Capítulo 16: Feliz Cumpleaños

–Fue un desastre, Nikos. ¡Un desastre! –escuchó la agradable risa del santo de Orión, y ella misma se encontró dibujando una sonrisa tras su máscara.– Debiste ver cómo quedó el horno, con la pizza abrasada pegada al ventilador. ¡Tardamos horas en poder limpiarlo! ¡Y me quemé el antebrazo! Aún tengo la marca…

–Cualquier cosa que Deltha intente hacer en una cocina, terminará calificado como atentado contra la humanidad… no un simple desastre.

–¡Oye! –exclamó la pelipurpura defendiéndose.

–¿He dicho algo falso? –Naia se detuvo y miró a sus ojos metálicos. Deltha guardó silencio durante unos segundos, y finalmente se cruzó de brazos, resignada, pero consciente de que la morena estaba en lo cierto.– ¿Ves?

–A veces me pregunto como habéis sobrevivido ahí fuera… –El moreno siguió riendo, mientras pasaba cada uno de sus brazos alrededor de los hombros de ambas y echaba a andar.

–La vida ahí fuera es más fácil que aquí. –murmuró su hermana.

–Eso es relativo.

–¿Tu crees? –Naia se encogió de hombros.– Mi mayor preocupación en Rodhas era no perder a ningún turista de mi grupo, despeñado por algún acantilado, y recordar la historia detallada del Coloso. ¡No os hacéis idea de la cantidad de preguntas extrañas que pueden hacer acerca de una dichosa estatua! –Se apartó un mechón de su melena y continuó.– Además, no sé de que te quejas, Apus. Tu compañera de piso hacía las tareas básicas por ti, especialmente en lo que se refiere a cocinar. Tu supervivencia estaba asegurada.

–No puedo creerme que apenas os vierais en todos esos años… –Intercedió el mayor viendo de una a otra.

–Era una situación complicada…

–Que se resume en que estábamos muertas de miedo. Nada más.

Entonces, antes de que la conversación fuera más allá y tocará temas más delicados y profundos, un silbido llegó a sus oídos. Inmediatamente, los tres se detuvieron, y miraron atrás. Kanon caminaba en su dirección y, prácticamente a la vez, Deltha y Nikos fruncieron el ceño. Naia se deshizo del abrazó de su hermano, y dio un par de pasos hacia el gemelo, intentando que no se acercara demasiado a los otros dos.

–¿A dónde vas? –Preguntó el peliazul.

–A ningún sitio en especial. Solo caminábamos. –Kanon asintió, y después miró hacia sus dos acompañantes, y una sonrisa retorcida iluminó su rostro.

–¿Os sentís bien? Tenéis cara de espanto y habéis palidecido. ¡Cualquiera diría que habéis visto al diablo en persona!

–Kanon… –Una risilla tímida abandonó los labios de Naia mientras intentaba reprenderle, quitándola toda credibilidad. Pero lo cierto era, que la expresión de su hermano era aún peor de lo que Kanon había mencionado. Podía imaginar cómo era la de Deltha.– ¿Pasó algo?

-No… Me voy a Géminis ya, la gran fiesta en Sagitario espera.

–Milo lleva todo el día murmurando acerca de eso, con mirada perversa y soñadora. ¿Pensáis convertirlo en una costumbre?

–Si por el bicho fuera… si. ¡Cómo sea! Tengo que irme, llegaré tarde. ¿Dormirás en Géminis hoy? –Bajó la voz para decirlo, en un súbito e inesperado arranque de discreción, pero tanto Nikos como Deltha alcanzaron a escucharlo.

–No, mejor no. –Respondió Naia, sintiendo las miradas de su hermano y su amiga clavadas en su espalda.– Emborrachad tranquilos al arquero, yo no quiero saber nada de eso. ¡Tuve suficientes reprimendas la primera vez! –La sonrisa burlona de Kanon se amplió.

–Tú te lo pierdes, Caelum. –Palmeó su cabeza con suavidad y revolvió la melena negra.

–¡Pórtate bien!

Siempre. –Le guiñó un ojo, con aquella expresión traviesa que solía recordarle a los viejos tiempos, y se marchó por donde vino con toda la tranquilidad del mundo.

Naia lo vio marchar; después, se dio la vuelta, y se acercó hasta Deltha y Nikos.

–¿Nos vamos?

-X-

Desde que se habían cruzado con Kanon, Naia había permanecido en silencio. La conversación parecía haberse enfriado súbitamente y, de alguna manera, tenía la impresión de que solamente necesitaban una palabra, la que fuera, para explotar con sus quejas y protestas.

–No quiero oír una palabra. –Masculló al sentir las miradas de ambos sobre si.

–No hemos dicho nada. –Se defendió Nikos.

–No es necesario. Lo habéis pensado. –Apretó los dientes sin querer.– ¿Sabes? Un día, Nikos, te vas a meter en un problema.

–¡Oye! ¿A qué viene eso?

–Es un consejo de hermana. Tú me das consejos de hermano. Acéptalo. –Se encogió de hombros.– Cada vez que lo ves, es como si miraras a un gusano. Kanon ya no es un niñito, si no entra a tus juegos, es porque no quiere. Pero si algún día se aburre, y decide hacerlo, vas a ser tú el que termine con la cara quemada pegada al suelo y llorando.

–Nunca quemé a Kanon.

–A Saga si. –Nikos rodó los ojos.

–Eran dos mocositos molestos y llorones.

–Aioros también, ¿no? –Naia frunció el ceño.– eras el problema, no ellos. Así que harías bien en olvidar esa estúpida rivalidad tuya, si es que puede llamarse así, porque te traerá problemas.

–No hay ninguna rivalidad.

–Entonces deja el asunto estar, y haz tu vida como si no existieran.

–Eso es un poquito difícil. Kanon siempre encuentra el modo de aparecerse cerca de ti.

–¿Y eso es problema tuyo por qué…?

–Ya sabes lo que pienso al respecto.

–Si, y ya sabes lo que pienso yo. –Siguió caminando, sin darse cuenta del rumbo que habían tomado sus pasos.– Además, no sé de que te quejas tanto. Cualquiera que te hubiera visto antes abrazando a Deltha, podría sacar conjeturas aún más interesantes que de una conversación entre Kanon y yo.

–¡Oye! –Deltha corrió tras ella.– ¡A mi no me metas en esto! Prometí no…

–Si, prometiste. Pero piensas demasiado alto. Es como si tus neuronas tuvieran un altavoz que dijeran: ¡Nikos tiene razón! ¡Kanon es el demonio! Solo le faltan cuernos y tridente.

–Si tan segura estas de que lo que estáis haciendo es buena idea no veo porque te pones así.

Naia se detuvo de golpe, y los dos hicieron lo mismo. Vio de uno a otro y se cruzó de brazos, esperando a que su hermano terminase de hablar.

–¿O no? –Naia solamente ladeó el rostro.– ¿Ves? Estoy en lo cierto.

–¿Qué sabrás tú de lo que es cierto y de lo que no?

–Bueno, en este caso… –Nikos se encogió sutilmente de hombros.– Sabes de sobra que todo el mundo desconfía de Kanon. Ha dado muchos motivos para hacer tal cosa. ¡Incluso Saga lo hace!

–No tienes la menor idea de lo que Saga hace, y por qué lo hace. –Gruñó mientras fruncía el ceño un poco más si era posible.– Deja de utilizar su nombre solo cuando te conviene.

–Voy a serte sincero con esto. –Naia tensó tanto la mandíbula, que comenzó a doler.– Estas con Kanon, bajo vuestros curiosos y peculiares términos, si. Pero… ¿estás segura de que eso es lo que quieres y no solamente el camino más corto, y también retorcido, para conseguirlo?

–¿De qué hablas?

–De que pienso, y siempre lo he hecho, de que es con Saga con quién quieres estar. Y no has podido, por el motivo que sea. No has esperado si quiera a que la situación se normalizara, a que Kanon se gane su sitio de vuelta, y no sea visto más como una amenaza que como uno de los nuestros.

–¿Podéis decirme que sabéis vosotros de lo que yo siento o quiero? Llevo meses intentando haceros comprender, uno a uno, a ti, a Deltha, a Aioros… pero todos os habéis creado una película muy personal en la que creéis fielmente, y os importa una mierda lo que yo tenga que decir. Yo, que soy la única implicada, y quien sabe infinitamente mejor lo que siente por uno u otro y lo que deja de sentir. Sois una panda de metomentodos que haría bien en conseguirse una vida propia. ¿Sabéis a qué nivel me estáis dejando con vuestras absurdas conjeturas? ¿Quiénes os habéis creído para juzgarme así? Estoy con Kanon porque quiero estar con Kanon. Punto.

Con la respiración agitada, se dio la vuelta y reemprendió el camino. Respiró hondo, tratando por todos los medios de tranquilizarse y siguió andando. Siempre había sido impulsiva, pero se había esforzado por ser comprensiva con las opiniones de todos ellos, porque les adoraba. Intentaba comprender que Nikos se sentía tan fuera de lugar como muchos otros y que había cosas que no entendía. ¿Pero dónde quedaba ella en todo eso? ¿No les importaba lo que ella sintiera? ¿Lo que quisiera? ¿La veían como a una niña tonta a la que había que decirle cómo y qué hacer? Nikos había dado voz a su teoría, al menos tenia el valor de decir las cosas como las pensaba, eso si. Pero Deltha, que ahora callaba, pensaba exactamente lo mismo. Y Aioros.

