Nota: Este capítulo tiene contenido recomendado para mayores de 18 años. ¡Avisados estais! Luego no os quejéis si os comen los monstruos...
-X-
Capítulo 22: Asgard
Una de las ventajas de que Camus hubiera enfermado, era el hecho de que, sin su presencia atosigante, los entrenamientos se reducían dramáticamente de tiempo. Aunque el francés había amenazado con hacerles devolver horas extra a su regreso si sentía sus cosmos holgazaneando en horas de práctica, ni Jamián, ni Tremy, parecieron preocuparse al respecto. Abusando de esa misma apatía, Deltha decidió que por ese día, se iría a casa temprano. Sin Naia en los alrededores, quizás convencería a Aioros de pasar un rato por la cabañita… para divertirse un rato.
Ondeó la mano en el aire para despedirse de sus compañeros de equipo y, arrastrando los pies, marchó en sentido contrario. Ellos tenían planes de visitar la taberna y, si ella no tuviera que usar la maldita máscara todo el tiempo, probablemente les hubiera acompañado al menos por un par de tragos. Sin embargo, sus propios planes le resultaban mil veces más atractivos.
—¡Ah! ¡Aquí está mi amazona favorita! —Para cuando distinguió a Nikos, su brazo ya le había cruzado por encima de los hombros, atrayéndola contra si para caminar a su lado.
—Tu segunda amazona favorita.
—¿Eh?
—La primera está bien lejos, en Asgard. —El santo de Orión soltó una carcajada al escucharla.
—Vale, vale. La segunda—aclaró, solo para escucharla reír también, unos segundos más tarde—. ¿Aprovechando los fugaces momentos de libertad?
—Oye, no todos tenemos jefes tan complacientes como el tuyo. ¿Sabes cuando será la próxima vez que Camus se enferme de gripe o de cualquier otra cosa? —Él meneó la cabeza—. En su siguiente vida… quizás.
—Exagerada. —Le sacó la lengua. —¿A qué piensas dedicar tu tiempo libre?
—Pues… digamos que tengo planes.
—¿Necesitas compañía? Sin Naia haciendo alboroto por aquí, imagino que la cabaña se sentirá muy sola.
—Un poco, sí. Pero, digamos también que ya tengo un voluntario para acompañarme. —De reojo, buscó la reacción en el rostro de Nikos. Tal como había pensando, su mohín de simpatía desapareció mientras un gruñido tomaba su lugar. Había entendido perfectamente el sentido de sus palabras. —Antes de que digas cualquier cosa, piénsalo.
—No sé que veis en esos tipos—bufó.
—Aioros no es Kanon. Y, aún si lo fuera, no hay modo en que puedas convencerme de dejarlo. Naia puede ser terca, pero te aseguro que yo lo soy más.
—No lo dudo. Crecer os hizo…—dudó—. Testarudas.
—Decididas. Somos mujeres adultas.
—Creí que no te gustaba el asunto de Naia y Kanon. —La miró de soslayo, con la mirada interrogante. —¿Ahora vas a excusarla?
—La última vez que abriste la boca sobre ese tema, ella terminó enfadada con ambos. No tengo la menor intención de involucrarme en ninguna polémica al respecto contigo. Así que no insistas más, Nikos.
Pensó que el moreno tomaría su respuesta como un palmo de narices y se marcharía enfadado. Sin embargo, para su sorpresa, el santo no se alejó de ella, ni la dejó ir. Solamente soltó un bufido de resignación, para seguir caminando a su lado, en completo silencio, por varios segundos.
De todos modos, le pareció curioso el modo en que su berrinche resultaba infundado a esas alturas. No estaba segura si Nikos sabía al respecto, pero en lo que a ella respectaba, sus labios tenían que mantenerse sellados. Si Naia no le había comentado nada, ella no estaba en derecho de hacerlo. Además, casi tenía la impresión de que la sola mención de Saga, reemplazando a Kanon en la vida de su hermana, haría que el santo de Orión muriera de un infarto. No quería eso en su conciencia. Lo que para Deltha era una pareja más adecuada, para Nikos era una pesadilla.
—Del, hablando de esto… ¿puedo preguntarte algo?
—Claro. —Lo que fuera que Nikos fuera a preguntarle, le resultaba cuanto mas interesante, vista la situación.
—¿Soy yo o… Naia ha estado rara?
—¿Rara? —Su amiga era mucho más obvia de lo que había imaginado. —¿A qué te refieres?
—Callada. Triste, incluso. —Deltha guardó silencio y lo dejó continuar. Tal vez, si Nikos seguía desvariando en sus propias observaciones, llegaría a una conclusión por sí mismo. —Está ausente. No digo que le gustase discutir sobre sus decisiones conmigo, pero es como si su conversación ya no incluyera siquiera a Kanon. ¿Has notado que apenas habla de él ahora? ¿O, lo poco que se encuentran en público siquiera?
—Algo he visto, sí.
—¿Crees que ellos…?
—¿Mm? —Ojalá supiera disimular mejor.
—¿Mm? ¿Me estás ocultando algo?
—¿Yo? —Maldición. Ella también era jodidamente obvia.
—¿Qué rayos…? ¡¿Deltha?!
—¡¿Qué?! No me presiones. —Intentó caminar más rápido, pero teniéndole pegado a ella como un chicle, le fue imposible separarse. —¡Yo no sé nada! —Toda esa actitud fue más que sospechosa para el santo de Orión.
—Oh, por los dioses… ¡Entonces, es verdad! Naia y Kanon ya no… —Al no escuchar la respuesta de la amazona, supo que estaba en lo correcto. —¡Gracias, Athena! —Que gran día era aquel.
—No hagas un escándalo de esto, ¿de acuerdo?
—¡Esto es genial! —La abrazó con fuerza. Obviamente, no la estaba escuchando. —¡Si no tuvieras la máscara, te daría un beso, Apus!
—¿A mi? ¡No, no!—negó rotundamente—. No escuchaste esto de mi, Nikos.
—Pero es que… —Sin embargo, el santo fue interrumpido casi de inmediato.
—Vaya. Cuánta… efusividad, Orión.
La voz que escucharon a sus espaldas, robó un respingo a ambos. La pelipúrpura se soltó de Nikos con un empujón y le golpeó las costillas, juguetonamente. El gesto divertido en el rostro masculino, hizo que arrugara el ceño.
—¡Aioros! —Deltha saludó al recién llegado. Fue hacia él y, colándose bajo su brazo, lo abrazó.
—Arquero. —Nikos, con aquella sonrisilla suya, hizo lo propio.
—Hey. ¿Pasa algo? —El santo dorado miró de uno a otro. El hecho de que el moreno luciera más feliz que de costumbre le hizo preocuparse.
—Nada, nada—Deltha respondió. Le hubiese gustado no tener la máscara, para que el santo de Orión reparara en su mirada asesina. —Estaba buscándote. ¿Nos vamos?
—Eh… sí. Adiós, Orión.—Aioros se dejó arrastrar por ella, después de que se despidieran. Cuando consideró que estaban lo suficientemente lejos como para hablar sin ser escuchados, se atrevió a preguntar. —¿Qué pasa con él?
—Está un poquito eufórico. Acaba de darse cuenta que Naia y Kanon ya no…
—Oh. —El castaño soltó una gran carcajada. —Por hoy, Nikos será el tipo más feliz del mundo.
—Le dejaremos disfrutar.
—No creo que haya reparado en el otro detalle aún.
—Oh, te aseguro que no. Espera que se dé cuenta y, entonces, el Santuario entero va a temblar alrededor suyo. —Y vaya que lo haría. Pero por muy dramático que Nikos pudiera ser, el verdadero rostro que a Aioros le gustaría ver, sería el de Saga. Tener a Naia, y calentarle la cabeza a su hermano en el proceso, era un golpe maestro.
—Me encantará verlo.
Nikos, mientras tanto, se quedó atrás, con la sonrisa enorme en los labios. Nada ni nadie le amargarían el día.
En lo que a él respectaba, saber a su pequeña hermana lejos de Kanon, le traía una alivio increíble. Giró sobre sus talones, canturreando la primera canción que le vino a la mente. Ni siquiera sabía de donde había sacado aquella melodía, pero era terriblemente contagiosa. Le importó poco: todo estaba en orden.
Sin embargo, segundos más tarde, su propia cabeza fue golpeada por una idea fugaz y demoledora: Naia podía haberse desecho de Kanon, pero justo ahora, cuando estaba sola y disponible, el maldito destino la arrastraba a Asgard…
—Mierda—musitó.
Con Saga.
Ni más ni menos.
-X-
—¡Dichosos los ojos que te ven!
La exclamación del escorpión, tomó desprevenido a Kanon que, al escucharlo, volteó rápidamente en su dirección. Alzó levemente la cabeza a modo de saludo, y aunque no fue un derroche de simpatía, a Milo le resultó suficiente. Palmeó su hombro, y se sentó a su lado. Más abajo, los entrenamientos en el coliseo seguían su curso.
—Pensé que habías sido engullido por la Otra Dimensión que vigila la puerta de tu habitación.
—Muy gracioso.
—Lo sé. —El menor llevó la vista a la arena, y dejó que sus ojos se perdieran entre los santos y amazonas. Sin embargo, una minúscula sonrisa se formó en su rostro cuando reparó en la silueta de alguien en concreto.
