Capítulo 33: Operación rescate (Segunda parte)

Llevaba algunos segundos contemplando a Saga, mientras dormía desparramado en las bancas del aeropuerto. Estaba segura de que, cuando despertara, se sentiría tan horrible como ella. No era la primera vez que Deltha lidiaba con una resaca, pero era la primera vez que lo hacía a solo unos minutos de subirse a un avión por primera vez en su vida.

Apenas había podido dormir.

Entre lo incómodos que eran los asientos de la sala de espera, y el malestar ocasionado por su mala noche, había dormitado solo por algunos minutos. Así que se había levantado, muerta de asco, con la intención de husmear por el aeropuerto. Se había puesto de pie, acudido al baño para lavarse la cara y los dientes; y, después se había marchado sin rumbo. De algún modo, la caminata la había alivianado un poco, aunque no lo suficiente.

Pero ahora que estaba de regreso, no podía evitar notar que, contra todo pronóstico, el gemelo seguía durmiendo. Por lo poco que sabía, además de anoréxico, Saga era alérgico al sueño. Pensó que probablemente debería asegurarse que no se hubiera muerto. Si era así, estaría metida en un gran lío con mucha gente.

Miró atentamente, hasta notar el suave vaivén de su cuerpo al respirar. Para su buena suerte, Saga seguía respirando… solo faltaba asegurarse que el cerebro superdotado le siguiera funcionando.

Notó como los billetes de avión sobresalían del bolsillo trasero de su pantalón. El santo los había guardado ahí para evitar que ella los robara mientras él dormía. Aparentemente, Saga tenía la ingenua idea de que sus manos se mantendrían alejadas de su culo. De algún modo, quizás en un arranque de pudor o de candidez, el geminiano se había autoconvencido de que ella era una mujer recatada, que tendría recelo en acercarse a ciertas parte de su anatomía. A Deltha, la suposición le había resultado casi adorable; muy propia del Saga que conocía de su niñez.

Era una lástima que él estuviera equivocado.

Dejó las compras que acababa de hacer a un lado y se decidió a seguir con la siguiente aventura. Tronó sus dedos, entrecerró los ojos con decisión y fue a por ellos.

Haciendo equilibrio, se las ingenió para curvar su cuerpo por encima del santo dormilón. Usó una mano para afianzarse a la silla y, escurrió la otra por debajo de él, en busca de las papeletas. Tomó la punta de los billetes con los dedos y tiró con suavidad. Los billetes de avión decidieron no salir de debajo del culito bien formado de Saga. Ella maldijo. Sus ojos almendrados buscaron el rostro del peliazul, de reojo. Seguía dormido; por lo tanto, ella podía seguir intentando. Tiró una vez más y otra, siempre con suavidad. Sus intentos no surtieron efecto. Cuando iba por la cuarta vez, la mano de Saga se cerró alrededor de su muñeca. Cuando Deltha volteó, sobresaltada, lo primero con lo que chocó fue con los ojos esmeralda de Saga dispuestos a atravesarla.

—¿Buenos días?—susurró la amazona, esbozando su mejor cara de inocencia, pero sin moverse de la comprometida posición ni un solo centímetro.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Apus?

—Pues…

—Tienes dos segundos para quitar tu mano de mi culo. —La amazona sonrió con picardía y levantó la mano, intentando fingir demencia. —Creí que eras una persona decente.

Creíste.

—Al parecer estaba equivocado.

—A veces sucede. —Sonrió, con esa mueca que al gemelo le resultaba irritante. Al final, no dio más explicaciones. La verdad era que tampoco esperaba que el decadente cerebro resacoso de Saga la entendiera. —Por cierto, te ves horrible.

—Gracias. Tú también.

Saga se incorporó, obligándola a hacer lo mismo. El gemelo se frotó los ojos, que le ardían como el demonio. Las oscuras manchas alrededor de ellos eran todavía más evidentes ahora. Su cabeza se sentía a punto de estallar y tenía la boca seca y pastosa. No tenía un espejo a la vista, pero estaba prácticamente seguro de que su melena era una desgracia también. Ahora se arrepentía de la maldita noche anterior.

—¿Qué hora es?—preguntó, mientras pasaba la mano por su rostro.

—No queda mucho para marcharnos. Es buen momento para una visita al tocador. Por muy bonito que seas, una noche como la nuestra te deja en un estado lamentable.

—Genial. ¿Llevas mucho rato despierta?

—Ajá. Estuve husmeando por ahí. Te compré café. —Le tendió la taza desechable.

—Detesto el café.

—Lo anotaré para la próxima. —Rodó los ojos. El peliazul había vuelto a sus mañas de quejarse de todo. —También te traje un donut.

—Lo guardaré para después. Dame mi mochila, ¿quieres? Iré al baño a arreglarme un poco. Solo para estar seguro, me llevaré los billetes conmigo. Espero que al menos tengas la decencia de no escabullirte al baño de hombres. —La miró de soslayo, con esos ojos esmeralda, irritados y adormilados. —No te muevas de aquí, o me iré sin ti.

—Aquí me quedaré. —El geminiano no le respondió. Se puso de pie lentamente, estiró perezosamente la espalda, agotado después de pasar la noche en un sitio tan incómodo.

Muero de sueño—masculló, encaminándose a los baños públicos. También se moría de asco.

—Lo olvidaba, Géminis. —La voz de Deltha le hizo detenerse y volteó a verla. —Te compré algo.

—¿Me compraste… algo?—preguntó, confundido. Estaba demasiado torpe como para tratar de comprender lo que eso significaba. —¿Me compraste algo con mi propio dinero?

—Idiota. —Ella le mostró la lengua. —Solo para que sepas, usé mi dinero. Es un regalo. Usualmente, la gente agradece cuando alguien les obsequia cualquier cosa. —Le tendió la bolsita.

—Pues… gracias—dijo, sin un ápice de convencimiento—. ¿Qué es?

—Ábrelo. Te gustará.

La sonrisita angelical en el rostro de la pelipúrpura era imposible de descifrar para Saga en aquel instante. No estaba seguro si estaba siendo víctima de una broma, o de una maldad. A pesar de todo, se animó a abrir la bolsa de papel. Le echó una última mirada a Deltha, se sopló los flecos y miró dentro de su regalo. Encontró algo que, pensó, era ropa.

Metió la mano y sacó el contenido. Con cuidado, extendió la prenda entre sus manos. Abrió los ojos de par en par y, por un segundo, hasta se olvidó de su resaca. Su rostro entero se desencajó. De algún modo, esa condenada mujer siempre se las arreglaba para ponerle el mundo patas arriba. Estaba claro.

—Es un…

—Un boxer. De cerdito. ¡Hasta tiene dibujada una colita ensortijada atrás!—festejó ella. Lo cierto era que a Deltha le había resultado irresistible comprarle algo así. Era demasiado mono para dejarlo pasar.

—Pero… —El gemelo balbuceó. Arrugó la nariz, entrecerrando los ojos, inseguro de lo que debía pensar. —¿Para qué quiero yo algo así?—bufó.

—Para usarlos, tonto.

De no haber tenido el terrible dolor de cabeza que traía, se hubiera carcajeado en su cara. Lo cierto era que, los dioses no lo quisieran, la mentada guerra de Shion seguro surgiría el día que se atreviera a usar aquellos boxers del mal. Entonces, moriría y todos se reirían de su cadáver, que incluiría una cola de cerdito en su trasero.

No, señor. Saga de Géminis jamás sería atrapado vistiendo esas cosas, así su vida dependiera de ello. Nunca.

—Has perdido tu dinero, Apus—bufó—. Si regresas a la tienda ahora y lo devuelves, podrías recuperarlo.

—No lo haré. —La amazona se encogió de hombros. —Me pareció un regalo perfectamente adorable para ti; me lo sigue pareciendo. Necesitas más alegría en tu vida, más color, más inocencia, más espíritu infantil, más…

—¿Más dibujitos? ¿En serio?

—Pues si. Además, a Naia le gustarán.

—Naia nunca los verá.

—¡Pero, Saga…!

—Si tanto te gustan, deberías comprarle unos a Aioros—masculló.

