Capítulo 21: Estrategias

Antes de ponerse el tapabocas, Milo se rió de su propia travesura, aquella que estaba a punto de cometer. Le había costado un montón de dinero encontrar el disfraz que llevaba. Pero sabía que cada céntimo valdría la pena cuando contemplara la cara de Camus, mientras entraba a su habitación disfrazado de médico, con bata de quirófano, su gorro y toda la demás parafernalia.

Acomodándose la última parte de su traje, se dispuso a entrar a los dormitorios de Acuario. Con la mayor seriedad que le fue posible, asomó la cabeza dentro.

—¡Departamento de Salubridad de Grecia! ¡Declaramos este lugar como zona de cuarentena! —saludó, ahogándose en su propia risa.

—Muy gracioso, Milo. Muy gracioso.

Tal y como había imaginado, el rostro de Camus fue digno de una fotografía. Si hubiese estado en condiciones, el moribundo acuariano se hubiera levantado de la cama y le hubiera pateado el culo hasta cansarse. Sin embargo, aquella maldita enfermedad le mantenía atado a la cama y por esa razón, Milo podía darse el pequeño lujo de molestarlo.

—Menos mal que vengo preparado. —El escorpión apuntó al barbijo. —La peste de la muerte se extiende por toda la habitación.

—Cállate, Milo.

—Ugh. El del mal genio también.

—Puede que esté enfermo, pero aún tengo cosmos. No me importará morir, si puedo arrastrarte al Infierno conmigo. —Camus no pudo decir mucho más, porque el aliento le escaseó. Lo poco que le quedaba de orgullo se agotaba rápidamente tratando de mantener la dignidad, así como en ocultar el horrible tono de su voz de enfermo y el color rojizo de sus mejillas, producto de la intensa fiebre. Por si fuera poco, la tos parecía determinada a hacerlo atragantarse en cualquier momento.

—¡No exageres! Yo, tu mejor y más querido amigo, he venido hasta aquí a alegrarte el día. Si han de enterrarnos por esto, que al menos nos pongan cerca.

—Creí que vosotros los griegos preferíais las piras.

—¡Pues que nos quemen entonces! Volaremos en modo polvo por ahí.

—Yey. Suerte la mía. —Al griego no le pasó ni mínimamente desapercibido el sarcasmo en la voz del francés.

—Oye, si te vas a poner pesadito, me voy.

—Llévate el traje de astronauta contigo.

—¡Es de médico, Camus! ¡De médico! —Se arrancó el gorro y también la máscara, para sentarse al borde de la cama. Ofendido, se cruzó de brazos.

—Pensé que te ibas.

—Cállate, Camus. No vas a sacarme tan fácilmente.

A pesar de que su rostro no denotó cambio alguno, muy en el fondo, el francés tuvo que esforzarse por reprimir una sonrisa malograda. Era fácil sacar a Milo de sus cabales, pero imposible amedrentarlo. Así que si se había propuesto visitarle, entonces no se marcharía de ahí hasta sentirse satisfecho.

Lo observó en silencio por algunos segundos, en espera del siguiente embate de palabras. Cuando se trataba del escorpión dorado, los silencios nunca eran largos.

—Entonces, ¿qué? ¿Vas a decirme de donde sacaste ese virus mortal?

—Si lo supiera, no lo habría pillado. Además, yo no entiendo por qué creéis que, al ser santo de los hielos, es imposible que pesque un resfriado. Soy tan humano como todos vosotros. —Tosió, sintiendo que los pulmones se le saldrían. No entendía de donde había salido el mito ese de que, al haber pasado la mitad en su vida en Siberia, era inmune a enfermedades fastidiosas como aquella.

—Neh… ¡error! No eres como todos. Verás, si yo me pincho el dedo, me saldrá sangre. —Milo esbozó una sonrisa, que anunciaba alguna nueva travesura. Esperando por que continuara, Camus guardó silencio. Sin embargo, al leer en sus ojos al leer la ansiedad en sus ojos por su pregunta, al francés no le quedó más opción que ceder.

—Vale, vale. ¿Y a mi que me saldrá?

—¡Nada! Tienes hielo en las venas. —Rió escandalosamente, aunque no de la vieja broma, sino de la magistral cara de fastidio de su amigo que iba a peor.

—En serio, Milo. Cada vez eres más gracioso. —La sonrisa del griego se ensanchó a límites extraordinarios. Mientras tanto, al pobre Camus no le quedaba más remedio que sobarse la nariz. —Hay que conseguirte bromas nuevas.

—¡Deja de quejarte! ¿Qué harías sin mi, tú solo, aquí tendido en tu lecho de muerte? Si la gripe no te matara, te morirías de la rabia. —Intentó palmearle la cabeza, pero el francés se lo impidió con un manotazo.

—¿Qué te hace pensar que estoy solo?

—Si estás hablando de la cabra, no hay manera posible de que sea una compañía más divertida que yo. —Jamás lo admitiría, jamás, pero en ocasiones podía sentirse un poquito celoso de la amistad que había crecido entre el acuariano y Shura. Camus era su mejor amigo, casi desde que se conociesen, y compartir el poco tiempo que pasaban juntos, no era algo que le fascinara. —Además, ¡sois rivales de amores! Eso no puede ir a bien.

—¿Somos qué?

—Rivales de amores. —Los ojos de Milo siguieron cada uno de sus movimientos mientras se ponía en pie para ir en busca de un vaso de agua. Cuando abandonó la habitación hacia la cocina, el peliazul no pudo evitar ir detrás.

—Puede que sintamos afinidad por la misma chica…

—Corrección: Baboseáis por la misma chica. —La mirada asesina de Camus hizo una nueva aparición.

—Pero eso no significa que seamos rivales. —Ignoró el comentario anterior. —Quién quiera que ella elija, estará bien.

—Bah. Qué mentira tan grande.

—No somos niños, Milo. —Tosió de nuevo. ¡Maldita enfermedad que le restaba seriedad en una conversación como aquella!

—Eso lo dices tú, porque estás en el lado ganador. ¿Crees que a Shura le gusta la idea de que te tires a la doncellita? —Como sucedía cada miles de días, cuando las estrellas se alineaban con fines maléficos, Camus no tuvo respuesta. —Eso suponía.

Lo cierto era que, cuando estaban juntos, el tema era prácticamente prohibido entre el español y él. Inconscientemente, o no, ninguno jamás había pronunciado palabra al respecto. Si su amigo tenía algún problema con ello, entonces lo mantenía bien guardado y era más que discreto.

En todos esos días, no había tenido una mala cara, ni un mal gesto, ni ninguna incomodidad. Simplemente había sido el mismo Shura de siempre.

—Somos adultos… somos amigos. Lo resolveremos como tales—dijo, tras un rato de silencio y un par de sorbos de su vaso.

—Eso espero—canturreó el otro—. Como sea, ¿cómo va esa historia? ¿Alessandra y tu habéis sellado el asunto ya?

—No es asunto tuyo. —La respuesta del francés desinfló la cara perversa de Milo. Detestaba que Camus no le contara ninguna intimidad como esa.

—¿Por qué os tardáis tanto? —Pero la insistencia era una de sus virtudes.

—¿Por qué no me escuchas? No estoy hablando chino, ni francés, ni persa. ¿Cuál es el problema?

—Ninguno en realidad. Aún si hablaras en francés, o en chino, te entendería. Mi farsi no está muy bien, sin embargo. —Sonrió, no sin cierto cinismo. —Es sólo que, ¡tú nunca me cuentas nada!

—¡¿Qué rayos quieres que te cuente?! —Levantar la voz, le causó un nuevo ataque de tos que casi hizo que se perdiera del gruñido del griego.