Resopló con sus miradas fijas en su espalda.

Y, entonces, atravesó el arco de piedra semiderruido al que habían llegado sin darse cuenta. Se detuvo de inmediato. No conocía aquel rincón del Santuario. No lo recordaba siquiera de sus años de niñez cuando simplemente era un estanque… pero había oído hablar de él a su vuelta.

Las aguas cristalinas apenas se movían, y los azulejos de colores del fondo brillaban tenuemente bajo el tímido sol del invierno. Ninguno de los sonidos del Santuario parecía llegar a aquel rincón, donde nada se atrevía a resonar en el viento y romper su paz. Solamente los pinos que rodeaban el lugar murmuraban al ritmo de la brisa, mientras las gotas resbalaban suavemente, y sin cesar, por la piedra como si de lágrimas se tratasen.

Las mismas lágrimas que empeñaron sus ojos en el momento en que reparó en las siluetas del pilar. Las reconocía, una a una. Era imposible no hacerlo porque era como si ellos estuvieran allí, con sus cuerpos pintados con maestría. El Pilar de Piedra donde los dioses habían encerrado a los Santos Dorados por toda la eternidad, le había robado el aliento. No se dio cuenta de cuando las lágrimas resbalaron por sus mejillas, esparciéndose al contacto con su máscara. Ni tampoco de cuándo Nikos y Deltha llegaron hasta ella.

–¿Le veis? –Murmuró. Nikos la miró de soslayo.– ¿Veis a todos? Kanon está ahí… en su lugar; ese que decís no se ha ganado. Junto a Saga, con la cicatriz de su ceja. –Dejó escapar una pequeña carcajada triste al reparar en el detalle. Incluso en piedra podía distinguirles a la perfección.– Juntos. –Se mordió los labios, intentando no llorar.– Nunca encontrarás la manera de agradecerles lo que hicieron por ti, por todos. Jamás, Nikos. Nunca entenderás la magnitud de lo que sufrieron y de lo que sufren… De lo que aún hoy soportan por vuestra culpa. Así que, si no entiendes, al menos déjales en paz. Dejadles vivir.

No esperó por una respuesta, bordeó el estanque y se acercó hasta el heroon improvisado que había nacido en la misma piedra del muro. No era nada suntuoso, a diferencia del templo que había en Rodorio. No era más que una pequeña cavidad aprovechando una ancestral brecha en la roca. Sin embargo, alguien había prendido unas cuantas velas junto a una flor y un poco de incienso. Se sintió extrañamente conmovida ante la admiración y gratitud que todos ellos despertaban en una persona desconocida y anónima. Quizá en varias. Tomó una vela apagada entre sus manos, y con cuidado, la acercó a una de las llamas encendidas, prendiéndola, y la dejó junto a las demás.

¡Qué injusto le parecía que sus propios hermanos de armas fueran tan duros juzgándoles!

Ya no podía con aquel asunto. Estaba cansada de que algo que la hacía feliz, de algo que hacía feliz a Kanon, fuera juzgado y visto como un pecado mortal o una estupidez adolescente. Quería a su hermano, quería a Deltha, los adoraba con locura… pero ellos no podían comprenderla, y tampoco querían. Era más sencillo decirle una y otra vez que se equivocaba, antes que intentar ponerse en su lugar.

Se quitó la máscara para secarse las lágrimas, y volvió a colocarla en su sitio. Tomó una gran bocanada de aire, e internamente, agradeció a Athena por haberles liberado de aquel destino tan cruel. Después se dio la vuelta, con la mirada de Nikos sobre ella, mientras Deltha permanecía absorta viendo el pilar. Se marchó, dejándoles atrás.

–¡Naia! –Gritó Deltha, pero la morena no respondió.

-X-

El abrazo que Shion le dio se sintió sincero y especial… lo era, tanto para el joven como para el mayor. Ninguno de los dos se imaginó que volverían a estar en una situación como aquella, en la que la vida les daba la oportunidad de celebrar.

Aioros correspondió el abrazo con tanta fuerza como pudo. No festejaba un año más vida, sino una vida nueva completa. El camino había sido largo y tenebroso, lleno de éxitos pagados con lágrimas y sangre; y, en algún punto, incluso de desesperanza. Sin embargo, días como aquel, momentos como ese, hacían que el regalo de vida que su diosa les había dado fuera mil veces más valioso. Con altibajos, cierto era que la perfección era algo que todos habían dejado de esperar, pero hermoso y digno de ser disfrutado.

–Felicidades, hijo. –Le murmuró mientras tomaba su rostro entre las manos y le obsequiaba una sonrisa que el castaño correspondió.– Disfruta de este día y de todos los quedan por venir.

–Lo haré.

Encantado, Shion le palmeó el hombro. Giró en busca de Dohko y cuando sus miradas coincidieron, supieron que era el momento de marcharse. Milo llevaba un buen rato ansioso, con ánimos de sobra para comenzar la verdadera fiesta.

–Felicidades, Aioros. –El chino se despidió también, con un abrazo al festejado.– Pasadlo bien muchachos.

–¡Por supuesto que si! Nos encargaremos de eso.

–No bebáis de más. –Ante la advertencia de Patriarca, las mejillas del santo de Sagitario se sonrojaron.– Y no dejes que te tienten lo suficiente como para terminar inconsciente.

–No sucederá de nuevo. –Con nerviosismo, Aioros se revolvió los rizos castaños.

Las risas de sus compañeros no se dejaron esperar. El rostro de Aioros, cuando se sentía apenado y pillado con la guardia baja, solía ser memorable. Tan transparente, como un crío pequeño.

–Bien. Confío en que las celebraciones terminarán adecuadamente en esta ocasión. Disfrutadlo.

–¡Gracias! ¡Gracias! –Incluso antes de que el lemuriano y el chino abandonaran el salón, Milo ya había corrido a la cocina en busca de las provisiones que él mismo había preparado.

Reapareció un par de minutos más tarde, atropellando a todos y a todo con un par de bolsas gigantes. El arquero lo había visto llegar antes, pero hasta ese momento, no había tenido el valor de acechar qué había dentro. Pero, por lo que podía ver, el misterio terminaba ahí mismo, cuando una a una, las botellas fueron posándose sobre la mesa. Una vez más, Milo no había reparado en gustos.

–Ahora que los viejos se marcharon, podemos oficialmente inaugurar el segundo cumpleaños en las Doce Casas. –La sonrisilla en los labios de Milo hizo que algo en Aioros se estremeciera.– ¿Qué tomas, Aioros? ¿Lo mismo de la vez anterior?

Y, por arte de magia, un vaso lleno de transparente y peligroso vodka se plantó frente al festejado.

El santo de Sagitario ni siquiera hizo el intento de tocarlo. De hecho, su mirada recelosa traicionó a sus pensamientos: había pasado por ello una vez, lo había sufrido, lo había sobrevivido… y lo había detestado. No era necesario que Deltha, ni Shion, ni nadie, le dijeran lo que debía hacer, o no, en su fiesta. Así que, dispuesto a enfrentar la insistencia del escorpión, empujó el vaso un poco más allá, lo suficientemente lejos de él.

–Creo que voy a pasar del vodka hoy.

–¿Eh? ¡¿Por qué?!

–Porque la última vez no fue divertido; fue un maldito desastre. No tengo intenciones de repetirlo, Milo. Gracias. –Alcanzó a escuchar un par de risillas al respecto y no pudo evitar buscar la mirada de Shura, quien le sonrió, contento con su decisión.

–¡Oye! –Pero Milo no sería tan fácil de esquivar. Si algo, el peliazul era la representación de la insistencia cuando se trataba de temas como aquel.– No fui yo quien te emborrachó la última vez. –Todas las miradas volaron inequívocamente al rincón donde Kanon estaba sentado.

–¡Eh! Yo no le puse la botella en los labios, ni le obligué a beber. –El gemelo se defendió.

Tristemente tiene razón, y no pienso cometer el mismo error dos veces.

–Entonces, ¿no vas a beber?

–Vodka, no. Hay cerveza en mi refrigerador… por si alguien más quiere. –Miró al resto. Esperaba que su idea de llenar la nevera funcionara y Milo le dejara salir de esa, ileso.

–Yo te acepto una. –Shura, como siempre, le cubrió la espalda. A decir verdad, sabía que era la única manera de que Aioros conservara la dignidad y satisficiera a Milo en el intento.

–Genial. –Y antes de que el escorpión pusiera algún pero más, el castaño salió disparado en dirección a su cocina.

Shura no pudo evitar reír al escuchar el bufido de Milo, y no fue el único. En menos de un mes, el arquero había conseguido mejorar sus habilidades para escabullirse de situaciones comprometidas. Sin embargo, faltaba comprobar si las mejoras eran lo suficientemente buenas, como para que el escorpión cediera.

–¿Piensas interrogarlo como me interrogaste a mi en tu cumpleaños? –Kanon tomó la bebida que el santo de Sagitario rechazó. Dio un trago y volvió a asentarla en el piso, junto a él.– No creo que tenga cosas ni medianamente interesantes que contarte.