—También compré algo para él.

—¿En serio? —La curiosidad le mataba por saber, a pesar de que su razón le gritaba que no preguntara. Por supuesto, la resaca se impuso a toda lógica. De antemano, Saga sabía que lo lamentaría. —¿Qué le compraste?

—Una tanguita de oveja… para mi. ¡Tiene una borla de algodón en el culito!

—Eso es para ti, no es para…—Algo encajó en su cerebro e hizo que se diera cuenta de todo el contexto. Imaginar a Aioros en esas situaciones comprometidas era… —Olvídalo, no quiero saber más.

—¡Va a encantarle! —Deltha esbozó una sonrisa traviesa. Saga, en cambio, arrugó la nariz con disgusto.

—Calla ahora. Vuestra vida sexual es algo que no tengo intenciones de explorar.

—Eres muy delicadito.

—¿Sabes qué? Lo soy y por eso, no quiero saber más. ¡Ah! Y más vale que no abras la boca sobre esto. —La miró, por encima del hombro, retomando el camino. —Y, por los dioses, deja de gritar. La cabeza va a estallarme.

Deltha torció la boca, mientras lo veía marchar. No esperaba que su regalo fuera recibido con entusiasmo, pero al menos esperaba que le robara una sonrisa al gemelo. Al parecer, el niño interior de Saga necesitaba más mimos de los que ella había pensando al principio.

—Oye, Géminis. —Volvió a llamarle. Él giró lenta y amenazadoramente.

—¿Ahora qué?

—Sé que mi regalo no te ha gustado y que piensas que lo hice a propósito, para molestarte, pero… sinceramente, me pareció algo muy mono para darte. Pensaba que al menos te resultaría lindo. —Se encogió de hombros y giró el rostro, ofendida. —Si descubro que el cerdito ha sido tirado por ahí, o abandonado, encontraré el modo de patearte el culo por eso, ¿de acuerdo?

No obtuvo ninguna respuesta del santo. Sin embargo, no le pasó desapercibida la mirada feroz que éste le dirigió.

Levantó las cejas, expectante por lo que él decidiera. Se tardó algunos segundos, pero por fin, lo escuchó resoplar y vio como embutía la prenda hasta el fondo su mochila. Él le dirigió una última mirada que de algún modo ella interpretó como una victoria para sí misma. Después, se fue directo al tocador, sin mirar atrás.

Sin que la viera, la amazona le sonrió.

-X-

Después de subirse al avión, el viaje se tornó callado. Lejos quedó el afán de molestarse mutuamente, las palabras afiladas e incluso los momentos divertidos. Al sentarse en sus butacas, toda conversación alrededor de ellos se había enfriado. Dentro de la nave no había oportunidades para armar escándalos. Solo silencio… y una resaca mortal.

La señal del cinturón se había mantenido encendida por la mayor parte del viaje. En varias ocasiones, la voz del piloto había anunciado que el trayecto sería complicado, con mucho movimiento y turbulencias frecuentes. No había mentido. El avión se había sacudido a diestra y siniestra, como una mariposa herida, atado únicamente a la benevolencia, o crueldad, según se viera, de los dioses.

Frágiles e impotentes, los pasajeros estaban revueltos. Cada movimiento de la nave desataba suspiros, gritillos y alguna que otra maldición. Pero no a Saga.

El gemelo se había apostado justo a la ventanilla y observaba con especial interés el océano de algodón blanco que rodeaba a su transporte. Sorprendentemente, su estómago había resistido mejor de lo esperado. La cabeza todavía le dolía y los ojos le ardían. Sin embargo, la resaca no le había tumbado, ni había destrozado la resistencia de su cuerpo. Estaba más vivo de lo que esperaba… Lástima que su compañera de viaje fuera una historia bien diferente.

Miró de reojo a la amazona, sentada junto a él. Deltha estaba tensa, desde la punta del pie hasta el último cabello. Se notaba por lo tiesa que se mantenía en su asiento y por el modo insano en que se aferraba a los descansos de su silla. De vez en cuando, cerraba los ojos y sus labios murmuraban palabras que el santo no alcanzaba de oír. Si tuviera que apostar, hubiese jurado que estaba rezando. Su rostro estaba blanco como el papel, mientras una ligera capa de sudor frío cubría su frente, a pesar del clima de la aeronave. Estaba claro que se encontraba a disgusto, era imposible disimularlo. Saga no pudo reprimir una diminuta sonrisa.

—Si vas a vomitar, recuerda usar las bolsillas de los costados—musitó, acercándose a su oído. La única respuesta que obtuvo fue una mirada asesina por parte de la mujer. Ensanchó su sonrisa y retiró la mirada fugazmente, hacia la ventanilla. —En serio, Apus, me preocupas. Has pasado demasiadas horas en silencio.

—Esto es horrible—susurró ella.

—Es más agitado de lo que esperaba pero no debes preocuparte. —Bajó la voz y vigiló que nadie les escuchara antes de continuar. —Si algo malo sucede, siempre podemos salir de aquí en un pestañeo, con la Otra Dimensión.

Aunque la mirada que recibió de inmediato fue de puro reproche, le tranquilizó observar una tenue sonrisa en el rostro descompuesto de la pelipúrpura. Para su mala fortuna, el gesto no duró demasiado.

Un violento sacudón hizo que el resuello de todos los pasajeros se escuchara. Deltha clavó las uñas en los brazos del asiento y retuvo la respiración. Si hubiera sido capaz de verse a si misma, hubiese descubierto lo que era una verdadera cara de terror.

—Oficialmente, odio los aviones—musitó la amazona. Saga le sonrió y, con cierto recelo, posó su mano suavemente sobre el antebrazo de ella, esperando reconfortarla al menos un poco.

—Vamos, Apus. Eres más fuerte que esto.

Deltha le miró detenidamente, sorprendida por aquel gesto de empatía. Por un instante, Saga pensó que se alejaría o que le rehuiría. Para su sorpresa, no fue así.

Con la mano libre, la amazona buscó la suya y se aferró a él con tanta fuerza como pudo. Se mordió los labios y apretó los ojos cuando el avión cayó súbitamente y volvió a elevarse de inmediato. El gemelo estaba seguro de que, con el siguiente movimiento violento, la pelipúrpura apretaría tanto sus dedos que los rompería.

—No creo ser capaz de soportar esto.

—Tranquila. Respira y piensa en otra cosa.

—¿En qué? —La pregunta hizo que Saga se detuviera a pensar por un segundo. Entrecerró los ojos y torció la boca.

—¿Qué tal van las cosas con Aioros?—preguntó al fin, esperando que el cuestionamiento bastara para que Deltha se entretuviera un poco.

—Bien.

—Eso es bueno.

—Lo es.

—Él se ve feliz.

—Creo que sí.

Y, la maravillosa conversación de medio minuto, llegó abruptamente a su final. Saga se sopló el flequillo, pensando que esa mujer no le ponía nada fácil.

—Coopera un poco conmigo, ¿quieres?—dijo—. Intento tener una conversación contigo.

—Lo siento—masculló ella—. Me cuesta trabajo pensar con el cerebro en mi estómago.

—Será un viaje para recordar, ¿eh?

—Y que lo digas. Solo imagina de lo que te hubieras perdido sin mi. —Lo escuchó reír y, a pesar del malestar, dibujó una sonrisa.

—Habría sido un viaje muy aburrido, sí.

—¿Qué te ha parecido tu primer encuentro con el mundo real?

—Ha sido estresante y… diferente.

—¿Diferente bien, o diferente mal? —Saga se detuvo a pensar. Tras un par de segundos, soltó un suspiro.

—La verdad es que no lo sé. Supongo que vivir en la realidad es muy distinto a solamente dar un paseo por el mundo real.

—Lo es.

—¿Y cómo es?

—¿Eh?

—¿Cómo es? Vivir fuera del Santuario. Tener una vida propia.

El cuestionamiento la golpeó como una bofetada. Fue como despertar repentinamente y darse cuenta, por primera vez en todos esos meses, de quién era la persona que tenía a su lado.

