Nota: Para las mentes sensibles, y para los menores de edad… este capítulo cuenta un pequeño lemon. ¡Tapaos los ojos! ¡Advertidos estáis!
Capítulo 18: Verdades que duelen
—¿Crees realmente que Apus vaya a la Fuente a que Eudora revise su herida? —Camus alzó una ceja cuando Milo, que había guardado un mortecino silencio desde que terminaran en la isla, habló. —Yo diría que irá volando a Sagitario.
—¿También ves telenovelas, Milo? —El peliazul rodó los ojos, y siguió caminando.
—Es solo que se la veía ansiosa cuando llegamos, y desapareció rápidamente. —Encendió su cosmos con sutileza, y una sonrisa pícara iluminó al fin su rostro, cuando encontró el cosmos de la amazona en Sagitario. —Debería haber apostado…
—Lo que haga, es decisión suya. Mañana tendrá que entrenar, así solo espero que este en buenas condiciones.
—Eres un jefe horrible, Camus.
—Al menos no me paso la vida pervirtiendo a una subordinada que se acuesta con uno de tus "hermanos favoritos", ni tampoco le puse de mote "culo bonito".
—Naia es divertida. —Amplió su sonrisa. —No se molesta. Es más, sabe bromear y seguirme el juego. Si alguna vez la molesto, me lo dirá. Le tengo cariño, ¿sabes? Es la primera amazona a la que besé.
—¿Sigues llevando un listado?
—Por supuesto.
—Lo imaginaba. —El francés se sopló el flequillo, y cuando vislumbró a los guardias que custodiaban las puertas del salón del trono, acalló al escorpión. —Entremos, y zanjemos este asunto. Estoy cansado.
Milo asintió, sin decir nada más, y siguió sus pasos cuando los guardias retiraron las picas abriéndoles paso. Dentro, Shion y Arles conversaban acerca de algo que él no atinó a escuchar, al calor de la chimenea tras el trono. Hacía un frío del demonio, y la luz de las lámparas parecía ser engullida por la insondable oscuridad que se adentraba por las ventanas.
—¿Cómo ha ido? —preguntó Shion al verles.
—Solucionado—respondió Milo. El maestro asintió complacido.
—Tal y como esperábamos, encontramos más de una Lamia en Folégrandos. —Milo dejó que Camus resumiera la misión. Estaba demasiado cansado, y tenía frío. Solo quería terminar con aquello rápido y cenar algo caliente. Confiaba en la capacidad de síntesis de su amigo. —Dividimos los grupos, y cada uno se encargó de dos de ellas. Encontramos cuatro en total. Fueron un tanto problemáticas, pero nada que no pudiésemos resolver. —Milo se revolvió incómodo. Aún le disgustaba el recuerdo de aquellos monstruos recuperando su frágil y hermosa forma humana. Camus pareció notar cual era el motivo de su inquietud. —Sin embargo, ocurrió algo que no esperábamos. Milo enfrentó a una Lamia que inicialmente tenía forma humana, y después se transformó. No fue la única, porque al morir, las demás recuperaron su cuerpo humano. Todas chicas, guapas y jóvenes.
—La transformación no parecía resultar muy placentera. —Milo se revolvió el pelo con disgusto.
—Entiendo. —Shion asintió, con semblante pensativo.
—Por lo demás, los equipos funcionaron muy bien. —Los lunares de Shion se alzaron, y la expresión cansada del escorpión, cambió. Que Camus calificara de "muy bien" a algo, significaba que realmente estaba contento con el resultado. —Mejor de lo esperado. Fue un buen trabajo en equipo, y las amazonas… —Se encogió de hombros suavemente. —Lo hicieron francamente bien. Estoy contento con Apus. Salvo un par de rasguños, todos están bien.
—Me alegra escucharte decir eso. No miento al decir que sentía cierto recelo al respecto. Pero si todo ha salido bien, no hay más de que preocuparse. Enviaré a Kanon y Ángelo a primera hora de la mañana a Reina de la Muerte. Id al comedor, os prepararan algo de cenar.
—¿Maestro? —Shion volteó a ver al benjamín. —¿Quién esta haciendo esto? —La expresión del lemuriano se agravó antes de responder.
—Aún no lo sé.
-X-
—¿Hola?
Al escuchar la voz femenina retumbando el silencio desesperante de su templo, Aioros se puso de pie en un brinco. No necesitó más que un par de segundos para dejar a un lado el libro que hasta entonces le había mantenido entretenido, y abandonó la habitación, caminando con grandes zancadas hacia el salón, en busca de su invitada. Tan pronto encontró su rostro, una sonrisa iluminó el suyo.
—Volviste. Te echaba de menos.
—Vine tan pronto como pude escaparme de Camus y de Milo. Anda, salúdame. —Deltha atravesó el pasillo y se le abalanzó encima. Cuando la atrapó al aire, casi por instinto, ella se aferró a él y le plantó un profundo beso en los labios.
—Me extrañaste también, ¿eh? —Sonrió cuando los labios de la amazona le dieron un poco de espacio y ella se bajó de sus brazos.
—Sabes que si.
—¿Todo salió bien?
—Escalofriante, pero en orden. Aunque no estoy segura de que las cosas hayan resultado tan bien como pensamos —calló un segundo, para ordenar sus ideas—. Milo y Camus han venido demasiado silenciosos por todo el camino. Algo definitivamente atrapó su atención y me da la impresión de que no es nada bueno. —Mientras la escuchaba, el ceño del castaño se arrugó.
—Supongo que consulten a Shion al respecto. Habrá que esperar para ver lo que tiene que decir.
—Eso creo.
—¡Estás herida! —De pronto, la mirada pensativa del arquero cambió a una de completa sorpresa al reparar en el vendaje de su brazo. —¿Qué te sucedió? ¿Estás bien?
—Una de las Lamias intentó atacar a un pequeño y yo quedé en medio. Es solo un rasguño… nada que no se curé con unos pocos mimos.
—Tendré que darle todos los mimos que mi pequeña heroína quiera. ¿El niño salió bien?
—¡Por supuesto que si, arquero! ¿Con quién crees que estás tratando? —Le guiñó el ojo con travesura. —El niño está bien, las Lamias están muertas y nosotros de regreso. Quizás mañana vaya a que Eudora revise la herida. Se supone que iría hoy, pero preferí venir a verte.
—No es que me queje de tu decisión, pero deja que Eudora le dé un vistazo, ¿vale?
—Como digas.
Y antes de que Aioros pudiera decir cualquier otra palabra, Deltha tiró de él y dejó que su boca hiciera estragos con la suya. Por un momento se quedaron ahí, a mitad del largo y solitario pasillo, entrelazados en suspiros y besos cada vez más atrevidos. Instintivamente, el santo fue empujándola contra la pared, hasta acorralarla entre el mármol frío y la tibieza de su propio cuerpo.
—Del… —susurró su nombre, con la respiración entrecortada.
Ella no puso resistencia. Lo dejó atraparla, sin dejar ir sus labios. Sus manos se aferraron al rostro del castaño, presionándolo contra el suyo, ansiosa de su boca y del sabor de su lengua. Después, descendieron sobre su pecho. A través de la delgada tela de su camisa, la amazona recorrió cada músculo de aquel torso maravilloso. Incapaz de contenerse por más tiempo, a sabiendas de lo que acababa de empezar, Deltha le despojó de ella.
El segundo en que sus labios tuvieron que separarse bastó para que él encontrara su cuello y se posesionara de él. Entre besos y mordiscos suaves, la amazona se revolvió de placer en sus brazos. Sintió el tibio toque de los dedos de Aioros sobre su espalda, buscando torpemente el lazo de su blusa y, cuando lo encontró y lo deshizo, el trozo de tela cayó al piso de inmediato.
Los ojos del santo se centraron en la visión de su cuerpo semidesnudo. Sus brazos, su cintura y su rostro, besados por el Sol del Mediterráneo, mostraban un ligero bronceado; el resto de su piel tenía un color níveo como el mármol. Tentativamente, estiró la mano para tocarla. Acarició su cintura, recorrió su torso. Sintió la piel enchinarse bajo sus dedos y buscó los ojos de la amazona, que lo miraban con la misma intensidad. Lucía preciosa, con aquellos ojos color avellana bien abiertos y las mejillas sonrojadas. Quedó atrapado en ella, en su mirada, en sus labios que le tentaban a probarlos de nuevo. Su mano, mientras tanto, se atrevió a subir un poco más, apenas por debajo de su pecho. Las mejillas le ardieron ante la caricia comprometida, probablemente tanto como las de ella. Entonces, volvió a dudar.
Pero Deltha atrapó su mano y la llevó sobre su piel. Lo invitó a tocarla, a recorrerla, hasta que todo rastro de timidez hubiera desaparecido. Mientras, sus labios volvieron a fundirse y sus lenguas danzaron al unísono. Pronto, las caricias se convirtieron en instintos, mientras el deseo mutuo ocupaba el lugar de la cordura en sus mentes.
—No aquí—Deltha susurró. Sin soltar su labios, a tropezones y entre suspiros ahogados, lo llevó hasta la cama. La poca ropa que aún cubría sus cuerpos se desvaneció en el camino.
Cuando llegaron, la amazona lo empujó juguetonamente sobre la cama, robándole una carcajada que ella misma compartió poco después. Reptó, frotando su piel contra la suya con travesura, hasta quedar encima de él, a horcajadas. Por un instante se mantuvo quieta, solo mirándolo y disfrutando de sus ojos color de cielo, de esa mirada tan bonita con la que había soñado toda su vida. Lo encontró tan nervioso como extasiado, mareado por el alud de emociones que había tomado control sobre ellos.
—Ven, cielo. Tranquilo—le musitó.
Lo ayudo a sentarse, con ella aun encima y por un rato, solo se besaron y se acariciaron. Entonces, ella lo guió a su interior.
Un suave ronroneo escapó de la garganta de Aioros cuando entró en ella. Cerró los ojos y disfrutó del calor que le envolvía poco a poco. Sintió el frágil cuerpo de la amazona tensándose en sus brazos, mientras la melodía de un gemido encantador llegó a sus oídos. Una ola de placer lo inundó, enloqueciendo a sus sentidos.
Abrió los ojos lentamente para encontrar el rostro de Deltha frente al suyo. Sus mejillas estaban coloreadas de un rojo intenso y su boca lucía una tímida sonrisa. Posó su frente sobre la de ella, mientras el primer movimiento, lento y rítmico, le robó un suspiro.
Sus labios se acariciaron de nuevo, sus lenguas se enroscaron. Perdieron el sentido del tiempo en medio de aquel baile ardiente de sus cuerpos. La pasión exaltó sus deseos. El ambiente se impregnó de voces, de gemidos, de jadeos. Sus movimientos se tornaron frenéticos, salvajes, ansiosos; hasta que el ímpetu se desbordó en ambos y el clímax llegó como un espasmo que arrasó con todas sus fuerzas.
La amazona se aferró a él con desesperación. Gritó, pero no escuchó el sonido de su propia voz. Sintió el calor del clímax masculino dentro de sí y se derrumbó, junto con él, sobre la cama.
Sus respiraciones estaban desbocadas, mientras sus corazones parecían dispuestos a estallar dentro de sus pechos, golpeando uno contra el otro. Bañados en sudor, yacieron enredados en un abrazo, hasta que sus cuerpos retornaron lentamente a la normalidad.
Deltha sintió los dedos de Aioros jugueteando con su melena corta, y sonrió. No se movió, sino que permaneció sobre él, escuchando el ritmo tranquilo de su corazón y embelesándose con el aroma de su cuerpo.
