Capitulo 11: Paso a paso

Cuando el rostro de plata de Naiara se desvió del suyo y la mirada muerta se fijó en aquel punto lejano del horizonte, Deltha supo todo lo que estaba pasando por la mente de su amiga. No le fue difícil identificarse con sus sentimientos, después de todo, ella los compartía.

Tras unos pocos segundos de silencio y meditación, la amazona de Caelum se dejó caer al lado de la pelipúrpura. Desató las vendas de la mano izquierda y con ellas, ató la larga melena húmeda que caía sobre su espalda. Prosiguió a deshacerse del resto de su equipo; hombreras, rodilleras, protectores… todo fue cayendo poco a poco. Al fin, cuando su cuerpo estuvo completamente libre y ella se sintió más ligera, suspiró con un alivio que en realidad no sentía.

-¿Sabes algo de los chicos? –Preguntó a Deltha. Ésta negó.- Tenía la esperanza de que tuvieras noticias de ellos. Tanto silencio es…

-Escalofriante.

-Exacto. –Sonrió, reconfortada por el hecho de que las preocupaciones no le eran exclusivas.- ¿Crees que todo esté bien?

-Me gusta pensar que si. Las malas noticias viajan más rápido que las buenas.

-Espero que sea así. Kanon dice que las cosas en Atlantis no serán fáciles. –Hizo una pausa, buscando en su amiga cualquier reacción que le sirviera para adivinar sus pensamientos, pero al no haber más que silencio, Naia se decidió a continuar.- Aparentemente hay demasiada… tirantez entre ambas partes. Digamos que los generales marinos no tienen la mejor impresión de los santos.

-Aioros mencionó algo. ¿Culpa de quién será? –Deltha contestó casi de inmediato. "De Kanon, por supuesto". Sin embargo, el hecho de que Naia no respondiera le indicó lo que pasaba por su cabeza. Lo que era más, casi podía imaginar aquel par de bonitos ojos color violeta mirándola con reproche. Era momento de tragarse las palabras.- Lo siento, Naia. Eso estuvo fuera lugar.

-No pasa nada. –Naiara bufó.- Supongo que en parte tienes razón. Ha sido una locura mandar a alguien con el mismo rostro de Kanon a ser devorado por un montón de lobos hambrientos.

-Saga estará bien.

-Te oyes muy convencida de eso. –No pudo evitarlo: a través de la máscara, Caelum miró con una curiosidad impresionante a la otra amazona.

-Y tú suenas muy interesada. –Naia sabía a qué venía aquella expresión.- Pero no te preocupes, Aioros no dejará que nada le suceda, por más mal que puedan llevarse; y estoy segura de que ahí arriba… -Con un movimiento de cabeza señaló al templo papal-… todas las alertas están encendidas. Cualquier mínimo movimiento de las olas y tendremos a un montón de santos dorados en estampida a Atlantis.

-Todos menos Kanon.

-Técnicamente, no es un santo dorado.

-¡Del!

-¡Lo siento! ¡Lo siento! Pésima broma.

La aseveración había sido más que en serio, Naiara lo sabía. Sin embargo, la risa repentina que siguió a aquel momento tenso, le quito hierro al asunto. No sabría definirlo, pero para la amazona de Caelum, algo hacía que el ambiente se sintiera más relajado que de costumbre. No habían discutido en un buen rato, y los desacuerdos, tan frecuentes en los últimos tiempos, parecían haber disminuido.

-Dime algo. En serio no te gusta Kanon, ¿cierto?

-Dijimos que no hablaríamos más de eso. –Respondió la amazona de Apus.

-Pero te preocupa más Saga que Kanon. Eso es realmente grave. –La morena se puso en pie de nuevo y tendió la mano a su amiga, para ayudarla a levantarse también.- Y no te atrevas a negarlo, porque es bastante obvio.

-A mi no me preocupa Saga… pero a Aioros, si; yo me preocupo por Aioros.

-Nuestro pequeño Aio intenta hacer las cosas bien, ¿no? Es bueno saberlo. –Deltha asintió mientras una sonrisa diminuta le iluminó el rostro.- Esta podría ser una buena oportunidad para ambos, entonces.

-O un verdadero caos.

-¡Oye! ¿Qué sucedió con el optimismo?

-Sigue ahí, intentando sobrevivir a la ansiedad.

Esta vez, Naia fue quien rió. Pasó el brazo por encima de los hombros de la pelipúrpura y la atrajo hacia si.

-Estarán bien. –Le dijo.

-Eso mismo pienso yo.

Aunque Deltha no pudo verla, Naiara remarcó sus pensamientos con una sonrisa: realmente deseaba que las cosas estuvieran marchando bien en Atlantis.

La evolución de Saga había sido lenta y penosa, pero para sus ojos, el gemelo iba avanzando con pasos diminutos hacia todo lo que ella recordaba. Lo había comprobado aquella lejana mañana en Géminis. Entonces, había visto atisbos del Saga que conoció; el Saga que, a pesar de todas las molestias y vicisitudes, tenía la capacidad de sonreír de vez en cuando, convirtiendo esos gestos en pequeños tesoros. Anhelaba con todas sus fuerzas el tenerle de regreso, aún si en ocasiones sintiera que era imposible.

Pero, si Deltha estaba en lo cierto y Aioros estaba a la caza de todo lo que había dejado antes morir, quizás eso era lo que hacía falta. Con un poquito de suerte, algo bueno saldría de esa loca e improbable misión.

-X-

Kanon no se molestó mínimamente en disimular el bostezo que se le escapó y tampoco tuvo el menor reparo en cerrar los ojos y desparramarse en aquel sitio del graderío con tal de no ver el penoso espectáculo que era su equipo. Al final de cuentas, estaba ahí solamente porque Shion se había aparecido en Géminis esa mañana para invitarle a abandonar el templo e ir a cumplir con las obligaciones que tenía asignadas. Todo eso con ayuda de las amenazas más finas y sutiles que el gemelo había escuchado en años.

A pesar de la intromisión, a decir verdad, Kanon se sentía afortunado. Había tenido una suerte increíble en el hecho de que Shion no descubriera a Naiara escabulléndose de su dormitorio. De haber llegado unos momentos antes, Troya misma volvería a arder ese día en el tercer templo.

El estruendo que ocasionó el cuerpo de Cassios al estrellarse contra el piso hizo que el peliazul abandonara el mundo de los pensamientos para regresar a su penosa realidad. Se cubrió los ojos y deseó con todas sus fuerzas que aquella pesadilla terminara porque, por donde lo viera, no encontraba razones positivas para ser sometido a semejante tortura. Así que, habiendo decidido que prefería tragarse los futuros sermones de Shion antes que perder su sanidad mental, Kanon suspiró, dispuesto a terminar ahí mismo con ese entrenamiento.

-Cualquiera diría que te echarás a llorar de un momento a otro. –Oyó la voz burlona, justo en el momento en que había conseguido el coraje, y la desvergüenza, para ponerse en pie. Medio segundo después, Milo le tomó del brazo para obligarle a sentarse una vez más, con él a su lado.- ¿Tienes prisa?

-Mi ego necesita cuidados intensivos. –gruñó el gemelo.- Así que, si no te importa, preferiría irme ahora que todavía tengo oportunidad de salvarlo.

-Oh, venga. No es tan malo. –Pero al ver a Cassios caer una vez más sobre su cabeza, el santo de Escorpio no pudo sino torcer la boca y obviar el hecho de que tendría que tragarse sus palabras. Mientras, Kanon gruñó una vez más.- Como sea… -carraspeó.- Hay un tema de verdadera importancia del que debo hablarte, Géminis Sustituto. –Rió de su propia broma al ver al gemelo fruncir el ceño. Sin embargo, de todo el mundo, Milo era probablemente el único que podía bromear con Kanon de esos temas sin salir herido.- Así que presta atención, porque este asunto es prioridad para todos.

-Escúpelo.

-Mi cumpleaños está a la vuelta de la esquina.

-No jodas, bicho. –La mirada esmeralda del peliazul mayor se tiñó de fastidio, tanto como la de Milo de travesura. La sonrisa del escorpión también se ensanchó a límites insospechados.