—¿En serio? —Ladeó el rostro al escuchar a Kanon y lo encaró.
—En serio, ¿qué?
—¿La Cobra, Milo? —Una sonrisa pícara iluminó su rostro, a la vez que apoyaba los codos en la grada que quedaba inmediatamente tras él. Se estiró cómodamente, y Kanon hubiera jurado que infló el pecho con orgullo. —Oh, si. —Se respondió a sí mismo.
—Es interesante.
—Es una forma de llamarlo.
—Bajo esa fachada despiadada hay un rostro de muñeca precioso…—Se encogió de hombros. —Estoy seguro de que lo habrás visto en alguna ocasión.
—Si, como la mayoría de los seres vivos en este planeta. Hay máscaras que jamás se caen, y la suya parece no querer estar puesta nunca.
—No la culpo. Tiene una cara preciosa como para estar escondida bajo un trozo de metal eternamente. —Kanon alzó una ceja. Desde luego, que aquello no era lo que pensaba encontrarse cuando abandonó Géminis por la mañana. Y la verdad, no sabía qué pensar al respecto. —Además, ese aire tan altivo y arisco tiene un punto de lo más… —Se relamió los labios en un gesto claramente descriptivo para el mayor. —Tienes cara de espanto, Kanon. ¿Te encuentras bien?
—Fenomenal. Iré haciendo los arreglos para tu funeral, pisas terreno pantanoso.
—Oye, no todas las mujeres del mundo son como Naia. —De modo inmediato, el ceño de Kanon se frunció, pero Milo no pareció percatarse de ello. —Es simpática, tiene un gran sentido del humor y tiene un culito tan…
—Cállate. —Kanon no se sentía de humor como para bromear al respecto.
—La echo de menos. —Milo lo ignoró, haciendo gala de un teatral dramatismo. —Dante y Moses no son ni la mitad de agradables para entrenar que ella.
—Seguro. —Sin embargo, tras escucharlo gruñir, el escorpión le prestó más atención. Entrecerró los ojos suavemente, y continuó.
—¿Qué pasa? Eres un tipo privilegiado, no veo que…
—¿Privilegiado?
—Naia. —Milo se encogió de hombros ante la obviedad, pero la seriedad en el rostro de su compañero, levantó sus sospechas.
—Esa historia se acabó.
—¿Qué? —Incapaz de disimular la sorpresa, continuó. —¿Por qué? ¿Desde cuándo?
—Desde que volví de Reina de la Muerte.
—¿Qué pasó? —Kanon se encogió de hombros una vez más.
—Era momento de que terminara.
—¿La dejaste? —Tomó el silencio como un "si", y rodó los ojos con disgusto. —¿Pero por qué? ¿En qué estabas pensando? ¿Quién me alegrará los días con un montón de historias pervertidas?
—Puedes preguntarle a Saga. Quizá tengas más suerte.
—Saga no despegará los labios. —Y lo maldijo internamente por ello. Sin embargo, casi de modo inmediato, reparó en que quizá las palabras de Kanon iban por otro lado, y todo rastro de broma, desapareció de su rostro. —¿Qué quieres decir con "pregúntale a Saga"?
Kanon permaneció unos segundos en silencio, mientras su mente trabajaba por organizar todos sus pensamientos de un modo lógico. Pero lo cierto era, que veía las cosas tan claras como el agua.
Su comportamiento con Naia había sido cuestionable, eso no lo ponía en duda. Él era así… La noche del cumpleaños de Aioros, cuando la encontró llorando en su cama y la sirvió de improvisado confesor, se dio cuenta. Naia necesitaba, fuera consciente de ello o no, otras cosas. Y él no estaba dispuesto a darlas, ni a intentarlo.
Después de la misión, todo se fue al demonio. Cada palabra de Guilty, había causado tanto daño inesperado, que aquel día había sido como empezar de nuevo. Otra vez. Sin ningún optimismo al que aferrarse, sin esperanzas de vidas felices… Y eso, incluía a Saga. Su hermano no había entendido su actitud al resucitar, y ahora veía que era algo comprensible. Quizá, lo más normal hubiera sido ir de modo progresivo: recelo inicial, quizá miedo, aislamiento… y poco a poco, dejar al mundo entrar y permitirse sonreír de vez en cuando.
Aquello era lo que Saga había hecho. Al fin y al cabo, era mucho más cauto que él. Kanon simplemente se había lanzado a la piscina nada más abrir los ojos, y ahora comprendía cuán grande había sido el error. Había personas, especialmente Naia, que habían sido encandiladas por aquel brillo optimista tan escaso en las Doce Casas. Y ahora que la situación real afloraba, y con ella todos sus peligrosos sentimientos… las cosas habían cambiado radicalmente.
Estaba molesto con todos, con el mundo. Un sentimiento de sobra conocido. Estaba enfadado con Saga, porque cada segundo que pasaba, se repetía que Guilty tenía razón, y él se sentía como quince años atrás, cuando peleaba a contracorriente contra todo y todos, a sabiendas de que perdería aquel dichoso combate. Le molestaba su prudencia, su autoridad, la sonrisa tímida que a veces se dibujaba en su rostro, y la seguridad que motivaba cada acción suya.
Y aquello, incluía a Naia.
¿Por qué había vuelto de Rodhas? Probablemente, por el mismo motivo por el que pudo escapar con vida del Santuario: aunque nadie pudiera asegurarlo, había sido por Saga.
Kanon se había confiado, pensando que lo huraño y oscuro que su hermano se había tornado con los años, la espantaría. Y había sido así por un tiempo… hasta que Saga comenzó a asentarse de nuevo. Hasta que se había dado cuenta de cómo se esforzaba por no estar en Géminis cada vez que ella se quedaba, y lo inesperadamente incómodo que se había encontrado en su compañía. Le había resultado incluso gracioso.
Después, comenzaron a llevarse bien, y eso fue aún peor. Risitas, palabras y miradas cómplices… Ella quiso un tiempo, y él no la detuvo. ¿Pero para qué quería aquel tiempo? La verdad era, que después de aquella noche, Naia había pasado cada tarde en el cuartel con su hermano. Y Saga estaba estúpidamente contento, aunque él mismo no lo notara. Porque él era así. Era un prodigio, pero las cosas más simples y humanas se le pasaban por alto con sorprendente facilidad, no las entendía, y para él era obvio.
A Saga le gustaba Naia, sin duda. ¿Hasta qué punto? Eso lo desconocía. Tampoco importaba demasiado, a decir verdad.
—¿Kanon? —Pestañeó un par de veces. La pregunta de Milo le devolvió a la realidad. —¿Qué querías decir con eso?
—Nada.
—Algo si. —Kanon se encogió de hombros.
—Se llevan mucho mejor últimamente. —Y él, odiaba sentirse celoso, pero más aún, odiaba verse como tal. —Ha sido una casualidad interesante que Camus enfermase y precisamente Saga lo sustituyera.
—Bueno, Shion no iba a mandarme a mi—dijo entre risas. Trató de buscarle el lado gracioso a la historia, pero algo en el semblante de Kanon le daba mala espina.
Había bromeado muchas veces con la idea de los gemelos compartiendo a la amazona, pero la verdad era que no se había planteado que fuera una opción veraz. No cuando uno de ellos la había conseguido primero. Claro que, si Kanon la había dejado ir, tanto Saga como ella eran libres de hacer como les viniera en gana sin dar explicaciones a nadie. Sin embargo, eso no le hacía sentir mejor. Había algo en aquellas palabras con toque amargo, en aquella mirada que tenía a su lado, que le estaba avisando a gritos de que si los gemelos volvían a enfrentarse, por el motivo que fuera, habría problemas.
—Eso de mover los hilos y los politiqueos, se le da mejor a Saga. —Se encogió de hombros. —No tiene mayor importancia que hayan ido juntos.
—Supongo que no.
—¿Qué pasó en Reina de la Muerte? El cangrejo no ha dicho nada, pero tú tampoco. Simplemente no te has dejado ver, aunque la nube negra que llevas encima, ha delatado tu posición todo el tiempo.
—Tuve una pequeña charla con Guilty. —Milo alzó la ceja. —Me recordó algunas cosas que pensé ya no me molestaban, pero lo hacen.
—¿El qué?
—No tiene importancia. —Suficiente tenía ya con que el cangrejo lo hubiera visto y oído todo.
—¿Tiene que ver contigo y Saga? —Estaba intentando ser lo más cauto que podía, pero algo dentro de él, le alentaba a investigar un poco más. Quizá solamente era el malestar que le provocaba pensar en otra catástrofe entre ellos, pero estar preparado no le hacía mal a nadie y, quién sabía, quizá podría interceder.
Cuando Kanon no respondió, Milo supo que la respuesta era afirmativa.
—Entiendo. —Aunque realmente no lograba hacerlo, no era capaz de comprender el abismo que separaba a los hermanos, por mucho que hubieran mejorado. —Eso no significa que Caelum y él… —Una carcajada del mayor, lo silencio.
—Deberías verle, al muy idiota—espetó.
