Capítulo 25: Secretos mal guardados.
El sorbo de café amargo hizo que la mandíbula se le atrincherara. Saga arrugó el ceño y relamió sus labios, con la esperanza de que el penetrante sabor desapareciera. Pero, en un acto inexplicable de masoquismo, tan pronto la ola de sabor hubo quedado atrás, volvió a empinarse la taza.
—Buenos días. —Escuchó la voz de su gemelo, entrando a la habitación.
Siguió su paso por la cocina con intenso cuidado, inspeccionado cada gesto. Su mirada fue disimulada, pero no menos minuciosa. Con Kanon cada día era una aventura, una moneda lanzada al aire.
Era curioso, porque aunque la reputación de bipolar era suya, Saga estaba seguro de que su hermano estaba mucho más enfermo que él. No le molestaba la reputación, eso también era cierto. Lo que le sacaba de quicio era tener que cargarse al hombro las malas mañas de su gemelo. Y ahora, por si podía ser peor, también tenía que ocultar también a Naia. El día que Kanon se enterase, se armaría una gran catástrofe. Apostaba su vida a ello.
—Buen día—respondió.
Kanon se sentó al lado opuesto de la mesa, frente a él. Bebió, ingenuamente, un sorbo del café que había preparado, solo para apartarlo de inmediato, asqueado de su sabor.
—Joder, no sé que rayos le haces al café, pero es realmente horrible—ladró.
—Oye, siempre puedes levantarte más temprano y prepararlo tú.
—No, gracias. Unos minutos más de sueño bien valen el engrudo.
—Entonces no te quejes—añadió. Hubiese querido decir algo acerca de cómo la despensa lucía especialmente vacía. No era que la alacena hubiera estado llena cuando se marchase a Asgard, pero la falta de migajas o de cualquier otra sustancia comestible a su regreso, era mucho más que obvia. Sin embargo, tenía la impresión de que tan pronto soltara dos palabras, Kanon soltaría el puño contra su cara.
—Alguien regreso gruñón de su viaje—masculló el antiguo marina.
—"Y alguien sigue igual de idiota." —Quiso responder, pero prefirió callarse. Mejor decidió pasar por alto las provocaciones y seguirle el juego. —Ha sido un largo viaje.
Largo, complicado, diferente. El viaje había sido muchas cosas, sólo que Kanon no tenía porque saber ninguna de ellas y él no iba a cometer el error de decir alguna indiscreción. Dejaría a que su hermano creyera lo que el quisiera creer.
—¿Y? ¿No vas a contarme más detalles? —Kanon insistió. En ocasiones, Saga pensaba que tenía un maldito e infalible sexto sentido para esas cosas. —¿Cómo te trataron los pequeños dioses?
—Bien. Han sido tan cooperativos como pensaba, considerando… —Se detuvo. Había hablado de más.
—¿Considerando lo bien parecido que eres y tu obvia semejanza conmigo? —Sus gestos no lo denotaron, pero la boca de Kanon escupió sarcasmo puro. Sólo sus ojos, por un brevísimo segundo y a través de la cortina de humo que emanó de su taza, brillaron con ironía. Saga bufó.
—Shion tiene la horrible manía de enviarme a sitios donde tu rostro no es preciosamente apreciado. —Era como andar con una diana en la espalda.
—No puedes quejarte.
—No, claro que no. —Esta vez, el sarcasmo vino por cortesía suya y, por absurdo que fuera, a Kanon le pareció divertido. —Tú tampoco. El viejo te cuida las espaldas.
—Se asegura de mantener a nuestros aliados de nuestro lado.
—Como sea, no se lo pones fácil. Te las has ingeniado para recolectar enemigos por todas partes. —Imitándolo, se llevó la taza a los labios y ocultó la mirada esmeralda tras de ella.
—Soy un tipo popular.
Popular, si. Pero por ninguna de las razones correctas. De pronto, Saga tenía la sensación de que haber escapado de Asgard y de Atlantis, con la cabeza en su sitio—siendo tan jodidamente parecido a Kanon—, había sido un milagro.
Ahora que lo pensaba bien, el viejo se había esmerado en ponerle en condiciones adversas todo ese rato. Irónicamente, el único golpe que recibió en Atlantis había llegado de los puños de Aioros, y Asgard… Asgard había sido una historia completamente diferente. Tenía que admitir que había salido mil veces mejor de lo que había pensando, incluso considerando las circunstancias.
Salió de sus pensamientos cuando la mirada interrogante de su hermano taladró a través de él. Por un momento se sintió tan intrigado como él, hasta que reparó en que, sin darse cuenta, había sonreído. ¡Había sonreído! Pensando en Asgard, en Naia, en la nieve, en… ¡Había sonreído! Estúpidamente delante de Kanon. Maldición, sus emociones lo estaban superando. Ahora no iba a conseguir quitárselo de encima.
—¿Qué es tan divertido? —La primera pregunta llegó solamente unos segundos después. Esbozando la misma sonrisa, Saga intentó quitarle hierro al asunto.
—Nada en realidad. Solo recordaba las reacciones de los chicos, cuando Hilda ofreció cooperar con el Santuario, en todo lo que fuera necesario.
—¿Hilda dijo eso? —Kanon lucía sorprendido. La sonrisa en el rostro de Saga se ensanchó: no solo estaba sorprendido, sino impresionado.
—Si. No ha estado mal.
—Hmp… ya veo. —Pero Saga sabía que había más de lo que Kanon decía. —Me sorprendes.
—¿Por qué? ¿Por qué hicimos bien el trabajo?
—No, no por eso. —Negó. —Me sorprende que disfrutes y festejes con tanta premura. No diré que te conozco demasiado, pero sueles ser mucho menos optimista y mucho más reservado. Nunca tomas este tipo de sucesos a la ligera.
Entrecerró los ojos pensando en el hecho de que Kanon tenía más razón de la que quisiera darle. A veces, detestaba el hecho de que ambos se conocieran tan bien. Quizás, si no supiera de la tormenta que podría desatarse con su gemelo, podría disfrutar más libre y plenamente lo que tenía. Lástima que no hubiera oportunidad de que las cosas fueran diferentes.
—Sé donde estamos parados al respecto. Simplemente te hablo de aquello que me pareció curioso. Recién me aclimato al calor de Grecia, déjame disfrutar lo que hay.
—Vale, vale. Supongo que tus motivos tendrás.
Pero Kanon tenía escondido, en un rincón oscuro y lejano de su consciencia, el sentimiento de que había más cosas que no veían. Al menos en lo que se refería a él. Y, si el marina había alguna vez depositado su confianza en alguien, ese alguien era precisamente él mismo y su intuición. Rara vez le fallaba.
Ojalá, además de un sexto sentido maravilloso, tuviera también la capacidad de leer la mente de las personas. En algunos casos, se lo ponían demasiado fácil. En otros, como lo era Saga, dicha habilidad era prácticamente nula. Saga era un muro, un muro sólido, fuerte y de roca pura. Entrar a su cabeza solamente producía jaqueca… vaya que lo sabía él, mejor que nadie. Lástima que su curiosidad no le daría descanso hasta conseguirlo.
—Debo irme. —Saga se puso de pie y Kanon supo que si no se apresuraba, perdería una valiosa oportunidad.
—Eh, ¿por qué la prisa? Solo charlábamos.
—Tengo cosas que hacer—respondió el mayor, sintiendo la mirada penetrante e inquisidora de Kanon sobre sí. Con mucho esfuerzo, como si huyera de un animal salvaje, trató de no demostrar sentimiento alguno al respecto. —Quizás deberías hacer lo mismo. Seguramente Shion ha notado que no hay grandes avances con tu equipo.
