Capítulo 27: Golpes bajos y demonios pasados

Ahogó un bostezo y abandonó el comedor aletargado por el cansancio. Caminó por inercia, sin prestar atención a sus pasos, después de todo, conocía el templo papal como la palma de su mano.

—No te vendría mal dormir un poco, cielo. —La voz femenina lo sacó de su ensoñación, y Saga asintió levemente cuando posó sus ojos en el hermoso rostro de Arabella. Se veía igual de hermosa que siempre, con sus enormes ojos verdes brillando en la luz de la mañana y su sonrisa coqueta de princesa árabe.

—Las viejas costumbres no cambian…

—Oh, si, lo sé. —Habían compartido demasiadas noches como para ignorar las pesadillas que le impedían pegar ojo por más de un par de horas.— Sin embargo, me temo que esta vez no tiene nada que ver con los malos sueños, ¿verdad? —Saga sonrió.— ¡Por los dioses! ¡Te ves tan mono con esa expresión! —El geminiano frunció el ceño. Si todo el mundo continuaba diciendo lo mismo, sus temores sobre haberse convertido en un pequeño gatito suave y adorable podrían haberse hecho realidad. Y, eso, era extraño. Mucho. Escuchó la risa de la hetaira, mientras cambiaba la jarra de plata de mano.

—Vais a crearme algún tipo de trauma a costa de ser tan "mono"…

—Bueno, pues uno más a la lista. Estoy segura de que podrás sobrevivir. —Saga rodó los ojos.

—Boba.

—Si, ya, pero te encanta. —Adoptó un gesto presumido que lo hizo sonreír de nuevo.— No, en serio. Ya se todo eso de la discreción, los secretos y de más. Y aunque me alegra que te vaya bien…—suspiró, y negando con el rostro, resignada, continuó—…me siento celosa.

—¿Ves? —Alzó una ceja, con expresión triunfal. Siempre era agradable que mimaran el ego de uno; y, eso, Arabella sabía hacerlo demasiado bien. —No soy tan difícil de querer.

—Tampoco te lo creas demasiado, Géminis.

—Solo lo necesario. —Le guiñó el ojo con picardía.

—En serio, esa sonrisa te sienta bien. Pero hazme caso, se de lo que hablo, duerme un po…

—¡Oh! ¡Cuánta dulzura y preocupación en el ambiente!

Arabella se sobresaltó cuando la voz de Kanon hizo eco en el pasillo. Inmediatamente, los ojos de Saga se clavaron en su gemelo y cada uno de sus músculos se tensó. Todo rastro del agradable momento que compartían hasta aquel instante, se esfumó con la presencia del antiguo Marina.

—Si. Hace un buen día—dijo ella. Saga la vio fugazmente. No podía decir que estuviera sorprendido de que se atreviera a irrumpir en un encuentro no deseado con Kanon. Después de todo, ella había sabido que palabras decir cada segundo de su vida junto a Ares. No importaba cuan asustada o sobresaltada estuviera, Arabella siempre encontraba un modo de salir de la situación y quitarle importancia. Era asombrosamente lista y rápida. Por no mencionar que tenía una lengua tan afilada, que no tenía nada que envidiarle a Kanon. —Creo que hoy, al menos, no necesitaré que el viejo Acteón me preste su barco para llegar a Rodorio. Quizá pueda usar incluso las escaleras.

—¿Ocurre algo? —preguntó un escueto Saga. Internamente hubiera deseado sonreír por la ocurrencia, pero era incapaz. Kanon había encendido todas sus alarmas. Su manera de interrumpir, su actitud… todo gritaba a los cuatro vientos la palabra "problemas".

—Solo me sorprendió encontraros aquí, tan… acaramelados. —El gemelo mayor alzó una ceja.

—¿Acaba de definirnos como "acaramelados"?—preguntó la antigua hetaira, mirándolo fugazmente. Ambos hermanos la observaron con interés, y una vez se hubo ganado su atención, dejó escapar una risa coqueta y colocó el brazo libre en la cintura. Quizá tuviera suerte y lograra espantar las malas vibras que habían invadido el pasillo. —Debiste buscar un mejor adjetivo para nosotros, Kanon. Ese, precisamente, no encaja. —El menor esbozó una sonrisa en su rostro, que ella no supo interpretar; pero no bajó la guardia. Conocía tan bien a Saga, que era difícil ignorar lo tenso e incómodo que se sentía cerca de Kanon en aquel preciso instante. Y ella, como reina de sus noches que había sido durante toda una vida, había escuchado muchas confesiones y secretos; tantas, que Saga se había convertido en un libro abierto a sus ojos. Si su pequeño teatro de coquetería y vanidad debía continuar un rato más, continuaría.

Simplemente, algo estaba mal. No importaba que no conociera en lo absoluto a Kanon. Lo sabía. Lo sentía. El gemelo menor siempre le había parecido intimidante de un manera muy diferente a como lo era Saga para ella. En cierto modo, tenía algo que la amedrentaba. No conocía ninguna faceta suya que le resultara confiable… Se humedeció los labios y miró a cada lado del pasillo. Nada. Estaba vacío, y aunque la prudencia le decía que lo más apropiado era marcharse, algo se lo impidió.

—¿Nunca te has planteado, hermano mío, lo peligroso que es? —Su atención voló hacia Kanon de nuevo.

—Estoy demasiado dormido como para jugar a las adivinanzas a estas horas, Kanon. —Pero lo había vuelto a hacer, había vuelto a llamarlo "hermano mío" y sus nervios se habían crispado al escuchar la primera sílaba. Todo rastro de sueño lo había abandonado.

—Ya sabes, esa aparente necesidad tuya de contacto y cercanía femenina. Cualquiera diría que no te preocupas lo suficiente por ella. —Saga ladeó el rostro y entrecerró los ojos. Arabella, a su lado, tragó saliva.

Ambos sabían que no se refería a la hetaira, sino que aquella acusación disfrazada de preocupación con un velo de sarcasmo, llevaba implícito el nombre de Naiara. Al descubrirlo, Arabella volvió, fugazmente, a buscar ayuda en la soledad del pasillo. No esperaba encontrar a nadie, pero entonces, los pasos silenciosos de Dohko en su dirección, resultaron la mejor noticia de la mañana. Clavó sus ojos en los del chino, suplicando por ayuda en un grito mudo.

—Es una pena que pongas en riesgo a una mujer tan bonita solo por tus hobbies nocturnos. —Veneno. La lengua de Kanon escupió tanto veneno como pudo.

Y si no se atrevió a delatar directamente, ahora que se sabía en compañía, la relación que estaba seguro Naia y Saga tenían… fue solo porque estaba dispuesto a sacarle mucho más provecho a la situación. Estaba furioso, y la sola presencia de su gemelo, su estúpida sonrisa, y la manera en que parecía continuar con su vida a pesar de todas las amenazas que lo rodeaban, le irritaba.

¡Odiaba que Saga fuera capaz de esquivar los obstáculos mal que bien y él fuera incapaz! Odiaba que se mantuviera fuerte y firme. Odiaba no poder ser igual que él en ese aspecto, y se odiaba a sí mismo por haberse creído capaz después de la resurrección. Detestaba que por todo eso, había dado una enorme patada en el culo a Naia; y Saga, por el contrario, había buscado refugio en ella. Se había atrevido, a pesar de todo, a luchar por la cercanía de alguien. Pero solamente ser consciente de ello, le daba la razón a su hermano con todo lo que le había dicho al principio y eso…

Apretó los dientes y entrecerró los ojos. Después, un toque burlón adornó su rostro cuando se decidió a continuar.

—Es egoísta, ¿no lo has pensado?

—Estás empezando a sonar como un completo idiota. —Saga lo interrumpió, cortante.

Dohko, que se había acercado lo suficiente, se detuvo. Parecía que los gemelos no habían notado su presencia, y si lo habían hecho, le estaban ignorando deliberadamente. No le resultó difícil percibir la tensión y hostilidad que había entre ambos. Era tanta, que casi podía tocarse con los dedos. Solamente la postura, el gesto seguro pero el ceño fruncido… les delataba. Y sus palabras, por supuesto. Siempre sus palabras. Eran Saga y Kanon después de todo, y esa era una de sus mejores armas.

—Oye, relájate, que yo no te insulté. Solamente me provocas curiosidad, y me preocupo de la pobre chica. —Kanon se encogió de hombros y negó con el rostro. A decir verdad, ella le daba francamente igual. —Cualquier día tu imprudencia puede costarle la vida. —Desde donde estaba, Dohko notó como el color abandonaba poco a poco el rostro del gemelo mayor. —Ya sabes, cualquier día Ares vuelve y… ¡zas! —Golpeó su pecho con el puño y mantuvo su mirada fija en los ojos del mayor. Saga despedía un dolor auténtico, genuino; y Kanon supo que había ganado aquella batalla. Como en los viejos tiempos. Era el único modo que conocía de hacerle caer.

Sin embargo, antes de que pudiera repetir el gesto una segunda vez, la mano de Saga se cerró sobre su muñeca y con una velocidad abrumadora, lo empujó contra la pared. A la vez que la jarra de plata que Arabella sostenía se escapó de sus manos estrellándose contra el suelo, el rostro de Kanon chocó contra el mármol sin piedad, y el mayor retorció con firmeza su brazo atrapado; inmovilizándolo.

—¡Hey!—exclamó Dohko, recortando la distancia a toda velocidad, pero la mirada de Saga le dejó en claro que no debía acercarse más, cuando estaba apenas a un paso. —Calma.

—Estamos calmados—murmuró Kanon. Saga tiró un poco más del brazo, y una mueca de dolor, borró momentáneamente la sonrisa del menor—. O no.

—No juegues con fuego—masculló Saga en su oído—. Puedes quemarte. —Tiró de nuevo. —Y no vuelvas a amenazarme.

—Saga…—insistió Dohko.

—¿Qué sucede aquí?

La voz de Shion resonó como un trueno, pero solo la siguió un profundo silencio. Silencio roto únicamente por la risa triunfal de Kanon, cuando Saga lo soltó de modo casi inmediato.

¡Ah! No había nada como la presencia del viejo para que Saga fuera igual de dócil que un cachorrito. Exactamente igual que antaño.

—Nada. —Se apresuró a contestar Dohko. —Solo una pequeña discusión que ya está solucionada.

El lemuriano lo ignoró. Vio de uno a otro de los gemelos, y la expresión de su rostro se endureció. Buscó los ojos de Saga en busca de una respuesta convincente, pero la mirada esmeralda del santo estaba fija en algún lugar más allá de él, al fondo del pasillo; esforzándose, sin duda, por no cruzarse con la suya. Su mandíbula estaba tan apretada, que Shion casi podía sentir el rechinar de sus dientes desde donde estaba. Estaba tan alterado, que el Patriarca se sorprendió al notarlo. Eso no era buena señal.

—Será mejor que me vaya. Llego tarde—murmuró Saga al fin.

Se dio la vuelta, con la intención de desaparecer tan rápido como el viento; pero, internamente, sabía que Shion no lo dejaría pasar. No cuando era tan obvio lo sobresaltado que se sentía. Se maldijo internamente, por no haber sabido mantener el control y guardar la calma. Por haber caído ante el primer golpe. Él no era así. Él podía soportar la provocación, sin importar cuán estúpida fuera. Él nunca asestaba el primer golpe. Conocía de sobra los jueguitos de Kanon, ya no era un mocoso como para ser tan fácil.

—Quieto. —Apenas logró dar un paso antes de que el Patriarca lo detuviera, pero no volteó a verlo. No quería ver su mirada. No quería enfrentarse al recuerdo que Kanon había despertado en aquel pasillo porque, de pronto, se sentía igual que muchos, muchos años atrás… Cuando las heridas provocadas por las palabras eran su rutina diaria, aquella que nadie notó, o que todos prefirieron ignorar. —No sé que ha sido eso, pero no va a repetirse. —Vio de uno a otro con severidad, pero terminó fijando su vista en la espalda de Saga. —No voy a consentir peleas entre niñatos en mi Santuario a estas alturas, ¿he sido claro? —Silencio. La mirada tranquila, pero no exenta de provocación, de Kanon no le pasó desapercibida. Frunció el ceño, y sus lunares se arrugaron aún más si era posible. —No os oigo. ¿He sido claro?

—¡Como el cristal!—respondió el menor, acompañando sus palabras con un teatral gesto de su mano. Shion entrecerró los ojos. No sabía que había pasado, pero algo había cambiado en ambos. Kanon había dejado atrás su esfuerzo permanente por encajar, y había desempolvado la burla en cada gesto de su cuerpo. Era una mala señal.

—¿Saga? —Silencio. No contestó, no hizo nada. Desde donde estaba, parecía una estatua. —¿He sido claro?

—Si—musitó tras unos segundos de silencio.

