Capítulo 31: Perdidos y encontrados
Naiara se detuvo a la entrada del Templo Papal. Desde que tenía memoria, aquella magnífica edificación, acompañada de sus vastos jardines y resguardada por la estatua de la diosa regente, le había resultado uno de los sitios más lindos del mundo. Por supuesto, también le había parecido imponente y, en ocasiones como esa, terriblemente aterrorizante.
Sabía el por qué estaba ahí.
Shion tenía que haberse enterado de su altercado con la Cobra; no había modo en que aquel incidente no hubiera llegado a sus oídos. Por eso había mandado a llamar por ella. Por eso y quizás por…
Tragó saliva y obligó a sus piernas a dar un paso más, y otro, hasta internarse en los pasillos del último templo. Sentía miedo; su instinto le gritaba que algo estaba muy mal. Detrás de la máscara, los ojos violetas se humedecieron. Apretó los puños, para que las manos no le temblaran y caminó erguida, a pesar de que las miradas de los guardias se sentían como lancetas clavándose por su cuerpo, dispuestas a destrozarla.
—Puedes pasar. El Maestro aguarda por ti—anunció Arles, quien esperaba por ella a la entrada del despacho del Patriarca. Abrió la puerta lentamente y le cedió el paso.
Temerosa, ella entró.
—Maestro, ¿llamasteis por mi?
—Pasa, Naiara. Siéntate.
Lo primero con que chocó, fue con la mirada rosácea y dura del lemuriano. Se congeló y, solamente cuando él la invitó a acercarse, sus pies reaccionaron y la llevaron hasta las sillas de visitas, donde tomó asiento.
Hubo un pesado silencio entre los dos, que para la amazona se sentía aún más severo que sus ojos. Quizás Shion esperaba que ella diera el gran paso y confesara sus pecados. Quizás simplemente intentaba amedrentarla. Quizás era su modo de castigarla… Lo que fuera que tuviera planeando, lo estaba consiguiendo con éxito.
Ella estaba completamente perdida. ¿Qué debía decir? ¿Qué debía hacer? Nada, aparentemente, pues estaba muda de terror.
"Lo siento", pensó en decir. "Lo siento mucho".
Sin embargo, el peliverde se le adelantó y tomó primero la palabra. Sus palabras sonaron aterciopeladas y firmes. Pero Naia sintió en ellas más hostilidad de la que había sentido en mucho tiempo.
—Sabes por qué estás aquí. —Él no la cuestionaba, ni la confrontaba. Simplemente parecía capaz de leer su mente a través de la máscara plateada. La amazona sintió que las palabras se atoraban en su lengua. —Creí haber sido lo suficientemente claro a vuestro regreso. Os pedí prudencia y también imploré por vuestro sentido común. Solo tenías que haberme escuchado y haberte mantenido lejos de cualquier lío. Pensé que, tal vez, vuestra presencia refrescaría un ambiente tenso y ayudaría a que los chicos se aclimataran de nuevo. Veo que me he equivocado. En vez de eso, lo único que has hecho… lo que has causado, ha sido arrastrar contigo a los gemelos, hasta enfrentarlos el uno con el otro.
—Nunca fue mi intención…
—¿No? Y, ¿qué es lo que pretendías, Naiara? ¿Qué es lo que esperabas que sucediera? —Su mirada se afiló todavía más, y la morena no pudo verle a la cara por más tiempo. Agachó el rostro y apretó los puños sobre sus piernas. El corazón se le rompía lentamente en el pecho. —Jugaste con ambos, a sabiendas del frágil estado de su relación. Ellos confiaban en ti y tú les has decepcionado. En lugar de contribuir a su bienestar, has desatado un infierno entre los dos.
—No hice tal cosa. Fui honesta, con lo que sentía por cada uno… Si las cosas han salido mal es porque Kanon—soltó un sollozo y se reprendió de inmediato por hacerlo—, Kanon ha perdido la razón. Nunca imaginé que todo terminara así.
—Has jugado con fuego y has salido quemada. Crees conocerlos, pero no es así. No son los críos con los creciste, sino que son diferentes. Llevan tanto dolor dentro de sí, tantos rencores, y lo que has conseguido, ha sido despertar ese resentimiento y hacerlo explotar. ¡Ha sido una decisión estúpida tras otra!
—Lo siento—musitó, con la voz entrecortada.
—Sentirlo no es suficiente. —Shion se puso de pie con movimientos fieros y, dándole la espalda, se paró frente a la ventana que miraba al Coliseo. —Les has expuesto y, con ello, has destrozado toda regla que existe acerca de los santos y vosotras, las amazonas. Me has llevado a tomar la decisión más dura de todas, y mucho me temo, que no puedo sino actuar con severidad, o el sentido de toda norma se perderá en la Orden.
—Esto no se repetirá. —Ella no era la única que rompía las reglas y Shion no podía ser tan ingenuo como para no notarlo. Pero su pecado había sido otro más grande, que no estaba contemplado en el antiguo código que los regía. —Prometo que tendré cuidado y que no te causaré ningún problema más, Maestro.
—Mi problema, como verás, va mucho más allá de una promesa tuya. Lo hecho, hecho está; no se puede deshacer y, por encima de todo, ellos han pagado las consecuencias, mientras tú te ocultas y evades cualquier responsabilidad. —Entonces, el peliverde volteó hacia ella, haciéndola respingar. —Peor aún, te has esmerado con empeorarlo.
—Shaina…—adivinó que hablaba de ella—. Ella ha comenzado todo.
—No la disculpo y ella ya ha sabido de mi. Pero si tú no le hubieras dado de que hablar, no se habría llegado a estos extremos. No soy iluso, Naiara. Sé que vosotros no sois los únicos que pasáis por encima de las reglas de fraternización entre santos y amazonas. Pero, al menos el resto de los involucrados, tiene un gramo de inteligencia como para mantenerse lejos de escándalos. Eso era algo que debiste pensar antes de llegar a este punto.
Naia no pudo responder. Su relación con Saga tenía la desfortuna de ser tan dramática, como pública y controversial. Tal parecía que todos tenían algo que opinar al respecto, menos ellos mismos. Quizás si la gente no pasara tanto tiempo mirando cada uno de sus movimientos, muchas cosas serían más sencillas para todos.
—¿Iré a los calabozos?—preguntó con resignación. La determinación en los ojos del lemuariano era un mal augurio para la amazona.
—No. —Naia levantó el rostro, con un diminuto rayo de esperanza en la cabeza. ¿Podría ser que Shion tuviera misericordia para con ella? —Una vez estuviste ahí y te las arreglaste para escapar. Aunque nunca supe con certeza como, o gracias a quien lo conseguiste, tú te marchaste de aquí y alguien más pagó el precio de tu inmadurez. —En lo que a Shion respectaba, a Saga le había costado un trono y, eventualmente, su vida y la de muchos otros. —Esta vez no cometeré el mismo error. He descubierto que, mientras estés aquí, no hay forma de que medites en las consecuencias de tus actos. Así que tengo una misión especial para ti, que comienza inmediatamente.
—¿Qué…? —El corazón le dio un brinco. No sabía que pensar, ni se le ocurría lo que seguiría.
—Ve por tus cosas y vuelve de inmediato. Tu nueva asignación se desarrollará fuera del Santuario y yo mismo me encargaré de llevarte hasta ahí.
—No…—musitó para si misma, con desesperación. Shion la miró fijamente, haciéndola caer en cuenta de su pequeña indiscreción. —Lo que quiero decir es… ¿podrías… darme algún detalle más? —"¿A dónde iré? ¿Qué haré? ¿Cuándo volveré?", fueron las preguntas que surgieron en su mente al instante.
—Te he dado todos los detalles que necesitas saber por ahora. Cuando lleguemos a tu destino, te daré aún más. Ve por tus cosas, arregla tus asuntos y regresa lo más pronto posible.
—Pero… ¿cuánto tiempo estaré fuera? —La voz le tembló hasta quebrarse. Sin embargo, en ese momento, poco le importó.
—Seré sincero contigo y te diré que no sé cuando regresarás. Vuestra pequeña aventura ha abierto una puerta que jamás debió abrirse, y el desastre que dejas tras de ti, es uno que tomará mucho tiempo para ser reparado. Tu ausencia facilitará el proceso; tendrán tiempo para pensar en ellos y no en ti, ni en lo que significas. Quizás deberías hacer lo mismo.
—Maestro, por favor… no hagas esto.
—No me has dado más opciones. —Él se encogió de hombros, con una frialdad que la dejó pasmada. —¿Por qué habría yo de tener alguna consideración contigo, cuando a ti te ha importado tan poco lo que alguna vez yo te pedí? ¿Por qué habría de confiar en ti, cuando has traicionado a las personas que, te jactas, son las más importantes en tu vida? Uno pensaría que vivir ahí afuera, en el mundo real, te habría enseñado que todo acto tiene consecuencias. Visto que no ha sido así, es una tarea que yo mismo tomaré en mis manos. Coge tus cosas y vuelve aquí de inmediato. ¿He sido claro?
El Maestro tomó asiento de nuevo y no despegó la mirada de la morena por un solo segundo. En sus ojos no había duda alguna, ni tampoco compasión. Nada lo haría cambiar de opinión.
—Comprendo—dijo ella. Shion escuchó su llanto tras de la máscara, pero no le importó en lo absoluto. Estaba furioso y sus razones eran más que válidas para sentirse de ese modo. Si Naiara no entendía por las buenas, entonces aprendería por las malas.
La amazona se levantó lentamente, con un pesar tan grande que sentía que sus piernas le fallarían en cualquier momento, y caminó torpemente hasta la puerta. La abrió muy despacio, esperando que Shion la detuviera y le indicara que su castigo podría ser menos severo. No fue así.
—Naiara. —Volvió a escuchar su voz, pero esta vez sus esperanzas fuero sepultadas por el tono grave y severo. —Lo que hemos discutido aquí, es asunto mío y tuyo. No quiero que ninguno de mis santos dorados se entere de la situación, sino hasta que sea voluntad mía decirles. ¿Has entendido? Directo a casa y luego de regreso. No soportaré un solo problema más que venga de ti.
Caelum no respondió. Echó una mirada hacia el lemuriano, por última vez antes de marcharse, y deseó con todas sus fuerzas que las cosas hubieran sido distintas para ellos. Sus ojos chocaron con la imagen del Coliseo, que se veía desde la ventana. Era tan bello, tan mágico. Había vuelto a aquel sitio para recuperar a su familia, a las personas que quería. De algún modo, lo había conseguido. Pero ahora, había pasado de tenerlo todo, a no tener nada.
"Lo siento" quiso decir una vez más. Pero las lágrimas le nublaron la mirada y un nudo enorme ahogó la voz en su garganta. "Lo siento mucho".
-X-
Había un silencio inusual entre ella y Nikos. Habitualmente, cuando el santo estaba con ella, era imposible hacerlo callar. Siempre tenía algo que contarle a Deltha y, cuando no tenía gran novedad, se las ingeniaba para hacerle plática con cualquier insignificante detalle.
Pero, cuando el moreno se apareció esa mañana en la cabaña y descubrió que Shion había convocado a Naia a su presencia, le había resultado imposible superar aquel mal presentimiento que anidó en su pecho. Tenía la sensación de que en cualquier instante, esa frágil armonía en que vivían, terminaría súbitamente.
—Se ha tardado mucho.
—La Escalinata Zodiacal es mucho más larga y cansada de lo que parece—respondió la amazona. Sin embargo, coincidía con Nikos: había pasado mucho tiempo.
—Iré a ver si puedo pillarla cerca de la entrada a las doce casas. ¡La angustia me esta matando!
—Calma. Las malas noticias llegan antes que las buenas. —O, al menos, eso era lo que ella se decía.
Según se contaba en el campamento de las Korees, Shaina había tenido su propia invitación al Templo Papal. Se rumoraba que el Maestro había puesto una advertencia sobre su cabeza, donde indicaba claramente que no habría tolerancia para escándalos como el que protagonizara antes con la amazona de Caelum. Por supuesto, aquello tenía a todo el mundo murmurando y especulando, mientras Ophicus se revolvía como una cobra embravecida, esperando por la venganza.
—¿Estás segura de que no deberíamos ir a su encuentro?
—¿Para qué? Si nos encontramos ahí afuera, todos comenzarán a hablar de… —Deltha no pudo continuar, pues en ese preciso instante, Naia entró por la puerta de la cabaña.
