Capítulo 26: Un copo de nieve en Grecia.
Resultó que Nachi había sido más listo. A la menor señal de peligro se las había arreglado para huir, del modo más disimulado que le había sido posible. Había procurado ser invisible y eso le había salvado el día.
Jabú, por el contrario, había sido menos malicioso. El joven Unicornio ni siquiera había visto las alarmas encendiéndose a su alrededor. Iba hacia el Coliseo, cruzando por aquel solitario rincón, que servía de atajo entre el campamento de los santos y el camino que terminaba en el gran estadio, cuando todo había comenzado. De hecho, no había reparado en el primer golpe sino hasta que le vino encima. Para cuando intentó reaccionar, el pobre ya estaba acorralado por las garras de las dos amazonas. Shaina y Giste eran expertas cazadoras, el pequeño no tendría la más mínima oportunidad.
—Dejadme en paz. —Intentó defenderse, pero era tarde. Buscó con desesperación por las figuras de Saga o de Argol, para cobijarse bajo su sombra, pero ninguno de ellos estaba a la vista. —No os he molestado en lo absoluto.
—No se trata de eso, niño. —Giste le respondió, de modo irritante. A Jabú le resultaba absurdo que le trataran como a un niñato, cuando ambas mujeres no eran más que un par de años más grandes que él.
—¿Entonces de qué?
—Es cuestión de sobrevivir y de que aprendas a hacerlo. Los niños como tú, que habéis crecido afuera del Santuario, tenéis el feo de vicio de arruinar la inercia de este sitio. Os falta… curtiros.
—Claro—musitó. Pero el tono irónico de su voz no pasó desapercibido para la Cobra.
—¿Tienes algo que decir, niño?
—Nada.
—Algo.
—Anda, dilo. —La morena le retó.
El castaño se mordió los labios. Nada era más frustrante que callarse la boca con tal de mantener la cabeza en su sitio. La cuestión era que, ni se trataba de un enfrentamiento justo, ni tampoco tenía posibilidades de salir ileso de aquello.
Debió haber sido tan listo como el santo de Lobo y haber huido a la más mínima provocación. Por supuesto, no se le había ocurrido. Nachi tenía más experiencia que él, en el área de supervivencia. Máscara Mortal y su mal genio seguramente le habían enseñado un par de cosas acerca de encontrar las señales en el ambiente que le mantendrían vivo. Lástima que él había pasado demasiado tiempo con Argol y Saga cuidándole las espaldas.
—No quiero problemas—musitó de nuevo—. A Saga no va a gustarle esto, Shaina. —Pero sus quejas habían tomado el camino equivocado. No era necesario ver el rostro desnudo de Shaina para saber lo mucho que aquel comentario le había molestado, así como tampoco necesitaba contemplar el rostro de muñeca de Giste, para imaginarse la sonrisa sardónica que traía en los labios. Menuda forma de cagar el asunto. —No… no es lo que quise decir. —Trató de componerlo, pero era tarde.
—Géminis y Perseo están maleducándote.
—¿Tendremos esta discusión de nuevo? —Según le había dicho Argol, mostrar miedo era la principal causa de muerte a manos de amazonas. Y, aunque por dentro temblaba, trató de lucir más entero que en ocasiones anteriores.
—No habrá discusión esta vez. Solo una pequeña evaluación a tus habilidades. —Giste se adelantó a la peliverde.
—Giste dice que Nachi crece más rápido que tú. Parece ser que sus métodos son más efectivos que los de Argol, así que tal vez podrías beneficiarte un poco de ellos.
—Giste está en otro equipo. —Y, con un par de compañeros como Giste y Máscara Mortal, uno entendía que Nachi fuera mejor sobreviviendo.
—El niño habla más esta vez…
—Hay una constante competencia entre equipos—Shaina continuó—. El nuestro podría estar entre los mejores, sino el mejor. Somos Saga, Perseo y yo. Pero tú… —Chasqueó la lengua. —Nos retrasas.
—Sino no llego al entrenamiento, os retrasaré más. —El Unicornio trató de esquivarlas, pero sus esfuerzos no eran suficientes. —¡Oh, por favor! —Se quejó al no conseguir nada.
—No hay prisa.
Para ellas, claro que no la había. Él, en cambio, estaba comenzando a sudar, a pesar del fresco de la mañana.
Empezaba a pensar que el único motivo por el que terminaba siendo víctima de semejante acoso era para sacarle canas a Saga. Después de todo, él ni siquiera era tan importante como para que Shaina le prestara tanta atención. Seiya sabría como domarla, lástima que estaba a miles de kilómetros de ahí.
—Te propondremos algo.
—¿El qué? —Nada bueno, a juzgar por el tono de Giste.
—Golpéame una vez y serás libre. —La provocación hizo que la amazona de Ophicus soltara una risilla burlona. —Solo una vez.
—No haré tal cosa.
—Por supuesto que no—masculló la peliverde. Aunque sería divertido verlo intentar.
—¿Estás listo?
—He dicho que no.
—Yo lo estoy.
—Giste, os estoy diciendo que…
—¡Ahí voy!
Jabú la vio ir contra él a toda velocidad. Estaba seguro de que algún punto había puesto cara de terror, porque también pudo escuchar la carcajada de Shaina a sus espaldas. Joder. De haber sabido que las cosas serían así en el Santuario, hubiera preferido irse de vacaciones permanentes con el idiota de Seiya y los demás.
-X-
—¡¿Qué estás haciendo?!
La mano de Máscara Mortal se cerró alrededor de la muñeca de Giste y tiró de ella, para detener el golpe que estaba a punto de asestar. Gracias a todos los dioses que había llegado a tiempo.
Rompió la inercia de la pelea, forzando a la amazona a detenerse. Ella giró violentamente, en busca del rostro de aquel hombre osado. Se liberó de él con un zarpazo que el santo alcanzó a esquivar y amplió la distancia entre ambos por algunos metros. La máscara miró al italiano con indiferencia, aunque él sabía muy bien que el rostro bonito escondido detrás, probablemente destilaba rabia y deseos asesinos en su contra.
Sin embargo, Ángelo ni siquiera se inmutó. Las amazonas eran pequeños seres, violentos y salvajes que traían más de un dolor en el culo, pero él sabía que no podía mostrarles un ápice de debilidad, o Giste se las ingeniaría para cobrárselas.
—Deja de molestar al crío. ¿Estás buscando que Saga te dé un escarmiento? —O, peor aún, que le diera un escarmiento a él. —El chico es responsabilidad suya. Si la Cobra desea morderle el culo, está bien. Pero tú mantente al margen.
—Solamente estaba ayudándola. —Bajó la posición de combate y su cuerpo se relajó, en una actitud desvergonzada. —El niño tiene que aprender, o su equipo quedará rezagado. —No pensábamos hacerle daño.
—Ya, claro. Sois un par de finas damas—ladró el santo.
—¿Y desde cuando eres tú el gran defensor de niños inocentes e inútiles?
—Si quieres mimar a alguien, ve por Lobo y has lo quieras con él. —Shaina se sumó al ir y venir de palabras.
—Oh, cierra la boca, Cobra.
—Oblígame—rió. No era que esperara consideraciones por parte de su compatriota, pero también estaba segura de que el aura de Saga jugaba a su favor. Ángelo no haría nada que pusiera en tela de juicio a la autoridad del gemelo.
—Oh, no me retes, mujer…
—Anda.
Bufó, esperando que los dioses le otorgaran milagrosamente la paciencia que nunca le habían dado en veinticuatro años. Trató de mantener la cabeza en orden y de contar hasta un millón. No estaba sirviendo de mucho.
—Nada, ¿eh? —volvió a retarle. El peliazul tuvo que ingeniárselas para no gruñir esa vez. Acertó a mirarla con instintos asesinos, y por una vez, dejó que su sentido común se impusiera a su carácter. —Que… prudente.
—Quizás es algo que deberías imitar. —La voz del recién llegado se impuso sobre todas. Desde la distancia, la capa de Saga ondeó en el aire, mientras contemplaba la escena en silencio, pero no menos reflexivo. Probablemente sería la primera y última vez que le pediría a alguien que imitara a Máscara Mortal. Caminó de nuevo, acercándose a los santos y a las amazonas. —Ya deberías saber, a estas alturas, que una armadura dorada está por encima de esa de plata que vistes. Ten un poco de sentido común y no provoques a quien no debes. Y, por enésima vez—comenzaba a ser cansino—, deja en paz a Jabú. Creía haber sido claro al decir que era responsabilidad de Argol y no tuya.
—No veo a Argol por ningún lado. —La mujer encogió los hombros. —Solo enseñábamos un par de cosas al niño.
Niño. Niñas. No quería hablar de niños y niñas. Él no era la niñera de nadie.
Saga sintió la mirada expectante de Máscara Mortal sobre sí, atento a cada palabra. Miró también de soslayo a Giste, con la esperanza de que mantuviera la boca cerrada. Si algo le gustaba de la época de Arles, es que su aura de poder se mantenía más o menos intacta. Desafortunadamente, Shaina parecía dispuesta a probar sus límites y a despojarlo de ella.
Algún día lo pillaría de malhumor y, ese día, la peliverde se arrepentiría de sus pecados. Era una verdadera lástima que la amazona no duraría mucho tiempo callada. Quizás era buena idea dejarla muda alguna vez.
—¿Vamos a seguir con esto? —El gemelo la miró. Levantó las cejas, aunque su rostro no expresó nada. —Realmente no me apetece…
—Ya, ya. Ya sé lo que vas a decir, Saga. —Altanera y orgullosa, su voz resonó a través de la máscara. —Os dejaremos que miméis al chico. —Giró, en busca del rostro de su amiga. Con la misma actitud retadora de la amazona de Ophicus, la morena se mantenía en silencio, cruzada de brazos. —¿Vienes, Giste?
La otra no respondió, pero tampoco se opuso a la idea. Con una última mirada, la amenazante máscara de la amazona de los abismos, se despidió del castaño.
—Has tenido suerte—musitó Giste al pasar junto a Jabu. El chico tuvo la prudencia de mantenerse callado, detalle infinitamente agradecido por el santo de Géminis.
Sin darse cuenta, al verlas alejarse, ambos santos dorados dejaron escapar el aliento. Había algo terriblemente especial en sobrevivir a esos pequeños encuentros con el ego en su sitio. A veces sentía que su trabajo se limitaba a niñera de niños indefensos y de niñas salvajes dedicadas a atormentarlos. De algún modo, Shion debería pagarle extra por eso. Dilucidar los secretos en las cabezas de las amazonas era un arte que no dominaba, pero que tenía que enfrentar cada día.
—En serio, ¿qué demonios está mal con esas mujeres? —La súbita pregunta, seguida por una maldición en italiano, hizo que Saga volteara hacia su compañero. Meneó la cabeza, identificándose con su sufrimiento. Si tuviera dicha respuesta, las cosas no le irían tan mal como estaban.
—Yo que sé. —Se encogió de hombros. Después, miró a Jabú. —¿Estás bien?
—Si… gracias.
—No me agradezcas. Solo… evita estos incidentes. —"O, aprende a defenderte". —No siempre estaré cerca para mantenerte a salvo, ni tampoco vas a tener tanta suerte.
—Lo siento. Es solo que ellas…
—No lo sientas. Aplícate, ¿vale? —Palmeó su hombro un par de veces y, con un movimiento de cabeza, le invitó a marcharse de ahí.
El chico suspiró con resignación y, cabizbajo, tomó la iniciativa de marcharse. A decir verdad, si algo había aprendido a apreciar en Saga, era esa enorme paciencia que siempre demostraba con él. Al principio, cuando se había anunciado como el líder de su equipo, había tenido cierto recelo… miedo, incluso. Sin embargo, mientras más conocía al geminiano, más a gusto y agradecido se sentía de haber caído bajo su protección.
Detrás de Jabú, Saga se preparó para seguirle. Quizás Shaina y Giste le estaban volviendo paranoico, pero a veces tenía la impresión de que, agazapadas en un rincón, esperaban el momento para atacar y devorar al pobre niño.
Los dioses se apiadaran de él y le mantuvieran fuera del alcance de los colmillos de la Cobra. Sin que pudiera evitarlo, un escalofrío le recorrió la espalda de solo pensarlo.