—Grr…

Después de veinte años insistiendo, uno pensaría que Milo había aprendido su lección, pero no era así. Algún día aprendería que Camus no era un tipo al que se le pudieran sacar las verdades, mucho menos cuando eran referentes a su vida personal.

Estaba a punto de protestar de nuevo, cuando reparó en el rostro de Camus, que de pronto, parecía haberse hundido en la sorpresa más profunda. Sus ojos le guiaron directamente al punto de atención del acuariano. Al descubrir a la joven doncella, congelada de la impresión bajo el marco de la puerta, Milo tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no estallar en risas ahí mismo. Si no tenía cuidado, por muy moribundo que Camus pudiera estar, le congelaría el culo de un pestañeo.

—Alessandra… —La diminuta sonrisa que apareció en los labios de Camus le resultó milagrosa. Podría haber asegurado que sería mucho más grande, si él no hubiese estado ahí. —¿Qué haces aquí?

—Solo vine a traerte tus remedios y también un poco de té caliente—musitó ella, ardiendo bajo las miradas de ambos santos—. Lo dejaré todo aquí. Asegúrate de beberlo antes de que se enfríe, te hará bien. Mientras, yo… regresaré al Templo Papal. Con vuestro permiso. —Ofreció una reverencia torpe y se dispuso a marchar. Sin embargo, antes de que pudiera dar un solo paso, escuchó la voz de Milo a sus espaldas.

—No, no. Quédate. —Le dijo, mientras le tomaba ventaja. —Soy yo quien se retira. Tengo muchos negocios pendientes en casa, esperando por mi. Os dejo solos… portaos bien.

Cuando sus ojos se encontraron con los del santo de Acuario, descubrió la mirada asesina por enésima vez. Lejos de espantarle, le causó risa.

Se marchó hasta la puerta, todo risas y encantado. Sin embargo, antes de abandonar los privados, escuchó los tosidos agónicos detrás de si. Giró, sorprendido como pocas veces: no era la tos de Camus… era Alessandra.

¡Maldito Camus!

El muy desdichado podía negarlo cuanto quisiera, pero el hecho de que la doncella compartiera gérmenes con él, para Milo solo podía significar un intercambio de saliva de los más productivo entre ambos. ¡El muy pícaro! Definitivamente tendría que volver más tarde, para tener una larga y reveladora plática al respecto.

-X-

Naia se sopló el flequillo. No era la primera vez que se adentraba en los recovecos de Aries, en medio de aquella agradable y siempre hermosa nube de polvo de estrellas. De hecho, llevaba semanas haciéndolo. Sin embargo, desde que recibiera la orden días atrás de preparar su equipaje para la misión a Asgard, se sentía ligeramente tensa.

No era su primera misión fuera, pero aún así, nunca había salido con Mu y Camus. Mu era un tipo encantador, siempre amable y con una sonrisa delicada en el rostro. No había tenido problema alguno en compartir su taller con ella, y en recordarla, día a día, los secretos de sus artes que había olvidado con los años. Sin embargo, Camus era otro cantar.

Habían salido con él cuando habían ido en busca de las Lamias, pero apenas habían compartido un par de palabras. Ella siempre había estado en la alegre compañía de Milo, y debía confesar que el de Acuario resultaba ligeramente intimidante. Aunque si lo pensaba bien, aquella no era su mayor inquietud.

Era la primera vez que saldría del Santuario para un misión importante, y al Valhalla nada más y nada menos. Después de lo sucedido durante la guerra de Asgard, ella no tenía la menor idea de cómo estarían las cosas por allí. Tampoco conocía nada acerca de los viejos rivales, reconvertidos a aliados, del norte. Menos aún de su princesa, aunque había oído cosas impresionantes de ella.

Suspiró. Tampoco tenía por qué ir mal. Seguramente, todos aquellos pensamientos inquietos se debían únicamente al decepcionante final de la historia de Kanon. No la había buscado un solo día. Para nada. Era, simplemente, como si nada de aquel tiempo hubiera existido. Así que ella se había refugiado en sus obligaciones, en Nikos, en Deltha, y en las visitas rutinarias a la cabaña-cuartel… que habían resultado ser mucho más agradables de lo esperado.

Saga se había abierto un poco más en las últimas fechas, y ella había redescubierto, que era un tipo excelente para escuchar. Sonrió al pensarlo. Él había tenido razón desde el principio, sin querer, ella con su repentina llegada, había querido apresurar demasiado las cosas. Ahora que Saga iba a su propio ritmo, todo iba mejor.

Y su cercanía se sentía bien. Muy bien.

—¿Lista? —La voz de Mu le resultó tan inesperada, que el estuche de herramientas que estaba acaldando en sus manos, se cayó al suelo en medio del sobresalto. —¡Perdón! —Se disculpó él. —No quise asustarte.

—Tranquilo. —Rió con suavidad. —No es culpa tuya, estaba pensando en otras cosas y tenía la cabeza en la luna…

—¿Preocupada o nerviosa? —El ariano se agachó para ayudarla a recoger. En aquellas semanas, le había tomado aprecio a la amazona, y a pesar de que había escuchado que tenía un carácter ciertamente revoltoso, no le había resultado en absoluto molesto. Al contrario, ella había supuesto una excelente compañía para Kiki.

—Intimidada.

—¿Por qué? ¿Por tus compañeros de viaje?

—No, en absoluto. —Sonrió, aunque parte de razón tenía. —Es solo que no conozco nada de Asgard salvo lo que escuché sobre la guerra, y ahora, de pronto, voy a adentrarme en la corte de Polaris. Suena a cuento de princesas. —Esta vez fue Mu quien rió.

—Bueno, nosotros tampoco les conocemos en persona si te sirve de consuelo.

—Supongo que de algo sirve, si.

—Pero si le preguntas a Kiki, te hará una maravillosa descripción del reino y de las princesas. Él si que estuvo allí, con la Princesa Athena, y los santos de bronce. —Adoptó una expresión pensativa cuando dejó el estuche de piel sobre la mesa, y le tendió la mano a la amazona para ayudarla a levantarse. —A decir verdad, Kiki estuvo en todas las batallas.

—Chico intrépido.

—¿Habláis de mi? —De modo inmediato, la cabellera de fuego desordenada, asomó por la puerta. Santo y amazona esbozaron una sonrisa.

—Estoy seguro de que si pronuncias tres veces el nombre de Kiki, aparece. No importa el lugar o la situación en que estés. —El chico sonrió, e infló el pecho orgulloso.

—Deja que te ayude, Naia—dijo. Se hizo hueco entre los dos mayores, y con una habilidad pasmosa, comenzó a moverse por el taller. No habían rincón o herramienta que no conociera.

Naia le observó con una sonrisa en sus labios, que la máscara no dejó ver. El lugar ya era de por si una maravilla para la vista, pero con Kiki allí, removiendo hasta la más ínfima partícula de polvo, era aún mejor.

El taller se encontraba en uno de los salones del sótano de Aries. Era enorme, como cada sala del templo, y sus techos, altísimos. Los ventanales se alzaban en lo alto de las paredes, allá donde se unían con el techo. Los rayos de sol se filtraban desde arriba, bañando el mar de estrellas y herramientas, y con el polvo en suspensión uno podía tocar con sus propios dedos los haces de luz.

Mu era un santo ordenado, y al fondo de la sala, las armaduras dañadas estaban perfectamente colocadas según su orden de prioridad. El lemuriano había habilitado un rincón del sótano para que Naia pudiera trabajar con comodidad en los arreglos menores: armaduras y protecciones de entrenamiento, heridas poco profundas en los ropajes… y, casi sin querer, había creado un lugar perfecto para esconderse y dejar pasar el tiempo con las estrellas entre los dedos.

