Capítulo 34: Cuentos de amor y de terror
El hombre corrió lo más rápido que pudo. Cruzó el sendero vacío, haciendo su mejor esfuerzo por ocultarse entre las sombras. La oscuridad era su aliada… pero también era su enemiga.
De pronto, descubrió que la franja de bosque que le mantenía a salvo llegaba a su fin. Delante de él no había un solo árbol más, y la pendiente que debía descender era pronunciada. A pesar de los peligros, no tenía escapatoria. Con la respiración desbocada y aquella mueca de terror en el rostro, volteó a sus espaldas. Sus perseguidoras estaban cerca, tan cerca que podía escuchar la hojarasca crujiendo bajo sus piernas terminadas en aguja.
—Por favor, por favor. —Apretó los ojos y rezó a cuanto dios le vino a la mente. —Hazlas desaparecer. Despiértame de esta pesadilla.
Y es que, aquella noche había comenzado como un sueño. Su vida como conductor le había llevado hasta Metsovo, donde haría algunas entregas en la fiel compañía de su camión. Le gustaba el lugar: antiguo, clásico, con buena comida y algunas buenas posadas. Así que había aprovechado su noche libre para salir de su hospedaje en busca de una bebida decente. Ahí, en una taberna a los límites de la ciudad, había conocido a un par de mujeres de belleza extraordinaria. Jamás había pensado que sería tan afortunado.
Ellas habían accedido a marcharse con él. La promesa de una noche inigualable le resultó irresistible. Pero a partir de ahí, el sueño se tornó en una pesadilla. Una de las peores.
Decidido a luchar por su vida, resbaló por la pendiente. Tal como había pensado, la inclinación lo hizo tropezar, y terminó rodando montaña abajo. El piso empedrado detuvo su caída. Aturdido por el golpe, se levantó a duras penas. Sabía que no estaba a salvo aún. Sus sentidos se lo gritaban.
Miró de un lado a otro. El sendero en el que había caído se internaba en la ciudad. Subía, en la forma de un camino angosto de piedra, como una serpiente ondulada. Sin más remedio, corrió cuesta arriba. Por un lado, un muro gigante lo resguardaba. Por el otro, las casas se formaban en una hilera sinfín. Sobre su cabeza, los árboles desnudos lucían cual garras dispuestas a sujetarle. El lugar entero conspiraba en su contra.
—¡Ayuda! ¡Auxilio! ¡Alguien! ¡Ayudadme!—gritó mientras corría sin parar. Su vida dependía de sus piernas; si se detenía, moriría.
Nadie salió a su auxilio. Cada puerta a su alrededor de se mantuvo cerrada. Lo que el pobre hombre desconocía era que los demonios rondaban por esa tierras desde días atrás. Los habitantes de Metsovo lo sabían y no había un solo hombre, mujer o niño, que se atreviera a arriesgar la vida por un desconocido. Tampoco tenía sentido: cuando una empusa elegía a su víctima, no había poder humano ni divino, que la privara de atraparla. Desde el momento en que pusieron ojos sobre él, era hombre muerto. Nada ni nadie podía salvarlo.
A pesar de todo, retó al destino por unos minutos más. Sus piernas ya estaban cansadas. Subir cuesta arriba exigía una fuerza que ya no poseía.
Entonces, alcanzó a divisar el final de su camino. El sendero terminaba en un par de metros de escaleras que desembocaban en un parque. Por un segundo, el hombre se permitió creer que, si conseguía sortear aquel último obstáculo, salvaría la vida.
Pero justo cuando estaba a punto de llegar, tropezó. Escuchó el chillido de los monstruos a sus espaldas y volteó. Su rostro se desfiguró en miedo cuando las vio frente a él.