—Bien. —Asintió. —Iros a entrenar. Llegáis tarde y tenéis obligaciones. Ambos.

Saga respiró aliviado. Prácticamente había contenido la respiración todo aquel tiempo, igual que cuando eran críos. No soportaba verse como tal ante el viejo, y menos aún quedar en evidencia. No quería hacer las cosas mal otra vez, pero no soportaba que utilizasen a Ares como arma. Era un golpe bajo, y era vulnerable, muy vulnerable, a él. Se maldijo de nuevo, y cuando la mirada de una preocupada Arabella buscó la suya un par de metros más allá, negó lentamente con el rostro.

Después, desapareció en la Otra Dimensión. No tenía ganas de caminar o de ver a nadie por un rato.

-X-

—¡¿Qué demonios?!—espetó Shion cuando la puerta del despacho se cerró a sus espaldas. Estaba furioso, desde luego; pero, sobretodo, estaba preocupado. —¿Puedes explicarme qué ha sido eso?

Dohko se sentó en la repisa de la ventana, no sin cierto pesar. Se revolvió el pelo, ya de por si desordenado, y perdió la mirada por un instante en el exterior. Nubes negras en el firmamento. Igual que en ciertos corazones.

—No lo sé—dijo con suavidad.

—¿No lo sabes? ¡Estabas ahí! —Las manos de Shion golpearon el viejo escritorio con rabia. Dohko se encogió de hombros.

—Lo primero, harías bien en calmarte. Tu disgusto no le hace bien a nadie.

—¿Y lo segundo?

—Lo segundo… —Se humedeció los labios. Lo cierto es que no sabía qué había sucedido realmente. —Cuando llegué estaban hablando. O Kanon estaba hablando, más bien. No fue difícil saber que los ánimos estaban caldeados, emanan una hostilidad difícil de ignorar. Me pareció que hablaban con Arabella, pero… —Se encogió de hombros nuevamente. —A juzgar por su reacción, supongo que no.

—¿Cómo terminó Kanon besando mis paredes?

—Bueno…—suspiró—. Sabemos que es un genio de la manipulación. —Shion entrecerró los ojos, temiendo lo peor. —No es algo que no supiéramos, él, o ellos, son así. Pero lo que debería preocuparte realmente es porqué ha utilizado los métodos que ha utilizado.

—¿Y esos métodos han sido…?

—Ares. —Shion mantuvo su mirada por un momento, sorprendido. —Habló de que Saga estaba siendo irresponsable, y en caso de que Ares volviera… —No supo que más decir, o como colorearlo para que no sonara tan desagradable como era.

—Tienes que estar de broma. —Se sobó los ojos, y de pronto se sintió infinitamente cansado.

—Me gustaría. —¡Y los dioses sabían que no bromeaba! —Lo cierto es que yo tampoco he visto eso venir… hasta donde sabía, las cosas iban más o menos bien. Si que se que desde que volvió de Reina de la Muerte con Ángelo, su humor estaba bastante más oscuro, pero no me planteé que utilizará ese arma. —Shion suspiró. Él tampoco. —Y Saga… —No supo qué decir, porque para ser justos, probablemente él hubiera hecho lo mismo. Era un tema poco menos que tabú, y el geminiano no lo llevaba nada, nada bien. Lo sabían todos, por mucho que aparentemente las cosas hubieran mejorado. Se había esforzado por hacer algo que no sabía: vivir. Ares era un fantasma demasiado real para él como para jugar con ello. —No sé. No predije su reacción.

—Él no es… —Tristemente, se corrigió. —No era así. —Ahora, había muchas cosas de él que desconocía. —Pero lo que si sé, es que no sabe sobrellevar todo ese tema, y no creo que pueda culparle. —Suspiró, dejándose caer en su butaca. —Sin embargo, sabe mejor que nadie lo que debe y no debe hacer. Es… Saga.

—Lo es, pero… Solo ten cuidado. Aunque sea desde la lejanía, he vivido con ellos, y sentí lo suficiente como para saber que sus juegos son peligrosos.

—Para Saga, todo lo que tenga que ver con Ares, abandona la categoría de juego.

—Precisamente por eso.

-X-

No tenía la menor idea de cuánto tiempo había pasado perdido en el mar de estrellas. No era algo que hiciera a menudo, porque aunque su Otra Dimensión fuera realmente perfecta y ahí fuera el dueño y señor de la inmensidad… la falta de oxígeno y la ingravidez, terminaban por resultar agotadoras. Sin embargo, en aquel momento, Saga no sabía qué era peor: si lo agitado que se sentía o lo que empeoraría su cansancio una vez saliera de ahí.

No había nada más que silencio. Un silencio que acompañaba como muda sintonía al espectáculo de colores titilantes de las estrellas y galaxias. Era bonito, impresionante más bien. Pero por sobre todas las cosas, ahí, perdido en otra realidad y sentado sobre un fragmento de una antigua estrella de millones de años de antigüedad, había paz.

No por ello Saga se engañaba. Antes o después tendría que salir de allí y enfrentar el cielo abarrotado de nubes negras del Santuario, teniendo especial cuidado con aquella que lo acompañaba a él mismo. Se había cuidado de ir directamente al entrenamiento con su equipo. Dados los chismes de los últimos días, lo más probable era que alguien hubiera sufrido más de lo necesario. Y no importaba cuán molesto estuviera con Argol por ser un metomentodo, o con Shaina por ignorarlo vilmente y poner en entredicho su autoridad… No tenían la culpa de nada que tuviera que ver con Kanon. Lo sabía de sobra.

Así que se había recluido ahí donde nadie podía encontrarle, donde no podía hacer más grande el problema. Había dejado pasar un rato prudencial. Había contado hasta un millón y algo más… y había tratado de respirar hondo, aunque alguna estrella que otra había resultado herida en el proceso. Quizá algún día le pidiera consejo a Shaka acerca de la meditación. Eso, o probablemente sufriría un infarto antes de cumplir los treinta.

Patético, para cualquier Santo que se preciara.

Se sobó los ojos y chasqueó la lengua. Kanon le había ganado vilmente una batalla que se había sacado de la manga. No volvería a suceder. O al menos, se esforzaría porque no se repitiera.

No sin cierto pesar, concentró su cosmos dorado en la mano derecha y abrió el portal que lo llevó de vuelta al Santuario.

-X-

—¡¿Qué demonios?!

—¿Nunca has visto la Otra Dimensión, arquero? —La cara de espanto del castaño casi lo hizo reír. Sin embargo, Saga se limitó a alzar una ceja a la espera de respuesta.

—¡No esperaba que aparecieras de la nada! Es peligroso. —Aioros se cruzó de brazos, olvidándose por un momento de las miradas interrogantes que su equipo les dirigía. —Pude atinarte con una flecha, no sabía que aparecerías ahí—gruñó—. Además, ¿no se supone que está prohibido teletransportarse o… —se encogió de hombros— viajar interdimensionalmente dentro del Santuario?

—No. —Negó, sentándose sobre un pedazo de columna cercano.

—¿Cómo que no? —Aioros gesticuló con las manos de un modo tan divertido, que una minúscula sonrisa se dibujó finalmente en el rostro del geminiano. —¡Eso debería estar regulado! Hay leyes más absurdas implantadas.

—Bueno, técnicamente, no es una prohibición como tal. Se supone que, simplemente, es prácticamente imposible hacerlo a causa del cosmos de Athena.

—¿Se supone? —Se sentó a su lado sin saber porqué discutían sobre aquello. Saga asintió, con su expresión de pequeño sabelotodo marcada en el rostro, y a Aioros no le quedó más remedio que esperar por el discurso explicativo que vendría después.

—Cuanto más cerca este la técnica de la perfección, más fácil resulta poder moverse libremente por ahí. —Aioros rodó los ojos. —Pero estoy seguro que hay alguna mención en el libro de legislación del Santuario acerca de su posible prohibición… No creo que sea un vacío legal. —Aioros continuó observándolo en silencio, mientras lo escuchaba divagar con la vista fija en los movimientos felinos de Tatiana algo más allá. —Quién sabe.

—Me alegra saber que hoy hablo con el Señor Sabelotodo y su Ego en las Nubes. —Saga lo miró de soslayo, y ladeó el rostro divertido.— Pero hablando en serio. ¿Qué te pasa?

—¿A mi?

—No, a esa piedra sobre la que has posado tu dorado culo. —El geminiano rió con suavidad, pero para Aioros, aquel sutil velo de amargura que cubría sus ojos resultó obvio e imposible de ignorar.

—Nada.

—No hubieras venido aquí, de esa manera, sino sucediera algo. ¿Qué fue de tu intención de buscarle una utilidad desestresante a Argol? ¡Era una idea excelente!

—Dejará de ser desestresante si lo mato por accidente. —El arquero alzó una ceja, e inmediatamente después frunció el ceño. Así que tan tensas estaban las cosas.

—Venga, en serio. ¿Qué pasó? No te veías así en el desayuno. —Reflexionó unos segundos acerca de eso, y continuó. —Hubiera jurado que estabas dormido con los ojos abiertos, pero… nada más.

Saga se tomó su tiempo para contestar. No le gustaban las preguntas. No importaba lo en serio o en broma que fueran, le hacían sentir acorralado. Pero también era un hecho, que si había ido en busca de Aioros precisamente, era porque internamente necesitaba que alguien le preguntará.

—Nada, solo... —musitó por acto reflejo. Aioros frunció el ceño un poco más y Saga suspiró.— Creo que he sufrido un pequeño contratiempo.

—¿A qué llamas "pequeño contratiempo"? —Y por la manera en que había hecho énfasis en el adjetivo, Aioros asumía que distaba mucho de ser tal cosa.

—A una discusión con Kanon en el pasillo del templo papal, que ha terminado con su cara estampada contra la pared.

—Oh. —fue todo lo que atinó a decir de primeras. —No me parece que eso, sea nada; o pequeño.

—No lo es—murmuró aún más bajo que antes.

—¿Cómo pasó? —Trató de ocultar la preocupación en su voz tan bien como pudo, pero temió no ser capaz de lograrlo. Saga le leía con una facilidad pasmosa después de todo.

—Estaba hablando con Arabella, y Kanon apareció. No me di cuenta de qué estaba pasando hasta que me salpico el veneno. El resto… —Se encogió de hombros. —Es historia. Tengo un carácter irascible.

—No es cierto. —De echo, tenía una paciencia y una templanza asombrosas… salvo con Kanon.

—Cómo sea… Shion llegó en el mejor momento. Oportuno, como siempre.

Aioros lo miró, silencioso. No supo qué replicar a eso, aunque internamente maldijo la suerte de Saga. Era asombroso el ahínco con el que las buenas vibras parecían tratar de evitar al geminiano. Pero el hecho de que Shion les hubiera cazado en medio de la discusión, les colocaba en el punto de mira directamente. Imaginaba que aquello era exactamente lo que Kanon buscaba.

Se revolvió los rizos, y palmeó el hombro de Saga con fuerza.

—Ponte guapo esta noche. —El peliazul lo miró sin entender. —Nos vamos a Athenas.

-X-

—¿Todo bien? —La pregunta abandonó su garganta tan pronto puso un pie en la Fortaleza del Cabo, que habían proclamado como propia.

—Si, ¿por qué no iba a estarlo?—mintió. Mintió vilmente, y en aquel preciso instante, no se sentía con ánimo suficiente como para tratar de hacerlo mejor.

—No sé… —Naia besó su pelo cuando se sentó a su lado. —Es solo que con eso de que Shion os pidió que fuerais a comer al templo papal a diario, me sorprende el cambio de planes de hoy.

—Carezco de habilidad alguna para cocinar algo que no lleve Nutella o chocolate, Caelum; y probablemente, si mi vida dependiera de lo que pudiera hacer encerrado en una cocina, estaría muerto. —La escuchó reír, mientras ella jugueteaba con su pelo entre los dedos. —Pero…

—¿Si?

—¡Descubrí cómo se usa la sandwichera! —La morena se detuvo, y buscó sus ojos con una expresión de sorpresa tal en su rostro, que Saga no pudo sino reír suavemente. —Me llevo mejor con ella que con la cafetera, debo confesar. —La tendió uno de los sándwiches de queso, suavemente tostados y aún calientes; ignorando deliberadamente las observaciones que Naia había planteado. —Es fácil.

—Bueno, al menos podrás sobrevivir un tiempo más. Pronto descubrirás él mundo del pan tostado y calentito con Nutella derretida. —Una expresión pícara adornó el rostro del santo, y Naia alzó las cejas mientras daba un bocado.

—¿Nunca te dije que aprendo muy rápido? No quieras descubrirme el mundo tan rápido, guapa. —Le guió un ojo, presumido. —Eso, es el postre. —Toqueteó con los dedos otro paquetito envuelto en papel de aluminio, robándole una sonrisa a la amazona.