–¿Vamos a volver al mismo tema? –Shaka gruñó. Aunque, muy en el fondo, ni siquiera sabía por qué le sorprendía esa situación.

–Venga, Buda. Es interesante. ¿No aprendiste nada de todo lo que Kanon nos contó durante mi fiesta? –Milo contraatacó.

–Si. Aprendí que hay cosas que nadie más que uno mismo debe de saber.

–Amén por eso. –Camus se apresuró a acotar, antes de que su propio vaso de vodka rozara sus labios.

–Buuh… ¡qué aburridos sois!

–¿Quiénes son aburridos? –La pregunta de Aioros marcó su regreso. Se escurrió entre las sillas añadidas a su salón y volvió a acomodarse en su sofá, con la esperanza de que la cerveza la ayudara a sobrellevar la larga noche que le esperaba.

–Camus y Shaka.

–¿Y eso?

–Porque aparentemente no prestan atención a las estupideces que Kanon siempre tiene que comentar.

–¡¿Tu también, Saga?! –El gemelo no supo si debía sentirse ofendido por la genuina expresión de asombro en el rostro del escorpión. ¿En serio Milo pensaba que él disfrutaba de las graciosidades de Kanon?

–Te sorprende.

–¡Pues claro que si!

–¿Por qué habría de gustarme que Kanon vaya por ahí, contando cosas que solo deberían incumbirle a él y a… la persona con la que acuesta? –Y, sin saber por qué, algo dentro de si se revolvió. No sabía desde que momento, mencionar el nombre de Naia junto al de Kanon se había vuelto tan difícil.

–La persona con la que me acuesto tiene nombre. No es tan difícil olvidarlo, supongo. –Saga entrecerró ligeramente los ojos, pero el hecho de que Kanon pudiera encontrar un significado encerrado en sus palabras que él no veía, le puso en alerta. De inmediato, se esforzó por permanecer indiferente. Si su hermano olía sangre, iría directo a la yugular.– Tampoco es pecado decirlo en voz alta. ¡Estamos en confianza! ¿No es verdad?

No hubo un solo comentario al respecto, pero eso le bastaba al peliazul. Después de todo, algunos de ellos podrían no estar de acuerdo con lo que sucedía, o dejaba de suceder, en las habitaciones ajenas, pero ninguno sería capaz de soltar ni media palabra a Shion o a nadie. Así que Kanon estaba en libertad de dar rienda suelta a su lengua. Los secretos, y los no secretos, estaban a salvo en las paredes del salón de Sagitario.

–Pues venga, dí lo que quieras decir. –"Si es que algo te faltó" pensó, no sin que le faltasen ganas de gruñir ante la idea de escuchar las idioteces que Kanon tenía que decir y que, para su mala fortuna, seguramente involucraban a Naiara. ¡Y seguía preguntándose por qué de pronto le resultaba tan insoportable escuchar eso!

–¡Oh! ¿Tienes más cosas que contarnos?

–El bicho morirá de la emoción. Cualquiera diría que su vida sexual se limita a lo que Kanon le cuente de la suya. –El comentario desparpajado de Aioria hizo estallar las risas en el salón.

–Cierra la boca, gato. Me gusta escuchar experiencias ajenas. Uno siempre puede aprender de ello. No hay desperdicio en nada. –Meneó el dedo. Habiendo conseguido que el santo de Leo rodara los ojos, volvió su atención al gemelo menor.– Tienes toda nuestra atención.

Sin embargo, a Kanon no le era difícil notar que la atención que tenía era la de Milo y la de nadie más. El pequeño bicho siempre había visto a través de los ojos de Saga y de él, y si tenía que decirlo, ese pequeño altar en que los había puesto, le resultaba muy satisfactorio. Era agradable saber que aquel sentimiento seguía vigente.

A pesar de ello, y de la forma casi idolatrante en que el escorpión le observaba, podía sentir cierta hostilidad hacia su persona de parte de otros compañeros. Por supuesto, Shaka parecía taladrarlo con su mirada turquesa y, aunque los ojos de Camus no expresaban mucho, algo le decía que no estaba especialmente animado. Máscara Mortal y Afrodita eran historias opuestas, en especial el italiano, que lucía tan ansioso como el mismo Milo por escuchar cualquier cosa que pudiera animarles el rato. Shura, Aioria y Aldebarán eran el término medio: no serían quejicas respecto a sus chismes, pero tampoco rogarían por ellos. Caso curioso el del arquero, que siempre ponía cara de susto o de disgusto a sus palabras, pero que en esta ocasión se mantenía quieto y callado, empecinado en esconderse en el sofá, suplicando a todos los dioses porque no le convirtieran en el tema de conversación. Y por último… por último estaba Saga, quien de pronto, se sentía tirante e inquieto como hacía mucho que no lo veía.

–¿Sabes qué, bicho? –Replicó tras unos segundos larguísimos de silencio y de suspenso.– Cuando lo dices así, suena como si yo fuera el único que se folla a alguien aquí. No me creo que tengáis vidas tan aburridas. –Negó con la cabeza.- Salvo tú, Shaka… y tú, arquero.

–La cuestión es que no todos tenemos la… gracia para contar cosas íntimas. Algunos preferimos que se queden en el dormitorio.

–¿Te sientes intimidado, gatito?

–En lo absoluto. –Bebió un trago de su propia bebida.– Pero Marin me sacará los ojos si sabe que comparto datos con vosotros. Especialmente contigo, bicho. No te ofendas.

–No me ofendo. Solo me parece egoísta.

–¿Egoísta? –Aioria parpadeó. La explicación que estaba a punto de solicitar iba a resultarle sumamente divertida.– ¿Por qué demonios es egoísta guardarme los secretos que tengo con mi novia? –Y sí: había dicho novia, y no le importaba el hecho de que Shaka casi muriera ahogado con el vaso de agua que bebía.

–¡Porque esas son el tipo de cosas que se platican con los amigos! Y una mujer no debe intervenir en amistades masculinas.

–Si me estuviera tirando a cualquier mujer, te daría detalles. Pero resulta que le tengo suficiente aprecio a mi chica como para no hablar de ella sin su autorización. Si consigues convencer a Marin que te cuente detalles de nuestras cosas, ¡hombre, que me da igual!

Milo entrecerró los ojos. La idea simplemente no le había agradado, porque la batalla estaba perdida. Si había una mujer lo suficientemente discreta como para llevarse un santo dorado a la cama sin levantar rumores alrededor de ellos, era precisamente la amazona de Águila. No había forma humana en que el escorpión le sacara siquiera un ápice de información. Y Aioria simplemente lo sabía, a juzgar por la risilla socarrona en sus labios.

–Gato, deberías tirarte a cualquier loca que se te cruce en el camino. Serías más divertido.

–Ya, ya.

–Si necesitas consejos para tirarte a una loca, Máscara Mortal podría proveerte de algunos. Tiene cierta fijación con las ménades. –Afrodita terció. Su afirmación le hizo acreedor de una maldición en italiano.

–Uh, las locas.

–Cierra el hocico, Escorpio. Y tú también, florecita. ¿Te crees gracioso?

–¿Son… las mismas ménades que recuerdo? –Aioros preguntó casi con timidez. Recordaba haberse topado con ellas en alguna ocasión, perdidas en los bosques que rodeaban a Rodorio. Recordaba también haber huido tan rápido como le había sido posible. Las advertencias de propios y extraños eran muy claras: las locas que habitaban en aldeas nómadas alrededor de los bosques del pueblo no traían nada bueno para nadie.

–Las mismas. –Piscis le recordó.

–Borrachas, violentas y hambrientas de sexo. Suenan como tu pareja ideal, Ángelo. –Kanon le palmeó la espalda con tanta fuerza, que el santo de Cáncer se sintió a punto de caer de la silla.

–¡Esas son tonterías! ¡Mierda inventada! Díselo, florecita.

–¿Por qué mentiría? ¿Vas a negarme que te has follado a algunas de esas locas?

Incapaz de negar una verdad, el italiano se limitó a fulminar con la mirada al sueco. Si hubiese estado en su poder, Matti habría terminado perdido en el Yomotsu, intentando no tragar ceniza de muertos. Sin embargo, poco le duraron los intentos de asesinar a Afrodita con ayuda de sus ojos, pues poco después, tras ver a Milo susurrar algo al oído del león, el chorro de vodka que salió a propulsión por la boca de Aioria hizo que acaparara las miradas.

Mientras el castaño luchaba por recobrar el aliento y no morir ahogado en alcohol, Milo se apresuraba a palmearle la espalda, perdido en sus propias carcajadas.

–¡Joder, Milo! –Se quejó cuando pudo recuperar la capacidad de hablar.– ¡Esa es una imagen mental que no quería tener en mi cabeza nunca! –Las risas del escorpión subieron de intensidad.

–Casi tengo miedo de preguntar. –Shura musitó.

–Oh, por favor, no lo hagas. –A Camus, la idea no le entusiasmaba en lo más mínimo. Al ver la cara de su amigo acuariano, Milo no pudo sino carcajearse con más fuerzas.

–¡Fue solo un comentario!

–¡Fue un comentario horrible! –Mientras Milo y Aioria discutían, los ojos de los demás iban de uno a otro, picados por la curiosidad.

