Capítulo 15: Lo que dicen las estrellas

Se llevó el cigarrillo a los labios, y dejó la copa de vino en la mesilla, junto a la lámpara. Se acurrucó bajo la manta por enésima vez en lo que iba de noche, y ahogó un bostezo. Echó un vistazo fugaz a la chimenea, que continuaba encendida, pero parecía incapaz de caldear el templo y frunció el ceño con disgusto mientras calaba el tabaco. El ulular enfurecido del viento lo estremeció y, entonces, Saga suspiró.

Según el reloj que colgaba de la pared, eran más de las cuatro de la madrugada. Sin embargo, en los últimos días su viejo amigo el insomnio había regresado con, aparentemente, la única intención de quedarse para siempre y torturarlo de por vida. No importaba lo cansado que estuviera, porque estaba agotado… no tanto física, como mentalmente, pero lo estaba. Era incapaz de cerrar los ojos más de unos pocos e insuficientes minutos, porque cuando lograba hacerlo, despertaba en medio de las viejas pesadillas que lo habían acompañado durante media vida, y que podía contar con detalle. Cada vez que intentaba dormir, podía escuchar la voz de Ares retumbando en sus recuerdos.

Así que ahí estaba, en su viejo y confortable sofá, con la única e imperturbable compañía de la sonriente chica rubia del canal de televentas que parecía capaz de convencerle de cualquier cosa.

No tuvo tiempo de reflexionar mucho más acerca de la lamentable situación en que se encontraba o se sentía, porque la puerta del dormitorio de Kanon se abrió con lentitud. Llevó la vista hacía allá por instinto, y segundos después, se topó con el rostro adormilado de Naia. La morena ladeó la cara y ahogó un bostezo, viéndose sorprendentemente graciosa con su larga melena despeinada.

-¿Qué haces despierto? –preguntó, robándose los ojos, tras cerrar la puerta tras de si.

Saga se encogió de hombros, mientras la seguía con la mirada. Ella atravesó el salón a toda prisa, casi de puntillas, como si deseara ahuyentar el frío y pasar inadvertida a la vez. Después se perdió en la cocina. El peliazul afinó el oído, carcomido por la curiosidad; pero en medio de aquel soporífero silencio, lo único que alcanzó a escuchar con claridad desde el salón, fue el insistente pitido del microondas.

Permaneció ahí, quieto unos segundos más, con la mirada fija en la puerta de la cocina, esperando por ella, y entonces, Naiara reapareció. Traía una tazón humeante entre las manos, y vestida con su pijama de Snoopy, Saga recordó a la antigua niña con la que pasó su infancia peleando. Con la diferencia, obvia y peligrosa, de que ya no era una niña… Claro que, visto así, la prefería vestida con su pijama infantil que paseándose despreocupadamente por ahí en ropa interior. Sin duda alguna.

Le dio un sorbo a la copa de vino, y solo volvió a la realidad cuando ella, sin ningún reparo, lo empujó suavemente con el pie, animándolo a hacerse a un lado.

-¿Mmm? –murmuró él.

-¡Hazme un hueco! –suplicó ella. Saga alzó una ceja, casi divertido, pero no se movió.- ¡Hace frío!

-Es mi manta, es mi sofá, es mi calor. –espetó, acurrucándose aún más. Naia frunció el ceño, dejó el tazón en la mesilla, y volvió su atención a él nuevamente, tirando de la manta.

-¡Vamos! ¡Hazme sitio! –tironeó unos segundos más, y viendo que él no cedía ni un ápice, se abalanzó sobre el peliazul sin miramientos. Saga no tuvo tiempo de reacción, de alguna manera, la amazona había logrado hundir sus finos dedos entre sus costillas durante aquella inesperada batalla.- ¡Déjame un poco! ¡No seas egoísta!

-Eres una loca agresiva. ¡Me has hecho daño! –Soltó la manta, y una sonrisa deslumbrante se dibujo en los labios de la morena, que sin perder tiempo, se acurrucó junto a él, y se tapó hasta el cuello.

-Llorón.

-Tienes zarpas en lugar de uñas.

-¿Vas a llorar? –Saga rodó los ojos. Esa chica era toda una molestia, se viera como se viera. Era algo que no había cambiado con el tiempo.

-Pues… -Ni siquiera sabía por qué la contestaba. Sus pensamientos estaban tan difusos, y tan lejos de ahí… que se sentía perdido.- Quizá lo haga. –Dijo en un murmullo. Ganas no le faltaban, desde luego; aunque la improvisada batallita nocturna estaba lejos de ser el detonante.

Naia no respondió. Lo vio de soslayo, reparando inmediatamente en lo cansado y apesadumbrado que se veía. Hacía muchos años que no lo veía de esa manera, casi derrotado; ni siquiera cuando habían vuelto se había visto tan agotado.

Suspiró, y armándose de valor, sacó los brazos de la protección de la manta, y alcanzó su tazón. Lo sostuvo entre las manos, agradeciendo el calor que emanaba de la leche caliente, y poco después se llevó la cucharada de cereales a la boca.

-No pensé encontrarte aquí. –dijo.

-Ya ves… -Saga se encogió de hombros, y le dio una lenta calada a su cigarrillo. No fumaba demasiado, solamente cuando se sentía nervioso… de alguna manera, aquel tonto hábito lo apaciguaba aunque fuera por un momento.

-Es bastante tarde para estar viendo la tele, ¿no crees?

-En realidad, es bastante tarde para cualquier cosa. –Ella ladeó el rostro suavemente, dándole la razón en eso.

-¿No podías dormir? –se atrevió a preguntar.

-No tengo sueño. –mentía. Naia sabía que mentía, porque aunque su voz derrochara seguridad, como siempre, su rostro le contradecía. Y tal y como si Saga se hubiera percatado de sus pensamientos, se apresuró a continuar.- ¿Y tú?

-El templo es enorme, hace frío, y el viento aúlla demasiado fuerte.

-Que… quisquillosa. –Dijo.- Cualquiera diría que te estas aburguesando, Caelum. La pobre Apus debe estar muerta de frío en vuestra casa. –Y lo decía totalmente en serio.

Los templos eran demasiado grandes como para guardar un poco de calor, pero lo cierto era, que las cabañas eran demasiado pequeñas y húmedas. No envidiaba a ninguno de ellos, de hecho… sentía cierto punto de admiración. Afrontaban cada día sin grandes quejas, a pesar de que el clima no se lo estaba poniendo nada fácil para descansar.

-Siempre puede quedarse en Sagitario. –Fue un débil intento de defenderse, ella misma lo sabía. Así que, en lugar de decir nada más, se llevó otra cucharada de cereales a la boca.

-Afortunadamente, ella es más prudente que tú. Siempre lo fue.

-¡Oye! –Le recriminó con un codazo.

-¿Qué? Tengo razón. –Se encogió de hombros y le dio un trago al vino.- Independientemente de lo que hagan o no hagan cuando esta en Sagitario, tiene el suficiente sentido común como para dormir en su propia casa y no levantar rumores.

-¿Qué quieres decir? –Naia frunció el ceño con disgusto.

-Que la palabra "discreción" nunca te definió. Tampoco a Kanon, por cierto. –Bebió un poco más.- Llevas durmiendo aquí cada noche desde las Panateneas. No creerás en serio que nadie se ha dado cuenta, ¿verdad?

-¿Lo han hecho? –Saga la miró de soslayo con una ceja alzada, lleno de incredulidad, gesto lo suficientemente claro para ella.- ¿Quiénes?

-Quién lo sepa, de momento, da igual. Sois tal para cual.

-Si no te conociera mejor, diría que eso ha sonado un poquito a celos, Géminis.- El gemelo no dijo nada, resopló y se sopló el flequillo. No pensaba discutir algo tan absurdo como eso, ni en broma. Entre otras cosas, porque dudaba que lo conociera tan bien en la actualidad.- Asumo que también saben acerca de tus escapadas nocturnas. –Continuó ella, movida por el silencio que su provocación fallida había ocasionado. Saga la miró inmediatamente. Odiaba aquel interés que despertaba en todo el mundo lo que hacía, o no hacía.

-¿Eso te sirve de consuelo? –respondió con otra pregunta, pero no la dio tiempo a continuar.- Te aseguro que si alguna vez llegáis a saber con quién me acuesto, o no, nadie podrá reprocharme nada, ni ella o yo vamos a meternos en un lío por ello. Una situación bastante distinta a la tuya, si me preguntas.

La escuchó gruñir, y casi sin querer, sonrió. No tenía intención alguna de sermonearla, pero siempre era divertido acallar aquella curiosidad insoportable acerca de quien era su misteriosa amante. ¡No era asunto suyo!

-¿Nunca vas a decirnos quién es? –insistió.

-¿Por qué te interesa tanto? –Buscó sus ojos, porque formulaba la pregunta totalmente en serio. A él le importaba bastante poco, por no decir nada, la vida sexual de sus compañeros, la verdad.

-Curiosidad. –replicó ella encogiéndose de hombros.

-Ya, ¿sabes lo que diría si no creyera conocerte mejor, Caelum?

-Cierra el pico.

-No, no sería eso. –Inmediatamente, lo fulminó con aquella mirada violeta suya, y él se encontró sonriendo por sorpresa.

La conversación se detuvo, y durante unos largos minutos, ambos permanecieron con la atención puesta en la insulsa programación de la televisión. Sin embargo, Naia no podía evitar ver de la tele a él alternativamente, mientras procuraba no hacer ruido alguno con sus cereales. Se veía tan…

-Vas a hacerme un agujero si sigues mirándome así. –dijo él, sin desviar la mirada del televisor. Naia dio un respingo, sabiéndose descubierta.

-Te ves horrible, ¿sabes?

-¡Vaya! Gracias por tu sinceridad… Aunque si me preguntas es una cualidad sobrevalorada hoy en día, creo. –se sopló el flequillo, y continuó con la mirada fija en la pantalla.

Naia guardó silencio un momento, intentando discernir que se escondía tras aquellas palabras en cierto punto amargas. Sentía tentaciones de preguntar, pero sabía que si lo hacía, solo recibiría un gruñido a modo de respuesta. Así que, frustrada, resopló.

-¿Piensas comprarte ese set de manicura? –dijo.- Suena irresistible.

-No termina de convencerme. –murmuró él en medio de un bostezo.

Después, alcanzó la caja de tabaco, y encendió otro pitillo. Giró el cuello de un lado a otro, y desde donde estaba, la morena escuchó a la perfección como cada una de sus vértebras crujía y se recolocaba en su lugar. Naia apuró las últimas gotas de leche del tazón, y lo dejó a un lado. Se humedeció los labios, y apartó la manta levemente.

-Ven. –dijo. Saga la miró, alzando una ceja.

-¿A dónde?

-Recuéstate. –Se palmeó el regazo, invitándole a apoyar la cabeza. Sin embargo, él no se veía del todo convencido.- Estás muy tenso, puedo solucionar eso. Solo recuéstate, hazme caso. Soy inofensiva. Dormirás mejor después.

