Capitulo 14: En medio de la tormenta.
Los oídos de Poseidón tuvieron que haber resonado como nunca, después de la sarta de maldiciones que escaparon de la boca de Shaina. Y no era para menos, porque gracias al torrencial aguacero que bañaba al Santuario, las rocas y el lodo habían hecho de él una trampa mortal, cuyas víctimas mordían el polvo, una a una, sin poder evitarlo.
Unos minutos antes, la cascada de agua que caía del cielo había empeorado con el estallido del primer rayo que marcaba el inicio de una tormenta eléctrica. Shaina, al igual que el resto de los santos y amazonas que entrenaban bajo la lluvia hasta ese momento, se vieron forzados a correr en busca de refugio. Una cosa era entrenar bajo el agua, y otra muy diferente era arriesgarse a convertirse en un pararrayos en medio de la tormenta perfecta.
Pero, en definitiva, aquel no era el día de la amazona. Para su mala fortuna, los tacones de amazona le habían jugado una mala pasada, haciéndola tropezar y rodar por el piso. Fue así como la cobra había terminado con el culo en el suelo y con lodo en cada oscuro rincón del cuerpo. Las maldiciones no hicieron sino empeorar.
-¡Arriba, cobra! ¡Arriba! –Argol pasó a su lado y, tomándola del brazo, la hizo levantarse. Justo en ese momento, un rayo cruzó el cielo, dejándolos sordos con el estruendo que hizo al caer.
-¡Maldita sea!
Vieron a Jabu pasar a su lado, entre resbalones. El castaño iba esquiando entre aquella mezcla de piedra, arena y lodo, hasta el punto en que casi estuvo a punto de besar el piso, siendo salvado a última hora por Saga. El gemelo alcanzó a tomarlo de la camisa antes de que golpeara el piso. A duras penas, el santo de Unicornio conservó el equilibro y, después de regalarle una sonrisa nerviosa a su superior, se esforzó por continuar el camino sin más inconvenientes.
Por fin, después de sobrevivir al barro y a la estampida de santos y amazonas en plena huída, encontraron refugio en un rinconcito, bajo el cobijo del Coliseo. Descubrieron rápidamente que, con toda probabilidad, el resto de sus compañeros habían compartido su idea.
El espacio seco resultaba insuficiente. Pero ahí estaban todos, santos dorados, de plata, de bronce, y todo aquel que hubiera tenido la desdicha de levantarse para entrenar esa mañana. Lo cierto era que las opciones no eran muchas. Aquel diluvio infernal había empezado días atrás y, de acuerdo con los nubarrones negros que sobrevolaban perezosamente el Santuario, parecía que no terminaría en ningún futuro cercano. No era factible pasar tantos días sin hacer nada. Con lluvia, o sin ella, las prácticas debían continuar como hasta ese momento.
-¡Vaya mierda que es esto! -Se quejó Perseo, mientras luchaba con sus propios cabellos, empapados de agua fangosa.- ¿Estás bien?
-Si. –Shaina respondió, librando su propia batalla contra el barro.- No pasa nada.
Echaron una mirada fugaz a su alrededor: todo el mundo se encontraba ahí, apretujados unos contra otros, en esa mezcla de agua y lodo encima. Melenas empapadas, ropas sucias, malos ánimos. Todo aquello se había conglomerado en un espacio demasiado pequeño, tornando el ambiente volátil. Y, lo peor, era que los días de mal tiempo no parecían tener un final próximo.
-Linda mascarilla, Perseo. El barro seguramente te ayudará al cutis. –el rubio escuchó la burla de Dante y las risillas que le siguieron. Lo fulminó con la mirada y, después, retiró la vista de él, mientras exprimía el exceso de agua de su cabellera.
-¿Qué? ¿Hablas por experiencia propia? No sabía que eras experto en tratamientos de belleza. Habría que cambiarte de equipo.
-¡Oye! –Keitaro se quejó, ante la obvia alusión a su grupo, pero fue el gesto desencajado de Dante lo que hizo que todos se concentraran en él.
-¡Oh! –Las risas se tornaron en carcajadas. Satisfecho, Argol sonrió.
-Muy gracioso, Perseo. Muy gracioso.
-¿No soportas una broma, Cerbero? –Argol acompañó las risas, disfrutando del rostro fastidiado de su compañero. Sin embargo, antes de que pudiera decir una palabra más, el cielo se iluminó de nuevo y un estallido más cimbró el edificio de piedra.
No hubo nadie en el resguardo que no se retorciera ante la fuerza de la naturaleza. Podían ser santos y amazonas, podían tener un poder superior al de cualquier ser humano, podían ser aguerridos y valientes, pero cuando el poder de los dioses se manifestaba a través de la naturaleza, su mortalidad quedaba al descubierto. Y era en momentos como aquel, cuando se veían sometidos a voluntades superiores, que más resentían lo frágil de sus vidas.
Aquel aguacero llevaba cayéndoles encima por demasiado tiempo. Los campamentos estaban hundidos en barro. Las cabañas permanecían inundadas la mayor parte del tiempo, mientras la humedad las tornaba insoportablemente frías. El panorama en Rodorio no estaba muy alejado de todo ello tampoco. El camino que unía al pueblo con el Santuario era una resbaladiza trampa de piedras y lodo que casi era preferible evitar. Los aldeanos solo se asomaban esporádicamente en los terrenos de Athena y sus actividades habían disminuido al mínimo. Un poco más allá, las olas rugían en la playa. El mar furioso se azotaba contra el risco de Cabo Sunión, tan revuelto como en el pasado, cuando Poseidón había desatado su furia en contra del mundo.
-¿Crees que algún día termine de llover? –Moses se sopló el fleco. Su voz resonó entre el silencio que el trueno dejase tras de sí.
-Con suerte, pasará antes de que nos ahoguemos. –Geist, un poco más allá, masculló. El gruñido que emitió un segundo después, hizo que Nachi se empequeñeciera.- ¿Fue así de terrible cuando al niño dios le obsesionó destruir al mundo? –preguntó a Shaina. Pero fue el silencio de la amazona peliverde lo que le respondió, en lugar de sus palabras.- Vale, ya lo has dicho todo. –masculló una vez más. Aún así, Ophicus no respondió de inmediato.
No había disimulos entre ellos porque, casi de inmediato, todas las miradas volaron hacia donde Kanon se encontraba, entretenido en su propia conversación con Milo. Lo miraron por un segundo, sin saber que compartían un pensamiento conjunto.
Dante se sopló el flequillo y rebuscó con la mirada por alguien más. Lo encontró un poco más allá, en silencio y con la mirada perdida en la lluvia incesante. Sin embargo, cuando Saga volteó y sus miradas coincidieron, el castaño se respingó e intentó esquivarle por todos los medios posibles. Carraspeó, en un vano intento de lucir inocente, pero nadie le creía. Muchas sonrisillas burlonas se dibujaron al notar su recelo.
-¿Asustado, miedosillo? –El brazo de Argol pasó por encima de su hombro. El santo de Cerbero, bufó al escuchar la risilla sardónica.
-Cierra la boca.
-¡No te enojes! –Moses se acercó, del lado opuesto del rubio y también le pasó el brazo por encima.- Cuéntanos. –susurró.- ¿Qué estas pensando?
-Lo mismo que vosotros, idiotas. –Dante se deshizo de ambos y caminó un par de pasos, creando distancia.- No os hagáis los inocentes, sé que todos pensáis igual que yo.
-Pues cuéntanos. ¿Qué es eso que todos pensamos?
Los ojos escurridizos del santo buscaron a Saga una vez más. El gemelo había ya dejado de mirarle y, sin decir nada más, se había dado la vuelta y abandonado su lugar ante el reciente escrutinio. Aliviado, Dante suspiró. Ahora tenía rienda suelta para expresar sus ideas.
-¿Creéis que ese diluvio es normal? –preguntó, auque él tenía sus propias respuestas.- ¡Claro que no! Hay algo terriblemente sospechoso en todo esto. –entrecerró los ojos.
-Estás siendo paranoico. –Naiara acotó. Apretujó su larga melena oscura y el agua chorreó por sus manos.
-¡Ajá! Eso es lo que creen las mentes inocentes e ingenuas como la tuya, Caelum. –Detrás de la máscara, la amazona giró los ojos.- Esto va mucho más allá de eso.
