Capitulo 30: Déjà vu
Se había armado de valor aquel día y había salido de la cabaña con la máscara intacta y la cabeza alta. No importaba cuan rojos estuvieran sus ojos por lo mucho que había llorado desde que todo empezara. Lo cierto era, que después de innumerables horas pensando en ello, seguía sin comprender porqué había pasado.
Suspiró y siguió el camino con Deltha a su lado. Quizá no podía ver sus ojos, pero sentía su mirada ir y venir de ella al sendero, y Naia encontraba realmente imposible concentrarse en algo diferente.
—Estoy bien—musitó. Deltha se limitó a asentir suavemente, aunque no creyera ni una sola de las palabras que salían de su boca.
—Un poco de ejercicio nos hará bien.
—Si…
No dijo nada más y la amazona de Apus no preguntó. Tampoco tenía la menor idea de qué decir. Curiosamente, no hacía tanto tiempo, se hubiera sentido decepcionada. Decepcionada por haberle dado un mínimo voto de confianza a Saga, y porque el muy idiota lo hubiera estropeado. Ahora… debía confesar que se sentía asustada. A como ella lo veía, ninguno de los dos había hecho nada malo, pero Kanon… Apretó los dientes. Tenía miedo.
Kanon y Saga le habían provocado muchos sentimientos diferentes a lo largo de la vida. Desde aquellos lejanos días en que les adoraba, al tiempo en que la presencia de Kanon comenzó a ser cada vez más insoportable… hasta que su cercanía terminó por romperse y desaparecer por completo. Entonces solo habían quedado Aioros y Saga, tan llenos de sueños y de ilusión, tan impresionantes que daba la sensación que podían comerse el mundo de un solo bocado. Después, había llorado la ausencia de todos ellos, hasta que finalmente la figura de Saga la había resultado tan aterradora como desagradable.
Eso estaba cambiando, debía admitirlo. Sin embargo, no importaba los sentimientos que cada uno de los hermanos la había infundido por separado. Importaba el presente, el ahora. Lo que podían lograr juntos: todas aquellas cosas que no eran precisamente buenas. Y la sola idea de ambos en pie de guerra, la resultaba tan devastadora como aterradora. Había sido un horror cuando eran niños. Ahora, siendo los santos que eran… no quería ni imaginarlo.
Quizá ella debió verlo venir… Quizá debió oponerse de algún modo. Ser el hada madrina de los consejos racionales que Naia siempre había necesitado escuchar, aunque renegase de ellos. Pero no lo hizo. Naia se veía exultante. Asombrosamente feliz y por un tiempo, aquello bastó. Todo el panorama desolador que Deltha se había planteado al volver, quedaba lejos y parecía que ambas habían encontrado su lugar.
Ahora, mirándola de nuevo, reparaba en que el golpe había sido tan fuerte, que no tenía la menor idea de cómo iban a lograr reconducir la situación.
—Piensas demasiado alto. —Alzó el rostro cuando Naia habló.
—¿Tú crees? —Asintió.
—Saldrá pronto. —Deltha no sabía si trataba de convencerla a ella, o a si misma, aunque apostaba por eso último. —Y todo estará bien.
—Claro.
Porque Saga saldría. Eso lo sabían ambas. Solo que Naia, en aquel preciso punto de la encrucijada en que se habían embarcado, no tenía la menor idea de cómo seguiría la historia a partir de ahí.
Shion había sido claro cuando llegaron, y ellas le prometieron solemnemente que acatarían su orden y se mantendrían alejadas de los chicos y de los problemas. No le escucharon. Y ahora, cuando las palabras del lemuriano retumbaban en su cabeza, comprendía cuan ciertas habían sido. Ellas se habían creído más listas.
Los chicos no estaban listos para enfrentar determinados problemas de origen personal.
Lo sabía, lo entendía. Ahora lo hacía. Pero eso no cambiaba en absoluto el hecho de que no había nada que desease más en aquel momento, que ver a Saga y abrazarlo hasta robarle el aliento.
Alzó el rostro, con la intención de tomar una gran bocanada de aire que la animara a comenzar el día aún a aquella hora tan tardía. Era una amazona, lo que había sucedido no era algo tan terrible, se repetía. Peleas había todos los días. Solamente debía recuperar la rutina y esperar.
Oteó la zona de entrenamientos de las amazonas, y buscó un hueco donde ella y Deltha pudieran estirar un poco los músculos.
—¿Lista? —Apus asintió.
-X-
Shaina era una mujer observadora. Algunos quizá dirían que la palabra que la definía mejor, era controladora. Y quizá tenían razón. Odiaba que las cosas funcionaran de un modo diferente al que debía ser, o al menos, al que ella consideraba correcto. Era terca, y demasiado dura, eso seguro; pero la vida en el Santuario la había llevado hasta aquel punto, y se sentía orgullosa de lo que era.
Tenía diecisiete años. Una niña a los ojos del mundo, pero allí, era una amazona más que respetada. Nunca, en todos sus años en Grecia, había eludido sus responsabilidades o faltado a un entrenamiento. Nunca, claro, salvo cuando la batalla de las Doce Casas se estaba fraguando y tuvo aquel pequeño incidente con Aioria.
Por eso se sintió infinitamente molesta cuando contempló las siluetas de Apus y Caelum unos metros más allá, entrenando un poco los puños a los sombra del pinar que las separaba del resto del Santuario.
Marin la habría aconsejado que dejara las cosas estar, que no eran asunto suyo; pero solo de pensarlo, se ponía furiosa. Caelum no había aparecido aquella mañana a sus entrenamientos con Milo, y tampoco el día anterior. De hecho, apenas se había dejado ver fugazmente.
Frunció el ceño al darse cuenta de que le prestaba una atención incomprensible al tonto Escorpión, pero rápidamente, sus pensamientos volvieron al asunto importante.
La pelea de Saga y Kanon había sido todo un escándalo. No solo porque sus cosmos habían retumbado de un modo poco sutil a lo largo y ancho del Santuario. Sino porque la gente, que ya chismorreaba mucho antes acerca de sus vidas personales, lo hacían muchísimo más ahora.
Al parecer, todo el mundo creía saber el motivo: una chica. Shaina no sabía que hacer con esa idea, porque respetaba a Saga. A pesar de aquella relación tan extraña que mantenían, lo respetaba; y toda aquella historia sonaba demasiado estúpida como para ser cierta. Era un Santo Dorado. Era él. ¿Rebajarse a semejante espectáculo gratuito y a las sorprendentes consecuencias, por una chica cualquiera?
