Capítulo 20: Confesiones

Naia había pasado todo el día entrenando, en un intento inútil por apaciguar su mal humor. La compañía de Milo, que habitualmente tenía sobre ella un efecto relajante, había terminado por crisparle los nervios. Así que, aprovechando que se había hecho tarde, se escabulló de los ojos del escorpión, hasta que fue a dar con su hermano.

Nikos la había saludado con cierta sorpresa, menos efusivo de lo que solía mostrarse en la intimidad; pero así solía ser cuando estaba rodeado de los otros chicos de plata. Las miradas curiosas se habían reducido considerablemente, pero debía admitir, que aún después de aquellos meses… su presencia aún desataba ojeadas y comentarios cargados de interés.

Procuró ignorarlos, del mejor modo posible, y sin saber si quiera cómo, terminó enredada en un pequeño entrenamiento con su hermano al caer la noche. Casi con toda seguridad, podía decir que aquello era algo que nunca antes habían hecho, y lo encontraba sorprendentemente divertido. Su público se vio reducido a la tranquila presencia de Jabu y Argol, que no perdieron ojo de nada de lo que sucediera metros más allá.

Su risa danzó entre las gotas de agua que salían despedidas de los charcos a sus pies, entremezclándose con la voz casi emocionada de Nikos. Por primera vez en días, se sentía bien.

—Creo que es suficiente por hoy… —dijo el mayor mientras buscaba un poco de aliento con las manos sobre sus rodillas. Naia lo miró, y esbozó una sonrisa tras la máscara de metal, a la vez que se limpiaba el barro de las manos.

—Estás viejito, hermano.

—Oye… tengo un cuerpo catorce años menos castigado que el tuyo…

—Bah. —Aquel era un detalle de lo más extraño, no importaba el tiempo que pasase. Se acercaron a la grada, y se acomodaron junto a Perseo y Unicornio. —Catorce años menos de experiencia.

—Ha estado bien. —intervino Argol—. Has estado a punto de morder el polvo a manos de tu hermana pequeña, Orión… —Nikos rodó los ojos. —Pero ha estado bien.

—¿Tan bien como cuando la Cobra araña ese culo tuyo? —Jabu estalló en una tímida carcajada al escucharlo, y el santo aludido, frunció el ceño.

—No estas comparando a tu preciosa y agradable hermana, con Shaina. ¿Verdad? —Tras todo aquel cúmulo de halagos inesperados, Naia alzó una ceja. De pronto, el pobre chico se veía apesadumbrado.

—Supongo que no.

—Mejor, porque si Caelum no se ofende, yo me ofenderé por ella. —Sus ojos azules volaron fugazmente hasta los suyos, y Naia dejó escapar una carcajada.

—Cualquiera diría que Shaina os tiene asustados a todos. No es para tanto…

—No, seguramente no. Pero es como si siempre caminase con una nube negra encima, rodeada de rayos. No se si alguna vez la haya visto relajada y sin que diera la impresión de que quisiera darle una patada en el culo al mundo, incluido Saga.

—Os tiene intimidados a los tres. —Rió. —Una mujer de armas tomar.

—Desde luego. —Argol sonrió. —Pero no hace falta ser tan malhumorada para serlo, ¿me equivocó?

Argol esperó la respuesta, aún sonriente. Había algo en aquella chica, que le gustaba. Y eso que apenas la conocía. La había visto casi cada día, pero apenas habían compartido más que cuatro palabras de casualidad. Sin embargo, había algo en su actitud relajada, y casi alocada que le resultaba de lo más interesante. Era como si Naiara no conociera de normas o reglas, como si únicamente se moviera por instinto.

Sin embargo, la respuesta nunca llegó; y no por falta de intención. La amazona estuvo a punto de responder, cuando sus ojos repararon en la silueta que observaba desde las escaleras. No tenía la menor idea de cuánto tiempo llevaba Kanon ahí pero, inmediatamente, su cuerpo se tensó y el silencio se instauró entre sus acompañantes.

El gemelo movió la cabeza apenas perceptiblemente, a modo de saludo que ella respondió.

—¿Ocupada? —Kanon no dijo nada más, y su voz no sonaba especialmente alegre. Sin embargo, Naia no deseaba ningún confrontamiento innecesario entre él y su hermano, así que antes de que ninguno tuviera tiempo de mencionar palabra alguna respecto al otro, negó. Revolvió la melena negra de Nikos, tratando de aligerar el ambiente, y se levantó.

—Nos vemos mañana. —Después, se marchó.

-X-

Ni siquiera sabía que estaba haciendo allí. Algo dentro de ella, se revolvía cada vez más y más, haciéndola sentir inquieta y recordándola una y otra vez la cantidad de regañinas y reproches que había tenido que escuchar de sus seres más queridos, a costa de Kanon. Ahora, recordaba especialmente cada una de sus palabras. Pero ya no había solución.

Kanon no había pronunciado palabra alguna desde que se habían visto en el coliseo. El camino a Géminis había sido rápido y silencioso. Mas, ahora que estaban allí… nada había cambiado. Ella se había hecho un hueco en el sofá, y lo había observado ir y venir mientras se cambiaba de ropa y buscaba algo para cenar. Después, se había sentado junto a ella, con la tele encendida, un cigarrillo en la mano, y la otra sobre su hombro.

Ella se había resignado. Sabía que nada en aquel templo era convencional, ni sus inquilinos, ni sus comportamientos ante determinados problemas o situaciones. No esperaba grandes cosas de Kanon, ni siquiera una minúscula disculpa. Sabía que el gemelo jamás se disculparía por algo que no sentía.

Naia suspiró, apesadumbrada, mientras sus ojos captaban el discreto y silencioso movimiento de Saga escabulléndose a su habitación. No sabía cuándo había llegado, ni por qué motivo estaba allí a esas horas, cuando no era habitual que lo hiciera.

Sin embargo, antes de que su mente tuviera tiempo de continuar divagando acerca del tipo con el que compartía sofá, toda la atención del peliazul recayó sobre ella. No supo como sucedió, pero antes de que pudiera pestañear, Kanon atrapó sus labios con los suyos. La amazona se quedó quieta, pillada desprevenida, hasta que tímidamente respondió al gesto.

Unos segundos después, cuando la mano de Kanon comenzó a descender por sus piernas, Naia carraspeó, alejándose unos centímetros de él. Lo miró, con el ceño sutilmente fruncido, y sin darse cuenta echó un fugaz vistazo a la puerta abierta del dormitorio de Saga. Posó sus manos en el pecho del menor, deteniéndolo, y apartándolo con suavidad.

—Hoy no—dijo.

—¿Por qué no? —El gesto de Kanon se torció con disgusto.

—Pues porque no… —Ella se encogió de hombros. —Llevas días, más de una semana insufrible. No tengo idea de por qué, o por quién; pero no has sido precisamente el príncipe encantador conmigo. Esta es la primera vez que nos vemos en ese tiempo, y lo primero que quieres es un polvo. Hubiera estado bien un: "¿cómo estás, Naia? He sido un cretino estos días y lo siento."

Kanon, que no había dejado de verla, gruñó mientras recuperaba su asiento en el sofá. Paseó la vista por el salón durante unos segundos, y finalmente volvió a ella, con el disgusto marcado en el rostro.

—No ha sido para tanto.

—Bueno, yo juzgaré si lo ha sido o no.

—Creí que nos quedaba claro que era esta… "relación".

—Oh, si. Ser "follamigos" es fabuloso, salvo porque has obviado la palabra amigo. Esto, simplemente es sexo cuando tienes ganas, aquí y ahora, y eso es para lo que sirvo en este momento. ¿Me equivoco? El resto, no importa una mierda.

—Estas un tanto quisquillosa hoy.

—¿Qué pasa conmigo, Kanon? ¿Te importa algo de lo que me suceda? —El peliazul se sopló el flequillo, tratando de armarse de toda la paciencia que pudiera encontrar, y calló. No se encontraba con ánimos de discutir, ni tampoco de ponerse en exceso reflexivo. ¡Solo quería un poco de diversión! —¡Joder! He soportado un montón de idioteces por ti, te he defendido como nadie desde que tengo memoria sin importarme cuánto te hayas esforzado por dejar en evidencia mis esfuerzos. No te he pedido demasiado, solo que confiaras un poquito en mi. Un poquito.