–¿Qué rayos has dicho, bichejo? –El menor de los gemelos, sin poder soportar más su falta de conocimiento, preguntó.

–Solo he dicho que follarse a una loca es mejor que usar las máscaras que solía haber en Cáncer. Con razón las pobres siempre andaban con la boca abierta y chillando de pena. ¡Hay que ver lo que Máscara Mortal las ponía a hacer!

Un profundo silencio se adueño de a habitación con la misma rapidez con que las expresiones en los rostros de los otros santos se oscurecieron. Incluso Kanon, quien usualmente tenía algo que decir, se quedó mudo. Ladeó la cabeza, entreabrió los labios y arrugó el ceño, pero las palabras brillaron por ausencia.

–Eso es sencillamente asqueroso, Milo. –Saga puso en palabras aquello que todos pensaban, pero que no terminaban de decir. Obviamente, su airada queja solo entretuvo más y más al escorpión.

–Maldito bicho de mierda. ¡La próxima vez que entrenemos, te patearé el culo hasta que tu cerebro se acomode dentro de él! –Pero el santo de Escorpio en realidad se divertía terriblemente haciendo rabiar al italiano.

–Por Athena, ¿podéis comportaros como adultos?

Y, para sorpresa de todos, Milo guardó silencio ante la petición del santo de la Virgen. Por un segundo, Shaka pensó que había encontrado un modo de hacer entrar en razón al más joven. Sin embargo, no tardó mucho en darse cuenta de lo ingenuo que había sido.

–Vale. Hablemos de cosas de adultos. –Sonrió, sin ninguna vergüenza.– ¿Quién será el primero en hablar? Todos tendréis que aportar una historia pervertida, incluso tú, gato receloso. Puedes contarnos de alguna de tus conquistas pasadas si deseas, pero tienes que hablar. Shaka, Aioros, os recomendaría prestar atención, pues experiencia os falta. Oh, y Mu… –Se pensó un momento lo que iba a decir. La verdad era que nunca se había preguntado si el santo de Aries había tenido algún tipo de vida sexual, compartiendo cada rincón de su casa con una pulga hiperactiva como era Kiki.– Mu… Mu, tú… tú puedes contarnos de los hongos maravillosos del Tibet que funcionan mejor que el Viagra, según dicen. ¡Eso es! Una buena historia. No entiendo por qué demonios los lemurianos están en peligro de extinción. –La última observación se la hizo a si mismo, pero Camus se encargó de complementarla con un coscorrón.

–¿Cómo puede hablar tanto? –Aioros preguntó entre murmullos a Shura.

–Te sorprenderías.

Pero a Milo ese tipo de detalles le importaban poco. Él era así: espontaneidad, escándalo y diversión. Se había autoimpuesto la pesada misión de mantener la alegría en los templos zodiacales y no tenía intenciones de fallar, aún si su burbujeante personalidad podía ser excesiva para los demás.

–Bien, bien. ¿Quién irá primero? ¿Alde? ¿Alguna brasileña de la que quieras hablarnos? Son sexys en sus trajes diminutos de carnaval. –Levantó las cejas repetidamente, en un gesto de franca perversión.

–¡Milo!

–¡Oh, vale! ¿Qué tal tú, cabra? La tranquilidad de los Pirineos se presta para un poco de compañía, ¿no?

–Ya quisieras, Milo.

–¡Por Athena! ¡Un poco de participación no estaría mal! –El peliazul se cruzó de brazos. La falta de cooperación por parte de sus iguales era frustrante. Tendría que tomar la batuta.– Ya que estáis especialmente odiosillos hoy, iré primero.

–Esto será interesante. –Kanon rió por lo bajo.

–Veréis… siempre he tenido cierta fijación con las mujeres mayores. No ancianas, solo… experimentadas. Así que cuando tenía quince, conocí a esta chica que…

En algún punto de la historia, aunque sus ojos fijos en Milo dijeran lo contrario, el cerebro de Saga dejó de escuchar. Encendió un cigarrillo y lo caló con suavidad.

El tema de conversación no le convencía en lo absoluto. De hecho, temía enormemente el momento en que llegara su turno de hablar, porque sabía que Milo se abalanzaría sobre él con un montón de preguntas cuyas respuestas eran tan públicas como su vida sexual durante los tiempos de Ares.

Sin embargo, pensándolo fríamente, tarde o temprano le tocaría responder preguntas que no iban a gustarle. Así que mejor tomarlo con calma que amargarse la noche con ello. Algo positivo había en hablar de ello: esquivar los asuntos de cama de Kanon y Naiara.

-X-

El punto álgido en la tarde de Milo había sido el momento en que consiguió convencer a Camus de compartir una historia personal que incluía hielo, mujeres y perversión. El francés podía ser un hombre reservado, así que esos pequeños instante de soltura era oro puro para el escorpión, siempre deseoso de conocer cada detalle de la vida de su amigo.

Aioria se había reído de él, aduciendo la cara de idiota que ponía a cada palabra que el santo de Acuario decía. Pero a Milo le tenía sin cuidado lo que el león pudiera decirle… hasta que el castaño tocó una fibra sensible, al comparar su rostro al de Máscara Mortal, cuando contaba las viejas fábulas sobre el Patriarca Arles. Entonces, el peliazul se había envuelto en una breve discusión que solo terminó cuando, picado en el orgullo, Aioria soltó una de esas historias pre-Marin, como el bicho solía llamarlas, y que Milo tanto disfrutaba.

–Entonces, ¿qué? ¿Estáis tomando apuntes? –Interrumpió al león de pronto, para corroborar el seguimiento que los dos miembros más atrasados del grupo daban a la pequeña cátedra. Shaka le respondió con una mirada de fastidio, mientras Aioros se sopló los flecos.– ¿Hay algo que no entiendas, Aioros?

–No, todo claro. Tranquilo. –Se estiró en busca de otra cerveza. La abrió y volvió a acomodarse en el sofá, con la falsa ilusión de que Milo siguiera pasando de él.

–¿Estás aburrido?

–No, no estoy aburrido. –Estaba seguro de que la voz le tembló de solo pensar que, de pronto, tenía la atención del santo de Escorpio sobre él. Shura le miró de soslayo y lo que su mirada dijo, no le tranquilizó en lo absoluto.

–Es su cumpleaños y nadie le presta atención. ¡Por supuesto que está aburrido!

–No, no. Estoy bien. –Respondió al comentario de Máscara Mortal.– Solo escucho.

–Deberías aportar algo. –El italiano insistió.

–Yo… no tengo nada que aportar. –Bebió un sorbo. Si tenía que admitirlo, incluso se sentía un poquito fuera de lugar en esa conversación. Aparentemente, todo el mundo tenía algo que decir. Tristemente, él no.

–Puedes contarnos. Estamos en confianza. –Milo le guiñó el ojo.- ¿Apus y tú sellaron el trato?

–¿Eh? –Parpadeó.

–Que si te la has follado ya. Sexo... Dormir juntos y esas otras formas ridículas de llamarle. –Aioros sabía a lo que se refería, pero simplemente se sentía incómodo hablando de ello.

–Pues… yo… –Suspiró.– No. –Admitió, y, si lo pensaba bien, casi prefería no haberlo hecho aún, porque así no habría forma de que dijera nada, sin importar la presión que le pusieran.

–¡¿Y qué habéis estado haciendo todo este tiempo?! –El escorpión exclamó.

–¡Es cosa nuestra! –El arquero se defendió, pero el cerebro de Milo no tardó en recabar otro dato de vital importancia.

–Oh, por Zeus… ¡Eres virgen todavía!

Y aquella no era una pregunta, así que técnicamente, Aioros no estaba obligado a negar o a afirmar. Pero tenía bien claro que su virginidad se había perdido, catorce años atrás, entre las piernas de una de las hetairas más lindas que había visto en su vida. Ese era un secreto que siempre se guardaría para si; no por el daño a su reputación que pudiera sufrir, sino porque sabía lo que implicaría para su relación con Deltha. El desliz había sido la falla más grande que había tenido para con la amazona y no tenía intenciones de hacerlo público.

–¿Hay algo de malo con eso? –refunfuñó, sintiéndose incapaz de decir cualquier otra cosa.

–¡Lleváis juntos prácticamente desde la resurrección y todos ese tiempo antes de que murieras! ¿Por qué os tardáis tanto? ¡No es tan difícil! Solo tienes que…

–¡Ya, ya! ¡Ya sé que se hace! –No quería explicaciones crudas de cómo funcionaba.– Solo no se ha dado. Si yo no tengo prisa, no entiendo por qué vosotros deberías de tenerla. Estoy a gusto con lo que tenemos y no me molesta esperar el tiempo que sea necesario. –Torció la boca y apuró el trago de cerveza. Milo nunca sabía cuándo detenerse. De pronto, estaba en el medio de la conversación y no le gustaba el hecho de que su vida estuviera bajo escrutinio.

–¡Pero, Aioros…!

–Quizás el pequeño arquero se siente intimidado.

–¿Qué? –No le sorprendía en lo absoluto que Kanon metiera las narices en aquel asunto. De hecho, le sorprendía más el tiempo que se había tomado en intervenir.– ¿Por qué habría de sentirme intimidado?