Ambas conservaban el hermoso rostro que recordaba, aunque sus ojos ámbar centellaban en la oscuridad. Su torso desnudo también era humano. Pero sus brazos y piernas terminaban en aguijones largos y gruesos, de puntas filosas. Así también, las sedosas melenas que recordaba habían desaparecido. Flamas de fuego vivo las habían sustituido. Sus voces ya no guardaban sensualidad, sino locura. Chasqueaban sus lenguas y chillaban cual hienas en plena cacería.
—¡No, no!—exclamó el hombre. Se arrastró sobre el piso, en un vano intento de escapar. —¡No me matéis, por favor! ¡Os suplico!
Sus carcajadas, salidas del mismísimo infierno, resonaron una vez más. Se miraron entre ellas. Después, se relamieron los labios.
El aguijón en la mano de una de ellas atravesó el cuerpo del desgraciado. Un grito de dolor rompió el silencio de la noche. La empusa tiró hacia abajo, abriendo su pecho desde el cuello hasta la ingle. La sangre manó en abundancia mientras la vida escapaba del hombre.
Ambas mujeres se lanzaron sobre el cuerpo destrozado. Sus lenguas, bífidas y largas como las de los reptiles, bebieron de su sangre. El sonido de sus risas se agrandó con el eco de la piedra. Su bebida era tibia y deliciosa. Pero aún no estaban satisfechas.
Nunca lo estarían.
-X-
Arles se revolvió incómodo ante el cariz que estaba tomando la conversación. Apreciaba a Shion enormemente, pues a lo largo de los años, no solamente había sido un excelente Patriarca y guía, sino un hermano mayor que siempre le había tenido en cuenta y tratado como tal. Pero, precisamente por eso, conocía de sobra lo obstinado que podía ser en algunas ocasiones. Especialmente cuando se refería a ciertos santos dorados, o a cierto santo dorado.
Las expectativas siempre habían sido muy altas, siempre; y el ojo crítico con el que el Patriarca juzgaba cada movimiento y decisión, era demasiado duro en la mayoría de las ocasiones. La presión era enorme… pero ahora, Arles sabía que las cosas habían cambiado.
No por la actitud de Shion, ya que esta seguía siendo exactamente la misma. Sino por la actitud de Saga, que ya no era un niño que miraba al lemuriano con devoción y deseo de ser como él. Lo admiraba, de eso no le cabía la menor duda, algunas miradas aún lo traicionaban, pero la confianza en si mismo había crecido enormemente y con ella, su capacidad para desafiar las decisiones del peliverde.
Se había repetido todas estas reflexiones cada día desde que la bomba hubiera estallado. Mas, ahora, cuando se llevaba la mano a los ojos con cansancio, volvía a pensarlo. Y lo que era peor, se daba cuenta de que antes o después Shion tendría que aprender a lidiar con el desacuerdo de los demás y sus propias voluntades.
La princesa se lo estaba dejando más que claro en aquel instante.
—No entiendes la magnitud de la situación, princesa.
—¿Por qué no?
—Porque eres joven. Porque les admiras, y de alguna forma no solo les quieres, sino que además les idolatras… Igual que una hermana pequeña a sus hermanos mayores. —Shion suspiró. —Y eso es… maravilloso. Pero también te ciega. —Se respingó sutilmente cuando escuchó a la pelilila gruñir entre dientes. —Ves en ellos una historia de amor maravillosa. Una historia de esas que tanto gustan a los adolescentes, pero la realidad…
—Quien no entiende, eres tú, Shion—dijo, pausadamente. O al menos, tan pausadamente como su mermada paciencia la permitía en aquel momento. —Estás obcecado con este asunto. Sé que eres exigente, y me gusta que lo seas porque eso te hace el mejor Patriarca que pueda tener a mi lado, y eres un padre maravilloso.
Desde donde estaba, Arles pudo sentir el corazón de Shion inflamándose en orgullo, y agachando la cabeza sutilmente para no ser descubierto por el peliverde, sonrió.
