Capítulo 29: Hermano
Aioria estaba agotado. De pie, en el salón del trono, no podía esperar a que Shion apareciera para entregarle su reporte y marcharse de ahí tan pronto le fuera posible.
El viaje no solo había sido largo, sino que también había sido extremadamente raro. Como Santo de Athena, el león dorado estaba acostumbrado a presenciar las cosas más raras e increíbles del Universo. Pero el viaje hasta Sides lo había dejado pasmado y, si debía admitirlo, también preocupado. Si las tragedias de su vida le habían dejado algún tipo de repercusión, era la fobia a lo desconocido. Las preguntas se habían disparado en su cabeza y, lo peor era que ni siquiera Dohko había podido darles respuesta. Mientras más contemplaba la cara del chino, más se daba cuenta de que algo estaba terriblemente mal, pero nadie sabía definir lo que era.
Se inquietó todavía más cuando el gesto de paz en el rostro de Shion se agravó al reparar en la expresión tensa de Dohko. No le extrañaba que se conocieran lo suficiente como para que las palabras salieran sobrando.
Tenía la impresión de que, el resultado de dicha misión, había sido tan catastrófico como el lemuriano esperaba. Entrecerró los ojos y prestó atención. Cuando el Patriarca tomó asiento en el trono, siguió el protocolo al obsequiarle una leve reverencia. Después, esperó. Según había deducido, quizás era mejor idea que el Santo de Libra soltara las malas noticias en su lugar.
—Me alegra vuestro regreso—habló primero Shion—. He estado preocupado por vosotros.
—No hemos tenido ningún contratiempo. Aunque, siendo honestos, creo que en este momento, no podríamos distinguir lo que es importante de lo que no. Todo es muy confuso. —Dohko miró a Aioria y, con un gesto de resignación, el santo de Leo acordó con él.
—Contadme.
—Conoces Side: la playa, el templo de Apolo a unos metros de la orilla, la ciudad y todo—comenzó el chino. —Pues bien, el famoso misterio que nos has mandado a investigar es, en verdad, un misterio. El templo está bajo el agua; de todas las ruinas, solo las columnas sobresalen por encima. Curiosamente, el alcance del agua se encuentra bien definido, como si pretendiera que solo ese lugar se viera sometido, nada más. Y… hay un detalle más. —Miró al griego más joven. Aioria se sopló los flequillos.
—El agua que mantiene hundido al templo, no proviene del mar. —Al presenciar el desconcierto del Patriarca, el castaño hizo una pausa para preguntar con una mirada a Dohko sobre si debía continuar. —El agua brota de las mismísimas piedras del antiguo santuario. Es como si las columnas llorasen y sus lágrimas desembocaran en el mar. No soy un gran experto en estas cosas, pero—se tomó un segundo para pensar—, creo que todo esto un poquito arriesgado, incluso para Poseidón.
Por primera vez, Aioria vio a Shion completamente desconcertado. Verlo así, le preocupó todavía más.
El Maestro siempre había sido la figura superior para todos ellos, creciendo de pequeños. Era el hombre que lo sabía todo, que conocía el funcionamiento del Universo tan bien como la palma de su mano. Pero, como todos los padres, tenía el derecho de equivocarse, y lo había hecho ya. La cuestión era que, tal parecía, para ellos era difícil ver más allá de la perfección que asumieron cuando niños. Costaba acostumbrarse a ver el mundo con otros ojos.
Por su parte, el lemuriano trató de recobrar la compostura. Si bien era incapaz de comprender la verdadera magnitud de la situación, al menos podía esforzarse por no perder la calma. No era el momento de descontrolarse.
—Entonces, asumiremos que Julián no nos ha mentido.
—Dudo mucho que lo haya hecho. Incluso para él, esto es demasiado extraño—complementó Dohko.
—¿Me estáis diciendo que no sabemos quien está involucrado en todo esto?
—Justamente—respondió el lemuriano. Aioria no podía creer lo que escuchaba. —¿Qué haremos entonces?
—Esperar, hijo, esperar y seguir buscando. —Shion se frotó las sienes con cansancio. Era demasiado temprano para sentir ese grado de frustración. —Debemos seguir buscando y esperar que, quien sea que se esconda detrás de este enredo, cometa un error que revele su identidad. Mientras tanto, seguiremos en ascuas por tanto tiempo como él quiera.
—¡Esto es increíble!—expresó con indignación—. ¿Cómo puede ser más listo que tres dioses juntos, con sus respectivas Órdenes? —Shion guardó silencio ante el cuestionamiento del león; ni una sola expresión traicionó sus pensamientos. La falta de respuesta irritó más y más al castaño. —¡Shion!
—Tranquilízate, Aioria—intervino Dohko.
—¿Acaso no les molesta todo esto? —Cruzó los brazos como un chiquillo reprendido, mientras hacía su mejor esfuerzo por bajar la voz. Bufó en repetidas ocasiones.
—A Shion no le importa que este misterioso personaje sea más listo que nuestros tres jóvenes avatares.
—¿Entonces?
—Le preocupa que sea más poderoso que ellos.
La declaración del chino le cayó como una bofetada. Tragó saliva y luchó contra sus reacciones. Miró de uno a otro de los viejos, con cientos de preguntas en sus ojos felinos. Tristemente, ninguno de ellos tenía respuestas para él.
-X-
Loxia puso la gran cesta llena de provisiones sobre su hombro, sin ningún esfuerzo, y se preparó para partir a su primera gran aventura dentro del Santuario de Athena. Esa sería la prueba de fuego para su plan; tendría que adentrarse en el corazón de las doce casas, mirar a sus guardianes a los ojos y engañarles de frente, sin excusas.
Por lo que había escuchado, no sería tan difícil pasar desapercibido. Los rumores que se escuchaban en la tienda de Stavros eran muy claros. No era ningún secreto que la resurrección había sido un torbellino que se llevó consigo el sentido común de más de uno de los santos. Adaptarse a su nueva vida y a ellos mismos, como hermanos de Orden que eran, había sido una tortura. Hasta donde decían las malas lenguas, todavía existían recelos y desconfianzas; los casos más graves habían luchado por integrarse de regreso a su vida, e incluso el Patriarca parecía confundido sobre las decisiones que debía tomar, o no, para ayudarlos. La gente iba tan lejos como para declarar ciertos casos perdidos.
A Loxia, esa torpeza social no le sorprendía en lo absoluto. Después de todo, cuando se trataba de guerreros como ellos, no era necesario aprender a vivir, cuando la muerte era lo que realmente importaba. Y ahora, eso era precisamente lo que estaban obligados a hacer: vivir.
—¿Estás seguro de que recuerdas todo lo que te dije? —Escuchó a Janelle y trató de no lucir irritado. A veces, la insistencia de la mujer y del viejo lo hacían sentir idiota.
—No es necesario que las repitas.
—¿Seguro? Recuerda que en el Templo Papal hay que ser especialmente cuidadoso, ¿vale?
Decidió ignorarla. Tomó las cosas y abandonó el sitio tan pronto le fue posible.
-X-
Tethis se tumbó en el amplio sofá que la familia Solo mantenía cerca de la ventana con vista al Mediterráneo. El día estaba precioso y el mar tranquilo.
A la sirena le resultaba increíble que la reencarnación de Poseidón naciera en el seno de una familia como aquella. No le sorprendía, pero le agradaba la idea de disfrutar de ciertos privilegios que su dios ponía a disposición de ella y también de los marinas. Dijeran lo que dijeran, cuando se trataba de su gente, Julián era el tipo más encantador que existía. A los ojos del mundo podía ser un chico rico y malcriado, pero en lo que respectaba a ella, moriría de nuevo por él; estaba segura de que sus compañeros pensaban igual.