-Te dije que era algo realmente importante. ¡No todos los días se tiene la oportunidad de celebrar el natalicio de un tipo tan guapo, interesante y divertido como yo!

-Humilde, por sobre todas las cosas también. –Al escucharlo, las carcajadas de Milo estallaron sin control.

-La humildad no abunda por estos lugares, deberías saberlo ya.

El gemelo se rascó la cabeza; Milo tenía razón: no podía negar lo que era tan obvio. La cuestión era que tampoco se sentía especialmente divertido en ese momento. La idea de celebrar con una botella de vodka le había traído cierta ilusión a un día ciertamente aburrido. Pero, aunque se negase a aceptarlo, el tema de Atlantis seguía dando vueltas en su cabeza, sin descanso.

El problema no iba por su hermano, ni mucho menos por Aioros. De hecho, lo que menos le preocupaba en todo aquello eran esos dos. De alguna forma, sabía que se mantendrían a flote en medio de toda la mierda que iba a caerles encima… porque eso era precisamente lo que iba a suceder en Atlantis.

Pensó en Julián, en sus antiguos compañeros marinas, en todos a los que había echado en su contra y que ahora eran sus enemigos. Ninguno de ellos estaría dispuesto jamás a pasar por alto sus errores y, sin embargo, ahí estaba Saori, negociando una paz que a él, en lo personal, le resultaba poco menos que frágil.

Sin darse cuenta, arrugó el ceño. El rostro tuvo que ensombrecérselo lo suficiente, como para que Milo leyera la preocupación en él.

-Oye, ¿Kanon? –Le llamó.- Si arrugas un poco más la frente, pensaré que estás considerando matar a alguien. ¿Debo echarme a correr?

-En todo caso, no sería a ti. –El gemelo peliazul se sopló los flecos y Milo soltó una risa más.

-¿Preocupado por Saga?

-No, en realidad no.

-Bien, porque no deberías estarlo. Esos dos son suficientes para manejar a cuantos marinas se les pongan en el camino.

-Los subestimas. –Y, en el tono de Kanon, el santo de Escorpio no pudo obviar cierto dejo de amargura.- Yo entrené a esos chicos… están más que preparados para enfrentaros. Saben todo sobre vosotros: fortalezas y debilidades. Si han de enfrentaros, créeme que saben como hacerlo. –Bufó.- Además, también esta Julián, que tiene un carácter del demonio, la madurez de un adolescente y el poder de un jodido dios.

-Cuando lo pintas así, suena apocalíptico.

-Siempre puedo hacerlo sonar peor.

-Pf… -El escorpión dorado giró los ojos.- Definitivamente hay algo en el agua de Atlantis que os hace a todos tan raros.…

-No te haces una idea.

De pronto, Milo no supo que pensar, solo sabía que estaba sorprendido. Kanon nunca le había parecido la clase de persona que pensara de más en detalles como aquellos. Sin embargo, tenía que admitir que casi lucía preocupado. ¿Sería posible que en verdad estuvieran subestimando el poder de los generales marinos? Si algo había en lo que el santo nunca había reparado con detenimiento, era precisamente en eso: la base de Atlantis había sido Kanon, esos chicos eran lo que eran, gracias a él.

-Pues yo creo que, digas lo que digas, seguimos teniendo ventaja sobre ellos. –El más joven se cruzó de brazos y torció la boca, con el disgusto que la simple idea de perder le había dejado. El gemelo se mantuvo en silencio, dándole oportunidad de continuar.- Tú estás con nosotros ahora y los conoces mejor que nadie. Si ellos pueden usar lo que les has enseñado en nuestra contra, entonces nosotros tendremos de sobra para patearles el culo.

-Mejor dedícate a planear tu fiesta de cumpleaños, bicho.

-¡Pero es que eso ya está más que planeado! Ese mismo día, por la noche, en Escorpio. Tragos, comida y buena conversación para todos… Oh, y té de hierbas para Shaka. El día que consiga emborrachar a Buda sabré que soy un tipo perdido. –Negó con la cabeza, aunque la sonrisa en sus labios delataba una emoción muy diferente a la desilusión.

-Querrás decir un tipo enfermo. Muy enfermo.

-¡Eso también!

Esta vez, ni siquiera Kanon pudo guardarse la risa. Comenzaba a comprender como la soltura de Milo los arrastraba a todos lejos de la inercia depresiva a la que su quehacer diario los jalaba.

Sonrió a sabiendas de que, por mucho que le irritara, el par de idiotas que eran Saga y Aioros sabrían mantener las cosas en calma en el fondo marino. Con un poco de suerte, regresarían más pronto de lo esperado al Santuario y, entonces, lo único de lo tendrían que preocuparse sería de las desastrosas consecuencias que la fiesta de Milo acarrearía.

Eso que daba miedo.

-X-

Aioros respiró hondo y vio una vez más a su viejo amigo. Saga mantenía el rostro al frente, con la mirada en alto. Caminaba con tal decisión, que al arquero no le hubiera extrañado que se abriera un surco bajo sus pies en cualquier momento. No hacía falta ser un genio, ni demasiado perceptivo, para notar que Saga estaba mucho más que molesto después de lo ocurrido.

El peliazul se detuvo frente a la puerta del dormitorio que Julian había destinado a la princesa, y llamó un par de veces. Instantes después, el resplandeciente rostro de Saori asomó, con una hermosa sonrisa en sus labios, que no tardó en borrarse. Reparó, casi al instante, en el corte del labio de su santo de Géminis, y en el tono amoratado que empezaba a adoptar la zona golpeada.

Despegó los labios, espantada, cuando todos los posibles escenarios se dibujaron en su mente a una velocidad de vértigo. Él, simplemente, la miró a los ojos como si nada hubiera pasado.

-Entrad. –se hizo a un lado rápidamente, y Saga obedeció. Fue entonces, que sus ojos grises se toparon con la mortificada mirada de Aioros, al que cuestionó en silencio. Pero él, solamente atinó a suspirar mientras seguía los pasos del geminiano.

Saori cerró la puerta y volteó hacía ellos inmediatamente. Se acercó hasta Saga a toda prisa, y poniéndose de puntillas, de un modo que a Aioros se le hubiera antojado gracioso de no ser por la situación, sujetó el rostro de Saga para verlo mejor.

El peliazul tomó su mano con rapidez, igual que si hubiera esperado aquel movimiento, y la apartó, ladeando la cara lejos de su alcance.

-¡¿Qué ha pasado?! –exclamó ella. El peliazul mantuvo su mirada, pero guardó silencio.

No era que estuviera ignorándolos, sino que trataba por todos los medios de mantener su molestia bajo control. Sabía que era una persona con la que era difícil lidiar, y que muchas veces había merecido, y merecía, un buen golpe que acomodara sus ideas. Sin embargo, eso no significaba que le gustara encajarlos. Ni un poquito. Ni por lo más remoto. Probablemente, todo sería mucho más sencillo si pensara menos y actuara de un modo más espontáneo. Pero ese no sería él, él pensaba cada movimiento, por insignificante que fuera… y pensaba en sus consecuencias. Normalmente.

-¡¿Han sido las marinas?! –Saori miró de uno a otro, en busca de alguna palabra que aliviara su inquietud. Aioros agachó la vista.

-No. –Respondió Saga.- Aioros y yo tuvimos un intercambio de pareceres.

-Pero… -La dolorosa realidad cayó sobre ella con un peso insostenible. Se había equivocado. Shion había estado siempre en lo cierto.

-¿Nos vamos ya? –Saga cambio de tema antes de que la conversación continuara. Sabía de sobra que tendrían que dar las debidas explicaciones en casa. No se sentía con ganas de darlas ahí también. No tenía caso.

Saori asintió, casi con torpeza. Entonces, el geminiano se encaminó a la salida y abrió la puerta, esperando a que sus dos acompañantes abandonaran la habitación. La princesa se acercó hasta él, despacio, con Aioros tras ella. De pronto, aquella mirada esmeralda que la resultaba tan hermosa, parecía haberse tornado de hielo… infundiéndola un respeto imposible de ignorar. Buscó los ojos azules del arquero, en busca de un consuelo mudo que la hiciera sentir mejor, pero lo encontró tan cabizbajo y avergonzado como ella misma se sentía.