—Bueno, si hubiera algo entre ellos… ¿qué tienes tú que decir al respecto? —Kanon lo vio de soslayo con el ceño fruncido. —Te la tirabas de vez en cuando, pero la dejaste ir. —Milo se encogió de hombros. Tal y como veía la situación, más que dejarla ir, lo más probable era que Kanon le hubiera dado una buena patada a ese precioso culo suyo. —Deberías relajarte, lo que sea será, pero tú tomaste tu propia decisión. No tiene caso pensar en ello ya, ni en lo que ellos hagan.
Se puso en pie, dispuesto a terminar aquella conversación. Tenía mucho en que pensar, y muchas cosas que valorar. Quizá debería hablar con Camus de sus sospechas, aunque el francesito estuviera muriendo bien acompañado en Acuario. Lo cierto era, que un Kanon malhumorado, era un Kanon peligroso.
—¿Vas a entrenar?
—Un poco más tarde, quizá.
—Está bien. Ya que Dante y Moses parecen bien entretenidos, iré a hacer compañía a cierta damisela peliverde que está sola ahí abajo.
Se despidió con un gesto de su mano, ante el rostro impasible del gemelo menor.
-X-
Para Naia fue solo un parpadeo: una fracción de segundo que bastó para transportarla a un lugar de ensueño.
La tibieza del Mediterráneo desapareció, pero sus mejillas ardieron bajo el inclemente frío del Norte que convertía su máscara en algo insoportable. Sus botas se aferraron a la resbaladiza capa de hielo sobre la que había aparecido y que ahora sustituía a la firmeza del mármol azulado de Aries. Sus ojos se entrecerraron, cegados por el blanco inmaculado del paisaje que la rodeaba. El Valhalla, con sus muros de piedra, tan blancos y brillantes como el hielo, le dio la bienvenida, haciéndola sentir diminuta. Podía ver las copas de los árboles casi desnudos que asomaban por encima de las murallas. Sus ramas secas se mecían con el inclemente viento del invierno. En primavera, supuso, ataviados con algunas hojas de verde oscuro, debían ser un bonito espectáculo de contrastes.
La amazona se ajustó el abrigo, hundiéndose en las pieles que parecían insuficientes para cobijarla de aquel clima adverso. Su melena oscura se revolvió con el viento embravecido y húmedo que se arremolinó alrededor de ellos, mientras la caricia de la nieve besó su piel con insistencia.
—Enciende un poco tu cosmos. —Escuchó la voz suave de Mu. —Te ayudará a sentirte más cómoda.
—Si—balbuceó—. Esto es impresionante… —Blanco. Inmaculado y hermoso blanco en una alfombra que se extendía hasta donde la vista alcanzaba.
Su propio cosmos, sumado al de los santos que la acompañaban, la cobijó rápidamente. Era cálido, arropador y protector. Ni siquiera el frío del Norte, con toda su fuerza e inclemencia, pudieron pasar a través de esa cortina de calor.
Un par de segundos se escaparon, sin que ninguno se sintiera capaz de moverse. Fue como si sus pies se ataran al suelo y sus ojos, al enigmático paisaje alrededor de ellos. Con todo lo que habían visto, pocas veces se habían sentido del modo en que lo hacían en ese momento.
Las montañas, cual enormes dunas de nieve, enmarcaban el palacio, en lo alto del risco. Cuesta abajo, el camino hacia el Valhalla se dibujaba como un sendero estrecho flanqueado por decenas de chozas tapizadas con pieles y coronadas con el blanco de la nieve. Los hilillos de humo trepaban hasta lo alto, cual dedos que clamaban al cielo por calma. Cuando el viento los alcanzaba, los torcía y enredaba a su antojo, creando una nube blanquecida que merodeaba por encima de la ciudad.
Desde las enormes puertas del Valhalla, un par de dragones resguardaban la ciudad. Con sus fauces abiertas, mostrando los colmillos de metal y con ojos de piedras preciosas, vigilaban a los protegidos de Odín. El trabajo del metal era tan perfecto que, en una noche de luz, Naia solo podía imaginar el realismo de sus rostros cargados de coraje. Dignos guardianes para un palacio de ensueño.
—Será mejor que entremos. —Mu y Naia escucharon la voz de Saga. —Nos congelaremos aquí afuera.
—No esperaba una bienvenida, pero…
—Culpa nuestra por aparecer en medio de la ventisca. —Miró de soslayo a Mu y este, se sonrió con travesura.
—¿Qué puedo decirte?
—Regresaremos con la Otra Dimensión… o terminaremos en el Cabo. —La seriedad en su rostro hizo que el santo de Aries soltara una carcajada disimulada.
—Tendré más cuidado…
Solo se habían internado un par de pasos en los bosques que rodeaban el palacio, cuando el repicar de los cascos sobre el sendero de piedra les hizo detenerse. Al fondo, un pequeño grupo de jinetes surgió de entre la niebla. Encabezados por la sacerdotisa de Odín, la comitiva de bienvenida hizo su presentación.
Hilda iba delante, con Sigfried a su lado y el resto de sus dioses guerreros a sus espaldas. Un mozo les seguía de cerca, acompañado de tres caballos con sillas vacías. Cuando todos estuvieron cerca de los recién llegados, el grupo se detuvo.
Los animales bufaron y el vapor de su respiración se hizo presente ante el frío extremo. Se revolvieron por unos segundos, hasta permanecer completamente quietos. La mirada transparente de Hilda se fijó en ellos y, tras lo que pareció una eternidad, una diminuta sonrisa iluminó sus labios.
—Soy Hilda de Polaris. Os esperábamos.
—Disculpad la tardanza.
—Llegáis a tiempo, acompañadnos hasta el palacio. —A la voz de su sacerdotisa, Sigfried hizo un ademán al mozo para que acercara los caballos. —Podéis poneros cómodos, hasta la hora de la cena. Discutiremos ahí lo que tenga que ser hablado.
—Agradecemos la hospitalidad. —Mu volvió a tomar la palabra. —Soy Mu de Aries. Él es Saga de Géminis y ella, Naiara de Caelum.
—Soy Siegfried de Dubhe Alfa. Ellos son Bud de Alcor Zeta, Hagen de Merak Beta, Thor de Phecda Gamma, Alberich de Megrez Delta, Fenrir de Alioth Epsilon, Syd de Mizar Zeta y Mime de Benetnasch Eta.
Los nombres resonaron en los oídos de Naia como un trabalenguas difícil de memorizar. Los rostros, sin embargo, le resultaron indescifrables. Detrás de las miradas cristalinas de los héroes nórdicos, la amazona no pudo ver más allá. Sentía que caminaba a ciegas y, de pronto, tenía el presentimiento de que la reparación de los ropajes divinos no era más que un pretexto para llevarlos hasta Asgard sin levantar sospechas.
—Venid. —La insistencia de Hilda la hizo respingarse. —El vendaval arreciará. Será una noche fría, así que será mejor que os resguardéis en el palacio. Con suerte, mañana tendremos mejor clima.
Ninguno de ellos se hizo del rogar. Hilda no mentía, pues poco después, el viento se tornó más furioso. Incluso sus monturas, acostumbradas a aquel clima inhóspito, se inquietaron. Un poco de calor, algo tibio para comer y una buena cama era lo que necesitaban.
Asgard les había dado una bienvenida magnífica.
-X-
—¿Aburrida? —Shaina volteó a la derecha cuando oyó la pregunta.
—Observo. —La peliverde movió sutilmente la cabeza, señalando a Jabu y Argol que entrenaban unos metros más allá.
—¿Te resulta interesante? —Milo se quedó a su lado, observando el mismo panorama.
—La verdad es que no. —La amazona se tomó unos segundos para responder, pero cuando lo hizo con tal sinceridad, le sacó una sonrisa al peliazul. —El Unicornio tiene un nivel francamente… ridículo.
—Es un tanto milagroso que esos chicos consiguieran la armadura sin despertar su cosmos, si. —Ella se encogió de hombros. En su día, había pretendido que Cassios lo lograra también. —No parece que le vaya mal con Perseo.
—Es la manera que tienen él y Géminis de mimar al mocoso. —Milo ladeó el rostro, divertido.
—¿Mimarle?
—Al parecer soy un monstruo despiadado cuando entreno con él. —El peliazul dibujó una diminuta sonrisa. —Pero si el chico no sufre, ni se esfuerza, no sabrá lo que significa nada de esto. No llegará al límite, ni descubrirá de lo que es capaz. Es ridículo que Saga y Argol piensen que deben acunarlo entre algodones. Especialmente Saga, que es un Santo Dorado y su entrenamiento…
—Bueno… —Había oído ciertos comentarios acerca de Jabu y la princesa. Sabía que después de renunciar a Seiya y los demás, Jabu y los otros eran lo más cercano que le quedaba. Especialmente el Unicornio. No le sorprendía que Saga tratara de mantenerlo vivo y a salvo. Pero, ¿por qué lo hacía Argol? Él era otro cantar: siempre le había resultado un engreído, así que aquella amabilidad hacia el chico era… extraña. Quizá Saga se había esmerado con las ordenes de equipo. —Tampoco es necesario apresurarse, que hagan como quieran. ¿Te apetece entrenar?
De pronto, se topó con aquella máscara que lo miraba fijamente con sus ojos vacíos. Esperó pacientemente por una respuesta que le dejara cara de idiota, pero entonces, recibió una contestación que no esperaba.
—¿Contigo?