Saga dejó escapar el humo con lentitud, mientras contemplaba aquella inusual expresión en el rostro de la amazona. Dejó el cigarrillo en el cenicero, cerró los ojos por un segundo y bostezó de nuevo.

-Está bien, está bien. –Naia sonrió, y él no tuvo más remedio que hacer como había sugerido. Apoyó la cabeza en sus piernas, y la contempló.- ¿Qué piensas hacer?

-Solo cierra los ojos. –Saga frunció el ceño, mirándola durante unos segundos más, y finalmente suspiró para cerrar los párpados con cierta desconfianza.

Entonces, los dedos de Naia acariciaron sus sienes con suavidad, para iniciar poco después un rítmico movimiento circular. Era agradable, eso desde luego.

-¿Por qué te gusta la teletienda? –preguntó ella. Su voz sonó inesperadamente baja, o al menos aquella fue su impresión.

-No lo se. Lo prefiero a la bruja del tarot. Es fácil adivinar lo que va a decir.

-¿Y qué dirá? –Quiso saber Naia con una sonrisa en los labios. Saga se había relajado, su cuello ya no se veía tan tenso como antes, y permanecía con los ojos cerrados, luciendo una expresión de calma total.

-Géminis: Dar tus opiniones libremente o decir ciertas cosas puede llevarte a problemas hoy. Piensa que siempre es mejor preguntar. –La amazona alzó las cejas, completamente divertida por el tono de voz con el que estaba hablando.- Este año te tocará recordar que no es oro todo lo que reluce, y se te presentarán situaciones confusas en las que no sabrás que hacer.

-¡Lo has estado viendo!

-Puedo recitarte alguna predicción más. No tengo la menor idea de donde sacan a esa gente… -bufó. Aunque a decir verdad, solamente había quitado el canal del horóscopo, porque se había sentido demasiado identificado con las palabras de la dichosa bruja.

-En Rodhas tenía una amiga que leía las manos. –dijo entre risas, sin cesar su improvisado masaje.- De todos modos, ¿no hay nada más? Confieso que ese audífono que te permite escuchar discretamente lo que hablan a doscientos metros de distancia, es tentador; siempre sabría lo que dice la Cobra. Pero no termina de convencerme…

-Porno.

Y de pronto, las manos de la morena se detuvieron. Saga frunció el ceño al sentir como la placentera caricia se detenía, y entreabrió los ojos buscando los de ella. Su expresión pícara lo dijo todo.

-No pienso poner porno. –cerró los ojos de nuevo.- La teletienda es relajante. Hace compañía.

-El porno también. Además, ¿te has fijado que la rubia de la tele habla igual que una actriz porno?

-Acabas de matar todo su encanto.

-Lo lamento. –se disculpó con picardía.

-De todos modos, no se si "relajante" sea la palabra… -Esperó pacientemente a que reanudara el masaje, y cuando no lo hizo, bufó con disgusto.- Sigue con lo que estabas haciendo, vamos.

-¿Te gusta? –la escuchó reír, y apenas despegó los párpados lo suficiente para poder verla.

-No está mal…

-Ya. –Sus uñas cosquillearon en su piel cuando le apartó alguno de los mechones del flequillo, y retomó su labor. Inmediatamente, Saga se relajó de nuevo y se dejó hacer.- Alivia la jaqueca.

-Si… -Y tenía razón. Podía notarlo en aquel preciso instante.

-De todos modos, volvamos al porno. –Lo escuchó gruñir, y no pudo sino ampliar su sonrisa.

-¿Eres una perversa fan del cine X, Naiara? –murmuró.- No voy a ver porno contigo.

-¡Cualquiera diría que tienes prejuicios al respecto! –Saga no dijo nada, así que continuó.- Oye, que sea una mujer no hace ninguna diferencia. Me puede gustar lo mismo que a vosotros.

-No se si quiero tener esta conversación… -susurró, adormilado.

-No tiene nada de malo. Uno aprende alguna que otra cosa útil viendo esas pelis.

-Seguro…

-Además… ¿Sabes que existe cine x producido especialmente para mujeres?

-¿Mmm? –No dijo nada, ni abrió los ojos; pero alzó una ceja suavemente.

Ella lo tomo como un "¿en serio?", y decidió continuar. A como ella lo veía, Saga estaba demasiado solo, siempre lucía demasiado serio, y hablaba demasiado poco. Lo que fuera que cambiara eso, estaría bien para ella. Aunque solamente fuera por un rato.

-Si. El cine porno convencional es muy… ¿cómo decirlo?

-¿Directo? –murmuró él.

-Si, podría decirse así. –Apartó un largo mechón azulado, y continuó.- A nosotras nos gustan las cosas más elaboradas. Y no digo que busquemos un argumento, porque es porno, y… ¡es innecesario! Pero el porno producido para mujeres tiene otros detalles. La iluminación, ambientación… Todo es distinto.

-Al final es lo mismo...

-Si… pero nosotras sabemos hacerlo todo de un modo mucho más erótico. ¡Cosas de lo femenino!

-Eres una niña pervertida, Caelum. –Naia rió de nuevo.- Y te gusta.

-¡Oye! No tan niña… -esta vez fue él quien dibujó una sonrisa minúscula.

-Lo se, me he dado cuenta.

Naiara guardó silencio con el mismo gesto en sus labios. Llevó una de sus manos a la melena azul, y siguió con su labor. Pronto, la respiración de Saga se apaciguó, y complacida, comprobó que se había dormido. No se movió, continuó ahí tal y como estaba. Se sentía satisfecha. No solamente porque había logrado que se durmiera… sino porque habían compartido un rato agradable juntos, un ratito divertido del que él no había renegado. Sonrió de nuevo, mientras se acomodaba lo mejor posible para no molestarlo.

Paso a paso, se dijo.

-X-

No se dio cuenta de en que momento se había dormido, ni tampoco cuando se había marchado Saga. La cuestión era que había despertado acostada en el sofá, cuidadosamente tapada con la vieja manta, y con un mullido cojín bajo la cabeza. Se sobó los ojos y miró el reloj. Era hora de salir de allí… o se retrasaría como todos los días.

Echó un fugaz vistazo a su alrededor, buscando el rastro de Saga por algún lado; pero no lo encontró. El cenicero estaba limpio, la lámpara apagada, y no había rastro alguno de la copa de vino o del tazón. Además, la puerta de su dormitorio estaba abierta, y la luz del día se filtraba por ella; era fácil suponer que ya se había ido al templo papal.

Se levantó, dobló la manta, y caminó a hurtadillas hasta la habitación de Kanon. Abrió con cuidadosa lentitud, procurando no hacer ruido. Finalmente, cuando lo consiguió, asomó la cabeza, descubriendo al gemelo menor placidamente dormido. No la extrañó, y una sonrisa se dibujó en sus labios. Kanon siempre se hacía de rogar y llegaba tarde a todas partes.

Recogió su ropa y se vistió a toda prisa. Después, tiró sin piedad alguna de la manta de Kanon, y lo escuchó gruñir.

-Arriba. ¡Llegas tarde, y yo me voy!

Lo escuchó decir algo ininteligible, y sonrió. Después se dio la vuelta, tomó el paquete que había dejado la tarde anterior en la cocina y se marchó. ¡Debía darse prisa!

-X-

Llegó corriendo al comedor, con la esperanza de no haberse retrasado demasiado, y cuando asomó la cabeza, no tardó más de un segundo en ubicar a quien buscaba. Después de todo, la enorme estancia estaba prácticamente vacía. Se abalanzó sobre la amazona sin que se diera cuenta, y quitándose la máscara, estampó un enorme beso en la cabellera pelimorada.

-¡Felicidades, Del!

-¡Gracias, gracias! –La amazona de Apus se acomodó el cabello lo mejor que pudo.- ¡Qué efusiva!

-Ten, te traje algo. Espero que no hayas desayunado demasiado. –Le tendió el paquetito, y Deltha, la miró con una sonrisa en el rostro.

-No era necesario…

-Lo se. Pero este es el primer cumpleaños que podemos pasar juntas y tranquilas en más de una década. Vamos, ábrelo. –Deltha la miró, conmovida, y después contempló el pequeño envoltorio. Mordisqueándose el labio, tiró del lazo que lo mantenía cerrado. El papel plateado se deslizó prácticamente sin ningún esfuerzo, y dentro los ositos de galleta y chocolate que Naia había preparado la miraban con ojos golosos sobre la servilleta de estrellas.

-¡Tus galletas!

-Hace siglos que no las preparaba, espero que hayan salido bien. –le guiñó un ojo.- Una no envejece todos los días…

-Boba. –replicó entre risas. Naia miró de un lado a otro, y cuando comprobó que estaban solas, continuó con complicidad.

-¿Tenéis algo planeado para hoy? –Deltha asintió.

-Cenaremos juntos en Sagitario.

-Genial.

-¡Estoy nerviosa, Naia! –Exclamó la pelipúrpura dándole un bocado a una galleta.- ¡Y esto es una delicia!

-Irá fenomenal, ya verás. Es vuestra primera celebración real. ¡Disfrutadlo! –Del asintió, y tímidamente, sonrió, mientras Naia rodeaba sus hombros con el brazo y la atraía hacia si.

-Espero no hacer un desastre. Quizá algún día me enseñes a cocinar.

-Quizá. –replicó entre risas.- Solo no lo envenenes. Sería una catástrofe después de todo.

-Descuida. –La morena le sacó la lengua.- ¿Ya ti qué te pasa? Estás muy efusiva hoy…

-Estoy contenta, nada más.

-Está bien… -la miró con cierta sospecha, pero Deltha prefirió no decir nada. Ni preguntar. Era mejor así, a últimas fechas habían dejado de discutir por todo.- Ahora tengo que irme, Camus tiene puntualidad inglesa, el muy maldito.

-Te acompaño.

Ambas se pusieron en pie, y se encaminaron a la salida. Sin embargo, cuando las máscaras ya cubrían sus rostros, se toparon con Nikos a las afueras del comedor. Esperaba por ellas, o por ella, más bien. Deltha sabía lo preocupado que estaba, aunque no lo habían hablado. Prefería evitar toda conversación con Nikos relacionada con los Santos Dorados, fuera como fuera. Pero era obvio que llevaba mucho tiempo dándole vueltas a aquel asunto.

-¡Feliz cumpleaños, Deltha! –dijo al verla.

-Muchas gracias, te has acordado. –El moreno sonrió casi con timidez. La verdad era que había ciertos detalles que no creía poder olvidar nunca. Aquel era uno de ellos. Deltha miró de uno a otro de los hermanos, y carraspeó.- Mejor os dejo solos, tengo que irme. ¡Ya llegó tarde!

Echó a correr, y agitó su mano a modo de adiós mientras lo hacía. Durante aquellos segundos, los hermanos guardaron silencio, hasta que la perdieron de vista.

-Hace días que no te dejabas ver por aquí… -murmuró él.

-Si… Lo se. –emprendieron el camino al coliseo con parsimonia.- ¿Cómo te va? ¿Más cómodo y tranquilo?

-Si, todo va bien. ¡Aldebarán es un jefe fabuloso!