-Por Athena…
-Esto es un castigo divino. –susurró, justo cuando un poderoso rayo atravesó el cielo. Una risa maquiavélica se le escapó, solo para ser cortado por Nikos un instante después.
-¡Dante!
-¡¿Qué?! Quizás no lo sabes, Orión, pero hace un tiempo, el mismísimo Poseidón intentó hundir al mundo entero bajo el océano. –Nikos ya lo sabía. Se lo había contado Naia y también había escuchado los rumores circulando por lo bajo en los campamentos. Lo que no terminaba de comprender, era si en algún punto, Dante se atrevería a decir lo que, él creía, estaba pensando.- Quizás intenta hacer lo mismo una vez más.
Primero, hubo silencio; después, miradas cómplices. El santo de Cerbero había estado en lo cierto en algo: más de uno había considerado la posibilidad con antelación.
-Eso es una tontería. –Sorpresivamente, Marin intervino. Se había mantenido cerca, pero no había pronunciado palabra alguna hasta entonces.- Julián es un aliado de la princesa ahora. No tiene motivos para querer destruir el mundo. –Naiara la escuchó en silencio, agradecida de que no haber sido ella la que hiciera semejante explicación. Si decía algo más, la tacharían de insistente y las explicaciones que tendrían sobre su conducta no iban a gustarle.
-Aún así, Águila. Deberíamos tomar previsiones.
-¿Previsiones? –Asterión, que en compañía de Jamian y Deltha, recién había tenido oportunidad de colarse hasta ahí, preguntó.- ¿Qué está pasando?
-Dante cree que Poseidón destruirá el mundo otra vez. Que esto es una venganza divina. –Le explicó Argol. La idea le resultaba divertida.
-¿Venganza? ¿Y qué demonios hicimos esta vez? –Se quejó airadamente el santo de Cuervo. Comenzaba a pensar que los dioses siempre tendrían algo de que enfadarse.
-Pues…
No hizo que falta que dijera más. Lenta y deliberadamente, giró la cabeza para mirar por encima de su hombro y todas la miradas siguieron a la suya. Ahí estaba Kanon otra vez, bajo el escrutinio de todos, sin siquiera notarlo… o, al menos, fingiendo no hacerlo. Pero Milo terminó con toda discreción cuando, arrugando el ceño, giró el rostro hacia el montón de santos de plata conversadores. Los observó también por unos segundos, hasta que el mismo Kanon volvió a llamar su atención. Musitó un par de cosas y, tras una última mirada fugaz, Milo retomó la plática que ambos tenían.
-¿Crees que Poseidón está molesto porque acogimos a Kanon? –murmuró Jamian. Sus ojos se abrieron como platos ante semejante implicación.
-Si. Y creo que deberíamos ofrecerlo como sacrificio a Poseidón.
-¡Oh, vamos! ¡No seas imbécil! –Antes de que pudiera reaccionar, Naia ya había hablado. En el momento en que toda la atención le cayó encima, maldijo por lo bajo.
-Tranquila, Caelum. Tranquila. –Se defendió el castaño.- Solo digo que, en caso de ser necesario, deberíamos considerar el hecho de que Julián podría estar enfadado. Tú vivías durante las inundaciones, ¿cierto? –La amazona no respondió.- Entonces, seguramente habrás tomando en cuenta el parecido con la situación actual.
-Oye, si tenemos que sacrificar a alguien, prefiero que sea a Kanon que a mi. –El santo de Ballena le secundó. A su lado, el gesto de Argol dejó en claro que no estaba en completo desacuerdo con la idea, al igual que Nikos y Keitaro.
Naia resopló y dejo que la conversación siguiera sin ella. Después de todo, no tenía caso discutir un tema tan absurdo. Aún en el peor de los casos, Kanon no sería sacrificado, no si la decisión dependía de Shion. Alejó el rostro de ellos, en una muestra de puro disgusto, mientras Deltha la observa fijamente en completo silencio.
Ninguno lo notó en ese momento, pero un par de ojos tan verdes como los de Kanon les contemplaban a la distancia.
Saga podía escuchar sus cuchicheos mal disimulados y, de algún modo que solo él comprendía, sentía el temor escondido tras las ideas desordenadas. Suspiró, a sabiendas de que aquella no sería la primera, ni la última vez, que dichas acusaciones vieran la luz. Eventualmente, cada vez que los océanos se agitaran, todos los dedos apuntarían a Kanon. Aquel lado oscuro de su hermano siempre estaría vigente en el recuerdo, del mismo modo en que Ares sería parte de él a cada paso que diera.
-¿Tenéis que hacer el idiota todo el tiempo? –Shaina, para sorpresa de todos, recuperó el habla. Levantó el rostro hacia el cielo neblinoso y se perdió un segundó en él.- Dejad las teorías paranoicas. Esta lluvia solamente es el otoño, diciéndonos adiós.
-X-
Llevaba un rato escuchando la conversación en silencio y Orfeo no podía creer lo que escuchaba.
Incluso Tatiana, con quien había estado hablando antes, guardaba silencio para oír con claridad las palabras del otro pequeño grupo de santos. Eire, a su lado, tampoco tenía nada que decir.
Más allá del hecho de que eran temerarios al hablar del modo en que lo hacían, estaba el terrible trasfondo de lo que implicaría una nueva guerra para todos. Porque, por mucho que el joven Julián quisiera tener la cabeza de Kanon a modo de regalo de cumpleaños, el santo de Lira tenía la impresión de que no sería suficiente. Si una nueva batalla entre el Santuario y Atlantis tomaba lugar, no sería por el gemelo menor.
-Es demasiado fácil hablar. –Lince gruñó. El peliazul estaba completamente de acuerdo con ella.- El día que haya una guerra, los niños no tendrán tiempo para las bromas.
-Tampoco lo encontrarán mínimamente divertido.
-Eso… no sucederá, ¿cierto? –Grulla miró del santo a la amazona.- No habrá guerra contra Poseidón.
-Lo dudo. Y, si la hubiera, Kanon nos sería tan útil como cualquier santo dorado. Por mucho que Julián pidiera su cabeza en una lanza, ni Athena, ni el Maestro, se la entregarían.
-Excelente observación. –La rusa le dijo al santo.- De todos modos, eso no va a suceder.
Orfeo asintió.
Instintivamente, sus ojos buscaron a los santos dorados que se encontraban ahí. No encontró preocupaciones en el rostro de ninguno de ellos, al menos ninguna evidente. Si ellos estaban tan tranquilos, entonces no había nada que temer. La lluvia de los últimos días era solo eso: lluvia. Los rumores podían decir lo que quisieran, siempre y cuando la realidad fuera otra.
Le hubiese gustado que la tormenta diera señales de terminar pronto, pero todo indicaba no sería así. El cielo centellaba y las rayos rugían. El incesante estallido de electricidad estaba comenzando a ponerle los nervios de punta. Siempre había sido un hombre de luz y de colores; y el eterno gris del temporal ensombrecía su ánimo. Extrañaba el Sol, el calor y el océano, azul y tranquilo. Las largas temporadas de cielos oscuros nunca le habían venido bien, y esa no era la excepción.
Encerrado en sus pensamientos, solo despertó cuando vio a sus dos acompañantes fijar la atención en alguien a sus espaldas. Giró, en busca del recién llegado y sonrió al reconocer los rizos mojados y enredados del líder de su equipo.
-Aioria.
-Ey. –el castaño revolvió sus rizos todavía más.- Esta maldita lluvia no va a cesar nunca, Orfeo. –se quejó.- Creo que lo mejor es dar el entrenamiento por terminado y largarnos de aquí tan pronto podamos. Hora de volver a casa.
-Bien. ¿Los demás también se marcharán?
-Aioros ha dicho que si, y visto que Milo ya desapareció antes de que un resfriado le pille, seguro que también el resto no tardará en despedir a sus chicos también.
-¡Eso sería excelente! ¡Necesito un largo baño de agua caliente!
-Estás demasiado entusiasmada, Eire. –La llamada de atención de su maestra solamente arrancó una carcajada desvergonzada. Tatiana meneó la cabeza.- Te recuerdo que yo estoy libre y tú aún no.
-Shura nos despedirá pronto. Ya verás. ¡Mejor aún! Iré a buscarle ahora mismo para convencerle. –Y sin decir nada más, desapareció de ahí para perderse entre el montón de gente, buscando por el español.
-Yo también me marcho. –Aioria palmeó el hombro de su subordinado.-Avisaré a Marin y volveré a Leo.