—Pero hay muchas cosas que tú no entiendes, porque simplemente, no viviste. Quizá tienes razón al decir que son mi debilidad, pero lo cierto es que con Saga he vivido algunas cosas que… —Guardó silencio por un instante, y su semblante decidido se oscureció por un velo de tristeza. —No deseo que se repitan. No deseo que sufran de ese modo, ninguno, no solamente él. Pero ahora, es de Saga de quien trata todo esto. Se suicidó delante mío, murió en mis brazos la primera vez en un mar de sangre… —Su voz aterciopelada se rompió ante el recuerdo. —Y le vi llorar cuando yo le devolví la jugada. ¡Demonios! ¿Por qué no puedes entender que todos se merecen un poco de felicidad tras tanto sacrificio?
—Saori… —Ella lo miró a los ojos, expectante; pero Shion no supo que más decir.
—Entiendo que no lo apruebes, porque como Maestro tienes tus motivos; pero no entiendo que estés siendo tan sumamente estricto. Les traje a todos con la promesa de darles la oportunidad de vivir y olvidar todo el dolor que han atravesado por mi culpa. O si no pueden olvidar, al menos darles la opción de generar nuevas memorias que les hagan sonreír. —Suspiró. —Ya que esto no me ha salido del todo bien, porque tenemos otra guerra en el horizonte, deja que al menos vivan. Se lo merecen. Y es lo mínimo que podemos hacer por quienes han sangrado y llorado hasta límites insospechados tanto por ti, como por mi.
La diosa adolescente, mantuvo sus ojos fijos en los rosados del Maestro. Una mirada rebosante de fuerza y decisión, pero también de una bondad y un amor por sus santos desmesurado. Shion sabía que todo lo que había dicho era cierto, y dolía. No porque Saori le hubiera demostrado cuan intransigente parecía a sus ojos, sino porque sus palabras habían sido dolorosamente certeras. Todas y cada una de ellas.
Vio de soslayo a Arles, y después miró al techo por un momento. Cerró los ojos y trató de acallar todas aquellas voces que le gritaban los mil y un motivos por los que aquella historia no funcionaría. Después, finalmente la devolvió la mirada, y asintió con suavidad.
—De acuerdo. —Una leve sonrisa se dibujó en los labios de la diosa. —Dejaré que ambos vuelvan, como es tu deseo. Pero no debes olvidar, que además de esa relación entre ellos… Saga ha ignorado un montón de advertencias y normas que no debería haber echado al olvido.
—Eso lo entiendo perfectamente.
—Estoy enfadado con él. —La sonrisa de la chiquilla se acrecentó un poquito más y Shion frunció los lunares. —Mucho, muy enfadado.
—Nos hemos dado cuenta—murmuró Arles, ganándose una mirada fulminante de parte del mayor.
—No toleraré que…
Mas no pudo continuar. Los brazos de la joven diosa rodearon su cuello en un abrazo, y con un gritito triunfal, Saori estampó un beso en su mejilla.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias!
—¡Por los dioses!—exclamó el lemuriano—. Derrotado por una chiquilla. —Solo agradecía al Olimpo entero que ni los gemelos ni Aioros hubieran sido niñas, porque entonces, entre los tres lo habrían matado de ternura muchos años atrás.
—Tienes que admitirlo, es una historia tan bonita… tan romántica…—insistió, aún colgada de él—. ¡Parece sacada de uno de mis libros!
—Me encantaría ver como le dices eso a él. Al menos lo abochornaras un rato. —La escuchó reír, y por un momento, se sintió menos contrariado.
Entonces, llamaron a la puerta. Arles se asomó y recogió el mensaje que uno de los guardias guardaba celosamente.
—Mensaje de Albiore—anunció el santo de Altair cuando vio el sello estampado en el lacre.
—¿Albiore? —Shion alzó uno de los lunares con curiosidad y sorpresa. Tomó el sobre y rápidamente lo abrió.
Leyó su contenido, frunciendo el ceño a medida que avanzaba. Leyó una segunda vez, y finalmente dejó el papel en la mesa.
—¿Qué sucede?—preguntó Arles.