—Te quiero, pequeña. —Lo escuchó decir, con voz adormilada.
El corazón le dio un brinco dentro del pecho. Nunca, desde que lo había perdido, se había imaginado escalando la colina del placer de un modo como aquel. Habían habido otros hombres en su vida, pero nunca como Aioros. Lo que tenían era simplemente especial. Probablemente era una locura, pero no le importaba nada más en ese momento, solo él. El pasado y el futuro se habían desdibujado. En el presente le tenía y era feliz. Eso bastaba.
Se incorporó lentamente y besó su pecho. Después, depositó otro beso en su hombro y uno más en su cuello y en el borde de su barbilla. Por último, atrapó sus labios.
—Y yo te quiero a ti.
-X-
Para sorpresa de Milo, todo rastro de cansancio en el rostro de Camus, desapareció cuando Alessandra entró al comedor cargando la bandeja. Habían pasado días bromeando acerca del asunto, pero la verdad era, que la "doncellita tímida" hacía honor a su apodo. Era una chica linda, algo más jovencita que ellos, y sus mejillas se sonrojaban rápidamente.
Así que él se limitó a observar en silencio, el ir y venir de miradas que Camus parecía no dispuesto a ocultar. Conocía bien a su amigo, desde luego. Pero una cosa estaba clara, aunque sabía que tenía éxito con las mujeres, era excesivamente discreto para su gusto. Sonrió al llevarse la copa de vino a los labios. Camus estaba siendo de todo menos discreto aquella noche, y desde donde estaba, pudo notar el respingo de la chica cuando el francés acarició su mano por accidente.
Saga había sabido como provocarles. El geminiano tenía aquel peculiar encanto personal que encandilaba, de muy diferentes formas, a toda mujer que cruzara miradas con él. No sabía que era, pero no se refería únicamente a la faceta suya de la que tanto les gustaba chismosear. De hecho, el único santo al que Alessandra había logrado hablar sin titubeos, era a él. Le había cogido cierta confianza. ¡Y el muy maldito lo estaba aprovechando para avivar los celos de Shura y Camus! ¡Shura y Camus! ¡Nada más y nada menos!
Tuvo que esforzarse por no reír ante sus propios pensamientos. El plan era brillante. Camus lo miró de soslayo en aquel momento, como si no hubiera sido capaz de disimular su diversión tan bien como había pensado, y Milo tosió disimuladamente.
—¿Sabes? Creo que voy a irme a dormir—dijo, con una deslumbrante sonrisa en el rostro—. Veo que estás… entretenido aquí. —Echó un fugaz vistazo a Alessandra e, inmediatamente, la pobre chica se sonrojó. Por muy divertido que fuera observar a Camus en situaciones como aquella, sabía cuando sobraba de la escena. —Iré preparando mi discurso de pésame para Shura. —Dejó la copa en la mesa y se puso en pie.
—Milo, deja a Shura…—Pero no le dejó terminar.
—¡Qué paséis una buena noche!
-X-
Cuando Deltha abrió los ojos, aún estaba oscuro.
Somnolienta, suspiró, mientras sus ojos reconocían la habitación en la que había despertado y su mente traía recuerdos de aquella noche de pasiones desbordadas.
Permaneció inmóvil, embriagada por el calor del cuerpo de Aioros contra el suyo, de sus brazos protegiéndola en un abrazo celoso y de su suave respiración que le acariciaba la nuca. Se acurrucó un poco más contra él. El roce de sus pieles desnudas avivó sus sentidos. Le tenía grabado en cada rincón de su cuerpo. Sus labios, sus manos, su piel ardiente y húmeda frotándose contra la suya en un desesperado acto de entrega mutua.
No tenía deseos de abandonar la cama, ni de huir como una ladrona a mitad de la madrugada. Quería quedarse ahí, perdida entre sus sábanas y fundida con su cuerpo. Ahora que le había probado, no estaba segura de poder resistirse a estar sin él por mucho tiempo. Deseaba su cuerpo, su cariño y su pasión.
Desafortunadamente, ahora que su razón había hecho acto de presencia, la amenaza de Shion pesaba sobre su cabeza. Por mucho que su corazón le pidiera quedarse, su mente no tenía intenciones de ganarse el recelo del Patriarca. Tomaría el poquito espacio que les diera y se conformaría con ello. Prefería eso, que perder por completo todo por lo que había regresado.
Giró lentamente, hasta quedar de frente al santo. Entre sueños aún, él se acomodó contra ella. La paz en su rostro y en la armonía en su respiración, la hipnotizaron. Era bello… era simplemente perfecto.
—Aioros… —llamó su nombre con suavidad. Acarició su mejilla y lo besó en los labios con ternura. —Cielo, debo irme.
El santo se revolvió entre las mantas. Se estiró ligeramente y, al recomponerse, sin abrir los ojos, buscó su cuerpo y lo resguardó entre sus brazos. Era suya; no tenía intenciones de dejarla ir.
—Quédate—musitó, sin despertar del todo.
—Me encantaría—susurró también, como si la quietud de la noche fuera capaz de expandir su voz hasta el punto más lejano de las doce casas—. Pero los rumores ahí afuera están a la orden del día.
—Solo por hoy. Quédate.
—Aio… —Deltha escapó de la comodidad de sus brazos y se incorporó con lentitud, sintiendo como su piel se hacía presa del frío de la madrugada. Cubrió su desnudez con las sábanas y, antes de marcharse, dio un beso en la mejilla al arquero. —Duerme un poco más.
Pero sus pies apenas tocado el piso cuando sintió el tirón que la obligó a regresar a la cama. Torpemente, Aioros la arrastró hasta el hueco aún tibio que su cuerpo ocupase unos segundos antes, y la atrapó de nuevo, con una facilidad que la amazona encontró pasmosa. Superada en fuerza y sin excesivos ánimos de poner resistencia, Deltha rió.
—¡Aioros, tengo que marcharme!
—No. Hoy no—masculló él, con la voz ronca y adormilada. La apretó contra si y hundió el rostro en el hueco de su cuello para besuquearla con travesura. —Hoy eres mía y vas a quedarte aquí.
—¡Detente! ¡Me haces cosquillas!
Su risa resonó en el silencio cómplice de la noche, mientras su cuerpo se revolvió en los brazos del arquero. Solamente se detuvo cuando las caricias juguetonas de Aioros cesaron y, de pronto, lo vio posicionarse sobre ella. Su mirada intensa chocó con la suya y se quedó ahí, contemplándola, lo que pareció una eternidad. Los rizos desordenados le caían sobre el rostro, dotándole de un aire de inocencia que su cuerpo ya no compartía. La amazona le regaló una sonrisa cómplice, mientras lo acogía entre sus piernas y sus labios reclamaban los suyos.
Todo indicaba que la mañana la pillaría aún en Sagitario.
-X-
Aioros siempre había sido excepcionalmente bueno solucionando reyertas entre niños pequeños, enojados y dispuestos a romperse la cara mutuamente. Aioria lo sabía de primera mano, pues él mismo había sido uno de esos chiquillos muchos años atrás, cuando el bichejo se esmeraba en sacarle de quicio y ambos terminaban tirándose de las melenas y rodando por el piso.
Ahora, mientras observaba a su hermano a la distancia, atrapando al aire a un crío y pillando de la camisa al otro, no le quedaba duda de que sus habilidades no habían mermado ni siquiera un poco. Sonrió, incapaz de hacer cualquier otra cosa, y decidió que no intervendría hasta ver el final de aquella pequeña aventura. Con un poco de suerte, el plan de Shion funcionaría y aquella misión terminaría por regresar al Aioros de antes, al que era pura confianza y alegría. Valía la pena intentarlo y, por eso mismo, guardó silencio y se sentó a mirar.
El montón de niños que tenía a su alrededor parecieron acordar con él y se limitaron a contemplar la escena entre murmullos y miradas recelosas. Después de todo, no todos los días una leyenda de cuentos se tomaba el tiempo de separar una pelea de aprendices.
El par de chiquillos involucrados chilló y maldijo. Patalearon, deseosos de librarse del agarre del santo de Sagitario y de continuar con su pelea. Sin embargo, la fuerza del castaño les superaba por mucho, imposibilitándoles escapar de él.
—¿Qué se supone que estáis haciendo? —Les dijo él—. Sois aprendices. Compañeros. Y esto, es un entrenamiento, no una oportunidad de cobrarse deudas pendientes.
—¡Es culpa de Malco! —Chilló el más pequeño de los dos: un chiquillo moreno de ojos oscuros, corto de estatura para su edad, pero no por eso menos bravo.
—¡Mientes! —El aludido exclamó. Tenía una ralladura en la cara que dolía mucho menos que su orgullo. Después de todo, Aetes era considerado un enano entre sus iguales, y perder contra él era poco menos que una desgracia. —¡Fue él quien me llamó imbécil! ¡Y lanzó un golpe a traición! ¡Mira! —Mostró su mejilla herida al santo.
—¡Eso fue por llamarme piojo! ¡Eres un patán!
—¡No es mi culpa que seas un enano!
—¡Voy a…!
—Silencio. —La voz de Aioros sonó tranquila, pero autoritaria. Sorprendentemente, funcionó. —¿Os estáis escuchando? Sois aprendices de santos, algún día seréis compañeros de Orden y espero que os tratéis de mejor modo que este. —Debía admitir que, viendo lo que era el presente de la Orden, sus palabras se sentían ligeramente hipócritas. Sin embargo, el objetivo era conseguir un futuro mejor, que superara al presente. Esos niños eran aquel futuro. Quedaría de ellos vivir de un modo diferente o repetir los mismos errores de las generaciones actuales. En lo que respectaba a si misma, al menos haría el intento de aportar un grano de arena a la causa. —Puede que hayáis sido bendecidos con tiempo de paz, pero eso no significará que no existan razones que pongan peligro vuestras vidas. Dependeréis los unos de los otros. Aprenderéis a apreciar la sangre ajena, porque derramareis la vuestra por ella. Vuestra vida será preciosa, no por el modo en que la viváis, sino por quien lo hagáis. Habrá vidas que dependan de la vuestra. ¿Cómo les haréis justicia si no reconocéis siquiera el valor que existe en un hermano de Orden? Aprended a respetaros desde ahora. Sangrareis juntos, sangrareis por el otro. Eso os hace hermanos.
Los aprendices dejaron de patalear por un momento. Escuchando las palabras del santo, abandonaron todo intento de rebelarse. Se miraron mutuamente, con reto, duda y recelo. Ni una sola palabra más surgió de sus labios. Fue un instante de triunfo para el arquero: verlos reflexivos y tranquilos, meditando en lo que les había dicho, bastó para sacarle una sonrisa diminuta. Con cuidado, los dejó ir, pensando que todo terminaba ahí y que su cometido había sido conseguido con éxito.
Pero las glorias como aquella no duraban mucho, y Aioros lo comprobó unos segundos más tarde, cuando después de que Aetes le sacase la lengua, Malco se la abalanzó encima. Los demás chiquillos se levantaron en gritos de apoyo por uno, o por el otro. La algarabía hizo acto de presencia con toda su fuerza.
Aioros se llevó las manos al rostro, inseguro sobre si debía llorar o echarse a reír. Al final, se quedó con lo último y ocultó una sonrisa atropellada. Sus palabras quizás se habían ido al trasto, pero la situación resultaba cuanto menos divertida. Lo cierto era que, si no se sintiera de mejor humor esa mañana, esa situación probablemente hubiera sido algo parecido al apocalipsis.