—¡Bien! Bien…

Comieron prácticamente en silencio. Naia lo veía de soslayo, tratando por todos los medios de averiguar qué era lo que surcaba su mente y lo tenía tan taciturno. Podía mentirla todo lo que quisiera… o al menos tratar de hacerlo. Había visto demasiadas veces esa mirada tan bonita, perdida en la nada; meditabunda. Él nunca había confesado, ni una sola vez siendo niños… y eso que en aquella época no era ni de cerca tan fuerte mentalmente como en el presente. Tenía una "habilidad" innata para mantener sellado a cal y canto todo lo que le angustiaba.

Naia se acurrucó en el camastro, y Saga se apresuró a acomodar la cabeza en su regazo. Cerró los ojos, mientras ella enredaba de nuevo sus dedos en su melena. Era uno de aquellos pequeños detalles que lo convertía en un hombre tan dócil como un cachorrito. Saga, aunque no lo admitiera, adoraba los mimos. Quizá era porque, simplemente, no estaba acostumbrado a ellos. Pero, ¿quién era ella para negárselo? En lo que a Naia respectaba, no había nada mejor que todos aquellos momentos furtivos que atesoraba a su lado. Aquellos instantes en que la respiración de Saga se tornaba suave y tranquila, cuando se dejaba llevar por su compañía y bajaba, finalmente, la guardia. Esa seguridad que sabía sentía junto a ella era, simplemente, impagable. Algo único.

Sin embargo, aquel día había algo diferente.

—¿En qué piensas?

—¿Mmm…?

—¿Qué te tiene tan disgustado? —Aquel día, Saga no se sentía tan relajado, ni tan adormilado. Los músculos de su cuello parecían estar en permanente tensión, y algo en el ritmo de su respiración, era diferente. Fuera lo que fuera, estaba contrariado.

—Nada…

—Mientes. —Detuvo su caricia, y se encontró con sus ojos verdes, que la miraban desde su regazo. —Y lo haces mal. —Saga entreabrió los labios, pero no pronunció palabra alguna. Necesitaba encontrar un modo de salir de aquel atolladero sin preocuparla demasiado, y lo cierto era, que ella tenía razón. No la estaba convenciendo de lo contrario haciéndose el loco.

—Solo fue un mal día. —Y eso que apenas habían llegado a mediodía.

—¿Qué pasó?

—¿Cómo te va todo por el Santuario? —No era que quisiera cambiar de tema de un modo tan obvio, aunque le hubiera gustado. Era que no tenía la más remota idea de cómo enfocar aquel asunto.

—¿A mi? —Saga asintió, y ella se resignó a responder al rodeo que el geminiano estaba dando.

—Sin demasiada novedad. —Se encogió de hombros. —Paso los días con Milo, rezando porque su enorme boca no organicé una catástrofe. —Saga se sopló involuntariamente el flequillo: Milo ya lo había hecho, estaba seguro. A ella no le pasó desapercibido el gesto. —Si me preguntas, diría que hablo más con el resto de chicos. Hasta hace poco nos veían, a Deltha y a mi, como un par de bichos raros salidos de a saber dónde.

—¿Qué cambió?

—No lo se. —Negó suavemente con el rostro.— Es como si, de alguna manera, hubieran hecho a un lado ese recelo. Hablan con más normalidad, bromean… No se. Es distinto, eso seguro. —se colocó un mechón de pelo tras la oreja.— La verdad es que prefiero su compañía que la de las amazonas. Ellas son mucho más… hostiles.

—Nosotros nos distraemos más fácil con otros detalles.

—¿Cómo cuáles?

—Con vosotras, por ejemplo. —Naia alzó una ceja. —No me mires así… —Sonrió. —Es cierto. Os prestamos, voluntariamente o no, más atención de la que imagináis. Y no me refiero únicamente a alegrarnos la vista un rato. —La morena picó con uno de sus dedos las costillas del Santo, que rápidamente se encogió.

—¿Entonces?

—¿No escuchaste nada? —La joven ladeó el rostro, y Saga tomó eso como un no.— Ya. Lo cierto es que…

—Estás dando rodeos. Muchos. Me estás recordando a Aioros. —El peliazul volteó los ojos. —Vamos, escúpelo.

—Nuestros ociosos colegas del rango plateado, han reparado en ese bonito colgante que llevas bajo la ropa. —Alzó la mano, y acarició sutilmente, con la yema de sus dedos, el lugar exacto dónde sabía estaba el copo de nieve, bajo la chaqueta.

—¿Qué…?

—Eso les ha hecho reparar en ti. —Naia guardó silencio, animándolo a continuar. —Y les animó a poner sus imaginativas cabecitas en funcionamiento. Hubo, incluso, alguien que se atrevió a preguntar al respecto a Aioros.

—No hablas en serio. —murmuró con mezcla de disgusto y espanto tatuada en el rostro. Saga solo asintió.

—No pasa nada. —Pero si que pasaba, y tanto chisme revoloteando a su alrededor, hacia que sus oídos silbaran, le ponían nervioso y en guardia. Se sentía como una presa que se sabía acechada, y eso sumado a Kanon... —Siempre hablarán… y siempre encontrarán algo de qué hablar. Hoy es esto, mañana… —Se encogió de hombros.

—Pero no es todo lo que te preocupa. —Ella imitó el gesto. —Vamos, cuéntamelo. —Sé que tiene que ver con que no hayas querido ir al templo hoy.

—No te preocupes, son un montón de cosas en realidad. —Ya había tenido suficiente dosis de templo por unos días.

—Saga… —El tono en que lo dijo, le obligó a fruncir el ceño. Sonaba molesta, y no sabía qué hacer para remediarlo. —Tu cabeza es todo un misterio, pero aún así, se bien cómo funciona en determinadas circunstancias. Sea lo que sea, deja de callarte. No proteges a nadie, no me proteges a mi. En todo caso, me haces ver más ingenua de lo que probablemente soy.

—Lo siento. —Desvió la mirada.

—No lo hagas. Solo habla conmigo. Soy tu… novia. —Y aún era raro decirlo en voz alta.— Los secretos, buen intencionados o no, son veneno. Lo sabes mejor que nadie.

—Es difícil para mi.

—Ya lo sé. —Esta vez fue ella quién suspiró. —Pero también lo es para mi. Esto es especial. No es que nunca me hubiera imaginado en esta situación contigo. —Sonrió con una timidez que le resultó de lo más tierna. —Es que, quien no se lo imaginó, eres tú. Entiendo que no sabes como hacer muchas cosas, pero también me gusta pensar, que si diste el paso en Asgard fue porque realmente es especial para ti, con todo lo que ello implica. Y créeme, es mucho más de lo que puedes imaginar.

—Es especial—murmuró, ciertamente irritado. De alguna manera, eso se había sentido como si Naia pusiera en duda lo que sentía. —Es solo que… no me resulta tan fácil como al resto del mundo depositar mi confianza ciegamente o hablar de mi mismo. Y no lo tomes mal, no es que no confié en ti… al contrario. Es que lo que siempre me hace dudar, es que no confíen en mi. Sea quién sea, y tú con más razón.

—¿Por qué no iba a confiar en ti—preguntó, confundida.

—No lo sé, Naia. Soy…—Se encogió de hombros, frustrado. —Soy un montón de problemas sin resolver, de secretos mal guardados y con una asombrosa mala suerte que me sigue a todas partes, a mi y a los que me rodean. A una cierta distancia parezco genial, brillante; pero si te acercas… si ves más allá, te topas con las sombras. Generalmente, en el lado personal provoco desconfianza, y no porque la gente tema depositar sus esperanzas en mi… sino por todo el caos que inevitablemente me asedia. Siempre arrastro a todo el mundo a mi catástrofe personal, aún sin querer. Es algo que genera recelo. Siempre lo ha hecho. Eventualmente la gente se cansa de que siempre sea lo mismo.

—Hey… —No supo que más decir de primeras.— Confío en ti. ¿Entiendes? No me asustan tus calamidades… me preocupo por ti, que es diferente. El problema es que estás tan asustado por todas las miles de cosas que podrían llegar a suceder, que se te olvida que tienes derecho a vivir. Piensas demasiado, y pierdes un tiempo precioso en ello. No dejes que la vida que te han devuelto se te escape entre los dedos por estar asustado. No seas estúpidamente cauto, ¿vale? A veces es bueno dejarse llevar y hacer locuras.

—Es complicado, Naia. Es…

—Siempre dices que es complicado, y no lo dudo. Cuanto más importante y fuerte es uno, cuanto más alto es su rango en la vida, más grandes son los problemas. Tú estás en lo más alto. ¿Qué es todo eso que no me has contado?

La miró a los ojos, y se revolvió incómodo. Naia le provocaba un sentimiento difícil de describir. Anhelaba, por sobre todas las cosas, cumplir con todas las expectativas que ella pudiera tener, sin importar cuan grandes o absurdas fueran. La tenía ahora, y no quería que se le escapara, no quería que ella fuera parte de esa vida que se escurría entre sus dedos. Sin embargo, la necesidad que tenía de sentir su fe y confianza en él, era solo comparable a lo mucho que le dolía sentirse juzgado injustamente a cada paso que daba.

Si lo pensaba bien, tenía más miedos que sueños. La época de los sueños había quedado muy atrás, y en medio de todo aquel caos que de vez en cuando lo ahogaba, ella había aparecido como un faro en medio de la tempestad.

—Trataré de que no haya secretos… si prometes que tratarás de confiar en mi. —La amazona frunció el ceño al escuchar de nuevo aquel ruego.— No quiero ser pesado con eso… de hecho, prefiero no volver a tocar este asunto nunca más. Pero… no te haces idea de cuán importante es para mi en este momento. —Se sopló el flequillo. Maldito Kanon, que había destapado la caja de Pandora una vez más. —No después de todo con lo que cargo en mi conciencia, Naia. La gente siempre ha hablado de mi, pero ahora ya no es como antes. Ahora, las historias son más crudas, más… espantosas. Hay mucha fantasía en lo que cuentan, pero también mucha verdad; y si supieran todo lo que realmente desconocen, sería aún peor. No es fácil vivir con eso… ni sabiendo lo mucho que los rumores condicionan lo que la gente piensa o siente hacia mi.

—Lo sé. Lo sé desde el principio y asumí el riesgo. No me importa hacerlo… intentarlo, Saga. —Acarició el rostro del santo, y él cerró los ojos. —¿Por qué, de pronto, estás tan inseguro…?

—Hoy tuve una breve conversación con Kanon. —La morena frunció el ceño, y aunque él se sentía más tranquilo respecto a su gemelo, seguía ciertamente molesto. —O más bien tuvimos una pequeña discusión. —Naia no dijo nada. Se mordió el labio a la espera de lo que él tuviera que decir. —Sé que sabe lo nuestro. Seguramente lo sabe desde el principio. No ha mencionado nada de ti claramente, pero... —Ella se estremeció. —Debo admitir que no ha perdido su toque. Le concedo eso. Sabe cómo y dónde debe tocar.

—Dime que no os peleasteis… —Él negó. Lo cierto era, que más o menos, decía la verdad. Solo le había empujado. Un poquito.

—Está enfadado, lleno de rabia y con un montón de celos repentinos. —Y lo sabía. Sabía que, irónicamente, Ángelo había tenido razón cuando había querido explicarle por qué Kanon era cómo era. Era consciente de que él era la manera de Kanon de descargar su propia frustración personal.

—No puedo creérmelo. Después de cómo se portó…

—Si puedes, porque es exactamente lo que sabías que pasaría. Era predecible.

—¿Qué te dijo? —Saga suspiró.

—Un montón de idioteces, pero…

—¿Pero…?

—Hay algo que debí contarte desde el principio. —Se incorporó, dejando atrás el agradable calor de su regazo, y apoyó la espalda en la pared de piedra. La miró fugazmente, sintiendo la ansiedad que la corroía como si fuera propia, y clavó la vista en una minúscula piedra abandonada en el suelo unos metros más allá.— Es algo que no puede salir de aquí, ¿entendido? —Ella asintió airadamente.— Ni siquiera Deltha puede saberlo, Naia. Es algo que se acordó no saldría de las Doce Casas. Asunto de estado y altamente confidencial.

—Si… claro. —Su claridad delataba la gravedad del asunto.

—Todos esos rumores acerca de lo peligroso que soy o puedo ser… Son ciertos. —La amazona frunció el ceño.— La realidad es que Ares no está sellado, tras mi muerte se esfumó y fue imposible hacerlo. Si es su deseo, puede volver cuando le plazca, y dado que hay una amenaza real ahí fuera… No sabemos qué o quién puede ser, pero es una posibilidad bien grande. Enorme, de hecho.

Naia contuvo la respiración al escucharlo. Sintió unas irrefrenables ganas de llorar, pero se esforzó tanto como pudo por evitarlo. Saga se veía vulnerable, pequeño… asustado.