-Eso dicen por ahí, si. Me alegro de que hayas dado con un buen equipo.

-A ti también te va bien con Milo, ¿no?

-Creo que es difícil que a alguien le vaya mal con él. Aunque es un poco raro…

-¿Por?

-De alguna manera solo atino a recordarle como un mocosito presumido.

-Conserva lo presumido. –Naia echó a reír con su comentario.

-Si, eso si. Siempre.

Caminaron en silencio un rato más, hasta que los ojos violeta captaron la turbación de su hermano. Estaba incómodo, y fuera lo que fuera que quería decir, le resultaba difícil.

-Vamos, escúpelo.

-¿El qué?

-Lo que sea que quieres decirme. –Entonces, Nikos se detuvo. Se revolvió la corta melena con cierto nerviosismo, oteó el panorama y después volvió la vista hacia su hermana.

-Esta bien. –Tomó una gran bocanada de aire, y cogió fuerzas.- ¿Qué estás haciendo con Kanon?

Naiara lo miró en silencio, agradeciendo a la máscara por la protección en aquel momento. Si no, Nikos hubiera visto su mirada furiosa desde el primer segundo. La cuestión es que ella no tenía nada claro que quisiera mantener aquella conversación con su hermano.

-Nikos… -comenzó.

-No, Naia, escucha. –Se humedeció los labios, y continuó.- Se que no eres una niña, y que has crecido… que puedes hacer lo que te venga en gana y consideres mejor.

-Exacto. –Nikos rodó los ojos por la interrupción.

-Pero… -Se encogió de hombros, con cierta molestia.- Debes ser prudente, y no lo estás siendo. Hace semanas que no vienes al comedor, estás levantando sospechas y atrayendo la atención de todos. Es cuestión de tiempo antes de que alguien se percate de que tampoco duermes en tu casa.

-Eso es cosa mía. –Y aquella era, la segunda vez en unas pocas horas que recibía la misma advertencia. Aunque de modos muy distintos. Si Saga y Nikos supieran que habían estado de acuerdo en algo, sufrirían un colapso nervioso.

-Claro que lo es… pero Naia, mira lo que pasó hace catorce años. No erais más que niños entonces, y la situación se escapó del control de todos. –Se cruzó de brazos.- En cuanto alguien sepa que Kanon y tú…

-Nikos. –Acarició sus brazos con sus manos.- Kanon y yo no somos… -Se encogió de hombros ciertamente confundida. No tenía demasiado claro que Nikos fuera a comprender lo que eran. No con el riesgo que suponía. Resopló.- Somos buenos amigos. Especiales. Tenemos ciertos "privilegios", nos divertimos. Eso es así, y tendrás que lidiar con ello.

-¡Pero Naia…!

-No hay peros. Es mi vida, y es mi decisión. Tú mismo lo dijiste.

-Kanon siempre está en el ojo del huracán. Los dos lo están. –supo inmediatamente que se refería a Saga.- Pero Kanon es… -Internamente lo sabía: un psicópata peligroso.- Problemático. –dijo de un modo más sutil que lo que dictaban sus pensamientos.- Ya no son cosas de chiquillos. –Claro que, no creía que los problemas entre los gemelos hubieran sido cosa de niños nunca.- ¡Mira su comportamiento en las Panateneas! No quiero que te veas inmersa en más problemas por su culpa, no quiero que el Maestro llegue a saberlo… y no quiero tener que escuchar lo mismo que escuche hace tanto tiempo, en boca de otros. El interés que las Doce Casas despierta en todo el mundo, es demasiado como para que esto pase inadvertido.

Naia lo contempló unos segundos sin decir nada. Sin querer, había tensado la mandíbula. Entendía sus miedos, desde luego. La otra vez les había destruido. Pero no era un bebé. Tenía voluntad y deseos propios… y él debía comprenderlo.

-Lo se. –murmuró.

-Escucha, no te pido que termines con esto… -Aunque lo deseara con todas sus fuerzas. ¡Demonios! Si le preguntaban, casi estaba seguro de preferir a Saga antes que a Kanon, y eso era decir demasiado.- Solo quiero que seas cuidadosa. Que todo lo que nos ha pasado en la vida sirva para algo y no cometamos los mismos errores. Cumple con tu rutina, y evita los ojos y lenguas curiosas. Por favor, Naia. –Acarició su mejilla de plata con mimo, y posó su frente sobre la de ella. Naiara se estremeció. Adoraba a su hermano, no había duda.- No quiero que suceda lo mismo. Piensa bien si con quien realmente deseas estar es con Kanon. Por favor. Ellos tienen suficientes problemas ya… Cuídate, no dejes que te salpiquen.

-Tranquilo. –Lo abrazó.- Seré cuidadosa. No tienes de que preocuparte.

-X-

Aioros llevaba un buen rato observándole desde lejos.

Saga entrenaba ahí, en el rincón del Coliseo que siempre elegía para sus subordinados, completamente enajenado de lo que sucedía a su alrededor. Entrenaba con su usual seriedad, pero atento a los tropiezos infinitos de Jabú, y al intercambio de opiniones enfrentadas entre Shaina y Argol. Apenas y hablaba, aunque lucía concentrado. Su apariencia hubiera engañado a cualquiera ese día: siempre con la cabeza en alto, la mirada penetrante y el semblante en blanco. Sin embargo, el arquero le conocía demasiado bien.

En lo que los demás veían al poderoso santo de Géminis, Aioros veía a un Saga lastimado. Distinguía los círculos oscuros alrededor de sus ojos, resultado seguro de las noches de insomnio. Veía también los dedos carcomidos, víctimas de sus angustias: y la mirada meditativa, señal inequívoca de aquel cerebro suyo que nunca dejaba de pensar en mil cosas.

-¡Oye, Aioros! –Tatiana le llamó, haciéndole reparar en lo ausente que él mismo estaba.-¿Qué te pasa?

-Nada, nada… solo estaba distraído.

Lo cierto era que el santo de Sagitario no había estado menos pensativo en los últimos días.

En el fondo, sabía que le prestaba atención por una sola razón: buscaba el valor necesario para acercársele.

Por días, se había animado a buscar al gemelo para terminar de una vez por todas con el penoso tema que él y Shion habían desenterrado unos días atrás. Desde entonces, Saga y él habían estado distantes. Apenas se hablaban, compartiendo no más que un saludo y, cuando sus miradas chocaban por accidente, uno de los dos siempre terminaba por rehuir del otro. Aioros sabía que él no estaba ayudando y que, todo el proceso de sanación que habían seguido desde la resurrección iba en retroceso a pasos agigantados.

-Demonios… -susurró para él mismo.

Era consciente que había cometido un enorme error al abandonar el salón aquel; y, uno todavía más grande, al mantenerse lejos durante todo el tiempo que transcurriese posterior a aquel incidente. Con lo cabezota que era, había terminado por estropear todo… y ahora, dependía de él arreglarlo de nuevo. Habían sido días realmente difíciles…

Al menos la lluvia les había dado tregua.

-¿Puedes hacerme un favor? –Buscó a su subordinada. Confundida, Lince asintió.- ¿Te quedarías a cargo por un rato? –La petición la sorprendió, no por el hecho de que no se sintiera capaz de encargarse de Spartan y de Asterion, sino porque era el mismo Aioros quien se lo había pedido. Hasta ese momento, no había reparado nunca en que le tuviera tanta confianza.

-Por supuesto. ¿Seguro que te sientes bien?

-Lo estoy, no te preocupes. Pero me gustaría estirar un poco las piernas también. No lo tomes a mal, pero me hace falta un poco de entrenamiento más… intensivo.

-No sé si comprendo…

-Me gusta entrenar con vosotros, si; sin embargo, hoy me apetece buscarme a alguien de mi mismo rango. –La mirada fugaz que le dedicó a Saga, traicionó sus pensamientos.

-Oh. –La rusa acarició sus labios de plata con los dedos.- ¿Piensas entrenar con Saga? -Hacía siglos que no contemplaba un entrenamiento entre santos dorados. Si le preguntaban, estaría más que fascinada en hacerlo.

-Si él acepta, si. –Se sopló el flequillo. Faltaba ver si el gemelo decidía soportar su presencia.

-Por los dioses. Si vais a entrenar juntos, vas a tener que disculparme.

-¿Eh?

-Porque no pienso hacerme cargo de ese par. –apuntó a sus compañeros de equipo.- Un entrenamiento como el vuestro es digno de mirarse, así que eso es precisamente lo que haré.

Aioros la miró, intrigado. Tenía la sensación de que la amazona de Lince no sería la única que observara atentamente cada uno de sus movimientos.

-X-

Aunque fangoso, el Santuario volvía poco a poco a la normalidad. Los equipos habían vuelto a entrenar como de costumbre, Milo se recuperaba de su gripe y Kanon había dejado de preocuparse por su vida. Incluso Mu y Shaka, en compañía de sus respectivos séquitos, habían salido en misiones que la tensión de los días anteriores había obligado a retrasar. Pero para Saga era un día más.

Seguía teniendo aquel humor oscuro que no había conseguido sacudirse y el sentimiento de desesperanza también continuaba vigente a cada instante. Por mucho que intentaba no pensar en ellos, su mente se obstinaba en volver siempre al punto de partida.

Ni siquiera el hecho de que Jabú tomara buena parte de su atención había sido suficiente para despejar su mente. Porque, donde veía a Jabú, veía a Seiya, y a su vez, veía a Ares. Cada momento de su vida le llevaba a él. Cada decisión, cada casualidad, todo terminaba en el dios de la guerra y en esa obsesión suya de un hubiera que jamás existiría. En su pasado, veía su futuro. Pensaba en lo que le deparaba el mañana y en lo poco que había aprendido de su ayer. Catorce años habían pasado sin respuestas, ni soluciones. Y, ahora, vivía en una espera agónica del momento en que todo volviera a tornarse en su contra. ¿Sería capaz de verlo venir? ¿Podría Shion hacer algo por evitarlo?

Ya una vez habían sido burlados por el mal. ¿Qué le hacía pensar que todo podría ser diferente en esta ocasión?

Maldijo, por lo bajo, su incapacidad de pensar en algo diferente. Maldijo también a su jodida suerte. Si los dioses le odiaban tanto, deberían tomar su vida de una vez por todas, y ahorrarle todos esos sufrimientos innecesarios. Cualquiera que hubiera sido su gran pecado, ya había pagado su penitencia con creces.

Además, Aioros lo estaba poniendo nervioso con todas esas miradas mal disimuladas. Hasta ese momento, había conseguido mostrarse indiferente, pero si la insistencia del arquero seguía por mucho más, se vería obligado a encontrar alguna excusa para salir de ahí tan pronto le fuera posible.

-¡Saga! –Shaina le llamó y, por una vez, se sintió aliviado de escuchar la demandante voz de la cobra.

-¿Qué sucede?

-Argol se resiste a entrenar. –Se quejó la peliverde.

-¡Me resisto a entrenar con ella! –intervino el santo aludido.- ¡Esta mujer no sabe la diferencia entre un entrenamiento y una pelea a muerte!