Ese era Saga, el Saga que Deltha había conocido catorce años atrás… el doradito adorable. También era el Saga que había estado muerto por catorce años, al igual que Aioros lo estuvo, aunque no del mismo modo. Ambos habían formulado la misma pregunta. Tan inocentes y perdidos, tan adorablemente dulces, como los recordaba.

Tragó saliva, sintiendo un nudo en su garganta. No era puramente tristeza, sino también una culpabilidad avasalladora. Todo ese tiempo había sido injusta y cruel con él, le tratado tan mal, que era imposible no sentirse culpable. Naia tenía razón: Saga había sido una víctima más de Ares, como todos los demás; la víctima que más dolor había sobrellevado. Y ella había sido incapaz de verlo sino hasta ahora.

Sacudió la cabeza y se esforzó por continuar la conversación. La mirada insistente de Saga la obligaba a hacerlo.

—Para mi estuvo bien. Funcionaba—dijo—. Claro que nunca tuve una vida completamente normal. El Santuario, su sombra, los recuerdos... —Suspiró y esbozó la mejor sonrisa que pudo, dada su precaria situación. —Pero estaba bien despertar cada día sabiendo que cada minuto y cada segundo eran míos y de nadie más. Es bueno depender de uno mismo, ¿cierto? —Saga asintió. Sabía a que se refería y, aunque nunca lo había experimentado en carne propia, era algo que ansiaba vivir.

Guardó silencio por un instante mientras la observaba, ligeramente ausente y seguramente perdida en los recuerdos de esos catorce años. Pensaba que, a pesar de todo, seguramente había buenos recuerdos, memorias dignas de hacerla sonreír.

El último par de días habían puesto todo de cabeza, incluyéndoles a ellos. La situación los había arrastrado a una convivencia que ninguno de los dos imaginaba hasta entonces. Curiosamente, contra todo pronóstico, se sentía bien. No comprendía como Deltha, con todos sus rencores y sus arranques de ira, había sido capaz de borrar el pasado y de embarcarse con él en una travesía de locos. No entendía cómo había sido posible que convirtiera sus palabras en hechos, y depositara su completa confianza en él, a pesar de todo lo sucedido entre ambos. Mucho menos alcanzaba a entender de dónde él había sacado la fuerza para enfrentarla, para sostenerle la mirada y para dejar de sentirse terriblemente culpable en su presencia. Desconocía cómo había aprendido a sonreír con ella, a pesar de toda la tensión que los asfixiaba a cada segundo.

Nadie lo hubiera creído, ni ellos mismos, pero a mitad de su viaje, habían descubierto que los viejos hábitos no morían tan fácil. Seguían siendo buenos cómplices del crimen.

—¿Ya no estas asustada?—preguntó con timidez. Su voz sonaba como un murmullo suave y acogedor.

—¿Del avión? Aún lo estoy.

—De mi. —Deltha volteó a verlo y su mirada chocó con esos ojos de esmeralda. —¿Ya no tienes miedo de mi?

Saga retuvo la respiración al no recibir una respuesta inmediata. Lo único que tenía era aquella mirada marrón sobre sí, que no sabía como interpretar. Pero de pronto, sintió el apretón de Deltha a su mano y creyó ver una sonrisa torpe apenas perceptible en sus labios.

—No. Ya no.

-X-

El desayuno había sido tirante, igual que el día anterior. Aunque esta vez, para fortuna de todos, Shion apenas había pronunciado palabra y mucho menos había hecho referencia a cualquiera de los gemelos ausentes.

A pesar de todo, Dohko le conocía lo suficientemente bien como para reconocer el obvio malestar que el aquejaba. Pero el Maestro era un hombre obstinado y, ligeramente, arrogante que no admitiría que una parte de sus dolores de cabeza eran a causa de esa misma terquedad que no estaba dispuesto a reconocer.

En ocasiones, al chino le costaba trabajo encontrar al Shion ingenuo, pasional e impulsivo que conociese en sus días de juventud. Sin lugar a duda los años le habían cambiado… el tiempo había hecho de ambos un par de personas diferentes. El lemuriano ahora era el Patriarca y él, aunque era su mejor amigo, encontraba cuanto más curioso el modo en que se había creído que su palabra era ley y sus decisiones, siempre eran correctas.

Así que, mientras lo veía de pie en la terraza, con las manos posadas en la barandilla y la vista perdida en el horizonte, a Dohko se le hacía fácil adivinar que era aquello que llamaba tanto su atención. Géminis; el único de los Doce Templos que se atrevía a cuestionarle y al que había sido incapaz de controlar.

—Sé lo que estás pensando. —Su voz, al romper el silencio repentinamente, hizo que el chino levantara una ceja. Se incorporó sobre el kliné, hasta sentarse. Era la primera vez en todo el rato que llevaban ahí, que el lemuriano reconocía su presencia.

—¿Sí? ¿En qué?

—Estás pensando en que me lo has advertido. Dijiste que mis decisiones solo empeorarían la situación entre los gemelos, y entre ellos y yo. Así que ahora piensas que tenías razón.

—Bueno—Dohko rascó su cabeza y esbozó una sonrisa divertida—, en realidad estaba pensando en nuestras épocas de juventud. Pero ahora que lo mencionas, pensaré en que de verdad te lo dije. Sabía que esto sucedería y me sorprende que tú no lo supieras.

—Hice lo correcto.

—¿Para quién? —Shion se giró y el santo de Libra se vio forzado a lidiar con un par de ojos fieros sobre él. —Detesto ser yo quien te lo diga, pero hasta ahora, yo no veo mejoría ni en Saga, ni en Kanon, ni en ti. ¡Al contrario! Ahora los tres se han convertido en un trío de entes invisibles y mudos, que ponen al resto de nosotros en un sitio incómodo, si tengo que admitirlo.

—Te equivocas. La situación ha mejorado. Al menos Kanon y Saga no se han liado a golpes de nuevo.

—Ya. —Se encogió de hombros. —Es un avance dudoso, pero aunque fuera lo que realmente necesitamos, ese mérito no es tuyo.

—¿De quién si no? —El chino pensó detenidamente su respuesta. Después, esbozó una sonrisa. La respuesta haría que el rostro de Shion quedara tan verde como su cabello.

—De Milo.

—¿Qué? —Ahí estaba. Su viejo amigo era increíblemente fácil de predecir.

—De Milo. Fue él quien acudió a Kanon tan pronto salió de los calabozos y fue él quien le convenció de mantenerse a distancia de Géminis por algún tiempo. Y, si me preguntas, es él quien de algún modo, se las ha ingeniado para meterle razón en la cabeza, de tal modo que no sepamos nada de él en los últimos días. Cuando se trata de Kanon, la falta de noticias, son buenas noticias. —El Patriarca le dirigió una última mirada severa, antes de darle la espalda de nuevo. Cuando no pudo ver su rostro, Dohko le escuchó chasquear la lengua. —¿Sabes que me preocupa?—continuó, aunque sentía el recelo de Shion creciendo en su contra—. Qué, aunque sus intenciones son buenas y se agradece, la solución de Milo es como usar una bandita para detener una hemorragia. Eventualmente, alguien tendrá que tomar otras medidas… y las tuyas, no están solucionando nada.

Aunque luchó por mantenerse estoico, un ligero fruncimiento de los lunares delató su disgusto. Dohko se mantuvo expectante. Tenía la impresión de que Shion había dejado de prestarle atención desde un rato para atrás.

Se puso de pie y caminó hasta situarse al lado de su amigo. Echó un vistazo hacia abajo, donde las Doce Casas se distribuían a lo largo de la colina.

—¿Por qué no puedo sentirlo? —Escuchó el murmullo de Shion. Le miró de soslayo y notó su mandíbula atrincherada.

—Porque no quiere que le sientas—negó.

—Esta siendo pedante y malcriado.

—El chico se defiende, Shion. Es lógico que luche, con uñas y dientes, contra lo que considera injusto, mucho más si le afecta directamente… o a alguien a quien quiere.

—¿Injusto? ¿Te parece que he sido injusto? —El chino suspiró y Shion bufó de mala gana.

—Te has desquitado contra quien no debías.

—¿Estás diciendo que Naiara no merecía reprimenda?