Se apartó el pelo de la cara, y continuó observando a las amazonas. Paseó sus ojos por Apus fugazmente. La pelipúrpura era como un libro abierto, y aquella manera tan indiscreta de pasearse con Aioros por ahí, daba poco lugar a equivocaciones. Sin embargo, Naia… Ella era diferente. Desde el primer día Shaina había sido reticente. Le había irritado su vuelta, la manera, y sobre todo el aparente motivo.
Athena había necesitado a sus amazonas mucho antes y ninguna movió un dedo hasta que los Santos Dorados volvieron a la vida. Los hechos hablaban por si solos. Y los rumores la señalaban a precisamente a ella: Caelum. La morena que constantemente montaba escándalo con Milo en medio de bromas y risas. Era… Irritante.
Y para más inri, desaparecía justo tras el altercado. ¡Era…! Obvia. Demasiado. Pero no tenía pruebas y ella necesitaba saber a qué atenerse y qué terreno pisaba. Estaba dispuesta a indagar, y se le ocurrían muchas maneras.
Sin embargo, recordó el primer día que cruzó su camino con Caelum. Pelearon, aunque fue un encuentro breve y aburrido por la baja forma de la recién llegada. Mas fue suficiente, porque sin querer, Naia había mostrado su punto débil: las palabras. Se había dejado envolver por el veneno que Shaina les inyectaba hasta que, precisamente, su príncipe azul llegó para salvarla.
Se puso en pie y se colocó los guantes acercándose hasta ellas, que permanecían ajenas a su escrutinio. Cuando la vieron, fue tarde para huir. Su presencia las inquietaba, Shaina lo sabía, y pretendía sacar ventaja de ello.
—Me alegra ver que estas mejor, Caelum—dijo.
—Gracias—murmuró la amazona, con cierta reticencia y todas sus barreras alzadas de modo inmediato. Deltha a su lado, se revolvió de igual modo.
—¿Qué te ocurrió?
—Me sentía mal. —No era una mentira, aunque tampoco esperaba que ella la creyera. A decir verdad, le daba igual. Milo había aceptado la pobre excusa, probablemente porque había caído en la cuenta de la situación real, y eso era lo único que la importaba.
—Ya…
—¿Querías algo?—espetó Deltha.
—No. —La peliverde negó con el rostro y por un segundo, ambas respiraron aliviadas. —Es solo que lo encuentro divertido.
—¿El qué?—musitó Naia. Shaina dejó escapar una carcajada bien audible que la estremeció.
—Todo. Tú. Esta función.
—¿Perdona?
—Asumo que sorda no eres. Así que habrás escuchado lo que cuentan por ahí.
—La verdad es que no. Tampoco me interesa.
—¿No? Pues cuentan cosas muy curiosas acerca de ti y los hermanitos.
—Deberíamos irnos. —Deltha quiso abortar la situación sin más preámbulos, sujeto a Naia del brazo y tiró de ella. Se habían alejado unos pasos, cuando la italiana continuó.
—Espero que haya merecido la pena ser la puta de Saga por un tiempo. —Naia se detuvo. Deltha maldijo. —¿Qué? —La italiana ladeó el rostro. —¿Ofendida? No veo porqué, si tanto le conoces. Deberías estar al tanto de sus… aficiones y de su capacidad para encontrar una nueva que sustituya a la anterior. O varias.
—No sabes de qué hablas—siseó.
—Creo que la que no sabe donde está, eres tú. — Shaina dio un paso más, quedando peligrosamente cerca de la mayor. —Cualquier idiota hubiera sabido que algo así sucedería tratándose de ellos. Así que hay dos opciones: o eres tan boba e ingenua que vives en un cuento de hadas donde él es tu caballero de brillante armadura, o realmente sabías a que jugabas y sus consecuencias… y preferiste ignorarlo.
Naia no la permitió continuar. Su puño se estrelló contra la máscara de plata, que salió despedida contra el suelo. Sentía a su corazón a punto de explotar en sus sienes, y tenía los ojos tan empañados de lágrimas, que apenas lograba verla bien. No soportaba a Shaina, pero lo peor de todo no era que sus caminos se cruzasen constantemente, o que la mocosa tratase de entrometerse siempre que podía… sino que, para su disgusto, hablaba con la verdad.
Pero lo peor no era eso. Era aquella sonrisa que adornaba su rostro de porcelana, que aún permanecía ladeado por el golpe. Era aquel atisbo de frialdad en sus ojos verdes, que la miraban de soslayo y su risa… quien la gritó la verdad que ya sabía. Había entrado en su juego y había estropeado todo.
-X-
—¿Podrías detenerte un momento y sentarte? Me estás mareando—solicitó el arquero mientras observaba, desde el sofá, como Deltha iba y venía por todo su salón, cual león encerrado. La Amazona sí se detuvo, pero cruzando los brazos, lanzó una mirada asesina al Santo. Aioros se sopló el flequillo; esa mirada era un rotundo "no". Toda esa tensión iba a matarle.
—¡¿Acaso no has escuchado nada de lo que te he dicho?! ¡La maldita Cobra…!
—Escuché todo—terció él, y aunque estaba de acuerdo con ella, poco podía hacer al respecto.
—Los "pajaritos" de Arles se encargarán de informárselo en medio segundo. ¡Seguro Shion ya lo sabe ahora mismo!
—Pero, Del, no hay mucho que podamos hacer por ahora… salvo, quizás, suplicar porque Shion no haga nada estúpido.
Tomó una de las bolsitas de galletas que ella había llevado hasta Sagitario y la abrió. Sacó una galleta que mordisqueó por encima. La verdad era que no tenía nada de apetito, pero comer al menos le tranquilizaba un poco los nervios. Tarde o temprano, se verían inmiscuidos. Por lo pronto, en cualquier momento tendría que visitar a Saga y a Kanon en el calabozo.
—Shion nos advirtió. Fue muy claro. —El dedo índice de la pelipúrpura se movió nerviosamente frente a los ojos de Aioros. —Dijo, muy amenazadoramente, que no debíamos meternos en problemas. ¡No quería problemas de nosotras! ¡¿Y qué ha pasado?! ¡Pues que ahora Naia está en un enorme lío! ¡Shion va a matarla!
—En su defensa, no fue completamente culpa suya.
—Díselo a Shion. —El castaño volvió a soplarse el flequillo. Deltha tenía razón: a Shion no iba a importarle esa excusa en lo absoluto. —Te diré que va a pasar ahora, Aioros. ¡Claro que te lo diré! Shion volverá a encerrarla y querrá ejecutarla de nuevo.
—Oh, por Athena. Esto no se compara en lo absoluto con…
—¡Es peor! Son sus gemelos, sus bebes, los que están de por medio. Los nenes favoritos del Maestro.
