Capítulo 17: En acción
Con la lluvia golpeando en los cristales del comedor, Shion se revolvió en su silla mientras apuraba el último sorbo de su café. Escuchó la conversación que aún mantenía adormilados a los chicos, y que sacaba una esplendorosa sonrisa del rostro de Saori. Sonrió para si mismo, al notar una vez más aquel efecto que tenían sus santos sobre la diosa. Les miraba como una niña que sueña día y noche con un príncipe azul; y él no podía evitar sentirse inmensamente bien al notarlo. Los lazos se fortalecían, ella se acostumbraba a ellos, y ellos a su pequeña diosa. Comenzaban a verse unidos realmente.
—Hora de empezar tus clases, princesa. —Arles se puso en pie, y la pelimorada lo siguió con una sonrisa.
—Tened un buen día. —Se volvió hacia ellos, y se despidió, recibiendo unas cuantas sonrisas como respuesta.
—Yo creo que me iré antes de que Grullita venga aquí a buscarme y me saque de los pelos. —Shura ahogó un bostezo.
—¿Grullita? —preguntó Milo alzando una ceja—. ¿Ella es la jefa ahora, cabra?
—Te sorprenderías de lo… efusiva que puede llegar a ser—dijo con cierto disgusto, ignorando la burla impresa en las palabras del escorpión. Saga, un poco más allá, sonrió. Lo sabía bien. Eire solo necesitaba ver una armadura dorada y toda ella se revolucionaba como un huracán. Siempre lo pensaba, y no hacía más que reafirmarse: le recordaba a Milo de niño.— Nunca se cansa.
—Pero te va bien con ella. Eso no es tarea fácil, Shura. Anímate. —El de Capricornio asintió ante las palabras de Shion.— De todos modos, antes de que os vayáis, me gustaría deciros algunas cosas, novedades.
Alessandra y Svetlana se apresuraron a recoger las bandejas de la mesa al escuchar las palabras del maestro, entre miradas pícaras, y comentarios disimulados; como venía siendo habitual desde el famoso cumpleaños. Saga se sopló el flequillo. Al menos aquella mañana, Arabella no había aparecido por allí, y las bromitas tenían poco que ver con él. Si ellas se percataban del sentido de ello, o no… no lo sabía. Después, tan silenciosas como ambas habían llegado, se marcharon.
—¿Cómo qué? —preguntó el Escorpión con la boca llena de pan tostado.
—Arles y yo hemos planeado algunos cambios en vuestra agenda de responsabilidades, y además hay ciertos asuntos fuera del Santuario que deben ser atendidos. —Prácticamente a la vez, Saga y Aioros fruncieron el ceño. La última vez que salieron del Santuario en una misión, el peliazul volvió con un labio roto.— ¿Tengo vuestra atención? Solo serán unos minutos.
—Hemos convertido la hora del desayuno en la hora de las tragedias. —comentó Kanon.
—Grulla tendrá que esperar, cabra. Lo siento.
—Milo… —Shion no dejaba de sorprenderse de la capacidad que tenían para hacer de toda situación, una comedia.
—Vale, vale. Me calló ya.
—Bien, empecemos por el principio. Ahora que os habéis acostumbrado de nuevo a la rutina, que los equipos funcionan casi en su totalidad—lanzó a Kanon una mirada fulminante, y el gemelo menor esbozó una sonrisilla nerviosa—, tendréis que ocuparos de unas cuantas cosas más que necesitan supervisión. —Todos guardaron silencio, expectantes ante lo que tuviera que decir; e, internamente, esperando que la suerte fuera benévola con ellos esta vez. —Bien, en primer lugar, Dohko y Aldebarán os ocupareis de los guardias. Necesitan recuperar una rutina de entrenamientos que les sea medianamente útil, y vuestras habilidades con las armas —miró a Dohko— y físicas, son excelentes para eso. Además contáis con la paciencia suficiente como para no lanzarlos de un peñasco abajo.
—¿Tienes alguna idea concreta? —preguntó el viejo maestro con una sonrisa en los labios tras el último comentario.
—No. Discutidlo entre vosotros y haced como mejor consideréis, de modo que vuestras obligaciones con vuestros propios equipos queden cubiertas. Nada más.
—Bien. —El entusiasmo en la voz de Aldebarán, no le pasó desapercibido al chino.
Hasta el momento, Dohko no se había visto en la obligación de colaborar con los demás chicos de manera estrecha, y aún con todo el recelo y temor que aún sentía; que su compañero fuera Aldebarán lo ponía todo mucho más fácil. Era tan buen chico, siempre tan sonriente y amable, que creía imposible hacer o decir algo inapropiado que pudiera herirle o incomodarle, a diferencia de lo que creía pasaría con los demás.
—Nos arreglaremos, nos irá bien. —Terminó diciendo. Quizá, lo que verdaderamente le preocupaba de la compañía de los chicos era que, llegado un punto, terminaran por echarle en cara todos sus errores. Shion buscó sus ojos y mantuvo su mirada por unos segundos. Después asintió, con una minúscula sonrisa en sus labios. Era como si aquellos ojos rosados murmurasen "paso a paso". Dohko lo comprendía, una mirada le resultaba más que suficiente después de más de dos siglos de amistad.
—Aioros y Aioria. —Como despertado de un profundo sueño, el arquero dio un respingo en la silla al escuchar su nombre.
—¿Si? —preguntó casi temeroso. Había pasado los últimos días sumido en un estado casi permanente de confusión e inexistente autoestima.
—He pensado que sería una excelente idea que entrenaseis juntos unas cuantas horas semanales a los aprendices más jóvenes. Se os dan bien los niños, no os resultará complicado.
—No estoy seguro de… —Pero Shion no lo dejó continuar con su queja.
—Enseñadles a pelear. Todos tienen maestros que les enseñan realmente cada secreto, pero hay cosas que aprenden mejor viniendo de vosotros. Os admiran y se esforzarán. Verás como es más sencillo de lo que parece. Estarán más que predispuestos.
—Pero…
—Vamos, Aioros. —Su hermano palmeó su espalda—. ¿Qué puede pasar? ¿Qué perdamos a algún niño por ahí, como me perdisteis a mi en el jardín?
De pronto, una carcajada general resonó en el comedor. En aquella época, solo Aioria, Mu, los gemelos y Aioros estaban en el Santuario, pero la anécdota se había convertido en un clásico desde que eran bien pequeños. Era una buena memoria a la que aferrarse, un recordatorio constante de que el Santuario podía ser un lugar agradable y bonito para vivir y crecer. El arquero sonrió con timidez.
—Vale, de acuerdo. —Terminó por decir, aunque no se sentía del todo convencido.
Shion asintió complacido, aunque poco imaginaban los dos hermanos cuáles eran sus motivos reales. Si, ambos eran hábiles con los niños; pero eso no era todo. Los problemas de confianza de Aioros le resultaban obvios. Comenzar sus obligaciones con los pequeños, no depositaba demasiadas expectativas sobre sus hombros. Era una tarea liviana que lo mantendría ocupado y lograría encaminarlo de vuelta a lo que solía ser. Le traería unas cuantas satisfacciones, los niños tenían esa capacidad. Y para vigilar que fuera bien, contaba con Aioria.
Era un buen chico, responsable en todo lo que hacía, y su preocupación por el mayor era obvia con cada paso que daba. Shion no necesitaba esforzarse mucho para notar que Aioria lo vigilaba, e intentaba buscar una manera de ayudarlo en todo, por insignificante que fuera el problema. Pasar tiempo juntos les haría bien, mucho bien… y si algo salía mal o se complicaba, sabía que Aioria se lo contaría o lograría solucionarlo el mismo.
—Con los entrenamientos de Kiki, tu equipo y los arreglos del taller con Caelum… —De modo inmediato, Saga alzó la vista al escuchar el nombre de la constelación. Fue un gesto fugaz y casi inapreciable. Si no hubiera sido porque Kanon hizo exactamente lo mismo, claro. El gemelo menor lo miró unos segundos, sonrió y después volvió la vista hacia el maestro. Saga ladeó el rostro, ciertamente incómodo ante aquella inesperada reacción que no supo descifrar. —No te añadiré más responsabilidades por ahora, Mu. —El chico asintió. —Tampoco a ti, Afrodita. Se que tienes trabajo más que de sobra con el jardín de Piscis y se lo exigente y la cantidad de cosmos que te consume. Encárgate de eso con calma y después ya veremos que hacer.
—Gracias, Maestro.
—¡Esto es como esperar por las nominaciones de Gran Hermano! —espetó Milo. Aioria estalló en carcajadas. —¡Qué tensión!
—¿Qué demonios haces viendo esa cosa, bicho?
—Oye, tengo mis propios gustos y…
—Ya. Suficiente—Shion les interrumpió, y con ello llegó el silencio. Después prosiguió—. Saga y Shura. —Ambos lo miraron con atención. —Vuestra tarea es un tanto… especial.
—¡Uuuh! —murmuró Kanon ciertamente divertido. Saga le dedicó una fugaz mirada de fastidio.
—¿Cómo de especial? —quiso saber Shura.
—Pues… —Shion se tomó unos segundos de silencio mientras veía de uno a otro. Estaba más que seguro de que harían un buen equipo, no tenía duda alguna; no después de lo de Hades. —Veréis, las amazonas…
—¡Estás de broma!
Inmediatamente, todas las miradas voltearon hacia Saga, que se maldijo internamente al notar semejante atención sobre sí. Escuchó alguna que otra risilla por lo bajo y se sopló el flequillo. Lo cierto era que nunca se había quejado de las responsabilidades que le habían puesto, por poco que le gustaran… y no tenía la menor idea de por qué había dado voz a aquel pensamiento. Pero… ¡amazonas! Su vida ya era lo suficientemente complicada de por si, como para empeorarlo.
—La verdad es que no—replicó Shion, no menos sorprendido—. ¿Puedo continuar? Ni siquiera has escuchado lo que iba a decir.
—Continúa, continúa. —Resignación, no tenía más opción.
—Las amazonas y su campamento son bastante… especiales. —Shura no había despegado los labios, pero la perspectiva de aquella misión… empezaba a llevarse el color de su rostro. —Ella son muy independientes, nunca les ha gustado que nadie las controle, ni que les digan que hacer. Siempre ha sido así, y ellas funcionaban bien…
—Funcionan bien—puntualizó el peliazul.