Ángelo se quedó atrás, mirándoles marchar y preguntándose si debía acercarse o, si Saga le mordería al hacerlo. La verdad era que, siendo compañeros del mismo dolor, encontraba reconfortarte lloriquear con alguien más la miseria de ser jefe de unas criaturas tan salvajes como aquel par de amazonas. Además, si debía admitirlo, le resultaba remarcable lo bien que Saga se comportaba delante de ellas. Llegaba, impresionaba, mandaba y, de algún modo, salía con el culo ileso. Si él intentaba algo así, las dos mujeres le caerían encima con garras y colmillos. Culpaba de ello al encanto natural del griego.
—Oye, ¿te importa si os acompaño? —reaccionó y fue tras ambos. Se situó junto a Saga y le miró de soslayo, esperando el triste momento en que se negara. Sorprendentemente, el gemelo toleró su presencia. —Por cierto, gran trabajo antes.
—¿Eh? —Sonó indiferente, pero, hombre, ¡le estaba prestando atención!
—Con las dos locas.
—Yo tendría cuidado de llamarlas así en público.
—Si, si. Confío en que no dirás nada al respecto. —Solo consiguió que Saga subiera los hombros. —Como sea, yo no hubiera conseguido callarlas.
—No, la verdad no. —Ángelo arrugó la nariz. Pero Saga no veía caso en decir mentiras.
—Gracias por eso.
—Tú lo dijiste primero. Yo solo coincidí contigo.
—Tomaré como una buena señal el hecho de que acordemos en algo.
—Si quieres verlo así.
Tonto Saga que no le ponía nada fácil. Sin embargo, no era como que Máscara Mortal tuviera otra opción. Tendría que soportar lo que le ponían encima, a modo de penitencia. Era lo mínimo que podía hacer.
Se rascó la nariz y guardó unos instantes de silencio. Miró a los alrededores, que mostraban más señales de vida conforme se acercaban al Coliseo. El geminiano en cambio, seguía en silencio y eso le incomodaba. Él, que siempre se había considerado un buen conversador, no conseguía sacarle más de dos palabras a Saga. El problema era que esta vez, había algo que realmente consideraba importante de discutir con él. Era un tema sensible.
Así que resopló una vez. Resopló dos veces. Resopló tres veces. Siempre intentando llamar la atención, pero Saga lo ignoraría hasta el final de los tiempos, si era necesario.
Tendría que ser más directo.
—En otros temas—habló, mientras de manera inconsciente, se preparaba para defenderse de un golpe traicionero si así llegaba a necesitarlo—, ¿cómo va Kanon? El viaje a la Isla Reina Muerte le dejó algo cimbrado.
Saga no se detuvo, pero por primera ocasión, volteó a verlo directamente. Tenía su atención.
-X-
Dos palabras de Saga habían bastado para que Jabú desapareciera. Máscara Mortal no sabía ni por qué se sorprendía de tal eficacia: si el geminiano podía deshacerse de Shaina y Giste con tanta rapidez, el pequeño Unicornio no era ningún problema.
Lo que si le preocupaba un poquito ahora, era el hecho de que Saga no le quitaba los ojos de encima. Y no era un mirada precisamente "pacifica", sino severa y exigente, como solo Saga podía serlo. Ángelo sabía que había tocado un nervio con aquel par de frases. Conociendo a Kanon, no le sorprendía que su gemelo, usualmente indiferente a chismes, estuviera interesado. Las cosas debían de ser algo espeluznante en Géminis.
—¿Qué sucedió en la isla? —Saga le cuestionó. Su voz fue firme, pero inexpresiva.
—Pues, ya sabes que fuimos ahí como cazafantasmas…
—Ya lo sé. ¿Qué hay con eso? —Oh, tenía prisa. Saga nunca tenía prisa. La ansiedad, al menos la ansiedad pública, no era cosa suya.
—Después de un par de molestias, nos encontramos con Guilty. El viejo ya era un hijo de puta antes de morirse, pero te juró que jamás pensé que lo fuera tanto, como para jugar con la cabeza de otro hijo de puta como lo es tu hermano. —Entonces, se respingó. Acababa de llamar puta a la madre de Saga. Joder, que iban a romperle la cara si no se disculpaba pronto. —Sin ofender a tu madre, por supuesto. —El griego le miró con fastidio por aquel desliz de su lengua, pero rápidamente su semblante volvió a tornarse grave.
—¿Qué fue lo que dijo?
—Digamos que expuso el punto más sensible de Kanon. —Saga arrugó el ceño. —Tú.
Por supuesto, ¿qué más podía ser? Como si no pudiera ser peor, lo último que necesitaba era a un imbécil resucitado inyectando más veneno en la cabeza de Kanon. Pocas cosas afectaban a su hermano, del modo en que él lo hacía. Era un tema que nunca superarían.
—Un escupitajo de palabras de Guilty y, ¡pf! Kanon enloqueció—continuó el santo de Cáncer—. Para ser tan engreído, tiene el ego más frágil que he visto jamás. ¡Y ni hablar de sus complejos de inferioridad! Se presentó como Kanon de Géminis, y en el instante en que el viejo le recalcó que no debía de presentarse con logros ajenos, el cerebro se le esfumó. Nunca superará a esa jodida armadura. —Apuntó al ropaje dorado que Saga vestía. —No quiero exagerar. Pero, ¿estás seguro de que no ha intentado asesinarte mientras duermes?
—Confío en el odio que siente por mi le incite a no matarme por la espalda, sino de frente—respondió. Trató de no sonar consternado, pero lo estaba. Kanon y él no tenían arreglo, y aunque siempre lo había sabido, no dejaba de ser doloroso. —Le gustará que yo sepa que fue él quien me mató y no que me pase desapercibido.
Ángelo torció la boca, adivinando los pensamientos de Saga escondidos tras sus palabras. Era raro verlo vulnerable y, a pesar de que todo había sucedido tantos años atrás, no dejaba de sorprenderle. Saga era el fantasma que perseguía a Kanon. Kanon era la gran debilidad de Saga. Vaya par.
Trató de pensar rápido, con la intención de voltear el tema a lugares menos deprimentes. Para su mala suerte, la verdad era demasiado cruda para hacerla a un lado.
—Lo que voy a decir no hará mucha diferencia, pero tengo que decirlo. —Sopló sus flequillos. —No creo que Kanon te odie a ti.
—¿No? —Saga sonrió, sardónico.
—Se odia a si mismo—sentenció—. Y lo desquita contigo, lo cual es una mierda.
—Vaya consuelo…
—Nadie dijo que yo era bueno consolando. —El santo de Géminis le miró de soslayo y giró los ojos. Otra cosa en la que estaba de acuerdo. —Pero soy bueno dando consejos.
—Voy a desacordar con eso.
—Hey… a veces puedo ser un tipo listo.
—Como digas…
—Y voy a ayudarte. —Saga, quien había comenzado a recorrer el camino para ir en busca de su equipo, se detuvo.
—Nadie puede ayudarme con Kanon.
—No pienso remendar vuestros problemas. No soy tan idiota. —Negó con la cabeza. —Pero puedo ayudarte a ver el siguiente golpe de Kanon por adelantado.
—¿Cómo piensas hacer tal cosa?
—Manteniendo a Kanon cerca. A diferencia de cualquier otro, él ni siquiera nos ve como dos personas que hablen más de dos palabras. No tiene motivos para desconfiar de mi.
—Esto no es un juego de espías, Ángelo.
—Solo ofrezco mi ayuda. Es mejor que nada, supongo.
—¿Aceptar tu ayuda es uno de los maravillosos consejos? —volvió a ser sarcástico. En el fondo, era un poquito divertido ver a Ángelo tan seguro de sus capacidades.
—Mi consejo es: acepta tanto aliados como puedas—repitió—. Así, cuando Kanon te golpee, habrá más gente para levantarte del suelo.
—Que amable…
No hubo una sola palabra más por parte del griego. Con la melena azul y la capa blanca al aire, Saga continuó su camino.
Ángelo ensanchó su sonrisa hasta mostrar los dientes. No se inmutó ante la falta de respuesta del geminiano. Saga no había reído, no se había quejado… pero tampoco le había dicho que permaneciera al margen. Eso significaba que tenía su aprobación, ¿cierto?
De todos modos, se lo debía a Saga. A partir de ese momento, se volvería su aliado más valioso. Ya probaría su valor.
Sobó su nariz y entrecerró los ojos, sintiéndose especialmente motivado. Ahora, era un hombre con una misión… al menos hasta que Kanon se lo curtiera a golpes, o Saga. Cualquiera de los dos podía botarle los dientes de un par de golpes, pero eran los riesgos del oficio. Algún día, si todo salía bien y si la suerte le sonreía un poco, quizás Saga le perdonaría y aprendería a confiar en él.
No habría de correr con ansias tampoco. La confianza llevaba tiempo para construirse y aquel era solo el primer paso de una enorme maratón.
-X-
Inconscientemente, Naia se aferró al colgante que llevaba en el cuello. La sensación del hielo en sus dedos la hizo sonreír. Por supuesto, la máscara ocultó esa sonrisa cómplice de los ojos de cualquier curioso, pero el apego a aquel nuevo regalo fue más obvio para Milo.
La amazona reparó en la mirada del escorpión sobre ella, gracias a la insistencia de su gesto. Maldijo en silencio la curiosidad de los escorpiones. Esperaba que semejante grado de curiosidad no le causara problemas.
Trató de ignorarlo. Se recogió el cabello largo y húmedo a causa del intenso entrenamiento y se dispuso a marcharse de ahí. Antes de que el santo dorado pudiera decir cualquier cosa, ella ondeó la mano en el aire para despedirse y salió a toda velocidad de ahí. Se había librado de un interrogatorio exhaustivo, que no estaba dispuesta a sobrellevar. Milo tenía más interés en su vida privada del que debería.
—¡Hasta mañana!
Trotó hacia la salida, sin mirar atrás. Si lo hacía, volvería a quedar atrapada. Cuando cruzó los pasadizos, enmarcados por enormes arcos, que resguardaban las entradas a la arena del Coliseo, se permitió reducir el paso y respirar. ¡Estaba a salvo!
Siguió el camino a casa, anhelando un baño de agua tibia que le relajara los músculos. Más allá de las prácticas, tanto estrés en su vida estaba haciendo un desastre de sus nervios. El único remanso de paz eran aquellos encuentros furtivos con Saga, con nadie más que la vieja fortaleza de Cabo Sunión como testigo. El día entero valía la pena gracias a eso.
—¡Naia! ¡Espera! —Apretó los labios y cerró los puños con fuerza al escuchar aquella voz. Nikos no estaba listo para escucharla… nunca lo estaría.
—¿Estás libre ya?
—Recién ahora. ¿Vas a casa?
—Si. Me urge un buen baño de agua tibia. —Se estiró, sintiendo cada músculo de su espalda tesándose. —Hay días en los que simplemente se apetece pasar todo el día remojada. —Nikos soltó una carcajada.
—Te comprendo.
Sin embargo, repentinamente, la mirada violeta del santo chocó con el precioso adorno que pendía del cuello de su hermana. Se desconcertó por algunos segundos, guardando un silencio que no pasó desapercibido para Naiara. Ella decidió no mencionar la obvia confusión del chico, sino que esperó a que fuera él quien dijera cualquier cosa y sacara sus propias conclusiones.
Únicamente atinó a llevar su mano hacia el trozo de hielo y acarició con sus dedos los bordes de la exótica joya.
—Es bonito—dijo él, al fin.
—Lo sé.
—¿Es…?
—De hielo, si. —Naia asintió. Nikos estiró la mano para tocarlo y confirmar que la aseveración de su hermano era cierta.
—Vaya. No se derrite.
—No. Está hecho de hielos eternos: ni se derrite, ni puede romperse.
—Oh. —Vale, estaba impresionado. —Supongo que la única persona que puede hacer algo como eso es… ¿Camus? —Ladeó la cabeza. No encontraba sentido en la situación, o quizás se negaba a encontrarlo. Su subconsciente le alertaba de muchas otras cosas que su cabeza rehusaba admitir. —No entiendo nada. ¿Por qué Camus te daría algo así?
—No me lo dio. Camus solo hizo el colgante, es un regalo de alguien más.
—Oh. —"Oh" era la palabra del día.
Ahora estaba en la encrucijada de preguntar acerca del tema o si debía sacar sus propias ideas al respecto. Lo que sí sabía era que no tenía deseos de discutir con Naia y, cuando cierto par de nombres salían a la luz, usualmente así era como terminaban las cosas.
