Capítulo 19: Sospechas

Era temprano, llovía y hacía un frío del demonio. Pero a pesar de todo, Shura se había animado a salir de Capricornio a primera hora. Con toda seguridad, sería el primero en llegar al comedor ese día, pero no le importaba. Si había abandonado su templo con más premura de lo usual era porque, en el fondo, tenía le esperanza de coincidir con alguien.

También tenía que admitir que no pensaba dejar todo a la suerte. Si debía husmear un poco más por ahí para encontrar a Alessandra, lo haría. Hacía varios días que no la veía más que durante las horas de comida y, si tenía intenciones de aspirar a algo, necesitaría más que eso. Al menos, tendría que hablarle.

—¿Shura? ¿Buscas a alguien? —El sorpresivo saludo le tomó desprevenido. Svetlana, con su rostro de princesa de cuento, le sonrió.

—No, no…—carraspeó—. Solo veía si alguien más llegó ya.

—Eres el primero, todavía es temprano.

—Oh…

—Apenas estamos preparando el comedor, pero si lo deseas, podemos servirte algo mientras esperas.

—Pues…

Pero, antes de que pudiera responder, el destino abrió la puerta del enorme comedor y el rostro de Alessandra se asomó.

La doncella oteó por un segundo, en busca de la rusa. Sin embargo, al reparar también en la presencia del español, se congeló por un segundo, antes de animarse a obsequiarle una sonrisa diminuta. El gesto afable con que él le correspondió, pareció animarla un poco.

—Hola— él le dijo.

—¿Qué tal? Has llegado temprano. Aún no terminamos de acomodar todo—musitó.

—No hay prisa. ¡Tranquila! —Shura se rascó la cabeza con torpeza. Lo último que quería era hacerla pensar que les metía prisa. —Es mi culpa por venir antes de tiempo. Yo solo quería… es que…

La incomodidad del santo se hizo más que obvia a los ojos de Svetlana, quien solo miraba con atención sus reacciones. Sonrojarse era una reacción propia de Alessandra, pero la torpeza no era algo que caracterizada a los habitantes de las Doce Casas. Por supuesto, Shura nunca le había sido demasiado familiar, pero si su experiencia contaba para algo, entonces diría que tenía algo entre manos. Si lo pensaba bien, diría que el alguien que estaba buscando no era ninguno de los otros chicos.

Más que curioso le resultó el hecho de que, en los últimos días, el español no había sido el único interesando en la escasa conversación de la doncella. Camus había rondado peligrosamente el lugar, buscando cualquier escusa torpe para acercarse.

Y eso era solo lo que ella había visto. Porque, hasta donde había escuchado y sabía, también Arabella había reparado en la proximidad de ambos santos a su compañera. Ninguna había hecho comentarios inapropiados, pero quizás era momento de considerar que la dulce Alessandra conseguía más miradas de las que podía manejar. Dos santos dorados atraídos como moscas por la personalidad azucarada de la jovencita no estaba nada mal.

La población femenina del Santuario moriría de envidia mientras Alessandra se las ingeniaba para decidirse por uno, o por otro. La mayoría hubiera deseado quedarse con ambos.

Se guardó para si misma lo divertido de sus deducciones y disimuló del mejor modo posible lo curioso de la situación.

—Alessandra—interrumpió aquel silencio incómodo y súbito entre Alessandra y Shura—, ¿por qué no traes un poco de té caliente para Shura? —La doncella más joven se respingó y asintió, torpemente. —Una buena taza de té siempre abre el apetito.

—Sí. —Y, mientras la veía desaparecer, la pelirrosada sonrió al español.

—Es una buena chica.

—Lo sé… —Él afirmó. No estaba muy seguro de que era exactamente lo que quería decirle Svetlana.

—Y también es algo inocente para estás cosas.

—Svetlana, yo no…—intentó explicar sus intenciones, pero ¿qué tenía que decir?

—Así que portaos bien, o yo misma os patearé el culo.

—¿Portaos? —En plural. Algo no iba bien.

—Portaos. Ambos. Los dos—la rusa recalcó—. ¿En serio te sorprendes?

—Camus ha…

—Ha tenido mejor suerte que tú, sí. —La puerta se abrió y Alessandra volvió a salir, con la humeante taza en sus manos. Svetlana calló de inmediato.

—Toma. Ten cuidado, que está muy caliente.

Pasando a un lado de la chica, la rusa se escabulló hasta la entrada al comedor. Abrió la puerta, con toda la intención de continuar con sus labores. Pero antes de desaparecer, echó una mirada sobre su hombro hacia el español.

Sus ojos atraparon de inmediato a los de Shura. Él la miró, sin saber que esperar. Sin embargo, girando los ojos, ella le hizo entender que se preocupara solo por Alessandra. Arabella y ella se las ingeniarían para terminar con los deberes previos a la llegada del Maestro y el resto de ellos.

—Uno siempre puede llegar temprano, Shura—dijo antes de marcharse—. Pero a veces hay quienes nos llevan ventaja.

-X-

—¡Ajá! —Al escuchar la siempre dinámica presentación de Milo, Camus solo pudo soplarse el flequillo. —¡Aquí estás!

—Es mi templo, Milo. No sé a quien esperabas encontrar aquí. —De inmediato, se arrepintió de su respuesta. La implicación en la sonrisa perversa de su amigo lo dijo todo: había torcido sus palabras una vez más.

—En realidad, esperaba que alguien más…

—Calla, Milo. Calla.

No era que Milo le desagradara, ni tampoco que le rehuyera todo el tiempo, pero llevaba días con esa insistencia cada vez más insoportable. Desde que habían regresado de la misión contra las Lamias, y había cometido el grandísimo error de olvidarse de la discreción delante del escorpión. Aquel descarado intento de ligarse a Alessandra había sido una equivocación.

Ahora, por un impulso mal contenido, tenía que soportar una y otra vez la misma pregunta. Comenzaba a temerse que, de no saciar la curiosidad del bicho de cualquier forma, nunca se libraría del interrogatorio.

—Soy tu mejor amigo. ¿Piensas contarme algún día? ¡Llevas atormentándome con esto por días!

—Quizás si no te lo he contado hasta hoy, es porque no quiero que sepas nada. —La mueca de disgusto en el rostro de Milo le hizo sonreír para sus adentros. A pesar de todo, mantuvo la compostura.

—¡Eres un hombre cruel, Camus de Acuario! Este es el tipo de cosas que debes compartir conmigo.

—Pero no lo haré. —El acuariano giró sobre su talones y se decidió a emprender la huída. Detrás de él, el santo de Escorpio caminó, dispuesto a no darle descanso.

Recorrieron, uno tras el otro, el largo pasillo que unía el despacho con el salón del décimo primer templo. Después atravesaron el salón hacia la cocina. Una vez ahí, el francés se preparó una taza de café humeante, bajo la mirada siempre atenta e insistente del escorpión. Era cuestión de tiempo antes de que Milo volviera a lanzarse encima, con un montón de preguntas.

Fue precisamente en ese momento cuando sus miradas coincidieron y Camus corroboró sus sospechas. Los traviesos ojos de Milo no eran solamente expresivos, sino también transparentes para dejar en claro sus intenciones.