Él mismo lo sabía de sobra, en sus trece años de mandato, las amazonas habían sido el menor de sus problemas, porque nunca debió ocuparse de ellas. Eran como un ejército aislado que funcionaba bajo sus propias reglas. Lo problemático venía cuando se pretendía domarlas de alguna forma: eran verdaderas fieras.
—Funcionan bien, si. —Shion lo miró con el ceño sutilmente fruncido. No estaba acostumbrado a las interrupciones, al menos no de Saga. Inconcientemente, buscó a Kanon. No tenía la menor idea de cuando se habían contagiado sus mañas. —Pero ahora que estamos avanzando en un nuevo comienzo, ahora que las hemos dividido para que se integren con los demás santos ubicando a cada amazona en un equipo mixto… Creo que sería buena idea continuar por ese camino logrando que alguno de vosotros se encargue de poner un orden mínimo en ese campamento.
—¿Qué significa eso exactamente? —musitó Shura. La perspectiva le resultaba tan poco agradable como a Saga.
—Ellas continuarán su rutina, sus entrenamientos con los equipos, sus entrenamientos con las demás amazonas… Necesito que os encarguéis de supervisar todo eso, y si dado el momento veis posible ayudarlas con los entrenamientos o con las niñas más pequeñas… —Se encogió de hombros.
—¿Esto es algún tipo de castigo? —Podía sonar a broma, pero Saga lo decía completamente en serio. Ellas no aceptarían su presencia allí, serían un par de intrusos… y eso que Shura al menos las simpatizaba. ¿Él? ¡Ya hacía suficiente lidiando diariamente con Shaina!
—¿Por qué iba a serlo?
—¡Y yo qué se! Dímelo tú.
—¿Estás en desacuerdo con la propuesta?
—Si. —La respuesta fue tan rotunda, que Shion se tomó un par de segundos para continuar con sus preguntas.
—¿Por qué?
—Porque, tal y como has dicho, ellas funcionan bien así. Nuestra presencia ahí va a ser tomada como una intromisión, y no veo en que vamos a ayudar. Provocaremos rechazo inmediato. Ya es suficientemente difícil lidiar con ellas por separado cada día como para que…
—Encargaos de evitar que sean tan duras y bruscas con el trato entre ellas, como siempre han sido. Ellas no entienden de amistades, todas son rivales, es algo muy distinto a los demás santos. Necesitan saber que significa ser compañeras, eso es lo que quiero que hagáis: que convivan bajo unas normas más suaves, más humanas.
Saga se pasó los dedos por la melena, y suspiró. Seguía sin ver donde encajaba él en todo eso y cómo podía ser adecuado para la tarea. Ninguno de los allí presentes se había caracterizado por una excesiva unión durante la mayor parte de sus vidas. La gente lo veía así. Y él, siendo sincero consigo mismo, no se sentía del todo cómodo ante los ojos del mundo. Continuaba sintiéndose juzgado a cada segundo, y aún escuchaba los chismes a su paso. Encargándose de las amazonas, iba a ponerse en medio de la línea de fuego, sin posibilidad alguna de huir y buscar refugio en la intimidad de su templo. Resopló disgustado.
—Para empezar necesito que os encarguéis de poner en orden todos los archivos que hay en su cuartel. Cuántas amazonas hay, aprendices, procedencia… y muchas otras cosas, son un misterio aún hoy. Arregladlo, está abandonado.
—Pero maestro… —Shura quiso protestar.
—¿Tampoco estás conforme?
—No es eso, es que… —Intentaba buscar una manera sutil de decir que estaba plenamente de acuerdo con Saga.
—Es una idea lamentable. —Shion volvió a ver a Saga. Buscó sus ojos, ladeó el rostro, y lo miró fijamente.
Su pequeño Saga nunca se había revelado a una orden suya, tampoco las había cuestionado, aunque no le gustaran. Ahora lo veía y era distinto. Muy distinto. Había crecido mucho: no era un niñito pequeño, dócil y manejable. Tenía una idea muy clara de las cosas: de cómo eran, y cómo debían hacerse. Aquel era el efecto que tenía el trono sobre las personas. Ganaban autoridad y perspectiva. Shion lo sabía, y era de sobra consciente de que, a pesar de los métodos, nadie además de él y Arles, conocía mejor el funcionamiento del Santuario que Saga. Ares podía haber manejado los hilos a su antojo, pero Saga había aprendido hasta el más ínfimo detalle del tortuoso camino.
—Tomadlo como un reto. Siempre te han gustado los retos.
Saga tuvo intención de dar voz a una nueva protesta, pero entonces, las carcajadas simultaneas de Kanon, Milo y Máscara Mortal, le hicieron voltear hacia ellos. Si las miradas matasen, los tres serían un par de saludables cadáveres.
—Espero que mantengáis de buen humor a Geist. Es lo suficientemente difícil de domar, ¡cómo para que lleguéis vosotros dos a revolucionarla! —exclamó Ángelo.
—¿Qué os hace tanta gracia? —preguntó Shion, negando con el rostro.
—Su cara de espanto, en serio, mírales—aclaró Kanon, totalmente divertido—. Hace tan solo un siglo, se enviaba a los castigados, o a los hombres que había perdido la gracia de su rey, a la guerra. Al frente a luchar porque se sabía que no volverían. Las amazonas son lo más parecido a eso.
—Excelente símil—gruñó Saga.
—Usad vuestro encanto personal. —Lo que menos necesitaban era a Milo echando leña al fuego de su miseria. —Eres hábil con eso, Saga—Se volvió hacia Shura e inclinó la cabeza respetuosamente. —Sin ofender, cabra.
—Ya, ya. Silencio. —Shion alzó una mano. —Ya oí suficientes quejas, burlas y sugerencias. No es tan grave, ambos tenéis buena relación con alguna amazona. Me consta. Grulla, Lince… Trabajabas muy bien con ella años atrás—omitió a propósito los nombres de Naiara y Deltha, para él seguían siendo una incógnita peligrosa. Mientras, Saga solo atinó a pensar lo poco que Shion podía imaginar cómo de bien habían congeniado Tatiana y él. —Utilizadlo a vuestro favor, recurrid a ellas. Es una orden.
Saga y Shura intercambiaron una mirada apesadumbrada, y terminaron por asentir. El maestro hizo lo propio, complacido. Podía haber descubierto un lado desconocido de Saga, pero sabía que ninguno de los dos desobedecería.
—Entonces continuemos. Shaka, quiero que te ocupes de los calabozos. No es una tarea grata, pero… siempre surgen problemas e incidentes inexplicables por ahí. —Problemas que, confiaba, alguien como él sabría mantener a raya.
Prácticamente a la vez, la sorpresa se plasmó en los rostros de los gemelos y Aioros. Los demás no hicieron demasiado caso del asunto, pero para ellos, aquella manera que Shion había escogido para explicarlo… era cuanto menos curiosa. No solo era difícil el cambio, las nuevas tareas, y ver como las que se les habían asignado muchos, muchos años atrás, cambiaban ahora de dueño. Sino que de alguna manera, se sintió como si los cuatro pensaran en un acontecimiento muy concreto.
Saga se humedeció las labios, e inmediatamente, fijo la vista en sus dedos mordisqueados. Una sola palabra al respecto, y aquello se volvería en su contra, por insignificante que pareciera después de tantos años. Sacar a Naia de aquel agujero, era un peso con el que cargaría siempre, pero no se arrepentía; volvería a hacerlo de ser necesario.
—Años atrás Saga se encargó de eso, y de Cabo Sunion. —Shion pisaba terreno pantanoso con aquella conversación, lo sabía. —Igual que todos los Géminis antes que él, pero dado que Poseidón es ahora un aliado, nos arriesgaremos a levantar la vigilancia del Cabo por ahora.
—Entendido—respondió Shaka. Shion vio de soslayo al gemelo mayor, y solo necesitó contemplar su gesto unos segundos, para saber que de permitírselo, volvería a protestar. La mayor parte del tiempo leer su rostro era una tarea imposible, y en otras… como esa, era asombrosamente fácil. No dejaba de sorprenderle.
—Y antes de que encuentres algo más por lo que protestar, Saga, desiste. —Volvió a dirigirse al Geminiano.
Sabía que siempre había odiado aquella tarea que lo ataba al Cabo y al calabozo; incluso imaginaba que en su momento, Saga lo había visto como un desprecio. Catorce años atrás, asignó a Aioros a su guardia personal, y a él lo envió allí. No era un castigo, nunca lo había sido… pero sabía que era el modo en que lo había tomado. Y aún así, estaba seguro que de darle a elegir en aquel instante, preferiría los dichosos calabozos y la oscura sombra del Cabo, con lo que eso suponía para él, antes que a las amazonas. El funcionamiento de la mente de Saga era todo un misterio.
—Necesitas socializar con el resto de seres humanos, así que no hay más que discutir respecto a las amazonas. Son tu responsabilidad, respondes por ellas y sus actos.
Saga no dijo ni media palabra. Se sopló el flequillo, y continuó en silencio.
—Acaban de llamarte antisocial, hermano. Muy sutilmente.
—Kanon… —La voz de Shion sonó a reproche, y aún divertido, el gemelo calló. —Quisiera terminar con esta conversación algún día. Tengo prisa.
—Continúa, continúa.
—Bien. Quiero que prestéis especial atención a lo que diré a continuación. No se si alguno de vosotros lo haya notado, o haya prestado atención… habéis estado ocupados con el retorno a casa. Lo se. La cuestión es que todo lo que hacemos, antes o después, tiene sus consecuencias. El Inframundo está sumido en el caos. —Inmediatamente, todos los rostros dejaron atrás cualquier rastro de broma, y la seriedad se hizo dueña de sus facciones. —Con la derrota de Hades, por el momento no hay ningún tipo de orden allí, ni manera alguna de contener a sus inquilinos, o a las almas más despiertas. Derrotamos al ejercito, pero sabéis de sobra que los espectros no eran los únicos peligros que entrañaba el Inframundo. —Miró a todos fugazmente. —Durante los últimos días, hemos sabido de ataques nocturnos en las Cícladas. —Milo pareció, de pronto, prestarle toda la atención del mundo. —Por lo que hemos logrado averiguar, son ataques de lamias. Las victimas son…
—Niños. —El escorpión terminó por él, y Shion asintió. Milo había crecido allí, en las Cícladas y sabía bien que algunas viejas leyendas, como aquella, estaban muy arraigas entre sus gentes, especialmente en las islas y aldeas más pequeñas.