De hecho, Naia había tenido que esforzarse por no distraerse demasiado con los destellos de colores que provenían de los estantes de la pared, donde herramientas de todo tipo y material, colgaban a la espera de que su dueño fuera por ellas, en compañía de los frascos de colores que contenían sus grandes tesoros: el oro, la plata, el bronce y el polvo de estrellas. Incluso si uno buscaba bien, podría encontrar un poco de oricalco.

Se viera como se viera, aquel lugar era un tesoro, y a ella la encantaba. Solamente esperaba que lo que hubiera aprendido allí, le fuera útil en Asgard y no terminara siendo una carga.

—¿De verdad que no puedo ir? —Escuchó el lamento de Kiki, y revolvió su pelo nuevamente. No sabía cuantas veces lo había preguntado ya, había perdido la cuenta.

—Ya te dije que no, Kiki. El Maestro quiso que fuera así.

—¡Pero puedo ayudar! Conozco a las princesas. Además… —Se cruzó de brazos. — Camus está enfermo, es casi seguro que no podrá ir.

—¿Cómo sabes tú eso?

—¡Porque lo sé! —Una expresión burlona adornó su rostro aniñado y Mu rodó los ojos divertido. —Necesitareis a alguien que cubra su lugar.

—El Maestro Shion elegirá a alguien adecuado entre los Doce, no te preocupes. Es una misión importante, no una visita de cortesía.

—Pero…

—Pero nada. Les diré a las princesas que te hubiera gustado ir y saludarlas, pero ya lo harás en el futuro.

—¿De crees que se trate? —Esta vez fue ella quién preguntó, entre los refunfuños del menor.

—¿La misión? —Naia asintió y Mu pensó bien la respuesta. —Vamos a hacerle un favor a unos aliados y de paso, seguramente, a buscar información necesaria para nosotros.

—¿Es malo? —Su voz sonó preocupada, y Mu lo notó rápidamente.

—No te preocupes. Las cosas han estado un poco revueltas, ya lo viste en Folegandros con las lamias. Debemos asegurarnos de que no se nos escape nada. Camus era perfecto para la misión por que su situación como Santo de los Hielos le hacía más amigable o interesante para los asgarianos, pero estoy seguro que la alternativa elegida por el Maestro, es igual o mejor.

—¿Sabes algo que yo no sé? —Mu sonrió divertido.

—No, no sé nada. Pero tengo mis candidatos en mente.

—¿Quién?

—Probablemente sea Saga. —Las cejas de Naia se alzaron al escuchar su nombre. Una misión así en su compañía se sentiría infinitamente mejor.— Es lo más lógico, dado el tipo de misión que tenemos delante. Después de todos esos años en el trono, creo que tiene una perspectiva bastante clara y amplia de cómo son las cosas, que nosotros no tenemos. Seguramente Shion necesite alguien que le de su opinión desde otro punto de vista.

—Tiene sentido.

—Si… —Se encogió de hombros.— A parte, de que por eliminación, tampoco quedan demasiados candidatos apropiados. —Naia estalló en carcajadas, Lo cierto era que no imaginaba a Máscara Mortal, a Milo, a Aldebarán, Afrodita… o mucho menos Kanon, en semejante papel.

Sin embargo, antes de que pudiera seguir con la conversación, la voz de Arles resonó en su mente con suavidad.

Mu, Naiara, el Maestro desea veros en el Salón del Trono.

Mu la miró de modo casi inmediato.

—¡Que oportuno! —exclamó ella.

—Él nos dará la respuesta. Sigamos con esto después, todo lo que necesitamos está casi listo. —La amazona asintió, se quitó los guantes embadurnados de polvo dorado, y lo siguió rumbo a la salida.

-X-

Las mejillas de Alessandra se habían coloreado de un rojo intenso, gracias a la última observación del santo de Escorpio. Ni siquiera había sido capaz de levantar la mirada, sino que aquellos lindos ojos suyos, se habían sembrado en el piso, sin intenciones de enfrentar al francés.

Camus lo había notado; era imposible no hacerlo. Y, aunque a primera instancia no había sabido qué decir, era consciente de que tendría que romper el hielo pronto, o la joven doncella saldría disparada de ahí para nunca volver.

—Ignóralo. —Bufó tras un rato de silencio. —A veces puede ser de lo más bocazas. Te diría que te acostumbrarás a él, pero estaría mintiéndote.

—No te preocupes. Sé a que te refieres. —Alessandra le sonrió con timidez. Cierto era que la reputación de Milo le precedía. —¿Te sientes mejor?

—La verdad es que no. —Lo último que quería era sonar quejica, pero no podía mentir al respecto. Su aspecto decía todo por él. —¿Cómo es que Eudora…?

—¿Me ha mandado? No fue ella.

—¿No? —El francés alzó una ceja, intrigado.

—Antes fui a la Fuente… habrás notado que mi garganta tampoco está del todo bien. —Claro que él había reparado en ello… al igual que Milo. Aunque Milo seguramente se había sacado una idea equivocada de todo eso. —Mientras estaba ahí, Eurídice se alistaba para bajar a traerte las medicinas. Me ofrecí a hacerlo por ella.

—Me alegro que lo hicieras. Comenzaba a echarte de menos.

—¿Sí? —Y aquel adorable gesto, de sonrojarse a límites desconocidos, volvió a reflejarse en su rostro.

—Si. —Despacio, muy despacio para no asustarla, el santo se acercó a ella y rozó su mejilla con los dedos. Esperó que saliera corriendo de ahí, pero para su propia sorpresa, la chica no rechazó sus caricias. —Dentro de todo, han sido buenas noticias.

—¿Eh?

—Gracias a esta gripe, no tendré que ir a Asgard y podré quedarme por aquí… —"Contigo".

—Cierto. —Las rodillas le temblaron y Alessandra pensó que sería incapaz de mantener la compostura por mucho más. Camus estaba pecaminosamente cerca de ella. Tanto, que incluso podía culparle del súbito aumento de temperatura en su cuerpo.

—¿Te sientes bien? Ardes. —Él le susurró y ella estuvo a punto de descalabrarse de la impresión. Aquel era un juego cruel… pero delicioso.

—Yo… Me empapé, con la lluvia del otro día. —Mentiras, mentiras. Viles mentiras. El culpable de sus fiebres no era el clima, sino aquel hombre disfrazado de tentación.

—Ya veo. —Se acercó más, hasta que sus labios rozaron su oído. —También necesitas que te cuiden—susurró.

En ese momento, el mundo se desdibujó para la mujer. Las palabras y los pensamientos se esfumaron, dejando solo sensaciones detrás. Después de eso, solo supo que los labios de Camus acariciaron su oído, su cuello y sus labios. Se mantuvo quieta, expectante… ansiosa.

Quizás había más de un modo de sudar la fiebre.

-X-

—¿Hola? ¿Shura?

Al principio, al no escuchar a su amigo responderle, Aioros se sintió alarmado. Con todo el rumor que circulaba en las Doce Casas, respecto a Camus y a una sospechosa pulmonía que le aquejaba, casi temía que el español hubiera caído víctima de ese mismo virus del mal. Una enfermedad capaz de tumbar a Camus, era una enfermedad capaz de acabar con la mitad de la población del Santuario.

—¡Estoy en la cocina! —Le escuchó decir tras una espera agónica. De inmediato, fue a su encuentro.

—¡Jah! —exclamó ante aquel apetitoso olor que enloqueció a su estómago—. Parece que llegué en un buen momento. ¿Cuándo aprendiste a cocinar así de bien?

—En algún punto de ese montón de años en los que tuve que vivir solo. Deberías intentarlo algún vez.

—¿El qué? ¿Cocinar o vivir solo?

—Las dos, quizás. —Shura dejó escapar una carcajada. —Tortilla española, ¿te apetece?