El santo de Lira se despidió también, poco después, mientras el amontonamiento de gente se diluía lentamente. No hacía falta decir dos veces que el entrenamiento terminaba. Después de todo, Grulla no era la única que agradecería un baño de agua tibia.
-X-
Cuando se adentró en la seguridad de Géminis, un nuevo trueno hizo temblar el templo hasta los cimientos. Casi sin quererlo, se estremeció, y apresuró el paso. Hacía mucho que no veía un temporal así, si es que alguna vez lo había visto. Así que cuando su salón silencioso le dio la bienvenida, sintió un alivio casi infinito.
Se deshizo del calzado en algún lugar de la entrada, y camino descalzo hasta su dormitorio, dejando una huella humedecida tras de si. Buscó refugio en su cuarto de baño a toda prisa, y sin ningún miramiento, abrió el grifo de agua caliente, y se deshizo de los harapos de barro y agua en que había quedado convertida su ropa de entrenamiento. Arrancó las vendas que protegían sus manos, y esperó pacientemente a que la cálida nube de vapor lo envolviera. Después se zambulló bajo el grifo, suspirando de alivio cuando el agua ardiendo roció su espalda.
Cerró los ojos, y respiró hondo. La mañana le había resultado agotadora, y no precisamente por el entrenamiento; sino porque la lluvia había sacado el lado más conspirador de todos ellos. Había escuchado, en silencio, innumerables teorías acerca de por qué les castigaba aquella tormenta: desde que el temperamento de Julian Solo les estaba jugando una mala pasada, hasta las palabras que se limitaban a decir que era normal, llegando el invierno. Sin embargo, se había percatado del modo poco sutil en que muchos ojos habían acusado a Kanon por ello. No creía que pudiera culparles, la verdad. Pero lo cierto era, que aquel súbito miedo hacia lo desconocido que había motivado una simple tormenta; le estaba haciendo recapacitar.
Sabía bien que las épocas de paz, independientemente de lo mucho o poco que durasen, eran un arma de doble filo. Cuando se acostumbraban a la tranquilidad, y la posibilidad de una nueva guerra se veía cada vez más lejana en su horizonte… se relajaban. Y no era malo, al menos no del todo: se permitían vivir, algo que jamás habían podido hacer. Le tomaban aprecio a las cosas más sencillas, como la simple rutina diaria… y encontraban infinidad de motivos por los que no deseaban morir: recuperaban viejos amigos y encontraban algunos nuevos, crecían, vivían, algunos incluso se enamoraban…
Pero… ¿Qué ocurría cuando estallaba una guerra inesperada? El miedo les atenazaba, les impedía reaccionar a tiempo. Les obligaba a aferrarse a sus sueños de una vida feliz, y eso era, hablando como un simple santo, contraproducente. Estarían tan distraídos que no verían venir el golpe.
Apoyó la frente en los azulejos frente a él, y suspiró.
Si Ares volvía, si encontraba una manera de hacerlo por segunda vez, les tomaría a todos desprevenidos. Causaría un desastre aún mayor que la vez anterior, si es que aquel era su deseo… Lo sabía de sobra. Entonces, ¿qué debía hacer? Sabía la respuesta. La había sabido desde el primer momento. Pero afrontar sus consecuencias, no le parecía tan sencillo. Sus compañeros merecían saber la verdad, merecían conocer el hecho de que Ares era una amenaza latente, e inminente; y debían estar preparados para ello.
Sin embargo, cuando lo supieran, ¿cómo iban a disimular el miedo que su persona les provocaba? ¿Cómo iban a controlar sus reacciones? ¿Su recelo y desconfianza? Aioros, Shura…
Apretó los puños y los dientes. Ahora que las cosas comenzaban a mejorar…
No importaba, debían saberlo. Aunque él no estuviera preparado para lidiar con las consecuencias. Sabía que nunca lo estaría.
Cerró el grifo, y salió de la ducha. Se anudó la toalla a la cintura, y caminó hasta la habitación, tiritando de frío.
Rebuscó en el cajón de su mesilla, hasta que encontró la vieja y desvencijada cajita de madera que buscaba. La abrió, y el contenido atrapó sus ojos. La familiar cinta roja, cuidadosamente doblada, pero aún manchada de sangre, reposaba en el fondo, acunando con cuidado a la pluma de oro. La observó un instante más y respiró hondo. Aquella caja había permanecido guardada entre sus pertenencias durante catorce años, y cuando había vuelto… la había encontrado exactamente en el mismo lugar donde Ares la dejó, la noche de la muerte de Aioros.
Se las había ingeniado para colocarle una cadena, así que rápidamente se la abrochó al cuello y se colocó la camisa encima. Era consciente de que tendría que responder ciertas preguntas cuando alguien la viera, pero la respuesta era bien sencilla.
¿Por qué había decidido sacarla después de tantos años? Quizá solo era una nueva manía supersticiosa. O simplemente, era la idea de que en aquellos tiempos, cuando Aioros se la había regalado; creían que podían cambiar el mundo, que podían hacer la diferencia… Era una creencia que necesitaba recuperar, toda aquella fe que compartían… Quizá, la minúscula pluma de oro de Sagitario, le diera fuerza en toda aquella tempestuosa travesía.
A él le bastaba con creerlo. La decisión estaba tomada. Era hora de decir la verdad.
-X-
Cuando se detuvo frente a la puerta del despacho de Shion, Saga se quedó quieto, sin apenas pestañear. Contempló la madera blanca, y el pomo dorado que le gritaba que lo tomara en su mano, y abriera sin más dilación. Sin embargo, sentía un nudo en la garganta que le impedía moverse, y en su fuero más interno, solamente deseaba que Shion no pudiera atenderle en ese momento.
Claro que, sabía de sobra que, sino hablaba en ese instante, nunca lo haría. No después del tiempo que le había llevado armarse de valor. Así que respiró hondo un par de veces más, intentando calmarse, y llamó a la puerta con suavidad. La respuesta de Shion no se hizo esperar.
-¡Adelante! –Y casi titubeando, Saga abrió.
Shion alzó el rostro de los papeles que acaparaban su atención al verlo, y sonrió suavemente. Siempre le resultaba agradable verlos por allí, le recordaba lo mucho que habían crecido desde aquellos años en que ni siquiera podían subir solos a las sillas.
-¿Qué te trae por aquí? –Saga se sentó en una de las butacas frente al escritorio, y se tomó unos segundos para responder. Casi por instinto, encogió los hombros.
-Creo que… -murmuró. Entonces, un rayo iluminó el despacho que permanecía en semipenumbra, para que su inseparable compañero el trueno, agitara el mismo templo segundos después. Saga tragó saliva.- Tenemos que hablar.
El peliverde lo contempló unos segundos. Su mirada esmeralda parecía plenamente concentrada en sus propias manos, y su rostro, lucía en cierta manera triste y ansioso. O eso imaginaba él: descubrir lo que Saga sentía continuaba siendo un enigma. Así que dejó los papeles en la mesa, con deliberada lentitud, y se reclinó en la butaca sin dejar de observarlo. Dispuesto a escuchar lo que fuera que tenía que decir.
-Tú dirás. –Los labios de Saga se entreabrieron un par de veces, buscando las palabras apropiadas. Entonces, al verlo titubear de esa manera tan poco habitual, Shion recordó algo importante. La capacidad del geminiano para hablar era asombrosa cuando se trataba de su deber como santo, de estrategias, de la política y sus intrigas; pero resultaba un completo desastre cuando el asunto se tornaba más personal. Nunca se le habían dado bien las palabras en aquel ámbito.- ¿Te sientes bien?
-Si. –Saga respondió inmediatamente, asintiendo, aunque se sintiera lejos de estarlo, y después resopló.- Hay que decírselo.
Inmediatamente, los lunares de Shion se arrugaron. Ladeó el rostro, rebuscando en el del santo por una explicación mejor, aunque sabía bien a qué o quién se refería. Probablemente nada más lo turbara con tanta facilidad.
-Asumo que estamos hablando de Ares. –Sus miradas se cruzaron, fugazmente, por primera vez desde que había tomado asiento. No le fue difícil percibir el pinchazo de dolor que ensombreció sus ojos por un momento, y se preguntó lo mucho que Saga había estado meditando sobre aquello antes de dar el paso. El peliazul asintió segundos después.- ¿Estás seguro de ello?
