción: enfocarse en su joven princesa, y en nada más.

Saori iba unos pasos por delante de ellos, con Julián a su lado, mostrándole cada detalle del templo principal que reinaba por encima de todos sus dominios, el mismo que recorriesen alguna vez como enemigos. Al lado del dios, la pelilila lucía pequeña y frágil. Niké, sin embargo, competía en brillo con el tridente del señor de los mares, dispuesta a demostrar su poderío.

Por fin, atravesaron el enorme arco de mármol rosa, con decenas de sirenas y monstruos marinos tallados en él, hasta que el salón les dio la bienvenida. La frescura que el mármol despedía los arropó lentamente, conforme se perdían en las entrañas del antiguo edificio.

-X-

-Son desagradablemente iguales. –Eo susurró al oído de Baian. El castaño no pudo negar una verdad que compartía.

Del otro lado de la mesa, Aioros y Saga parecían encaprichados en ignorar a todos y a todo, salvo a su joven diosa.

Lo cierto era que, en cada gesto del gemelo, los generales no podían evitar ver el rostro del maldito Kanon. Solamente hacía falta la sonrisa retorcida y la mirada perdida en locura para completar su imagen. Pero según habían escuchado, el mismo Saga no estaba demasiado alejado de todo aquello.

Por catorce años, con el dios de la guerra habitando dentro de él, se había apoderado del Santuario de Athena. Había gobernado con mano de hierro y, si había fallado, había sido gracias a la misma magia que derrumbase a Poseidón un tiempo atrás: los santos de bronce. Solo muerto Ares había perdido la batalla; y, ahora, en un irónico giro del destino, el mismo hombre que alguna vez la traicionase, se sentaba al lado de la joven diosa, enarbolando el estandarte de protector. Athena tenía que ser una mujer sumamente misericordiosa… o estúpida en exceso.

-No sé como ha tenido el descaro de presentarse aquí como si nada. –Respondió el general del Pacífico Norte.

-Será cuestión de Athena. Una mujer que abriga a nuestro enemigo no debería ser nuestra aliada. –Eo remojó un trozo de pan de pita en el tzatziki e, instantes después, se lo llevó a la boca.

El castaño torció la boca, mientras una parte de él le daba la razón a su compañero.

Por supuesto, dichos pensamientos debían guardarse para ellos. Julián jamás permitiría que hablaran así, mucho menos cuando aquella tregua entre ambos bandos eran tan incipiente y frágil aún. A pesar de eso, si de algo podían sentirse seguros era de que la desconfianza era recíproca.

-Guardad silencio. –Ordenó Sorrento, de manera tan repentina y sigilosa que hizo a ambos respingarse. No esperaban que nadie más compartiera su conversación, pues cada quien estaba en sus propios asuntos. Pero la mirada violeta del general de Sirena no le dio opción a réplica.- Son invitados de Julián. Tened cuidado en el modo en que os referís a ellos. –Murmuró, deseando con todas sus fuerzas que el parloteo de sus compañeros no hubiera llegado a oídos de alguien más. Al igual que a sus compañeros, compartir la mesa con el rostro de Kanon le revolvía el estómago. Pero no tenían más opción. Aún si Julián se sintiera incómodo al respecto, sabía que no movería un dedo para importunar a Athena… incluso si eso significaba tragarse la rabia que pensar en el gemelo menor les causaba.

-Relájate, Sorrento. No haremos ninguna estupidez, si eso es lo que te preocupa. –Eo le respondió.

-Tampoco tenemos deseos de liberar al demonio aquí mismo. –El vino rozó los labios de Baian.- Si Kanon era un jodido loco, imagínate lo que será la reencarnación de Ares…

-Os dije: Silencio. –Recalcó Sorrento. Estaba tan de acuerdo como ellos como podía estarlo, pero su prioridad era mantener la cordura.

Siren llevó la mirada hacia los dioses. Ni Poseidón, ni Athena, se habían percatado de su conversación, sino que seguían con si propia conversación a gusto. No así, y aunque no podía escuchar lo que murmuraban, Saga no había despegado los ojos de ellos durante un par de minutos. No estaba seguro de que tanto había comprendido el gemelo sobre los temas que le involucraban, pero a pesar de eso, el marina pelilila se atrevió a sostenerle la mirada. Podía tener mejor control sobre su lengua que sus compañeros, pero no por eso se sentía a gusto con la presencia de sus visitantes en Atlantis.

Pero el santo de Géminis no estaba dispuesto a rendirse ante la incomodidad… o al menos, no a demostrarlo. Estiró su mano para alcanzar su copa. Cuando lo consiguió, la llevó hacia sus labios y bebió de ella hasta vaciarla. El sabor del vino se le impregnó en la boca, tan amargo como el momento.

-Servid más vino. –Se oyó, de pronto, la voz de Julián, rompiendo la inercia tensa del momento.- Nuestros invitados han vaciados sus copas.

-Oh… -Aioros se apresuró a cubrir la boca de su cáliz con la mano.- Para mi es suficiente por hoy. Te lo agradezco.

-¿Seguro? Es el mejor vino que encontrarás en Grecia.

-Muy seguro. Gracias. –Reafirmó sus palabras con movimiento de cabeza y una sonrisa.

-Bien. ¿Saga?

-¿Si? –Lentamente, el gemelo apartó la mirada de Sorrento y la fijó en Julián.

-Tú no vas a despreciarme el vino, ¿cierto? –El gemelo suspiró. Se lo pensó dos veces, aunque sin siquiera entender el por qué. ¿Qué demonios? ¿Qué más daba una copa o dos?

-No, no voy a rechazarla.

-Excelente. –Poseidón contempló como el líquido carmesí llenaba poco a poco la copa.- Entonces, contadme. ¿Qué tal os ha parecido el regreso?

-Bueno, pues… -Aioros miró a Saori quien sonrió mientras los observaba, con esos ojos transparentes que no se molestaban en ocultar la felicidad que sentía al tenerlos ahí.- Ha sido todo un reto. –Acertó a decir.