–Apus es una mujer con experiencia. –El gemelo se encogió de hombros.– Ha estado con otros hombres; todos ellos con habilidades que probablemente tú no tienes. Eso podría incomodarte, ¿no te parece? Sentirte comparado… y superado, por supuesto.

Aioros no respondió a la provocación. Lo que era más, incluso se sintió satisfecho del modo en que, por una vez, consiguió ocultar todo lo que surcaba por su mente.

Sin embargo, estaba de más decir que su ego se había sentido ligeramente golpeado con las palabras de Kanon. Nunca había sido un tipo inseguro, pero cada detalle escupido por el gemelo de pronto tomaba una importancia en la que no había reparado sino hasta ese mismo instante.

–Dejadlo en paz. El sexo es para divertirse, no para torturarse a uno mismo. –Saga, increíblemente, salió en su auxilio. Sabía que no había tenido por qué meterse, pero de algún modo le irritaba la forma en que Kanon siempre buscaba pretextos para molestar al castaño, sobre todo sintiéndose en ventaja.– Y, tú, no escuches a estos idiotas. Apus regresó a este sitio por ti. Volvió, catorce años después, y créeme cuando te digo, que sabía lo que eso implicaba. Si va a estar contigo, lo hará porque eres tú… no por lo que sepas o no sepas hacer en la cama. Te prefirió por encima de los tipos más habilidosos de los que Kanon habla. Eso es lo que tiene que importarte cuando llegue el momento.

–Eso es. –Aldebarán le respaldó. Su enorme y franca sonrisa consiguió sacarle una igual al arquero.– No hay prisas para esas cosas. Se dan cuando tienen que darse.

–Ya, pero…

–Escuchad a Saga y dejadle tranquilo. –Kanon se vio interrumpido.– Si yo hubiera tenido que escucharos antes de mi primera vez, me hubiera muerto de miedo antes de tenerla. –Aioria trató de defender a su hermano, pero la cabeza de Milo ya andaba en otras cosas, que pronto habría de expresar en palabras.

–Oye, Apus es Escorpio, ¿cierto?

–No todos los Escorpio son como tú, Milo. –Shura le dijo. Al menos eso quería pensar. Dentro de todo, Deltha siempre le había parecido mucho más tranquila que el griego.

–Pues por una vez, eso sería una ventaja para el arquero. –El peliazul le sacó la lengua.– Soy muy bueno en todo lo relacionado con el sexo y no soy egoísta. Me gusta enseñar.

–Lo tuyo no es enseñar, es pervertir.

–Es lo mismo, Camus.

–Las prácticas son divertidas. –Ángelo rió por lo bajo, solo para dar un calada profunda a su cigarro después.

–Y exhaustivas en muchas ocasiones.

–Sois la sutileza encarnada.

–Siempre, Afro, siempre.

–Como sea. –Milo recobró aquella sonrisa tan suya.– Como parte de mis buenos deseos a nuestro querido Sagitario, y aún sin saber que su situación sexual era tan crítica, me he tomado la molestia de traerle un regalo, a nombre de todos, por supuesto.

–Oh, por los dioses. –Shura musitó, mientras Camus parecía expresar su apoyo a aquel lamento frunciendo el ceño.

Del fondo de las bolsas en las que había llevado las provisiones alcohólicas, un paquete surgió. No era muy grande y la envoltura era bonita.

Milo lo tomó y, brincando todos los obstáculos entre su asiento y el sofá donde el santo de Sagitario estaba sentado, se acercó a él. Le tendió el obsequio y Aioros lo aceptó con una sonrisa que, si uno analizaba bien, encerraba un poquito de temor.

–Va a gustarte. –Milo volvió a sonreír.

–Gracias… ¿qué es?

–¡Ábrelo! Te aseguro que nunca vas a cansarte de él. –Torpemente, Aioros asintió.

Echó una mirada fugaz a Saga y encontró tanta curiosidad en sus ojos como en los de él mismo… y no era el único. Sin más miramientos, rompió el papel. La imagen que apareció a través de las tiras de papel roto, le dejó en palabras.

–Es…

–Un libro. –Mu complementó. No alcanzaba a ver el nombre del ejemplar, pero en el fondo, el lemuriano suspiraba con tranquilidad, pensando en el universo de posibilidades que Milo pudo haber encontrado para dar y que podrían resultar incómodas. Mu no sabía que pronto se daría cuenta que estaba equivocado.

–Oh… -Shura, a un lado de Aioros, entrecerró los ojos y abrió la boca. El rostro del pobre arquero se tiñó de rojo.

–Te has esmerado, bicho. –Incluso Aioria sonrió atropelladamente, tratando de no estallar en carcajadas ahí mismo..

–¡¿Qué demonios es?! ¡No alcanzo a ver! –Se quejó el menor de los gemelos.

–Es… es…

–¡Es un Kamasutra! –El santo de Escorpio le arrancó le libro de las manos para mostrarlo al resto de los asistentes.

Kanon y Máscara Mortal rieron tan fuerte como él. Otros como Aioria, Afrodita, Aldebarán y Saga, escondieron sus sonrisas cómplices del mejor modo que pudieron. Camus y Shaka no lucían mínimamente entretenidos, aunque el francés no pudo evitar que la comisura de sus labios se curvara ligeramente. Mientras, Mu y Aioros lucían listos para morir de bochorno, con el pobre de Shura tratando de aligerar el ambiente para su amigo.

–¡Déjame ver eso! –Kanon arrebató el libro a Milo. Lo abrió y pasó las hojas rápidamente. La sonrisa en sus labios se ensanchó.– Vaya… con fotos, descripciones, trucos y todo. Esto es una obra de arte.

–Solo lo mejor de lo mejor para nuestro querido arquero.

–Yo también quiero ver. –Ángelo se levantó de su lugar y se detuvo detrás del gemelo para leer por encima de su hombro. La risilla pervertida hizo acto de aparición.- Apus no podrá quejarse. Un poco de empeño y lo tendrás dominado, arquero.

–Dioses. –El aludido hundió el rostro entre sus manos.

–Uuh… esta es especialmente buena. –Ignorándole por completo, Máscara Mortal señaló una de las hojas del libro. Kanon respaldó su opinión.

–Hay que esforzarse, pero remunera.

–¿Lo escuchaste, gato? –Aioria miró a su amigo de Escorpio con fastidio.– Seguro que tú eres de esos vagos que dejan a las chicas hacer todo el trabajo. ¡Uno también tiene que esforzarse!

Un trozo de patata frita voló hasta Milo para enredarse en su melena, pero la satisfacción de ver a Aioria sonrojándose y gruñendo, nadie se la quitaba. Sabía donde tocar para que doliera.

–¡Esta también es muy buena! –Ángelo exclamó de repente, haciendo a todos voltear a donde Kanon y él tironeaban del libro. Afrodita estiró el cuello y acalló una risita.

–¿Recuerdos, florecita?

–Si, pero no del tipo que tú piensas.

–¿Y cómo sabes lo que pienso? En realidad, creo que te estás riendo de lo mismo que me vino a la mente.

–¿Eh? ¡Contad! –Milo demandó. No estaba seguro de querer escuchar una historia que involucrara a Afrodita y a Máscara Mortal, pero su curiosidad era más grande que el sentido común.

El santo de las rosas y el cangrejo dorado intercambiaron miradas. Después, los ojos de ambos buscaron a la tercera persona en cuestión. Aquella última expresión hizo a Milo brincar de emoción.

–¿Tenéis algún chisme sucio que contar sobre Saga? Hablad. No seas tímidos. ¡Hablad!

–Oye, estoy aquí. No hables como si fuera invisible. –El santo de Géminis intervino. Ya se esperaba algo así. Si algo, le sorprendía que la conversación no se hubiera centrado en él antes. Maldita suerte.

–No precisamente sobre Saga.

–Más sobre… el Patriarca Arles. –El peliazul complementó a Piscis. Saga, en parte, respiró aliviado. Al menos habían diferenciado entre él y Arles.

–¡Oh!

Todos se sorprendieron al escuchar de nueva cuenta la voz de Aioros. Ahí estaba él, sentado en su sofá, otra vez rojo como un tomate y visiblemente afectado de haber llamado la atención una vez más. Al menos, era bueno saber que no había muerto de vergüenza después de abrir su regalo.

De inmediato, el castaño se maldijo: la expresión de asombro le había salido más rápido y más fuerte de lo que le hubiera gustado.

–¿Qué tanto sabes de Arles, Aioros?

–Algo. –Respondió a Afrodita.– Deltha me ha contado chismes que se escuchan en los campamentos. Oficialmente, nadie habla demasiado del asunto.

Al ver el gesto que se dibujó en el rostro de Máscara Mortal, Saga gruñó. Aioros le había dado la oportunidad perfecta para exponer cada oscuro detalle que había presenciado durante los años de reinado de Ares. Para su mala fortuna, Afrodita y él sabían mucho más de lo debían, y el estúpido de Cáncer tenía una bocota enorme y nada prudente cuando se refería a rumores.

Lo único que le consolaba era el hecho de que Aioros no se había puesto a escupir todos los chismes absurdos que Deltha seguramente le contaba. Tenía suficiente con ser llamado caníbal fuera de las Doce Casas, como para ser considerado un caníbal pervertido dentro.