—Quiero que Camus y tú, os llevéis a vuestros equipos al completo, y os ocupéis de ello. No quiero una lamia viva en la zona.
—¿Cuándo nos vamos?
—En cuanto terminemos aquí, iréis por vuestros equipos, os preparareis y saldréis.
—De acuerdo.
—Esto no es todo. Las lamias no pertenecen realmente al Inframundo, pero con el desorden parece que todo el equilibrio se ha roto. Hemos detectado la presencia de ciertas almas dispersas en la superficie terrestre. Algunas son más que conocidas, otras no tanto. Muchas de ellas escaparon para perderse en la nada, pero hay otros casos donde están ocasionando ciertos problemas.
—¿Los muertos han escapado? —preguntó Aioria.
—No es algo difícil, gato. —El rubio frunció el ceño ante el comentario de Máscara Mortal, pero inmediatamente se dio cuenta de lo delicada o poco apropiada que fue su propia pregunta.
—Lo que quería decir es…
—Sabemos lo que querías decir—Shion continuó—. Ángelo, quiero que Kanon y tú os marchéis a la isla Reina de la Muerte.
—¿Yo? —La incredulidad impresa en la pregunta de Kanon, transmitía la sorpresa que todos sentían.
—Tú. Quizá seamos afortunados y dejes de lloriquear por las desgracias que acarrea tu equipo. Es una misión de verdad, exactamente lo que querías. Hazlo bien. Creemos —más bien sabían—, que Guilty y algunos caballeros negros han vuelto. Quiero que vayáis los dos. Ningún otro de vuestro equipo esta listo para algo así.
—Voy a preguntar algo que puede resultar obvio, pero…
—No necesitarás la armadura para esto, Kanon. —Shion se adelantó, y desde donde estaba, pudo percibir el alivio en el rostro de Saga. —Es un riesgo enviarte sin ella, pero creo que puedes con la misión sin que entrañe riesgo alguno para ti.
Le estaba dando su plena confianza con aquel asunto, aunque no podía dejar de preocuparse por enviarlo desprotegido. Aún así, no había más opciones. No podía quitarle a Saga su armadura para que Kanon pudiera cumplir con misiones externas. Tampoco podía pedírselo, ni mantener al menor encerrado eternamente en el Santuario. Tendrían que hacerlo del mejor modo posible, e ir acostumbrándose a la peculiar situación de Kanon.
—Aunque si resulta ser un riesgo para ti, te pondré a entrenar conmigo y con Arles en cuanto vuelvas y encontrarás que Zarek era una blanca paloma. ¿Está claro?
—Como el cristal. —Kanon no tenía la menor idea de porque únicamente el nombre de Arles les infundía tanto respeto… pero era algo innegable.
—¿Ahora ejerceré de la niñera de Kanon? Puede ser incluso divertido… —una cucharilla voló hasta su cabeza. —No te ofendas. —Pero la sonrisa burlona no se borró del rostro del italiano. —¿Qué debemos hacer con Guilty? Esta muerto, es un alma. No puedes matar a un alma incorpórea.
—¿Por qué crees que esta es tu misión, Ángelo?
Máscara Mortal guardó silencio. Miró fijamente al maestro y terminó por asentir, inseguro. Tan poco acostumbrado estaba a aprovechar sus propias habilidades, que ni siquiera se había percatado de su propia importancia en ese tipo de misión. De pronto, se sintió inmensamente bien, útil. Como los demás.
—Ocúpate de ellas, eres el dueño del Yomotsu.
—El Yomotsu no es exactamente el Inframundo, pero… ¿y si lograsen escapar?
—No podrán. Esos son tus dominios, no los de Hades. Tú controlas a las almas. —Trató de transmitirle toda la confianza que pudo, aunque la mente y las emociones de Ángelo, eran para él una completa incógnita.
A pesar de lo brillantes que eran todos de una u otra manera… aquel era un problema serio. Ninguno terminaba por confiar del todo en su capacidad de hacer las cosas bien. Tendría que mostrarles a la fuerza que podían, que no lo harían bien… si no excelente. Debían recuperar la confianza en si mismos.
—Sin embargo, esté será nuestro primer encuentro con esas almas descarriadas. La toma de contacto. Veamos que sucede. En el caso de que lograrán escapar, sellaremos a los que podamos. No os marchareis hasta que Milo y Camus hayan vuelto, cuento con que eso no les tome más que un par de días. Durante ese tiempo os daré los detalles del proceso. Estad preparados. —Contempló al resto. —Esto se repetirá en el futuro con toda probabilidad, así que antes o después, todos saldréis. ¿Alguna pregunta?
Casi a la vez, los chicos negaron.
—Pues en marcha, no hay tiempo que perder.
-X-
—Ve a joder a tu puta madre, Kanon.
—¡Eh! —El aludido se quejó, con una sonrisilla sardónica en los labios. —Estoy seguro que mi madre tenía un trabajo mucho más decente que ese, cangrejo. Además, ese no es modo de agradecerme por ahorrarte la caminata del millar de escalones hasta aquí.
Y era que, nomás poner un pie en Cáncer, saliendo de la Otra Dimensión, Ángelo había tenido que colgarse de la columna más cercana para no azotar el culo contra el piso. Sentía que alguien le había metido en una lavadora y le había dado tantas que vueltas que el cerebro se le reseteó. Tenía el estómago en la garganta, mientras sus pies se rebelaban, negándose a caminar en línea recta. Era cuestión de tiempo antes de que se cayera y terminara con los dientes incrustados en el mármol del suelo.
Nunca, en lo que le restaba de vida, volvería a aceptar que Kanon le hiciera el favor de llevarlo a su templo. Jamás. Prefería caminar los miles de escalones bajo el clima más adverso, a someterse de nuevo a esa mierda que el gemelo llamaba Otra Dimensión.
—La madre que te parió…
—Déjala en paz—rió el gemelo.
—No podía ser una mujer decente si trajo a un hijo de puta como tú a este mundo. —En cualquier momento, el desayuno le saldría por la nariz.
—Oye, también es la madre de Saga.
—Lo dudo. Estoy seguro de que Shion lo encontró como regalo en el fondo de una caja de cereales. Eso, o es su hijo ilegítimo.
—Ugh. ¡Cierra la boca! No quiero pensar en mi madre y en un Shion de doscientos años haciendo guarradas… —Un escalofrío le recorrió la espalda. Aquella era una imagen que no quería en su cabeza.
—Ya, bueno, te lo mereces por ser un idiota que no aprendió a usar adecuadamente la técnica propia de su signo. ¿Cómo demonios puedes viajar en esa mierda? Ahora entiendo por qué tienes jodido el cerebro.
—Qué delicadito nos resultaste. ¿Seguirás lloriqueando por mucho más? Tengo que ir a hacer mis maletas.
Esforzándose por respirar, el italiano se giró para tenerle de frente y se sentó en el piso, con la espalda apoyada en la enorme columna que hasta no mucho, le servía de sostén. Echó una mirada asesina al gemelo, sintiéndose imposibilitado de hacer cualquier otra cosa sin terminar expulsando su contenido estomacal. No mucho después, ante la falta de palabras, le hizo una peineta en plena cara.
Con su particular desvergüenza, Kanon soltó una carcajada ante el gesto obsceno con dedicatoria a él. Ángelo comenzaba a resultarle un tipo de lo más divertido para pasar el tiempo. Casi le alegraba tenerlo como compañero de misión.
—¿Vengo por ti cuando el bicho y Camus vuelvan?
—Ni hablar. Iré caminando—aseveró.
—Para cuando llegues, estaré tomando una cerveza con Guilty.
—¡A la salud del viejo y de su habilidad para follar a los doscientos cincuenta años!
—¡Ugh! ¡Idiota cangrejo!
Al ver a Kanon cubriéndose el gesto de disgusto con las manos, Ángelo sonrió. La aventura de cazafantasmas no iría tan mal como pudo haber pensado.
-X-
Aioros apretó los labios con disgusto mientras se acercaba a la diana y constataba que, tal y como había pensado desde el principio, la práctica había sido un completo desastre. Fue arrancando las flechas del tablón, una a una, empezando por las más lejanas al punto rojo, que representaba el centro. Ni una sola de ellas había pegado medianamente cerca de su objetivo.
—Demonios—maldijo por lo bajo.
No sabía que loco impulso le había hecho correr hasta los campos de tiro. Pero, tan pronto había tenido oportunidad, se había internado en el viejo cobertizo de Sagitario en busca del arco que alguna vez perteneciese a su maestro. Había comido polvo, esquivado telarañas, tropezado con las decenas de cajas abandonadas que seguían amontonándose, hasta que por fin dio con su objetivo. Habiéndolo encontrado, se lo echó al hombro para bajar hasta la galería de tiro, y ahí estaba ahora, frustrado y atragantado con su propio desencanto.
Regresó sobre sus pasos hasta el punto desde el que había estado tirando. No estaba lo suficientemente alejado de la diana, ni tampoco resultaba un tiro imposible. En cualquier otro momento, antes de su muerte, el lugar no hubiera representado mayor reto. Sin embargo, justo ahora, se sentía como una montaña empinada y enorme, que tenía que escalar.
Aun así, trató de serenarse.
Se tomó un par de segundos para respirar. Trató de soltar los hombros, y afianzó los pies sobre el terreno, mientras tomaba su lugar, de costado a su objetivo. Colocó la flecha en la cuerda y, lentamente, la tensó, a la vez que levantaba el arco.
—Vamos, Aioros—se dijo a si mismo.
Sus ojos celestes se concentraron en la lejana diana, aunque el corazón le daba brincos en el pecho. Nunca se había sentido nervioso con un arco y una flecha; el tiempo y la práctica los habían convertido en una extensión de si mismo. Pero el tiempo se había vuelto en su contra y el pulso le temblaba. No estaba seguro de en qué se estaba equivocando, sólo que algo estaba definitivamente mal. Lo que no sabía, ni siquiera se imaginaba, era que la raíz de sus problemas estaba dentro de su propia cabeza.
El aire silbó cuando la saeta rompió toda resistencia. Voló. Con un golpe seco, la punta se hundió en la madera.
Dos flechas más siguieron a la primera. Ambas golpearon contra la diana, una tras otra. No hacía falta que Aioros viera el resultado, de algún modo ya lo sabía. Al acercarse al objetivo, constató que estaba en lo cierto. Otro fracaso.