Naia se quedó quieta, expectante ante el silencio de su hermano. Había que darle crédito por mantener la calma y no desesperarse con preguntas cuyas respuestas no iban a gustarle. Sabía que, en el fondo, Nikos tenía las respuestas que estaba buscando, por mucho que se negara a admitirlo. Quizás era mejor así, porque Saga y ella ya tenían suficiente con un hermano paranoico, como para tener que lidiar con dos.
—No está mal… nada mal—musitó Nikos—. Doble crédito por convencer a Camus de hacer algo así.
—¡Ese es un buen punto! —Él asintió. Sonrió con torpeza mientras rebuscaba por el valor de soltar la pregunta. Qué complicado que era. —Como sea, yo voy a casa ahora…
—Si, si. Yo… —Pero en ese momento, a la distancia, distinguió la melena color fuego de Keitaro y poco después, le vio levantar los brazos para captar su atención. Un señal divina de que debía dejar el tema. Por ahora. —Yo también debo irme. Te veré más tarde, ¿vale?
—Por supuesto. —Naia volteó por encima de su hombro y vio al santo de Cruz del Sur. Por una vez, le alivió verlo. —Ya nos veremos.
Rápidamente, Nikos depositó un beso sobre su melena. Le sonrió y, tras guiñarle el ojo, se marchó de ahí.
Naia continuó su camino, soltando un gran suspiro. Dos interrogatorios evadidos en un mismo día debía ser un record. Un poco de suerte también. Desafortunadamente, tenía la sensación de que llegaría el momento en que no pudiera sortear los cuestionamientos por más tiempo.
-X-
Entraron a la taberna y esperaron que sus ojos se acostumbraran al cambio radical entre el Sol radiante de afuera y la semipenumbra del viejo refugio hecho de madera y barro. Las campanillas sobre el marco de la puerta anunciaron su llegada y entonces, un montón de miradas se posaron en ellos, miradas a las que no prestaron atención. Como era costumbre, el regordete Anatole les dio la bienvenida con una enorme sonrisa, escondida tras la espesa barba gris que cubría su rostro. Ellos correspondieron con un movimiento de sus manos y, después, se adueñaron de una mesa vacía, en el rincón más apartado del bar.
—¿Qué os sirvo? ¿Cerveza? —preguntó el cantinero.
—Como siempre, por favor.
—En seguida.
Mientras su bebida llegaba, aprovecharon para acomodarse y husmear un poco en busca de rostros conocidos. Siempre alguien más rondando por ahí y ese día no fue la excepción. El grupo de santos de plata más jóvenes les miró recíprocamente con interés,
Argol, Capella, Sirius, Moses, Asterion y Babel estaban acomodados en la mesa larga que estaba al otro lado del salón. Algunas jarras de cerveza y vino, junto con un montón de vasos a medio llenar tenía completamente ocupado el mueble de madera. Dante se le unió un momento después, con lo que seguramente era la provisión de alcohol para continuar con la reunión. Y, no mucho más tarde, el sonido de las campanillas avisó de la presencia de Tremy y Jamian.
—Parece que no nos invitaron—susurró Keitaro justo en el instante en que Anatole asentó los tarros de espumosa cerveza frente a ellos.
—Bah. No seas quejumbroso. Somos un mundo de diferencia respecto a ellos, ya sabes como son las cosas.
—No hubiera estado mal una invitación. Son unos chicos divertidos. Debieron decirnos algo. —Nikos estaba de acuerdo en que eran divertidos y que la pasaban bien cuando estaban en grupo, pero no tenía el más mínimo deseo de escuchar las quejas de su amigo al respecto de porqué no habían sido invitados a unírseles. Giró los ojos, suspiró y se empinó el tarro. Tomó medio segundo para que el pelirrojo notara su molestia. —¿Qué hay contigo?
—Nada—mintió.
—Morir te hizo un pésimo mentiroso. ¿Tienes problemas con Naia?
—No. En realidad, no. —Bebió otro trago de su tarro.
—¿Entonces? —Keitaro alzó las cejas y Nikos bufó. No quedaba mucho para que cediera.
—¿Has visto su nuevo colgante? —preguntó.
—No. —El santo de Cruz del Sur no creía tener la suerte de acercarse lo suficiente a Naia sin recibir un zarpazo de su parte. —¿Qué hay con ello?
—Es un copo de nieve… hecho de hielos eternos.
La confesión hizo que Keitaro se atragantara con su cerveza. El espasmo de tos que le hizo víctima también volvió a convertirles en el centro de la atención. Nikos lo miró, casi con pena, mientras daba un par de palmadas a su espalda, con la falsa esperanza de su amigo fuera capaz de respirar mejor gracias a eso.
Quedaba claro que los pensamientos del pelirrojo no iban muy alejados de los suyos. Probablemente llegarían a las mismas conclusiones juntos.
—El único que puede hacer eso es…—espetó, tan pronto sus pulmones le permitieron hablar.
—Lo sé, lo sé.
—¡¿Qué negocio puede tener él con ella?! —Se suponía que susurraba, pero no era así. Nikos le urgió a bajar la voz y le acercó la bebida, invitando a beber y a calmarse un poco.
—Acuario hizo el famoso dije, pero no fue él quien se lo regaló.
—¿Qué? Bueno, si no fue él, entonces…
—No lo sé. Casi tengo miedo de ponerme a pensar en ello.
—Pero lo estás pensando.
—¡Por supuesto que lo estoy pensando! —Tenía algunas hipótesis, solo que no quería decir ninguna en voz alta. En el momento en que lo hiciera, las cosas se volverían reales. —Es mi hermana pequeña y… ¡ya sabes como es ella con esos asuntos!
—¿Hay alguna posibilidad de que el regalo no venga de donde estoy pensando?
—Quizás. No sé. ¿De dónde piensas que viene? —Keitaro se sopló el flequillo y apuntó sutilmente en dirección a la colina zodiacal. El moreno admitió que pensaban lo mismo, expresando su frustración con una mueca en los labios. —Creo que sería un milagro que no viniera de ahí.
—¿Géminis?
—Casi seguro.
—¿Kanon o Saga? —Nikos no supo que responder. Cualquiera era un opción horrible para ambos. —Creí que ella estaba con Kanon. —Solo pronunciar el infame nombre hacía que el estómago le ardiera a Keitaro. No entendía que veía Naia en ellos, así como tampoco creía que ellos la merecieran.
—Ese es un tema que dejamos hace ya un tiempo. No tengo la menor idea de lo que Naia esta haciendo ahora con su vida, pero tengo un presentimiento terrible. Nada de esto me gusta.
A Keitaro tampoco le gustaba. Dejó caer la cabeza, apoyando la frente sobre la mesa, y se perdió en sus pensamientos, de los cuales ninguno era positivo. De reojo miró a Nikos tan enjuto como él. A ese ritmo, serían ancianos en un par de años: disgusto tras disgusto, con ceños fruncidos todo el tiempo.
Maldita mala suerte que les seguía aún después de morir y resucitar.
-X-
De pronto, la conversación ajena se había vuelto más entretenida que la propia. Los cuchicheos en la mesa había cesado y la atención de todos, disimulada o no, recaía en el otro par de santos sentados unos metros más allá.
—Estoy casi seguro de que escuché un él y un ella en esa conversación—comentó Asterion—. Y estoy casi seguro que no estoy tan borracho como para imaginar cosas. —Dante, a su lado, asintió.
—Definitivamente hubo un él y un ella.
—¿Y eso qué? —cuestionó Tremy. No sabía de donde venía semejante sobresalto.
—Pues que es tan interesante como extraño.
—¿Eh? Explícate, Perseo.
—Camus os toma demasiado tiempo, no podéis chismosear bien en este lugar—replicó el castaño. Jamian y Tremy sierre solían perderse todos los rumores por sus excesivas horas de trabajo—. Veréis, pequeños… Ese par de santos que veis ahí, no se caracterizan por tener un vida social muy activa. Y cuando hablamos de chicas, digamos que las opciones se reducen todavía más.
—¿Y ahora creéis que se han conseguido una novia?
—No—replicaron todos antes la pregunta del santo de Cuervo.
—Creemos que chismosean sobre otro él y otro ella, que no es ninguno de ellos.
—Todo esto es muy confuso… —Al escuchar la queja de Tremy, Argol soltó una carcajada.
—Lo que Moses quiere decir es que solo hay un ente femenino al que ambos prestan tanta atención.
—Vale, sigo perdido.
—Por Athena, tendrás que dibujarles todo el esquema, Argol—intervino Sirius.
El resto de los santos de plata rompió en carcajadas. La mano enorme de Moses se posó en la melena de Tremy y la revolvió con fuerza para molestarlo. Estaba claro que todos eran unos chismosos, solo que unos eran más fijados que otros.
—Ok, ok, silencio todos. —El santo de Perseo trató de tranquilizar el asunto. —Calmaos un poco para que pueda explicar a este par de pobres almas el funcionamiento de nuestro querido Santuario.
—¡Oye!
—Prestad atención los que estéis desconectados, ¿vale? —Un par de risillas adicionales se dejaron escuchar, pero nadie pronunció una sola palabra más. —Veréis, esto se trata de sacar conclusiones. Para empezar, debéis saber dos cosas: primero, que ambos tienen un mundo algo limitado por ahora y segundo, dicho mundo no es precisamente el actual. Así que pensad en todo como si estuviera sucediendo catorce años atrás. Cuando habléis de ellos y ellas, no penséis en vuestro universo. Pensad en el suyo. —Miró a los chicos y, por primera vez, las cosas comenzaron a tomar sentido para los dos despistados. —Las opciones se reducen bastante, ¿no?
—Caelum y Apus.
—Excepto que a Cruz del Sur no va a importarle un comino lo que suceda con Apus—Dante complementó a Jamian—. ¿Habéis notado el modo en que mira cierto trasero bonito?
—Oh—exclamaron los dos al unísono. Condescendiente, Argol les palmeó la cabeza.
—Fácil, ¿cierto? Tenemos al "ella". Ahora, pensad un poco más sin quemad vuestros cerebros: ¿quién es el "él" favorito de nuestra querida Caelum?
—Yo creo que hay dos "él". —Moses se llenó el tarro de cerveza de nuevo.
—Y yo creo que no te equivocas—dijo Capella. Asterión levantó el pulgar, compartiendo la opinión de ambos.
—Depende de cómo lo veáis—rió Babel—. En realidad, bien podrían ser la misma persona.
—Solo en apariencia, solo en apariencia—aclaró el santo de Perros de Caza. Centauro amplió su sonrisa. —En realidad son bien diferentes. Podéis preguntar a Aioros al respecto.
Aquella última observación activó algo en el cerebro de Argol que, a juzgar por la expresión en la cara de Asterion y de Babel, era una idea compartida. Era una idea divertida, sin lugar a dudas, pero era peligrosa al mismo grado. Lo mejor, o peor según se viera, era que implicaba a varios santos dorados: a los dos posibles "él" y a un tercero, que bien era el único que podía solucionar el misterio planteado por Nikos y Keitaro.
Era buena señal que Asterion pareciera interesado en el mentado lío, porque en definitiva sería quien más acceso tuviera al nuevo sujeto de interés. De ese modo, Argol no tendría que desgastarse tanto con las ideas.
-X-
—Tengo un par de teorías al respecto.
—No sé si quiero oírlas—respondió el santo de Orión.
—Te las contaré de todos modos. —Nikos giró los ojos. Por supuesto que Keitaro se las diría y por supuesto que él escucharía. Había algo terriblemente masoquista en el asunto que ninguno podía evitar.
Antes de empezar, el santo de Cruz del Sur levantó el brazo y indicó a Anatole que les trajera un par de cervezas más. El moreno estuvo a punto de rechazar la bebida, pero se le ocurrió que el alcohol era el único modo de sobrevivir a la sesión de terror que estaba a punto de iniciar.
Tan pronto el tabernero dejó las jarras rebosantes sobre la mesa, Nikos se empinó la suya. Soltando la respiración, se sintió listo para sobrellevar esa conversación.
—Empezaré por la teoría menos probable—comenzó el pelirrojo—: Milo.