Ninguno de los dos se atrevió a preguntarle. Simplemente la observaron mientras se despojaba de la máscara, para dejarla en la mesilla junto a la puerta, donde siempre solía guardarla. El flequillo color oscuro cubrió sus ojos por un momento, pero cuando levantó el rostro y chocó con las miradas de su hermano y su amiga, el mundo les cayó encima a todos.
Naiara estaba destrozada.
—Cielo, cielo… —Deltha fue a su encuentro, seguida rápidamente por Nikos.
—¿Qué está pasando, pequeña? —El moreno tomó el rostro de su hermana entre las manos y limpió con torpeza las lágrimas en sus mejillas. Después la obligó a levantar la mirada, solo para sentirse sobrepasado e impotente ante la tristeza en sus ojos violetas.
—Él quiere que me vaya—dijo, entre sollozos—. Quiere que me vaya ahora mismo…
—¿Él quiere…? ¿Qué…? ¿Quién…?
—Lo sabe… —Miró a la pelipúrpura y ella supo de lo qué estaba hablando. —Y me ha culpado de absolutamente todo. ¡Está furioso contra mi!
—¿De qué estáis hablando? —El santo buscó los ojos de ambas, en busca de respuestas.
—No es el momento, Nikos.
—¡¿No?! Deltha, ella esta hablando de marcharse, ¡y yo no entiendo nada!
La pelipúrpura no supo que replicar a sus quejas. A decir verdad, Nikos tenía razón y nadie podía negársela. Además, era imposible seguir ocultando una verdad que medio mundo sospechaba y que, con la decisión de Shion, sería confirmada sin lugar a dudas.
Probablemente, lo mejor para todos era que los secretos terminaran. Al santo no iba a gustarle lo que estaba a punto de escuchar, pero no había más remedio.
—¡¿Naia?!—insistió él. La amazona bajó la cabeza e hizo su mejor esfuerzo por narrar su historia, sin que las lágrimas la interrumpieran.
—Quizás ya no es un secreto para nadie, pero Saga y yo estamos juntos… estábamos… estamos… ¡ya no sé! —Saga. Saga. ¡Siempre era Saga!
—Lo estáis. Tú le quieres y él te quiere, esto no va a…
—¡Por los dioses, Deltha! ¡No la alientes! Tú, de todas las personas, deberías saber que Saga solo trae desgracias a la gente que le rodea. ¡Sabía que esto estaba pasando! —El moreno estaba tan furioso como dolido. No solo su hermana le había guardado la verdad todo ese tiempo, sino que el elegido, el idiota que acababa de arruinarla otra vez, no era otro más que Saga. El solo hecho de escuchar su nombre le revolvía el estómago.
—Eso no es verdad…
—¡Lo es! Siempre ha sido así. ¡Solo mira alrededor! Kanon, Aioros, Shion… incluso Arles. Todo se va el demonio por culpa suya.
—¡Nada de eso fue realmente culpa suya! ¡Fue Ares…!
—¡Por que él lo permitió! Y ahora permite que te lleven lejos de aquí… —Nikos se dejó caer en el sofá y hundió el rostro en las manos. La frustración estaba matándolo.
—Saga jamás permitiría esto. Shion aprovecha su ausencia, porque de otro modo, Saga jamás le dejaría que me alejara.
—Ella tiene razón—dijo Apus. Sintiendo su apoyo, Naiara le obsequió una sonrisa triste y, después, tomó asiento al lado de su hermano en el sofá. —Y, en todo esto, quizás es el más inocente—bufó.
—Debes dejar de demonizarlo…
—Pero él es siempre culpable…
—¿No te escuchas? Juzgándole así, no eres diferente a Shion juzgándome a mi. Todos hemos tenido nuestra parte de la culpa —Tomó su mano, pero él se le levantó de improviso.
Al ver como le daba la espalda, la morena no pudo más: terminó de quebrarse. Se encogió en el sofá y, por primera vez desde que abandonara el despacho del Patriarca, dejó salir el alud de emociones que llevaba consigo.
Nikos retuvo la respiración al verla, sin evitar sentirse culpable por parte de su dolor. Volteó hacia Deltha en busca de consejo, pero todo lo que vio en su mirada fue una petición para calmarse y bajar el tono de sus exigencias. Supo que había pasado los límites cuando tuvo que ser la pelipúrpura quien fuera al consuelo de su hermana. Ella la abrazó y murmuró a su oído algo que el santo de alcanzó escuchar.
Mientras las veía fusionadas en un abrazo, se dio cuenta que él debía ser quien la consolara y quien la abrazara tan fuerte que nadie pudiera arrebatársela.
-X-
Deltha sentía que, si la dejaba ir, nunca más volvería a tenerla en sus brazos. Sabía que no podía permanecer colgada de su cuello por la eternidad, pero ya una vez la había visto marchar y no quería verla de nuevo así.
Percibía los temblores de Naia contra ella. La respiración agitada y las lágrimas que caían incesantemente las sentía en su cuello. Cuanto hubiese dado por tener las palabras y el poder para detener esa horrible situación. En cambio, ahora se veía obligada a perderla, sin que nadie ni nada pudiera evitarlo. Todo por una estúpida pelea que no tenía razón de ser.
—Hablaré con Aioros. Él quizás pueda convencer a Shion de cambiar de idea… estoy segura que lo conseguirá y… —La dejó ir lentamente. Apartó el cabello oscuro y húmedo que se pegó a la cara de su amiga, para buscar sus ojos. Solo quería ver un ápice de esperanza en ellos.
—No cambiará de opinión, Del. He suplicado, he tratado, y ha dejado pasar cada una de mis palabras. Además, tampoco quiere que nadie más sepa.
—Deja que Deltha lo intente. Si se lo pide, Aioros podría conseguir algo.
—No hay tiempo.
—¿De qué hablas? Siempre hay tiempo.
—Debo recoger mis cosas y volver al Templo Papal, ahora mismo.
—¡¿Qué?! ¡No!—exclamó Nikos.
—¿Por qué tan pronto? —La cuestionó Deltha, pero Naia tampoco tenía respuestas a esas preguntas. Shion era un gran y pesado libro, imposible de leer. —Supongo que sea por esto. Para que no haya tiempo de hacer nada por mantenerte con nosotros.
—No lo sé.
—¿Cuándo volverás?
—No lo sé. Shion no ha querido decir, pero… —"Pero tengo que la impresión de que nunca lo permitirá", pensó.
Su amiga tuvo que leerle la mente porque sus ojos volvieron a ahogarse en lágrimas y apretó los labios con nerviosismo. Después asintió repetidamente, como si intentara convencerse a si misma de que todo estaría bien. Se abalanzó sobre Naia y la atrapó entre sus brazos una vez más.
—Volverás. No importa lo que Shion piense, encontraremos el modo de que regreses. —Se limpió las lágrimas y trató de ser fuerte, aunque no lo consiguió. Era de nuevo una niña asustadiza que veía a su hermana partir con destino desconocido.
—Ni siquiera sé a donde me enviará, Del.
—Te encontraremos.
—No hagáis nada tonto, ¿vale?
—Quizás si hablo con Saga… —El moreno se dio la vuelta, dispuesto a poner de cabeza las prisiones, si eso era necesario. Pero Naia se lo impidió.
—¡No, Nikos! Escucha. ¡Nikos! —La amazona de Caelum fue tras de su hermano y, tomándole la mano, lo obligó a detenerse. —Por favor, escúchame.
—Tú… tú vas a marcharte… y ellos… —Se llevó la mano a los ojos y trató de mantener su respiración bajo control. Quería gritarles tantas cosas a la cara de los gemelos. —¡¿Cómo…?! ¡Alguien tiene que hacer algo!
—Por favor, Nikos, no hagas esto ahora. No permitas que digamos adiós estando enojados—suplicó. Sus lágrimas contagiaron a su hermano. —Se han cometido muchos errores aquí, ¡y por los dioses! Todos cooperamos para llegar a esto. Pero no quiero marcharme sabiendo que harás una tontería cuando yo no esté. Te quiero y no deseo arrastrarte conmigo. Si haces algo impulsivo y tonto, Shion no va a tentarse el corazón. No quiero que termines igual que yo. —Tomó sus manos y las apretó entre las suyas. —Promételo. Prométeme que no irás tras Saga. De todos, es quien más paga y menos debe. Lo último que necesita es esto.
—Naia, él…
—Estoy suplicando. Por favor. No dejes que me marche preocupada por ti.
—Yo… —El santo sobó sus ojos húmedos. —Vale. Yo no haré nada estúpido—musitó.
Era poco probable que cumpliera aquella promesa. Pero si con esa simple oración conseguía que la partida le doliera un poquito menos a su hermana, estaba dispuesto a morderse la lengua. Adoraba a su pequeña revoltosa, la adoraba tanto como para tragarse su orgullo y darle esa diminuta satisfacción.
No podía creer que esta a punto de perderla otra vez.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—Gracias. —Naia levantó los brazos, pidiéndole que se acercara a ella y la envolviera en un abrazo. Él no pudo resistirse. ¿Cómo podía renunciar a ella y verla marcharse?
—Todo saldrá bien. Lo prometo. —La abrazó tan fuerte como pudo y besó su melena. —Te quiero, pequeña. Te quiero muchísimo. —No quería soltarla, a pesar de que las lágrimas en su rostro ardían de tanta rabia. Era todo lo que tenía.
Deltha los contempló, librando su propia batalla contra el llanto. Quizás Shion de verdad había actuado con tanta premura, debido a que deseaba estar un paso delante de todos ellos. Pero no iban a permitírselo. Encontrarían como salvarla; lo habían hecho una vez y lo harían de nuevo.
Se acercó a los hermanos y se unió al abrazo. Eran su pequeña familia que no estaba dispuesta a perder.
—Ambos te queremos… te queremos, Naia.
-X-
El golpe de frío le caló los huesos. El viento salvaje que soplaba en la cima del santuario tibetano, revolvió la melena oscura de la amazona de Caelum. Naia se abrazó a si misma, en busca de un poco de calor. Pero el frío que sentía venía también de su interior.
En las alturas de las montañas, donde Jamir se escondía a los ojos curiosos, el oxígeno escaseaba. Respirar era una hazaña para la amazona, y el aire que entraba a sus pulmones era tan frío y áspero, que hería. El cuerpo le pesaba y la piel le ardía. Con toda la magia que Jamir encerraba, no era amable con sus visitantes. El único consuelo para aquellos que se aventuraban en aquellas tierras áridas, era el hermoso paisaje que se formaba a lo lejos, donde los Himalayas dibujaban bellas figuras que decoraban el horizonte.
Desafortunadamente, toda esa belleza se había opacado ante los ojos de Naiara. Jamir no le traía nada más que tristeza y desesperanza.
—Aquí es donde te quedarás. Dentro de la torre encontrarás todo lo que necesitas para estar cómoda, aunque no esperes ningún tipo de lujo ahí adentro—explicó Shion—. También encontrarás las armaduras que debes reparar. Vendré constantemente a supervisar tu trabajo.
—¿Cuándo termine con esto podré regresar al Santuario?
—Esa no es la pregunta que debes hacerte ahora mismo. Hay cuestiones más importantes que considerar, antes de siquiera cuestionar si regresarás algún día. —Sus palabras sonaron gélidas y cayeron sobre ella como una bofetada. Se sintió más asustada y desvalida que nunca. —Preocúpate de hacer bien el trabajo que se te ha asignado. De nada más.
Sin ninguna réplica que ofrecer, Naia decidió que el silencio era su mejor aliado. Tampoco podía decir demasiado, pues el temblor de su voz era imposible de ocultar a esas alturas.
En cambio, bajó el rostro y siguió con la mirada al Patriarca, enfocándose en disimular el llanto.
Con todo su dolor, no podía negar que Shion lucía majestuoso en aquel sitio. Jamir, la cuna de su raza, despertaba la belleza y elegancia propia de los lemurianos. Al pie del precipicio, con la melena al aire y la sangre joven que Athena le había regalado, el peliverde evocaba el pasado glorioso de aquel linaje casi extinto.