Había sido una terrible idea.

-X-

Las miradas habían resultado tan perspicaces, como letales. Tal y como los tres habían imaginado. A nadie le había pasado desapercibido el pequeño desperfecto en la cara del geminiano.

Saori procuró mantener la calma en todo momento, aunque en aquel punto, ignorar la tensión que se palpaba en el ambiente resultaba ciertamente complicado. Sonrió cuando Julian le dijo algo, aunque no le prestó verdadera atención. Ella misma sentía la presión de todos aquellos ojos, y no podía sino imaginar lo incómodos que se sentían Saga y Aioros bajo aquel intenso escrutinio.

-Espero volver a verte pronto.

Saga escuchó la melosa voz de Julian casi con fastidio, pero no prestó demasiada atención a la respuesta de Saori. Solamente deseaba irse de allí, alejarse de aquellas miradas que veían su labio roto con un interés inusitado… Solo quería volver a casa, golpear algo y enfrentarse a la misma inspección por parte de los suyos. Porque aquello sucedería, estaba más que seguro… pero al menos, serían los suyos.

-¿Saga? –De pronto, una voz desconocida lo sacó de sus cavilaciones atrayendo la atención aún más sobre si. Se giró despacio, casi con temor a encontrarse algo indeseado, hasta que reconoció el rostro que lo miraba seriamente. Isaak.

-¿Si?

Casi como un acuerdo tácito y mudo, ignoraron las marcas en la cara del otro. A Isaak no le importaba, al fin y al cabo. Lo que sucediera entre los santos era asunto de los santos, no suyo. No solía meterse en problemas ajenos.

-¿Cómo está Camus? –A Saga la pregunta le tomó ciertamente desprevenido. Apenas se había recordado de aquel minúsculo detalle, porque Isaak había pasado desapercibido durante toda su estancia en Atlantis.

-Bien… –respondió, casi en un murmullo, incomodado por la vigilancia a la que era sometido y que no parecía fuera a cesar hasta que se fueran.- Está bien.

El peliverde esbozó una diminuta sonrisa, digna de su maestro, y asintió. Ignoró las miradas curiosas de sus compañeros, y se decidió a continuar. Si había hablado a Saga precisamente, y no a Aioros, era por algo.

Había escuchado las historias acerca de lo sucedido durante el Hades… se había encontrado fantaseando con la genialidad de su maestro igual que cuando era un niño y veía en Camus a un dios. No podía evitar sentir curiosidad por uno de los dos compañeros que habían afrontado aquella batalla junto a él. Eran leyendas vivas, después de todo. Solo deseaba hablar con Saga unos segundos.

Todo lo que tuviera que ver con Kanon, le daba exactamente igual. El gemelo menor estaba muerto y enterrado en lo que a él respectaba. Era responsabilidad de Athena lidiar con él.

-¿Podrías decirle…? –de pronto, se detuvo a pensar sus palabras. ¿Decirle qué?

-Lo que quieras.

-Que me alegro de que haya vuelto. –Aquellas palabras, le sonaron a Saga tan sinceras, que por primera vez, se sintió mínimamente cómodo con la cercanía de un marina.- Espero tener la oportunidad de verle pronto…

-Se lo diré. –Saga asintió lentamente mientras lo decía.- No te preocupes.

-Te lo agradezco.

Observó como el chico se alejaba e, inmediatamente, Saori llegó a su lado. Saga dio un último vistazo al panorama de Atlantis, y finalmente se concentro en la niña diosa.

-Es hora de irnos.

-Cuídate. –se despidió Julian.

-Lo haré. –Volteó hacia Saga y Aioros, y continuó.- Vamos. Volvamos a casa.

Y no lo decía sin cierto temor en la voz. Aquellos últimos minutos la habían incomodado ya lo suficientemente, como para enfrentarse a la mirada de Shion poco después. Por primera vez, Saori se sentía como una niña a punto de enfrentar un gran castigo.

Agitó su mano a modo de despedida, y después se aferró al brazo de Saga, justo en el momento en que la Otra Dimensión se abrió ante ellos. A lo lejos, al final de aquel mar de estrellas, el color del Santuario resplandecía.

"Al fin". Pensaron los dos santos.

-X-

Arles rellenó la taza de té una vez más y se aseguró de ponerla al alcance de Shion. Después, mientras contemplaba su semblante tenso, se sentó frente a él, a hacerle compañía y a robarle unos minutos de su atención que, esperaba, pudieran resultarle relajantes. Solo entonces, cuando se acomodó en el sillón, el lemuriano levantó la mirada para que chocara con la suya. Vio los ojos rosáceos entrecerrarse y se preguntó lo que estaría cruzando por la mente inquieta del Patriarca.

-El tiempo se ha vencido y no hemos tenido noticias de complicaciones. –Comentó el santo de Altaír.- Deberías estar más tranquilo.

-Pero no lo estoy.

-Sabes lo que opino de todo esto, Shion, pero tengo que admitir que ha habido mucha más calma de la que esperaba. Si alguna tragedia sucedió entre Aioros y Saga, o entre ambos y los generales marinos, ha sido mucho más sigilosa de lo que ninguno pensó.

-Y aún así, seguiré ansioso hasta que los vea entrar a este templo, en una pieza. –Arles asintió, sin nada más que pudiera objetar ante los nervios del lemuriano. Sin embargo, tenía la impresión de que buena parte de ese desasosiego venía escondido en razones más profundas y no tan centradas en el par de santos viajeros.

Echó una mirada al montón de papeles que Shion sostenía entre las manos y reparó en que, a diferencia de la mayoría de los documentos manejados en ese despacho, ninguno de aquellos había pasado por él antes, como era usual en la correspondencia dirigida al Patriarca. Entonces, reparó en otro par de detalles que no había escapado a su atención y que habían despertado sospechas que todavía no había resuelto.

-¿Sucede algo más? –Cuestionó tras un momento de duda.

-¿Por qué lo dices?

-Por eso. –Señaló el montón de papeletas.- Y el hecho de que los mensajeros no han dejado de llegar desde que los campamentos en el exterior se establecieron por completo. –Al escucharlo, Shion se tornó más serio.- Además, Star Hill… Has pasado más tiempo ahí en los últimos días que en todas las semanas desde que volvimos. ¿Qué está pasando?

No hubo respuestas inmediatas para él, y hasta cierto punto, comprendía el silencio de Shion. Si se trataba de algo grande, o de algo que el mismo lemuriano no terminaba de comprender, entonces había sido prudente al respecto. Sin embargo, a juzgar por el tiempo y esfuerzos que el Patriarca dedicaba a aquellos asuntos, tenía que tratarse de algo importante; de eso no tenía duda alguna.

Pero ahí estaban los dos, sin ninguna palabra de por medio, solo miradas que se conocían tan bien, que entendían el secreto que había entre ambos.

Por fin, Shion exhaló. Tendió los papales a su amigo y esperó hasta que pasara los ojos por algunos de ellos para atreverse a decir algo más. El rostro de Arles no tardó en informarle que sus cabezas coincidían una vez más: las noticias no eran precisamente alentadoras.

-¿Qué significa todo esto?

-No lo sé con exactitud aún. –El Maestro negó.- Pero los casos extraños no dejan de reportarse.

-Shion, de acuerdo con todo esto, estamos hablando de gente que se supone está muerta, merodeando por todos los rincones del mundo. La mayoría de ellos ni siquiera fueron personas deseadas.

-Gente que se supone muerta… -Una pequeña sonrisa agria apareció en el rostro del peliverde.- Gente igual que nosotros. –Arles compartió la sonrisa un segundo después.

-¿Hay alguna explicación para esto?

-Aún no estoy completamente seguro, pero mis sospechas son que regresaron a este mundo del mismo modo que vosotros. Cuando el Infierno colapsó, sus puertas quedaron abiertas. No veo razón para que algunas almas regresaran y otras no tuvieran la misma oportunidad. Todo aquel que quisiera regresar, que tuviera un asunto pendiente en algún lugar, tendría la oportunidad y el medio para hacerlo.