—¡Hasta la pregunta ofende! Por supuesto que sí. —Sin hacerse del rogar, el arquero tomó asiento en la mesa. —Oye, ¿sabes algo de Camus? Escuché que estaba agonizando—preguntó, mientras observaba al moreno sirviéndole una generosa ración del guiso. La boca se le aguó.

—¿Milo?

—Milo. Lo encontré mientras venía para aquí.

—Ya deberías saber que, cuando Milo te diga algo, lo mejor es creer solamente la mitad de lo que dice. No sé si lo habrás notado pero tiende a exagerar un poquito.

—Poquito, ¿eh? Entonces, Camus no es el enfermo terminal que ha pintado, ¿cierto?

—El señor del cero absoluto tiene una gripe terrible. Eso, en cualquier otro ser humano, probablemente sería una enfermedad mortal. Pero por suerte, él solo tendrá que pasar algunos días en cama, hidratándose y tomando sus medicamentos. —Shura se llevó un bocado a la boca y, sin ánimos de ser engreído, corroboró que seguía siendo un excelente cocinero. La tortilla le supo a gloria. —No te preocupes tanto. Estará bien.

—Menos mal. No sé como consolaremos a Milo si algo le pasa. —Sonrió. —Aunque me temo que Shion no se sentirá tanto optimismo al respecto. Tenía planeado enviarlo a Asgard, con Mu y Naia.

—¿En serio?

—Si. Deltha me dijo.

—Oh.

Lo cierto era que al escuchar el nombre de la amazona de Caelum, la conversación con Saga picoteó en su lengua. No era que Shura fuese indiscreto, o que le agradara meterse en asuntos ajenos, pero aquella confesión del geminiano le había dejado un agradable sabor en la boca. Pensar que Saga podía tener la oportunidad de disfrutar de la compañía de alguien, le hacía sentirse animado y optimista respecto a esa nueva vida que tenían.

Además, ¡era Aioros! Si alguien era capaz de comprender la complicada mente de Saga, ese era él. Siendo tan amigos, quizás no sería tan malo decirle algo al respecto... chismosear un poco. Por supuesto, siempre existía la posibilidad de que él ya supiera del celoso secreto.

—¿Has visto a Saga últimamente? —Shura preguntó, como quien no quiere. De reojo, observó la reacción del griego.

—Sí, algunas veces. ¿Por qué la pregunta? ¿Pasa algo?

—¿Eh? No. Bueno… sí. ¡No lo sé! —Si Aioros no sabía nada, estaba a punto de meter la pata reverendamente.

—¿Shura?

—¿Sí? —Sintió la mirada inquisidora sobre sí. El arquero ni siquiera poseía la imposición extrema en la mirada, como otros santos más temibles, pero en ese momento, lo que fuera que el español vio, surgió efecto.

—¿Estás ocultándome algo?

—No…

—¿No? —Escuchó a Aioros repetir su respuesta, sin borrar el mohín de sospecha de su rostro. Entonces, le vio levantar las cejas, como si de pronto, algo en su cabeza hubiera quedado bien claro. —¡Jah! ¡Por Athena! ¡Lo sabes!

El brinco del castaño y la expresión incrédula en su rostro, hicieron que el moreno se atragantara. Apartó su comida y, tras toser un poco, bebió un gran trago de agua. Se golpeó un poco el pecho, en espera de que la voz le surgiera, pero el hecho de que la mirada desesperada de Aioros no se apartaba de él, le ponía cada vez más nervioso. Solo esperaba que ambos estuvieran hablando de lo mismo.

—¡¿Qué?! —demandó una explicación a esa insistencia suya.

—¿Qué? ¡Tú sabes algo! —Aioros volvió a sentarse. De pronto, parecía haberse olvidado incluso de su comida. — ¿Qué te ha dicho, Shura? Confiesa.

—Aioros…

—Sé que ocultas algo. ¡Habla! —Su mirada cambió y comenzó a parecerse más y más a una súplica. Tonto arquero.

—Vale, vale. Calma. —El santo de Capricornio cedió. Soplándose el flequillo, se dispuso a hablar. —Es posible que Saga me haya dicho algo—musitó. Jamás retiró su atención del otro chico. Debía saber hasta donde sabía él, para poder detenerse a tiempo. —El otro día, en la cabaña… Naia estuvo ahí. —La sonrisa enorme que se apareció en el rostro de Aioros ante la mención del nombre de la amazona fue evidente. —Saga se comportó algo diferente… Lucía algo torpe… incluso adorable.

—Ya veo. —El doradito adorable estaba de regreso.

—Sí. Me parece que es algo que ya habías notado tú mismo. —Torció la boca.

—¿Dijo algo? ¿Le dijo algo a ella? —Obviando el gesto de su amigo, el castaño continuó insistiendo.

—Ella se veía algo triste. Me marché después de eso, supuse que necesitarían hablar a solas—siguió.

—¿Y…?

—Y volví más tarde, para ver si Saga necesitaba hablar con alguien también. —Giró los ojos. —Naia terminó la relación que llevaba con Kanon, y eso ha dejado a Saga ligeramente descolocado. Ha quedado más que evidente que siente algo por ella que no se atreve a confesar del todo, y creo también que el hecho de que Naia ya no esté Kanon le hace pensar en ciertas… opciones.

—Naia y Saga son historia complicada. Siempre lo han sido. —Aioros le interrumpió. —Y es mucho más compleja cuando añades a Kanon en la ecuación.

—Precisamente es eso lo que detiene a Saga: Kanon. Me parece que, aunque Naia esté disponible, el hecho de que Kanon estuviera en medio, le hace dudar. Si hubiese sido cualquier otro, creo que al menos se habría atrevido a intentar algo. Pero no con Kanon… No lo tiene claro aún.

Esperó por cualquier idea que Aioros quisiera aportar, siendo él quien se mostrara impaciente esta vez. Si el arquero sabía algo, entonces era el momento adecuado de decirlo.

—Lleva un tiempo mirándola con ojitos coquetos. —Lo escuchó decir, no sin dejar de comer otro bocado de la tortilla. —Es súper mono cuando ella esta cerca. ¡Lo mejor es que ni siquiera nota que lo es!

—Todo esto te divierte demasiado.

—Me resulta más que interesante. —Rió. —Saga así es tan…

—Oh, ya lo creo. —Sin poder reprimir su propia sonrisa, Shura complementó a su amigo. —¿Crees que termine bien?

—Espero que empiece. —Asintió. — Estás en lo cierto al decir que Saga no se atreverá a dar el primer paso.

—Me pidió que no dijera nada de esto. —El más joven carraspeó.

—Tranquilo. No le diré que hablé contigo, ni nada.

—¿Seguro? —Juguetonamente, Shura entrecerró los ojos.

—¡Oye! ¿Qué estás insinuando? —Como respuesta, el español soltó una carcajada. —No soy tan chismoso como todos creen.

—Claro.

El gesto de falsa ofensa de Aioros no duró ni medio segundo. Bastó un pestañeo para que compartiera la carcajada de su amigo. Era divertido compartir esos momentos con él. Aunque, si debía admitirlo, se sentía un poquito celoso de que Saga hubiera hablado con Shura, pero no consigo. Sin embargo, eso no importaba ya; se las arreglaría para hacerlo hablar y, por supuesto, se divertiría un poco a sus costillas.

Más tarde, cuando terminara de comer en Capricornio, seguramente iría a la cacería de cierto santo de Géminis. Tenía un par de cosas, o tres, o cuatro, que decirle.

—Por cierto—el español habló de nuevo—, ¿ibas al Templo Papal?

—Sip. Iba a mendigar un poco de comida. Menos mal que me aventuré a visitarte primero. Lo haré más seguido.

—¿Mendigar?