—El pueblo se encuentra bajando por la pendiente, hacia el Oeste. La gente ahí está acostumbrada a nosotros y a nuestro mundo mítico, así como lo está la gente de Rodorio. Son gente noble y cargada de buenas intenciones. Nadie te negará ayuda si la necesitas. —Mientras hablaba, ni siquiera volteó para mirarla. Shion solo miraba al horizonte. —Para llegar ahí, tendrás que cruzar la Tumba de la Armadura. Supongo que sabes a que me refiero. No debes temer, pues no serás reconocida como extranjera ante los guerreros caídos. Si necesitas provisiones, desciende hasta el pueblo, sin mayor problema. Asegúrate de que la noche no te pille lejos de la protección de la Torre. Estamos en pleno invierno y, si ahora mismo sientes frío, te garantizo que cuando el Sol se oculte, será mil veces peor. La temperatura suele descender por debajo de los cero grados en esta época del año.
—Sí, señor…
—¿Hay algo más que necesites saber? —La amazona meneó la cabeza con pesar. —Bien. En tal caso, te dejaré. —Entonces, Shion la enfrentó y miró directamente a los ojos de plata. —Te daré un último consejo, Naiara; escucha bien. Reflexiona sobre esto, sobre todo lo que ha pasado. Ya no eres más una niña, y el mundo no gira alrededor de ti y de tus caprichos. Sé un adulto y aprende a afrontar tus faltas. Piénsalo, tendrás tiempo y espacio de sobra para meditarlo detenidamente.
Naia guardó silencio. Cada palabra era severa, injusta y dolorosa. Ella, que había vuelto al Santuario llena de ilusiones, ahora se encontraba lejos de Grecia, con el corazón roto y una soledad espantosa pesando sobre sus hombros. Estuvo a punto de suplicarle una vez más a Shion para que no la dejase ahí, a pesar de que sabía que él jamás la escucharía. Aún así, su lengua se negó a responderle y no tuvo el valor de hacerlo. No quería enfrentar nuevamente la brutalidad de su rechazo.
Vio, con la impotencia más absoluta, como la figura del Patriaca desaparecía. Fue entonces, cuando de verdad se encontró sola en esa tierra desierta, que las fuerzas la abandonaron. Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas al suelo. Arrancó la máscara de su rostro, permitiéndose llevar por la tormenta de emociones, y lloró todo lo que pudo, sin que nadie estuviera ahí para consolarla.
No creía merecer un castigo tan cruel. No merecía perder a quienes más quería en el mundo y por quienes había abandonado toda su vida pasada.
Y ni siquiera había podido despedirse de Saga; no había podido besarlo y acariciarlo. Shion le había robado la oportunidad de sentir sus brazos una vez más y de decirle lo mucho que lo quería, quizás por última ocasión.
-X-
El inusual silencio sepulcral que encontró en los calabozos, le sorprendió. Alzó uno de sus lunares, preguntándose a si mismo, qué milagro había acontecido para que semejante situación se hubiera dado. Sin embargo, Shion no era tan ingenuo como para pensar que finalmente hubieran firmado la paz. No después de lo que había escuchado la última vez.
Caminó sin hacer ruido hasta que quedó en el lúgubre pasillo que transcurría entre las dos celdas. En aquel punto, un repetitivo sonido llegó a sus oídos. Vio a la izquierda, donde Kanon permanecía sentado en un rincón, lanzando diminutas piedras una y otra vez a la pared de enfrente. Aquel era el misterioso y único ruido de la prisión. El menor reparó en él apenas un segundo después. Detuvo su pequeño juego y lo miró con interés. Entreabrió los labios, dispuesto a decir algo, pero Shion volteó hacia el otro lado, en busca de su hermano.
Si Saga sabía que estaba ahí o no, no lo sabía. Permanecía tumbado en su camastro, con los ojos cerrados, y si no le hubiese conocido mejor, hubiera dicho que estaba dormido. Pero no transmitía esa paz ni de ningún modo.
La expresión de Shion se tornó más severa. Debía admitir que le preocupaba la reacción del peliazul… porque no tenía ni la más remota idea de qué esperar.
—Saga. —Le llamó.
—¿Qué? —Apenas un pequeño temblor de sus párpados delató la sorpresa, pero no abrió sus ojos.
—En pie. Sales. —El Patriarca abrió la puerta de la celda, a la vez que los ojos verdes del más joven lo cuestionaban. —No voy a repetirlo.
Saga se puso en pie, tratando por todos los medios de no salir corriendo de aquel inmundo agujero de pesadillas a la menor oportunidad. Reunió toda la maltrecha dignidad que le quedaba, y salió. Y aunque no dijo nada, cuando miró sobre el hombro de Shion, a la celda de enfrente, sus labios se curvaron en una minúscula y apenas perceptible sonrisa llena de victoria y desafío. Sin embargo, los ojos del peliverde se entrecerraron a modo de advertencia poco sutil.
—¡Ey!—exclamó Kanon desde el otro lado, poniéndose en pie de un salto, y aferrándose a los barrotes que les separaban. Pero no era la atención de su gemelo la que buscaba, sino la de Shion. —¡No es justo que…!
—Silencio. —Shion se dio la vuelta y lo encaró, cortando sus protestas. —Vendré por ti más tarde.
Sus ojos rosados hablaban por si solos. Estaba cansado de juegos peligrosos, de palabras venenosas y miradas retadoras; aquel no era un buen momento para enzarzarse en otra discusión. Si lo hacían, no sacaría a ninguno de los dos Géminis de allí, en aquella vida.
Después, sin decir nada más, tomó del brazo a Saga y, alzando levemente su cosmos, desaparecieron en la nada.
-X-
Aparecieron en su despacho apenas unos segundos después, y Shion se aseguró de no soltar al geminiano al menos por un momento más. No importaba la fortaleza que uno tuviera, los calabozos siempre dejaban una marca. La oscuridad, la humedad, el olor, el camastro, la comida consistente en pan duro y agua, pero sobre todo, la ausencia total de sus cosmos…
Saga se tambaleó ligeramente. Tras haberle privado de su cosmoenergía durante tanto tiempo, esta volvía a él a toda prisa, probablemente sobrecargado su cuerpo. Además, Shion sabía que la teletransportación no lo hacía más fácil.
Solamente lo soltó unos segundos después, cuando se aseguró de que el peliazul no fuera a desplomarse. Se acercó hasta la mesa, y se apoyo en ella cruzándose de brazos. Lo observó con detenimiento, exactamente igual que hacía el geminiano con él. Se veía cansado, y su rostro aún lucía las consecuencias de la pelea, fracasando en disimular sus ojeras. Ahora mismo, Saga era un desastre y se veía como tal. Sin embargo, Shion reparó en que lo que realmente le impresionaba y preocupaba, es que ya le había visto lucir así antes. Sin querer se estremeció.
—¿Y bien?—preguntó el peliazul con impaciencia. El Patriarca se cruzó de brazos consciente de lo que estaba por venir. —¿Has decidido poner fin a esto?
—Si. Exactamente. —Prefirió ignorar el tono levemente insolente. —Has de saber que las cosas cambiarán a partir de hoy. —Al menos, Saga guardó silencio. —No voy a consentir más juegos de niños. ¿Queda claro? Si las cosas vuelven a salirse de control, Saga, tomaré medidas más duras—continuó callado, como si de alguna forma supiera que aquello no era todo—. Si Kanon y tú volvéis a protagonizar una estupidez de este calibre…—Saga se sopló el flequillo, y Shion supo de manera inmediata que no tenía caso seguir por ahí. —Hay algo que debes saber.
—¿Si? ¿El qué?
—Naiara está fuera del santuario cumpliendo una misión individual por tiempo indefinido.
Naiara. Fuera. Indefinido.
Saga no atinó a escuchar nada más, y si lo hizo, el resto de palabras cayó rápidamente en el olvido. Su expresión desencajada fue obvia para Shion, que sin apenas darse cuenta, se tensó ligeramente donde estaba. No esperaba que tomara la noticia bien, y ahora que ya lo había anunciado, solo quedaba esperar.
—¿Qué? —Atinó a decir tras un momento de titubeo, donde sus labios se habían movido, pero su voz se había negado a salir. —¿Qué has…?
—Me has oído.
—¡No tenias derecho a tomar esa decisión! —Levantó la voz y Shion frunció los lunares.
—No me alces la voz.
—¡Entonces deja de tratarme como a un mocoso!
—Te comportas como uno.
—¡Y una mierda!—espetó con rabia—. Eso es lo que te gustaría que fuera. Un niño obediente, que te mira y ve a un dios, que no ve más allá de ti porque ser como tú es el único objetivo, el verdadero sueño. Te encantaría que fuera un mocosito casi inocente y manejable de nuevo. Que acudiera corriendo a ti a cada paso del camino. —Tan alterado como sonaba, Shion no supo cómo interrumpir. Quizá, porque de alguna manera, todo lo que había dicho le había tocado el corazón. Era su pequeño después de todo… —¡Debo ser una marioneta maravillosa! Debe ser jodidamente apasionante manejar mi vida de la manera en que a todos os resulte más conveniente, pero ¿sabes qué? Estoy harto.
—Saga…
—No. Silencio—ordenó con una autoridad tal, que como muchas veces había sucedido en aquellos meses, era imposible para Shion no darse cuenta de lo diferente que era Saga ahora—. Si querías que viviera una vida real, debiste dejarme vivirla. Si no, si solamente era un cuento para convencerme de que resucitar por tercera vez era una oportunidad, podías haberte ahorrado toda la palabrería inútil. Porque realmente te creí.
—Cálmate. —Él no sonó, ni mucho menos, menos autoritario. Sin embargo, desde donde estaba, casi podía escuchar el corazón de Saga al ritmo al que las palabras escapaban de su boca. Rápidas, afiladas, plagadas de dolor, certeras.
—Solamente estás haciendo esto porque le rompí un par de deditos a Kanon, porque se vio envuelto—continuó—, y es exactamente lo que él quiere. Le has dado su anhelada victoria, como siempre terminas haciendo. Es el hijo pródigo para ti, pero, como creo que no lo sabes, te diré que Kanon carece de empatía alguna. Hace las cosas porque le place hacerlas, porque en su mundo solo existe él, él y lo que hace el mundo para despreciarle. —Se detuvo un segundo, solamente porque el torrente de palabras había surgido de tan adentro, a tal velocidad, que se había quedado sin aire. —Proclama como suyo lo que no le pertenece. Pero, ¿Sabes lo mejor? Solo lo hace para poder pisotearlo después, para poder romperlo, y destruirlo frente a alguien a quien si se preocupa, a quien si le importa. Es un genio en eso. Siempre lo ha sido y tú siempre se lo has permitido mirando para otro lado. No deberías haber dado tanta importancia a esto, no deberías haberlo hecho asunto de estado en el Santuario entero. Porque le has dado la razón. Kanon sabe como hacer de mi vida un infierno y lo hará hasta que se aburra y encuentre algo más divertido a lo que dedicar su tiempo. A ti parece maravillarte. —Shion se levantó de su improvisado asiento, y se acercó un par de pasos hacia él. Pero Saga no se vio intimidado por la señal, y continuó con sus protestas. —Pues adelante, has tomado tu decisión. Tú eres el Patriarca. Has sacado a Naia sin que ella tuviera culpa alguna solo porque sigues enamorado de un sueño imposible. Kanon y yo no somos nada. Nunca seremos nada. ¿Entiendes? Esta la segunda vez que no te tientas ni un poco en tomar una medida drástica con ella solamente porque nos afecta a nosotros. No hubieras hecho lo mismo con nadie más.
—Es temporal.
—¿Te parezco imbécil? ¿O de pronto te consideras tan buen mentiroso?
—¡Saga! —Esta vez fue él quien alzó la voz. —No voy a consentirte una sola palabra más fuera de lugar. Soy el Patriarca, como haces bien en recordar, y estas en esta situación porque tú te has metido en ella. No lo olvides. Contrólate.
—No quiero controlarme. ¡No entiendes nada! —Se llevó las manos a la cara con cansancio y frustración, y se sobo los ojos. —Y nunca te has esforzado por entender—musitó—. Te resulta más fácil tomar las decisiones ignorando el daño que le haces a una de las partes y siempre ha sido así. He pasado mi vida buscando desesperadamente tu aprobación en cada paso del camino, y tú nunca te diste cuenta. Siempre creí que tenías un buen motivo para tomar las decisiones que me afectaban. Pero ya no soy ese niño. Ese mocoso esta muerto y enterrado, y ahora, no puedes esperar que apruebe tus métodos y acate tu voluntad solamente porque sea la tuya.