—Es posible. —Sonrió con sorna. —Aunque realmente no me quita el sueño.
—Bien por ti. A mi me gusta cumplir lo mío.
—Vamos, Saga. —Kanon se puso de pie y le interceptó antes de que abandonara la cocina. Sutilmente, se plantó frente a él, impidiéndole salir. —Llegar tarde un día no va a matar a nadie.
—Díselo a Jabu. Con Shaina cerca, el pobre probablemente no opine igual que tú.
—Has regresado simpático. El frío te hace bien—sonó irónico.
—¿Te lo parece? —Meneó la cabeza e intentó seguir su camino, pero no pudo.
—Sí. Dudo que haya sido la sangradera lo que te pusiera así. —Miró de reojo a sus muñecas heridas. —Por cierto, ¿cómo esta Naia? ¿Cómo le ha ido a la pequeña Caelum en su gran misión? ¿Sacó adelante el trabajo?
—Le ha ido bien. Ha hecho un buen trabajo.
Su voz sonó parca, cortante e indiferente. Su corazón, por el contrario, le dio un brinco dentro del pecho.
Calma.
Tenía que mantener la calma.
Menos era más. Mientras menos dijera, menos probabilidades tendría de arruinarlo todo. Pocas palabras equivalían a un Kanon insatisfecho, pero posiblemente menos peligroso. Prefería eso. Tal vez.
—¿Qué? —En esa ocasión, Saga cuestionó a su hermano.
—Nada. Esperaba una respuesta más… elaborada.
—Le preguntas a la persona equivocada.
—Tal vez…
—No, no "tal vez." Si quieres saber más sobre su trabajo, deberías preguntarle a alguien más. Mu puede darte una respuesta más elaborada de lo bien que lo ha hecho. Seguramente le encantará que visites Aries. —Saga libró a su hermano y abandonó la cocina a toda prisa. —Te dará todos los oscuros detalles del sangramiento y del proceso. Quizás te sirva más.
Kanon se quedó atrás, mirándole marchar a toda prisa y sacando sus propias conclusiones. Entrecerró los ojos, con su cabeza revolucionando a toda velocidad. Saga estaba actuando raro y no era precisamente por el clima del Mediterráneo. No sabía por qué, pero de pronto, pensó que era buena idea tomar su consejo.
—Estás en lo cierto—murmuró, para sí mismo—. Tal vez deba preguntar directamente a otra persona.
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Con un suave golpeteo a la puerta, Tethys anunció su presencia. Esperó que su joven dios le autorizara a entrar y, solo entonces, se adentró dentro del enorme y sobrio despacho.
Julián lucía completamente diferente detrás de aquel escritorio, rodeado de libros de todo tipo. A la sirena le resultaba gracioso verle ahí, completamente absorto en los negocios del mundo real, tan lejos de Atlantis y de sus obligaciones como señor absoluto de los océanos. No entendía muy bien el porqué se había marchado de regreso a su mansión y había insistido en llevarles consigo, pero ahí estaban: en unas improvisadas y poco probables "vacaciones."
—¿Qué pasa, Tethys? —Él le cuestionó, amable y afable como siempre era con ella. La sirena le sonrió.
—Llegó esto para ti hace un momento. —Le tendió la carta que el mensajero de Atlantis acababa de entregarle. Tímidamente, después de pensarlo por un instante, tomó asiento en la butaca frente a él.
—¿Qué es?
—Una carta. Tiene el escudo de la Orden de Athena en la parte posterior, así que los mensajeros asumieron que debían hacértela llegar a la brevedad.
—No esperaba ninguna carta de ella. —Julián estiró el brazo en busca del abrecartas y, con cuidado, rompió el papel y liberó el escrito. —No está firmada por Saori. La firma es de Shion.
—¿Del Maestro? —Tethys parecía sorprendida.
—Si.
—¿Qué dice? —preguntó de nuevo, aunque en esa ocasión tuvo que esperar por una respuesta.
La mirada cerúlea del joven dios recorrió con presteza cada letra en la carta que acababa de recibir. Su semblante se oscurecía conforme su lectura avanzaba. Era tan obvio, que la señal de alerta no tardó en dispararse dentro de la cabeza de la rubia.
Desde el regreso había notado cierta inconformidad permanente en el rostro de Julián. A veces, incluso, le sentía rabioso y mucho más sensible de lo que solía ser. Pero nunca le había visto realmente preocupado. Por muy encerrado que se sintiera con algunas decisiones y situaciones fuera de su control, el retorno de sus generales marinos le había infundido un aura de seguridad palpable, que alimentaba aquellos pequeños berrinches. Ahora era diferente.
—Julián, ¿todo está bien? —La respuesta era "no", lo sabía por adelantado.
—Shion escribe, enviándonos una advertencia.
—¿Advertencia o amenaza?
—Advertencia. —El peliazul bajó el trozo de papel, para fijar la mirada en su acompañante. A pesar de su desconcierto, trató de aparentar cierta calma. —Tranquila. No es nada personal de ellos hacia nosotros.
—¿No?
—No—respondió, tajante. Sin darse cuenta, había abandonado la conversación con la sirena para concentrarse en la narración del Patriarca Ateniense.
—¿Entonces?
—El viejo ha encontrado algunos sucesos sospechosos. Prevé que algo más grande se viene, aunque según me parece, no tiene la remota idea de lo qué es ese algo. —Se levantó y caminó hasta el enorme ventanal que enmarcaba el paisaje, con el mar de un azul como el acero hasta donde la vista alcanzaba.
—¿El gran Patriarca está en ascuas? —No le gustaba como sonaba. Siempre había sentido a Shion muy por encima de todos ellos, como un ente supremo, capaz de liderar a sus jóvenes dioses. Si Julián estaba en lo cierto, entonces Tethys tenía un muy mal presentimiento al respecto y su intuición no solía fallarle.
Tampoco le gustaba presenciar como aquel mensaje traído desde el Santuario había conseguido que el peliazul se tornaba taciturno. Aquella no era una reacción propia cuando se trataba de noticias que incluían a la Orden Ateniense.
Desde su ventana, Julián escuchó el sonido seco de las olas rompiendo contra el acantilado. La algarabía de las gaviotas, que usualmente conseguía robarle sonrisa, no bastó para tranquilizarlo. El revuelo dentro de sí se reflejó en el mar… en sus dominios. ¿Qué significa aquella advertencia de Shion? ¿Qué era exactamente lo que buscaba con esa carta?
—¿Hay algo que pueda hacer? —Ella insistió.
—No lo sé.
—¿Qué hará Shion?
—No lo dice. —Negó. —Habla de los peligros y de mantener los ojos abiertos. Han advertido a Asgard también.
—¿Y?
—No da más detalles en la carta. Conociendo a Hilda, se apegaran a las faldas de Athena tanto como pueda.
—Athena les necesita tanto como ellos a ella. —Tethys intentó minimizar aquel sentimiento de impotencia que consumía a Julián en ocasiones como esa. —Desde vuestro regreso, cada detalle ha sido difícil para vosotros. Seguís siendo dioses, pero el pedacito de vuestra divinidad que habéis dado a cambio de las vidas de todos nosotros… Sois iguales ahora, Julián. No hay ganadores, ni perdedores. —Se detuvo cuando sintió que estaba a punto de traspasar los límites de la paciencia de su señor. Sin embargo, realmente deseaba que entendiera que Athena y él ahora eran iguales. La necesidad de apoyo era mutua. Y, si de verdad las noticias eran dignas de preocupación, entonces quizás no habría más remedio que confiar el uno en el otro.