—Estoy pobre, Shura. Muy pobre.

—¿Cómo rayos gastas tanto dinero, Aioros? —Levantó una ceja, ciertamente extrañado. No era que les pagaran para ser millonarios. Pero lo que ganaban era más que suficiente para vivir cómodamente, darse algún pequeño lujo y ahorrar el sobrante. —Con lo que nos pagan, debería sobrarte incluso para comprar kilos y kilos de chocolate a Apus hasta matarla de una indigestión.

—Oh, venga. —Como un chiquillo regañado, el arquero se cruzó de brazos. —No es para tanto. ¡Nos pagan incluso menos de lo que nos pagaban hace catorce años! Con la inflación, y la crisis, y el hecho de que tenemos más gastos ahora, no alcanza para nada.

—¿De qué hablas? Claro que no nos pagan lo mismo. —Extrañado, el Capricornio meneó la cabeza.

—¿Qué? Estás de broma.

—No, no lo estoy. Nos pagan el doble, quizás un poco más. Incluso Saori nos dio un pequeño aumento desde que llegó al Santuario y... —Pero justo entonces, mientras observaba como el rostro del arquero se desdibujaba, Shura entendió que estaba cometiendo una enorme indiscreción. —Ugh. Creo que… acabo de hablar de más, ¿verdad?

—¡No puedo creerlo! — Aioros exclamó, completamente sorprendido. —¡¿Por qué a mi me pagan mucho menos?!

—¡No lo sé! —Llevándose las manos a la cara, el moreno solo pudo pensar en que el Patriarca iba a matarlo. —Shion tendrá sus razones. Deberías hablarlo con él…

—Oh… pienso hacerlo.¡Lo haré! ¡Ahora mismo! —Se levantó con tal determinación, que Shura retrocedió un poquito. Lo vio entrecerrar los ojos y supo que no había modo de detenerlo. —Shion tendrá que darme muchas explicaciones. ¡Gracias por la comida, Shura! Estuvo rico.

—Si, si… suerte.

Y antes de que el santo de Capricornio pudiera decir cualquier cosa más, Aioros desapareció de ahí, con rumbo al Templo Papal.

Menos mal que Shion era un tipo paciente.

-X-

Lo siguió hasta la salida, con la buena suerte de toparse con la deslumbrante Géminis y su dueño pasando por ahí. Casi de modo inmediato, Shura y Aioros se detuvieron donde estaban. Saga, alzó sutilmente una ceja, curioso ante aquella reacción sospechosa y, tal y como ellos hicieran antes, se detuvo también.

—¿A dónde vas? —preguntó el arquero.

—Al Templo. —El peliazul se encogió de hombros y continuó con el ceño fruncido. — Shion me hizo llamar para no se qué asunto urgente.

—Naia y Mu han subido antes—acotó Shura—. Hace apenas cinco minutos han pasado por aquí. —Aioros a su lado, asintió, con una diminuta sonrisa en los labios.

—Oh. —Saga no atinó a decir nada más pero, de pronto, todo aquel escrutinio al que estaba siendo sometido de manera no disimulada por aquellos dos, lo hizo sentir incómodo. Además, la sonrisilla maquiavélica del arquero no podía traer nada bueno. Ladeó la cabeza y entrecerró los ojos. —¿Qué pasa, Aioros?

—¿A mi? —Una exagerada expresión de inocencia tomo posesión de sus facciones de modo inmediato, pero la sonrisa volvió a aflorar segundos después. —Quizá la pregunta más adecuada sea… ¿qué te pasa a ti?

—¿Qué…?

Se sentía confuso, pero como si de un revelación se tratara, calló en la cuenta. De modo inmediato clavó sus ojos, con expresión severa, en el rostro del español.

—¿No se te habrá ocurrido, por ningún inexplicable motivo…?

—¡No! —exclamó Shura. Sabía cuál era la acusación, pero si antes la mirada de Aioros le había hecho confesar todo, palabra por palabra, ahora que aquellos ojos verdes se posaban sobre él de un modo implacable, ya no había nada que hacer.

—¿No? —Maldición, él si contaba que con esa mirada temible y… efectiva.

—Bueno, quizá mencioné algo y… —La expresión de Saga no mejoró.—¡Él ya lo sabía!

—Oye, oye… —Aioros pasó su brazo por el hombro del peliazul. —No es culpa suya, a decir verdad, te has delatado solo.

—¿De qué estás hablando? —El arquero amplió la sonrisa, y revolvió la reluciente melena de Saga.

—¿No sabes de que hablo, doradito adorable?

Por un momento, Saga se vio pillado por sorpresa. Se podía haber esperado muchas cosas, pero no aquella tonta alegría en cara del arquero, que lo empezaba a hacer sentir inesperadamente nervioso. Y no estaba acostumbrado a ello.

—¿Qué doradito ni qué…? —Demonios, pensó; pero Aioros se le adelantó.

—Sonríes.

—Soy humano.

—Más o menos. —Saga volteó los ojos. —Pero sonríes de esa manera. Y te brillan los ojos.

—Tienes demasiado tiempo libre. —Se zafó del acusador abrazo de Aioros y se alejó, nerviosamente, un par de pasos. —Ese, aunque los dos creáis lo contrario, no es un argumento válido para demostrar nada.

—¿Recuerdas lo mucho que te burlaste de mi sonrisita cuando Deltha rondaba cerca muchos, muchos años atrás? —Saga lo miró con los ojos entrecerrados. —¿Si? Pues es tu misma cara.

—No estoy seguro de que piense las mismas cosas que tú acerca de ella en aquel entonces… —acotó Shura en voz baja. La mano de Saga se estrelló contra su nuca antes de que pudiera acabar de hablar.

—Estáis siendo una molestia.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—Ir al Templo Papal y escuchar a Shion regañarme porque llego tarde.

—¡Aja! Y sigues aquí… —Y era cierto, por incómoda que aquella conversación le estuviese resultando, Saga no les había enviado al demonio, y para Aioros, aquello era una buena señal de mejoría. Un par de meses atrás, ni siquiera le hubiera sostenido la mirada. —Pero lo que quería decir es que…

—Cree que debes intentar algo con Caelum. —La mirada esmeralda, fulminó a Shura de modo inmediato. Una cosa era dar por hechas algunas afirmaciones que él no tenía intención de confirmar, y otra distinta… hablar de ello libremente y con todas las letras.

—¿Ahora sois un par de celestinas? ¿Vosotros? ¿En serio? —No podía, ni quería, imaginarse que sucedería si aquello llegaba a oídos de Milo. Casi a la vez, dos sonrisas ensancharon sus labios, y Saga solo atinó a soplarse el flequillo con cierta inquietud.

—Oye, lo de Naia y tú es… historia vieja. —¡Oh! Si Aioros tan solo supiera la historia completa… Esperaba, al menos, que Apus hubiera tenido la decencia de callarse acerca de lo que vio la noche en que Naia desapareció del Santuario. —Era obvio que esto terminaría reflotando.

—¿Reflotando?

—Esa sonrisa tuya, no es de hoy precisamente. Ni de hace dos meses… La vi hace unos cuantos años.

—¿Te parece que me parezco a mi yo de hace quince años?

—Con ella, si. —Saga gruñó y se sobó los ojos con cansancio. —¿Por qué no intentarlo?

—¿Ves mi cabeza? Esta pegada en su sitio. Quiero conservarla ahí. ¿Sabes lo que sucederá si Kanon…?

—¿Todo esto es por Kanon? —Por un segundo, la expresión burlesca en la mirada del castaño, desapareció. —¿En serio? —Lo observó atentamente, y el gesto del peliazul no cambió, pero eventualmente, sus ojos terminaron fijos en el suelo.