–Hay algo que tienes que saber sobre este hombre, Aioros. –Milo retomó la palabra. Saga se estremeció al sentir la mano del joven peliazul sobre su hombro. Con toda seguridad estaba a punto de decir una tontería.– Saga es el hombre. Todo lo que necesites, él lo sabe. Cuando tengas una duda, él la resolverá. Cosmos, política, historia, lenguas, cualquier cosa. –El comentario le pilló por sorpresa. Milo nunca había sido tímido en expresar su admiración, pero esta vez había sonado especial y misteriosamente agradable.– Incluyendo el sexo. –Y ahí terminó el momento grato.

-X-

De pronto, entre tantas palabras de Milo, Aioros se sintió perdido. Los halagos no habían dejado de caer del cielo sobre Saga, quien incluso lucía ligeramente incómodo ante tanta adoración. Pero lejos de resultarle incómodo, los sentimientos de Milo evocaban viejos tiempo.

A pesar de Ares, Saga había crecido en todos los aspectos: como santo, como líder, como persona. Ni siquiera la sombra de los tiempos difíciles habían hecho mella en el aura de superioridad que le envolvía. Si tenía que decirlo, el santo de Sagitario se incluía entre las personas que le admiraban. No era solamente cuestión de fuerza e inteligencia, sino de fortaleza, por encima de todo lo demás. Después de haber sufrido en el infierno que había sido su vida por catorce años, poseer la tenacidad para levantarse una y otra vez era ciertamente loable. Cada gramo de respeto que se le mostraba, era bien merecido.

Sin embargo, en algún momento de la conversación, una vocecilla dentro de él comenzó a levantarle preguntas. No eran preguntas sobre Saga, sino sobre si mismo.

¿Dónde encajaba él en aquel mundo que apenas empezaba a entender? ¿Cuánto pesaban esos años de ausencia? ¿Podría recuperar algún día el tiempo perdido? No era la primera vez que lo pensaba; de hecho, desde el incidente en el cumpleaños de Milo llevaba cuestionándose al respecto con mucha más frecuencia. Shion le había recomendado ser paciente y no tratar de comerse al mundo en dos bocados. Pero no podía evitar pensar que todos se movían, y él permanecía atascado en un pasado que ya no existía.

–Así que ya sabes, arquero. –La súbita referencia a él le hizo salir de sus pensamientos.- Si tienes algún problema, el hombre que buscas está justo aquí.

–Basta ya, Milo.

Saga tenía la sensación de que en cualquier momento, la conversación se voltearía a terrenos más personales.

–Lo que es más, si necesitas ayuda acerca de cómo utilizar correctamente este librito, estoy completamente seguro que Saga podría apoyarte en eso. –Ángelo pasó una página y giró el libro, para ver mejor las ilustraciones.- Arles tenía cierta fascinación con él.

–Ey. –El geminiano se quejó, aunque estaba seguro de que poco importaría lo que dijese.– ¿Te molestaría un poco de privacidad?

–Nunca fue privado.

–Para Arles quizá no, para mi si.

Y no era tanto la invasión a su vida personal lo que le enfadaba, sino el hecho de que Ángelo tuviera la desvergüenza de hablar de un tema en el que solo había sido un intruso indeseable, al igual que Afrodita. El Patriarca Arles los había tenido ahí, a cada paso, porque necesitaba su servilismo, no porque le fueran agradables. Sabían todo lo que sabían debido a que Ares se lo había permitido. La decisión nunca había sido suya.

A pesar de eso, pronto se vio a si mismo repitiéndose que no tenía sentido darse topes contra la pared. Enfadarse y discutir no iba a mantener a Máscara Mortal callado, ni a Afrodita. Incluso marcharse no era la solución. Se hablaría de cada oscuro detalle con o sin su presencia.

Mejor mantener la calma y soportar un poquito con tal de tener derecho a réplica. En esta ocasión, intentaría ser paciente con los santos de Piscis y Cáncer… Era la mejor muestra de buena voluntad que podía ofrecerles para reconstruir su relación.

–Oye, no puedes quejarte. Diversión nunca te faltó. –Insistió el italiano.– Ares nunca fue tímido con las chicas, ni tampoco se molestó en ocultar su maestría para esos menesteres.

–¿En serio? ¿Vas a hablar de eso? –Insistió. Paciencia; necesitaba mucha paciencia.

–¡¿Por qué no?! Arles siempre fue un tema interesante para platicar.

–Porque solo os interesan los detalles morbosos. –Replicó, robando una sonrisa a Milo.- Además, todo lo que sabéis con certeza, viene de este par de idiotas chismosos. –Apuntó a los santos de Cáncer y Piscis.

Ambos santos aludidos entrecerraron los ojos, con cierto recelo. Sin embargo, Saga no alejó su mirada de ellos, insistiendo en lo que afirmaba y dispuesto a no dar marcha atrás a sus palabras. Una cosa era soportarlos y otra muy distinta dejar que retorcieran todo a su modo.

Entre tanto, Aioros solo podía seguir la conversación lo mejor que podía. Estaba más que enterado de los rumores que se esparcían en cada rincón del Santuario, pero a decir verdad, la mayor parte de ellos siempre los había considerado solo eso: chismes. Ahora, mientras más escuchaba a Milo y mientras más reparaba en las reacciones que arrancaba en Saga, más se preguntaba que tanto de todo lo que había escuchado podía ser verdad.

–¿Entonces es verdad que eras un poquito…? –Se atrevió a preguntar.

-¿Golfo? Sí.

-¡Milo! –El gemelo se cruzó de brazos. Ares ya le había traído una reputación de muchas cosas como para seguir alargándolo.- No lo digas así.

–El Honorable Maestro no tenía doncella o hetaira que se le resistiera. –Ángelo explicó.- Experimentadas, vírgenes, solas, acompañadas, simplemente tenían que pasar por su cama. Este pequeño librito… –mostró el Kamasutra.– … bien podría ser reescrito por él.

–No estáis bromeando. –Los ojos del arquero buscaron por testigos más confiables. La mueca resignada de Aioria y la suave negación de Shura le confirmaron que Cáncer no mentía.– Oh…

–Y vamos, sobra decir que el pudor tampoco era lo suyo. –Saga gruñó ligeramente al escuchar a Afrodita. Sin embargo, no dijo nada. No tenía caso.– Especialmente en las termas.

–No puedo creer que estéis contando esto… -Mu musitó. Él no había estado ahí, pero escuchar aquellos aspectos de Saga era inquietante.

–Yo tampoco. –El gemelo se quejó, a pesar de que Ángelo ni siquiera tomó en cuenta su disgusto.

–Las termas eran su lugar favorito. Aunque solo las consentidas iban ahí.

–Arabella. –Los ojos de Piscis buscaron con complicidad a Máscara Mortal.

–Si, definitivamente Arabella.

–¿La doncella del Templo Papal?

–Esa misma, Acuario. -Confirmó el sueco.

–"Doncella." –La risa desparpajada e irónica del italiano hizo que Saga arrugara el ceño. Al notarlo, Máscara Mortal se tragó las carcajadas. Carraspeó y dejó el tema por el momento.

–Pues vaya que el Templo Papal te sigue muy manteniendo ocupado. Supongo que las doncellas aún te siguen pareciendo atractivas. –Viniendo de Camus, el cuestionamiento de sus actividades de tiempo libre pilló al santo de Géminis por sorpresa. Escuchó la tos mal disimulada de Shura y, entonces, ubicó aquel encuentro desafortunado la mañana siguiente al cumpleaños de Milo. Ató cabos y… no entendió nada.

–¿Qué sabes, Camus? –Milo rápidamente se puso al acecho. El resto de los santos no preguntó, pero no se sentían menos curiosos.

–Saga sigue amaneciendo en el Templo Papal.

–Obvio, Arabella está ahí. –Cáncer asintió.

–No estoy seguro de que sea ella.

–Al menos no fue ella con quién le vimos. –La voz de Shura sonó como un susurro lejano.

–¡Escupid el nombre! Esas son noticias interesantes. –Urgió Máscara Mortal. Su premura no fue bien recibida por ninguno de los otros dos santos.

–Vale. Esto no lo veía venir de vosotros.

–Estoy de acuerdo con Saga. –Leo admitió. Shura y Camus hablando de tales temas era definitivamente algo que no había cruzado por su mente. No mucho después, Aldebarán de unió a la expresión.

–Yo tampoco.

–¿De qué se me acusa exactamente?

Alessandra. –Dijeron los dos a la vez.

–¿Eh? ¿La doncellita tímida? –Milo quiso saber.

–Justamente. Te vimos con ella el otro día, ¿recuerdas?

–Lucías muy sospechoso. –Shura agregó.

–No me creo que tenga que daros explicaciones también de eso. ¿En serio pensáis que estaba con ella?

–No lo pensamos. –Camus contestó.- Lo sabemos.

–¿Dos doncellas, Saga? ¿En serio?

–Siempre le gustaron los grupos –Ángelo añadió, sus palabras no fueron bien tomadas.

Analizando los gestos del español y el francés, reparando en sus palabras y escuchando con cuidado el tono de sus voces, Saga supo qué estaba pasando. Por un segundo se quedó atónito. Pero un instante más tarde, reaccionó; todo tenía sentido. Camus y Shura con los ojos en la misma doncella… qué interesante.