—Uno de los chicos de Andrómeda recogió a un nuevo aprendiz hace un par de días. —Tanto la diosa como el santo de plata, guardaron silencio; pero entonces, cuando aguardaban expectantes a que continuase con la explicación, una maldición escapó de sus labios. —Llama a Dohko urgentemente, necesito que venga.
-X-
El paseo por la aldea había sido divertido.
Se habían entretenido un rato entre el montón de tenderetes del pequeño mercado, comprando baratijas hechas por los locales. Habían visto joyería tradicional, ropas lo suficientemente gruesas para protegerles del frío inmisericorde de las alturas; e incluso habían adquirido un poco de aquel licor, típico de la zona, cuyo sabor era demasiado fuerte y seguramente los dejaría inconscientes al más mínimo descuido.
Sin embargo, como todas las cosas, la excursión había llegado a su fin y el trío se dispuso a subir hasta la torre situada en lo alto de la montaña.
De manera un tanto sospechosa, todo les había salido bien ese día. Su suerte no era exactamente la mejor en últimas fechas, pero hasta el clima era benévolo con ellos en ese momento, lo cual no era muy común en Jamir, según les habían dicho los aldeanos. Así que, sacando ventaja de ello, caminaron tranquilamente hacia su destino.
—¿Y bien?
—¿Qué? —Naia miró de reojo al rostro pícaro de su amiga. Después, regresó sus ojos a Saga, quien caminaba unos pasos por delante de ellas.
—¿No vas a contarme?
—¿Sobre qué?
—¡Sobre eso!
—¿Eso?
—¡Eso, Naia! ¡Gemelos! ¿Son… iguales? —Se atrevió a preguntar, tras aclararse la garganta.
—¡Deltha!
El grito hizo a Saga voltear sobre su hombro, pero al encontrarse con la inocencia fingida en el rostro de la amazona de Apus y la sonrisa incómoda de Caelum, prefirió no preguntar.
—¡¿Qué clase de pregunta es esa?!—susurró la morena.
—Una muy válida. Nunca he estado con gemelos y me muero de curiosidad por saber si son… iguales.
—¡No pienso responderte tal cosa!
—¿Pero por qué?
—Porque no es asunto tuyo, Deltha. No pienso hacerte una comparación de ambos solo porque mueres de curiosidad. —Naiara terminó por cruzarse de brazos.
—Me parece terriblemente injusto, ¿sabes? Soy tu mejor amiga. Deberías contarme esas cosas.
—No necesitas detalles. Además, ¿te has puesto a pensar lo que dirían ellos si te cuento? Me matarían si saben que he violado su privacidad de esta forma. Si tienes tanta curiosidad, ve y consíguete un par de gemelos para ti misma.
—Sabes que no puedo. —En esta ocasión, Deltha se cruzó de brazos.
—Oh, claro. Aioros se enfadaría, ¿no? Pues Saga se enfadaría igual si supiera que lo comparo con su propio hermano.
—Vale, vale. Al menos dime algo, algún pequeño detalle. —No, no iba a darse por vencida.
—¡¿Qué quieres que te diga?!
—¿Es…? —Tosió. —¿Es tan bueno como sonaba anoche? —El mohín de lujuria en su rostro terminó por disparar los colores en la cara de la otra.
—¡Por los dioses, Deltha! Ve y tírate a Aioros. ¡Consíguete tu propia diversión!
Lo cierto era que la noche anterior había comenzado con puro romanticismo… y terminado con la pasión más intensa. Quizás ni Saga, ni ella habían reparado en que la privacidad no existía gracias al eco de la maldita torre.
—Ya, ya—continuó la pelipúrpura—. Eso hago, pero no deja de darme curiosidad todo ese lío de los gemelos y el famoso mito de Arles. Además, tus gemidos, anoche, no ayudaron mucho a disminuir mi curiosidad. Los escorpiones somos así, ¿sabes?
—Y también sois un montón de pervertidos.