-Puedo imaginarme. ¿Cuánto fue? ¿Catorce años? La libertad debe saberos tan bien. –Observó disimuladamente al gemelo. Sabía a que se refería exactamente.

-Es un concepto vago. –Terció el gemelo.

-¿Eh?

-Libertad. Demasiadas interpretaciones, probablemente ninguna correcta. –Dijo antes de sorber un poco de vino, mientras Julián lo miraba con más intriga que nunca.- De cualquier forma, Aioros lo dijo bien: Los retos son otros.

-Asumo que estaréis a la altura.

-Lo están. –Saori intervino, solo para ser interrumpida un segundo después por el arquero.

-Lo intentamos. –Los dioses sabían que de verdad se esforzaban, sin mucho éxito.

-Seguro que todos lo intentáis. –El tono sarcástico de Eo no engañó a nadie, pero tampoco consiguió reacciones exageradas.- Tenéis un equipo de maravilla.

-Lo tienen. –Poseidón recalcó, con la intención de borrar todo sarcasmo en la voz de su general marino.- La reconstrucción de tu Orden ha sido todo un éxito, ¿o me equivoco? –Se dirigió a la diosa. Ella asintió.

-Lo ha sido…

Y después, contó la historia completa de lo que había sido el regreso y todo lo que implicó… o implicaba aún. Julián la escuchó, anonadado en su voz, pero sin pasar por alto el duelo de voluntades que se libraba frente a ellos.

-X-

Aioros se despojó de la armadura, para dejarse caer sobre la cama. Estiró un poco la espalda, y casi como reflejo, volvió a sentarse en un santiamén. Sentía sus hombros tan tensos como el resto de su cuerpo; estrés en su pura esencia. Llevaba varias horas esperando que la cena terminara, pero ahora se había encontrado con una sorpresa adicional: lo último que había esperado, era que Julián decidiera ponerlos a compartir habitación. Y, según veía en el rostro de Saga, él no era el único sorprendido.

El peliazul lucía como un león encerrado. Paseaba por el dormitorio, sin por qué ni para qué; simplemente nervioso… más de lo que quisiera mostrar. De haber podido, habría escapado por alguna ventana, según lo pensaba el arquero. Pero también sabía que el gemelo no permitiría que la ansiedad lo destruyera tan pronto. Después de todo, esa bizarra aventura apenas estaba comenzando y tenían más que tiempo suficiente para incomodarse el uno al otro aún y también a los marinas.

Cuando lo vio detenerse frente a la ventana para perder la mirada en el exterior, supo que era su oportunidad de romper el silencio. Siempre le sucedía lo mismo: el estrés le provocaba una necesidad insana de hablar, aún si tuviera que hacerlo con las piedras. Además, desde su llegada se había repetido hasta el cansancio que se esforzaría por no hacer de esa visita un infierno para ambos.

-Es bonito aquí abajo. –Habló, mientras sus ojos azules esculcaban la silueta de su compañero, en busca de cualquier gesto que le indicara algo acerca de su estado de ánimo.

-Lo es. –La respuesta sorprendió al arquero.- Lástima de toda la maldita tensión. –Lo oyó mascullar, un segundo después.

-Es bastante obvio que no somos precisamente sus personas favoritas. –Y se incluyó para no hacerlo sonar peor. Sabía que era el rostro de Saga lo que realmente revolvía el estómago de los marinas.

-No es como que me hubieran dado opciones. Yo tampoco quería estar aquí.

-Bueno… -El castaño sopló sus rizos.- No es mucho consuelo, pero parece que ni siquiera Shion la hizo cambiar de opinión. Eso es decir bastante.

Saga volteó a verlo y, por la mirada que le dirigió, Aioros supo que entendió el punto. Podía decir que la resignación del gemelo era enorme y cada vez más frágil. Así que, en el momento en que se encaminó a la cama para tenderse en ella, solo atinó a seguirlo con la mirada.

-Al menos tenemos una habitación cómoda. Estoy viejo para las misiones en las que tenemos que dormir sobre un montón de piedras. –Al oírlo, el santo de Sagitario no pudo contener una sonrisa.

-Buena suerte para ti que no ronco.

-¿Estás seguro?

-Creo que si.

-Ya te diré mañana.

La conversación fue breve, intrascendente y quizá algo torpe, pero al menos fue una conversación. El intercambio de palabras había sido más que lo que Aioros esperaba y, si había servido para algo, era para calmarle un poco.

-Al menos Saori está tranquila y Julián se ha sido cordial. –Miró de soslayo al peliazul tendido en la cama de al lado.

-Puede darse el lujo de dejar los recelos para sus marinas.

-Así tiene toda su atención para la princesa. –Añadió el arquero. Comenzaba a comprender las preocupaciones del calvito mayordomo.

-Quizás debamos conseguirle un babero. –Saga solo reparó en la rápido que salieron las palabras cuando escuchó la carcajada de Aioros. No estaba seguro de querer reírse de una situación como aquella, ni tampoco de querer preocuparse.

-Crees que deberíamos asustarnos por eso mismo, ¿cierto?

-No dije eso. –Pero lo había pensando. Tal parecían que en ciertos detalles, aún mantenía una sintonía casi perfecta con su antiguo amigo.

-Es pronto para saber que pensar de Julián. Al menos en lo que a mi respecta, apenas lo conozco.

-Tampoco puedo decirte que pensar. Solo sé que si en verdad desea cimentar las alianzas con Athena, tendrá que esforzarse en algo más que palabras bonitas, vino y cenas elegantes.

Aioros asintió de manera casi imperceptible a las palabras de Saga: estaba de acuerdo en eso.

-X-

Ahogó un bostezo y se sobó los ojos. Dio un último vistazo atrás, antes de dejar la silenciosa habitación a sus espaldas. Con suerte, Aioros continuaría dormido hasta que él volviera y el asunto no trascendería. Esperaba que sucediera así porque, la verdad era, que no se sentía con ánimos de justificar su escapada.

Simplemente no podía dormir, era una noche más de insomnio. No sentía especial curiosidad por el reino marino, aquellos parajes hacían que se le erizara la piel cada vez más. Pero necesitaba un poquito de aire que le terminara de despejar.