—¿Por qué no? Jabu y Argol están ocupados, Dante y Moses también. Sin Caelum y sin Saga, tú y yo estamos solos. ¿Qué me dices?
Shaina lo sopesó durante unos instantes más. Vio de soslayo a sus compañeros, y casi sin querer, buscó en la lejanía a Marin… como si quisiera su consejo mudo acerca de qué debía hacer. No sabía por qué, pero la compañía de Milo no la desagradaba, y eso que lo consideraba el mayor engreído y fanfarrón de las Doce Casas y parte del Santuario.
Sin embargo, había algo en él, que le resultaba agradable y cercano, contra todo pronóstico.
—Está bien—accedió. El rostro de Milo se iluminó con una esplendida sonrisa, y le tendió la mano.
—Vamos. —Ella no la tomó. No le importó. "Menos es nada", pensó él.
-X-
Los escuchó hablar en el pasillo y, tan pronto como la puerta de la habitación de Mu se cerró, silenciando el corredor, Naia abrió la suya con cuidado de no ser vista. Se asomó con precaución y, tal y como había imaginado, Saga caminaba rumbo a su propio dormitorio que quedaba frente al suyo.
—¡Pssst! ¡Pssst! —Lo llamó, pero el peliazul pareció no escucharla. La amazona frunció el ceño, y lo intentó de nuevo. —¡Pssssst! —Esa vez tuvo más suerte. Saga se detuvo. Ladeó el rostro, y de modo inmediato volteó en su dirección.
—¿Me llamas a mi?
—No, idiota, a un guerrero divino de esos rubitos y ojos azules. —Le sacó la lengua, y Saga dejó escapar una pequeña carcajada. —Vamos, entra. —Estiró el brazo, y lo tomó de la muñeca, tirando de él hacia el interior de la habitación.
—¡Oye! —Sus quejas no importaron, en un visto y no visto, la puerta se había cerrado a sus espaldas. —Esto podría ser calificado de vil intento de secuestro.
—Quejica. —Naia se dejó caer en la suave y confortable alfombra de piel de oso, donde al parecer, llevaba dormitando un buen rato.
—¿Qué pasa? ¿Tienes costumbre de acechar por los pasillos? —Se sentó a su lado, y estiró las piernas.
—No. Pero este sitio es… peculiar. Y aquí sola me siento como un bicho raro. —Se encogió de hombros, y se tumbó, suspirando. —Al menos tuvieron la decencia de quitar la cabeza del pobre oso polar que ahora nos sirve de alfombra. —Escuchó la risa de Saga a su lado, y sonrió. Ese sonido era realmente reconfortante.
—¿Acérrima defensora de los animales? —La imitó y se recostó sobre la mullida piel blanca. Debía admitir que ahí, junto a la enorme chimenea que caldeaba el dormitorio de la amazona, se estaba considerablemente bien. Ni un solo sonido llegaba del exterior, solamente el crepitar de las llamas les acompañaba.
—Bueno… no es algo que pondría en mi salón. —Frunció el ceño. —De tener uno, claro.
—Si te consuela, probablemente el osito murió para alimentar a la aldea.
—¿Eso esta entre la lista de tipos de muerte heroica para osos polares?
—Mmmm… supongo que si.
—Ya veo. —Estiró los brazos, acariciando el suave pelaje, hasta que sus dedos se toparon con el cuerpo de Saga a su lado. Se quedó quieta por un momento, dudando que hacer, pero finalmente, dejó su mano donde estaba. A él no parecía importarle.
-X-
Habían pasado un largo rato de cómodo silencio. Saga no se había dormido, probablemente sería incapaz. Sin embargo, aquella atmósfera que se había creado en la habitación, le resultaba sumamente relajante. Por unos minutos, había olvidado el motivo por el que estaban ahí. Y también había olvidado todas las dudas e inquietudes que su acompañante le provocaba.
Su compañía y su silencio resultaban casi hipnotizantes, sobre todo porque Naia siempre había sido un torbellino de energía. Pero ahí estaba, concentrado en escuchar su respiración suave, mientras sus dedos dibujaban suaves círculos sobre la palma de la mano femenina que había ido a parar a su estómago.
—¿Qué va a pasar? —preguntó ella, de pronto. Saga salió de golpe de su ensoñación.
—¿Acerca de qué?
—Esta visita… —Se encogió de hombros, y para él fue enormemente fácil distinguir el titubeo de su voz. Detuvo el movimiento de sus dedos, tomó su mano y la apartó, girándose sobre su costado para verla a los ojos.
—Estabas ahí cuando Shion lo explicó…
—Si, pero… Al entrar en este palacio tuve una sensación extraña. No se explicarlo…
—¿Estás asustada?
—¿Tendría que estarlo? —Saga pensó muy bien la respuesta.
Era consciente de que aunque no tuvieran pruebas firmes acerca de lo que sucedía, caminaban por el delicado sendero que llevaba a la guerra. Los tiempos de paz, o soñar en esos tiempos de paz, había estado muy bien. Había sido agradable… pero eran santos. Había sentido muchas veces esa inquietud previa a la tempestad, y sabía que era inevitable que otra guerra aconteciera. Esa era la razón de su existencia después de todo. Vivir para morir. Mientras hubiera amenazas, ellos estarían ahí. No había más razones para que continuaran con vida.
—Asustada, no. —Al menos, aún no. —Preparada para todo, si. —El nudo en la garganta de la amazona se apretó, y al igual que él hiciera antes, giró sobre su costado para verle. Su rostro se veía asombrosamente tranquilo, incluso adormilado.— Quizá pueda prepararme para una guerra, pero no para sus consecuencias. —Terminó de hablar en apenas un murmullo, y a Saga no le pasó desapercibido el súbito pesar que la carcomía. Titubeante, apartó un mechón de la melena azabache que tapaba aquellos bonitos ojos violeta.— Una guerra significa…
—Un montón de idiotas, con un ego muy alto, luciéndose en público con armaduras brillantes. —Naia lo miró a los ojos, sorprendida por aquella cómica descripción, y de pronto, echó a reír. Saga, sonrió al escucharla.
Aquella mirada tenía algo especial, algo que la hacía sentir increíblemente segura. Saga desprendía tanta fortaleza, sin si quiera notarlo, que era fácil ser optimista a su lado. Nunca maquillaba la situación, y siempre mantenía los pies en el suelo. Saga era el mástil al que aferrarse en medio de la tempestad.
—Bobo.
—No es muy diferente. —Y no creía que lo fuera. De echo, la mayoría de las muertes que había presenciado, tenían mucho que ver con esos egos desmedidos que hacían que la gente se sintiera inmortal. —No pienses en ello.
—Es difícil no hacerlo.
—Lo se. Pero déjanos esa parte a nosotros. —Naia frunció el ceño.
—No quiero verte morir, Saga—susurró.
Él no supo que decir. Nunca antes se había enfrentado a algo como aquello. Nunca había escuchado algo así de los labios de nadie, y menos aún de alguien tan importante para él. Se mordió el labio inferior, y tras unos segundos de silencio, se acercó a ella, y besó suavemente su frente.
—Niñita boba—murmuró mientras se alejaba, pero ella lo abrazó antes de que pudiera separarse del todo—. Oye…—dijo.
—No digas nada. Se que hay cosas que no puedes prometer. —Y aunque no lo dijera, Saga sabía a que se refería. No podría prometer que sobreviviría.
—Lo se. —Ella alzó el rostro, y buscó sus ojos, descubriéndose inesperadamente cerca de su boca. Saga no se movió, y sintiendo su corazón a punto de salírsele del pecho, la amazona rozó sus labios.
Sin embargo, antes de que cualquiera de los dos pudiera llegar más allá, la firme llamada en la puerta de la amazona, les interrumpió.
—¿Naiara? —Saga, que no se había movido, y en realidad no deseaba hacerlo, volteó en dirección a la ventana con una minúscula sonrisa en los labios. No era que le resultara divertido, pero… simplemente, no podía evitarlo. —Soy Flare.
—Si… —Naiara lo miró, con sus mejillas coloreadas de rosa, y se puso en pie de un salto. Rápidamente se colocó la máscara, y volteó hacia él. —Un momento. —Carraspeó. Ladeó el rostro, observando como Saga se ponía en pie y con un gesto de su mano la urgía a abrir. Sin embargo, solo cuando hubo estado a una distancia prudencial, la morena se encaminó hacia la puerta y abrió, para toparse con el rostro sonriente y amable de la princesa.
—Pensé que preferirías cenar antes que los demás. —Con un gesto de su rostro aniñado, señaló la bandeja que traía entre las manos.
—Oh, muchas gracias. —Se hizo a un lado, dejándola pasar, y viendo fugazmente hacia el peliazul. En aquel momento, no tenía demasiado claro si estaba a punto de romper a reír, o de entrar en pánico, pero el rostro sereno de Saga, la tranquilizó.
—Saga, no sabía que estuvieras aquí. ¿Interrumpo algo…? —Dejó la bandeja en la mesa. —Puedo volver más tarde, no hay problema si…
—No, tranquila, princesa. Yo ya me iba. —Inclinó suavemente la cabeza, y cuando pasó junto a Naia, sonrió. —Nos vemos en la cena.
—Si, está bien.