-No seas cobarde, Perseo. –escupió la amazona.- Solo fueron unos pocos arañazos.

-Cierra la boca.

Unos pocos arañazos que llevaban picándole una semana y otro montón de golpes que delataban el intento de asesinato del que había sido víctima. Si tenía que decirlo, el pobre Unicornio estaba peor que él, motivo por el cual él mismo Saga lo había tomado bajo su tutela. Y él, con su mala suerte, se había quedado con Ophicus.

-Cobra, no mates a Perseo. Perseo, entrena con la Cobra. –Saga bufó. Casi prefería ser la niñera de Jabú, que el moderador de los otros dos.

-¡Saga! –Ambos se quejaron a la vez, pero el gemelo los ignoró. Les dejó hablar tanto como quisieran.

No necesitaba más problemas. De hecho, si había soportado hasta ese momento, había sido gracias a su plática de la noche anterior con Naia. Dentro de todo, había traído un par de sonrisas a un momento sumamente oscuro en su vida. La última vez que se había sentido así de cómodo en compañía de alguien había sido tanto tiempo atrás, que prácticamente lo había olvidado. Pero Naiara y ese momento de paz le había traído esa sensación que pensaba perdida. No podía definirla solo con palabras, pero había algo innegable en ello: había sido especial.

-¿Saga? –Se volteó a toda prisa, dispuesto a pedir un poco silencio a sus subordinados, cuando reparó en el rostro que tenía enfrente. Entrecerró los ojos sin siquiera notarlo y el nombre le salió de los labios como un murmullo.

-Aioros.

-Hola.

-Hola. –respondió de manera automática. El arquero dibujó una sonrisa torpe, mientras Saga solo podía elucubrar lo que pasaba por su mente.

-Me preguntaba si estarías interesado en entrenar conmigo. –Soltó, sin mucho preámbulo. El gesto de Saga, sin embargo, le dejó patidifuso… aunque no esperaba nada diferente. Después de toda la distancia que había crecido entre ambos, el hecho de que Aioros apareciera de la nada para hablarle, iba en contra de toda probabilidad.- Verás… es que hace mucho que no entrenamos… y pensé…

-¿Quieres entrenar? ¿Estás seguro? –Saga tenía que preguntarlo.

-Sí, si tú quieres.

No hubo un ápice de duda en su respuesta.

Lo había pensado detenidamente, una y otra vez, hasta llegar a la conclusión de que no podía dejarse superar por la situación. Si lo hacía, estaría cometiendo los mismos errores de años atrás. Si la historia se repetía, Ares tendría todas las oportunidades de ganar de nuevo.

Y, por encima de todo, estaba Saga. Eran amigos, en algún punto, habían sido prácticamente hermanos… lo eran aún. Saga no era Ares. Jamás sería como él. Saga era solo la víctima de un destino caprichoso y cruel que la atrapada cada vez que intentaba escapar. Aioros no quería contribuir a aquella desdicha por más tiempo.

Estaba asustado, aquello era imposible de negar. La noticia le había pillado desprevenido y, si tenía que admitirlo, todavía sentía la necesidad de huir al repasar las últimas horas de su vida pasada. Pero no había lugar para temores, no cuando la vida de Saga también dependía de ello. No quería que el gemelo sintiera su rechazo, ni tampoco tenía intención alguna de hacerle creer que era a él a quien temía. Saga tenía que entender que, aunque compartieran un cuerpo, Ares y él no eran iguales. A Ares le odiaba… a Saga le quería.

Por el bien propio y del geminiano, los miedos terminaban ahí.

-Entonces, ¿qué dices? Nos haría bien a ambos. –Saga lucía dubitativo.

-Pues… vale. Entrenemos un poco. –anunció por fin. Esperaba no arrepentirse de su decisión más tarde.

-¡Genial!

Shaina y Argol se quedaron detrás, mirando si saber que más hacer. Segundos después, reaccionaron y fueron tras los pasos de los santos dorados. Ambos habían presenciado entrenamientos entre élite antes, pero Aioros y Saga eran diferentes. Dos leyendas desaparecidas a las que pocos ojos habían tenido el gusto de apreciar. Sería un espectáculo para no perderse.

-¡Apuraos!

-¡Apresúrate, Jabú! –El santo de Perseo, al ver a Shaina acelerar el paso y dejarlos atrás, le tomó de la camisa y le jaló consigo. El castaño, sin saber que sucedía, le siguió a trompicones.

-¡Oye!

El grito llegó a oídos del santo de Géminis, quien volteó a verles por encima del hombro. Prefirió ignorar lo que sucedía a sus espaldas y concentrarse en el hecho que Aioros quería entrenar con él. ¡Con él!

¿Debía sentirse asustado? ¿Debía estar receloso? No estaba seguro de cómo se sentía en ese momento, pero el arquero lucía tranquilo, a pesar de todo.

Después del desastre de días atrás, esperaba verlo de otra manera. Más inseguro, más reacio a acercarse y, ciertamente, más atemorizado de él. Las miradas furtivas de antes le habían hecho pensar en mil cosas. Ninguna de ellas incluía la posibilidad de que se acercase a pedirle entrenar juntos. Había desaparecido tan rápido del comedor que, lo último que esperaba después del ver el miedo en esos ojos azules, era que tuviera el deseo consciente de pasar tiempo con él.

-¿Por qué haces esto?

-¿Eh? –El arquero volteó de improviso.- ¿Qué dices?

-Los últimos días me has evitado como la peste y, de pronto, ¿me pides que entrene contigo? Solo quiero saber por qué de pronto cambiaste de opinión.

-Si te he estado evitando, no es por las razones que crees. –Los ojos azules de Aioros sondearon el lugar, en busca de miradas curiosas. No fue difícil notar como se habían convertido en el centro de atención. Así que, sin muchas esperanzas de tener un poco de privacidad, se acercó un poco más a Saga, mientras se soplaba el flequillo.- Siento mucho haber reaccionado de la manera en que lo hice. Sinceramente, no tenía palabras para disculparme y me sentía mal contigo. Eres Saga. Eres mi amigo. Solo eso importa.

El gemelo arrugó la frente. Con toda la seguridad que el arquero exhibiese, para él era imposible borrar su rostro pálido, abandonando el salón con pasos agigantados. Tenía suficiente con tener grabada en su mente la expresión llena de pánico que esbozara al descubrirle tras la máscara del Patriarca. Había pasado toda su vida recordando el semblante inerte de su cadáver.

-¿Estás seguro? –enfatizó su pregunta. No importaba cuantas veces Aioros le respondiera, sus dudas y miedo seguirían ahí. Por mucho que los demás quisieran verle como Saga, en el fondo siempre habría alguien dentro de sí, que representaba la maldad.

-Por enésima vez, ¡si! –exclamó. Comprendía a Saga, pero la paciencia se le agotaba.- Solo… no me pegues en la cara, ¿vale? –Saga levantó una ceja, ante la inusual petición. El arquero siempre había sido un tipo físico, que no solía reparar en aquellos aspectos "banales".- Es que… -el castaño se aclaró la garganta y bajó la voz.- Tengo un compromiso esta noche y no me gustaría aparecerme con tu puño tatuado en la mejilla. –aclaró con cierto torpeza que a Saga le parecía tan suya.

-Oh… -Aquellos eran los detalles que no necesitaba saber, porque le hacían sentirse un chismoso, lo cual no era en absoluto.- Trataré de no magullarte. Intenta no hacer lo mismo conmigo. No estoy interesado en tragarme un mal golpe, ni tampoco en convertirme en diana. -adelantó al castaño, dejándole con una sonrisa en los labios.

-¡Es un trato!

Aioros le alcanzó un segundo más tarde y, en el momento en que se puso a su lado, el gemelo no pudo evitar mirarle de soslayo. En cuestión de un instante, el arquero había cambiado. El rostro se le había relajado bastante, dejando en el olvido las miradas recelosas de antes; y, de nuevo, su acostumbrada sonrisa apareció en sus labios, como si nunca se hubiera borrado.

Aunque verlo de ese modo era un completo alivio, Saga no alcanzaba a comprender como era capaz de mirarle de una manera tan distinta en tan poco tiempo. Había visto lo peor de él y se había esforzado por dejarlo en el pasado. Y, ahora, con la amenaza latente de que el horror regresara, lo hacía de nuevo. El problema era que, igual que la vez anterior, el santo de Géminis no podía garantizar nada. No sabía en lo que se convertiría, ni tampoco era capaz de asegurar que podría detenerlo. Había demasiada confianza depositada en él y desconocía si podría con ese peso.

-¿Estás listo? –escuchó la pregunta de Aioros, un poco más allá. Antes de que pudiera siquiera responder, el cosmos del santo de Sagitario estalló, envolviéndole en reflejos de oro.

Saga escuchó las voces a su alrededor y, de nuevo, supo que eran el centro de todas las miradas. Con suerte, todo el mundo estaría mirando.

Suspiró.

Hizo arder sus cosmos con tanta fuerza como el del arquero, mientras luchaba por mantener su cabeza alejada de todo sentimiento negativo. Sus ojos se cerraron por un instante. Por muy oscuro que pintara el panorama, al menos había pequeños detalles que lo hacían más llevadero. Cuando abrió los ojos, vio a Aioros sonriéndole del lado opuesto. Asintió.

Estaba listo.

-X-

-¡Oh, por los dioses! –Milo se hizo un hueco a empujones entre Aioria y Camus. Sus grandes y expresivos ojos azules esculcaron a los protagonistas, en el centro del Coliseo.- ¡¿Hace cuanto que no veíamos algo así?!

-Catorce años. –respondieron ambos santos a la vez.

-¡Por Athena! ¡Por Zeus! ¡Por el jodido Olimpo! No van a matarse, ¿verdad? –Los ojos ajusticiadores de Aioria cayeron sobre el escorpión.

-No, bicho. No van a matarse. –gruñó. Al menos eso era lo que Aioria esperaba.- Solo guarda silencio.

Como si las palabras del león bastaran, Milo dejó escapar un suspiro de alivio. Camus, junto a él, meneó suavemente la cabeza a modo de desaprobación. Los accidentados modos del joven griego podían ser ciertamente entretenidos, pero a veces, el santo de Acuario pensaba que los llevaba más lejos de lo que debería. Milo jamás había sido la personificación de la discreción.

-¿Tú también viniste a observar? –preguntó al recién llegado. Milo asintió.

-¿Vosotros no? Todo el mundo está pendiente de esos dos. ¡Qué falta de decencia! ¡Nos roban protagonismo!

-En realidad, todos están aquí, pero dudo que estén observando. –El castaño acotó.- Esos dos se mueven demasiado rápido, como para que el resto solo puedan apreciar algo más que reflejos de luz dorada.

-Dulce y maravillosa velocidad de la luz. –Milo esbozó una sonrisa.

Y no se equivocaban. Lo que para ellos era perfectamente visible, para todos los demás santos de rango inferior, no era más que espectáculo de luces, nubes de polvo y sensaciones que les erizaban la piel. Quizás sus ojos no tenían el entrenamiento para distinguir los rapidísimos movimientos, pero sus cosmos les permitían apreciar las dantescas energías que se batían en combate.