—Estoy diciendo que no merecía tal severidad—aseveró, mientras se sentaba en la baranda—. Nunca supe de una amazona que fuera desterrada por romper las reglas de fraternización entre santos y amazonas. Claro que no hablamos de cualquier santo ahora, ¿cierto? Hablamos de uno en especial, o de dos. ¡Pero todavía estás a tiempo de rectificar! No es muy tarde aún. Permite su regreso y concilia con los gemelos. Traerla de vuelta te dará un punto a favor, a los ojos de ambos. Considéralo.

—Traerla sería un retroceso—replicó, casi de inmediato—. ¿Dónde queda mi autoridad? ¿Dónde quedan las consecuencias para ellos? Sería un error; uno grande.

—El error es pensar que su ausencia solucionará todo. Al contrario.

—Eso no lo sabes.

—Claro que lo sé. No hace falta ser un genio para adivinar lo que pasará ahora.

—¿Y eso es…?

—Precisamente esto: ausencia, rabia, rebeldía. Estas creando un enorme lío que no necesitamos ahora. Sabes bien que hay una guerra en el horizonte y que tenemos asuntos mucho más importante que un santo encaprichado con una amazona, por así decirlo.

—Actúa como un niño—masculló con disgusto.

—Pero no lo es… aunque insistas en tratarlo como tal. Lo que es peor, es que todo este circo que armaste alrededor de ellos, lo encaprichará todavía más—dijo, sin rodeos—. Suponiendo que lo que Saga siente por ella no sea real, que no estoy diciendo que lo sea o no, pues eso lo ignoro, negársela solo hará que su deseo de tenerla sea mayor. Y, si es real… —La mención hizo que Shion le enfrentara con la mirada turbia—. Si es real, entonces le estarás negando aquello por lo que la princesa les trajo de regreso: un poquito de felicidad.

No es real.

—Aioros dice que lo es. —Los ojos del Patriarca centellaron con un dejo de rabia.

—Aioros no sabe nada. Por los dioses, ¡el mismo Saga no sabe nada!

—Sabe que no permitirá que se la arrebates. —Dicha respuesta puso al lemuriano en alerta. Entrecerró los ojos, arrugando los lunares y miró directamente a los ojos turquesas de su amigo.

—¿Qué significa eso?

—Nada exactamente.

—Algo.

—Solo apunto a lo obvio. Hará lo que tenga que hacerse. Cualquier en su lugar, lo haría.

A juzgar por el modo en que el semblante del Patriarca se endureció, a Dohko le pareció que no estaba ayudando a la causa. Perdió la mirada en el horizonte, dejando que algunos segundos pasaran en silencio, con la esperanza de que Shion tuviera tiempo para comprender que su presencia ahí no era hostil, sino reconciliadora.

Tal parecía que cada palabra suya era tomada como un declaración de guerra que no existía como tal. Las cosas iban peor de lo que esperaba.

Entonces, el golpe de gracia llegó a su conversación. Cuando Dohko distinguió el semblante rígido y grave de Arles entrando al balcón, supo que habían sido descubiertos. Soltó la respiración y fingió sorpresa. Después, esperó pacientemente porque el Santo de Altaír rindiera su informe, midiendo con cuidado cada expresión del peliverde.

—No se encuentra en Géminis—sentenció Arles. Ambos santos mayores sabían de quien hablaba.

—¿Qué? —El rostro de Shion se desfiguró con rabia. Apretó tanto los puños que los nudillos le palidecieron.

—Le he buscado por todo el templo y no está. He consultado entre mi gente para saber de su paradero. Nadie sabe nada.

—¡Se ha marchado!

—Eso no lo sabes. —Trató de intervenir el chino.

—Podría estar en cualquier parte. —Arles, viendo la situación desmoronarse, trató de aligerar los ánimos. Tenía la impresión de que una tragedia se forjaba entre Patriarca y santo. —El chico ha pasado toda su vida aquí. Si alguien sabe donde esconderse es él.

—Shion, no hagas nada que empeore esta situación—suplicó Dohko.

—Ni siquiera sabemos donde está—acotó Arles.

Pero para Shion el panorama esta claro: aquella había sido la última gota de paciencia que había tenido con el gemelo. Saga había hecho todo, absolutamente todo, lo posible por pisotear su autoridad, burlarse en su cara y desestimar todas sus decisiones.

Tener una acalorada discusión con él, llena de acusaciones y de reproches era una cosa. Desaparecer sin explicaciones, en contra de toda orden dada, era otra muy diferente.

—No podría saber donde está ella—siseó Shion. Entonces, como si un rayo de claridad le golpeara, llevó sus ojos hacia su viejo amigo. Solo dos personas, además de él mismo, conocían su ubicación y las dos estaban frente a él. —¿O sí?

—No, no podría—respondió el chino con estoicidad.

—Retírate.

—Shion…

—Retírate ahora. —El Viejo Maestro suspiró pesadamente. Encogió los hombros, sopló sus flequillos y se encaminó hacia la salida. Pero cuando apenas se había alejado un par de metros, la voz del Maestro volvió a escucharse. —Eres mi amigo; mi mejor amigo. Pero si descubro que estás involucrado directamente en este acto de clara desobediencia, voy a sentirme terriblemente desilusionado, Dohko. Te lo advierto.

Y la voz de Shion nunca le había sonado más amenazante.

-X-

Decir que lo peor de todo el viaje, había sido el avión, a los ojos de Saga era un tanto exagerado. Debía admitir que había sido toda una experiencia, y que aunque se hubiera burlado del miedo de Deltha, a él mismo le había resultado ciertamente inquietante, el hecho de saberse a miles de pies de altura sin tener el control de la situación.

Sin embargo, una vez habían llegado a Nepal, otra aventura bien diferente había comenzado. Jamir era un lugar místico y recóndito del Himalaya, desconocido para la mayoría, y llegar hasta allá con los medios de un humano normal y corriente, era todo un reto… tanto al precario estado de su economía, como a su paciencia, a decir verdad.

Tras desempolvar sus escasos conocimientos de nepalí, habían tomado un tren desde Katmandú en dirección noroeste, hacía una ciudad llamada Besisahar, justo a los pies de la cordillera del Anapurna. De ahí, un precario autobús, que amenazaba con desmoronarse como un castillo de naipes a cada curva que tomaba, les llevó hasta Manang. A partir de entonces, habían emprendido el camino a pie, pues no había otra manera de llegar hasta el corazón lemuriano.

Ciertamente, Saga había agradecido el aire helado que se respiraba ahí arriba. El malestar de su estómago, que había estado a punto de jugarle otra mala pasada en el autobús, parecía haberse aliviado ligeramente. Pero después de unas horas de caminata entre piedras, viento, hielo y nieve, el silencio había caído sobre los dos como una gran losa. No es que hubieran esperado que el dichoso camino fuera a ser fácil, pero el castañeteo de los dientes de uno y otro, era perfectamente audible desde la corta distancia que les separaba. De pronto, no tenían nada más que decir, y sin sus cosmos, el sentimiento de vulnerabilidad era desagradable.

Saga chasqueó la lengua. Al menos para él lo era, que no estaba acostumbrado a su ausencia. Se detuvo sin previo aviso, y Deltha, que caminaba ensimismada, prácticamente chocó con su espalda.

—¿Qué pasa?—preguntó.

—Hemos llegado.

—¿Llegado? —La amazona se colocó a su lado y miró al frente. Rápidamente frunció el ceño, cuando sus ojos se toparon con el impenetrable manto plateado de la niebla. No veía más allá de sus manos. —¿Llegado a dónde?

—A la Tumba de la Armadura. —De pronto, Deltha, cayó en la cuenta.

—¿Todo lo que se cuenta es cierto?

—Depende de lo que consideres "todo".

—Fantasmas malhumorados de caballeros armados con cosas cortantes y también oxidadas... que cuidan que nadie sin cosmos pase por aquí y llegue a la torre.

—Entonces, si. Es cierto. —La cara de espanto de la amazona le sacó una sonrisa. —Aunque olvidaste añadir que unos pasos más al frente hay un precipicio cuyo fondo esta lleno de piedras afiladas y que para pasar, hay un minúsculo, estrecho y milenario puente de piedra.