La amazona de Apus soltó una carcajada, pero no negó nada. Visto lo visto con Milo, muy probablemente su amiga tuviera razón. Entonces, reparó en Saga delante de ellas. El santo de Géminis iba especialmente tranquilo y callado, como si se forzase con toda su voluntad a obviar la conversación de ambas. No lo culpaba. Sin embargo, debía admitir que molestarlo se estaba volviendo una adicción de lo más placentera.
—¡Oye, Géminis! —Lo habló, y tuvo que ahogar una nueva risa al verlo respingarse. —Tranquilo, no es necesario huir. Solo tengo una pregunta.
—No sé qué te hace pensar que voy a responderte.
—No importa. Voy a hacerla de cualquier modo. —Sonrió. —Dime, ¿sabrás algo sobre cierto libro escondido en las estanterías de Sagitario? —Saga, tal como advirtiese, no respondió. Pero un ligero alzamiento de ceja traicionó su curiosidad. —Un Kamasutra, Saga. —Al oírla, Naiara estalló en risas.
—¿Aioros con un Kamasutra? ¡Creo que lo he visto todo!
—No tengo la menor idea de que me hablas, Apus. —Saga respondió, pero la sonrisa retorcida en su rostro dijo todo lo contrario.
—¡Lo sabía! ¡Estás involucrado de alguna forma en esto!
—Al contrario. Soy completamente inocente… aunque te cueste creerlo.
Deltha entrecerró los ojos y apresuró el paso, dispuesta a interceptarlo para obligarlo a detenerse. Mientras, Naia observaba con atención e incredulidad lo mucho que las cosas entre esos dos habían cambiado en tan poco tiempo.
—¡Saga!
—Por Athena, Deltha. Escucha a Naia y consíguete una vida. —La pelipúrpura frunció aún más el ceño.
—¿Quieres saber que pienso sobre ti como hombre?
—No quiero—respondió con premura—. Si queréis explicaciones sobre este tipo de eventos en el Santuario, hablad con Milo. Él siempre es el causante.
—Milo. Debí suponerlo. —La amazona de Caelum negó con suavidad. —Debí darme cuenta de que ya no es un mocosito gracioso desde el momento en que intentó algo conmigo al regresar al Santuario.
—¡¿Hizo qué?! Definitivamente voy a tener una conversación muy seria con él al respecto—masculló. Sin embargo, rápidamente una idea vino a su mente, haciéndolo enfrentar a Deltha. —Por cierto, Apus, ¿qué hacías registrando las cosas de Aioros? ¿Estás especialmente interesada en el libro o demasiado aburrida?
—Aioros me deja hacer lo que quiera en Sagitario—respondió, volteando el rostro—. Y mi interés sobre el libro, no es asunto tuyo.
—Si no estuvieras interesada, no harías preguntas.
—Si respondieras mis preguntas, quizás yo te daría más detalles.
—De verdad, no sé que quieres escuchar. —Ante esa respuesta, Deltha sonrió.
—Dime, Saga. ¿También hay un Kamasutra en Géminis? —La pregunta hizo que Saga resoplara. —Asumiré que lo hay… ¡O mejor aún! Asumiré que lo conoces de memoria.
—Apus…
—¡Lo sabía! Parece que todo lo que se dice sobre el Patriarca Arles y su tiempo libre es verdad.
—Si, bueno, sería lo mismo que decir que todo lo que se comenta de los escorpiones y vuestra hiper sexualidad es cierto. —El gemelo se encogió de hombros, mientras para sus adentros, suplicaba porque esa conversación llegara pronto a un final. Sin embargo, al reparar en la cara viciosilla de la amazona pelipúrpura, supo que apenas comenzaba.
—Cariño, los escorpiones somos mucho mejores de lo que se dice. ¿Arles también? —Saga bufó.