-X-

Aioros apenas alcanzó a girar para esquivar la esfera de energía que se estrelló a sus espaldas. Miró por un segundo el polvorín que el golpe levantó. Sin embargo, al regresar la mirada al frente, se encontró con el puño del gemelo que avanzaba en su contra. Tuvo tan solo una fracción de segundo para detener el golpe con ayuda de su antebrazo. Entonces, estalló su cosmos y empujó, creando distancia entre él y su oponente. Pero Saga no estaba dispuesto a darle descanso.

De nueva cuenta, el castaño se convirtió en blanco de sus ataques. Primero fue envuelto en una marea de cientos de golpes de cosmos, que Saga utilizó como escudo, para poder acercarse a él. Aioros se libró de cada embate, utilizando una lluvia de saetas doradas para hacerlos estallar. Pero tan pronto se hubo librado de la distracción, los golpes y las paradas del gemelo le cayeron encima una vez más.

-Alguien ha mejorado sus ataques físicos. –Masculló, con la respiración entrecortada por el esfuerzo.- Creí que no te gustaba ensuciarte, señor cosmos.

-Nunca está de más mejorar en algo.

-Me alegro. Has hecho un excelente trabajo. –Saga entrecerró los ojos: Aioros estaba sospechoso.

De pronto, el ritmo de la pelea cambió por completo. El santo de Sagitario, que hasta unos momentos antes había estado a la defensiva, se apoderó de la situación. Lanzó un par de golpes que, aunque consiguió esquivar, fueron suficientes para desestabilizar al gemelo. Saga apretó los dientes y afiló la mirada, esperando ser capaz de salir ileso del inesperado embate. Retrocedió, justo a tiempo para evitar una patada y tuvo que echarse todavía más para atrás, cuando el arquero fue tras él.

-Extrañaba esto. –lo escuchó reír. Sin embargo, estando en desventaja, Saga no veía lo gracioso en aquel asunto.

-Ya… No estoy seguro. –ahogó un gruñido.

Los segundos que estuvo en desventaja fueron eternos. Saga sabía que mientras Aioros estuviera en su zona de confianza, no habría forma de vencerlo. Aquello era lo suyo y, si quería una oportunidad, tendría que sacarlo de su terreno.

Así, pasó a sostener su defensa, en busca de una oportunidad de cambiar nuevamente a la ofensiva.

Hizo arder su cosmos y elevó su velocidad. Permitió que el arquero tomara la iniciativa, retrocediendo a cada embate que éste le lanzaba. Con un poco de suerte, conseguiría crear una distancia razonable entre él y Aioros… y entonces, atacaría.

Tal como imaginaba, Aioros tomó cada centímetro que él le ofreció. Los golpes y las patadas no bajaron de intensidad en ningún momento, pero tampoco arreciaron. Saga seguía manteniendo su defensa y cediendo espacio. Podía notar que su plan estaba funcionado. En la cabeza del santo de Sagitario, en sus expresiones, solo podía leer una cosa: El castaño estaba más que seguro de que lo tenía copado. Era cuestión de unos segundos más de paciencia antes de dar el gran golpe y revertir la inercia. La inexperiencia de Aioros pagaría las consecuencias.

Tuvo que moverse aún con más premura cuando el ejército de luces de cosmos volaron en su dirección, como saetas surcando el cielo. Se echó un par de metros para atrás y abrió los brazos, con la mirada esmeralda clavada en sus perseguidoras.

-¡Otra Dimensión!

Y, como un escudo, la dimensión se abrió frente a él. Su oscuridad ahogó la luz de las flechas doradas.

Cuando levantó los ojos, alcanzó a distinguir la contrariedad en los del arquero. Pero también vio un atisbo de complicidad, como si desde el principio hubiera sido consciente de que aquella sería la solución a aquel embate. Pero Aioros no iba a darle muchas más concesiones.

-¡Impulso de Quirón! –El vendaval le tomó desprevenido, eso no iba a negarlo. Trató de resistirlo. Sin embargo, una idea acudió a su mente.

Permitió que los vientos huracanados le vencieran. Se dejó llevar, como si hubiera sido vencido por su fuerza. Al verlo caer, el santo de Sagitario vio su oportunidad en ese momento. Atacó… justo como el gemelo había previsto.

En pleno ataque, y con la defensa completamente abajo, Aioros estaba justo donde Saga lo quería. En un movimiento que no vio venir, cuando su cuerpo había ya tomado el impulso del ataque, el geminiano giró, recuperando la compostura. Para cuando el castaño intentó retroceder, era tarde. El puño de Saga impactó contra su rostro, tirándole hacia atrás.

En ese instante, Saga supo que había ganado. Escuchó el quejido del arquero y, después silencio.

-¡Oye! –Aioros se quejó. Se dejó caer al piso, con la respiración desbocada por el esfuerzo. Se sobó la mandíbula mientras observaba de reojo a su oponente, de pie, con las manos sobre las rodillas y jadeando tanto como él.- ¡Te dije que a la cara no!

-Lo siento. –Saga sonrió. En la mirada frustrada del arquero recordó al pequeño con el que solía entrenar hasta el cansancio, muchos años atrás.- ¿Sabes? Un hombre muy inteligente dijo una vez a su aprendiz: Si tu rival te supera en habilidad o rapidez, la mejor arma es dejar que se confíe, que se apresure y cometa un error. Ahí tienes la muestra. –remembró las palabras de Orestes. Tomado por sorpresa, el santo de Sagitario dibujó una sonrisa, mientras negaba con la cabeza.- Además, tu cara se cruzó en el camino de mi puño.

-Si, si. –Al ver la mano del gemelo extendiéndose hacia él, Aioros aceptó su ayuda para levantarse.- No volveré a confiarme, te lo aseguro. Joder. –se llevó la mano a la cara otra vez.- Menos mal que pegas como niña, que si no, me dislocas la mandíbula.

-Idiota. -Pero el gesto en su rostro, acompañado del fastidio evidente en el tono de su voz, arrancaron una sonrisa al arquero.- La próxima vez, definitivamente usaré tu espalda de asiento de nuevo.

-X-

Eire era una amazona de plata, una bastante buena, según se consideraba ella misma. Sin embargo, durante el tiempo que tardó aquella batalla, se había sentido insignificante y frustrada.

Fuera de los cosmos desbordantes y sobrecogedores, no se había enterado de nada. De hecho, en algún punto, se encontró a si misma prestando más atención al rostro de Shura que a la arena del Coliseo. Al menos así, en los gestos siempre cautos del español, encontraba algunas pistas de lo que sucedía ahí abajo y que era un secreto para sus ojos.

Incluso, se había enterado del final de la pelea gracias a un fruncimiento inesperado de cejas por parte de Shura. El santo de Capricornio había bufado un poquito y sonreído, dándole la señal que necesitaba para saber que todo terminó.

-Por Athena. –dijo ella, poco después. Acicaló su larga melena mientras se ponía en pie, dispuesta a seguir al líder de su grupo.- Diría que fue genial… pero no lo fue.

-¿Por qué lo dices?

-¡Porque no he visto nada! –La espontaneidad de su respuesta hizo reír a Shura. Cuanta razón tenía la pequeña amazona.- Ni siquiera sé porque nos hemos sentado a mirar, cuando no teníamos oportunidad alguna de ver nada. Menudo montón de idiotas que somos.

-Oye, no seas tan dura. –El moreno negó.- Eso no es verdad.

-¡Pero es la verdad! Que idiotas todos.

-No, no, me refería a que el pequeño entrenamiento en verdad fue bastante bueno. –añadió con travesura, solo para soltar una carcajada unos segundos más tarde, ante la falta de respuesta de Grulla.- ¡Es broma!

-¡Shura! –Eire se quejó, golpeando su brazo con suavidad.- Que malvado.

Lo único que el santo hizo fue aprobar con una sonrisa. En el poco tiempo que llevaban como compañeros, había encontrado que la amazona era una chica de lo más graciosa y simpática. Le agradaba tenerla en su equipo. De eso no tenía queja.

-X-

-¡Ajá! –Milo pegó un brinco de emoción.- ¡Paga ahora, gato! ¡Treinta y cinco euros! ¡Míos, todos míos!

Las miradas de todos los que les rodeaban, se centraron en el santo de Escorpio y su improvisado festejo por su recién hallada riqueza.

-¡Joder!

-¡Te dije que Saga ganaría! Nunca debiste apostar en su contra. Deberías saber mejor, gatito perdedor. ¡Ahora soy treinta y cinco euros más rico, cortesía tuya! ¡El rey de las apuestas! –el escorpión meneó el dedo frente al rostro del león dorado, arrancándole un gruñido seguido de una mirada asesina. Camus, que les observaba en silencio, se sorprendió que Aioria tuviera la fuerza de voluntad para no tirarle los dientes al otro. Milo era un ganador bastante… odioso, cuando se lo proponía.- La próxima vez, apuesta por la experiencia. -Le palmeó la cabeza, a lo que el castaño respondió con un manotazo.

-La próxima vez te daré también una patada en el culo, señor rey de las apuestas. –volvió a gruñir.

-Seguid apostando por estupideces, y os veréis en la penosa necesidad de ir a mendigar comida al Templo Papal. –Lentamente, con su calma característica, el santo de Acuario se puso en pie. Ahora que el pequeño espectáculo montado por Aioros y Saga había terminado, era momento de retomar sus propios entrenamientos. Solo esperaba que Cuervo, Sagita y Apus no hubieran escapado…

-¡Jamás sucederá eso! ¡El rey de las apuestas jamás conocerá la pobreza! Deja tus consejos para pobres perdedores como el lindo minino.

Intentó palmearle la cabeza de nuevo, pero esta vez, Aioria se le adelantó a responder con un zarpazo. Un día de esos, le pediría un "entrenamiento" personal a Milo y, entonces, le patearía el culo delante de todo el Coliseo. El señor de las apuestas podría no ser pobre, pero no era inmune a tragar arena. Ya se encargaría de eso.

-Venga, gata dorada. –rió el escorpión una vez más.- No seas enojón.

-El día menos pensado, un rayo de cosmos chocará con tu culo sin que lo veas venir. –Ante la amenaza, Milo se detuvo en seco y volteó a verle, con los ojos entrecerrados.

-No te atreverías.

Deliberadamente lento, Aioria se puso en pie. Como un felino, se estiró, hasta que cada vértebra tomó su lugar y comenzó el descenso por las gradas, permitiendo que Milo se pensara un poco más aquella última afirmación.

No mucho después, escuchó el paso apresurado de las botas de su amigo tras de sí. A veces, solo a veces, Milo podía ser una mente realmente impresionable.

-No vas a quemarme el culo, ¿verdad, gato?

-Nah. –respondió, aunque la expresión en su rostro era un rotundo "Si".

-¡Gato!

Aioria rió desparpajadamente y apuró el paso. El peliazul viviría un par de días con paranoia.