—¿Así motivas a tu equipo? —Frunció el ceño. —Dime que habías pensado en esto. —Porque estaba claro que ella no lo había hecho. Sonó a súplica y Saga guardó unos segundos de silencio que se la hicieron eternos.

Lo cierto era que lo había pensado, pero no tenía muy claro cómo lograrlo sin verse obligado a utilizar su cosmos. Solo quedaba probar suerte, y confiar en sus habilidades como mortal.

—Dime algo—preguntó, viendo a la pelipúrpura de reojo.

—¿Qué?

—¿Confías en mi? —Deltha se giró hasta encararlo, con el semblante más serio que Saga recordaba desde que hubieran abandonado el Santuario y, por un segundo, temió que la respuesta fuera a dolerle.

—Confío en ti. —El aire que no se había percatado que estaba conteniendo, escapó de sus pulmones, hasta que él mismo terminó asintiendo suavemente.

—De acuerdo. Irás tras de mi, no te despegues más de un paso. El puente es muy estrecho, hay nieve y no se ve nada, no quisiera tener que utilizar nuestro cosmos, ¿entendido? —Ella asintió rápidamente. —Y una cosa más. Tus amigos los fantasmas, no tardarán en aparecer una vez pongamos un pie en el puente. Son entes… extraños. De cosmos. Si quieren, podrías atravesarles sin problema, pero sus golpes duelen y sus armas, como bien has dicho, cortan. Solo nos dejarán en paz una vez lleguemos al otro lado, o nuestros cosmos le muestren que servimos a la causa.

—Son… ¿una ilusión?

—No exactamente, pero se le parece, sí. Estate bien atenta. Si van a por ti, defiéndete sin cosmos, pero no te separes de mi, no podemos perdernos de vista.

—Si, si… tranquilo. —Aunque quien no estaba nada tranquila, era ella. Si los nervios le fallaban al geminiano, Deltha no era capaz de notarlo.

—Pues… adelante. —Avanzó un par de pasos, antes de pararse de nuevo. —Una cosa más.

—¡Por los dioses, Géminis! —Empezaba a pensar que lo estaba haciendo a propósito. Aquella sonrisilla minúscula en sus labios era una prueba irrefutable. —¡¿Qué?!

—Ataca a los fantasmas. No a mi. —Dejó escapar una carcajada cuando la amazona le sacó la lengua. Después, respiró hondo y miró al frente. Era momento de ponerse serio.

-X-

En un silencio sepulcral habían atravesado una buena parte del puente sin mayor problema. Despacio, pero cuidando bien de no perder el camino. Segundos antes ya habían comprobado lo estrecho que era el puente, por llamarlo de algún modo.

Sin embargo, apenas habían atravesado lo que Saga calculaba era la mitad del camino, cuando sus sentidos se agudizaron. No se oía un solo ruido, lo cual era ligeramente extraño, y de pronto, la niebla había parecido espesarse, tanto como para humedecer su piel. Volteó el rostro de un lado a otro, en busca de aquello que sabía estaba fuera de lugar, y cuando finalmente volvió al frente, lo vio.

Las huesudas formas comenzaron a danzar con la niebla, sobresaliendo de la cortina de vapor aquí y allá, desvaneciéndose tan rápido como aparecían. Por un segundo, pensó que sus ojos lo habían engañado, pero cuando una mano esquelética surgió de la nada empuñando una daga, apenas tuvo tiempo de girar el rostro hacía la izquierda para esquivar la puñalada.

Sin embargo, una cálida gota de sangre se escurrió por su mejilla. Escuchó el grito ahogado y sorprendido de Deltha tras él, a la vez que la sentía moverse a sus espaldas. Después, esquivó otro golpe, y al tercero, atrapó la mano a tiempo. De un empujón, se deshizo del atacante, que arroyó a otro en su caída.

Dejó de prestarle tanta atención a la amazona, cuando se dio cuenta de que no estaban avanzando. Los fantasmas venían de todas partes, pero desaparecían y aparecían con tal facilidad, que la mayor parte de las veces no tenían tiempo de reacción. Intentó deshacerse de tantos como le fuera posible, hasta que comprendió que carecía de sentido. Estaban muertos. Se dio la vuelta, justo en el momento en que Deltha lanzaba a otro puente abajo de una patada.

—Tenemos que avanzar, como sea. —La amazona asintió. —Vamos—tomó su mano—, solo avanza.

Lograron recortar unos cuantos pasos más, a la vez que el revuelo a su alrededor parecía amainar poco a poco, hasta que unos interminables segundos más tarde se quedaron solos. Solos, salvo el primer guerrero con el que se habían topado. Su cuerpo estaba cubierto de una fina capa de escarcha, y sus ojos, de un blanco tan brillante como la misma nieve, parecían fijos en los del geminiano, mientras caminaba lentamente en su dirección. Saga permaneció inmóvil, observando cada movimiento del extraño. Por ello, cuando lanzó una nueva estocada de su daga directa al cuello del Santo, el peliazul atrapó la muñeca con una mano, mientras la otra se aferraba con firmeza a su cuello.

—¿Quién osa atravesar los dominios de la diosa?—murmuró el guerrero de reluciente yelmo dorado.

—Somos Santos de Athena. —Ninguno de los dos se movió un solo ápice, pero entonces, el viento comenzó a aullar con fuerza, como si la sola mención de la diosa de la guerra, hubiera sido escuchada en cada rincón de la cordillera del Himalaya. Los ojos blancos lo miraban como si pudieran atravesarlo, pero Saga no se amedrentó. Como respuesta, apretó un poco más el agarre de su cuello, aunque tenía la impresión de que si lo forzaba un poco más, la cabeza se desprendería del cuerpo. —Soy Saga de Géminis. Hazte a un lado.

Por un instante, la intensidad de su mirada hizo que los ojos esmeralda parecieran refulgir en brillo dorado, mientras el viento agitaba su melena con furia. El guerrero milenario frunció el pellejo de su frente, y lentamente retiró la daga. Saga hizo lo propio, sin dejar de mirarlo un solo segundo.

—¿Y tu cosmos?

—No lo necesito.

Después, desapareció.

—Rápido. —Soltó la mano de Deltha y avanzó tan rápido como le era posible, deseando acabar con aquella tontería tan arriesgada cuanto antes.

—La niebla se disipa—murmuró ella.

—Sí, aprovechemos. —No era que el cielo se hubiera aclarado, pero si que la niebla les daba una tregua arrastrada por el viento. Al menos, podían ver un poco más.

—¡Ahí está! ¡El final del puente!

Solo estaba a unos pasos, no quedaba más. Sin embargo, cuando dieron por terminada la travesía, una mano se cerró sobre el tobillo de Deltha. Su grito desgarró el silencio de la montaña, y Saga volteó a tiempo para agarrar su mano.

—¡Te tengo!

—¡No me sueltes!

—¡No voy a soltarte! —¡Por los dioses que no lo haría! En ningún momento había pensado que su relación con Naia mereciera el sacrificio de nadie. Y si debía mandarlo todo al demonio por cuidar de Apus, lo haría. No podía soltarla, no podía dejarla caer, no cuando su propio cosmos podía solucionarlo.

—¡Me resbalo! —Estaba asustada. Sus ojos marrones brillaban acusadoramente mientras lo miraban suplicantes, y tras ella, el abismo.

—Tranquila, tranquila. Te tengo agarrada. —Solo esperaba no resbalar él. La dichosa piedra estaba llena de nieve y las manos de ambos estaban heladas. —Respira despacio, te cansarás menos. Voy a subirte.

—¿Cómo vas a…? —Lo veía, prácticamente tumbado en el maldito puente, demasiado cerca de caer.

—Mírame. Mírame a mi.— Asintió con nerviosismo. No quería dejar de mirarlo. De alguna manera, su mirada tenía un magnetismo difícil de ignorar. Transmitía fuerza y transmitía confianza. Trató de respirar hondo. —Confía en mi, Apus—murmuró, justo cuando comenzaba a tirar de ella—. No voy a dejarte caer por nada del mundo. —Y por un instante, el calor dorado de su cosmos llegó hasta ella como un sutil hormigueo, como la caricia de una pluma en la palma de su mano. Lo había encendido muy suavemente y resultaba apenas imperceptible. —Dame la otra mano.