Aioros frunció el ceño. Saga no había cambiado tanto, y cada segundo que pasaba era una confirmación más. Solamente sabía como mantener su parte candorosa y tierna, la parte más vulnerable, bien escondida. Aquello nunca le había funcionado con Kanon, y dudaba que fuera a servirle ahora.

—Voy a preguntarte algo, y voy a hacerlo muy en serio.

—Soy todo oídos. —Distinguió el sarcasmo en su voz, pero Aioros lo ignoró.

—¿Crees, sinceramente, que si Shura y yo lo sabemos… Kanon no ha notado absolutamente nada?

De modo inmediato, Saga alzó la mirada. Buscó sus ojos, como si nunca se hubiera planteado aquella pregunta antes y, de pronto, todo tomó sentido. Reina de la Muerte, el mal humor de Kanon, aquel "entrenamiento", las discusiones con Naia en Géminis… Ella marchándose, y él dejándola hacerlo de aquel modo tan frío… ¿Lo sabía?

"Mierda". Atinó a pensar.

La expresión confusa en su rostro fue tan obvia, que Aioros continuó.

—No lo habías pensado.

—Kanon…

—La dejó irse. ¿O no? —Vio a Shura de soslayo, que asintió, confirmando lo poco que sabía de la ruptura de aquellos dos. Saga entreabrió los labios, pero no dijo nada. —Si no impidió que se marchara, ¿por qué habría de importarle lo que ella haga a partir de ahora?

—Le importará de todos modos.

—¿Y por eso tú vas a quedarte ahí sin hacer nada? —En la vida de Saga, Kanon siempre había ocupado un puesto sorprendentemente alto y separado de los demás en su lista de prioridades. Fuera como fuera, siendo consciente o no de ello, Saga siempre pensaba primero en su reacción, y actuaba en consecuencia. Al menos cuando se llevaban bien.

—Aioros, me estas poniendo nervioso—contestó tras unos segundos de silencio, con una expresión que a Shura se le antojó de lo más graciosa.

—¡Solo quiero que me contestes!

—Eres una pésima alcahueta. Pésima.

—Me esfuerzo por mejorar.

—No me cabe duda.

—¿Saga?

—¿Qué quieres? —respondió cuando emprendió el camino de huída.

—Eres demasiado adorable y mono cuando ella está cerca, ¿lo sabías? —Sus palabras fueron incapaces de ocultar la emoción que sentía al respecto, pero desde donde estaba, solo lo escuchó gruñir.

Sin embargo, como si algo hubiera hecho clic en su cabeza, Saga se detuvo de modo inmediato, y volteó a verlo de nuevo con mirada grave.

—¿Se lo has contado a Apus?

—¿A Deltha? —Fingió demencia. —¿Por qué habría de hablar con ella sobre ti?

—¡Lo has hecho! —El rostro de Saga se tiñó con una enorme expresión de fastidio. Apus lo mataría si movía un dedo y algo salía mal.

—¡Ella lo descubrió sola!

—De pronto sois todos muy observadores.

—Tú demasiado obvio, mejor dicho.

-X-

Entró al salón tan pronto como llegó, pero en cuanto las puertas se abrieron y vio a Mu y Naia allí, una inquietante sensación se apoderó de él. Caminó hasta el trono, con sus pasos silenciados por la alfombra roja, y cuando llegó inclinó el rostro, sin lograr quitarse de la cabeza el discurso de Aioros.

—¿Dónde estabas? —preguntó el Maestro. —Te hice llamar hace rato.

—Tuve un… —Su mirada se cruzó con la máscara plateada por un segundo, y volvió la vista al frente tan rápido como pudo, tratando por todos los medios de olvidar aquella peculiar conversación. —Contratiempo. —No se le escapó el sutil movimiento curioso en los lunares del lemuriano al escucharlo. Malditos Shura y Aioros. Terminaría delatándose. —Perdón.

—Cómo sea. Ya estas aquí.

—¿Qué sucede? —preguntó con renovado interés.

—Ahora que estamos todos, podemos empezar. —Shion paseó sus ojos rosados por los dos santos y la amazona. —Hubo un cambio de planes acerca de la misión de Asgard. Como imagino sabréis, Camus esta en cama con una pulmonía bastante severa. —A la vez, asintieron, pero una diminuta vocecilla dentro de la mente de Saga, le puso en alerta. ¿Qué demonios hacía él ahí? Shion no iría a… —Así que me he visto obligado a hacer un cambio en vuestro equipo. Saga tomará el puesto de Camus.

Oh. Si, lo había hecho. Maldijo internamente su suerte y, de soslayo y de modo inconsciente, vio a Naia una vez más. Si aquello había originado alguna reacción en ella o no, era un misterio para él. Aunque lo cierto era que ni ella ni Mu, se veían sorprendidos. Al contrario.

—¿Yo? —atinó a preguntar. Shion asintió.

—Camus era el más adecuado por su relación con el norte. Es un santo de los hielos. Pero visto que para él es imposible en este momento, y es una misión urgente, hemos pensado que tú eres el reemplazo lógico y más apropiado. —Shion sabía que aquel era el medio natural de Saga: la política, leer entre líneas, la estrategia. Se manejaba con soltura en aquellas lides, y su mente trabajaba asombrosamente rápido en aquellas situaciones. No se veía intimidado por el rango o posición de quien le hablaba.

—Creí que iban a reparar las armaduras… —murmuró. Trató por todos los medios de mantenerse sereno y concentrado. Ahora que Aioros y Shura le habían espetado que podían leer sus sentimientos como un libro abierto, lo que menos deseaba es que aquellos ojos rosados lo hicieran también. Solo de pensar en Shion sabiendo al respecto, se estremeció.

—Vais a Asgard con dos objetivos, de los cuales uno es primordial. Las armaduras, son simplemente una excusa. Tú les servirás de apoyo sanguíneo, en caso de ser necesario. —Saga se sopló el flequillo al escucharlo. ¡Maldita su suerte! —Pero, la verdadera prioridad es la información que Hilda de Polaris pueda darnos. Quiero que estés bien atento a eso.

—¿Acerca de qué, Maestro? —La tímida voz de Mu, formuló la pregunta que los tres deseaban hacer, para confirmar sus sospechas. Shion tomó una bocanada de aire, y se levantó del trono.

—Como sabéis, aún estando en un periodo de paz, ha habido ciertos acontecimientos sospechosos para los que, después de mucho investigar, aún no tenemos explicación. Las lamias, los muertos… —De pronto, todos aquellos pensamientos revueltos que se atoraban en la mente de Saga, parecieron apaciguarse. Las sospechas de Shion, la preocupación en su voz, hizo que toda su inquietud volara a un tema mucho más lejano y escabroso que la bonita figura de Naia a su lado.

—¿Y las estrellas? —La pregunta de Saga fue inesperada para Shion, pero cuando contempló su mirada ligeramente angustiada, supo que debía elegir las palabras con cuidado. Sabía cuál sería el primer pensamiento del geminiano al respecto: Ares.

—Hay oscuridad… —Lo miró a los ojos.—…pero no en la Elíptica. —Y distinguió el alivio inmediato en ellos. Esbozó una sonrisa diminuta, y continuó.— Quiero que estéis atentos a todo lo que la princesa tenga que decir, y también a lo que no diga, bien porque no lo sabe, o porque considera más adecuado no hacerlo. Ella es una aliada importante, y hay que tratarla como tal. Confío en que sea un viaje fructífero.

—¿Cuáles son las sospechas, exactamente? —Para Saga, que había manejado los hilos del Santuario durante más de una década, la sensación de desconocimiento acerca de lo que sucedía era extraña. Y no solo eso, sino que le ponía los nervios de punta que algo estuviera sucediendo y él no lo hubiera sospechado si quiera.