Las preguntas no terminarían, así como tampoco las miradas mal disimuladas durante el desayuno, cada vez que Alessandra hacía acto de presencia. Si no fuera por que los ojos de todo el mundo usualmente estaban en Saga y Arabella, hasta el usualmente apático Shaka ya se hubiera dado cuenta de que, por el momento, había un claro favorito en esa carrera entre Shura y él. Por supuesto, al acuariano no le molestaba en lo absoluto que la atención residiera en alguien más, y que él pudiera hacer lo que quisiera sin demasiadas preocupaciones. Claro que Milo era un problema lo suficientemente grande ya.

—Anda, confiesa. ¿Estás haciendo cosas sucias con ella? —Levantó las cejas una y otra vez, en un gesto tanto cómplice como acusador.

—Milo…

—¡¿Qué?! —Sin poder aguantarla por más tiempo, una gran carcajada escapó de la garganta del peliazul. —Por lo que sé, es…o era, una doncellita tímida e inocente. Tienes que admitir que, por muy divertidas que sean las chicas salvajes, siempre hay algo adorable en las que son lindas y recatadas.

—Alessandra y yo no hemos hecho nada.

—¿Nada?

Nada. —Se aseguró de que su mirada fuera lo suficientemente severa para acallar al griego, pero en vez de eso, la sonrisa pícara de su amigo se agrandó. —Al menos nada de lo que estás pensado. ¿Quieres café?

—Ugh. No, gracias. Beber tu café es igual a beber engrudo.

—Como quieras.

—Lo que quiero son chismes. ¡Chismes!

—¿Hace cuanto nos conocemos, Milo?

—Toda una vida—respondió—. Y antes de que me digas que debería conocerte mejor, voy a decirte que lo hago. Nadie sabe mejor que yo que, detrás de tu fachada de frialdad e indiferencia, eres tan golfo como todos nosotros.

La cucharilla de Camus salió disparada y aterrorizó en la cabeza de Milo. Éste último, en lugar de inmutarse, rió con más fuerza. Pocos placeres superaban el observar la cara de fastidio total del francés. El santo de Acuario podía no ser expresivo, pero cuando quebraba tan solo un poquito su máscara de apatía, solía resultar de lo más gracioso a los ojos del escorpión.

Ignorándole, Camus se levantó por un reemplazo para su cuchara. Una vez más, Milo siguió cada uno de sus pasos en un silencio que decía más cosas de las que su boca podía.

—¿Qué más quieres que te diga? —Meneó la cabeza, cansado del escrutinio que le hacía víctima.

—Solo quiero saber si debo ofrecer mis condolencias oficiales a la cabra.

—Lo que debes hacer es cerrar la boca.

—Uh. —Milo sonrió. —Eso es un "sí".

—Es un "cállate"—Camus replicó—. Las cosas van bien con Alessandra, pero no me apetece apresurar nada. —Bebió un sorbo de café, con la esperanza de lucir más relajado. Pero tenía que admitir que el interrogatorio de Milo le ponía más nervioso de lo que quisiera.

—Eres tan… adorable. —La mirada fulminante del santo de Acuario recayó sobre el de Escorpio. —Todo un caballero—añadió, no sin cierta ironía.

Pero por mucho que a Milo le resultara increíble, Camus no iba a presionar algo que le estaba saliendo tan bien. Alessandra no era cualquier chica. Era tímida, callada y frágil. A la más mínima insinuación, si no tenía cuidado, perdería todos los avances que tenía hasta entonces.

Además, siempre estaba el factor Shura.

Una cosa era ser rivales de amores, y otra muy diferente eres restregar la ventaja que llevaba a su amigo. Y, encima de eso, debía ser cuidadoso, porque competir con el español era tema delicado. Por mucho que confiara en su propio encanto, Shura era la cosa más adorable de las doce casas… probablemente el único tipo decente de los doce, excluyendo a Aioros, quien era la gran interrogante del lugar.

De hecho, conforme meditaba, en ese mismo instante se daba cuenta de que no tenía la menor idea de en qué estaba el santo de Capricornio. Si el amor era como la guerra, entonces había cometido un error de novato: había perdido de vista al adversario.

—¿Sabes algo de Shura? —preguntó, tratando de lucir demasiado ansioso.

—¿La cabra? Es tu vecino y tu segundo mejor compinche, después de mi, obviamente. —Milo se encogió de hombros. —¿No deberías saberlo tú?

—No te hagas de rogar, Milo. Ya sabes a que me refiero.

—Oh… —El santo de Escorpio torció la boca, muy divertido. ¡Camus le pedía chismes! ¡Alguna catástrofe sucedería pronto! —No sé mucho. Si me permitieras acercarme a él y hablar del asunto…

—No te pases. —Sorbió su café. —Si te acercas, dirás alguna estupidez.

—¡Empatizar con su mala suerte no es una estupidez!

—¿Ves? Acabas de darme la razón.

Ofendido, Milo le sacó la lengua, se cruzó de brazos y su rostro reveló su indignación. Él era un tipo de lo más simpático con todos, así que le ofendía que Camus pensara que se burlaba del futuro sufrimiento de Shura. La cabra le simpatizaba muchísimo, y también le consideraba un buen tipo. Pero siendo realista, no tenía nada que hacer junto a Camus. No lo pensaba porque no fuera guapo, o encantador o porque no tuviera una personalidad arrolladora—de hecho, consideraba que Shura poseía todas esas cualidades—, sino porque, al igual que la dama en cuestión, era demasiado tímido, y Camus había demostrado ya que iría por todo y con todo.

Y, si lo pensaba bien, también estaba el segundo factor en juego: el factor Saga. Si la doncellita tímida había fijado los ojos en cierto geminiano al que Milo tenía muchísimo aprecio, entonces era porque, como rezaba el dicho, a las chicas buenas siempre les gustan los chicos malos… y Shura no era un chico malo.

—Si vas a pedirme que espíe por ti, Camus, tendrás que mantenerme involucrado—chilló.

—Oye, si quisiera averiguar algo, lo haría por mi mismo. Contrario a lo que pienses, Shura y yo somos gente civilizada. No esperes golpes, ni gritos, ni sabotaje, ni nada. —Meneó la cabeza, pensando en todo el drama que el santo de Escorpio pudo haber pensado entre ambos.

—¿No lo harán interesante? ¿En serio? —La mirada gélida volvió a hacer acto de aparición. Como ya era usual, el griego no se inmutó.

—No hagas un escándalo de esto, Milo. No voy a repetírtelo.

—Tranquilo. —El peliazul se bajó de la butaca alta de la cocina de Camus, sacudiendo la mano para quitar importancia a las preocupaciones de su amigo. Caminó hasta la salida y, antes de abandonar la habitación, se detuvo bajo el marco de la puerta y giró, en busca de la mirada del francés. —Con un poco de suerte, será ella quien haga el escándalo que tanto te preocupa. —Le guiñó el ojo, encontrando de lo más divertido el rostro impávido del acuariano ante la pícara connotación del comentario. —Suerte con los gritos.

Su risa desvergonzada se fue esfumando mientras abandonaba el templo de Acuario. A sus ojos, esa pequeña competencia entre sus amigos, tenía mucha emoción y un premio interesante.

-X-

—¿Qué fue eso? —Alessandra preguntó entre murmullos. Le tomó unos segundos a Shura encontrar algo decente que responder.

—Es… ahm… —Se sopló el flequillo. Necesitaba una respuesta rápida y creíble para su pequeño dilema. —No es nada. Parece que Svetlana se ha contagiado de la manía de responder con dichos ambiguos a todo, como el Maestro. Cada quien saca una moraleja distinta de ello.

—No escuché demasiada ambigüedad. —Ella le miró con extrañeza, pero en un intento de mantener la calma, Shura solamente bebió un largo sorbo de su bebida. —De cualquier modo, espero que te sirva para resolver tu problema.