Echó una mirada al joven dios, quien trabajaba copiosamente en los negocios familiares. A Tethis le parecía loable que Julián fuera capaz de encargarse de tantas cosas a la vez. Y con la reciente situación, la rubia solo podía pensar en lo abrumado que debía sentirse.
—Has estado trabajando desde muy temprano. ¿Quieres que te pida algo para comer?—preguntó. El joven Solo meneó la cabeza.
—No es necesario, gracias.
—¿Seguro?
—Estoy bien, Tethis. —Él le sonrió. —No debes preocuparte más.
—Vale. Sólo preguntaba.
Volvió a tumbarse y perdió la mirada en el techo. Mientras alejaba su mente de ahí, jugueteó con los mechones rubios de cabello. Se mantuvo en silencio hasta que Julián volvió a reclamar su atención. Solo entonces, se incorporó para mirarle.
—¿Tenemos noticias del Santuario?—la cuestionó el peliazul.
—Ninguna. El Maestro dijo que haría sus propias indagaciones, pero no ha mandado ningún mensaje para nosotros. ¿Te preocupa algo?
—En realidad, no lo sé. ¿Crees que nos estén ocultando algo? ¿Cómo sentiste la actitud del viejo durante vuestra reunión?
—Bueno… —La sirena meditó su respuesta por unos segundos. —No le conozco demasiado bien. Sin embargo, creo que su interés y preocupación eran genuinos. Quizás simplemente no tiene respuesta. Un hombre como él, acostumbrado a saberlo todo, sin duda estaría contrariado de sentirse perdido.
—Entonces piensas que no sabe más que nosotros.
—Si confiamos en él y en la palabra de Athena de mantenernos informados, entonces sí: creo que están tan confundidos como tú y yo.
Julián se lo pensó un momento. La lógica de su sirena tenía sentido, sobre todo considerando la insistencia de Saori y del Santuario por estrechar lazos con Atlantis. Para él, era difícil confiar. Su historia era demasiado truculenta como para dar por sentado que serían sus aliados sin importar qué. Así que, una visión más abierta como la de Tethis era crucial para aligerar sus nervios.
Algún otro detalle cruzó su mente, pero esta vez decidió callar. En vista de que la rubia no le había hecho ningún comentario, el joven dios prefirió no tocar el tema prohibido favorito de todos en Atlantis: Kanon.
Si Tethis estaba tranquila e Isaak no había dado señales de consternación, entonces probablemente sus caminos no se habían encontrado. El muy desgraciado se las había ingeniado para evadir todo contacto con Poseidón y con su gente. La verdad era que tampoco lo sorprendía y, hasta cierto punto, le alegraba no haberle visto la cara aún. Cuando lo hiciera, ciertamente se metería en problemas con el Santuario, al no poder evitar romperle la cara a un mal sustituto de Santo Dorado.
—¿En qué piensas? —La sirena le cuestionó. El peliazul negó suavemente.
—Pienso que, a pesar de todas nuestras diferencias, por esta vez, desearía que el viejo salga más listo que nosotros. Necesitamos respuestas y creo que solo él puede encontrarlas.
-X-
Atravesar la guardia permanente que se montaba a la entrada del Santuario había sido pan comido. Aquella enorme cesta que llevaba en el hombro no solo le había arrancando cualquier detalle de su personalidad, sino que le había provisto de un disfraz de invisibilidad ante el cual todos eran vulnerables. Entrar a las Doce Casas había sido todavía más fácil. Simplemente le había costado un par de manzanas como soborno a los apáticos soldados de la entrada. De ahí, en adelante, venían los mayores retos.
En Aries, pasó como un fantasma. Quizás había muchos de esos rondando por ahí, pues nadie se preocupó de su presencia. En el camino a Tauro, se cruzó con un par de aquellos hombres tan reverenciados en el pueblo.
Escorpio y Acuario pasaron a su lado, como si se tratase de un obstáculo al cual rodear. En el fondo, le resultó extremadamente divertido; algún día, cuando llegara el momento de revelar su identidad, todos en el Santuario pagarían por la arrogancia de creerse imbatibles. Su ego era tan grande, que su sombra bastaba para ocultar cualquier sospecha que viniera en la forma de un humilde aldeano.
Sorprendentemente, Tauro había sido una historia un tanto diferente. Pensó que, como sucediera en la casa anterior, nadie notaría su presencia. Pero no fue así.
Tan pronto puso un pie en el salón de batallas del templo, distinguió la imponente figura de su guardián, sentado en un rincón. Estaba cruzado de brazos y mantenía los ojos cerrados al mundo. Loxia pensó que no se molestaría siquiera en reconocer su presencia ahí. Caminó sin prisas por el lugar, siendo indiferente él mismo. Pero, para su sorpresa, se vio forzado a detenerse cuando la potente voz del brasileño le llamó.
—¿Eres el nuevo empleado de Stavros?—dijo, sin abrir los ojos.
—Así es.
—Es el primer día que vienes solo—afirmó. Entonces, Loxia notó que no era tan invisible como pensaba. —Te había visto antes, pero siempre con Janelle.
—No pensé que nadie aquí reparara en ese detalle.
La aseveración del recién llegado arrancó una carcajada de la garganta de Aldebarán. Abrió los ojos y se puso de pie, para caminar en su dirección. Los ojos llenos de misterio de Loxia le escudriñaron.
—Notamos más de lo que crees. Quizás no parezca así, pero siempre hay alguien que observa cuando nadie lo piensa. —Loxia permaneció en silencio. —¡Pero no debes preocuparte! En realidad, decenas de personas atraviesan estas escaleras todos los días y, mientras ninguno intente nada raro, todo estará bien. No piensas hacer tal cosa, ¿cierto?
—No… al menos no en ningún futuro cercano. —Loxia hablaba bien en serio. Sin embargo, a los oídos del toro dorado, sus palabras sonaron como un gracioso juego entre esa sonrisa misteriosa suya y su voz inusualmente grave.
—¡Eso me parece bien! —Le palmeó el hombro. —Anda, anda. No te distraeré más. Estoy seguro de que todavía tienes muchas cosas que hacer y no quiero que te retrases por mi culpa. Pasa un buen día.
—Gracias… igualmente.
Retomó el paso pensando que los nervios al principio del encuentro habían sido injustificados. Después de todo, estaba en lo cierto al pensar que Athena y sus santos no sería capaces de mirar más allá de sus narices. Toda vez que estuviera en el Templo Papal, no sería más que un sirviente de la comitiva de la diosa. Con un poco de suerte, lo peor pasaría en un abrir y cerrar de ojos. Si la primera vez no levantaba sospechas, entonces conseguiría siendo invisible para siempre.
—¡Oye! ¡Espera! —Se detuvo de nuevo cuando la voz de Aldebarán retumbó en el eco del lugar. Volteó sobre su hombro, manteniendo siempre la calma.
—¿Sucede algo?
—Olvidé preguntarte algo más. —El santo de Tauro lucía serio por un segundo y Loxia no pudo evitar sentirse nervioso. Pero no mucho después, el toro dorado dibujó una sonrisa. —Olvidé preguntarte cuál era tu nombre.
Loxia exhaló. El obstáculo había sido librado.
-X-
—Un pajarito me dijo que estarías aquí. —Saga, que dormitaba sobre la arena con las manos en la nuca, abrió un ojo perezosamente y miró en la dirección de la voz.
—¿Y quién sería? —Naia se acercó hasta él, y lo miró desde arriba con una sonrisa tras la máscara de plata. —Espero que Arles no. —La morena torció la boca con gesto de disgusto.