Se sopló el flequillo, y descendió por la escalera, hasta que sus pies se toparon con el suelo de piedra y arena. El edificio era una construcción peculiar. Y aunque las habitaciones tenían una salida a los corredores interiores, descubrió que la que Julian les había asignado, también contaba con una escalera al exterior.

Alzó el rostro, echó un rápido vistazo a sus alrededores y suspiró. La idea de que aquel lugar era asombrosamente bonito volvió a su mente, eso era incuestionable. El Pilar Principal se alzaba majestuoso en medio del pacífico campo de coral y arena. Aunque todo estaba sumido en la penumbra de la noche, la luz de la luna se filtraba a través de la profundidad de las aguas que formaban el cielo de Atlantis, haciendo que los corales y anémonas reaccionasen de un modo mágico ante su sutil caricia. El sonido de las olas llegaba amortiguado a las profundidades, y solamente las sombras de los inquietos peces allá arriba, parecían romper la paz del reino.

No supo cuanto tiempo había caminado, y tampoco tenía la menor idea de por qué motivo había terminado llegando hasta allí. Sin embargo, cuando el soporte del Atlántico Norte proyecto su larga y oscura sombra sobre él, se quedó completamente quieto. Observó los alrededores al detalle, rememorando todas las palabras que había escuchado acerca de lo que sucedió allí… y una vez más, se encontró preguntándose por qué. ¿Por qué habían llegado tan lejos? ¿Cómo era que Kanon había…? ¿Tanto les había odiado para desencadenar todo aquel desastre?

Se estremeció, y casi por instinto, se abrazó a si mismo, robándose los brazos en busca de un poco de calor. No lo entendía, y no creía que jamás fuera capaz de hacerlo. A pesar de todo, continuaba aferrándose a la idea de que algo tenía que haber ido demasiado mal como que su hermano hiciera semejante locura, que de alguna manera, le quedaba algo de inocencia al respecto… que tenía una disculpa. Pero sabía que no era así. No había justificación posible… y resultaba doloroso.

Suspiró de nuevo, y justo cuando pretendía darse la vuelta por donde había venido, sintió una presencia desconocida tras él.

-X-

Apretó los dientes con tanta fuerza, que su mandíbula comenzó a doler. Sentía su cuerpo temblar de ira, y aún así, se atrevió a recortar la distancia que la separaba de aquella silueta de sobra conocida. Elevó su cosmos con suavidad, lo suficiente como para hacerse notar por él, pero por nadie más. Y tal y como pensó que haría, sus hombros se tensaron de inmediato. El peliazul se dio la vuelta lentamente, pero antes de que tuviera tiempo de cruzar sus ojos con él… Tethys volteó su rostro de un fuerte bofetón.

Saga tragó saliva y permaneció inmóvil, buscando una explicación para aquel encontronazo. Ni siquiera había tenido tiempo de verla, menos aún para ofenderla. Sin embargo, ella no se había andado con tonterías. Estaba seguro de que su mejilla tenía aquella bonita mano tatuada en ella.

-Hay que ser muy cínico para atreverse a volver aquí después de todo lo que… -Y solamente entonces, Saga giró el rostro para verla.

Tethys abrió los ojos desmesuradamente, y sus labios se entreabrieron dispuestos a decir algo. Sin embargo, ninguna palabra se atrevió a abandonar su garganta e, inmediatamente, se llevó las manos al rostro.

-¡Perdón! ¡Perdón! –exclamó.- Creí que eras…

El peliazul respiró hondo y se colocó la melena azul en su lugar. Se humedeció los labios, ignorando el escozor de su mejilla, y contempló a su inesperado acompañante. La melena rubia y ondulada caía por su espalda, y aquel enorme par de ojos azules lo miraban espantados y avergonzados. No era difícil saber qué había sucedido.

-No soy Kanon, no. –murmuró. Tethys retiró las manos del rostro, y se mordisqueó el labio al pensar de nuevo de en la magnitud de su error.

-¡Lo siento muchísimo! Te vi y creí que eras él, y… -Se dio cuenta de que comenzaba a hablar más rápido de lo que el otro podría entender, y calló de inmediato. Dejó caer sus hombros, y agachó el rostro.- Debí imaginar que Athena no cometería tal afrenta.

-Tranquila. –Y a decir verdad, no se había recuperado del shock inicial, pero la rubia, con todo su nerviosismo e insistencia por corregir su error, comenzaba a hacerle gracia.- No pasa nada. No es la primera vez que alguien nos confunde. –Se encogió de hombros, pero la mirada de espanto en la chiquilla no se fue.- Solo no cuentes esto por ahí. –Y sonrió, apenas por un instante, pero lo hizo, y fue suficiente para que la sirena se relajara inmediatamente.

-Soy Tethys, la Sirena.

-Saga. –Esta vez fue ella quién esbozó un gesto algo más alegre, aunque no carente de cierta vergüenza.

El geminiano se sentó en las escaleras, y se sopló el flequillo. La sirena lo siguió, y rápidamente, se acomodó a su lado. No le pasó desapercibido el modo en que sus ojos lo miraban, intentando encontrar las diferencias, imaginaba. Y le pareció gracioso. De todas sus múltiples hipótesis catastróficas acerca de lo que podía suceder en Atlantis, aquella no había entrado en su lista.

-Sois… -murmuró.

-Iguales. Es más fácil ver las diferencias si estamos juntos, supongo. –Ella volvió a morderse el labio con nerviosismo, al reparar en la pequeña cicatriz de la ceja.

-Pensarás que soy una loca.

-Bueno… no era el tipo de acontecimiento que había barajado en mis planes al saber que tenía que venir, pero… -se encogió de hombros.- Podía haber sido algo peor.

-Si, supongo que si.

-¿Muy enfadada con mi hermano?

La pregunta casi escapó de sus labios. Estar en Atlantis era un recordatorio constante de su gemelo, pero después de la airada reacción de la sirena al verlo, no podía sino aumentar su curiosidad.