—¡No habéis escuchado nada! —Se acercó y volvió a separarlos. Cuando lo consiguió, los miró con tanta severidad como pudo. Seguramente no sería suficiente. —¡Venga! ¡Iros a entrenar! Malco, tu por ahí, y Aetes, no te quiero cerca de él. —Les mandó en direcciones opuestas, pero siempre dentro de su rango de supervisión.
Mientras tanto, con pasos lentos, el león fue a su encuentro. Levantó las cejas, observando el revuelo con curiosidad y después se llevó los dedos a los labios sin quitarle la vista a su hermano. Su frente se arrugó, mientras sus ojos verdes despedían sospecha. Su hermano estaba muy raro… menos oscuro de lo que había estado en días anteriores; esas eran grandes noticias.
El arquero tuvo que sentir la mirada incesante sobre él, porque de inmediato volteó a verle. El azul de sus ojos chocó con el verde de los de Aioria. No fue necesario que preguntara, porque el castaño podía leer las dudas en su cabeza.
—¿Qué?
—Eso debería preguntarte yo—respondió el león. —Te ves…—No diría optimista, porque sería caer en exageraciones, pero había un atisbo de ello en el rostro del Sagitario. —Te ves de mejores ánimos.
—¿Te parece?
—Si. —La respuesta fue rotunda y sin lugar a dudas. Quedaba en claro que sus habilidades para disimular eran pocas, sino inexistentes. —¿Vas a contarme o tendré que insistir un poco más?
—No, no es… nada.
—Ah… vale.
Aunque sus labios decían lo contrario, la mirada felina de Aioria dejaba en claro que no iba a rendirse. Aioros no había pasado de la más profunda depresión a sonreír —aunque fuera con mesura—, por nada. Sus motivos debía de tener, pero en lo que al santo de Leo respectaba, eran misterios que con gusto resolvería. Dejó la insistencia por un instante, pero no mucho después, su mente reaccionó y ató cabos.
Milo y Camus habían regresado la noche anterior. Había sentidos sus cosmos durante el día anterior y les había visto también durante el desayuno, al que el arquero había llegado sospechosamente tarde. Obviamente, si ellos estaban de regreso en el Santuario, entonces…
—¿Esto es por qué… Apus volvió?
—¿Mmm? —Aioros fingió demencia.
—¿En serio? ¿Es por eso?
Aioria comprendía perfectamente los lazos emocionales de su hermano hacia la amazona. Entendía a detalle la dependencia sentimental que había desarrollado hacia ella, especialmente después de la resurrección. Pero lo cierto era que no terminaba de gustarle.
Para él, Deltha no era de confiar y, probablemente, nunca lo sería. Ya había tenido el descaro de marcharse una vez, sin reparos, ni arrepentimientos. ¿Qué les hacía pensar que no volvería hacerlo a la más mínima provocación? Además, había vuelto como una perfecta desconocida. No tenían idea de quién era, de qué había vivido y de cuando había cambiado. Desconocían en quién se había convertido. Los había engañado con aquella faceta de dulzura en el pasado y Aioria temía que la historia se repitiera, y que causara más daño del que una vez ya había hecho. Después de todo, lo sagrado que Aioros veía en ella, era el hecho de que se había convertido en lo único constante entre su vida pasada y la actual… a pesar de que no era tal cosa.
—Sé que no te agrada. —Su hermano le miró de soslayo, leyendo su mente una vez más. —Pero ella es importante para mi.
—Lo sé—aceptó.
—¿Lo sabes, o lo entiendes?
—Ambas cosas—respondió. No deseaba discutir algo en que lo que nunca llegarían a un consenso. A pesar de todo, admitía que le alegraba ver cierta mejoría en Aioros. Independientemente de lo que la causara, una sonrisa en los labios del arquero siempre era bien recibida. —¿Todo en orden con ella? —La diminuta y traviesa sonrisa del arquero lo hizo levantar las cejas. Por un momento le resultó desconcertante, pero poco después, su mente llenó los espacios vacíos. —Oh… vosotros… —Sonrió con complicidad.
Aioros no iba a decir nada más, así que obviamente él tampoco lo haría. No hacían falta explicaciones para eso que había pasado. Su mente había sido rápida para captar el significado detrás de la graciosa expresión y, a pesar de todo, le daba gusto por su hermano. Apenas un par de segundos después, una carcajada explotó con esa mezcla única de complicidad que poco a poco volvía a crecer entre ellos.
Revolvió su pelo, robando una sonrisa más al arquero, y no dijo más. No hacía falta decir nada más. Lo que sentía estaba implícito.
-X-
Se asomó a la cabaña con recelo, solamente cuando Shura le aseguró que el interior no entrañaba un peligro mortal para su salud. Afortunadamente, Shion había enviado a alguien a limpiar, y durante la mañana, la mayor parte de la suciedad y el abandono del viejo cuartel, había sido eliminado.
—Se ve un poco más habitable, al menos—murmuró el moreno. Saga se sopló el flequillo, pero guardó silencio mientras observaba detenidamente la estancia. —Con un poquito de suerte, el tejado ya no se nos vendrá encima.
Señaló al techo recién apuntalado, y Saga hubiera jurado que el español suspiró aliviado.
—Supongo que si… —Sin demasiada confianza en la reparación provisional, Saga se dejó caer en una de las sillas, arrepintiéndose solo un segundo después, cuando crujió peligrosamente bajo su peso. Se quedó quieto, cual estatua, casi esperando el momento en que la dichosa silla terminara de romperse llevándose con ella su dignidad. Afortunadamente para él, eso nunca sucedió. Shura, mucho más cuidadoso, se sentó sobre la mesa. —¿Cómo te fue esta mañana?
—¿En el entrenamiento? —Saga asintió. —Bien. Capella no me da muchos problemas, y Grullita… —Se encogió de hombros. —Es un tanto revoltosa, pero me hace los días agradables. Es una buena chica.
—Hombre afortunado.
—¿Tan malo es? —Lo miró con seriedad, no acostumbraba a escuchar quejas de Saga, aunque empezaba a hacerse a la idea de que descubriría mucho más de aquella faceta más pronto que tarde.
—Shion debe odiarme profundamente en este momento.
—Habría que ver por qué me odia a mi también y me ha confinado a esta tierra olvidada por los dioses. —Y ante el rostro gracioso y compungido del español, Saga no pudo sino esbozar una sonrisa.
—No lo sé. Quizás porque fuimos un dolor en el culo durante todo el lío de Hades. —Se sobó los ojos, que comenzaban a escocer ligeramente. —De todos modos, creo que me odia más a mi que a ti. Shaina, Argol y Jabu. ¡Tres! —Aunque no hablaba alto, bajó aún más la voz. Lo que menos deseaba era que la Cobra les escuchara hablando de ella. —A una no sé ni que decirle por miedo a que me muerda, el otro tiene un ego un tanto insufrible, y Jabu… —Se encogió de hombros y negó con el rostro. —Jabu es especial.
—Si… nos dimos cuenta de ese detalle. —Shura palmeó su espalda. Sabía de sobra que el chico, con la ausencia de Seiya y los demás, era el más cercano a Saori de su antigua vida. Le apreciaba mucho, y el bienestar del Unicornio era una responsabilidad importante.
—Y aquí estamos, Shura. Aquí. —Estiró las piernas, y dejó los pies sobre la mesa, cruzando los brazos. —Camus debe ser el favorito del viejo.
—Llorón.
La voz, con aquel acento indiscutible, resonó un tanto distorsionada por la máscara de plata. Saga, que inicialmente había fruncido el ceño al verse descubierto, sonrió al verla.
—¿Vienes a darnos la bienvenida, Tati?
—Solo vengo a comprobar que la alergia no te haya matado. —Inclinó la cabeza a modo de respetuoso saludo hacia Shura, y se acercó hasta Saga. —Eire me contó tu… pequeño problemita de ayer.
—Oye, no me culpes, ahora parece un palacio en comparación a...
—Bebé llorón. —Saga dibujó un mohín de disgusto, que pilló a Shura desprevenido por completo. Vio de uno a otro, con las cejas alzadas, y guardó silencio. Sabía que muchos años atrás, ella había sido su subordinada, pero apenas la había visto fugazmente en un par de ocasiones. No había imaginado que fueran tan… cercanos. —Deberíais tener cuidado, de todos modos. Las paredes tienen oídos. —Tiró suavemente de la melena azul, a modo de regaño. —Cualquier día, Shaina dejará sus garras en ese bonito culo dorado tuyo.
—Ni lo menciones… —Tatiana rió, y se acomodó en la otra silla frente a él.
—Mientras no sea el mío… —masculló Shura, robando una sonrisa de la amazona en el proceso.
—¿Qué planes tenéis?
—Sobrevivir.
—Paso a paso, así me gusta.
—Ya sabes que soy un tipo práctico.
—Oh, desde luego.
Incluso a Shura, que no la conocía prácticamente de nada, aquellas palabras le sonaron ciertamente burlonas, pero al ver que Saga estaba lejos de sentirse ofendido por ello, se acomodó junto a ellos dispuesto a observarles cuanto le fuera posible.
Tatiana tomó una de las carpetas, y le echó un rápido vistazo. Las hojas estaban amarillentas, rotas y humedecidas, habiendo partes donde la lectura se hacía casi imposible. Alzó la vista hacia Saga, y después vio a Shura por un instante. Sonrió para si, debía admitir que aquello la resultaba francamente divertido, y si alguien tenía que inmiscuirse en sus asuntos… prefería que fuera Saga. No podía manifestarse respecto al chico de Capricornio aún.
—Veamos… —murmuró.
—La verdad es que no vemos nada—Saga acotó, mientras en medio de ambos, el santo de Capricornio lucía de lo más entretenido.
—Si, ya veo de que hablas. Será un milagro que podamos rescatar al menos la mitad de la información de ese archivo. ¿Por qué no lo ordenamos… y luego vemos que podemos salvar, y qué necesitaremos redactar de nuevo?
Por un instante, ninguno respondió. Sintió ambas miradas fijas sobre si, y no la extrañó. Para alguien que esperaba zarpazos en lugar de caricias, que una amazona les tendiese la mano era importante. Ella lo sabía de sobra… por eso quería ayudar. Shura era afortunado después de todo, porque ella no se hubiera entrometido de no estar Saga allí. Podía decirse que prácticamente no conocía a los demás.
—¿Ves por qué ella es mi amazona favorita de todos los tiempos, Shura? —La rusa sonrió al escucharlo. Saga podía ser tan encantador cuando quería, que podía engatusar a cualquiera.
—Empiezo a entenderlo, si. —Dejó escapar una risa suave, y tomó uno de los tres montones que Tatiana había hecho con los archivos. —Asumo que aquí encontraremos reliquias…
—Dalo por hecho.
—Espero que tengas en cuenta mi ayuda más adelante, Géminis… —sugirió ella.
—Lo que quieras, Tati, lo que quieras.
—Bien, porque podría estar ahí fuera alimentándome de los chismes que vuestra presencia aquí ha levantado.
—¿Hay mucho revuelo? —Shura lo preguntó con tanta seriedad, que la rubia sintió cierta ternura ante su preocupación.
—Un poco. Las hay que están disgustadas, como podríais esperar… y las hay que están incluso contentas… por no decir emocionadas.
—¿Tenemos fans? ¿Tan pronto? —Una bola de papel fue a parar a la cabeza de Saga.
—Tampoco exageres.
—Bah… —Saga se encogió de hombros quitándole importancia. —¿Quiénes son nuestras partidarias?
—Shaina no.
—¡Qué sorpresa! —Esta vez fue ella quien rió.
—Hay otras mucho más emocionadas… —Saga ladeó el rostro, con interés.
—¿Alguien interesante?
—Eso depende de lo que tú consideres interesante.