—Apus. ¿Qué otro pajarito conoces que sepa hablar?
—Pues… —Le lanzó un puñado de arena antes de que pudiera rebatir sus palabras.
—Pajaritos a los que me atreviera a preguntar por ti, se entiende. —Frunció el ceño casi sin querer y luego se acuclilló a su lado. —¿Qué haces aquí? Aún hace frío como para estar tan ligero de ropa tomando el… ¿sol?
Miró al cielo y se encogió de hombros. El firmamento permanecía cubierto por una impenetrable capa de nubes negras. Lo cierto era, que apenas había dejado de llover por un par de horas. Aquel era el peor invierno que Saga recordaba con diferencia, por lo que unos cuantos minutos sin lluvia, eran capaces de recordarle al mejor de los veranos. Cuando Naia le picó las costillas con sus uñas afiladas, se estremeció.
—De hecho, si. —Atrapó su mano y tiró de ella rápidamente, hasta que terminó atrayéndola sobre él.— Dame calor, anda. —La escuchó reír tras la máscara, y él mismo se encontró dibujando una sonrisa, mientras rodeaba la estrecha cintura femenina con sus manos.
—Te resfriarás. —Se quitó la máscara y la dejó en la arena mojada, procurando no moverse de aquel abrazo tan anhelado.
—No puede ser peor que Jamir. —Su voz se tornó suave y mimosa en su oído. —Estuve al borde de la neumonía esa vez.
—Te haces viejo. —Frunció el ceño sutilmente. Últimamente había escuchado esa aseveración más veces de las que le hubiera gustado. Después, Naia enredó sus piernas con las suyas, y mordisqueó sus labios. La protesta que iba a abandonar su garganta, fue doblegada de modo inmediato.
—Quizá se debe al hecho de haber muerto tantas veces…—murmuró, con los ojos fijos en la mirada violeta de la amazona.
—No creo que sea el motivo. —Adoptó un gesto pensativo, que rápidamente se tornó en travesura. —Ese cuerpecito tuyo funciona bastante bien. —Se sentó a horcajadas sobre sus piernas, con gesto juguetón en el rostro.
—Pervertida—siseó el santo.
—¿Yo? —Abrió los ojos desmesuradamente, con fingida incredulidad.
—Tú. —Saga trató de atraparla y atraerla hacia sí de nuevo, pero ella se echó hacia atrás lo suficiente, como para obligarle a sentarse.
Después no rehuyó más. Dejó que el santo la atrapara, rodeando su cintura con una mano, y la nuca con la otra. Un gemido lo suficientemente audible como para que él sonriera al escucharlo, abandonó su garganta cuando sus lenguas se enredaron.
Pasaron unos segundos así, o minutos, no tenía la menor idea. Saga sabía a sal, y su olor, ese olor tan… Saga, se entremezclaba con la salitre sobre su piel. No tenía la menor idea de qué motivo le había empujado a bañarse en el mar un día como aquel, pero si seguían ahí, de tal manera, las cosas se les irían de las manos a plena luz del día y a vista de cualquiera.
Estiró la mano sin despegarse de él y tanteó el suelo en busca de su camiseta arrugada. Poco a poco fue separándose, hasta deshacer el beso, y cuando el gesto de disgusto se apoderó de las facciones del santo, le lanzó la camiseta a la cara. Saga apenas la alcanzó antes de que callera de nuevo y, acto seguido, se sopló el flequillo.
La amazona se levantó de un salto.
—Vamos, nuestra fortaleza está aquí al lado. No queremos darle a nadie un espectáculo erótico gratuito, ¿verdad? —La vio desde el suelo, y negó. Después tomó la mano que ella le tendía, y se levantó.
—¿Gratuito? —Alzó una ceja y sonrió. —Ni hablar. —Ella estalló en carcajadas y echó a andar rumbo al Cabo. Sin embargo, unos largos segundos después, se detuvo a sabiendas de que no la seguía. Volteó sobre su hombro, y Saga seguía exactamente en el mismo lugar, mirándola con un inusitado interés.
—¿No vienes, o qué?
—Las vistas son más bonitas desde aquí que a tu lado, ¿sabes? —Le sacó la lengua, Y Naia alzó las cejas.
—Ese comentario es muy Milo, Saga. —Rió, y emprendió el camino tras ella.
—Deberías sentirte halagada.
—Me llama "Culo Bonito".
—En mi opinión es muy acertado. —Aunque no terminaba de hacerle gracia que el bicho se tomara tales confianzas. Sin embargo, Naia se veía tan guapa y deslumbrante cuando se sonrojaba, que merecía la pena utilizar las tretas de Milo.
—Par de bobos. —Le sacó la lengua, y echó a correr. —¡Carrera!
—¿Y qué se lleva el ganador?
—¡Sorpresa! —La escuchó gritar. Ladeó el rostro y sonrió divertido. Tomó la máscara del suelo, y corrió tras ella sin intención alguna de dejarla ganar.
No le llevó mucho esfuerzo alcanzarla, no solo era mucho más rápido que ella, sino que también estaba acostumbrado a correr sobre la arena. Además, aquel día se sentía especialmente juguetón. No trató de adelantarla, simplemente la atrapó y la atrajo de nuevo hacia si, robándola un beso.
La escuchó murmurar algo ininteligible, y sonrió sin soltarla, pero cuando finalmente lo hizo, la oyó alto y claro.
—¡Eso es trampa!
Esta vez fue él quien estalló el carcajadas. Después se dio la vuelta, dispuesto a dejarla atrás y ganarse su premio, fuera cual fuera aquel. Sin embargo, se detuvo en seco y entreabrió los labios cuando se topó con Kanon apenas a un par de pasos de él.
Alguien gritó desesperadamente unos metros más allá, pero no prestó atención, luego la voz de Naia se unió a los gritos. Él, sin embargo, solo atinó a mirar a los ojos de su hermano que derrochaban ira. No le había sentido llegar. Después, antes de que tuviera tiempo de despegar los labios o de maldecirse a si mismo por la distracción, el puño de Kanon se estrelló contra su cara empujándolo hacia atrás.
-X-
—Adelante—dijo Shion, cuando escuchó los golpes en su puerta.
—Te traje la merienda.
En un giro inesperado, no fue Svetlana quien se asomó a la oficina, sino Saori. La joven diosa le sonrió mientras se adentraba en el despacho. Llevaba en sus manos el servicio del té, que después asentó en la mesa del balcón, donde se sentó a esperar porque el Patriarca se le uniera.
—¡Que sorpresa!—exclamó el lemuriano. Siempre era un deleite pasar algunas horas del día lejos de los problemas y con la fresca compañía de la adolescente. El día había sido pesado y agradecía unos momentos de paz con ella. —No tenías que molestarte en traer esto.
—No fue molestia. Pillé a Svetlana mientras venía para aquí y decidí ahorrarle un viaje. ¿Te gustaría algo de compañía?
—Me encantaría.
Shion sirvió dos tazas de humeante té. Descubrió también los panecillos de crema que le habían enviado desde la cocina y puso un par de ellos en el plato de la niña. Después, cuando se hubo acomodado, bebió un sorbo de su propia taza, deleitándose con los deliciosos sabores que las hierbas creaban en su boca.
Miró de reojo a su pequeña diosa, intrigado por su presencia. Por lo que sabía, no era fanática del té, pero ahí estaba. Si había aprendido a conocerla en el tiempo que llevaba viviendo en el Santuario, Shion podía asegurar que la niña diosa tenía algo que decirle y que, para ella, era verdaderamente importante. De pronto, reparó en que ella lo miraba también, con esa sonrisa enorme en los labios. Le alegraba que Saori tuviera confianza para acercarse a él, para hablar. Aquel pequeño detalle hablaba de lo mucho que su relación había crecido.