—¿Milo? —El moreno negó con insistencia. —No hay forma de que Naia conserve con tanto cariño el regalo un niñato presuntuoso que le llama "culo bonito". —Ya había perdido la cuenta de cuantas veces había imaginado en asesinar al escorpión por dirigirse de ese modo a su hermana.
—Camus y él son grandes amigos. Pudo pedírselo y…
—Te he dicho que no. No es de Milo.
En parte, le calmaba. Milo tenía un reputación dudosamente escandalosa respecto a las mujeres. Claro que, en lo personal, Keitaro no podía estar más de acuerdo con las observaciones del peliazul: Naia tenía un lindo trasero digno de ser admirado y elogiado.
En ese momento, la mirada de Nikos se endureció, como si le hubiera leído la mente. De inmediato, carraspeó y trató de alejarse de esos pensamientos, que solo lo llevarían a arriesgar los dientes ante un posible golpe de su amigo.
—Mi segunda opción es Apus—dijo—. Ella está bajo el mando de Camus, así que pudo pedírselo a modo de regalo de cumpleaños.
—Bonita teoría… salvo por el hecho de que el cumpleaños de Naia aún está lo suficientemente lejos. Además, ¿crees que Camus haría algo así por Deltha? No son tan cercanos.
—Maldición. Eres un aguafiestas, Nikos.
—Créeme, me gustaría ser lo suficientemente positivo como para aceptar esa teoría y vivir con ella sin preocupaciones.
—La cuestión es que la tercera hipótesis tampoco se sostiene demasiado. —Keitaro se apartó de un manotazo los mechones rojos que caían sobre su cara. Bebió un trago para mojarse la garganta y siguió a lo suyo. —No veo a Kanon regalándole algo así. Tampoco veo a Camus haciendo semejante favor a Kanon. Todos saben que es el patán más grande de este sitio.
—No lo sé. —El santo de Orión miró de soslayo a su amigo, preguntándose si debía decir su descubriendo durante la ausencia de su hermana. —Es posible que Kanon y Naiara ya no estuvieran juntos cuando ella se marchó a Asgard—murmuró.
—¿Qué? ¿Qué dices?
—Es algo que escuché por ahí. Ya te digo, quizás él intenta recuperarla, o…
—Joder. Eso o llegamos a la opción cuatro. —La teoría número cuatro era la más aterradora y amenazante de todas.
—Él.
—Él—bufó. —Saga.
Hubo un silencio pesaroso y tenso en la conversación. Por un momento, las miradas de ambos santos de plata se ausentaron. El nombre que nadie había querido pronunciar ahora estaba en el aire y con él, los problemas.
—Naia siempre ha tenido algún tipo de fijación con ellos, pero esto es demasiado. ¿Saga? ¿En serio? —El cerebro de Nikos se rebelaba contra su intuición. Ante todo no pensaba admitir semejante atrocidad. —Ni siquiera se hablaban, y ella estaba con Kanon. Y…
—En realidad tiene más sentido que todo lo demás.
—No veo tu punto.
—¿Asgard? ¿La nieve? ¿El viaje? Dices que el colgante es un jodido copo de nieve, ¿no? Tiene todo el sentido del mundo. Es Saga. —Keitaro hizo una pausa. —Eso, o las hormonas de Mu se revolucionaron y decidieron darle un recuerdo de viaje a Naia.
—Oh, por los dioses. Cállate. —Nikos se llevó las manos al rostro. No necesitaba esa imagen.
—Yo solo decía…
—No digas más.
Nikos apartó la cerveza, ya no tenía ganas de beber. De hecho, ya tampoco tenía ganas de hablar. Ahora se sentía más gruñón que nunca y razones le sobraban. Lo peor era que tampoco podía discutir el tema abiertamente con Naia, porque no desea discusiones con ella.
Ni podía confirmar sus sospechas, ni podía disuadirla de dar marcha atrás, si las cosas eran como él se imaginaba.
—¿Por qué no le preguntaste? —Prestó atención a su amigo cuando lo escuchó preguntándole.
—¿Sobre el colgante? —Keitaro asintió. —No lo sé. Autonegación, supongo. Ella tampoco me dijo nada, creo que se volverá uno de esos temas tabú entre nosotros. La última vez que discutimos sobre estas cosas, terminó llorando. Odio verla llorar y odio todavía más saber que llora por mi culpa.
—Te entiendo. Cuando llora es… —Desgarrador, así era. Ya sabía él algo de eso. —Pero, ¿cómo piensas confirmar todo esto si no le preguntas?
—Tarde o temprano tendré que hacerlo—se resignó—. Aunque también podría interrogar a Deltha. —Era menos peligroso de ese modo.
—Pues ve a preguntarle. ¿A qué esperas?
—No estoy seguro de que vaya a decirme nada. —Nikos se cruzó de brazos. Naia y Del podían pasarse el día discutiendo, pero cuando cerraban filas, resultaba imposible sacarles los secretos de la otra.
—¡Inténtalo! Es mejor eso que pasarnos pensando en… en… en otras cosas.
—¿Te parece que me gusta pasar el tiempo atormentándome con esto? Simplemente no dirá nada.
—Entonces convéncela de que hable. Haz lo que tengas que hacer, la conoces mejor que yo. Y si no, al menos te sirve de pretexto para toquetearla.
—¡¿Qué yo toqueteo a quien?! —Notó que había subido el volumen cuando el silencio se apoderó de la taberna. Miró por encima de su hombro a todos los rostros que le contemplaban a su vez y trató de mantener la calma. Bajando la voz, continuó. —Estás loco. Yo no toqueteo a Deltha. —Pero solo consiguió que Keitaro le mirara con aquella sonrisilla cínica tan fastidiosa. —Quita esa cara, que es verdad.
—Ya… Solo no saques de quicio al arquero. Los tipos demasiado calmaditos como él terminan siendo los peores psicópatas despiadados.
—A veces no entiendo porqué seguimos siendo amigos.
—Porque somos un par de tristes medio patéticos baboseando por mocositas que, a su vez, babosean a un montón de idiotas con armaduras bonitas.
—Imbécil—ladró, entrecerrando los ojos.
—Nada peor que un imbécil que está en lo correcto, ¿cierto? —Al no recibir respuesta supo que le había callado la boca a su amigo. Sus vidas serían mucho más sencillas si hubieran conseguido lanzar al trío de demonios al acantilado cuando eran pequeños. Pero, como siempre les sucedía, el plan les había fallado. —Volviendo a nuestro magnífico plan, te ayudaré. —Rebuscó en su bolsillo por algunos billetes y los dejó sobre la mesa. —Compra un par de botellas de alcohol y ve a sacarle la verdad a Apus. Con un poco de suerte, quizás consigas algo más.
—¿Te he dicho ya que eres un imbécil?
—Si, lo dejaste claro hace unos cinco segundos. —Le miró, divertido. —¿Quieres saber la verdad detrás del mentando colgante o no? —Cuando Nikos gruñó, el pelirrojo supo que lo tenía donde quería. Aun así, no pudo evitar sorprenderse al verlo tomar su dinero. —Vaya, parece que al fin estamos de acuerdo. —El moreno volvió a gruñir, con más intensidad esta vez.
—Que quede claro también que eres una persona horrible y que espero que mi hermana nunca esté lo suficientemente desesperada como para fijarse en ti.
—Idiota. —Se mostraron la lengua mutuamente. —Si por ti fuera, Naia seguirían siendo una niña inocente y casta.
Y cuanta razón tenía Keitaro en eso. Era más fácil lidiar con ella cuando no habían ciertos gemelos peliazules de por medio. Extrañaba mucho esos viejos tiempos.
-X-
—¿Por qué Asterion tiene que interrogar a Aioros?
La repentina aparición de Jabú, en el que nadie había reparado hasta entonces, hizo que todos los santos de plata en la mesa pegaran un brinco del susto. Más de uno miró con ojos asesino al Unicornio, culpándole de modo injusto por su falta de visión. Sin embargo, el chico no se inmutó demasiado. Si algo bueno había salido de tensa relación con Shaina y Giste, era que había aprendido a perder el miedo a otras personas.
—¿De qué habláis? —insistió. Al principio, nadie quiso responder, pero cuando Argol lo tomó de la camiseta y lo jaló para sentarlo entre ellos, supieron que sería un cómplice más.
—¿Prometes no decir nada?
—¿De qué?
—Nikos y Keitaro tienen un secreto oscuro sobre un "él" y una "ella". Sospechamos que es algo entre Caelum y alguno de los gemelos—explicó Argol.
—¿Saga y Kanon?
—¿Quiénes más sino? —Capella le miró con fastidio.
—Oh… vaya. —Jabú estaba algo confuso. —¿Algo cómo…?
—Sexo. ¿Qué más? —Pero apenas Dante hubo soltado las palabras, la mano del santo de Perseo se estampó contra su nuca juguetonamente.
—Eh, no pervirtáis al chico. —Y, efectivamente, las mejillas del castaño habían adquirido un tono rojizo intenso.
—El chico es mayorcito para entrar en una cantina, seguro sabe una cosa o dos sobre sexo—rió el pelirrojo.
Jabú se estaba arrepintiendo de haber entrado a ese lugar y de curiosear donde no debía. Ahora no podría mirar a Saga a la cara sin pensar en él y en Naia haciendo cosas que no deseaba imaginar. ¡Ahora sería más raro de lo que usualmente era cuando estaba junto a él! Y Kanon… tampoco quería pensar en Kanon.
—Oye, Unicornio, ¿estás escuchando? —Argol, con una sonrisa traviesa en los labios, reclamó su atención de nuevo. —El problema es que no sabemos cual de los dos gemelos está involucrado en el lío. Así que mandaremos a Asterión a sacarle la verdad a alguien más.
—¿A alguien más? Algo así solo podría saberse en las doce casas y dudo que nadie quiera hablar.
—Hay alguien a quien quizás podamos engañar. —Perseo rió para sus adentros. ¡Qué gran plan el que tenía! —¡Aioros!
—Oh, por Athena. —Dijeran lo que dijeran, para Jabú el bendito plan sonaba como una catástrofe.
—Es algo inexperto con estas cosas y a lo mejor conseguimos sacarle alguna pista. Es una magnífica idea.
—Hasta que se dé cuenta. ¡O peor aún! Hasta que Saga o Kanon descubran vuestro plan.
—Eres aburrido, niño. —Jamian se quejó. A su gusto, todo eso era terriblemente entretenido. —Si no quieres participar, al menos no digas nada que nos arruiné todo esto. Asterion se está jugando el pellejo con esto.
—Nah… Creo que Aioros y yo nos llevamos mediamente bien. ¿Debo decirle también que Orión quiere tirarse a su novia? —El santo de Perros de Caza esbozó una sonrisilla burlona.
—No, a no ser que quieras que de verdad te despellejen en vida.
—Aioros no haría eso, ¿verdad? —Entrecerró los ojos. El resto de los chicos se encogió de hombros.
Asterion confiaba en que no fuera así. Si bien era divertido, no le entusiasmaba la idea de morir en el intento. Era mejor ir con cuidado. Si lo conseguía definitivamente sería nombrado héroe del mes entre sus iguales. Esperaba que el arquero no le pusiera las cosas complicadas.
—¿Cuando comenzamos? —Moses cuestionó.
—Mañana mismo, durante los entrenamientos.
-X-
Cuando Deltha abrió la puerta, dispuesta a abandonar la cabaña con todo sigilo, se vio obligada a pararse en seco. Se mordió los labios y retuvo el aliento al reparar en el rostro de Nikos, justo frente a ella, dispuesto a llamar a la puerta. Vista la hora, era tarde para una visita de cortesía.
—Hola—saludó escuetamente.
—Hola. ¿Ibas de salida? —La amazona echó una mirada fugaz a los alrededores. Un par de Korees habían sido testigos del atropellado encuentro y descubrió que hasta ahí llegaba sus esperanzas de escabullirse en medio de la noche sin ser vista.
—Algo así…—masculló—. Ya no.
—Lamento interrumpir.
—No importa. ¿Pasa algo?
—¿Naia está aquí? —Maldita pregunta. La pelipúrpura no podía responder con la verdad, no cuando en el campamento de las Korees, había oídos en todas partes y gente chismosa dispuesta a enterarse de todo.
—Adelante—dijo al fin.