Quizás había sido necedad, quizás soberbia, pero hasta ese día, no se había sentido en necesidad de practicar una habilidad que creía dominada. Había sido tonto y confiado, y ahora los resultados saltaban a la vista. Tiró de las flechas, sin ninguna finura, rompiendo varias en el proceso. Las pocas que sobrevivieron terminaron en el piso, en un arranque de frustración.
—¡Oye! ¿Qué pasa? —Escuchó a Aioria a sus espaldas, y solo entonces acalló una nueva maldición—. ¿Qué rayos te hicieron esas flechas para que las odies tanto?
—Nada. —El arquero se agachó a recogerlas—. Ellas no tienen la culpa.
—Oh, ¿culpa de qué?
—De nada. —Cayó en cuenta de su error de inmediato y prefirió callar. Independientemente de lo que Aioria hubiera visto, o dejado de ver, el arquero no tenía demasiada intención de compartir cómo se sentía.
—Has estado raro últimamente: demasiado callado y reflexivo. ¿Te pasa algo? —El hecho de que su hermano le esquivase la mirada le causó todavía más preocupaciones.
La lluvia había dejado de caer copiosamente un poco antes y, aunque los nubarrones oscuros aún evitaban la aparición del Sol, las gotitas de sudor resbalaron por los mechones castaños del arquero. No era difícil adivinar que eran más a causa de los nervios que del calor inexistente.
Siguió sus pasos, a pesar de no recibir una invitación para hacerlo. Si Aioros no hubiera querido tenerlo ahí, lo diría. Mientras tanto, el león pensaba mantenerse cerca.
Lo había notado raro en los últimos días y hasta entonces, cada vez que se atrevía siquiera a mencionar aquel aspecto, recibía evasiones. Al principio, había decidido no insistir. Sin embargo, mientras más evidentes eran las señales de malestar en su hermano, más crecía su preocupación y se sentía en mayor compromiso de intervenir de algún modo. Después de todo, Aioros era su único hermano de sangre y, a sabiendas de lo que significaban catorce años de ausencia, para Aioria era importante estar ahí, ayudando en lo que pudiera.
—¿No sé supone que la lluvia es pésima para vosotros los arqueros?
—La humedad puede dañar la cuerda.
—¿Entonces? ¿Debo suponer que esto es masoquismo, o exceso de confianza?
—Ninguna de las dos. —En realidad era lo primero. Lo segundo no podía ser, pues la confianza brillaba por su ausencia. —Es solo una práctica.
—Hombre, haber elegido un mejor día para practicar.
—Lo sé. Fue una urgencia. —"Una urgencia estúpida" le faltó admitir.
—No fue muy bien. —No estaba seguro si debía hacer mención a aquello, pero estaba casi seguro de que los fantasmas en la cabeza de Aioros se reflejaban precisamente en la falta de finura de sus manos. — ¿Quieres hablar de eso?
—No hay de que hablar. Fue un mal día, eso es todo.
—Exacto. Fue un mal día; solo eso—hizo hincapié en el asunto—. Un poco menos de humedad, un poco más de práctica y serás el mismo que antes.
—Claro. El mismo. —Y, de pronto, el toque de amargura quedó a la vista.
Los pies del arquero imprimieron velocidad, tomándole la delantera a Aioria. Pero el santo de Leo no iba a darse por vencido nada más así. Nunca había sido su estilo marcharse cuando aún tenía cosas que decir y no empezaría a hacerlo en ese momento. Así que lo siguió.
—Oye, ¿qué demonios fue eso? —preguntó.
—No sé de que hablas.
—Del obvio sarcasmo de antes.
—No fue sarcasmo.
—Oh, pero lo fue—replicó mientras atrapaba su mano y le obligaba a detenerse en su huida—. Conozco el sarcasmo cuando lo escucho, Aioros. ¿Qué pasa? En los últimos días no has sido tu mismo. Estás… callado, receloso, ausente. ¿Qué te estás guardando?
—Nada. —Se encogió de hombros.
—¡Vamos! ¡Di algo más que eso!
—No sé que quieres escuchar.
—Lo que sea que te suceda, y como te sientas, está bien. Estoy preocupado.
—No es nada de que preocuparse. —Sopló los flequillos castaños. —He estado un tanto reflexivo desde el día de mi fiesta. Hay cosas en las que no había reparado y en las que nunca puse tiempo para pensar. Supongo que ahora que son más evidentes, he estado dándoles más vueltas de las que debería.
—Si es por el asunto del sexo…
—¡No! —exclamó—. No es por eso, en lo absoluto.
—Vale, vale. Entonces, ¿qué es lo que tanto piensas? —Lo escuchó bufar y arrugar el ceño. Buscó su mirada celeste, pero ésta seguía rehuyéndole. ¿Cómo se atrevía Aioros a decirle que no se preocupara, cuando ni siquiera era capaz de sostenerle la mirada?
Aioros se soltó suavemente de su agarre y le dio la espalda. No supo por qué le dejó ir, pero el león le permitió alejarse tan solo unos pasos. Cuando lo vio sentarse sobre el pasto mojado y agachar la cabeza, supo que era el momento de acercarse otra vez. Quizás en esa ocasión, conseguiría algo más que evasivas y gestos que no podía interpretar.
Caminó hacia donde estaba su hermano y se tumbó a su lado. No hizo preguntas, tampoco insistió. Por una vez, dominó su impaciencia innata para no parecer cansino; y esperó.
—Es un poco estúpido—Aioros musitó. Hizo una pausa larga y premeditada, esperando cualquier reacción del más joven. Al no recibir nada, ni críticas, ni respuestas, se atrevió a continuar. —Pero es que, no he podido dejar de pensar en todos esos años.
—¿Esos años?
—Esos años—repitió—; los años que no están.
-X-
Se había quedado ahí, sentado, sin saber que decir. Las palabras de Aioros le habían robado las ideas, y ahora se encontraba en la curiosa situación de no tener nada que responder. Atinó a palmear con suavidad el hombro de su hermano, mientras encontraba la forma adecuada de decir cualquier cosa. Después de todo, Aioria mismo extrañaba todos esos años en los que solo existía el vacío de su presencia y un odio infinito hacia el mundo que le rodeaba. Pero aún con todo aquel alud de sentimientos oscuros que le generaban, no alcanzaba a imaginar lo que sería no tener nada. Al menos él tenía algo.
—No tienes que decir nada. —Volvió a escuchar al arquero. Supo que el desconcierto en su rostro fue más que evidente. —Se me pasará.
—No, no es eso —dijo—. Es solo que… no alcanzo a comprender lo que sientes y tampoco encuentro las palabras para decirte que todo estará mejor pronto. Probablemente no exista el modo de decirlo sin que suene falso. Pero es verdad.
—Lo sé. Por eso mismo no debes preocuparte. —Aioros hizo el intento de levantarse, pero antes de que pudiera moverse medio centímetro, su hermano menor le detuvo.
—Oye, no está mal sentirte así.
—Lo sé, Aioria, lo sé.
—Y sabes también que puedes hablarnos de esto, ¿cierto? —La forma en que asintió no le resultó ni mínimamente convincente.
Esta vez no hizo el intento de detenerle, sino que le observó adelantarse.
El santo de Leo se incorporó poco después, a su propio ritmo, parsimonioso como un felino perezoso. Fue siguiendo los pasos de su hermano, sin atreverse a darle alcance o a comentarle nada al respecto. Solo podía imaginarse lo difícil que era para Aioros, quien alguna vez lo tuvo todo, sentirse vacío por dentro.
Cualquier cosa hubiese sido buena para animarle un poco. Pero la realidad era que no tenía mucho que ofrecer para conseguirlo. Quizás el plan de Shion ayudaría para mantenerlo ocupado, dando menos tiempo a su cerebro de atormentarse con ese tema. Incluso, podía ayudarle a sentirse útil de nuevo. Si lograba redescubrir el aura de admiración que proyectaba hacia los demás, su autoestima crecería y sus carencias serían menos dolorosas. A sus propios ojos, se sentía un extraño, pero a los de muchos, el héroe seguía siendo eso: una leyenda que todos morían por conocer.
—No deberías obsesionarte con el pasado —habló, a pesar de que muy probablemente, terminaría hablando más consigo mismo que con Aioros—. Date tiempo para aprender quién eres ahora y lo que quieres de esta nueva vida. Si pierdes la fe ahora mismo, no llegarás a ningún lado. Esos años no van a volver… los días que estas dejando pasar tampoco. Pero tienes muchas cosas que vivir y tiempo de sobra para hacerlo.
—Supongo.
—Aioros…
—Vamos —le interrumpió antes de que tuviera oportunidad de decir cualquier cosa más—, los aprendices deben estar esperando por nosotros.
-X-
No eran cobardes. No, señor; eran precavidos.
Por eso mismo, haciendo acopio de toda esa aura de genialidad y respeto que solía conllevar el uso de la armadura dorada, Saga y Shura se adentraron en el campamento de las korees.
Obviamente, las miradas muertas de las máscaras no tardaron en caer sobre ellos. Esos ojos, vacíos y, a la vez, siempre llenos de prejuicios, taladraron con asfixiante minuciosidad cada uno de esos movimientos. Las voces, en susurros mal disimulados, tampoco tardaron en hacerse presentes. Ni un gramo de sutileza fue ocupado en intentar disimular el recelo ante los visitantes, ni tampoco en disfrazar la curiosidad que levantaban con su presencia. Pero las amazonas eran así: directas, duras y celosas de su independencia. Eran una raza aparte, un territorio desconocido que nadie quería explorar.
—¿Por qué nosotros? —Saga no respondió al predicamento de Shura. Él mismo compartía aquella cuestión.
—Solo camina y no demuestres debilidad. Me da la impresión que estas mujeres huelen el miedo —"y que nos saltarán encima a la más mínima oportunidad".
—Pero es que…
—¡Shura! ¡Shura! —Los gritos le hicieron detenerse y voltear en busca de la dueña de esa voz tan particular. Para cuando la encontró, Eire ya estaba a solo un par de pasos de él y rápidamente se colgó de su brazo, jalándolo consigo. —¡Te tengo! ¡Hola, Saga! —saludó también al santo de Géminis.— ¿Qué hacéis aquí? ¿Os perdisteis? ¿O qué?