Sin embargo, antes de que aquel peculiar diálogo pudiera llegar más lejos, alguien tocó tímidamente a la puerta. De modo inmediato, los tres giraron en aquella dirección, donde la máscara de Naia asomaba con cuidado.
—¿Puedo pasar?
—¡Naia! —exclamó Saga. El saludo sonó mil veces más efusivo de lo que esperaba y se maldijo por ello. Pero lo cierto era que le agradaba tener a la amazona ahí y la efusividad nunca había estado de más. Además, quizás era efecto del polvo y de la mezcla de antihistamínicos y cafeína que se había desayunado esa mañana, pero se sentía de buenos ánimos. —Si, claro. Aunque no tenemos más sillas. —La morena avanzó un par de pasos, resguardándose del frío exterior. Saga se levantó, dejando a los otros dos en la mesa, y se acercó hasta ella.
—Y, aunque las hubiera, no son de confiar. —Shura, desde donde estaba, levantó la mano a modo de saludo.
—Supongo que me quedaré parada—respondió, siguiéndole el juego. No alcanzó a verlo, pero por un brevísimo segundo, los ojos de Saga descendieron a aquella parte de su anatomía que se llevaría el peor golpe. Toda una pena que se magullara.
—"Te he visto". —La voz de la amazona de Lince resonó en la cabeza de Saga, causándole un respingo más grande de lo que le hubiera gustado. Volteó nervioso hacia ella, solo para imaginar la sonrisilla burlonamente en aquel rostro de muñeca tan propio de la rusa. Entrecerró los ojos, pero no dijo más, porque poco después Naia continuó con la conversación.
—¿Cómo os va? —Por un momento, su máscara se cruzó con la de Tatiana, y sin quererlo, cierta molestia se hizo con ella. Ella siempre estaba ahí.
—Bien, hacemos lo que podemos—Saga carraspeó. Apenas se recuperó a tiempo para responderle. —¿Cómo te fue ayer?
—Bien, bueno… —Se encogió de hombros con cierto nerviosismo. —Fue raro estar de vuelta, nunca había salido a una misión.
—Superado con éxito, entonces. —Se apoyó con cuidado junto a ella, en la pared.
—Casi sufro un ataque de nervios. ¡Creo que Del estaba más tranquila que yo!
—¿En serio? —Sonrió, sin creer del todo lo que Naia decía. Ella asintió. —Bueno, ya está. Con suerte pasará un tiempo hasta que tengas que volver a salir. —De pronto, encontró sumamente molesta la inexpresividad de la máscara de lágrimas negras. —¿Cómo te fue con Milo?
—Es… —Se encogió de hombros y dejó escapar una pequeña carcajada. —Impredecible y un poquito temerario.
—Eso viene con la armadura—respondió, casi presumido. De cierto modo, le tranquilizaba también que le describiera de ese modo y no con otros adjetivos. Milo podía ser una variedad de cosas de lo más variopintas, siendo la mayoría de ellas, no del todo buenas.
—Supongo que si… Creo que estaba demasiado preocupado por mi seguridad. Por eso, o porque no lo estropeara… no se cuál de las dos. —Naia sonrió al oírlo reír. —Como sea. ¿Necesitáis ayuda por aquí? Tengo la tarde libre, así que…
—Mira nuestro palacio, estoy seguro que algo podremos hacer.
Inesperadamente, Tatiana y Shura, que no habían perdido detalle de la visita, intercambiaron una mirada llena de una complicidad desconocida. El español sonrió al darse cuenta, y estaba casi seguro de que ella había hecho lo propio tras su máscara.
—¿Por qué no os encargáis de sacar todos esos trastos de ahí? —Señaló las cajas apiladas en el rincón bajo la ventana. —Tatiana y yo nos arreglaremos con esto, un rato al menos. —Saga vio de Shura a Naia, y finalmente asintió.
—Ya lo oíste, Caelum. Tú te prestaste voluntaria para este desastre. Ya no vale arrepentirse. —La escuchó reír, tímidamente, y sin saber por qué, una minúscula sonrisa se formó en su propio rostro.
—Nos regalaré unas galletas como premio.
—Con chocolate—puntualizó él.
—Con mucho chocolate.
-X-
—Lindo lugar. —Ángelo recorrió los alrededores con la mirada y frotó su nariz, ante el persistente olor del azufre. Aquel sitio olvidado por los dioses casi hacía lucir al antiguo templo de Cáncer como un lugar acogedor. —Unas vacaciones aquí de pronto se antojan fascinantes.
—Habla el idiota que decoró su templo con rostros humanos.
—¡Hey! ¿No reconoces el sarcasmo cuando lo escuchas, señor listillo?—masculló. Su pasado, ahora, resultaba embarazoso. —Idiota.
Kanon se tomó un segundo para mirarle de soslayo y, después, se adelantó unos pocos pasos. Escuchó al italiano viniendo tras de sí, pero no volteó. El aire caliente que brotaba de la isla y que hundía a aquel lugar en la devastación, le golpeó la cara. Aún con las botas, el calor traspasaba hacia sus pies. Las piedras hervían y la sangre dentro de ellos también. Hasta donde la vista alcanzaba, no había más que rocas y la neblina grisácea que el volcán escupía. El polvo rojizo teñía todo a su paso, levantándose en cortinas cuando el viento soplaba desde el mar, creando desagradables ráfagas de vapor.
Si debía decirlo, a los ojos de los santos, aquel lugar era terriblemente parecido al Infierno: vacío a la vista, pero repleto de fantasmas. La vida no florecía ahí, solo la desesperación y el dolor. Era un sitio de incongruencias, un lugar capaz de hacer hervir la sangre por el asfixiante calor, pero también capaz de erizar la piel en escalofríos incesantes.
Avanzaron sin contratiempos por un buen rato. El esfuerzo de cada paso dado les cubrió de sudor rápidamente. A pesar de ello, por largos minutos no hubo sobresaltos. Fuera del depresivo panorama, ninguno encontró nada fuera de lugar. Si la amenaza de la que Shion hablaba existía, entonces se encontraría en el corazón de la isla, justo a donde se dirigían.
—¿Cuál es el plan?
—Cazar fantasmas.
—Oh, es un gran plan—dijo Kanon—. ¿Debo conseguirme un rayo mágico de ectoplasma, o qué?
—Muy gracioso. Veo que la televisión y el tiempo libre han dejado su huella en todos nosotros—acotó sarcásticamente—. Pero no, nada de eso es necesario. Solo tenemos que encontrarlos, y esperar porque sean los mismos gusanillos molestos que siempre fueron. Entonces, los distraes, y les envío de regreso a un agujero tan profundo como del que salieron.
—Suena fácil.
—Lo es. Solo trata de que no te maten. Soy el cazafantasmas líder aquí y no pienso ser tu niñera, ¿entendido?
—No jodas, ni que quisiera una niñera tan fea. Además, ¿quién te nombre jefe?
—¿Ves esta belleza que llevo en la espalda? —Se giró, para que el gemelo pudiera apreciar la caja de Pandora en la que Cáncer viajaba. —Ella me nombró jefe.
Tomó la delantera con una sonrisa en los labios y la satisfacción de dejar a Kanon sin palabras. Era gracioso ver aquel rostro, tan parecido al de Saga, en completo desconcierto. Aquella no era una expresión común en el mayor, o al menos una que Ángelo jamás conseguiría sacarle.
Pero, con todo lo que gustaría restregarle en la cara su posición de santo dorado, ni siquiera se había molestado en sacar la armadura y, probablemente, tampoco lo haría. Si Kanon era capaz de enfrentar una misión como aquella sin necesidad de vestir un ropaje sagrado, entonces él, en su condición de santo dorado oficial —no suplente—, tampoco debería tener mayor problema al respecto. Igualad de condiciones; de eso se trataba y así sería.
—El viejo dijo que las almas perdidas no podrían salir del Yomotsu. —El gemelo le alcanzó, no mucho después. Su rostro había adoptado una seriedad tan característica de Saga también. —¿Está en lo cierto?
—Supongo que si.
—¿Supones? ¿Y eres tú el que me critica por no manejar una técnica de mi signo a la perfección? Pareciera que no conoces las propias.
—El Yomotsu no es el Inframundo.
—¿Y eso qué? Es tu territorio, ¿no? Yo puedo asegurarte que, si un miserable ser humano cae en mi Otra Dimensión, jamás podrá salir al menos que yo lo desee. Tú deberías ser capaz de decirme algo así de las Ondas Infernales. No vine hasta aquí, arriesgando mi bonito culo, para que no puedas darme la seguridad de que no tendré que volver en busca de Guilty otra vez.
El gruñido consecuente, que tampoco dejaba nada en claro, llegó a oídos de Kanon. No hizo ningún comentario adicional, pero en el fondo, esperaba que no estuvieran malgastando el tiempo con ese viaje. Si Ángelo no le daba seguridad, entonces confiaría en lo que Shion había dicho. Después de todo, el viejo nunca se equivocaba… al menos, no siempre.
Mientras avanzaban en silencio, alejándose de la costa e internándose en aquel laberinto de rocas y polvo, el panorama lucía más y más lúgubre. Las exhalaciones del volcán principal, Fire Mountain, se tornaban más densas conforme avanzaban hacia él. Incluso respirar era un castigo, con el aire quemándoles la garganta, y el cansancio de someterse a condiciones tan extremas hacía mella más rápido de lo que les hubiera gustado.
Pero, de pronto, todo estaba por ponerse peor.
—Joder—Kanon masculló cuando el suelo bajo sus pies se movió y cientos de piedras pequeñitas rodaron de las formaciones mayores, cayendo sobre ellos como una cortina de granizo.
—¿Qué demonios…? —Máscara Mortal miró por encima de sus cabezas, hacia la nube oscura que emanaba del enorme volcán. Las cenizas volaron por todos lados, envolviéndolos en un manto negro que amenazaba con ahogarlos. —¡Apenas llevamos unos minutos aquí y a este puto volcán se le viene en gana erupcionar!
—¡Parece que no nos quieren en ningún lado!
Ángelo entrecerró los ojos y pensó por un segundo en las palabras de Kanon. No era el momento de pensar en semejantes estupideces, pero ¡qué afirmación tan cierta!
Fire Mountain, sin embargo, no les daría mucho más tiempo de reflexionar al respecto. Ya tendrían oportunidad de contar a sus enemigos con más calma después, cuando dejara de temblar y tuvieran un poco más de visibilidad a través de las cenizas. En el entretanto, tenían que arreglárselas para que el volcán no les arruinara el paseo.
—¡Tenemos que movernos! —gritó a Kanon.
—¡¿Hacia dónde?!
—¡Solo mueve el culo, Kanon! ¡Corre! —Máscara Mortal aprovecho para pasar adelante y guiar el camino.
A regañadientes, avanzaron a través de la niebla oscura. Sus cosmos ardieron, proveyéndoles de un poco de claridad para guiar sus pasos. Tropezaron en un par de ocasiones, uno contra el otro, debido al movimiento torpe causado por los temblores del volcán. En cada ocasión se miraron con recelo, pero apuraron el paso de inmediato.
Tomaron un pasadizo oculto entre las rocas, solo para arrepentirse un momento después ante la posibilidad de quedar enterrados ahí debajo. El temblor no parecía tener un final pronto, y el túnel sobre sus cabezas lucía tan frágil como una torre de naipes. Un sacudón más fuerte que los otros, y las piedras les lloverían encima. El daño no sería considerable, pero tampoco tenían intenciones de regresar a casa y explicar las heridas causadas por un volcán; no cuando Camus y Milo habían regresado enteros de una batalla a muerte con Lamias.