—¿Eso es lo que necesitas para decirte a ti misma que esto esta bien? —espetó. Lo cierto era, que por muy malhumorado que se sintiera, era posible que llegado un momento… se diera cuenta de que ella tenía razón con sus reproches. Pero eso no importaba en aquel momento: seguía molesto, herido… y cuando eso sucedía, el caparazón que lo cubría repelía a los demás del modo más efectivo que conocía: haciendo daño.

—En ocasiones, si. Te esfuerzas por hacer que me lo cuestione.

—¿Entonces qué haces aquí?

Naiara guardó silencio. Vio sus ojos, rebosantes de dureza, fijamente durante unos segundos. Se humedeció los labios, y finalmente, decidió sacarse del pecho lo que tantos días llevaba sopesando.

—Esto empieza a ser destructivo—dijo. Él solamente ladeó el rostro.— Necesito un tiempo. Un tiempo alejada, para pensar qué demonios ha sido esto, y qué estamos haciendo.

Después, esperó por algún tipo de respuesta. La que fuera, pero no la encontró. Kanon, aún con el ceño fruncido, lucía ausente, como si no le tomara importancia a nada de lo que había dicho. Como si realmente pensara que antes o después, terminaría corriendo de vuelta a él. La amazona dejó escapar una risa amarga, y se puso en pie.

En aquel instante, solo deseaba desaparecer de Géminis, y sabía que Kanon no iba a detenerla.

-X-

—¿Planes para hoy?

Deltha volteó y miró por encima del hombro a Aioros, magistralmente estirado en la cama. Comprendía que el arquero no tuviera la menor intención de levantarse esa mañana; el frío a esas horas era intenso y nadie en su sano juicio, nadie, sentiría el más mínimo deseo de caminar bajo el rocío de la madrugada.

—Por lo pronto, encontrar el resto de mi ropa, vestirme y marcharme de aquí a toda prisa. —Le sonrió.

—No sé por qué insistes en irte tan temprano. Bien podrías quedarte a dormir hasta que el sol aparezca y, entonces, huir despavorida—él insistió, ahogando un bostezo—. A este ritmo, además de convertirte en ninja, también conseguirás una neumonía.

—Venga, ya hablamos de esto. Sabes que salir de las Doce Casas, a plena luz del día, sería todo un escándalo. Si tanto te interesa mi salud, tal vez la próxima vez deberías ser tú quien visite mi cabañita.

—Jah. ¿Has visto el tamaño de tu cama? ¡Es diminuta! Nos caeríamos de ahí al menor descuido. La mía, en cambio, es grande y muy cómoda.

—Engreído. —Habiéndose puesto el abrigo de lana, la amazona se giró para sacarle la lengua. —En realidad, deberías preocuparte más por Naia. Quizás nos dé un par de noches libres, pero no mucho más. No le haría gracia tener que dormir fuera.

—Que va. Puede conseguir asilo en otro lado. —Aunque, desde la última escena protagonizada por el peliazul mayor y la amazona, Aioros tenía ciertas sospechas, que todavía requerían de confirmación.

—Ahora que lo mencionas… —Deltha se tornó pensativa. Regresó sobre sus pasos y, sentándose en el borde de la cama, se llevó los dedos a las labios. —Ella ha estado un poco… rara.

—¿Cómo de rara?

—Pues, más seria de lo habitual—confesó—. Ha estado pasando más noches en casa, por no decir que apenas ha salido, y su conversación acerca de Kanon ha disminuido bastante. —No lo había notado hasta ese momento, pero todo aquello era muy extraño. A pesar de las discusiones infinitas que el antiguo marina había causado entre ambas, Naiara jamás se había amedrentado para hablar acerca de él, o para escabullirse cada noche para ir a su encuentro. —Así que supongo que mis planes malvados de hacer de la cabaña nuestro burdel particular, tendrán que ser pospuestos.

—¿Burdel particular, Apus?

—Sí. —Sonrió con cinismo y travesura. —¿Qué? ¿No te gusta la idea?

—No está mal, no está mal. Pero, insisto: mi cama es mucho más grande.

—Cielo, ¿quién dijo que necesitamos una cama? —La forma graciosa en que Aioros levantó las cejas ante su afirmación, la hizo estallar en risas. El arquero, por su parte, la miró con fastidio.

—Pervertida.

—Divertida. —Lo besó. —Hay un montón de cosas que puedo enseñarte, arquero. Solo ponte en mis manos y verás.

—¿Proposiciones indecorosas, a mi? ¿Quieres que te obligue a quedarte?

—¡No! Tengo que irme. —Maldito Aioros. No sería la primera vez que la disuadía de marcharse, solo para que después, ella tuviera que escabullirse de la vista de todos, como una fugitiva.

Tomó entre sus manos el rostro y buscó sus labios, una última vez. Lo vería más tarde, por el Coliseo, o por cualquier otro lado. Por ahora, tenía que irse, antes de que se arrepintiera de enfrentar al frío de la mañana.

—¡Del! —Antes de que pudiera salir, Aioros la llamó. Sorprendida, giró para enfrentarle. —No estoy completamente seguro de lo que está pasando, pero… deberías echarle un ojo a Naia.

—¿Sabes algo que yo no? —La pelipúrpura entrecerró los ojos.

—Es algo que vi el otro día. —Sonrió para si mismo, recordando la peculiar situación.

—Habla, habla. ¿Intentas matarme de curiosidad?

—Me parece que la relación entre Naia y Saga ha mejorado substancialmente. —La expresión del Deltha fue exactamente igual a la suya en aquel momento, al reparar en lo que podía estar sucediendo bajo sus propias narices. —Se llevan mucho mejor…

—¿Mucho?

Mucho—recalcó—. Y, si me preguntas, creo que cierto gemelo no llamado Kanon, le presta mucha más atención de lo que está dispuesto a admitir.

—Oh.

—Incluso Tatiana se dio cuenta. ¡Cero capacidad de disimular, Deltha! Viniendo de Saga, eso es inaudito. Estamos al borde de ver algo grande. —Sin embargo, omitió la parte de la discusión con Kanon. Nunca le había gustado albergar pensamientos negativos, así que guardó aquel mal presentimiento para sí. —Yo creo que Saga siente algo más que amistad por Naia.

—Vaya, vaya…

La sonrisa de la amazona se ensanchó. Las palabras de Aioros eran buenas noticias, por qué, en lo que a ella respectaba, está prácticamente segura que Naia seguía estando perdidamente enamorada de Saga.

-X-

Saga se sopló los dedos y frotó las manos en busca de calor. Había vivido muchos veranos en aquellas tierras, pero cada uno parecía más cruel que el anterior. Solamente el cosmos ayudaba a mitigar el mal tiempo, pero tan pronto apagaba su energía, el frío regresaba, peor que antes. Esperaba ansioso el momento de dar por terminados los entrenamientos para volver a casa. Géminis no era menos gélido, pero al menos ahí, se sentía a gusto junto a la chimenea, que no había sido utilizada en muchos años.

Metió las manos a sus bolsillos, con la esperanza de mantenerlas tibias, y centró la mirada en el par de guerreros, peleando unos metros más allá de él. A un costado, alcanzó a escuchar la queja de Argol, cuando Shaina pilló a Jabu del cuello de la camiseta y tiró de él hacia atrás, hasta estrellarlo sin miramientos contra el piso.

—¡Oh, vamos! —El santo de Perseo salió de inmediato en defensa del más joven. No entendía muy bien el por qué, o el cómo, pero se había transformado en una especie de protector del castaño. —¡¿Intentas matarlo, Cobra?!

—Si no quisiera acabar con el culo sobre la arena, debería esforzarse más.

—Cómo si fueras a darle una sola oportunidad de partirte la cara.

—No le daré nada. Si la quiere, debe ganársela.

—Imbécil—masculló el castaño, finalizando la conversación y acercándose al más joven para ayudarle. Jabú estaba ahí, tendido sobre la arena, esperando que la cabeza dejara de darle vueltas. —Oye, Unicornio, ¿estás bien?