—Escuché del incidente de la otra noche con los chicos—dijo ella. Por mucho que lo intentó, no consiguió disimular la sonrisa divertida en sus labios. —Se fueron de paseo, ¿eh?
—Oh, eso ha sido terriblemente imprudente de su parte.
—Creo que ha sido divertido.
—Lo dices porque no viste el lamentable estado en que volvieron. —Bebió otro trago, recordando claramente los rostros de sus pupilos. —No es comportamiento para un santo, princesa.
—Lo sé, lo sé. Pero esos poquitos de accidentada "normalidad" son experiencias nuevas y únicas para ellos.
—Que no te escuchen, o creerán que tiene gracia comportarse así.
—En cierto modo, esto es lo que esperaba al traerlos de regreso: que aprendieran a vivir sus vidas, con errores y todo—contraatacó Saori—. No va a ser perfecto y les está costando muchísimo trabajo, pero lo están intentando. Sé que han abusado de tu paciencia y yo sé que hago lo mismo al pedirte que trates de ser un poco menos severo con ellos. Muchos se han adaptado bien; otros… les cuesta más.
—Puedo ser paciente, pero no seré condescendiente con ellos. Si hacen algo mal, deben saber que está mal.
—El otro día, después del desayuno…
—Sí, ya sé. —El peliverde se frotó los ojos, recordando aquella discusión entre los gemelos. No la había olvidado tampoco.
—Saga y Kanon son el claro ejemplo de quienes lo tienen más difícil, en especial Saga. —Shion guardó silencio, permitiéndole continuar. —No es fácil para él, volver y tener que incluir a Kanon en su vida, sobre todo después de lo que han pasado y de lo mucho que Kanon se empeña en molerlo a base de palabras. Sabe donde golpear; sabe donde le duele más a su hermano. Si me preguntas, creo que Géminis es un templo muy pequeño para contenerlos a ambos.
—Tienen que aprender a convivir.
—Obligarlos no funciona. Todo el mundo sabe lo mal que van las cosas.
—¿Todo el mundo?
—Oye, no eres el único que tiene oídos ahí afuera. —Se sintió orgullosa de ver la sorpresa en el rostro de Shion. Pero, tan solo un segundo después, cuando le vio fruncir el ceño, guardó su sonrisa y se tornó tan seria como él. —Por favor, sé que no necesito pedírtelo, pero trata de entenderles.
—Princesa, princesa—bufó—. He hecho muchas concesiones, pero ésta no es una en la que pueda, o vaya, a ceder. Saga y Kanon son hermanos; con muchísimos problemas, ciertamente. Sin embargo, tienen que aprender a vivir juntos. Su historia de rencor y desconfianza no puede ir más lejos. No estoy dispuesto a permitir que sigan por ese camino de odio.
—Yo deseo exactamente lo mismo que tú. Pero este no es el modo de acercarles.
—Con todo respeto, princesa: No les conoces.
—¿Tú sí? —Los lunares se fruncieron todavía más, si es que aquello era posible. —Sigues viendo en ellos a los niños que dejaste al morir. —La pelilila extendió el brazo y buscó la mano de Shion para tomarla entre las suyas. —No son más esos niños, Shion. Nunca volverán a serlo. Si seguimos presionando, perderemos a los dos. Kanon podrá a prueba a Saga, hasta que él no pueda más. Todo el mundo tiene sus límites y Saga no es la excepción. El día que estalle, entonces no sé como haremos para arreglarlo; será una gran debacle y creo que lo sabes. No permitas que su relación empeore… no les presiones más.
El lemuriano suspiró a sabiendas de que había algo de razón en las palabras de su diosa. Se llevó los dedos a la cabeza y se masajeo las sienes, en busca de un poco de silencio mental. Su propia mente parecía a punto de reventar con tantos pensamientos.
No podía negarle la razón a Saori. Ella, sin duda, no era la única que se había planteado todas esas catastróficas ideas. En algún punto, Shion se había preguntado lo mismo, pero en cada ocasión alcanzó la misma conclusión: no podía ceder con ese tema. El problema era que, de estallar la situación entre ambos, tal catástrofe no podría suceder en peor momento. Con todo lo que acontecía alrededor de ellos, si Saga y Kanon colapsaban, entonces las cosas serían más difíciles que nunca. La Orden Dorada se polarizaría y aquello era lo último que Shion podía permitirse en un momento crítico como el que vivían.
Los gemelos eran hermanos. Habían nacido juntos y debían vivir juntos, como los seres complementarios que eran. El lemuriano deseaba que se aceptaran y que se quisieran. Deseaba verlos funcionar como una sola persona. Valían la pena los sacrificios, siempre y cuando llevaran a ello.
—Si les dejo tomar caminos separados ahora, entonces jamás volverán a unirse, princesa. Temo mucho que, si es por decisión de ambos, nunca volverán a verse como hermanos.
—Pensando de ese modo, solo rebajas su nobleza—acotó Saori—. Quizás no ahora mismo, pero cuando llegue el tiempo adecuado, creo que sabrán buscarse y encontrarse. Al menos Saga lo hará. —Shion levantó la mirada ante ese último comentario. La joven Athena les conocía mejor de lo que él pensaba. —Kanon es demasiado terco para dar su brazo a torcer. Sin embargo, creo que dándoles tiempo de sanar, es posible que Saga busque la reconciliación con su hermano. Pero eso jamás sucederá forzándoles a convivir. Si acaso, solo descubrirán y se concentrarán en el peor lado de cada uno.
—No hay otra opción para ambos.
—Shion, piensa en que… —Pero Saori no tuvo tiempo de terminar de hablar. Los dos cosmos que explotaron a la distancia hicieron que la piel se le erizara. Volteó hacia Shion, descubriendo que él los había percibido tan bien como ella. Los peores panoramas llegaron a su cabeza. —Shion, por favor, no vayas a… —Pero él no la escuchó. Las energías de Saga y Kanon se embravecieron con cada segundo y era imperativo que él interviniera. —¡Shion! —Le llamó sin éxito. El peliverde no esperó más; se teletransportó en su búsqueda, haciendo que la chica se preocupara todavía más.
Una enorme tragedia ocurría delante de ellos y ella no tenía palabras suficientes para hacer una diferencia.
-X-
—¡Kanon!—gritó. Gritó tan desesperadamente, que cuando Deltha la agarró del brazo dispuesta a alejarla de ahí a toda costa, no escuchó lo que le dijo.
Tras el golpe, Saga había trastabillado, y Kanon se le había echado encima como un lobo hambriento.
—¡Para!—gritó tan fuerte que su garganta se quejó—. ¡Kanon!
Pero tal y como si ambas amazonas fueran invisibles, los gemelos siguieron inmersos en su pelea. Saga había encajado el primer golpe. Y el segundo. Después, se había esforzado por esquivarlo, y por no devolverle un solo puñetazo.
—Sabía que te la estabas follando—espetó el menor, cuando lanzó una patada directa a sus costillas.
—¿En serio? —No es que aquella acusación le pillara de improviso, la verdad. Pero, en realidad, Saga había esperado que cuando el fatal momento de su confrontamiento llegara, Kanon se hubiera preparado un discurso mucho más demoledor.
—¿Desde cuando?
—No es asunto tuyo—gruñó de vuelta.
—¡Ella es mía! —No se dio cuenta de que habló en presente, pero se sentía tan furioso por haber descubierto finalmente que estaba en lo cierto, por verlo con sus propios ojos, que había dejado de pensar. Ahí estaban, los dos, cual estúpidos adolescentes acaramelados, besándose a plena luz del día en un lugar público como si nada las importara.— Eres incapaz de aceptar que algo no es para ti, ¿eh?