Se hizo a un lado y Nikos entró con cierto recelo a la cabaña. Pudo sentir la mirada de la amazona sobre él, cuando la máscara desapareció. El lugar estaba prácticamente a oscuras, con excepción de la luz amarillenta que despedía un vieja lámpara situado en la mesita de noche. A pesar de la semipenumbra, con lo pequeña que era la habitación era fácil constatar que Naia no estaba por ningún lado.
Por muy irritante que fuera el descubrimiento, Nikos no estaba especialmente sorprendido. Ya se esperaba algo así.
—Volvió a escabullirse—balbuceó, visiblemente contrariado.
—Es obvio que no está aquí. Seguramente regrese más tarde, pero será mejor que la veas hasta mañana.
—¿A dónde fue? —La pelipúrpura retuvo el aliento y subió los hombros.
—No lo sé.
—¿No? —La vio negar rotundamente con la cabeza, a pesar de que era obvio que sabía algo. —Vale—desistió—. Parece que volvemos a la misma historia. No entiendo porque se arriesga a algo así. Si la descubren…
—Ya te dije que pienso de este asunto.
—Si, si. Es la vida de Naia y no tengo porqué meterme. —Deltha asintió. Contrariado, el santo de Orión se dejó caer en el viejo sofá. —¿Te importa si me quedo un rato?
—En realidad, pensaba… —Pero Nikos no la dejó seguir.
—Es terriblemente aburrido quedarme en casa, sin nada más que hacer que mirar la televisión, leer o contar las piedras en la pared.
—Supongo que un rato está bien—cedió, aunque no completamente a gusto.
—Traje algo.
—¿Qué es?
—Alcohol—respondió, mientras sacaba la botella de la bolsa de papel en que la había llevado. —¿Te apetece un trago?
"Mala idea", le gritó su conciencia. Y no solo estaba en lo correcto, sino que también que se había quedado corta. No era mala idea, era pésima. Cuando el alcohol se mezclaba con su sangre cosas desastrosas sucedían. Su resistencia se volvía nula y su lengua solía decir más de lo que debería. No era la persona más confiable cuando eso pasaba.
Pero a su vez, si iba a pasarse un buen rato sentada ahí, sin hacer nada y esquivando la conversación terriblemente tensa de Nikos, iba a necesitar algo que la relajara. Quizás así, podría llevar la plática a territorios menos peligrosos.
—¿Es vodka?
—Si.
—¿Estás seguro de esto?
—Si. —Nikos entrecerró los ojos, esperaba no arrepentirse.
—Traeré los vasos—aceptó la oferta, mientras caminaba hacia la cocineta y buscaba en la alacena. Después, tomó un pan que estaba sobre la meseta y lo llevó consigo al sofá. —Naia horneó galletas antes, ¿quieres?
—¿Vas a comer galletas y a beber vodka? —El santo la miró con cara de espanto.
—Apenas hice un bocadillo como cena y tengo hambre. No seas tan dramático que no pienso beberme la botella entera.
—Estás loca. —Deltha soltó una carcajada.
—Anda, dame eso por aquí. —Le arrebató la botella y procedió a llenar los dos vasos.
—Si comienzas a vomitar, no voy a auxiliarte.
—Tranquilo. —Golpeó suavemente su vaso con el suyo y después bebió un sorbo. —Es más probable que vomites tú primero.
-X-
Entre carcajadas y aplausos torpes, Deltha festejó la graciosa expresión que se apoderó del rostro de Nikos cuando se empinó el vaso y se bebió el contenido de un solo golpe. La botella que el santo había llevado consigo yacía sobre la mesa, vacía. A su lado, otra botella estaba a medio llenar.
—¡Esto es asqueroso!—se quejó él.
—Bah. Quejica. —La amazona le mostró la lengua y procedió a beberse su vaso, con más integridad que el chico. Había notado que llevaban un rato arrastrando las palabras de un modo gracioso, pero no le prestó demasiada atención. —¡Jah! Lo tolero mejor que tú.
—No es algo de lo que debas presumir, Apus. Voy a comenzar a pensar que tienes más vicios de los que deberías.
—Algunos, ninguno demasiado grave. —Negó con énfasis. —No uso drogas y no fumo. Detesto el tabaco. Además, soy una niña grande, no tengo que explicarme. Puedo hacer cosas de adultos sin rendir cuentas a nadie.
—¿A nadie?
—A nadie. —Volvió a menear la cabeza, quizás con demasiada fuerza porque se confundió por algunos segundos.
—Ni al bobo de Aioros.
—No es bobo. —Le golpeó el brazo y Nikos se quejó. —Y no, tampoco a él. No creo que sepa que estoy un poco loquita aún. —Arrugó el ceño. Aioros todavía no estaba listo para conocer ese lado revuelto suyo.
—¿No lo has emborrachado aún o qué?
—Yo no. —Pero Naia sí lo había hecho. Solo que sonaba feo decirlo así y no era necesario que el santo de Orión supiera al respecto. —Algún día lo haré.
El moreno torció la boca, aunque ella no pareció notarlo. Rió maliciosamente pensando en la idea y después, soltó un bostezo que venía reprimiendo desde un rato atrás. Medio adormecida, se acomodó contra el hombro del moreno. Si bien Nikos tendía a hablar de más y a ser molesto con algunos temas, al menos era cómodo.
Sintió su mirada sobre ella y levantó la cabeza solo para descubrir que la mirada de soslayo. A pesar de la ligera borrachera, notó que tenía alguna pregunta en la cabeza. El moreno no era precisamente un misterio.
—¿Qué?
—Naia no ha regresado.
—Lo he notado. Déjala ser. —Cerró los ojos por unos segundos, estaba cansada.
—¿Con quién está esta vez, Del? ¿Volvió con Kanon? ¿Está con alguien más?
—Haces demasiadas preguntas—balbuceó—. Pero no haces la pregunta correcta. —Nikos se quedó pensativo. La idea de Keitaro de emborracharse no había sido buena. Ahora ni siquiera entendían que quería decir el otro.
—¿Cuál es esa pregunta?
—Deberías estar preguntando si Naia está feliz.
—Oh, venga…
—Y la respuesta es "si". Naia está muy feliz. —La amazona de Apus volvió a bostezar e, interiormente, se sintió a gusto de haber dejado a Nikos sin palabras.
Pero a Nikos no le convencían en lo absoluto. Todo ese concepto de felicidad no terminaba de quedarle claro. Lo que él veía era un momento fugaz de puro gusto que eventualmente, tarde o temprano, se desvanecería o se convertiría en una pesadilla.
Así que no, no estaba dispuesto a aceptar dicha explicación, si algo le ponía de mal humor y también le preocupaba. Era cuestión de tiempo ante de que todo complicara y entonces, Naia quedaría herida y triste, y él no sabría a quien debería odiar por eso. Al final, seguiría odiando a los dos peliazules y quizás a alguien más.
—Puedo leer tu mente desde aquí y sentir tus malas vibras, Orión. —Deltha se revolvió en el sofá para acomodarse. —Deja de odiar al mundo de Naia. Te volverás más amargado y vas a alejarla.
—Naia no se alejará de mi.
—¿No?
—Claro que no. Soy su hermano, siempre va a quererme.
—No confundas el cariño con su confianza. —Se incorporó lentamente, como si la cabeza se le fuera a caer en el intento. Buscó al tanteo por la botella para rellenar su vaso. Cuando hubo terminado, volvió a acomodarse en su lado del sofá. —Naia siempre va a adorarte, cada día. Pero a veces, en ocasiones como esta, la obligas a hacerte a un lado. ¿Cómo va a contarte las cosas buenas y malas de su vida, si cada vez que abre la boca tú armas un gran escándalo por todo?
—No hago tal cosa.
—Lo haces. —Le invitó a beber un poco de su trago. —Yo solía hacerlo también. Pero, ¿sabes qué? Superé la etapa. Ahora ella me cuenta cosas. —Rió traviesamente. Después, golpeteó la frente del santo con el dedo índice un par de veces. —Deberías intentarlo también alguna vez.
Nikos no respondió, sino que cual niño regañado, se cruzó de brazos y arrugó el ceño. La miró de reojo un par de veces, pero ella parecía dispuesta a ignorar su berrinche. Al final, no le quedó más remedio que ceder.
—No sé cual es vuestro trauma con esos tipos—masculló de mal modo.
—¿Esos tipos? Voy a asumir que hablas de los gemelos y de Aioros.
—¿De quién más podría hablar?
—Vale, estamos en las mismas entonces. Yo no entiendo cual es tu trauma con ellos tampoco. —Encogió los hombros. —Voy a admitir que han sido unos adultos catastróficos y que la han cagado en varias ocasiones, pero vuestros problemas vienen desde mucho tiempo atrás. No veo porqué les odiáis desde críos.
—Siempre han sido unos mocosos malcriados a los que todo se les dio en bandejas de oro.
—Pf. —La pelipúrpura sonrió con amargura. Nikos no tenía la menor idea de lo que sucedía en frente de su propia nariz. —¿Eso crees?
—Fueron aprendices de oro, creciendo bajo la protección del Maestro, como príncipes en sus palacios de mármol, llenos de privilegios.
—Curioso el modo en que ves las cosas. —Rompió un trocito de las galletas que sobraban y se lo llevó a la boca. —Lo que para vosotros eran "privilegios" para ellos eran entrenamientos tan demandantes que el dolor no les permitía dormir por las noches y responsabilidades tan grandes que jamás alcanzaríais a entender. Los "palacios de mármol" lucen bonitos por fuera, pero por dentro están vacíos y fríos, y llenos de fantasmas del pasado. Y, la "protección del Maestro" no era más que exigencias y expectativas enormes que ellos tenían que cargar cada día. Así que no hables de ellos sino sabes lo que son en realidad. Hay muchas cosas escondidas detrás del oro brillante.
Hubo un fugaz momento de silencio que, ingenuamente, la amazona tomó una meditación de su acompañante. El santo de Orión no cambiaría su manera de pensar de la noche a la mañana. A ella le había costado también. Ella, que había vivido buena parte de ese sufrimiento con ellos, a pesar de todo les había odiado por los oscuros detalles del pasado. Pero ahora se esforzaba por enmendar las cosas. Si ella misma tenía problemas con sus emociones, no podía sino imaginarse lo que sería para el moreno. Tal vez solamente esperaba un poco de buena voluntad por parte de Nikos. Nada más.
Confiaba en que algún día, alguien diría o haría algo que le hiciera cambiar de opinión. Por algún lado habría que empezar.
Con un gruñido de Nikos, el silencio se terminó. Deltha supo que esa noche no habría cambio de opinión, ni más reflexiones. No le sorprendía tampoco: era pronto y habían bebido demasiado vodka.
—Venga, deja de gruñir—dijo—. Admite que vuestras razones para odiarlos son estúpidas. Si tantos deseos tenéis de echarles mierda encima, buscaos algún motivo más válido.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, lo geniales que son sus armaduras y lo jodidamente guapos y pervertibles que se ven en ellas. —Hizo una mueca sugerente.
—Por Athena. —Nikos hundió el rostro entre las manos con fastidio, arrancando una carcajada a la amazona. —Gracias, Apus, gracias. Ahora cuando los vea solo veré tu cara de lujuria—añadió con ironía.
—¡Eres muy delicadito! Pero, hablo en serio. Deberías darles alguna oportunidad. No puedes ser tan cerrado de mente. —Meneó la cabeza. —En palabras de Rafiki: "Cambiar es bueno."
—¿Rafiki?
—¿El mono? ¿El consejero de Simba? ¿El Rey León? ¿Disney? —La cara de Nikos seguía en blanco. —¿En serio? ¿No te suena?
—En lo absoluto…
—Por los dioses, te pasaré la lista de libros y películas que debes ver antes de morir de nuevo. La hice para Aioros pero te serviría también. Os habéis perdido de cosas interesantes—Se acurrucó a su lado, dormitando. Él pasó el brazo por encima de sus hombros y la abrazó..
—Eres rara, Apus. —Dejó caer la cabeza hacia atrás. No estaba seguro de cómo iba a arrastrarse hasta su cabaña ahora. Eso no estaba contemplado en el maravilloso plan de Keitaro. —Creo que voy a quedarme aquí y a usarte de peluche abrazable: pequeña, suave y calientita. —La abrazó y tiró de ella, hasta quedar tumbados en el sofá.
Al escucharlo, Deltha se incorporó y buscó el rostro del santo, para mirarle con recelo. Él abrió ligeramente sus ojos violeta y la miró por el rabillo. Le sonrió con lo que a la amazona le pareció algo más que simple travesura. Estaba embriagada, pero no lo suficiente como para pasar por alto que, por muchísimas razones, eso sonaba como una mala idea.