-X-

Ya había caído la noche cuando Mu llegó de vuelta al Santuario. Había pasado los últimos días en el exterior, en una misión que no había entrañado complicación alguna. Sin embargo, se sentía cansado y ciertamente nervioso. Aquella pequeña salida le había dejado un sabor de boca extraño, y una sospecha que le inquietaba. Así que, sin perder tiempo, dejó sus cosas en Aries, le echó un fugaz vistazo a la mesa donde Kiki había ido amontonando su trabajo pendiente… y decidió que lo mejor era visitar al Maestro en aquel preciso instante.

Casi sonrió ante la idea. Desde que habían vuelto, no había podido aprovechar demasiado momentos como aquel. Todos habían estado muy ocupados, especialmente Shion… y él no se había sentido con los ánimos suficientes como para interrumpirlo. Por mucho que hubiera deseado estrechar en un abrazo a su viejo maestro.

Negó lentamente con el rostro, al sentirse igual que un chiquillo, y dejó escapar una tímida risa. Se deshizo de la armadura, y buscó a Kiki.

-Recoge los platos cuando termines de cenar, Kiki.

-Si, maestro. ¿A dónde vas?

-A ver a Shion. Aprovecharé para informarle de cómo fue la misión. ¿Todo bien por aquí?

-Si, como siempre. ¡Aunque hoy los entrenamientos del coliseo fueron de lo más interesantes!

-¿Y cómo es eso? –Mu alzó un lunar con interés. Kiki siempre había sido un niño inquieto, pero había vivido tantas cosas, que impresionarle era ciertamente difícil. Sin embargo, se veía tan emocionado, que casi se le contagio el sentimiento.

-¡Saga y Aioros estuvieron entrenando en el coliseo! ¡Debiste verlo! Fue… -se encogió de hombros.- Todo el mundo estaba allí.

-Puedo imaginármelo. –Una minúscula sonrisa se le dibujó en los labios. Por supuesto que podía, había pasado su niñez contemplando cada uno de aquellos entrenamientos. Aunque admitía que se sentía sorprendido por el acontecimiento, desde luego. Desde que habían vuelto, los santos dorados no habían entrenado entre ellos. Menos aún, ese peculiar par.

-Aunque Aioros perdió. –Kiki frunció el ceño, y Mu rió de nuevo. Era difícil soportar la exigencia de la multitud cuando uno era una leyenda de la envergadura de esos dos.

-Tranquilo, aún tiene que acostumbrarse a esto. Espera a que se sienta más cómodo, y de verdad lo disfrutaras si es que vuelven a hacerlo. –Le revolvió el cabello rojo, y le guiñó un ojo.- Aioros necesita tiempo para ganar experiencia.

-Saga es rápido.

-Mucho, si.

-Y sus técnicas… -abrió los ojos de par en par como si estuviera rememorando el combate.- Debiste ver como la Otra Dimensión engulló las flechas doradas. ¡Fue bonito! ¡Como una lluvia de estrellas!

-¿Te han impresionado, eh?

-Es solo que no estoy acostumbrado. –le dio un bocado al pan, refunfuño avergonzado, y trató por todos los medios de ocultar su emoción.

-Está bien. –revolvió su pelo una vez más.- Debo irme, si me retraso, acuéstate. No quiero tener que sacarte de la cama a rastras mañana.

-X-

Los dos acecharon por la ventanilla del microondas. Dentro, la charola de plástico daba vueltas y vueltas, mientras el queso en la superficie del platillo, burbujeaba gracias al calor. Aioros y Deltha se incorporaron. Intercambiaron miradas y rebuscaron rápidamente por el empaque, donde las instrucciones de la cena estaban escritas.

-¿Segura que 15 minutos no es demasiado? –preguntó él.

-Eso dice ahí. –ella se defendió.

-Aquí dice: de 10 a 15 minutos. Técnicamente, estamos en el límite.

La amazona bufó. Entrecerrando los ojos, miró con desconfianza al horno. Si sus habilidades culinarias no fuesen tan limitadas, no tendría porque depender de aquel aparato que siempre terminaba por dejarle la comida media congelada, o a punto de ebullición. Nunca como debía ser.

-Déjalo así. Puede ser peor. –admitió. "Pude haber sido yo la que cocinara." -Pero antes de que pudiera decir cualquier cosa más, Aioros la tomó de la cintura y la atrajo hasta él. Ante lo inesperada de la situación, Deltha soltó una risita.- ¡¿Qué haces? –le cuestionó entre risas.

-Felicito a mi novia por su cumpleaños.

-Vas muy bien. Pero te hace falta algo. -Rodeó su cuello con los brazos.

-¿Si? ¿El qué?

-Esto. -Y, poniéndose de puntitas, atrapó sus labios.

Aioros no puso resistencia alguna, sino que alargó el beso tanto como pudo. Le gustaba lo mucho que el carácter de Deltha había cambiado a últimas fechas. Los gruñidos malhumorados había ido a menos y, para fortuna suya, los arrumacos iban a más. Disfrutaba las noches en que se sentaban frente al televisor a mirar caricaturas y a comer cualquier cosa que encontraran en la nevera. Le gustaba verla dormitar en el sofá hasta que llegaba la hora de marcharse. Y, lo mejor, era que ella lo disfrutaba tanto como él.

Con todas las malas noticias que había recibido en los últimos días, se alegraba de tenerla ahí, para él. Los besos y los mimos podían no solucionar nada, pero eran reconfortantes cuando más los necesitaba.

Rompió el beso lentamente y refugió el rostro en el hueco del cuello de la amazona. Se quedó un segundo así, solo abrazándola. Había tantas cosas a las que pensó había renunciado para siempre al morir que, ahora que las tenía de regreso, le resultaban casi irreales.

-Feliz cumpleaños, preciosa. –Susurró a su oído, solo para besarla de nuevo un instante después. Deltha se dejó querer. Después de meses de altibajos, el remanso de paz que había encontrado era todo un tesoro y, ese, era un cumpleaños que jamás había pensado que celebraría de ese modo.

-Por cosas como esta, Naia nos acusa de causar diabetes.

-Quizás tenga razón. –Aioros soltó una carcajada.- Pero olvídate de ello, porque todavía hay más sorpresas para ti hoy.

-Uh… ¿además de la cena? –El arquero asintió.

Picada por la curiosidad, la pelipúrpura entrecerró los ojos, mientras le contemplaba con una sonrisa en los labios. El santo la tomó de las manos y, jalando un silla, la hizo sentarse ahí.

-¿Qué estás planeando? –preguntó la amazona.

-Solo quédate ahí, cierra los ojos y no mires. –Deltha entrecerró los ojos un poquito más. Sin embargo, el arquero usó esos bonitos ojos suyos para insistirle en que hiciera tal como él le había dicho.

-Vale. –Ella cedió. Cerró los ojos.

Oyó las pisadas de Aioros, yendo y viniendo por la cocina. Poco después, sintió el aire fresco de la nevera que se abría. El sonido de algo siendo asentado sobre la mesa le hizo fruncir el ceño. ¡Mantenerla ahí, sin permitirle mirar, era toda una tortura! Además de su mal genio, uno de sus defectos más grandes era la enorme curiosidad que siempre sentía por todo. ¡Maldita fuera la curiosidad innata de los Escorpio!

Entonces, escuchó los pasos presurosos de Aioros abandonando la habitación. Los segundos siguientes no hubo nada más que silencio, interrumpido brevemente por la campanilla del horno que anunciaba que la cena estaba lista.

Sola y carcomida por sus deseos de descubrir que planeaba, entreabrió uno de sus ojos. Sin embargo, apenas lo había hecho cuando escuchó el grito de Aioros desde afuera de la cocina.

No mires, Apus! –Deltha arrugó la nariz al sentirse sorprendida.

-¡No lo hago! –recalcó. Volvió a cerrar los ojos y chasqueó la lengua. No esperaba que Aioros sospechara que hacía trampa.

Más pronto de lo que esperaba, le oyó regresar a toda prisa. Otra de las sillas rechinó sobre el piso, y por el sonido, Deltha adivinó que Aioros la colocó frente a ella. Él le tomó las manos y las puso en sus piernas, con las palmas hacia arriba. Poco después, puso algo sobre ellas.

-¡Está frío! –exclamó al sentir la baja temperatura de la caja misteriosa, acariciándole los dedos.

Pudo sentir también la textura del papel de la caja que tenía en las manos. En conjunto con el frío, resultaba una sensación agradable. El misterioso envoltorio no era muy grande, pero tampoco demasiado pequeño. Apenas pesaba y algo dentro de él al sacudirlo. ¿Qué era? No tenía ni idea, pero su curiosidad estaba alcanzando límites insospechados. ¡Quería verlo! Aún con los ojos cerrados, levantó las cejas, esperando que el chico le permitiera abrirlos en cualquier momento para terminar con aquel enorme y divertido misterio.

-Vale. Ya puedes mirar. –Lo que la amazona encontró frente a ella, fue una caja, envuelta en papel color morado. Levantó el rostro, en busca de la mirada del castaño.- Anda.¡Ábrelo! Es para ti.

-Vale. –Le dedicó una última mirada antes de enfocar toda su atención en deshacerse del papel que guardaba celosamente su regalo.

Por fin, levantó la cubierta de la caja de cartón muy lentamente, hasta que sus ojos chocaron con el contenido. Agrando su sonrisa, mientras buscaba el rostro del arquero, casi tan emocionado como ella misma.

-¡Son…!

-Fresas. Bañadas en chocolate, con chispas de colores encima. . –Aioros terció.- Catorce de ellas. –continuó.- Una por cada cumpleaños que no estuve aquí para besarte y abrazarte. –Le sonrió.

Los ojos marrones de Deltha se abrieron de par en par. El corazón se enloqueció dentro de su pecho, y sin que pudiera evitarlo, dos lagrimones corrieron por sus mejillas, mientras las palabras se rehusaban a llegar a sus labios. Miró a Aioros, con aquel gesto de sorpresa imposible de ocultar, pero incapaz de decirle cualquier cosa. El nudo en su garganta se rehusaba a devolverle el habla. Había algo terriblemente adorable en todo ello, pero igualmente nostálgico.

-¡No! ¡Del! ¡No, llores! –La abrazó, conmocionado. Ella se colgó de él, mientras los dedos del santo se perdían en la cabellera púrpura.- ¡No se supone que lloraras!

-¡Bobo! –La amazona luchó por controlarse. Lo abrazó tan fuerte como pudo hasta que, pasados varios segundos, lo dejó ir, muy despacio, y sobó sus ojos enrojecidos.- Esto es demasiado adorable. –musitó.

Aioros ladeó el rostro, en busca de su mirada. Al encontrarla, Deltha le sacó la lengua con travesura, pero aún con los ojos húmedos. El arquero sonrió.

-¡Deja de llorar que aún hay más! –celebró.

-¿Más? ¿Vas a hacerme llorar otra vez, Sagitario? –Aún con los surcos de las lágrimas sobre sus mejillas, la amazona no pudo guardarse una risa al verlo correr atropelladamente en busca del siguiente paquete. Segundos después, lo vio sentarse frente a ella una vez más.- ¿También es para mi? –Él asintió.