—La espalda me mata—susurró. Había sobrevivido de milagro a aquel entrenamiento y, lo que menos quería, era despertar de nuevo la furia de la amazona.

—Tranquilo, estarás bien.

—Quejica.

El par de improperios que Argol le respondió, fueron completamente irrelevantes para la mujer. Su trabajo no era mimar a ningún santo inepto, sino enseñarle a sobrevivir. Si eso representaba matarlo en el proceso, entonces era un riesgo que tomaría.

Sin embargo, cuando levantó la mirada y reparó en el par de ojos esmeraldas que la miraban con cierto dejo de severidad, recordó que no todos acordaban con ella. En realidad, no le sorprendía la reacción de Perseo, ni tampoco la de Saga. Tal parecía que, de los cuatro, ella era la única capaz de actuar como una guerrera; o al menos, era la única que sabía ejercer cierta presión sobre Jabú. En lo que a ella respectaba, el chico necesitaba algo más que paciencia: necesitaba la disciplina que nunca había tenido.

Obviando la mirada del santo de Géminis, pasó a su lado, ignorándole con ayuda de la máscara. Sintió sus ojos siguiendo cada movimiento suyo y, en cualquier momento, esperó escuchar su voz, reprendiéndola. Pero, al no recibir reacción alguna, chasqueó la lengua y se animó a hablar. Quizás conseguiría que Saga la dejara marcharse a casa.

—¿Terminamos ya?

—Dudó que Jabú consiga levantarse por si mismo, así que diría que sí, terminamos. —Él le respondió.

—Genial.

Se estiró, sintiendo el alivio de sus músculos adoloridos y, continuando su camino, se dejó caer bajo el resguardo de las gradas, donde se dispuso a deshacerse de su equipo de entrenamiento.

Saga, en cambio, no había dejado de mirarla un solo segundo. Recordaba perfectamente cada matiz de la personalidad dura de Shaina, pero habiendo visto todo por lo que había pasado, le seguía sorprendiendo que continuara con aquella imagen tan poco halagadora. Si debía decirlo, le parecía casi falsa, demasiado ensayada. Había ocasiones en que, incluso a él, le asustaba. No porque fuera capaz de hacerle daño con sus puños, sino por esa lengua ponzoñosa que sabía encontrar el punto débil de todo ser humano.

Apartó su atención de ella, tan solo por un instante, para ver a Jabú: seguía en el piso, en busca de aire. Hasta cierto punto, a pesar del daño, el peliazul se alegraba de que la amazona no le hubiera arrancado la cabeza con el último tirón. La pregunta era: ¿debía decirle algo a Shaina? ¿Soportaría escuchar sus quejas infinitas y sus acusaciones de ineptitud?

Suspiró. Maldita fuera su responsabilidad como jefe de equipo.

A regañadientes y, casi arrastrando los pies, fue hacia la peliverde. Mientras lo hacía, en su mente, trató de hacerse de un discurso que pudiera serle útil. Aunque, si lo pensaba bien, era tiempo perdido. ¡Cómo si la Cobra fuera a escucharle!

—¿Shaina? —Ella, retadora como siempre, ni siquiera levantó la mirada. Saga alzó una ceja. Esa manipuladora fiera sabía como provocarle. —Estoy hablándote. Presta atención.

—¿Qué quieres?

—¿Qué quiero? ¿No te haces idea de qué quiero hablar? ¿En serio?

—No—mintió. Terminó de deshacerse de las hombreras y de las rodilleras, y las colgó sobre su hombro. De nuevo, intentó pasar al lado del santo, dejándole con la palabra en la boca, pero esta vez, él no se lo permitió.

—Estoy hablando—siseó—. Vas a irte cuando yo lo diga.

Ella se revolvió, tratando de liberarse de la mano de Saga que le apretaba el brazo, pero no lo consiguió. Fue hasta que ella cedió, que el santo la dejo ir.

—¿Qué crees que estás haciendo? —Se le enfrentó. El rostro de Saga ni se inmutó; una mínima muestra de debilidad, y la Cobra le saltaría directamente a la yugular.

—Soy el líder de tu equipo. Tu jefe, si quieres verlo así—recalcó—.Y si te digo que te quedes, te quedarás. ¿Entendido?

—Claro, mi señor—añadió, no sin cierta burla que hizo que el santo se soplara el flequillo. "Dame paciencia, Athena" pensó. Aunque sabía que no había paciencia suficiente en el mundo para soportar a Shaina. Ella era su penitencia por todas las cosas malas que había hecho en la vida. —¿En qué puedo serviros?

—Para empezar, usa esa bonita cabeza tuya—tocó la frente de la máscara—, por el bien de todos. Deja este juego de burlarte de mi, ¿vale? Tienes más cerebro que eso. —Tenía la impresión de que las zarpas se le sellarían en la cara en cualquier momento. —Segundo, deja también la actitud. Sé que te encanta llevarle la contraria a todos, pero comienza a ser cansado lidiar contigo cada día. Tercero, me gustaría que entendieras que, atormentando a Jabú, no solucionas ninguno de los males del mundo, así que no lo intentes más. Nuestra misión es convertirlo en un santo de utilidad, no en un cadáver. A este ritmo, enloquecerás al chico… por decir lo menos.

Por algunos segundos, el silencio de Shaina le dio esperanzas de que le estuviera escuchando. Sin embargo, cómo cada vez que se hacía expectativas, alguien más se encargaba de pisotearlas vilmente.

—Yo voy a preguntarte esto ahora: ¿en serio? —Ahí estaba. Saliva malgastada. Maldita Cobra.

—¿Te parece que bromeo? Hoy te has divertido especialmente con él.

—He entrenado con él, hay una diferencia en ello.

—¡Le has pasado encima! —Trató de no gritar. No necesitaba atención innecesaria sobre ellos. —Lo has pateado, golpeado, humillado y, encima, has tratado de desnucarlo. Eso ha sido un vil intento de asesinato, incluso para ti, Cobra.

—¡Hey! No me culpes de esto. Si el chico fuera capaz de defenderse solo, nada de eso habría pasado. Pero, ¡oye! ¿Cuánto de tu valioso tiempo has dedicado a él? ¿Eh?

—Hago lo que puedo.

—¡Y una mierda! Te parece más entretenido pasarte el día metido en la cabaña, chismoseando asuntos de amazonas junto con Shura.

—¡Ese es mi trabajo! —Vale, eso había sonado especialmente mal.

—¿Chismosear? —Y, por supuesto, ella lo había notado también.

—Vigilaros y atender vuestros asuntos—arrastró las palabras. Tampoco era como si le interesara saber cada lúgubre detalle de aquellas fieras conocidas como amazonas.

—Pues, ¿sabes qué? No os necesitamos. Si quisiéramos someternos a alguien, ciertamente no sería a vosotros.

—¿Someteros? ¿Qué demonios…? —Ojalá fuera tan simple como usar un látigo para dominarlas. En su caso, ni todo el valor del mundo era suficiente. —¿Crees que a Shura, o a mi, nos gusta la idea? ¡Claro que no! Pero así son las jodidas cosas. Si tienes problemas con ello, ve a quejarte con el Maestro. —Oh, y esperaba que lo hiciera. Si Shion no le había prestado atención a él, sin duda tendría que escucharla a ella. De eso, estaba más que seguro.

—No voy a quejarme con nadie, pero te lo advierto desde ahora: mantened vuestras narices fuera de mis asuntos.

—¿Cuántas veces más debo repetirte que no me interesa?

—Nunca las suficientes. Aprovecha mejor tu tiempo, asegurándote de que el niño no termine en el piso la siguiente vez. Sino, tendrás que ayudar a Argol a consolarlo y a arroparlo por las noches—inconscientemente, el gemelo llevó su mirada hacia el par de santos más jóvenes, a espaldas de él—, o tendrá pesadillas.

—Eres tan…

—¿Qué? Sigue quejándote. Al final, será tu misión cundirlo de mimos para que no llore. —Saga estaba a punto de responderle un par de cosas, cuando se vieron interrumpidos.

—¿Y son ellos los que nos llaman el sexo débil? —La voz de quien se unía a la conversación, le erizó la piel. Lo último que le faltaba era un segundo ser venenoso, rondando a su alrededor.