Inmediatamente, Saga se levantó de la silla en la que apenas llevaba un minuto sentado. Caminó con nerviosismo hasta el ventanal, y observó la oscuridad en que el Santuario estaba sumido aún a medio día. La lluvia no cesaba. Tragó saliva de nuevo, con más dificultad que antes, y asintió, con la mirada de Shion clavada en su espalda. Si le seguía dando vueltas al asunto, terminaría por arrepentirse.
-No tienes por qué apresurarlo si no estas plenamente seguro. Tomate el tiempo necesario para…
-Nunca estaré más seguro que ahora. –espetó. Y lo estaba, aunque también se sentía aterrado.
-Está bien, está bien. –Shion se pasó una mano por su larga cabellera verde, y suspiró. Después, se levantó y se acercó hasta Saga. Se apoyó en la ventana junto a él, observando el mismo horizonte.
-Merecen saberlo. –murmuró. Y lo hizo tan bajo, que si Shion no hubiera estado a su lado, ni siquiera le hubiera escuchado.- Si algo sucede deben estar preparados, no es justo que…
La mano de Shion se cerró sobre su brazo, forzándolo a voltear hacia él, y callándolo en el proceso. No dijo nada, solamente buscó sus ojos, se esforzó por encontrarlos; quizá más acuosos que antes. Sin embargo, Saga desvió rápidamente la mirada; como si no pudiera soportar la intensidad de la suya; mas Shion no lo soltó. Tomó su otro brazo con suavidad, tratando de confortarlo de algún modo. Era doloroso ver como su máscara de impenetrabilidad se deshacía en pedazos.
-¿Quieres que se lo diga yo? –sugirió.
Saga guardó silencio durante unos segundos en que no se movió lo más mínimo, pero terminó por asentir con cierta torpeza. Shion notó el modo forzado en que tragó saliva, indicativo de que el geminiano luchaba por no romper a llorar frente a él. El Maestro acarició sus brazos unos segundos más, sin saber que más podía hacer por ayudarlo. Verlo así le resultaba, simplemente, desbastador.
-Cálmate. –Saga esbozó una sonrisa tan triste e irónica en aquel instante, que el peliverde sintió como de alguna manera, su propio corazón se rompía. Verlo tan asustado, casi temblando de miedo y dolor, era algo a lo que no estaba acostumbrado. Y no tenía la menor idea de cómo iba a dar la noticia al resto sin que Saga se derrumbara en el proceso.- Se lo diré yo, y todo irá bien. No tienes de qué preocuparte.
El peliazul respiró hondo una vez más, buscando la calma y entereza que le faltaba. Sentía que Shion desconocía demasiadas cosas de cómo funcionaba aquello… pero él, que estaba "acostumbrado" a lidiar con el miedo que provocaba en los demás, no lograba ser tan optimista. Nunca lo había sido.
-La línea entre el respeto y el miedo es tan fina… -susurró. Shion frunció el ceño.
-Van a comprenderlo.
-Eso no quiere decir que lo tomen bien.
¿Cómo iban a hacerlo? ¿Cómo iban a permanecer a su lado como si nada, si cualquier día podía convertirse en el mismo demonio? ¡Por Athena! Ni siquiera él podía sobrellevar sus recuerdos, o aquel miedo que lo atenazaba cada vez que pisaba el Templo Papal y el aluvión de imágenes que lo mareaba. ¡Solo deseaba correr! ¡Huir hasta quedarse sin aliento! Ares les había hecho sufrir durante toda una vida, les había arrebatado todo y les había arrastrado a una espiral de destrucción.
¿Podía enfrentarse a todo eso de nuevo?
-Aunque lo comprendan… -continuó.- Nunca podrán olvidar ciertas cosas que pasaron. ¿Cómo podrían convivir conmigo como si nada, sabiendo que yo…? -¿Cómo iba a poder lidiar con el recelo que su figura representaba? Quizá él solamente era Saga, pero era precisamente ese rostro el que recordaban como el rostro del asesino.
-Saga…
-Si supieras todo lo que han contemplado las paredes de este templo, lo comprenderías. –musitó.- Sería el último lugar donde querrías estar en este momento…
-¡Saga! –alzó la voz, dispuesto a callarlo como fuera.- Suficiente.
Pero… ¿Lo era? No, no podía aceptarlo. No cuando cada vez que contemplaba a Shion lo escuchaba pronunciar su nombre como aquella aciaga noche en Star Hill; no cuando revivía una y otra vez su mirada de pánico antes de que él lo asesinara. Él.
Se mordió los labios con fuerza, tratando de mantenerse callado y tratando de que sus lágrimas no se revelasen. Hacía mucho tiempo que había olvidado cómo llorar, y aquel no era el momento apropiado de recordarlo.
-Les daré la noticia en el comedor. Se sorprenderán, se sentirán enfadados… incluso asustados; pero no por ti. Nunca por ti. –Apretó sus brazos un poco más.- Nada de eso volverá a suceder. No vamos a fallarte de nuevo, no voy a hacerlo esta vez. ¿Entiendes? –Sabía que era una promesa difícil de mantener.- Te lo prometo, Saga, te lo prometo.
-X-
Al parecer, la lluvia había logrado ensombrecer el buen humor que había reinado en el Santuario durante los últimos días. A Arles no le había pasado desapercibido el modo tan extraño en que todos se habían sumido en un silencio casi solemne. Apenas se escuchaban un par de palabras de vez en cuando, y alguna protesta airada cuando un trueno irrumpía en su calma.
Volteó a Shion fugazmente, cuya frente permanecía arrugada en una expresión grave. El santo de Altair no pudo pasar por alto las miradas fugaces que el Maestro dirigía a Saga, quien parecía totalmente concentrado en marear el contenido de su plato con el tenedor. No había probado bocado alguno. Arles se llevó la copa de vino a los labios, y frunció el ceño sutilmente. Fuera lo que fuera lo que sucedía, le daba mala espina.
-¿Cómo ha ido el día en medio de la tormenta? –preguntó Shion de pronto.
-Horrible.
-No ha parado de llover.
-Ni nadie ha parado de quejarse.
-Hace frío.
-Milo se enfermará.
-Y llorará como una nenita.
-¡Oye! ¿Cuál es vuestro problema?
El peliverde alzó los lunares de su frente al escuchar tantas respuestas a la vez, y esbozó una diminuta sonrisa en sus labios, cuando algunos rompieron en carcajadas.
-Si, lo imagino. El tiempo no acompaña… -Se llevó la servilleta a los labios, y continuó.- Espero que no tengamos una epidemia de gripe.
-¡Con mi buena suerte en lo que a resfriados se refiere, Camus tendrá razón y seré el primero en enfermar! –protestó Milo.
-No tengo ninguna duda al respecto. –Añadió Camus. Saori, sentada a su derecha, rió con suavidad. Después, el joven escorpión refunfuñó algo que Shion no llegó a escuchar, pero que provocó un par de nuevas sonrisas en los rostros más cercanos.
Les contempló en silencio un rato más, asegurándose de que terminaran de comer antes de empezar con su discurso. Y cuando lo hubieron hecho, carraspeó, buscando su atención.
-Hay algo importante de lo que tenemos que hablar. –dijo. Inmediatamente, Saori y Arles voltearon hacia él con seriedad, mientras los demás chicos… salvo uno, lo miraron interrogantes.
-¿De qué se trata? –Se animó a preguntar Dohko. Sin embargo, cuando avistó la imborrable seriedad en el rostro de su viejo amigo, la sonrisa se esfumó de sus labios.
-¿Has encontrado un modo de parar la lluvia? Porque las acusaciones sobre mi presunta culpabilidad son… ¡Abrumadoras! –preguntó Kanon, justo en el instante en que un nuevo trueno retumbó en el cielo.- ¡Joder! ¡Yo no hice nada! ¡Lo prometo! ¡Soy inocente!
-Lo sé, Kanon. –Quiso sonreír, pero tenía las palabras tan planeadas en la mente, que temía se le olvidaran en cualquier momento.- Me temo que lo que tengo que decir no tiene nada que ver con la lluvia, pero es un asunto importante, así que necesito vuestra total atención.
Oteó uno a uno todos los rostros marcados por la impaciencia. Unos se veían más preocupados y otros más irritados, pero al final, el sentimiento era común. Su instinto les gritaba que lo que fuera que tenía que decir, no iba a ser de su agrado. Todos lo sabían. Así que evitó por todos los medios mirar a Saga en aquel momento, aunque podía jurar que se estaba haciendo cada vez más pequeño en aquella silla… y, finalmente, se decidió a hablar.