—Quizás deba volver a Atlantis.
—¿Ahora? Creí que tenías cosas importantes de las que ocuparte aquí.
—Los tenía. Pero estoy seguro de poder concentrarme ahora. —De pronto, sentía la necesidad de reunir a cada uno de sus informantes en el reino submarino e interrogarlos, en busca de cualquier pequeño detalle que hubiera pasado por alto antes.
—No ganarás nada yendo de regreso ahora mismo. Piénsalo bien.
—Quizás tienes razón, pero… —Se encogió de hombros. —¿Podrías hacerme un enorme favor? —La sirena asintió.
—Lo que desees.
Julián giró hacia a ella, hasta quedar de frente y entonces, ella corroboró que, de alguna manera, el joven era diferente cuando estaban juntos. Podía ser difícil, altanero y pedante para el mundo, pero a ella siempre le sorprendía con alguna delicadeza, como un gesto encantador o una de esas raras sonrisas que tan poquita gente conocía.
Aquel instante no fue la excepción. A pesar de la evidente tensión en cada uno de sus rasgos, el dios se esforzó por mantener la compostura para ella. En silencio, Tethys agradeció ese pequeño gesto, aunque no fuera de mucha ayuda.
—Quiero que regreses a Atlantis, lleva contigo a quien desees de los chicos—explicó—. Reunid a los exploradores y aseguraos que todo esté dentro de lo que podamos considerar "normal". Si hay algún mínimo detalles que os haga pensar en peligro, quiero saberlo.
—Cuenta con ello—dijo—. ¿Eso significa que vas a quedarte aquí?
—Tomaré tu consejo y terminaré con los asuntos que me han traído hasta aquí. He de pensar también en lo que significa esta carta.
A la sirena le pareció una decisión prudente y, lo que resultara de ello, con suerte sería una solución bien pensada. En lo que a ella respectaba, se mantendría con los ojos abiertos, para ayudar a su señor en lo que pudiera. Confiaba en que Julián encontrara la sabiduría para hacer lo que se necesitaba hacer: buscar a sus aliados.
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Emboscada.
Todo apestaba a emboscada y ella lo había notado desde el principio. El problema era que no había podido evitar ser acorralada, como tampoco había tenido intenciones de salir huyendo a la menor provocación.
Naia sabía que Kanon estaba en algo desde el primer momento en que le vio acomodarse en el graderío para sembrar la mirar en ella y en el resto de su equipo. Había notado también aquel gesto de complicidad y de travesura en el rostro de Milo, como si anticipara un gran espectáculo. En su interior, la amazona suplicaba a los dioses que evitaran semejante destino. Lo último que necesitaba ahora era un escándalo de cualquier tipo. Ojala el gemelo aprendiera a reconocer los límites y a no traspasarlos.
—Bien, creo que es suficiente ya—acotó el santo dorado.
—¿Significa que podemos marcharnos?
—Si, Dante. Sois libres. ¡Marcharos! —El par de santos más jóvenes no esperaron a que Milo se los repitiera. A toda prisa, se escabulleron de ahí, ondeando la mano como señal de despedida. —¡Pero llegad temprano mañana! ¡Sino, mañana os pondré horas extra! —Aún a su lado, Naia sonrió al escucharlo. La interacción entre los miembros de su equipo había mejorado mucho con el tiempo. —Oye, Caelum, ¿tú no vas a huir despavorida de aquí?
—¿Eh? —Se respingó ante la obvia alusión a ella. —No tengo tanta prisa. —A decir verdad, la mirada de Kanon la estaba taladrando desde arriba.
—Creo que alguien espera por ti. —Por supuesto, Milo lo había notado. La amazona solo esperaba que no se metiera de redentor entre ambos. —Ha estado de lo más gruñón desde tu partida. Quizás puedas hacer algo…
—Estaba así mucho antes de que me fuera. Te aseguro que no ha sido mi ausencia la que le tiene así.
Milo chasqueó la lengua, contrariado con la respuesta. Naia, sin embargo, solamente se encogió de hombros y tomó el camino a casa. El tema de Kanon lo había tratado en su momento, sin conseguir avance alguno. Por mucho que quisiera arreglar las cosas ahora, no sería lo mismo. Jamás lo sería.
Kanon también tenía que poner de su parte y, por lo que alcanzaba a ver, eso no sucedería.
—¡¿Te vas ya?! —Milo le gritó.
—Lo siento, Escorpio. Esta vez si estoy en plena huída—respondió, alejándose de ahí tan rápido como podía.
El joven griego la miró por unos segundos, antes de desviar la mirada hacia las gradas, en busca del otro involucrado. Pero Kanon no estaba ni mínimanente interesado en él. De hecho, ni siquiera había notado que era el centro de la escrupulosa mirada del escorpión.
Kanon tenía la vista en Naiara y, tal como Milo esperaba, fue por ella.
-X-
—Hey.
—Hola. —Naia no se detuvo, sino que siguió el camino, con Kanon detrás de ella. —Pensé que ya no me hablabas.
—Ya… ¿crees que podamos olvidarnos de ese pequeño incidente? —La morena se detuvo tan repentinamente, que Kanon tuvo que ingeniárselas para no arrollarla en el proceso. La miró, confundido y en silencio, esperando cualquier reacción de su parte y tratando de esculcar su mente a través de sus ojos.
—¿Esta es tu manera de pedir disculpas?
—¿Disculpas?
—Eso pensé. —Retomó el camino, pensando en lo ingenua que era al suponer que Kanon era capaz de pedir perdón por su estúpido comportamiento de antes.
—Oye, oye. ¿No podemos hablar?
—Solíamos ser capaces de hacerlo, pero tú te has esmerado en que no sea así—continuó, sin detenerse.
—Venga, Naia. Olvidemos eso.
—Olvidar. Claro, es muy fácil—masculló.
—¿Es tan difícil?
—¡Sí, sí lo es! —Volvió a detenerse, dispuesta a enfrentarlo de una vez por todas. —¿Es tan difícil para ti entender lo idiota que me has hecho sentir en los últimos días? Teníamos algo, Kanon. Era divertido y era nuestro, pero tenías que arruinarlo por tu maldito mal genio. Te busqué, traté de entenderte y me mandaste al demonio. ¡Y no fue una vez, sino muchas! Así que sí, Kanon. Es jodidamente difícil olvidar todo eso y volver a lo mismo.
—Fueron algunos malos días…
—Eso es lo peor. Ni siquiera lo entiendes, y si lo entiendes, no quieres admitirlo: Tienes un problema, Kanon, y ese problema te está arruinando. Haz algo con ello, no por mi, sino por ti. —Golpeó su pecho con el dedo. Estaba enojada, muy enojada, porque no merecía lo que había acontecido entre ambos, así como tampoco merecía tener que vivir su vida entre mentira, para no dañar la peligrosa y frágil autoestima de Kanon.
Se aseguró de que sus ojos violetas expresaran cada gramo de ese sentimiento de rabia antes de girar sobre sus talones para continuar el camino.
Rezó porque el gemelo no la siguiera, porque entendiera el mensaje y fuera en busca de paz personal. Si Kanon la había escuchado, al menos la mitad de sus palabras, entonces se daría la vuelta y caminaría en sentido contrario. Cuando se sintiera mejor, la buscaría y quizás terminarían en buenos términos.