Sin embargo, unos pasos más adelante, cuando el túnel vio su final y la visión volvió a expandirse, su camino se vio truncado por un par de explosiones. Ángelo se detuvo justo a tiempo para no ser golpeado por una de ellas y Kanon hizo lo propio, esquivando otra.
—¡Cuidado! —Kanon frenó justo detrás y levantó la vista arriba, en busca de sus atacantes.
Una lluvia de rocas pulverizadas les cayó encima. La polvareda que se levantó compitió en densidad con las emanaciones del volcán. Tosieron, ahogados en polvo, mientras sus ojos ardían por el inesperado obstáculo. Aun así, sabían que acababan de encontrarse con lo que buscaban. La ceniza podía impedirles ver con claridad, pero los cosmos no podían ocultarse tras la cortina de polvo. Ahí estaban… siete cosmos en total; siete cosmos que desprendían odio.
El metal oscuro brilló, aún a través de la neblina. Las risas burlonas resonaron a pesar del escándalo de la isla convulsionada. Los rostros de los santos se tornaron graves.
—Estáis muy lejos de casa—dijo una voz.
—¿Os habéis perdido?
—Este es un pésimo sitio para perderse.
Las risas estallaron mientras los recién hallados enemigos descendían hasta donde Ángelo y Kanon esperaban. Los rodearon, entre risas y miradas oscuras, como hienas dispuestas a devorarles.
Los santos reconocieron una a una las armaduras: Can Mayor, Serpens, Delfín, Mosca, Cefeo, Casiopea y Cuervo. Siete armaduras renegadas equivalentes al rango de plata establecido por Athena. Rostros familiares, pero al mismo, desconocidos. Frente a ellos estaba el resultado de la deshonra y las repercusiones de la avaricia. Esa oscuridad en la mirada era lo que marcaba a los hombres que se dejaban dominar por el mal.
—No estamos perdido. Vosotros lo estáis—Ángelo respondió—. Aunque esto os recuerde al Infierno, no lo es.
—Pero tranquilos—intervino el gemelo—, os enviaremos de regreso al agujero del que habéis salido.
—Literalmente.
Sus palabras causaron reacciones obvias de sorpresa e indignación en los santos negros. Pero el peliazul mayor ni siquiera dio tiempo a reaccionar. Antes de que cualquiera de ellos pudiera siquiera moverse, una tormenta de luces doradas volaron en su contra. Las risas se convirtieron en gritos y en maldiciones; y en esfuerzos vanos por esquivar un poder que les superaba.
Kanon se movió como lo que era: un santo dorado. La velocidad de la luz le permitió escabullirse entre ellos. Los ataques, aunque esperados, resultaban sorpresivos. Sus cuerpos no podían esquivar lo que sus ojos no veían y lo que sus cosmos no entendían. El poder del gemelo golpeaba contra ellos sin clemencia, quemando donde tocaba, pulverizando las armaduras impías.
Intentaron usar su fuerza contra él. Las plumas de Cuervo volaron para emboscarle, mientras las cadenas de Cefeo atacaban desde la dirección contraria. Ninguna resultó un problema. Serpens intentó darle alcance también, con los colmillos venenosos que nacían de su armadura. La armadura rozó la piel de su brazo, pero no lo suficiente como para detenerle. Delfín y Mosca fueron a su auxilio, pero Kanon pilló a ambos de las hombreras de su armadura, y con una fuerza descomunal, los hundió en la tierra al mismo tiempo. Entonces, Casiopea quiso brillar en aquella caótica batalla que perdían. Extendió los brazos para convocar a su cosmos.
Pero, sin que lo viera venir, el santo oscuro de la reina fue golpeado por otra fuerza similar a la del gemelo. El calor del cosmos ardiendo llegó hasta gemelo, quien volteó ante la peligrosa proximidad del fuego amigo que chamuscó su camisa; y solo atinó a asestar una mirada tediosa al cangrejo dorado. Máscara Mortal se encogió de hombros, con esa mueca odiosa de travesura en la cara. Si Kanon le hubiese tenido cerca, le habría dado una patada en el culo bien merecida. Una camisa más, lista para ser lanzada a la basura. Pero sus preocupaciones eran otras, mucho más importantes, en ese momento.
—¡Haz tu trabajo! —espetó.
El italiano no necesitó que se lo dijeran dos veces. Levantó el brazo derecho, mientras una espiral de cosmos purpúreo rodeaba a su dedo índice. En medio del abrasador calor que la isla despedía, el frío del Yomotsu se abrió paso cuando la barrera entre ambos mundo fue rota por el cosmos de Máscara Mortal.
Sus enemigos tuvieron que darse cuenta de lo que aquel incipiente agujero de oscuridad significaba porque, abandonando todo ataque, intentaron huir
Sin embargo, Kanon no estaba dispuesto a permitírselos. Uno a uno, fue cazándolos. Su cosmos voló en todas direcciones, atajándoles, cortándoles el paso e inmovilizándoles. Poco le importaron sus gritos y súplicas de clemencia. La desesperación impresa en sus movimientos erráticos no fue suficiente para huir del geminiano. Kanon los preparó para volver al Infierno, ahí a donde pertenecían y de donde nunca debieron haber salido… ni uno solo escaparía.
—¡Ondas Infernales!
El chillido de las almas sueltas hizo eco en Fire Mountain. El Infierno se desató y las almas condenadas salieron en busca de sus víctimas.
Al encontrarlas, las arrastraron consigo sin remordimiento alguno. No repararon en sus gritos llenos de angustia, ni en los movimientos frenéticos con los que intentaban liberarse sin éxito alguno. Fueron segundos de caos y pánico. Largos momentos de tensión que, repentinamente, terminaron en un crudo silencio y una alfombra de cuerpos inertes a sus pies. Incluso el volcán, con toda la furia que demostrase antes, volvió a hundirse en una profunda calma.
Ángelo y Kanon suspiraron. El primer encuentro no había sido tan malo.
—¿Por qué me da la impresión que espantamos a los ratoncillos, pero quedan las ratas grandes?
—Porque efectivamente es así. —Kanon sacudió su melena, aunque la ceniza impregnada no se marcharía a ningún lado. —Y, si vuelves a lanzar tan solo un rayito de energía tan peligrosamente cerca de mí, voy a patearte el culo tantas veces que no podrás sentarte en semanas.
—Luego me acusas a mi de ser delicadito.
—Al menos no soy yo el que habla de ratas y ratoncillos.
—¿Qué hay de malo con eso?
—Nada… solo que suena estúpido. Pero, claro, tampoco soy yo el que se carga una armadura de veinte kilos en la espalda hasta el rincón más lejano del mundo para no usarla jamás.
—No quiero hacerte sentir mal—añadió, con cierta ironía.
—Ya… qué considerado.
El tedio en la voz de Kanon le hizo reír a carcajadas. Apuró el paso para alcanzarle, después de éste se adelantara y afiló la mirada, cuando su cosmos le avisó de la llegada de más ratoncillos… un pequeño ejército de ellos.
-X-
Kanon entrecerró los ojos y, con ayuda de su dedo índice, fue haciendo cuentas de la batalla recién terminada. Sonrió. No había forma de que Máscara Mortal le superara.
—Veintisiete.
—¡¿Qué?! Has contado mal. Cuenta de nuevo.
—No necesito contar nada otra vez. Fueron veintisiete. Veintisiete muertos—recalcó—. ¿Cuántos tuviste tú? —Pero la única respuesta fue un gruñido. —Vaya… eso significa que gané.
—No es una competencia y, aunque lo fuera, no has ganado.
—¿Cuántos, Cáncer?
—Doce… más los veintisiete tuyos son treinta y nueve. Yo gané.
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!
—Porque al final, quien los mató fui yo, no tú. —Ensanchó su sonrisa burlona. —Me comprarás una enorme y cara botella de whisky nomás llegar a casa.
—No voy a comprarte nada. Eso ha sido una vil trampa.
—Ya, ya. No llores.
—No lloro, pero voy a…
De pronto, Kanon se vio obligado a callar. Sus ojos esmeralda se abrieron inusitadamente, mientras su cosmos le advertía de un nuevo e inminente peligro. Con una coordinación prácticamente perfecta, ambos se respingaron y voltearon hacia sus espaldas, donde dos cosmoenergías nuevas y poderosas hacían su presentación.
-X-
—¡En nombre de Athena, mostrad vuestras feas caras!
—¡¿Qué demonios…?! ¡¿Qué ha sido eso, Ángelo?! ¡¿Milo mira el Gran Hermano, y tu le has pillado afición a las series policíacas?!
—¿Tienes un problema, señor cazafantamas? Solo calla, que ha sonado muy genial.
Pero la expresión en el rostro del gemelo no cambiaba de idea al respecto. De hecho, Kanon no estaba ni mínimamente emocionado con aquel nuevo giro en el protocolo de la misión. Si tenía que decirlo, casi le daba miedo que le relacionaran con Ángelo. Después de todo, eran santos dorados en una misión peligrosa; no eran niños, jugando al policía y al ladrón.
—¿Venís en nombre de Athena? —La voz que los cuestionó era dura y aguardentosa. El cosmos que percibían de su dueño era agresivo, explosivo… era poderoso.
—¿Sois santos? —cuestionó una segunda voz. La risa subsecuente les pareció ridícula, pero no dijeron más. Solo esperaron por lo siguiente que sus recién llegados acompañantes tuvieran que decir. —No os veo vistiendo armaduras.
—No las necesitamos.
—¿No? —El segundo hombre se reveló ante ellos poco después. La cicatriz en su rostro delató su identidad.
—Jango. —Máscara Mortal pronunció su nombre de inmediato. —Largo tiempo sin saber de ti. Me parece que llegaste tarde. ¡Te has perdido el espectáculo! Recién pateamos el culo de tus pequeños subordinados. Dime que al menos tú serás más divertido.
—Sabéis mi nombre. ¡Decid el vuestro! —reclamó, visiblemente sobrecogido por la rabia.
Los santos intercambiaron miradas. Diminutas sonrisas arrogantes se dibujaron en sus labios.
—Si tanto quieres saberlo, te lo diremos… —Ángelo se encogió de hombros y desvió la mirada, con aquel mohín suyo tan cínico como de costumbre. —Soy Máscara Mortal de Cáncer.
—Y yo, Kanon de Géminis.
—Lo sabes ahora: no estás peleando con cualquier santo de Athena. —La risita socarrona del italiano se ensanchó.
—Estás peleando contra la Élite.
-X-
Jango apretó los dientes y, sin darse cuenta, retrocedió un par de pasos. El rostro se le ensombreció en un abrir y cerrar de ojos, y la mirada —torva, de por si— destelló un toque de locura.
No así, Guilty permaneció inmutable. La tormenta de cenizas se había tranquilizado y la regia e imponente figura del hombre de la máscara surgió en medio de la nada.
—No conozco a un Kanon de Géminis—habló—. Se habla de su hermano, Saga. Nunca de Kanon.
—Aquí me tienes. Conóceme. Aprende mi rostro. Porque te garantizo que será lo último que verás del mundo de los vivos.
—No me asustáis. Estáis lejos de casa, santos. —La voz de Guilty rugió a través de la máscara demoníaca. —Athena no tiene cabida en estos dominios.
—Estás en lo cierto. Athena jamás pondrá un pie en un lugar miserable como este mientras podamos evitarlo. Para limpiar la mierda, como vosotros, estamos sus santos—respondió Kanon. La sonrisa del italiano, al lado suyo, se engrandeció.
—¡Insolentes!