-Debemos hablar acerca del sello de Ares.
Silencio. Un silencio atronador solamente interrumpido por el furioso golpeteo de la lluvia contra los cristales y el viento que la espoleaba. Saori soltó el aire que sus pulmones habían retenido, y Arles se revolvió incómodo en su silla. Los demás, observaban perplejos al lemuriano, y los más osados, se atrevieron a lanzar alguna mirada fugaz hacia Saga.
-¿Qué…? –quiso preguntar Shura. Sin embargo, Shion alzó una mano, silenciando las preguntas. Primero quería terminar.
-Escuchadme primero. –El español asintió apesadumbrado.- La noche en que Ares fue "vencido", se logró rechazar su presencia, pero la esencia del dios no está sellada.
-Maestro… -interrumpió Aioria, ignorando deliberadamente su petición de que lo dejaran terminar.- No se si soy el único que piensa esto, -sus ojos volaron fugazmente hacia el silencioso geminiano- pero lo que sucedió aquella noche no me queda del todo claro.
-La muerte de Saga forzó a Ares a abandonar su cuerpo, fuera ese su deseo, o no. –Y el modo en que aquello había sucedido, continuaba rompiéndole el corazón.
-¿Eso significa que…, a pesar de eso, puede volver? –La suave voz de Mu, se alzó entre las demás con preocupación. Había sido tan espectador como los demás, y había decidido que aquella no era su pelea. Dejó que los acontecimientos trascurrieran como debieron hacerlo, o eso pensaba, para nada. ¡El suicidio de Saga había sido inútil!
-Si. –Y nadie fue capaz de replicar nada ante la seguridad de su respuesta.- Es una posibilidad, pero no una certeza. Como dije, la esencia de Ares esta libre; es posible que desee retomar lo que dejó a medias, o quizá no pase por sus planes en este momento. Pero es algo importante que no debemos olvidar.
-¿Retomar sus planes? –Aioros ni siquiera se había dado cuenta de que había dado voz a sus pensamientos, ni de que manera. Sin embargo, el aluvión de imágenes difusas y aterradoras que lo ahogaba en aquel preciso instante, le impedía guardar silencio.- ¿Quiere eso decir que todo lo que ha pasado no ha servido para nada, y que Ares puede reinar aquí cuando le plazca? ¡Debe haber algo que podamos hacer para impedirlo! ¡No puede ser que…!
-Lo que quiere decir… -Shion tomó aire, acallando al santo, con toda la calma que fue capaz de encontrar. No podía dejar que a él mismo también le sobrepasasen las emociones.- Es que debemos buscar una solución en caso de que, los dioses no lo quieran, vuelva.
-¿Y cuál es esa solución? Porque hace un par de años, creo que estabais un poco escasos de alternativas por aquí. –Masculló Kanon, aquella noche nunca se borraría de su mente.
-Sellarlo. –Shion se encogió de hombros.- Es tan sencillo como eso, algo que debió ser hecho aquella noche, pero que por distintas circunstancias, no se hizo.
-¿Por qué no hacerlo ahora? –Preguntó Máscara Mortal.
-Porque no podemos. Debéis distinguir entre el cosmos de Ares y el cosmos de Saga. Son dos esencias diferentes, pero que comparten ciertos lazos. Mientras el cosmos de Ares no esté despierto, no hay modo alguno de poder sellarlo. Saga, su cosmos, su cuerpo y su presencia no tienen nada que ver con Ares. Si lo hacemos ahora, solamente estaríamos sellando a Saga.
-Es como Julián. –No era una pregunta, Kanon comprendía la situación a la perfección.
-Exacto. –Asintió el peliverde.- Cuando rompiste el sello de Poseidón, Kanon, el dios despertó, pero su cuerpo no estaba listo para soportarlo. Durmió durante años, a pesar del sello roto; años en los que Julián desarrolló sus propias habilidades, su cosmos, y sus propias características como guerrero y persona. Después, Poseidón decidió que era el momento oportunito de despertar, y solamente en ese instante, cuando retomó el control del cuerpo del chico, Athena pudo sellarlo. Ese sello no le quitó a Julián una pizca de su propio poder, él continúa siendo él: un guerrero poderoso aún hoy… pero sin el descomunal cosmos de Poseidón dictando sus actos.
-Solo podremos sellarlo si Ares decide manifestarse. –La dulzura de la voz de Saori, interrumpió la conversación con cierta timidez. No podía quitarse de la mente, la idea de que todo aquel caos era su culpa. A pesar de su inexperiencia, debió saber que debía sellarlo. ¡Lo supo con Poseidón! ¿Cómo es que no atinó a hacerlo con él…?
-¿Y es algo que podemos hacer? –Preguntó Camus.- Es decir… ¿funcionará? ¿A qué coste?
-Ahora la Orden está completa. La princesa está aquí, ya no es una niña inexperta, y todos nosotros la acompañamos. –replicó Shion.- Podemos hacerlo, y debemos. -¿El coste? A decir verdad, no podía responder a aquella pregunta. Lo desconocía.
Ninguna protesta o pregunta siguió a sus palabras. Volvió a observarlos uno a uno, detenidamente; percatándose de los miedos que de nuevo les estaban asaltando, de sus dudas y recelos... de los malos recuerdos. Tragó saliva y buscó a Saga, que permanecía inmóvil en su sitio, procurando por todos los medios que sus ojos no se cruzaran con los de nadie más. Se mordisqueó los labios, e inmediatamente después, buscó a Aioros. El arquero, con los codos apoyados en la mesa, había ocultado su rostro entre sus manos.
-¿Estáis bien? –murmuró, aunque conocía la respuesta.
-No, Maestro, no estamos bien. –Aioria no se pensó un segundo la respuesta, y Shion calló, con la única intención de dejarle desahogarse.- Nadie logró saberlo antes, ¿por qué íbamos a saber ahora si Ares decide volver o no? –Arles se revolvió incómodo en su silla. Eso no era del todo cierto. Él lo había sabido y por ello había muerto, Dohko lo supo… el problema no era la ignorancia, era que no hicieron nada útil por detenerlo.
Saga, mientras tanto, se estremeció al escuchar al león. Si Shion quería sinceridad, se había topado con el santo adecuado; aunque desde luego, la sutileza de Aioria era considerablemente parecida a la de Kanon: nula. Sabía lo que significa aquella pregunta, lo había esperado, pero no podía decir que estuviera preparado para ella. Lo que Aioria deseaba saber era cómo iban a poder confiar en él, cuando la sospecha de la presencia de Ares siempre estaría ahí. No era peligroso únicamente por su poder, sino por sus conocimientos. Si el dios llegase a volver, hasta el último resquicio de su mente sería asaltado sin piedad. No habría secretos.
-Lo sabremos. –La voz de Shura surgió apenas audible, pero por un instante, el peliazul alzó los ojos y lo buscó. Se veía apesadumbrado, asustado… pero de algún modo, comprensivo. Y la lealtad hacia él que desprendían sus ojos, conmovió enormemente al geminiano.
-¡¿Cómo?! –Saga se sobresaltó cuando la mano de Aioria golpeó la mesa.- ¿Cómo lo sabremos Shura? –Ellos dos habían sido los primeros engañados, tras Shion, Arles y Aioros. Aioria era incapaz de quitarse tal idea de la mente.
-Porque… la situación no tiene nada que ver con la de antes, Aioria.
-Antes estabais solos aquí… Ahora al menos, hemos vuelto, y todos nos conocemos mejor o peor. –Camus le echó una mano al español.- No hay tantas incógnitas. –Y lo cierto era, que no creía posible que después de todo lo que habían vivido, fueran capaces de volver a confundir aquellos ojos.
Saga ya no era un ídolo desconocido, era real, era un amigo, era… Saga. Estaba ahí sentado, con ellos, como si fuera un muñeco de papel deshaciéndose bajo la lluvia; aunque luchaba cada segundo de la conversación porque nadie se percatara de ello. Quizá ellos no se habían dado cuenta de la magnitud de la conversación… pero si el geminiano estuviera bien con todo el asunto, Camus sabía de sobra que hubiera sido él mismo quien les pusiera al tanto de la situación, no Shion. Nunca hubiera delegado en él de saberse capaz de hablar. Y eso le preocupaba. Le asustaba la magnitud de la herida que estaban abriendo.