-Pero… -Arles frunció el ceño.- Eso significa que mientras las puertas del Inframundo no vuelvan a cerrarse, esto podría repetirse indefinidamente.

-Ese es el verdadero problema.

Entonces, ambos chocaron contra una pared de silencio que les bastó como respuesta. Arles nunca había sido un tipo fatalista, pero la situación que afrontaba no tenía certeza alguna. Destrozar las puertas del Inframundo había sido una cosa… levantarlas de nuevo sería algo totalmente distinto.

Miró a Shion, dispuesto a continuar el intercambio de teorías. Sin embargo, poco después tuvo que desistir de su idea cuando el cosmos de Athena, junto con el de Saga y Aioros, se sintió más cerca que nunca. Se puso de pie, al mismo tiempo que el Patriarca, confirmando que ambos habían presentido su llegada. Una sensación de alivio le invadió por dentro y no pudo evitar pensar en cómo debía de sentirse su viejo amigo.

La princesa y sus santos habían regresado. Todos estaban bien y tampoco había señales de las que preocuparse. Era momento de darles la bienvenida como se debía.

-X-

-A mis privados. –Rugió Shion cuando su rostro, al principio repleto de sorpresa, mutó a uno de completa severidad.

No había que ser adivino para saber que era lo que le perturbaba.

Marchó a toda prisa, con zancadas enormes, hacia su despacho, sin dignarse siquiera a mirar al trío que le seguía en silencio. Sin más remedio, y sin derecho a réplica tampoco, el par de santos y la diosa adolescente se vieron forzados a ir tras él, escoltados por la figura siempre erguida e inquebrantable de Arles.

Cuando la puerta del estudio se abrió con un portazo y el lemuriano se dejó caer en su asiento casi violentamente, los tres supieron que estaban metidos en verdaderos problemas. La máscara desapareció medio segundo después, dejando a la vista aquello que ya imaginaban: la mirada afilada, los lunares fruncidos y los labios ligeramente apretados en un gesto que no ocultaba su enfado. Esos ojos rosáceos y fieros se aseguraron de recorrer a cada uno de los jóvenes involucrados, antes de que Shion tomara un respiro en busca de calma, y se desparramara en su asiento, esperando una explicación que seguramente le sería insuficiente. Pocas cosas resultaban más impresionantes en el Santuario que presenciar el rostro apacible de Shion ensombreciéndose con el disgusto.

-Shion… -Saori fue la primera en intentar tranquilizarlo. Se había sentado justo al frente, con el par de santos de pie a sus espaldas, y jugaba nerviosamente con sus dedos, sin tener bien claro lo que debía decir. Después de todo, si ella no hubiera insistido en llevar consigo a Saga y a Aioros, nada de eso hubiera sucedido.

-Te advertí que esto no terminaría bien. –El Patriarca la interrumpió. Los labios de la diosa se blindaron y sus ojos grises se agacharon, reconociendo la derrota.- La visita a Atlantis no era un juego, ¡era un asunto a tomarse con seriedad! Pero ahora, por lo que veo, habéis ido a armar un lío que no podemos permitirnos. ¡Julián es nuestro aliado! ¡¿En qué estabais pensando?!

-No es lo que crees… -El santo de Sagitario acotó.

Entonces, la mirada de Shion recayó sobre él, tan escéptica como grave. Sin darse cuenta, el castaño tragó saliva. Había olvidado si es que alguna vez el peliverde le había observado de esa forma antes, si esos ojos alguna vez lo había mirado con tanta severidad; pero, a juzgar por como se sentía, probablemente era la primera ocasión en que se sentía tan intimidado ante su presencia. Lo cierto era que poco tenía que argumentar a su favor. Antes, en Atlantis, había perdido la cabeza.

El golpe había sido impulsivo, ciego y estúpido. Por mucho que en aquel momento le había parecido la única forma de callarle la boca a Saga, ahora, se arrepentía de haberlo hecho. Al final, se sentía más como un error que como un acierto.

-Explícate. –Shion le urgió a continuar, sin perder ni un poquito de severidad en su tono, o en su mirada.

-Ha sido culpa mía. –Aioros se plantó y casi pudo escuchar a Saga gruñendo a su lado mientras instintivamente tocaba la herida en su boca.- Yo… perdí los estribos. Fui yo quien le golpeó, lo siento.

Hubieron unos pocos segundos de un silencio tan abrumador, que lo único que el santo podía esperar era una catástrofe. Clavó su mirada en Shion, quien no había pestañeado siquiera. Tuvo la impresión de que el lemuriano estaba más tranquilo ante el hecho de que el labio de Saga no había sido roto por el puño de un marina, pero tampoco estaba ni mínimamente complacido con el hecho de que hubiera sido el suyo.

-Princesa, será mejor que te retires. –Se dirigió a Saori, arrancando reacciones dispares en sus santos: mientras Aioros procedió a revolverse los rizos, Saga chasqueó la lengua, a sabiendas de que a él también le tocaría regañiza sin habérsela ganado.

-Pero, Shion… -Ella insistió, con un resultado no muy diferente.

-Tú y yo hablaremos después. –Terció una vez más. La forma en que la miró dejó bien claro que no quería más objeciones; no estaba de humor para eso en aquellos momentos.

-Sólo déjame…

-Princesa. –Se aseguró de no dejar lugar a más miramientos.- Hablaremos más tarde, ¿entendido? Arles, acompáñala hasta su dormitorio.

La adolescente asintió sin más remedio. Hubiese querido quedarse para ayudar a justificar detalles que ni siquiera ella comprendía, pero Shion no iba a permitírselo de ningún modo. Se levantó lentamente de su asiento, como si cada movimiento para alejarse fuese una tortura. Después, buscó con la mirada los rostros de sus santos, detrás de ella. Los ojos grandes y grises que siempre manejaba con maestría expresaron el pesar que sentía. "Lo siento", parecieron murmurarles. Sin embargo, poco importaba ya.

La vieron marcharse en silencio, con la expectativa de lo que sucedería tan pronto la puerta se cerrarse tras la diosa, aunque para Saga todo estaba más que claro. Como siempre le sucedía, los problemas se encargaban de alcanzarlo aún cuando hacía todo para mantenerlos lejos.

-Os escucho. –Habló el Patriarca tan pronto Saori desapareció. Su mirada no había perdido un gramo de intensidad.

-Te lo dije ya: es mi culpa. –Volvió a hablar el arquero.

-Te escuché la primera vez, Aioros. Lo que quiero saber es: ¿qué sucedió? –Siseó el mayor. Imputar culpas era mucho más sencillo que comprender el transfondo en que el labio de Saga se había roto.

-Pues, discutimos…

-Hmp… -Oyeron el nada sutil bufido del gemelo poco después. ¿Cómo era posible que todo el mundo discutiera con él cuando en realidad apenas y pronunciaba palabra al respecto? Aioros pareció leer sus pensamientos y torció la boca.

-Vale, vale. –Rectificó sus palabras.- Hablábamos. Saga dijo algo que me hizo enfurecer y perdí la cabeza. Lo siguiente que sé es que mi puño terminó en su cara.

A cada palabra, sus ojos azules contemplaban de soslayo a su compañero. Podía estar callado, pero por una vez, el rostro del geminiano decía mucho más de lo que usualmente se permitía. Cuando Aioros calló, la mirada esmeralda de Saga dijo todo lo que hacía falta: "Es una forma de verlo".

-Pero… Aioros, ¿en qué demonios estabas pensando, muchacho? –Shion había vuelto a arrugar los lunares.- Estabais en territorios de Poseidón, debíais comportaros a la altura de lo que sois: santos dorados.

-Ese fue el problema: no estaba pensando. –Un suspiro por parte del santo de Géminis corroboró su acuerdo al respecto. Un instante después, giró sobre sus talones, dispuesto a huir de aquel confrontamiento, antes de que el arquero se encargarse de arrastrarlo consigo.

-Creo que las explicaciones te las debe él. –Dijo al Patriarca mientras se esforzaba por caminar, y no correr, hacia la salida.- Si me disculpas, tengo que asegurarme que Géminis sigue tal y como lo dejé.