—Pues, el Maestro nos envió a…—el español buscó la mirada del geminiano, pero éste no salió en su auxilio—. Estamos buscando la cabaña que está cerca de los restos de la vieja exedra —continuó.
—¿Por qué? Nadie vive ahí. Por lo que sé, lleva abandonada por años. Si me preguntas, se te caerá el techo en la cabeza nomás entrar.
—Esperemos que eso no suceda. —El hecho de que la voz de Saga sonara por demás fúnebre, imprimió cierta gracia a la conversación.
—¿Pensáis mudaros ahí? —añadió la pequeña amazona en son de broma.
—Si.
La respuesta, unísona y casi acongojada, la dejó de piedra. Por un instante se rezagó, viendo a los santos adelantarse con paso constante. Quiso preguntar algo más, pero dudó.
Cuando salió de su momentánea confusión, fue rápidamente tras los pasos de Saga y de Shura. Se alineó a su lado y caminó varios metros sin atreverse a decir más. Su cabeza, sin embargo, pensaba una y otra vez en el comentario anterior. Por fin, el hecho de que la máscara de plata les contemplara incesantemente hizo que Shura la mirara de soslayo. Fue todo lo que Grulla necesitó para que la verdad detrás del misterio saliera revoloteando de los labios del español.
—El Maestro nos ha puesto a cargo de vosotras.
—¡¿Eh?! —La reacción salió tan natural y accidentada que incluso Saga, tenso como una percha, levantó las cejas con curiosidad ante su reacción—. ¡¿De nosotras?!
—Se han asignado responsabilidades a cada santo dorado, algunas en equipo y otras, individuales. Parece que la nuestra os involucra a vosotras.
—¿Os pondréis al mando? —insistió, ansiosa de obtener una confirmación absoluta. Shura asintió, resignado y torpe. Pronunciar las palabras haría real aquella locura.
—Si… a partir de ahora, estaréis bajo nuestra supervisión. Según parece, seremos los encargados de poner cierto orden en este lugar y de integraros con los demás santos. La cabaña al lado de la exedra—apuntó en la dirección hacia la cual caminaban—, será nuestra base de operaciones.
—O nuestro escondite —Saga agregó—, según quieras verlo.
La joven amazona no pudo reprimir la risa por mucho más tiempo. Debía ser sincera y admitir que la idea la emocionaba, tanto como haría arder el ego a muchas de sus demás compañeras. Considerando todo aquello, las inquietudes —y temores— de los dos santos, resultaban casi candorosas. La reputación de las amazonas las precedía; sus modos hablaban por ellas, aún con más certeza que las palabras. Géminis y Capricornio lo sabían, todo aquel que tuviera ojos y oídos lo sabía. Pero ahí estaban, muy a pesar de sus deseos. Caminaban directos al matadero, obedientes como corderitos.
—¡Esto será muy emocionante! —canturreó la chica, tomando la delantera.
—No, no lo es. —El moreno reafirmó las palabras de Saga con una rotunda negativa de su rostro.
—¡Pasareis más tiempo aquí!
—Encerrados en nuestra cabaña.
—¡Iré a visitaros todos los días!
—Tú y un montón de amazonas furiosas. —La última afirmación hizo estallar las carcajadas de la joven una vez más. Todo indicaba que las amazonas vivían de su reputación.
—Creo que os dará un infarto antes de lidiar siquiera con la primera de nosotras.
—Ciertamente posible. —Esta vez fue el español quien le respondió.
—No somos tan terribles como sonamos. —Pero por mucho que Grullita intentara quitarle hierro al asunto, la forma en que los dos santos le miraron, le hizo saber que eran mucho peores. —¡Eh! Yo soy simpática y Tati también.
—Probablemente sois la única excepción a la regla.
—No lo creo. Deberíais preguntar a Aioria, o a Aioros, o… a alguien más, sobre lo que opinan de algunas otras. —La sola mención de aquel asunto obligó a Saga a entrecerrar los ojos. No estaba seguro de a quien se refería con "alguien más" pero tampoco estaba dispuesto a preguntar. No quería pensar en Kanon, ni en Naiara; no quería pensar en aquel dichoso sentimiento al cual no podía ponerle nombre aún y en el que no dejaba de pensar. Bufó. La conversación se iba por vertientes escabrosas.— ¿Veis? No somos tan terribles.
—Si, si. Cambiemos de tema —adujó, como salida.
Para su buena fortuna, que era escasa y poco común, pronto se encontraron frente a la formación de piedras que dibujaban una luna menguante, y rodeada por los restos de lo que alguna vez fuera un estanque seco, del cual no quedaba más que polvo de roca y arena amarillenta durante la sequía, o barro marrón, en los días de lluvia como ese. En tiempos antiguos, la exedra, coronada con la estatua de una joven Palas ataviada en armadura y con la sombra del yelmo cubriendo la mitad de su rostro, marcaba el corazón de los terrenos amazónicos.
Representaba lo que las korees eran: mujeres sobresalientes en el arte de la guerra, usualmente reservado solo para los hombres, que ocultaban su esencia para equipararse con ellos, e incluso, superarlos. Era el recordatorio del juramento que habían tomado.
Tal era la misión de su vidas, el destino que les había tocado y el camino que ellas habían elegido.
El tiempo y las guerras, sin embargo, habían arrastrado el viejo monumento hacia la ruina, dejando a las máscaras como único testimonio de las promesas hechas por las primeras hijas de Athena. El campamento permaneció ahí, creciendo y evolucionando, como una extensión más del Santuario, que a la vez era independiente de él. Territorio indómito y desconocido para los santos, en el cual Shura y Saga no podían sino sentirse un par de intrusos.
-X-
—Oh, sálvanos Athena… —Shura musitó mientras pensaba que, efectivamente, tal como Grulla había dicho, el techo de la cabaña abandonada se les caería encima al más mínimo descuido.
Saga hubiese querido unirse al ruego, pero una ataque de estornudos inusitado hizo mella en su capacidad de hablar. Trató de recuperar el aliento, a la vez que se sobaba la nariz irritada, más sus esfuerzos fueron en vano. El alud de polvo que se les venía encima cada vez que movían cualquier cosa, se tornaba lentamente en el peor enemigo a vencer. La maldita alergia seguía tan vigente como la recordaba e, incluso, peor.
—Salud. —Escuchó la voz de Eire y trató de agradecer, pero un nuevo estornudo se lo impidió—. ¿En serio os pensáis pasar el día aquí metidos? Más vale que pidáis al Maestro que alguien ayude con la limpieza. —Retiró una telaraña con las manos—. Este lugar es un desastre.
—Es peor que… —Otro estornudo terminó la frase por él. Sintió la mirada de Shura encima de él, y casi lo encontró divertido.
—Quizás sea buena idea que salgas, al menos por un rato.
—¿Y esperar afuera, solo? Ni hablar. —Ahogó un nuevo espasmo. —Joder, esto es una mierda.
—No sabía que eras alérgico.
—Para mi mala suerte, lo soy. —La nariz le picaba y los ojos le lagrimeaban, señales inequívocas de que terminaría medio asfixiado.
—Tal vez Shura tenga razón y debas esperar afuera.
—Y yo dije que ni hablar —estornudó tres veces—. Afuera, soy blanco fácil: o me matan tus compañeras, o vuelve a llover y pesco una pulmonía, o soy fulminado por un rayo.
—Eso ya es paranoia.
—Comprendo a lo que Saga se refiere. —Shura acababa de encontrar lo que parecía una mesa útil. Rebuscó por sillas y, al encontrarlas, suplicó porque no estuvieran rotas y resistieran su peso. —Solo espera que Shaina nos descubra y la tendremos aquí, supervisándonos a nosotros.
—Genial. —Eso era lo que le faltaba. No solo tenía problemas para congeniar con la amazona de Ophicus en su equipo, sino que ahora tendría que supervisarla aún en los tiempos en que no estaban los cuatro juntos.
Shaina era la definición perfecta de amazona: tan brava como orgullosa, tan valiente como rebelde. El geminiano ni siquiera estaba seguro de que él le agradara, no estaba seguro de que nadie lo hiciera. De pronto, la veía como la cabecilla de una revolución entre las korees, la líder que les sacaría de ahí a patadas junto con todas sus cosas.
Sin embargo, mientras daba vueltas a los escenarios independentistas y revolucionarios de su cabeza, Eire encontró un mueble de cajones viejos y llenos de polvo. Abrió una de las gavetas, levantando una nube de polvo gris y sumiendo a Saga en un nuevo ataque de alergia.
—Ay… lo siento. —Su voz sonó torpe y nerviosa, perdida entre el escándalo de los estornudos del gemelo. Saga solo atinó a mirarla con reproche después de aquel intento de asesinato. Pero poco duró la vacilación de la amazona, porque sus ojos dieron rápidamente con el contenido de los cajones: montones y montones de papeles amarillentos. —¿Qué se supone que es todo esto?
—Eso es… —dijo entre estornudos—. Son trece años de archivos viejos y olvidados. El idiota de Gigas nunca tuvo tiempo para poner nada en orden.
Trató de manejar del mejor modo que pudo la mirada incómoda de Shura y el silencio ansioso de Eire. A nadie le gustaba recordar los tiempos de Arles, mucho menos a él, pero en ese caso, tenía el vestigio de esos años frente a él; no podía fingir demencia.
—¿A qué te refieres?
—Precisamente a lo que escuchaste, Shura—explicó del mejor modo en que la alergia se lo permitió—. Una de las obligaciones que Gigas tenía bajo su cuidado era la de mantener un archivo de cada niño o niña que llegara a este lugar. Shion y Arles habían conseguido crear con éxito un sistema de almacenamiento de información bastante bueno, pero cuando Ares llegó… —suspiró—. Digamos que el viejo tuerto era realmente idiota para hacer su trabajo. No le tomó mucho destruir lo que existía, y así es como toda esta información acerca de las amazonas terminó aquí. Asumo que Arles está encargándose de arreglar la parte correspondiente a los varones.
—Oh…
—¡Joder! —Antes que la amazona de Grulla pudiera decir cualquier otra cosa, la voz de Shura se abrió paso en el silencio. —¡¿Estás diciendo que vamos a tener que leer y clasificar todo esto?! —Tomó un buen montón de papeles y pasó los dedos por ellos.
—Eso es justamente lo que estoy diciendo.
—Adiós tiempo libre… —Al escucharlo, el gemelo esbozó una sonrisa diminuta. La faceta quejica del español siempre resultaba divertida de observar.