-No pude resistirme a comprarlo.

-¿De dónde has sacado todo esto? –Deltha le preguntó. Aunque la emoción le había ganado ya en una ocasión, no podía negar que se sentía sumamente feliz.

-¡Eso no importa! –Cierto era que casi le había vendido su alma a Janelle para que le consiguiera todo lo que necesitaba. Sin ella, probablemente nunca habría tenido todo listo a tiempo. Pero ya pagaría aquel favor en otro momento.- ¡Anda! –La invitó a abrir el presente.- Sé que va a gustarte.

El papel de regalo se deshizo rápidamente en las manos de la amazona. Abrió con sumo cuidado la caja de nuevo e, hizo a un lado el montón de papeles multicolores que escondían su regalo. En el fondo, encontró un pequeño cofre redondo de madera, con las siluetas de unicornios, sirenas, aves mitológicas y cientos de pétalos labradas alrededor. Los bordes estaban ribeteados en tonos dorados y bronces. Al frente, la llave pendía de la cerradura antigua, invitando a su curiosidad para que la abriera.

-Oh, por Athena… -La voz le salió en apenas un hilo. Se llevó la mano a los labios. Sus ojos no se daban abasto y el corazón le latía de prisa. Cada detalle de aquel hermoso regalo era perfecto.- Aioros esto es… precioso.

-Me alegra que te gustara. –El santo se acercó para besarla.

-Me encanta. -Deltha la tomó cuidadosamente entre sus manos. Deslizó los dedos por las figuras talladas, con una fascinación infantil.

-Es una caja musical. Gira la manivela antes de abrirla. –Ella obedeció. Dio varias vueltas a la diminuta llave y, después levantó la cubierta lentamente.

El mecanismo del cofre funcionó a la perfección. La melodía que se produjo arrancó una sonrisa más a la joven, mientras el unicornio blanco, de crines azules que había dentro, danzaba al ritmo de ella. Sus ojos se perdieron en el precioso animal, labrado también con el más absoluto cuidado. Las notas de You Are My Sunshine le hicieron canturrear la letra para si misma. Desde todos los puntos de vista, aquella noche no podía ser más perfecta.

-Adoro esta canción. –le dijo al castaño. Aioros asintió, compartiendo el comentario.

-Entonces, la haremos nuestra canción oficial. –La pelipúrpura levantó la mirada, para centrarla en el arquero.

Repentinamente, dejó la cajita sobre la mesa. La melodía siguió sonando mientras Deltha se abalanzaba sobre el arquero. Se montó encima de él, sintiendo los brazos de Aioros rodeando su cintura y apretándola contra su cuerpo. Enredó los dedos en los rizos castaños y reposó su frente sobre la del santo.

-Es un escándalo lo mucho que te extrañé. –Le susurró. Él le sonrió. No la había extrañado menos.

Lo besó de nuevo, una y otra vez, como si el mañana no existiera. Nunca, ni aún en sus sueños, había imaginado la posibilidad de vivir un día como aquel. Todo lo que alguna vez consideró perdido, ahora lo tenía de regreso. No había mejor regalo que eso. Pensaba en todas las oportunidades que había dejado ir, se aferró a él, a sus labios, a su cuerpo estrechándola contra el suyo. Se dejó llevar por el instinto, que le pedía más y más de él.

-Del… -Aioros musitó.- Deberíamos… -pero los labios de la amazona le impidieron continuar.

-Tsh... –En realidad, deberían pasar muchas cosas aún. Y, aunque la amazona se había pensado ir paso a paso con su relación, de pronto, sentía que todo se salía de su control. Pero en ese momento, no le importaba.

-Deberíamos… parar. –Alcanzó a decir, por fin. En ese instante, Deltha se detuvo. Rápidamente, sus ojos almendrados e interrogantes chocaron con su rostro.- Es que… Shura está abajo. –El santo aclaró lo garganta. Se relamió los labios, con la falsa esperanza de que el acalorado beso no hubiera terminado por convertir su rostro en un rojo tomate.

-¿Qué?

-Su cosmos… -tosió. Maldita fuera la oportunidad.- Acabo de sentirlo, llamando.

-Oh. –El semblante de la amazona se mostró confuso, para después mutar en una sonrisa torpe al reparar en la situación.- Deberías…

-Ir a ver que quiere, si. –Ella asintió.

Se quitó de encima del santo y lo vio tomarse un segundo antes de levantarse. Para sus adentro, sonrió. Vaya final accidentado para el momento.

-X-

-¡Shura!

-Hey. -El español devolvió el saludo de Aioros.- Vine a ver como seguía ese rostro maltratado. –ante la obvio alusión al golpe de Saga, Aioros soltó una carcajada.

-Bien, bien. –Se sobó la mandíbula.- Es bueno que a Saga no le pese tanto la mano, o hubiera terminado con una marca todavía más grande.

-Una sacudida de cerebro, de vez en cuando, es buena. Fuiste descuidado.

-Lo sé, lo sé. –Aioros se sopló los flequillos y, de inmediato, se revolvió los rizos castaños. Nunca le había gustado perder, mucho en menos en algo de lo que enorgullecía, como era el combate físico.- Estoy oxidado.

-Cualquiera lo diría.

Porque, aunque hubiesen pasado más de una decena de años desde su último combate, en lo que a Shura respectaba, nada había cambiado. Probablemente Aioros no tuviera la misma experiencia que ellos en un campo de batalla real, pero los instintos seguían ahí. De hecho, casi deseaba. que nunca, nunca, tuvieran que ser puestos a prueba en un guerra verdadera. Era mejor así: sin presiones, ni asuntos de vida o muerte.

Estaba seguro de que Aioros tampoco querría ponerse a prueba de ese modo. Una vez había sido más que suficiente, y todos esperaban por tiempos mejores que los vividos.

-No dejaré que esto vuelva a suceder. –Y vaya que se esforzaría por negarle a Saga una nueva oportunidad de patearle el culo.

-Excelente. Aunque, ¡oye! Nadie ahí afuera se queja de vuestro espectáculo. El público os aclama.

La risa de Aioros no tardó en escucharse. Había esperado muchas cosas de ese entrenamiento, pero jamás que levantase tantas expectativas. No sabía si sentirse halagado o aterrorizado de la cantidad de atención que cada detalle de sus vidas levantaba.

Al final, lo que para él y Saga había sido un momento entretenido, para el resto del Coliseo había sido una demostración de talentos que se pensaban perdidos. Nunca se acostumbraría a todo el escrutinio innecesario.

-Con gusto te cedo a la audiencia. –Al escucharlo, Shura negó apresuradamente.

-¡Ni hablar! De hecho, pienso que deberíais hacer esto más seguido. Gracias a vosotros, el resto nos volvemos un poquito invisibles y todo eso se agradece.

-Bah… -sonrió una vez más. Aioros le dio la espalda y el español estaba a punto de seguirle cuando reparó en la silueta que los observaba desde la puerta de la cocina. Se detuvo en seco. Tragó saliva y buscó irremediablemente la mirada de su amigo, quien ante el súbito silencio, devolvió su atención hacia el moreno, solo para encontrar el motivo detrás de su creciente incomodidad.- Shura…

-No sabía que estabas ocupado. –Se apuró a confesar.- Hola, Deltha. –saludó con timidez.

-Hola.

-Es el cumpleaños de Del. –Aioros le dijo.

-Oh. –Por un momento, Shura no supo que decir. Abrió los labios, pero no alcanzó a decir mucho. Aunque la relación con la amazona había dejado de ser tirante, todavía permanecía aquella sensación de incomodidad para con ella. No coincidían demasiado, pero cuando lo hacían, el santo de Capricornio sentía que no terminaban de compaginar en nada. Alguna veces le bastaba con que ella no le odiara. Otras, le hubiese gustado que volvieran a tratarse como en el pasado.- Felicidades. Feliz cumpleaños. –atinó a decir, cuando recobró el habla.- No sabía… creo que estoy interrumpiendo. Debería irme ahora. –balbuceó sin control, bajo la mirada confundida del arquero.

-Pero, ¿qué?

Shura, sin embargo, en su apresurada huída, no reparó siquiera en su amigo. Caminó a toda prisa hasta la puerta y posó su mano sobre el pomo. Antes de marcharse, volteó hacia ambos para despedirse. Los encontró mirándole como si de un bicho raro se trataba.

-Pasadlo bien. –Les dijo. Santo y amazona intercambiaron miradas.

-Shura… No es necesario que te vayas.

-No quiero importunaros más. –respondió a su amigo. El castaño lo miró con fastidio gracias a lo que, según él, era una tontería.

-¡No estás importunando nada!

-Teníais planes y yo os caí de sorpresa, y…

-Shura. –La voz de la amazona lo hizo respingarse. Llevó sus ojos hacia ella, solo para descubrir que tenía en su rostro la misma mirada del arquero.- No estás importunando. De hecho, ¿por qué no te quedas a cenar? –La invitación sorprendió a ambos santos.

-¿Qué? Yo… es que… -Shura balbuceó de nuevo. Su miraba iba, intermitentemente, de Aioros a la pelipúrpura.

-Vamos. –Ella insistió.- Tenemos tarta, lasaña no preparada ni por él, ni por mi; y cerveza.

-¿Cerveza?

-Hubiese preferido vino, pero Aioros está aprendiendo a beber. Esta vez, decidimos comenzar por cosas menos mortíferas que el vodka.

-¡Del! –El español ahogó una risa ante la acalorada queja del castaño.

-¡Pero es verdad! No quiero volver a verte borracho, dando tumbos por ahí. Tu cumpleaños será en un par de semanas y estoy segura de que Milo tendrá algo planeado. –Deltha contraatacó, mientras que el santo de Capricornio dejaba escapar la carcajada que no pudo contener por más tiempo; de pronto, se sintió mucho más relajado. Lo cierto era que Apus tenía razón: con el cumpleaños de Aioros a la vuelta de la esquina, y después que éste le contara las amenazas de Milo por celebrarlo a lo grande, la pelipúrpura había decidido que, si bien no podía alejar a Aioros del alcohol, al menos debería ayudarle a soportarlo mejor.- ¿Qué dices, cabrita? –Ella se olvido de las quejas masculladas del arquero, y regresó su atención al santo de Capricornio.- ¿Te quedas? Es mi cumpleaños y no trajiste regalo. –Agregó, juguetonamente.- Al menos quédate. –Insistió.

Por un segundo, Shura no supo que responder.

-¿Seguro que no es molestia? –El moreno cuestionó tras unos instantes de silencio. Lo último que deseaba era convertirse en un intruso en aquella noche especial.

-En lo absoluto.

-Vamos, ¡que la cena se enfría! –El arquero se acercó a él.

Una tímida sonrisa se asomó en las facciones del santo más joven, una que Aioros compartió. Con un movimiento de cabeza, el castaño le invitó a seguirle hasta la cocina. Pasó el brazo por encima de sus hombros y aprovechó para revolverle los cabellos oscuros. La sonrisa en los labios del español se ensanchó. Sobrevivir a tantos momentos difíciles valía la pena por instantes como aquel.