Obviamente, no hacía falta ser demasiado avispado para saber que el tema de Ares sacaba las memorias más difíciles y vergonzosas de todos ellos. Desde el primero al último. Lo peor era que Saga, aunque era protagonista de aquella penosa situación, no era el único que sufría. Sin embargo, Camus no quería que todo aquel peso recayera sobré él. No podría cargar con el miedo y los recuerdos de Aioros, de Aioria, Shura… además del propio. Si eso sucedía, todos se hundirían sin remedio. Saga era fuerte, no lo dudaba ni por un segundo… de no ser así no habría resistido tanto. Pero no podían pedir un imposible.
-Camus está en lo cierto. –La voz de Shaka les tomó a todos por sorpresa. No solía intervenir en sus conversaciones, fueran del tipo que fueran. Mas él, como todos los demás, se había manchado las manos durante aquellos años y era algo que no quería repetir. Quizá era de las pocas cosas que tenían en común.- Ahora que de verdad sabemos quienes somos, debería sernos sencillo reconocer los cambios que su presencia provoca.
-Pero… ¿y si no? –Milo había permanecido inesperadamente callado hasta aquel punto. Y es que, la conversación había sido un tremendo varapalo. Después de todo, las cosas parecían ir bien, estaban evolucionando, paso a paso… Comenzaban a tolerarse entre todos, incluso a poder divertirse juntos, como en su propio cumpleaños que en aquel instante le parecía tan lejano. Le resultaba una mala broma que cuando las cosas parecían mejorar… sucediera algo así.- ¿Y si nos equivocamos de nuevo, o Ares simplemente cambia su manera de actuar? ¿Qué haremos entonces?
Nadie dijo nada.
Aioros se sobó los ojos con fuerza y tomó una gran bocanada de aire con la única intención de calmar los nervios desbocados. El latido acelerado de su propio corazón parecía capaz de perforarle las sienes en ese momento. Sentía tantas cosas, con tal intensidad… que incluso respirar le resultaba terriblemente difícil. Les estaba escuchando, pero era incapaz de verles. No podía sino recordar la máscara azulada y aquellos ojos rojos, la mirada enloquecida que ni siquiera logró reconocer, la sonrisa sedienta de sangre y la daga… Después Shura. Excalibur. El llanto desgarrador del bebé.
-Si me disculpáis… -murmuró. Se levantó antes de que nadie tuviera tiempo de decir nada, y abandonó el comedor a toda prisa. Necesitaba aire, necesitaba pensar… y calmarse. No encontraría nada de eso en todas las preguntas sin respuesta que estaban formulando… solo empeoraría la situación, y era algo que no necesitaban.
Shion suspiró cuando lo vio marchar. Había querido pensar que Saga era más pesimista de lo que la situación merecía… pero ahora comenzaba a entender que no; que Saga sabía a la perfección a qué se enfrentaría, que lo sabía mejor que él. Alzó el rostro, y tal y como si hubiera escuchado sus pensamientos, se topó con la mirada del geminiano. No dijo nada, ni una palabra, ni un gesto que alertara de su sentir. Pero aquellos ojos lo decían todo: "Te lo dije". Lo gritaban de un modo desgarrador.
-¿Por qué no nos calmamos un poco? –sugirió Aldebarán, pero Aioria bufó a su lado, y se revolvió los rizos con fuerza.- No vamos a conseguir nada así…
-Aldebarán esta en lo cierto. –terció Dohko. Aunque, a decir verdad, no tenía la menor idea de dónde había sacado las fuerzas para meterse en aquella conversación. Sus remordimientos acerca de aquel asunto jamás le darían tregua.- Así no resolveremos nada.
-Chicos… -Shion retomó la palabra.- Supongo que imagináis que esta no es una situación fácil, ni mucho menos agradable. –Alguno asintió, otros se mantuvieron quietos y callados, terriblemente apesadumbrados.- No hay motivo para entrar en pánico, ni para magnificar las cosas. Es algo que pensamos que debíais saber, porque es lo justo para todos. Pero esto no significa que Ares vaya a volver hoy, ni mañana, ni dentro de diez años. No es una certeza.
-Pero ni siquiera la idea es agradable… -Milo se encogió de hombros.- Entiendo… entendemos, -se corrigió- que Saga y Ares son dos entes diferentes. Mucho, de hecho. No es algo que nadie aquí olvide, aunque… lo parezca. No es algo que ignoremos. –vio de soslayo al aludido. De alguna manera, sentía un profundo pesar por él, sentía que le debía una disculpa por todo aquello… pero no sabía como hacerlo.- Pero al menos a mi, me gustaría saber que tenemos una solución o un plan en caso de que todo vuelva a complicarse. No querría, ni por lo más remoto, que aquella noche se repitiera.
-Nadie lo quiere. –Kanon habló con seguridad, aunque en realidad, se sentía tan nervioso y devastado como los demás. Se sopló el flequillo. Toda una vida de odio y deseos de venganza, de planes de muerte y desolación… para cuando Saga se suicidase, no atinara a hacer más que llorar. Había dolido, y a día de hoy, seguía sin comprender cómo su hermano había sido capaz de hacer tal cosa.
-Esto es algo que… -Afrodita intervino, carraspeando suavemente.- Creo que no debería abandonar las Doce Casas, Maestro. Es un asunto nuestro, privado, de nadie más.
-De acuerdo en eso. –El sueco asintió al escuchar la afirmativa de Aioria.- Nadie lo entendería, ni nadie sería de ayuda. –El león sabía de sobra lo que sucedería si el rumor se extendía. Saga provocaba el suficiente "miedo" ya.- Lo resolveremos entre nosotros, y ya está.
-Bien… bien. –Alivio fue lo único que Shion sintió en aquel instante, y cierto orgullo por el modo en que se habían repuesto inmediatamente a la noticia. Casi todos, al menos. No podía culpar a Aioros, porque en el fondo… él mismo no se había sentido de modo diferente al saberlo. Había sentido el mismo miedo recorrer cada fibra de su ser. Se había visto fallando estrepitosamente de nuevo.- Que así sea entonces.
-Nadie tiene por qué caminar solo ahora. –La paz de la voz de Saori inundó el salón, aunque toda ella se dirigía a una persona en concreto.
Le sentía tan hundido, tan… frágil, como ella nunca lo había conocido, y no soportaba esa sensación. Inmediatamente, Saga alzó el rostro, sintiéndose presa de su escrutinio. La niña diosa sonrió, y el esplendor de sus ojos grises inundó el salón.
"Tranquilos, todo estará bien", parecía que decía.
-X-
Shura resopló una vez más, antes de animarse a adentrarse al salón de Sagitario. La conversación había sido lo suficientemente difícil de por si, como para lidiar también con aquello… pero sentía que era su responsabilidad. No podía dejar a Aioros solo en un momento como ese, de igual forma que tampoco podía dejar a Saga.
Así que, sin más miramientos innecesarios, llamó un par de veces a la puerta, y abrió antes de que nadie contestara. Asomó la cabeza, y cuando encontró a Aioros en el sofá, se decidió a entrar. No esperó a que dijera nada, solamente caminó hasta él, y se dejó caer a su lado con cansancio.
Permanecieron un par de minutos en un silencio solo roto por los dibujos animados de la televisión; pero ni siquiera Bugs Bunny les sacaría una sonrisa en aquel día, Shura lo sabía. Sin embargo, decidió esperar. No creía que saliera nada bueno de la presión a la que Aioros se había sentido sometido inmediatamente después de escuchar a Shion.
-¿Está bien?
-¿Mmm? –Shura alzó el rostro, sorprendido por la pregunta.
-Saga.
-No lo se. No lo creo.
-No debí irme así.
-No pasa nada. Nadie se ha ofendido.
-No, pero… -No esperaba que nadie se ofendiera, pero lo que menos deseaba era que Saga volviera a salir corriendo, para esconderse bajo la piedra más recóndita de Géminis. Y eso, precisamente, era lo que sentía había provocado con su reacción.- No quería que él pensara que…
-Lo va a pensar de todos modos. –Aioros se sopló el flequillo. Por supuesto que Saga pensaría que Aioros lo temía a él. Acostumbrarse a que hubiera alguien más que comenzara a conocer a Saga mejor que él, era extraño.- ¿Desde cuando crees que lo saben?
-Lo suficiente. Tampoco tiene importancia.
-¿Y tú? ¿Estás bien?