—Eso me convierte en una amenaza permanente, ¿entiendes?

—¿Qué fue lo que te dijo Kanon?

—¿Qué más da?

—¿Uso eso para hacerte daño? —Se sintió furiosa. Era una manera vil de enfrentar las cosas.

—Tiene razón, Naia. —Sabiéndose cazado, continuó. —Lo quiera o no, lo quieras tú o no, soy un peligro para todo lo que me rodea; y la experiencia me ha dejado más que claro, que lo soy especialmente para aquellos a los que quiero. Eso te coloca en una posición peligrosa. —Respiró hondo y continuó. —Probablemente, la decisión de Asgard fue egoísta por mi parte, pero tal y como dices que a veces debemos hacer… Me deje llevar por lo que quería. Solo que en mi caso, no fue un pequeño paso. Fue saltar un abismo.

—No me importa.

—¿Puedes confiar en mi a pesar de eso? —Por primera vez desde que confesara, la miró.— ¿Puedes acariciarme del mismo modo? ¿No te da miedo? ¿No te… doy miedo?

—Puedo, Saga. —Sujetó su rostro entre sus manos, y atrapó sus labios con los suyos, besándolo con avidez, sentándose sobre sus piernas. —No me das ningún miedo. Eres diferente. —Apoyó su frente en la suya.— No importa cuán asustado estés, nunca, nunca… vas a dejar de luchar. Se eso. Confío en eso. No dejes que todo lo que has logrado en estos meses… —Ahora que Saga había revelado tal secreto, todo era terriblemente obvio. Las misiones, la amenaza de guerra, la hostilidad y su recelo inicial… Todo tenía sentido. Podía ser que todo tuviera que ver con Ares, o que nada lo hiciera. Eso no importaba, era una amenaza real, y Kanon lo había utilizado como arma en una guerra estúpida e infantil. —No dejes que Kanon lo pisotee, ¿me has oído? Quererle, no significa creer todo lo que dice. Ni darle la razón. —Lo besó de nuevo, mientras sus manos rodeaban su cintura y la atraían hacia si. —No eres peligroso para mi, no te siento peligroso para mi. Nunca lo serás. ¿Me has entendido?

Rodeó su cuello con los brazos. Saga escondió el rostro en el dulce hueco de su hombro, y cerró los ojos, embriagándose de su aroma dulce, estrechando el abrazo.

Por el motivo que fuera… ella se había erigido como la luz a la que aferrarse en medio de todo aquel revoltijo de miedos que la posible vuelta de Ares había provocado desde meses atrás. Nadie más lo había logrado.

Solo ella.

De pronto, se sentía infinitamente tranquilo. En paz.

-X-

Había cierto encanto en el camino ascendente y serpentino que llevaba desde Rodorio hasta el Santuario. La vista, en ambas direcciones, era digna de una postal. Arriba, en una fiel remembranza del pasado, la colina zodiacal apuntaba al cielo, coronada con la imagen de Palas y decorada con los magníficos templos de mármol blanco. Hacia abajo, las decenas de chozas con tejas de barro y muros blanco brindaba un aire campirano y fresco al pequeño pueblo. Sus calles empedradas y estrechas lo convertían en un laberinto en el que valía la pena perderse.

En catorce años, los cambios habían sido mínimos. Con todo y la larga ausencia, Aioros seguía sintiendo aquel sitio como su casa. Vagando entre las callejuelas no se sentía fuera de lugar, sino lo contrario.

Bajar al pueblo, a cualquier hora del día, se había vuelto una pequeña rutina que le hacía sentir a gusto. No importaba el pretexto, simplemente era algo que disfrutaba. Si iba con compañía, mucho mejor.

Ese día, sin embargo, su paseo había pasado con su cabeza en las nubes. Mientras más pensaba en la idea de salir de casa, hacia una Atenas que apenas conocía, más le ponía los nervios de punta. Pero la insistencia de Aioria no iba a cesar y, dados los problemas que ya habían aparecido en la tercera casa, quizás no sería tan malo despejar la cabeza. Con todo, y a pesar de haber sido él quien convenciera a Saga, tenía sus dudas que no era capaz de pasar por alto.

—¿Estás segura que estás de acuerdo con esto?—Ante a pregunta de Aioros, Deltha se detuvo de pronto. Aunque el santo no pudo ver su rostro cubierto por la máscara, casi podía imaginar sus facciones tras de ella.

—¿Por qué no habría de estarlo?

—No lo sé.

—¿Estás tú seguro de esto?—Trató de no reír, pero es que el rostro confundido e indeciso del arquero tenía ese efecto para ella.

—¡No lo sé tampoco! Suena divertido y todo eso, pero… —Se revolvió los rizos con nerviosismo.

—Pero nada. Es una estupenda oportunidad para que disfrutéis de unas pocas horas para vosotros. Además, ni siquiera es tan terrible.

—Eso lo dices tú. No estoy seguro de que funcione igual para un trío de inadaptados. —Así era como Aioria los había llamado… más o menos. Y eso que el león no se había parado a considerar las catástrofes que la mala suerte de Shura, Saga y él podían convocar.

La amazona meneó la cabeza con enjundia y, colgándose de su brazo, continuó el camino. Aioros siempre era aprehensivo cuando se trataba de cosas nuevas. En detalles como aquel, notaba que la ausencia de todos esos años le había pasado un costo muy alto en cuestión de inseguridades.

—Todo saldrá bien. Es vuestra primera salida desde que volvisteis, y es con Shura y Saga, ¡ni más, ni menos! Vas a pasártelo bien.

—¿Tú crees?

—¡Claro que si! Tomad las cosas con calma y relajaos. —Eso era fácil de decir.

—¿Algún sabio consejo, señorita mundo real?

—Bobo. —Lo golpeó en el brazo sin hacerle daño. —Pero sí, algo de sabiduría podré pasarte.

—Tomaré notas mentales.

—Bien. —La pelipúrpura pensó un segundo. —Primero, no bebáis demasiado. Fue difícil llevarte a rastras de Géminis a Sagitario, por lo que sería mucho peor traerte desde Atenas hasta aquí.

—Malvada. —Ella rió.

—Segundo: no dejéis que alguna chica guapa intente devoraros.

—Oh, chicas guapas…

—Saldrán de hasta debajo de las piedras cuando os vean. —Eran demasiado sexys y monos para pasar desapercibidos, especialmente si iban sin compañía femenina. —Si os atacan, no huyáis o solo conseguiréis provocarlas más.

—Me estás asustando. —Deltha volvió a soltar un par de carcajadas. —No estás hablando en serio, ¿verdad?

—Ya verás. Si yo os viera en un bar, os saltaría encima.

—Por Athena… —El arquero dejó caer la cabeza. Esquivar a mujeres con malas intenciones nunca había sido una de sus habilidades.

—Cómo sea. —Esta vez, rió por lo bajo. —Tercero: olvidaos de este sitio por un rato.

—Eso es difícil. —Espantosamente difícil.— ¿Un cuarto consejo?

—Si. Divertíos.

Eso último, Aioros no estaba seguro de poder conseguirlo. Estarían demasiado nerviosos para disfrutarlo del todo, pero quizás algo bueno saldría de ello. Aioria había puesto mucho interés en que salieran y Saga había estado de acuerdo a pesar de la catástrofe de la mañana. No podía ir tan mal, ¿cierto?

Solo sería una noche, unas cuantas horas, un par de tragos y una buena plática entre amigos que tenían mucho de que conversar. Además, Shura y él se divertirían molestando a Saga con su reciente abandono de soltería. ¡Era una gran idea! Bien podrían hacer de ello una despedida de soltero para el gemelo. Siempre era divertido verlo abochornarse y ponerse tímido con el tema. Había esperanzas de que fuera una noche divertida después de todo.

Entonces, ¿por qué rayos estaba tan nervioso? Quizá Kanon tenía algo que ver.

—Por cierto—Deltha volvió a hablar—, habéis hablado mucho de la salida y todo. Pero, ¿cómo pensáis escaparos de aquí? Arles tiene un ejército de ojos chismoseando en cada rincón. —Ese era un buen punto. El plan para escabullirse era algo atropellado y seguramente no iba a terminar muy bien.

—En realidad no tenemos un plan. Improvisaremos.

—¿Improvisar? —Sonaba como un plan que terminaría con Shion arrastrándolos de los pelos hacia casa. —Buena suerte con ello.

—Gracias.

Aioros se sopló el flequillo. Confiaba en que Saga encontrara un modo de sacarles de ahí sin ser vistos. Aunque a juzgar por su humor de ese día, la salida completa corría riesgo de fracasar.

A decir verdad, le comprendía bien. Cargar con Kanon era un trabajo agotador y ahora que el lío se había salido de proporción, solo podía temer que las cosas empeoraran. Probablemente era una buena idea salir y dejar atrás los problemas, al menos por un par de horas. Todos necesitaban un poquito de aire fresco.

—¿Qué haréis vosotras dos?

—¿Naia y yo? —El santo asintió. —Probablemente echarnos en el sofá a mirar televisión. Si Naia cocina, yo me echaré en el sofá a comer mientras ella hace el trabajo. —Detrás de su máscara, la sonrisa cínica se ensanchó hasta mostrar los dientes.

—¡Eres terrible!

—Hay que aprovechar. Entre las escapadas de Naia al Cabo y yo escabulléndome hasta Sagitario, las noches se han vuelto un verdadero problema. Así que nos tomaremos un descanso mientras vosotros andáis de golfos por ahí.

—¿Nikos estará por ahí con vosotras? ¿Debo decirle a Naia que os vigile? —La miró de reojo. Después de que Deltha le contara todo el asunto de la otra noche en la cabaña con él, Aioros no sabía cómo tomar el asunto. Lo cierto es que a ella le encrespaba los nervios un poco y a él le resultaba divertido fastidiarla.

—¡Oye! No te lo conté para que me molestes con ello. —Volvió a golpearlo en el hombro.

—¡Au! Eso dolió.

—Te lo has ganado. El asunto con Nikos es…

—Inquietante. —El castaño arrugó el entrecejo. —Pero, ¿qué hacías tú emborrachando a Nikos?

—Es porque tú no me dejas emborracharte.

—Eso es injusto. Sabes que te dejo hacer lo que quieras conmigo. —Adoptó una expresión pícara que la hizo reír.

—¿En serio? Comenzaré a sacar provecho de tu oferta. —Saltó sobre su espalda y se colgó de su cuello. —Cárgame.

—Hey, no soy tu medio de transporte.

—Solo por hoy, anda.

—La gente mirará.

—¿Y qué? Ya se acostumbraron a nosotros, por no decir que hay cosas más interesantes ahí afuera. Anda, llévame cargando o te morderé. —Mirándola de soslayo y con un fastidio travieso, el santo comenzó el camino.

—Vale, vale. Pero no llores si te caes de ahí.

—Puedes sostenerme bien; soy pequeña y tú eres grande.

—Para una vez que eso funciona a tu favor… —Apenas había terminado de hablar cuando sintió a Deltha pellizcándole el brazo. —¡Au! ¡Eres una salvaje!

—Y así me quieres, y así te quiero. ¡Andando! ¡A Sagitario! Tienes que ponerte guapo para tu salida nocturna.

—Eh, que no soy un burro. —La amazona rió con más ímpetu. De no haber tenido la máscara, le hubiera plantado un beso gigante en la mejilla.

—Sabes que recompensaré todo lo adorable que eres con cariño, ¿verdad?

—Me aseguraré de ello.

—Bien.

Sonrió sin que él pudiera verla y se acurrucó contra su espalda. Sentía un paz tremenda, como la que no había sentido en años. A pesar de los problemas se sentía feliz. Inmensamente feliz. Era como si el destino le devolviera todo lo que le había quitado. Por momentos como aquel había esperado catorce largos años y había valido la pena.

-X-

Cuando la amplitud del pequeño valle que albergaba a Meridia se abrió ante sus ojos, Jabu contuvo el aliento. Paseó sus ojos azules por el mágico paisaje, y entonces, solo entonces… se convenció a sí mismo de que realmente el Santuario pertenecía a los dioses.

No había rastro de las heridas de la guerra ahí, solamente un inmenso jardín que moría a las orillas de un estanque calmo y transparente. La torre del reloj se alzaba imponente, iluminada por la luz mortecina que recortaba con habilidad las blancas siluetas de las estatuas, dándoles un aspecto etéreo y místico.

—Creo que te ha gustado. —La voz dulce de Saori lo sacó de su ensoñación.

—Es…

—Un tesoro. —Jabu asintió. No podía estar más de acuerdo.

—Me recuerda, de alguna manera, a los Eliseos. —Al Unicornio no le pasó desapercibido el pesar en su voz al mencionar aquella memoria. Bajó el rostro. No la culpaba, nunca podría; pero el hueco que Seiya y los demás habían dejado en ella, parecía imposible de llenar. Se sentía así al menos, y resultaba ciertamente desalentador. —¡Cómo sea! El Santuario es más hermoso—buscó su mirada y sonrió, como si con aquel gesto buscaba calmarlo—, está lleno de vida.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó.

