Capítulo 23: Después de la nieve

A aquellas alturas de la mañana, las llamas de la chimenea no eran más que un montón de ascuas agonizantes. Ahogó un bostezo, y se sobó los ojos con cansancio. Movió el cuello de un lado a otro, crujiendo sus vértebras en un ritual que repetía cada vez que despertaba, y volteó a su derecha. Naia aún dormía, bocabajo y apretujada contra él en busca de un poquito de calor.

Saga sonrió y, titubeante, llevó una mano hacia su melena negra, que caía por su rostro impidiéndole verla. La apartó con cuidado, tratando de no despertarla y ladeó el rostro observándola con algo más de detalle. Naia era un torbellino, siempre había sido así. Pero, ahora que la veía dormir, acurrucada a su lado, una inmensa sensación de paz y tranquilidad lo invadió.

Dejó que sus dedos continuaran con el juego, y apenas rozando la piel desnuda de la amazona, bajaron por su espalda hasta toparse con el tatuaje de su cintura. Sus manos no avanzaron más, pero sus dedos, dibujaron el contorno del pavo real que sobrevolaba su espalda, como si fueran pinceles.

—Hey… —La escuchó murmurar, y rápidamente, la buscó con la mirada. —Es pronto. ¿Qué haces despierto? —dijo, soñolienta.

—No duermo mucho—replicó encogiéndose de hombros—. Una mala costumbre… ¿Dormiste bien?

—Si. —Se estiró y desperezó, pero después, sus brazos encontraron reposo sobre el pecho de Saga.

—¿Qué significa?

—¿El qué? —A aquellas horas de la mañana, Naia no se sentía capacitada para jugar a las adivinanzas.

—El tatuaje de la espalda.

—Oh… —Se encogió de hombros, igual que hubiera hecho él, y se apretujó un poco más tratando de buscar calor. —Es un pavo real alzando el vuelo, significa "libertad". ¿Y el tuyo?

—Lo opuesto. —Saga sonrió.— Antiguamente, los griegos marcaban a los esclavos con tatuajes. También se utilizaba como castigo, como recordatorio de que había alguien ahí frente al que debías doblegarte; alguien que tenía control sobre ti. Si no eras un esclavo, y te tatuaban… a los ojos del mundo terminabas a su misma altura. —La amazona frunció el ceño. —Los dos dragones, rojo y negro, simbolizan el bien y el mal entrelazos. A Ares le pareció una excelente manera de… explicarme mi situación.

—Lo siento.

—No importa. —Besó su pelo, sin apenas moverse. Había a quien le gustaba aquel dibujo sobre su piel. Él procuraba, simplemente, ignorarlo. De alguna manera, era otro recordatorio más de lo que había sucedido, de sus errores. Y era algo que no quería repetir.

—No es un tattoo convencional…

—No. —Negó.— Lo cierto es que no me gustan las agujas demasiado… —Y quien decía "demasiado", decía nada. Ella alzó una ceja y esbozó una diminuta sonrisa. —Oye, soy un mortal con fobias de mortal. —La escuchó reír, y terminó por imitarla.— Una de las doncellas del templo papal… —Pensó por un momento en Svetlana, y se sintió nostálgico. A decir verdad, extrañaba la paz que siempre le había transmitido. —Es la única persona que conozco experta en el tebori. Es una artista.

—Ya veo—dijo ella, Saga solamente sonrió. Tiró de la manta un poco más y cerró los ojos, rodeando su espalda con los brazos. Guardó silencio, embriagándose con el perfume humedecido de su melena negra.

—¿Saga?

—¿Mmmm? —Naia se humedeció los labios, cuando una ola de nerviosismo la recorrió de pies a cabeza.

—¿Qué pasará ahora? —murmuró al fin.

—¿Ahora?

—Nosotros… Bueno, no se… —Se encogió de hombros, y jugueteó con un mechón de su melena azul entre los dedos. —¿Hay un "nosotros"?

—¿Quieres que lo haya?

—¿Lo quieres tú?

Saga buscó sus ojos. A decir verdad, no tenía nada claro qué era lo que ella buscaba, o qué necesitaba realmente. Solo podía pensar, una y otra vez, como había hecho en mil ocasiones a lo largo de aquella noche, en lo perdido que se sentía. Carecía de experiencia alguna en aquel ámbito, y sabía de sobra que era un tipo en exceso complicado. No tenía la menor idea de si sería capaz de llevar una relación normal y estable con alguien.

—Lo quiero—susurró. Los ojos de Naia se iluminaron, el temor a que aquello fuera solo un juego, la había atenazado por un instante.

—¿Seguro? —Sonó incrédula, pero Saga robó un diminuto beso de sus labios antes de que pudiera seguir preguntando.

—Tendrás que enseñarme. —La risa de ella resonó por la habitación, y él se sorprendió mirándola extasiado. —Soy complicado, y retorcido. A menudo paso por alto cosas sencillas que son obvias para el resto de mortales en el ámbito personal. No se comunicarme. Y…

—Tshhh… —Posó el dedo índice sobre sus labios. —Me gustas así. Siempre has sido así. Y aprendes rápido.

—Solo hay una cosa… —"O dos", pensó. Naia arrugó la frente. —Preferiría que fuera algo… discreto. —La amazona ladeó el rostro. —Hay suficientes relaciones entre amazonas y santos ocurriendo bajo la nariz de Shion, que si se entera de nosotros y algo sale mal, nos colgará a ambos.

—No es una buena manera de empezar con un suegro lemuriano y sobreprotector de trecientos años. —Saga rió suavemente, aunque después terminó tosiendo. Tenía la impresión que la aventura de la noche anterior, se pagaría con una gripe. Podía sentirlo. —Pero es lo mejor. Estoy de acuerdo.

—Es probable que haya quién tenga ciertas sospechas. —Se sopló el flequillo. —Aioros y Shura están ciertamente…

—Igual Deltha. —El geminiano alzó las cejas.— ¿Qué?

—Deltha me odia.

—Solo aparenta. —Negó. —No es para tanto. De hecho, me atrevería a decir que esta ligeramente emocionada.

—¿Ella también forma parte del club de Celestinas?

—Si, creo que si. —Rió.

—¿Y Kanon? —Y su sonrisa se fue tan rápido como llegó.

—Bueno, no tengo nada que justificar ante él. Soy mayorcita como hacer lo que me venga en gana si me dan una patada en el culo.

—Lo sé. —Se sopló el flequillo. —Es solo que no estoy seguro de que lo vaya a tomar bien si llega a saber… al menos no si lo averigua pronto. Aunque después de la resurrección se tomó las cosas de un modo bastante peculiar, tras volver de Reina de la Muerte no solamente cambió contigo. Preferiría no tentar a la suerte.

—Entonces no lo haremos. —Atrapó sus labios, y enredó su lengua en la suya. No le importaba lo que hubiera que hacer, estaba feliz de aquella manera. Amaneciendo a su lado, a hurtadillas, sin que nadie supiera o juzgara. Sin que nadie vertiera opiniones innecesarias.

Sin embargo, cuando las manos de Saga llegaron a sus caderas, un firme golpeteó en la puerta, les sobresaltó.

—¿Saga? —La voz de Mu pronunció su nombre y el geminiano entreabrió los labios.

—¿Si? —dijo finalmente, mientras se ponía en pie, y tironeaba de la manta para empujar a Naia al hueco entre la cama y la pared, aquel punto ciego que no lograba verse desde la puerta.

Se puso los pantalones a toda prisa, y corrió hasta la puerta tras comprobar que nada les delatara. Después abrió, y la amable sonrisa del lemuriano le dio los buenos días.

—¿Vienes a desayunar?

—Si, claro… —Se pasó los dedos por la melena, y tosió de nuevo.— Dame un momento que termino de vestirme.

—No hay problema. —Saga hubiera jurado que Mu sonreía divertido.

-X-

Shura observaba. Siempre lo hacía.

No era de muchas palabras, ni tampoco de grandes ideas cuando se trataba del tema de chicas, pero sí que era observador… y lo que veía comenzaba a no gustarle. De pronto, tenía la impresión de que había perdido a Alessandra sin siquiera haber intentado algo en toda su forma. Las señales estaban claras y bien plantadas frente a él, aunque hubiese preferido no verlas.

Maldijo por lo bajo. Tenía deseos de preguntar pero, a la vez, no quería escuchar la respuesta que pensaba, la joven le daría.

Sus sospechas estaban basadas en el modo en que la doncella le eludía desde un par de días atrás. Siempre corría, como si estuviera ocupada, y evitaba bajo pena de muerte, que sus miradas se cruzaran. Era raro, porque Alessandra jamás le había negado una sonrisa, ni tampoco había llegado a ser tan esquiva con él. Pero en ese momento, eso era todo lo que veía y no podía sentirse más receloso de la situación.

El problema era que tampoco se sentía capaz de ser indiferente, y esa misma e insana curiosidad, lo llevaría a preguntar por cuestiones que ni siquiera eran asunto suyo… o quizás si. Ya no lo sabía, ¡estaba confundido!

Miró a su alrededor y se encontró con que, para no perder la costumbre, había sido el primero en llegar al comedor. En ese punto, no sabía si lo hacía por ser puntual, o si era con la esperanza de robar unos minutos del preciado tiempo de la joven doncella, cosa que solo había hecho en alguna ocasión. Quizás era momento de volver a intentarlo para terminar con sus dudas. Solo necesitaba ser oportuno y pillarla por sorpresa, antes de que se le escapara. Si ella le veía venir, no había forma de que Shura se acercara lo suficiente.

Se animó a marchar después de soltar un profundo suspiro. Trató de mantenerse tranquilo y de lucir casual; ni demasiado preocupado, ni tampoco apático al respecto. Así, se plantó cerca de la entrada que conectaba la cocina al comedor, y esperó. Alessandra aparecería en cualquier instante y él estaría listo.

—¡Alessandra! —exclamó cuando la vio cruzar la puerta. Quizás imprimió más emoción de la que hubiera deseado, pues el respingo de la mujer estuvo cerca de hacerla tirar las vajillas de la cena. —¡Hey! ¡Cuidado! —Trató de ayudarla.

—¡Me asustaste!

—Discúlpame… Permíteme ayudarte con eso. —Tomó la charola.

Svetlana salió medio segundo más tarde, pero al reparar en la presencia de Shura y Alessandra, dio marcha atrás. No quería quedar en medio de esa conversación.

Mientras tanto, el santo hizo como había dicho y ayudó a la doncella a llevar las charolas repletas de platos hasta la mesa. La miraba de reojo todo el tiempo, esperando el momento de lanzar las preguntas por las que había llegado ahí en primer lugar. Pero, a la vez, no se atrevía a hacerlo.

—¿Estás bien? Te ves nerviosa—susurró.

—Solo me sorprendiste. Mis reflejos están algo torpes por la gripe.

—¿También te has enfermado?

—Eso parece.

—Las virus andan a la orden del día—agregó, no sin cierta acidez. Qué casualidad. —Hay que cuidarse más, el invierno es traicionero.

—Lo sé. —Y después, silencio incómodo de nuevo.

—¿De verdad está todo bien? Te noto algo ausente.

—¿Eh?

—Qué te noto ausente y no hablas mucho, y…

Sin embargo, las palabras se atoraron en la boca cuando notó como el rostro de la doncella cambiaba de color poco a poco. El hecho de que las mejillas de Alessandra se tiñeran rápidamente de rojo, fue una mala señal para Shura. Apretó la mandíbula y se esforzó por tragarse cada pensamiento.

—¿Alessandra?

Los peores temores del español se desataron cuando las palabras se ausentaron de los labios de la doncella. Su mirada se había olvidado de él y se centraba en la entrada al salón, a sus espaldas. El santo ni siquiera tenía que voltear para adivinar quien acababa de entrar por la puerta. El sonido de la voces de los recién llegados se lo comprobó, tan solo unos instantes después.

La carcajada de Milo resonó como un trueno con el eco del comedor, seguida de la petición de Camus de callarse un poco. Con solo escuchar su voz, el resuello de la doncella llegó a los oídos del santo de Capricornio. Alessandra definitivamente no estaba mirando al escorpión… Alessandra definitivamente era un caso perdido.

Vil y trágico fracaso.

—Debo volver al trabajo—ella dijo con torpeza—. Los chicos comienzan a llegar y nosotras no hemos terminado de servir aún. Discúlpame.

—Si, si. Ve… —Torció la boca sin reparar siquiera en ello. "Y olvidémonos de la cena que había pensado" quiso decir, pero pensó que sonaría demasiado agrio.

Alessandra le sonrió, o al menos eso pensó él, hasta caer en cuenta de que aquel gesto que iluminó su rostro por un segundo, no le tenía como destinatario. Increíblemente, contra todo pronóstico, el acuariano correspondió con una sonrisa diminuta y una mirada intensa que hizo sentir incómodo al español.

Carraspeó, revolviéndose en su lugar, y giró para ir en busca de la compañía de los otros dos chicos. Cuando llegó a la mesa, se dejó caer pesadamente en su asiento. La expresión de desencanto, tan inusual en él, hizo que los santos de Acuario y Escorpio intercambiaran miradas. Algo andaba terriblemente fuera de lugar con Shura y, con su fino olfato para esos temas, Milo sentía olor a sangre.

—¿Qué te pasa, cabra? ¿Te levantaste por el lado equivocado de la cama?

—No estoy de humor, Milo.

—Uh. Suena grave.

—Déjalo en paz. —Camus intercedió, pero como siempre sucedía en esos casos, el peliazul lo ignoró.

—Cuéntanos, ¿qué te tiene de malas?

—Nada.

—Algo, definitivamente.

Y entonces, como si la suerte de Shura fuera a peor, la belleza en disputa cruzó de nuevo por la puerta, con el peplo que ese día le lucía especialmente bien y la mirada revoloteando por la habitación. Alessandra miró fugazmente a Milo y le sonrió. Miró también a Shura y esbozó una sonrisa torpe. Miró a Camus y resplandeció. Tomó menos de una fracción de segundo para que el escorpión dorado se hiciera partícipe de la situación. Ensanchó la sonrisa y disfrutó de su nuevo hallazgo. A últimas fechas parecía que las noticias volaban hacia él del modo perfecto y oportuno que siempre le gustaba.

Tan avispado como Milo, Camus reparó en el rostro iluminado de su mejor amigo. Se aseguró de que la mirada que le dirigiese fuese lo suficientemente severa como para callarle la boca. No quería la lengua del escorpión por ningún lado en ese tema, mucho menos delante de todos.

Por supuesto, Milo entendió la indirecta y decidió que no haría demasiado jaleo al respecto… al menos no respecto a Camus. Quizás aconsejaría un poquito a la cabra. Pero nada más. Después de todo, como hermano menor que era, y siendo un completo experto en temas del amor, tenía la obligación moral de ayudar a un hermano en desgracia.

Ya después, con más tiempo, más privacidad y menos probabilidad de terminar congelado en público, enfocaría sus habilidades de interrogación en Camus.

—Vamos, cabra. Hay cientos de peces en el mar—dijo, al ver a la doncella desaparecer, de regreso a la cocina.

—No se trata de eso.

—Tampoco será la primera que te dé un planchazo. Incluso tipos experimentados y adorables como yo hemos tenido quienes nos pongan resistencia.

—¿Estás de broma? —Shura hizo acopio de todo el sarcasmo que tenía.

—Oye, no te pongas así, ¿vale? Culpa mía no es. —El español bufó, pero eso no bastaría para callar a Milo. —De verdad, yo solo intento ayudarte a entender que no es tan malo como parece. Por ejemplo, yo tuve algunas chicas que se resistieron a mis encantos y eso no es problema ahora. He tenido muchas otras lindas nenas desde eso.

—Oh, por Athena. ¿Milo hablando de mujeres de nuevo? —La voz de Aioria, acompañada de la respectiva risa, anunció su presencia. Más callado, a su lado, Aioros se limitó a sonreír. —¿Qué vas a presumirnos esta vez, bicho? —Se sentó a la mesa.

—No nos presume. Nos cuenta sus fracasos. —Camus giró los ojos.

—Oh.

—Esto será entretenido. —Aioros acotó con una sonrisa en los labios, pero el gesto de fastidio total en Shura le hizo saber que no lo sería.

—Pero ya que estás aquí, me permitiré usarte de segundo ejemplo, gato. Cuéntanos, ¿cuántas mujeres te rechazaron antes de que Águila te adoptara? —Aioria parpadeó un par de veces, pillado por sorpresa con la pregunta del escorpión.

—Ninguna—aseveró, tras un segundo de meditación—. Marin fue la primera chica con la que intenté algo decente. El resto fueron hetairas y ya sabemos que las hetairas no rechazan a ninguno de nosotros.

—Gracias, gato. Has sido de mucha ayuda para explicarle a la cabra que a todos nos han rechazado alguna vez. —El santo de Escorpio le dirigió una mirada asesina que hizo que Aioria cayera rápidamente en su error.

—Ups… —Miró de uno a otro y sonrió con torpeza. —Marin me rechazó un montón de veces antes de aceptar ser mi novia. De todos modos, ¿qué pasa con Shura?

—Mal de amores. El pobrecito ha perdido una buena oportunidad con una chica. —¿"Perdido" era la palabra? ¿Cómo se perdía algo que nunca se tuvo?

Shura se llevó la manos a la cara y deseó con todas sus fuerzas que la Tierra le tragara. No podía creer el rumbo que llevaba esa conversación. Solo abrió los ojos cuando sintió las palmadas de Aioros su hombro y, entonces, al voltear a verle, encontró su sonrisa tan abochornada como él mismo.

—Arquero, a ti no voy a pedirte anécdotas. Tú hiciste trampa: te buscaste a una chica desde que era niña y no la dejaste ir. Así que no cuenta—gruñó Milo. Su mirada acusadora solamente cambió por un breve segundo, cuando Arabella entró a la habitación, envuelta en aquella túnica color amarillo que acentuaba endemoniadamente bien cada curva de su cuerpo.

—Eso no es mi culpa.

—Ya. Pero haces sentir peor a la pobre cabra.

—¿Por qué? Ni siquiera he abierto la boca.

—Pues porqué tu tienes una mujer que te mantiene calientito en las noches y él no.

—¡Milo! —Shura se quejó, pero su quejas no fueron relevantes para el escorpión.

—Eso no tiene nada que ver—masculló el castaño. Sopló los rizos que caían sobre sus ojos. —Y lo estás haciendo peor.

—¡¿Yo?! ¡¿Peor?! ¡Solo trato de ayudarle!

—¿A quién estáis ayudando? —Máscara Mortal llegó en ese preciso instante. Tomó asiento y Afrodita, quien le acompañaba, se sentó a su lado, inspeccionando las caras de sorpresa de sus compañeros.

—A nadie—corearon todos, con excepción de Milo.

—Milo solo está desvariando. Ignoradle—intervino Camus una vez más. Se aseguró de que sus ojos de hielo advirtieran a Milo de no pronunciar ni una palabras más. Una cosa era discutir esos temas con Aioria y Aioros, y otra mucho más grave, involucrar a Ángelo en ello.

—Estoy aquí. No soy invisible.

—Silencio.

Pero, del mismo modo en que Milo era capaz de encontrar grietas en la conversación más blindada, Ángelo no se quedaba atrás. Sin decir nada, con la mirada inquisidora, recorrió los rostros de todos sus chicos.

No pudo dilucidar mucho de lo que hablaban antes, pero de lo que si tenía certeza, era que sería un tema ciertamente interesante para él. Entrecerró los ojos y pensó, como pensaría el escorpión. Entonces, todo tuvo sentido. Milo solo tenía un tema de conversación que causaba impacto entre sus compañeros.

—Estáis hablando de mujeres—aseveró.

—No. —Volvieron a corear.

—Si—dijo Milo.

—Lo sabía. —Sonrió con cinismo. —¿Qué tema oscuro tratáis esta vez?

—Nada oscuro. Pura decencia en el comedor. —Milo se defendió.

—¿Y por qué os habéis callado? ¿Eh? —El italiano negó con un movimiento de cabeza. —¿Es un tema delicado?

—Hablamos de rechazos. —El escorpión, por el contrario, asintió repetitivamente.

—Ugh. ¿Por qué demonios habláis de esas cosas durante la comida?

—Técnicamente, no estamos comiendo aún. El Maestro ni siquiera aparece todavía, ni tampoco el resto. —Entonces, Milo tuvo una idea. Tomó la copa de vino que Arabella acababa de servirle y, mientras sorbía un trago, miró de soslayo al cangrejo dorado. —¿Qué dices, Máscara Mortal? ¿Alguna chica te ha dado con un palmo de narices? —¡Era un idea brillante! Si alguien sabía de rechazos, ese era Ángelo.

—Ángelo no sale con chicas. Solo con putas y hetairas—terció Afrodita, arrancándole la respuesta de los labios.

—Bah. Así ninguna va a negarse.

—Oh, te sorprenderías. —Una mirada fugaz y una sonrisa cómplice a la doncella ahí presente traicionó los pensamientos de Afrodita. Como respuesta, Arabella dejó escapar una risita divertida. —No todas tienen gustos terribles.

—Cierra la boca, florecita… ¡y tú también, Arabella! —escupió.

—No he dicho absolutamente nada. Pero Afrodita está en lo cierto: No todas tenemos gustos terribles. —Rió y se marchó meneando esas caderas suyas que capturaron las miradas de todos.

En la mesa, un montón de risillas mal disimuladas se dejaron escuchar, haciendo eco en las carcajadas desparpajadas de Milo, mientras el rostro de Ángelo tomaba un tono rojizo, entre el bochorno y la rabia, que no era precisamente característico de él.

Masculló un par de palabras en italiano, probablemente ninguna de ellas era decorosa. Después, lanzó un montón de miradas asesinas a modo de advertencia: alguien más abría la boca, y terminaría con una cuchara enterrada en la melena… sin importar de quién se tratase.

—Os divertís, ¿eh? —ladró.

—Bastante, si.

—Silencio, florecita, o voy a … —Pero tuvo que tragarse todas las maldiciones sucesivas, pues justo en ese momento, Shion y Arles hicieron acto de presencia.

Entre risas cómplices y silencios prácticamente obligados, el orden volvió la salón. Intrigando ante el repentino silencio, el santo de Altaír entrecerró los ojos, llenos de sospecha.

Shura, a su vez, les observó sin abrir la boca, aliviado hasta cierto punto de haber esquivado esa conversación sin ver su reputación comprometida. De todos modos, había aprendido algo de todo ese revoltijo que Milo había orquestado: sus conclusiones acerca de Alessandra y Camus no estaban erradas. El francés no había desmentido nada en todo el rato, lo cual significa que les concedía la razón. Y visto el modo en que la doncella se comportaba con él, resultaba imposible no pensar en que ella le correspondía.

Maldijo, de nuevo, mentalmente.

Más tarde se buscaría una excusa para subir a Acuario y preguntar si debía conservar esperanzas, o enterrarlas de una vez por todas.

-X-

Saga había permanecido callado desde que había entrado al improvisado taller. Se acomodó en un silla, y trató de buscar un poco de calor en la taza de chocolate humeante que la princesa Flare le había llevado. Después, se había limitado a observar.

Sus ojos iban y venían de Mu a Naia alternativamente, sin perder detalle alguno de las indicaciones del ariano. Conocía la teoría acerca de todo el proceso de la reparación de una armadura, pero lo cierto era que nunca había contemplado cada paso del mismo como en aquella ocasión.

Echó un vistazo a la armadura de Odín y a Balmunga. Los daños del ropaje nórdico eran obvios a la vista. Imaginaba, que una vez recuperado todo su esplendor, la armadura luciría del mismo modo que los hielos eternos. Una auténtica joya digna de admirar, que no tenía portador. Era una lástima.

—Bueno, podemos empezar. —La voz de Mu lo sacó de su ensoñación. Alzó el rostro y lo buscó con la mirada.

Después de haber observado cada pieza, sin importar cuan minúscula fuera, las había dispuesto con cuidado y en orden: de mayor a menor daño. En alguna ocasión había compartido sus opiniones con Naia, y por el tono apresurado de su voz, Saga supo lo realmente emocionada que se sentía por poder participar en algo como aquello.

Mu elevó su cosmos, suave y cálido, hasta que la propia energía de la armadura, se sincronizó con la suya. Poco a poco, cada una de las grietas fue tomando forma, como si las miles de diminutas estrellas que conformaban el cosmos de Mu, fueran rellenando los tortuosos huecos, tornándolos perfectamente visibles a los ojos de Saga segundos después.

—¿Nunca lo habías visto? —Saga se sobresaltó, cuando se percató de que Mu había leído sus pensamientos.

—No el proceso completo. Es impresionante.

—Si. —Una diminuta sonrisa se dibujó en el rostro del pelilila, y para Saga fue fácil saber lo mucho que adoraba aquel trabajo. —Ahora, rellenaré con cuidado las grietas más profundas, utilizando el polvo de estrellas y ayudándome de este pincel.

Tomó la herramienta que Naia le tendió, y la sonrió en agradecimiento. Tomó el preciado polvo entre sus dedos, y lo esparció con cuidado por la primera pieza, aplicando más cantidad en los lugares donde el daño era mayor.

—Es un trabajo que consta de varias fases, con esto empezaremos a reparar las heridas más profundas de la armadura. Después, con tu sangre… haremos que cicatricen, por decirlo de alguna manera.

El geminiano asintió, pero siguió escuchando con interés. La pasión que Mu transmitía, explicaba el por qué sus trabajos eran simplemente perfectos. Su dedicación y amor por aquel arte milenaria, le impedía cometer un solo error, por minúsculo que fuera. Veía en él el mismo entusiasmo que había sentido cada uno de sus días de aprendiz, cuando a cada paso que daba, descubría que su cosmos podía ser aún más maravilloso si continuaba practicando y esforzándose… No había límites para lo que podía hacer con su energía, y Mu sentía la misma satisfacción cada vez que lograba reparar una nueva armadura.

—Ellas no son muy diferentes a nosotros cuando nos herimos. Una vez hayamos acabado con esto, volveremos a aplicar el polvo de estrellas para reparar los daños más superficiales. Después solamente hay que pulirla un poco para quitar los sobrantes… y se verá perfecta y brillante, como nueva.

—No me cabe duda.

—¿Estás listo? —Saga asintió, pero antes de moverse de la silla, carraspeó un par de veces, ahogándose después en un súbito ataque de tos. —Os habéis resfriado. —Alzó los lunares de su frente con cierta diversión, y por un instante, le hubiera gustado ver la expresión oculta por la máscara de la amazona.

—Soy griego, no me explicó qué hago en pleno enero en el polo norte. —Fue todo lo que se le ocurrió decir en su defensa. Por un momento, hubiera jurado que Mu había mencionado aquel detalle a propósito. Lo escuchó reír, y el mismo devolvió una minúscula sonrisa.

—Te dije que tuvieras cuidado. —El peliazul rodó los ojos, Mu había sonado asombrosamente parecido a Shion.

—¿Cuál primero? ¿Muñeca izquierda o derecha? —La voz de Naia, se dejó escuchar por primera vez en la conversación y, de modo inmediato, Saga volteó a verla.

—Izquierda.

—Vale.

La amazona tomó su mano con la suya, sujetando sus dedos con cuidado. Las manos de Saga, al igual que las de ella, estaban heladas. Tomó la inmaculada navaja con la otra mano, y antes de hacer nada, miró sus ojos fugazmente. Él no la había quitado la vista de encima, y de modo casi imperceptible, acarició con sus dedos la palma de la mano. Sonrió tras la máscara, y respiró hondo.

—No te muevas.

Saga la observó, y por un instante, la sintió titubear. Siguió con sus ojos el limpio movimiento del cuchillo cuando cortó su muñeca. Se humedeció los labios, y cuando sintió el calor de la sangre escurriendo por su mano, volteó hacia otro lado.

—Si te sientes mal, dínoslo—acotó Mu—. Esto nos llevará un rato, estás resfriado, y aún hay cosas importantes que hacer. Sería mejor si no te desmayases… —No mencionó que le había resultado fácil de distinguir el disgusto que la sangre le provocaba y, aquello, era un detalle cuanto menos curioso viniendo de alguien como Saga.

-X-

—¿Camus? —llamó cuando estuvo justo a la entrada de las habitaciones de Acuario. Rebuscó unos segundos por su amigo, antes de atreverse a entrar.

—Un segundo. —Le oyó decir y, entonces, se decidió a pasar.

Como siempre, el décimo primer templo estaba impecable. Camus tenía una manía para el orden de la que nadie más—quizás con la posible excepción de Shaka—, podía presumir.

Cuidando de no alterar nada, el español se abrió paso hasta sentarse en el salón principal. Jugueteó un ratito con el péndulo de plata que decoraba la mesilla central hasta que la figura de Camus, de pie frente a él, le robó un respingo gigante. Gracias a los dioses, sus reflejos no le fallaron, y atrapó en el aire al péndulo que había salido disparado de un manotazo. Volvió a colocarlo en su lugar, dejando escapar la respiración que había contenido durante el pequeño percance. Morir tantas veces le había dejado un problema de nervios difícil de controlar.

—Me sorprendiste.

—Lo noté. —Camus levantó una ceja. Después permaneció en silencio, esperando que Shura revelara las razones de esa visita, pero el español no abrió la boca para nada. —¿Qué sucede?

—Quería hablarte—carraspeó.

—Oh… Si es por todo el desastre de Milo, me disculpo por él. Estaba completamente fuera de lugar.

—No, no es por eso… o sí. ¡No lo sé! —Resopló. Sorpresivamente, Camus imitó el gesto. —¿Qué… qué tan cierto es todo lo que dijo Milo?

—¿Qué parte? —La situación solía ser grave cuando alguien comenzaba a otorgarle la razón al santo de Escorpio.

—De que debo de comenzar a buscar en otro lado.

Camus suspiró. Blindado como era para mostrar emociones, aquella diminuta reacción de su parte tenía que significar algo que Shura no quería saber. Mala señal, terrible… catastrófica. El santo de Capricornio se preparó para lo peor, sin enterarse que en el fondo, el propio Camus llevaba un rato temiendo esa conversación.

—Escucha—dijo al fin—, acerca de Alessandra, no es como que planeara que las cosas fueran tan rápido…

—¿Tan rápido?

—Sólo me acerqué a ella… intenté del mismo modo que tú. —El francés se sopló el flequillo. —No esperaba que ella respondiera como lo hizo. Alessandra es preciosa y sabes que me gustaba tanto como a ti… no podía dejarlo pasar. Lo intenté y funcionó.

Por supuesto que había funcionado. Al menos Camus había intentado algo decente y no se había atragantado con sus propias palabras, como le había pasado a él.

—Vale, vale. —Sin más remedio, el español se escurrió en la silla, sintiendo una irónica mezcla de alivio y decepción. Probablemente debía comenzar a pensarse los consejos del escorpión. Que grave era llegar a ese punto. —No te preocupes. Hiciste lo que cualquiera hubiera hecho en tu lugar, así que no te culpo por ello. Supongo que tuviste más suerte que yo—bufó.

—Supongo que sí. —Camus tomó asiento, al otro lado del sofá. —Entonces, ¿estamos bien? —Le miró de soslayo, deseando con todas sus fuerzas porque su amistad con Shura no saliera herida en medio de aquel embrollo.

—Lo estamos. No te preocupes.

—No sabes cuánto me tranquiliza escucharte. Debí decirte antes…

—Oye, no tenías por qué decirme nada—terció el moreno—. Nos gustaba la misma chica, hacíamos lo que podíamos por su atención y uno tenía que ganar. Nadie declara sus estrategias a la competencia. —Sonrió, aunque el santo de Acuario le había visto sonrisas más radiantes y sinceras.

—Ha sido pura suerte, Shura. Mucha suerte.

—Qué envidia. Supongo que no era para mí.

—Hay algo más para ti ahí afuera, seguramente.

—Por Athena, no suenes como Milo. —Rió y su carcajada se tornó más fuerte al ver la cara de espanto del acuariano. —Y no te sientas mal por esto tampoco, ¿de acuerdo?

—Trataré de no hacerlo.

—Bien. —Sopló el flequillo y tomó los pocos segundos de silencio que se generaron entre ambos.

Pensó en que debía ser positivo y agradecer que aún tenía un amigo, al que apreciaba mucho más de lo que se imaginaba. Pensó también que tal vez Alessandra no estaba destinada para él… pero también creyó que haberla perdido era una mierda.

¡De verdad le gustaba!

Miró de reojo a Camus, solo para descubrir que él le observaba del mismo modo. Lucía casi preocupado por haberse anotado una victoria como esa. Si no lo hubiera conocido mejor, Shura habría dicho que estaba a punto de suplicar por conservar su amistad. Los ojos del acuariano no solían ser muy expresivos, pero en ese momento, era transparentes como el agua.

—¿No vas a odiarme? —Camus insistió.

—¡No! Bueno, quizás un poco… por algunos días… ¡pero se me pasará! —Shura soltó una risa amarga de nuevo. No podía creer que había intentado algo con una chica que había baboseado a Saga y que ahora baboseaba a Camus. ¿Cuándo había pensando que tendría siquiera una oportunidad? —¡La invité a comer y le dije que cocinaría para ella! ¡Por los dioses! —confesó. Hundió la cara en las manos y pensó en el ridículo que se había anotado.

—He de decir que, si Alessandra hubiera aceptado, quizás no estuviésemos aquí ahora. —Camus no solía sobrevalorar a las personas, pero sabía que Shura era la clase de tipo con la que cualquier chica se sentiría a gusto. No mentía al decir que, si el español hubiera sido menos tímido, probablemente la decisión de la doncellita hubiese sido muy diferente.

—Qué va… Quizás ya la tenía perdida en ese momento. —Sí, quizás sí. —Pero sé como vas a compensarme por esto.

—¿Cómo?

—Vas a ayudarme con Milo. —No estaba seguro de poder soportar otra lección del escorpión sobre como lidiar con el fracaso.

—Cuenta con ello. Una palabra y le congelaré el culo.

—Voy a agradecértelo hasta el último de mis días.

Intercambiaron sonrisas, pensando que el escorpión sufría un ataque de estornudos en ese mismo momento. De pronto, ambos se sentían mil veces más tranquilos, a sabiendas de que aquel asunto estaba resuelto.

Todo había salido bien, sólo por el hecho de que los dos habían sido sinceros. Su amistad estaba salvo: sobreviviría a Alessandra, a la cena y, sobre todo, a Milo.

-X-

Con un trapo húmedo, Mu limpió las gotas de sangre que resbalaban de la mesa. Observó satisfecho los avances que había hecho, se acomodó en el taburete de trabajo, y tomó su estuche de herramientas.

Normalmente, Naia le ayudaba con eso, mientras él hacía de cada reparación una clase magistral. Sin embargo, no le era difícil percatarse del cansancio que también la atenazaba a ella. Así que se limitó a sugerirle que curase la muñeca de Saga, y los dos esperaran a que él terminara el trabajo, tomando algo caliente.

Había fingido, deliberadamente, estar plenamente atento a la armadura y a Balmunga. Pero lo cierto era, que sus ojos eran incapaces de permanecer mucho tiempo fijos en ellas, cuando a su lado, ocurría algo mucho más interesante. Desde donde estaba, podía ver como Naia se esmeraba en su nueva tarea.

Aplicó su cosmos plateado sobre los cortes abiertos de las muñecas de Saga. No podría cerrarlos, pues ninguno de ellos contaba con ese tipo de poder curativo; pero la cosmoenergia correctamente aplicada, podía ralentizar el flujo de la sangre y detener parcialmente la hemorragia, además de aportar un agradable efecto anestesiante.

—No pensarás coserme esto, ¿verdad? —preguntó Saga con espanto, cuando la vio rebuscar en el botiquín. Naia alzó la vista, y la escuchó reír.

—¿Coserte? ¿En serio? Sería mejor si no estropeamos nuestra brillante labor de hoy con un final así de torpe. No quiero desmayarme de la impresión. —Saga sonrió, y Mu hizo lo propio un poco más allá. —Te limpiaré bien las heridas, y luego te pondré la sutura adhesiva.

Saga asintió, y la observó hacer. Mu se percató del modo sutil en que apretó los dientes cuando el alcohol le recordó que los cortes no eran simples rasguños. Después volvió la vista al brazal de Odín que estaba arreglando, pero no tardó en volver a verles de soslayo.

Tras haber cerrado las heridas, Naia había vendado sus muñecas con cuidado, casi con mimo, hubiera jurado el ariano.

—Tienes fiebre. —La escuchó decir, cuando su mano acarició la frente del peliazul. Mu sonrió de nuevo y se mordió los labios, tratando por todos los medios de que ninguno de los dos se percatara de la atención que les estaba poniendo.

Lo cierto era, que no creía que fueran conscientes de que sabía exactamente el por qué Saga había ignorado su sugerencia de descansar bien aquella noche. No le había pasado desapercibida la cercanía y confianza con la que ambos se trataban, sobre todo después de salir del Santuario. Sin embargo, aquella mañana había llamado primero a la puerta de Naia, y nadie había contestado. Después, llamó a la de él, y Saga se apresuró a abrirle aún a medio vestir.

Aquello no hubiera sido demasiado esclarecedor, de no ser porque el espejo que colgaba en el frente de la habitación, le había mostrado a Naia tratando de vestirse mientras ellos hablaban. Saga no se había dado cuenta. Ella tampoco. Y ahora que les veía de aquella manera, no podía sino sentir cierta emoción al saberse cómplice inesperado de un suceso que traía consigo más felicidad que miedo… aquel sentimiento al que estaban tan acostumbrados.

-X-

Hilda escuchó los pasos que se aproximaban a ella, atenuados por la gruesa alfombra de pieles. No volteó, sino que permaneció hipnotizada por el brillo incandescente del fuego y del hogar que la cobijaba con su calor. Poco después, sintió el toque frío de los dedos sobre su piel y no pudo rehuirle por más tiempo.

—Tus manos están frías—susurró mientras volteaba hacia el recién llegado y, tomando la mano de Sigfried entre las suyas, le dio un beso—. ¿Te sientes bien? ¿Cómo ha ido todo?

—Solo ha sido sangre.

—Vuestros ropajes están tan maltrechos… ¿os sangraron mucho? —preguntó, sin apartar la mirada del vendaje teñido en sangre que cubría las heridas de sus brazos. Con cuidado, le acarició, deseando ser capaz de aminorar el dolor que las heridas producían.

—Nada que deba preocuparte, princesa. —Imitando el gesto de ella, el rubio depositó un beso en las finas manos femeninas. —¿Has tomado una decisión?

—No. Me haría falta tu consejo.

—Hablemos entonces.

Tomándola de la mano, la llevo hasta el diván junto a la ventana. La caída suave de la nieve siempre había tenido un efecto relajante en ella, y el guerrero lo sabía bien. Sentándose a su lado, perdió la mirada en la nieve cristalina que enmarcaba el paisaje de esas tierras. Por unos segundos, mientras permanecían en silencio, entendió el por qué Hilda podía pasarse horas y horas, observando las lágrimas blancas del cielo. Había algo en el modo en que se balanceaban con la brisa que traía paz al alma.

Asgard era su hogar. Todos ellos vivían por esas tierras y por el mundo ahí afuera, más allá de sus fronteras. Odín les había marcado para proteger a los hombres y a sus hijos. Debían tener eso siempre en mente, no olvidarlo, y basar en ello cualquier decisión que tuvieran que hacer.

—Confío en Athena, en su Orden y en lo que representan, Sigfried. —Ella dijo, con los ojos grises perdidos en el horizonte. —Pero…

—¿Pero?

—El resto de los chicos no lo hacen. Temo perderles si cedo ante cada exigencia del Santuario. —Suspiró. —No quiero que seáis peones de ella, ni de nadie. Syd habló de sumisión y pude verlo en su rostro, en el de él y en el de todos: todos lo vieron del mismo modo.

—Pero tú no crees que eso sea lo que Athena solicita de nosotros, ¿cierto?

—No. ¿Y tú? —preguntó, ansiosa por saber.

—No me lo pareció y tampoco creo que Saga esté equivocado—admitió. Para sus adentros, Hilda sintió un calma infinita al escucharlo. —El viejo Patriarca no solo nos supera en conocimientos y experiencia, sino que nosotros, como Orden, nunca podríamos pelear una guerra como esa sin ayuda de ellos, o de alguien más. Cuando Saga dijo que nosotros les necesitábamos, más de lo que ellos a nosotros, no mentía.

—¿Crees que los demás dioses guerreros lo entiendan del mismo modo en que tú y yo lo pensamos?

—Serían terriblemente cortos de mente si no lo hicieran. Otra cosa es que estén dispuestos a decirlo en voz alta. —Sigfried sonrió mientras que, con cuidado, apartaba un mechón rebelde que cayó sobre el rostro de la sacerdotisa. —Son guerreros: dioses guerreros de Asgard. El orgullo es lo único propio que tenemos, lo que nos mantiene de pie cuando no queda más.

—No quiero arrebataros eso—musitó. Al igual que ellos, Hilda sabía que su destino les había despojado de todo. Si las palabras de Sigfried eran ciertas, entonces les quitaría lo único que les quedaba. —No puedo quitaros algo tan importante, pero tampoco quiero veros morir de nuevo. Si Athena me ofrece un modo de ayudaros a sobrellevar la pesada carga de una guerra, entonces…

—Oye. —Al verla agachar la mirada, suavemente, el dios guerrero de Dubhe Alfa tomó su rostro entre las manos y le obligó a mirarlo a los ojos. —Cada decisión que has tomado, desde que te conozco, ha sido por un bien mayor, incluido el nuestro. No va a gustarles al principio, pero cuando reparen en que haces esto por nuestras vidas también, entenderán. Somos tus guerreros, Hilda. Te seguiríamos hasta el mismo Infierno, si tú nos lo pides.

La joven asintió, con muchas dudas aún en la cabeza. A pesar de ello, tener el respaldo de Sigfried le renovaba las fuerzas. Como líder de los dioses guerreros, su opinión era invaluable para ella, así como para los otros. Confiaba en que ellos comprenderían, o en que al menos les darían el beneficio de la duda, si era la palabra de Sigfried la que se lo pedía.

—Aún así, me gustaría que os involucrarais, que formarais parte de cada plan.

—Estoy seguro que a Athena la parecerá correcto así. Es pronto para pensar en que estamos en pie en guerra y sufrir confrontaciones basándonos solamente en suposiciones. Aceptemos y veamos que acontece—respondió él—. Siempre puedes poner condiciones, estoy seguro que no habrá problemas con ellos. La estrategia del Santuario es reforzar nuestra alianza; eso es lo más importante para ellos. No quebrantarla.

—Tienes razón.

La sacerdotisa de Odín se puso en pie lentamente, mientras Sigfried la contemplaba en silencio, pensando que lucía menos pesarosa y mucho más decidida. Se alegraba de haber sido de ayuda. Tal como había dicho, el dios guerrero era ferviente creyente de las buenas intenciones de Athena y del Santuario. Tampoco le había mentido a Hilda al decir que ellos, por ella y Odín, harían cualquier cosa.

Conocían bien a sus compañeros. Sabía que con el tiempo comprenderían sus decisiones y que, mientras terminaban de convencerse, no vacilarían en honrar la palabra de su señora.

—Hablaré con ellos antes de que informar a los santos sobre nuestra decisión. ¿Vendrás conmigo? —preguntó, aunque en realidad sonaba más como una petición. —Me gustaría que estuvieras ahí.

—Sabes que siempre estaré ahí.

-X-

—¿Cómo fue la comida?

—Entretenida. —Aioros respondió a la amazona. —Milo siempre sabe hacer un espectáculo de las cosas.

—Milo es muy… Milo.

—No te haces idea. —Sonrió. —¿Estás ocupada?

—Solo termino con los trastes de la comida y estoy contigo. ¿Piensas quedarte?

—Un rato, si no te importa.

—Sabes que no. —Deltha le respondió con una sonrisa.

Aioros la correspondió y, mientras escuchaba el golpeteo de los platos en el fregadero, se tomó la libertad de curiosear por la cabaña. No hacía falta rebuscar demasiado para ver todo ahí dentro, el lugar simplemente era diminuto.

Se acercó al pequeño mueble de madera, donde Deltha guardaba sus cosas, y miró por encima. Encontró la cajita musical que él le había regalado y una foto enmarcada de ella y Naiara, de cuando eran mucho más jóvenes. La tomó entre sus manos y la contempló por un largo rato en silencio, hasta que una sonrisa se dibujó en su rostro sin que lo notara.

—Es Santorini. —Oyó la voz de Deltha a sus espaldas. —Siempre mantuve esa foto a un lado de mi cama, donde pudiera verla antes de dormir y tan pronto despertara. El pobrecillo marco sufrió demasiados daños por culpa del despertador. —Sonrió, recordando los cientos de ocasiones en que, con un manotazo mal calculado, había mandado la fotografía al suelo, en un intento desesperado de detener la alarma de su reloj. —Fue una de las pocas veces en que Naia y yo nos encontramos durante todos estos años. Era el día de su cumpleaños número dieciocho.

—La mayoría de edad, ¿eh?

—Sí. —La amazona rió. —Fue una buena celebración, digna de los dieciocho.

—No lo dudo. —Él la miró y compartió la sonrisa, imaginando a aquel par. —¿Por qué Santorini? ¿Por qué no Naxos, o Rodhas?

—Siempre elegimos lugares lejos de casa para reunirnos. Nunca nada que delatara de cerca en donde vivíamos, o donde nos escondíamos, mejor dicho.

—Tiempos difíciles.

—La distancia era difícil.

Al verla, el santo encontró cierta tristeza en su mirada. No supo que decirle, ni lo intentó, solamente besó con cuidado su cabellos. Había ocasiones en las que un gesto de cariño equivalía a cientos de palabras o de discursos bonitos, y para él, ese era uno de esos momentos.

Siguió husmeando y reparó en una pequeña caja de cartón, vieja y desgastada, que estaba detrás de la foto y mantenía al viejo marco de pie. Dudó antes de tomarla entre las manos, pero al final se decidió a hacerlo. Estaba forrada en trozos de múltiples papeles de colores y tenía garabatos dibujados en todas sus caras. Un listón la mantenía cerrada, como único y frágil guardián de su contenido. Quizás era cosa de que pasar demasiado tiempo con Deltha y contagiarse de todas sus mañas, pero una curiosidad mal sana le sobrevino de repente.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Oh… son solo algunas viejas fotografías.

—¿Puedo verlas?

—Claro. —La pelipúrpura encogió los hombros y, dándose la vuelta, se sentó al borde la cama.

Con la caja en manos, Aioros se tumbó a su lado, recostando la cabeza en su regazo. Se acomodó, hasta que quedar a gusto, y entonces, procedió a tirar de la cinta para abrirla.

Sacó la primera foto y la contempló en silencio, mientras los dedos de Deltha se enredaban en su cabello, dándole un agradable masaje. Sacó una más, y otra, sonriendo al reparar en la alegría que iluminaba el rostro de su amazona en cada fotografía. Cayó en cuenta de algún detalle, pero no se atrevió a preguntar, sino hasta que ella se animó a explicarle.

—Este fue mi primer novio. —Apuntó al chico que la acompañaba en esas fotografías. —Y ella, fue mi compañera de piso por varios años. —Hizo lo propio con una joven. —Fueran las primeras personas medianamente estables en mi vida. Pasamos ratos divertidos juntos.

—El chico se me hace terriblemente familiar—acotó él, con una sonrisilla traviesa en los labios.

—Quizás porque es un clon tuyo.

Quizás. —Al escucharlo, Deltha soltó una carcajada.

—Hey, no te metas con mis traumas, que saldrás asustado.

—¿Te buscaste un novio que se parecía a mi, Apus? —La cuestionó, entretenido.

—Era demasiado parecido a ti.

—Pura perfección. —Rió. —¿Qué pasó con él?

—Eso: era demasiado parecido a ti. —Al ver aquel ojos de azules cuestionándola, continuó con su explicación. —No era sano para mi salud mental seguir atada a algo así. Terminamos unos meses más tarde, y tuvimos una relación intermitente por muchos años más. —Se sopló el flequillo. Fueron demasiados años, más de los que debieron haber sido.

—¿Te buscaste otro novio? ¿Igual de guapo?

La amazona le sacó la lengua y, sin decir nada más, rebuscó entre las fotografías buscando algo en particular. Cuando lo encontró, tendió la imagen al arquero, mientras que señalizaba a otro acompañante diferente.

—Novio número dos—dijo.

—¿Rubio? ¿Rubio? ¡Demasiado rubio!

—Artificial, créeme. —Sonrió. —Pero era un excelente surfista y adoraba la playa tanto como yo.

—Si, si. —Aioros ensanchó su sonrisa traviesa. —No creí que te gustaran los rubios.

—Tu pelo es casi rubio.

—¿Casi? Soy castaño en realidad. —Esta vez, él le sacó la lengua.

—Bah. —Le mostró la lengua también. —¿Has escuchado cuando dicen que las rubias se divierten más? Pues creo que aplica también a los rubios. —Agrandó la sonrisa, hasta mostrar los dientes. —Era un tipo grandioso. Nos divertimos un montón e hicimos un montón de idioteces juntos. —Perversidades y demás cosas incluidas, pero quizás era demasiada información para Aioros. —Lástima que tuvo que terminarse.

Aioros cerró de golpe la caja y, llevándose los dedos a los labios, se tornó pensativo. Deltha lo vio entrecerrar los ojos, solo para sentirse intrigada de lo que pudiera estar pensando. Levantó una ceja, y luego la otra, pero el santo no soltó ni un solo sonido por varios segundos.

Al final, volvió a sacar las fotos y las pasó rápidamente, como si en esa ocasión fuera él quien buscara algo específico.

—¿Cuántos novios tuviste? —Le oyó preguntar.

—Tres… oficialmente. —Deltha arrugó la nariz.

—¿Y… no oficiales? —El castaño la vio levantar las cejas y girar los ojos. Él, en cambio, frunció la frente con curiosidad.

—Muchos.

—¿Muchos?

Muchos. —Guardó silencio por varios segundos, hasta que la mirada insistente de Aioros la obligó a continuar, casi a modo de defensa. —¡Es normal tener muchos! No es como que quisiera sentar cabeza, casarme y tener un ejército de hijos. Cuando se es una fugitiva, con un montón de secretos, no es fácil plantearse una vida así.

—¿Nunca lo consideraste? ¿Con nadie?

—No, y ese fue el problema con el novio número tres. —Apuntó a un chico moreno, en otra fotografía. —Todo iba magnífico, hasta que se mudó conmigo y empezó a considerar algo más… serio.

—¿De verdad? —Aioros se incorporó. De pronto, Deltha se había puesto tensa, le esquivaba la mirada y sus pies no dejaban de golpetear el piso.

—De verdad. No veo por qué es difícil de entender. No es como que nos entrenaran para querer y buscar todas esas cosas.

—No, eso ya lo sé. —No podía dejar de mirarla, repleto de curiosidad ante aquel cambio de actitud tan radical. —Es que me sorprende un poco, viniendo de ti. Siempre pensé que te hubiese gustado tener algo más normal ahí afuera.

—Tuve muchas cosas normales ahí afuera, pero comprometerme es complicado, ¿vale? —masculló, soplándose el flequillo—. Lo hice una vez, contigo. Salió mal y desde eso… —Subió los hombros y negó. Después, se cruzó de brazos. —Cuando las cosas se ponen serias, difíciles u oscuras, soy la primera en marcharse. Me gustan las cosas sencillas. Las relaciones, a mi punto de vista, son para divertirse, para pasarla bien y disfrutar. Eres la única persona con la que he tenido algo duradero, algo más real y sentimental… si puede decirse así. Las otras veces, siempre ha llegado el punto en que me he sentido atada y… no han terminado muy bien.

Mientras balbuceaba atropelladamente, el santo solo la escuchaba en silencio. No sabía que decir, ni tampoco sabía si debía decir cualquier cosa. Lo cierto era que, en ocasiones, Deltha le sacaba de lugar… y aquella era precisamente una de esas veces.

—Tranquila—musitó él—. Comprendo. —Al menos lo intentaba, porque de pronto no entendía si toda esa explicación se aplicaba también a ellos. La atrajo contra sí para abrazar y acariciar su cabello púrpura, y ella le correspondió devolviendo el abrazo. —Tomaremos las cosas con calma, ¿vale?

—¡No! —La exclamación sorprendió a ambos, aunque si Aioros era sincero, tendría que admitir que su cabeza comenzaba a darle vueltas. Ya no sabía por donde iba, ni venía, esa conversación. Deltha se llevó la manos a la cara y trató de ordenar sus propias ideas. —No digo que quiera llevar las cosas a otro nivel ahora, pero volví aquí, porque contigo es diferente. Siempre lo ha sido. Te quiero y haría cualquier cosa por ti… lo he hecho, ciertamente. Dejar mi vida atrás y volver, solo para estar contigo, ha sido impensable. Significa muchísimo para mi y quiero que lo entiendas. —Dejó escapar la respiración, frustrada por su propia incapacidad de explicarse. —Lo que quiero decir es que me gusta lo que tenemos ahora: es simple, divertido, especial. Pero, a la vez, si hay la oportunidad y las cosas se pusieran más serias, tampoco voy a descartar nada. ¿Me entiendes?

—Lo entiendo, Del.

Pero la amazona podía ver en sus ojos que no lo hacía. ¿Cómo podría entenderla, si ella había hecho un desastre de todo? Algún día aprendería a pensar antes de abrir la boca.

—Te dije que no te metieras con mis traumas, o saldrías huyendo. —Resopló.

—Mientras no seas tú quien salga huyendo, yo estaré bien. —La sonrisa torpe y adorable en el rostro de Aioros la contagió. Vaya desastre que había causado.

—No huiré. A eso me refería.

—¡Bien! —El santo le besó la frente y volvió a tumbarse, para acomodarse en sus piernas. Volvió a tomar la cajita entre las manos para continuar chismoseando entre las fotografías. —Tu compañera de piso está baboseable.

—Calla. En buena parte es culpa suya que yo sea un desastre con piernas. Mala, mala, mala influencia.

Deltha sonrió. Algún día le contaría a Aioros la historia completa de su vida y, entonces, saldría corriendo de ahí, a toda velocidad.

-X-

Balmunga no había brillado en siglos del modo en que lo hacía en ese momento. Su hermoso color, similar a los hielos eternos del Norte, resplandecía con fuerzas renovadas en medio de la sinfonía de colores que los ropajes divinos constituían. A Hilda, el corazón le latía desbocado dentro del pecho. Si ella se sentía así, no podía sino imaginar la emoción que seguramente invadía a sus guerreros. Ver a sus armaduras retomar vida, con el resplandor más hermoso que habían visto en mucho tiempo, era la recompensa final a todas sus penurias.

Hagen fue el primero de ellos en reaccionar. Hipnotizado por el aura de los ropajes, se adelantó y rozó con sus manos a Sleipnir, que respondió a la caricia de su señor con un suave tintineo. Sin darse cuenta, el rubio esbozó una sonrisa repleta de satisfacción. Siguiendo sus pasos, Thor fue el siguiente en ir tras su ropaje. Jörmungandr le saludó, sincronizando su propia energía con el cosmos de su protegido. El resplandor que los envolvió a ambos se sintió cálido y acogedor, como el abrazo de dos viejos amigos que se habían extrañado durante una larga ausencia y ahora se reunían de nuevo.

Así, uno a uno, los dioses guerreros se reencontraron con sus armaduras.

La mirada de satisfacción en Hilda de Polaris lo dijo todo. Sonrió, en un gesto diminuto, a los santos y a la amazona, como un sincero agradecimiento por los esfuerzos realizados a favor de sus guerreros. La ilusión que les habían traído era invaluable para ella.

—Habéis hecho un magnífico trabajo—musitó el dios guerrero de Dubhe Alfa.

—No hay palabras, ni modo, para agradeceros este milagro. —Le complementó ella. Y no mentía. —Están hermosas, como nunca. Vuestro trabajo es impresionante.

—Ha sido un honor, princesa, y un trabajo en el que todos hemos aportado. —Detrás de la máscara, una sonrisa tímida iluminó el rostro de Naiara al escuchar a Mu.

Se sentía terriblemente orgullosa del resultado de esas horas de esfuerzo y trabajo duro. Los agradecimientos venían a ella como un genuino halago y, si debía admitirlo, por primera vez desde su regreso al Santuario, sentía que hacía honor al título de amazona de Caelum… sentía que se reencontraba consigo misma. En más de un sentido, Asgard la había hecho sentir completa, con cucharadas de felicidad pura, a pesar de las dudas.

Ofreció una reverencia y guardó silencio. Sus ojos buscaron la figura de Saga, tan enigmático e inmutable como siempre era. Sin una sola expresión en su rostro, pero con aquella mirada intensa que solía desarmarla; envuelto en pieles, y con la melena azul acechando tímidamente a través de ellas, a la morena le pareció perfecto. Tenía una gripe infernal como la de ella, pero el muy maldito lo disimulaba bien.

Encontró en sus ojos un dejo de satisfacción, hacia ella y hacia Mu. El resultado de la misión, a priori, había sido perfecto. Sin embargo, Naia sabía que Saga aspiraba a mucho más: había quedado claro en la cena del día anterior y, a juzgar por el modo en que se plantaba ese día, seguía con el objetivo bien definido. Ella había hecho bien su parte y confiaba en que eso valdría mucho para la importante decisión final de Hilda de Polaris. Lo que le quedaba a ella era esperar por el siguiente movimiento.

Shion no se había equivocado al elegir a Saga para suplir la ausencia de Camus. De hecho, la gripe del francés quizás había jugado a favor de todos.

—¿Habéis pensado en nuestra propuesta? —Saga arremetió.

—Lo hemos discutido.

—No quiero ser insistente, pero, ¿tenéis respuesta? —Hilda sintió sobre sí las miradas de sus guerreros y también las de los enviados de Athena. Retuvo el aire y pensó adecuadamente sus palabras. Después, asintió con suavidad.

—Asgard siempre será un aliado fiel de Athena, y esperamos esa misma cortesía de vuestra parte.

—La tendréis. Hablo por mi diosa y también por mi Patriarca, y os doy mi palabra de que así será.

—En lo que venga, de aquí en adelante, a vuestro lado; aceptaremos de buena voluntad vuestros consejos, respaldaremos vuestras decisiones y, sin duda, vuestra experiencia será reconocida.

—¿Eso significa que habéis aceptado los términos que os expliqué? —A pesar de todo, no había un ápice de emoción en la voz de Saga, ni en su rostro. Simplemente estaba imperturbable y firme.

—Con una condición. —Aunque no hubo un solo movimiento que los delatara, Naia pudo sentir la tensión que súbitamente creció en el ambiente. —No pedimos nada extraordinario, os lo aseguro.

—Escuchamos, princesa.

Hilda llevó su mirada hacia sus jóvenes guerreros. Consultó con ellos una última vez, antes de atreverse a pronunciar palabra cualquiera.

Antes, había hablado con ellos y explicado los motivos detrás de su decisión. No había sido ingenua, como para pensar que aceptarían cada palabra suya con entusiasmo. Pero, lo que si sabía, era que con el tiempo, comprenderían los por qués de lo que había decidido. Sigfried así se lo había asegurado.

Tal como había pensando, el respaldo de dios guerrero de Duhbe Alpha había sido invaluable. Su palabra había sido suficiente para que el resto de los chicos confiaran y aceptaran, que afianzar la alianza con Athena y con su Orden era la mejor opción para todos.

Hilda había visto las dudas y también el recelo de cada uno, pero también los había visto dar ese salto de fe que ella necesitaba, en compañía suya y de su líder. Confiaba en que la diosa griega comprendiera lo que eso significaba y que no fallaría a su promesa. Athena no era su temor. Lo que temía terriblemente era el primer encuentro con Atlantis… porque, si algo no podía cambiar, era precisamente el pasado con los dominios de Poseidón.

—Queremos estar presentes durante cada decisión y emitir una opinión. Por supuesto, si la situación está más allá de nuestros límites, os dejaremos hacer como mejor parezca—respondió la sacerdotisa, al fin.

—Princesa, os lo repito: seréis tratados como aliados, no como subordinados.

—Y nosotros comprendemos. Del mismo modo, no queremos ser solo una carga. En lo mucho, o poco, que podamos aportar, nos gustaría hacerlo.

—Por supuesto. —Saga agachó la cabeza, en señal de respeto. Cuando volvió a levantar el rostro, sus vibrantes ojos verdes buscaron los de Sigfried. —Sois bienvenidos en el Santuario, como ha sido hasta ahora.

—Será un honor pelear a vuestro lado—respondió el rubio, con la cortesía que siempre le caracterizó. Saga, quien había estado dando vueltas a la situación en su cabeza, esperaba que el dios guerrero fuera igual de cortés cuando sus caminos se cruzaran con los de Kanon, Julian y Atlantis.

—Entregadle esto a Athena y al Maestro. —La sacerdotisa le tendió una carta que ostentaba el sello del palacio de Asgard en su parte posterior. —Toda la información que hemos reunido, y de la que os hemos hablado, está ahí, descrita a detalle. Informadle también que, a partir de ahora, estaremos más atentos que nunca si llega ser necesario convocarnos. Por favor, no tengáis reparo en acudir a nosotros cuando nos necesitéis.

—No lo tendremos, y tampoco lo tengáis vosotros. —Mu le reafirmó. —Podemos estar aquí en un parpadeo.

—"Eso suponiendo que no terminemos del otro lado del pueblo." —Escuchó la voz de Saga en su cabeza y, al buscar su rostro, encontró una sonrisa divertida apenas visible en él.

El ariano tuvo que esforzarse en no soltar la carcajada ahí mismo y supo que Naia estaba en su misma posición por el modo en que bajo la cabeza después de aclararse la garganta con tanto disimulo como le fue posible. Sin embargo, cuando el santo reparó en las miradas interrogantes de Hilda y sus guerreros, atinó solamente a esbozar una sonrisa a modo de tapadera, que para su buena suerte, la princesa asgardiana compartió.

—Nuestro trabajo aquí está finalizado. —El gemelo sentenció. Dentro de él, sin que nadie lo supiera, una ansiedad paralizante hizo acto de presencia.

Ahora debían regresar al Santuario. Kanon estaría esperando ahí, Shion también. Lo sucedido con Naia tendría que permanecer como un secreto entre ambos, lo que tenían tendría que ser solamente suyo. Su intuición rara vez le fallaba y, en esa ocasión, pronosticaba problemas en el horizonte. Maldito fuera su cerebro que nunca le daba descanso, ni tampoco tendía a ser positivo.

—Sé que tenéis que iros pronto, pero esperamos que os quedéis a cenar esta noche. Os hemos preparado algo especial para la despedida.

—Aceptamos con gusto.

Mu no lo sabía con certeza, pero tenía la impresión que Naia y Saga estaban más que de acuerdo con él. Con el viaje a Asgard a punto de alcanzar su final, el Santuario y la realidad les esperaban con muchas sorpresas en el camino.

-X-

Había tenido cuidado de esperar a que Shura dejara Acuario atrás, para entrar él. Después de la comida, y de sus planes fallidos de quitarle hierro al asunto y animar a la cabra derrotada, otro tipo de pensamientos rondaban su cabeza.

Desde que había salido del comedor, había estado observando a Kanon a lo lejos y, finalmente, había decidido que era hora de intercambiar opiniones al respecto con Camus. Así que cuando perdió de vista a Shura escaleras arriba, entró.

—¿Camus? —gritó, justo antes de asomarse al salón, donde el francés permanecía tumbado, tranquilamente, en el sofá. Claro que, Milo hubiera jurado que su amigo del alma había fruncido el ceño al verlo.

—¿Qué? —Le espetó.

—Hola a ti también, Camus. —Pero la mirada seria del santo de Acuario, no se suavizó. El peliazul supo inmediatamente, que sucedía. Se revolvió un poco más la melena con los dedos, y finalmente se animó a hablar. —Oye, trataba de ayudar.

—Tienes una visión bastante peculiar acerca de lo que significa la palabra "ayuda". No era necesario que hicieras sentir mal a Shura, y menos aún delante de todos. —Milo frunció el ceño con disgusto.

—Solo trataba de quitarle hierro al asunto.