-Estoy… asustado. –se mordisqueó una uña, con la mirada perdida en el suelo.- El nombre de Ares provoca… -se encogió de hombros.- no es solo miedo, ¿sabes? Por supuesto que la idea de volver a enfrentarlo me aterra, te aseguro que después de tanto tiempo lo último que quiero es volver a morir. Pero… creo que es peor el miedo a volver a fallar. A fallaros a todos. A Aioria, a ti, a él… a Deltha.
-No fallaste. –Fue él. Él. Si hubiera escuchado, si le hubiera prestado atención… quizá hubieran podido revelarse, librarles a todos de aquel infierno.- No tiene mucho caso buscar culpables, porque a decir verdad… todo fue una lastimosa cadena de errores. Tú hiciste lo que debías… le enfrentaste, salvaste a la niña, y moriste por ella.
-Tú solo eras un niño.
Y ahí estaban los dos, consolándose mutuamente, quitándose las culpas que aún les aprisionaban… las mismas culpas que les había costado enormemente aceptar que no tenían.
Shura rió con suavidad al reparar en ello.
-¿Te has fijado?
-¿En qué?
-En que aquí estamos, intentando convencernos mutuamente de que no fue nuestra culpa sin conseguirlo.
-Si… -Aioros se apretó la cinta de la frente con cierto nerviosismo.- Pero al menos ya no estamos solos. –Shura asintió.- Si tan solo no hubierais sido tan niños en aquella época… ¡Por los dioses! No te haces una idea de cuanto os necesitábamos…
-En realidad si lo hago…
-¿Tú crees?
-Si. Nunca vais a dejar de ser Aioros y Saga, ¿sabes? Con ese aura de heroicidad idealizada… aunque os esforcéis por cambiarlo. –el castaño frunció el ceño con disgusto.- Pero ahora ya sois reales. Hemos conocido, y estamos conociendo, facetas vuestras que os ponen a nuestro mismo nivel: lloráis, os frustráis y sufrís del mismo modo que nosotros. No sé como es posible, Aioros, pero en ese salón… a pesar de la mala noticia y de los propios miedos que ha desencadenado… -estrujó el cojín que tenía entre las manos.- Lo que de verdad me preocupa sois vosotros, no mi propio miedo. Todos hemos sufrido pero… Vosotros nos habéis tomado como vuestra responsabilidad en otras ocasiones: habéis tirado de todos de un modo u otro. Ahora nos toca a nosotros devolveros ese favor.
-¡Dioses! ¡Cuánto has crecido…! –el español sonrió levemente.- No creo que haya en el Santuario, ni en el mundo, alguien tan leal como tú. –Shura se sonrojó, nunca había sabido lidiar con los cumplidos, y al menos por esa vez, Aioros se sintió bien por ello.
-Quiero ayudaros, es todo. Entiendo vuestro miedo, todos lo hacemos. No quiero que sintáis, ninguno, que estáis solos en esto o que sois los culpables. Si Ares vuelve, lo sellaremos y la pesadilla habrá terminado.
-No se si podamos vivir con esa incertidumbre… Despertar un día y que todo haya cambiado.
-Pues habrá que hacerlo. -Shura palmeó su espalda.- Estaremos bien, ¿vale? –Aioros terminó por asentir, ante aquella fuerza de voluntad que parecía imposible de ignorar.
-Gracias, Shura.
-Una cosa más…
-¿Si?
-Esto es un asunto que no concierne a nadie fuera de los Doce Casas.
Aioros asintió. Era mejor así. Al final, los asuntos de la familia, se trataban en familia.
-X-
Apenas Shion había dado por concluida la reunión, Saga había abandonado el comedor a toda prisa. No tenía deseos de quedarse ahí por más tiempo, y tampoco pensaba que le fuera posible permanecer en el salón. Por ese día, ya había visto y oído suficiente… ya había sentido demasiado.
Sentía que le era imposible soportar por más tiempo la tensión. Las miradas, lo que veía en ellas y lo que no, se habían convertido en un suplicio. Lo que se decía, y lo que cada mente se guardaba, también. Las reacciones, aquellos rostros pálidos y desencajados, se habían grabado en su mente como pocas cosas; y, si bien, había encontrado cierto apoyo a pesar de la grave situación, no era capaz de encontrar ni un poquito de calma dentro de sí.
Así que, mientras caminaba a zancadas por los angostos y resbalosos pasillos subterráneos, no podía sino preguntarse como había soportado con tanta entereza. Hubiese podido usar la Otra Dimensión para volver a casa, pero necesitaba caminar… quería despejar un poco su mente. La cabeza le dolía y tenía el estómago revuelto; los ojos le ardían, debido a las irrefrenables ganas de llorar y el nudo en su garganta se tensaba más y más con cada segundo, como si su nivel de resistencia estuviera alcanzando el límite. Desaceleró el ritmo de su caminata. Con suerte, habría conseguido alejarse lo suficiente, como para no ser alcanzado. Sin embargo, su propio cuerpo le exigió detenerse.
Tuvo que parar y apoyarse contra la pared. Cerró los ojos, mientras dedicaba todos sus esfuerzos a controlar su propia respiración. Las nauseas empeoraban, compitiendo ferozmente con sus lágrimas. Por fin, cedió ante las segundas.
-Saga… -Pero aquella voz a sus espaldas no le dio oportunidad de desahogarse.
Deliberadamente se tomó tiempo de sobra para responder. Primero necesitaba una bocanada de aire, una que le sirviera para recuperar la compostura. Necesitaba también deshacerse de las lágrimas que no había tenido tiempo de derramar, así que se sobó los ojos, sintiéndose cansado, como pocas veces.
-¿Qué quieres…–respondió, solo cuando se sintió capaz de hablar sin que la voz le temblara.-… Afrodita?
-Yo… -dudó. La relación con Saga no había sido la mejor desde el regreso. No le culpaba por ello, porque se lo merecía.- Yo quería saber… si estabas bien.
-No, no lo estoy. —La respuesta salió tan dura, tan amarga, que él mismo se sintió sobrepasado.
-Lo siento.
Fueron dos palabras. Dos palabras que le abofetearon hasta el punto de hacerle hervir la sangre. Estuvo tentando a darse la vuelta y salir corriendo de ahí. Pero esa extraña mezcla de sentimientos, que oscilaba entre la rabia y la tristeza, le hizo quedarse. No quería la pena de un hombre que alguna vez había sido indiferente a su dolor. ¿Cómo podía creer ahora en la honestidad de sus palabras?
-¿Tienes algo más que decir? –"Porque no me interesan tus condolencias", pensó, guardando su rabia y sus pensamientos para sí.
Sin embargo, para el santo de Piscis, sus pensamientos eran tan obvios como el dolor en su rostro. Por un segundo, su mente se remontó a los años perdidos, en los que aquel par de esmeraldas que el gemelo tenía por ojos, se escondían detrás del rojo y la locura de la mirada de Ares. En aquel entonces había observado desde la sombras, incapaz de acercarse… temeroso de enfrentar toda esa tristeza y ese dolor. Pero estaba vez, miraba a la desilusión de frente. Ese par de ojos lo contemplaban también, con un dejo de repulsión que siempre le había parecido avasallador.
Por varios segundos se quedó ahí, mirándolo, sin que las palabras le surgieran para responder. Solo podía pensar en todo lo que Ares implicaba para Saga: la tortura, el dolor, la sumisión y la destrucción de su alma.
Pero entonces, reaccionó. Su rostro, al igual que el del gemelo, se tornaba transparente a sus pensamientos, y Saga lo había notado ya. La forma en que vio a través de él fue evidente en el agravamiento de sus facciones. El santo de Géminis tensó la mandíbula y entrecerró los ojos, herido e irritado. Afrodita no necesitaba esforzarse demasiado para darse cuenta que, según Saga pensaba, su mirada meditativa se convertía en un juicio en su contra. Sin embargo, no podía estar más equivocado.
-Por favor, no te vayas. –El sueco, al darse cuenta que, ante su silencio, el gemelo se marcharía, se apresuró a detenerle.- Escúchame. Solo unos pocos minutos, por favor.
Increíblemente, Saga se detuvo. Afrodita no lo sabía, pero el geminiano estaba agotado. El largo y depresivo día había drenado hasta la última gota de energía dentro de su ser. No tenía fuerzas para seguir, ni para discutir, ni para esconderse. Si con unos minutos sellaba aquella conversación y, entonces, podía marcharse a Géminis para encerrarse ahí, deseando que nunca más tuviera que salir, entonces, se los regalaría.