—No creo que tuviéramos mucho de todo modos.
—Puedo ayudar—intervino Grullita—. Tati también puede ayudaros. Pondremos este lugar en orden en un parpadeo.
—No sé si sea buena idea…
—Vamos, Saga. Déjala ayudar un poquito—Shura suplicó. Cualquier cosa con tal de avanzar rápido en esa encomienda titánica.
—Si quieres traerla en los ratos que estés aquí, puedes hacerlo. No me molesta. —Eire le agradaba, pero en lo que respectaba a él, prefería trabajar solo. No tenía intenciones de cargar con Shaina en horas que no fueran las de los entrenamientos conjuntos. —Solo tratemos de no causar problemas y de pasar desapercibidos, ¿vale?
—No causaremos problemas, pero ni soñéis con pasar desapercibidos. Si medio campamento no se ha enterado de vuestra presencia a estas alturas, sería un milagro.
Y los dos santos estaban de acuerdo con ella.
Saga se sopló el fleco, en un esfuerzo de acallar los estornudos inminentes. Caminó hasta el archivero desgastado y metió las manos entre el cerro de papeles. No podía creer que Shion los hubiera mandado ahí. No se creía que ahora tenía como misión reparar el desastre administrativo que Ares había creado. ¡Era irónico!
De soslayo, observó a Shura, con aquella expresión entre aterrorizada y preocupada en su rostro. La compartía; claro que lo hacía. Pero en un momento de tensión como ese, lo sentía divertido y relajante.
Y luego estaba esa peculiar relación con Grulla, que no podía definirla de otro modo que no fuera una adoración de fanática adolescente. Además, Eire era graciosa e incapaz de mantener la boca cerrada por un segundo, lo cual le daba la virtud de resultar entretenida y de ser una compañía agradable.
Solo esperaba que a Shura le durase el optimismo, porque el suyo, agonizaría más rápido de lo que le hubiera gustado pensar.
-X-
Milo había estado particularmente silencioso desde que el equipo se había reunido y abandonado el Santuario.
Camus sabía bien que el Escorpión, con todas sus particularidades; se tomaba muy en serio aquellas cosas. Sobre todo cuando tenían lugar tan de cerca su hogar y las victimas eran niños. No le era desconocida aquella faceta tierna de Milo, pero a pesar de todo, aún continuaba sorprendiéndose de lo mucho que le afectaba. Él, siempre presumido y egocéntrico, incluso trivial; preocupado siempre de tonterías más propias de un adolescente normal que otra cosa. Era algo que siempre le había gustado de él, una parte desconocida para muchos, pero que se escondía tras aquella máscara narcisista que tanto le gustaba al griego. Era una cualidad que admiraba infinitamente.
Lo vio de soslayo una vez más, mientras caminaban por las silenciosas calles de Folégandros, y después se dio unos segundos para observar a sus equipos.
Tremy, con un carácter bastante parecido al suyo, caminaba apenas un paso tras él, con los ojos bien abiertos. Era la primera vez que salían del Santuario en unos cuantos años, así que Camus era de sobra consciente de lo mucho que tendría que velar por su seguridad.
No le gustaba ser la niñera de nadie, pero el francés sabía que tendría que tener especial cuidado con Deltha. Nadie se lo había pedido, y para él no era distinta a los otros dos: una guerrera cumpliendo su deber. Sin embargo, sabía que ella era importante para Aioros y él se había prometido que velaría por ella cuanto fuera posible. Era lo mínimo que podía hacer por el arquero. Aún así, Deltha estaba nerviosa, y podía decirse que su cosmos temblaba como una hoja, mientras Jamian… Jamian era un asunto muy distinto.
Escuchó un graznido, y alzó la vista. Arriba, alguno de los cuervos del santo de plata, sobrevolaba el poblado. Su dueño, les miraba nervioso una y otra vez, como esperando que en cualquier momento se abalanzaran despavoridos sobre una presa peligrosa.
Camus tomó una bocanada de aire, y se detuvo. Milo no tardó en hacer lo propio un momento después, con Moses y Dante a su lado. Naiara, se mantenía unos pasos más separada, observando con sus ojos de plata la escalofriante soledad de la plaza donde estaban.
—Apenas hay seiscientas personas viviendo en toda la isla. —Murmuró Milo.
—La mayoría niños pequeños y ancianos. Folégandros es la isla más pequeña de las Cícladas, ¿no? —Quiso asegurarse el francés. Milo asintió.
—No será difícil encontrar el problema, pero no esperéis que nadie aquí nos sea de ayuda. —Paseó sus ojos celestes por las calles desiertas.
Cuando llegaron apenas unos minutos atrás, se cruzaron con un par de rezagados: una abuela que arrastraba a su nieto hasta casa, mientras la noche comenzaba a caer. Aún había luz en aquel entonces. Sin embargo, la oscuridad ya cubría todo, el viento frío y húmedo ululaba, mientras la única luz que iluminaba las callejuelas empedradas, eran un par de titilantes farolas de luz amarillenta y mortecina.
—Hay lugares de Grecia donde se cree de manera ciega en las viejas leyendas, y estamos en uno de ellos. Él miedo puede más que ellos.
—Creí que las lamias no eran más que un cuento que se contaba a los niños para asustarles y hacerles dormir—murmuró Tremy, mientras oteaba el lúgubre panorama con su cosmos bien alerta.
—Lamia fue una más de las amantes más hermosas de Zeus. Como siempre sucedió, Hera lo descubrió y planeó su venganza. La convirtió en un monstruo con cuerpo de serpiente y pecho de mujer, que despedía un hedor muy característico. —Las caras de disgusto en sus subordinados, resultaron obvias para Camus. —Asesinó a sus hijos, y Hera la condenó a no poder cerrar los ojos, para que siempre viviera torturada por aquella visión.
—Pero Zeus la consoló, como siempre, de un modo bastante particular. —Camus asintió ante la interrupción de Milo.
—Le concedió el poder de quitarse los ojos para descansar, pudiendo ponérselos cuando fuera su deseo. —Jamian arrugó el ceño disgustado. —Sin embargo, Lamia nunca pudo deshacerse de la envidia que sentía por otras madres, y devoraba a sus hijos, alimentándose de su sangre. Su hambre era incontrolable.
—¿Cómo explica eso que terminara convirtiéndose en una raza de monstruo con muchas otras como ella? —La pregunta de Naia no le sorprendió, pero lo cierto era que no tenía una respuesta aún.
—No lo sé. Vivimos en una época que para la gente como nosotros, seamos santos, marinas o espectros… supone un limbo entre la era mitológica y la época moderna. Hay monstruos del pasado que desaparecieron de verdad, y otros que resurgen con el tiempo, igual que los dioses. —Aunque sabía bien que siempre había un motivo para aquel resurgir.
Naia tenía intención de continuar con la interesante conversación, pero en el momento en que despegó los labios, un chillido estridente y agudo resonó en la zona norte.
—Separémonos—sugirió Camus. Entonces, otro chillido de igual intensidad, vino del sur.
Milo asintió con el ceño fruncido y, sin dar tiempo a nada más, corrió calle arriba. Dante y Moses lo siguieron segundos después, quedando Naia en último lugar. Buscó la máscara plateada de Deltha y quiso ver sus ojos a través de ella. Mientras, Camus Tremy y Jamian, se alejaban en dirección opuesta.
—Ten cuidado, Del—dijo en un susurro.
—También tú. —Naia asintió, y antes de que Deltha pudiese hacer o decir nada más, se apresuró para alcanzar a su equipo. Mentiría si no admitiese que estaba asustada, no solo por si misma, sino por Deltha también. La quería muchísimo, sin importar lo mucho que la hiciera enfadar en ocasiones, o el daño que sus comentarios pudiera ocasionar. Era su hermana.
Deltha suspiró, viéndola marchar, ciertamente acongojada. Por un segundo, hubiera jurado que los pensamientos de ambas se conectaron, porque podía sentir a la perfección la preocupación en el cosmos de la otra. Sonrió, con tanta tristeza como alivio, al cerciorarse de que Naia había dejado a un lado el enfado que, probablemente con razón, la había rodeado los últimos días.
Se dio la vuelta, y entonces, ahogó un grito. Camus estaba ahí, frente a ella, apenas a un metro de distancia.
—No te quedes atrás. Tenemos cosas que hacer.
-X-
Milo se detuvo, y tras él, sus tres acompañantes hicieron lo propio. El chillido les había conducido hasta la intersección entre dos callejuelas de apenas un par de metros de anchura, pero ahora no lograban ver nada más. Por un momento, un cosmos oscuro se había sentido en el mismo lugar, y sin embargo… nada.
—No hay ni rastro de…
—¡Silencio! —espetó el Escorpión. Moses calló de modo inmediato. Frunció el ceño y observó el panorama, después, se sopló el flequillo.— Vamos a separarnos. Moses y Dante iréis por la izquierda, Caelum y yo seguiremos por aquí—continuó la explicación con voz muy baja, y casi pudo asegurar que Naia había respirado aliviada al saberse su acompañante—. No os alejéis más de unos cincuenta metros, y si la encontráis, avisadme. Entretenedla hasta que yo llegué. No tardaré más de dos segundos. ¿Entendido?
Ambos asintieron a la vez.
—En marcha. —Los observó alejarse, y solo cuando lo hubieron hecho unos cuantos metros, se volvió hacia la amazona. —Mantente a mi lado y hagamos esto juntos.
-X-
Una lata, arrastrada por el viento, rodó frente a sus pies. Camus frunció el ceño, e inmediatamente, su cosmos lo rodeó con delicadeza, mientras Acuario brillaba en mitad de la noche como el mismo sol. Entonces, los cuervos comenzaron a volar en desorden, graznando sin parar sobre sus cabezas.
No le resultó difícil ubicarla, porque tal y como habían mencionado, el hedor que rodeaba a la lamia era difícil de soportar. Arrugó suavemente la nariz, y observó de soslayo a sus tres subordinados. Estaban en guardia y atentos a cada movimiento.
Después, en medio del caos que reinaba en los cielos, un húmedo siseo se dejó escuchar. Camus llevó su mirada cristalina en aquella dirección, y finalmente, abandonando la oscuridad, un par de ojos blanquecinos se clavaron en los suyos.