Tras varios intentos fallidos, logró atraparla, y no sin cierto esfuerzo, terminó por izarla hasta que sus brazos pudieron rodearla.

—Ya está.

—Gracias, gracias. —Lo abrazó. Lo abrazó tan fuerte como nunca recordaba haberlo hecho mientras sus ojos permanecían cerrados con fuerza en el refugio cálido de su cuello.

—Tranquila, ya está…—murmuró. Había estado cerca, y no solamente podía sentir el pulso descontrolado de la amazona, sino que el suyo propio amenazaba con volverlo loco. —Lo logramos. Ahí está la torre. La niebla se ha ido.

Apenas la sintió moverse lo suficiente como para mirar sobre su hombro. Entonces, la escuchó reír y aquel sonido se le antojó terriblemente contagioso.

-X-

—¿Saga? —Naiara pronunció su nombre en apenas un murmullo, temerosa de que la escena frente a si no fuera más que una ilusión dispuesta a disolverse en un pestañeo. —¿Del?

De modo inmediato, los dos voltearon en su dirección. Aún seguían en el suelo, tratando de recuperar la calma que el abismo había amenazado con robarles. Mas, cuando sus miradas se cruzaron, sus gestos sonrientes se ampliaron, y prácticamente de un salto se pusieron en pie.

—¿Cómo…? —Naia no atinó a decir nada más. Cuando Saga estuvo a su alcance, se abalanzó sobre él, atrapándolo en un abrazo. Enredó sus dedos en la cascada azul, y respiró tan hondo como fue capaz hundida en su pecho, tratando por todos los medios de embriagarse de aquel olor que tanto había extrañado. —Estás aquí…—susurró contra su pecho—. Has venido. —Cuando las manos del santo acariciaron su melena, la amazona se estremeció.

—Aquí estoy. —Saga besó su cabeza, sin separarse un solo milímetro de ella, pero Naia reclamó sus labios poco después. Fue un beso dulce, suave… eterno. Y cuando finalmente se rompió, la mo﷽﷽﷽﷽﷽que tanto habrompisu pecho, tratando por todos los medios de embriagarse de aquel olor que tanto habla morena dibujó la sonrisa más hermosa que el geminiano podía recordar. Después, la amazona estiró la mano, atrayendo a la expectante Deltha hacia si, y rodeándola también en aquel improvisado abrazo grupal. Ellos lo eran todo.

—Ven aquí.

—Aquí estamos—corrigió Deltha dejando escapar una minúscula carcajada, pero disfrutando del momento.

—Estáis locos. —Un par de lágrimas escaparon de los ojos violetas, y en ese momento, Naia se alejó lo suficiente para contemplarles.

A grandes rasgos, se veían bien. Algunas magulladuras aquí y allá, algún corte que otro… pero nada importante. Sin embargo, no le pasó desapercibida la sombra levemente amoratada que aún coloreaba el puente de la nariz del Santo, y sin quererlo, su semblante se ensombreció. Parecía una eternidad el tiempo que hacía que no lo veía.

Sin embargo, reparó en que su escrutinio se había dilatado demasiado, cuando se dio cuenta de que ambos tiritaban.

—Vamos. Vamos. —Les tomó de la mano y tiró de ellos. —Entremos antes de que os congeléis. Prepararé algo caliente.

-X-

—Anunciadme—ordenó Aioros. Su voz era profunda y autoritaria; y la rabia en sus ojos azules presagiaba problemas. Los guardias, apostados a ambos lados de la puerta del despacho del Patriarca, intercambiaron miradas y tragaron saliva. Sabían que, cualquiera que fuera la decisión que tomaran, sería la equivocada.

—Aioros…—intentó negociar uno de ellos. —Su Ilustrísima ha pedido no ser interrumpido por nadie… —Pero el arquero era un hombre con una misión y no iba a quedarse a gusto sino hasta conseguirla.

—Os he dicho que me anunciéis—siseó, apretando la mandíbula.

—Pero, el Maestro…

Aioros bufó. No le quedaba mucha paciencia y la poca que tenía no sería suficiente, visto el modo en que se sentía.

Esa tarde, cuando había ido en busca de Dohko para preguntarle por los avances, había chocado contra una pared. El Viejo Maestro le había explicado como todos sus intentos por meter en razón a Shion habían sido un fracaso. También le había puesto sobre aviso acerca de lo que Shion y Arles sabían, y lo que no. Lo cierto era que el lemuriano sabía que Saga estaba desaparecido y estaba más furioso que nunca y, por lo tanto, más intransigente.

—Voy a entrar—dijo.

Pero antes de que tuviera tiempo de hacer cualquier cosa, la puerta se abrió y Arles apareció por ella.

El santo de plata hizo un ademán a los guardias, pidiendo que se tranquilizaran. Cuando los vio relajarse, buscó la mirada del castaño. Sin embargo, al reparar en las emociones exudadas por aquel par de zafiros, se sintió preocupado.

—Quiero hablar con Shion. —Le escuchó decir.

—Aioros, no es buen momento…

—Déjale entrar. —La voz de Shion resonó desde el interior de la oficina. Sonó tan áspero y severo que incluso los guardias apretaron la mandíbula y miraron de soslayo al arquero, reconociendo que los problemas se acercaban a toda prisa para él.

Arles suspiró. Cerró los ojos y con un gesto de alicaído, meneó la cabeza.

Ya había visto el modo en que Dohko y Shion se habían despedido, así que sabía lo que esperaba a Aioros. Hubiera preferido que el santo de Sagitario se reencontrara con su sentido común, y juntos se marcharan de ahí, hasta que la cordura del Patriarca regresara de donde fuera que se hubiera ido. Pero no sería así.

—Ya escuchaste. Entra—susurró.

-X-

Escondida detrás de una de las anchas columnas del corredor, Saori había presenciado toda la escena. No había sido su intención espiar, ni entrometerse en asuntos ajenos, pero el fuerte e inusual tono de voz de Aioros, sumando a su breve discusión con los guardias, la habían puesto en alerta.

Después de que Arles invitara a entrar al arquero, ella se había atrevido a acercarse. Tocando sus labios con el índice, pidió a los guardias que no delataran su presencia.

Había visto lo mal que iban las cosas en los últimos días con Shion, con Saga y con Kanon. También había sentido la tirantez inusual del Patriarca, que se contagiaba al resto de sus chicos. Luego Dohko se había pasado por ahí, y ahora el arquero. Estaba segura de que Aioros iba a unirse inevitablemente a esa extraña situación. Y a juzgar por su actitud, no sería en el mejor de los términos.

Cerró los ojos durante un segundo, tratando de sacarse cualquier otro pensamiento de la cabeza que no fuera la conversación al otro lado de la puerta. Tenía que concentrarse en escuchar bien para enterarse de los pormenores de la truculenta historia.

Si todo iba tan mal como parecía, no tendría más remedio que intervenir.

-X-

No fue necesario que Arles se repitiera. Con grandes zancadas, el arquero irrumpió en la habitación, hasta llegar al frente del escritorio de madera y mármol del lemuriano. Sus miradas chocaron, sin que ninguno de los dos rehuyera del otro. Arles se revolvió con nerviosismo. La intensidad y rigidez de esa mirada eran mucho más propias de Saga que de Aioros, y eso solo auguraba malas noticias.

—Siéntate—ordenó Shion. Pero el arquero negó.

—Así estoy bien.

—Como prefieras.

—¿Qué estás haciendo?—cuestionó sin reparos. El Patriarca le permitió continuar, a pesar de que no tenía deseos de soportar más reproches. —¡Estás arruinando todo!

—Aioros, baja la voz—pidió Arles, pero el castaño no se amedrentó, sino que le encaró.

—¡No! Quiero saber en que estaba pensando, quiero que me explique cómo se ha permitido llegar hasta aquí. —Después, regresó su atención al peliverde. —Saga era feliz. Tan feliz como no le había visto en mucho tiempo. ¡Hasta que tú y Kanon interrumpieron en toda su armonía y mandaron todo al demonio! Así que dímelo: ¿qué te da el derecho de arrebatarle a quien quiere?