—Soy el Patriarca, y tú un santo de Oro—siseó—. Soy el encargado de tomar las decisiones para que el Santuario marche adelante, y esas decisiones son necesarias. No importa que te parezcan justas o injustas. Lo sabes.
—Si, pero eso no te da derecho alguno a interceder en mi vida personal. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué ahora? ¿Por qué no cuando realmente lo necesitaba?
—¿Quieres saberlo realmente? —Se encogió de hombros, esperando por su respuesta.
—Soy todo oídos.
—Porque no estas preparado para algo así. Vas a salir a herido, y no vas a saber lidiar con ello. Cuando Naiara llegó la advertí de que mantuviera la distancia…
—¿Qué hiciste qué…? —Dejó escapar una carcajada de impotencia y negó con el rostro. —¡Deja de tratarme como a un niño indefenso e inútil, por los dioses! No lo soy.
—Emocionalmente, lo eres. —Saga ladeó el rostro, pero antes de que dijera nada más, Shion alzó una mano, callándolo, y continuó. —Tu fortaleza viene de otro punto, Saga, no de tu lado emocional. El camino que recorremos en la vida es el que nos hace así y el tuyo no ha sido fácil. Quebrarte es sencillo cuando se logra atravesar la muralla que tan hábilmente has construido alrededor tuyo.
—Gracias, gracias—murmuró, dejándose caer en la silla. Se sobó los ojos una vez más, y sin mirarle, continuó. —Siempre me ha servido de mucho la plena confianza que has demostrado en mi fracaso. Siempre.
—Saga, no exageres…
—No, no exagero nada. Al final, siempre es igual. Se resume en lo mismo. Soy casi, casi, excelente… Pero nunca me desharé de ese casi, y de un modo u otro, siempre me lo dejas bien claro. No voy a decirte que abras bien los ojos y observes, porque aunque tú no puedas verlo todo, sé que es prácticamente imposible burlar a los ojos de Arles. —De alguna manera, Shion sintió que sus palabras albergaban un sentido mucho más amplio. Un reproche camuflado. —Estas aplicando conmigo la única excepción. Sé de sobra que la ley es estúpida. Quizá trece años no hayan sido casi tres siglos en ese trono, pero aprendí algunas cosas. Entre ellas, esa.
—Entonces tienes que saber que la ley es importante. Llegada una guerra, un santo no la afronta de la misma manera si…
—Si ¿qué? ¿Si tiene algo que perder? ¿Esa es la confianza que tienes en nuestra fe o compromiso con la Orden, con Athena? Carece de sentido y es insultante. Al menos puedo hablar por nosotros, por el rango dorado. Se supone que hemos sido tus pupilos más cercanos, que conoces nuestro nivel de compromiso. ¡Joder! Estabas ahí cuando Hades nos sacó de la tumba. Viste hasta donde llegamos. ¿Realmente tienes motivos para dudar de nuestro compromiso con la orden porque estemos con una mujer? ¿En serio?
—¡No estoy diciendo eso! ¡Solo digo que es más difícil pelear! ¡Es más difícil mantener la calma, la concentración si ese alguien querido está en peligro! Y tenemos una guerra inminente, hijo, una guerra que no tenemos la menor idea por donde va a golpearnos y tu situación en ella es delicada. Muy delicada. No tengo que recordártelo, ¿verdad?
Saga guardó silencio por primera vez. Lo miró a los ojos, y Shion no distinguió nada en los suyos. Era como si toda la emoción con la que había hablado desde que llegara al despacho, se hubiera esfumado dejando tras de si la frialdad y el vacío de una estatua de piedra.
—Era la primera vez que tenía algo mío—habló con una suavidad que a Shion le resultó inesperada, mientras se llevaba la mano al pecho—. Algo bueno, algo bonito y agradable… Sin heridas, sin golpes, sin veneno u ambición… Naia es…—su voz se entrecortó y clavó la mirada en sus manos. Después de todo lo que había dicho no pensaba confesarle sus sentimientos. Especialmente cuando era probadamente torpe en ello. —Me la has quitado. —Alzó la vista de nuevo y lo miró a los ojos. —Me la has quitado tú, y por lo que has dicho, entiendo que te parece mejor así.
—Entiendo que a veces los sentimientos nos nublan, Saga… pero cuando te calmes y lo pienses con tranquilidad, veras que hay cosas por las que no vale la pena enfrentarse a tu propio hermano. Las personas van y vienen, pero la familia permanece, aunque no lo parezca.
—Ahórratelo. Ya sabes lo que pienso al respecto. ¿Familia? —Negó con el rostro. —¡Por Athena! —Se sopló el flequillo. —No has escuchado nada de lo que dije.
—¿No te das cuenta de lo que ella ha trastocado tu manera de ver las cosas?
—Me doy cuenta, si. —Se puso en pie y caminó hacia la puerta. —Ahora paso algo más de tiempo pensando en otras cosas además de sangre, muerte, suicidios, venganza y dioses de la guerra. Como ves es un cambio terrible… —Lo vio de soslayo. —Pero también me doy cuenta, de que cada acción conlleva una reacción, no soy tan ingenuo. ¿Puedo irme ya? Estoy cansado.
Shion, con el rostro grave, asintió; y antes de que pudiera decir nada más, Saga desapareció en la oscuridad de la Otra Dimensión.
-X-
Milo se rascó la nariz. La peste a humedad y el rancio olor a muerte que rondaba por los calabozos le hería el olfato. Sin embargo, creía haber tomado la decisión correcta y solo por eso estaba dispuesto a soportar el terrible hedor.
Se detuvo a la entrada de las prisiones, desde donde podía escuchar con claridad las voces de Shion y de Kanon, adentro. A decir verdad, esperaba un poco más de drama del que estaba escuchando. Le sorprendió grandemente que el menor de los gemelos mostrara tanta indiferencia ante las oscuras noticias sobre el destino de Caelum. No pudo evitar sentirse frustrado, y ligeramente irritado, por la falta de argumentos del peliazul. A pesar de eso, había llegado ahí con una misión y estaba dispuesto a cumplirla.
—¿Tienes prisa?—increpó cuando vio la sucia y desastrosa figura de Kanon emerger hacia el Sol. Se guardó para sí una diminuta sonrisa, cuando le vio arrugar los ojos, acostumbrados a la oscuridad de su prisión.
—¿Eres del comité de bienvenida, o qué?
—Digamos que soy el presidente y único miembro del comité de prevención de desastres geminianos. —Sonrió ante su propio chiste, aunque al gemelo no le resultó divertido. —También soy tu anfitrión. ¡Enhorabuena! Has ganado una estancia como inquilino distinguido en Escorpio. Tú vienes conmigo.
—No estoy interesado.
—Oh, sí que lo estás.
—No. Tengo un templo al cual volver—dijo Kanon, mientras tomaba a tropezones el camino que guiaba a su casa.
—No creo que desees ser el okupa de Géminis en los próximos días. Shion ya te ha contado lo que pasará con Caelum y me parece que eres lo suficientemente inteligente como para saber que no quieres meterte con Saga en este momento. Es instinto de supervivencia puro, Kanon.
—Vete al demonio, Milo—ladró.
Pero el santo de Escorpio no estaba dispuesto a darse por vencido tan fácilmente. Saga y Kanon eran sus hermanos mayores favoritos, y tenía todas las intenciones de conservarlos a ambos. Si debía abusar de su condición de hermano menor consentido, entonces lo haría, con tal de evitar una nueva pelea, que solo complicaría más la ya precaria situación que ambos atravesaban.
Esta vez sería insistente y no permitiría que Kanon se le escapara. Aún si tenía que arrastrarlo de los pelos hasta el octavo templo, lo llevaría consigo a como diera lugar.
—Venga, Kanon. No seas testarudo. —Fue detrás de él. —Solo serán algunos días. La pasaremos bien; será divertido y tendrás tiempo para relajarte un poco. Incluso ya me tomé la molestia de traer un poco de tu ropa a Escorpio. —Aquella última aseveración hizo que el mayor se detuviera de golpe.
—¿Hiciste qué?
—Te conseguí un poco de ropa. —El escorpión esbozó el mejor gesto de inocencia que tenía en su repertorio.
—¿Hurgaste entre mis cosas?
—Técnicamente, no. Solo tomé algo de ropa limpia para que tuvieras en casa. —Encogió los hombros. —Por cierto, si algún día necesitas ayuda para limpiar ese basurero al que llamas tu dormitorio, estoy dispuesto a ser un buen hermano pequeño y darte una mano.
—Ya te dije que no estoy interesado.
—Anda, por favor. No me hagas suplicarte.
—No.
—Entonces, ¿tendré que sobornarte?
—Milo…
—Tengo un buen vodka en casa. Oh, y un gran whisky. —Kanon quiso interrumpirlo, pero el chico no se lo permitió. —Y, no se lo digas a Camus, pero me robé un par de botellas de vino fino de su despensa. ¡Solo para nosotros! Dime que vendrás.
Fue en ese momento que Kanon cayó en cuenta de que no conseguiría deshacerse del bicho, sin importar cuanto se esforzara. En el fondo, debía reconocer que Milo tenía razón: las cosas estaban demasiado revueltas en Géminis como para regresar en ese momento. Lo mejor era dar un paso atrás, tomar un respiro y aclarar la mente. No lo admitiría en voz alta, pero las decisiones de Shion le había dejado más sacudido de lo que pensaba.
Por supuesto, nadie tenía porque saber las razones por las que se alejaba. En lo que respectaba al resto, el gemelo se tomaría unas vacaciones, solo para aprovechar una buena copa de alcohol con el revoltoso de Milo. Nada más.
—Solo serán unos días. —Sopló sus flequillos y fingió indiferencia. —Cuando quiera irme, me marcharé y no intentarás detenerme, ¿entendido?
—Entendido. ¿Algo más?
—No por ahora.
—¡Perfecto! ¡Pues marchemos hasta Escorpio!
Kanon masculló alguna queja adicional, pero no puso más resistencia. Agradecía también que el descenso hasta el octavo templo era menos dramático que ir a Géminis. Sus piernas estaban entumidas después de todos esos días de encierro infernal.
-X-
—Pruébalo. Te reconfortará—dijo Milo, mientras servía una taza humeante de chocolate a su invitado.
Había aprovechado el tiempo que Kanon tardó en darse un buen baño, para prepararle algo sencillo pero sustancioso de comer. Después de todos esos días comiendo a base de pan duro y agua, seguramente estaba famélico. ¿Qué clase de anfitrión sería si no le ofrecía algo decente de comer?
—Gracias. ¿Tú preparaste esto?
—Soy un cocinero decente. Ventajas de haber vivido solo por muchos años. —Se sirvió un poco de la bebida caliente también, para hacerle compañía.
—Te entiendo.
—¿Estás más tranquilo?
—Estoy más limpio.
—Oye, algo es algo. —El escorpión se llevó la taza a los labios y, mientras soplaba un poco, miró de reojo al gemelo, con la sensación de que Kanon tenía más cosas que decir de las que se atrevía.
Transcurrieron algunos pocos segundos de silencio, en los cuales el sonido de la vajilla resonaba con más fuerza de la que debería. Milo no quería ser insistente, pero con cada segundo que pasaba, se sentía más y más desesperado porque Kanon dijera cualquier cosa que le demostrara que seguía estando cuerdo.
—¿Cómo te enteraste de lo de Naia? —El peliazul más joven estuvo a punto de pegar un grito de victoria cuando escuchó la pregunta surgir de los labios de Kanon. Era excelente que fuera él quien diera el primer paso.
—Por una escueta notificación que Arles me entregó a nombre del viejo. ¿Puedes creerlo? Decide mandarla a saber dónde, y solo me envía una nota ridícula para avisarme, a mí, que soy su superior.
—¿Qué esperabas?
—Algo más sustancioso. Ni siquiera dice para donde se la lleva o bajo cual pretexto.
—Tiene motivos para no decirlo.
—¿Crees que Saga iría tras de ella?
"Si tiene el valor de luchar por ella, lo hará", pensó. Pero se guardó sus ideas para sí, evitando cualquier otro cuestionamiento al respecto con un suave gesto de cabeza que denotaba indiferencia.