—¿Naia está bien? —Aioros trató de llevar la conversación a un sitio más seguro.
—No sé si bien es la mejor forma de definir como está. La cabaña está llena de galletas y eso, usualmente, significa que algo esta muy mal.
—Tiene que mantenerse tranquila. Si Shion no ha ido tras de ella, es porque no sabe nada aún.
—Lo sabrá ahora. Esos malditos lunares son como un tercer ojo que lo ve todo. —Entrecerró los ojos, como si sintiera la poderosa presencia del Maestro observándoles.
—En realidad, el tercer ojo viene a ser Arles…
—No eres gracioso ahora mismo.
—No intentaba ser… —Pero la mirada de la amazona solo empeoró. Aioros se dio por vencido. —Vale. Me callo. —Torció la boca.
—¡¿Qué vamos a hacer, Aioros?! —Al fin, la caminata por el salón terminó y la amazona de Apus se dejó caer en el sofá, a su lado.
—Te lo dije ya. No hay mucho que podamos hacer.
—Algo tenemos que intentar.
El problema era que Aioros no sabía que era ese algo, y por lo tanto, no podía hacer nada. Decidió que cualquier cosa era mejor que quedarse ahí sentado. Lamentarse y enumerar todas las cosas malas que podían suceder, no iba a prevenir que sucedieran. Probablemente, debía empezar con la raíz del problema; era hora de visitar de los calabozos.
Dispuesto a no dar más largas a su decisión, se puso en pie. Estiró un poco la espalda y tomó un par de las bolsas de galletas.
—Pero… ¿a dónde vas?
—Iré a ver los gemelos—dijo a Deltha. Ella levantó las cejas.
—¿Qué…?
—Te buscaré más tarde. Deséame suerte. —Meneó la mano en el aire, y salió de ahí tan rápido como pudo. Todavía tenía que ir a la Fuente, antes de bajar a las catacumbas.
La amazona asintió, completamente confundida. Le deseaba mucho más que suerte.
-X-
La puerta del calabozo resonó. Después, los pasos avanzaron hacia su dirección mientras la sombra que proyectaba el recién llegado se alargaba, conforme estaba más y más cerca. Por fin, Aioros y su cabellera eternamente revuelta aparecieron frente a ellos.
En cualquier otro momento, a Saga le hubiera agradado tenerle cerca, pero en ese preciso instante, estaba completamente enloquecido por su larga estancia en ese infierno. Kanon, en cambio, parecía dispuesto a ignorar su presencia a cualquier precio. En lo que respectaba a él, Aioros solo estaba ahí por Saga. Dudaba mucho que, si su gemelo no hubiera sido su compañero de encierro, el arquero hubiera bajado a visitarle.
—Hey—saludó escuetamente. Pudo escuchar el gruñido de Kanon y vio a Saga rehuirle con la mirada. No esperaba nada diferente. —¿Cómo va la estancia aquí?
—Una mierda—respondió Saga.
—Lo imaginaba. —Rodó los ojos y después, pasó la bolsita de galletas a través de los barrotes . —Traje algo de comer. —Después, volteó hacia Kanon y le lanzó la otra bolsa de golosinas, que el gemelo no tuvo problema para atrapar con las manos. —Son solo galletas, pero seguramente os sabrán a gloria después de todo el tiempo que lleváis encerrados. También os traje algo más. —Rebuscó en sus bolsillos y sacó un par de pastillas. —Eudora dice que os aliviaran un poco el dolor. Os veis terrible.
—Gracias—masculló Saga. Kanon simplemente volvió a gruñir, ocasionando que Aioros meneara la cabeza con desaprobación. —¿Cómo conseguiste entrar aquí?
—Pues… digamos que hay algunas ventajas de ser el muerto más famoso de este sitio—bufó. Si algo, gracias a la violenta y honrosa muerte que vivió catorce años atrás, su nombre guardaba una reputación especial entre los guardias más jóvenes.
—Que suerte…
—Sí. Yo tengo otra pregunta: ¿Cómo pensáis salir de aquí?
No hubo respuesta.
Aioros miró de uno a otro, sorprendido de ver la desgracia en que esos calabozos habían convertido a dos de los santos más listos que había conocido. Sabía que las cosas iban mal en Géminis, pero nunca pensó que todo estallara tan pronto, y de un modo tan escandaloso. Lo cierto era que Saga había tenido una paciencia infinita para con Kanon; desde el principio, la insistencia de Shion para que convivieran se proyectaba como una idea terrible. Aquella era la crónica de una catásrofe anunciada.
Ahora todo se veía con claridad… aunque, según parecía, no era así para Shion. Por supuesto, tampoco importaba demasiado. Era muy tarde: las consecuencias eran obvias.
No podía sino imaginar el infierno que Saga estaba pasando, ahí debajo, en los calabozos donde Ares habían atormentado a tantísima gente, cuya existencia simplemente sobrevivía en las manchas de sangre seca que se esparcían por todo el lugar. El lugar entero apestaba a muerte. Por las noches, cuando la poca luz se extinguía y la algarabía del Santuario dormía, Aioros solo podía imaginar que los fantasmas del pasado despertaban y se hacían visibles en las pesadillas de su amigo. Aquel era un sitio de terror; así había sido desde que el castaño recordaba y, por lo visto, nada había cambiado en todos esos años.
—¿En qué demonios estabais pensando? Por los dioses. No solo os habéis metido en un grandísimo y estúpido lío, sino que habéis arrastrado a alguien más con vosotros. —Bajó la voz al referirse a Naiara. En sitios como aquel, las paredes escuchaban. No esperaba ninguna respuesta, pero para su sorpresa, Saga abrió los labios y arrastró las palabras.
—Si este idiota comprendiera que el mundo no gira a su alrededor, nada de esto habría sucedido.
—Supongo que en eso somos exactamente iguales.
—Tú y yo no tenemos nada en común. No pienses siquiera que nos parecemos en lo más mínimo —El geminiano se puso de pie, mientras Aioros observaba de uno a otro, antes de llevarse las manos a la cara.
—No pudiste soportar verla conmigo y tenías que meterte en medio… Era mía. Mía. Pero tú siempre tienes que quedarte con todo. Nunca te gusta perder.
—Cierra la boca o voy a…
—¡Hey! ¡Los dos! ¡Silencio! —Inusualmente, la voz de Aioros sonó lo suficientemente autoritaria como para que incluso Kanon, se callara. —Esto no es un juego y no estáis hablando de un juguete que ambos deseáis. Tú, tienes que aprender a perder. —Se dirigió a Kanon. —Ella no te quiere y, visto como has reaccionado, tú tampoco la quieres a ella. —Después, llevó su mirada azul y grave hacia Saga. —Y tú, ¡por Athena! Has elegido el peor momento de todos para quebrarte.