Allí estaba, con un rostro que hubiera sido hermoso de no ser por la sangre que goteaba de su boca ennegrecida, con su melena negra y rizada cayendo por la espalda. Ninguna ropa la cubría, y las escamas purpúreas de su cuerpo, se entremezclaban con la piel pálida de su cintura.
Sin embargo, cuando el polvo de diamantes empezó a rodear su mano derecha, un llanto inesperado rasgó el silencio caótico de la noche. Afiló su mirada, descubriendo que la lamia que lo miraba fijamente, no estaba sola. Tras de si, otra más la acompañaba mientras jalaba del cabello rubio de un chiquillo.
Apretó los puños. No le gustaba aquello.
-X-
Milo y ella caminaban en silencio, con sus cosmos prendidos. Habían sentido inmediatamente el movimiento al sur del poblado, donde Camus y los otros debían haberse topado con una de las lamias, así que sus sentidos estaban aún más atentos que antes.
—¿Estás asustada, Caelum?
—Nerviosa, más bien.
—Estaremos bien. Hemos ganado a cosas peores.
—Tú lo has hecho…
Sin embargo, antes de que pudieran continuar con aquella improvisada conversación que pretendía aligerar el ambiente, sus pasos se detuvieron de golpe. El brillo escarlata de Antares, refulgió en el índice derecho de Milo, pero el santo no hizo mayor movimiento.
Frente a ellos, tal y como si de una aparición se tratase, una mujer de perfecta silueta, les contemplaba con unos ojos tan grises, que desde aquella distancia parecían blancos. Iba envuelta en una larga capa de terciopelo rojo, aunque sus movimientos delataban la desnudez que se escondía tras aquel manto carcomido por el tiempo. En aquel instante, sus manos empujaron la capucha hacia atrás, dejándoles ver la cascada de cabello pelirrojo que caía por sus hombros.
Contempló a Milo fijamente, tal y como si Naiara no estuviera, y se acercó unos pasos más hasta ellos. No dijo una sola palabra, solamente lo miraba, como si nada más en el mundo existiera.
Naia vio de la misteriosa mujer a Milo alternativamente, percatándose de que el escorpión la miraba con la misma intensidad que con la que era observado. Ella no entendía nada, pero aquella situación no la gustaba. Se puso en guardia, y alzó su cosmos.
—Tranquila—murmuró Milo. Naia alzó las cejas, aunque él no pudiera contemplarlas.
—Un santo de Athena. —La voz de la mujer surgió suave y melosa de sus labios, como si acariciase con su lengua cada sílaba pronunciada y saborease el propio sonido de su garganta, mientras se acercaba más y más. —Me consuela saber que la diosa recuerda la existencia de la pequeña Folégandros.
—¿Quién eres? —La pregunta surgió de los labios del peliazul con tanta tranquilidad, que Naia se sobresaltó a costa de la misma.
—Solamente una mujer desdichada—dijo, mientras continuaba caminando hacía él.
—Y osada. —Sus ojos viajaron por toda ella, grabándose cada detalle de la hermosa imagen que contemplaba. —La isla entera parece sumida en el miedo, y sin embargo aquí estás tú… —La pelirroja alzó la mano, como si quisiera acariciar el rostro del santo. Sin embargo, antes de que pudiera acercarse lo suficiente, el tono en la voz de Milo cambió. —Yo no soy un niño.
Dio un paso atrás, y alzó el brazo, mientras Antares les deslumbraba con su brillo rojizo y mortal. La mujer sonrió con gesto malicioso, y después rompió a carcajadas. Dio un tirón a la capa, y rápidamente se vio desprovista de ella, desnuda y aparentemente delicada. Sus ojos se iluminaron de una luz blanquecina y lágrimas de sangre brotaron de sus cuencas. Gritó, y el quejido femenino terminó siendo un chillido tan agudo como el que hubieran escuchado minutos atrás. Un remolino de polvo la rodeo, mientras su melena danzaba encabritada al ritmo del viento, que traía consigo un olor pestilente.
—Atrás, Naia—murmuró él. Naia asintió, e hizo tal y como se le ordenó, pero en ningún momento bajo la guardia o dejó de prestar atención a lo que sucedía frente a sus ojos.
La mujer se retorcía, tal y como si estuviera sumida en el más profundo de los dolores, y sus gritos eran tan estridentes, que sus tímpanos amenazaban con romperse. Sus piernas parecieron fusionarse, mientras las carne se desgarraba y caía en jirones a sus pies, para dejar paso a las duras y brillantes escamas que se abrían paso por la parte inferior de su cuerpo envueltas en una sustancia pegajosa y sanguinolenta.
—¡Ugh! —exclamó Milo con disgusto. —Arles siempre decía que toda belleza es efímera.
-X-
Las lamias se habían separado, pero si algo no había cambiado era el peligroso cerco que mantenían sobre el chiquillo. El pequeño estaba aterrado, lloraba y temblaba por igual, mientras a su alrededor, todo se sumía en el caos.
Las flechas de Tremy había convertido la noche en un espectáculo de estrellas fugaces, mientras Jamian intentaba mantener bajo control al monstruo con las plumas de sus cuervos. Nada parecía ser del todo eficaz, pues toda ella estaba embadurnada de una sustancia resbaladiza, y la efectivas plumas que lograban aferrarse a las armaduras de la Orden, resbalaban por sus escamas como jirones de papel hasta el suelo.
—¡Esto no funciona! —exclamó Jamian.
—¡No paréis! —La orden de Camus llegó a sus oídos tan clara como el agua, así que ambos santos no tuvieron más remedio que continuar con sus ataques, por muy infructíferos que fueran. El de Acuario, volteó a ver a Deltha, que permanecía unos pasos a su derecha. —Distráela unos segundos. —Deltha asintió, aún con la respiración agitada por el esfuerzo de aquella noche, y elevó su cosmos cuando se vio sola frente a la lamia.
Camus desapareció de su posición en apenas un pestañeo y, justo cuando el monstruo la miró a sus ojos de plata, escuchó la voz siempre pausada del santo.
—¡Polvo de diamantes! —Respiró casi aliviada al escucharlo, pero entonces reparó en la cercanía de su propia adversaria y elevó su cosmos. No tenía muchas opciones, y aquella piel de lagarto parecía capaz de disminuir el daño de cualquier ataque que recibiese, pero Camus había confiado en ella.
—¡Canción de los muertos! —gritó tanto, que su garganta dolió.
El trino de Apus inundó el aire, como si la misma danza de su cosmos cantase con sus movimientos. Apenas era audible al principio, opacado por el chillido de la lamia, pero a medida que su esfuerzo se intensificaba, el trino subía más y más de volumen. Se llevó el dedo a los labios y quemó su cosmos tanto como pudo. Tal y como sonó aquel día en que consiguió su armadura, tantos años atrás, el chirrido insoportable de la muerte invadió toda la plaza. La lamia se detuvo y sus manos corrieron a tapar sus oídos. Gritó, se retorció de dolor, hasta que al fin pareció incapaz de avanzar un metro más.
Deltha dio un salto atrás, interponiendo distancia entre ambas, y continuó quemando su cosmos tanto como pudo. Buscó a Camus, sin quitarle atención a la lamia, y lo encontró metros más allá. Mirándola, con una expresión satisfecha en el rostro. Ella respiró algo más aliviada. Aún no había recuperado toda su confianza en sus antiguas técnicas, menos aún en aquella… pero la creyó perfecta al no precisar de ningún contacto físico. Funcionó.
Tremy y Jamian aprovecharon el momento que el polvo de diamantes les había dado. El hielo se había hecho fuerte sobre las escamas del monstruo y los ataques ya no parecían resbalar. Intensificaron sus cosmos de manera conjunta, y las flechas y plumas volaron de nuevo con renovada fuerza. La lamia se revolvió, gritando encolerizada y quemando el cosmos oscuro que manaba de sus manos.
Sin embargo, cuando todo parecía ir bien… Deltha contempló como la lamia de la que ella se encargaba, dejó de sentir el dolor que la Canción de los Muertos había provocado. La miró fijamente por unos segundos, con aquellos ojos blancos rebosantes de muerte, y antes de que Deltha tuviera tiempo de reacción, el monstruo giró sobre si mismo y se abalanzó a una velocidad inesperada sobre el niño.
Deltha abrió los ojos de par en par, y sin tiempo para pensar, corrió todo lo que pudo en aquella dirección.
—¡Alas de luz y sombra! —su cosmos iluminó la plaza con una luz tan blanca que los demás santos entrecerraron los ojos y, aprovechando la confusión, Deltha saltó, interponiéndose entre el niño y la lamia. Lo abrazó con todas sus fuerzas, oyéndolo llorar de un modo desgarrador, y cuando alzó el rostro, supo que no tenía tiempo para un contraataque. El monstruo estaba demasiado cerca.— ¡Danza de plumas!
La pared de plumas plateadas les protegió a ambos, pero una de las garras de la lamia alcanzó su brazo. Deltha contuvo el grito de dolor lo mejor que pudo, pero nunca antes el frío insoportable la había emocionado tanto como en aquel preciso instante.
—¡Ejecución de la Aurora!
Todo se cubrió de hielo por un momento y el sonido de la batalla murió tras el manto blanco. Una cómoda y fría quietud se hizo con la plaza y las dos lamias que tantos problemas les habían causado brillaban en la noche convertidas en estatuas de hielo.
—¿Estáis bien? —La pregunta iba dirigida a los tres, pero sus pasos le condujeron a la amazona.
Escuchó la respuesta afirmativa de Tremy y Jamian algo más allá, y se agachó junto a Apus y el niño.
—Ya está. Se acabó. —Acarició el pelo rubio del chiquillo. El pequeño contuvo un sollozo, mientras una lágrima enorme rodaba por su mejilla. —Busquemos a la familia del niño.
Deltha asintió, soltando el aire que había retenido en los pulmones, infinitamente aliviada. Camus le tendió la mano, ayudándola a levantarse.
—Buen trabajo, Apus. ¿Tu brazo está bien? ¿Puedes aguantar hasta que terminemos con esto para curarlo?
—Si, tranquilo. —El niño no se movió. Continuó sollozando, aferrado a su cuello como si fuera imposible apartarlo de ahí.
—Bien.
—¡Kineas! —La voz de un hombre les sobresaltó.
Giraron todos hacía donde procedía la voz, para encontrarse con un anciano aterrado que corría en su dirección. El niño abrió los ojos de par en par, y solamente entonces pareció dispuesto a abandonar la protección de los brazos de Deltha.