Pero cuando escuchó el bufido y los pasos de Kanon yendo detrás de ella, supo que una vez más, había pecado de ingenua. Kanon no aceptaba negativas por respuesta, y por eso mismo, no iba a dejarla en paz.
—Naia. —Volvió a llamarla por su nombre. —Preciosa, todo fue una gran metida de pata. Admite que lo que teníamos era interesante y que podríamos volver a tenerlo.
—No, no sucederá de nuevo. Lo que teníamos quedó en el pasado.
—¿Por qué?
—Porque terminará exactamente del mismo modo, por eso. Mientras no domines tu propio temperamento, nada funcionará. —Apresuró el paso cuando la entrada al campamento de las korees apareció frente a sus ojos.
—No vas a conseguir nadie mejor que yo aquí—el peliazul intentó tentarla, pero la amazona no se inmutó.
—Eso no es asunto tuyo.
La respuesta hizo que las neuronas en su cabeza enloquecieran. Podía haber soltado las palabras en son de broma, pero la respuesta ciertamente no se la esperaba. No había nadie mejor que ellos, los santos dorados, y él era uno de esa especie. Solo podía pensar en que si Naia buscaba a alguien para suplirle, la escalinata zodiacal tenía un número limitado de sustitutos.
Por unos segundos, se quedó congelado, atrapado en sus pensamientos. Ese instante de duda, bastó para que Naia emprendiera la huída hacia territorios seguros. Pero Kanon no le dio mucho margen. Antes de que pudiera escabullírsele, la tomó del brazo, obligándola a detenerse.
—Kanon…
—¿Estás… con alguien más? —preguntó. Los esfuerzos de Naiara para no reaccionar fueron brutales.
—No estoy contigo. No más.
—¿Eso es un sí?
—¿Por qué te importa tanto? —Se liberó. —Fuiste tú quien me empujó para que me marchara. No estoy contigo, eso es lo que querías. ¿No te basta?
—Es un sí.
Naia suspiró, mientras el rostro del santo se descomponía ante sus ojos. Trató de guardar la calma y decidió que, lo mejor que podía hacer, era dejar aquella actitud defensiva. No importaba lo que dijera, la paranoia de Kanon torcería sus palabras hasta escuchar lo que quisiera.
Armada de paciencia, levantó el rostro y buscó los ojos esmeraldas de su acompañante. Le sonrió, con la esperanza de que aquello le calmara. Rozó su mejilla con la mano, pero el chico giró el rostro. De nuevo, se sintió desairada.
—Sabes lo mucho que detesto que termináramos de este modo. Pero, Kanon, no quiero que sea así para siempre. —Le dijo. Miró su hombro, rogando que nadie estuviera presenciando la entretenida discusión. —Tienes que dejar que esto pase. Seguiremos siendo amigos, ¿vale?
La primera señal del mal inicio de esa conversación llegó en la forma de silencio. Los labios de Kanon no pronunciaron palabra alguna, solo se apretaron, uno con otro, con obvia tensión. Sus ojos en cambio, dijeron más de lo que deberían.
Naia tampoco dijo nada más, ni insistió cuando lo vio abandonarla. Al verlo marchar, solo pudo pensar en lo que aquella reacción significaba para ella y para Saga.
-X-
Había pensado detenidamente acerca de su estrategia, pero la verdad era que había llegado a la conclusión de que el mejor plan era ser lo menos específico posible. Cuanto menos hablara, menos probabilidades había de que Camus lo atrapara. Así que Saga se armó de valor, subió hasta Acuario, y cuando finalmente llegó, respiró hondo.
Elevó su cosmos suavemente, avisando de que estaba por allí, y cuando sintió el tintineo de la energía de Camus respondiendo, se animó a adentrarse por los pasajes. Asomó la cabeza al salón, donde el francés lo esperaba con su rostro inalterable; aunque Saga era capaz de distinguir la curiosidad en su expresión.
—¿Cómo estás? ¿Sobreviviste a la gripe? —preguntó.
—Si, más o menos. ¿Y tú? Oí que volviste parecido de Asgard.
—Una manera de recordar que soy griego—replicó asintiendo.
—¿Cómo os fue?
—Bien. Las armaduras relucen como el primer día, no he muerto desangrado, y creo que puede decirse que tenemos unos buenos aliados ahí arriba. —Los tenían, pero no tenía claro hasta que punto debía hablar de su discurso en Asgard y de lo que conllevaba. Era Shion quien daba las ordenes ahora.
—Me hubiera gustado ir. —Camus se dejó caer en el sofá, y se llevó la taza de café caliente a los labios. Saga lo siguió.
—Si te sirve de consuelo, no creo que haya cambiado mucho. Nieve, nieve, y nieve.
—¿Quieres?
—No, gracias, tuve mi ración de cafeína diaria. Si bebo más tendré una úlcera y un ataque de hiperactividad descontrolada. —Camus esbozó un gesto diminuto, que Saga identificó con una sonrisa. El geminiano carraspeó y, finalmente, sacó el tema que lo había llevado hasta allí en primer lugar. —Hay algo que querría pedirte…
—¿El qué? —Alzó sutilmente una ceja, con obvia curiosidad.
—¿Hasta que punto puedes fabricar cosas no mortíferas con tus hielos eternos?
Camus se tomó unos segundos para pensar en la pregunta, pero finalmente se encogió de hombros. Era el Maestro de los Hielos Eternos. Esa pregunta resultaba casi hiriente para su orgullo.
—Puedo hacer lo que sea—replicó—. ¿Por qué esa pregunta?
—¿Podrías hacer un colgante para un collar? ¿Algo así como un copo de nieve?
El francés ladeó el rostro. Colgante. Copo de nieve. Saga. ¿Qué se estaba perdiendo?
—¿Un copo de nieve? —Atinó a preguntar. El peliazul asintió. —¿Para qué lo quieres?
—Un regalo. —Camus no dejó de mirarlo un solo segundo a los ojos, buscando alguna respuesta a su curiosidad. Pero Saga había planeado tan bien la situación, que no había una sola fisura en su parquedad de palabras que le diera una pista más esclarecedora.—
—Oh—dijo finalmente—. ¿Para quién si no es mucha indiscreción?
—Lo es. —Después de toda la confusión que Shura y él habían generado acerca de su supuesto encantamiento sobre Alessandra unos meses atrás, estaba en su derecho de divertirse un rato a costa de la curiosidad de Camus. Aquel ceño fruncido, y esos labios apretados que anhelaban una respuesta, no se veían todos los días. —¿Podrías intentarlo?
Camus continuó con la vista afilada clavada en él. Sospechaba que Saga no iba a confesar, pero también tenía la sospecha de que no le resultaría difícil averiguar para quién era el regalo. Uno no regalaba colgantes con forma de copo de nieve a un amigo o un hermano. Por tanto, la lista se reducía exclusivamente al género femenino.
Uhm. Eso era interesante. La única mujer que podía calificarse de estable en la turbulenta vida de Saga, había resultado ser Arabella; y lo cierto es que no tenía modo alguno de saber si alguna vez había lucido un regalo suyo. Y a decir verdad, viéndolo y sabiendo lo discreto que había sido con ese asunto, dudaba seriamente que fuera para ella.
Y Camus no era idiota. Un copo de nieve. Cuando pensaba en esa forma concretamente, solamente le venía una cosa a la cabeza: Asgard. Y eso reducía enormemente las opciones. Esbozó una sonrisa, que a Saga le resultó inquietante, pudo notarlo.