—Deberías vivir en mi templo para ver cuanto puedes resistir…
—Oh, probablemente menos que tú, pero tampoco soy yo el que está encerrado en esta pocilga.
—Entonces, no juzgues.
—No te juzgo. Vine hasta aquí para ver si podía ayudar en algo. —Se encogió de hombros. —Sé que estás enojado—y también estaba asustado—, pero yo no soy el enemigo aquí, ¿vale? Intento encontrar el modo de sacaros de aquí.
—Pf. ¿Sacarnos de aquí? —Kanon se dejó caer sobre la colchoneta podrida que le servía de cama. —Te crees más importante de lo que eres, arquero. Solo Shion puede sacarnos de aquí y no tiene intenciones de hacerlo.
—Oh, créeme que no me tomo atribuciones de más. —Meneó la cabeza. Si fuera por él, Kanon habría perdido el cosmos y la lengua mucho tiempo atrás. —Tú te mereces esto y más. Saga, tú te mereces un reordenamiento de neuronas. —Trató de quitarle importancia al asunto, pero el gemelo mayor reaccionó muy diferente al modo en que él había pensado.
—¡Todo esto es culpa suya! —Saga se paró tan de pronto y con tanta rabia, que incluso Aioros se respingó. —¡Él ha provocado todo esto! ¡La única razón por la que vive es para joderme la existencia! ¡No puede ser feliz de otro modo! ¡Es su puta culpa!
El arquero se quedó sin palabras. La desesperación y la rabia contenida en Saga, que ahora había explotado, él la sentía como propia. Había sido demasiado tiempo viviendo a la sombra de su gemelo; demasiado tiempo lidiando, aguantando y tratando de verle como a un verdadero hermano.
Kanon, por el contrario, ni siquiera se inmutó. Permaneció estático en el colchón, con las manos en la nuca y la mirada sembrada en el techo. Solamente desvió los ojos por un segundo, para mirar a su hermano por el rabillo. Aioros casi pudo distinguir lo que parecía una sonrisilla sarcástica que le pateó en el estómago. Saga tuvo que verla también, pues sus ojos esmeralda centellaron con una furia que el castaño no le conocía. De no existir las rejas que les mantenía separados, Saga se le hubiera abalanzado encima, y le hubiera molido la cara a golpes, con tal de borrar la sardónica risa de sus labios.
—Quizás, querido hermano, te gustaría que le explicara a Shion que tanto de todo este enredo es culpa mía. Le encantará escuchar la historia de cómo me he metido entre sus dos tórtolos favoritos… Oh, espera, espera—Se incorporó. Su mirada era retadora—, la historia no va así. Ni sois sus tórtolos favoritos, ni tampoco he sido yo quien le ha robado la mujer a mi hermano. El primero que se la folló fui yo; y después tú te pusiste celoso y quisiste lo mismo. Ahora no será de nadie. —Saga apretó los puños con una fuerza descomunal, mientras Aioros observaba con prudencia. Ambos sabían por donde iba aquella conversación. —¿Quién crees que saldrá más perjudicado con nuestra pequeña explicación? ¿Eh? Te aseguro una cosa: no seré yo.
—Eres un maldito—siseó el otro peliazul.
—Quizás. Pero soy endemoniadamente listo y tú, eres mi sujeto de pruebas favorito. Eres vulnerable y manipulable, como un niño pequeño.
Cada palabra golpeó a Saga sin compasión. Apretaba los dientes con tanta fuerza, que casi se les podía escuchar rechinar. Sus ojos se humedecieron; lágrimas de la rabia e impotencia más puras. No era difícil darse cuenta que, de un modo u otro, Kanon le había atado las manos.
—Por los dioses, Kanon. Estás enfermo—bufó el santo de Sagitario.
—No lo sabes bien, arquero.
—Pero no eres ni la mitad de listo de lo que pregonas—añadió—. Eres tan idiota que no te das cuenta que estás cavando tu propia tumba. Saga es tu hermano.
—Compartir sangre no significa que debo quererle, porque no lo haré. Él me ha traicionado más veces de las que puedo enumerar.
—Tú te has traicionado a ti mismo—balbuceó Saga. —Tu ego, tu pedantería, tu insolencia; eres tú quien ha boicoteado cada decisión de tu vida. Nadie más.
—No finjas ser el bueno, porque nunca lo has sido.
—El único patán aquí eres tú—intervino de nuevo el castaño—. Peor aún, ¡solo complicas las cosas más de lo que están! Si tenéis la más mínima intención de salir de aquí, más vale que os comportéis. Shion no os dejará ver la luz del Sol otra vez, hasta que sepa que seréis capaces de vivir sin mataros el uno al otro.
—Escuchadle. Es un sabio consejo.
La voz que se unió a su conversación les tomó por sorpresa. Aioros se respingó, sintiendo que la sangre se le subía a la cabeza. Una sola palabra de más suya, y Shion se habría enterado de su pequeño gran secreto. Suplicaba, con todas sus fuerzas, que el lemuariano no hubiese escuchado nada de su conversación previa.
El semblante del Patriarca no había cambiado ni un poquito en relación al que tenía el día que los había arrastrado hasta aquel asqueroso agujero. Curiosamente, al igual que el gran Maestro, ninguno de los dos gemelos estaba dispuesto a ceder. De no haberse sentido excepcionalmente tenso, Aioros hubiera encontrado verdaderamente divertida la semejanza en la expresión de los tres. Pero no era divertido… era increíblemente estresante y desagradable sentirse en medio.
—No te oí llegar—carraspeó el santo de Sagitario, revolviendo nerviosamente su cabellera.
—¿Qué haces aquí, Aioros?
—Vine a verles—dijo. La mirada de Shion se endureció sobre él, invitándole a marcharse. —Me parece que debería irme ahora…
—Deberías, si. —La respuesta de Shion hizo que el arquero arrugara el ceño; el Maestro estaba verdaderamente enojado.
—Me retiro entonces. —Sopló sus flequillos. La gente iba a enloquecerlo. —Suerte—masculló en dirección a Saga y a Kanon.
Después se marchó tan rápido como pudo. Según parecía, solo había empeorado más todo.
-X-
El lemuriano esperó pacientemente hasta que el castaño desapareció. Su mirada rosácea iba de uno a otro peliazul. Descubrió, con desilusión y desagrado, que nada había cambiado: su actitud era exactamente igual a la que les había llevado a ese encierro. Esperaba, quizás ingenuamente, que algo fuera diferente, que el sentido común hubiera regresado a ellos. Probablemente pedía demasiado.