—Si, gracias…

—Yo debería volver—continuó—. El Maestro y Arles no tardarán en llegar. Usualmente son los primeros en llegar, junto con Shaka, o el Maestro Dohko.

—Dohko está de viaje.

—Algo escuché al respecto. Viajó hasta Rozan, ¿cierto?

—Si.

—Debe ser un sitio hermoso.

—Han pasado muchísimos años desde la última vez que estuve ahí, pero sí, lo es—Shura respondió. —Las montañas, con la luz del ocaso, son preciosas. ¡Y la cascada! No solo es una delicia a los ojos, sino que el constante ronroneo del agua es la cosa más relajante que puedas imaginarte.

Lo único que lamentaba era el hecho de que, el viaje del que hablaba, no había sido uno de placer. Como todas las cosas sucedidas durante los tiempos de Ares, si Shura había puesto un pie en los Cinco Picos, lo había hecho para espiar a la distancia al viejo traidor, al que el Patriarca consideraba un enemigo a temer.

Ahora que lo pensaba mejor, en una situación más relajada, volver a Rozan tenía que ser una delicia. Era una lástima que mientras Shiryu estuviera allá, el lugar prácticamente estaba prohibido para todos.

—Me encantaría conocer un lugar así algún día. —El comentario de Alessandra le robó una sonrisa. Sus ojos destilaban un aura de inocencia que le resultaba de lo más bonita. —Nunca he conocido más allá de este sitio. Atenas es lo más lejos que mis pies me han llevado.

—Bueno, quién sabe. Quizás algún día tengas la oportunidad de hacerlo.

Con el más absoluto cuidado, su mano se posó sobre el hombro de la doncella y resbaló por su brazo, acariciándola con suavidad. La reacción de ella no fue inmediata.

Primero agachó el rostro, confundida por aquella caricia y, unos segundos más tarde, le devolvió una sonrisa tan incómoda, como abochornada. Disimuladamente escapó de su toque, pero no salió corriendo de milagro, sino que permaneció frente a él, sin saber que decirle.

—Lo siento. No pretendía incomodarte.

—No, no. Es que no estoy acostumbrada. —"Y esto esta comenzando a suceder muy seguido".

—Me he tomado demasiada confianza.

—Está bien. No te mortifiques más. En realidad, yo tengo que volver ahí dentro. Svetlana y Arabella están haciendo todo el trabajo solas y…

—Lo sé, lo sé. No quiero distraerte demasiado de tus labores. —Él agachó la cabeza y la miró fugazmente. —Tal vez podríamos conversar otro día. ¿Te parecería bien? Puedo venir y compartir una taza de chocolate. O, ¡mejor aún! Podrías ir a Capricornio y yo podría preparar algo…

A diferencia de Saga, quien desde que Ares se posesionó de él jamás había tenido la necesidad de cocinar su propio almuerzo; o de Aioros, quien por su propia ausencia nunca había tenido la oportunidad de aprender siquiera a hervir agua, Shura se consideraba un cocinero bastante decente. Era habilidoso en la cocina y su comida era ciertamente apetitosa. Probablemente —si los rumores eran ciertos, cosa que a nadie más que a Afrodita le constaba—, solamente Ángelo era mejor cocinero que él. Por supuesto, la comida de Ángelo era algo reservado para muy pocos paladares.

También, a diferencia del santo de Cáncer, a Shura no le importaba cocinar para alguien más. En ese caso en particular, le encantaba la idea de su compañía.

—Eres muy amable. —Su respuesta fue solo un susurro, pero dejó algo muy claro para el español. Alessandra no había aceptado.

Su lado optimista le habría invitado a pensar en que tampoco se había negado de un modo absoluto. Sin embargo, no podía pasar por alto que quizá la doncella era demasiado dulce como darle un palmo de narices. Así que, pensándolo de ese modo, era más sencillo pensar que aquella respuesta no era más que un gesto de amabilidad.

Y, peor aún, si Svetlana tenía razón, entonces Camus no solo se le había adelantado, sino que además, le llevaba ventaja. Una amplia ventaja.

-X-

Para Dohko, volver a Rozan traía consigo muchas más emociones que el simple hecho de volver a ver a Shiryu y Shunrei. Aquel había sido su hogar durante los más de dos siglos de su larga vida. Había nacido allí, había entrenado; sufriendo, llorando y riendo como el resto de sus compañeros, hasta que estuvo listo para marchar al Santuario y reclamar lo que era suyo. Después, aunque su vida cambió de un modo asombroso, nada de aquello perduró.

Fue deslumbrado por la luz del Santuario, de la niña diosa, y de la majestuosidad de sus propios compañeros. Después no le quedó más remedio que contemplar como todo aquello se marchitaba y como sus amigos morían uno a uno. Solamente él y Shion. Había sido una victoria, pero nunca se sintió así… para ellos no había sido más que una fatal casualidad.

Hubiera deseado quedarse en el Santuario con él, sobrellevar juntos aquel infierno al que regresaron… Pero el destino no quiso que fuera así, y volvió a Rozan, descubriendo que no solamente era un pequeño paraíso remoto, sino que bajo sus montañas se albergaban grandes secretos. Tomó todo aquello como su propia responsabilidad. Quizá no había sido nada en comparación a todo lo que Shion había hecho y enfrentado en soledad… pero era lo único que pudo hacer.

Ahora estaba allí de nuevo, con un cuerpo rejuvenecido y vigoroso; como un desconocido. Abandonó el sendero que discurría entre los altos troncos de los alerces y las finas ramas de bambú, se detuvo y contempló el paisaje que se extendía frente a él.

Una oleada de lágrimas inundó sus ojos cuando se pasearon por el claro a los pies de la cascada. Los cerró, a la vez que tomaba una gran bocanada de aire y se dejaba acariciar por el suave vapor del agua. Podía escuchar a la perfección el trino de los faisanes dorados, entremezclado con su suave picoteo en busca de alimento.

Estaba en casa. Sonrió, abrió los ojos, y se caló el Nón Lá. Alzó la vista, hasta que su mirada se topó con la fachada de su viaja cabaña, y emprendió el descenso por el sendero. Fue entonces que todo, por un breve instante, se detuvo.

Escuchó su voz, dulce y suave; pronunciando cada sílaba con cariño y timidez. Dohko solamente atinó a tragar saliva, mientras forzaba a sus piernas a caminar. Después lo escuchó a él… carente de toda aquella seriedad que siempre lo había caracterizado. Shiryu se escuchaba relajado.

Y finalmente, les vio. Se detuvo unos instantes a contemplar la escena que tenía frente a si, mientras su corazón amenazaba con abandonar su pecho. Ahí estaban, sus dos pequeños, recogiendo la colada como una familia normal entre palabras y risas.

—¿Necesitas ayuda? —La voz de Shunrei lo despertó de su ensoñación. No sabía cuanto tiempo había permanecido allí, a unos metros de ellos, observándoles con fascinación.

—Si…—murmuró—. Solamente estaba de paso, pero agradecería si pudierais darme un poco de agua. —No se le ocurrió nada mejor que decir, pero le bastó. Ella sonrió, y asintió con amabilidad.

—Yo lo traigo, tranquila. —Shiryu acarició su brazo suavemente antes de perderse en el interior de la cabaña, y apenas un par de segundos después, salió con una botella de agua fresca. —Ahí tienes…

—¿De viaje? —Quiso saber la joven. Dohko asintió, maravillado.