—Encontramos explicación para los muertos, pero las lamias son un asunto muy distinto. Según los informes que Naiara—Saga la vio de soslayo una vez más, y se maldijo internamente de modo inmediato— y los demás trajeron, una vez muertas, recobraban su forma humana. Eso solo significa una cosa.

—Que alguien las convirtió en eso.

—Exacto, pero no sabemos quién es, o por qué lo hace. Lo preocupante, no son las lamias en si, sino que si hay alguien capaz de provocar una transformación así, puede provocar cualquier otra evento inesperado y desagradable.

—¿Hay algo, en concreto, que debamos decirle a la Princesa?

—Aseguraos de que sabe que cuenta con nuestro respaldo inmediato si algo sucede. Saori se lo hizo saber, pero vuestra presencia ahí ha de reafirmárselo. Y… aseguraos de que ese respaldo sea mutuo.

—De acuerdo. —Mu, a su lado, asintió con determinación en el rostro.

—¿Cuánto tiempo pasaremos fuera? —Naia, que se había mantenido en silencio desde que ambos llegaran, habló finalmente.

—Calculo que si todo va bien, en tres días todo debería estar listo.

La amazona asintió. Vio fugazmente a su izquierda, donde se topó con la mirada de Saga, aunque él rápidamente volteó al frente. Ella sonrió tras su máscara. No porque el gesto la hubiera parecido adorablemente gracioso, sino porque de alguna manera, tener la certeza de que sería él quien les acompañase en lugar de Camus, la había puesto inesperadamente ansiosa. Todo el nerviosismo anterior por visitar el Valhalla en compañía de Mu y Camus, se había esfumado. Solamente quedaba aquella emoción de colegiala.

—Aioros está fuera, por cierto—dijo Saga. Shion asintió.

—Está bien. Podéis iros, dile que le espero en mi despacho.

-X-

Aioros había esperado fuera pacientemente. Y aunque se había repetido decenas de veces el discurso acusador que tenía intención de recitarle a Shion, había sido incapaz de echar a un lado de su mente aquella historia.

No era que simplemente le resultara divertido, sino que además, le agradaba y le hacía incluso ilusión. Si Naia y Saga llegaban a tener algo, era como si todas las piezas de aquel puzzle que habían empezado hacía veinte años, encajasen al fin. Era simple, para él era el orden lógico de las cosas. Saga solamente necesitaba un pequeño empujón.

Sin embargo, cuando cambió de lugar en el hall, y se acomodó en uno de los bancos bajo los ventanales, la puerta del salón del trono se abrió. Los guardias se hicieron a un lado, y por ella salieron los tres. Inmediatamente, su mirada azul voló en busca de la de Saga, y cuando la encontró, no pudo sino sonreír un poquito más.

—¿Qué pasó?

—Nos vamos a Asgard. —Esperó que fuera Saga quien contestara, pero el peliazul no tuvo tiempo de reacción. Apenas había entreabierto los labios cuando Naia se le había adelantado.

—¿Tú también? —miró a Saga con una ceja alzada.

—Si. —atinó a responder tímidamente. Después del ajetreo de conversaciones de aquella mañana, tener a Aioros y Naia en la misma habitación, le ponía los nervios de punta. Era como si alguna catástrofe estuviera a punto de suceder.

—No te preocupes, Aioros. Cuidaré de que no se resfríe. —Acarició el antebrazo dorado de Saga, y sin saber si ella se percató o no, los dos santos miraron de modo casi inmediato el movimiento inocente de su mano. El arquero amplió su sonrisa.

—Hazlo, hazlo. Ya sabes que siempre fue delicado con el frío. —Su mirada se tiño con un toque maquiavélico, y antes de que pudiera seguir, Saga interrumpió.

—Shion te está esperando en el despacho. Creí que tenías prisa.

—¡Cierto! —Exclamó con el ceño fruncido.— Iros, iros. Si no os veo antes de que os marchéis, tened un buen viaje.

—Lo tendremos. —Aseguró la amazona. Buscó el rostro de Saga y continuó.— ¿Vienes?

El peliazul asintió en silencio, y sin prestarle más atención al arquero, echó a andar. A Aioros no le cabía ninguna duda de que lo estaba ignorando a propósito, así que cuando ella se alejó lo suficiente, con Saga unos pasos tras de si, el arquero lo llamó.

—¿Saga? —El gemelo se detuvo y rodó los ojos. En aquel momento deseaba que su simpático amigo fuera mudo.

—¿Qué quieres?

—Suerte. —Saga no vio su gesto pícaro, pero desde donde estaba, Aioros lo escuchó maldecir en voz baja, exactamente igual que un rato atrás en Sagitario. Dejó que una carcajada abandonase su garganta, y volteó en dirección contraria.

Era agradable que las cosas comenzaran a ir bien.

-X-

Levantó los lunares y esbozó un una expresión de sorpresa cuando escuchó la voz de su joven santo, llamando desde la puerta.

—¿Tienes un minuto? —Le oyó preguntar. No estaba seguro de lo que sucedía, pero las facciones de Aioros le decían que algo no estaba del todo bien. Instintivamente, Shion buscó el rostro de Arles, sentado en el escritorio de la esquina del gran despacho, desde donde le apoyaba en los labores administrativos del Santuario.

—Por supuesto, hijo. ¿Qué sucede?

—Tengo una queja.

El aplomo con que sus palabras resonaron le recordó muchísimo al niño de catorce años atrás. Incluso el santo de Altaír, usualmente distante, adornó sus labios con una diminuta sonrisa, encontrando las mismas semejanzas que él.

—Dime.

—¿Hay alguna razón en concreto por la que mi pago es mucho menor al del resto de los chicos? —preguntó, sin tapujos. Lucía serio, casi ofendido. Pero aquella expresión en el castaño, resultaba más que graciosa.

—Oh. —Shion suspiró, mientras abandonaba por completo los documentos que le mantenían ocupado.

—¿Pensaste que no me daría cuenta?

—Pensé que te darías cuenta antes. —El lemuriano intercambió miradas con Arles, quien le respondió con una sonrisa cómplice.

—¿De qué hablas?

—Permíteme unos segundos, por favor.

Sin recibir respuesta por parte del castaño, se levantó de su silla y atravesó la habitación hacia el mueble de madera oscura que estaba del otro extremo. También sin prisas, rebuscó entre la decena de llaves que llevaba consigo y, cuando encontró la indicada, la introdujo en la cerradura. Con un "click" el seguro cayó, y el Patriarca rebuscó en una de las gavetas hasta encontrar lo que buscaba.

Volvió hacia Aioros sosteniendo otra caja de madera, más pequeña, en las manos. La asentó en el escritorio frente a su santo y, con un leve empujón, le invitó a abrirla.

—Ahí lo tienes.

—¿Él qué? —El rostro del arquero expresaba más preguntas que sus labios.

—Ábrela.

Receloso, el chico hizo como se le indicó. Sus grandes ojos azules se abrieron todavía más cuando el misterioso contenido del cofrecillo le fue revelado. Un montón de billetes de euros, de todas denominaciones, quedaron a su vista.

Por su parte, los dos santos mayores simplemente observaron con cierta picardía la reacción de más joven.

—¿Qué es esto? —Aioros le cuestionó.

—Son tus ahorros. —El peliverde asintió. —Te he estado entregando mucho menos dinero que al resto de tus compañeros, pero eso no quiere decir que no te haya pagado lo mismo. Los saldos de todos esos pagos incompletos, están ahí.

—Pero… ¿Por qué?