-Podría decirse. Kanon era… –Sonrió casi con timidez, y Saga se preguntó cuantos años tenía aquella niña.- Especial. –apenas pudo escuchar su voz al pronunciar la palabra, e inmediatamente, el geminiano frunció sutilmente el ceño. No era que tuviera excesiva experiencia para lidiar con ciertos… asuntos. Pero tenía la sospecha, de que Kanon era especial para la sirena de muchas maneras diferentes.- En fin. ¿Cómo os va ahí arriba?

-Bien. –Utilizó su respuesta talismán para todo, y jugueteó con una diminuta caracola entre sus dedos.- Poco a poco.

-Es difícil recomponer todo… -el geminiano asintió, pero no preguntó nada más.- No solo reconstruir el reino entero, sino nosotros… Enfrentarnos a la realidad después de todo lo que pasó…

-Si, se lo que quieres decir. –"Superar el engaño". Pensó. Y es que Atlantis y el Santuario pasaban por lo mismo, al fin y al cabo. Solamente les quedaba resurgir de las cenizas. Tethys suspiró a su lado.

-Kanon… -comenzó. Pronunció su nombre casi como un susurro, igual que las veces anteriores.- Lo apreciaba mucho, ¿sabes? –Dándose cuenta de inmediato de su error, rectificó.- Lo apreciábamos, quiero decir. –Carraspeó.- Era intimidante y temible, pero lo queríamos a nuestra manera. Éramos un equipo. –Hizo una pausa de unos segundos, y lo miró fugazmente, con nerviosismo.- Al menos nosotros. Es obvio que él tenía otros pensamientos.

-Kanon siempre será Kanon. –Era algo que todos debían comprender. Su hermano solamente se era fiel a si mismo y cuando uno lo quería… eso terminaba por resultar terriblemente doloroso.

-Si…

Continuó viéndolo en silencio, analizando aquel rostro que había confundido con el del antiguo General. Ahora se daba cuenta de que en verdad eran diferentes. Saga lucía más serio, más sereno. Kanon siempre llevaba aquella sonrisa burlona plasmada en el rostro, y de pronto, imaginarse a Saga con aquel gesto, se sentía extraño, sin importar que solo lo conociera desde hacía unos pocos minutos. Hablaba de otra manera, sin prisa, con cierta suavidad pero con autoridad… Era diferente, y de alguna manera que no comprendía, se sentía confiable.

Probablemente, era la primera vez que la cercanía de un Santo no la molestaba, sino lo contrario. ¡Las cosas habían cambiado mucho después de la guerra! Y la propia visión de la vida que ellos tenían, también.

Se descubrió sonriendo, y al parecer, Saga también lo notó. El geminiano alzó una ceja con curiosidad.

-¿Qué pasa?

-Nada. No es nada. Solo encontraba diferencias.

-Oh.

-Infundes una curiosa sensación de calma, ¿lo sabías? –el peliazul ladeó el rostro.

-¿En serio? –Ella asintió.

-Aja. Hay algo… -se encogió de hombros y rió.- No lo se.

-Es la primera vez que me dicen algo así.

-¡Es algo bueno! –se apresuró a aclarar.

-Lo se, lo se. –Esta vez fue él quién rió con suavidad. La niña le gustaba. Para ser una sirena había resultado inesperadamente franca y cercana.

-¿Qué haces aquí de todos modos? ¿A estas horas? –Y por "aquí", Saga no sabía si se refería al Pilar del Atlántico Norte, o a allí, simplemente fuera de su habitación. El peliazul se encogió de hombros, y ahogó un bostezo.

-No tenía sueño. –La rubia sonrió ante la traición de sus gestos a sus palabras.

-Deberías volver y descansar. –Se puso de pie de un salto, y le tendió la mano.- Vamos. Te acompaño. –No le dio tiempo a negarse, lo tomó y lo arrastró consigo.- No es bueno que los santitos andéis solos por ahí… Los cantos de sirena son peligrosos para tipos como tú.

Saga sonrió. Al parecer no todo ahí abajo era tan amenazador como parecía… Al menos no aquella sirena adolescente, que se atrevía a decir, estaba "enamorada", tanto como una chiquilla podía estarlo, de su hermano.

-X-

-¿Dormiste bien? –Julián le tomó de la mano y la guió hasta su asiento, en la cabecera de la mesa opuesta a donde él estaría.

-Excelente. Ha sido una delicia pasar tiempo contigo.

Las doncellas aparecieron de la nada tan pronto el joven Poseidón se acomodó en su silla. El olor del café y del chocolate caliente inundaron el salón, casi opacando a la dulce esencia de los panecillos recién horneados que inundaron la mesa entre ambos.

-Gracias por recibirme. –Le dijo nuevamente ella, mientras untaba jalea en un trozo de pan.

-Eres bienvenida siempre que lo desees.

-Oh, espero que no te arrepientas de eso. –Añadió con travesura, a lo que él respondió con una sonrisa.

El peliazul bebió un sorbo de su taza de café, siempre mirándola a través de la delgada capa de humo. Se relamió los labios, disfrutando del sutil sabor de la avellana en su bebida, y se detuvo un momento simplemente a admirarla.

No había olvidado por un solo segundo la locura que había hecho al pedirle matrimonio un tiempo atrás, tampoco había olvidado las razones que lo arrastraron a eso. Mucho menos podía decir que se había sacado de la cabeza la catástrofe que había seguido a aquel momento de rabia y de desprecio. Y, mientras más pensaba en ello, más comprendía como el alma de los dioses dentro de ellos, afectaban cada decisión en sus vidas en formas que nunca imaginaban.

-¿Puedo preguntarte algo? –Se animó a cuestionarla, por fin; aquel tema que estaba a punto de iniciar llevaba días dándole vueltas en la cabeza. Saori, intrigada, ladeó la cabeza, haciéndole saber que aceptaba el reto.- ¿Cómo lo haces? ¿Cómo… puedes obviar todo el mal que alguien es capaz de hacer, y llamarlo aliado?

-¿Esto es por Kanon?

-En parte, pero no es solo por él.