—Giste.

Saga no se molestó en saludar. Atinó únicamente a soplarse los flequillos y a maldecir a su mala suerte. Pocas cosas eran peores que sostener una conversación con Shaina. Pero, si a la lengua irreverente de la amazona peliverde, se le sumaba el terrible temperamento de la amazona fantasma, entonces estaba más que jodido.

Que Athena y todos los dioses del Olimpo se apiadaran de él, si es que tenía que lidiar con las dos a la vez. ¿Dónde coño estaba Máscara Mortal cuando se le necesitaba para domar a su propia fiera?

—¿No tienes nada más que decir? —Sintiéndose respaldada por aquella mujer que era como una hermana, Shaina volvió a enfrentársele. El gemelo entrecerró los ojos. Mujeres como ellas, eran la razón de la mala fama de las Korees.

—¿Escucharás algo te lo que te diga? —La carcajada de la morena respondió por Shaina. —Lo imaginaba.

—¿Discuten por el mocosito? —La amazona de los abismos volvió a hacerse hueco en la conversación. Saga consideró seriamente dejarla muda.

—¿Podéis tratarlo como a un santo y no como a un niño?

—Uh. Que jefe tan considerado.

—Siempre lo es. —Shaina compartió la risa irónica. El modo en que se cuerpo se plantó, hizo saber al santo que se sentía más segura de lo que debería. Él estaba irritado. —Y dedicado.

—Que suerte tienes.

Si no gruñó, fue un milagro. De buena gana, hubiera deseado mandarlas a un breve paseo por la Otra Dimensión. Quizás Gigas apreciaría un par de culos bonitos visitándole. Pero también sabía que, de hacerlo, no iba a terminarse jamás el sermón de Shion, ni tampoco sobreviviría a la actitud pedante de esas dos, determinadas a hacerle pagar por el pequeño viaje interdimensional.

—Vale, vale. Reíd todo lo que queráis. En especial tú, Giste—dijo, tras esforzarse en esbozar su propia sonrisa sarcástica—. Aunque, Shaina, en tu lugar, yo amarraría bien la lengua. Uno de estos días, podría tener un loco e increíble impulso de satisfacerte, y entonces, te demostraría lo que significa ser verdaderamente estricto. Créeme, aprendí un par de cosas de mi maestro.

El hecho de que las dos mujeres se callaran, le supo a gloria. Por un segundo, su ego magullado recuperó un poquito de su esplendor.

Era un tanto triste que el único modo de cerrarles la boca fuera mediante la intimidación, pero si tenía que recurrir a ello, lo haría. Shaina y Giste estaban diseñadas para fastidiar a todo ser viviente en su camino… al que considerarán más débil que ellas, física o emocionalmente; tal era la ley del Santuario. Así que en ocasiones, para silenciar a un bravucón, hacía falta otro más grande. Sólo esperaba que aquella idea no terminara por regresarse en contra suya.

—Vámonos de aquí. —La amazona morena intentó jalar a Shaina para llevársela lejos de ahí, hacia sus propias cosas. Sin embargo, para su sorpresa, la Cobra no se movió un solo centímetro.

—¿Eso es una amenaza, Saga?

—¿Amenaza? —Sonrió. —Nah. Es una notificación de lo que sucederá. ¡Oye! Quizás así, nuestros pequeños entrenamientos te parezcan más divertidos. A Zarek le resultarías un bichito de lo más curioso. —Le palmeó el hombre y, después, giró sobre sus talones para darle la espalda. Mientras caminaba lejos de ahí, contuvo la respiración. Un descuido y las garras de la Cobra le rayarían el trasero.

—¡Eres un imbécil! —La escuchó quejarse, pero la ignoró.

Sintió las miradas de todo el mundo encima de ellos, por lo que se esforzó en lucir indiferente. Lo cierto era que Shaina torcería aquella conversación a su gusto y, su reputación, volvería a verse en entredicho. Pero, ¿qué más daba? No podían decir nada peor que la verdad sobre Ares y, nada más ridículo, que la historia acerca del canibalismos con sus amantes.

En conclusión, Shaina le había calentado la cabeza, más de lo que debería. Hasta se había olvidado del frío de ese día.

-X-

—¿Estresado? —La sonrisa en el rostro de Máscara Mortal le valió un mirada asesina por parte del gemelo.

Respondiendo a su obvia pregunta, Saga le gruñó. No le culpaba, no después de haber observado su pequeña conversación con el par de víboras favoritas del Santuario. Había que darle crédito por salir ileso, y un premio, por callarles la boca a ambas.

—Controla a tu amazona, Ángelo—siseó—. Tengo suficiente con la Cobra, como para tener que lidiar con tu propio bicho rabioso.

—No sé que decirte. He mirado un par de grilletes de la Edad Media en línea, quizás deberíamos juntar nuestros ahorros para comprarlos.

—¿Solo un par? ¿Qué haremos con solo uno? ¿Atarlas juntas y lanzarlas al mar?

—Julián nos las escupiría de regreso en medio segundo. —La sonrisa burlona de Máscara Mortal iluminó su rostro, mientras Saga le miraba de reojo, imaginándose el gesto de pánico del joven Poseidón, presa de aquellas dos mujeres. —Creo que preferiría soportar a Kanon de nuevo, que a ese par de… brujas. —Se rascó la nariz.

—No le culparía.

Ángelo lo observó por un momento, con aquel semblante serio y contrariado que las amazonas había puesto en su rostro. Por un momento pensó que el silencio era una invitación a marcharse. Las cosas entre ambos aún eran tensas, y las oportunidades de acercarse, mínimas.

Dudó si debía quedarse, o salir corriendo de ahí. Saga no era un tipo con quien jugar cuando estaba enojado; al menos eso le parecía a él. Sin embargo, se animó a tomar fuerzas, antes de sentarse a su lado, esperando que el gemelo no decidiera sacarlo de ahí con una patada. Al principio no dijo mucho, solo observó. Pasaron algunos segundos más, siempre en un silencio absoluto, pero no hubo insistencia alguna porque arrastrara su trasero lejos de ahí.

—Las mujeres como ellas, son como lobos— El santo de Cáncer dijo—: acechan por presas débiles y cazan en manada.

—¿Me estás llamando presa débil? —Arrugó el ceño. De no haber estado furioso, el respingo que Ángelo dio al escucharle, le hubiera hecho sonreír.

—¡¿Eh?! ¡Yo no dije nada de eso! Me refiero al pequeño, al mocosito.

—Jabú.

—Él. Mi mocoso no lo tiene nada fácil tampoco.

—Lo llevaría peor sino tú no pasaras el tiempo entrenando con Giste.

—Oye, ¿a qué viene la ironía? —Máscara Mortal le miró con cierto fastidio.

—Ya sabes a que viene.

—Para que lo sepáis, no me paso el día entrenando con ella solo para tocarle el culo.

—¿Solo? —No sabía por qué, pero todo tipo de cosas sucias le vinieron a la cabeza con aquella fallida defensa del italiano.

—Cállate.

Increíblemente, la expresión casi ofendida de Ángelo le robó una sonrisa diminuta. Con lo poco que se llevaban, era un milagro.

Estuvo a punto de acotar el hecho de que, empujado por la conversación, los ojos del santo de Cáncer se habían apoderado de cierta parte de la anatomía de la amazona de los abismos. No pensaba que el italiano albergara cualquier tipo de sentimiento hacia Giste, que no fuera la perversión; tampoco era iluso. Pero no podía negar que era una mujer guapa.

Por supuesto, tampoco discutiría nada al respecto con él, y mucho menos admitiría que él mismo la encontraba ligeramente baboseable. ¡Ni siquiera se tenían demasiada confianza!

—Sé que todos creéis que tengo fascinación por las mujeres salvajes, pero ella no está en ningún lado de mi lista de chicas follables. —Ángelo se apresuró a aclarar. Mentía, por supuesto. Sabía que, estando lo suficientemente borracho, y habiendo perdido todo respeto por su propia vida, la morena no estaría mal para un rato de diversión.

—Claro.

—¡Es verdad! —Maldita ironía geminiana.

—Si tú lo dices…

—Pues lo digo, Saga. Lo digo y lo mantengo.