—Venimos a cenar, por supuesto. —El chico alzó una ceja y la miró con curiosidad. Una cena al aire libre en pleno invierno, era cuanto menos curiosa. Saori sonrió con cierta travesura, alzando la cesta de mimbre que traía consigo y en la que él no había reparado antes. —Ven.

Tomó su mano y tiró de él con suavidad pero con decisión. Se acercó hasta la orilla, hasta un banco de piedra labrada, justo bajo el abrigo de un sauce llorón que agonizaba con el frío del invierno; y sacó una manta de la cesta. La extendió y rápidamente se sentó sobre ella, animando a su viejo amigo a hacer lo propio. Jabu, no sin cierta duda, accedió.

—¿Cómo te está yendo? Hace unas cuantas semanas que no hablamos tranquilamente. —Le tendió uno de los cuencos cuidadosamente tapados, y tomó el suyo después, sin dejar de observarlo. —Me alegra saber que no te resfriaste.

—Bueno, eso ha sido difícil de lograr… —Se encogió de hombros, y una sonrisa se dibujó en su rostro cuando el olor del arroz llenó sus fosas nasales. Tomó los palillos que Saori le tendía, y guardó silencio por un segundo. Era como volver a casa por un instante. Alzó el rostro segundos después, para toparse con la mirada expectante de la diosa. —Lo has hecho a propósito. —Ella rió.

—Yo también extraño Japón...—dijo con nostalgia. —¿Qué estabas diciendo?

—Ah…—carraspeó—. Creo que el personal del comedor tiene como objetivo inyectarnos vitamina C hasta por los ojos. Hay fruta y zumos a todas horas… supongo que son remedios caseros contra las epidemias invernales.

—Es un buen truco. Pasáis mucho tiempo en la calle, bajo la lluvia.

—Si… —Aunque si tenía que confesar, la lluvia era el menor de sus problemas. Shaina y Giste eran el mayor peligro contra su salud.

—¿Te sientes mejor en el Santuario?

—No me quejo… —No del todo, al menos. —Los chicos me tratan bien. Me gustan. —Aunque admitía que tenían sus rarezas y puntos insufribles. —Tengo más cercanía con Argol, pero…

—Es una buena noticia. —Sonrió, mientras saboreaba la cena. —Es un lugar difícil, se que a todos les está costando volver a la rutina… —Claro que lo sabía. —Incluso a los Santos Dorados les está resultando especialmente difícil.

—Es que ellos…

—¿Qué?

—Bueno… —Buscó cuidadosamente por las palabras. Se humedeció los labios y continuó. —Son bastante curiosos. Su historia es complicada.

—Lo es, mucho.

—Aunque debo admitir que la gente no se lo pone fácil. —Saori alzó una ceja con interés.— Hacen de cada segundo de sus vidas una fuente inagotable de chismes. A mi me resultaría imposible vivir así. —La joven diosa guardó silencio, esperando que continuara y fuera más específico. —¿Qué?

—¿Qué tipo de chismes?

—Pues… cosas. —Jabu se revolvió incómodo.

—¡Oh, vamos! ¡Dime algo! —De pronto, toda la divinidad y la serenidad tan propia de Saori, desapareció; y por un momento, le pareció ver a una adolescente normal frente a él. —Me estoy esforzando por acercarme a ellos, pero no se atreven a tenerme confianza. Aún les resulta difícil. Quizá si supiera algo más de sus vidas, a parte de lo malo, sería más sencillo estrechar lazos…

—Entiendo. —Posó la cara en el puño, y adoptó una expresión pensativa. Pensándolo bien, sus motivos carecían de malicia. ¿Qué tenía de malo?

—¿Y bien?

—Vale, vale. —Suspiró. —Creo que no les va tan mal. —Los ojos de Saori se abrieron con ilusión y emoción, Jabu solo atinó a sonreír. De veras les quería, eran afortunados. —Por lo que he oído, alguno tiene bastante éxito con las chicas.

—Eso he oído yo también. —Jabú asintió, esa era una "cualidad" que creía venía con el cargo. Todos ellos tenían éxito en ese ámbito al parecer.

—Si, pero no me refiero a… —¿Cómo decirlo? No tenía experiencia en esos menesteres. —Cosas pasajeras. Creo que alguno tiene algo estable por ahí.

—¿Alguno?

—¿Vas a hacerme confesar todo lo que sé?—protestó cruzándose de brazos.

—¡Por favor! —Y ya nada pudo hacer frente a aquella expresión de cachorrito abandonado. Saori no había perdido su toque.

—Vale, vale… —Se revolvió los rizos, rezando porque aquella confesión no le metiera en un lío del que luego no sabría salir. No podía ser tan malo, ¿no? Después de todo, Saga le gustaba. Se había acostumbrado a él, y no solo sentía la admiración hacia él que había por todos lados… realmente le apreciaba. Saga cuidaba de él, y se lo agradecía. Le tenía paciencia, y eso, visto la diferencia de rango y habilidades, no dejaba de sorprenderle. Tenía que ser ciertamente frustrante para el geminiano entrenar cada día con él… pero nunca se quejaba o lo mostraba. Eso a Jabu le bastaba. —Supongo que el asunto de Aioria, no resulta novedoso. —La pelimorada negó con gesto pícaro.—Por lo que se, Aioros sale con su novia de la infancia. Pero… —Una sonrisa despampanante iluminó el rostro de la diosa. Deltha. ¡Cómo se alegraba! —No es el único.

—¡¿Saga?! —Se puso de pie prácticamente de un salto, dejando a un lado la cena, y posando las manos sobre sus hombros. Jabu estaba seguro de que si esperaba más tiempo, comenzaría a zarandearlo sin piedad. —¡Dime que es Saga! —No podían culparla, eran sus… debilidades. Su historia no dejaba de dolerla, así que todo lo bueno que les pasara, era para ella más que una bendición.

—Si, Saga.

—¡Si!—exclamó. El japonés no pudo sino reír ante aquella reacción tan emocionada como victoriosa.

—¿Y ella?

—Bueno, en realidad no sabemos si es Saga o Kanon, pero estoy seguro de que es Saga. —asintió, reafirmando sus palabras. —Se ve distinto desde un tiempo atrás, sonríe más. Aunque, insisto, solo son rumores.

—¡¿Y ella?!—insistió.

—Caelum.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —Y su alegría resultaba inmensamente contagiosa. Jabu se encontró riendo igual que ella y que se sentía bien, realmente bien.

-X-

Ángelo caló lo último que quedaba de su cigarrillo antes de apagarlo contra la piedra húmeda del pasadizo. Había descubierto la gran comodidad que ofrecían los pasajes subterráneos en comparación con las escaleras zodiacales. No era que su templo estuviera especialmente lejos, pero al menos se ahorraba atravesar tres templos, en dos de los cuales bien podría ser detenido para una agradable conversación que no tenía ganas de tener y otro, en el cual podría ser asesinado en cualquier momento. Estaba mejor ahí, bajo la tierra, completamente de incógnito y sin tener que dar explicaciones a nadie.

Pero justo cuando comenzaba a disfrutar de la tranquilidad y el anonimato de su refugio, alcanzó a escuchar lo que le parecieron voces conocidas. Ralentizó el paso y afiló la mirada. No era tan común encontrarse con alguien en los túneles.

Al fin, sus ojos acostumbrados a la oscuridad detectaron la presencia de sus acompañantes. Curiosamente, ninguno lucía como era usual. Quizá era cosa de Ángelo, pero no pudo evitar sentir una extrañeza total al verlos vestidos del modo en que iban. Jeans, camisetas, zapatillas deportivas. ¿Qué demonios sucedía ahí? ¿Por qué iban disfrazados? ¿Había caído en alguna dimensión desconocida que los gemelos habían levantado para fastidiarse mutuamente?

Se detuvo y se quedó mirándoles mientras se acercaban. Aioria iba al mando, con Shura y su expresión fatalista al lado, solamente un par de pasos detrás. El arquero iba detrás con los ojos en alerta, como si esperara que algún dragón saltara en cualquier momento encima de ellos. Saga, en cambio, iba de último, dispuesto a ignorar al santo de Leo hasta el fin de los tiempos.

—Os he dicho que encontraremos el modo. ¡Dejad de preocuparos por todo! Me estáis poniendo nervioso—gruñó Aioria, aunque en realidad Shura era el único que escuchaba sus quejas. —No es tan terrible. ¡Un poco de optimismo os haría bien!

—Pero si ni siquiera sabemos cómo saldremos de aquí. —Shura se atrevió a hablar y por eso se ganó una mirada asesina por parte del más joven. —¡Es la verdad!

—Calla y piensa, cabra.

—Si, señor—masculló sin más remedio. Aioros, detrás, sonrió divertido.

Aioria le sentenció con la mirada y apuró el camino, solo para detenerse unos segundos después, cuando reparó en la sombra de Máscara Mortal.

El italiano le sostuvo la mirada, sopesando lo que había en ella. De primera instancia encontró un montón de recelo. Casi parecía que encontrarse con él había sido un retroceso enorme para el castaño. Todo indicaba que, al igual que él, el pequeño grupo tenía la esperanza de no encontrarse con nadie más vagando en la oscuridad de los pasadizos cada vez menos secretos.

—¿Andáis con prisa?

—Algo así—respondió el santo de Leo.

—¿A dónde os dirigís?

—Por ahí, por allá; a ningún sitio en particular.

—Oh, venga. Siempre fuiste un pésimo mentiroso, gato. —Aioria se detuvo de pronto y, por inercia, Máscara Mortal se tensó. No es que le asustara meterse en problemas con el gato, sino que estaba bien seguro de su puño solía pesar de más.

—Esto no es asunto tuyo.

—Lo tengo bien claro. ¿Os vais de juerga? ¿Al pueblo, o… más lejos? —No le eran ajenas las salidas. Él mismo se había ido de excursión más allá de los límites del Santuario en algunas ocasiones, o había arruinado los planes de alguien más para hacerlo. Como fuera, sus preguntas hicieron que Aioria frunciera más el ceño.

—Queremos ir a Atenas. Sólo no digas nada a nadie, ¿vale? —Shura, siempre conciliador, tomó la palabra.

—Es una gran idea.

—No puedes venir. —Saga se adelantó a cualquier pregunta más que pudiera surgir. Era su noche libre y, por mucho que había aprendido a lidiar con Máscara Mortal, no tenía intenciones de llevarlo consigo después de lo pesado que resultaba el asunto de Kanon en su cabeza.

—No pensaba ir—negó el peliazul—. Pero tengo otra pregunta más.

—¿Cuál?—preguntó el arquero.

—¿Cómo pensáis salir de aquí sin que el viejo se dé cuenta de vuestra pequeña excursión?

Nadie respondió. Lo que era más, Ángelo pudo ver el fastidio en la cara de cierto santo de Leo cuando falló en responder a sus cuestionamientos. Quiso reírse, pero decidió quedarse callado. Por muy divertido que fuera molestar al gato, no tenía deseos de lucir una magulladura gigante en rostro por los siguientes días.

—No tenemos un plan específico aún. —Shura salió al rescate de todos. Aioros le complementó después, con menos éxito.

—Supongo que improvisaremos.

—Eso es una mierda de plan—bufó con cierto cinismo.

—¿Se te ocurre algo mejor, cangrejo del mal?

—Algo mucho mejor que tu maravilloso plan de improvisar, gato. —Midieron miradas. —¿Necesitáis mi ayuda?

—No—dijeron Saga y Aioria.

—Si—dijeron Aioros y Shura… los cuatro a la vez.

—¿Entonces?

Los cuatro intercambiaron miradas. El geminiano y el león aún lucían reacios a aceptar, pero Shura y Aioros seguían pensando que, si realmente querían salir de ahí, un poco de ayuda extra no les caería mal.

—No nos mataría aceptar la ayuda—dijo el castaño mayor.

—No estoy seguro de poder confiar en él.

—¿Qué puede salir mal? En el peor de los casos, Shion nos regresará a rastras. Lo hará si seguimos avanzando sin un plan definitivo.

—Vale, vale. Como queráis.

—¿Saga? —El gemelo miró al otro peliazul de reojo. Ángelo era un tipo particular, uno que le había expresado su arrepentimiento en más de una ocasión y que también había ofrecido su ayuda para muchas cosas. ¿Sería una buena idea comprobar su disposición?

—De acuerdo. —Volteó hacia Ángelo. Su mirada seguía siendo severa, pero no expresaba mucho más. —Ayúdanos a salir. Pero no esperes cobrarte la ayuda más tarde, ¿entendido?