—Os preguntaría si estáis dispuestos a hablar como personas adultas, pero ya veo que alguien más lo ha intentado, y no estoy seguro de que haya tenido éxito—dijo, tras un eterno y tirante silencio. —Le habéis escuchado, sabéis lo que deseo. ¿Tenéis algo que decir?
—Depende. —Se adelantó Kanon. —¿Nos creerías cualquier cosa que dijésemos? Tú tienes siempre tus propias conclusiones.
—No hagas esto acerca de mi, Kanon. Hablo de vosotros.
—Todo este tiempo—Saga habló con la voz en un suspiro—, nunca ha sido sobre nosotros. Eres tú quien persigue un sueño que, con toda seguridad, te digo que no existe ya. Deseas vernos juntos, pero no te das cuenta que es imposible. Juntos, no somos capaces de sobrevivir. —En sus ojos, el lemuriano vió cansancio. Algo dentro de su cabeza le susurraba que Saga hablaba con la verdad, pero Shion se resistía. Todo ese pesimismo debía desaparecer algún día. —No vas a ceder jamás; eso también lo sé. Pero, Shion, puedes mantenernos aquí por toda la eternidad y nada va a cambiar. Nada.
—No pude decirlo mejor. —Kanon retó a ambos con la mirada.
—Sois hermanos…
—La sangre no es suficiente para que haya amor fraternal. Deberías saberlo.
—Es un poco irritante y cansino—terció el peliazul menor—, todo ese asunto del "sois hermanos". Dejad el tema por la paz.
A pesar de la insistencia, Shion no estaba complacido. Algo no encajaba ahí: no entendía bien de que se trataba, pero algo definitivamente había cambiado. Había bajado a los calabozos esperando meterse a la jaula de un par de leones hambrientos. En cambio, había encontrado a un Saga derrotado y a un Kanon más seguro que de costumbre.
Pero, cual fuera la situación, el Patriarca no podía darse por vencido. Habían pasado por tanto que merecían recobrarse el uno al otro. Si debía presionar, lo haría. Solo deseaba su bienestar.
—Sé que no vivíais en los mejores términos, pero no entiendo. ¿Qué puede ser tan grande como para traeros hasta aquí?—preguntó.
Saga guardó silencio por unos pocos segundos, mientras su gemelo estaba atento a cualquiera que fuera su respuesta. Por fin, se animó a hablar.
—Ha sido una vida de tropiezos lo que nos ha traído aquí. Sé que quieres creer otra cosa, pero no es más que eso.
—¿Y no hay vuelta atrás?
—No.
Esta vez, fue Shion quien se tomó un instante para pensar su próximo comentario. Tenía frente a sí a dos de los chicos más listos de su Orden. No podía permitirse errores que después se revirtieran en su contra.
—Comprendo. —Chasqueó la lengua. —De ser así, ¿sería descabellado de mi parte pediros que, si no podéis actuar como hermanos de sangre, al menos os comportarais como hermanos de Orden? Sois Santos Dorados, vuestra conducta debe ser digna de vuestro rango.
—Yo soy un Santo Dorado—replicó Saga. Previendo lo que se venía, Kanon sintió su sangre arder. —Él no es mi igual. Mis hermanos de Orden tienen mi respeto y mi aprecio, sangramos juntos. Ese es un privilegio que Kanon aún tiene que ganarse. Mientras tanto, no es un más que traidor refugiado.
—¡Imbécil!—ladró el otro peliazul. Tomó los barrotes que dividían sus celdas y tiró de ellos como si pudiera arrancarlos.
Sus miradas se midieron. Las papeles se habían volteado: ahora Saga sonreía y Kanon se perdía en la rabia.
—He visto suficiente—rugió la voz de Shion. Ninguno de los gemelos se inmutó lo suficiente. —Más vale que os vayáis acostumbrando a este lugar. Solo saldréis de aquí cuando empecéis a comportaros como hermanos… o al menos, como verdaderos adultos.
Giró sobre sus talones y se fue de ahí, dejándoles a solas con su cólera. La guerra estaba declarada entre ambos.
-X-
Loxia había adquirido la costumbre de tomarse un descanso después de la comida. Usualmente, a esas horas, la actividad en el almacén de Stavros disminuía lo suficiente como para que le viejo le permitiera salir a dar un paseo por el ágora. También le había tomado cierto gusto al tabaco, por lo que aprovechaba cada oportunidad para calar un cigarrillo.
La gente de la villa se había acostumbrado poco a poco a su presencia. Al principio, había pensando que, siendo un extraño, una comunidad tan cerrada como aquella tardaría en aceptarlo. Estaba equivocado.
Sentado al borde de la fuente principal, pasaba perfectamente desapercibido. Era un buen modo de pasar el tiempo.
—¿Te diviertes?—Aquella pregunta le tomó de sorpresa. Apenas se movió para mirar de soslayo al recién llegado.
—¿Qué haces aquí?
—Vengo de visita. —El hombre se sentó a su lado, a una distancia prudencial, y levantó la mirada al cielo, donde el resplandor del Sol le cegó momentáneamente. —Veo que tienes tiempo libre.
—Estás a punto de arruinarlo todo.
—¿Por una visita?
—No, Clario, no por una visita. Sé a lo que has venido.
—Siempre lo sabes todo.
—Y tú, siempre tienes prisa. —Clario no negó los hechos. Detrás de ellos, el agua de fuente se movió erráticamente. Después, se secó.
—¿Qué es lo que sabes?
Loxia no respondió con palabras. Miró en dirección contraria a donde estaba su compañero. Su atención se centró en cualquier detalle sin importancia. Sin embargo, pensaba entregar una respuesta a esa pregunta.
Por su parte, Clario se sintió irritando por la constante arrogancia del otro y su incesante deseo de controlar a todos y a todo. Pero, de pronto, algo más fuerte que el Sol cegó sus ojos, obligándole a cerrarlos. Entonces, las respuestas a sus preguntas vinieron a él: Clario las vio desfilar, una a una, en su cabeza, tan nítidas como si estuvieran sucediendo frente a él.
—¿Lo ves ahora? Aún no es tiempo del gran golpe. Cuando llegue el momento, lo sabrás.
—Dí lo que quieras, este es el momento indicado. Todos se encuentran desconcertados y aquí, tal parece que el viejo Patriarca tiene la cabeza en otros asuntos. —Las imágenes que Loxia les había mostrado eran muy claras.
—Si eso es lo que piensas, ¿por qué vienes a mi? Ve a donde nuestro señor, y plantéale tus preocupaciones. —Loxia se puso de pie lentamente, dispuesto a terminar con esa conversación. No muy lejos de ellos, Janelle apareció por la puerta del almacén. —Debo marcharme ahora. Algunos de nosotros realmente tenemos trabajo que hacer.