—Voy hacia el pueblo. Solamente estoy de paso. Rozan es verdaderamente bonito… -Llevó sus ojos de uno a otro, y le dio un sorbo al agua. —Se respira paz en cada rincón.

—Si. —Shunrei asintió. —Es como si nada de lo que atormenta al mundo, fuera capaz de llegar hasta aquí.

Dohko la observó durante unos instantes. No le pasó desapercibida la amargura que camuflaba su candor. Ella había sufrido como todos los demás, con la diferencia de que podía recordarlo. Nunca se borrarían de su mente las imágenes de guerra, de combates no deseados y de heridas mal sanadas. Tampoco podría olvidar las veces que había contemplado a Shiryu marchar sin la certeza de que alguna vez fuera a volver. Ni siquiera su propio adiós.

—Es un pequeño paraíso. Además, no hay muchos visitantes, es difícil llegar hasta aquí—intervino el antiguo Dragón.

—Si, lo sé… no fue sencillo. —Dohko esbozó una sonrisa amable, mientras sus miradas se cruzaban. Shiryu había recuperado la vista de nuevo. —Pero es mejor así… que Rozan permanezca oculta al mundo.

—Es parte del encanto. —El chino asintió de nuevo cuando escuchó al joven hablar.

Permaneció unos segundos callado, pensando en lo extraño que se sentía no ser recordado. Shiryu, aunque había contemplado su cuerpo rejuvenecido, no tenía ninguna memoria suya. Ya no. Y ella… Ella, simplemente, nunca había visto su aspecto real.

—Será mejor que me vaya. Tengo un largo camino por delante. —Casi a la vez, la pareja asintió. —Muchas gracias por el agua. —Entonces, se dio la vuelta y reemprendió sus pasos. —Gracias, Shunrei.

No se detuvo a ver su expresión sorprendida. No lo necesitaba. Conocía a aquella niña como a la palma de su mano. Permanecería allí, quieta… observando su caminar perezoso con aquellos enormes ojos grises, quizá comprendiendo. Quizá no… De lo que si estaba seguro, era de que ella jamás había dejado de luchar. Nunca perdió la esperanza… la fe en una Orden misteriosa que le había quitado todo cuanto amaba, para devolverle una parte después. Pero ella sabía, sabía por qué Rozan era un paraíso. Conocía sus secretos, y era consciente de que desde Atenas, no les habían olvidado un solo instante.

Quizá, solo quizá, habría logrado reconocer un atisbo de su vieja voz, del amor con el que siempre la había hablado.

Dohko sonrió. Todo estaba bien. Todo estaría bien para ellos.

-X-

Saga subió la cremallera de la sudadera, y escondió las manos al calor de sus mangas. Lanzó una fugaz mirada al cielo, que no auguraba nada bueno, y arrugó la nariz. Comenzaba a cansarse del invierno y, lo peor de todo, es que apenas empezaba diciembre. Apretó el paso, la tormenta de la mañana le había obligado a quedarse en la cama más tiempo, y ya llegaba tarde. Suponía que su equipo estaría esperándole, y seguramente, Shaina ya tenía un discurso en mente acerca de las responsabilidades y la puntualidad.

Ahogó un bostezo, y un escalofrío lo siguió. Asomó a lo alto del coliseo, y encontró que aunque muchos entrenaban, otros tantos permanecían tranquilamente en las gradas. Oteó el panorama, hasta que encontró juntos a Jabu y Argol unos metros más abajo, y finalmente les dio alcance, quedando en pie a su lado.

—¿Qué es tan interesante a estas horas?

—¡Saga! —Jabu se sobresaltó al oír su voz, y el respingo no le paso desapercibido a ninguno de sus acompañantes.

—Echa un ojo. —Argol movió la cabeza levemente, indicándole en que dirección mirar.

Alzó una ceja con curiosidad, pero el geminiano hizo tal y como el rubio sugirió. Volvió la vista a la arena, en parte embarrada y encharcada por la lluvia, y entonces reparó en aquello que resultaba tan interesante a los ojos de los curiosos. Kanon estaba allí, entrenando con su equipo. Aunque no estaba seguro de que la palabra "entrenar" definiera exactamente lo que sucedía.

Por extraño que fuera, aquel día el menor estaba haciendo lo que se había negado a hacer en meses: supervisar al esperpéntico equipo que Shion le había dado. Y la verdad, no culpaba a Kanon por no querer hacerse cargo, era ciertamente difícil. Sin embargo, no necesitaba observar mucho de aquella pequeña practica, para saber que su gemelo no se hallaba de buen humor. De hecho, dudaba mucho que alguien pensara lo contrario.

Ichi cayó al suelo nuevamente, pero esta vez no se movió de modo inmediato. No importaba lo que Kanon dijera o no, ni cuánto protestara o le increpara, el chico simplemente estaba exhausto y demasiado dolorido. Si no lo mataba, debería sentirse afortunado.

—¿Siempre ha sido así? —Cuando escuchó la pregunta, sus ojos volaron fugazmente hacia Argol.

—Tiene un carácter fuerte. —Aquella fue la mejor respuesta que se le ocurrió. No fue una demasiado brillante, pero no encontró otra manera de contestar. Ver entrenar a Kanon de aquella manera, o verlo desquitarse, mejor dicho… le traía memorias que no estaba seguro de querer desenterrar.

—Quizá… —Jabu se atrevió a meterse en la conversación. —Quizá debería detenerse. Se que vosotros… —Se encogió de hombros torpemente y continuó con timidez, mientras se revolvía el pelo. —Pero nosotros, Ichi y los demás, aún no estamos muy acostumbrados a esto.

—Ya lo sé. Pero si lo que estas sugiriendo es que me entrometa y saque a Ichi de ahí… Siento decirte que eso no es asunto mío.

No era que el chico le diera exactamente igual, pero a veces, sobre todo en ocasiones como aquella, era mejor no estorbar en los asuntos de Kanon, especialmente él. Sin embargo, el rostro apesadumbrado de Jabu no le pasó desapercibido. Imaginaba que formular tal sugerencia le había costado un inmenso trabajo. Solamente estaba preocupado por su amigo, y lo comprendía. Saga suspiró y, después, chasqueó la lengua con disgusto. Era difícil negarse a una petición así del mocoso, especialmente, porque tenía razón.

Tal y como si Kanon les estuviera escuchando, se volvió hacia él, y por un segundo sus miradas se cruzaron. Saga no cambió un ápice de su gesto, pero negó tan sutilmente con el rostro, que no estaba seguro de que su hermano le hubiera visto. Después, cuando la tensión en los hombros del menor desapareció, y su ceño fruncido se desvaneció, Saga supo que si que había entendido lo que trataba de decirle. "No sigas." Solo esperaba, que aquella pequeña intromisión indeseada, no acarreara consecuencias incómodas.

—Acompañadlo a casa y que descanse—murmuró Kanon sin mirar a Ichi siquiera. Después, se colocó la melena desordenada, y les dio la espalda, encaminándose a las gradas, hacia Saga. Poco le importaban las miradas, unas de aprobación y otras mucho más duras de las que era objeto.

El mayor le observó caminar en su dirección y, con cierto interés, vio fugazmente a sus acompañantes. Kanon producía sensaciones extrañas en la mayoría de ellos aún, incluso él mismo lo hacía. No podía culparles por la desconfianza que se negaba a desaparecer, y que desgraciados acontecimientos como aquel, no ayudaban a mitigar.