¿Suya? Las palabras retumbaron en la cabeza de Saga con fuerza, y frunció el ceño, justo antes de que el puño de Kanon amenazara con estrellarse de nuevo contra su cara. Atrapó su mano a escasos centímetros de hacer blanco.
—¿Tuya?—siseó. Kanon frunció aún más el ceño, y tironeó de su mano hasta que logró liberarse.
—Mía. —se acercó, se acercó tanto, que apenas un dedo podía pasar entre ellos.— Vives para ser la estrella. Para que todo gire alrededor tuyo. —Lo empujó, pero Saga solo apretó los dientes.— Volvimos y te escondiste tras un muro, trate de hacer bien las cosas contigo pero no te interesó. Solo buscabas atención, tener a alguien tras de ti todo el tiempo. Eso te encanta. —Y en algún punto, había entendido su actitud, pero eso no significaba que no le molestara que Saga resultara tan cauto. Al final, el muy idiota había tenido razón una vez más, y él se había equivocado. Apresurar las cosas no iba a servir en su caso. Saga tenía esa estúpida capacidad de hacer que todo se le volviera en contra. Lo que fuera.— ¡Y ella! —rió con rabia, y lo empujó. —Ella no te interesó hasta que la escuchaste gemir en mi habitación. —Saga apretó los dientes un poco más cuando recibió el siguiente empujón. —Eres un jodido traidor.
No lo era. No lo era.
Kanon solo estaba provocándolo, y él era el único que tenía algo que perder. Lo sabía. Solo tenía que escuchar a sus propios pensamientos en lugar de a su hermano.
—Tú, tú, solo tú. —Kanon lo empujó de nuevo. —Solo es una más de las putas de un traidor. ¡Yo soy tu hermano!
A Saga se le olvidó su propio discurso mental. Olvidó que aquel era el juego maestro de Kanon. Pero ella… ella era perfecta. Era su tesoro, la cuerda a la que aferrarse en la tempestad que se avecinaba. Era…
Lazó su primer golpe y lo disfrutó. Kanon retrocedió, se limpió la sangre de los labios con el dorso de la mano, y esbozó una sonrisa maliciosa.
—¿Hermanos?—preguntó sin dar crédito—. Podías haber recordado mucho, mucho, antes lo que somos.
—¡Saga no! —Naia corrió hacia ellos. —¡No hagas esto! —Pero cuando se acercó lo suficiente, con Deltha tras ella, la mano de Kanon se cerró sobre su cuello empujándola hacia el suelo sin esfuerzo. Sus ojos violetas brillaron inundados por las lágrimas, desencajados.
Nunca, jamás, había sentido miedo de Kanon hasta aquel momento. Era incapaz de despegar los ojos de los suyos, y así descubrió por primera vez un odio genuino en su mirada. No era algo que no hubiera visto primero, pero nunca había sido dirigido a ella.
—Ya que no podías quedarte con el brillante santo, te conformaste con el fracasado, ¿eh?—espetó. Pero antes de que pudiera acercarse medio paso hacia ella, el puño de Saga lo empujó al suelo. Él lo arrastró consigo, y mientras se enzarzaban en un sucesión de golpes rabiosos, Deltha logró llevarse a Naia de allí.
—Vámonos. —Tiró de ella con decisión. —No tardaran en venir por ellos y te pueden ver aquí—dijo Deltha por el camino. Sin embargo, Naia no dejaba de mirarles, espantada. La amazona de Apus sabía que no la estaba escuchando. —¡Aioros!—gritó vía cosmos—. Saga y Kanon, en la playa. ¡Por favor!
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—Cobarde—escupió el mayor—. Esta es tu única manera de sentirte mejor de lo que eres.
—¡No sabes de lo que estás hablando!
—¡Siempre has sido así! —Empujó a Kanon contra la arena, sujetando sus brazos con un agarre de hierro, pero el menor forcejeó hasta que hundió la rodilla en las costillas de Saga. El geminiano siseó, pero no se movió. Apretó con fuerza la mano izquierda de Kanon, hasta que escuchó al menos uno de sus dedos crujir. La expresión de dolor en el rostro del menor, le resultó extremadamente satisfactoria y prácticamente orgásmica, aunque casi lo era más él hecho de que no pudiera ocultar el dolor. —Subir a costa de pisotearme a mi. Es tu única manera de mejorar el concepto que tienes de ti mismo. Y ahora la has metido a ella de por medio. —Encajó otro golpe desesperado en el mismo lugar, que esta vez si lo hizo encogerse. —No habrá nadie en el Santuario que confíe más en ti que ella. Nadie que tenga más esperanza en ti. Naia no te hizo nada—gruñó.
—¿No? —Kanon rió, atragantado por el dolor de sus dedos, y de alguna manera, logró zafarse de su agarre, poniéndose en pie de un salto. —Pudo elegir a cualquiera, pero te quiso a ti. A ti. —Saga nunca entendería lo doloroso que eso resultaba. Al final, no era sino otra derrota más en su batalla familiar. —No entiendes una mierda, hermanito.
—¡Crece! Y deja de pagar tu frustración personal con quien no debes. —Porque lo cierto era, que Saga no lo soportaba. Kanon de aquella forma, hacía más daño del que imaginaba, y si lo llegara a saber alguna vez, era consciente de que estaría totalmente perdido. A su merced, aún más.
—¿Te gusta? ¿Te diviertes? —Hablaba de ella. —¿La quieres?—dejó escapar una carcajada incrédula cuando vio su expresión. El muy idiota estaba perdidamente enamorado. —Eres ridículo.
—Perdedor.
Lo dijo despacio, con una parsimonia odiosa para gusto de Kanon, y una sonrisa maliciosa en el rostro, pronunciando cada sílaba cuidadosamente, como si las saboreara Por ello, cuando la nariz de Saga crujió bajo su puño, sonrió plácidamente.
Saga apretó los ojos y maldijo, tratando de mantener bajo control el dolor y el lagrimeo que había inundado sus mirada a costa del golpe. Se llevó las manos a la cara, y boqueó por aire cuando la sangre corrió sin control. Con un movimiento secó, recolocó el hueso en su lugar; pero estaba tan furioso, tan descontrolado, que por segunda vez aquel día no sintió llegar a alguien más.
Antes de que pudiera moverse y contraatacar, la silueta de Aioros se dibujó justo frente a él, empujándolo con firmeza hacia atrás, alejándolo de Kanon. Después los brazos de alguien, a quien rápidamente identificó como Shura, rodearon su pecho por la espalda, inmovilizándolo. Frunció el ceño y escupió sangre.
El corazón le latía tan fuerte en las sienes, se sentía tan furioso y descontrolado, que no veía nada más que a su gemelo. El resto no le importaba. Naia ya no estaba ahí. Solo le carcomía una ira incontrolable entremezclada con dolor. Un revoltijo de emociones abrumadoras… pero entonces, Máscara Mortal atrapó los brazos de Kanon tirando de ellos hacia atrás, sin ninguna piedad.
—Wow wow wow. ¡Vaya fiesta!—exclamó—. ¡Y yo perdiéndomela!
—Largaos—espetó Saga forcejeando con Shura.
—Cálmate—replicó el arquero. Sus ojos se cruzaron por un instante. Aioros se veía estoico, sereno, pero a la vez, derrochaba una autoridad que Saga pocas veces había apreciado en él hasta entonces.
—¡No os metáis en esto!—rugió. Shura se tensó y ejerció algo más de fuerza sobre él. Saga nunca gritaba, rara vez alzaba la voz. Nunca lo necesitaba. Ángelo y Aioros guardaron un silencio sepulcral. Silencio únicamente roto por la estruendosa risa de Kanon.