—Está bien, probemos. —El geminiano respondió con otra sonrisa satisfecha y asintió, aliviado. —Si me sale bien, quizá me dedique a vender bisutería cósmica en el mercado del pueblo.
—Deberías considerarlo. —Camus asintió.
—Aunque tendríamos que trabajar en el envoltorio de regalo más a fondo. —Se hizo la melena a un lado. —¡Cómo sea! Veamos…
Su cosmos refulgió en su mano derecha, y su rostro adoptó un gesto concentrado. Tenía clara en su mente la forma que debía conseguir, pero era algo diminuto y detallado. El hielo comenzó a formarse en su palma, y entonces, se ayudó de la mano izquierda bajo la atenta mirada de Saga. Apenas un minuto después, tal y como había llegado, su cosmos se fue.
—¿Ya? —La nueva vida había traído consigo cosas curiosas. Entre ellas, la curiosidad y la impaciencia casi infantil de Saga para las cosas más simples. Sus ojos refulgían con una mezcla de emoción e interés difícil de explicar. Camus asintió y abrió la mano.
El copo de nieve refulgió bajo la luz, pero antes de entregárselo, quitó con cuidado la escarcha sobrante. Después, se lo tendió.
—Es… —Lo tomó en la mano con delicadeza. Estaba frío al tacto, pero no helaba ni quemaba. Era asombrosamente suave y de un color blanco translucido perfecto, que bajo la luz reflejaba los colores del arcoíris. Sonrió. —Es perfecto.
—Es bonito. —Camus estuvo de acuerdo, e infló el pecho orgulloso. Alguna vez tenía que presumir sus habilidades. —Tiene mucho valor.
—Lo sé. Muchas gracias.
—No pasará desapercibido para mi. Aunque no me lo digas, lo descubriré para quién es. Lo sabes, ¿verdad?
—Si, claro que lo sé. —Un gesto pícaro adorno el rostro de Saga. —Pero podrás esperar hasta ent…
—¿Camus?
A la vez, y perfectamente sincronizados, los dos santos giraron en dirección a la puerta. Alessandra apareció segundos después, quedándose quieta en su lugar cuando sus ojos se toparon con Saga en el salón. Un rubor incontrolable coloreó sus mejillas, y rápidamente agachó la mirada.
—Perdón, no sabía que tenías compañía. Mejor me voy y…
—No, no. Tranquila. —Saga se puso en pie con una sonrisa triunfal en el rostro, que Camus identificó a la primera. —Soy yo el que se va. —Volteó a ver al francés, y ensanchó el gesto. —Asumo que yo no tendré que preguntarte a ti. —Se alejó unos pasos, y cuando estaba a la altura de la puerta, junto a la vergonzosa doncella; volteó por unos segundos. —¡Muchas gracias! ¡En serio!
—No es nada.
—¡Portaos bien!
Camus entreabrió los labios, dispuesto a contestar. Sin embargo, ninguna palabra acudió en su ayuda, y antes de que pudiera buscar alternativas, Saga había desaparecido por el pasillo.
-X-
Shura miró del montón de papeles, a la puerta. Era la enésima vez que lo hacía aquella mañana, pero las malas lenguas contaban que el Santo de Géminis había vuelto de Asgard, con gripe pero sano y salvo. ¡Y no solo eso! Se rumoreaba que le habían visto fuera de Géminis aquel día. Eso solamente significaba una cosa: Saga aparecería antes o después por la cabaña, y descubriría que la mayor parte del trabajo que dejó al partir, seguía exactamente en el mismo lugar y en el mismo estado. Esperándole.
El moreno se sopló el flequillo. Se sentía mortificado por ello, pero lo cierto es que no había encontrado manera alguna de que la tenebrosa montaña de papeles disminuyera de tamaño. Al menos no gran cosa. ¡Y eso que había contado con la ayuda inestimable de Tatiana y Eire! Sino, lo más probable era que en lugar de disminuir… hubiera aumentado.
Jugueteó con el bolígrafo, girándolo entre sus dedos con maestría; dispuesto a averiguar cuantas vueltas podía dar sin que se cayera. Aquella era una habilidad recién descubierta para él… y es que no dejaba de asombrarle lo interesante que resultaba el resto del mundo cuando uno estaba hasta arriba de trabajo. De un trabajo que no le gustaba, más exactamente.
—¿Qué haces? —Inmediatamente, el bolígrafo rebotó sobre la mesa, y el ceño del moreno se frunció con disgusto. Alzó la mirada, para encontrar la mirada de un interrogante Aioros en la puerta.
—Pues… —Iba a responder, pero cuando la menuda silueta de Deltha apareció tras el arquero, enmudeció. Las cosas no iban tan, tan, tan bien entre ellos como para que se sintiera cómodo. Finalmente se encogió de hombros. —¿Qué os trae por aquí?
—Nada, solo veía si vivías.
—Vivo. No se por cuánto tiempo. Eso depende de si Saga está cerca o no. —Deltha alzó las cejas, y Aioros rió suavemente.
—¿Por?
—¿Ves todo esto? —Dejó caer la mano sobre las viejas carpetas, levantando consigo una pequeña nube de polvo. Aioros asintió mientras se acomodaba en la silla al otro lado de la mesa. —Estaba exactamente así cuando se marchó.
El ceño del arquero adoptó una expresión grave mientras analizaba las pruebas de su amigo. Después, vio de Shura a Deltha de soslayo, y finalmente habló.
—Creí que Lince y Grulla te estaban echando una mano.
—Si… Podría decirse que si. —Lo que no tenía muy claro, era exactamente a qué. Había descubierto que ambas, maestra y alumna, le caían fenomenal. Su colaboración en el trabajo se agradecía, aunque fuera minúscula. Sin embargo, en lo que más habían colaborado… especialmente Tatiana, era mejorar sus habilidades sociales. Era una mujer con la que resultaba sencillo hablar, al contrario de lo que sucedía con el resto de amazonas. Deltha, ahí presente era la mejor prueba. —Son las únicas almas compasivas que han pasado por aquí.
—Antes de irse a Asgard, Naia también venía—acotó la amazona, para sorpresa del español.
—Si, venía. —Se sobó los ojos con cansancio. —Aunque no estoy muy seguro de que ayudase en nada relacionado con el trabajo.
En el momento en que Aioros estalló en carcajadas, Shura enmudeció, preocupado por si por alguna remota casualidad había hablado de más frente a la amazona de Apus. Sin embargo, el rápido movimiento de su pecho le indicaba, o eso quería creer, que estaba riendo, aunque no pudiera escucharla.
—No te preocupes. Debo decirte que no, Saga no está cerca. Aunque no sé por cuanto tiempo. Antes o después vendrá. —Shura ahogó un gruñido. —Pero… —El moreno alzó la vista esperanzado. —Quizá lo encuentres de un excelente humor. Acatarrado, pero de buen humor. —Las cejas del moreno se alzaron.
—¿Por qué…?—De pronto, sus ojos negros se abrieron de par en par. —¡No!
—Si—respondió el arquero.
—No me digas que… —Aioros y Deltha asintieron a la vez. Shura vio de un lado a otro, asegurándose de que el geminiano no apareciera de la nada, y solo cuando lo hubo comprobado, se decidió. —¿Se puede decir que, oficialmente, Saga se ha conseguido una novia?
—Eso parece—murmuró Aioros.
—¡¿En serio?! No creí que viera este día nunca.
—Yo tampoco. —Aioros y Deltha respondieron al unísono, se miraron entre sí, y rompieron a reír.
—Han sido muchos, muchos años pensando en ello.