Milo torció la boca, contrariado. Caelum no era solamente su subordinada, sino que también la consideraba una amiga. Y, si de algo gozaban las amistades del escorpión, era de su infinito aprecio. Desaprobaba terriblemente la decisión visceral que había tomado Shion, considerándola excesiva. Sin embargo, reconocía que no había nada en su poder que le hiciera cambiar de opinión. Tampoco tenía oportunidad alguna. Todo se había dado con tal rapidez, que resultaba ridículo y desesperado por parte del lemuriano.
—Creo que se me ha pasado un poco la mano con todo ese asunto… —Milo luchó por no atragantarse cuando oyó a Kanon confesar su arrepentimiento en un susurro apenas perceptible. —Estaba furioso y todo eso, pero ahora… Maldición. Lo llevé demasiado lejos.
—Palabras tuyas, pero estoy de acuerdo.
—Soy idiota. No pensé en que el viejo se tomaría la oportunidad para cargarse a Naia.
—¿Con quien pensabas que iba a desquitarse? Shion sabe que estáis jodidos del cerebro y que eventualmente os liaríais a golpes, pero si puede culpar a alguien más por eso, sabes que lo hará.
—Lo sé. Debí pensarlo. —Era un maldito genio y había pasado por alto el factor Shion.
—¿Qué pasará ahora?—preguntó. Pero Kanon no supo darle ninguna respuesta. Milo chasqueó la lengua. Confiaba en que al menos Saga tuviera mejores ideas que su gemelo y que, de algún modo, los problemas de Caelum se solucionaran. Alguno de los genios del Santuario tenía que pensar en un plan brillante. —Te diré que pasará ahora—dijo tras un momento de reflexión y respondiendo a su propia cuestión—. Tú te quedarás aquí por unos días y tratarás de calmarte un poco. Con un poco de suerte, para cuando regreses a Géminis, ninguno de los dos se romperá la cara de nuevo… o los dedos. —Miró a la mano vendada de su hermano. —Pensaremos en algo. Esto tiene que solucionarse, sí o sí.
—Supongo que alguien tiene que ser optimista.
—Ese soy yo. Siempre soy yo. —Palmeó el hombro del gemelo. —Y tú, pierde cuidado. Sabes que puedes confiar en mi para guardar el secreto de que en realidad tienes una conciencia y un corazón. —Milo rió al ver la mueca de Kanon y continuó. —¡Ah! Y una cosa más.
—¿El qué?
—Eres bienvenido para quedarte en Escorpio cuando te apetezca. Ten un poco más de cerebro la próxima vez y no armes un escándalo. Ven hasta aquí y cuéntame tus penas. Las penas con vodka son más llevaderas. —Le guiñó el ojo.
—Con vodka. No con chocolate.
El geminiano estaba seguro de que no sería la última vez que abusaría de la hospitalidad de Milo. También estaba seguro de que los problemas no se solucionarían mágicamente. En lo que a él respectaba, seguía furioso con su hermano. Pero tenía que admitir que, ese odio que sentía por él, lo había arrastrado muy lejos de su cordura una vez más.
Ahora Naia estaba a cientos de kilómetros de ahí, con paradero desconocido y sin que nadie pudiera hacer nada para ayudarla.
Y todo por la maldita culpa de Saga y… la suya.
-X-
—No tenías que venir. Puedo hacerme cargo de todo esto solo.
—¿Solo? —Aioros miró a Shura de soslayo y sonrió. —Solo. —Después continuó ordenando el montón de papeles que parecía no tener fin. Catorce años de desorden eran difíciles de erradicar. — Solo… con Tatiana y Eire, por supuesto que sí.
El español le miró con fastidio. Por lo que veía, el arquero se encontraba ligeramente divertido con la situación, aunque no estaba realmente seguro de lo que eso significaba.
—¿Quién te ha dicho?
—Tatiana, no. Ella es realmente discreta, pero Eire es su némesis al respecto. Es una chiquilla de lo más inquieta y refrescante. Creo que es la única amazona en este sitio se comporta como una chica de su edad. Es bueno ver un poco de normalidad por aquí.
—Es un torbellino de energía.
—Lo es. ¿Por qué no dijiste que necesitabas ayuda con todo este trabajo?—preguntó el arquero—. Saga lleva días en el calabozo, era normal que te superara todo esto.
—No quería molestar a nadie. Además, como ya sabes—lo miró con un gesto entre fastidiado y divertido—, tengo toda la ayuda que necesito.
—Me haces sentir culpable.
—Nah. Pierde cuidado. La pasamos bien.
—Oh, ya lo creo…
—Cierra la boca. No es lo que estás pensando. —Aioros sonrió con picardía y el santo de Capricornio le lanzó un lápiz que terminó enredado en sus melena. Cuando vio a su amigo sonrojarse, el arquero no pudo evitar que la sonrisa que tenía en los labios se ensanchara.
La verdad era que Shura se había acostumbrado a gastarse las tardes en la cabaña del campamento de las Korees, escuchando el parloteo incesante de Eire y teniendo conversaciones cuanto más que interesantes con la amazona de Lince. Había descubierto que tenían muchas cosas en común y que sus diferencias siempre eran edificantes.
Estando ahí, se olvidaba por un rato del caos que eran las doce casas. Además, había pensando que lo mejor que podía hacer por Saga, era aligerar el trabajo que le esperaba cuando Shion decidiera dejarles libres. También era lo único que podía hacer por él.
Pero antes de que pudieran retomar su conversación, la puerta de la cabaña de abrió. Shura levantó la vista y Aioros volteó en busca de la identidad del recién llegado.
—¡Del! —Sonrió al reparar en la amazona de Apus, pero poco le duró aquel gesto en los labios. Se puso de pie cuando la vio cerrar lentamente la puerta y apoyar la espalda sobre ella con pesadumbre. Lloraba; lo notaba en el vaivén acelerado de su pecho y en los sollozos que escapaban a través de la máscara. —Oye, ¿qué pasa, linda? ¿Estás bien? —Fue por ella y apartó la máscara de su rostro en busca de sus ojos marrones.
—Se ha ido—musitó la amazona.
—¿Qué? ¿Quién?
—Se ha ido. Naia se ha marchado… —Los ojos azules de Aioros se abrieron con espanto. Shura se levantó de su asiento a toda prisa, sin dar crédito a lo que estaba escuchando. —Shion se la llevado lejos de aquí. No sé si volverá…
—Pero, ¿qué dices? ¿Cómo que Shion se la llevó?
—Mandó a llamar por ella—explicó entre sollozos—. Le dijo que no iba a permitir que continuara destruyendo la relación de los gemelos, que lo que había hecho tenía un costo muy alto para todos y que ella también debía de pagarlo. Decidió mandarla lejos, confiando en que las cosas se solucionarán toda vez que no estuviera aquí. ¡Es muy injusto, Aioros! ¡No tenía porqué hacer tal cosa!
Cuando Deltha se tiró en sus brazos y hundió el rostro bañado en lágrimas en su pecho, lo único que Aioros atinó a hacer, fue a envolverla en un abrazo e intercambiar miradas con Shura, tan desconcertado como él mismo.
El español se acercó a ambos, complemente descolocado. No sabía que decir, ni tampoco sabía que hacer. A juzgar por el rostro de Aioros, él tampoco tenía la menor idea de lo que estaba sucediendo y de cómo hacer alguna diferencia. Si lo que la amazona decía terminaba por ser cierto, entonces todo se complicaría más, en especial cuando Saga se enterara.
—A ver, a ver, Del. —Aioros la separó suavemente de él y la ayudó a sentarse en la silla que Shura acercó. —Respira profundo y cuéntanos todo, tal y como ha sucedido. ¿Cómo es eso de que Shion la he enviado lejos?
—Esta mañana, mandó por ella y le avisó que la mandaría fuera del Santuario. Cuando Naia vino a la cabaña, estaba… —El corazón se la partió tan solo de pensar en la mirada destrozada de su amiga, y el llanto hizo mella en ella nuevamente. —Después se marchó.
—¿A dónde?—preguntó el español.
—No lo sé. No le dijo a donde irían. Solo le dijo que cogiera sus cosas, pues se marchaban de inmediato…
—¿Y Shion no dijo cuando regresará? ¿Tampoco ha dicho qué es lo que haría fuera del Santuario?
—No.
—¿Estás segura de eso?
—Sé lo que escuché, Aioros. —Se sobó los ojos húmedos y se ahogó con sus propias lágrimas. —Naia no sabía a donde iba a irse, ni tampoco sabía si algún día la dejarían volver. Ha vuelto a exiliarla… Esto no puede estar pasando de nuevo.
Ambos santos retuvieron la respiración. En las cabezas de cada uno, se dibujaron panoramas oscuros y se levantaron millones de inquietudes que ninguno se atrevió a decir en voz alta.
Aioros apenas podía creer lo que estaba sucediendo. Sabía que todo se encontraba de cabeza, que Shion estaba furioso y que los gemelos se había vuelto incontrolables, pero nunca, nunca, le cruzó por la mente que el lemuriano llegara a tal extremo, como para tomar una decisión tan errada e implacable como esa.
Se llevó las manos a la cabeza, enredando los dedos en los rizos revueltos y respiró profundamente. Tenía que mantener la calma a como diera lugar. Saga estaría devastado cuando saliera de las prisiones y necesitaría paciencia, mucha paciencia para él.
—¿Qué podemos hacer? —Oyó la pregunta de Shura, para la que no tenía respuesta.
—No lo sé.
—Tienes que hablar con Shion—suplicó Deltha. En aquel momento, esa era la única opción que tenía. —Quizás te escuche y comprenda que está equivocado… quizás lo hagas entrar en razón. Por favor, Aioros…
—Yo… yo… lo intentaré—respondió—. Buscaré a Arles, o a Dohko, para ver si alguno de ellos puede ayudarnos con esto. Maldita sea—musitó—. No imaginé que llegáramos a esto.
—Dohko podría ser una mejor opción—comentó Shura, aunque él mismo no estaba seguro de nada fuera a funcionar.
Entonces, a Aioros se le ocurrió sondear el sitio con su cosmos, con la esperanza de ubicar a Naiara y adivinar su paradero. No fue así, pero sí encontró algo que le resultó sorpresivo.
—Saga está fuera—dijo. Su aseveración robó la atención de los otros dos.
—¿Qué? ¿Desde cuando?
—No lo sé, pero... Su cosmos lo ubica en Géminis. —Aioros sabía que la única razón por la que Saga mantenía su cosmoenergía latente, era porque hacía lo mismo que él: buscar por Naia. —Debo ir a verle. —Miró a su amigo.
—Ve. Yo me quedaré con Deltha hasta que se tranquilice un poco.
—¿Estarás bien?—preguntó a la pelipúrpura.
—Sí. Ve, ve a buscarle. —Se secó una lágrima. —Tenéis que solucionar esto. Usad vuestros cerebros de genios.
—Volveré tan pronto pueda. Cálmate un poco, ¿vale? Te prometo que haré todo lo que pueda para que Shion cambie de opinión. —Le dio un bezo fugaz en la cabeza y se marchó a toda prisa.
Deltha no lo dudaba. Su confianza en Aioros era absoluta y sabía que cumpliría su palabra, intentando e intentando sin descansar. Pero Shion estaba furioso y su corazón se había endurecido contra la amazona de Caelum. Algo le decía que necesitarían más que palabras para hacerle comprender el gran error que acababa de cometer.
-X-
Aioros se adentró casi con recelo en la oscuridad de Géminis. El templo estaba vacío, y sino fuera porque podía sentir el cosmos de Saga, hubiera jurado que nadie había pisado aquel palacio en semanas.
Se cruzó con la armadura, brillante y hermosa en su pedestal en el centro del salón de batallas. La observó, como había hecho tantas veces antes y suspiró. Géminis siempre le había parecido de lo más peculiar. La propia armadura contaba con una voluntad asombrosamente fuerte. Todas ellas tenían un carácter personal que solamente su portador podía comprender y describir, pero Géminis… Ahora, la veía llorar y reír al mismo tiempo, envuelta en una belleza inigualable y no pudo sino pensar en lo igual que resultaba a su dueño.
Saga podía ser difícil de leer en ocasiones, y podía ocultar sus sentimientos con maestría la mayor parte del tiempo… pero Aioros era consciente de que cuando sentía, sentía de verdad, con una intensidad sobrecogedora, igual que el dolor y rabia que ahora transmitía el ropaje sagrado al que miraba.