Lo vio marchar y cerró tras él. Volteó a ver a Flare, y se mordió los labios con nerviosismo. Necesitaba unos segundos de tregua para deshacerse de la máscara frente a ella. El calor de sus mejillas parecía negarse a desaparecer.
-X-
El vino tibio y especiado nunca le había sabido mejor. Sintió una ola de calor recorriendo su cuerpo, conforme la espesa bebida impregnaba su boca y resbalaba por su garganta. Para Saga, el tiempo transcurría espantosamente lento en aquella fortaleza de hielo, en medio de miradas suspicaces, susurros y una atención escrupulosa.
Su apetito, como siempre le sucedía, brillaba por su ausencia, muy a pesar de los olores hipnotizantes del banquete que Hilda les había mandado preparar para la cena. Sin embargo, el peliazul estaba más que agradecido por la presencia del vino y por su abundancia. Si algo había extrañado terriblemente de su partida del Templo Papal, había sido la enorme variedad de cava, así como de los ejemplares tan exclusivos y caros que ahí se resguardaban.
El asiento de Hilda seguía vacío, en espera de la regente de esas tierras. Como era de esperarse, Sigfried tampoco estaba. Habrían de llegar juntos, seguramente, echando aire a los rumores que ardían en cada rincón de aquel enorme palacio y que se avivaban con los pequeños gestos que la sacerdotisa y su guerrero dejaban escapar.
A Saga, realmente esas cosas no le importaban. El problema era que, mientras la doncella no hiciera acto de aparición, la parte interesante de su visita no podía dar inicio. Si seguían sentados ahí, de aquel modo en el que nadie estaba dispuesto a mover ningún músculo que no fuera la lengua, el gemelo estaba seguro de que el cerebro comenzaría a congelársele… y aquello no sería buena señal para nada.
Entre cansado y aburrido, oteó el panorama alrededor de él. Todos los dioses guerreros, con excepción del cazador de dragones, estaban ahí. Al igual que Athena, Hilda no había hecho reparos para traerlos de regreso. Incluso Alberich, con su mirada huidiza y rostro hermético, estaba presente.
"El Kanon de Asgard" pensó, mientras sorbía un nuevo trago de su copa. Traidores había en todas partes; le quedaba claro.
Aunque, en realidad, tenía que darle crédito a su hermano por encontrar el modo de resarcirse y dejar en claro, para bien o para mal, que su lealtad ahora pertenecía a la diosa ateniense. De alguna forma, quizás por el modo en que sus compañeros le ignoraban, sabía que con el dios guerrero de Megrez Delta, las cosas habían sido muy distintas.
—Un centavo por tus pensamientos. —El suave tintineo de la voz de Naia le sacó de sus divagaciones.
—No lo valen—respondió él. Volteó hacia ella y encontró el reflejo de su propio rostro en la brillante máscara de plata. Sonrió, a sabiendas que ella lo hacía también. —¿Cómo es que no se te congela la nariz con esa cosa puesta? —Con la punta del dedo, golpeó la nariz del rostro de metal.
—Oh. Es toda una hazaña, te lo aseguro. —Saga levantó una ceja, sin entender muy bien como era posible sobrellevar la máscara aún en ese frío abrasador.
—Hay que daros un premio solo por llevarla puesta todo el tiempo. —El sonido de su risa le obligó a compartirla. Una sensación de comodidad, inusitada para la situación, le invadió al tenerla ahí cerca. —¿Qué tal la cena?
—Exquisita. Flare se quedó conmigo un rato, a hacerme compañía. Es un chica dulce.
—Kiki la describió así. —Sorprendiendo a ambos, Mu intervino.
—Debimos traerlo con nosotros.
—¡¿A Kiki?! —La expresión en el rostro de ambos santos le resultó increíblemente graciosa. De no haber estado en medio de la protocolaria situación, se hubiera carcajeado ahí mismo. —Es un gran chico, pero es algo… inquieto para estos menesteres.
Saga asintió. Casi podía ver al pequeño lemuriano arrollando con todo el Valhalla, del mismo modo en que, durante su infancia, Kanon, Aioros y él lo habían hecho con el templo papal. En eso coincidía con Mu: Kiki era una bomba de energía.
Empinó la copa hasta a vaciarla y estaba a punto de rellenarla cuando un gran estruendo hizo presa a su atención.
La puerta del salón se abrió, obligando al fuego de los hogares a luchar contra la ráfaga de aire que se coló dentro. La madera de las sillas sonó cuando los guerreros asgardianos se pusieron en pie para dar la bienvenida a su sacerdotisa, prácticamente seguidos de Naiara, Mu y él mismo. Instintivamente, los tres buscaron la figura de los recién llegados. Y entonces, la vieron: ataviada como una reina, con su guerrero favorito a un lado y su hermana pequeña al otro, Hilda de Polaris hizo su aparición.
—Disculpad la tardanza. Podemos comenzar ahora.
-x-
Naia había permanecido quieta y expectante todo el rato. El repiqueteo de la cristalería y los cubiertos de plata fue todo lo que pudo escuchar por lo que le pareció una eternidad. Sin embargo, ella tampoco se apresuró a pronunciar palabra alguna. Sentada, en silencio, se limitó a contemplar los rostros de cada uno de los presentes.
Los dioses guerreros eran una incógnita gigante para la amazona. Veía sus rostros, sus miradas, pero no sabía nada de ellos. Había escuchado muchas historias; todas dramáticas, pero una por encima de ellas: la que se entrelazaba con el camino de Athena. Por un breve instante, le recordaron a los Doce. Tantos misterios, tantos secretos y recelos que se palpaban entre ellos los hacían extremadamente similares. Estaban reunidos, juntos… pero muy distantes.
—Athena no andaba con rodeos cuando dijo que os enviaría a la brevedad posible. —Hilda habló mientras las doncellas cumplían copiosamente con la labor de atender a todos los comensales. —Entonces, es verdad que la situación es apremiante.
—La princesa y el Maestro no desean que ningún detalle quede al aire. —Saga le respondió. Como si olfatearan el peligro, con sus sentidos de guerrero gritándoles en la cabeza, los jóvenes asgardianos arrugaron el entrecejo.
—Me han informado de dos casos en específico. ¿Ha habido otras señales que indiquen que todo empeora? —insistió—. No ha sido mucho tiempo, pero tampoco hemos recibido más noticias.
—Hay algún par de situaciones más. —Saga tomó su copa y reconfortó sus labios con un ligero sorbo de vino. —Sin embargo, mentiría al decirte que podemos relacionarlos directamente con lo que sea que está sucediendo. Si bien es una prioridad establecer patrones, el Maestro no tiene intenciones de apresurarse para dar un mal paso. Sé que comprendes.
Hilda asintió en plena conformidad. No tenía los años, ni la experiencia del viejo lemuriano, pero sabía que en temas tan delicados como aquel, el mayor error era saltar a conclusiones. Caminaban a ciegas, por un sendero de fino hielo que crujía bajo sus pies. Nadie quería resbalarse, ni romper la poca estabilidad que tenían hasta entonces.
—Estoy de acuerdo.
—No obstante, Athena y el Maestro saben que es el momento de mantenernos unidos, como aliados. —Conforme las palabras brotaban de la garganta de Mu, los ojos del geminiano se afilaban, inspeccionando los rostros de sus anfitriones, en busca de respuestas más sinceras que las pudieran ofrecer sus labios. —Si estamos aquí es precisamente por eso.
—Los santos de Athena están aquí con el propósito de revivir y reparar los ropajes divinos—Hilda habló, dirigiéndose a sus guerreros—. Nunca os oculté secretos y no pienso comenzar ahora. Sigfried ya se ha encargado de informaros de los pormenores. Todos sabéis la incertidumbre que se aproxima, por lo que estar preparados para lo peor podría ser nuestra salvación. Os pido que colaboréis con ellos en todo lo que se os pida.
—¿Prevés guerra, señora? ¿Athena la prevé también? —Thor se atrevió a preguntar.
—No estamos seguros. Las señales están ahí, pero no hay trasfondo, ni tampoco responsables.
—Ni siquiera hay coherencia en lo que sucede. Solo sabemos que hay algo, o alguien ahí… aunque hasta ahora nadie se haya atribuido nada. —El santo de Aries complementó a su compañero. Naia se mantuvo al borde del asiento, consciente de la importante información barajándose frente a ella.
—Está claro que Athena no tiene respuestas—la observación de Alberich sonó amarga—, ¿qué hay de Odín?
—Advierte sobre estar vigilantes, pero me temo que no hay respuestas concisas de su parte tampoco.
—Y, ¿estamos seguros de que esta amenaza toca también los territorios de Asgard?
—Las amenazas contra este mundo, en el rincón que sean, afectan a Asgard como si sucedieran en nuestras propias tierras, Bud. —La mirada siempre serena de Siegfried centelló con un dejo de severidad. A la amazona le pareció que era sincero y que, si ella debía dar alguna opinión, el dios guerrero de Dubhe Alfa sería un aliado más que valioso y fiel para el Santuario.
—Tampoco estamos tan seguros de que no haya problemas en nuestros dominios… —Sin embargo, al darse cuenta de su indiscreción, ante el súbito silencio de todo el salón, Fenrir solo atinó a aclararse la garganta.
Hundiéndose en su asiento, buscó la mirada de la sacerdotisa mayor. Pero los ojos de Hilda no le correspondieron, sino que cuestionaban en silencio a Sigfried, hasta que el guerrero cedió a sus preguntas.