-Saga…

-No, déjale. Tiene razón, las explicaciones te las debo yo, no él. –Para su sorpresa, el castaño intervino. Pero, después de todo, algo tenía que hacer a su favor después de partirle el labio en dos y de haberle matado unas cuantas neuronas en el proceso.

El sonido de su silencio fue mucho más estruendoso que el de sus botas, repicando sobre el mármol. Marchó tan rápido como pudo, con la esperanza de que todo terminara ahí. Más, en el fondo, sabía que su mala suerte impediría que así fuera. Shion podía permitirle cierto espacio, pero jamás le permitiría alejarse más de lo que debiera. Tan pronto Aioros abriera esa enorme boca que, Saga sabía, era imposible de mantener cerrada, el lemuriano se pondría al acecho de cada detalle en su vida.

-¿Qué sucedió? –Aioros salió del breve letargo al escuchar al peliverde hablándole una vez más.- No eres del tipo de personas que se dejen guiar por un momento de rabia.

-Ares. –Al pronunciar el nombre, no pudo evitar que su corazón se desbocara. Apretó los puños y trabó la mandíbula en un intento de controlarse. Su respiración, sin embargo, le traicionó.

-¿Qué hay con él? –Shion entrecerró los ojos.

-Saga dijo que podría volver, que no estaba sellado. ¿Es eso cierto? –Shion dejó escapar el aliento, respondiendo de esa forma el cuestionamiento del castaño.

-Hablamos con él antes de que os marcharais a Atlantis. Creímos que era conveniente que él supiera… y si no os dijimos nada, fue porque era decisión suya hacerlo, no nuestra. –El lemuriano se apresuró a acotar al observar la molestia en el rostro del santo de Sagitario.- ¿Es eso lo que te ha hecho enojar? ¿Qué no te dijera?

-No, no ha sido eso.

-¿Entonces?

-Insiste en estar solo y nada le hace cambiar de opinión. ¡Es un cabezota al respecto! –Exclamó mientras sus manos abanicaban en el aire, con toda la impotencia que sentía en su interior.- Dijo que le pertenecía a Ares y tú sabes que eso no es cierto.

-Está asustado, Aioros. Lo sabes tan bien como yo.

-Estará asustado y todo lo que quieras, pero eso no significa que lo dejaré decir estupideces. –El santo desvió la mirada, tan serio como Shion le había visto en poquísimas ocasiones.- Aunque golpearlo tampoco fue la mejor decisión de todas. –Agregó entre murmullos.

-Ni mínimamente cerca. Más allá de todo lo que pudo repercutir en la visita a Atlantis, sabes bien lo que estas cosas significan para Saga.

Y vaya que el castaño lo sabía.

Apartó los mechones que le caían sobre los ojos con un manotazo para después ajustar la cinta a su frente. Miró a Shion y levantó las cejas al comprender lo que debía hacer. Tenía que ir detrás de Saga y aclarar el asunto de una vez por todas, antes de que fuera demasiado tarde.

-¿Puedo retirarme?

-Ve, ve, o no vas a alcanzarlo. –Sentenció el lemuriano.

Mientras más tiempo pasaba, más incapacitado se sentía para comprender como funcionaban los cerebros de esos dos. Se suponía que era a quienes más conocía y, sin embargo, ahora mismo, se sentía completamente perdido al respecto.

-X-

El por qué no le había preguntado nada a Kanon, era para él una incógnita. Quizá había sido únicamente su instinto de preservación el que le había impedido interrogar al gemelo sobre el misterioso paradero de su subordinada… o quizá, simplemente, se le había ocurrido que era mejor investigar por si mismo.

Milo sabía muy bien que los chismes eran interesantes, y que los implicados decían lo que más conveniente les resultaba, independientemente de que fuera real o no. Sin embargo, lo que sus ojos vieran y sus oídos escucharan, solamente sería sometido a su imaginativo juicio, y eso lo hacía todo mucho más divertido.

Así que cuando Kanon lo dejó atrás, convenientemente, en el preciso instante en que el cosmos de Saga y Aioros volvió al Santuario, Milo se limitó a pasear su mirada por el horizonte. No dejaba de resultarle llamativo todo lo que tenía que ver con los gemelos, y a decir verdad, nadie podía culparle. Terminaban por hacer que todo lo que les rodeaba fuera terriblemente interesante y misterioso… como aquella manera en que Kanon negaba, sin mucho éxito, estar preocupado por su hermano. Al segundo de saberlo de vuelta se había esfumado con rumbo a Géminis.

Echó a andar, mezclándose con los santos y amazonas sin perder un solo detalle. ¡Naia tenía que estar en algún lado! No había ido a entrenar con él, pero no podía habérsela tragado la tierra simplemente… No había estado con Kanon, y Saga no había llegado al Santuario hasta aquel momento. Aunque, pensándolo bien, Apus tampoco estaba en ningún lugar a la vista… Era sospechoso.

Sin embargo, antes de que su mente le permitiera divagar un poco más, se detuvo para admirar el espectáculo.

Un par de golpes después, Shaina había derribado a Giste sin problema alguno, y se disponía a deshacerse de sus protectores. Milo miró a los lados, en busca de sus compañeros de equipo, o de Máscara Mortal en su defecto. Pero entonces, se topó con la mirada inexpresiva y metálica de la Cobra.

-¡Hola! –dijo.

-¿Buscas algo? –su voz no sonaba dulce, ni amable. Aunque sabía que su rostro solía decir algo distinto tiempo atrás.

-No sabrás decirme dónde esta Caelum, ¿verdad? –esbozó la mejor de sus sonrisas, tratando de ser tan amable como le era posible.

-¿Por qué habría de saberlo? –Shaina se encogió de hombros, sin dejar de verlo.- Es tú responsabilidad, no mía.

-Bueno, pensé que…

-¿Qué?

-Que quizá había estado entrenando con las demás amazonas.

-Esta mañana. No sé a dónde iría después. –Y Shaina no iba a decir lo que pensaba al respecto de eso.

Milo guardó silencio, contemplando cada detalle de la joven que tenía frente así. Indagaría más acerca de ello, pero no tenía la menor idea de cómo Saga y Shaina podían convivir en el mismo equipo. Demasiado carácter por metro cuadrado, si le preguntaban. Aunque a decir verdad, el geminiano era más… ¿social?

Casi se espantó solo de pensarlo, y estuvo seguro de que su rostro lo traicionó, porque la Shaina ladeó el rostro mientras continuaba viéndolo.

El peliazul sonrió. Saga tenía una habilidad excepcional para saber estar y guardar la compostura; para ser exquisitamente educado y cordial cuando era preciso… Pero no podía ser que hubiera alguien ahí menos social que él. Y si lo había… Milo se encargaría de solucionarlo. Ensanchó el gesto, orgulloso de su propia idea.

-¿Cómo te va con tu equipo?

Shaina lo observó durante unos segundos, sin atreverse a responder. La confianza con los santos dorados era nula para ella… Quizá solamente Aioria era una minúscula excepción después de todo lo vivido. No estaba acostumbrada a lidiar con ellos, ni a las sonrisas deslumbrantes y amables que dejaban ver de cuando en cuando. No sabía vivir en un Santuario que, por primera vez en su vida, resultaba acogedor y apacible. No tenía la menor idea de cómo bajar sus propias defensas cuando ella había sido una de las niñas crecidas por Ares.

El cambio que su mente debía realizar, era demasiado grande. Tragó saliva, e intentó por todos los medios no sonar hostil.

-Nos arreglamos. –respondió. Al menos Jabu, Argol y ella lo hacían. A Saga no lo había visto demasiado entre una cosa y otra.

-Eso esta bien. –Y aquella sonrisa parecía imposible de borrar.

La cobra miró a otro lado, incomodada por ser el centro de aquel gesto. "Malditos Santos presuntuosos y engreídos", pensó.

Lo único puro y bueno que ella había conocido, eran Seiya y los demás… Y ni que decir tenía, que la diferencia entre los chicos de bronce y la Orden Dorada era más que obvia para ella. Quizá por eso la compañía de Jabu no se le hacía tan difícil… aunque fuera un recordatorio constante de lo que se había ido para nunca volver. El resplandor con que Milo y los demás iluminaban el Santuario, la enceguecía. A pesar de todo el pasado que cargaban y lo que debía pesar, eran demasiado perfectos.