—¿Entrenas? —espetó Kanon cuando estuvo lo suficientemente cerca como para no alzar la voz.

—¿Mmm…? —Fue lo único que atinó a decir, pillado por sorpresa. Buscó sus ojos, y se supo el inmediato centro de atención de los que estaban más cerca.

—Oh, venga, ya me has oído—respondió con hastío.

De pronto, para Saga, todo se paralizó por unos instantes. No tenía la menor idea de si aquella era la consecuencia a pagar por haberle sugerido, con un simple gesto, que se detuviera en su intento de limpiar todo el barro del coliseo con el maltrecho Ichi. Pero, la verdad era que hacía más de catorce años que no entrenaban juntos… que no peleaban. Más o menos desde que sobrevivió al combate por su armadura, eso, claro, si uno no contaba el incidente de Cabo Sunion o el pequeño rifirrafe durante la guerra de Hades.

No estaba seguro de que fuera una buena idea en absoluto, pero Kanon no parecía dispuesto a ceder, y fuera lo que fuera que le pasaba y le tenía tan molesto, era mejor si entrenaba con él, a si mataba a un santo de bronce. Habría menos preguntas.

Finalmente asintió y se puso en pie.

-X-

Aioros no había perdido detalle de nada de lo que había sucedido aquella mañana en el Coliseo. De hecho, dudaba de que alguien lo hubiera hecho, y lo que estaba a punto de suceder, atraería aún más atención.

Les conocía, o al menos, lo había hecho en la época más turbulenta de la vida de los gemelos, de su relación. Sabía como eran sus discusiones, sus altercados y sus peleas. Y había algo en aquella oferta de parte de Kanon, que se le hacía infinitamente sospechosa.

Desde donde estaba no podía oírles, pero había sido fácil imaginar que era lo que había preguntado. Saga se había tomado su tiempo en responder y, por un momento, Aioros pensó que se negaría. Porque aquello era lo que debía hacer. Independientemente de que Kanon hubiera cambiado, seguía siendo el mismo en muchas facetas. Distinguir la obvia rabia que lo movía en aquel preciso momento no le gustó, y el arquero frunció el ceño cuando Saga se puso en pie y se quitó la chaqueta, siguiéndolo después hacia la arena mientras comprobaba cuidadosamente las vendas de sus manos, en un gesto exactamente igual al que mostraba cuando eran unos chiquillos.

—¿Qué sucede? —La voz de Tatiana no lo desconcentró, continuó viendo a los gemelos con cierta ansiedad que no admitiría a nadie más, al menos no en aquel instante.

Fue como volver quince años atrás. Ambos se movieron en perfecta sincronía, aunque ahora que los veía juntos, Aioros se daba cuenta de que todo aquel tiempo que él había perdido, ellos lo habían invertido no solo en aprender, sino en diferenciarse.

Cuando Kanon lanzó el primer golpe, Aioros contestó a la pregunta.

—Tomemos un descanso, parece que empezará a llover otra vez. —Asterion y Spartan asintieron y marcharon en dirección opuesta, y sin esperar a ver que sucedía con la rusa, Aioros se encaminó hacia las gradas cubiertas, dispuesto a no perder detalle. Segundos después, la amazona lo siguió.

-X-

Sabía identificar bien la rabia cuando la veía, y Kanon estaba desbordado por ella en aquel momento. Era peligroso, lo sabía, y era consciente de que probablemente haber aceptado aquella practica era jugar con fuego… pero también cabía la opción de que se calmara. Sus mentes, retorcidas, siempre habían funcionado así.

Kanon golpeaba con decisión. Descargó un par de puñetazos que no le costó demasiado esquivar y, a pesar de que cada vez imprimía más velocidad, Saga no devolvió ninguno. Se concentró en evadirlos, tal y como si pudiera predecir el siguiente paso que daría su hermano, y casi sin querer esbozó una sonrisa. El hecho de que no le entusiasmara el combate físico no significaba, ni mucho menos, que no supiera pelear más que bien; pero le resultaba infinitamente más divertido marear a su oponente, que destrozarse los nudillos inútilmente. Al menos cuando no era él quién estaba enfadado.

—Te noto un poco exaltado—murmuró.

—¿Tú crees?

—¿La misión con Máscara Mortal no fue lo suficientemente divertida?

Kanon apretó los dientes, e imprimió tanta rabia en los sucesivos ataques, que Saga no logró esquivarlos todos. En determinado punto ambos cayeron al suelo. Ignorando el barro y la lluvia se levantaron rápidamente y, finalmente, Saga pareció dejar de jugar al gato y al ratón. Kanon vio como fruncía el ceño con disgusto, mientras se sobaba la mejilla golpeada, y el menor se sintió complacido.

La estúpida misión había empezado bien. Shion le había dado una muestra de confianza inesperada, y se había esforzado por no estropearlo. Hubiera sido feo echar todo abajo a la primera oportunidad. Ángelo no le había parecido una compañía desagradable, incluso le había caído bien, y el objetivo era bien sencillo. Sin embargo, había sucedido algo que no había previsto. Las palabras de Guilty, que recordaba especialmente nítidas, habían calado mucho más hondo de lo que esperaba.

"—Además, ¿qué sabes tú de armaduras cuando nunca tuviste alguna?" —Kanon había espetado al viejo demonio, esperando callarlo.

—"Lo mismo que tú, según parece. Yo no tengo un ropaje sagrado; nunca lo tuve, nunca lo necesité, ni voy a hacerlo. Mi propio poder basta. Soy yo mismo quien me hago fuerte, no es poder de una diosa disfrazada de cría." —Pero el plan había fallado por mucho. —"No quiero una armadura, no necesito presentarme con logros ajenos, Kanon de Géminis."Había dolido.—. "Yo soy suficiente."

Logros ajenos. La burla impresa al pronunciar su "título".

De pronto, toda la rabia de aquellos trece años, que creía controlada y enterrada, había resurgido con fuerza. No estaba seguro de que el cangrejo lo hubiera pasado por alto. Estuvo a punto de mandar al traste la misión, únicamente por demostrar que podía: qué era fuerte por si mismo y no la sombra de Saga. ¡Saga! ¡Maldición! ¡No podía si quiera describir lo rabioso que se sentía con él en aquel momento, aunque su hermano ni siquiera supiera el motivo! Porque… ¿Cuál era? ¿Haber perdido el combate más importante de sus vidas muchos, muchos años atrás? ¿O qué, más que haber perdido, Saga hubiera ganado? Y no solo a él, sino a Zarek también, en una demostración inequívoca de poder.

No importaba lo oscura que hubiera sido la historia de su gemelo, ni lo que hubiera sucedido bajo sus ordenes: aliados y enemigos lo respetaban y temían por igual. Él era, simplemente, el perdedor frustrado. El desquiciado que había tratado de destruir el mundo solamente por rabia… por envidia. Nunca se libraría de aquel estigma, porque el mundo le recordaría eternamente que no era como su hermano. Y su hermano ya nada tenía nada que ver con el chiquillo que había sufrido y llorado por aquel estúpido combate.

—Los muertos tienden a ser más bocazas de lo que deberían para garantizar su seguridad. —Kanon soltó un puñetazo con la izquierda tan fuerte como fue capaz, y hubiera gritado de haber podido. Solamente deseaba quitarse de encima aquella sensación de impotencia e inferioridad que lo carcomía.

Entonces, la sonrisa de Saga cambió. Adquirió un toque burlón, en el preciso momento en que el puño de Kanon se estrelló contra su palma abierta envuelta en cosmos. Después cerró su mano, con firmeza, sobre la suya.