—Tranquilo, te creo. —Cuando alcanzó a vislumbrar la sonrisilla burlona en sus labios, Máscara Mortal supo que Saga estaba a punto de hacer sorna de él. —Tampoco creo que ella esté interesada en divertirse contigo.

—¿Qué insinúas? —gruñó.

—Nada.

—Algo, sí—gruñó de nuevo—. Dilo.

—Sabes a que me refiero. —Se puso de pie lentamente. Era hora de volver a Géminis para tomar un largo baño de agua tibia que le quitara el frío y le relajara los músculos. —Hablas mucho de mujeres y de vidas ajenas, pero no eres particularmente popular en esos terrenos. Mantén a Giste lejos de mi, y ocupada… hasta podría gustarte entretenerla.

El rostro de Máscara Mortal fue lo más divertido que había visto esa mañana. Se guardaría esa imagen para alegrarse el resto del día. A pesar del mal rato, no había tenido un final tan horrible.

-X-

Shura estaba seguro de que si Saga continuaba golpeteando el boligrafo contra la mesa, sería capaz de arrancarle la mano en un santiamén. Se revolvió el pelo, y resopló. Dejó su montaña de papeles en paz, y clavó su mirada negra en el geminiano. Segundos después, notando el escrutinio al que estaba siendo sometido, el peliazul alzó el rostro.

—¿Qué pasa?

—¿Qué te pasa a ti?

—¿A mi? —Se encogió de hombros. —Nada. ¿Qué iba a pasarme?

—Si sigues jugando con el bolígrafo, te arrancaré la mano y la lanzaré al mar. Te lo prometo. —Una minúscula sonrisa apareció en el rostro del gemelo al escuchar la amenaza. —Podrás vivir sin una mano, aunque sea la derecha.

—Un poco irascible hoy, ¿Shura?

—¡Esto no se acaba nunca! –Apartó sus papeles, y suspiró. —Y tú estás raro.

Soy raro. —Saga siguió leyendo lo que tenía entre manos, aunque de cuando en cuando lo miraba de soslayo.

—Inquieto, estás inquieto, mejor dicho. —Buscó mejor las palabras, consciente de que Saga las torcería a su antojo si le daba oportunidad.

—Quizá. —Se llevó el bolígrafo a los labios, y lo mordisqueó con desinterés.—De pequeño era un niño hiperactivo, ¿sabías? —Shura ladeó el rostro. —Tengo ciertas mañas que a veces resultan difíciles de dominar.

—¿En serio? —Saga siempre le había resultado un tipo de lo más templado y tranquilo. Siempre pensaba todo miles de veces antes de hacerlo; nada que ver con Kanon. Había detalles difíciles de creer.

—Te lo prometo. Puedes preguntarle al viejo. —De pronto, una sonrisilla pícara iluminó su rostro. —O mejor, pregúntale a Arles.

—A veces tengo la impresión de que Arles ha sido vilmente torturado en esta vida.

—Lo fue.

—No, en serio. Fuera de broma. ¿Qué pasa contigo? Esa mezcla rara de inquietud y alegría, me pone los nervios de punta. —Saga alzó las cejas divertido. —No es que prefiera que seas un ogro, pero… Pensé que después de lo de esta mañana, estarías de un humor más oscuro.

—No menciones ese incidente o las invocarás. —Su rostro se oscureció al recordar a Giste y Shaina.— Suficiente tengo ya con una, con la que no tengo la menor idea de qué hacer, como para lidiar con dos. ¡Ellas dos! —La risa de Shura resonó en la cabaña. —La Cobra dejó en claro que no nos quiere husmeando en sus asuntos.

—A parte de la rocambolesca historia de Seiya, no hay mucho que tenga que esconder, la verdad.

—Aún así. Fue difícil domarla esta mañana. —Shura rió de nuevo. —Resulta que aterro a todo el Santuario, pero a ellas dos las doy risa. ¡Maldita mi suerte! Me conseguiré un látigo. La sugerí que fuera a quejarse de esto a Shion, pero…

—No lo hará—dijo apesadumbrado, mientras negaba con el rostro, y Saga lo imitó: estaba totalmente de acuerdo. —Al menos aquí las cosas están tranquilas, mientras sigamos pasando "desapercibidos", no tendremos problemas. Creo.

—Supongo que tienes ra…

—¿Hola?

La inesperada voz de Naia, interrumpió la conversación.

—¿Puedo pasar?

—Si, claro—contestó Shura. Aquellas visitas de Caelum cada tarde, comenzaban a ser habituales.

—¿No os morís de frío aquí? —Se sobó los brazos, en busca de un poco de calor, mientras se sentaba en la silla que quedaba libre.

—Sin nuestro cosmos, si—replicó Saga.

La contempló al detalle, buscando algo que le dijese cuál era el estado real de la amazona. La noche anterior había escuchado hasta la última palabra de la conversación que había mantenido con Kanon, y aunque Saga se había sentido ciertamente aliviado al escucharlo, no pretendía que ella se sintiera tan feliz. Después de todo, cada palabra que había pronunciado, se sentía sincera y llena de amargura, de tristeza. Y era un hecho que Naia y la tristeza eran una combinación lamentable.

—¿Cómo ha ido el día? —preguntó.

—Como siempre—murmuró ella. Su voz se oía apagada, y no era únicamente por la máscara. Saga solamente atinó a asentir con suavidad.

Sin embargo, Shura, que no había perdido detalle de aquella peculiar interacción de sus dos acompañantes, alzó una ceja. Se había acostumbrado a las visitas, al principio cortas y llenas de nerviosismo, pero después más largas, con más confianza y complicidad. No era algo que le hubiera pasado desapercibido, pero tampoco sabía decir si aquel comportamiento traía consigo algo más, algo diferente. Después de todo, desconocía la parte social de Saga por completo, y la amazona solamente era para él un recuerdo de su niñez y un montón de chismes pervertidos en la boca de Kanon.

Todo era demasiado raro de por si, como para sacar conclusiones.

—¿Estás bien? —preguntó el peliazul. Su voz adoptó un tono suave, casi dulce, que a Shura no le pasó desapercibido. De pronto, una sensación inevitable de que interrumpía un momento íntimo se apoderó de él, y procuró concentrarse con todas sus fuerzas, en su trabajo. Naia asintió con lentitud. ¡Demonios! ¡Era incapaz de leer dos frases seguidas sin mirarles de solayo!

—¿Sabéis qué? Iré a Rodorio por algo de comer, muero de hambre. Deberíamos traer una cafetera aquí—dijo de pronto—. ¿Queréis algo?

—No, gracias, está bien.

—Volveré en un rato. —Y antes de que ninguno de los dos pudiera decir algo más, Shura huyó de la cabaña a toda velocidad.

-X-

—Has hecho que Shura huya.

—¿Yo?

—Tú. —Naia frunció el ceño tras la máscara, pero consciente de que tenía razón, lo dejó estar. Se recostó sobre la mesa, y suspiró.

—¿Segura que estás bien? —murmuró.

No, definitivamente, ella no estaba hecha para estar triste.

Se había quitado la máscara, y sus ojos violeta lucían terriblemente apagados. Se levantó de la silla y se acercó a la puerta, echando el cerrojo, tratando de evitar así sorpresas desagradables que terminarán con un rumor acerca de ella y su ausencia de máscara frente a él. Cuando volvió, se sentó en la mesa, a su lado.

—Lo escuchaste todo, ¿verdad? —Saga se encogió de hombros.— Eso es un si.

—Más o menos.

—No hay mucho más que decir. Básicamente… eso fue todo.

—Lo que sea que a Kanon le pasó en Reina de la Muerte, no tiene que ver contigo. —"Probablemente, tenga que ver conmigo", pensó. —No te mortifiques por ello.