-¿Dudas de mis razones para venir a verte? No estoy aquí en una supervisión, si eso es lo que temes, Julián. –Ella se olvidó un momento del desayuno. Dejó el pan sobre su plato mientras limpiaba suavemente la comisura de sus labios con la servilleta, divinamente bordada en tonos azules.- Estoy aquí, porque me place estarlo, porque has demostrado que tus metas pueden ser iguales a las mías… y porque me has dado pruebas de buena fe.

-Una sola demostración de buena fe. ¿Con eso te basta?

-¿Por qué no? –La explicación que Julián tenía era mucho más sencilla en su mente que cuando intentaba ponerla en palabras. Así que, cuando no consiguió plantear sus pensamientos, dejó a su frustración escaparse en la forma de un bufido mal disimulado.

-No sé como explicarlo.

-Yo si. –La joven terció.- En el momento en que más necesitábamos de un aliado, usaste tu poder para ayudar a mis santos. Lo hiciste sin que nadie te lo pidiera, solo por el hecho de ayudar, porque era lo correcto. No puedo rechazar algo así, ni tampoco hacerlo de menos. Hiciste algo valioso, que debe ser reconocido.

-Aún así… -El heredero Solo se sopló los flecos. No estaba ni mínimamente convencido de las explicaciones de Athena.- Hay crímenes que simplemente no pueden olvidarse.

-Esto es por Kanon. –Replicó ella, y en esa ocasión no estaba cuestionando nada.

-Ese hombre intentó asesinarte cuando eras tan solamente una bebé. Vivió catorce años planeando cada detalle de una masacre de dimensiones catastróficas. Retorció todo, Athena, todo, a su manera para intentar matarte una vez más, y lo hizo tomando miles de vidas en el proceso. –Los ojos azules de Julián, blindados de emociones hasta ese momento, se llenaron de rabia.- No soy un hombre perfecto, ni mucho menos predico de ser un gran ser humano, pero, ¿cómo es que Kanon puede vivir como si nada hubiera pasado? ¿Cómo puede mirarte a los ojos, sin sentirse el ser más ruin del mundo por dejarse llevar por su hambre de poder? Es como si para él, no existieran las consecuencias en nada de lo que hace.

Saori se mantuvo en silencio mientras escuchaba, dispuesta a permitirle expresar cada idea que cruzara por su mente, equivocada o no. Estando en su posición, probablemente se sentiría igual. Pero era que ella simplemente no podía mirar hacia un lado y negar a Kanon la oportunidad de redimirse de todos sus pecados.

Estaba segura de que la vida no era tan sencilla para Kanon como Julián quería creer. Tampoco creía que el gemelo hubiera olvidado todo el dolor que causó y las lágrimas que cayeron por su culpa. Ella lo había visto llorar a los pies de Milo, le había visto levantarse para dar su vida a cambio de expiación. Recordaba sus ojos ahogados en lágrimas, y nublados por el profundo pesar que atribulaba su corazón. Kanon era mucho más de lo que el joven Poseidón pensaba. Había cambiado… se había redimido. Era diferente.

Si ella, que era quien debía protegerle, velar por él y amarlo, no lo hacía, ¿qué pasaría con un alma perdida como la de Kanon, que buscaba desesperadamente un camino que seguir?

-No puedes odiarlo para siempre, ni tampoco creo que tengas suficiente conocimiento para juzgarlo. No le has visto, Julián. Tú no le viste buscar el perdón que tanta falta le hacía.

-Aquí no ha buscado nada de eso, e hizo tanto daño como ahí arriba. –Respondió el peliazul con voz grave.

-Algún día lo hará, estoy segura. Pero, mírate, mira a los otros: ahora mismo, ninguno podría perdonar nada.

-Ninguno cree que Kanon merezca ser perdonado tampoco.

-Ay, Julián… No quiero que esto sea un obstáculo entre Atlantis y el Santuario.

-Pides demasiado. Puedo calmar a mis marinas, pero no puedo cambiar lo que sienten. –Julián deslizó el dedo por la boca de su taza, aún humeante.- Kanon nunca será bien recibido en mis tierras. Espero que comprendas eso.

-Lo comprendo.

-Bien.

-Supongo que también tomará tiempo que confíen en nosotros. –Saori continuó.

-Tanto como le tomará a los tuyos hacerse a la idea de que no somos más el enemigo. –Saori sonrió: Julián había pillado los problemas tan bien como ella.

-Hay mucho que solucionar. –Admitió.- Pero también hay tiempo de sobra.

Julián asintió. Sin embargo, en su rostro, la pelilila encontró tanto recelo como en el de sus generales marinos y en el de sus propios santos. Tal parecía que, en ocasiones, ella era la única que encontraba optimismo en esa alianza.

Resopló…

Ojala las cosas mejorasen, o ese intento de paz no iba a terminar del todo bien.

-X-

Cuando Saga intentó disimular el segundo bostezo en apenas un par de minutos, Aioros alzó una ceja con cierta curiosidad y volteó a verlo, mientras continuaban caminando sin rumbo fijo. Pronunciar palabra alguna en su compañía no resultaba en absoluto fácil. Sin embargo, ahora que Saori les había dejado finalmente solos, Aioros no podía sino repetirse una y otra vez el consejo de Shura en su cabeza. "Háblale tú.

-¿Una mala noche? –No sin cierta sorpresa, notó el diminuto respingo de Saga, que apenas lo miró fugazmente al escucharlo.- Te ves cansado.

-No podía dormir. –Aioros asintió, agradecido de aquella sinceridad. Podía ser un detalle minúsculo, pero le valía en medio de tanta tensión.

-No es mi culpa. Te dije que no roncaba. –alzo las manos, a la defensiva, y hubiera jurado que el peliazul había esbozado un minúsculo gesto que podía recordar a una sonrisa.- Es extraño estar aquí. –Oteó el paisaje que les rodeaba, y respiró hondo. La inmensidad del océano sobre sus cabezas, le resultaba claustrofóbica.