Los ojos de Jango despidieron odio puro. Apretó los puños, rodeándolos de las llamas ardientes de su cosmos, y poco faltó para que se abalanzara contra ellos. De no haber sido porque el mismo Guilty le detuvo, hubiera dado el primer paso.
—Bonita máscara. —El santo de Cáncer tomó la palabra. Rascó su nariz con desvergüenza mientras apuntaba al rostro tribal que protegía a Guilty. Después, echó una mirada de soslayo a su compañero. —Cuando terminemos con esto, se le llevaré de regalo a Giste.
—¿Empezamos ya con los cortejos, Máscara?
—¡Ni hablar! Es solo que esa máscara de demonio va más con su personalidad que la carita de muñeca que lleva ahora.
—¿Qué? ¿No te gustan los colmillitos de su máscara?
—No cuando van a morderme en el culo.
—Ya, bueno… no voy a decirte lo que le hará a tu culo con los colmillos gigantes de Guilty…
—¡Ugh! —corearon al unísono.
Cada palabra y cada gesto de cinismo en los santos encendían la ira de Jango. Ahí estaban, un par de idiotas jugueteando en medio de su territorio, como si el poderío propio fuera digno de risa. Su paciencia se consumía rápidamente y su ego solo sanaría al pisar los cadáveres de esos hombres impertinentes. Habían llegado hasta ahí en busca de sangre… y sangre le daría.
Ignorando toda orden de Guilty, cargó contra ellos. Su cosmos, rojo como el fuego, envolvió a su cuerpo, con la intensidad de la lava ardiente que manaba de los volcanes.
—¡Infierno de la Reina de la Muerte!
Centenares de rayos escarlata volaron por todo el lugar. Lo que tocaban, sin importar de lo que se tratara, ardía en medio de llamas implacables. El caos regresó a la escena, en el tiempo que dura un suspiro.
Las bromas cesaron para Ángelo y Kanon: el trabajo reclamaba su atención. Se movieron de un lado a otro, esquivando cada ataque pero sin intenciones de atacar. No representaba mayor reto seguir el juego por unos segundos más. Si Jango quería jugar, le dejarían divertirse un rato. Después de todo, le esperaba un eternidad encerrando en el Infierno, donde todo a lo que aspiraría sería quemarse el culo hasta que dejara de sentirlo. Una última oportunidad de pensarse fuerte no le haría daño a nadie.
Sin embargo, entre el ir y venir de su cosmoenergía, bastó un descuido para que uno de los rayos rozara peligrosamente el cuerpo de Ángelo. Su piel no se quemó, pero la correa de cuero que mantenía a Cáncer atada a su espalda, se reventó. Debido a la tensión del peso muerto que recaía por completo en ella, el otro tirante cedió. La caja de Pandora se soltó de sus hombros y cayó pesadamente al piso, con un gran esfuerzo. Máscara Mortal se detuvo y miró. Sus ojos azules, entrecerrados y contrariados, viajaron hasta su contrincante. El hecho de que su armadura terminara empolvada no le hizo ni la más mínima gracias.
Mientras tanto, Kanon se detuvo para observar con atención. Levantó una ceja en espera de que la mala cara del italiano se tornara en algo peor. Resultó que no estaba equivocado. Sopló sus flequillos, adivinando que se había terminado el momento de diversión.
—¡Me cansé de jugar! —exclamó el santo de Cáncer. Entrecerró los ojos, que centellaron con esa aura purpurina tan suya. Decenas de lucecillas azules comenzaron a danzar alrededor de sus brazos. Las estelas de energía dibujaron remolinos alrededor del él. —¡Llamas Azules del Infierno!
A su comando, los fuegos fatuos volaron por todos lados. El contrastante tono de las energía azuladas y rojas tornó el lugar en un espectáculo tan bello como mortal. La atmosfera se impregnó de contradicciones; por un lado el calor efervescente de la técnica del santo oscuro y, por el otro, el frío toque de la muerte del santo de Athena.
El cosmos de Máscara Mortal se expandió como una onda destructiva. Las llamas azules, avivadas por el poder de su señor, se tornaron en voraces cazadores de energía. Sus movimientos se volvieron impredecibles e imposibles de evadir. Ardieron con brillos que no habían experimentado en años y devoraron todo a su paso. El vibrante rojo de la energía de Jango se extinguió rápidamente bajo el yugo de un poder muy superior al suyo.
—¡¿Qué…?! —masculló, superado por la impresión de ver a su técnica suprema sucumbir con semejante facilidad—. ¡¿Cómo has podido…?!
—Os lo advertimos. No estáis jugando contra niños de bronce esta vez. —Ángelo sonó inusualmente serio. Kanon encontró la imagen difícil de creer. —Ellos os mandaron una vez al Infierno, pero os habéis encontrado el modo de volver. Nosotros no cometeremos ese mismo error. No volveréis a abandonar jamás el mundo de los muertos. El Yomotsu es mi dominio y, os aseguro, va a encantaros… ¡Ondas Infernales!
Sus palabras retumbaron en la piedra que les rodeaba, mientras su cosmos rugía en forma de truenos y rayos. Las luces azules enloquecieron, vibraron con una fuerza descomunal e incontrolable. El color azulado de su luz se oscureció. Un tono púrpura, casi negro, brotó de su interior.
Se abalanzaron sobre Jango como un hambre de muerte insaciable. Se aferraron a él cual sanguijuelas, dominando con su energía el alma del guerrero traidor. Lo sujetaron con una fuerza que no daba oportunidad de escape. Los dedos de la muerte volvieron a hacerse de él; ya una vez los había sentido antes y, ahora, no le fue difícil reconocerlos. Su fin estaba cerca y no había nada que pudiera hacer para escabullirse.
Gritó.
Su voz chilló de un modo estremecedor, como solo el miedo de los vencidos es capaz de sonar. Se revolvió, desquiciado. Pidió por ayuda que Guity le negó, y unos segundos después, su alma abandonó su cuerpo. El espíritu condenado aulló. El viento arrastró sus lamentos hasta el rincón más alejado de la isla, donde su eco habría de permanecer por la eternidad. La oscuridad de la puerta al Yomotsu se volvió palpable. La boca del mundo de los muertos escupió su aliento de azufre y los quejidos de los fallecidos se escucharon, como un cántico tortuoso de tristeza y desesperación.
El alma de Jango convulsionó una última vez. Después, simplemente desapareció en medio de la oscuridad.
Ángelo bajó la mano. Sus ojos viajaron hacia la diminuta herida en su hombro, donde la técnica de Jango había cortado la correa, mientras una maldición en su lengua madre abandonaba sus labios. Buscó a Cáncer y se aseguró de que nada había tocado a su preciosa armadura. Tras confirmarlo, su cuerpo se tensó una vez más, con el fervor de la batalla aún corriendo por sus venas.
—Ahora es tu turno. —Levantó lo ojos en busca de Guilty y, cuando lo encontró, le miró con la bravura de una animal salvaje y agresivo. —¿Listo para conocer mi reino? —Diminutas llamas azules rodearon sus puños. —El Yomotsu espera por ti.
-X-
Guilty no se inmutó. Si la facilidad con que Jango había caído le sorprendió, no se molestó en expresarlo.
La máscara demoníaca seguía mirándoles de frente. Sus ojos inyectados de locura parecían observar a los dos y, a la vez, en ninguno. Pero, al igual que su adversario, ni Máscara Mortal, ni Kanon, estaban dispuestos a demostrar un ápice de debilidad. Hasta ahora, tal como Shion había predicho, los inconvenientes habían sido pocos.
—Después de tantos años, siguen teniendo la razón… —Guilty habló al fin. La máscara engrandeció el tono profundo de su voz.
—¿Quiénes?
—Zarek… Athan—respondió a Ángelo. Los nombres del pasado desconcertaron a los santos por unos pocos segundos.
—Dudo que la tuvieran alguna vez. Menos ahora.
—Estaban en lo cierto acerca de vosotros. Sois basura. Demasiado estúpidos para vestir ropajes de oro. Demasiado frágiles, demasiado… indignos.
—Jah. ¿Halagos a nosotros? ¿Crees que eso nos hace daño? —El italiano espetó—. Nos han dicho cosas más bonitas que esas. Los viejos debieron enseñarte mejor lo que debías decir para jodernos la cabeza. Los años te han hecho blando.
—A ti te han hecho débil. Antes servías a un dios poderoso, ahora…
—Ahora sirvo a Athena—interrumpió—, y por tu propio bien, te recomendaría que pensaras dos veces lo que vayas a decir de ella. No queremos que te tragues los dientes antes de volver con el resto de los muertos.
—Además, ¿qué sabes tú de armaduras cuando nunca tuviste alguna? —Kanon espetó, más agrio de lo que le hubiera gustado.
—Lo mismo que tú, según parece. Yo no tengo un ropaje sagrado; nunca lo tuve, nunca lo necesité, ni voy a hacerlo. Mi propio poder basta. Soy yo mismo quien me hago fuerte, no es poder de una diosa disfrazada de cría. —A cada palabra suya, el semblante del gemelo se ensombrecía más y más. —No quiero una armadura, no necesito presentarme con logros ajenos, Kanon de Géminis—acentuó el nombre con su voz llena de ironía—. Yo soy suficiente.
Hizo estallar su cosmos, al cual el volcán respondió. El piso volvió a sacudirse bajo sus pies mientras el titán de fuego despertaba una vez más, con la ira contenida del señor de aquellos territorios.
El par de santos se prepararon para el inminente embate. Las dos cosmoenergías vibraron, mucho más tímidas que las del renegado. Sus ojos expresaron su pensar: Guilty, con todo su poderío y palabrería, nunca conseguiría vencerlos. No necesitaban alardes de su grandeza. Ni siquiera necesitaban hacer uso de su verdadera fortaleza. Bastaba un poquito de concentración para terminar con él. Quizás, cuando se encontraran en el Infierno les contaría a sus maestros lo mucho que les habían subestimado.
Sus ojos se afilaron y sus sentidos despertaron. Guilty apenas se había movido, dispuesto a atacar, cuando el primer golpe cayó sobre él, sin reparo alguno.
El puño de Kanon asestó contra su torso con toda la fuerza que tenía. El cuerpo del hombre se contorsionó, con el dolor impregnado en las entrañas. El segundo golpe le llegó por el costado, colisionado contra sus costillas, haciéndolas crujir.
Si Guilty gritó, el gemelo no fue capaz de escucharlo. La adrenalina corría por sus venas, mientras su cerebro se repetía hasta el cansancio que probaría su valía. Cada golpe callaría un poquito a sus detractores. Si no… al menos callarían a las voces en su cabeza, que pedían revancha por cada palabra escupida y restregada contra su cara.
—¡Kanon! —Máscara Mortal le llamó, sorprendido por la actitud impulsiva que había adoptado. A ese ritmo, no quedarían más que un montón de huesos destrozados cuando terminara. —¡Oye, no vayas a matarlo!
Pero solo pudo gruñir al ver que la intensidad de su ataque no disminuyó en lo absoluto. Se rascó el pelo y resopló, en espera de que el geminiano le diera oportunidad de hacer algo. Según parecía, tal cosa no sucedería jamás.
—¡Kanon! —volvió a llamarle—. Estaré sentado ahí… —apuntó al rinconcito, donde la caja de Pandora de Cáncer había quedado. —Ya… bueno… no te sobrepases—masculló, por último, y a sabiendas de que el gemelo no le había prestado la más mínima atención.
Tal como dijo, retrocedió y se acomodó, usando a Cáncer como asiento. Cruzó los brazos y se limitó a mirar. Kanon era lo suficientemente bueno con el combate cuerpo a cuerpo, cosa que a Saga nunca le había gustado. Además, era zurdo, mientras Saga era diestro. Todas esas diferencias le resultaban de lo más curiosas entre gemelos idénticos.