—Ya, pero Saga… —Le resultaba difícil de explicar lo "poco" o "mucho", según se viera, que conocía de la relación de Saga y las mujeres. Era… complicado. —¿Cuándo supiste?
—Hace un par de días. Pasé por Géminis para comprobar si seguía con vida. Agonizaba, pero… asumo que gracias a eso, confesó.
—¿Cuánto confesó?
—Más de lo que quieras saber—acotó Deltha. El de Capricornio alzó las cejas, sorprendido ante aquella respuesta tan clara.
—Si, diría que si… Aunque todo depende del rango de interés que tengas en los chismes. Si lo medimos según el interés que, sospecho, tendría Milo… Contó poco.
—Oh. —Empezaba a hacerse una idea.
—Si lo mides según mi necesidad de saber detalles, creo que contó demasiado.
—Bah—masculló Deltha—. Son tal para cual, tú solo eres fácilmente impresionable. Debiste escucharla a ella…
—Tú eres otra escorpio más.
Esta vez fue Shura quién rió, aunque con cuidado. La piedra que servía de pisapapeles estaba demasiado cerca de la mano de Apus, y él continuaba sin estar en su lista de santos favoritos.
—Como sea, el objetivo es que Kanon no se enteré. Al menos por ahora.
—Entiendo.
-X-
Apenas despegó los labios para decir "hola", se percató de que su presencia les había tomado por sorpresa. De igual manera que a él le había pasado viendo a Deltha allí.
—¡Hey! —exclamó Shura, casi con nerviosismo. El rato de chismes habían estado bien, pero de pronto, su conciencia voló a los papeles. —¿Cómo estás?
—Bien. —Aunque lo que mejor habría descrito su estado en aquel momento, hubiera sido un "incómodo". Apus le ponía los pelos de punta. Así, con lo pequeña y torpe que era. Pero tenía un mal genio genuino, y no podía imaginarse que estaría pasando por su cabeza en aquellos momentos. Estaba seguro de que Naia le había contado todo. Y cuando decía todo… significaba todo. Evitó pensar en ello. Una cosa era que sus amigos chismosear acerca de su vida íntima, y otra distinta que lo hiciera ella. —¿Qué hacéis todos aquí?
—Acompañamos a Shura, se siente culpable.
—¡Oye!
—¿Culpable por qué?
—Porque no hizo nada en tu ausencia. —Shura lo fulminó con la mirada, pero Aioros ensanchó la sonrisa traviesa. —¡Perdón! Si que hizo algo… Aprendió a girar el boli con los dedos con maestría. —Y entonces, una bola de papel se estrelló contra su cara. Saga vio de uno a otro, tratando de evitar a la amazona silenciosa que observaba cada detalle en silencio.
—Ya… —Guardó unos segundos de silencio, hasta que se le ocurrió una idea. —Bueno, no importa.
—¿No? —La expresión desencajada de Shura, le sacó una sonrisa. Negó con el rostro, y continuó.
—No… vete si quieres. Yo me quedó. —Con suerte, adelantaba algo de trabajo hasta que Naia estuviera libre. Shura lo miró con desconfianza, pero él solamente asintió de nuevo. —No muerdo, cabra. Al menos no, la mayor parte del tiempo.
—¿Seguro? Es…
—Aburrido, si. Me di cuenta antes de irme. Pero si insistes en quedarte…
—¡No, no, no! Muchas gracias. —Se levantó de la silla de un salto, y antes de que se dieran cuenta, ya estaba en la puerta. No fuera a ser que Saga se arrepintiera. —Te veré mañana. —El peliazul asintió de nuevo, de pie donde estaba. —¿Venís?
—Si, voy contigo—respondió el arquero, alcanzando a Shura rápidamente—. Me alegra ver que la gripe despejó tu cerebro…
—Bah… más o menos. —La gripe era el menor de sus problemas. Kanon era uno bien grande. Aioros palmeó su hombro antes de salir.
—¿Del? —La llamó. Casi sin querer, todas las miradas, la de Saga incluida, voltearon hacia ella. Se había levantado, pero apenas se había alejado de la silla un par de pasos.
—Ve yendo. Enseguida voy yo.
Y entonces, todas las alarmas saltaron. Shura alzó las cejas y el ceño de Aioros se frunció. No estaba seguro de que fuera una buena idea dejar a aquellos dos solos… No después de lo que había pasado las últimas veces. Aunque, a decir verdad, la noche en que tuvo su encontronazo con el vodka, no lo habían hecho tan mal. Vio de Deltha a Saga, y supo que el geminiano no estaba nada cómodo con la situación. La mandíbula tensa hablaba por si sola.
—Si. Solo… tranquila. —La amazona asintió.
—Vamos, vete. Te alcanzaré después.
Después de una última mirada, los dos santos se marcharon, cerrando la puerta tras de si. Saga expulsó el aire que estaba conteniendo sin darse cuenta si quiera, y se sopló el flequillo. Su expresión de pánico no había sido tan obvia, ni convincente como para que no lo dejarán allí solo, en ese preciso momento. Resignado, lo lamentó con un suspiro.
—Relájate, no es como que vaya a tratar de matarte. —Para ella era fácil decirlo.
Él vivía estresado la mayor parte del tiempo, y esas situaciones en las que compartía su espacio personal con alguien que lo odiaba profundamente, le ponían nervioso. Finalmente, se dio la vuelta y la encaró.
—¿Sucede algo?
—Si. —Saga miró a sus ojos de plata y guardó un mortífero silencio.
Se temía lo peor, aunque no tenía menor idea de por dónde iba a venirle el golpe. Por ello, cuando Deltha se quitó la máscara y la dejó sobre la mesa, supo que estaba totalmente perdido. Y su instinto lo estaba de igual manera.
Hacía mucho tiempo que no veía aquel rostro, y aunque era prácticamente igual a como lo recordaba, las facciones aniñadas se habían torneado. Seguía teniendo la misma expresión de niña adorable, pero algo en sus ojos almendra brillaba de un modo mucho menos inocente y más travieso. Era una mujer guapa.
—Supe de lo que pasó en Asgard. —Y la verdad era, que Saga no esperaba tener que rendirle cuentas a ella precisamente.
—Oh. —Aunque si esperaba que lo supiera.
—Y seré sincera con esto: es algo que tenía que haber pasado hace mucho tiempo.
—¿Perdón? —Deltha hubiera pagado lo que fuera por mostrarle aquella cara de póker al mundo entero.
—Yo estaba allí cuando la sacaste del Santuario todos esos años atrás. —Oh, hablaba del famoso beso. Al menos ahora, Saga sabía por dónde iba encaminada la cuestión.— Y puede que no seas mi persona favorita en el mundo. —O en la galaxia entera. —Pero… —Se encogió de hombros, recortó los pocos pasos que lo separaban, y señalándolo con el dedo índice peligrosamente cerca de su rostro, continuó. —Si me dices que lo que pasó en Asgard ha sido una divertida aventura de las de tu lista, me enfadaré.
—Ya…—murmuró entre dientes. Era un imán para las situaciones extrañas, eso estaba claro. —¿A qué lista te refieres? ¿A la de amantes devoradas en el desayuno, o…?
—Idiota. —Golpeó su pecho y frunció el ceño. —Naia puede sobrevivir a las idioteces de Kanon, porque probablemente es la única persona sobre la faz de la tierra que comprende mínimamente el funcionamiento de su retorcida cabeza. Y aún así, le duele.
—Lo sé.