-Si… -El castaño lo vio de soslayo una vez más, recordando los viejos tiempos en que él era la única persona, prácticamente, con la que Saga mantenía una conversación relajada. Todo aquel silencio le recordaba a la época más turbulenta de su vida.

-¿Saliste? –Esta vez, los ojos esmeralda de Saga fueron los que lo buscaron. Sabía cual era la respuesta, lo había visto abandonar la habitación.

-Si, estuve caminando un poco por ahí.

-¿Solo? –Preguntó, aún a riesgo de pecar de insistente.

No era que ambos fueran niños indefensos, más bien todo lo contrario. Pese a ello, Atlantis era territorio enemigo. Quizá había una alianza de paz de por medio, pero eso no eliminaba la sensación de peligro. A cada paso que daban, notaban un par de ojos clavados en sus espaldas, miradas acusadoras cargadas de desconfianza, que les advertían de que aquel no era su lugar.

La idea de ir no les había gustado a ninguno, pero Aioros se había sentido mejor sabiendo que, dentro de lo malo, no estaría solo ahí abajo.

Dudaba de que nada malo sucediera. No creía posible que las marinas iniciaran un pleito… aunque ignorar el modo en que sus ojos fulminaban a Saga cada vez que lo veían, resultaba imposible. La semejanza con Kanon era, tal y como él mismo había mencionado, más que un enorme problema.

-En realidad no. –La respuesta, que nunca pensó que llegaría, lo tomó por sorpresa.- Conocí a una sirena.

-Oh. –fue lo único que atinó a decir.

-Tethys. –Aquel nombre no le decía nada, Saga lo supo inmediatamente.- La sirena que peleó con Shaina durante la guerra.

-Y… ¿cómo fue? –Todo lo que tenía que ver con las guerras que sus amigos habían librado, era para él una incógnita. No sabía mucho más acerca de lo que había sucedido, que las pinceladas generales que conocía todo el mundo. Sin embargo, era consciente que los detalles más importantes y dolorosos eran los que se callaban. Quizá algún día llegara a saberlo…

-Bien. –Buscó sus ojos al oír la escueta respuesta, temiendo que para Saga aquella palabra fuera suficiente. No lo fue.- Mucho menos hostil que la Cobra, si me preguntas. –aunque tenía la impresión de que tal amabilidad y cercanía, obviando el bofetón de bienvenida, tenía mucho que ver con su aspecto.- Solo es una niña.

-Vaya… Un rostro amigo en Atlantis. Quién iba a decirlo…

-Inesperado.

-Pero, aún así, nos están vigilando. –Sus ojos se entrecerraron sutilmente cuando echó un rápido vistazo a los alrededores.

-Lo se. –Saga le dio la razón.- Desde que llegamos ayer no nos han quitado el ojo de encima. –No les culpaba, el recelo era grande, y ahí estaban ellos… paseando por su reino como un par de turistas vestidos en oro.

-¿La princesa estará bien?

-Espero que si. –Frunció sutilmente el ceño. Los motivos por los que estaban allí, resultaban más que obvios para él, pero el hecho de que Saori les hubiera dejado solos, era ciertamente molesto.- No hay mucho que podamos hacer si algo va mal.

-Bueno…

-Seis marinas, al menos una sirena, guardias, y un dios. –Aioros imitó su gesto, arrugando la frente.

-Los términos no están muy igualados. –Y eso, sin mencionar el pequeño y minúsculo detalle, de que todos ellos habían sido adiestrados por Kanon.

-No…

Continuaron caminando en silencio un rato más. Perdidos entre caminos de coral multicolor y arena dorada. De cuando en cuando, se miraban de soslayo, procurando que el otro nunca lo notase… aunque para ambos, era sencillo percibir las miradas furtivas.

Saga chasqueó la lengua con disgusto cuando se cruzaron con un par de guardias. Los soldados disminuyeron la marcha al verles, entornando los ojos y vigilando sus pasos hasta que sus caminos se distanciaron lo suficiente. Sin embargo, la mandíbula del geminiano estaba tan apretada, que su hastío resultaba más que obvio para Aioros.

El arquero suspiró, pero en aquel preciso instante, la voz de Saga lo sobresaltó, y no por el mero hecho de escucharla, sino por lo que dijo.

-¿Cómo está Deltha?

-¿Qué? –casi se atragantó.

-Deltha.

A decir verdad, la pregunta había salido de su garganta sin que Saga estuviera seguro de querer formularla. Se sentía incómodo, y estaba tan tenso, que los músculos le dolían. Sin embargo, sabía que Aioros estaba haciendo lo posible porque aquella pequeña excursión no fuera un completo suplicio… o que al menos, no hiciera que su inexistente relación fuera a peor.

Deltha y Aioria eran lo más preciado del arquero, y aunque él no era la persona con la que Aioros preferiría hablar de ninguno de los dos, sabía bien que era un tema de conversación que le resultaba más agradable que cualquier otra cosa. Era terreno seguro para él.

-Bien. –dijo, habiendo superado la sorpresa inicial.- Un poco… cambiada. –Y con un poco, quería decir un mucho. No hacía falta que se lo aclarase, los dos sabían que Saga era perfectamente consciente de aquel cambio. Lo había comprobado por si mismo.- Parece que se quedará. –El peliazul alzó la ceja suavemente. ¿Quedarse? ¿A qué había venido sino era para quedarse?- No estaba muy segura de hacerlo… -Continuó Aioros, como si hubiera leído su mente.

-Una buena noticia entonces.

-Si… Lo es, si.

Saga lo miró de nuevo. Teniendo en cuenta lo incómodo que se sentía él mismo habiendo vuelto a la vida, lo fuera de lugar que se sentía después de todos sus errores… podía hacerse la idea de que Aioros se sentía mucho peor. No tenía duda alguna, ni por lo más remoto de que Apus le haría bien. Solamente esperaba que las diferencias no fueran demasiado grandes.

-No hace más que protestar de los entrenamientos de Camus. –Aioros decidió que era una buena oportunidad para hablar, después de todo, Saga había empezado.- Aunque parece que se lleva bien con Tremy y Jamian. Es un paso.