—Ser su padre me da derecho a buscar su bienestar, y ser Patriarca me da derecho a exigir que las reglas del Santuario se cumplan.

—¡Eso son tonterías! —Se quejó. No sabía que era más irritante: si el frío temple en la voz de Shion, o las libertades que se tomaba para atribuirse derechos que no poseía. —Saga y Naia no son los primeros, ni los únicos en pasar de las reglas del Santuario y lo sabes. Aún así, yo no he visto que ninguno sea castigado con tanta dureza.

—Aioros… —Arles trató de intervenir, pero Shion se le adelantó.

—Escucha a Arles y cuida esa lengua tuya. No estás precisamente en posición de cuestionar mis decisiones, porque eres de quienes han salido más favorecidos por ellas. —Frunció el ceño, sintiendo que la sangre le ardía en la cabeza.

—No he terminado aún.

—Claro que has terminado. —El peliverde se puso en pie abruptamente. Sin embargo, el santo no se movió. —Tengo un santo desaparecido a quien encontrar y no estoy dispuesto a desperdiciar un solo minuto más discutiendo contigo.

—Eres su padre, nuestro padre—terció—. Tendrías que haber sabido que él la quiere y que ella lo hacía feliz. ¿Por qué eso te hace tanto daño?

—Suficiente.

—Tú le quitaste eso y lo arrastraste hasta este punto. ¡Por eso Saga está perdido!

—¡Basta!—levantó la voz y solo consiguió que el ceño del castaño se frunciera todavía más.

—Bajad la voz, por favor—suplicó el santo de Altaír. Se interpuso entre ambos y trató de arrastrar al más joven hacia la salida. —Aioros, márchate ahora.

—Tú sabes en donde está—siseó el lemuriano y, de no haber estado tan furioso, habría notado el brillo de satisfacción en los ojos del arquero al saber que llevaban un paso por delante.

—No, te equivocas. Yo no sé nada, salvo una cosa.

—¿El qué?

—Que, si fuera yo quien estuviera en su lugar, si a mi me arrancaras a la mujer que quiero, buscaría hasta en el Infierno para encontrarla. Así que, si de verdad lo quieres de regreso, vas a devolvérsela.

Sin nada más que decir, se soltó del agarre de Arles y, sin mirar atrás, abandonó la habitación. La puerta se azotó detrás de él, dejando a un Shion rabioso y a un Arles terriblemente confundido.

Shion volvió a sentarse, con pesadez. Sobó sus sienes, sintiendo los latidos de su corazón resonando en su cabeza. Además, estaba Arles… Se esmeró en ignorar a los ojos insistentes que le miraban sin discreción. El santo de Altaír no dijo nada, pero su mirada expresó todo lo que tenía que decir.

Todo estaba completamente fuera de control.

-X-

Al poco de entrar, Deltha se había apresurado a darse un buen baño caliente. En parte porque confiaba en que la ayudaría a relajarse y a entrar en calor, pero principalmente por ellos. Por dejarles solos, y darles su pequeño momento. Así que se había esmerado, y había disfrutado de aquella larga ducha sin preocuparse de más.

Después, se había enfundado en la ropa seca que Naia había dispuesto junto al fuego y, en inquebrantable silencio, había deambulado por la torre hasta dar con el camino que llevaba de vuelta a la cocina donde escuchó el suave murmullo de sus voces.

Sin embargo, cuando alcanzó la puerta, no se atrevió a entrar. Se quedó quieta donde estaba, observándoles a través de la rendija que quedaba entreabierta, y oculta a su vista. No quería romper la magia del reencuentro, pero ella no había tenido demasiadas oportunidades de observarles juntos, y se le antojaba una escena maravillosa.

Imaginaba que había sido Naia quien había obligado a Saga a sentarse junto al fuego, mientras la tetera aullaba en el fogón. El viejo botiquín estaba abierto en el suelo, con la mayor parte del contenido desparramada, mientras Naia curaba con un mimo inusitado cada magulladura del Santo.

Cuando ella había llegado, los rasponazos de sus manos acaparaban su atención, pero apenas unos segundos después, la morena, arrodillada en el suelo entre las piernas de Saga, había tomado su rostro con las manos para limpiar el pequeño corte del pómulo.

—Shion estará molesto…—murmuró Naia, cuando sus ojos se toparon de nuevo con la marca de su nariz.

—Aún no sabe que estamos aquí. —La amazona ladeó el rostro, confusa.

—¿Entonces como averiguasteis…?

—Tuvimos cierta ayuda. De todas formas, estoy seguro que Apus disfrutará mucho contándote esa parte de la historia. No le estropees la fiesta. —Sonrió, mientras la miraba fijamente a los ojos, y ella acariciaba su rostro, hasta que su pulgar llegó a la comisura de sus labios.

—Siento mucho todo lo que ha pasado, Saga… —Por primera vez, sus ojos violetas se clavaron en el suelo. —Debí darme cuenta de que las cosas se torcerían… después de ti, nadie mejor que yo para prever que Kanon reaccionaría así.

—No es culpa tuya.

—¡Lo es! Yo no quería ocasionar algo así… solo quería estar contigo—susurró, besando su mano—. No quería que el Maestro te enviara al calabozo, yo… ¡No pensé que fuera hacerlo!

—Tshhh… —Saga posó su índice en los labios de la amazona. —Olvida todo eso. ¿De acuerdo? Ahora estoy aquí.

Ella obedeció. Guardó silencio mientras sus miradas volvían a cruzarse, y tras unos segundos sin pronunciar palabra alguna, finalmente la amazona continuó.

—¿Por qué has venido hasta aquí arriesgando tanto?

—Porque… —Por un momento, se tornó pensativo. O al menos, eso fue lo que Deltha pensó. Sin embargo, después se percató de que no estaba pensándose nada, simplemente, estaba tratando de buscar el modo de decirlo. —Te quiero.

Naia sonrió, y rodeando su cuello con las manos, atrapó sus labios entre los suyos.

Deltha se descubrió con el mismo gesto sonriente segundos después. Saga no podía haberlo hecho mejor. A pesar de todo. Ella era consciente de lo difícil que resultaba para las personas como él ponerle voz a los sentimientos. Especialmente a sentimientos tan grandes e incontrolables como ese, especialmente… esas dos palabras. A su juicio, que se hubiera atrevido, solo dejaba un poco más en claro lo ciertas que eran. Lo en serio que iba todo aquello para él.

Una vez más, comprobó cuanto se había equivocado juzgándole. Saga tenía un corazón enorme. Solo que no tenía la menor idea de cómo hacérselo ver al mundo. Era como un niño en el ámbito emocional: inexperto, ingenuo y con la misma ilusión. Su relación con Naia era la primera. A pesar de todas las historias que rondaban por ahí, y su obvia experiencia con el género femenino… Naiara era la primera. Y por tanto, siempre sería diferente a cualquier otra mujer.

No importaba lo que sucediera, ni como. Deltha solamente esperaba que las cosas les fueran bien, porque de no ser así… Saga sufriría. Ambos lo harían, no lo dudaba, pero Naia no era nueva en esos ámbitos. Sabía como afrontarlos, mejor o peor. Él, sin embargo… estaba indefenso ante todo aquello que provocaba el famoso primer amor.

Les echó un último vistazo y se mordisqueó el labio. Después se dio la vuelta y se perdió por el pasillo. El té caliente seguiría esperándola un rato más, y ellos se lo agradecerían.

-X-

—Pienso cobrarme cada día de ausencia de Saga más adelante. —Tatiana escuchó la protesta de Shura y rompió a reír.

El español era experto en protestas livianas que luego realmente no llevaban a ningún lado. Se había dado cuenta de ello en aquel tiempo que habían compartido juntos, pero le resultaba especialmente encantador el modo en que sus protestas ocultaban la preocupación que le provocaban algunas personas. Saga era una de ellas.

—Yo en tu lugar, iría tomando buena nota del número de horas y días que pasas aquí y él no—replicó.