-Bien. Eso está bien.

-¿Necesitas algo más? –se limitó a preguntar ella, con la esperanza de que la respuesta fuera negativa.

-No, nada. –Milo agitó la mano sonriente.- Gracias por tu ayuda.

Shaina asintió apenas perceptiblemente, y se dio la vuelta con el único objetivo de alejarse de allí lo más rápido posible. No entendía como podían vivir así, como podían olvidar toda una vida… todo lo importante. Ella, simplemente, no podía. La herida era demasiado profunda. La hacía sentir débil y vulnerable frente a ellos, sus miradas hablaban aunque ellos no dijeran nada. Sabían todo acerca de su pasado, todo acerca de lo que había hecho por Seiya… para nada.

Milo la vio alejarse, apretando los puños por el camino. De pronto, acababa de descubrirla fascinante, y se maldijo por no haberla prestado atención primero. Shaina, a pesar de sus virtudes y defectos, se había proclamado ante todos como una chiquilla enamoradiza y rota… No la culpaba por ser como era: dura y hostil, quizá difícil de conmover. Pero había algo en ella, ahora que lo pensaba, que le transmitía una tristeza enorme.

Un gesto de determinación adornó su rostro cuando la perdió de vista y él mismo se dio la vuelta. Era consciente de que había gente que no sabía como vivir una vida tranquila y en paz. Había quien necesitaba que le tomarán la mano y lo guiaran por el camino… eran muchos así en el Santuario y, algunos, eran muy cercanos a él. La Cobra era exactamente igual.

Shaina acaba de convertirse en su propio reto. Eran buenos tiempos, eran tiempos para vivir… nadie merecía estar tan triste y amargado.

-X-

-Aún no me acostumbro a estos pasajes. –La voz de Deltha surgió de improviso en medio del silencio.

Naia volteó a verla, en el preciso instante en que alcanzaban la salida del túnel que desembocaba en el patio trasero de Géminis. Lo cierto era, que ellas no debían conocer aquellos pasadizos, mucho menos aún pasear a sus anchas tal y como venían haciendo últimamente. Caminaban con tanta tensión la mayor parte del tiempo, que el menor ruido amenazaba con parar sus corazones sin previo aviso.

-Aún te queda un rato hasta Sagitario…

-No me lo recuerdes.

-¿Es tan terrible como cuando éramos niñas e íbamos esquivando ogros dorados por estos lugares? –Deltha distinguió la burla en la voz de la amazona, y no pudo sino rodar los ojos.

-No sabría decirte…

-Ya. –dejó escapar una risilla nerviosa, cuando la luz se filtro por la salida disimulada entre las rocas. Un par de teas ardían a ambos lados, iluminando el cruce de caminos, y reflejándose tenuemente en el mosaico de azulejos dorados del suelo: aquel que indicaba donde se encontraban, el símbolo de los gemelos.- Suerte ahí arriba.

Deltha resopló. Habían sentido llegar a los chicos un rato atrás. Su cosmos había vuelto al Santuario llenando el enorme vacío que había dejado su ausencia. Un vacío en el que no habían reparado hasta que habían vuelto. Y no tenía la menor idea de por qué, pero tenía una mala sensación al respecto. Quizá era el nerviosismo que transmitía el cosmos de Aioros… No lo sabía, pero no podía evitar sentirse igual de inquieta.

Iba a decir algo, cuando el sonido de pasos metálicos las sobresaltó a ambas por igual. A la vez, las dos se giraron en la dirección de la que provenían, de Cáncer. Antes de que tuvieran tiempo de pronunciar palabra alguna, el brillo dorado de la armadura de Géminis se reavivó con el fuego de las antorchas.

-X-

Respiró hondo cuando Aioros se fue volando.

Hundió el rostro entre sus manos, y se sobó los ojos. Shion se sentía agotado. Se recostó por unos segundos en la butaca, reclinada sutilmente bajo su peso, y suspiró una vez más.

Era momento de ver a la princesa, y hablar con ella de lo sucedido. No tenía caso retrasarlo más, aunque aquellos ojos tristes, enormes y repletos de pena, suponían para él un desafío. Contaba con más de doscientos cincuenta años de vida, y había liado con muchos chiquillos y situaciones complicadas. Sin ir más lejos, los dos santos a los que acababa de despedir, habían sido difíciles de ignorar cuando sus ojitos infantiles se tornaban tristes y apagados. Nunca había logrado hacerse invulnerable a esas miradas desvalidas.

Tomó la máscara entre sus manos, se puso en pie y abandonó el despacho a toda prisa.

No tardó en llegar a los aposentos privados de la princesa, y cuando llamó suavemente a la puerta, el rostro dulce de Svetlana, su doncella, lo abrió con una sonrisa.

-Maestro. –murmuró. Él sonrió de vuelta e inclinó el rostro.- Pasad.

-Gracias.

La doncella cerró tras de si, dejándolo solo bajo el intenso escrutinio de la mirada de Saori. Lo veía atentamente, sentada en su escritorio, y lejos de parecer la diosa de la sabiduría… a Shion solamente le pareció una adolescente a la espera de su inevitable castigo. Se acercó hasta ella, y se acomodó en una silla a su lado.

-¡Lo siento muchísimo! –exclamó la pelilila de pronto, como si fuera incapaz de retener aquellas palabras por más tiempo.

-No pasa nada, princesa. –Ella sostuvo su mirada por unos instantes, pero después, se concentró en la palma de sus propias manos.

-Debí escucharte… escucharos. –Tomó una bocanada de aire.- A ellos también. No querían y yo…

-Debiste hacerlo, si. –no iba a colorearle su equivocación.- Pero ahora ya has comprobado cómo son las cosas. No se les puede obligar a recorrer un camino que no quieren…

-Ni si quiera se lo que pasó. –Sus ojos se nublaron de lágrimas por un instante, y Shion tomó su mano.- Llegaron a mi dormitorio esta mañana, llamaron y entraron como si nada. Bueno, al menos Saga…

-El "como si nada" de Saga suele traer muchas cosas consigo. La mirada de Aioros es tan transparente como sus silencios. Sin embargo, aunque es fácil saber cuando algo le sucede, la verdadera dificultad recae en averiguar qué es.

-¿Qué dijeron? –musitó tras asentir.

La delicadeza de su voz le decía muchas cosas al viejo Patriarca, como por ejemplo, lo mucho que la avergonzaba no saber si quiera qué había sucedido. Shion se tomó su tiempo para responder mientras acariciaba suavemente el dorso de su mano.

-Hablaron. –La mirada gris de la diosa, lo miró interrogante.- Hablaron acerca de Ares. –Saori despegó los labios, y Shion supo inmediatamente cual sería la siguiente pregunta, así que decidió adelantarse.- Saga le contó cuál es la situación.

-¿Se pelearon por eso? –Saori hundió el rostro entre sus manos.- ¡Pero no es su culpa! Él no…

-Más bien, creo que Aioros se peleó con Saga. –Esbozó una diminuta sonrisa. Habían cambiado mucho, unos más que otros… pero había detalles como aquel, que no habían variado un ápice.- Pero no por Ares en si, princesa.

-¿Entonces?

-Saga está asustado con este asunto, yo lo se… y Aioros acaba de toparse de bruces con esa realidad. Lidiar con ello no es sencillo. De un modo equivocado, solo quiso recordarle que ya no… -carraspeó. La realidad de lo que uno y otro pensaba, le dolía infinitamente. ¡Cómo de solo se había sentido aquel chiquillo bajo sus propios ojos sin que él hiciera nada!- Que ya no esta solo. Estoy enfadado por la manera en que lo hizo, pero si he de ser sincero… el que hayan hablado es algo que debería llenarnos de optimismo. Saga se decidió a contarle a alguien al respecto… precisamente a Aioros.

-Supongo que si.

-No te preocupes. Fue a buscarlo… -Shion se encogió de hombros.- Así que supongo que terminaran de pelearse, o acabaran esa conversación como debe ser.

-Lo siento muchísimo, Shion. No sabes cuanto.

-Lo se, princesa.