—¿Qué te dijo? —Cada uno de los músculos de Kanon se tensó al verse atrapado entre la mano de su gemelo y su pregunta. Había sido un tonto error dejarse cazar. Pero Saga no obtuvo respuesta. —Los muertos son peligrosos porque no tienen miedo, y no tienen nada que perder. —Viendo sus ojos, Kanon supo que hablaba por experiencia propia. —No sé qué sucedió en Reina de la Muerte, y la verdad, si es la causa de esto… no quiero saberlo. —Sabía identificar la ira hacia su persona. —Pero peleando así, eres predecible.

Su cosmos se elevó sutilmente, electrificando peligrosamente el agua de los charcos a sus pies. Sus miradas permanecieron unidas con desafío, hasta que el calor del suelo y el hormigueo a los pies de Kanon, se tornó molesto.

—¿No puedes simplemente estarte callado? —espetó Kanon. Se zafó del agarré de un manotazo, y Saga ladeó el rostro con expresión severa. El menor saltó, alejándose del radio de acción de su cosmoenergía, y abandonó la arena embarrada del coliseo con paso veloz.

-X-

Aioros respiró aliviado cuando vio a Kanon marchar. Tatiana, sentada a su lado, le echó un vistazo fugaz, pues el gesto no le pasó desapercibido. Por un segundo, cuando Saga había encajado el golpe y ambos habían caído al suelo, el arquero contuvo la respiración. No temía por uno o por otro, a aquellas alturas, las habilidades de ambos le parecían asombrosas; y eso que aún no había tenido oportunidad de ver alguna de sus técnicas más interesantes. Sin embargo, si temía por las consecuencias que siempre, al menos en su vieja vida, habían traído consigo a un nivel que iba mucho más allá de lo físico.

Observó como Saga quedó quieto en su lugar observando el caminar airado de Kanon, hasta que el menor se perdió de vista bajo la intensa lluvia, y solo entonces, el geminiano pareció reparar acerca de donde estaba. Se dio la vuelta y camino hacía las gradas cubiertas con parsimonia, ignorando del mejor modo posible la lluvia torrencial que arreciaba sobre el Santuario.

Sus miradas se cruzaron por unos instantes, y finalmente, el pelizaul pareció animarse, ignorando sus reparos y la desconfianza que aún reinaba entre ellos, y se acercó hasta él, sentándose a su lado en completo silencio. Se deshizo de la camiseta empapada, dejando a la vista su cuerpo tatuado con tinta y cicatrices. Después, se escurrió la melena lo mejor que pudo, ignorando el escrutinio. Se sopló el flequillo, pero el agua no dejó que los desordenados mechones se movieran de su sitio.

Entonces, suspiró. Casi podía sentir la gripe galopando hacia él por el horizonte.

—No estoy seguro de que fue eso... —Se atrevió a comentar Aioros.

—Lluvia torrencial. —La risa metálica de Tatiana resonó suavemente tras su máscara cuando escuchó la escueta respuesta. Saga la miró fugazmente y dibujó una diminuta sonrisa cómplice. —Y barro—añadió mientras se deshacía de las vendas enlodadas.

—No sé si debo sentirme ofendido porque Kanon haya logrado pegarte y yo no tuviera ocasión de hacerlo, o qué… —Saga alzó una ceja, divertido. Pero lo cierto era, que Aioros no bromeaba. Él siempre había sido el mejor de los tres en aquel ámbito, y ahora… tras todos aquellos años de experiencias, era difícil reubicar a los demás en el peldaño que les correspondía. La maltrecha confianza en si mismo de Aioros se lo recordaba a cada segundo.

—No soy un saco de boxeo antiestrés. Lo sabéis, ¿verdad?

—Pues lo disimulas bien. —La voz femenina irrumpió en la conversación a la vez que una toalla se estrellaba contra su cabeza. Saga alzó el rostro, entre los mechones revueltos de su melena, y alcanzó a ver a Naia acomodándose en el asiento que quedaba justo tras él.

—Gracias. —Se secó tan bien como pudo, hasta que la vieja y oportuna toalla no quedó hecha más que un harapo sucio y mojado. Aunque agradeció el momentáneo calor que le brindó.— ¿Qué haces aquí?

—Está lloviendo. —La morena se encogió de hombros. —Terminamos el entrenamiento con Milo hace rato, y la verdad… no me emociona en exceso la idea de volver al campamento y toparme con una Cobra adicta a los entrenamientos físicos. ¡Podrías hacer un mejor trabajo y mantenerla más ocupada! —exclamó, mientras asestaba un juguetón coscorrón al geminiano—. Pero te distraes demasiado con otro tipo de féminas… —Rodó los ojos, aunque nadie la pudiera ver, estando segura de que aquella última frase había sonado más como un gruñido que otra cosa.

Prácticamente a la vez, Aioros y Tatiana alzaron las cejas con mezcla de curiosidad, sorpresa y diversión.

Naia se maldijo internamente por llamar así la atención. No había podido evitarlo, pero su don de la oportunidad para rondar cerca de Saga cuando el santo se encontraba en situaciones comprometidas, era único. Había pasado días pensando en el cuerpo escultural de la hetaira y su mirada coqueta.

—Oye… —Saga se sopló el flequillo pegajoso una vez más. — Podría decirte lo mismo a ti… aunque no acerca de Shaina—terminó por murmurar. Claro que, pensándolo mejor, la sola idea de Naia consolando a Kanon por a saber qué idiotez, no le complacía en lo más mínimo. De pronto, sin darse cuenta, frunció el ceño disgustado con sus propios pensamientos. —¡Cómo sea!

—¿Estáis… bien? —Fue lo único que Aioros atinó a decir, mirando de uno a otro con cierta sospecha y lleno de confusión.

—¿Por qué no iba a estarlo? —mascullaron a la vez. Se miraron inmediatamente, con el ceño fruncido. Las mejillas de Naiara se sonrojaron sutilmente ante la incómoda coincidencia y cuando Tatiana volvió a reír tras su máscara, esta vez con menos disimulo, la situación no mejoró. Saga y ella voltearon a la verla.

—Por nada… por nada. —Aioros se rascó la nuca, un tanto impresionado. —Es solo que estáis un poco… raros. —Saga ya era lo suficientemente raro de por si, como para empeorarlo. —Seguramente sean cosas mías. —Y por un instante, hubiera jurado que el geminiano se revolvía incómodo a su lado.

—¿Sabéis qué? El deber me llama. Acabo de recordar que mi hermano quería verme para contarme no se qué historia… —La intervención de Naiara sonaba como una excusa lamentable en aquel punto, pero Aioros se limitó a asentir. La morena se levantó como un resorte, y echó a caminar a toda prisa. —¡Os veo más tarde! —Se despidió mientras emprendía la apresurada huída.

Naia no se paró un solo segundo a pensar lo que estaba haciendo, pero de alguna manera, necesitaba desaparecer de allí a toda prisa. La situación se había tornado ciertamente incómoda, de una manera difícil de describir y se había puesto nerviosa.

Los dos santos la vieron alejarse en silencio, en medio del bullicio que reinaba en la grada cubierta. Aioros ladeó el rostro. Ahí había algo extraño y difícil de explicar. Algo que había cambiado y ni siquiera se habían dado cuenta de cómo, cuándo, o por qué. Llevó la mirada al horizonte, donde la silueta de Naia se perdía, y después volvió a ver a Saga, que aunque no la observaba de un modo evidente y descarado, continuaba haciéndolo de soslayo.