El dios guerrero de Dubhe Alfa se frotó los ojos, como si de pronto los párpados le pesaran y se decidió a hablar. Con tan solo abrir los labios, Naia pudo adivinar que lo seguía no eran buenas noticias. Para ella, aquel viaje había sido todo menos lo esperado y, por lo que escuchaba, apenas estaba comenzando a entender la magnitud del mismo.
—Hace unos días, la jauría de Fenrir hizo un descubrimiento poco menos que inquietante—dijo él—. Una villa, en el extremo Norte de estas tierras ha desaparecido. —Al leer las preguntas en los rostros de sus visitantes, se apresuró a continuar con su relato. —No hablamos de "desaparecer", como si se esfumaran de la tierra, sino que se ha tratado de una masacre.
—¿Qué tan grave es?
—Fylgjas. —La respuesta que obtuvo obligó a que el gemelo entrecerrara los ojos.
—Creí que las fylgjas eran criaturas del mundo de los sueños—Naia terció.
—Nosotros también. —El dios guerrero de Alioth Epsilon le contestó. —Pero parece que nos equivocamos.
—Cada ser humano que pisa este mundo posee una fylgja; son nuestros acompañantes y nuestros protectores, caminan a nuestro lado durante toda la vida. Solo aparecen en sueños, tomando la forma de un animal que representa el espíritu de su dueño. Pero cuando se les ve estando despiertos…
—Significan muerte. —Saga sentenció. La mirada pesarosa de Sigfried le concedió la razón.
—Así es. El pueblo entero fue atacado por fylgjas embravecidas. No hubo hombre, mujer, o niño, que sobreviviera al ataque.
—¿Asesinados por el propio reflejo de su alma? —Naia buscó a Saga y también a Mu. Cada vez entendía menos de lo que sucedía ahí. —¿Cómo es posible? No tiene ningún sentido.
—Me temo que no lo tiene, es eso lo que le hace terriblemente peligroso. —La voz de Hilda, tan inusitada como suave, se apropió de la habitación. —Vemos sus ataques, las consecuencias, sufrimos las pérdidas humanas. Pero es tan errático e impredecible que no podemos adelantarnos a ello. Cada dios, para bien o para mal, posee una firma particular y única: siempre hay un elemento que maneja mejor que cualquier otro y es ese mismo elemento el que marca sus límites. Este enemigo carece de ello.
Como si las palabras de Hilda fueran golpes, la amazona de Caelum sintió que el estómago se le encogía. Ella había visto con sus propios ojos el ataque de las Lamias y, en su momento, había tenido el horrible presentimiento de que algo sucedía, a pesar de no poder definirlo. Ahora, con todas esas revelaciones frente a sí, no estaba segura de querer saber.
Habían regresado a un Santuario que vivía tiempos de paz, pero el tenue y poderoso olor de la guerra se escabullía hasta ellos, amenazando con podrirlo todo.
—En realidad, no tenemos claro que sea un enemigo tampoco—Saga musitó. Sin embargo, su instinto le decía que lo era. —Y, en el caso que lo fuera, yo diría que tiene bien definido su elemento. —El montón de miradas afiladas que le cayeron encima no bastaron para amedrentarlo.
—¿Qué es…?
—El espíritu humano. —Lo tenía bien claro ahora, no dudaba un segundo de ello. —Quién quiera que sea el culpable de esto, es capaz de controlar aquel elemento que hace de los mortales lo que somos. Lo arranca, y convierte doncellas en monstruos; lo transforma, y el espíritu termina destruyendo a la carne.
—Eso… nos hace vulnerables a todos. —Por primera vez en toda la velada, Mime se atrevía a abrir la boca y, de no haber estado nervioso, hubiera notado el temblor prácticamente imperceptible de su voz.
—Siempre lo hemos sido, ante cada peligro. Quizás debería preocuparnos más el hecho de que, si Saga está en lo cierto, cada ser humano, por pequeño o débil que fuera, podría convertirse en un arma de destrucción.
—Incluidos nosotros. —El gemelo complementó a Mu.
Y, si algo sabía Saga al respecto, era que convertirse en arma para un dios sediento de guerra, era el peor destino que cualquiera pudiera imaginarse. Con el poder que ellos poseían, en manos enemigas, una sola batalla podría ser devastadora.
-x-
—¿El Santuario tiene un plan?
—No. —Saga trató de no sonreírse. El candor en la pregunta de Flare, en circunstancias como esas, le resultaba casi refrescante. —No se puede planear ninguna estrategia sin conocer al enemigo, ni tampoco su alcance.
—Por el momento solo podemos observar y prepararnos, princesa. El pánico tampoco es buen consejero en estos momentos.
La sonrisa repleta de comprensión que Mu le obsequió después, tranquilizó por unos segundos la ansiedad de la joven asgardiana. Pero no pasó mucho antes de que los semblantes graves de su hermana y sus guerreros le recordaran que no podían bajar la guardia, ni confiarse.
Flare solo había vivido una guerra y había sido contra su propia gente. Dicha guerra había estado llena de sangre, muerte y tristeza. Había sido cruenta y catastrófica: terriblemente difícil. Sólo podía imaginarse lo que significaría enfrentar de cara a un dios en todo su esplendor.
—Aunque el Santuario no tenga una estrategia definida, debemos suponer que hay razones de sobra por las cuales os ha enviado—resonó la voz aterciopelada de Alberich. El viejo Patriarca era demasiado listo para no comenzar a perfilar un futuro contraataque.
—Naiara y yo estaremos trabajando en vuestros ropajes divinos. Por lo que sabemos, la última guerra ha pasado costo sobre ellos y, si algo llegase a suceder, lo que sea, debéis ir preparados. Por supuesto, también trabajaremos con la armadura de Odín. —El ariano contempló las dudas en los dioses guerreros y buscó el apoyo de Sigfried, a sabiendas que era él quien siempre tenían la opinión más importante para el resto.
—¿Qué necesitaréis de nosotros?
—Vuestra sangre—Naia respondió—. Y algunos minutos de vuestro tiempo también.
—Contad con ello.
—Quizás necesitemos más para Balmunga, princesa. —A decir verdad, Mu jamás había tenido un proyecto tan ambicioso como el que tenía para la espada sagrada. No estaba seguro de que tanto haría falta para repararla y devolverla a su antiguo resplandor. —Os avisaremos cuando tengamos la oportunidad de revisarla por completo.
—¿Eso será todo?
El cuestionamiento del dios de Megrez Delta tornó a Saga en un hombre meditativo. Años de política le habían enseñado a mantenerse callado, a esperar hasta encontrar las palabras adecuadas que sentenciaran cualquier discusión. Él las tenía, pero no estaba completamente seguro de que fuera el momento adecuado para soltarlas.
Shion lo había enviado ahí con una misión más allá de ser un proveedor de sangre para Mu: había puesto en sus manos las negociaciones con Asgard y, de alguna forma, Saga sentía que debía cumplirle.
Trató de pensar como Patriarca, con lo que Shion haría y lo que Ares también. El dios podía haber sido el desgraciado más grande que jamás conociera, pero era endemoniadamente listo. Más allá de su autoridad, siempre tenía un modo de decir las cosas, al que nadie podía negarse. Fuera un maldito dictador, o un magnífico negociador, el gemelo había aprendido un par de cosas al respecto. Lo cierto era que, en ese preciso momento, Saga se sentía con toda la razón para hacer la petición que hacía falta.
—Si llegase a haber una guerra, si fuera necesario levantarse en pie de batalla algún día… —habló, en perfecta calma y sin detonar un ápice de emoción—. Necesitaremos que confiéis en nosotros.
—Athena y vuestra Orden tienen mi entera confianza.
—Habló de mucho más que eso, princesa—refutó—. Os pedimos que permitáis que lideremos el camino, que tomemos las decisiones más difíciles y, básicamente, que pongáis vuestro destino en nuestras manos. Tendremos que marchar como un ejército unido y, para eso, necesitamos un solo general, o solo seremos un grupo de soldados reunidos pero sin un único espíritu de guerra.
—Nos pides sumisión. —Syd arrastró las palabras.
—No. Os pido colaboración absoluta y buena fe. Sois poderosos como guerreros y, sin dudar os digo, que vuestra ayuda sería invaluable. Pero también os garantizo que vosotros nos necesitáis más—dijo. Esperaba que sus palabras no volvieran para golpearlo en la cara. —Podréis participar en las decisiones, pero la experiencia de nuestra Orden y nuestro Patriarca deberán dictar la última palabra. A cambio, tendréis nuestra palabra de sangrar y morir por vosotros y vuestra tierra, como lo haríamos por un hermano. Eso os pedimos.
No lo denotó en su rostro, pero cada músculo de su cuerpo estaba tenso en espera de un respuesta. Había sentido la necesidad de ser honesto, pues solo de ese modo se fraguaban las alianzas más fuertes. Ahora la decisión era de Asgard, no suya, ni de nadie más.
Mu, al igual que él, se había tragado cada emoción con una frialdad pasmosa. Naia, en cambio, se notaba rígida y expectante.