-¿Cómo va a darles Saga la noticia a los demás? Ha tenido que ser terriblemente difícil para él sincerarse una vez, y ahora… –Shion frunció el ceño por unos segundos. En eso, estaba en lo cierto. Era algo que no había pensado, y una dificultad que habría de tener en cuenta.- ¡No se como ayudar! Nunca he tenido a nadie que… -se humedeció los labios con cierto nerviosismo.- Nunca tuve a nadie a mi alrededor de esta manera. Seiya y los demás, fueron mis ángeles; pero es distinto. Se desvivían para mi, pero eran felices a pesar de todo. Vosotros… -se encogió suavemente de hombros.- Sois una Orden de Guerreros de verdad. –"Y soy yo quien debe desvivirse por vosotros ahora", pensó.

Sus amigos, aunque habían sido los más brillantes guerreros para ella, solamente habían sido niños que se habían visto empujados al desastre: forzados a pelear por sobrevivir. Sus santos dorados y su Patriarca habían sido educados exclusivamente para ser lo que eran: vivían para pelear. La diferencia era abismal.

-No hay segundo en que no sienta vuestros cuidados o preocupación… Vuestro cariño. Pero nunca tuve a nadie que me dijera las cosas… como son. Mucho menos aún que me regañara. –Y no solamente se había sentido regañada por Shion, sino que la mirada dura de Saga, la había resultado mucho más demoledora aún con todo su silencio.- Os lo agradezco.

-No lo hagas. –Shion sonrió.- Paso a paso, todos aprendemos. Incluida tú, princesa mía.

-X-

Había bajado con tanta prisa, y de tan mal humor, que ni siquiera había reparado en la presencia de las dos pequeñas intrusas en los pasajes. Así que, cuando Saga se topó con las dos máscaras de plata mirándolo fijamente, se quedó completamente quieto. Vio fugazmente de una a otra, y casi por reflejo, hurgó con la lengua en la herida de su labio.

-Hola. –atinó a decir. Parecía que aquel día estaba destinado a salir de una situación incómoda para meterse en otra. Deltha le ponía infinitamente nervioso.

-Hey… -murmuró Naia, incapaz de ver otra cosa que no fuera aquel corte, y consciente de que esa herida había encendido las alarmas de su amiga, tanto como las suyas. Los peores presagios parecían haberse cumplido.- Habéis vuelto.

Saga asintió, peinándose la melena con los dedos en un gesto nervioso que había adoptado últimamente.

-¿Qué…? –comenzó. Después se aclaró la garganta, en un gesto titubeante que sorprendió a ambas.- ¿Qué hacéis por aquí? –Era una pregunta tonta. No había muchas cosas que aquellas dos podían hacer por allí… Y lo que estaba claro, era que no iban a verle a él. Pero no quería empeorar la ya de por si compleja situación, huyendo también de ellas.

-¡Vaya! ¡Los viajeros han vuelto por lo que veo! –La voz dicharachera de Kanon, asomando por la entrada, les tomó por sorpresa, interrumpiendo la breve conversación. Sin embargo, cuando alzó las cejas, Saga supo que lo siguiente que saldría de sus labios sería una pregunta que no quería escuchar y menos aún responder en aquel momento.

-Será mejor que vaya a casa. –murmuró el mayor, con la única intención de llegar hasta Géminis y esconderse allí hasta que la tempestad amainara.

-¿Qué demonios…? –preguntó Kanon.

-Ahora no. –Y el tono de la respuesta no daba ninguna opción a réplica. Saga se encaminó a la salida, mientras Kanon volteaba hacia las amazonas con gesto interrogante. Una se encogió de hombros, y la otra negó con el rostro.

Sin embargo, antes de que pudiera continuar con sus preguntas, y al menos ahuyentar así los pensamientos tan turbios que estaban inundando su mente a pasos agigantados, el arquero apareció en el pasadizo corriendo como alma que llevaba el diablo.

-¡Aioros! –exclamó Deltha.

-¡Saga! –llamó él, ignorándola.

Saga solamente se sopló el flequillo, y cerró los ojos. Luego, volvió a andar. Pero justo cuando pensaba dejar toda aquella improvisada reunión atrás, un par de manos atraparon la suya. Se detuvo nuevamente, y sus ojos siguieron la línea de su brazo hasta las manos. Naia no parecía tener intención alguna de soltarle.

El peliazul buscó su mirada metálica, desconcertado en medio de tanta confusión. Con disgusto, vio su propio reflejo en la máscara en lugar del par de ojos violetas que lo observaban. Afinó su cosmos, viendo a través de aquel trozo de metal.

-¿Estás bien? –preguntó ella con suavidad. Sus ojos, envueltos en diminutas y titilantes estrellas, relampaguearon de preocupación. Al percibirlo, Saga se relajó inmediatamente, y la tensión de su brazo desapareció.

-No te preocupes. –murmuró, con la mirada fija en sus manos. Luego, alzó el rostro una vez más, y sin darse cuenta, esbozó una sonrisa diminuta. Hacía mucho que no sentía una preocupación tan genuina por él. Se separó, hasta que finalmente el contacto se rompió cuando el último de sus dedos la dejó atrás.

Después, abandonó el túnel. Con cuatro miradas interrogantes clavadas en su espalda.

-X-

-Estoy confuso. –murmuró Kanon, viendo el hueco que había dejado su hermano. Aioros pasó a su lado a toda prisa, impidiéndole que pudiera interrogarlo al respecto, pero reafirmando sus sospechas de que lo que fuera que había ocurrido ahí abajo… había sido entre ellos dos. No sabía si sentirse aliviado o aterrado.

-Ahora no, Kanon.

-¿A dónde vas? –preguntó Deltha.

-¡A Géminis! –gritó mientras se alejaba.

-¡Por Athena! –Exclamó la amazona.- No puedo creerme que…

-No sabes nada, Deltha. –Naia la interrumpió antes de que continuara.- Deja al menos que te lo expliquen.

-No pinta bien…

-No mucho. –terció Kanon, encogiéndose de hombros.- Supongo que vivirán.

Deltha entornó los ojos ante la aparente despreocupación del menor de los hermanos. Si era cierta o no, no podía saberlo con seguridad… pero siempre había sido de las que creía fielmente el dicho de "piensa mal y acertarás". Con Kanon solía funcionar.

E, igual que si el gemelo supiera lo que pasaba por su mente en aquel instante, volteó hacia Naia, dispuesto a cambiar de tema.

-¿Qué fue eso, por cierto? –preguntó.

-¿El qué? –La morena se estaba haciendo la tonta, Deltha podía notarlo.

-Casi me echo a llorar de la preocupación cuando le has preguntado si estaba bien…

-No seas idiota.

-Solo digo que…

-¡Kanon!

-Vale, vale.

Lo cierto era, que aunque ninguno allí dudaba de que aquella preocupación era cierta y Naia había sido la única capaz de hacer la pregunta que pasaba por la mente de todos; Deltha había notado, tan bien como ella, aquel gesto casi invisible en Saga. Por un momento, la morena había vuelto a ser su pequeña Naia, aquella a la que había dejado marchar de Cabo Sunion muchos años atrás.

-X-

Caminó a toda prisa, sin desprenderse si quiera de la armadura hasta que llegó al salón. Tomó la botella de vino del mueble, se sirvió un poco en un vaso, y le dio un sorbo, a la espera de que su perseguidor irrumpiera en su casa.

-¿Saga? ¡Tenemos que hablar!

El aludido apretó el vaso con tanta fuerza, que estaba seguro lo rompería de seguir así. No tenía muy claro si prefería romperlo, o estrellárselo en la cara al arquero. Así que se limitó a dejarlo en la mesilla. Después volteó hacia Aioros.

-Soy todo oídos. –El arquero suspiró. Saga era un conversador lamentable por naturaleza, lo sabía. Pero cuando además lo hacía a propósito, convertía un intercambio de palabras en poco más que una tarea titánica. ¡Peor aún cuando se trataba de una disculpa!