-X-
—¡Cuidado!
Un par de las agujas escarlatas pasaron a su lado, silbando furiosas antes de alcanzar el desagradable cuerpo de la lamia. Naia salto a un lado en el estrecho callejón, justo cuando uno más de aquellos inmundos monstruos surgió de la nada. Milo había estado lo suficientemente rápido al avisarla, pero aún así, aquellas cosas estaban resultando más molestas de lo esperado, y su ubicación tampoco ayudaba.
Retrocedió, hasta quedar espalda con espalda con Milo, sin perder de vista a las dos lamias. Después, cuando la de menor tamaño se abalanzó sobre ella a una velocidad increíble para un ser carente de piernas, elevó su cosmos.
—¡Red de cristal! —gritó. Su cosmoenergia blanquecina fluyó de sus dedos en finísimos hilos de brillantes colores, envolviéndoles a los dos en apenas unos segundos. Las garras de la lamia asestaron un zarpazo a la red, y de modo casi inmediato, un alarido de dolor abandonó la garganta del engendro.
—Me sorprendes, Caelum.
—¿Estás bien? —preguntó con la respiración acelerada.
—¡Por supuesto que lo estoy! No es necesario que me cuides… Soy yo quien debe cuidarte a ti.
—Lo sé… —La morena sonrió. —Mi red no es tan buena como el Muro de Cristal de Mu, pero es útil. No tengo idea de cuanta energía tienen estas cosas… pero puedo drenar algo. Así que… —Ambas lamias asestaron un nuevo golpe a la vez, haciendo que la red se tambaleara. Naia frunció el ceño y sus músculos temblaron por el esfuerzo. —¡Piensa algo, Milo!
—¡Oye! Viggo no se molestó en enseñarme anatomía de monstruos mitológicos. ¡No es culpa mía! Es un tanto difícil encontrar sus puntos vitales. No veo rastro de sus bonitas piernas ahí. —Se sopló el flequillo. —Escucha. Aguanta tres segundos más. Entonces, retira la red y salta lejos de ellas. Yo me encargo del resto.
—Estarás atrapado en medio.
—Hazme caso.
—De acuerdo. —Se concentró lo mejor que pudo, y obedeció.
La red cayó en el preciso instante en que las lamias arremetieron de nuevo. Saltó, haciendo tal y como Milo había ordenado, pero sin comprender que intentaba. Los dos monstruos iban directos hacia él. Sin embargo, Naia no tuvo tiempo de mirar atrás, apenas se había alejado una decena de metros y alcanzado el tejado de una de las viviendas, cuando el cosmos de Milo explotó iluminando la noche en aquel callejón de la isla.
Oyó los chillidos, como si ambas lamias se quemaran vivas, y en medio del caos, escuchó la suave risa del peliazul. Las había golpeado y aunque no las había matado, estaban lo suficientemente aturdidas como para terminar con ellas de un modo más sencillo.
—¡Mazas de acero infernal!
Dante surgió de la nada, y sus armas golpearon a la menor de las lamias. Moses la atrapó en el aire, y antes de que el monstruo pudiera reaccionar, agarró sus brazos, sin importarle que aquellas garras negruzcas y putrefactas se hundieran en ellos. Naia aprovechó la confusión, y sabiendo lo que continuaría, corrió hasta sus compañeros a toda velocidad, mientras escuchaba como las agujas de Milo iban haciendo blanco una a una.
—¡Bombardeo de la ballena!
—¡Tormenta de polvo estelar!
Después de aquel despliegue de cosmos, la lamia cayó inerte al suelo. Finalmente, habían logrado matarla, y Naia, que vio de soslayo a sus dos compañeros, sonrió orgullosa. Nunca hubiera pensado que hacían buen equipo.
—¡Bien hecho! —exclamó el rubio.
—Vayamos con Milo—replicó ella, mientras asentía.
—¿Para qué? —preguntó Dante, despreocupado.
Naia quiso responder, pero antes de poder hacerlo, escuchó nuevamente la risilla burlona del Escorpión. Volteó a verle, y aunque se movía demasiado rápido como para que sus ojos contemplaran todo al detalle, podía intuir lo que hacía. La amazona negó lentamente con el rostro, y se apartó un mechón de su flequillo humedecido de la máscara.
Solo alguien como Milo podía encontrar diversión en una situación como aquella.
-X-
Lanzó otra nueva tanda de agujas, pero esta vez mucho más cerca de ella. Milo la observó, con aquel hermosisísimo rostro desencajado por la sed de sangre, y aquel rastro viscoso que sus movimientos dejaban por todos lados. Tuvo cuidado de no resbalar, como ya le había sucedido unos segundos antes, y se tomó su tiempo para pensar.
La lamia tenía un cosmos potente, negro y ardiente. Su cercanía dejaba sentir el calor abrasador que emanaba de ella y, aunque no parecía poseer ataques cósmicos como ellos, no dejaba de ser peligrosa. Contaba con una velocidad espectacular, y unas garras y dientes tan afilados como cuchillas. Se movía como si la espolease un hambre voraz, y cada vez que sentía su aliento pestilente cerca de él, se preguntaba si le resultaría tan apetitoso como los niños a los que habían asesinado.
Frunció el ceño con disgusto y esquivó un nuevo envite. Sus pies chapotearon en un charco de agua y sangre, y solamente entonces reparó en la escabechina que estaba organizando. La había asestado tantas agujas, que había perdido la cuenta, pero al parecer, las que habían hecho blanco en la cola de serpiente, no producían el mismo efecto que cuando herían su cuerpo humano. Apenas quedaba un pedazo de su piel que no estuviera teñido de rojo, y aquello, sumado a sus inquietantes ojos casi blancos, le daba un aspecto más sobrehumano de lo que había esperado.
Por el rabillo del ojo, comprobó que los chicos estuvieran bien, y orgulloso constató que así era. Se sopló el flequillo y se arrancó la capa llena de sangre y de aquella sustancia viscosa y desagradable. La hizo a un lado, y se apartó un mechón de su flequillo. Era hora de terminar con aquello. La lamia lo miró a los ojos, y dejó escapar un grito furioso antes de abalanzarse una vez más sobre él. Milo corrió en su dirección de igual manera.
—¡Antares!
Entonces, el alarido de dolor rasgo el cielo. La lamia pelirroja se retorció en su lugar mientras su cosmos negruzco se descontrolaba. Milo contempló su obra. Podía ser un monstruo, podía ser distinto a un humano normal, pero el corazón seguía estando en el mismo lugar. No sobreviviría.
Pronto, la lamia dejó de luchar, y su cuerpo se derrumbó. Las escamas comenzaron a caer, igual que si se tratara de la muda de una serpiente, y cuando Milo se acercó unos pasos más, no había frente a él más que una hermosa mujer desnuda, muerta y bañada en sangre. Por un instante, sus ojos se cruzaron de nuevo, y al fin… la mirada blanca se apagó, retomando su color gris y trayendo consigo la quietud de la noche.
En aquel momento, comenzó a llover.
-X-
—¿Todo bien aquí? —Milo asintió cuando escuchó la pregunta de Camus.
—Dos muertas.
—Allí también.
—No hay ningún otro rastro en la isla, así que supongo que esto es todo.
—Si… deberíamos deshacernos de ellas—sugirió el francés, mientras contemplaba los dos cadáveres desnudos bañados por la lluvia que se llevaba consigo el mar de sangre. —Las nuestras se hicieron añicos cuando rompí el ataúd de hielo.
—De acuerdo, me encargó. Buscaré un lugar a apartado de la lluvia y haré una pira.
—Te ayudo. Mis chicos están a resguardo. Apus logró salvar a un niño. —El rostro de Milo, tan sombrío como la noche después de que la emoción del combate pasara, se iluminó levemente. —Se llama Kineas, sus abuelos nos ofrecieron alojamiento para esta noche. Creo que deberíamos aceptarlo. Deltha y Moses están heridos.
—Es una buena idea. —Contempló a los dos cadáveres una vez más, ciertamente apesadumbrado. Se veían tan jóvenes como él, y no entendía cómo habían podido terminar convertidas en monstruos como esos. —Ya habéis escuchado. Tomad algo caliente. —Volteó hacia Naia, Dante y Moses. —Lo habéis hecho bien, ahora toca descansar. Camus y yo iremos en un rato.
Los chicos asintieron, y se alejaron por el camino que el francés indicó. La lluvia arreciaba, y la noche recrudecía bajo la atenta mirada de los santos dorados.
—¿Camus?
—¿Si?
—Tengo un mal presentimiento acerca de esto.
—Lo sé. Yo también. No son más que chicas normales. Incluso sus ojos han retomado un color humano a pesar de estar muertas.
—Ya no estamos en la era mitológica, Camus, los monstruos ya no nacen de riñas pasionales. Si ellas han llegado hasta aquí…
—Es porque alguien con el poder suficiente para hacerlo las ha convertido y condenado.
—Pero… ¿quién?
-Continuará…-
NdA:
Milo: Le gusté a la difunta lamia, Camus. ¡Quería pervertirme!
Naia: Yo creo que realmente te confundió con un niño…
Milo: ¡Ni hablar, Caelum!
Camus: …
Saga: Maravillosa excursión la vuestra, pero… Milo, no sabrás de casualidad como conseguir antihistamínicos de contrabando, ¿verdad?
Milo. ¿Te sirve la lamia frita?
Saga: …
Shura: En calidad de asistente del jefe de las amazonas…
Saga: ¡¿Quién me nombró jefe?!
Shura: Lo decidimos mientras estornudabas… n_n cof… como decía, en mi calidad de asistente explicare que la exedra es el porche del alojamiento utilizado por las mujeres, y en otros casos es el porche sobre el patio centra de una vivienda.
Saga. Pues en calidad de jefe de las amazonas, te nombro encargado de la cabañita y del archivo.
Shura: ¡Oye!
Milo: Prefiero mi trabajo con violentas mujeres semidesnudas come niños…
Camus: Salvo la parte de comerse niños, describiste a la perfección a las amazonas.
Milo: Ellas se comen respetables santos dorados con armadura y todo.
Shura, Saga: … …
Grullita: Bueno, creo que me llevaré a mis nuevos jefes antes de que los espantéis...
Masky. Voy a vomitar… X_x
Kanon: Todos a mi OD, ¡ahora!
Todos: O_o ¡Hasta el próximo capítulo!
Kanon. Adiós ¬¬'