Hubiese querido extender la mano y tocar la suya, para tranquilizarla un poco. Pero su atención y su fortaleza eran vitales en aquellos segundos de tensión. Confiaba en que Naia encontraría el modo de centrarse y mantener la calma. Era una amazona. A pesar de su larga ausencia, lo era y siempre lo sería. A pesar de lo complicado de esa situación en que la habían metido, saldría adelante.
Entonces, Hilda se puso en pie, seguida de Sigfried y su tropa entera. Saga, Mu y Naia los imitaron un segundo después. Las miradas iban y venían.
—Os quedareis un tiempo más. Antes de marcharos, tendréis nuestra respuesta para llevar a Athena—dijo Hilda antes de retirarse.
-X-
Después de aquella propuesta arrolladora que había escapado de sus labios durante la cena, su inquietud parecía haberse apaciguado. Tras la marcha de la princesa, permanecieron unos minutos más en el comedor. Escuchó a Mu charlar con aparente tranquilidad con alguno de los guerreros divinos, pero él permaneció en silencio, observando. Su mirada iba y venía de su compañero al resto de los presentes; pero sobre todo, buscaba insistentemente a la amazona sentada a su lado.
Las cosas habían quedado a medias en la habitación, y aunque la conversación de la cena había empujado todas aquellas contradictorias sensaciones al rincón más apartado de su cerebro, ahora comenzaban a volver a él a un ritmo vertiginoso y empezaba a sentirse ansioso y confuso.
—Yo me retiro—dijo Mu. Se puso en pie y dejó la mano sobre su hombro. —Tú deberías hacer lo mismo. Si finalmente hemos de recurrir a ti, debes estar descansado. —Oh, si. Aquella parte de la misión en que pensaban desangrarlo. ¡Cómo olvidarlo!
—Si, subiré en seguida.
—Os veo mañana. —Buscó la máscara de Naia con la mirada, y se despidió de ella con una sonrisa. —¿Vienes?
Naia permaneció quieta e indecisa durante unos segundos y, antes de responder, su máscara buscó los ojos verdes del geminiano. Terminó por asentir y, en silencio, se puso en pie sin saber que sucedería con ellos a partir de entonces tras aquel atropellado acercamiento en su dormitorio.
Saga les observó marchar, aunque su atención distara mucho de estar puesta en Mu. A su mente volvieron todos aquellos estúpidos planes de Aioros y Shura, sus tontos comentarios… y, de pronto, se sintió confuso y abochornado. Lo que menos quería era resultar el Señor Obvio en un momento como aquel, y frente a ellos. Suspiró, y agradeció con la mirada a Sigfried por rellenar su copa.
—Esa fue una importante propuesta—dijo cuando estuvieron solos.
—Si.
—Es una decisión difícil de tomar, aunque pueda resultar obvia a vuestros ojos. —El peliazul lo miró, consciente de que aquel tipo que tenía frente a sí, de mirada y gesto amable, era el mejor de los guerreros de Hilda. Probablemente el único que se acercaba a lo que ellos eran, y descubrió que era un tipo que le gustaba. Destilaba nobleza y lealtad por cada poro de su piel, una tranquilidad agradable cada vez que pronunciaba palabra. —La princesa necesitará un poco de tiempo para pensar.
—Lo se. No esperaba una contestación inmediata. —Tomó la copa entre sus dedos, y mareó su contenido con un suave movimiento de su mano. —De hecho, de haberla recibido, me hubiera generado ciertas dudas.
—Imagino que si. Todos los ejércitos tenemos nuestro orgullo, ¿no? —El peliazul asintió. —Se que tienes razón en lo que has dicho. Sois un ejército más poderoso, experto y numeroso, pero aún así…
—A nadie le gusta recibir órdenes ajenas. —A decir verdad, a la mayoría le disgustaba recibir órdenes, fueran de quién fueran.
—No, la verdad es que no. Aunque hay personas a las que les gusta aún menos que a otras. —Sin saber por qué, el rostro del chico de Megrez, vino a la mente de Saga. Sigfried suspiró y le dio un sorbo al vino. —¿Puedo preguntarte cómo os va en Athenas?
Saga ladeó el rostro apenas perceptiblemente, y pensó acerca de aquella pregunta. Imaginaba que tenían muchas dudas acerca de todo lo que tuviera que ver con el Santuario. Pero no sabía hasta que punto, la pregunta era un reflejo de lo que Sigfried mismo sentía. No le resultó difícil adivinar que el cazador de dragones sabía mejor que nadie acerca de las carencias con las que contaba su grupo de guerreros. Y no se refería a habilidades precisamente, si no al nuevo comienzo… a la nueva oportunidad: a todos aquellos detalles que él mismo había percibido durante la cena.
—Paso a paso. —Esta vez fue el rubio quien asintió con un minúsculo gesto. —Todos tenemos nuestra propia historia, y en algunos casos es más complicada que en otros. —Sigfried sabía que hablaba por si mismo. —¿Y para vosotros?
—Creo que no me equivoco si digo que has notado ciertos detalles… —Sonrió, con una mezcla de resignación y tristeza, dándole la razón. —Es… difícil.
—Mucho, pero…
—No hay más remedio que intentarlo y tener paciencia. —Se puso en pie, y Saga lo siguió. —Tu compañero de Aries tiene razón. Deberías descansar, es un gran cambio, de Athenas a aquí. Agradecemos enormemente lo que haréis con las armaduras. No quisiera ser yo quién te entretenga y suponga una dificultad añadida. Descansa.
-X-
Realmente, tras la despedida de Sigfried, había tenido la intención de ir directo a su habitación. Quizá, solo quizá, se le había pasado por la cabeza la idea de pasar y dar las buenas noches a Naia, pero… Realmente pensaba ir a dormir.
Ahora, las cosas habían cambiado. Se sopló el flequillo, de sobra consciente de que al menos ya no tendría que pensar acerca de que haría al subir, porque la casualidad lo había llevado hasta la solución a su dilema. Sin saber por qué, había tomado otro camino diferente para llegar a su dormitorio, dominado por el ajetreo de su mente y las pocas ganas que tenía de cerrar los ojos.
A través de la puerta de cristal empañada, su mirada se perdió en el paraje de ensueño del exterior.
Continuaba nevando, pero la ventisca que les había recibido en Asgard había amainado hasta casi desaparecer. Los pinos que regaban el patio aguantaban con firmeza, ya acostumbrados, los envites de aquel cruel invierno del norte, sin que el frío llegase a hacer mella en sus cortezas. Sin embargo, alguna de sus agujas si que se habían rendido ante el castigo blanco, y caían de sus ramas conformando una alfombra acolchada que se entremezclaba con la nieve.
No había luz en aquel rincón del Valhalla, pues ninguna ventana asomaba hacia él. Solamente el tenue brillo plateado de la luna llena se atrevía a iluminarlo tímidamente, a través de los jirones de nubes ennegrecidas.
Sin embargo, no era el paisaje quién lo había hipnotizado. Tampoco era lo único que sus ojos admiraban sin pestañear. Naia estaba ahí. Su melena negra danzaba al ritmo lento de su cuerpo, bailando una melodía silenciosa que solo ella parecía oír, empapada por la nieve.
Saga salió al patio, cerrando la puerta tras de si en completo silencio, no queriendo captar su atención; para continuar con su desvergonzado escrutinio un rato más. Vislumbró la máscara de plata en el suelo, pero la amazona no se había percatado de su presencia aún, y él, a decir verdad, no tenía demasiado claro qué estaba haciendo allí exactamente, viéndola ensimismado como un adolescente. Era como si, de pronto, hubiera olvidado aquella incómoda situación en la que nunca había querido estar, pero que lo había terminando atrapando sin remedio, a pesar de que anunciaba una catástrofe a los cuatro vientos.
Sabía que sería así, y al final, dolería. Mucho. Solamente tenía que recordar el nombre de su hermano para estar seguro de ello.
Su nombre resonó en la noche una vez, dos veces, y el geminiano se sobresaltó al escucharlo una tercera, sin saber cuanto tiempo llevaba allí mirándola fijamente. Negó con su rostro, tratando de sacar a Kanon de su cabeza, y la miró.
—¿Saga? —Se hizo a un lado justo en el momento en que una bola de nieve se deshizo en el lugar que su cuerpo ocupara unos segundos antes. Frunció el ceño sutilmente, pero la mirada traviesa que Naia le devolvió, hablaba por si sola.
—¿Qué haces aquí afuera? –preguntó él, finalmente, encontrando su voz en algún rincón de su garganta—. Pensé que te habías ido a dormir. Hace un frío de mil demonios. —Se sobó los brazos, en busca de un poco de calor.
—Quizá deberías haber considerado el ponerte un abrigo antes de salir. –El peliazul alzó las cejas al escuchar el consejo cargado de obviedad. Lo cierto era que había estado tan concentrado en decidir que haría cuando subiera las escaleras, que había olvidado todo lo demás cuando la vio allá afuera. No se había dado cuenta de que el calor del interior del palacio engañaba. Ahora, en mangas de camisa, temblaba como una hoja. —No me mires así de sorprendido, es bastante obvio, genio.
Saga la miró por unos segundos, a aquellos ojos que no habían dejado de sonreír con cada pestañeo desde que había llegado. Terminó soplándose el flequillo, y claudicando ante ella, sonriendo suavemente sin decir nada en su defensa.
—No es sorpresa.