—¡Es una buena idea! —Ella rió de nuevo, y Shura solamente atinó sonreír mientras la observaba. Era sencillo sonreír en su compañía.

—Estás preocupado.

—Un poco.

—Saga volverá cuando este listo. —Se encogió de hombros. —O cuando el Maestro lo traiga de los pelos.

—Supongo que sí… —Se revolvió el cabello oscuro mientras suspiraba. Lo cierto era que Shura no había mencionado nada de la ausencia del geminiano. A pesar de la confianza que tenía en la rusa, él mismo desconocía demasiado de la situación como para poder compartir sus angustias en ese momento.

—¿Interrumpo? —Alguien llamó educadamente a la puerta, y el leve acento francés le delató antes de que voltearan en su dirección.

—¡Camus! —Shura se levantó, invitándolo a pasar con un gesto de su mano.— Bienvenido a mis dominios. Toma asiento. —Señaló un montón de sillas apiladas en el rincón. —Las sillas son nuevas.

—Oh, gracias.

Tomó una, no sin observarla con cierto recelo. Todo lo que había en esa cabaña era una reliquia, no le extrañaría que las sillas vinieran de otro polvoriento y húmedo rincón olvidado por los dioses. Arles era así, un tipo práctico y con recursos.

Vio de soslayo a la amazona, y se sentó junto a ella.

—Veo que Arles tomó en cuenta alguna de vuestras peticiones.

—Si, afortunadamente. —Suspiró. —Respecto a poner cerradura en algunos cajones y armarios, aún esperamos respuesta. —Camus alzó las cejas, cuando sus ojos se toparon con una reluciente cerradura en el armario tras Shura.

—¿Y eso?

—¡Ah! ¿Alguna vez has puesto una? Pensé que no podía ser tan complicado… —Camus alzó las dejas.

—Asumo que lo fue. —El moreno le mostró su mano, y Camus rápidamente encontró el objeto de la desdicha de Shura. Una de sus uñas estaba ennegrecida. —Vaya. ¿Qué demonios guardas ahí? —La suave risa de Tatiana a su lado, lo sorprendió. La miró fugazmente, y luego volteó hacia la cabra, que lucía levemente sonrojado. —¿Algo comprometedor?

—Chocolate. —El peliazul entreabrió los labios dispuesto a decir algo, pero Tatiana se le adelantó.

—Oh. —Camus alzó una ceja, y ladeó el rostro. Por un momento, Shura hubiera jurado que aquel gesto en sus labios, era una sonrisa. —Valioso botín, Shura.

—No me culpes. Es una zona peligrosa, y Saga tiene una ligera adicción a las golosinas.

—Ya… —Camus carraspeó. —Esto, acerca de Saga, hay algo de lo que quería hablarte.

—Será mejor que os deje… —Tatiana captó rápidamente la indirecta, y en apenas un segundo, ya estaba en pie.

—No, espera. —La expresión de sorpresa fue obvia en los dos, pero Shura tenía sus motivos. —A no ser que sea algo excesivamente importante para mantener en secreto, creo que puedes hablar con libertad frente a ella. —La miró fugazmente y sonrió, gesto que no pasó inadvertido para el francés. —No te lo sugeriría sino tuviera mis sospechas acerca de por dónde va este asunto, y sino supiera que Saga lo compartiría con ella.

Camus guardó silencio unos segundos. Era innegable que sentía gran recelo por la sugerencia, pues aunque sabía que Lince era una buena amiga tanto de Shura como de Saga, él era por naturaleza un tipo reservado, y sabía que los demás también. Además, el asunto a tratar, concretamente… le ponía ciertamente nervioso.

Se humedeció los labios. Debía admitir que la evidente química entre Shura y la amazona, también le crispaba un poquito los nervios.

—De acuerdo—dijo asintiendo—. Solo espero que de verdad lleves esto con total discreción.

—Desde luego—respondió ella con una seguridad innegable—. Supongo que todo esto tiene que ver con la repentina misión de Caelum y la ausencia de Saga después de que el Maestro les sacara del calabozo, ¿cierto?

—Exacto. —Camus asintió, ciertamente sorprendido.

—Pensaste que todo eso era mucho más secreto de lo que realmente es. —Un leve tono de satisfacción adornaba la voz del español.

—Tú tampoco mencionaste nada.

—Bueno—se apresuró a justificarse ante la acusación de Tatiana—, es que realmente yo no se nada con certeza y… —Camus vio de uno a otro alternativamente, más asombrado a cada segundo que pasaba.

—Centrémonos—interrumpió finalmente.

—Perdón.

—Si, bueno. La cuestión es que Saga se fue en busca de Caelum para traerla de vuelta.

—Así que era eso. —Camus entrecerró los ojos con fastidio, pero antes de que pudiera protestar por la nueva interrupción, un leve movimiento de la cabeza de la amazona, sirvió para que Shura se diera por aludido. De nuevo, el francés no dejaba de sorprenderse.

—Aquí viene lo importante, y donde necesitaremos ayuda. —Ambos lo escuchaban ahora atentamente. —Apus lo acompañó.

—Por Athena… Van a matarse.

—Es altamente probable. —Se sopló el flequillo.— Por lo pronto estoy haciendo lo posible por enmascarar su ausencia, y que nadie lo note. No quiero que la repentina idiotez de Saga traiga consecuencias para más gente.

—Está enamorado… —Shura se encogió de hombros. —Dicen que esas cosas pasan.

—Quizá en los cuentos. No aquí. Y definitivamente no con Saga. ¡Es Saga! —Inmediatamente después de hablar, se percató de que quizá había sonado demasiado… expresivo para lo que les tenía acostumbrados. Carraspeó. —Como sea… Aioros, Dohko, Milo y Kanon saben de toda esta historia y hasta ahora está funcionando de un modo inexplicable.

—Shaina está tranquila estos días. La reprimenda del Maestro le hizo daño—terció Tatiana—. Pero estaré pendiente de ella.

—Supongo que Aioros puso todo esto en marcha. —Camus asintió. —No me dijo nada.

—La prioridad era cubrir la ausencia de Apus y ella está en su equipo. —La rusa se adelantó una vez más al Santo de Acuario, que de nuevo veía atisbos de una complicidad que hasta entonces no le había parecido importante. —No tiene importancia lo que Aioros dijera o no.

—Haremos lo que podamos, Camus. Lo sabes.

—Si, lo sé… —Asintió. Desde luego que lo sabía. Las cosas habían cambiado de tal modo, que no importaba si uno tomaba una decisión que a posteriori se demostrase equivocada… los demás estarían ahí para respaldarlo y ayudarlo a levantarse. Se sentía orgulloso de ello. Era como si, finalmente, hubieran crecido. —De todas formas, no creo que tarden en regresar.

—Mejor. —Shura se revolvió en la silla. —Cuanto más tiempo pasen fuera, más aumentará la molestia del Maestro.

—Exacto. —Suspiró, mientras se ponía en pie. —Tatiana. —Se despidió. Ella solo respondió con una leve inclinación de su cabeza. —Te veré en la cena, Shura. Pórtate bien.

¡Y por Athena! Esperaba que realmente se portara bien. Saga ya era un quebradero de cabeza suficiente, como para esperar y comprobar que era capaz de hacer con Shura una mujer tan diferente a Alexandra. No quería ni pensarlo.

-Continuará…-

NdA:

Saori: ¡¿Por qué nunca me entero de estas cosas?!

Deltha: ¡Doradito adorable! ¡Doradito adorable!

Saga: Me duele todo. ¡Todo!

Naia: 3

Aioros: ¡Arg! ¡Y yo aquí peleando con Shion!

Camus: Si tú supieras como están las cosas, Aioros… Si tú supieras…

Kanon: ¡Basta ya! ¿Por qué nadie habla de mi? ¡¿Por qué?!

Milo: Porque no hay nada que merezca la pena decir de ti, Kanon.

Saori: ¡Tomaré cartas en el asunto! ¡Ya verán! ¡Mataré a Shion con monerías! ¡Hasta el próximo capítulo!

Deltha: ¡Y yo cuidaré bien del Doradito A-DO-RA-BLE! ¡Lo prometo!

Saga: Sigue sin gustarme el mote… u_u