–Me parece que no soy el único que encuentra tentadoras a las doncellas. –Vio el respingo en sus dos amigos.– Cualquiera diría que estáis celosos de mis aventuras con Alessandra.

–No, no es eso. Es solo que… –Pero las palabras no le alcanzaron a Camus. Su cerebro se quedó en blanco tratando de justificarse.

–Solo nos pareció sospechoso. –Shura salió al rescate.

–Y sacasteis conclusiones rápidamente.

–¿Estamos equivocados? –Como respuesta, Saga levantó los hombros. No hubo afirmación, ni negación, de nada.

–¿Habría algún problema si me la estuviera tirando? –Los dos entrecerraron los ojos. Aioros hizo lo mismo; aquel era un lado tan poco conocido de Saga que comenzaba a preocuparle.

–¿Lo estás haciendo?

El momento de tensión hizo que las miradas fueran y vinieran de los dos santos involucrados a Saga. En el fondo, las dudas de Camus y Shura había pasado a ser compartidas por el resto, y las respuestas de Saga, con toda su vaguedad, no estaban ayudando en lo más mínimo.

–¿Sabéis qué? Si os gusta tanto, haced vuestra lucha. –Saga fingió un desinterés que no sentía. Le resultaba entretenido verles en esa situación, especialmente tratándose de esos dos santos.

–Uh… –La reacción de Máscara Mortal atrajo la atención.- No tenéis muchas posibilidades si en verdad Saga se la está follando.

–Cierra la boca, Ángelo.

–Oye, cabra, no culpes al mensajero. ¡Sabes que es verdad! Si algo aprendió Saga en las manos de Ares es a como satisfacer a una mujer. Créeme, las he visto retorcerse de gusto.

–Demasiados detalles… –Aioros musitó. Estaba impactado y su ego, sin explicarse por qué, se sentía un poquito herido.

–Y no sabes ni la mitad, arquero.

–Tendré que ponerme a investigar todos esos retorcidos detalles del Patriarcado de Arles. –Kanon, que hasta entonces se había mantenido callado, retomó el habla.– ¿Arabella y Alessandra decís? Me fijaré más mañana durante el desayuno.

–No, no. Nadie va a fijarse más en nada. No quiero escándalos, porque tampoco quiero a Arles metiendo las narices en mis cosas. Además, ¿quién os ha confirmado que Alessandra y yo tenemos algo? ¿Eh?

–Tú. –Las voces de Camus y Shura volvieron a sonar al unísono.

–Yo no os he dicho nada. Vosotros visteis, mal pensasteis y asumisteis cosas que no son. –Bebió un largo trago de vodka, mientras sentía las miradas inquietas de sus compañeros sobre él.– Alessandra y yo no tuvimos nada. –Dijo, por fin, sintiéndose más que satisfecho con los rostros descolocadas del español y el francés.– Lo que visteis era a mi, coincidiendo con ella durante mi huída. Nada más.

–¿Huída? ¿De la vampiresa?

–No la llames así, Kanon. –Pero su gemelo no prestó ninguna atención a su petición, sino todo lo contrario. Era divertido esculcar en la vida privada que Saga tanto se esforzaba por guardar. Sin embargo, Saga tampoco se hacía esperanzas al pensar que Kanon podría tener algún tipo de discreción. Sinceramente, ya le irritaba lo suficiente con todo aquel asunto de Naia, como para seguir sintiéndose molesto al respecto de su propia intimidad. Bufó. Mejor prestar atención a la cabra y al acuariano.– Como sea, Alessandra es toda vuestra.

Sin saberlo, sus palabras significaban mucho más. Camus y Shura no habían intentado nada hasta entonces. Se habían considerado cómplices de la misma "indignación", pero de pronto, con el camino libre, todo amenazaba con cambiar. ¿Quién daría el primer paso?

–Jah. La habéis librado. Qué si Saga se os ponía en medio, os jodía toda oportunidad.

–Calla la boca, Máscara. –Hablaron a la vez. Se estaba volviendo un vicio odioso.

–Oh, qué delicaditos…

Ambos santos se miraron de reojo. Aquello sería un duelo de voluntades.

El mayor de los gemelos también los observó en silencio. A decir verdad, esperaba que esa noche de chismes le dejara mucho peor parado, pero en cambio le había parecido un tanto entretenida… salvo por Kanon, claro estaba. Esperaba que al menos tuviera la decencia de mantener cerrada la boca con Naia, aunque no era iluso como pensar que tendría tan buena suerte.

Entonces, reparó en la mirada de Aioros, fija sobre él. Alzó las cejas a modo de pregunta silenciosa sobre sus inquietudes, pero no obtuvo mucho por respuesta.

No podía saber que la mente del castaño rebosaba en preguntas, no solo de él, sino sobre los otros también. La sensación de perdida nunca había sido tan grande, que incluso se sentía estúpido de no haber reparado en todo ello sino hasta ese instante. La complicidad que mostraban entre ellos, la sentía ajena; las anécdotas que no tenía le eran necesarias, y todos los momentos que se había perdido y que nunca tendría, le pesaban como nunca.

Apuró una vez más su cerveza y suspiró, justo en el momento en que una carcajada colectiva estallaba de nuevo. Se limitó a sonreír, a pesar de haber perdido el hilo de la conversación.

Sonrió del mejor modo que pudo, aunque por dentro la nostalgia se imponía. Empezaba un nuevo año de vida, pero solo podría disfrutarla si dejaba ir todos los años que había perdido.

-X-

Kanon se quedó quieto en su lugar cuando entró a su habitación y la vio. Cerró la puerta tras de si, con cuidado, temiendo que realmente estuviera dormida. Sin embargo, pronto frunció el ceño y ladeó el rostro. Naia estaba acostada en su cama, hecha un ovillo, acurrucada y abrazada a su almohada; mas el errático vaivén de su respiración prendió todas sus alarmas. Lloraba.

El gemelo tragó saliva y se sopló el flequillo. ¿Qué se suponía debía hacer? No creía estar listo para ejercer de confidente de nadie, ni siquiera de ella. No si se trataban de asuntos personales que eran lo suficientemente importantes como para hacerla llorar. Menos aún en un momento como aquel, con más vodka que sangre en las venas.

Pese a ello, se armó de valor y caminó hasta ella, no sin cierto titubeo. Se sentó en el suelo, apoyando los codos en la cama, mirándola. Naia se percató rápidamente de su presencia y, con lentitud, abrió sus enrojecidos ojos violetas. Lo observó por unos instantes, pero casi inmediatamente, sus labios temblaron y un par de enormes lágrimas rodaron por sus mejillas.

–Si voy a hacerte llorar, mejor me voy. Seguro Milo tiene un hueco en Escorpio para mi. –Dijo con desparpajo. Y aunque sonaba a broma, realmente hablaba en serio. Él no sabía reconfortar a nadie. No sabía hacerlo… y no estaba seguro de querer aprender. Las relaciones personales eran increíblemente sencillas en su cerebro, pero sabía bien que el resto del mundo no lo veía de la misma manera.

–No, no. –Murmuró ella.– Lo siento, dije que no vendría. –Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

–¿Qué sucede?

–Esta mañana estuve entrenando con Mu. –En realidad, fue lo primero que se la ocurrió.

–¿Y? ¿Tan terrible fue? El carnerito parece inofensivo… –En medio del mar de lágrimas, Naia sonrió tenuemente.– Te veías bien por la tarde.

–No es eso.

–¿Entonces?

–Prácticamente no recuerdo cómo usar mis habilidades… –Le tendió las manos, magulladas y casi quemadas.

–Tomaste unas vacaciones demasiado largas. –Acarició las manos con cuidado.– ¡Qué poca vergüenza!

–No seas idiota.

–Tú eres la idiota. No llores por eso. –Ambos sabían que esa tonta excusa no era el motivo por el que lloraba.

Naia lo miró un momento más, quizá más sosegada. Se perdió en sus ojos verdes, y en su propio mar de pensamientos, en el olor a vodka y tabaco que desprendía. El entrenamiento con Mu no había sido el problema. Solo había sido una pequeña piedra en el camino, una más. Llevaba días con un humor más oscuro de lo habitual, y no tenía muy claro cuál era el origen real, pero aparte de eso, la discusión con Nikos y Deltha, y la visita al Pilar y el heroon… habían removido su mundo peligrosamente.

–No lloro. –Kanon rió alegremente al escuchar su respuesta, pero se quedó ahí sin decir nada, solo mirándola.

–Solo se paciente, eras buena en lo que hacías, deja que las telarañas de tu cabeza desaparezcan y veras como nada ha cambiado. –Golpeó su frente con el dedo índice, y la vio sonreír. Se sintió más aliviado.– Todos tenemos nuestras crisis de autoestima, supongo.

–¿Tú crees? –El peliazul se encogió de hombros.

–¿Por qué no? –Era más sencillo mantener la conversación en el territorio seguro que suponía un estúpido entrenamiento, que profundizar más.– Todos tenemos nuestros propios muros que saltar. Lo sabes bien. –Y ella asintió.

Lo sabía, por supuesto que lo hacía. Sin embargo, no la hacía sentir mejor. Quizá no había sido lo más acertado dejar que aquella pequeña queja escapara de sus labios, precisamente para llegar a oídos del gemelo. Calló un rato más, enredando un mechón azulado entre sus dedos, bajo el escrutinio silencioso de Kanon.