Clario chasqueó la lengua y torció la boca. Sabía que, si conseguía convencer a Loxia de adelantar sus planes de conquista, era prácticamente seguro que su señor aceptara las recomendaciones que ambos harían. Pero esa maldita habilidad suya, que le permitía ver cosas que los demás no podían, siempre lo ponía un paso por delante de los demás.
Contempló como su compañero se alejaba y, con él, sus esperanzas de hacer una diferencia. Maldijo por lo bajo. Se puso en pie, para emprender su propio camino.
Detrás de él, la fuente volvió a cobrar vida.
-X-
—Sino tienes buenas noticias, me estoy pensando seriamente el pedirte, por favor, que te las calles.
Arles alzó las cejas y las manos a la vez, en señal de inocencia. Apenas había puesto un pie en el despacho de Shion, cuando el lemuriano lo asaltó con aquella petición. No tardó en fruncir el ceño. Debía asumir que la visita al calabozo no había ido nada bien.
—¿Cómo fue?—preguntó, tomando asiento frente al Patriarca.
—Mal. —Arles aguardó pacientemente, a que Shion continuara con la explicación, pero al parecer estaba tan contrariado que al Santo de Altair no le quedaría más remedio que preguntar y ahondar en el asunto.
—¿Qué pasó? —Shion se sobó los ojos, se encogió de hombros, y dejó que el respaldo de su butaca lo acunara con suavidad.
—Llegué y Aioros estaba ahí. —El castaño alzó una ceja, cuestionándolo. —No me preguntes; la verdad que, saber porqué le permitieron entrar, no está entre mis prioridades ahora.
—Entiendo.
—La cuestión es que a él no le debió ir mejor que a mi. Cuando lo saqué de allí… —Negó con el rostro, mientras parecía perdido en sus pensamientos. —Les di la oportunidad de tratar de convencerme para ganarse su salida.
—Asumo que no tuvieron éxito.
—No—Shion bufó—. Ni siquiera lo intentaron. Curiosamente, ambos parecen estar de acuerdo en lo negativo de su relación. Nada más. Les faltó poco para espetarme al unísono que deje de recordarles que son hermanos. Que ese no es un argumento válido para solucionar nada y, de paso, que es obsesión mía.
—Los ánimos siguen caldeados, y estando encerrados uno tan cerca del otro, no creo que se calmen tal fácilmente.
—A veces la autoridad o rotundidad con la que habla Saga, confieso que me deja sin palabras. —Arles asintió, comprendía perfectamente. —Sus ojos dicen mucho de lo que él calla, aunque por desgracia, no dicen tanto como antes. Está descontrolado, y está furioso. Además, Kanon siempre ha sabido que fibra tocar.
—¿Cómo se defendió? —Para Arles no era difícil adivinar que aquellas palabras de Shion, encerraban una pelea verbal más entre los gemelos, y después de haberles educado, sabía de sobra que cuando el mayor se veía arrinconado, también sacaba las garras, habiéndose asegurado previamente, de embadurnarlas de suficiente veneno.
—La armadura. ¿Qué más? Traté de pedirles que ya que no son capaces de comportarse como hermanos, trataran de hacerlo como compañeros de orden.
—Vista tu expresión, asumo que el ataque funcionó.
—¿Qué si funcionó? —Se revolvió el pelo con nerviosismo. —Juro que a veces parecen niños chicos. Kanon se puso rabioso, y no atinó a replicar.
—Éxito al cien por cien, entonces—murmuró.
—No bromees con ello, Arles… —El de Altair carraspeó.
—Perdón.
—No se qué hacer. Sinceramente, después de haberles visto, tampoco creo que tenga mucho efecto tenerles ahí. Lo que verdaderamente fue eficaz fue encerrarles, porque no lo esperaban… y solo logró callarlos por unas horas. No tengo la menor idea de qué hacer para mantener la paz.
—¿Y cuándo salgan? —Los lunares de Shion se arrugaron. —No digo ahora, sino cuando lo creas conveniente. —Se apresuró a aclarar. —Si los envías de nuevo a Géminis, a los dos, has de estar preparado para que esto se repita.
—Lo se, pero las cosas son así. Aunque Saga no quiera ni oírlo, Kanon también tiene su derecho en Géminis.
—Harías bien en tener cuidado al mencionar eso.
—Es la realidad. Si no le gusta, el problema es suyo. Es un adulto, y conoce de sobra como son las cosas.
Arles asintió, pero no dijo nada más. Lo cierto era que temía por el momento en que ambos salieran, pero aún quedaba tiempo. Ahora, le preocupaba más el asunto que tenía entre manos. Shion pareció leerle la mente.
—¿Y bien? —Arles alzó la vista.— ¿Qué pasó? Suelta las malas noticias de una vez.
—Se quién es ella. —Apenas un pestañeó indicó que Shion le había escuchado, así que continuó. —Caelum.
Por un momento, solo hubo silencio, roto únicamente por el manotazo del peliverde sobre la mesa. Una maldición en lemuriano lo siguió, y después, se puso en pie como un resorte, apoyándose en el marco de la ventana.
—¿Cómo lo sabes? —Le daba la espalda. Necesitaba calmarse, pero su mente le traicionaba. Sin querer, sus ojos viajaron en la dirección del campamento de las amazonas a través de la ventana.
—Hubo un… altercado en el campamento. Con Shaina. —Shion suspiró. Shaina era una chica… difícil, que no dejaba una escapar. —Las palabras subieron considerablemente de tono, y aunque Naiara no dijo nada que la involucrara, sus actos lo hicieron por ella. Golpeó primero.
—¿Qué fue lo que dijo Shaina?
—No creo que necesites saberlo.
—¿No? —Arles negó.
—Podría decirse que la dejó bastante mal parada, pero no dejó mejor a Saga. —Y los detalles de la conversación, le parecían innecesarios, aunque probablemente, más adelante los compartiera. Shion estaba demasiado enfadado como para, además, escuchar lo que se había dicho de uno de sus santos dorados en público. De él, precisamente.
—Maldición. —Suspiró. —Se lo advertí. ¡Se lo advertí! Pero nadie escucha.—masculló.
—Siempre pasa con quienes vuelven del exterior, lo sabes.
—La advertí de que mantuviera la distancia. Saga y Kanon pueden ser unos genios en muchas cosas, pero no tienen nada que hacer frente a la vida a la que ella está acostumbrada. Quizá en el mundo real esto no hubiera sido tan grave, pero aquí… Los chicos no son dos corderitos inofensivos. Son peligrosos, y además tienen un carácter más volátil que el propio viento. Kanon es lo suficientemente manipulador como para volver las cosas a su favor, pero ¿Saga? No lo es menos, pero su estado emocional es muy diferente.