—¿Entonces? —Saga no atinó a replicar nada, solo se encogió de hombros. La sonrisa de la amazona creció, consciente de que entre ellos había silencios que era mejor no tratar de rellenar con palabras. —Es precioso, ¿no te parece? –Su mirada violeta se paseó por el manto blanco que cubría el suelo, mientras giraba sobre si misma.- Nunca había visto tanta nieve junta…
Él no respondió, continuó viéndola desde donde estaba. Naia ladeó el rostro, al saberse sometida a semejante escrutinio no disimulado, y con deliberada lentitud, se acercó hasta la puerta, apoyándose junto a él.
—De pronto estas silencioso. —Lo estaba, pero su cabeza no dejaba de pensar una y otra vez en lo mismo. ¿Qué pasaría si ellos…?
—Y tú más tranquila que antes—dijo al fin.
La mano helada de Naia acarició la suya con suavidad, casi por accidente, pero después de aquella tarde, ninguno de los dos iba a apartarse. La pequeña caricia se sentía infinitamente agradable, aunque no tanto como lo cerca que habían estado aquella en aquella habitación.
—Sabes como calmar a la gente. Y exaltarla.
—¿Tú crees? —Volteó a verla directamente, cuestionándola, pero cuando se topó con el gesto travieso en la mirada violeta, olvidó qué estaba preguntando. Le resultó una mirada tan encantadora y hechizante, que no tuvo tiempo de quejarse por la súbita lejanía de su mano. Solamente notó el crudo frío de la nieve chocando contra su rostro segundos después.
Boqueó, se quitó los restos de hielo de la cara, y la miró totalmente serio, con el ceño fruncido. Segundos después, la risa cantarina de Caelum conquistó sus oídos. Naia se alejó unos pasos, temiendo las consecuencias de aquel improvisado ataque y atrevida provocación; convencida de que Saga entraría a su juego y la seguiría. No se equivocó.
Antes de darse cuenta, el peliazul se vio inmerso en una pelea de nieve igual que si fuera un chiquillo: algo que jamás hubiera imaginado. No en aquella nueva vida, ni en aquella compañía o aquel preciso lugar.
Corrió tras ella, se dejó alcanzar y la alcanzó, cayó al suelo, la arrastró consigo. Igual que hacía tantos años en la playa… Rodaron por la nieve, hasta que sus ropas no fueron más que harapos mojados. Sintió el cruel tacto del hielo, y el castañeteó de sus dientes resonó opacado por la risa de Naia. Se encontró, inesperadamente, riendo igual que ella.
Se incorporó sobre sus codos, y observó con disgusto como la morena se levantaba, alejándose de su lado.
—¿Es todo lo que sabes hacer, mocosita? —Alzó una ceja, y esbozó una sonrisa burlona, provocadora y presumida.
—Vas a pillar una pulmonía. —La frondosa copa de uno de los pinos les protegía, pero él seguía echado sobre la nieve.
—Viviré…
—¡Luego tendré que explicarle al Maestro cómo sucedió! ¿Y qué le diré? —exclamó con dramatismo. Le tendió las dos manos heladas, con la única y sana intención de ayudarlo a levantarse. —Vamos, ven aquí.
Saga la observó durante unos segundos, completamente serio. Oteó el panorama y finalmente, aceptó su ofrecimiento. Las manos de ella, se cerraron sobre las suyas y por un instante, sus ojos se cruzaron. Los labios de la amazona se entreabrieron con sorpresa cuando se percató de sus intenciones, pero nada pudo hacer ya. Saga la arrastró consigo, hasta que su cuerpo terminó tiritando junto al suyo. Lo escuchó reír, y cuando se apartó la melena del rostro, volteó a verlo.
Ahí estaba, apoyado sobre uno de sus codos, con el rostro sutilmente ladeado y aquella matadora sonrisa adornando sus labios. Lo imitó, y se giró hacia él.
—¿Sabes? Te diré algo—murmuró Naia, moviéndose únicamente para apartar un mechón azulado y húmedo de su rostro. Saga alzó una ceja. Su voz había adoptado un tono misterioso y susurrante. —Es un valioso consejo que deberías poner en práctica si realmente afrontamos pronto una guerra... —El peliazul alzó la otra ceja, curioso, por la manera en que se habían entremezclado todas las preocupaciones del día. —Si nuestra enemiga es una mujer…
Igual que sucediera antes, sus ojos violeta permanecieron fijos en sus labios. Era imposible no hacerlo, de la misma manera que no lograba acallar sus pensamientos, ni aplacar el tono meloso de su voz. Estaban ahí, juntos. Saga, el hombre al que había idealizado desde que ambos eran unos niños, con el que había peleado, llorado y reído; al único al que le debía la vida. Estaba ahí, al alcance de su mano, con aquella mirada suya que gritaba y suplicaba: "¡Quiéreme! Tan solo quiéreme."
No tenía claro en que momento se había dado cuenta de todo lo que transmitían sus ojos. Quizá, había sido cuando él había empezado a sonreír con más asiduidad, escuchándola pacientemente cada día, cuando parecía que finalmente Saga lograba respirar sin temor a ninguna consecuencia; pensando únicamente en él y lo que de verdad deseaba. Pero lo cierto era, que ella había terminado anhelando ser quién pudiera cumplir con la súplica de su mirada.
—…Sonríe así—murmuró al fin—. El mundo será tuyo.
Para Saga fue suficiente. Su mano derecha rodeó la nuca de la amazona, atrayéndola hacia si, hasta que sus labios se encontraron.
Sin interrupciones como aquella tarde. Sin lágrimas como hacía tantos años. Tal y como ambos habían anhelado…
-X-
Naia enredó los dedos en su melena, cuando en la batalla por despojarse de la ropa su espalda chocó contra la nieve. Aprisionada bajo el dominio de su cuerpo, suspiró cuando la nube de oro y estrellas que conformaba su cosmos, la acunó como si de un preciado tesoro se tratara, ahuyentando el frío que les acosaba.
Las manos de la amazona viajaron por su espalda y su pecho, acariciando cada músculo esculpido y cada maldita cicatriz. Sus piernas se enredaron. Saga devoró hasta el último resquicio de su cuello, y ella rodeó su cintura con los muslos, urgiéndole a seguir, a abandonar los juegos burlones.
—Tshh… —murmuró él, observando su rostro extasiado de placer.
Consumido por un mar de indomables sensaciones, se adentró en ella con deliberada lentitud, besando sus labios con inusitada suavidad, y deleitándose con aquella ardiente sensación que lo consumía. Movió sutilmente sus caderas, escuchándola jadear, e instauró su propio ritmo: lento, cálido, hondo y a la vez arrollador.
-X-
Saga contuvo la respiración cuando su espalda encontró apoyo en el tronco helado. Naia lo sintió temblar y perdida en el maravilloso mar de estrellas en el que Saga la había envuelto, ralentizó deliberadamente su vaivén. Sentada sobre él, abrazaba su cintura con las piernas, mientras las manos de Saga se aferraban a sus caderas, acompañando cada uno de sus movimientos. Besó el contorno de su mandíbula con suavidad, empujando su rostro hacia atrás, mientras sus preciosas esmeraldas permanecían cerradas.
Él se mordió los labios, aunque su respiración pesada traicionaba su autocontrol, y escuchaba extasiado como Naia parecía incapaz de hacer lo propio, sumiéndolo en un agradable estado de embriaguez donde sólo existía ella y el sonido de sus jadeos.
Sus dedos se hundieron en las caderas de la amazona con renovada fuerza, acoplándose al ritmo veloz que ella reinstauraba, igual que si pudiera sentir aquel brío ardiente que crecía dentro de él, anticipándose a lo que estaba por venir.
Entonces, Naia posó su frente sobre la de él. Sus ojos se cruzaron, aunque a duras penas eran capaces de mantenerlos abiertos, y, finalmente, sus miradas se fundieron con el tan anhelado clímax.
-Continuará…-
NdA:
Milo: ¡El fic tiene página en Facebook!
Shion: ¿Face… qué?
Kanon: Inequívoca señal de que hay que modernizar el Santuario ¬¬'
Milo: Tenemos un página en Facebook, Maestro. ¡Trae el ordenador y te muestro!
Shion: Oh… ¿Y qué tengo que hacer?
Milo: Solo busca "Donde Todo Empieza" en Face, o ve al profile de las Malvadas y encuentra ahí el link.
Shion: …
Kanon: Ay, Milo…
Santitos: …
Saga: Mientras Milo intenta enseñarle a Shion como se enciende el ordenador, os recordamos que estáis invitados a dar "Me gusta" a la página de Face.
Kanon: ¡Encontraréis noticias del fic y spoilers de cada capítulo que está por venir!
Aioros: ¡Definitivamente tengo que aprender a usar el ordenador! :D
Kanon: Si, arquero, si… ¬¬' ¡No olvidéis los reviews! Os aseguro que, gracias al golfo de mi hermano, no me veréis de buen humor en muchos capítulos más, así que aprovechad ahora.
Saga: u_u'
Aioros: ¡Al fin! ¡Veintiocho años después! ¡Shura y Deltha tienen que saber!
Kanon: grrrr … ¬¬'
Saga: ¡Suficiente! ¡Nadie diga nada más! Os veremos en el siguiente capítulo. ¡Adiós!