—Desinteresadamente. —Saga aprobó. —Bien, os ayudaré. Aunque… hay un pequeño problema.

—¿Cuál?

—Necesitaré a alguien para que me ayude aquí.

—Nadie más puede saber. —Aioria sabía que mientras más gente supiera, más líos tendrían. Primero serían acusados de escaparse y después de poner un mal ejemplo.

—Uno de vosotros entonces. —Sonaba como una mala idea. De pronto, se quedarían con unos menos y eso no iba a estar bien.

—Yo me quedaré.

—¡Aioria!

—Tranquilo, Aioros. Tranquilo. —Le invitó a callar con un movimiento de la mano. —Vosotros tenéis que ir. Os urge. Yo os acompañaré la siguiente vez. —"Cuando sea que eso suceda", pensó.

—Aprovechad el viaje.

Titubearon; por supuesto que lo hicieron. Toda aquella idea había surgido de la insistencia de Aioria y ahora los dejaba por su cuenta. Si bien era cierto que quizás esa era su última oportunidad de salir de ahí, también era cierto que tenían un montón de dudas.

Se miraron entre ellos, con la esperanza de que alguien se opusiera al plan. Sin embargo, ninguno estaba dispuesto a arruinar la fiesta para los otros. De haber sabido que nadie estaba convencido de la idea, quizás alguno se hubiera quejado y terminado con todo. Pero en vista que no hubo un solo comentario, asumieron que era hora de marcharse.

—Cuando sintáis mi cosmos, significa que debéis salir corriendo. No tendréis mucho tiempo después de eso.

Un escalofrío recorrió la espalda de Aioria. Athena y todos los dioses se apiadaran de él por quedar en manos de Ángelo. Los sacrificios que tenía que hacer para que ese trío de antisociales se animara a conocer mundo.

Ojalá todo valiera la pena.

-X-

—¿Qué tengo que hacer?—bufó el santo de Leo cuando regresó a Cáncer después de cambiarse la ropa. Casi tenía miedo de quedar a merced del italiano; no tenía ni un poco de confianza en él.

—Tranquilo, minino. No harás nada que no te hayas ofrecido a hacer.

Con desagrado, Aioria arrugó la nariz. Sus ojos verdes siguieron cada movimiento de Máscara Mortal, esperando el momento en que intentara asesinarlo y usarlo como excusa para atraer la atención de Shion y Arles. Si medía correctamente el ataque, quizás él tendría la oportunidad de contraatacar y, entonces, sería él quien tuviera que explicar la muerte de Ángelo a Shion… Definitivamente sonaba mejor que su primera opción.

—Si intentas cualquier cosa, te aseguro que golpearé y aludiré defensa propia—amenazó.

—¿Alguien te ha dicho que tienes problemas de ira?

—¿Me lo dices tú a mi? —bufó—. Dime de una vez lo que tengo que hacer.

—Primero que nada, no entres en pánico.

—¿De qué…?

Poco tiempo tuvo el castaño para preguntarse los planes de su compañero. De pronto, ante sus ojos, el portal del Inframundo se abrió y los gritos de las almas condenadas en el Yomotsu escaparon y se filtraron en cada rincón del cuarto templo.

Instintivamente, Aioria retrocedió. Su mirada se afiló mientras su cuerpo entero se tensaba. Tenía la impresión de que Ángelo iba a lanzarle ahí adentro al menor descuido.

—¡¿Qué demonios haces?!

—Manteniendo ocupado al viejo. Esta es tu oportunidad, gato. —Sonrió. —Si alguna vez has querido cargártelas contra mi, déjalo salir. —Aioria no entendía nada. Entrecerró los ojos y se preguntó lo que pasaba por la cabeza del italiano. —¡Vamos! ¡Creí que tenías muchas cosas que decirme!

—No entiend…

Y justo como Máscara Mortal había pensando, solo un instante después, el Patriarca apareció en su salón de batallas. Su semblante fruncido y el brillo en su mirada dieron las órdenes en silencio. Bastó una mirada afilada para que Ángelo entendiera el mensaje y cerrara el portal entre mundos.

Aioria bufó. Se había arrepentido de ofrecerse de voluntario. El santo de Cáncer nunca había dicho que su plan incluía meterlo en un lío que tampoco entendía.

—¿Qué sucede aquí?—La voz del lemuriano sonó ronca y demandante. Aquel estaba siendo un largo día.

—Le mostraba al gato lo que es el Yomotsu. —El peliazul sonrió con cinismo. —Tuvimos una pequeña discusión sobre temas personales y se me ocurrió mostrarle mis dominios.

—¿Aioria? —Shion volteó en su dirección y el griego se sintió idiota. Una advertencia antes, al menos le hubiera ayudado a fingir mejor.

—¡Nada aquí es mi culpa! —De pronto sintió que había retrocedido catorce años en el pasado, cuando Milo se las ingeniaba para meterlo en problemas. Sólo que en esta ocasión era otro peliazul quien le dejaba en el punto en que la única opción era negar lo que fuera que estuviera pasando.

—¿A qué estáis jugando vosotros dos? — Primero los gemelos, y luego ellos. ¡Por los dioses!

—Intentábamos hacernos amigos. —Vil mentira. La peor de todas.

—Mentís. Ángelo, ¿ibas a lanzar a Aioria al Yomotsu? —Shion entrecerró los ojos.

—No, al menos no hoy…

—¡Por supuesto que yo no iba a dejarme! —Ofendido, el santo de Leo entrecruzó los brazos. Ya no era un crío indefenso, aunque en ocasiones se comportara como tal. —¡¿Por qué no me preguntas a mi si pensaba electrocutar a Máscara Mortal hasta que los pelos se le reacomodaran?!

—Porque pensaba que quizás tendrías más sentido común que él. Ahora veo que me equivoco. —Semejante respuesta hizo que Aioria bufara. —¿Pensabas hacer tal cosa? —Le satisfizo, aunque solo recibió un gruñido a modo de respuesta.

Lo cierto es que el simple hecho de tener a esos dos en la misma habitación era sospechoso. Históricamente, por lo que había escuchado, los templos vecinos habían vivido en guerra declarada por muchos años. Y ahora…

Si tuviera que apostar el puesto a que algo tramaban, lo haría. Aunque no tenía la menor idea de cómo explicar esa corazonada que le decía que, de algún modo, esos dos habían aprendido como trabajar en equipo y no matarse en el intento. De todos modos, ¿de qué iba a acusarlos? ¿De lucir sospechosos?

—Explicaciones, muchachos. Necesito explicaciones—pidió.

—¿Quieres la verdad? —Shion asintió y Aioria se dispuso a continuar. —Máscara Mortal está algo dolido por que sus preciosas máscaras ya no están en la pared. Las echa de menos.

—Al gato nunca le gustaron. Creo que siempre temió convertirse en una de ellas.

—Jódete.

—Aioria…

—¡Es un verdadero idiota, Maestro! —El peliverde levantó uno de sus lunares. —¡Me refiero a él! Siempre está buscando el modo de fastidiar.

—Entonces, pon en práctica el arte de la paciencia.

Aioria gruñó. ¿Acaso el Maestro no sabía que los regidos por la casa del León carecían de dicha virtud? Además, Ángelo era en exceso molesto. Incluso ahora, cuando trabajaban para el mismo bando, se las habían ingeniado para hacerlo enfadar.

—¿Podrías decirle también que deje de venir a molestar a mi templo? —Ángelo empujó los límites un poquito más. Los lunares de Shion se arrugaron, aunque ninguno de los dos santos prestó demasiada atención.

—Ni siquiera estoy aquí por gusto.

—Oh, obviamente no. —Negó con el dedo índice y ensanchó su sonrisa guasona. —Quizás un día te lleve de paseo, minino.

—¡Bueno, es suficiente! —intervino el lemuriano. Una palabra más y los dejaría mudos a ambos. —Ángelo, mantendrás el portal al Yomotsu cerrado, como debe ser. Si me entero que has intentado hacer cualquier estupidez con él, vas a tener que darme explicaciones más específicas que esta. Y tú, Aioria, por amor a Athena, olvida este asunto y ve a casa. Lo que sea que estés pensando hacer con Ángelo, no vale la pena. Separaos ahora. Vamos, vamos. —Los invitó a tomar caminos opuestos: uno hacia los privados de Cáncer y el otro hacia Leo.

Mascullando un sinfín de tonterías y soltando alguna que otra maldición, el castaño giró sobre sus talones y se dispuso a marcharse, tal como el Patriarca le había pedido. No podía creer a lo que había llegado con tal de que los otros tres tuvieran una probadita de vida social normal. Con suerte, la penosa escena hubiera sido suficiente como para entretener al viejo y a alguna que otra mirada curiosa. Realmente deseaba que lo hubieran logrado.

—"Creo que lo conseguimos. Buen trabajo, gato rabioso". —Escuchó la voz de Máscara Mortal en su cabeza.

Volteó sobre su hombro hacia donde el cangrejo observaba su partida accidentada. Una diminuta sonrisa asomó en sus labios, imperceptible a los ojos del Maestro. De haber sabido la verdad detrás del disgusto, Shion se hubiera sentido orgulloso. Sus chicos sí que sabían trabajar en equipo.

-X-

No tenían la menor idea de cómo el plan de Máscara Mortal había funcionado. En realidad, ni siquiera sabían lo que había planeado. Pero de algún modo lo había hecho y ahí estaban ellos, en mitad de Atenas, sin Shion por ningún lado para llevarlos de regreso a sus templos a punta de patadas.

Se preguntaron, una vez más, si de verdad lo más adecuado había sido salir del Santuario y aceptar la atrevida propuesta de Aioria. Desafortunadamente, era tarde para dar marcha atrás.

—¿Hacia donde vamos? —Saga y Shura miraron a su alrededor. Ninguno respondió de inmediato.

—Creo que por ahí…

—¿Crees? —Saga miró a Aioros de soslayo.

—¿Tienes alguna mejor idea?

—No. —Aioros se sopló el flequillo. —Te seguimos.

Un rato después, tras vagar sin mucha suerte por las calles llenas de restaurantes y bares, se decidieron a entrar a uno. No era un sitio ostentoso, ni tampoco brillante, como otros establecimientos. Sin embargo, sí estaba bastante lleno a comparación de otros.

—¿Seguro que es aquí?

—Por enésima vez: no, no estoy seguro—Saga bufó y torció la boca al escuchar la risita cómplice de Shura, quien venía observando la escena entre ambos desde un rato atrás. —Pero es el sitio más decente que he encontrado y no demasiado… burbujeante para nosotros.

—Vale, vale. Confiamos en ti.

—Gracias—espetó con cierta sorna.

—Venga, ya. —Con un empujón, Shura los hizo entrar a ambos. —Busquemos una mesa y terminemos de una vez con esto.

—¡Hey! ¡Cuidado! —Saga se estrelló de golpe contra la espalda de un hombre frente a él. Avergonzado, sentenció a Shura con la mirada y se disculpó torpemente con el pobre atropellado. —Disculpa. Ha sido un accidente.

El hombre no respondió, limitándose solamente a mirarle con intensidad. Algo inquietante en aquel par de ojos capturó la mirada del gemelo por un instante. Pero tampoco tuvo tiempo de fijarse demasiado, porque la insistencia de Shura volvió a desembocar en otro empujón que le obligó a abrirse paso entre la gente alrededor.

—¡Shura! —Pero de inmediato, otro empujón y la carcajada consecuente le hicieron fruncir el ceño. —¡Aioros!

—Esto será divertido—dijo el arquero.

El peliazul giró los ojos, no estando tan convencido del asunto. Sin embargo, ya que todo el mundo se había tomado tantas molestias para ayudarlos a salir, al menos desquitarían la noche.

-X-

—¡Hola! Bienvenidos. —La mesera se acercó a la mesa y les sonrió. —¿Qué se os antoja para beber?

—Pues… —El trío de santos intercambiaron miradas. Visto que todos los ojos permanecían en él, Saga asumió que él debía ordenar.

—Empezaremos con una jarra de cerveza—solicitó una voz desconocida. Antes de que cualquiera de ellos pudiera poder objeción, tres chicas se apoderaron de su mesa y les obligaron a hacerles un hueco en el banco.

—¡Y una botella de vodka!—añadió otra de ellas.

—En un segundo. —La camarera se retiró.

Una vez solos, ninguno de los tres se atrevió a pronunciar palabra alguna. Simplemente se quedaron ahí, entre confundidos y sorprendidos por el trío de okupas que se había adueñado de su mesa.

Eran tres entes femeninos: una morena, una castaña y una rubia; igual que si de un chiste se tratara. Cuchicheaban entre ellas y soltaban risitas que, los santos podían adivinar, eran causadas por la cara de póker que ellos traían. La cuestión era que habían irrumpido tan de sorpresa que los chicos no tenían bien claro lo que debían hacer. Ciertamente no iban a sacarlas de ahí; sería grosero hacer tal cosa. Y aunque las intenciones de las mujeres quedaban medianamente claras, los tres sabían que no podían salir corriendo de ahí tampoco.