Para empezar, quedarse era el modo perfecto de fiscalizar la hora de llegada de Naia y para interrogarla tan pronto hiciera acto de aparición. Después estaban los rumores malintencionados que surgirían de verlo salir de ahí, temprano por la mañana. Y, por último, tenía la impresión de que Nikos veía señales donde no las había.
Quizás solamente era el alcohol. Sin embargo no iba a correr ningún riesgo. Tampoco iba a preguntar, ya era todo demasiado extraño y no estaba en condiciones de recibir respuestas comprometedoras. La noche terminaba ahí.
—Y yo creo que ya estás muy borracho ya. —La pelipúrpura sonrió torpemente. —Anda, vete. Esto es muy incestuoso.
—No es incestuoso.
—Lo piensas así porque estas borracho. —La amazona se levantó, recogió los vasos y platos, y los llevó al fregadero. Caminó hacia la puerta, dando tumbos contra las pocas cosas que tenían dentro de su cabaña y, cuando alcanzó la puerta, la abrió. —Trata de no quedarte tirado por ahí. Si eso sucede, grita por auxilio.
—Del…
—Adiós.
Disgustado, al moreno no le quedó más remedio que ponerse en pie y emprender el camino a casa. Con suerte alcanzaría a llegar entero, sin hematomas, ni golpes innecesarios. Sería una larga noche para él.
-X-
Llevaba largo rato notando sobre si la insistente, y nada disimulada, mirada de Milo. Camus lo conocía lo suficientemente bien, como para saber que la chispa de la curiosidad se había hecho fuerte en la mente de su amigo y que, ahora, difícilmente podría ser aplacada.
Se acomodó la melena a la espalda, y habiendo comprobado que sus subordinados se habían alejado rápidamente en cuanto decretó el final del entrenamiento; echó a andar, con la única y sana intención de volver a Acuario, darse una ducha e ir a comer al templo papal como todos los días.
Sin embargo, el apresurado trote que lo alcanzó apenas unos segundos después, confirmó sus sospechas. Milo no se detendría hasta tener una respuesta que le gustara; de hecho, ya le sorprendía bastante que hubiera dejado pasar un par de días antes de atreverse a preguntar a respecto. Así que no le quedó más remedio que respirar hondo y armarse de paciencia.
—¿Qué? —espetó el francés tras un rato de persecución silenciosa.
—¿Qué de qué? —Milo se encogió de hombros y fingió una inocencia que Camus no se creyó ni por un instante. —Solo camino contigo. Cualquiera diría que estás huyendo.
—Ganas no me faltan…—masculló.
—¡Oye! Harás que me ofenda…
—No sé si eso sea posible.
—No, seguramente no…
—¿Y bien? ¿Qué te tiene tan alterado?
—¿Qué te tiene tan escurridizo a ti?
Camus se detuvo y volteó a verlo con su semblante de hielo. Lo miró fijamente durante unos largos segundos en los que Milo aguantó, a duras penas, sus ansias de agitarlo de los hombros hasta que escupiera la verdad.
—¿Escurridizo?
—Si. Estás huyendo discretamente.
—Ya—murmuró con desgana, pero el peliazul asintió airadamente—. Solamente quiero una ducha, y llegar un día de estos al comedor. Tengo hambre.
—Sabes que lo he notado, ¿verdad?
—No, no lo sé. Porque no tengo ni la más remota idea de lo que estás hablando. Como siempre, asumes que mi mente comparte tus locas ideas.
—El colgante de Caelum. —"¡Lo sabía!" exclamó internamente el francés al escuchar la identidad de la mujer misteriosa de Saga y ver corroboradas sus sospechas. No la había visto, pero a veces la indiscreción de Milo era… magnífica para saciar su propia curiosidad. Le evitaba todo el trabajo y las molestias.
—¿Caelum? —preguntó, aparentemente sin demasiado interés.
—Si, ya sabes, mi culito de amazona favorito en el Santuario. —Camus rodó los ojos.
—Algún día harás que se ofenda. Y si no ella, alguien más.
—Ya, ya. Ella lo entiende, es un juego. Pero no desvíes la atención.
—¿Cómo desviar la atención de ti, Milo? —Reemprendió el paso. —¿Podemos caminar al menos? —Consideraba que aún estaban demasiado cerca del bullicio del coliseo, como para tratar esos asuntos a la ligera.
—Si, claro. —Milo lo siguió. —Como sea, ese colgante está hecho con tu hielo, podría distinguirlo a millones de kilómetros. Y no se derrite al contacto de su piel o su cosmos, así que asumo que son tus hielos eternos, nada más y nada menos.
—Será bonito entonces. —Y por supuesto que lo era. Era precioso, de hecho.
—¿Lo niegas?
—¿Por qué iba a regalarle yo nada a Caelum? Ni siquiera hablé un par de palabras con ella hasta el día de hoy.
—Se me ocurren muchos motivos. —Y la forma en que pronunció aquel "muchos", no le gustó en lo absoluto. Se detuvo de nuevo con el ceño fruncido. —¿O no?
—Serías un fracaso como detective.
—¿Admites que estás ocultando algo?
—Admito que eres idiota y que sacas unas conclusiones de lo más… —Se encogió de hombros y gesticuló con las manos. —Inverosímiles, por llamarlas de alguna manera.
—Oye, ella es guapa.
—No la has visto sin su máscara.
—No importa, estoy seguro que lo es.
—Ya…
—Y tú eres un santo de oro formal y respetable. No es que me parecierais compatibles, la verdad, pero oye… ¿Quién sabe? —Se encogió de hombros. —Últimamente me estás sorprendiendo demasiado, Acuario. ¿Qué hay de la pobre Alessandra? ¿Y de todo el revuelo con Shura? ¡Quién iba a decir que…!
—¿Qué…? —Negó con el rostro. —Escucha, te daré un consejo que puede lograr que mantengas la cabeza pegada a tus hombros. —"O al menos, te mantendrá en esta misma dimensión", pensó. —Deja de dar voz a tus pensamientos. Mi vida es muy tranquila y simple, si quisiera complicármela, quizá algo de lo que has dicho pudiera tener fundamento. Pero no lo tiene. Caelum y yo… —dejó escapar una extraña carcajada, que provocó que Milo entrecerrase los ojos. Estaba seguro que en algún lugar, un santo de plata había muerto como consecuencia de aquel gesto tan inusual—. Nunca. Jamás. Tengo principios.
—Ah, ¿si? ¿Cuáles?
—Unos. Creo que Naiara tiene muy claro el tipo de hombre que le gusta y no soy yo. —Y no le cabía duda de que lo tenía claro. ¡Dos gemelos! Si eso no era tener las ideas claras… no sabía qué lo era.
—¿Entonces como terminó ese colgante en su cuello? Eso no puedes negármelo. Es tú hielo. Es tú obra. —Frunció el ceño y golpeó repetidamente su pecho con el dedo. —Que por cierto, se te da bien. Es bonito.
—Gracias.
—¡Lo admites!
—No tiene caso negártelo. —Se dio por vencido en eso. —Tienes razón, podrías reconocer mi hielo en cualquier parte sin apenas esfuerzo.
—¿Entonces?
—¿Entonces…?
—Oh, ¡vamos! Escúpelo. ¿Por qué le harías a ella tal regalo? Es algo… especial.
—Alguien me pidió un favor. —Se encogió de hombros de nuevo. —Nada más.
—No pensé que Kanon fuera de ese tipo de…
Camus contuvo el aliento. No era que no hubiera reparado en ese detalle al descubrir que Naia era la afortunada que había recibido el regalo. Pero ahora que Milo lo mencionaba, comprendía bien la magnitud de la situación. O al menos, se hacía una idea del alcance que podía tener un malentendido inoportuno.
Saga no había querido soltar una sola palabra de quién era ella, o por qué se lo regalaba. Camus había accedido, aunque le resultaba absurdo guardar el secreto por apenas un par de días. Ahora, pensaba que probablemente solo había querido evitarse las preguntas que antes o después vendrían. Y a Saga no le gustaba responder a preguntas; menos aún si era personales. Al menos, con el secreto, había ganado dos días de paz, eso si.
¡Pero…! ¿En qué estaba pensando exactamente al meterse en una relación así? Camus no tenía la menor idea, y debía admitir que estaba completamente perdido. Una cosa eran asuntos personales, donde nadie tenía nada que decir… y otra, que esos asuntos personales involucraran a la amante que Kanon se había buscado nada más llegar al Santuario. Eso era una bomba de relojería, independientemente de que Kanon y Caelum ya no tuvieran nada que ver desde hacía semanas. Y lo que era peor, era una bomba de relojería en manos de Milo.
—Escúchame.
—¿Qué? ¿Te sientes bien? Te ves pálido. —Camus rodó los ojos. A veces desearía golpearle y quedarse bien a gusto. Quizá así le entrara un poco de sentido común.
—Deja el asunto estar, ¿de acuerdo? Has averiguado que yo hice el colgante, muy bien. —Palmeó su hombro. —No veo porqué tienes que ahondar más en el asunto. Es cosa de ella, no tuyo. Así que… déjalo por la paz y búscate un hobby. Solo vas a meterte en líos y generar problemas que no vas a saber solucionar o manejar.
—Vosotros, mis queridos hermanos, sois mi hobby favorito. —Obvió la última parte de la advertencia con maestría.
—Existe algo llamado privacidad, que a veces significa lo mismo que paz. —El peliazul frunció el ceño sin entender a que se refería exactamente. —Así que déjalo, Milo. Solo es un regalo y existen muchos motivos para hacer uno.
—No tantos como para que tú accedas a fabricarlos.
—Los motivos por los que accedí a hacerlo, son asunto mío. —La verdad era que había sentido halagado de que Saga le pidiera algo así, le había hecho ilusión. Sabía que tenía su confianza desde la guerra, pero de alguna manera, aquella petición tan personal, hacía que se sintiera una confianza mucho más fuerte e intima; no solamente esa seguridad y fe que se tiene en un compañero de armas.
—Pero…
—¡Pero nada! Olvida el asunto, ¿quieres?
-X-
Spartan parloteaba a todo poder, pero no había notado que desde un rato atrás, Asterion había dejado de prestarle atención. Agazapado, retirándose el equipo, esperaba el momento de implementar el maravilloso plan plateado. Solo tenía que encontrar el instante y el modo perfecto de abordar a Aioros.
El sujeto de interés estaba un poco más allá, distraído en sus propios asuntos. Murmuró algo a Tatiana que le hizo sonreír torpemente, y tras estirar un poco la espalda, se sentó para deshacerse del equipo de entrenamiento. En algún punto, durante un fugaz segundo, sus miradas coincidieron. Él sonrió y el santo dorado correspondió con una sonrisa también. Lo curioso era que, a pesar de todo, pudo ver una pizca de suspicacia en sus ojos azules. Aioros se olía algo, aunque no podía saber bien lo que era. Fue entonces cuando el peliazul supo que era momento de atacar.
—Auch. —Se acercó y apuntó a las heridas de los dedos que las vendas ocultaban. —Eso se ve mal.
—Efecto secundarios de la cuerda del arco. Se ve peor de lo que se siente.
—Recuérdame no intentar aprenderlo. —Aioros solo sonrió. —Oye, fue un buen entrenamiento, ¿no te parece?
—Estuvo bien, si.
—Vamos mejorando, ¿no lo crees?
—Creo que vamos tomando ritmo, si. —El castaño entrecerró los ojos ligeramente. Había algo muy sospechoso en su subordinado ese día. —¿Pasa algo? —¿Qué clase de pregunta era esa? ¡Por supuesto que pasaba algo! Solo que no sabía que era.
—En realidad—carraspeó—, eso quería preguntarte también.
—¿A mí?
—Si, a ti. —Vale, estaba algo perdido ahora.
—¿Por qué habría de pasarme algo?
—Bueno, no precisamente a ti.
—No estoy entendiendo nada. —Negó. Los rizos húmedos se mecieron cuando meneó la cabeza. —¿De qué estas hablando?
Para sus adentro, Asterion sonrió. Ahora que tenía su atención, era momento para sacar la mejor actuación de su vida.