—Lo se. Pero ese no es el punto, Saga. —El geminiano guardó silencio. Era lo suficientemente raro tener aquella conversación, como para además encontrarse intentando defender a Kanon. — Yo quería… —Se encogió de hombros. —Hasta que volvió de la isla todo estaba bien. Desinterés por ambas partes y noches divertidas. —Saga estaba seguro que, de no haber sabido controlar sus emociones como sabía, su disgusto ante la idea hubiera sido más que palpable. —Estaba ese punto de complicidad que siempre habíamos tenido, era como si el tiempo no hubiera pasado. Como si Kanon siguiera siendo el mismo de hace quince años y hubiéramos retomado nuestra historia desde ahí. —Se sopló el flequillo. —Era diferente a ti. Cuando Deltha y yo volvimos, tú…

—Ya…

—Pero con Kanon fue tan fácil… Era como si después de todo lo que pasó aquí, lo que os pasó a vosotros, todo con él estuviera en calma. ¡Al fin! Pero no lo estaba.

—Traté de advertirte de eso… Las cosas no son iguales, ni remotamente parecidas.

—Lo sé, ahora lo sé.

—Volver ha sido un tanto… extraño. Pero Kanon afronta las cosas a su manera. Usualmente hace a un lado todas las cosas negativas o malas, y empieza de cero, como si en verdad nada hubiera sucedido. Pone una sonrisa en la cara, y luce su lado brillante. —Oh, y lo sabía bien. ¡Cómo le había desquiciado al principio! —Pero cuando algo sucede, todo su panorama se oscurece de pronto. No cambiamos de la noche a la mañana, sin motivo alguno. Él simplemente prefiere aferrarse al lado bueno, tanto que a veces aleja los pies del suelo, y olvida. Luego el golpe es enorme para todos los que le rodean, no solo para él.

—Tú eres el otro extremo.

—Siempre lo he sido. —Se encogió de hombros. —Te decepcionas menos, y lo único que puede suceder, es que con el tiempo, te lleves sorpresas que no entraban en tus planes. Solamente hay que tratar de aprender a reaccionar ante algo bueno. Se de sobra como reacciono ante algo negativo, y Kanon también. Y precisamente, como lo se, prefiero evitarlo.

—Es una buena manera de verlo.

—Lo se. —Adoptó aquella vieja expresión presumida que siempre lucía cuando sabía tenía razón, y ella sonrió al notarlo. —Por muy optimista que uno quiera ser… y yo no lo soy en absoluto, es imposible creer de verdad que todo va a ser fácil y que no encontraremos obstáculos. No después de los últimos catorce años. Ahí fuera solamente conocéis una parte de la historia, la otra… la que nosotros hemos vivido, es mucho peor. Lo disimulemos mejor o peor, estamos marcados y eso afecta a todos los ámbitos de nuestras vidas. Os incluye a vosotros también.

—¿Lo estás defendiendo?

—¿Lo hago? —La pregunta, no solamente se la hacía a ella, sino a si mismo también. Sin embargo, lo cierto era que aunque el comportamiento de su gemelo fuera mejor o peor, comprendía que relacionarse con otras personas, era una misión harto complicada.

—Algo así.

—Bueno… no le defiendo por haber sido un idiota contigo, aunque no se lo que ha pasado. No es cosa mía. —Casi gruñó al decirlo. —Pero el mundo que se ha creado en la Orden Dorada es tan complicado, que es difícil de manejar y entender para los demás. Incluso para los que sois cercanos. Que entendáis el por qué hacemos según que cosas, es algo que no podemos exigiros, sobre todo porque nosotros mismos lo desconocemos la mayor parte de las veces.

—Solo le pedí que me hablará… ¡qué confiara en mi! No pretendía arreglar sus problemas, solamente escucharle. Hacer algo normal, algo que los amigos hacen.

—No es tan sencillo. Lo que traté de decirte cuando volviste al Santuario, tan llena de ilusión, era que habíamos cambiado. Fui un tanto torpe y desagradable, lo admito, pero… Solo quería que supieras que tendrías que empezar de cero y conocernos otra vez, porque ya no somos las mismas personas. Esos catorce años, han sido un morir y renacer continuo.

—Quizá… —murmuró—. Pero me he dado cuenta de que esperaba más de él de lo que yo misma había pensado. Ahora duele.

—Por eso me acuesto con hetairas. —bromeó. No tenía la menor idea de porque sacó aquel asunto a relucir frente a ella, pero cuando la vio rodar los ojos, decidió continuar más en serio. —¿Es una decisión definitiva?

—No lo sé. —Se encogió de hombros y se revolvió la melena, dedicándole una mirada lastimera. —Siento que le estoy dando la razón a mi hermano y a Deltha, y eso me mata.

—Darle la razón a Orión debería estar penado con la muerte. —La amazona sonrió y golpeó su brazo sin intención de hacerle daño.

—Idiota.

—Si, pero has sonreído. —Lo había hecho, y sus ojos se habían iluminado por un momento. Revolvió su melena negra, y continuó. —Vamos Caelum, anímate. Afortunadamente, Kanon no es el fin del mundo. Y los dos sabemos que, eventualmente, se le pasará lo que sea que le pasa ahora.

—No lo dudo, pero nosotros… —El guardó silencio. Incluso en un momento tan íntimo y delicado como aquel, el "nosotros" continuaba irritándole. —Creo que es mejor así, habiendo terminado. Eventualmente íbamos a terminar en una catástrofe. Suelo ser una pareja terrible. —Saga se echó a reir. —Terrible, Saga. Hazme caso.

—Si tú lo dices… No tengo experiencia alguna en asuntos de pareja, así que esto es lo mejor que lo he podido hacer. ¿Ha funcionado? —Dibujó un mohín en el resto, que sacó de los labios de la amazona una nueva sonrisa. —Dime que si.

—No ha estado mal. —Apoyó la cabeza en el codo, y buscó sus ojos.— Te ves bien, en las últimas semanas, ¿sabes? Sonríes más, y estas más relajado.

—¿Tú crees? —preguntó. Naia solamente asintió.

Quizá tenía razón. Quizá todas sus preocupaciones habían pasado, inexplicablemente, a un segundo plano desde que Arabella le hablara bien claro acerca de lo que sucedía con él. Se humedeció los labios, y tragó saliva. Lo cierto, es que aquella conversación había surgido desinteresadamente, y lo había hecho lo mejor que había podido. Pero… ¿y a partir de entonces? Le había dicho a la hetaira que jamás movería un dedo, si Kanon estaba de por medio. Y aunque la situación había cambiado ligeramente, seguía sintiéndose incapaz de hacerlo. No era tan sencillo.

Se sopló el flequillo.

—Vamos, ayúdame con esto, anda. —Atinó a decir.

-X-

A Saori no le había pasado desapercibido el sello de cera en la solapa del sobre. Era el escudo del Valhalla: la esperada respuesta de Hilda. Mordisqueó sus dedos mientras miraba, con una ansiedad mal sana, como Shion habría el sobre que recién había llegado, directamente de las manos de Crystal. Arles estaba sentado a su lado, observando al Patriarca con tanta insistencia como ella. Ambos necesitaban que hablara de una vez por todas, y leyera el contenido de aquella carta.

—¿Qué dice? —preguntó. Sin embargo, el lemuriano no pronunció palabra alguna mientras sus ojos recorrían rápidamente cada línea de la hoja de papel.

Tampoco fue necesario que diera demasiadas explicaciones. La expresión cada vez más grave de su rostro dejó en claro que no habían noticias buenas. Saori estaba decepcionada, pero no podía decir que estaba sorprendida.

La princesa de las nieves no había tardado prácticamente nada en responderle. Desde ahí, sus sospechas habían arreciado. Para la joven diosa, la premura con que la carta había regresado le traía un mal presentimiento. Si Hilda había analizado sus palabras y rezado al sabio Odín en busca de respuestas, era probable que su dios le hubiera devuelto nada más que malos augurios. Lo único que esperaba era que al menos una parte del misterio se revelara. Si, como temían, había un enemigo acechando desde las sombras, lo que Saori quería saber era su identidad. Había un sentido de urgencia con ese tema.

—Hilda de Polaris confirma nuestra temores. —El lemuriano bajó la carta y frotó sus ojos, mientras encontraba las palabras adecuadas para explicar lo que acababa de leer. —Ha rezado a Odín y él le ha respondido: el mal se cierne sobre nosotros de nuevo.

—¿De quién se trata?

—No lo sabemos aún, princesa. Pero, de quién sea que se trate, posee el poder suficiente para esconder su identidad, aún de aquellos que están por encima de nosotros.