-Camus fue un gran maestro. Nadie mejor que él para ayudarla a volver. –murmuró. De los otros dos no tenía nada bueno que decir, lamentablemente. No podía explicar lo extraño que se le hacía ver cada día todos aquellos rostros que se habían arrodillado, voluntariamente, ante él durante más de una década.

-Supongo que si… Aunque no es muy conversador. –Saga ladeó el rostro suavemente, dándole la razón con aquel punto. Sin embargo, seguía convencido de que Deltha era afortunada estando junto a Camus. Dada la situación, las cosas podían haber ido mucho peor. Naia y ella habían tenido suerte.- Yo no me quejo. Mi equipo no esta mal.

-Es un buen equipo.

-Aunque no se que puedo aportarles exactamente, Tatiana tiene a Spartan bajo control. –Y por un instante, cuando pronunció el nombre de la rusa, Aioros hubiera jurado que su rostro se suavizó sutilmente.

-Ella siempre tiene todo bajo control. –susurró. ¡Y cuanto hubiera dado porque Shion hubiera tenido la gentileza de mantenerla en su equipo como años atrás! No había nada entre ellos, y podía casi asegurar que nunca volvería a haberlo. Pero con ella compartía un extraño vínculo, que le hacía sentir inmensamente cómodo en su compañía. No le pasaba con nadie más. Tenerla a su lado le hubiera facilitado enormemente las cosas.

-¿Y tu equipo?

Entonces, Saga suspiró. No encontró un modo adecuado de responder, o de plasmar en palabras todo lo que sentía al respecto. Argol era un buen santo, y estaba casi seguro que podía manejarlo sin ninguna dificultad. Jabu solamente era un niño al que su presencia intimidaba, o atemorizaba, demasiado como para que le resultara difícil lidiar con él. Aunque mejorar su carencia de habilidades era un reto que consideraba demasiado grande en aquel momento.

Otra cosa distinta era Shaina. Era una amazona buenísima, nunca lo pondría en duda. Y estaba seguro de que podía ser una buena chica… el problema era que tenía un carácter demasiado complicado para él. Siempre era hostil, recelosa… No estaba seguro de que su convivencia fuera a ir bien.

-¿Mal?

-No. –Negó lentamente, y respiró hondo.- Supongo que no.

-¿Entonces?

-Nada. –Volvió a encogerse de hombros.- Es un asunto complicado.

Aioros distinguió dos rasgos muy característicos de su viejo amigo en un pestañeo. Y si no le hubieran resultado asombrosamente irritantes, hubiera sonreído: cuando fingía desconocimiento encogiéndose de hombros, y cuando usaba la palabra "complicado", que traducida a su lenguaje significaba: "no pienso hablar más de ello".

Pateó un pequeño fragmento de coral, y resopló, justo en el preciso instante en que Sorrento cruzó su camino con el suyo. Casi inmediatamente, los tres se detuvieron.

-Santos. –saludó, distante, inclinando suavemente el rostro aniñado.

-Siren. –replicó el arquero.

Saga guardó silencio a su lado, sin embargo, la mirada violácea del marina, rápidamente se cruzó con la suya. La súbita tensión que se generó en aquel pequeño instante, fue más que palpable. Aioros dio un paso adelante, como si quisiera interponerse, sin tener demasiado claro por qué.

-¿Ocurre algo? –la voz de Saga surgió inesperadamente pausada. Ni una sílaba más alta que otra, pero en un tono ligeramente amenazador. Sorrento frunció el ceño, y Aioros se estremeció cuando una diminuta sonrisa se dibujó en los labios del menor.

-No, nada. –pero mantuvo su mirada un rato más, intentando encontrar en aquellos ojos las semejanzas y diferencias con Kanon, o un rastro del dios de la guerra. Athena no debió ser tan osada como viajar a Atlantis con semejante compañía. Eo y Baian estaban en lo cierto.- He oído muchas cosas sobre ti. Sobre vosotros. –vio fugazmente al arquero. En realidad, su presencia le era indiferente. El problema era Saga.- Aunque no de labios de Kanon.

-¿Debo sorprenderme por ello? –preguntó Saga sin demasiado interés por continuar aquella conversación.

-Supongo que no. –Sorrento miró sus ojos unos segundos más, y finalmente rompió el contacto cuando echó a andar. Sin embargo, cuando recortó el par de pasos que lo separaba del geminiano, se detuvo fugazmente a su lado.- Solo espero que comprendas que Ares no es bienvenido en Atlantis. Aunque, aparentemente, él no esté, somos recelosos. Cuidamos lo nuestro.

Saga apretó los dientes, y Aioros contuvo el aliento ante el osado golpe bajo del marina. Sus ojos azules volaron inmediatamente hacia Saga. Confiaba en que el peliazul conservara la templanza de la que siempre había hecho gala. Sorrento sonrió entonces suavemente, y reemprendió el camino, dándoles la espalda.

-Eres el principal motivo por el que Kanon condenó al mundo al desastre. No es nada personal, pero eres una amenaza aún más grande que él.

Y se marchó. Aioros tragó saliva, descubriendo que hasta entonces había estado conteniendo el aliento. Observó a Sorrento alejarse, y solo cuando lo vio lo suficientemente lejos, se sintió algo más tranquilo. Aunque no era él su temor. Volteó hacia Saga esperando lo peor, pero el geminiano que se había quedado ahí quieto, sin que ningún gesto traicionara su rostro, echó a andar en dirección contraria como si nada hubiera pasado.

-X-

-¿Estás bien? –preguntó después de unos insufribles minutos de silencio.

-¿Por qué no iba a estarlo? –replicó, sin intención alguna de pararse a conversar con él de aquel desafortunado incidente.

Aioros lo miró fijamente, con el ceño fruncido. Recordando, inmediatamente, que aquella era la parte que más odiaba del gemelo: la que le hacía sentirse, o al menos verse, invulnerable. Tal y como si Saga hubiera notado su mirada, se detuvo y volteó a verlo a los ojos.

-¿Qué? –espetó.

-¿Podrías dejar de hacerlo?

-¿El qué?