Así que, con un profundo suspiro, cedió. Cruzó los brazos y se apoyó sobre el húmedo muro de piedra. ¿Qué más daban un par de minutos más después de todo lo que había soportado en el día? Su silencio invitó a que el santo de Piscis continuara.
-Sé que no confías en mi y, probablemente nunca lo harás, mucho menos después de lo que voy a decirte. Pero siento que es necesario que lo sepas. –dijo Afrodita. La intensa mirada del gemelo le cayó encima, más atemorizante que los truenos en el cielo.
-¿Qué es lo que tengo que saber?
-El por qué actué del modo en que lo hice… con Ares y contigo. –agachó el rostro.- No es una justificación a todo lo que hice mal, eso también quiero que quede claro. –se apresuró a agregar, tras el oscurecimiento de los gestos de Saga.
-Aún si lo fuera, no hay modo de justificarse. –Su voz sonó dura y dolida, justo como se sentía. En algún punto, la presencia de Afrodita y Máscara Mortal había traído esperanzas a una vida de oscuridad. Pero el tiempo y su indiferencia las habían matado también, convirtiéndolas en un herida más.
-No, no la hay. En eso tienes razón. –Saga no volvió a contestarle. Se quedó ahí, de pie, atravesándole con la mirada y urgiéndole a continuar.- La cuestión es que Ares me dio algo que pocas veces había sentido en mi vida: aceptación. A él no le importaba la forma en que lucía, ni tampoco lo que la gente decía de mi. Para Ares, era cuestión de que tan fuerte fuera y de lo bien que le sirviera. Era lo único que le importaba… nada más.
-Que sorpresa. Uno más que solo cuidaba sus propios intereses. –La ironía de Saga le golpeó. Pero estaba en su derecho. No había nada en sus palabras que fuera mentira.
-Si, eso es precisamente lo que fue. En aquel entonces, para mi, Ares representaba lo que era justo: yo tenía todo por lo que había luchado en la vida.
-¿Y qué hay de mi? ¿Eh? ¿Yo también tenía lo que merecía? –Saga le enfrentó de nuevo. Los latidos de su corazón pegaban contra sus sienes.
-No es eso…
-Porque no es así. Puedo haber cometidos miles de errores, ¡pero no merecía todo lo que sucedió! –Por un instante, el santo de Piscis vio lágrimas en sus ojos. Había visto ese mismo rostro devastado años atrás, sin atreverse a enfrentarlo, y siempre le había parecido terriblemente desolador.- Así que cállate. Estás enfermo si crees que Ares era la personificación de la justicia.
-¡Lo sé! ¡Ahora lo sé! –exclamó.- Fui estúpido al pensarlo, pero no lo comprenderías. No sabes lo importante que era para mí ser aceptado. Toda mi vida no ha sido más que rechazo tras rechazo. Desde que era un niño, lo único que la gente veía en mi era a un mocoso de apariencia extraña y demasiado débil para sobrevivir en este mundo. –Por primera vez, el ver en sus ojos, Saga encontró genuino dolor.- Las únicas personas que me tendieron la mano cuando estuve aquí, fueron Ángelo, Aioros y tú… Nadie más. Pero incluso vosotros dos desaparecisteis, y Ángelo se marchó de la mano de Athan… y me quedé solo de nuevo. Cuando regresé al Santuario, el régimen de Ares lo había cambiado todo. Ya no importaba nada más que el poder, y yo tenía muchísimo de ello. Nadie iba a volver a humillarme, ni tampoco me harían daño de nuevo. Ares me hizo tan grande como un dios, me dio el lugar que yo creía merecer, aunque todo fuera una efímera ilusión. –Se detuvo un instante, meditando lo grande que había sido su equivocación. Que tonto había sido. - Ni tú, ni nadie, hubiera sido capaz de detenerle. Y yo, para salvar mi propio culo, me apegué a quien tenía todo para ganar.
-Cerrasteis los ojos para no ver a toda la gente que sufría. –La empatía había sido breve. Ahora, Saga solo sentía rabia.- Dejasteis que lo mismo que os hería a vosotros, hiera a muchísimas personas que no tenían culpa alguna. Tú y Ángelo eran cercanos. Junto con los demás, pudisteis haberle detenido a tiempo.
-La sed de poder pudo más que nuestro deber de santos. Ya te lo dije, nada aquí es una excusa para mi. Solo era algo que necesitaba decirte. –repitió.
-Lo has dicho. ¿Algo más? –Saga suspiró y se dispuso a abandonar la conversación.
-Solo que sepas, que esos tiempo pasaron. Cometí mis errores y aprendí de ellos. No te pido confianza, porque sé que no la merezco. Pero pido tu perdón, a sabiendas que probablemente nunca lo tenga. Lamento muchísimo todo el daño que te hice. Lamento haber permitido que todo eso te sucediera. –Saga sintió un nudo apretando en su garganta de nuevo. El miedo y el dolor aún subsistían en sus pesadillas, recordándole que el pasado podría convertirse en presente de nuevo.- Debí haberte defendido, como tú lo hicieras conmigo alguna vez y lo haré, si llega a ser necesario de nuevo.
El silencio que le siguió hizo un agujero enorme en su estómago. El corazón se le estrujó en el pecho con cada palabra, pues su arrepentimiento era sincero. Había dicho todo lo que había guardado en su corazón desde el regreso y, para mucho, o para poco, ahora Saga lo sabía.
Y ahí estaba, de pie frente a él, con los ojos ocultos tras los mechones de cabello azul. Tan imponente como lo recordaba, y tan frágil, como sabía que en realidad era. Cuanto daño le había hecho… y que tan poco podía hacer para remediarlo. Hubiese preferido un golpe, mil maldiciones, o cualquier reacción que no fuera aquella, porque su silencio dolía más que nada. Sin embargo, lo soportaría. Era lo mínimo que podía hacer para purgar sus pecados: aceptar el desprecio y el odio que le correspondían.
Entonces, Saga se dio la vuelta, dándole la espalda, y continuó el descenso hasta el templo de los gemelos. Fue solamente cuando la oscuridad le cubrió que Afrodita volvió a escuchar su voz.
-Para Ares nunca fuiste importante, solo eras un peón. Pero, si algo sabía, era leer y usar las debilidades de cada hombre frente a él. Te usó, y tú dejaste que lo hiciera. Cambiaste el aprecio sincero de tus compañeros, por la falsedad de un dios que te prometió poder. –su voz se perdía conforme la distancia entre ambos se hacía mayor.- Aún así, tienes una segunda oportunidad. Espero que los errores te hayan fortalecido, porque de lo contrario, tarde o temprano volverás a caer.
Afrodita se quedó estático, a mitad del túnel, contemplándole hasta perderse de vista. No había ninguna seguridad de que podría hacer las cosas bien en esta ocasión. Pero una cosa estaba más allá de toda duda: se esforzaría más allá de sus límites por hacer lo correcto.
-Continuará…-
NdA:
Dante: ¡Sacrifiquémoslo a los dioses! ¿Qué puede tener de malo?
Jabu: Por cosas como esa, nunca estamos en las notas. u_u
Dante, que lo ignora: En el peor de los casos, nos quitamos a un psicópata peligroso del medio… y en el mejor, lo mismo complacemos a Poseidón.
Argol: ¿Has notado cuántos psicópatas peligrosos nos quedan en el Santuario?
Moses: No tengo dedos para contarlos.
Keitaro: ¡Yo voto a favor de la idea de Dante!
Nikos: Nunca fuimos buenos deshaciendonos de ellos u_u De alguna manera, siempre vuelven ¬¬'
Santitos de Plata: …
Jabu: Me recuerdan a Seiya…
Argol: O_o ¡Me siento insultado!
Jabu: Cof… cof… me refería a que ellos siempre me recuerdan a Seiya. Ganan, y siempre vuelven. Pero ahora que lo dices, si, SI que me recuerdas a Seiya.
Tatiana: Y por conversaciones como esta, nadie se fijará en vosotros jamás.
Santitos de Plata: …
Tatiana: Así que lectoras nuestras, no le tengáis esto en cuenta a los mocositos de plata. Son jóvenes y no saben lo que dicen. ¡Dejad review y nos vemos en el siguiente capítulo!
…
…
…
Kanon: Y por esto, NUNCA volverán a las notas.