—Shion…

—¿Qué más nos dice Hilda? —Arles terció.

—Dice justamente lo que estaba por proponer.

—¿De qué hablas?

—La princesa de Asgard nos exhorta a permanecer juntos, como aliados que somos. No solamente habla de nosotros, sino también de Atlantis, mi princesa. He de deciros que ha hablado con sabiduría. Si alguna vez ha sido necesario reforzar nuestra alianza, es el momento.

—Jamás dudaría de la palabra de Hilda. Ella prometió ser siempre amiga de nuestra Orden y sé que cumplirá su promesa. —Para Saori, la relación con Julián era mucho más delicada. Sin embargo, por el momento, eran las tierras nórdicas las que tenían su única y completa atención. —¿Hay algo más que debamos saber? —Estiró la mano y cogió el trozo de papel que Shion había olvidado. Su miraba repasó las palabras con cuidado, mientras sus oídos se concentraban en la voz del peliverde.

—Solicita nuestra ayuda. —Se detuvo un segundo, al contemplar el rostro dubitativo de Arles y, después, se animó a continuar. —La armadura de Odín, así como la poderosa Balmunga requieren de reparaciones; ni que decir de los ropajes de sus dioses guerreros. Volvieron a la vida en un mundo del que esperaban paz y ahora, con vaticinios de guerra, la recuperación de su ejército se ha vuelto una prioridad para ellos.

Las escenas de aquella larga y dolorosa batalla revolotearon en la cabeza de la niña diosa. Recordaba la crudeza del frío calándole los huesos, mientras el cosmos de sus amigos ardía, con una pasión desmedida, a la distancia. Su dolor, su sufrimiento, cada emoción suya, la había sentido como propia. Habían llorado y sangrado por ella. Lo habían hecho en tantas ocasiones que, para detenerlos de hacerlo de nuevo, Saori había tenido que despedirse de ellos.

En parte, esa era la razón por la que la carta de Hilda le había roto el corazón. Porque, tal no vez no serían Seiya y los otros, pero habrían nuevos amigos que entregarían su vida por ella y por el resto del mundo… otros, a los que les había prometido una vida diferente.

—¿Piensas enviar a alguien? —preguntó—. O, ¿irás tu mismo?

—No quiero dejar el Santuario, no mientras ignoremos la naturaleza exacta de esta amenaza—él respondió—. Tampoco creo que sea necesario que sea yo mismo quien viaje hasta Asgard.

—Es una trabajo delicado—Arles habló.

—Mu es más que competente.

—Y no lo dudo, pero… hablamos de la mismísima Balmunga.

—Por no hablar de que es laborioso. —La pelipúrpura apoyó a Arles—. Yo misma presencié el estado en que quedaron esas armaduras, Shion. Llevará tiempo.

—No pienso enviarle solo.

—¿Kiki? —Por mucho que quisiera convencerse de la idea, el plan del lemuriano no quedaba perfectamente claro para el santo de Altaír. —Es un chico brillante, pero su entrenamiento aún es incipiente.

—¿Entonces? —Saori miró de uno a otro. Por un segundo, había dejado la carta de Hilda, olvidada sobre su regazo.

—Tenemos a Naiara. —Shion se encogió de hombros. Mu había estado trabajando con ella en las últimas semanas. Con un poco de suerte, se habrían acoplado como equipo.

—Han pasado más de catorce años desde la última vez que Caelum reparó una armadura. No estoy seguro de que sea la adecuada. —Mal presentimiento. Arles lo sentía ardiendo dentro de si y, si debía decirlo, su instinto raras veces se equivocaba.

—Yo mismo entrené a esa niña, Arles. Su talento era natural y no dudó ni un poco de su capacidad. Estará un poco oxidada, pero cuando algo se aprende bien, nunca se olvida—aclaró—. Confió en que Mu y ella saquen el trabajo adelante.

Para la joven Athena, la confianza que el Patriarca depositaba en ambos era suficiente. Nunca había dudado de Shion, ni comenzaría a hacerlo en ese momento.

De reojo, miró hacia Arles. Estaba serio, ciertamente; pero sabía que respetaría la decisión del lemuriano, pues no tenía nada que cuestionarle. Le tenía demasiado respeto como confiar plenamente en él, en cada decisión, por inexplicable que fuera en su momento. Todos esos años de experiencia eran una garantía para ambos.

—Pues, si está decidido, deberíamos escribir a Hilda. Avisémosle de nuestros planes y pidamos su consentimiento. Si está de acuerdo, Mu y Naia pueden partir hacia Asgard en el momento en que lo decidamos. —Saori aprobó.

—Yo mismo redactaré la carta. Explicaré la situación, así como los fundamentos de nuestras decisiones. —Retomando la palabra, el Patriarca miró a su diosa y también a su amigo. —Si os parece bien, creo que deberíamos enviar a alguien más con ellos.

—¿Otro santo dorado? —Oyó el cuestionamiento de la diosa y asintió. —¿No crees que a Hilda podría parecerle un exceso?

—No creo que existan los excesos en tiempos de zozobra, princesa. —Arles se le adelantó y respondió por él. —No hablamos solamente de enviarlo en calidad de guerrero, para fortalecer al pequeño equipo de trabajo, sino también como una fuente de proviones, ¿me equivoco? —La habilidad que poseía su viejo amigo para leer su mente, nunca terminaba de sorprender a Shion. En sus casi trescientos años como Patriarca había tenido muchos consejeros y hombres de confianza, pero ninguno como Arles. Era simplemente excepcional.

—No estás equivocado. Las armaduras requieren de sangre para vivir—explicó a la joven—, de ahí proviene su fuerza. Balmunga no es la excepción, aunque se trate de un arma sagrada. Los dioses guerreros ofrecerán su sangre por ella, no me cabe la menor duda. Pero no estaría mal contar un poco de sangre dorada, solo en caso de ser necesario.

—Comprendo. —Aquellas decisiones, siempre previsoras y medidas con sumo cuidado, aún era difíciles de considerar para ella. —¿Alguien en particular?

—Camus—replicaron ambos santos a la vez. La espontaneidad de aquel gesto la hizo sonreír, aun en el momento de tensión.

—Los santos de los hielos y el Valhalla siempre han mantenido relaciones cercanas. Estoy seguro de que Camus estará a la altura.

—Y aún en caso de que la relación no fuera tan cercana, pocos de mis santos tienen la templanza, la compostura y don de la política en sus venas. —Shion sonrió también. La gran mayoría de ellos, ya desde pequeños, daban muestra de tener sangre ardiente en sus venas. —Él es el apropiado.

—De acuerdo. —Rápidamente, la diosa abandonó el asiento que ocupaba y se dispuso también a abandonar el despacho del Patriarca. —Confío plenamente en vosotros. Avisadme, por favor, cuando tengamos nuevas noticias.

Los dos santos la despidieron de pie, hasta que desapareció de su vista. Cuando estuvieron solos, aún en un silencio agobiador, intercambiaron miradas. Aquel plan tenía que funcionar para todos.

-X-

Shura se había cuidado mucho de vigilar la cabaña desde la lejanía. No era que estuviera evitándoles, ni tampoco huyendo… solamente observaba desde la distancia, mientras su cabeza buscaba respuestas para todas sus preguntas. Claro que, eran demasiadas. Por eso, cuando había vuelto de Rodorio, con su bolsa de patatas fritas en la mano, y había visto la puerta cerrada, había decidido esperar.

La fortuna había querido que Eire lo asaltara en los alrededores, por lo que su plan no era demasiado obvio a los ojos de nadie. Y solamente cuando vio a Caelum abandonar el pequeño fortín, se decidió a volver. Se deshizo de la Grulla tan rápido como le fue posible, y se encaminó hacia allá.

Asomó la cabeza, mordisqueando los últimos pedacitos de sus patatas, y observó el panorama. Saga seguía sentado donde lo había dejado. Si se había movido de allí o no, era toda una incógnita para él. Giraba el boli entre sus dedos, mientras parecía leer algo. Parecía.

—Has tardado—dijo.