-El falso intento de lucir tan frío como un pedazo de piedra. –Saga ladeó el rostro con los ojos entrecerrados.- ¿Por qué tienes que continuar con eso? Ha sido un imbécil, punto. ¿No puedes simplemente decirlo?

-¿Serviría de algo?

-No es cuestión de que sirva.

-¿Entonces?

-Es cuestión de que alguna vez podrías mostrarte como un ser humano, y nada malo sucedería. Cualquiera se hubiera sentido ofendido por eso.

-No deberías darle tanta importancia a una simple provocación. –Se dio la vuelta, y continuó caminando, al menos hasta que Aioros lo sujetó del brazo y lo detuvo. Buscó sus ojos inmediatamente, molesto con el gesto.

-Entonces, cálmate.

-Estoy tranquilo.

-No lo estas.

-¿Y qué más da? –espetó.- Estamos en Atlantis por un mero capricho, Aioros. Pero así son las cosas. Tú y yo vinimos con ella solamente para estar juntos. No importa que nadie quiera que estemos aquí, no importa que lo último que deseen sea nuestra cercanía porque Saori lo quiso de esta manera. –Levantó la voz sutilmente.- ¿Qué más da, entonces, si estoy nervioso, molesto o si siento que en cualquier momento alguien va a atacarnos? –Se apartó la melena de la cara de un manotazo.- Terminemos con esto de una buena vez, del mejor modo posible y dejémoslo atrás. Te aseguro que el último lugar en el que querría estar ahora mismo, es aquí.

-¡Oye, yo tampoco quiero estar aquí, pero al menos no estas solo! –farfulló. Saga se humedeció los labios antes de continuar, y con ese gesto, Aioros supo inmediatamente, que se estaba pensando muy bien su respuesta.

-¿De que sirve tu presencia ante sus palabras?

-Nos cuidamos las espaldas.

-No hay nada que puedas cuidar cuando la guerra se libra a viva voz. Hay muchas maneras de pelear, y no todas son cuerpo a cuerpo. Deberías saberlo ya. –Aioros tensó la mandíbula. Saga era un genio, precisamente, en eso. No hablaba mucho, pero sabía exactamente qué decir, y cuándo decirlo para desarmar a alguien.- No tengo nada que decir al respecto, simplemente porque Sorrento esta en lo cierto.

-¡Oh, venga ya! ¡Has crecido, han pasado muchos años y demasiadas cosas como para que continúes echándote la mierda de Kanon encima!

-¿Es eso con lo único que te has quedado?

-No. –masculló.

-Bien. Porque, sinceramente, los asuntos de Kanon no me importan. Él tiene su conciencia bien tranquila, al parecer. No voy a ser yo quien se culpe por ello. –Aunque un pequeño resquicio de su ser, lo hacía.- Tengo mis propios errores.

-¿Puedes dejar a Ares, simplemente, en el pasado?

-¿Por qué debería hacer tal estupidez?

-Porque no volverá. Todo aquello ya pasó, se acabó. Ganamos. –Y entonces, sucedió lo que menos esperaba: Saga se echó a reír de un modo que lo estremeció.

-¿Cómo crees que ganamos, Aioros? –Pero el arquero no respondió. Sostuvo su mirada sin inmutarse.- Según las historias que has oído, ¿te parece que ganamos toda una guerra? ¿En serio? ¿Quién ganó?

-Hiciste que ellos ganaran. –Saga esbozó una sonrisa, que era de todo, menos sonrisa.

-No lo comprendes.

-¿Qué es lo que no comprendo? –gritó, sobresaltándose del sonido de su propia voz. Odiaba que Saga asumiera que nadie era capaz de entenderle. Ni siquiera lo intentaba.

-¡Nada! –replicó, gesticulando airadamente con las manos.- Te parece que con mi muerte todo se solucionó, y no puedes estar más equivocado. –Por un instante, Aioros frunció el ceño, confundido.- Si Ares desea volver… Ares volverá. ¡No hay nada que hacer para evitarlo porque no está sellado! ¡Nada más! Creí que lo había vencido, que al menos había hecho eso bien. Pero la realidad es que soy su… -Se encogió de hombros.- …le pertenezco. Nada le impide retomar el control si es su deseo.

-Eso no es cierto.

-¿Por qué iba a mentirte?

-Porque…

-No hay nada que nadie pueda hacer. –Y con nadie, se refería a diosa, padre, hermanos y amigos.- Su desconfianza es lógica, de echo, seria imprudente no sentir ese recelo hacia mi. Estoy solo en esto, ¿no lo ves?

Y entonces, sin que lo viera venir, el puño de Aioros se estrelló contra su rostro. Todo se detuvo en el instante en que el arquero sacudió su cerebro con una mano de plomo. Se pasó la lengua por los dientes, comprobando que todos siguieran en su lugar; y cuando la sangre se acumuló en su boca, escupió. Se llevó la mano al labio recién partido, embadurnándose del líquido escarlata al instante… y tragó saliva, lentamente y con disgusto. Eso no lo había visto venir.

-No estas solo.

-Continuará…-

NdA:

Kanon: ¡Au! ¡Eso tuvo que doler!

Saga: …

Aioros: u_U

Saga: …

Kanon: ¡El matrimonio tiene problemas!

Saori: Mi magnífico plan no fue muy bien… T_T

Saga: … …

Shion: No quisiera decir que te lo dije, pero… Te lo dije u_u

Saori: T_T

Saga: …

Aioros: u_u

Saga: … ¬¬'

Kanon: ¿Vas a llorar? Porque este capítulo lleva una dedicatoria muy especial, y vas a estropearlo.

Saga: ¬¬'

Kanon: ¡Felicidades a AngelElisha! ¡Nuestra malvada honoraria, que en los próximos días cumple añitos!

Saga: Y ya que felicitamos bichos, pues también al bicho mayor… que Milo cumple cuarenta y tantos mañana… u_u

Aioros: ¿No habrá fiesta de strippers, verdad?

Shion, Arles: ¡No! ¬¬'

Damis. Bueno… Esto…

Sunrise: ¡Hasta el próximo capi! n_n'