—¿Qué haremos?—preguntó tras un rato de silencio.
—Llama a Dohko, necesito escucharle. —Arles asintió, y con eso, abandonó a toda prisa el despacho.
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Cuando Dohko entró, lo hizo sabiendo cual era la situación. Arles no había soltado prenda, pero tampoco era necesario. Después de la catástrofe de los gemelos, no era posible que hubiera otro asunto de importancia que tratar.
Así que cuando vio a Shion, respiró hondo.
—Al fin. —El chino frunció el ceño sutilmente.
—¡Oye! Estaba ocupado…
—Como sea, siéntate.
—Estoy bien de pie, gracias. —Shion hizo un gesto con la mano, ignorando su respuesta y se levantó de la silla, comenzando a deambular como gato enjaulado por el despacho poco después.
—Tengo novedades.
—Ya… eso imaginé.
—Se quién es "ella". —Dohko suspiró. —Veras…
—Escucha. —El castaño lo interrumpió y negó con el rostro. —No estoy seguro de querer saberlo. Es un asunto personal y extremadamente delicado por lo que hemos visto, así que…
—Dohko.
—¿Qué?
—Calla y escucha. —Hizo tal y como dijo, pues sabía reconocer de sobra el hastío y la autoridad en la voz de su viejo amigo. No le quedaba más remedio que resignarse, la esperanza de no saber nada del asunto, nunca había sido una opción real y lo sabía.
—De acuerdo—murmuró derrotado.
—Es Caelum. —Dohko no se sorprendió. Sabía que la morena había estado entrando y saliendo de Géminis bastante a menudo, aunque nunca supo por cuál de los dos. —Se peleó hoy con Shaina y al parecer las palabras y reacciones de ambas fueron bastante claras y acusadoras. —El lemuriano, que no había dejado de observarlo, se detuvo cuando no encontró reacción alguna a sus palabras.— No te sorprendes.
—No puedo decir que lo haga, no. ¿Te sorprendes tú? —Se encogió de hombros cuando formuló la pregunta. De todas las opciones posibles, Naiara era la más obvia. Era el único vínculo del género femenino que tenían los hermanos de su infancia. El único que, al menos, les había unido alguna vez.
—Lo cierto es que pensándolo bien, no.
—¿Pensándolo bien?—preguntó con incredulidad. —No había más opciones. Habrás escuchado igual que yo acerca de Saga y sus… historias con las mujeres del Santuario. —Shion frunció el ceño con disgusto. Era imposible no escuchar aquellos chismes. — Puede decirse que es un chico de considerable éxito en ese ámbito. Cualquiera se hubiera dado cuenta de que solamente alguien más importante podía ser la causa de un problema de faldas. No hay ninguna otra mujer, a parte de ella, a la que Saga mantenga cerca. Menos aún Kanon.
—Se lo advertí cuando volvieron—masculló. Sus palabras no maquillaban sino la rabia que sentía al no haber reparado en ello antes.
—Tampoco sabemos desde cuando está pasando… —Dohko se encogió de hombros, mientras Arles, que no se había movido de su rincón junto a la ventana, fruncía el ceño de igual modo. De alguna manera, los gemelos y Caelum habían logrado esquivar a sus pajaritos.— De todas formas, no es algo nuevo. Sea cuando sea que esto comenzó, ha pasado inadvertido para todos, o al menos para la mayoría y ha sido discreto, tal y como a ti te gusta.
—¿Llamas discreto al asunto de la playa?
—No. No precisamente. —Una sonrisa triste adornó los labios del chino. Se sobó los ojos y resopló, tratando de buscar la manera de que su punto de vista sonara más convincente. —Lo que quiero decir, es que nunca has impedido las relaciones sentimentales en el Santuario siempre que esas fueran discretas y no causaran revuelo. Bueno, esta, o estas… —No tenía muy claro cómo llamarlo. —Ha sido lo suficientemente discreta como para que los ojos de Arles lo hayan pasado por alto. —Un bufido desde el otro lado de la habitación, le dio la razón. —No tomes decisiones precipitadas. Lo de la playa, si me preguntas, hubiera pasado de todos modos. Quizá el motivo hubiera sido otro, pero al final hubiera pasado.
—Son hermanos. Sentiste sus cosmos. No consiento que una amazona se interponga y sea la causante de tal… catástrofe. ¡No son adolescentes!
—Nunca lo han sido. —Por un instante, solo hubo silencio ante su respuesta. Era un golpe bajo y Dohko lo sabía. La expresión de dolor que relampagueó por el rostro del lemuriano, se lo confirmó.
—He estado buscando una solución. —El castaño lo miró expectante. —No he encontrado nada que me parezca perfecto, pero tengo claro que si les dejo salir del calabozo y ella anda cerca, el episodio de la playa se repetirá. —Algo en aquel "cerca", le resultó terriblemente sospechoso al santo de Libra.
—¿Entonces?
—Creo que lo mejor que puedo hacer por el momento, es enviar a Naiara a Jamir. —Dohko despegó los labios dispuesto a replicar, pero Shion se adelantó.— No te pongas catastrofista, será algo temporal. Solamente necesito que Saga y Kanon se calmen. Después volverá. Además, en Jamir hay trabajo que hacer, trabajo que se adapta a ella. Volvió ilusionada de Asgard, por todo lo que pudo hacer con Mu. Creo que la haría bien, la daría tiempo para reflexionar sobre todo esto, calmarse, y encontrar su camino.
—¿Pero de qué camino hablas, Shion? —Dohko empezaba a desesperarse.
—Debe recordar porqué motivo volvió al Santuario.
—¡Por los dioses! ¿A ti qué te parece?
—¿Ahora vas a decirme que crees en los cuentos de hadas?
—No. No creo en ellos. Menos aquí, y menos con nosotros. Pero no estoy de acuerdo con esa decisión. Creo que solamente vas a empeorar las cosas.
—No creo que puedan empeorar, llegados a este punto.
—¿No? —Se revolvió el pelo.— ¿Quieres que te diga lo que creo va a suceder?
—Habla.
—Kanon va a saberse vencedor. Eso daría igual, sino fuera porque es precisamente lo que esta buscando. A la luz de los hechos, es algo que cualquiera podría ver. Y Saga… ¿Qué crees que va a pasar con Saga? Ya no es un niño, es un adulto y toma sus propias decisiones. Tiene su propia manera de ver las cosas y de pensar. Esto va a disgustarle tanto, como a Kanon va a complacerle.