Sopló sus flequillos como si se sintiera consternado y, tras mirar su hombro, vigilante de movimientos ajenos, se sentó al lado del santo de Sagitario. Aioros lo miró de soslayo, con las alertas de su cabeza girando a toda velocidad. Algo estaba fuera de lugar ahí. No conocía lo suficiente al chico a su lado, pero el asunto no terminaba de encajar.
—Venga, ¿qué tienes en la cabeza? —Le apremió.
—Voy a ser directo, ¿vale? —El castaño asintió. Vaya que estaba de acuerdo. —Hace un par de días, en la taberna, escuchamos una conversación algo comprometedora entre dos compañeros nuestros. —Hizo una pausa, buscando reacciones en el rostro de su acompañante.
—Eso no es ser directo.
—Estoy tratando de darte un panorama más amplio.
—Si, si, como sea. —Aioros se sopló el flequillo. —Continúa.
—Bien. Los dos involucrados eran Nikos y Keitaro.
—Alto. Detente ahí. —Lo hizo callar. —No entiendo que tiene que ver eso conmigo…
—¡Ya voy a llegar a eso! Por Athena, déjame hablar.
—Vale, vale. —Soplido de flequillos número dos.
—Ambos se veían algo preocupados. Estaban hablando de un tema bastante interesante, aunque no alcanzamos a escuchar toda la historia.
—Ok, seguiré el juego y voy a preguntar. ¿Qué te pareció escuchar? —Soplido de flequillos número tres. Curiosamente, el panorama se le había aclarado un poco. Tenía un mal presentimiento de ello, porque casi estaba seguro del tema que tenía a Nikos y a Keitaro así.
—Hablaban de un él y una ella. Una pareja. —Joder, tal como lo había pensado.
—¿Nikos se consiguió a una novia? ¿O fue Keitaro? —Decidió hacerse al idiota. Con un poco de suerte, y visto que Asterion había pensado que podía sacarle la verdad precisamente a él, quizás se lo creería.
—Si fuera una novia para cualquiera, no creo que les resultara molesto.
—Uno nunca sabe.
Se encogió de hombros y se puso de pie. En un gesto de buena voluntad, tendió la mano al santo de plata para ayudarle a ponerse en pie también. Asterion aceptó, no completamente convencido de la huída del mayor.
—Creo que hablaban de alguien más. —El peliazul caminó a su lado, siempre mirando de soslayo, sin quitarle los ojos de encima. —De un santo y de una amazona.
—También. Podría ser. ¡No sé!
—Si fuera el caso, ¿sabes lo que significa?
—No. ¿Qué?
—Que si es la amazona y el santo que pensamos esto va a ser algo de lo más escandaloso.
—De nuevo, voy a preguntar. ¿De qué rayos estás hablando?
—Caelum y…
—¿Y…? —Lo dejó seguir. Casi era divertido verlo adivinar el nombre que iba junto al de la amazona.
—Y… tal vez tu deberías decirnos quien es el santo en cuestión.
—¿Yo? —Soplido de flequillos número cuatro. —¿Por qué yo? Sigo sin entender nada.
—Tiene que ser uno de los gemelos. —Aioros levantó las cejas y rompió en carcajadas. Ahora el bufido fue de Asterion. —¿Qué es tan divertido?
—¿Te estás escuchando? Todo esto es bastante cómico.
—¡¿Por qué?!
—¿Por qué? A ver: en primera, porqué habéis pillado un él y un ella en una conversación y os habéis pintado una telenovela a partir de ello. —El santo de Perros de Caza volvió a cruzar los brazos. —En segunda, porque habéis asumido de inmediato que todo este chisme venía sobre Naia y sobre… ¿los gemelos? Haciendo a un lado que es una completa locura, ¿os habéis planteado que estáis metiendo las narices en la vida de Saga y de Kanon? ¿Os suena inteligente? —Asterión torció la boca y miró al otro lado con fastidio. —Y tercero, y el peor de todos: os habéis creído que soy lo suficientemente idiota como para contaros algo, aún si lo supiera.
El chico no dijo nada, solo se quedó mirando, cual crío reprendido. Lo cierto era que la sonrisa divertida en el rostro de Aioros le quitaba mucho hierro al asunto. Al fin, el santo de plata se atrevió a hablar.
—¿Sabes algo? —masculló el peliazul.
—¿Qué?
—Eres una pésima persona para chismosear.
Aioros estalló en carcajadas. Revolvió el cabello de su subordinado y ensanchó su sonrisa tanto como pudo al verlo bufar con un fastidio absoluto. Si tan solo Asterion supiera que era un gran chismoso.
Pero, en un rinconcito de su cabeza, un poco de ansiedad hizo aparición. Sabía bien lo que la relación con Naia significaba para Saga y, con Nikos y Keitaro husmeando y perdiendo todo sentido de discreción, las cosas amenazaban con complicarse. No había mucho que pudiera hacer, sino negar el asunto hasta el cansancio. A pesar de todo, debían mantener cierta conciencia sobre el tema.
Y, sobre todo, no perder de vista a Kanon.
-X-
La conversación con Camus le había dejado pensativo. Era cierto, y lo sabía de sobra, que el francés era un tipo serio y que nunca había disfrutado explícitamente de los chismorreos. Sin embargo, algo en su reacción, entre sorprendida, resignada y preocupada; había hecho que la curiosidad de Milo creciera aún más si era posible.
Había pensado mucho en ello. Le había dado muchas vueltas y, al final, la única opción plausible que se le ocurría, era que Kanon había tenido un inesperado detalle con la chica, esperando ganársela de vuelta. Y aquello, según él lo veía, estaba bien; porque Kanon había estado de buen humor mientras ella había estado cerca. Una vez las cosas se complicaron, a saber por qué, una nube negra lo había seguido a todas partes. Y un Kanon cabreado, era un Kanon peligroso. Lo sabían bien.
Por eso le parecía que el famoso colgante era su forma de pedir perdón… Porque una cosa estaba clara, lo que fuera que había sucedido entre Naia y él, había terminado por culpa de él. Lo poco que Naia había dejado entrever del asunto, así se lo había demostrado. Incluso su manera de huir cabizbaja cuando lo veía a lo lejos en las gradas.
Era romántico, si alguien quería saber su opinión. El colgante era un regalo especial y único. Fabuloso. Sumado al hecho de que había reunido el valor necesario para pedírselo a Camus… merecía sus respetos. Después de todo, nunca habían sido cercanos, no debía haber sido una decisión fácil y Kanon debió ser muy convincente.
Apuró el café, se desperezó cual gato, y cuando los chicos que quedaban en el comedor se levantaron dispuestos a irse, les imitó e hizo lo propio. Kanon caminaba en silencio con un cigarrillo entre los dedos, así que cuando Milo lo alcanzó, abalanzándose sobre sus hombros, se vio vilmente sorprendido.
—¿Qué pasa contigo?
—Nada. Una muestra de cariño.
—A veces me asustas…
—Bah… no es para tanto. —Echó un ojo a su alrededor, para ver quién les seguía. Aioros, Aioria, Shura y Saga caminaban un par de metros más atrás escuchando la conversación de los hermanos. "Bien", pensó; así no les prestarían mucha atención. —Por cierto…
—¿Hum?
—Excelente elección la del colgante de Naia. —Kanon se llevó el cigarrillo a los labios, y lo caló, tratando que con aquel gesto, su sorpresa pasará desapercibida. Alzó las cejas suavemente, invitándolo a continuar. —No tengo la menor idea de cómo has logrado que Camus hiciera tal cosa, pero ha sido brillante.
—Soy brillante, Milo. No sé como aún puedes dudar de ello.
—Tienes razón. —Dejó escapar una carcajada. —Naia se encargó de que el copo de nieve pasara desapercibido. Es más, diría que se ha esforzado, pero ha estado entrenando toda la mañana conmigo, así que fue imposible no verlo.
De pronto, unos pasos atrás, y sin saber bien porqué, Saga alzó el rostro y vio en su dirección. No les había prestado atención, pero si que había oído el nombre de Naia en medio de su conversación. Súbitamente, se tensó.
—Ella no ha soltado prenda. Le pregunté por el regalito, pero… —Milo se encogió de hombros. —Me alegro de que solucionaseis lo que sea que os pasará. Me gustas más de buen humor.
—Supongo que soy más agradable, si. —Kanon se obligó a continuar con el teatro. A fingirse relajado… aunque resistirse a la tentación de mirar atrás, justo a los ojos de su hermano que caminaba tras él, había sido terriblemente difícil.
No había visto a Naia aquel día. Pero Milo podía ser adorablemente indiscreto en medio de sus bromas y chismes, a pesar de que la mayoría de las veces simplemente buscara el lado positivo de todas aquellas desbaratadas historias que su mente se fabricaba.
Un regalo tras volver de Asgard. Un copo de nieve. Hecho por Camus. ¿De verdad Milo no se había percatado? Caló el cigarrillo con ansia, y apretó la mandíbula. Solamente había que sumar uno y uno y la respuesta era clara como el agua. Quizá había sido una idea brillante, porque lo había sido, pero no había sido suya.
Finalmente, giró el rostro sobre su hombro y miró atrás. Dejó escapar el humo de sus pulmones cuando su mirada se cruzó con la de su gemelo, que lo observaba de igual manera.
Lo sabía.
-X-
—Solo digo que estaría bien escabullirse una noche a Atenas.
—¿Y qué íbamos a hacer ahí? —preguntó Aioros. La idea de ser normal, y hacer cosas normales, siempre resultaba tentadora, pero no por ello menos atemorizante.
—¿Os habéis mirado al espejo?
Tras la pregunta de Aioria, Aioros y Shura fruncieron el ceño de modo inmediato. Saga, sin embargo, esbozó una minúscula y disimulada sonrisa, que al felino no le pasó desapercibida. Lo miró por un instante, sorprendido por el gesto que apenas duró en el rostro del geminiano. Aioria volvió entonces la vista al frente; justo a donde miraba el peliazul. El rubio arrugó el entrecejo y su gesto se torno severo. Apenas habían sido unos segundos, pero los ojos de Kanon y Saga se habían cruzado. La misma intensidad en sus miradas, pero transmitiendo emociones muy diferentes. Solamente unos segundos, y la sonrisa se había borrado del rostro del mayor.
De pronto, Aioria recordó que siempre había sido así de fácil para Kanon, y sin querer, un escalofrío recorrió su espalda. Las cosas habían ido bien todo aquel tiempo, no deseaba que los fantasmas del pasado volvieran de nuevo por a saber qué retorcidos motivos.
—Ninguno de ellos te lo dirá—empezó el arquero, refiriéndose a Saga y Shura, y trayéndolo de vuelta a la conversación—, pero eso fue ofensivo.
—Bah, bah. —Aioria se revolvió los rizos con cierto nerviosismo, y volvió su atención hacia sus acompañantes. —Lo digo en serio. Sois los tres casos más sonados de aislamiento y calamidad social. —Se encogió de hombros con toda la naturalidad, a pesar de la expresión en los tres rostros que lo miraron de modo inmediato. —Todos, en mayor o menor medida, nos hemos escabullido del Santuario una que otra vez para corrernos una juerga en Atenas.
—Escabullirse, lleva implícito en su significado el hecho de pasar desapercibido—terció Saga.
—En efecto. —Aioria infló el pecho orgulloso, pero cuando la mirada esmeralda de Saga se clavó en él, con una expresión de incredulidad difícil de ocultar, toda su emoción se evaporó. —¿Qué? —espetó.
—Nunca supiste—Se lo pensó mejor, y suavizó la respuesta, solo por si acaso—, o supisteis, ser discretos.
—¿Qué se supone significa eso?
—Que vuestras escapadas nocturnas eran tan obvias como tu cambio de color de pelo.
Aioria palideció y Shura estalló en carcajadas de modo inmediato. La seriedad del rostro de Saga no había disminuido un ápice, y Aioros, simplemente, miraba de uno a otro sin comprender nada.
—Siempre me he preguntado porqué no hablabas más—masculló Aioria—. Me arrepiento de haberlo pensado. Estás más guapo callado. —Volteó a ver a Shura, que continuaba riéndose, con los ojos entrecerrados.
—Perdón. —El español carraspeó al sentir sobre si la mirada fulminante, pero fue incapaz de eliminar la sonrisa de sus labios.