—Será muy divertido verte cuando termines matándola. —El cosmos del menor se encendió, y Máscara Mortal estuvo tentado de soltarlo. ¡Ardía el muy idiota! Sin embargo, prendió su propio cosmos, protegiéndose.— Jodes todo lo que tocas, Saga—siseó—. Deberías saberlo ya. Te escondes tras la máscara de la redención, pero sabes de sobra que eres igual que él…
Él. Saga sabía que se refería a Ares. Su cosmos ardió a modo de respuesta. Aioros retiró la mano de su pecho de modo inmediato y Shura apretó los dientes.
—Vamos Saga, cálmate—murmuró por primera vez desde que llegase.
Quemaba, por supuesto que lo hacía. No había rastro de calma en su energía. Era cruda, eléctrica y ardiente. Era letal y era una amenaza imposible de ignorar. Era impresionante. Kanon podía ganar la guerra psicológica, podía herirle con los puños, pero si llevaba las cosas por ese camino… dudaba mucho que el gemelo menor pudiera considerarse a si mismo vencedor. Una amenaza de Saga, por sutil que fuera, era algo que no convenía olvidar. Durante la guerra de Hades se lo había demostrado, con aquel ataque desde Géminis a los mismos pies de Kanon en el Templo Papal.
Saga se zafó del español, y se acercó unos pasos a su gemelo, sin tocarlo. Sin embargo, Aioros no lo dejó avanzar. Posó la mano en su pecho de nuevo y le habló con una calma inusitada, como si solamente lo hablara a él, como si estuvieran solos y nadie más escuchara.
—Esto es lo que quiere. Lo sabes. El único que va a salir perdiendo aquí eres tú, Saga… No hagas nada que le de motivos al viejo para…
Kanon, aún atrapado bajo el agarre de Máscara Mortal, sonrió.
—Vamos, escucha a tu príncipe azul. —Dijo divertido.— ¿Te has fijado como todo el mundo te habla al oído? Eres una marioneta perfecta. Ares hizo un trabajo excelente.
El cosmos de Saga no se elevó, pero su intensidad cambio tanto como sus propias emociones. Ángelo reconocía esa sensación que lo recorría de pies a cabeza: peligro y amenaza. Saga no era Ares, no. Pero el geminiano se bastaba por si mismo para ser casi igual de impresionante. El dios, después de todo, le había enseñado muchas cosas.
Contuvo la respiración, y buscó la mirada de al arquero por una solución. No le gustaba sentir al peliazul descontrolado. Le resultaba inquietante. No la encontró. Solo notó el cosmos de Kanon actuar en consecuencia y ahogó un gruñido cuando sus manos se quejaron.
Entonces, Saga se detuvo como por arte de magia. Quizá no les había prestado atención a ellos, pero ahora que su cosmos ardía con plena intensidad, era difícil que algo se le escapara.
Un portal se abrió a su lado, y Shion apareció por él.
No dijo nada, pero su mirada rosada lucía tan oscura y dura, que no necesitó pronunciar palabra. Miró de uno a otro de los hermanos: desbocados y furiosos.
—Mierda—murmuró el arquero.
—Vuestros cosmos. Fuera. Ahora—espetó.
Pocas veces antes se había mostrado tan furioso. O al menos, nunca lo había hecho tan obvio, pensó el arquero.
Los hermanos se miraron, retadores; pero ninguno cedió. Solamente cuando Shion alzó su propia cosmoenergía a modo de advertencia, Saga apaciguó la suya. Finalmente, Kanon siguió.
—A mi templo. Ya—rugió. Después, los hermanos y él desaparecieron junto a él.
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Les dio la espalda tan pronto su despacho se materializó ante ellos. Estaba tan furioso que no se molestó si quiera en advertirles de que si movían una sola de sus pestañas, se las arrancaría antes de que pudieran decir una sola palabra. Confiaba en que se percataran de la situación por si mismos.
Se dio la vuelta lentamente y les miró detenidamente. Uno a cada lado de la habitación, procurando a toda costa no mirarse. Ambos hechos un adefesio entre arena, sangre y moratones que comenzaban a aflorar. Dónde había quedado la mitad de la ropa de Saga, era para él un misterio y lo cierto era que no podía importarle menos.
—Demasiado silencio para semejante espectáculo. —Ninguno habló. Ninguno lo miró. Por primera vez, Kanon miró a su hermano, a través del flequillo sucio. —Hablad. Ahora es el momento. —Pero no funcionó.
Apretó los dientes con rabia. Eran sus chicos. Sus niños. Y en aquel instante más que nunca, le recordaban a unos. La conversación con Saori, en parte, retumbaba cada vez más lejana en su mente. Por otro lado, parecía escucharla una y otra vez. "Explotará, y será una debacle." Había vaticinado hacía apenas unos minutos. No se había equivocado.
—Espero una explicación, rápida y concisa. Ahora. —Los hermanos se miraron de soslayo, con sus hermosos ojos llenos de ira. Shion apretó los puños, y golpeó la mesa con fuerza. —Kanon—espetó—. Habla.
El menor alzó una ceja sorprendido de que él fuera su primera elección. Saga, mientras tanto, comenzó a caer en la cuenta, poco a poco, de lo que estaba a punto de suceder.
—Nos peleamos. —Shion, de haber podido, lo hubiera traspasado con la mirada. El peliazul pareció captar el mensaje: no había lugar para las bromas en aquel momento. Carraspeó. —Tuvimos un desencuentro que resolvimos como en los viejos tiempos. ¿Para que gastarse en discutir pudiendo pelear? —El peliverde entrecerró los ojos. Que Kanon no hablara claro, era lo último que le faltaba ya. —Se obtiene lo mismo: nada, pero al menos es más gratificante.
—¿Saga?—dijo buscándolo con la mirada.
—¿Qué? —Fue su única respuesta. Su mirada, en algún punto perdido de la ventana, lucía oscura, y su voz grave. Lo miró con severidad por unos segundos, pero poco tardó en comprender que no hablaría. O al menos, que no diría nada lógico mientras Kanon estuviera ahí. Casi podía escuchar el ritmo de su corazón desde donde estaba.
—¿No tienes nada que decir? —No respondió. Solamente se limitó a negar levemente.
—Como Santos Dorados que sois, tenéis terminantemente prohibido utilizar vuestro cosmos de esa manera. Lo sabéis—rugió—. No es un juguete que usar cuando uno se molesta.
—Quizá no estábamos jugando—murmuró Saga. Tan bajo, que Shion tuvo que esforzarse por escuchar.
—¿Perdón?—preguntó incrédulo. El peliazul se encogió de hombros, y el lemuriano apretó tanto los dientes, que su mandíbula se quejó. No recordaba haber estado tan furioso con ambos nunca. —Dadme un solo motivo que justifique esto antes de que tome medidas.
—Me quitó algo que era mío, y lo reclamé. —replicó tranquilamente Kanon, sobándose con cuidado los dedos rotos de su mano.
—¿Algo?
Saga contuvo la respiración. Ahí estaba, después de haber entrado al juego de su gemelo, de la montaña rusa de emociones de aquel día, muerto de frío, dolorido y con la nariz rota, a punto de escuchar como Kanon daba al traste con todo lo que él y Naia se habían esforzado por mantener en secreto.
—Bueno… —Lo miró y sonrió. Había ganado, y aquella era una victoria apabullante. —Alguien, más bien. Saga debería ser quien te diera más detalles.