Mientras tanto, Deltha los contempló aproximándose a donde ella estaba. La imagen de ambos juntos trasladó a la amazona al pasado, a los tiempos en que habían sido hermanos. Y, el hecho de que ese amor fraternal no se hubiera disuelto a pesar de la crueldad del destino, le dio esperanzas.

-X-

Había viejas costumbres que nunca se perdían. A Shion siempre le había gustado salir a la terraza del salón del trono, y contemplar la caída de la noche después de la cena. Era un momento de paz que disfrutaba de veras, a sabiendas de que un día más había pasado sin más complicaciones, mientras la multitud de voces del Santuario iba apagándose.

Cerró los ojos y respiró con lentitud. Agradecía la tregua que el mal tiempo les había concedido, pues, aunque hacía frío, la vida ahí fuera resultaba menos ingrata y triste de esa manera.

Fue entonces que escuchó los pasos a sus espaldas, y apenas unos segundos después, la tímida voz de Mu le saludaba.

-Maestro… -dijo. Inmediatamente, Shion volteó hacia a el con una sonrisa.

-Has vuelto. –Palmeó la butaca de su derecha con la mano, y lo invitó a sentarse.- Vamos, siéntate y cuéntame como te fue.

-Bien… sin contratiempos. –dijo mientras obedecía y lo veía de soslayo. Lo cierto era, que por mucho que lo extrañara, no tenía la menor idea de cómo comportarse frente a él.- Nada en Jamir ha cambiado, ese lugar es inmune al paso del tiempo y a las inclemencias del clima. –La sonrisa del peliverde se ensanchó mientras asentía y le daba la razón. Extrañaba su tierra.- Recogí todo lo que necesitaba. Creo que mañana mismo podré empezar a practicar con Caelum, si lo crees oportuno.

-Si, desde luego. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que esa chica reparó una armadura. No dudo de sus habilidades, pero necesita refrescar su memoria en ese ámbito. Avisaré a Milo, y Naiara pasará por Aries un par de horas cada día, en el horario que tu establezcas, descuida.

-Bien. –Asintió con una sonrisa tranquila en los labios. De alguna manera, Mu tenía la impresión de que aquel entrenamiento, además de útil, era una excelente forma de mantener a la amazona controlada.

-Cuando retome el ritmo, ella podrá encargarse de las reparaciones menores y aligerar tu carga. Ahora que la Orden vuelve a estar completa, es bueno retomar las viejas costumbres y organizar el trabajo.

El pelilila asintió una vez más, y guardó silencio. Shion le dio un sorbo a su infusión, y escrutó su rostro. Podía ver muchas cosas en él: la paz que siempre transmitía, el nerviosismo que lo atenazaba cada vez que se acercaba a él… Y no pudo sino sentir cierta tristeza. Mu había sido un niño especial. El último de su raza, en aquel entonces. Le había unido a él un vínculo diferente, pero ahora no podía sino sentir un abismo entre ellos.

-¿Por qué no me dices que te trae por aquí? –dijo con suavidad.- El breve informe podía haber esperado a mañana.

-Bueno… -Empezó Mu.

Inmediatamente, se sintió igual que un chiquillo, sin saber muy bien qué decir o cómo hacerlo. La presencia de Shion era, simplemente, abrumadora para él. Había pasado toda la vida extrañándolo… deseando volver atrás para que todo lo que había sucedido se borrase. Le había necesitado allí todos aquellos años, pero ahora no sabía como comportarse en su presencia. No después de todo lo que había sucedido, sobretodo durante la guerra contra Hades. Sentía que, aunque él no había hecho nada para alejarse, Shion mantenía un lazo mucho más fuerte con otros de sus compañeros. O quizá, simplemente era que se conocían mejor. La cuestión era que todo aquello le dejaba un sabor amargo.

El peliverde pareció darse cuenta. Mu seguía siendo un niño tímido y excesivamente recatado… Igual que si temiera que sus palabras pudieran estar equivocadas o fuera de lugar. No había que ser demasiado listo para comprender que no sabía de que manera había de comportarse en su compañía. Y aunque había sido su alumno desde que era un bebé, tristemente, nunca había sido tan cercano o natural como lo habían sido los gemelos o Aioros. Nunca había podido desarrollar aquella confianza, ni tampoco se lo había permitido. No después de lo que había sufrido cada paso del camino de los otros. No podía evitar lamentar eso.

-Vamos, Mu. Habla sin miedo. –El ariano respiró hondo y asintió.

-Hay una sensación inquietante ahí fuera, Maestro. –dijo finalmente. Shion frunció los lunares.- Las tormentas, las inundaciones… me atrevería a decir que no es solamente el invierno. No solo Grecia se esta ahogando… es el mundo entero quien llora y sangra.

Shion guardó silencio. Lo contempló durante unos segundos con expresión grave en el rostro. Había estado preparado, sabía que antes o después alguien se percataría; pero no creía estar listo para dar explicaciones que aún desconocía.

-Además, el Inframundo está sumido en el caos, sino me equivoco. Nosotros lo dejamos así, y ahora… -se encogió de hombros y buscó sus ojos fugazmente.- Las almas huyen del Tártaro.

-Te has dado cuenta.

-A decir verdad, Maestro, me sorprende que nadie más lo haya hecho. –Mu jugueteó con los dedos de sus manos.- Entre nosotros hay quien tiene habilidades más similares a las tuyas respecto a la predicción y la percepción de las estrellas… -Shion asintió pesadamente, aunque era un asunto que de momento no había tocado con nadie. Era receloso acerca de todo lo que Saga había aprendido durante el mandato de Ares.- Y aunque no lo hubiera… ¿Cómo es que nadie ha sentido esos cosmos? ¿O por qué nadie le ha dado importancia?

-¿Te habías dado cuenta tú antes de salir del Santuario? –Mu guardó silencio y eso fue suficiente.

-No. –murmuró, tímidamente.

-Las cosas aquí son lo suficientemente turbulentas y complicadas. Quizá a vosotros os hayan pasado desapercibidos ciertos detalles, pero no has de preocuparte por ello. No me pilla de sorpresa, tampoco a Arles. Pero si no os he mencionado nada aún, es porque considero que hay otras prioridades, y sois vosotros. Debéis encontrar la paz y el equilibrio que habéis perdido. Centraos en eso.

-Muchas de esas almas, Maestro…

-Son conocidas. –El pelilila asintió.- Han escapado infinidad de entes del Inframundo, Mu. Almas anónimas e inofensivas, condenados que llevaban ahí milenios… y otras, más especiales. Nuestra Orden ha tenido muchos muertos. De todos modos, muchas simplemente se han perdido en la inmensidad de la Tierra, y no es asunto nuestro devolverlas a su lugar. Otras, llaman más la atención.

-¿Qué debemos hacer?

-Observar. Es muy probable que no solamente sean las almas lo que salga de ese agujero. Hay otros seres y monstruos ahí abajo que debemos vigilar de cerca. Si comienzan a causar problemas, lo haga quién lo haga, actuaremos. Nosotros velamos por la Tierra, pero no tenemos que limpiar el desastre de otros, ni debemos entrometernos.

-¿Y lo demás? No es solamente un invierno crudo, Maestro.

-Las estrellas se inquietan. –Miró al cielo, y permaneció unos segundos contemplando los astros lejanos.- Sin embargo, no hay vestigios de nada claro. No es Poseidón el causante de la lluvia, ni tampoco Hades quien agrieta las montañas.

-¿Ares? –su mirada rosada, voló fugazmente a su alumno.

-Has de ser cuidadoso poniendo voz a tus inquietudes. –dijo.- No hay nada de lo que no puedas hablarme, o preguntarme; pero no te aventures con las conclusiones o preguntas en momentos así.

-Lo se, lo siento. –Su voz surgió casi atropellada.- Es que…

-No te preocupes. Por lo que se… No, afortunadamente, Ares continúa dormido y perdido. No hay oscuridad alguna que rodee Géminis, a diferencia de catorce años atrás.

-Entonces no supimos verlo.

-No quise hacerlo, no. Pero no será igual esta vez. –No iba a dejar que algo así sucediera de nuevo. Habían sufrido mucho, y lo harían eternamente por un error que jamás debió cometer. Nunca volverían a respirar tranquilos.- Desafortunadamente, no tengo más pistas que seguir, ningún indicativo de en qué dirección debemos mirar. –Escuchó a Mu suspirar.- Estate tranquilo, de todos modos. No hay día que no esté pendiente de ello, buscando cambios o pistas. Mantengo los ojos abiertos, sobre el cielo y sobre vosotros. Solo se paciente, deja que todo se asiente, y veremos que hacer.

-Estaré atento yo también.

-Esta bien. –sonrió.- Ahora aprovecha, y ve a descansar. Ya me entregaras el informe cuando puedas.

-Buenas noches, Maestro.

Inclinó la cabeza al levantarse, y Shion asintió a modo de respuesta. Lo vio marchar, no terminaba de acostumbrarse a tanto respeto y veneración de su parte. Sin embargo, fuera como fuera, esta vez les mantendría a salvo. Esta vez estaba ahí… no les abandonaría.

-Continuará…-

NdA:

Shion: Lo que si estoy seguro que dicen las estrellas, es que Damis y Sun necesitan comentarios con críticas constructivas para continuar esta historia por el buen camino.

Kanon: Eso no lo dicen las estrellas, lo dicen ellas ¬¬'

Shion: Es lo mismo. Y como aclaración, una crítica constructiva no es una petición formal ante un organismo oficial para incluir otros personajes. ¬¬'

Kanon: ¿No? Yo quería incluir a Catwoman…

Saga: En ese caso, ¡yo quiero a Afrodita!

Afro: *_*

Saga: ¡La diosa! ¡No a ti! T_T ¬¬'

Afro: T_T

Aioros: ¿Puedo pedirme a Angela, de Bones? Es la mujer de mi vida *_*

Shion: u_u''' (venita a punto de estallar).

Kiki: ¡Yo quiero ser miembro fundador del Club de Fans de Aioros y Saga!

Kanon: ¿Quién invitó al mocoso?

Saga: ¿Envidia, Kanon?

Mu: T_T

Milo. ¡Pues yo quiero una Conejita Playboy!

Aioria: Págale con tus 35 euros. ¬¬'

Shion: ¡SILENCIO!

Santitos: …

Sunrise: Como podéis ver, eso no son comentarios constructivos. Ni útiles.

Orfeo: Pues ya que preguntáis, a mi me gustan las historias románticas. Podíamos dejar a un lado la guerra y…

Damis: ESO tampoco es útil.

Camus: ¿Y Cristal? ¿Dónde esta Cristal? ¿Por qué nadie habla de Cristal?

Shura: Creo que ha colapsado.

Kanon: ¿Quién? ¿Shion? Porque esta quedando verde… más que su pelo.

Damis: Si, bueno… creo que nos ha quedado clara la explicación, ¿verdad, chicos?

Saga: Espero que si. ¡A dejar reviews! Nosotros nos marchamos ahora, antes de que Shion sufra un infarto.

Afro: ¡Saga! T_T

Saga: ¡NOS VAMOS!