—Grullita me interceptó. —El peliazul alzó las cejas. No dejaba de sorprenderle lo fácil que le resultaba a aquel montón de fieras llamadas amazonas, dominarles de un modo u otro.— Pero te traje algo.

—¿El qué? —Shura no había visto aquel chispazo de curiosidad casi infantil, atravesar sus ojos nunca antes. Esbozó una sonrisilla divertida, y le lanzó la bolsita que traía en su mano.

—No sé si te gustan… pero no creo que haya nadie en el mundo al que no le gusten los ositos de gominola. —Con el envoltorio en la mano y la vista fija en los ositos multicolor, Saga sonrió. Shura hizo lo propio. Quizá un Saga contento, fuera un Saga más hablador.

—Solíamos robárselos a Zarek por las noches. —Y lo mucho que estaba recordando a su maestro a últimas fechas, comenzaba a inquietarle. —Solía tenerlos escondidos en un frasco encima del armario de la cocina. Llegar hasta ahí arriba era todo un reto. Hace milenios que no como de estas cosas. —Se llevó un par de ositos a la boca, y sonrió de nuevo. —¡Gracias!

—Bueno, está bien incluir algo más que Nutella en la dieta diaria.

Saga rió con suavidad ante su comentario.

Sin embargo, para Shura, de las cosas más curiosas que había traído consigo la nueva vida, estaba el descubrir y conocer el lado más humano de sus compañeros, que con los años todos habían olvidado. Cada día descubrían nuevas mañas, nuevas manías y detalles curiosos que antes habían pasado inadvertidos y que les hacían realmente humanos. O quizá, simplemente no habían podido conocerlos por la edad, el tiempo… las obligaciones. Ahora, realmente, su vida comenzaba a ser la de una gran familia y cada rato juntos, era una nueva aventura.

—¿Toda tu vida has sobrevivido a base de chocolate? —preguntó, posando los pies sobre la mesa, y cruzando las manos tras la nuca.

—No. Solían obligarme a comer. —Se llevó otro osito a los labios y continuó. —Por eso Arles te parece un anciano torturado.

—Ya veo… —Shura le robó una gominola, y guardó silencio aún con el gesto divertido adornando su rostro.

Lo cierto era, que el moreno no estaba sino ganando tiempo con aquella conversación. Necesitaba saber. Moría de ganas por preguntar que era lo que estaba pasando, pero no tenía la menor idea de cómo hacerlo.

—¿Pasa algo? —Saga ladeó el rostro cuando formuló la pregunta, e inmediatamente después, Shura salió de su ensimismamiento. —Estas pensativo.

—No, no es nada. —Negó rápidamente, pero después se lo pensó mejor. —Es solo… ¿Caelum está bien? —El peliazul alzó una ceja. —Bueno, se veía… o se sentía, mejor dicho, bastante pesarosa.

—Ella… —comenzó. No le extrañaba la pregunta, cualquiera podía haberse dado cuenta de que Naia no se sentía bien. Y menos aún viniendo de Shura, que aunque apenas la conociera, siempre se interesaba por todo el mundo. — Bueno… —titubeó. No tenía la menor idea de cómo responder. —Está un poco alicaída. —Fue lo mejor que se le ocurrió.

—Ya… ¿Ocurrió algo grave? —Sus ojos negros se clavaron en los de Saga, y el peliazul, solamente atinó a humedecerse los labios antes de continuar. —Espero que no.

—No, bueno… —Se encogió de hombros. —No sé. Problemas con Kanon, creo. —Tenía un mal presentimiento acerca de esa conversación.

—Vaya… No sabía que hubiera problemas en el paraíso. ¿Han terminado?

—Se han dado un tiempo. —Se encogió de hombros. En realidad, Naia se lo había dado a si misma. —No tengo muy claro qué significa exactamente, pero…

—Oh… Milo estará decepcionado de que no haya más historias perversas que escuchar. —Saga asintió, aunque su gesto estaba muy lejos de sentirse decepcionado. Más bien, se veía súbitamente aliviado. Shura jugueteó con otro osito entre sus dedos, viendo alternativamente de la gominola a su amigo y, finalmente, se armó de valor.

—Viene mucho por aquí.

—¿Mmm?

—Naiara.

—Oh. —No supo que más decir. —Si… —Se encogió de hombros, mientras Shura, que lo veía fijamente, analizaba hasta el último de sus gestos.

—No pensé que tuvierais tanta confianza después de todo este tiempo. Al principio la situación era un poco tirante, ¿no?

—Podría decirse...

—Además, con el asunto de ella y Kanon… —Saga entrecerró los ojos. Aquello era sospechoso. Empezaba a sentirse acorralado. —Una relación peculiar la vuestra. —El geminiano entreabrió los labios, pero guardó silencio. Shura mantuvo su mirada. —Y curiosa, ahora que entre Kanon y tú la cosa va mejor. La novia, amiga, lo que sea de tu gemelo, viene a verte cada tarde a confesarte sus secretos.

—¿Quién dijo que me confesara nada?

—Tú.

—No dije nada.

—Dijiste que Kanon y ella se han dado un tiempo.

—Quizá me lo contó mi hermano. —La expresión de incredulidad en el rostro del español, fue imposible de rebatir. —O quizá lo escuché. Vivimos en la misma casa. —Y eso era verdad. Aunque la cabra no le creyera.

—O quizá… —Shura hizo una pausa y sonrió.

—¡¿Qué?! —exclamó exasperado.

—Nada. —Una enorme expresión de inocencia cubrió su rostro. Apoyó los codos en la mesa, y la cabeza sobre sus manos. Lo miró fijamente, relamiéndose mentalmente por la victoria que estaba a punto de conseguir. —¿Por qué cerraste la puerta con cerrojo?

—¿Me espías?

—Somos compañeros de castigo.

—Quería intimidad.

—¿Intimidad con una amazona?

—Eso ha sonado…

—¡Escúpelo! Te lo estoy poniendo fácil…

—¡¿El qué?!

—¿Ha dejado a Kanon por ti?

Y entonces, un enorme silencio cayó sobre ellos. La expresión seria y cargada de convicción de Shura no desapareció, y Saga, intentaba buscar una respuesta que no lo comprometiera. Aunque cada segundo que pasaba buscándola, jugaba en su contra.

—No. —dijo. Shura alzó una ceja. Un monosílabo no era suficiente. —¡Claro que no!

—¿Seguro?

—Si. Chismoso.

—He visto cosas.

—¿Cómo qué?

—En tu repertorio de escasas sonrisas, hay una de lo más dulce y encantadora, que solo aflora en su presencia.

—Falso.

—Si sonrieras más a menudo, hubiera pasado desapercibido, pero tu siempre luces serio.

—Insuficiente. —Aunque en eso tenía razón, la presencia de Naia le hacía sonreír como un idiota.

—Y las risitas cómplices, los cuchicheos. Al principio no tolerabas su presencia y ahora quieres intimidad. —"Mierda", pensó el peliazul.

—No tienes nada, Shura. —Pero el español no se dio por vencido.

—Tiene un culo bonito.

—¿Cómo es eso un argumento en esta discusión?

—Tú se lo miras todos los días y yo tengo ojos en la cara. —Saga guardó silencio. De ninguna manera, esperaba que de un modo tan tonto, Shura le hubiera cazado.

Se sopló el flequillo, y ahogó un gruñido antes de sobarse los ojos con las manos. Shura sonrió.

—No tiene nada de malo que te guste… —dijo, pero no encontró más que un pesado silencio, dándole la razón. —No es una tragedia. Ella es…

—Es complicado. —Y la sonrisa del moreno se ensanchó, llenando su rostro de una expresión triunfal.

—No lo dudo, pero tampoco es una catástrofe. —Aunque algo dentro de si, le decía que así era tal y como Saga lo veía.

—Depende cómo se mire.

—Has pasado la tarde consolándola. —Y alguien tenía que interesarte mucho, para hacer tal cosa cuando era de tu propio hermano de quien hablaba. —¿Qué vas a hacer ahora que, casualmente, vino a contarte la noticia?

—Nada, supongo. —Se encogió de hombros. —Shura…

—¿Si?

—No suelo hablar con nadie de…

—Tranquilo. Se guardar un secreto.

-Continuará…-

NdA:

Damis, Sunrise: