Capítulo 24: De vuelta a casa
El montón de papeles que tenía sobre su mesa apestaba a humedad. Lo que era todavía peor, estaban tan gastados que las letras prácticamente se habían borrado de ellos. Si continuaba intentado leerlos, Shura tenía la impresión de que se quedaría ciego más pronto que tarde. Así que se llevó las manos a la cabeza y enredó los dedos en su cabellera, lleno de frustración. Buscó a tientas el termo lleno de café que había llevado y bebió un pequeño sorbo, con la esperanza de que eso le despertara.
Desde que Saga se había marchado a Asgard, él había tenido que hacerse cargo de la cabaña de las amazonas, con todos los líos administrativos que eso conllevaba. Mientras más hacía el trabajo, más tenía la impresión que Shion los castigaba por algo que ni siquiera sabía.
—¡Shura! ¡Ya llegamos!
El repentino grito de Grulla sirvió para romper su rutina. A su lado, como la única persona que parecía controlar los excesos de energía de la pelirroja, Tatiana hizo acto de presencia.
El español levantó la mirada y saludó, más a modo de gruñido que de emoción. Eire, sin embargo, no se dio ni por enterada de los malos modos del santo. El problema no era con ella, sino al contrario; el problema eran todos esos papeles que nunca conseguiría poner en orden. Lo curioso era que, por muy tortuoso que fuera su trabajo, prefería eso a pasarse el día pensando en cierto francés y cierta doncella que acababa de romperle el corazón. Mejor ocupado, que solo con sus pensamientos.
—¿Cómo te va, Capricornio? —La rusa entró, silenciosa y elegante como un felino, y se dejó caer en la silla libre frente al escritorio de Shura.
—Creo que estoy perdiendo la razón. —La forma atropellada en que escupió la respuesta, hizo que Tatiana soltara una carcajada.
—Extrañando a Saga, ¿eh?
—Mucho. —Shura se desparramó sobre la mesa, pensando que cuando el gemelo regresara y notara que no había adelantado ni siquiera un poco del trabajo, no iba a estar contento. Además, ¡extrañaba reírse de su enamoramiento recién hallado! ¡Qué falta de vergüenza marcharse y dejarle así! —En serio, jamás pensé que hubiera semejante desastre en este lugar. Sois un puñado de amazonas, ¡¿cuánto más podría tomarnos poner vuestros documentos en orden?!
—Mucho, aparentemente.
—¡Pero te dije que ayudaríamos hoy! —Mientras Tatiana tomaba un buen tanto de papeles viejos, Eire prácticamente le saltó encima, deseosa de poner manos a la obra.
—Si, gracias—musitó. A veces, la energía de Eire le superaba por mucho. —Terminé con todos estos expedientes antes—apuntó a varias carpetas llenas de documentos—, y Arles nos mandó un nuevo archivero. ¿Podrías ordenarlos ahí, en orden alfabético, por favor?
—Claro. ¡Manos a la obra! —canturreó la joven amazona. Y tal como había dicho su boca, sus manos se esmeraron en hacer el trabajo que el moreno le había encargado.
Tatiana pareció relajarse al ver a su aprendiza enfocando su energía en algo de utilidad. Sin tener que preocuparse por ella, y protegida por su máscara, fijó su atención en Shura.
Lucía cansado, eso era cierto, pero aunque no le conocía muy bien todavía, podía ver que no se encontraba del todo bien. ¿Qué era aquello que veía en el español? ¿Tensión? ¿Preocupación? ¿Agobio? Se pensó un segundo si debía preguntarle. Habían compartido una buena cantidad de horas juntos en la cabaña, sin embargo no estaba segura de que eso bastara para hablar de temas "personales", como ella suponía de que se trataba todo eso.
También miró de reojo a Grullita, a sabiendas de que no podría discutir nada con ella ahí presente. La irlandesa había adquirido cierta adoración acosadora hacia los santos dorados, siendo Shura una de sus principales obsesiones. Sin duda sería imposible mantenerla al margen de la conversación.
Saga seguramente sabría de que se trataba todo eso, pero Saga no estaba ahí. Apretó los labios y tomó fuerzas. Entonces, se atrevió a preguntar.
—"Oye, ¿estás bien?" —habló directamente a su cabeza, usando su cosmoenergía. La irrupción en su mente hizo que Shura se respingase y buscase su rostro con la mirada. Por unos segundos, se mostró confundido, así que ella se animó a aclararle sus razones. —"Es mejor hablar así. Si Eire se entera de algo… bueno, ya sabes cómo se pone."
—"Si, si… tienes razón." —Lo vio recobrar la compostura y fingir que seguía atento a las hojas amarillentas que le ocupaban antes. —"Estoy bien, solo algo cansado"—añadió poco después.
—"Vale. No he querido entrometerme, es solo que te ves algo diferente, es todo."
—"He tenido algunos problemas."
—"¿Quieres hablar de ello?"
—"No, en realidad no." —Sopló su flequillo. —"Es un tanto patético hablar de ello aún. Pero gracias por preocuparte."
—"No hay problema."
El chico levantó la mirada por solo un segundo y le sonrió, esperando que ella captara aquel gesto de agradecimiento. Quiso pensar que tras el rostro de plata, ella le correspondió.
Pasando la pequeña interrupción, Shura se esforzó por volver al trabajo. Sin embargo, la pregunta de Tatiana había bastado para que su cabeza revoloteara por otros lados. De pronto, se encontró a si mismo envuelto en pensamientos que no involucraban papeleo. Miró a la amazona de nuevo, con una pregunta en la punta de los labios. No se atrevió a formularla, por lo que volvió a meter la cabeza en el trabajo. Sin poder concentrarse, miró a la amazona una vez más, y otra, unos segundos más tarde.
Como era de esperarse, a la amazona de Lince no le pasó desapercibido aquel insistente intercambio de miradas del español. Arrugó el entrecejo y se quedó mirándole. Al notar que él no se atrevería a decir nada, decidió insistir por su cuenta.
—"¿Qué pasa?"
—"No… nada… es que…" —La rusa no entendía por qué, pero los trastabilleos torpes de Shura tenían algo adorables implícitos en ellos.
—"¿Qué?"
—"¿Puedo preguntar algo?"
—"¿Vas a meterme en líos con la pregunta?"
—"Quizás."
—"Oh…" —Sonrió. —"Tanta sinceridad debe ser recompensada. ¿Qué quieres preguntar?"
Y antes de que cualquier palabra más llegara a ella, hubo un silencio profundo y sospechoso. Tenía la sensación de que Shura no había mentido al decirle que la pondría en aprietos con su cuestionamiento.
—"¿Shura? ¿Hola? ¿Vives?" —insistió, en un intento de quitarle hierro al asunto—. "¿Cambiaste de idea tan pronto?"
—"Si… digo, ¡no!" —Lo escuchó suspirar y le vio agachar la cabeza con pura resignación. Menos mal que él no podía verla a ella, divertida entre tanta torpeza y monería. —"Vivo, si. Cambié de opinión, no."
—"Vale. Entonces dispara, vaquero."
—"Es que…" —balbuceó—. "¿Crees que soy un buen tipo?"
—"¿Esa es la pregunta que va a meterme en aprietos?" —Él asintió. —"Es más sencillo de lo que creí. Pues si, en el tiempo que llevo de conocerte, creo que eres un buen tipo. Eres simpático, responsable, paciente, noble, sencillo, ligeramente atormentado por tu necesidad de aceptación, divertido y muchas cosas más. Quizás lo más elogiable es que eres un excelente amigo. ¿El ego dorado necesita más halagos?" —añadió juguetonamente.
—"No, bueno… si… eres amable conmigo. Pero…" —Entonces Tatiana reparó en las mejillas coloradas del español y supo que aquella pregunta no era tan fácil de responder como parecía. —"En realidad, quería saber, como chica que eres, si te parece que podría ser un buen tipo… en otro aspecto."
Silencio, de nuevo. Absoluto silencio y una máscara muerta que no permitía que el santo leyera ninguna sola señal en las expresiones de la mujer. Shura deseó haberse comido sus palabras.
Lo que no sabía era que el rostro de la amazona no ocultaba la sorpresa que la pregunta le había causado. No era que no deseara responderle, sino que en verdad no sabía como hacerlo. Ella, amazona dedicada en cuerpo y mente a Athena, no tenía la menor idea de cómo una chica debía contestar a semejante cuestionamiento. Ahora comprendía los riesgos de los que el español le había advertido, pero no comprendía exactamente el por qué, de todas las personas, ella había sido el conejillo de indias.
—"No tienes que responder. Fue una estupidez preguntar desde el principio." —Lo oyó decir, solo para caer en cuenta que había tomado demasiado tiempo en decir cualquier cosa.
—"No es lo que piensas"—dijo al fin—. "Es sólo que no estoy segura de poder responderte del modo en que quisieras."
Shura la miró de reojo, con la angustia tatuada en los ojos. Tatiana supo que aquello había sonado horrible. Para sus adentros, maldijo. Pocas veces se quedaba sin una opinión decente, o al menos, sin las palabras para expresarla.
—"Lo que quiero decir es que no podría darte una respuesta exacta, pues dudo mucho que una chica vea las cosas del mismo que una amazona"—decidió decantarse por la sinceridad. —"Pero si de algo te sirve mi respuesta, creo que eres una de las pocas personas que conozco con las que valdría la pena intentar cualquier cosa… Por supuesto, voy a asumir que no soy yo con quien deseas aspirar a algo." —Entrecerró los ojos.
—"No." —La respuesta le salió tan rápida y espontánea, que solo hasta reparar en ella, Shura temió haber sido grosero. —"¡No es que no seas una mujer deseable, o que no fueras interesante! Por supuesto que aprovecharía una oportunidad contigo…"—musitó, solo para caer en cuenta de un nuevo error. —"¡Tampoco creas que te estoy acosando! ... Esto está saliendo horrible." —Se rindió al final, dejando caer la cabeza sobre el escritorio, ocasionando una risa atropellada por parte de la amazona, así como el consecuente escrutinio de Eire.
—Eh, ¿qué pasa con vosotros dos? ¿Estáis bien? —Les preguntó la pelirroja. El hecho de que ambos asintieran torpe e insistentemente le resultó sospechoso. —¿Seguros?
—Pierde cuidado. Shura solo desea matar su frustración dando cabezazos sobre la mesa—añadió Tatiana, más divertida de lo que fuera a admitir. —Mala idea, Capricornio. Mala idea. —Pasó la hoja que leía y centró la mirada en el trabajo que tenía pendiente. —Esa linda cara tuya pierde encanto cuando estás disgustado, o nervioso de más. Probablemente nadie te lo ha dicho antes, pero deberías recordarlo a partir de ahora.
Con la cabeza todavía recostada sobre la mesa, el español solo alcanzó a mirarla de reojo. Mágicamente, las comisuras de sus labios se curvaron, mientras una tímida sonrisa iluminaba su rostro.
Al verlo, Tatiana sonrió también.
-X-
Una sonrisa diminuta y tenue se dibujó en los labios de Saga conforme el salón del trono comenzó a definirse a su alrededor. El frío desolador de Asgard desapareció lentamente y su piel se reconfortó con la tibieza del clima de Grecia. El Templo Papal olía a casa, con su esencia de incienso y el aroma a frescura del mármol. El aceite dulce de las teas jamás le pareció tan vívido y acogedor, así como tampoco aquel salón le resultó tan agradable.
El gemelo volteó hacia Mu, buscando su mirada, tan abstraída como la suya. Adivinó que, al igual que ellos y detrás de la máscara, Naia estaría entre confusa y maravillada; la teletransportación traía aquel extraño efecto. Además, había sido un viaje intenso… más de lo que se hubiera atrevido a imaginar, mil veces más emocional de lo que hubiera pensado. Pero había terminado y ahora debían volver a la realidad, donde las pruebas más complicadas esperaban por ellos.
Su vista regresó al frente, cuando reparó en todo el movimiento alrededor del trono. Vio al guardia real, envestido en su túnica blanca y coronado con el yelmo de plata, abandonar el salón y no tuvo problema en adivinar en pos de quien iba.
—Os esperábamos. —Shion se puso en pie y fue a su encuentro.
—Llegamos a tiempo—Saga respondió—. Es una enorme ventaja que hayamos aparecido aquí, y no en el Coliseo. —Miró de reojo a Mu, quien captando la indirecta, sonrió tímidamente. —Hubiéramos tardado más en llegar hasta aquí arriba.
—¿Sucede algo? —Shion miró de uno a otro santo, sin saber muy bien que pasaba entre ambos. Si tenía que decirlo, a pesar del tono nasal de su voz, Saga lucía de mucho mejor humor respecto a como se había marchado.
—Nada. Cosas nuestras. —El gemelo alcanzó a escuchar la risilla atropellada de Naia.
—Vale. —Asintió el lemuriano. —Ya veo que el invierno en Asgard ha cobrado una víctima.
—Oh. Si. —Rascándose la nariz, el peliazul pensó en que en realidad habían "dos" víctimas de la nieve. Pero, por el momento, era mejor que no supiera nada de eso. Aparentemente, Mu pensó lo mismo, por el modo en que se esforzó en guardarse la sonrisa cómplice que amenazó con aparecer en su rostro. —Solo es un resfriado.
—Eso espero. —Shion miró de soslayo hacia la entrada que guiaba a los privados de Athena. Su mirada había sido fugaz, pero lo suficientemente insistente como para que el santo de Géminis confirmara sus sospechas: el Maestro esperaba por la princesa. —Contadme, ¿qué os ha parecido Asgard?
—Mágico—dijo Mu.
—Hermoso—complementó la amazona.
—Gélido.
Sin proponérselo, la atropellada respuesta de Saga robó sonrisas en el salón. Shion meneó la cabeza, sorprendido por la cambiante actitud del gemelo. En el fondo, se sintió tranquilo de que los ánimos no fueran oscuros. Pensó en algo agudo que responder pero en ese momento, antes de que pudiera decir cualquier cosa, las pesadas cortinas escarlata que resguardaban la salida hacia la estatua, se revolvieron, y la gallarda silueta de Arles anunció la llegada de la diosa.
Saori, ataviada en su largo peplo blanco apareció; tímida como siempre, pero con aquella sonrisa suya, tan discreta como radiante, que era capaz de iluminar la habitación entera. Saludó con una reverencia, que los dos santos dorados y la amazona correspondieron, y después tomó asiento en el trono, justo como el protocolo dictaba que debía hacer.
—Os veis bien—murmuró—. Me alegra infinitamente que volvierais con bien. ¿Cómo os ha ido en el viaje?
—Shion contaba las bajas a causa de nieve. —Mu le dijo, sacándole una risa armoniosa. —Sin embargo, todo ha ido conforme al plan, princesa. Hilda y todo Asgard nos han recibido y tratado exquisitamente. Os envían sus saludos y respetos, Athena. —Complacida, ella asintió.
—Entonces, toda ha ido con bien.
—Balmunga y los ropajes sagrados han sido reparados sin contratiempos. Crédito a Naia y a Mu por ello. —Saga se apresuró a contestar. A su lado, el pelilila se mantuvo en silencio, dudando que se animara a continuar con el resto de la historia. Tal como imaginó, no lo hizo. Sin embargo, al echar un vistazo hacia el Maestro, el ariano supo que Shion estaba plenamente consciente de dicha situación.
—¿No hubo contratiempos?
—Ninguno, Maestro. El daño de las armaduras era considerable, pero las hemos reparado sin problemas. —Y así había sido. —Me parece que han quedado satisfechos y muy agradecidos con nuestro trabajo.
Saori miró a su Patriarca y también a Arles. Nunca había dudado de sus consejos, pero veía con sumo agrado como todo había resultado como ellos esperaban. Por supuesto, también confiaba en Hilda y en la fidelidad con que honraría su alianza. No tenía la menor preocupación de que sus intentos de acercar ambas Órdenes terminarían siendo un éxito.
Aquel viaje había sido un primer gran paso. Todo había salido como lo habían planeado; con un poco de suerte, incluso mejor.
—¿Cómo te sentiste ahí? —Cuando la pregunta fue dirigida a ella, Naia se sobresaltó. Tomó un par de segundos para que reaccionara, pues lo último que esperaba era a Shion poniendo especial interés en ella.
—Fue… inesperadamente bien. Las horas de práctica en Aries han valido la pena—respondió con cierta timidez. Cierto era que, por primera vez en catorce años, había vuelto a ser la amazona de Caelum.
—Estoy seguro de que hiciste un buen trabajo. Todos lo habéis hecho. —Shion complementó.
—Necesitáis un descanso, os lo merecéis. Seguramente han sido días intensos. —La voz de Arles se hizo escuchar. —Si no hay nada más que reportar, quizás sea buena idea que os marchéis a casa. No queremos más víctimas de la gripe.
Ante la obvia mención, Saga miró al santo de plata con fastidio. Estuvo a punto de replicar que solamente se trataba de un ligero resfrío, pero no lo hizo. Asumió que Arles simplemente seguiría insistiendo y no iba a escucharlo. En el fondo, le daba igual. Gripe, resfriado o pulmonía, había valido la pena. Mucho.
—Os tomaremos la palabra y nos marcharemos, si no necesitáis nada más—comentó, en vez de cualquier queja.
—Adelante. Tomad unas horas para relajaros.
—Perfecto. ¿Venís? —preguntó el gemelo a sus dos compañeros. Mu quizás preferiría usar la teletransportación para volver a Aries. Si no se equivocaba, conseguiría pasar unos minutos extras a solas con Naiara.
—Os llevo—dijo el lemuriano. —Después iré a Aries, quiero echar un vistazo a Kiki.
—Ve, si quieres. Yo llevo a Naia.
Por un segundo pensó que saldría por la suya, sin embargo, justo cuando Mu estaba a punto de aceptar, el otro lemuriano en el salón se le adelantó y le arruinó los planes. Estaba más que claro que su suerte nunca, nunca, le permitiría hacer nada sin contratiempos. A esas alturas de su vida, ya debería de saberlo.
—¿Saga? —Al oír el llamado de Shion, se detuvo y volteó. —¿Tienes un minuto?
La pregunta levantó más cejas ajenas que las involucradas. Para el geminiano, no fue en lo absoluto sorpresivo. Shion no iba a tragarse el cuento de que no habían más noticias que esas.
—Vale—respondió tras unos segundos de silencio. Sopló sus flequillos, pensando en que no tenía alternativa. —Os veré después. —Giró sobre sus talones, para irse con Shion..
—Por supuesto, pierde cuidado. Yo me haré cargo de Naiara. —Mu le respondió, aunque el lemuriano estaba seguro de que no sería tras él a donde iría cuando Shion por fin le dejara libre. —Vamos—dijo al fin, a la amazona.
Naia asintió mientras se preparaba para marcharse. Dirigió una última mirada al santo de Géminis, esperando que él adivinara la sonrisa detrás de su máscara. Por la forma en que Saga le miró, supo que lo había comprendido. Después de eso, mientras santo y Patriarca marchaban en camino contrario, se marchó de ahí en compañía de Mu.
-X-
Entró al despacho, tras los pasos de Shion. Como siempre que estaba ahí, sus ojos rebuscaban en cada rincón de la oficina. Tenía aquella extraña manía, que a pesar del tiempo nunca había perdido. Después, se sentó en la butaca que amenazaba con matarlo algún día. No recordaba cuantas veces le había dicho al lemuriano que la cambiara, pero este nunca había accedido. A partir de su renuencia, Saga había comenzado a sospechar que la silla asesina era parte de las artimañas del viejo para causar histeria a sus santos interrogados. Era parte importante de los artilugios de tortura.
Suspiró al no caerse y trató de relajarse lo más posible, dado la situación. Shion no iba a someterlo a un interrogatorio sin salida y, aún si lo hiciera, no iba a preguntarle de ese tema en particular, del que no pensaba hablar bajo ningún término. Ya le tocaría contestar a los cientos de cuestionamientos chismosos de Aioros, más tarde.
—Pensaba volver después—dijo, completamente consciente de que esa conversación se llevaría a cabo de cualquier modo—. Supongo que es mejor hablar ahora mismo.
—Lo es. —Shion se sentó, recostando la espalda en el respaldo. Cruzó las manos sobre su regazo y esperó con paciencia por las explicaciones pendientes de su santo de Géminis.
—No voy a mentirte, hay algún par de noticias más, muy importantes. Tampoco sé si estarás completamente de acuerdo conmigo, pero estoy satisfecho con la decisión que tomé y con lo que conseguí. Si deseas cambiar cualquier cosa, entonces estarás en tu derecho de hacerlo. —La mirada de Shion parecía penetrar hasta lo más profundo de su mente, pero el gemelo no se sentía intimidado con ello. Podía ser un enorme fracaso en muchas cosas, pero no como guerrero, ni político, ni estratega. —Asgard ha reforzado su alianza con nosotros, de modos más determinantes que una carta y una invitación a sus tierras. —El gracioso modo en que la cara de Shion expresó su fastidio por la fanfarronería le hizo sonreír. A veces podía ser un maldito engreído y eso le encantaba. —Les he pedido que, considerando todo lo que ha sucedido, tanto ahí como aquí, pensaran en la posibilidad de dejarnos liderar una futura guerra. Somos los indicados para tomar el mando sobre nuestras tropas y las de ellos también. Siendo sincero, pensé que no aceptarían, o que tardarían mucho más tiempo en darme un respuesta, pero ha sido increíblemente rápido y directo. —Ensanchó su sonrisa y sus ojos brillaron con orgullo. —Han aceptado.
Miró, regocijado consigo mismo, la forma en que los lunares de Shion se levantaron con asombro. En definitiva, el viejo lemuriano no veía venir aquella noticia. Y no se equivocaba.
Para el Patriarca, las noticias trajeron una sensación agridulce. Por un lado, el hecho de que no se había equivocado en enviar a Saga le llenaba de orgullo, como un padre que se regodea en los éxitos de su descendencia. Solo Saga hubiera tomado la oportunidad adecuada de sellar una alianza así, una alianza que, por cierto, le quitaba un enorme peso de encima. Necesitaría más detalles, pero si Hilda y los dioses guerreros había acordado semejante trato, quedaba muy claro que sus intenciones eran pelear junto a la Orden de Athena hasta el final.
Pero, por el otro lado, estaban las razones que habían apresurado dicha decisión. No estaba seguro de que Asgard hubiera decidido tomar algo así a la ligera. Si lo habían hecho, era porque las circunstancias habían empujado a ello y porque, quizás, esperaban algo mucho más grande al final del bélico camino.
—Estoy sorprendido. Gratamente sorprendido—aclaró.
—Y preocupado. —No había modo de que Shion no lo estuviera. Él mismo, en un rincón oculto de su cabeza, lo estaba. —El instinto de Hilda le dice que hay mucho más de lo que vemos ahora. Por eso es que no ha querido dejar pasar la oportunidad.
—Son guerreros, son orgullosos como debe ser, si han cedido es porque temen a lo que viene. —Suspiró. —Es una buena noticia, pero las implicaciones son…
—Nada buenas. De cualquier modo, es mejor tenerlos a ellos que luchar solos en esto. —Encogió los hombros.
—¿Han condicionado su participación de algún modo?
—Condicionar no es la palabra. —El gemelo negó. —Han pedido tener representación en las decisiones que se tomen, aunque últimamente, las decisiones será nuestras. Creo que Hilda lo ha hecho con el fin de apaciguar los ánimos y para no hacer sentir a sus guerreros que les ha entregado. Me resulta una decisión prudente y adecuada. ¿No lo piensas así?
—Siempre podemos aprovechar la diversidad de ideas. Hilda hizo lo correcto.
Mientras tanto, Saga asintió. Extendió el brazo y tomó un bolígrafo, junto con un trozo de papel. Por algunos segundos, se entretuvo dibujando garabatos, solo para recordar el por qué era Kanon quien había nacido con el talento para el dibujo. De vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia Shion, como si aquellos breves pestañeos fuera capaz de encontrar los secretos que ocultaba en su mente.
Por fin, con un suspiro, devolvió las cosas al escritorio y se acomodó de nueva cuenta, dejando que el crujido de su asiento volviera a ponerle la piel de gallina. Después esperó… esperó porque el Patriarca se atreviera a compartir cualquier pensamiento con él, lo cual no sucedió.
—No creo que tengan la menor idea de lo que se viene, al menos no con detalle. Saben que es malo, igual que lo sabemos nosotros. Pero, si me preguntas, no creo que estén ocultando nada. —Se animó a decir, tras un rato de silencio.
—Y estoy de acuerdo contigo. —Shion asintió. —Lo que me preocupa, es que tan preocupados tienen que estar para haber accedido a nuestras peticiones de ese modo.
—Te lo repito: ya sabemos que es algo malo.
—Lo sé, lo sé.
—Oye… —Saga se sopló el flequillo. Si algo le asustaba más que la silla asesina, era leer tanta consternación en el rostro del lemuriano. Los malditos lunares tenía un modo tétrico de maximizar cada expresión. —Ya sabes que no soy el epítome de lo positivo, pero si yo digo que al menos esto es un gran paso y un gran apoyo en caso de que cualquier cosa suceda, deberías estar medianamente contento.
Se sintió satisfecho cuando una sonrisa pequeñita apareció en los labios del peliverde y el brillo en sus ojos amatista volvió a su mirada. Algo de lo que había dicho había servido al menos como un pasajero consuelo.
—Me aseguraré de mantener ese trato vigente. Si llego a necesitarte, a necesitaros, a cualquiera de vosotros, os lo haré saber. Por lo pronto, ve a descansar. Haz hecho un gran trabajo, Saga. —Una sonrisa presuntuosa y llena de satisfacción iluminó el rostro del gemelo. Viniendo de Shion, la simple felicitación sabía a gloria. —Enviarte a Asgard fue la mejor decisión que pude haber tomado.
—Ha sido un buen trabajo en equipo. —El geminiano se puso de pie y caminó en dirección a la puerta. Sin que pudiera evitarlo, un serie de estornudos hizo acto de aparición, seguidos del consecuente ahogamiento a causa de ellos.
—Si. Gran equipo. —El lemuriano le miró con travesura. —Y no olvides visitar a Eudora antes de irte a casa. No puedo permitirme dos santos resfriados. Suficiente tengo con Camus, y no creo que tu puedas llevar la gripe tan bien como él—añadió.
Las cejas de Saga se curvaron y su rostro adoptó una graciosa expresión que, en su momento, Shion no supo interpretar. Esperó por una respuesta más lista que su comentario, más nunca escuchó una palabra de él. A pesar de su silencio, lo dejó ir. Seguramente, la falta de respuesta aguda se trataba de cansancio.
Curiosamente, aunque no podía presumirle al lemuriano, Saga sabía que había llevado magníficamente aquella enfermedad. Asgard podía dar prueba de ello… al igual que Naiara.
-X-
Aioros asomó en el Tercer Templo tímidamente. Rebuscó con su cosmos por algún rastro de sus inquilinos y, con alivio, descubrió que solamente Saga estaba en casa. Caminó a toda velocidad hasta el dormitorio del peliazul, ansioso por saber más de aquella historia que comenzaba y de la que Saga no había querido contar más que unas pequeñas pistas inútiles. ¡Qué crueldad!
Empujó la puerta del dormitorio, que estaba semiabierta, y entró. Cuando reparó en que Saga estaba en la cama, se quedó quieto y frunció el ceño. ¡En la cama! ¡Y él ahí, en ascuas! Sin embargo, el ritmo pausado de su respiración, le hizo caer en la cuenta de que estaba dormido. Alzó las cejas, lleno de curiosidad, y se acercó con sigilo hasta la cama. Estaba sin deshacer, y pareciera que Saga simplemente se había desparramado sobre ella, y a duras penas se había tapado con la manta. Ahí estaba, inmóvil y boca abajo, con el rostro oculto tras la cascada azul que era su melena.
Se agachó hasta quedar a su altura, y ladeó el rostro. Una sonrisa maquiavélica se dibujo en sus labios y, entonces, tiró de la manta sin compasión.
—¡¿Qué…?! —Aioros estaba seguro que todos los sonidos ininteligibles que abandonaron la garganta del geminiano, hubieran hecho que Arles montara en cólera. Él, simplemente, estalló en carcajadas. —¿Qué haces ahí?
—Quiero noticias. —Lo hizo a un lado de un empujón, y se sentó en la cama, con los brazos cruzados.
Saga frunció el ceño ante aquella inesperada intromisión en su espacio personal, y probablemente, si la gripe no tuviera dominado su cerebro, hubiera tenido una reacción mucho más rápida. Lástima. Refunfuñó durante unos segundos más, mientras se peinaba la melena con los dedos y trataba de devolver la manta a su sitio.
—¿Qué demonios haces vestido en la cama?
—Tengo gripe—masculló. Aioros alzó las cejas una vez más, hasta que una sonrisilla amenazó con volver a sus labios. —¿Qué demonios haces tú en mi cama? ¿Cómo y por qué hemos llegado a esto, Arquero?
—Pues… Es culpa tuya. —Saga lo miró con toda la seriedad que pudo reunir, pero no fue suficiente.
—¿Mía?
—¡Debiste parar en Sagitario antes de venir!
—Oye…—frunció el ceño, fingiéndose ofendido—. Tuve que dar un montón de explicaciones a Shion, tengo fiebre, sobredosis de mocos y una tos odiosa. —Sin darse cuenta, se rascó el vendaje de la muñeca izquierda. Cuándo visitó a Eudora unas horas antes, la sanadora no solamente le había dado un montón de remedios para su gripe, sino que además había insistido en coser los dichosos cortes de las muñecas apropiadamente. Ahora dolía, y picaba.— Y esto no ayuda a mi fama de suicida. —Alzó las manos y las movió frente a Aioros, mostrándole los vendajes.
—Realmente te sangraron…—dijo con cierta incredulidad. Tampoco le dio demasiada importancia. Saga solamente se quejaba para desviar la atención. Lo sabía. Siempre que se ponía así de melodramático era por eso. —Cómo sea. Te deseo una pronta recuperación. —Palmeó su cabeza, divertido. —Ahora, lo realmente importante. Quiero detalles. Escúpelos.
Saga se sopló el flequillo, y guardó silencio por unos segundos. Recapacitó acerca de la situación en que se encontraba, y se vio así mismo, sentado en la cama con Aioros, compartiendo asuntos sentimentales de los que no tenía la menor idea de cómo hablar, y de pronto se sintió como en una mala comedia de la tele.
Suspiró resignado. No había remedio.
Eso formaba parte de la nueva vida que debía aprender a vivir, suponía. Socializar con los demás, hacer esas cosas que los amigos normalmente hacen cuando se tienen vidas normales: hablar de cosas personales e incluso ridículas, y no solo de guerras, muerte y destrucción. Lástima. Eso se le daba realmente bien. Estaba seguro de ser un completo patán para lo demás.
—¿Qué quieres saber?
—¡Todo!
—No se cómo… —Se encogió de hombros. —¿Cómo se supone que se hace esto?
—Abres lo labios, y tus cuerdas vocales producen sonidos que se llaman palabras.
—Ja, ja, ja. Muy gracioso.
—Vamos, inténtalo. —Lo cierto era, que Saga no había empezado con lo realmente importante y ya le estaba resultando extremadamente divertido. Era lo que sucedía cuando se lograba sacar a Saga de su espacio de seguridad. —¿Cómo fue?
—Pues… —Se encogió de hombros. —Simplemente pasó.
—¿Qué pasó? —De no ser porque había escuchado infinitas cosas acerca de la relación de Saga con el género femenino, hubiera confundido el sonrojo de sus mejillas, provocado por el resfriado… con rubor. Una minúscula sonrisa pícara adornó los labios del peliazul.
—Estuvimos jugando en la nieve.
—Qué idílico. —La sonrisa de Saga se ensanchó, y Aioros entendió, tarde, a que se refería con la palabra "jugando—. Oh. —El gemelo se echó a reír y el castaño rodó los ojos.— ¿Así sin más? ¿Aquí te pillo, aquí te mato?
—No. No exactamente—matizó—. Creo que… ella simplemente sabía.
—¡Claro que sabía! —Golpeó su nuca sin piedad. —¿Cómo no iba a hacerlo? —Saga se encogió de hombros con cierta timidez. —Tienes la cabeza llena de pájaros. El que no sabe nada, eres tú.
—¡Oye!
—¿Qué? ¡Te dije que era claro como el agua! —De pronto, entrecerró los ojos.— Y conociéndola a ella, es fácil de saber. Pero tú… ¡Ah! ¡La inexperiencia del Señor Obvio es reconfortante!
—Idiota. —Devolvió el golpe, pero inmediatamente los puntos de sus muñecas se quejaron. Gruñó y se arrebujó bajo la manta.
—¿Debo asumir que ella también padecerá una oportuna gripe?
—Asumes bien. Es lo que tiene el polo norte en enero.
—Un momento… —De pronto, su rostro se tiñó de una seriedad inesperada para Saga. Éste, ladeó la cara en busca de respuestas. —Has dicho… ¿En la nieve? —El peliazul asintió. —¿En? ¿"En", considerando la nieve como ubicación general dado el clima de Asgard, o "en" de… "en la nieve literalmente"?
—Literalmente.
—¡¿Cómo demonios?! —Su cara de incredulidad debió ser tal, que Saga estalló en carcajadas.
—Toda una experiencia. Si tienes una sexualidad aventurera, te lo recomiendo.
—¿Qué? —El espantó sustituyó a la incredulidad, y Saga continuó riendo hasta que un ataque de tos lo silencio. —No me gustan… —Aioros hizo una pausa, pensando cómo seguir sin ser demasiado revelador acerca de su escasa experiencia—. …las cosas frías.
—Vale. —Carraspeó. Tratando de aliviar el picor de su garganta. —Solo era una sugerencia. —Una que solo buscaba divertirse un poco a costa del arquero. Así eran las cosas, si Aioros se iba a divertir a costa de su inutilidad sentimental, él haría lo propio.
—Nos estamos desviando de lo importante.
—Si.
—¿Si? —Lo miró de soslayo, tratando de adivinar cómo de seria era aquella respuesta. —¿Hablasteis al respecto? —Saga asintió. —¿Y…?
Lo observó fijamente. Deseando que la respuesta fuera la que esperaba, y no algo del tipo de "nos divertimos, y ya". Saga se humedeció los labios, y agachó la mirada sutilmente. Se pasó los dedos por la melena una vez más, y tomó aire. Aioros sonrió internamente, aliviado. Tanto nerviosismo solo podía indicar algo positivo.
—Pues… —Se encogió de hombros una vez más. —Supongo que puede decirse que estamos juntos como pareja convencional. —Y eso le sonó tan raro, que arrugó el ceño sin darse cuenta siquiera.
—¿Supones? ¿O lo sabes?
—Lo sé—murmuró tan bajito, y de un modo tan cómico, que el repentino sonrojo de sus mejillas no podía deberse solamente a la fiebre. A Aioros le resultó tan adorable, que le resultó difícil contener la emoción.
—¿Y ahora?
—Pues ahora… —Se sopló el flequillo y se sobó la nariz. —A tener cuidado. —El arquero pareció dispuesto a decir algo, pero antes de que pudiera continuar, Saga se apresuró a aclarar sus palabras. —Se que, teóricamente, nadie tiene porqué decir nada, ni quejarse.
—Kanon.
—Pero es un posibilidad altamente factible. ¿Qué puede suceder? Yo qué se. Es impredecible. Lo mismo no le importa en absoluto, como se molesta enormemente. Y si se enfada, me preocupan las consecuencias. Kanon nunca ha sido de discutir las cosas tranquilamente y en privado. Le gusta el espectáculo y tener público. Eso es algo que no podemos permitirnos.
—Si me preguntas, creo que Shion sabe acerca de mi y de Deltha, o de Aioria y Marin. No hizo nada.
—¿Crees? —rió—. Lo sabe, por supuesto que lo sabe. Y no tiene mayor importancia, en realidad. La norma es un poco absurda en su mayor parte. Pero si hay problemas a costa de alguna relación "clandestina", que técnicamente está prohibida, lo sabrá y no hará la vista gorda.
—Entonces tocará ser discretos—dijo—. Esperemos que Kanon no sea tan observador como parece.
—Esperemos que no… —Si era tan obvio como le estaban haciendo creer, entonces lo sabría desde hacía semanas.
—Si, si. Si lo fuera, no le sorprendería. Esto es algo que debió pasar desde que teníais once años. Naia y tú… —Saga alzó una ceja—. Y con "esto", no me refiero a la nieve. Obviamente.
-X-
Deltha hubiera jurado que Naia la miraba insistentemente sobre la taza de chocolate caliente que tenía entre sus manos. De cuando en cuando, la veía de soslayo, pero entonces, la amazona de Caelum retiraba la mirada con cierto nerviosismo.
No habían hablado mucho acerca de Asgard, simplemente sabía que las cosas habían ido bien, y que en lo referente a la misión en si, Naia había vuelto especialmente contenta. No había querido preguntar más, y eso, dada la situación, había sido una tarea casi titánica. Moría de la curiosidad, pero era de sobra consciente de que pisaban terreno pantanoso. Consideraba que Saga era la persona adecuada para su hermana, pero su relación con el gemelo, y el modo en que le veía… no había cambiado mucho desde que había llegado. Podía preferirlo a Kanon, sin duda, pero no significaba que estuviera del todo cómoda con él. Por eso no se atrevía a preguntar. Si Naia creía que podía confiarle algo así sin ningún peligro, lo haría cuando lo considerase apropiado.
—Es posible que… —Deltha alzó el rostro, buscando los ojos violetas de la morena. Su voz sonaba ligeramente nasal, y no era de extrañar con el resfriado que traía.
—¿Si? ¿Necesitas algo? ¿Te sientes bien? —Sospechaba que las palabras de Naia no iban por ahí, pero no pudo evitar preguntarlo. ¡Demonios! ¡Estaba ansiosa!
—Estoy bien, si. —Asintió. —Es que… —Esta vez, Deltha no interrumpió. Esperó pacientemente, todo lo que fue posible, porque Naia terminara la frase que había empezado dos veces. —Hay algo importante que debo decirte.
—Oh. ¿El qué? —Una creciente emoción anidó en su pecho.
—Pues… —Sus ojos se concentraron en la cuchara mientras daba vueltas en la taza. Se mordió el labio inferior, e inmediatamente después, tomó una gran bocanada de aire.— Es posible que Saga y yo tuviéramos un encuentro poco inocente en Asgard.
Pronunció cada palabra tan bajo y tan rápido, que si Deltha no hubiera esperado algo así, no hubiera entendido nada de lo que dijo.
—¿Qué? —Eso no significaba que no quisiera oírlo mejor.
—¡Eso! —El rostro de Naia se coloreó de un intenso rosa, y casi de modo inmediato se escondió tras sus manos.
—¿Te…? —Pensó bien como seguir. —¿Te tiraste a Saga? —Naia la vio a través de sus dedos, con temor acerca de lo que la otra tuviera que decir al respecto, y muriendo de nervios ante la inesperada calma con la que pronunció cada palabra. Asintió apenas perceptiblemente, y volvió a esconderse. —¡Pero no te devoró! ¡No puede ser cierto! ¡Entonces la leyenda sería falsa!
Naia bajó las manos lentamente. Pestañeó despacio, viendo fijamente a su amiga, sin tener la menor idea de qué decir. Porque lo cierto era, ¡qué no comprendía nada!
—¿Qué…? —atinó a murmurar.— ¿Es todo lo que tienes que decir? —Al final, Deltha terminó riendo con ganas. Acercó la silla a la de ella, y pasó su brazo sobre los hombros de la morena.
—¡Tardaste tanto en decírmelo!
—Es que… —La aterraba hacerlo. Mucho. Esto era distinto. No se sentía como un juego, se sentía real. Y como real que era, quería que funcionara. Para ello, necesitaba que Deltha lo comprendiera.
—Está bien. —La atrajo hacia si, hasta que su cabeza reposó sobre la suya. —¡Es tan gracioso verte así de abochornada! —Naia dibujó un mohín de disgusto, y Deltha rió de nuevo, contagiándole la risa finalmente.
—Boba. ¡Estaba muerta de miedo!
—¿Y cómo fue? —La tomó de las manos, tratando de evitar que Naia huyera a ninguna lado.
—¿Realmente quieres saber?
—Quiero. —Quería, porque la confirmación de aquella historia, no se sentía tan mal. Y, ¡por qué no! Eran amigas, hermanas. ¡Tenía derecho a saber esos detalles! —Todo.
—Pervertida.
—Si. —Naia se echó a reír ante la sinceridad, y ella ensanchó su sonrisa. —¡Vamos!
—Fue una interesante casualidad que Shion decidiera sustituir a Camus con Saga, pero la verdad… —Se encogió de hombros. —Estaba como pez en el agua en medio de tanta negociación e intriga.
—Eso no es interesante. —Golpeó suavemente su brazo, tratando de que contará algo más.
—Ya va, ya va. La cuestión es que tras todas esas charlas, sobre nuestro preocupante futuro, no creí que se acercara demasiado. Me equivoqué. —Se encogió de hombros.—Desde que se salimos de aquí, se mostro más dulce, más relajado… más sonriente. Más él. —Sonrió. —Estuvimos jugando en la nieve. ¿Recuerdas las peleas de arena en la playa cuando éramos chicos? —Deltha asintió. —Así. Solo que con un final bastante más… interesante.
—¿Ahí fuera? —Naia asintió y la expresión pícara en el rostro de Deltha creció.
—Y fue bueno, Deltha. Realmente bueno.
—Tengo que hacerlo.
—¿El qué?
—¿Comparativa con Kanon? —Naia rodó los ojos.
—Muy diferentes. Mucho. Y eso no me sorprende, son opuestos en todo.
—¿Cómo demonios no os congelasteis el culo ahí fuera?
—Cosmos.
—Oh. —Pensó acerca de ello, y sin querer, imaginó la escena.—Lo apuntaré en mi lista de cosas perversas por hacer. Aunque no se si Aioros…
—Buena suerte. —Revolvió la ya desordenada corta melena de Deltha, y continuó.— Pero deberías.
—Debo asumir, entonces, que dado lo emocionada que te ves… —Naia se sonrojó de nuevo.— Esto no es una estupidez como la de Kanon, ¿verdad? —Sabía que a Naia no le gustaba que hablara así acerca de aquel asunto, así que se apresuró a continuar. —Me refiero a que nada de "follamigos", ni idioteces de esas.
—No, no lo es. —Una sonrisa aliviada se dibujo en los labios de Apus. —¿Qué te dijo?
—Que es una calamidad andante. —Deltha alzó las cejas, y la morena sonrió. —No tiene en mucha estima sus capacidades sentimentales.
—Esa es una buena técnica. Exponer primero los puntos débiles. Así nadie podrá sorprenderse.
—¿Sabes? —Su voz se tornó suave, y a la vez seria. Deltha la prestó atención.— No tiene nada que ver en la intimidad, a como se ve ante el mundo. Ni siquiera a la imagen que yo tenía de él.
—Eso es… ¿bueno?
—Mucho, Deltha.
—Entonces, me alegro mucho por ti.
-X-
Arles, quien había esperado pacientemente a las afueras del despacho del Patriarca, se atrevió a anunciarse tan solo unos minutos después de que Shion se encerrara en su oficina.
—¿Shion? Soy yo, ¿puedo entrar?
—Adelante. —Le escuchó decir y fue así que abrió la puerta.
La luz amarillenta que se coló dentro, reveló las sombras de un Patriarca preocupado: apoyado sobre la mesa, con la cabeza agachada y la mirada fija en los papeles sobre el escritorio. Por un instante, el santo de Altaír se detuvo bajo el marco de la puerta, en silencio, pero siendo minucioso en sus observaciones.
Antes, le había visto reunirse con Saga ahí mismo, tras la reunión de bienvenida. Si conocía a ambos, la mitad de lo que pensaba, estaba seguro de que habían discutido temas que solo ellos dos entendían y esperaban. Shion y Saga eran dueños de dos mentes privilegiadas, que pensaban de un modo tan similar que en ocasiones, le sorprendía. Después, había observado a Saga marcharse y a Shion, abandonando la oficina únicamente para tomar una escueta cena. Tras eso, el lemuriano había regresado a su encierro y no había salido de nuevo. Desde entonces, Arles solo había podido preocuparse.
—¿Estás bien? —preguntó. A juzgar por el rostro de su viejo amigo, sabía la respuesta que obtendría.
—El regreso de los chicos y las noticias de Asgard me han puesto a pensar.
—¿Te gustaría contarme?
—Toma asiento—añadió el peliverde, acompañando sus palabras con un suave ademán.
Arles se acercó lentamente. Arrastró la mesilla de servicio hasta el escritorio y, antes de acomodarse en la butaca, sirvió un par de tazas de humeante té. Se sentó cuidado, escuchando el crujido de la butaca, recordándole el peligro inminente. Después, bebió un sorbo de la infusión mientras se disponía a escuchar cada palabra de Shion con suma atención.
En aquella ocasión, como en muchas anteriores, cada decisión sería de suma importancia. De pronto, el santo de Altaír reparó que de verdad estaban en medio de una guerra.
—¿En qué estamos metidos, Shion?
—Eso es lo peor de todo, Arles. No lo sé… no lo sé. —Suspiró.
—Voy a asumir que Saga te ha dicho mucho más de lo que dijo en el salón del trono.
—Así es. Mucho más. —El santo de plata frunció el ceño y esperó impaciente porque Shion ordenara las ideas en su cabeza. Temía las noticias que llegaran, pues raras eran las ocasiones en que el Patriarca lucía al borde de la angustia. —Los chicos han sido terriblemente discretos con cada palabra que han mencionado delante de la princesa. Han dado el informe de la misión que se les ha encargado y callado el resto de la historia. Debo decir que, el hecho de que se hayan dado las circunstancias para que fuera Saga quien sustituyera a Camus, ha jugado mucho a nuestro favor.
—No lo dudo. Su experiencia es invaluable en esta situación.
Shion asintió con suavidad. La cantidad de información que habían recibido, en palabras, o implícita entre líneas, había sido sumamente valiosa.
—Escuchaste la historia de las Fylgjas—continuó el lemuariano.
—Así es.
—Es obvio que esta nueva amenaza no se limita a nuestras tierras, sino que incluso atenta contra territorios reclamados por dioses diferentes, como Odín. Pues Saga no ha perdido el tiempo. —Las sombras que pronunciaban las facciones de su rostro, así que cuando sonrió con timidez y resignación, el gesto no pasó desapercibo para Arles, a pesar de la discreción del mismo. —Ha aprovechado la tensión del momento para establecer las bases de nuestra alianza con Asgard.
—Oh. —Sin darse cuenta, el santo de Altaír compartió la sonrisa de Shion. No le sorprendía en lo absoluto, no cuando era su santo de Géminis quien tomaba las riendas. —¿Qué ha hecho exactamente?
—Ha pedido a Hilda y a sus dioses guerreros que nos permitan lideran esta batalla.
—Vaya… —Levantó una ceja, sorprendido. —Eso no lo veía venir. ¿Así de directo ha sido? Voy a asumir también, que si Hilda no les sacó a patadas de Asgard es porque, lo que sea que Saga le ha dicho, es mil veces mejor que las consecuencias de lo que ellos han visto.
—No precisamente de lo que han visto, sino de lo que esperan, o piensan que sucederá.
—¿Y a qué han accedido exactamente?
—A dejarnos tomar el mando… a poner al ejército asgardiano bajo nuestro comando.
Al contemplar la reacción en la expresión de Arles, Shion supo que aquella había sido exactamente su propia cara cuando el gemelo le contase de las hazañas en las tierras del Norte. No le culpaba.
—Han aceptado. —A pesar de saber que no se trataba de una pregunta, el peliverde lo confirmó. —No esperaba esto—musitó Arles.
—Yo tampoco, a decir verdad. Han puesto una pequeña condición, pero no es nada que nosotros mismo no hubiéramos ofrecido. —Y ante el silencio guardado por su amigo, Shion buscó aclarar las dudas. —Han pedido tener voz en las decisiones importantes. De ninguna manera pensaba negarles tal derecho.
—Lo sé, sé que no lo harías. Visto así, ha terminado de un modo más exitoso del que había pensado.
—Así es.
—Y aún así, hay mucho más de esto en tu cabeza.
Arles le conocía demasiado bien como para negarle la razón; Shion estaba plenamente consciente de eso y por lo tanto, no lo haría.
Lo que le robaba el sueño no estaba en Asgard, e increíblemente, tampoco era aquella amenaza invisible que se cernía sobre ellos. Ahora tenía claro que el peligro era inevitable y que, por mucho que quisiera, la gran revelación de su nuevo enemigo llegaría a su tiempo. Todo lo que podía a hacer era prepararse: preparar a su diosa, a su ejército y a sus aliados. Ahí estaban sus preocupaciones, una en especial: Atlantis.
Sí. Atlantis.
Atlantis, con su joven regente, de carácter explosivo e impredecible; con sus guerreros jóvenes, fieles, pero inexpertos y desconfiados. Atlantis era el gran misterio para Shion. Si de algo se arrepentía, era de lo poco que había conseguido penetrar en la mente de Julián y de sus marinas… así como de cada decisión errónea que Kanon había tomado.
—Asgard ha sido mucho más transigente de lo que pensaba, pero no son nuestros únicos aliados y, si las cosas terminan por ser tan malas como imaginamos, entonces necesitaremos más que eso—dijo el Patriarca.
—Julián no será ni la mitad de dócil, ni tan noble tampoco.
—Eso me temo.
—Probablemente ya has pensando en esto, pero creo que el enfoque debería ser diferente con él. Las personas como Julián no pueden ser presionadas a actuar de ningún modo, o saldrán huyendo en sentido contrario, lanzando mordiscos.
—Estás en lo cierto. Si Julián va a unirse a nuestra causa, tendrá que venir por iniciativa propio. Ni de ningún modo más.
Sin embargo, un ligero brillo de determinación en los ojos rosáceos de Shion dijo mucho más que sus palabras. Había muchos más modos de jugar con crío de los que el mismo Julián se imaginaba y, aunque la decisión sería únicamente suya, siempre existía la manera de guiar su conducta sin que siquiera lo notase.
Todo era cuestión de paciencia, constancia y de plantear las ideas de la manera correcta. Si podían ser más listos que él—en lo cual, tanto Arles como Shion confiaban—, entonces lo conseguirían.
—¿El plan es…?
—Primero, informarle. —Shion sacó una fina hoja de papel, remojó la plumilla en el tintero y se tomó un segundo para permitir que las palabras llegaran a su mente. —Le contaremos todo desde el principio, le invitaremos a estar alerta.
—Parece correcto.
—Lo es, lo es, mi amigo. —Escribió las primeras palabras de lo que sería una larga carta: un saludo, de un viejo y sabio mortal, al gran dios de los océanos.
Las ideas surgieron fácilmente, la pluma danzó sobre el papel con exquisita suavidad. Una historia, tan fantástica como real, tan mágica como temible, quedó plasmada del puño y letra de Shion. Reforzó sus ideas, apoyado siempre en su amigo de plata. Juntos, diseñaron lo que, eventualmente, sería la última esperanza. Funcionaría, confiaban en que así sería.
Por último, el Maestro dobló con cuidado el papel y, tras guardarlo en su sobre, vertió cera en la sopa, sellándola con el sello de su Orden.
—Enviadla a Atlantis—dijo, tendiendo el papel a Arles.
—A la brevedad. ¿Qué pasara después?
—Después, esperamos. —Suspiró. —Esperamos y rezamos, porque Julián dé el primer gran paso.
-X-
—¡Nikos! —El saludo de Deltha fue tan efusivo, que el santo de Orión sonrió divertido. —Pasa. Naia esta en el sofá acostada.
El moreno asintió y entró, cerrando la puerta tras de si. La noche había caído ya, y la cabaña estaba iluminada tenuemente por las lámparas de las mesillas. Naia, que tal y como Deltha había indicado, estaba en el sofá arropada por un montón de mantas, se incorporó al verlo llegar. Nikos arrugó la nariz.
—Te ves horrible, pequeña—murmuró cuando llegó hasta ella.
—Gracias. —El mayor se echó a reír, y se dejó caer cómodamente a su lado. La abrazó, atrayéndola hacia así, y besó su pelo.
—¿Estás bien? —Luego, se pensó mejor la pregunta. —¿Todo fue bien? —Aunque no estaba seguro de que ella entendiera la cantidad de factores que, en su cabeza, englobaban aquel "todo".
—Si, fue interesante. —Se sobó la nariz, tratando de respirar por ella del mejor modo posible.— Aunque hacía un frío del demonio ahí arriba, es un lugar precioso. ¡Debiste verlo! Todo blanco, ¡como si fuera terciopelo!
—A juzgar por tu resfriado, diría que lo pasaste en grande con la nieve.
La amazona guardó unos segundos de silencio, mientras en su mente, se dibujaba una sonrisa pícara. Si tan solo Nikos supiera… le daría un infarto. Sin embargo, le pareció escuchar la risa de Deltha que provenía de la cocina, y cuando sus miradas se cruzaron por casualidad, Naia rodó los ojos con resignación. ¡Qué los dioses la ayudaran! Porque eso iba a ser difícil.
—Tuve mis momentos.
—Me alegra que te divirtieras. —Solamente deseaba que hubiera sido cuidadosa con las compañías. —¿Y la misión? ¿Cómo fue? La verdad es que no se exactamente a qué ibas allí… Con ellos.
—Oh. —No le pasó desapercibido el modo en que pronunció aquella última palabra, pero lo ignoró. —No tuve tiempo de despedirme antes de irme… todo fue bastante precipitado, sobre todo con la gripe de Camus. Tampoco hubiera podido contarte gran cosa… Lo siento. —Se encogió de hombros. —Era una misión de los Santos Dorados, y como tal, debía ser discreta al respecto. —Y sabía que debía seguir siéndolo. La mayor parte de lo que sucedió en Asgard, o al menos lo importante, debía continuar siendo un secreto. Naia hubiera jurado que Nikos asintió a desgana, consciente de que ella tenía razón. —¡Cómo sea! Las armaduras divinas necesitaban grandes reparaciones después de la guerra pasada, y como gesto de buena voluntad, la princesa se ofreció a repararlas. —Tosió un par de veces, y sorbió la nariz. —Eso incluía también a la armadura de Odín, así que era un trabajo importante, Mu necesitaba de mi ayuda; y como la cantidad de sangre requerida era grande… teníamos que ir acompañados de alguien más.
—Vaya, entiendo.
—¡Pero fue genial! —Salvo la parte en que tuvieron que abrir las muñecas de Saga, y curarlas después. —Nunca antes había llevado a cabo una tarea tan importante y con un resultado tan asombroso. —Se encogió de hombros. —Bueno, la mayor parte del mérito fue de Mu, él es el genio en eso. Pero…
—Si no fuera por la gripe, te verías exultante. —Y aunque no entendía cómo, a Nikos le parecía que lucía exactamente así. Sus ojos brillaban de un modo especial, y sus labios mantenían el dibujo de su bella sonrisa prácticamente todo el tiempo.
Naiara buscó sus ojos y le sonrió. Internamente, deseaba poder compartir su explosiva felicidad con él; pero sabía que no habría felicidad que compartir. Para Nikos, sería una gran tragedia… y no quería estropearse a sí misma aquel momento. Se limito a aceptar el halago, y a acurrucarse junto a él.
—Me alegra de que todo fuera bien. Estaba preocupado.
—Lo sé. Siempre lo estás.
—Soy tu hermano mayor. —La escuchó reír, aunque en aquella postura no pudiera ver su rostro, y él mismo se encontró sonriendo. —Es mi responsabilidad.
Deltha les observó de lejos, convencida de que compartía los mismos pensamientos que Naia. La mirada de la amazona se lo dejaba claro como el cristal. Carraspeó, aclarándose la voz, e intervino.
—¿Quieres cenar, Nikos? Preparé lasaña.
—Para Deltha, "preparar lasaña" se define como quemar la lasaña precocinada en el microondas, y que aún así queden partes congeladas.
—¡Oye! Trato de cuidarte porque estas enferma.
—Lo sé. Y tienes mérito, Del. Es realmente difícil quemar y dejar congelado algo a la vez.
—Boba. —Deltha le sacó la lengua. —Ni siquiera se te entiende con tantos mocos.
—Bueno, niñas, pues yo si acepto esa cena.
—¿Ves? Alguien que valora la amabilidad de los demás…
Naia rompió a reír, y Nikos vio de una a otra. No sabía que había sucedido en aquella misión, porque su instinto le decía que había mucho más de lo que su hermana le había contado. Pero lo que estaba claro, era que ambas estaban extrañamente felices.
Y le gustaba.
-Continuará…-
NdA:
Saga, Naia: Achuuuu! Achuuu!
Milo: O_O No aparecí en el capítulo pero… ¡huelo problemas!
Kanon: Los escuchas mejor dicho ¬¬'
Aioros: ¡Es verdad! Nadie oculta nada… xD
Saga: ¬¬'
Camus: Quizá todo el mundo está distraído con los turistas de Asgard, pero… ¿Nadie se dio cuenta de las preguntas tan personales que va haciendo la cabra por ahí?
Shura: Gracias, Camus, gracias…
Camus: Soy observador.
Shura: También bocazas. Milo te esta contagiando. u_u
Mu: ¡Yo no me perdí!
Saga: No. Solo nos perdiste a nosotros. ¬¬'
Mu: Solo a la idea. Cof. Cof.
Saga: ¿Eso es un consuelo?
Mu. Menos es nada… n_n'
Milo: ¡A mi me gustó el "asunto" de la nieve!
Aioros: ¡Por Athena! Somos griegos… ¡el calor es lo nuestro!
Saga: El camino que está tomando la conversación, me recuerda que es buen momento para despedirse hasta el próximo capítulo. (A) Es posible que las Malvadas tarden un poco más en publicar a partir de ahora. ¡Damis ha encontrado trabajo, y hay poco tiempo para escribir!
Kanon: Arreglaré esto para entonces… ¡Dejad reviews!
Saga: e_e
Aioros: ¡Adiós!