Sin darse cuenta, entrecerró los ojos y se respingó cuando el golpe más reciente del gemelo hizo que Guilty se estremeciera. Desesperado ante la visible superioridad de su oponente, Guilty trató de recuperar el terreno perdido. Sus puños se cubrieron con la energía oscura y sedienta de sangre que poseía, y buscaron por el cuerpo de Kanon, para desquitar su furia sobre él.
Pero, sin darle la más mínima oportunidad de encontrar un punto a través de su defensa y del constante ataque, el gemelo hizo uso de su cosmos. La energía se condensó entre sus dedos. Las esferas de energía dorada brillaron en sus manos. Cuando las dejó escapar, se multiplicaron en decenas de ellas, que impactaron contra Guilty, una tras otra. La luz se tornó cegadora por un instante. Solo podían sentir el cosmos agitado, confundido y decreciente del guerrero de la isla.
Entonces, mientras contemplaba su propio espectáculo, Kanon cesó los ataques. Esperó con paciencia a que Guilty surgiera del caos… y así fue.
—¡Pagarás por esto!
Como un huracán, enardecido por el propio odio que sentía, el hombre surgió de entre la luz. Se abalanzó contra el gemelo, quien esperaba con él. Detuvo su golpe con el antebrazo. Detuvo una patada con la pierna. Lo dejó tomar el control por un instante y, cuando Guilty menos lo esperaba, lanzó el golpe definitivo.
—¡Explosión de Galaxias!
El volcán enmudeció ante el poder del santo. El eco de voz se consumió por el estallido de las estrellas que se revolucionaban. La oscuridad se expandió por un breve instante, para dar vida a las centenas de estrellas tintineantes que conformaban el universo a su disposición.
—¡Joder! —Ángelo se puso en pie de un brinco. Se llevó las manos a la cabeza y deseó con todas sus fuerzas que a Kanon no le se hubiera pasado la mano.
Necesitaban el alma de Guilty ahí, lista para el Yomotsu. Si lo dejaban morir, las posibilidades de que volviera a escaparse del Infierno eran considerables. Shion iba a cocinarlos vivos si no hacían bien la única misión que les habían encargado.
Mientras tanto, el cuerpo de Guilty quedaba a disposición de las estrellas. Los astros chocaron contra él, descargando su poder y castigándole sin descanso. La técnica suprema de Géminis hizo mella en él. Quemó su piel, doblegó su espíritu y le arrancó la energía. Arrancó gritos de la garganta de un hombre que había jurado no ceder ante el dolor de nuevo.
El rostro de Kanon, aunque ausente de sonrisas, pareció iluminarse ante la visión del hombre sometido. Había conseguido su objetivo. Guilty se había equivocado y él acababa de probarlo.
Sus manos se recubrieron de cosmos otra vez. Sus ojos centellaron, disfrutando el sabor de una victoria más, una victoria de aquellas que eran especialmente dulces: una victoria sobre aquellos que no creían en él, en lo que era y en lo que se había convertido. Preparó el último golpe. Siempre tuvo el cuidado de reservar lo mejor para el final. Ahora lo haría retorcerse en el dolor de sus recuerdos, hasta que cada neurona de su cerebro estallara.
—¡Puño de ilusión…!
—¡Ondas Infernales!
Se quedó petrificado cuando Ángelo se le adelantó. Vio los fuegos fatuos aparecer desde sus espaldas y, para cuando volteó dispuesto a recriminar su interferencia, el italiano le devolvió una mirada de severidad.
Apretó los diente, maldiciendo por lo bajo. Si hubiera podido, hubiese hecho una rabieta ahí mismo. Pero prefirió callar y apartarse. Ni siquiera quiso contemplar el espectáculo que resultó de la lucha inútil de Guilty contra la fuerza de Máscara Mortal. La diversión había terminado para él. Quizás tendrían que cazar un par más de almas fugitivas escondidas en la isla, pero lo más importante había terminado.
Tomó asiento donde su compañero estuvo antes y miró, con el rostro de un chiquillo regañado. Cuando todo hubo terminado y Máscara Mortal volvió a él, apartó los ojos. El italiano levantó una ceja, con confusión.
—Mueve el culo de mi armadura, Géminis. —A regañadientes, se levantó. Avanzó un par de pasos con aquel gesto de indignación más marcado que nunca. El santo de Cáncer le siguió en silencio. Pero no pudo contener las palabras por mucho tiempo. —Maldición, Kanon. —Le miró con recriminación. —Moderación. Moderación. ¡Pudiste arruinarlo!
—No iba a matarlo.
—Cualquiera lo diría…
—Ya. —Cierto era que había quedado muy a gusto con el resultado de esa batalla.
Dispuesto a no entablar discusiones con las que seguramente no ganaría nada, Máscara Mortal se alejó del gemelo y se acercó lentamente al cuerpo inerte del traidor. Se agachó a su lado y arrancó el mascarón que resguardó su identidad por tantos años. El rostro de un hombre de mediana edad, retorcido por el odio vio la luz por primera vez en años. Al verle, chasqueó la lengua.
—Bah… no eras diferente a los putos viejos—musitó, con la imagen de su maestro y de Zarek en mente—. Deberías saber, igual que ellos, que nunca os dejaremos definirnos de nuevo. Estabais jodidamente equivocados… —La máscara demoníaca cayó sobre la tierra ardiente y, poco después, el pie de Ángelo la hizo pedazos. —No somos basura; somos santos de Athena. Todos… Kanon también. —Se dio la vuelta en busca de su armadura. Era hora de volver a casa. —Asegúrate de que lo sepan.
-X-
Arabella entró con paso pausado. Sus enormes ojos verdes se pasearon por el templo, mientras una diminuta sonrisa asomaba en sus labios brillantes.
—No sé si estas sorprendida o fascinada.—murmuró Saga, que la observaba recostado, perezosamente, en su sofá.
—Me temo que lo primero. —El geminiano asintió al escucharla. —Es la primera vez que entro en Géminis.
—No es nada del otro mundo. —Al menos no para ella, acostumbrada al templo papal.
—Es bonito. —Aceptó la mano que Saga la tendía y se acomodó a su lado, tomando una de las copas de vino. —Pero lo sorprendente es el hecho, simplemente, de estar aquí.
—Kanon no está…—El peliazul se encogió de hombros. —Y es mi casa.
—Lo sé, lo sé… —Enredó un mechón azulado entre sus dedos, jugueteando con él. —¿Y si alguien me hubiera visto venir?
—Confío en tu discreción. De todas maneras, los demás ya lo saben. —Se sopló el flequillo con disgusto. —No les fue difícil de adivinar.
—Se han tomado su tiempo. —La hetaira le robó un beso fugaz. —Pero dicen que los pajaritos de Arles, lo ven y oyen todo. —Saga rodó los ojos, mientras tiraba suavemente de sus manos, hasta que quedó sentada sobre sus piernas.
—Si Arles supiera lo que hago o no hago, y con quién, te aseguro que me hubiera dado una charla al respecto. —Rodeó su cintura con las manos, y dejó caer la cabeza hacia atrás, hacia el respaldo del sofá.
—Se hace extraño que tengas que dar explicaciones.
—Solo soy un Santo ahora. —Abrió los ojos apenas lo suficiente como para ver su expresión.
—Me gusta más así—dijo, tras unos segundos de silencio en los que le hizo dudar. Se inclinó hacia él, dispuesta a besarlo de nuevo. Sin embargo, cuando sus labios estuvieron a punto de tocarse, una voz a sus espaldas interrumpió.
—¿Saga?
Inmediatamente, el peliazul abrió los ojos, y una expresión de espanto se adueño de su rostro, antes relajado. Arabella llevó la vista sobre sus hombros, en dirección a donde provenía la voz.
—¡Perdón! No sabía que estabas… —Naia hablaba tan rápido, que la hetaira estuvo a punto de reír, sin embargo, Saga la hizo a un lado tan poco sutilmente, que la carcajada se le atragantó.
—No pasa nada. —Arabella se arregló el peplo y vio de uno a otro, sorprendida primero, y disfrutando después, el obvio nerviosismo que se había hecho con el geminiano. Saga se puso en pie rápidamente, y dio un par de pasos hacia la amazona, que desprovista de su máscara, era incapaz de disimular el rubor de sus mejillas.
—¿Sucede algo? —preguntó tras aclararse la garganta.
—No, es que pensé que… —Buscó los ojos verdes de Saga, e inmediatamente se llevó las manos a la cara. Después, una minúscula carcajada nerviosa abandonó su garganta. —No quería interrumpir—musitó—. ¿Ella es…? —Vio en dirección a la hetaira, que al saberse observaba, esbozó una sonrisa coqueta y agitó la mano en su dirección a modo de saludo.
—Arabella—respondió por él.
—Oh. —Fue todo lo que atinó a decir.
Inmediatamente, recordó aquel día en que los celos por Tatiana surgieron la primera vez, y de igual manera… se sintió un incordio insignificante en aquel momento. ¡Cómo si de una niña pequeña se tratara! ¡Demonios! Habían pasado todo el día juntos, y también se había sentido así al descubrir a la rusa en la cabaña. Se dio la vuelta, y se dirigió a la cocina a toda prisa. Oyó los pasos tras ella, e imaginó que Saga la seguía. Se maldijo mentalmente.
—Estuve… —Se apartó un mechón de la melena, y lo miró fugazmente cuando estuvieron solos. —Bueno, traje las galletas que te prometí—habló tan atropelladamente, que no tuvo la certeza de si Saga la estaba escuchando o no. Se veía completamente… confuso, y quizá un poquito avergonzado. —Las dejo aquí, tengo que irme ya.
—¡Naia!—dijo antes de que saliera corriendo.
—¡Siento la interrupción! ¡Llamar antes de entrar! Siempre lo olvido—dijo en plena huída.
—Esto… —Saga se acercó hasta el umbral de la puerta del salón, y ladeó el rostro viéndola marchar. —Gracias.
Si le oyó o no, probablemente nunca lo sabría. Aquel era un asunto que no estaba seguro de querer hablar con Naia, y estaba casi seguro que ella tampoco querría hacerlo. Sin embargo, antes de que su mente tuviera tiempo de ir más allá, Arabella estalló en carcajadas. Él la miró, con las cejas alzadas, pero lejos de acallarla, la hetaira no atinó más que a reír un poco más.
—¡Por los dioses! —musitó, mientras se secaba con cuidado las lágrimas de sus ojos.— Eso ha sido…
—Oh, cállate. —Saga se dejó caer a su lado, apenado.
—¡Pobrecilla! Su cara de…
—¡Arabella! —protestó, pero no fue nada convincente, y ella siguió a lo suyo.
—No me habías dicho nada de esto.
—¿De qué? —La miró confundido.
—Ella es Caelum, ¿verdad? —Saga asintió—. No la había visto nunca. Es guapa. —Saga continuó mirándola, sin comprender a donde iba la conversación.
—Se acuesta con Kanon desde hace meses—dijo, pero sus palabras sonaron más a una queja que otra cosa.
—Tu cara al verla…
—¿Qué? —espetó impaciente.
—Me hablaste mucho de ella todo este tiempo. De vuestro pasado, de tus preocupaciones acerca de su situación aquí, de tus miedos a que el Maestro o Arles lo descubran…
—Confío en ti. —Arabella sonrió, y le colocó un mechón azulado tras la oreja. —Eres una mujer inteligente, y siempre dices cosas que merece la pena oír.
—Ya lo sé. Me gusta que lo hagas.