Suspiró.

–Es solo que… –Se encogió de hombros.– Sabía que volver aquí iba a ser difícil, desde luego; pero eso no es lo que me preocupa. Es solo que siento que a veces… –Una enorme lágrima resbaló por su mejilla.– …no tengo con quién hablar. Nadie que entienda lo que yo de verdad siento o que, simplemente, tenga la intención de entender.

–Llorona. Tienes a Apus, a tu hermano, incluso a Aioros. –Ella negó rápidamente.

–No, no, Kanon. –Él ladeó el rostro, sin gustarle demasiado el rumbo de la conversación. Cada vez se sentía más personal y por tanto, terreno más resbaladizo.

–¿Cómo que no? –Naia se encogió de hombros.

–Les tengo, pero no para lo que yo necesito, ¿entiendes? Hay cosas de las que jamás podré hablarles con libertad… –"Y tú eres una de ellas", pensó.– Cosas de las que tienen su propia opinión, y de las que jamás les haré cambiar de idea por mucho que pueda demostrarles que se equivocan.

–No se por qué tengo la sensación de que estamos hablando de mi.

–¿Importa?

-Si a ti te preocupa, si. Me trae sin cuidado lo que tenga que decir Apus, Orión, y más aún Aioros, sinceramente. Hace mucho que aprendí a ignorar los juicios de los demás.

–¿Qué somos, Kanon?

–Amigos. –Ella asintió.

Lo eran, eso desde luego. Y ojala jamás lo perdiera, porque aunque Deltha, Nikos y Aioros, tuvieran la idea errónea de que Kanon era una equivocación, ella sabía que no era así. Tan empeñados estaban en que había vuelto al Santuario solo por Saga, tanto deseaban que realmente fuera así… que daban por hecho que Kanon no era más que un pasatiempo, una herramienta para lograr un objetivo final. Ni siquiera se habían preocupado por lo que ella quería en verdad o por lo que ella sentía. Y cuando se lo había intentado explicar, ni siquiera habían escuchado.

–¿O no?

–Si, lo somos.

–Con beneficios interesantes, sin me preguntas. –La sonrisa pícara iluminó el rostro del gemelo.

–Ya lo creo. –La morena sonrió de vuelta.– ¿Recuerdas las Panateneas de hace catorce años? –La expresión burlona en el rostro de Kanon se acentuó, quizá por la sorpresa.

–¡Cómo olvidarlo! –Aunque nunca, jamás, le había dado un mínimo de importancia a aquel encuentro.

–Fuiste mi primer beso.

–Deberías estar orgullosa de ello. No es algo que cualquiera pueda presumir… –Naia golpeó su hombro de modo juguetón y el rompió a reír.

–Fue un accidente. –Explicó.

–¿Y cómo es eso?

–¿No te sorprendió que fuera por ti tan desesperadamente? –Él se encogió de hombros.– Pasaba mi vida persiguiendo a tu hermano…

–Oh… –Kanon alzó las cejas.– Si, eso lo noté.

–Aquella noche me dio un arrebato de celos porque lo vi con alguien más. –El peliazul rió de nuevo.

–Brillante, Caelum, brillante. –Replicó divertido.

–¿No te molesta?

–¿Crees que alguien que te conociera mínimamente, desconocía ese enamoramiento platónico tuyo?

–No lo se…

–Yo no, desde luego. Hace catorce años de eso. Y a decir verdad, yo no lo veía diferente a como lo hago ahora. Éramos amigos, pero habíamos crecido… ya no solo eran travesuras. Si estabas allí, conmigo en aquel momento, fue porque en aquel instante querías estarlo, por el motivo que fuera. No pensaras que yo estaba perdidamente enamorado de ti, ¿verdad? –Escucharla reír fue un bálsamo para sus oídos.

–La verdad es que no…

–¿Te lo pasaste bien? ¿Te gustó?

–Mucho. –Asintió, sin dejar de mirarlo.

–¿Entonces? ¿Qué importa? Tenias catorce años, todo se ve diferente en esa época…

–Supongo que nada.

–¿Por qué estamos hablando de esto?

–Porque me gustas.

Y como si hubiera dictado una sentencia a un moribundo, Kanon guardó silencio. La miró fijamente, mientras continuaba jugando con su mechón de pelo. No entendía muy bien que estaba sucediendo, ni por qué de pronto, ellos… cuya relación se basaba en la diversión y el placer, se encontraban hablando de asuntos tan comprometidos. Pero había muchas cosas, pequeños detalles, que desde que había llegado a Sagitario aquella noche, habían escapado a su entendimiento.

–No te culpo. Soy jodidamente guapo, ¿verdad?

–Idiota. –Sonrió.– Lo digo en serio. Me gustas. –Se encogió de hombros, y continuó hablando en un susurro.– Puede que nadie alcance a entender por qué, pero has sido especial para mi desde que tengo memoria. A tu manera, una manera muy especial, por cierto; siempre lograste hacerme sentir bien. Nunca me trataste como a una niña tonta, aunque tuvieras motivos.

–En cierta manera, Caelum, te pareces a mi en muchas cosas. Quizá eso lo haga más fácil. –Se encogió de hombros.– ¿Quién te trata como a una niña tonta? ¿Tengo que ponerle remedio a eso, o qué?

–A veces parece que todo el mundo quiere aleccionarme, o se siente con derecho a juzgarme. Es como si para muchos jamás hubiera crecido y no fuera más que una niñita estúpida a la que hay que decir lo que debe hacer. A la que hay que regañar si no hace como ellos quieren…

–Voy a procurar no ponerles rostros a esos "alguien".

–No lo hacen con mala intención… pero siempre termino sintiéndome miserable por cada paso que doy. Yo no soy ellos, no pertenezco a un cuento de hadas.

–Los cuentos de hadas no existen, Naia. Antes o después, se darán cuenta. –Asintió, y él besó su cabeza mientras se ponía en pie.– Haz lo que tú quieres, porque tú lo quieres. Quien no lo entienda, puede irse al infierno. Es así de sencillo.

–Gracias.

–No te descubrí el mundo, es algo que tú ya sabías.

–Si, pero… No esperaba que escucharas todas estas estupideces. Vienes de la fiesta y…

–No es mi estilo la verdad. No somos un matrimonio.

–Gracias, en serio.

–Tranquila. ¿Te quedarás?

Naia asintió. Entonces, lo observó ir y venir mientras se cambiaba de ropa. Kanon era especial, por mucho que los demás se empeñasen en no verlo. Quizá ella lo había sentido desde el primer momento… pero le parecía tan obvio, que no comprendía como podían estar tan ciegos.

Inmediatamente pensó en Saga, en lo mucho que significaba para ella, y volvió la vista a Kanon. ¿Estaba haciendo las cosas mal? No, no lo creía. Aunque nadie la creyese, Kanon la gustaba de verdad. Tenía un pasado difícil a sus espaldas, podía ser insufrible en ocasiones, y la mayor parte de las veces ciertamente egocéntrico, pero era su cómplice… siempre lo había lo había sido. Toda su persona era un recordatorio constante de que uno debía luchar por su propia libertad, por no dejarse dominar por nada ni nadie… Cada cual se forjaba su propio camino según sus deseos. Le gustaba eso. Y, por supuesto, aquella estúpida sonrisa arrogante e imperecedera que parecía burlarse de todo y todos.

–Hazme un hueco. –Dijo empujándola sutilmente a un lado. Naia rompió a reír.- He descubierto la identidad de la vampiresa…

-¿Ah, si?

-Si, escucha…

Lo escuchó con atención.

Kanon era especial. Saga también. Ambos lo eran, de maneras muy diferentes y por eso les adoraba.

-Continuará…-

NdA:

Saga: Solo para que conste, no soy un golfo pervertido sin ninguna decencia. No saqueis conclusiones precipitadas. u_u

Santitos: … … …

Saga: Sin Ares, probablemente hubiera sido un tipo de lo más tímido en ese ámbito.

Santitos: … … …

Aioros: Como sea… Cof Cof.

Saga: Bueno, Aioros, no es para tanto. Olvídalo. ¡No os escandalicéis!

Aioros: No me escandalizo… :$

Saga: Vale, vale… Si tú lo dices. Debido a mi condición de sabelotodo, os diré que es un "heroon". También conocido como heroum, era un santuario o pequeño templo que los antiguos griegos utilizaban como lugar de culto o conmemoración a uno o varios de sus héroes. Normalmente se erigía en las inmediaciones de su tumba, o de los monumentos o tumbas vacías erigidas en su honor.

Afrodita: Y las ménades, son seguidoras frenéticas de Dionisio. Se las conocía como mujeres en estado salvaje y de vida enajenada con las que era imposible razonar. Su estilo de vida incluía dosis considerables de sexo, violencia y sangre.

Saga: Toda una monada, como veis.

Masky: Y antes de que alguien diga algo más… ¡Hasta el siguiente capítulo!

Saga: Tranquilo, Ángelo, tranquilo. Desempolvaré mi bloc de notas, y empezaré a contar tus trapos sucios desde ahora.

Masky: e_e ¡Hasta la próxima!