De pronto, algo hizo clic en su cabeza. El arquero alzó las cejas sutilmente, y una minúscula sonrisa se dibujo en sus labios. ¿Sería posible que…? La sonrisa se ensanchó con solo pensarlo, y de nueva cuenta, vio a Saga una vez más.

—Os lleváis mejor.

—Desde luego—acotó Tatiana, inesperadamente.

Después, al reparar en la cara de póker del gemelo mayor, se echó a reír.

Oh, si. Algo le decía que si era posible.

-X-

El simple hecho de que Shion hubiera mandado por ella le puso los nervios de punta. Aún así, Saori se hizo fuerte y caminó lo más rápido que pudo a través de los pasadizos del templo. Por fin, cuando el guardia apostado en la puerta del despacho del Patriarca anunció su nombre y el calor de la chimenea la cobijó lejos del frío y de la humedad de la noche, la niña diosa se esforzó por sonreír del mejor modo que pudo.

Ahí estaban, de pie como muestra de respeto; Shion tras el enorme escritorio de mármol, y Arles en una de las butacas al frente.

—Buenas noches. —Ella entró tímidamente, obsequiándoles una efímera reverencia que ambos correspondieron y se sentó, en la segunda silla, reservada para ella.

—Buenas noches, princesa. Gracias por venir.

—No hay problema. ¿Qué sucedió? —preguntó, ansiosa por saber. La gravedad en los rostros de ambos no traía buenos augurios.

—Arles y yo llevamos varios días discutiendo un asunto que consideramos importante. Tenemos más dudas que confirmaciones al respecto, pero creemos que es momento de involucrarte de esto. —Saori tragó saliva. Shion y Arles siempre habían tenido consideraciones para con ella, por lo que involucrarla, requería que la situación contara con cierto sentido de urgencia. —Últimamente hemos escuchado y hemos sido testigos de eventos sin sentido, o que al menos no tienen explicación. Carecemos de conclusiones aún.

—Ninguna conclusión buena, al menos—Arles terció—. Tenemos nuestras reservas al respecto, pero…

—Pero consideramos correcto discutirlo contigo. Es probable que sea necesario involucrar a más partes conforme tengamos más información. Aunque ya será a su tiempo.

Saori asintió, con torpeza, pero con la cabeza nublada de escenarios preocupantes que, en algún punto, tuvo la esperanza de que no se repitieran. Sin embargo, si Arles y Shion lucían tan preocupados, ella no podía sino hacer lo mismo. Así que suspiró profundamente y se acurrucó en la butaca, esperando por las noticias. Con suerte, sus pensamientos serían mucho más catastróficos que la realidad.

—Os escucho—dijo al fin.

—Quizás habría que comenzar por el principio—Shion explicó—: las lluvias incesantes de hace unas semanas.

—Un momento. —Saori entrecerró los ojos. —¿Pensáis que no han sido cosa de la naturaleza? El otoño y el invierno suelen ser duros en estas tierras.

—Y estás en lo correcto.

—Pero la fuerza destructiva con la que han llegado, el incesante correr del agua y la amenaza que han constituido, no lo son. Las estrellas están revueltas, oscuras como los augurios, princesa; y, por lo que sabemos, ni Grecia, ni el Santuario son las únicas víctimas.

—Mu ha confirmado que este aura de incertidumbre no es exclusiva de nuestros territorios.

—No pensáis que Julián… —Entrecerró los ojos y meneó la cabeza con suavidad. Los tiempos en los que el joven Poseidón había deseado aplastarles estaban en el pasado. Ahora era su aliado, y Saori confiaba en él, a pesar de todo.

—No, Athena. Estamos seguros que esto no viene de Julián tampoco—Shion le respondió. De hecho, eso era lo que más les preocupaba.

—Julián no traicionaría tu confianza ahora mismo. Aún si lo deseara, no está en condiciones de hacerlo. Con nuestra Orden de pie, no tendría la más mínima oportunidad de vencer y él lo sabe. Es un chico sumamente listo—continuó el santo de Altaír.

—¿Entonces?

—Entonces desconocemos quién tiene el poder de usar las armas de Poseidón en contra de todos.

—Sin que él lo note siquiera.

Con la ansiedad creciendo dentro de su pecho, Saori se llevó la mano a la boca. Mordisqueó sus uñas, mientras su mente daba infinitas vueltas a la información que su Patriarca y que Arles acaban de presentarle.

Necesitaba respuestas más claras. Sin embargo, si Shion y Arles, con toda la experiencia y sabiduría que representaban, eran incapaces de encontrar sentido a los acontecimientos, dudaba mucho de que ella pudiera hacerlo sola. Eran los momentos como ese, los que la hacían pensar en todo el conocimiento que se había perdido a través de los años. Por eso mismo era que se esforzaba cada día, con la esperanza de recuperar el tiempo perdido y tomar su papel, de vital importancia, como Athena, diosa de la sabiduría.

—Podríamos consultar a Hilda—sugirió con timidez—. La última vez que Julián perdió el control sobre sí mismo, Asgard fue el primer lugar donde las consecuencias se hicieron palpables. Además, Hilda es una mujer sumamente competente. —¡Cómo envidiaba la inteligencia y madurez de la princesa de los hielos! —Ella os sería de mayor ayuda.

Nos, princesa—Shion terció—. Nos sería de gran ayuda. Este asunto es tanto tuyo como nuestro.

—Y es una buena idea. Habíamos considerado dicha opción, pero sería mucho mejor que las noticias llegaran a través de ti. Sabemos que sois amigas.

—Haré lo que pueda, Arles. Podríais ayudarme a redactar una carta.

Los dos santos asintieron con satisfacción. A pesar de que la única visita oficial de Saori había sido a Julián, en Atlantis, sentía una mayor afinidad hacia Hilda y Odín, en los países del Norte. Sabían que ella apoyaría del modo en que pudiera y que, si existía algo más detrás de aquel misterio, podían contar con ella como una aliada valiosa.

Sus dioses guerreros habían regresado también, y aunque Hilda se había negado rotundamente a involucrarles en una vida de violencia de nuevo, su poder seguía siendo digno de temer. En ellos tenían un apoyo excepcional para la incipiente Orden.

—Escribiremos juntos la carta y la enviaremos firmada por ti. —Shion suspiró, poniendo sus siguientes ideas en orden, antes de expresarlas con palabras. —Pero hay algo más que debes saber.

—¿Hay más?

—Cómo sabes, hemos estado enviando equipos a misiones exteriores. Esta mañana recibí el informe de Kanon y de Ángelo—con varios días de atraso, como esperaba de esos dos—, y con él, he confirmado ciertas ideas que me resultan todavía más inquietantes.

-X-

En medio de un inquebrantable silencio, Naia era incapaz de dejar de observar a Kanon. Una creciente sensación incómoda se había afincado en su pecho, y le gritaba que algo no iba bien. Eso no había sido difícil de averiguar después del entrenamiento de la mañana, pero era muy diferente lograr discernir el por qué.

Así que, armada de paciencia, se puso cómoda en el sofá, junto a Kanon. Un trueno resonó en el exterior, e involuntariamente, la amazona se estremeció. El peliazul no parecía tener intención de decir absolutamente nada… y eso que llevaban allí un buen rato, viendo una película que carecía de interés alguno. Naia suspiró, y finalmente habló.

—Menudo día. —Se quejó.

—Como todos.