El episodio del pelo rojo de Aioria, fue terriblemente divertido e inolvidable, eso había que admitirlo. Aquellos años habían sido turbulentos, y a pesar de lo mucho que se había preocupado por Aioria, su relación había sido más que pésima. Sin embargo, debía confesar que disfrutó de lo lindo el famoso episodio del tinte rojo. Claro que, lo más gracioso no había sido sacar a coalición aquella anécdota, sino la manera en que Saga lo había dejado caer. Sin hacer ningún gesto o broma que delatara sus intenciones… solo dejándolo ahí, con la seriedad plasmada en su rostro, para que Aioria mismo se delatara al escucharlo.
—¿Qué pasó con su pelo? —preguntó Aioros con interés.
—Se lo ti…—empezó Saga.
—¡Oh! Cierra el pico—refunfuñó Aioria golpeándolo en el brazo, pero únicamente atinó a sacar un gesto travieso del rostro del peliazul.
—Se lo tiñó de rojo, igual que Marin—continuó Shura, aprovechando la distracción—. A los… no sé—se encogió de hombros—, ¿doce años?
—Fue a los trece, y tenía una grave crisis de identidad. ¿De acuerdo? —farfulló. Aioros dejó escapar una pequeña carcajada, y negó lentamente con el rostro.
Aioria continuó refunfuñando acerca de ello mientras bajaba los escalones de dos en dos. Sin embargo, lejos de estar ofendido, debía admitirse que aquella era una situación extraña, eso desde luego. No solo estaba inmerso en una conversación distendida con Saga y Shura, aunque a decir verdad, ellos no habían participado prácticamente en nada más que en aquello último; sino que estaban bromeando y no resultaba tan insufrible como unos meses atrás hubiera pensado.
Se alegró. Ya no solamente por la situación en la que se veía inmerso, sino por su hermano. Sobre todo por él. Al fin y al cabo, Aioria tenía su propio lugar y su propia vida en el Santuario que poco a poco iba volviendo a su lugar; pero Aioros…
A pesar de todos los cambios, y del tiempo que había pasado, de todas las tragedias, de pronto el ambiente se sentía como antes. Como hacia todos aquellos años, en otra vida. Sin duda sabía lo importante que era eso para Aioros, tan perdido e inseguro que se sentía en los últimos tiempos. La cercanía de los otros dos era vital para él, y de alguna forma caprichosa, Hades había unido mucho más de lo que el arquero pudiera pensar a Shura y Saga. Eso, había terminado siendo una ayuda invaluable para su situación.
Sonrió, pero rápidamente, su mirada se clavó en la espalda de Kanon a lo lejos.
De soslayó buscó al otro gemelo, y chasqueó la lengua con disgusto. Saga estaba ahí con ellos, bromeando incluso… pero sabía que su atención estaba dividida. Era imposible no darse cuenta del recelo con el que veía a Kanon. Aioria suspiró.
—Como sea. Nos haría bien. —Se encogió de hombros y volvió al tema de conversación que le interesaba realmente. —Han sido tiempos difíciles, todo esto de volver… No sé, solamente serían unas horas. Salir, ver gente normal, comportarnos como gente casi normal, olvidar un poco todo esto… —Volvió a ver de soslayo a Saga. No tenía ni la menor idea de que había sucedido entre ellos, pero ahora que pensaba en ello, el ambiente ya estaba raro desde hacía días, y en el comedor, cuando habían estado juntos, no había sido mejor.
—Quizá tengas razón—murmuró el peliazul. Aioria alzó las cejas, sorprendido de que fuera él precisamente quien estuviera de acuerdo y lo dijera en voz alta.
—¿En serio? — Saga y él no solían estar de acuerdo en nada, nunca.
—¿Por qué no? —El geminiano se encogió de hombros, pero lo decía en serio. Amaba el Santuario, era su hogar y no había un rincón que no fuera a añorar si no estuviera en él; pero había pasado ahí toda su vida, o multiples vidas, y a veces se ahogaba allí. Y Kanon… Gruñó internamente. No ayudaba. Era una situación de permanente tensión que lo mantenía al límite. Siempre había envidiado la relación de Aioros y Aioria. Siempre. Y, estaba seguro, era algo que nunca podría dejar de hacer.
—Escuchadle—replicó Aioria—. A veces dice cosas con sentido.
—Como sea, mejor dejemos los planes para otro día... —Shura se estiró y bostezó, solo entonces se percataron de que ya habían llegado a Capricornio. —Es tarde, y estoy muerto.
-X-
No se sorprendió cuando Aioros quiso acompañarlo hasta Géminis con la excusa de que le pillaba de camino para ir a ver a Deltha. Sin embargo, cuando se percató de que su rostro lucía mucho más serio que minutos antes, entrecerró los ojos los ojos con sospecha.
—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó, cuando las escaleras de Cáncer llegaban casi a su final.
—Tenemos que hablar.
—¿Sobre?
—Sobre… alguien. —Saga alzó una ceja, sin comprender, pero inmediatamente después, su gesto cambio por uno más grave. Miró hacia Géminis, dónde Kanon acababa de desaparecer.
—No aquí.
Estiró el brazo, y tomó a Aioros del codo. El arquero no tuvo tiempo de responder nada, porque en el preciso instante en que volteó a verlo, la Otra Dimensión les engulló a ambos, en su danza de estrellas y oscuridad.
—¿Qué dem…? —murmuró, cuando el portal se abrió del otro lado.
—No te quejes. Es una técnica perfecta ahora, demasiado. Ni siquiera estás un poquito mareado. Nada que ver a la de hace catorce años. —Aioros frunció el ceño, aunque internamente tuvo que darle la razón.
—Presumido—murmuró con los ojos entrecerrados. Después, oteó el paisaje alrededor. Rápidamente se dio cuenta de que estaban en el Cabo, en la superficie, junto a las columnas caídas, mientras las olas rompían muchos metros más abajo—. No me esperaba el viaje.
—Como sea. ¿Qué pasa? —Aioros distinguió la ansiedad en su voz, y se apresuró a empezar.
—Hoy me pasó algo curioso.
—Venga, venga… —Saga no era una persona especialmente impaciente, o al menos, dominaba bien ese sentimiento. Precisamente por eso, la urgencia en su voz y sus gestos, le resultó divertida al arquero.
—Asterion vino a hablar conmigo hoy.
—¿Te felicitó por tu excelente labor como jefe de equipo?
—¿Noto burla en tu voz? —Saga rodó los ojos.
—Solo escúpelo.
—Como sea. —Aioros carraspeó. —Han estado en la cantina de Rodorio, él y los demás chicos de plata. Ya sabes quienes… —Saga asintió. —La cuestión es que han escuchado una conversación ajena, y ahora parece que han decidido invertir su tiempo libre en pensar en numerosos chismes y teorías al respecto.
—¡Por los dioses! —exclamó—. ¡Al grano, arquero! —Aioros rió. —No tengo toda la noche.
—Al parecer han escuchado una conversación entre Keitaro y tu cuñadito preferido. —La expresión entre sorprendida y desencajada de Saga, lo hizo reír aún más alto. Aquel parentesco lo mataría de un disgusto algún día, estaba seguro de ello. —La cosa es que escucharon que Nikos y Cruz del Sur, hablaban sobre una "ella" y un "él". Llegaron fácilmente a la conclusión de que la fémina protagonista es Naia, lo cual, dadas las habilidades sociales de esos dos, resulta obvio. Pero ahora mueren de curiosidad por saber quién es "él". —Saga se sopló el flequillo. —Y solo tienen dos opciones que consideran aceptables: Kanon o tú.
—¿En serio? —Aioros asintió después de escucharlo gruñir. —¿He entendido bien? ¿Asterion, el mismo Asterion que yo conozco te habló a ti de eso? —omitió las palabras "estúpido" e "inútil" tras el nombre del Santo solo por… no tenía la menor idea de por qué—. ¿Por qué demonios haría tal cosa?
—No me habló. Me preguntó. Quería saber si yo podría aclararle sus dudas.
—Y tú respondiste a eso… —Internamente, Saga aguantó la respiración. Sabía que Aioros carecía de maldad alguna, pero también era consciente de que era transparente como el agua, y que callarse nunca había sido su mejor virtud. Claramente, no era el único que lo sabía: los plateaditos habían llegado a la misma conclusión.
—¡Oye! ¿Por quién me tomas? —Se cruzó de brazos, fingiéndose ofendido, pero Saga continuó en silencio. Realmente estaba preocupado. —Tranquilo. Les dije que no era asunto suyo ni mío. Que lo que ella hiciera no me incumbía y que, de todos modos, aún sabiéndolo, no les diría. —El peliazul soltó el aire poco a poco. —Además, le hice recapacitar sobre si les interesaba meterse entre Kanon y tú con algo así. Creo que eso sirvió para aplacar un poco su interés. —Lo escuchó resoplar, y ahogar un par de maldiciones.
—¿Argol se encontraba entre ese adorable grupito de idiotas?
—No lo sé, supongo. ¿Por qué?
—Quizá mañana le encuentre una inesperada utilidad antiestrés. —Aioros rió de nuevo, pero Saga sabía que si Asterión había sido el mensajero, la idea había surgido de alguna mente más avispada, y ahí entraba en juego su subordinado. —Cómo sea. Esto empieza a ser una mierda.
—¿Por? Estáis siendo discretos, más no podéis hacer. Además, estás acostumbrado a que hablen de ti.
—Kanon lo sabe. —Aioros se quedó quieto y guardó silencio.
—¿Por qué estás tan seguro? —atinó a preguntar. No era la primera vez que Saga mencionaba esa sospecha, pero esta vez se oía diferente.
—Porque lo sé.
—¿Te dijo algo? —Saga negó con el rostro. —¿Entonces cómo puedes saberlo?
—¡Por que si! —masculló exasperado—. Es Kanon… —Cada poro de Saga transpiraba nerviosismo, y a Aioros no le gustó descubrirlo. —Tenemos una conexión rara y agonizante que no sirve para nada más que para avisar de que algo no va bien. Y hoy… no se, lo noté. Su mirada. Es… —Se encogió de hombros y gesticuló nerviosamente con las manos.
—Bueno, tranquilo. Seguid tal y como ibais, no tiene que cambiar nada. Kanon tendrá que aceptarlo, si o si. —Saga se sopló el flequillo de nuevo. —¿Vas a decírselo a Naia?
—¿Lo de Kanon? —Aioros asintió. —Ni hablar.
—¿Por qué no?
—Porque no serviría de nada, más que para preocuparla innecesariamente. No podría hacer nada si lo supiera. En todo caso, tratar de arreglarlo y causar un desastre peor con Kanon.
—Visto así… —Aunque Aioros no estaba de acuerdo, podría llegar a comprenderlo. Sin embargo, odiaba ver que aquel mal vicio de guardarse todo para si, persistía en su amigo.
—Hey… ¿Qué hacéis ahí?
La voz de Naia les sobresaltó, y ambos miraron en su dirección. Vio de soslayo a Saga, y cuando vislumbró su sonrisa y la genuina expresión de su mirada, supo que haría lo que fuera por ella. Sonrió igualmente cuando les vio besarse. Una escena asombrosamente extraña, pero dentro de todo… le hacía feliz poder contemplar algo así con ellos como protagonistas. Se sentía bien, como si todas las piezas del puzzle finalmente encajaran.
-Continuará…-
NdA:
Saga: Hay que ver cuanto revuelo por un dichoso colgante. ¬¬'
Milo: Es bonito…
Saga: Y tú eres indiscreto.
Camus: ¡Por supuesto que lo es! Y esa exclamación sirve para ambas afirmaciones: por el colgante y por Milo.
Milo: ¡Nadie me cuenta nada nunca!
Camus: Porque no es asunto tuyo.
Aioria: Eh, Eh… Nada de líos. ¿Nos vamos a Athenas?
Aioros: ¿Te pintarás el pelo de rojo como en el Episode G?
Aioria: ¡Basta con eso!
Santitos: xDDDDDDDDDDDDD
Camus: Como sea, algún día golpearé a Milo por esto. Y por todos los malentendidos que acumulamos a lo largo de nuestra vida.
Kanon: Grr.. grrr…
Santitos: e_e
Aioros: Despidamos el capítulo por ahora… O Kanon nos morderá y nos pegará la rabia.
Saga: Y seguramente, algo peor. ¡Hasta el próximo capítulo!
Aioros: ¡Dejad review! Nos alimentamos de ellos… T_T