—¿Qué? ¿Tan guapos y sois mudos?—dijo la rubia—. Soy Maya. Ellas son Calíope y Heleia—presentó a la morena y a la castaña respectivamente.

—Saga—respondió el gemelo al fin—. Y Aioros, y Shura.

—Encantadas de conoceros.

—Sois nuevos aquí—acotó Calíope. No era una pregunta. —Os recordaría sino fuera así.

—Pues si. Es la primera vez que venimos aquí.

—Entonces no sois de Atenas. Todo el mundo en la ciudad tiene que visitar este sitio tarde o temprano. ¿De donde venís?

—Pues… —Saga miró a sus cómplices. Aunque Aioros parecía haber reaccionado, Shura aún mantenía esa cara de espanto que tenía desde el principio de la emboscada.

—Hemos pasado mucho tiempo en España. —Milagrosamente, el cerebro de Aioros funcionó y salió en ayuda de un Saga que comenzaba a pensar que estaría solo en la empresa. —De ahí trajimos a nuestro amigo.

—Uh, un extranjero. Me gustan los extranjeros. —Los santos tuvieron la impresión de que Heleia se relamió los labios. —¿Cambiamos de lugar? —Antes de que Aioros pudiera responderle, la castaña le pasó encima y se aseguró de sentarse entre él y el español. Shura tragó saliva.

La jarra de cerveza y la botella no tardaron en llegar, junto con vasos suficientes para todos. Sin más remedio que convidar a sus nuevas invitadas, Saga sirvió a cada uno. Las miró del modo más disimulado que pudo, tratando de no denotar demasiado interés en ellas. No podían quejarse: eran guapas. Sin embargo, tampoco le apetecía meterse en líos por ellas, ni retar a la suerte lo suficiente como para que Naia y Deltha le arrancaran la cabeza al volver a casa. No después de aquel largo día de confesiones.

—¿Venís muy seguido a este sitio?—Les preguntó tras un rato de silencio.

—Hay pocos sitios como este. Uno puede pasársela a gusto aquí, sin meterse en grandes problemas, ni tampoco gastar demasiado—respondió Maya—. Si tenéis intenciones de quedaros en la ciudad, podemos vernos más seguido por aquí.

—O en cualquier otra parte. Conocemos un par de sitios que son bien interesantes—dijo Calíope.

—Podría ser. La cuestión es que estamos de paso.

—Es una pena.

—Como consolación, tendremos que festejar mucho esta noche. ¿Nos acompañáis?

El trío de santos consultaron entre ellos solo con sus miradas. Tras unos segundos de silente reflexión, llegaron a la conclusión de que la compañía no era tan mala, sino al contrario. No solo pasarían desapercibidos; también tenían quienes alejaran a posibles acosadoras que resultaran más locas que las mismas que tenían enfrente.

-X-

Rebuscó entre las mesas disponibles por una que le sirviera para observar desde lejos. Estaba algo sorprendido por el hecho de que su misión de esa noche le hubiera guiado ahí: a un ruidoso bar en el centro de Atenas. ¿Qué rayos harían un grupo de santos de Athena en lugar como ese? Si le preguntaban a él, Nomios nunca se hubiera imaginado algo como aquello.

Por el contrario, su compañero, Loxia, había atinado de nuevo, como siempre lo hacía. El muy maldito se burlaría de él otra vez. Casi podía ver su sonrisa arrogante y sus ojos burlescos, gritándole que jamás se equivocaba.

—¿Tomas algo? —Le preguntó la mesera. A pesar de la sonrisa radiante de ella, Nomios ni siquiera se inmutó.

—¿Tienes ouzo?

—Por supuesto. ¡Somos griegos!

—Entonces eso estará bien.

Al ver que su gestos amigables no conseguían cambio alguno en el rostro de su cliente, la mujer dejó de insistir. Asintió con suavidad y fue en busca de la bebida ordenada. Minutos más tarde, volvió para asentar en la mesa, sobre una servilleta, el vaso lleno de líquido transparente.

Nomios la miró marcharse tras un escueto agradecimiento. Después miró a su alrededor y analizó el panorama.

El sitio estaba repleto y la chica que le atendía tenía trabajo de sobra para esa noche. A él realmente no le importaba en lo absoluto. Su objetivo ahí era otro, mucho más allá de la diversión. De hecho, si debía admitirlo, la algarabía de aquel sitio le acortaba la paciencia. Ojala no hubiera tenido que ir hasta ahí para seguir órdenes. Pero estaba bien claro que su estancia sería prolongada y terriblemente fastidiosa. Más valía que encontrara un modo de sobrellevar la situación.

—Maldición—musitó. ¿Por qué había sido precisamente él quien fuera elegido para seguir al trío de idiotas dorados? No ponía en duda las intenciones de su señor, pero tampoco terminaba de entender la importancia de vigilarles todo el tiempo.

Miró el vaso de licor frente a él. Su mirada se afiló y su mano derecha se abrió, sin moverse un milímetro de donde estaba. En una fracción de segundo, el vaso de cristal se deslizó sobre la mesa y terminó bajo su agarre. Vació el vaso y pidió por un trago más.

Sería una larga noche de trabajo.

-X-

Aioros cayó en cuenta de que estaba ligeramente borracho. Podía sentir la sensación burbujeante dentro de sí, así como el deseo irreprimible de reírse de cualquier tontería y de hacer estupideces.

Curiosamente, no era el único. Saga llevaba un buen rato arrastrando las palabras y sus risas, cada vez más seguidas y escandalosas, delataban que el alcohol comenzaba a aguarle la sangre. Crédito también a Maya, quien parecía no tener límites a la hora de hablar. Era imposible mantenerla callada, mucho menos cuando Calíope y Heleia festejaban cada una de sus ocurrencias.

Hablando de Heleia… De algún modo se las había ingeniado para quitarle lo tímido a Shura. Quizás la cerveza, el vodka y el tequila habían hecho su parte en el proceso. Pero ahora el español estaba sentado con el brazo por encima de ella, y con la castaña prácticamente sentada sobre sus piernas.

Calíope, por su lado, no había perdido el tiempo y había encontrado especial gusto por juguetear con sus rizos revueltos, mientras se esmeraba en toquetearle cada vez que la oportunidad surgía. Si hubiera tenido un poquito de sentido común la habría alejado… Si los tres estuvieran pensando más sobriamente habrían marcado distancia. ¡Pero es que ese trío de mujeres estaban completamente locas y eran súper divertidas! Probablemente era efecto de la borrachera pero no podía sacarse las palabras de Máscara Mortal de la cabeza: "Lo que sucede en Atenas, se queda en Atenas". A juzgar por lo que veía, Shura y Saga pensaban exactamente lo mismo.

Un griterío, seguido de aplausos torpes, rompió con su breve meditación. Las mujeres chillaban de euforia, mientras Shura y Saga se lamentaban.

—¡Fallaste! —Se carcajeó la rubia.

—Es porque te has movido. ¡Eso es completamente injusto!—El rostro de Saga adoptó una graciosa expresión de indignación. —Dijiste que te quedarías quieta.

—Yo estoy muy quieta. A ti se te van los ojos dentro de mi escote.

La provocación hizo que el santo de Capricornio estallara en risas también. Aioros le imitó, pensando en que el geminiano de verdad tenía problemas para concentrarse con el escandaloso escote de Maya. Pero, ¿quién no? No podía culparlo de su falta de concentración. Lo realmente curioso, era comprobar como había logrado evadirse de sus problemas.

La cuestión era que desde varios minutos antes, la rubia se había sacado un juego de lo más ingenioso de debajo de la manga… o del escote, mejor dicho. Las reglas eran muy fáciles: Saga tenía que acertar a meter una servilleta echa bolita en la línea de su escote. Si no lo conseguía, los chicos tendrían que elegir entre tomarse un trago hasta el fondo o responder una pregunta hecha por cualquiera de ellas. Si atinaba, entonces la elección sería de ellas.

El problema era que ellas jugaban con ventaja y ellos ya estaban más alcoholizados de lo que hubieran pensando.

—Vale, vale. Dejad de quejaros. ¡Decidid ahora!—festejó Heleia. Los tres intercambiaron miradas.

—No creo que soportemos demasiados tragos ya. ¡Tienes una pésima puntería, Saga! —El español se quejó, a lo que el gemelo respondió sacándole la lengua.

—Ella no deja de moverse. —Él, Saga de Géminis, odiaba perder. A lo que fuera.

—Ya, ya, no llores más. —La mujer en cuestión le consoló con un beso peligrosamente cerca de sus labios.

—Venga, Saga. ¡Concentración! —Aioros le urgió. Saga tenía la impresión de que sus líos resultaban muy divertidos para todos. —Preguntad.

—¡Yo tengo una pregunta! ¡Yo tengo una pregunta! —Calíope se incorporó como un resorte. Cuando volvió a sentarse, no tuvo ningún tapujo para acomodarse sobre las piernas del arquero.

—Wow…—masculló el castaño sin saber muy bien que hacer. Sinceramente, tenía el cerebro demasiado nublado como para quejarse.

—Uuuuh—corearon los otros dos a la vez. Apus probablemente les sacaría los ojos si les viera permitir que una desconocida pervirtiera a Aioros de ese modo, ¡pero que importaba ahora! Era divertido verlo tan incómodo.

—Eres una abusona, Calíope. ¿Qué querías preguntar?

—¡Algo comprometedor!—pidió la morena. Calíope sonrió con travesura, confirmando las sospechas de su amiga.

—Os veis como algo golfos. ¿Cuántas chicas os habéis ligado?

De pronto, hubo un silencio sepulcral en la mesa. Solo tres pares de ojos iban y venían, midiendo cual sería el primero en soltar la lengua.

—¡Se han puesto tímidos! Animaos. Vamos, chico guapo—animó a Saga—, no puede ser tan terrible. ¿Cinco? ¿Más de cinco? —Saga sonrió , mientras Shura amenazaba con desbordarse en carcajadas. —¡Mas de cinco! ¿Más de diez! —Una risa mal disimulada se le escapó al gemelo, mientras Aioros parecía bien interesado en la respuesta. Aioria le había contado muchas cosas del Patriarca Arles y había escuchado otro tanto de ellas en el Coliseo y en las fiestas de las Doce Casas, pero era la primera vez que Saga estaba más o menos dispuesto a hablar de ello. Lo que hacía que no conocieran a uno…

—Fueron muchas y no diré más—sentenció. Aunque no le tocaba beber, Saga se empinó el vaso de alcohol, mientras Shura dejaba escapar la risa que llevaba conteniendo. —Digamos que fue una etapa de mi vida en la que no era yo mismo.

—Imaginaba algo así.

—¿Qué? ¿Tengo cara de golfo o qué?

—No, pero eres bastante desenvuelto. —Maya ensanchó su sonrisa. —Y tienes una boca bonita y una melena sexy.

—Si le dieran una moneda por todas las veces que le han dicho eso…

—¿Celoso, Shura? —Saga levantó las cejas con picardía.

—Nah. Que va.

—¿Qué hay de ti, chico listo? —Heleia se dispuso a cuestionarlo. —¿Eres tan sociable como tu amigo?

—Ni mínimamente cerca. Algunas chicas, sí; ninguna de ellas fue una relación seria como estos dos.

—Shura es un poco tímido—Aioros intervino.

—Es un buen tipo, pero no sabe acercarse a las mujeres—completó el gemelo.

—Eso.

—Hey, estoy aquí y puedo escucharos —El moreno les miró de soslayo. —No es mi culpa no poder ser tan golfo como tú—se refirió a Saga—, o tan estable como tú—dijo a Aioros.

—Uh, tenemos un chico de esos que son eternos novios. —Calíope inspeccionó el rostro de Aioros demasiado cerca. Él ni siquiera pareció notarlo.

—"Eterno" es la palabra. —Shura aprobó el comentario de Saga. —Su novia se obsesionó con él desde que tenía siete años y el resto…

—Oye, no es obsesión.

—¿No? —El castaño le miró con fastidio.

—Aw. Que monos. Tenemos a un golfo y a un chico que solo ha estado con una chica.

—¡Oye! —Se quejaron los dos aludidos. Las tres chicas se rieron con ganas.

—Fueron dos chicas. —Aioros se cruzó de brazos, sin siquiera reparar en lo que su lengua soltaba. —Athan me consiguió una chica. Una chica insistente y… Era muy persuasiva —Saga puso cara de espanto y Shura estuvo a punto de morir ahogado con su bebida. ¡¿De dónde había salido eso?!

—¿Tú…? —El español no podía ni hablar entre tanta tos.

—Oh, por los dioses… —Saga se llevó las manos a la cara. —Eso es algo que no debiste haber dicho nunca. Jamás.