Por un momento, Shion quiso creer que le mentía. Quiso creer que aquella pelea no podía haber sido originada por otra persona; menos aún, que aquella persona fuera una mujer. Sin embargo, Kanon lucía tan tranquilo, y por el contrario, Saga tan tensó… que supo que estaba en lo cierto.
Soltó el aire que había retenido en los pulmones.
—Todo tiene que ser sobre él, sino, el chico no está contento. —Saga mantuvo su mirada. Vacía. Sin rastro de la ira que lo dominase en la playa; como si el Saga de hacia unos minutos fuera una persona diferente a la que los ojos de Kanon y Shion contemplaban ahora. Saga estaba a su merced, lo sabía; y llegados a aquel punto, ya no tenía más caso resistirse y empeorarlo.
—¿Estáis diciendo, de verdad, que esto ha pasado por una chica?
—¿Chica? —Kanon sonrió, y se encogió de hombros. —¿Quién dijo chica? —Su gesto le dio la razón.
—Deberías ser el bufón de la corte—masculló Saga desde su rincón—. Definitivamente se te da mucho mejor que ser un Santo. —Al menor se le borró la sonrisa de modo inmediato, y las arrugas de su frente sustituyeron al gesto burlón.
—¡Saga! —La voz de Shion le resultó especialmente atronadora, pero el geminiano permaneció quieto y silencioso, como si nada hubiera pasado. Se llevó la mano a la nariz, tratando sin éxito de que dejara de sangrar. ¡Menudo desastre era en aquel momento!
Shion permaneció en silencio por unos segundos más, observándolo fijamente. El santo, sabiéndose el centro de su atención, se propuso mantenerle la mirada hasta que el lemuriano se cansase. Ya estaba de mierda hasta el cuello, como para encima sentirse como un mocosito regañado.
Sin embargo, de todos los posibles desencadenantes que Shion se había planteado, de todas sus hipótesis… una chica nunca le había parecido una opción posible. Finalmente, apartó la vista y volvió a Kanon.
—Tales juegos de niños, no están permitidos en este Santuario. No tenéis quince años. —Saga, se sopló el flequillo, ignorando del mejor modo posible el dolor de su nariz. Él, a los quince años, estaba sentado en ese trono dorado, con las manos llenas de sangre y un dios dentro de si. No había tenido adolescencia alguna. —Repito, sois—hizo especial hincapié en la palabra, y sus ojos rosados se clavaron en Saga por un momento. El peliazul sonrió con una mueca, que a Shion le resultó más burlesca de lo que le hubiera gustado—…Santos de Oro, sois la élite de este ejercito y todos os toman de referencia. Tenéis responsabilidades que cumplir y una compostura que mantener. Esto no es aceptable, y además, es peligroso para cualquiera que esté cerca de vosotros. Una pelea con el cosmos liberado de esa forma podía haber matado a cualquiera que estuviera en las cercanías y desprotegido. —Y, debía dar gracias a los dioses porque al menos se habían conformado con hacer arder su energía, y no atacándose. Dos Explosiones de Galaxias chocando podían haber sido una catástrofe. Lo sabía de sobra.
Los pensamientos de Saga, andaban por otros derroteros. Hacía tiempo que se había hecho a la idea de que Kanon ostentaba el mismo rango que él, al menos en la teoría. Sin embargo, ahora que se sentía tan furioso, tan dolido, y sus emociones tan sumamente descontroladas… la idea resultaba especialmente desagradable.
Solamente hubiera deseado gritar que Kanon no era un Santo de Oro. No era como él. Él lo era. Él se lo había ganado: había sudado, sangrado y llorado por ello. Había muerto. En otras circunstancias, quizá no lo hubiera sentido de un modo tan visceral, pero aquella era una de las pocas armas, sino la única, que podía usar contra Kanon. Al menos, de las pocas que realmente causaban daño. Decidió, que dada la precaria situación en que la habilidad de su hermano para dominarlo lo había colocado, lo mejor que podía hacer era continuar callado.
—¡Arles!—llamó el peliverde. El Santo de Altair no tardó en asomar tímidamente por la puerta.— Kanon y Saga pasaran unos días en los calabozos. —La cara de espanto de ambos, por primera vez desde que llegaran, les puso en sintonía. —Haz los arreglos pertinentes. —Arles asintió, y aguardó por más indicaciones. Lo que pensara de todo aquello, no lo demostró..
—¿Qué?—musitó Saga, espantado.
—Te advertí. —Le miró con severidad. —Una, si. Dos, vale. A la tercera, tomaría medidas. Te la has buscado. —El peliazul despegó los labios pero no atinó a decir nada. Aquella sentencia, aquel castigo, se había sentido como una puñalada. Una, por cierto, totalmente inesperada. Shion volteó hacia Arles. —Acompaña a Kanon. Yo acompañaré a Saga más tarde.
Kanon vio de Shion a Arles rápidamente, y por último, su mirada se topó con la de su hermano. En aquel momento no sabía si sentirse victorioso, por ser la causa de semejante cara de espanto en su gemelo y de aquel castigo que jamás hubiera imaginado que Shion le impondría… o terriblemente aterrado con la sola idea de pasar tan solo unos minutos encerrado tras unos barrotes. Comenzó a sudar frío, pero tal y como hubiera hecho Saga, guardó silencio y tragó saliva.
Arles lo tomó del brazo y tiró de él.
—Vamos. Eudora te atenderá allí después.
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Abrió un cajón y tomó un paño. Sin mediar palabra, se lo lanzó a Saga, que lo atrapó al vuelo.
—Estás ensuciando todo. —No era que no le preocupara ver a su santo de Géminis en semejantes condiciones. Al contrario, le preocupaba, y mucho. Pero estaba tan furioso con su salida de tono, que aquello era lo más amable que se sintió capaz de decir en aquel momento.
—¿El calabozo?—preguntó.
—Si.
—¡No puedes estar hablando en serio! —Al escucharlo, Shion dio una palmada en la mesa y clavó su mirada en la suya.
—¿Te parece que no lo hago? ¿Te parece que bromeo, Saga?
—Me parece que estas siendo injusto y desproporcionado.
—¿Y puedo saber por qué?
—Porque toda esta mierda es parte del circo de Kanon. Quizá te lo perdiste hace quince años, pero es exactamente igual que entonces. —Hablaba rápido, y sonaba casi desesperado. —Está pasando lo mismo. —Rió y Shion arrugó los lunares. —Entonces fue la armadura. Hoy…—calló y apretó los dientes. Una punzada de dolor atravesó su cara, y se llevó la mano a la nariz nuevamente; limpiando la sangre del mejor modo posible. —Al final soy el único idiota que sale perdiendo mientras bailas al son que marca. Te crees cada idiotez que sale de sus labios y…
—¡Saga!
—¡¿Qué?!—reclamó de vuelta.
—¿Una chica? ¿En serio? —El peliazul guardó silencio por un momento.
—No entiendes…
—¿Qué no entiendo? —Pocas veces, sino ninguna, Saga lo había visto tan furioso. —Eres —buscó las palabras—uno de mis mejores Santos. —E, independientemente de ello, lo más importante era que al menos era en quien más confiaba de entre todos. Obviando el cariño personal, era al que mejor conocía, o creía conocer, y toda la experiencia, buena o mala, que había ganado durante aquellos nefastos años, para Shion era invaluable. —Lo que tú haces, o dejas de hacer, no le pasa inadvertido a nadie y por ello no tienes margen alguno de error. —Saga guardó silencio, aunque aquellas palabras que le sonaban tan familiares, comenzaban a provocarle una jaqueca. —Siempre se te ha juzgado de ese modo.
—Eso no lo hace más justo—gruñó aunque sabía que eso nunca cambiaría. —Por mucho que te gustase creerlo, nunca, jamás… he estado al nivel de Kanon—siseó—. En nada.