—Esta bien que lo sepas. ¿Por qué sabes qué? —Saga negó con lentitud, sin quitarle ojo de encima. —Ella no sabría hacer lo mismo contigo. —El gemelo quiso decir algo, pero antes de que pudiera despegar los labios, Deltha le tapó la boca. —Pasas callado la mayor parte del tiempo, este también es un buen momento para hacerlo. —Vale, Saga podía concederla eso. —Si existe una razón lógica por la que ella quiso volver aquí… si es que puede considerarse lógica, claro, eres únicamente tú. —Aquello no era algo que nunca se hubiera pasado por la cabeza de Saga, pero oírlo de alguien como ella, resultó extremadamente especial.
—¿En serio?
—¿En serio lo estás preguntando?
—Si. —Deltha rodó los ojos. —Oye, no soy el Doctor Amor. Hay ciertas cosas que se me pasan por alto—protestó a la defensiva.
—Ya lo sé. —Sonrió internamente, precisamente aquella era una de las cosas que lo hacía, hasta donde ella se atrevía a admitir, adorable a su manera. —La cuestión es que ella tiene una imagen de ti prácticamente perfecta. Sabe que tienes tus… cosas. —Cosas, que para Deltha no eran precisamente pequeñas y fáciles de ignorar. —Pero eres todo lo que ha pasado buscando su vida entera. No me preguntes porqué ha dado tantas vueltas, o porqué se ha complicado tanto… Naia realmente confiaba en que las cosas con Kanon resultarían y estaba ilusionada con ello. No fue una mentira, ni un modo de sustituirte, ni lo utilizó… creo que ni siquiera ella se había dado cuenta de la magnitud de las cosas. Tú, simplemente, la pusiste un alto nada más llegar, y ella hizo tal y como pediste.
—¿Qué es lo que quieres decirme?
—Que tengas cuidado. —Suspiró. —No puedo aferrarme a los recuerdos que tengo de ti. Ahora mismo, eres un desconocido para mi. Lo que conozco es desagradable. Ella cree que hay algo que merece la pena a pesar del riesgo que corréis. —Saga alzó una ceja cuando la escuchó. —Quizá soy demasiado mal pensada, pero creo que no soy la única que espera que suceda una catástrofe con tu hermano, ¿verdad?
—Eso… —Se sopló el flequillo. El desayuno de la mañana ya le había dejado en claro que era cuestión de tiempo.
—No importa. —Lo silencio con un gesto de la mano. —Solamente trata de evitarlo, porque mientras puedas hacerlo, ella estará fuera del radar del Maestro y de su lista de personas problemáticas.
—No puedo prometerte eso.
—No, supongo que no. Pero con que hagas el esfuerzo… basta. —Saga entrecerró los ojos y ladeó el rostro. Deltha le estaba dejando en fuera de juego con aquella inesperada conversación. —Solamente quiero que ella esté bien y esté segura. Si haces algo que la dañé… no importa cómo pero encontraré la manera de hacerte daño. —Golpeó su pecho repetidamente, mientras lo miraba de soslayo. No estaba del todo cómoda con la decisión que había tomado en el último par de días, pero la parecía justa. Haría el esfuerzo que fuera necesario por que las cosas fueran tan bien como fuera posible. Aún si eso significaba tratar de tolerar a Saga y las pesadillas que su historia le provocaba. Después de todo, desde que había vuelto se había comportado como una bruja la mayor parte del tiempo.
—Supongo que me andaré con cuidado… —El tono cauteloso de su voz, la hizo sonreír. Saga se quedó inmóvil. Era la primera vez que Deltha le sonreía en más de quince años.
—¿La quieres?
—La quiero. —Se tomó su tiempo para responder, pero cuando lo hizo, una sonrisa deslumbrante adornó el rostro de la amazona de Apus cuando recibió la respuesta que quería oír. No solamente porque era lo que buscaba, sino porque sabía lo complicado que era para algunas personas llegar a una conclusión tan simple como esa. Asintió.
—¿Sabes? En estos meses he discutido más con Naia que en toda mi vida. La defensa férrea que ha hecho de vosotros, debo admitir que me ha dejado sin palabras.
—De Kanon—murmuró, y un gesto pícaro adorno el rostro de la amazona.
—¿Eres celoso, Géminis? —El peliazul frunció el ceño, y desvió el gesto. —Tomaré eso como un si.
—Es una situación un tanto compleja. Es mi hermano gemelo…
—Si, me había dado cuenta. Pregunté al respecto, pero…
—¿Qué?
—Nada, nada. —Carraspeó con picardía. —Lo que iba diciendo es que estoy dispuesta a firmar la paz contigo, por el bien de todos los que queremos. Eso no significa que vaya a abalanzarme mañana sobre ti con un abrazo de oso, ni que vaya a preocuparme si alguien te patea tu culo dorado. Pero después de ver las cosas en perspectiva… Eres la maldita pieza que ha faltado todo este tiempo.
—¿Mmmm?
—No solo eres lo que Naia buscaba. ¿Viste antes cuando llegaste? Hacía muchos, muchísimos años que no veía a Aioros tan absolutamente feliz. Lo esta pasando mal, pero de pronto, Shura y tú habéis vuelto, y curiosamente lo habéis hecho juntos. Es algo que creo que él no imaginaba ni en los mejores sueños.
—Dales un chisme y estarán felices hasta que llegue el siguiente.
—Entonces es fabuloso que seas una fuente inagotable de chismes morbosos e indecentes.
—¡Oye…!
Sin embargo, antes de que pudiera protestar, Deltha le tendió el puño.
—¿Firmamos la paz? —Saga miró sus ojos de almendra. Se humedeció los labios, y a mil por hora, recapacitó en todo lo que había dicho. Había sido todo tan inesperado… pero suponía, que así eran las cosas cuando alguien te importaba como a él y Deltha le importaban Naia y Aioros. Eran días de cambios. Apus, sin saberlo, le había quitado un enorme peso de encima. Chocó su puño con el de ella, y una sonrisa diminuta adornó su rostro.
—Paz.
-X-
La espera se le había hecho tan larga, que sus maltrechas uñas comenzaban a quejarse. No tenía la menor idea de que había estado haciendo Naia todo aquel tiempo, pero desde que la habló vía cosmos, hasta que finalmente llegó a la fortaleza de Cabo Sunion, el geminiano hubiera jurado que habían pasado horas.
Echó un último vistazo a la polvorienta estancia. Hacía más de veinte años que no entraba allí. No después del susto que sufrió la primera vez, aquel día en que Nikos y Keitaro les desafiaron, y ellos terminaron ahí abajo, sin encontrar la salida, y topándose con dos mocositas que cambiarían, de un modo u otro, sus vidas. Sonrió al pensarlo.
Solamente esperaba que Naia no le recibiera de nuevo con una pedrada en la cara. Inconscientemente, se rascó la cicatriz de la ceja y sonrió. ¡Cómo habían cambiado las cosas!
Pronto escuchó unos pasos cerca de la entrada, y el gesto de su rostro se amplió. Solamente podía ser ella. Esperó pacientemente donde estaba, hasta que finalmente, el rostro de plata asomó con inseguridad. En cuanto lo vio, se quitó la máscara.
—Al fin—dijo ella.
—¿Qué te llevó tanto tiempo?
—Estaba con mi hermano. Desde que volvimos de Asgard, está un tanto raro…
Llegó hasta él, y hubiera jurado que sus labios estaban adornados con una sonrisa permanente. Discreta y tímida, pero estaba ahí. Sonrió ella misma, se puso de puntillas, tiró de su melena, y atrapó sus labios. Saga se dejó hacer. No estaba acostumbrado a nada de aquello, pero se sentía asombrosamente bien. Devolvió el beso, y se quejó cuando Naia se alejó con gesto pícaro.