—No tengo otra opción. —Y Shion le sonó tan desesperado, que Dohko supo que hablaba con sinceridad.— No pretendo ser juez en esto, darle la razón a uno y quitársela al otro. Pero si priorizo, mis Santos Dorados son más importantes que ella, y les necesito fuera del calabozo y funcionando. Ya esta siendo un camino lo suficientemente difícil como para entorpecerlo más con la estancia ahí. Tengo las manos atadas. No puedo dejarlo pasar, estaría sentando un precedente para todos los demás.
—Entonces esa es tu decisión. Tú eres el Patriarca, no yo. —Shion cerró los ojos y se dejó caer en la butaca.— No quiero que pienses que me parece fácil, es solo que…
—Lo se. Necesitaba oírlo. Siempre me ayuda que estés en contra.
—Si, así de extraña es nuestra relación. —Una sonrisa se dibujó en labios de ambos.— ¿Entonces? ¿Cuándo hablaras con todos ellos?
—No lo sé. Supongo que primero deba hablar con las dos amazonas.
—¿Las dos? —Shion asintió.
—Shaina tiene la lengua muy larga. Ser un líder con los tuyos no implica tener permiso para ser irrespetuoso con nadie, y menos con un superior. Además, ellas también se pelearon fuera de los márgenes de un entrenamiento normal. Después trataré el asunto con Naia, y una vez esté en Jamir, veré que hago con los otros dos.
—Buena idea.
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—¿Has visto un fantasma, florecita?
Afrodita dio un respingo al escuchar la voz del italiano, pero rápidamente su frente se arrugó con cierto hastío al escuchar el sobrenombre.
—Solo pensaba.
—¿Puedo preguntar en qué? —El de Piscis encogió los hombros y guardó silencio, pero Máscara Mortal lo conocía tan bien, que podía imaginar de sobra por donde iban sus pensamientos.
Volteó hacia el mismo lugar al que miraba el peliceleste, y se llevó un cigarrillo a los labios. Se apoyó en la columna a sus espaldas, y cerró los ojos por un instante mientras inhalaba. Hacia allá solo quedaba el Cabo y los calabozos.
—Sobrevivirán.
—No es eso lo que me preocupa. —Ángelo lo miró de reojo por un instante. —No he podido dejar de imaginarme qué estará pensando ahora que es él quién está ahí dentro.
—¿Lo consideras venganza poética del destino? —Afrodita lo fulminó con la mirada.
—No. —Espetó. Guardó silencio por unos segundos, y finalmente continuó.— Creo que no va a soportarlo. —El italiano alzó una ceja. —No me malinterpretes. Lo más probable es que salga de ahí con toda la dignidad del mundo, y aparentando que todo, además de su enfado, está bien. Pero Saga… —Negó. —No es el viejo Saga.
—Creo que se a qué te refieres.
—Puede decirse que no conocemos mucho al nuevo, o al menos yo no lo hago. Tú has tenido más suerte. —Una sonrisa triunfal apareció en el rostro de Máscara Mortal, pero Afrodita no pudo sino sentir rabia y envidia al respecto. —Pero lo poco que he podido vislumbrar, me ha dejado en claro que tras la impresionante fachada, efectivamente hay sentimientos. Hay recuerdos y hay vacíos, pero los recuerdos… —Resopló. —Creo que son más fuertes que él. No creo que haya hablado al respecto con nadie, pero tiene que serle imposible estar en ese agujero y no pensar la cantidad de gente que murió por "su" capricho, y del modo en que lo hizo. Esas paredes están bañadas en sangre.
—Saga tiene muchos fantasmas a los que preferiría enterrar, pero por mucho que se esfuerce, no puede. El Saga real es demasiado racional y mucho menos frio que cuando Ares estaba aquí. No creo que sea capaz de hablar de eso con nadie. Kanon ha asestado un buen golpe.
—Y Shion. —Ángelo abandonó su lugar, y se acercó hasta él.
—Eso, amigo mío, fue inesperado.
—Y me atrevo a decir que un golpe mucho mayor que el de Kanon.
—De acuerdo en eso. De todas formas… —El italiano tiró la colilla al suelo, y la pisoteó antes de continuar. —Nadie va a preguntar al respecto cuando salga. Probablemente, los que mejor saben que ocurrió en los calabozos, somos tú y yo, además de él. No creo que nadie haya valorado la opción de que su malestar se deba a algo más que la situación con Caelum y el castigo del viejo.
—Olvidas la nariz rota. —La risa del cangrejo dorado resonó en aquel rincón.
—Y la nariz rota, si. Ha sido un buen golpe a su ego, todo sea dicho.
—Supongo que tendrás que vigilarle cuando salga. —El peliazul alzó una ceja sorprendido, mientras Afrodita emprendía la marcha de vuelta a casa.
—¿De qué hablas?
—Tolera tu compañía. Dentro de toda tu estupidez y torpeza—Ángelo rodó los ojos con fastidio—, te escucha, y puedes serle útil aunque no lo creas. Aprovecha la oportunidad.
El santo de Cancer lo vio alejarse en silencio. Ladeó el rostro, y volteó fugazmente en dirección a los calabozos. Después, se apresuró a alcanzar al otro.
—Creo que esta vez, deberías intentarlo tú.
—No me quiere cerca.
—Las cosas están cambiando.
—Lo se.
—Solo inténtalo. Aprovecha la oportunidad. —Un chasquido de su lengua, le indicó que la irritación de Afrodita, se debía a que estaba en lo cierto.— Cuando quieres, tienes un toque sensible del que yo carezco.
—Eres una molestia.
—Continuará—
Saga: ¡Coge las maletas, Damis! Nos vamos de vacaciones y Kanon no viene con nosotros.
Kanon: ¡Oye!
Damis: Si, si, como sea… pero antes tengo algo que decir a nuestros lectores n_n' Perdón, perdón, perdón, perdón… asumo la culpa del retraso de este capítulo, pero los problemas personales se han abalanzado sobre mi este verano y hasta hoy ha sido imposible que me dejaran un poco de tiempo para terminar con el capítulo.
Sun: ¡Pero estamos aquí de nuevo!
Aioros: Solo para ser abandonados por Saga y Damis que se van de vacaciones ¬¬' ¡¿Por qué tenemos que quedarnos con Kanon?!
Sun: …
Kanon: Pensabais abandonarme también ¬¬'
Damis: Cof cof… mejor despedimos por ahora y volveremos quizás más pronto que esta última vez n_n'
Saga: ¡Gracias por los reviews y dejad más!
Aioros: ¡Adiós! Literalmente…