Tampoco esperaba menos. La situación se les había ido de las manos, y algo que debía ser bueno, se había tornado en una pequeña pesadilla. Se dio la vuelta, y con esos pensamientos en mente, se animó a subir las escaleras hasta los aposentos privados.
No encontró rastro del peliazul, ni siquiera una luz encendida ahora que empezaba a caer la noche. Todo estaba en semipenumbra. Afiló un poco más su cosmos, y se encaminó hacia la habitación, exactamente el punto donde Saga debía estar.
Llamó un par de veces a la puerta, y al no recibir respuesta, se revolvió los rizos con cierto nerviosismo. "Al demonio", pensó. Hubo un tiempo en que había sido tan cauto respetando la privacidad del otro, que… "¿Saga? Voy a entrar." Dijo con su cosmos.
Saga no respondió, pero su energía tintineó de un modo tan particular, que Aioros supo que le había oído alto y claro. Abrió la puerta, y observó la habitación. Después, la puerta cerrada del cuarto de baño, y la luz que asomaba bajo la rendija le dejaron en claro su ubicación.
—"Pasa." —El castaño alzó una ceja con cierta sorpresa, y tras unos segundos de duda, se animó a entrar al baño a pesar de lo rara que le parecía la escena.
—¿Vives?—dijo cuando se asomó, pero inmediatamente arrugó la nariz—. Quizá no. —La nube de vapor le golpeó el rostro nada más entrar. Se acercó hasta el ventanal y se acomodó en la repisa, esperando que el frescor del cristal se le contagiara.
—¿Qué pasa?
—Dímelo tú. Entre mis planes había barajado múltiples escenarios para este encuentro, pero no esperaba tener una conversación en tu cuarto de baño, la verdad. Es un tanto... raro.
—Soy raro.
Aioros lo miró. Hundido hasta el cuello en su bañera de agua humeante, con los ojos cerrados, pero con una expresión tan pesarosa, que ni la propia situación podía disimularlo.
—¿Estás bien?
—¿Alguna idea de dónde está? —La respuesta con esa pregunta exactamente, fue suficientemente esclarecedora.
—No. —Negó con el rostro. —La verdad es que puede decirse que acabo de enterarme. Deltha me dijo. Tampoco sabe nada. Solo que Shion envió a Naia a por sus cosas y que se fue apenas unos minutos después sin más explicación. —Hubiera jurado que un pequeño temblor sacudió los parpados del geminiano, pero prefirió quedarse con la prueba irrefutable que le daba la tensión de su mandíbula. —¿Hablaste con el viejo?
—Si.
—¿Y? —Lo que estaba claro, era que Saga no estaba muy hablador.
—Nada que merezca la pena ser repetido. —Aioros se mordió el labio inferior con cierto nerviosismo. Esas palabras no dejaban ver ningún optimismo, y no quería ni pensar en lo que podía haber pasado en el templo. —Oficialmente soy la mayor calamidad emocional del Santuario, a juzgar por las palabras de nuestro Patriarca. Además de declararme inútil emocional. Piensa que es mejor así.
—Saga…
—No te preocupes. —Aquella frase le recordaba al arquero a los viejos tiempos. A todas las emociones que se escondían tras esas tres palabras, en un intento de Saga por tratar de mantenerse fuerte, al menos en apariencia. Solo que, en realidad, distaba mucho de ser así.
—Bueno… Me preocupo. —El peliazul asintió suavemente.
—Es solo que… —Saga suspiró, y sin pronunciar palabra alguna más, se hundió en el agua. Segundos después, salió de nuevo. Empezaba a sentirse saturado y no lograba plantearse un solo plan que solucionara la situación. —No tengo la menor idea de qué hacer ahora, Aioros.
—¿Qué hacer? —El castaño se encogió de hombros. —Buscarla.
—Aparte de lo obvio, me refería... —Se encogió de hombros. —No soy estúpido. Y como bien le dije al viejo, cada acción conlleva una reacción. No debería haberle dicho nada de lo que le dije… —Hizo una pequeña pausa, en la que Aioros frunció el ceño. —No porque no lo piense realmente, que lo hago. Sino porque… no sé. Pienso ir a buscarla. Lo que no tengo muy claro, es a coste de qué voy a hacerlo.
—¿Tan mal fue?
—Si. —Auch. No importaba cuanto anhelase oír la verdad de los labios de Saga. Usualmente su sinceridad era dolorosa. —No estoy en su lista de personas favoritas ahora mismo, ni él en la mía. Solo que él es la autoridad aquí.
—Es un poco raro después de este tiempo…
—Si a ti te parece raro, Aioros… —Negó lentamente con el rostro, y la expresión del arquero se suavizó. Saga se veía obviamente agotado, pero sobre todo, triste. Chasqueó la lengua disgustado, el geminiano estaba condenado, al parecer, a ser siempre el "príncipe triste". —Imagínate lo que me parece a mi después de esos trece años… —Dejó escapar una pequeña risa cargada de hastío, y después se incorporó levemente en la bañera, se recogió el pelo con la mano, escurriéndolo, y finalmente abandonó el agua que tanto le gustaba. Continuó hablando mientras se envolvía con la toalla. —Es raro, porque la gente no sabe si mirarme con respeto o salir huyendo de miedo solo por mi presencia. Shion no tiene la menor idea a qué atenerse conmigo, y la verdad, es que lo entiendo porque no me parezco demasiado a lo que conocíais de mi. Pero esperar que vuelva a ser tan dócil y estúpido…
—¡Oye! No eras estúpido. —Lo dijo casi ofendido. No lo era, simplemente era un chiquillo con ilusiones.
—No… —Esta vez se rió libremente. —Apenas… —Se apartó el flequillo mojado de la cara. —Creo que no lidio demasiado bien con la autoridad… —Debía admitir, que realmente le resultaba imposible lidiar con ella, especialmente cuando él había sido la autoridad durante la mayor parte de su vida. —Y que se haya ensuciado las manos con Naia… ¡Es la segunda vez!
—Quizá sea cierto que solo es temporal…
—¿En serio lo crees? —Aioros se revolvió los rizos.
—No lo sé. Algo positivo habrá que pensar. Además, ¿qué importa? —Saga alzó una ceja. —Alguien hizo magia una vez por ella, supongo que ese alguien podrá repetir la hazaña. —El geminiano desvió el rostro, comprendiendo inmediatamente que hablaba de quince años atrás. Aioros sabía que él había sido quien la había sacado del Santuario, aunque no tuviera pruebas. Siempre lo había dado por hecho.
—Shion no va a dejarlo estar, y Kanon va a salir hoy mismo. Supongo que si me ha sacado antes, es solamente para tratar de evitar que le rompa el resto de dedos que quedan sanos.
—No, escucha. Sé que es complicado, pero si quieres tener éxito en medio de esta calamidad, tienes que ignorar a Kanon. —Lo miró atentamente, reparando en detalles de Saga que hasta entonces le habían resultado desconocidos.
—Fácil de decir… —Guardó silencio cuando su mano se posó en el pomo de la puerta, y sus ojos se cruzaron con los de Aioros. Se sintió observado rápidamente. —¿Qué?
—Nada. Pensé que tendrías escamas.
Se quedó en silencio, observándolo con el rostro ladeado, pero finalmente sonrió. Aioros hizo lo propio. No era que le intimidara el poco pudor que Saga tenía, pero si que había muchos de sus rasgos físicos que eran dolorosos de mirar. Al final, sus cuerpos no eran más que un lienzo que narraba cada guerra librada. Suponía que con su piel repleta de cicatrices sucedía lo mismo.
Salió a la habitación, agradeciendo el aire fresco que golpeó su rostro de repente. Sin embargo, tan absorto estaba en esos pensamientos, que cuando alzó el rostro, dio un respingo.
—¡Joder!—exclamó.
—¿Qué pa…?
Cuando Saga lo alcanzó, alzó las cejas sorprendido. Alguien a quien no esperaba allí, ni por lo más remeto, los miraba fijamente. Deltha, esperaba junto a la puerta, apretando la máscara entre las manos.
—¡Por los dioses, Del! Casi me matas del susto…
—¿Jornada de puertas abiertas en Géminis?—murmuró Saga mientras se secaba el pelo con una toalla.
—¿Interrumpí algo privado?—dijo ladeando el rostro, con una sonrisa triste plasmada en él. Lo cierto es que no se hubiera esperado encontrarles a los dos saliendo del baño, con Saga vestido únicamente con una toalla, ni en sus sueños más perversos. Sin embargo, la voz de Saga había sonado tan suave, tan taciturna… que parecía provenir del mismo Inframundo, y algo en el pecho de la amazona se encogió. —No podía esperar allí…
Miró al peliazul directamente unos segundos, o al menos ella pensó que solo fue un instante, porque antes de que se diera cuenta de que realmente se había quedando observando demasiado tiempo, Saga desvió la mirada ligeramente incómodo. No era que de pronto se hubiera visto sorprendida por el atractivo del Santo, el cual era de sobra conocido. Quizá la había impresionado más encontrarlo medio mojado y solo vestido con una toalla que no tapaba demasiado… ¡Nadie podía culparla!
Sin embargo, lo peor de todo, lo que realmente había captado su mirada y cortado su respiración, era la cicatriz de su estómago. Nunca había tenido oportunidad de verla, y hacerlo, era como si la hubieran forzado a reparar en la realidad de golpe. Siempre había sido fácil para ella culparle de todo lo sucedido, pero Naia tenía razón, debía confesarlo. Él también había sido una víctima. Había sufrido… y sus cicatrices decían lo que él callaba. Pero aquella marca, esa concretamente, significaba demasiadas cosas. Especialmente porque era autoinfligida.
—Solo es una cicatriz, Apus—murmuró él, poniéndose la primera camiseta que encontró. Instantes después, se llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió. Aioros alzó las cejas con curiosidad. No sabía que era más inesperado después de todo, si la reacción de Deltha ante Saga, o la repentina timidez de Saga ante Deltha. —Seguro que has visto más de estas.
—Si, lo sé. —Se forzó a desviar la mirada.
—No tengo respuestas, si es lo que buscas—dijo, sentándose en la cama.
—¿Estás bien? —Saga asintió. Aioros tan solo observó de uno a otro, desde la butaca. Ver a aquel par interactuar, siempre le resultaba interesante, aunque debía admitir que le estresaba demasiado. Cada vez que sucedía, tenía la sensación que terminarían peleándose por algo, y lo más curioso de todo, era que Saga solía perder esas peleas.
—¿Alguna idea de dónde está?—preguntó el peliazul.
—No. —Deltha dejó caer los hombros. —Shion llamó a Shaina y Naia por la mañana. No sé ni como pasó, solo sé que vino a despedirse echa un mar de lágrimas diciendo que no sabía a dónde iba. Después… —Saga alzó la mano, silenciándola con brusquedad, y con el ceño fruncido.
—¿Shaina?—gruñó. Aioros y Deltha intercambiaron una mirada, y Saga dejó escapar el aire con pesadez. —¿Qué demonios hizo? ¿Ha sido por ella que el viejo se enteró?
—Podría decirse que… si—musitó la amazona.
—Genial. —Lanzó una maldición apenas audible, y hundió el rostro entre las manos. —Tengo en mi equipo a una serpiente venenosa que ha logrado que Arles tuviera su confirmación, y un hermano psicópata que ha organizado todo este lio. Esta claro que tengo un problema con mi entorno.
—Y mucha mala suerte—terció Aioros. Saga asintió a regañadientes.
—¿Algo más que deba saber? —El silencio de Deltha fue suficiente respuesta. —¿Por qué no puedo localizar su cosmos ni ubicarla en ningún lugar?
—No lo sé. —El arquero se encogió de hombros. —Pero no eres tú solo. Traté de buscarla antes y tampoco tuve resultados.
—Creo que… —Apus finalmente se atrevió a intervenir. —Naia tiene demasiado miedo al viejo. Estaba asustada, quizá solo esta evitando que sepamos donde está para tratar de no empeorar más las cosas. —Hundió los hombros. —Porque... no sé, no le habrá quitado su cosmos, ¿verdad?
—No lo creo, y la verdad, espero que no. —Saga caló el cigarrillo con ansia, pero instantes después continuó hablando. —Esa si hubiera sido realmente una medida desesperada. —Inmediatamente, una maldición de voz femenina, le hizo girar el rostro.