—¿Qué os parece? —La chica castaña sonrió. —Mi chico inocente nos salió pícaro.

—Fue solo una vez.

—Ya, ya. No vuelvas a repetirlo.

—Ellas preguntaron. —Aioros les miró de reojo, pensando que hacían muy grande el asunto. —No volverá a suceder. —Negó con seguridad.

Pero el otro par de santos lo miraba con incredulidad. Shura no podía creer que Aioros hubiera podido caer tan fácil en las manos de una hetaira. Saga no podía creer que Aioros hubiera guardado semejante secreto con éxito, por tanto tiempo. ¡Vaya que era una noche de sorpresas!

—Vamos, no te atormentes por ello. —Calíope volvió a centrarse en sus rizos, enredando los dedos en ellos. —La variedad de vez en cuando es buena.—Aioros entrecerró los ojos mientras la escuchaba.

—No, no es verdad. Es feo hacer eso.

—Bah. Mientras ella no se entere.

—Ah… —Era difícil pensar con claridad en su condición.

—Ven conmigo. —La chica le tomó de la mano y lo jaló consigo, hasta levantarlo del asiento.

—Voy, voy. —A esas alturas, tampoco estaba en condiciones de oponer resistencia, o para ponerse a hacer preguntas.

—¡¿A dónde lo llevas?! —Shura intentó dilucidar sus planes. Sin embargo, tampoco puso demasiado interés, especialmente cuando la lengua de Heleia estaba más interesada en la suya que en lo que decía.

—¡Ahora regresamos!

Saga tardó un poco en reaccionar. Al principio solo miró de uno a otro amigo, comprendiendo el porqué Aioria los clasificaba como un desastre social. La cuestión es que él no era igual que ellos. A pesar de todos sus traumas, les llevaba ventaja en el asunto de lidiar con el alcohol y las mujeres provocativas. No lo hacía tan mal, ¿o sí?

—Deja de cuidarlo. —La mano de Maya le obligaron a voltear la cara para mirarla. —Él se divierte y nosotros deberíamos hacer lo mismo.

—A diferencia de él, soy un tipo fiel, ¿sabes?

—Bueno, tú puedes ser fiel mientras yo te tiento. —Jaló su rostro y besuqueó su mejilla, nuevamente al margen de sus labios. Saga trató de escaparse, pero la mujer sabía lo que hacía.

—Esto se está poniendo peligroso—se quejó el gemelo. Miró a Shura, quien intentaba sin ningún éxito encontrar la figura de Aioros que se había perdido en la multitud.

—Ya lo creo.

—Quizás deberíamos ir a por Aioros y… —Entonces sintió el chupete brusco en su cuello. Después sintió la lengua de Maya recorriendo su piel—. ¡Au!

—Un poco de cariño fogoso. —El geminiano rió con torpeza, temiendo que aquel gesto de "cariño" dejara marcas definitivas que pudieran comprometer su integridad física más tarde. Cada vez estaba más seguro que, aunque la noche había sido divertida y se lo habían pasado bastante bien, olvidando ciertos asuntos oscuros… era momento de salir de ahí huyendo a toda prisa o no tendrían otra oportunidad.

—¿Dónde demonios está Aioros?

—La última vez lo vi en dirección a los baños y… —No tuvo tiempo de terminar siquiera, pues Saga jaló de él y lo arrastró consigo hacia la dirección indicada.

—¡Regresaremos en un segundo! —Se despidió de las chicas. En realidad, no pensaba volver a acercarse a esa mesa en lo que restaba de la noche.

A trompicones, el español trató de seguirle el paso. Abrirse espacio entre el gentío era una lucha constante. Sin embargo, servía a ambos de escudo entre ellos y las mujeres que habían dejado detrás.

—¿Nos siguen? —Al comando de Saga, Shura volteó para asegurarse. Rebuscó un poco entre la gente y las distinguió aún en la mesa.

—Creo que no.

—Bien. —Respondió aliviado.

—¿Estamos huyendo?

—No sin Aioros.

—Con suerte lo encontraremos antes de que sea pervertido.

—¡¿Más?! Por Athena. La próxima vez que le dé alcohol, me aseguraré de dejarle mudo—gruñó el peliazul. Tenía todas las intenciones del mundo de cumplir su palabra.—¿Lo ves por algún lado?

—No… Oh… Espera, creo que… ¿Es él?

—¿Dónde?

—Oh, por Zeus y el Olimpo entero… Ahí.

Saga miró en la dirección donde Shura apuntaba y entonces entendió el porque el moreno estaba a punto de morir de la impresión. Instintivamente se golpeó la frente con la mano y maldijo en silencio el momento en que habían pensado que la salida sería una buena idea. Aioria iba a matarlos la siguiente mañana… Aunque quizás él mataría a Aioria primero. Estúpido gato que los había empujado al ruedo y después los había abandonado.

¿Por qué él había coincidido en que sería una buena idea? Nunca en su vida, nunca, se había considerado una buena niñera. Ahora sabía que no estaba equivocado al respecto.

—Mi silencio le costará caro—masculló mientras iba por el castaño.

Última vez que salía con Aioros. Eso también lo prometía.

-X-

—Prométeme algo—Saga dijo cuando consiguió sacar a un especialmente alegre Aioros del bar, seguido muy de cerca por Shura.

—¡Lo que quieras!

—Prométeme que nunca nunca, nunca, nunca, nunca volverás a beber.

—¡Lo prometo! —Pero a juzgar por lo que veía, el gemelo sabía que su amigo ni siquiera iba a recordar esa noche para cuando despertara la mañana siguiente.

—¡Eres un desastre!

—¡Oye! ¡No es tan terrible! —La mueca de felicidad total del arquero se convirtió en mohín ofendido de un crío caprichoso.

—Lo es. Oh, Athena. Lo es.

—¿Ves? Incluso Shura está de acuerdo conmigo. —Lo que Shura sentía era vergüenza ajena. Eso era. —¡Eres un peligro para ti mismo cuando bebes!

—Ahora suenas como Shion.

Disgustado, el castaño apuró el paso, dejando a Saga con cara de plato detrás de él. ¡Acaba de compararlo con Shion! ¡Pero si él no era así! ¡En lo absoluto!

—Eso ha sido un golpe bajo, arquero. —Demasiados golpes bajos aquel largo día.

—No, no. —Meneó la cabeza con tanto ímpetu que Shura y Saga se maravillaron de que no terminara besando el piso.

—Cómo sea. Veremos qué piensas de esto mañana. —A dicha afirmación siguió un intercambio de miradas que se medían. —No puedo creerme que acabo de rescatarte de dos chicas. ¡Dos!

—Rescatamos—Shura carraspeó—. Ambos lo hicimos.

—¡Debí dejarte ahí y traer a Apus para que te sacara los ojos y les arrancara a ellas las lenguas! —Saga, obviamente, ignoró al español. —¡Yo pensé que eras un tipo decente!

—¡Soy decente!

—Jah. —Le miró con fastidio. Tal parecía que la definición de "decencia" había cambiado en el diccionario. —Un tipo decente no se tira a una hetaira de Athan a los catorce, ni se deja babosear por dos perfectas desconocidas en un baño público. ¡Menos si tiene una novia!

Aioros se cruzó de brazos y apartó la mirada de su amigo. Estaba muy ofendido por semejantes calumnias. De hecho, no respondió de inmediato a las acusaciones, sino que se tomó unos segundos para pensar su alegato de defensa. Un defensa terrible.

—Eso no es ser indecente—dijo.

—¿No? ¿Y qué es?

—Se llama ser golfo… —Saga se sopló el flequillo.

Mientas, ante semejante respuesta, Shura se llevó las manos a la cara. Desde un buen rato atrás había comenzado a pensar que toda esa escena era culpa de su cerebro alcoholizado. Desafortunadamente, no era así.

—¡Y lo aprendí de ti! —Aioros remató, apuntando a Saga. La única respuesta que tuvo fue un golpe en la nuca.

—Cierra la boca y no digas nada más—le ordenó el geminiano.

—Pero…

—¡Tsh! ¡Silencio! —Milagrosamente, Aioros le obedeció. —Me agradecerás después.

—¡Saga! —… Al menos por un segundo.

Y sin escuchar al montón de lloriqueos que siguieron, emprendieron el camino de regreso al Santuario. Tendrían suerte si alcanzaban a llegar. Lástima que necesitarían un verdadero milagro para pasar desapercibidos y uno aún más grande para alcanzar sus templos sin romperse la cabeza contra un escalón endemoniado.

-X-

Empinó el poquito ouzo que quedaba en su vaso y se dispuso a salir de ahí. Antes de marcharse, dejó un par de monedas sobre la mesa para saldar la cuenta. Estuvo a nada de levantarse, pero cuando el asiento frente a él, en su misma mesa, fue ocupado, permaneció sentado.

—¿Larga noche? —La sonrisilla irónica de Loxias le pateaba el estómago. Motivada por la burla, la mirada de Nomios se tornó turbia.

—No entiendo porqué no ahorrarnos el problema y asesinarlos de una vez por todas. ¿Les has visto?

—Dando tumbos ahí afuera. —Giró los ojos con cierta decepción.— Hubiera sido fácil.

—Esperaba más de los hombres de Athena.

—Ya llegará el momento en que tengamos nuestra oportunidad. Mientras tanto, no debes subestimarlos. —Pero Nomios no estaba ni mínimamente convencido. —Créeme esta vez.

—Debemos regresar. —Prefirió cambiar la conversación; Loxias siempre tenía la razón y no tenía ningún caso ir en su contra.

Se puso en pie, dispuesto a no permitir objeción alguna de su compañero. Había pasado demasiado en ese sitio y todo lo que deseaba era salir de ahí, tan pronto como pudiera. No estaba dispuesto a desperdiciar un solo minuto más. Con suerte, nunca jamás se vería obligado a volver.

—Ve tú—respondió el otro. Nomias entrecerró los ojos y sintió una enorme curiosidad al respecto.

—¿Te quedarás?

—¿Aquí? No, no. —Negó. —Pero tal vez quieras agradecerme.

—¿Por qué haría tal cosa?

—Porque a partir de ahora, yo tomaré tu misión de vigilancia.

—¿Tú? —Su contraparte asintió. —¿Ha sido por disposición de nuestro señor, o por petición tuya?

—Ambas. En realidad, los detalles son más importantes para mi que para ti. Hay ciertos aspectos que poner en contexto.

Nomios no puso ninguna objeción más. En lo que a él respecta, ser relevando de semejante asignación era un alivio. Loxias podía hacer lo que quisiera y él no se quejaría. Al final del día solo importaba hacer bien el trabajo y conseguir la información preciosa que su señor apreciaría.

-Continuará..-

NdA:

Saga: Chicos y chicas, he aquí la razón que no debéis beber.

Shura: Aún sigo buscando una hipotética situación en que "Aioros" y "Hetaira de Athan", puedan mezclarse… T_T

Aioros: ¡Oh, venga! Era un chico inocente y abusado…

Saga: ¡Qué excusa tan, pero TAN lamentable!

Aioros: ¡Silencio! Este tema NUNCA JAMÁS será discutido.

Saga: Enhorabuena Aioros, perdiste la virginidad a la vez y de la misma manera que Kanon.

Aioros: x_X

Shura: ¿Se puede perder la virginidad dos veces?

Saga: ¡Claro que no!

Aioros: ¡Claro que si! ¬¬'

Saga: Preguntémosle a Apus a ver que piensa.

Aioros: ¿Qué dijimos de no hablar de esto NUNCA JAMÁS?

Saga: Mi silencio tiene un precio.

Aioros: Te pagaré rescatándote cuando Kanon te rompa la cara. :)

Saga: No le veo la utilidad a eso, si me la rompe previamente…

Aioros: Podría ser peor…

Damis: Estáis divagando, y tenemos algo importante que decir. ¡Hoy comenzaremos con un actividad nueva!

Sun: Las Malvadas llevamos tiempo recopilando nuestra propia banda sonora para DTE. Así que hoy presentaremos la primera de nuestras canciones.

Damis: "Demons", de Imagine Dragons.

Sun: Os animamos a que la escuchéis y leáis la letra con atención. Mucho de lo que Saga dijo en este capítulo, se refleja en ella.

Damis: ¡Oh! Olvidaba. Ha pasado desapercibido, o casi nadie lo ha mencionado; pero hubo algunos ojitos perspicaces que si lo hicieron. El laismo es un error gramatical odiosamente común en mi tierra, y aunque tanto Sun como yo procuramos corregirlo, estamos tan acostumbradas (yo a usarlo, y ella a leerme) que se nos pasa por alto algún caso a pesar de las correcciones. ¡Mea culpa! ¡Mis disculpas! ;)

Sun: Dicho esto… nos vemos en el siguiente capítulo. ¡Hasta la próxima!