—¿Y eso que se supone significa?
—Que a pesar de eso nos envías a ambos al calabozo. —Y los dioses sabían, que no solo Kanon tendría pesadillas con aquel infame lugar. Las paredes de la prisión guardaban secretos atroces que Saga recordaba vagamente y que no quería reavivar por nada del mundo.
—Me da igual quién empezara esto, Saga—gruñó—. La cuestión es que si fue él, tú entraste al juego. Lo seguiste y has armado un escándalo que no ha pasado desapercibido para nadie. —Saga no dijo nada. Podía estar furioso, pero sabía que en eso el viejo tenía razón. —¿Quién es?
—¿Quién es quién?
—Ella. —Saga dejó escapar una irónica carcajada.
—Nadie.
—Saga…
—No soy tan imbécil como para confesarte hasta el último de mis secretos solamente porque me vayas a enviar a ese agujero, ¿sabes? —Hubiera jurado que un toque de decepción inundó el rostro del patriarca. —¿Qué esperabas? ¿Qué me cayera en pedacitos ante ti y suplicara clemencia? A veces te olvidas que no soy el mismo mocoso al que dejaste. Ya no tengo ocho años. —Y en todo el tiempo que había pasado desde entonces, había aprendido muchas cosas. Se necesitaba mucho, mucho, para que hablara en contra de su voluntad.
—¿Es una amazona?
—No. —Lo miró a los ojos, y respondió con tanta autoridad y seguridad, que a Shion le resultó difícil imaginar que le mintiera. Sin embargo, no desechó la posibilidad. Saga mantuvo la mirada una vez más, a sabiendas de que esa mentira tenía muchas probabilidades de desmoronarse ahora que estaba en el ojo del huracán. Pero no sería a causa suya, eso podían darlo por seguro.
—De acuerdo. —Finalmente, Shion terminó por asentir. —Vayamos por Eudora y que arregle ese desastre.
Ya tendría tiempo de hablar largo y tendido con Arles. A él nunca se le escapaba nada.
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Cuando Arles le había dado la noticia, Aioros no había sabido que responder. Se había visto tan sorprendido como, imaginaba, lo habían hecho los gemelos. Procuró no mencionar nada acerca de los motivos de la pelea. Cuando se le preguntó al respecto, tanto él como Shura y Ángelo respondieron lo mismo: ninguno estaba allí cuando se desencadenó.
Sin embargo, el arquero sabía de sobra cuál era la situación, y sospechaba que los otros dos también. No le resultó difícil imaginar que aquel había sido el origen de la pelea.
Suspiró apesadumbrado. Saga tenía una templanza de acero. Nada parecía capaz de quebrarla. Nada, salvo Kanon. Y por mucho que el menor sufriera en aquella celda apestosa, estaba seguro de que, internamente, sentía todo aquel desenlace como una atronadora victoria.
Maldijo, y pateó una pierda del camino. Era injusto, mucho. A Saga le iban bien las cosas, por una vez. ¿Y qué ocurría? Que su gemelo era presa de un arrebato de furia absurda y su padre los enviaba a ambos, de la manita, directos al calabozo.
Al menos esperaba que no se le hubiera ocurrido meterles juntos en la misma celda, porque sino, eran capaces de asesinarse con un simple pedazo de pan duro.
No podía imaginarse cómo se sentía Saga. De Kanon ni siquiera se preocupaba. Jamás había logrado comprenderle, no iba a hacerlo ahora. Pero Aioros sabía que para el mayor aquel era un golpe terriblemente doloroso e inesperado. Por no mencionar, que su precaria situación, sin cosmos e incomunicado, le mantenía a la expectativa de lo que sucedía afuera.
Se prometió a si mismo que encontraría un modo de llegar hasta él y darle un mensaje. Le diría que todo estaría bien y él se ocuparía de todo lo que pudiera en su ausencia. No podía ser larga, ¿no?
Se revolvió los rizos. Todo aquello estaba muy bien, y era un excelente propósito. Hasta que la puerta de la cabaña de Deltha y Naia se alzó sobre él como el más aterrador de los monstruos. Respiró hondo, y llamó con el peculiar toque de dedos que siempre anunciaba su presencia.
Unos segundos después, los ojos pesarosos de Deltha se clavaron en los suyos. La amazona se mordió el labio inferior y rápidamente lo invitó a pasar cerrando tras de si. El arquero paseó la mirada por la vivienda, encontrando a Naia sin mucho esfuerzo. Acurrucada en el sofá, con el anciano conejo de peluche entre sus brazos, y dándoles la espalda. Sin embargo, por el errático movimiento de su pecho, Aioros supo que lloraba.
Se acercó hasta ella, y se sentó en el suelo.
—Hey—dijo, apartando un mechón de la negra melena. La amazona pareció reparar en él en aquel preciso instante, y sus hermosos ojos, que lucían tristes, húmedos y enrojecidos, se clavaron en él expectantes.
—¿Saga?—musitó. Aioros se esforzó por recordar el discurso que se había preparado en el camino hasta ahí.
—Está bien. —Asintió, acompañando a sus palabras. —Con la nariz rota y unas cuantas magulladuras, pero está bien. —La cara de espanto de Naia fue tal, que la fuerza interior del arquero se echó a temblar. Buscó a Deltha con los ojos, pero se encontró con la misma mirada expectante de Naia. —No pasa nada, sobrevivirá. Shura, Máscara Mortal y yo llegamos a tiempo y les separamos.
—Sentí a Shion. —Un par de enormes lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Si… eso. —Se revolvió los rizos nuevamente. —Obviamente, la explosión de su cosmos no le pasó desapercibida a nadie. El viejo está enfadado, y han ocurrido cosas en los últimos días…
—¿Y? —Lucía tan desesperada que se le rompió el corazón.
—Por lo que se, Shion no sabe nada de ti. —Deltha respiró más aliviada. —Pero Kanon dijo que todo esto era por un "alguien", así que el viejo no tardo en sumar dos más dos, y llegar a la conclusión de que se debe a una chica.
—Mierda…
—Tranquila. Solo has de ser cuidadosa. —De hecho, con los hermanos fuera de circulación, Naia estaba mucho más segura en aquel momento tan… tensó. O al menos, era su opinión. —Pero… —Sus ojos violeta se clavaron en los suyos.
—¿Pero…?
—Están en el calabozo. —Lo soltó como si fuera un hierro ardiendo en su mano. —Los dos.
La morena lo miró unos segundos, impasible, hasta que sus labios comenzaron a temblar y escondió el rostro entre las manos. Se acurrucó de nuevo en el sofá, aún más encogida de antes, y Aioros solamente pudo observarla llorar.
No sabía qué más podía hacer.
-Continuará…-
NdA:
Minos: ¿A qué es divertido romperle los dedos a Kanon? :D
Saga: ¿Divertido? Divertido es poco.
Minos: Llora como un bebé :D
Kanon: Hagamos una apuesta. Veamos si tu consigues romperme mas veces los dedos de las que yo te romperé la nariz? ¬¬'
Saga: Acepto.
Kanon: Bien ^^
Angie: Usaré guantes ignífugos la próxima vez.
Shion: ¡Al calabozo todos! ¡Ahora!
Saga: ... ¡Arg! Eres exasperante ¬¬'
Aioros: Será mejor tranquilizarnos y despedirnos por ahora n_n'
Naia: Antes os dejamos una canción cortesía de la Banda Sonora de DTE. Se titula "Hermano", igual que el capítulo, y es del grupo Dunedain. ¡Os animamos a buscarla! T_T
Shion: ¡Y eso es todo!
Santitos: Bye Bye!