—Tenía la esperanza de que vosotros pudierais sentirla—masculló Deltha.
—No tengo tanta suerte.
—¿Entonces? —Gesticuló con tanto ímpetu con las manos, como velocidad llevaban sus pensamientos en su cabeza. Se acercó unos pasos hasta la cama, quedando a medio camino tanto de Saga como de Aioros. —¡Es injusto! Ella no debería estar fuera, esto no debería haber pasado… ¡El Maestro…!
—Apus…
—¡Ella no hizo nada! Primero Kanon y su idiotez, y luego Shaina… ¡No fue culpa suya!
—Apus…
—El Maestro tiene que comprender.
—¡Apus! —La calló Saga levantando ligeramente la voz. —Ya. —Deltha apretó los labios consciente de que se había dejado llevar demasiado. —He pasado una semana en el calabozo. ¿Sabes como es ese sitio? —Negó tímidamente. —Mejor, porque es…—tenía muchas cosas que decir al respecto, pero los miedos y los fantasmas que lo habían acosado ahí dentro… nadie tenía porqué saber de ellos. —Escucha, el Maestro no va a comprender nada, ¿entiendes? Así que olvídate de eso.
—Pero hay muchas otras personas que tienen pareja y no…
—Si, ahí estáis de ejemplo y no sois precisamente discretos. —Saga se puso en pie y caminó hasta el armario, con el cigarro en los labios, mientras Deltha y Aioros intercambiaban una mirada mitad cómplice, mitad culpable. —Pero yo he sido oficialmente declarado incapacitado emocional, así que ya no es lo mismo.
—Lo cierto es que siempre fuiste un poco rarito, pero tampoco es para tanto…—murmuró, pensativa, la amazona.
—Gracias. —La miró con los ojos entrecerrados.
—No eches más leña al fuego, Del…—murmuró Aioros.
—¡Es que…!—exclamó con impotencia—. Naia necesita ayuda y esa ayuda eres tú. ¡Tienes que hacer algo!
—Pensaré algo, solo déjame pensar, ¿quieres? Ni siquiera sé que ha pasado fuera este tiempo, no…
—¿En qué quieres pensar? Tiene que volver, hay que buscar un modo de..
—¡Por Athena! ¡Me estas poniendo nervioso! —Se llevó las manos a la cara y se sobó los ojos. —Iré a buscarla, la traeré, y después me las arreglaré con el viejo. Eso es lo único que va a pasar.
—¿Cómo…?
—¡En eso tengo que pensar! ¡Si es que me dejas!
—Vale—dijo tranquilamente.
—¿Vale? —La simpleza de la respuesta fue inesperada, tanto, que Saga y Aioros formularon la pregunta al mismo tiempo.
—Si, vale. Confío en ti. —Saga ladeó el rostro, Deltha comenzaba a verse cada vez más y más extraña. —Pero vas a necesitar un cómplice del crimen. —Ante la seriedad con la que la chica hablaba, Saga buscó por un instante la mirada de Aioros, en un intento desesperado por aclarar su cabeza ante aquella actitud tan extraña para él. La cara de póker del Santo de Sagitario, le dejó en claro que tendría que comprender aquella situación solo. —Y unos pantalones.
—¿Qué…? —Atinó a responder el peliazul. Aioros rompió en carcajadas al escucharla.
—No puedes ir así por el mundo, sin importar lo poco que pueda durarte la ropa después. —Saga entreabrió los labios, dispuesto a replicar, pero no tuvo tiempo. —Seamos francos, ¿vale? Podemos serlo aquí, estamos en confianza—dijo mientras miraba fugazmente a Aioros—. Ya fuimos compañeros del crimen una vez y lo fuimos por ella. Podemos hacerlo una segunda, ¿no?
—¿Esto es una confesión?—murmuró Aioros.
—Hablo en serio. —Buscó los ojos verdes de Saga y los encontró repletos de confusión. —Escucha, sé que esto ha sido una mierda desde el principio, y sé que no he ayudado. Pero…— se encogió de hombros. —Sé que compartimos algo, y ese algo es lo mucho que la queremos.
—No sé donde está, Deltha. Ni sé como encontrarla—murmuró apesadumbrado.
—Encontrarás el modo.
—La cuestión es que si no quiero que Shion me traiga de los pelos en menos de un segundo, una vez que salga del Santuario mi cosmos tendrá que estar totalmente apagado. Si lo percibe, me encontrará. Va a ser difícil, y lento… y… —Y estaba empezando a arrastrar las palabras y a sonar tan nervioso como estaba.
—¡Pues mejor aún! Puedo serte de ayuda ahí fuera, nadie más puede. No habéis vivido en el mundo real ni lo conocéis.
—No sé, Deltha…
—¿En serio quieres ir?—preguntó el arquero, casi desencajado.
—Si.
—Pero… —miró de uno a otro. —Daba por hecho que irías a buscarla—dijo mirando a Saga—. Así como doy por hecho que sabes las consecuencias de desobedecer abiertamente una orden del viejo, o al menos, las contemplas y lo aceptas. Pero tú… —volteó hacia Deltha. —Si Shion te descubre a ti… estaremos en la misma situación, pero contigo.
—No lo hará.
—No puedes estar tan segura.
—No, no puedo estarlo, pero… —Se encogió de hombros una vez más. —Seré su responsabilidad, y Saga se encargará de que no pase nada.
—Gracias Apus, no me pones ninguna presión encima. Ninguna—gruñó con cierta desesperación.
—No te quejes tanto, lo que trato de decir es que confío ciegamente en ti para esto. Deberías sentirte halagado.
—Es solo que… —Apretó los labios, sin saber muy bien que decir. —¿Aioros? ¿Qué…?
Aioros guardó silencio unos segundos, con los brazos cruzados y el semblante cargado de seriedad. No quería que el problema se hiciera más y más grande, y que todo aquello salpicara a Deltha aún más. No quería colocarla en el ojo del huracán. Quizá sonara ligeramente egoísta, pero Saga y sus riesgos eran una cosa, y otra diferente que Deltha quisiera hacer lo mismo. ¡Saga al menos sabía como manejarse en el juego con Shion! Suspiró. Viendo de uno a otro de nuevo. Una tan decidida, y el otro tan nervioso. Tan diferentes.
—Está bien.
—¿Ves? —A Deltha le faltó tiempo para hablar.
—Me siento terriblemente ofendido porque esta sea la segunda vez que planeáis algo así y me dejéis fuera. —Deltha y Saga fruncieron el ceño casi a la vez. —Y debo decir que la sugerencia no me ha sorprendido tanto. Siempre tuve mis sospechas de lo que pasó hace quince años. —Se revolvió los rizos y continuó. —Pero si vais a hacerlo, no podréis lograrlo sin ayuda. Salir está muy bien, pero en el supuesto de que logréis encontrarla rápido, habrá que tener un plan para que el viejo os deje poner un pie de vuelta a cualquiera de los tres.
—¿Qué pueda pasar? ¿Qué tenga que cambiar de vida y dedicarme al turismo en Naxos o Rohdas? —Sonrió al escucharlo. Una broma en labios de Saga en un momento como aquel, era gloria bendita.
—Podríamos hacer algo decente contigo. Llevaría tiempo, pero… —De nuevo la mirada entrecerrada, a la que Deltha respondió con un guiño de ojo.
—Vale, vale. Es un excelente plan alternativo. Al menos tendré donde ir de vacaciones. Pero tenéis que hacer esto rápido, y cuando digo rápido es rápido. Las ausencias no pasan desapercibidas fácilmente. Y no volveréis hasta que me asegure que podéis hacerlo, ¿de acuerdo? —Ambos asintieron.
—¿Qué planeas hacer? ¿Pedir clemencia para mi?—preguntó el geminiano.
—Ese será mi último recurso. —Aunque a decir verdad, la otra vez no le salió demasiado bien. —Dejadme ver cual es la situación, quizá pueda encontrar algún aliado que me ayude.
—¿A quién tienes en mente?
—Dohko. —Saga alzó las cejas. —No lo sé, tendré que tantearle a ver de que lado se inclina. Confía en mi. —Posó su mano en el brazo del gemelo. —Es mi modo de pertenecer al selecto club del crimen. —Saga sonrió levemente.
—Entonces tenemos un plan—exclamó la amazona—. Iré a casa a preparar lo indispensable. Tú—dijo refiriéndose a Saga—, haz el favor de ponerte ropa.
—¿Sabes ese sitio donde Aioros y yo solíamos entrenar? —Deltha asintió. Aquellos eran buenos tiempos, tiempos que no olvidaría. —Nos encontraremos allí. Es más fácil salir del Santuario por esa zona.
-X-
Nikos se sentía tan mal, que le resultaba imposible poner en orden sus pensamientos o centrar su mente en otra cosa. Las lágrimas de Naia se había marcado de tal forma en él, que no podía evitar sentirse tan impotente como furioso. Quería ayudarla, quería hacerlo con toda su alma… pero a la vez, sabía que él era insignificante. Eso le llevaba al otro lado implicado. Saga no era en absoluto insignificante, pero el muy idiota era el causante de tal desastre. Por su culpa le habían arrebatado a su pequeña… Y lo más doloroso, es que no era la primera vez que sucedía.
Así que, después de que Deltha diera tantas vueltas por la cabaña, como para haber dejado un surco en el suelo, y se fuera con rumbo desconocido, no pudo evitar la tentación de seguirla. Algo en su cabeza le gritaba que, de alguna manera, Deltha tenía un plan. Y lo más probable era que ese plan no le gustase… pero al menos necesitaba saberlo.
La había seguido. Lo había hecho hasta alcanzar la Escalera Zodiacal. Después, había esperado en las sombras, con su cosmos muy alerta… vigilando cada uno de sus movimientos. Sabía que no había ido a Sagitario, de igual manera que había notado como los cosmos del arquero y de Deltha se reunían en el tercer templo con el de Saga.
Era difícil no notarlo, sobre todo porque durante días, el cosmos del gemelo había estado totalmente ausente, y ahora se sentía a plena intensidad, como una llama en la oscuridad.
No tenía la menor idea de que hablarían… pero tenía una certeza, y era que trataba de su hermana. Eso, después de todo, no podía ponerlo en duda. Así que había aguardado pacientemente, deseando que su fortuna no le jugara una mala pasada, y Deltha volviera pronto a casa. Y así fue.
La vio pasar como una exhalación, y su corazón se aceleró. La siguió, a distancia prudencial hasta el poblado de las amazonas, y envuelto en la sombra de la noche, la había visto salir de nuevo con una mochila al hombro. Entonces supo que no podía dejarla escapar sin saber qué pretendía hacer.
El camino que tomó, le resultó confuso, puesto que Deltha viraba de izquierda a derecha sin un rumbo aparente… pero al cabo de unos minutos que le resultaron igual que horas, fue a parar a un claro bajo la falda rocosa de la montaña. La amazona se había detenido, y por la forma en que pasaba su peso de un pie a otro, era obvio que estaba nerviosa.
Nikos reconocía el lugar. Había estado allí en alguna ocasión. Era tranquilo, apartado… un rincón donde algunos gustaban de entrenar cuando eran chicos. Entonces cayó en la cuenta. Se irguió ligeramente, y ladeó el rostro. Saga y Aioros. Ellos entrenaban ahí. El hecho de que algo sucedía, se hizo obvio para él, pero cuando pretendía abandonar su escondite en las sombras, alguien llegó. No tardó en reconocerlo.
—¿Lista?—murmuró Saga. Deltha asintió.
—¿Listo?
—No. —Negó lentamente con el rostro y se acercó hasta ella, lo suficiente como para hablarle al oído. —Tenemos compañía. —Deltha se respingó sutilmente, pero no hizo nada que delatara sus movimientos. —"Nikos"—explicó él mediante su cosmos.
—"¿Qué haremos?"—respondió ella.
—"Seguir. Tengo un plan." —Se dio la vuelta y emprendió el camino. —Vamos.
Deltha lo siguió a toda prisa.
-X-
No tardaron en toparse con el turno de guardia. Así que hicieron un alto. Era cierto que aquel punto concretamente, parecía más sencillo para salir sin ser visto, pero eso no significaba que no hubiera nadie vigilando. Deltha vio a su acompañante de soslayo, y por la expresión de su rostro, supuso que ya había contado con ello.