—Pues lo hiciste mal.

—Ya. —Suspiró y se dejó caer en el sillón frente a Camus. Cruzó las piernas, y dejó los pies sobre la mesilla, a pesar de la mirada fulminante del francés. —Como sea, la cabra pareció irse más relajada de aquí.

—¿Lo estás siguiendo?

—No, la verdad es que no. Pero necesitaba verte, y me di cuenta de que él estaba aquí. Consideré que era más sabio esperar a que se marchara.

—Bien hecho. —Sin darse cuenta, esta vez fue Camus quien suspiró lleno de alivio. No necesitaba que Milo hiciera más sangre a costa de Shura. —¿Entonces?

—Pues… —Se encogió de hombros, y entreabrió los labios, pero no encontró las palabras adecuadas para lo que tenía en mente. Pensativo, retiró los pies de la mesa, y posó los codos sobre sus rodillas, adoptando una expresión más seria. —Es posible que algo este sucediendo entre… —Pensó que nombres debía usar. Naia y Kanon. Naia y Saga. Kanon y Saga. Saga y Kanon. Ninguno le parecía apropiado, pero finalmente se decidió.— …los gemelos.

—¿El qué? —Camus alzó una ceja.

—Es que… —Tomó una bocanada de aire y se decidió.— Ayer estuve hablando con Kanon. Me sorprendió verlo al aire libre, desde que fue a Reina de la Muerte con Máscara, apenas se dejó ver. —Camus asintió, en parte dándole la razón, en parte animándole a seguir. —Así que fui, y estuvimos charlando un rato.

—Ya lo has dicho.

—La cuestión es que no sonaba al Kanon de los últimos meses. —"Más bien, al Kanon de hace muchos años", pensó. —Esta molesto, no se decirte exactamente por qué o con quién, pero terminó mencionando algunas cosas acerca de Saga.

—¿De Saga?

—Y de Naia. —Camus frunció el ceño de modo inmediato. —La dejó. No me preguntes por qué, no logró explicármelo de modo inteligente. —La expresión de sorpresa en el rostro del francés, fue imposible de ocultar. —La cuestión es que esta irritado porque se llevan mejor ahora, y porque Shion les envió juntos a Asgard. Parece ser que Kanon está seguro de que entre esos dos hay, o habrá, algo.

—¿Basándose en qué?

—Gestos. —Milo se encogió de hombros. —Situaciones… creo que le resultaba más sencillo cuando Saga la rehuía como la peste.

—¿Por qué me cuentas esto? Saga no es Shura, y si esos dos tienen algo, no creo que le guste la idea de que vayas esparciendo el chisme por ahí. Menos aún con Kanon de por medio…

—Lo sé. Lo sé. Le gusta el secretismo ese que llama intimidad con una hetaira, así que puedo imaginar lo que sucederá con culo bonito. —Camus esbozó una expresión de disgusto. Odiaba que la llamara así. —La cuestión es que Kanon… —Se encogió de hombros.— Me resultó mucho más frío de lo que hubiera esperado. Se refirió a Saga de un modo bastante… hostil, por decirlo de algún modo. Traté de hacerle ver que después de haberla dejado, no tiene nada que decir al respecto de lo que Naia haga o deje de hacer. Pero…

—No le gustó la idea, ¿no? —Milo asintió, dándole la razón.

—Exacto. Te lo cuento porque me da la impresión de que si Naia y Saga terminan juntos, y Kanon se entera, no reaccionará nada bien. Y no creo que eso le pase desapercibido al viejo…

—No hay nada que podamos hacer—murmuró Camus tras reflexionar unos segundos en ello. Milo no se equivocaba. Si algo malo sucedía entre ellos, y Shion se enteraba de que aquella estúpida norma de las amazonas y santos había sido ignorada para terminar en una catástrofe… Las cosas se pondrían feas. Una cosa era ignorar la ley y que todo se mantuviera en paz, otra muy distinta… eso.

—No, pero al menos podríamos estar atentos a la catástrofe, ¿no? No quisiera que ahora que hemos vuelto a la vida, los gemelos volvieran a repetir la misma historia. —Sonrió con tanto nerviosismo y poca confianza, que Camus supo de modo inmediato, que su preocupación no era infundada.

La buena relación de Saga y Kanon era frágil, como una recién nacida, y era algo a lo que ninguno de los dos estaba ya acostumbrado. Milo tenía razón, no tenían más opción que ser tan precavidos y discretos como les fuera posible.

-X-

¡¿Hola?! —Saga dio un respingo cuando la voz de Aioros resonó en su cabeza a un volumen más alto de lo que hubiera esperado. Eso, claro, suponiendo que hubiera esperado que el arquero lo hablara en algún punto.

¿Por qué gritas? —replicó.

¿Lo hago?

Si, claro que lo haces. —Aunque quizá, no lo hiciera tanto, y todo fuera consecuencia de la fiebre que tenía su cabeza totalmente destruida.

Mis disculpas.

No suenas nada sincero. —Lo escuchó reír en su mente, y supo que efectivamente, no hablaba en serio.

¿Te pillo en mal momento?

Espero para cenar…

Oh. ¿Cómo va todo por ahí?

Con frío. Hace un frío de mil demonios.

Estas en Asgard… a principios de Enero.

Me he dado cuenta.

¿Y tus simpáticos acompañantes?

Aquí.

Ya. —Después de eso, un largo silencio se apoderó de su improvisada conversación.

¿Qué?

¿Y Naia? —Saga rodó los ojos al escuchar la pregunta. Aquel era el único motivo por el que Aioros le hablaba, lo sabía.

Resfriada también.

¿También? —El peliazul se maldijo mentalmente. Dada aquella súbita afición de celestina que Aioros había desarrollado en las últimas fechas, le había dejado todo en bandeja con aquella respuesta.

Si… —Tosió un par de veces, y continuó.— Hace un frío horrible, pero es un sitio bonito para pasar unos días. Ayer estuvimos demasiado tiempo en la calle. —"Por decirlo de alguna manera", pensó. Una sonrisa pícara e involuntaria, se plasmó en su rostro.

Volver los dos con gripe, es una manera pésima de cuidarla. —Por un momento, su voz sonó severa, y Saga no supo como reaccionar ante el aparente regaño. —Y sospechosa. Muy sospechosa. —El peliazul frunció el ceño. Desechó su pensamiento anterior de la mente. No había nada de lo que preocuparse, Aioros estaba encontrando aquello terriblemente divertido al parecer.

Chismoso—espetó.

¡Oye!

Estamos en una misión importante, y lo que más te interesa saber es sobre Naia. —Ignoró la queja del arquero con maestría, y continuó con dramatismo. —¡Podíamos estar atrapados aquí a causa de una negociación complicada!

Asumo que no lo estáis. —Rió cuando lo escuchó gruñir. —Oh, vamos, eres la estrella de la negociación por lo que tengo entendido. —Eso, o un dictador escondido tras una fachada elegante. —No hay nada de que preocuparse al respecto. Pero…

¿Pero?

Careces de experiencia alguna en el ámbito sentimental.

Saga tuvo que admitirse a si mismo, que Aioros estaba en lo cierto. Quizá era por eso que cuando hablaban o chismoseaban de aquellos asuntos, eran los momentos en que el arquero se veía más relajado, confiado y presumido. En el resto, no tenía miedo a equivocarse cuando afirmaba que Aioros era un montón de complejos. Sonrió al darse cuenta de que una vez más, del modo más inesperado, resultaban complementarios al cien por cien.

Tengo mucha más experiencia que tú en esto, es justo que te aconseje para que no hagas ninguna estupidez.

Ya…

¿Ya? —Aunque la conversación fuera en broma, Aioros no esperaba que Saga le diera la razón tan rápido. —¿Qué significa eso?

Nada… —El geminiano sonrió. Si quería saber, le diría, pero le mantendría con un poco de intriga.

¿Saga?

¿Mmmm…?

¿Qué ha pasado?

Quizá tenga ciertas aventuras en la nieve que contarte al volver.

Después solo hubo silencio. Hasta que al fin, Aioros explotó.

¡Lo sabía! ¿Cómo…? —Aioros lo escuchó reír, y el mismo sonrió complacido. ¡Eran buenas noticias!

Tengo que irme, Hilda ha llegado.

Oye, no me dejes así. ¡Necesito saber!

Adiós, Aioros.

-Continuará…-

NdA:

Aioros: ¡Quiero saber!

Mu: ¡Yo sé!

Aioros: ¬¬'

Mu: :)

Aioros: ¡Es injusto, Saga! ¡Mu sabe antes que yo! ¡Soy tu... tu mejor amigo! ¡Tu hermano! ¡El único que te comprende!

Kanon: En otras palabras, eres un chismoso...

Aioros: O_o

Saga: Me duele la garganta...

Kanon: Si, si... como sea. Leed el capítulo, comentad algo y no olvidéis dar "Me gusta" al Face...

Milo: Shion aún no aprende a hacerlo T_T

Shion: Lo intento… ¬¬'

Camus: También teneis mi entrevista en DeviantArt.

Kanon: Brincamos todos de emoción. ¬¬'

Shura: Hay algunos tipos MUY afortunados por aquí… =_=

Camus: Kanon NO es uno de ellos. u_u

Santitos: … … … …

Saga: Cof. Cof. Nos vemos en el próximo capítulo. n_n'

Kanon: %&$%&$!