—¿Qué tal fue el día? —Se sentó en una columna caída, y él la siguió.
—Bien, creo. —Lo pensó dos veces. Entre Kanon, Camus, y Deltha, había sido francamente raro. Pero prefirió callárselo. —¿El tuyo?
—Complicado. —Casi inmediatamente, el ceño del geminiano se frunció, demandando una respuesta más amplia. Naia suspiró, quería decírselo, quería que supiera cual era la situación, pero tener que hacerlo la ponía nerviosa. Al fin y al cabo, él sería quien volviese a Géminis, no ella. —Hoy vi a Kanon.
—Oh. —Últimamente usaba ese monosílabo demasiado, tanto que debía parecer estúpido, pero no encontraba otra manera de responder a ciertas cosas. —Pasó prácticamente todo mi entrenamiento mirando desde las gradas.
—¿Y?
—¿Puedes creerte que vino todo el camino hasta la cabaña, tratando de convencerme de volver con él, porque nos divertíamos?
—Me lo creo—dijo en apenas un susurro. Sin embargo, el rostro serio de la amazona, le hizo sospechar que había algo más. —Pero no es todo, ¿no?
—No. —Respiró hondo. —De alguna forma, Kanon piensa igual que las ancianas del lugar: no habrá hombre mejor que un santo dorado para una. Se considera como la mejor opción, y entre sus cavilaciones, me hizo una pregunta.
—¿Cuál?
—Después de decir que no hay nada mejor a lo que aspirar… —Debía admitir que Kanon se quería mucho a si mismo. —Me preguntó si era porqué estaba con alguien. —Y de modo inmediato, las alarmas de Saga saltaron. Dejó caer los hombros, y respiró hondo. —Le dije que no era asunto suyo.
—Entonces, estoy casi seguro de que ya lo sabe.
—¿Por qué? Sacó sus propias conclusiones sin que yo…
—No es por eso. —Naia lo miró con interés. —Kanon creo que se levantó con el pie izquierdo hoy. Esta mañana tuvimos un desayuno cuanto menos… sospechoso. Está seguro de que algo cambió en Asgard, y la verdad, no tengo la menor idea de cómo quitarle esa idea de la cabeza.
—Por eso vino a buscarme.
—Supongo, no lo sé. O quizá lo hubiera hecho de todas formas. No soy el único bipolar del Santuario, aunque muchos lo olviden. —Rió ante su propia aclaración, pero ella solamente entrecerró los ojos. Como si él hubiera adivinado lo que Naia estaba pensando, continuó. —Búrlate de tus propios problemas, y las burlas de los demás dolerán menos, Caelum.
—Supongo que si… como sea, Milo tampoco está ayudando.
—¿Milo?
—Creo que se ha quedado con la misión de ejercer de celestina de nuevo entre Kanon y yo. Es tan fácil de leer como el cristal, y su comentario cuando lo vio allí, sumado a su expresión fue bastante claro.
—Le conseguiré una chica que lo mantenga entretenido. O dos.
—Buena idea. —Lo escuchó reír, y ella sonrió de vuelta.
—Yo tuve una conversación inesperada con Apus.
La expresión desencajada de Naia, le hizo pensar en como se había visto él cuando ella mencionó lo de Kanon. Sin embargo, la notaba tan tensa, que pensó que lo mejor era quitarle hierro al asunto.
—Tranquila, no nos matamos, ni soltamos veneno. No demasiado, al menos.
—¿Qué quería? Le diré que te dejara en paz, no tiene derecho a…
—No te preocupes. Fue bien. —Ella lo miró escéptica. —En serio. Fue inesperado, pero fue bien.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿No me darás detalles? —Saga negó con el rostro. —¿Por qué no?
—Porque son cosas suyas y mías. —Un gesto burlón coloreó su rostro. —Solamente piensa que hablamos, y nos fue bien. Nada más. No tienes de qué preocuparte.
—Espero que si. —Hundió el rostro entre sus manos, bajo la atenta mirada del geminiano.
—Vamos, ella no es un problema. —La rodeó con el brazo y la atrajo hacia si.
Se sorprendió a si mismo de lo bien y natural que se sentía eso, y besó su pelo. Era increíble lo mucho que sentía que había cambiado. Naia se acurrucó contra su pecho, y cerró los ojos.
—Este sitio esta bien.
—Si… se me ocurrió que aquí dentro nadie nos buscaría. Al menos de momento.
—¿Quién sabe acerca de nosotros?
—Aioros y Shura, supongo.
—¿Shura?
—Larga historia, pero te sorprenderías de lo interesado que estaba en el asunto antes de que nos fuéramos.
—¿Él? Parece tan… —Se encogió de hombros. Saga rió suavemente.
—Si, lo parece. Es posible que Camus lo sepa próximamente.
—¿Por qué esa sospecha?
—Por esto.
Abrió la mano frente a ella, desvelando un sobrecito de terciopelo negro.
—¿Es para mi?
—Si, para ti. —Una sonrisa de felicidad autentica, se dibujó en sus labios; y Saga, no pudo sino esperar con ciertos nervios a que finalmente lo abriera.
Naia tiró del cordón, y extendió la mano. Cuando el copo de nieve de blanco inmaculado apareció ante sus ojos, su expresión cambió a una que Saga no olvidaría. Sonrió. La había gustado.
—Es… precioso. —Lo acarició con las yemas de los dedos, y vio del colgante a Saga con una sonrisa deslumbrante. —Y frío.
—Esta hecho con los hielos eternos. Camus accedió… aunque no sabía que era para ti.
—Es… —Rió, y antes de que supiera que más decir, se abalanzó sobre él y lo abrazó con fuerza. —Me encanta.
-Continuará…-
NdA:
Saga: Hay algo q no dije durante el capítulo, pero que pensé muchas veces.
Aioros: ¿El qué?
Saga: Que Shura y tú sois el par de chismosos más chismosos del Santuario ¬¬'
Aioros: Y a ti te da miedo Deltha ¬¬'
Shura: Le comprendo u_u Es un pequeño orco cuando se enoja...
Saga: Pequeño...
Shura: Diminuta en realidad.
Saga: Si, pero no su nivel de "orco".
Shura: No, eso no e_e
Aioros: ¡Cómo sea! ¿Comenzamos a regalar joyería mística ya? =D
Camus: Oye, todo el trabajo es mío.
Saga: La idea no.
Shura: Definitivamente no fue idea de Camus. Él es más... directo ¬¬'
Saga: Ya veo que le va bien con Alessandra :P
Camus: Sin necesidad de joyeria.
Saga: Los regalos no se hacen por necesidad ^^
Aioros: Hacen sentir bien a las chicas :) Lo sé, como experto en relaciones q soy :)
Santitos: ...
Saga: Que en este momento de mi vida, Aioros sea mi ejemplo a seguir, me preocupa.
Kanon: A mi tambien ¬¬' Y antes de q comencemos a vomitar arcoíris, ¡despidamos el capítulo!
Saga: El acosador apareció... ¬¬'
Kanon: Cierra la boca. ¡Arruinaste mi Navidad!
Saga: Siento haberte desvelado el secreto de que Santa no existe.
Kanon: Grrr...
Aioros: Ajem... ¡Os deseamos a todos unas felices fiestas! Ya nos veremos el siguiente año.
Damis, Sun: Besitos y abrazos para tod s!
Saga: ¡Ádios!