—"Déjame a mi." —Deltha asintió al oírlo en su mente, y aunque lo tenía a unos centímetros de distancia, no dejaba de resultarle extraña aquella nueva cercanía. La última vez que habían hablado mediante cosmos, había sido cuando sacaron a Naia del calabozo. Era, de alguna manera, un contacto íntimo.
Después, Saga alzó su cosmos muy suavemente. Sus ojos no dejaron de observar nunca al par de guardias. Pero igual que el gato con el ratón, aquella era una lucha desigual. Antes de que Deltha pudiera darse cuenta, un tercer soldado apareció a unos metros, nervioso, vociferando. Mascullando algo de una emergencia en la zona del embarcadero. Los dos, que rondarían su edad, intercambiaron una mirada, indecisos sobre si abandonar su puesto o no. Mas la urgencia con la que el otro les insistió, terminó por convencerles.
Deltha les vio doblar la esquina rocosa, y después escuchó la risa suave de Saga. Lo miró confusa por un instante, hasta que finalmente, se dio cuenta.
—¿Has sido tú?—murmuró.
—Soy un ilusionista, Apus.
—¡El soldado no era real!
—No, y lo estarán siguiendo un buen rato, al menos hasta que tenga que apagar mi cosmos. —Salió de su escondrijo, pero cuando ella se preparaba a seguirlo, Saga volteó fijando su mirada en las sombras que dejaban atrás. Por un instante, Deltha había olvidado que Nikos les seguía. —¿Qué tal si dejamos de pretender que eres bueno escondiéndote, eh? —Le dijo a la nada.
En algún lugar de las cercanías, Nikos maldijo; pero sabiéndose descubierto, abandonó el escondrijo. Apenas unos metros le separaban del par de fugitivos.
—Nikos…—masculló Deltha.
—No digas nada.
—¿Se puede saber qué haces?—preguntó el geminiano.
—Podría preguntar lo mismo.
—Podrías, pero lo más seguro es que no tuvieras respuesta. —Saga no había tenido que lidiar con el Santo de Orión desde que volvieran a la vida, y ahora recordaba porque había estado tan tranquilo gracias a ello.
—Mira, no me importa lo que estéis haciendo, pero…
—Entonces, date la vuelta y vuelve por donde has venido. Esto no es asunto tuyo.
—Si tiene que ver con Naia, tiene que ver conmigo. —"Oh, el hermano celoso." Pensó Saga. Nikos vio de uno a otro. —Es... eso, ¿verdad? ¿Es por ella?
—Nikos, haz como te dijo. Es mejor. —Deltha quiso cortar la conversación ahí, pero el moreno no estaba dispuesto a dejarles escapar tan fácil.
—¡No me importa lo que hagáis!—repitió—. Mucho menos lo que hagas tú. —Miró a Saga. —Pero si Naia está exiliada, es por tu culpa—siseó—. Siempre hace cosas estúpidas por tu culpa, y para ser considerado un genio, nunca eres capaz de ver venir la catástrofe. —Saga apretó los dientes. Por muy insufrible que fuera el muy idiota, tenía razón. Y eso dolía. —¡Deberías haberla visto!
—¿Tienes algo importante que decir, o solamente vas a lloriquear un rato, Orión? Porque tenemos prisa.
—No, cállate. —Saga alzó las cejas ante la osadía, y Deltha, sin querer, se tensó. Ellos nunca habían congeniado bien, pero se movían en mundos tan diferentes… Siempre lo habían hecho, pero ahora la diferencia era mucho mayor. —Eres un maldito problema. Siempre destruyes todo lo que tocas, y nunca puedes solucionarlo. A lo sumo, logras ponerle un parche a la herida, pero nunca curarla. —Hablaba con tanta rabia, como fuerza empleaba Saga en apretar los dientes. —Es tu presencia, simplemente eso. Tienes algo que es magnético y problemático. Es una jodida condena, y ella siempre paga porque no puede mantenerse alejada.
—Orión… —No dijo nada. Solo su constelación, y de alguna manera, Deltha sintió la amenaza muy viva en aquella palabra.
—Decidme que vais por ella. —Miró de uno a otro sin amedrentarse, y la amazona miró al geminiano en busca de respuesta.
—Vamos por ella—susurró.
—Ahora dime que no eres tan egoísta y tan estúpido como para no haber pensado las consecuencias de esto. —Se acercó tan peligrosamente a Saga, que Deltha se revolvió inquieta a su lado, y casi por instinto, llevó su mano a la muñeca inmóvil del geminiano. —Nadie quiere que ella vuelva más que yo, sobre todo porque no merece ser quien cargue con las consecuencias de vuestra aventura. Pero no quiero que vayáis por ella, para estropearle más la vida. El Maestro no aceptará la idea de buen grado… ya la odia lo suficiente.
—¿Sabes? —Nikos calló. —Casi, casi me había olvidado de lo molesto que podías llegar a ser. —Hablaban tan cerca el uno del otro, con un volumen tan bajo… que la tensión era palpable. —Eres su hermano. Entiendo tu preocupación. Pero no te confundas conmigo. No necesito tu bendición, Nikos. Solo necesito que te calles. Voy a traerla, y entonces ya me encargaré de las consecuencias. No tendrás que lloriquear más por no ser capaz de hacer nada por ella… te lo prometo.
—¡Eres…!
—¿Qué? —Saga dibujó una sonrisa torcida, y continuó. —El calabozo no me ha dejado muy buen humor, y mi paciencia esta agonizante. Así que si no quieres perder los dientes, date la vuelta y vuelve a casa. No menciones ni una sola palabra de esto, hasta que hayamos vuelto, porque entonces no solo estarás poniendo en riesgo que Naia vuelva, sino que la comprometerás a ella también. —Señaló a Deltha con un gesto de su cabeza. —¿Entendido?
Se tomó unos segundos para responder, sin retirarle la mirada, pero finalmente buscó el rostro de plata de Deltha.
—Espero que sepas lo que estás haciendo, Deltha.
—Lo hago.
—Quizá deberías haber acudido a Aioros.
—No lo hagas más difícil. Por favor. —Tomó su mano y la estrechó. —Traeremos a Naia, ya lo verás. Y estará bien. —Nikos chasqueó la lengua y miró hacia otro lado.
—Está bien…
—Gracias. —Acarició con su pulgar el dorso de la mano, y tras la máscara sonrió.— Sabemos lo que hacemos.
—Esto es interesante.
La voz del otro intruso, les pilló a todos por sorpresa. Internamente, Saga maldijo, y sus ojos viajaron directamente hacia el punto donde Dohko observaba, cruzado de brazos.
—Mierda—murmuró Deltha.
—Dohko… escucha. —Saga se apresuró a hablar antes de que nadie más lo hiciera y empeorasen la situación.
—Creo que escuché suficiente. —El peliazul calló, y sin querer, apretó tanto las manos que sus nudillos quedaron blancos. Desvió la mirada al cielo, y suspiró. Genial. —Debo decir que ha sido un buen punto el de los soldados. Me preguntaba como pensabas burlarles.
—¿Podemos ahorrarnos esto? —Cazados antes de empezar. Saga quería llorar. De rabia. A su lado, Deltha apenas respiraba y Nikos ni siquiera había cerrado la boca.
—Si, de hecho si, porque no hay mucho tiempo. —La confusión se hizo palpable en el rostro del peliazul, y el chino continuó. —De todas formas, creo que necesitas un poco de ayuda aquí, Saga.
—¿Un poco?—murmuró angustiado. El viejo maestro, que ya no era tan viejo, dibujó una sonrisa divertida y se llevó la mano a la nuca.
—Bueno, míralo por el lado bueno. Tenemos a una amazona perdida, a dos futuros fugitivos y a… Nikos. —La verdad, que al último no sabía como definirle.— Si quieres encontrarla antes de que te encuentren a ti, tendrás que escucharme un par de minutos. —Aún más confuso, Saga ladeó el rostro.
—¿De qué hablas?
—El Maestro me consultó al respecto de Naiara. No estuve, ni estoy de acuerdo. No quiero poner en duda su autoridad, lo hace porque considera que es lo más apropiado dada la situación, pero… Yo solo quiero evitar un mal mayor. Así que ve por ella, y aguarda allí hasta que yo te dé la orden para volver. Trataré de calmar las aguas mientras tanto.
—¿Me estas dejando ir?
—Si. Si te quedas, lo único que va a suceder es que acumularás más y más rabia, y Kanon ya está fuera. No quiero una catástrofe. ¿De acuerdo? —Tras unos segundos de reflexión, Saga asintió suavemente. —Mi buen amigo Nikos, y yo, haremos lo posible porque nadie sepa de esto, ni de que tú estás implicada—continuó, refiriéndose a Deltha. Al oír su nombre, el propio Nikos se sobresaltó, pero rápidamente se encontró asintiendo. Una cosa eran Saga y Deltha contra el mundo, y otra diferente que alguien como el viejo Maestro les estuviera ayudando. —¿Alguién más sabe de esto? ¿Aioros?
—Si—confesó Deltha.
—De acuerdo. Veré lo que podemos hacer. No puedo prometer nada. —Hablaba con una tranquilidad pasmosa, e infundía una calma inigualable. Después, buscó los ojos verdes de Saga. —Espero que seas consciente de que a tu vuelta, Shion no estará contento.
—Lo soy, no te preocupes. —Se sopló el flequillo.
—Entonces iros. Os haré saber cuando sea prudente volver. Hasta entonces, que vuestros cosmos se mantengan sellados.
—¿Dónde está?—preguntó el peliazul. Dohko sonrió, y sus ojos verdes se iluminaron.
—Jamir. —Saga sonrió de vuelta. Debía haberlo imaginado.
—Gracias.
—Iros, vamos. Los guardias no seguirán persiguiendo a tu ilusión mucho tiempo más. —Santo y amazona asintieron.
Intercambiaron una mirada, y con un último gesto, agradecieron al más viejo. Después, desaparecieron en la noche, dejando atrás a un confuso Nikos, y a un sonriente guardián de Libra.
—Debo confesar que de todas las opciones posibles que había imaginado, el rescate clandestino era la primera de la lista—dijo mirando el lugar por el que habían desaparecido—. Pero nunca me planteé que ambos fueran juntos. —Rió suavemente, y se dio la vuelta, buscando a Nikos con la mirada. —¿Qué opinas tú?
—Creo que tiene razón, Maestro.
—¡Oh! Llámame Dohko… ya no soy un esperpento de la naturaleza. —Los ojos de Nikos traicionaron sus pensamientos y el chino rió de nuevo. —Bueno, quizá un poco, pero no tanto. —Palmeó su hombro. —Vamos Nikos, dale un poco de confianza esta vez, ¿si? —El moreno se apartó la melena de la cara, y terminó por asentir. —Sé que no os lleváis bien, pero Saga es especial. Traerá a ambas de vuelta.
—Eso no lo dudo…
—¿Entonces…?
—Temo las consecuencias.
—No lo hagas. Quien tendrá que afrontarlas será él y lo sabe. Ahora, solo céntrate en echarle una mano a Deltha. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
-Continuará…-
NdA:
Milo: ¡Atención, lectores y lectoras! Por favor, repetid tras de mi…
Santitos: ¿…?
Milo: Prometo solemnemente que, a partir de hoy y para siempre…
Santitos: ¿…?
Milo: Guardaré el secreto, de que Kanon tiene un corazón y una conciencia…
Santitos: ¡¿Qué?!
Saga: ¡Eso es una mentira!
Kanon: ¡Lo es!
Milo: ¡Pero no soy un mentiroso! Soy fiel testigo de que tiene ambas cosas.
Saga: ¿Seguro que bebíais chocolate y no alcohol puro? ¬¬'
Aioros: Ya, ya. Saga, tienes otros asuntos en que concentrarte…
Saga: ¡Lo sé! Rescataré a Naia y…
Aioros: Iba a decir que te concentraras en no perderte en el mundo real… n_n'
Saga: ¬¬'
Dohko: Todo esto es muy simpático. ¡Alguien traiga las palomitas!
Aioros: Sigue leyendo, Dohko. Mientras tanto, os esperamos en el siguiente capítulo.
Milo: ¡Comentad! ¡Necesito saber que guardareis el secreto! ¡Y también necesito saber que pensáis de Aioros y Saga compartiendo el baño!
Santitos: ¡¿Qué?!
Aioros, Saga: u_u'
Kanon: ¡Pues yo no quiero saber más! ¡Adiós!