—No estoy seguro de cómo explicarlo, pero puedes decir que soy un poco sobreprotector—acotó—. Cuando te fuiste, eras solamente un crío. Manejabas muchísimo menos dinero del que tendrías que manejar ahora y no quería que malgastaras tu paga en cosas sin sentido. Supuse que sería adecuado retener parte de ese dinero para hacerte un fondo de ahorros, al menos hasta que te dieras cuenta del engaño. Quizás viendo lo mucho que podías conseguir administrando correctamente tus recursos, te sería más sencillo ahorrar por tu cuenta, en el futuro.

—¿No confiabas en que manejara mis gastos correctamente?

—No, confiaba en que aprendieras a administrarte.

—Ya veo… —Aioros entrecerró los ojos, como si estuviera meditando en sus palabras. Maldito Shion que siempre se las arreglaba para torcer todo del modo que sonara condenadamente noble y sabio. —Entonces, ¿todo esto es mío?

—Todo tuyo.

—¿Puedo llevármelo?

—Úsalo con prudencia. —Para sorpresa de los dos, Arles intervino. Estando de acuerdo con él, el lemuriano asintió.

—Es un buen consejo. Escúchalo.

—Lo haré.

—Bien. Anda, llévatelo y no quiero más quejas, ¿entendido? A partir de ahora, tu dinero llegará completo. No abuses de ello, ni lo gastes todo con Milo.

—Ciertamente, con Milo no. Tranquilo… —Sonrió, mientras se marchaba de ahí mucho más rico de lo que había llegado. —Y, ¡gracias!

Cuando abandonó el despacho, Shion y Arles no pudieron guardar por más tiempo sus sonrisas. Con todos los enormes problemas que esperaban en el horizonte, el pequeño gran problema de Aioros resultaba refrescante.

-X-

Su cabellera era larga y abundante; roja como el vino. Sus ojos, intensos y embriagados con la esencia de las uvas, se perdieron en la inmensidad del cielo oscuro sobre su cabeza.

El frío de la noche no hizo mella en él. En cambio, buscó el calor en el vino tibio que guardaba en el odre. Sus labios se empaparon de la bebida y su cuerpo se regocijó en su efecto. Dionisio era un dios, un ser divino nacido para morar por encima de los hombres, pero como todos los de su clase, era siempre tentando por el mundo mortal.

Por todo eso, en ocasiones, abandonaba el Olimpo. Descendía hasta la tierra, para recorrer los caminos que los mortales habían construido a través del tiempo. Siempre se maravillaba de cómo todo cambiaba ahí debajo, del mismo modo en que le sorprendía como en la montaña de los dioses, el tiempo permanecía congelado. Aquellos parajes, la antigua Grecia que alguna vez emulara en gloria a su hogar, ahora no era más que piedras destruidas y sueños roídos por el fantasma de la derrota. Pueblos más poderosos habían caído sobre ella. Había robado su conocimiento y pisoteado su magnificencia. Un mundo completamente distinto había surgido de sus cenizas. Un mundo de herejes, un mundo de esclavos.

El presente le desagradaba. Ya no veía en los ojos de los hombres, la magia y fortaleza de sus ancestros. Se habían olvidado de ellos: de sus dioses. Incluso sus mentes, el tesoro más grande que poseyesen, había sido conquistados por ideologías de pueblos ajenos.

Tonta Athena que había peleado y entregado su vida por ellos. Ingenua y estúpida niña, liderando guerreros para proteger tierras que ya no le pertenecían. Y más necios los dioses que le habían enfrentado, una vez tras otra, con el mismo resultado. Aquel mundo no valía la humillación de una derrota, ni mucho menos una guerra eterna.

—¡Peleáis por polvo y por suciedad! —exclamó, embravecido por el alcohol—. ¡Almas inmundas! Eso es todo lo que encontraréis aquí—gritó al cielo, pensando que sus hermanos dioses pudieran escucharle. Empinó su bebida, hasta la última gota. La gota que rodó por su barbilla, cayó sobre la camisa de lino, gastada y blanca. —Necios… necios todos. ¿Por qué no podéis escucharme? —Sabía que algo se avecinaba. La tierra entera vibraba al ritmo de los tambores mudos de guerra.

—Yo te escucho.

Sorprendido, giró en busca del rostro de su acompañante. El par de ojos de plata que se centraron en los suyos, desnudaron su alma inmortal. Fue como mirarse en un espejo, donde su propia esencia se hizo palpable a su mirada.

—¿Cómo…? ¿Qué haces en este mundo insulso? —Dionisio cuestionó. Ni siquiera reparó en las alertas que su propio instinto encendió.

—Te escucho y acuerdo contigo. El hombre se ha corrompido y nosotros también. El mundo que conocimos no existe, pero podemos crearle de nuevo.

—¿De que hablas? —De pronto, sintió un miedo mal sano, algo impropio para una deidad como él. —Nuestro tiempo ha pasado. Los mortales no nos ven como dioses ya; no nos temen, no nos respetan. Somos un mito más para ellos. —Pero sus palabras hicieron oídos sordos en su acompañante.

Dioniso esperó por una respuesta que nunca llegó. Su mirada siguió cada movimiento de aquella silueta tan familiar y, a la vez, tan desconocida, danzando alrededor suyo. ¿Por qué se sentía tan temeroso? ¿Qué era lo que había cambiado entre ellos? Aquel rostro, alguna vez protector, se había tornado en la fría y temible máscara de un ser tenebroso. Algo estaba terriblemente mal.

—Quizás es momento de recordarles del poder que poseemos—habló, por fin—. Podemos comenzar desde el principio: crear al hombre desde el polvo y dotarle de una vida sin el sufrimiento que nosotros mismos les hemos traído. Entonces volverá a adornarnos, volverá a creer en seres supremos. Pero eso solo sucederá cuando la inmundicia sea eliminada. Todo lo que está corrupto debe ser destruido… todo, incluso vosotros.

—¡¿Pero que…?!

Fue incapaz de terminar con sus palabras. Su boca enmudeció, del mismo modo en que su cuerpo dejó de responderle. El piso bajo sus pies crujió. La tierra se abrió y manos poderosas surgieron de ella. Se aferraron a su piernas, a sus brazos, mientras el ojo del juicio caía sobre él.

Sintió su poder abandonándole. Sus fuerzas se esfumaron y su voluntad cayó presa de un hechizo. Un dolor como ninguno que hubiera experimentado jamás, recorrió su cuerpo. Se vio a si mismo desaparecer. Su último resplandor fue el brillo de la joya en la que se había convertido; un recuerdo, un tesoro para su captor.

—Eres mío. —La voz resonó en su cárcel; y no podía desmentir aquella verdad.

No era un Olímpico, pero era un dios; tenía poder, tenía inmortalidad. Pero, ahora, uno de los suyos le había traicionado... y no sería el único en caer. Dioses contra dioses, guerra en tiempos de paz.

¿En qué momento había salido todo tan mal? ¿Qué había cambiado?

¿Cómo habían llegado a algo así?

-Continuará…-

NdA:

Shura: Si alguna vez dije que las Malvadas eran buenas conmigo, me retracto ahora… T_T

Aioros: Lo siento, Shura…

Camus: Si… yo también. u_u

Aioros: Siempre nos quedará Saga para chismosear :)

Saga: ¿Qué tal si os conseguís una vida?

Aioros: Conseguirtela a ti es un reto personal.

Saga: ¬¬'

Shura: Te resfriaras en Asgard T_T

Camus: Los resfriados no son tan malos… u_u

Shura: T_T T_T T_T

Sunrise: ¡Ya habrá otros peces en el mar, Shura! Aunque más doncellitas virginales… tal vez no. n_n'

Saga: No, creo que no.

Santitos: No, no.

Damis: ¡Y con esto, nos despedimos hasta el próximo capítulo! Los chic s tienen que comprarse abrigos!

Sunrise: ¡Hacia Asgard!

Santitos: ¡Bye, bye!