-Lo siento. No debí pegarte. –Su rostro no cambio un ápice, pero sus ojos lo decían todo: "Por supuesto que no debiste".- Nuestra situación… -se encogió de hombros.- No es la mejor, ni es la que me gustaría tener. La última vez que hablamos aquí, te esforzaste en decir un montón de idioteces que me dolieron enormemente. –En eso estaba en lo cierto, no había modo de negarlo, y Saga no tenía defensa posible al respecto.- Pero la realidad es esta: ambos hemos cometido errores enormes. Todos lo hemos hecho. Mis errores me condujeron a la muerte, y te condenaron a ti a vivir algo que no merecías; y los tuyos, me condenaron a mi y a ti te obligaron a vivir una pesadilla. Lo dos resultamos severamente castigados. –Saga no dijo nada, guardó silencio al comprender inmediatamente lo irónico de esa explicación.- Pero me gustaría creer que hemos aprendido algo después de todo, ¿no? –El peliazul se sopló el flequillo.

-Nunca me ha gustado hablar de mis asuntos, Aioros.

-Hubo un tiempo en que, conmigo, lo hacías.

-Hace mucho tiempo. –negó lentamente con el rostro. Aquellos chiquillos ya no eran ellos.- Llámalo costumbre si quieres, pero así soy. No es algo que me resulte fácil cambiar, ni estoy seguro de querer hacerlo, y ¿sabes por qué? Porque la franqueza se valora, pero no se comprende. No es agradable cuando alguien es sincero con uno y dice cosas que no se quieren escuchar. –Ladeó el rostro con suavidad y guardó silencio durante unos segundos bajo la atenta mirada del arquero.- Dudo mucho que alguna vez encuentre el momento, la persona, o el modo adecuado de contar un misero fragmento de lo vivido en esos trece años. Espero que nadie este en la cuenta de que haré tal cosa. –Aunque no estaba muy seguro de que Shion fuera uno de ellos…- Pero en Atlantis decidí hablarte, antes que a nadie, de la peor pesadilla que podía imaginar en una tercera o cuarta vida. –Aioros no podía hacerse una idea de lo difícil que le había resultado dar el paso.- Me rompiste la cara después de hacerlo.

-No fue porque me lo contaras.

-Fue porque dije que no lo comprenderías, y no lo haces. –Aioros frunció el ceño.

-No es eso…

-Si entendieras por qué hago las cosas, quizá nos hubiéramos ahorrado más de un problema. ¿No crees?

-¡Ahora no sé de que hablas! –exclamó exasperado.- Todo sería mucho más fácil si simplemente me hubieras devuelto el golpe. ¡Te morías de ganas!

-Ares me quitó todo una vez. Y por "todo", no me refiero únicamente a mi vida, a mis sueños o mi armadura… -Tragó saliva.- Me refiero a ti, a Shion, a Arles… mi familia. -Se sopló el flequillo.- ¿Qué esperas conseguir estando ahí, vigilando? ¿Descubrir el momento en que mis ojos cambien de color, si es que lo hacen? No servirá de nada, porque si estás ahí… serás el primero en morir.

Aioros guardó silencio y apretó los dientes. Mantuvo la mirada del peliazul, y finalmente la apartó irritado, negando con rabia. De alguna manera, había comenzado a notar un nudo en la garganta al escucharle hablar. Cuando Saga mostraba las cosas con tal crudeza, le resultaba molesto, pero en aquel momento… el miedo del que hablaba Shion le resultaba tan palpable y evidente, que no sabía sobrellevarle. La peculiaridad de la situación radicaba en que Saga temía más por ellos, que por si mismo. Aioros no sabía si sentirse conmovido o aterrado.

Giró sobre sus talones y se paseó por el salón con nerviosismo, bajo la atenta mirada de Saga. Se mordisqueó los labios y se revolvió los rizos, mientras pensaba bien que decir. Fuera como fuera de difícil, aquella situación no podía continuar. El silencio de Saga, sus miradas vacías…. Pedían a gritos ayuda, aunque él no supiera pronunciar esas palabras. Aioros solo necesitaba averiguar como lograrlo…

-No voy a cometer el mismo error otra vez. –dijo con resolución. Se detuvo, y lo enfrentó de nuevo.- Tienes razón: no comprendo, ni podré comprender lo que significa Ares, sus recuerdos, o como se siente su presencia en tu cabeza. No quiero imaginar cómo se ve el mundo a través de sus ojos. –Negó, mientras sus manos se movían al son de su voz.- Las cosas ahora son diferentes. Tristemente, ya sabemos de lo que es capaz, como funciona y lo peligroso que es… y aunque no pueda hacer algo en su contra, no voy a dejarte lidiar con ello tú solo otra vez. Ya no tienes que fingir que las cosas están bien cuando no lo están, ni aparentar nada. Ya llegaste a lo más alto, no tienes que demostrarle nada a nadie.

-No me resulta tan sencillo… -murmuró.

-Lo sé. Se que te sientes culpable, y que lo harás siempre… Yo también lo hago. Si hubiera sido lo suficientemente valiente como para hacer algo en aquel momento, ante lo que resultaba obvio… me gusta pensar que hubiera podido evitar a mi hermano una vida demasiado injusta. Que hubiera podido evitar los remordimientos de Shura… y hubiera podido salvarte a ti. Salvarnos a ambos. Tienes razón, Ares te quitó a tu familia… pero de alguna manera, no haciendo nada, yo perdí a la mía. No me la arrebataron. –Saga desvió la vista rápidamente, y por un segundo, Aioros hubiera jurado que su gesto se había suavizado.- Tendré paciencia y aprenderé a leer las señales. Siempre fuiste importante para el Santuario, pero… Ahora lo eres mucho más. Con lo bueno y lo malo, te lo has ganado a pulso. La fortaleza de los demás, radica en parte de la tuya… Bien, pues aquí estoy. Formábamos un equipo genial, Saga. Si los demás necesitan de tu fortaleza y de mi leyenda, deja que te ayude a ser fuerte. Podemos recuperar todo aquello… mejorarlo.

Saga no dijo absolutamente nada, se sentó en el sofá, tomó el vaso abandonado, y se lo llevó a los labios una vez más, con mucha más delicadeza que antes. Aioros lo observó cada segundo de silencio, intentando averiguar si sus palabras habían tenido el efecto deseado.

-Estoy seguro de que acabas de sonar como una novia empalagosa. –masculló.- Y eso que nunca he tenido una. –Aioros rompió, inesperadamente, en carcajadas, sentándose frente a él.

-Bueno, la gente dice que has…

-La gente no sabe nada. –se apresuró a cortarle antes de que siguiera.- Pero te diré una sola cosa más: vuelve a ponerme una mano encima, y te romperé la cara.

-No volverá a suceder.

-Continuará…-

NdA:

Milo: ¡La grandiosísima fiesta de Escorpio tiene condición!

Todos: …

Milo: ¡Estar buenota y dejar un super-review! :D

Kanon: No se por qué, imaginaba algo peor.

Milo: Pensaba pedir bikinis diminutos para las damas, pero sería demasiado. Aunque siempre es necesario llevar lencería sexy.

Kanon: ¿Podremos brindar por el matrimonio en luna de miel?

Milo: ¿Matrimonio?

Kanon: ¡Mi hermano y el arquero!

Milo: ¡Oh! ¡Disculpa mi despiste!

Saga, Aioros: ¬¬'

Saga: Lo pasaré por alto solo porque voy a pasar una semana en el Caribe.

Aioros: ¡Y yo también!

Kanon: ¿Veis? ¡Luna de miel!

Saga: Tristemente, tú también vienes. ¬¬'

Kanon: ¡Rayos! ¬¬'

Damis: ¡Bikini! ¡Toalla! ¡Gorro de flores!¡Crema solar!

Sunrise: ¡Listo! ¡Listo! ¡Listo! ¡Listo!

Damis: Y estando advertidas, os veremos después de nuestras vacaciones!

Sunrise: ¡Esta vez tardaremos un poquito más en actualizar, porque Damis y los gemes se vienen a Mexico!

Damis: ¡Pero esperamos veros antes de Navidad!

Kanon: ¡Exijo mi propia maleta!

Saga, Aioros: ¬¬'

Milo: ¡Exijo que me lleveis! T_T

Damis, Sunrise: ¡Corto y cierro! n_n