—Si, bueno… —Se encogió suavemente de hombros, y abrazó uno de los cojines. Después, volvió a mirarlo una vez más.

—Si sigues mirándome así, vas a desgastarme—espetó él sin mirarla.

Naia frunció el ceño de modo inmediato. Ladeó el rostro, irritada, y lo observó apagar los restos de un cigarrillo con excesivo ímpetu.

—Oye, relájate.

—Estoy relajado.

—Salta a la vista.

—Estás siendo un poquito molesta, Naia. —La morena alzó las cejas.

—No he dicho ni media palabra desde que hemos llegado. Tú eres quién está raro, y además borde, y ¿soy yo la molesta? ¿Cómo es eso? —Kanon gruñó con disgusto. —¿Se puede saber que te pasa?

—Nada.

—Mientes.

—Si, Naia, miento, porque no es asunto tuyo. —La amazona guardó silencio durante unos segundos sin saber qué responder a aquella contundente negativa.

—¿Qué demonios pasa contigo? —protestó—. Eres una persona distinta a la que se fue a Reina de la Muerte. Y lo de esta mañana… —Kanon soltó una carcajada que la silencio y, por un segundo, Naia se sintió diminuta frente a él.

—Lo de esta mañana fue un entrenamiento. Lo has visto muchas veces. —Y lo había hecho, si, pero al igual que Aioros, ella también temía los motivos o las consecuencias. No había entrenamientos inocentes y desinteresados entre los gemelos.

—¿Os habéis…? —No tuvo tiempo de terminar la pregunta.

—Naia, no es asunto tuyo. —Kanon la cortó con una autoridad irrechazable.

Ella buscó sus ojos, pero al verlos, no encontró nada. Estaban tan vacíos de emociones como una piedra, aunque la expresión de su rostro delataba la furia que mal contenía. Entreabrió los labios, dispuesta a decir algo, pero en el último momento se arrepintió. Tragó saliva, y se levantó.

Se encaminó a la salida a paso firme, y solo cuando estaba a punto de salir, se atrevió a pronunciar palabra.

—¿No puedes confiar en mi? —No dijo nada más, porque internamente esperaba que él la detuviera. Pero Kanon no se movió, ni articuló palabra alguna. Lo vio de soslayo, recostado en el sofá, con la atención puesta en la televisión como si ella no existiera. —A veces eres un verdadero cretino.

Naiara negó con el rostro, y después continuó. Quizá era simplemente una tontería, ¿por qué no? Quizá solamente tenía un mal día. Pero la frialdad de Kanon dolía. Era una clara muestra de que no confiaba, y probablemente nunca confiaría en ella, del modo en que ella lo hacía en él. Se sentía como una patada en el estómago, y recordó, que eran precisamente aquellos momentos en que Kanon lograba mostrarse tan desagradable, los únicos capaces de hacerla dudar de la férrea defensa con que lo protegía frente a los demás.

Pero siendo sincera consigo misma, esperaba un poquito más de él. Solamente un poco.

-X-

—Me estáis asustando. —Saori miró del uno al otro.

—Estamos preocupados, es algo que no esperábamos. —Arles encogió los hombros.

—Pero, ¿os estáis escuchando? Me estáis diciendo que hay dos tipos de almas sueltas por ahí. No son solo las que han escapado del Inframundo, sino que también hay alguien por ahí que convierte a personas normales en monstruos. ¿Qué es todo esto?

Las preguntas que tenía no encontraron respuestas en los dos santos. Ni el lemuriano, ni Arles podían aclarar su dudas en ese momento. Si algo, solamente acrecentaban las propias.

—No sabemos que es, ni que significa. Solo sabemos que debemos andar con cuidado.

—Arles…

—Quién quiera que sea el protagonista de este misterio, debemos ser cuidadosos y estar alerta. Si tiene el poder suficiente para controlar la naturaleza y para corromper las almas humanas... —Shion estaba seguro de que el peligro acechaba en cada rincón.

—Guilty y los otros…

—Ellos eran fugitivos posteriores a la caída de Hades.

—Como todos nosotros. —El santo de Altaír asintió.

—Pero las Lamias…

—Ellas no lo son—Saori tensó sus facciones.

Estaban bajo una amenaza inminente y esta vez no sabían hacia donde apuntar sus sospechas. No había nada peor que sentarse a esperar por donde llegaría el siguiente golpe.

-Continuará…-

NdA:

Saga: Para no perder la tradición, el Nón Lá, es el típico sombrero chino que Dohko suele usar, aunque su origen realmente es vietnamita. Aunque Damis tiene algo más importante que decir…

Damis: ¡Perdón! Siento el retraso por la actualización, esta vez ha sido culpa mía. Pero no he tenido ni un poquito de tiempo para dedicarle tiempo a mi parte correspondiente del cap.

Milo: Estas muy seria, Damis. ¡Alégrate! Camus y Shura están animando la fiesta.

Damis: Es que… no es solo falta de tiempo. Una, que tiene una autoestima un poco delicada, se desmotiva considerablemente a lo largo de los capítulos.

Saga: ¿Qué te han hecho? ¿Debo matar a alguien?

Damis: No, Saga, no es necesario. ¬¬' Pero gracias ^^. Sunrise y yo invertimos mucho tiempo e ilusión en escribir una historia consistente y elaborada de los santos dorados

Sunrise: ¡Nos encanta nuestra historia y nuestros personajes!

Damis: Pero lo que más destacan nuestros lectores, o lo que más les gusta y llama la atención, son las mínimas e inevitables menciones de los santos de bronce. Chicas, no quiero sonar desagradable pero después de los 30 capítulos de la primera parte del fic, y los 20 que llevamos en Renacer, va siendo hora que aceptéis que esto no es, ni será jamás un fic donde los chicos de bronce tengan un mínimo protagonismo o relevancia. No nos aportan nada, ni lo harán por mucho que lo pidáis. Fuimos bien claras desde el principio, con el summary, con el argumento, especificando los personajes principales, y en cada reply a vuestros reviews, en los que hemos respondido amablemente, y de modo incansable, una y otra vez a la petición de incluir a los bronces o los comentarios sobre lo mucho que los extrañáis.

Sunrise: Somos escritoras, si quisiéramos escribir acerca de ellos… simplemente lo haríamos. Solamente tenéis que ver que tipo de fics escribimos habitualmente.

Damis: Nos gustaría recibir un feedback acorde a lo que escribimos, acorde a lo que nos esforzamos, que es mucho. Escribimos bastante a menudo capítulos de una media de 30 páginas; en unos casos más, y en otros menos. Lo disfrutamos, porque hay muchos detalles, una trama muy elaborada y llena de matices… ¿Cómo es posible que lo más reseñable de un capítulo en que suceden un montón de cosas importantes, es que Dohko se va de visita a Rozan a ver a Shiryu?

Sunrise: Damis esta frustrada y yo también u_u

Damis: Si. Es frustrante, y espero que lo comprendáis. Es difícil escribir sabiendo, que la respuesta no tendrá mucho que ver con el 95% de la historia narrada.

Saga: Damis esta triste.

Damis: T_T Es agotador…

Sunrise: Como sea, esperamos que hayáis entendido lo que Damis quiere decir. Es importante para nosotras.

Saga: ¡Y dicho esto, felicidades para ella que cumplió 27 añitos hace unos días!

Damis: Dame un abrazo, Saguis.

Sunrise: Los replies, como siempre, en vuestro correo y en el profile para los anónimos. ¡Nos vemos en el próximo capítulo!