—¿Entonces cuál es el gran asunto en todo esto? —La morena guardó silencio unos instantes, durante los cuales se perdió en sus ojos.
—Eres un hombre increíble, y te aseguro que después de tantos años, después de todo lo que hemos vivido… no dejas de sorprenderme.
—Estás hablando igual de enigmática que Shion en este momento, y me resulta inquietante que me acueste con una mujer que tenga cierto parecido con él. —Arabella rió suavemente. —Solo escupe lo que estés pensando, y sigamos donde estábamos. —El mohín infantil de su rostro, la resultó adorable.
—Todo lo que me has contado de ella, de lo poco que te gusta su relación con Kanon, tus sensaciones… esas a las que no sabes ponerle nombre, o no quieres… Esos sentimientos que te han inquietado tanto este tiempo. Todo eso es importante. Es algo grande. Y yo si se ponerle nombre. Sin embargo, creo que tú aún no estas listo para escucharlo. O para aceptarlo.
—¿Qué es lo que estás tratando de decirme? —Ella rió de nuevo. Saga tenía una mente privilegiada, pero los asuntos más simples y mundanos, a veces se le tornaban demasiado complicados de entender. Aunque ella sabía de sobra, que era él quién se empeñaba en no comprender. Era más fácil vivir así.
—Te has enamorado de ella, cielo.
-X-
Elevó sutilmente su cosmos cuando llegó a Libra. Shion sabía de sobra que no habría problema alguno porque se adentrara en la casa sin llamar, pero tampoco quería ser entrometido. Esperó a que Dohko respondiera, y cuando su cosmos resonó con alegría y sorpresa, Shion se animó a subir las escaleras que conducían a los privados.
Paseó sus ojos rosados por cada rincón, con una curiosidad que hacía mucho tiempo no sentía. Pero… ¿cuántos años hacía que no merodeaba por la séptima casa? Con suerte, solamente habían pasado un par de siglos.
—¡Qué sorpresa! —Dohko lo esperaba en lo alto, con una sonrisa y la intriga plasmada en el rostro. —¿Todo bien?
—Todo el mundo me hace la misma pregunta cuando aparezco en uno de sus templos…
—Quizá es porque resulta inquietante que el Patriarca... —Se hizo a un lado, y lo acompañó hasta el salón, donde se acomodó tranquilamente en uno de los sofás.
—Olvídate de eso. —El gesto de su mano fue tan gráfico, que Dohko dejó escapar una carcajada. —Somos amigos desde hace casi tres siglos. Deberías agradecerme por tener la cortesía de, al menos, avisar de mi llegada. —Se sentó frente a él.
—¿Entonces? ¿Qué te trae por aquí? —Se encogió de hombros.
—Nada en concreto. Camus y Milo llegaron de Folégandros, y al parecer sus equipos funcionaron a la perfección en la misión. Un éxito.
—Son buenas noticias. Siendo la primera misión en tanto tiempo, tenía mis reservas.
—Si, lo sé. Me sucedía lo mismo. Aunque me preocupa más lo que suceda en Reina de la Muerte.
—Esa fue una jugada arriesgada. —Se recostó en el asiento, tomando su taza entre las manos. —¿Kanon…?
—Lo sé, lo sé. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Enviar a Saga. —Después, con expresión pensativa, continuó. —O pedirle la armadura.
—Sabes tan bien como yo, que Géminis es innegociable. Y si lo enviara a él, después quizá tenga que suplicarle porque rescate a Ángelo de la Otra Dimensión. —Dohko rió de buena gana. —Las cosas van mejor, pero hay cosas que no puedo forzar en exceso. Todos parecen llevarse mejor, incluso Saga, Afrodita y Ángelo, pero aun así…
—Si, lo comprendo. Aún puede notarse la tirantez. Aunque no se le puede culpar… —Agachó los ojos verdes, y Shion frunció los lunares inmediatamente.
—Deja ese asunto de una buena vez. Siempre terminamos discutiendo de lo mismo, y sabes bien que las cosas toman su tiempo, para todos. Saga cuenta con una gran perspectiva de las cosas, y tiene una paciencia sorprendente. Deja de preocuparte por eso.
—No puedo evitarlo.
—Ya lo sé. Pero esa no es la cuestión. Volviendo a Kanon… Intento integrarle, a pesar del obvio obstáculo que es la armadura. No puedo mantenerle aquí encerrado eternamente, solo por si acaso. Además, con armadura o sin ella, es un santo dorado. No tener un ropaje, no debería ser un problema para este tipo de misiones. Si lo fuera, tendría que preocuparme seriamente de lo que puede hacer o no…
—Eso no es un problema. —Kanon era tan fuerte como cualquiera de los demás, y contaba con una mente privilegiada que en muchos casos lo colocaba un paso por delante. Dohko lo sabía. —No creo que eso sea lo más importante respecto a él, sino el efecto que determinadas palabras puedan tener en él. Es más fácil de provocar que su hermano.
—Si, lo es; pero también es mucho más duro en su respuesta. Veremos que sucede. —Negó con el rostro, y robó una rebanada de pan. —Soy optimista, y no sabes como me complace serlo respecto a él. Además, confío en que sea beneficioso para Ángelo.
—¡Esperemos que si!
—De todas maneras, estuve pensando en otros asuntos. —Dohko alzó una ceja y ladeó el rostro. De pronto, el peliverde se había tornado de lo más misterioso.
—¡Escúpelo!
—Hablé con la princesa de ello en un par de ocasiones antes, y creo que ahora es el momento de oír tu opinión.
—¿Acerca de qué?
—Acerca de los Santos de Bronce. —Dohko se irguió, y la sonrisa dulce de su rostro se desvaneció. Aquel era un asunto que de un modo u otro, le resultaba doloroso. Shion se percató del cambio, y rápidamente continuó. —Ahora, con sus recuerdos de la guerra eliminados, con todo su pasado borrado… creemos que estén a salvo de todo lo que tenga que ver con nosotros. Sin embargo, también creímos prudente mantener un ojo sobre ellos siempre que nos sea posible. Solo por precaución.
—¿Hay algún peligro real sobre ellos?
—No. —Negó con seguridad. —¿No te parece una buena idea?
—Si, si… claro. —Suspiró. Solo los dioses sabían cuánto extrañaba a Shiryu y Shunrei. ¡Cuánto se preocupaba por ellos!— Lo es.
—Había pensado… —Sus ojos rosados permanecieron atentos a cada minúsculo detalle del rostro de su amigo; esperando por su reacción. —Que quizá te gustaría ir hasta Rozán. —Dohko se sobresaltó en su asiento.
—¿Eso es prudente?
—¿Por qué no? Shunrei no conoce tu aspecto actual, y Shiryu no tiene recuerdos que puedan… Si te parece bien, podrías pasar unos días por allí, viendo que todo este bien; averiguando si hay algo que necesiten…
Dohko guardó silencio, y por unos largos segundos, Shion pensó que diría que no. Sin embargo, cuando estaba a punto de añadir algo más, retirando la propuesta, Dohko respondió al fin.
—Si, si. Gracias. Muchas gracias.
—No me las des.
-X-
—Tampoco es algo tan malo. —De modo inmediato, Saga frunció el ceño.
—Todo depende del punto de vista, ¿no? —La morena asintió, pero él chasqueó la lengua con disgusto. —Suponiendo que lo dijeses fuera cierto…
—Que lo es. —El peliazul rodó los ojos.
—Aún si lo fuera… —Ella podía mostrar toda la seguridad que quisiera en aquel asunto, Saga no lo tenía tan claro. Incluso después de aquella fantástica tarde que habían pasado juntos en la cabaña. —Soy un Santo.
—¿Y? No es como que fueras el primero en poner los ojos en una amazona…
—Eso carece de importancia. Tengo otros asuntos y otras obligaciones como para… Hay unas normas, por un buen motivo. —Se encogió de hombros, y Arabella sonrió, enervándolo un poquito más. Finalmente, Saga suspiró. —Yo no soy Aioros.
—Oh, eso lo sé bien. —Una risita pícara abandonó su garganta.
—Él es capaz de entregar su vida a alguien solamente porque… Yo soy un desastre emocional. —Se tomó unos segundos para ordenar sus palabras, no era su deseo sonar demasiado frío, y tampoco demasiado idiota. —¿Crees que si Aioros conociera bien lo que es la guerra, sería capaz de mantener una relación así con Apus? Es decir… —Carraspeó. Pisaba terrenos pantanosos con aquella comparación—. Él… murió. Lo dio todo, y la dejó atrás porque en aquel instante todo se desencadenó de esa manera, sin que él hubiera podido verlo venir. Creo que es distinto a saber lo que es ponerse la armadura y pelear, teniendo la certeza que no vas a sobrevivir... Sabiendo que ese es precisamente tu deber, morir. ¿Podría simplemente dejarla atrás como si nada en ese caso?
Saga hablaba completamente en serio, Arabella lo sabía; de otro modo jamás hubiera sacado al Santo de Sagitario a relucir en la conversación. Quizá ella le había puesto palabras a lo que él sentía, pero comenzaba a entender que Saga llevaba mucho tiempo pensando en aquel asunto de todas las maneras posibles; aunque su cerebro racional y calculador le estuviera buscando más explicaciones de las necesarias.
—¿Cómo te involucras en un guerra sin esperanza de vida, así, de esa manera? ¿Cómo te esfuerzas, haciendo lo que sea necesario, lo que deba hacerse… teniendo a alguien a quién quieres? ¿A quién extrañas? ¿Cómo dejas que esa persona participe en la misma guerra haciendo lo que debe? ¿Cómo lo permites sabiendo que puede morir?
—Quizá debas preguntarle a Aioria sobre eso.
—No acabas de decirme que le pida un consejo a Aioria, ¿verdad? —Ella rió con ganas, y después, buscando sus ojos, acarició su rostro.
—Yo no dije que fuera fácil.
—Además, ella y Kanon… —Se encogió de hombros, y con frustración se sopló el flequillo. —Aunque estuviera seguro de esto, aunque encontrara respuesta a todas estas preguntas… Es Kanon. Después de todo este tiempo, debo admitir que no nos va tan mal como esperaba. Es imposible que yo… —Se revolvió la melena con nerviosismo.— Mientras Kanon este de por medio, ella es intocable.
—¿Entonces?
—Entonces nada. Dejemos que esto sea un secreto entre tú y yo. —Atrapó sus labios y los saboreó con avidez, dispuesto a enterrar ese escabroso asunto en lo más oscuro de su mente. —¿De acuerdo?
Ella solamente asintió.
-Continuará…-
NdA:
Milo: Creo que alguien si que celebró a lo grande el primer aniversario de DTE Renacer…
Kanon: Si hablas del arquero, le tomo un año. ¡Un AÑO! Madre mía… u_u
Aioria: ¡Oye! Un año natural, no equivale a un año en el fic. ¬¬'
Kanon: ¿Solo son como… seis meses en la historia? ¿Sabes cuántos polvos tuve en ese tiempo?
Saga: … u_ú u_ú
Milo: Creo que a Saga no le interesa.
Aioros: ¿Podemos dejar de hablar de esto? ¡Mejor hablemos del hecho de que los gemes cumplen 55 años en la vida real, y Kanon sigue teniendo el cerebro de un niño de 10!
Kanon: ¡Oye! ¬¬'
Santitos: ¡Felicidades, gemes! :o) ¡Felicidades Malvadas, por el primer año de esta secuela!
Sunrise: ¡Y con muchas felicitaciones, nos despedimos hasta el siguiente capi!
Damis: ¡Queremos reviews de regalo!
Saga: Maldito sea el tiempo u_ú