—¿Qué quieres escuchar? ¿Qué me sé el libro de memoria? Me lo sé. No sé cual es el problema. Si estuviera en tu lugar, me preocuparía más el hecho de que el mentado libro esté escondido en las librerías de Sagitario y no junto a la cama, listo para ponerse en práctica. Ciertamente no haces bien tu trabajo, Apus.
—¿Mi trabajo?
—Tú trabajo: enseñar a Aioros. Los escorpiones sois buenos para esos temas del sexo, ¿no?
—¿Desde cuando te interesa? —Deltha entrecerró los ojos y torció la boca.
—Oye, no me mires así, que no soy el único al que los escorpiones le parecéis bastante interesantes. De hecho, en cierta fiesta de cumpleaños, salió a relucir el tema de vosotros, especialmente de tus habilidades para…—esbozó un mohín de falsa inocencia—…ya sabes, para entretener a Aioros. —La joven lo miró con la boca abierta, mientras él ensanchaba su sonrisa y continuaba el camino.
—¡¿Hablasteis de mi vida sexual?!
—No. Hablamos de la entonces inexistente vida sexual de Aioros, en la que tú estabas de por medio. Espero que ya hayas hecho algo al respecto, porque sino, deberías esmerarte. Si el chico sale fallado, muchos dedos apuntarán a tu habilidad para esos menesteres… o a la falta de ella. —Amplió una sonrisa cínica.
—Te probaré lo capaz que soy en ello.
—No tienes que probarme nada. No me interesa saber. —La esquivó y continuó su camino, sin molestarse en mirarla más. —Quizás Aioros esté más interesando en esas grandes habilidades tuyas que yo.
—¡Saga!—llamó su nombre, dispuesta a continuar esa conversación hasta la última consecuencia.
Tuvo que caminar lo más rápido que las piernas le permitieron, pues el geminiano había apretado el paso también y no estaba dispuesto a extender aquel ir y venir de palabras por ninguna razón. A pesar de saberse capaz de ganar el duelo, tanta palabrería comenzaba a abochornarle.
—¡Saga de Géminis, estás huyendo!
—Y tú, me estás acosando.
—Por los dioses, ¿qué ha pasado con vosotros dos?—preguntó Naiara, unos cuantos metros detrás de ambos.
—Sucede qué, a tu amiguito aquí presente, le encanta hacerse al interesante; y, cuando se ve acorralado, el muy cobarde se marcha.
Deltha apenas había terminado de hablar cuando el santo se detuvo de improviso, ocasionado que la amazona frenara de golpe, solo para evitar estrellarse contra su espalda. Se volteó para mirarla con aquella mirada de fastidio que a la pelipúrpura le resultaba de lo más graciosa y, entonces, habló muy despacio.
—Última vez que te lo digo, Apus: Deja de molestarme.
—¿O qué? —La sonrisa burlona de la amazona iluminó su rostro.
—¿O qué? ¡¿O qué?! —Una risita le salió de lo más natural. Saga miró a la chica y supo que esa conversación terminaría ahí. —Voy a decirte algo, Deltha, y espero que lo entiendas. —Su mirada se separó por un segundo de la amazona de Apus y se posó en la de Caelum, con una mezcla perfecta de deseo y diversión. Después, regresó a la pelipúrpura, con un dejo de altanería. —El mito de Arles, no es un mito. Es una realidad, mucho mejor de la que se cuenta. Desafortunadamente, para comprobarlo se requiere más que escuchar gemidos ajenos a través de las paredes; hay que probarlo en carne propia. Y, para tu mala suerte, lo primero es todo a lo que puedes aspirar jamás. Así que deja de preguntar y ocúpate en hacer de Aioros un mejor distracción para ti.
La expresión de desacierto total que se dibujó en el rostro de Deltha le anunció la dulce victoria. Se dio la media vuelta, y conforme se alejaba, una risita socarrona abandonó sus labios.
Había ganado. Victoria definitiva para el cerebro más afilado.
Deltha lo vio alejarse en silencio, con el ceño fruncido y una mueca de inconformidad en los labios. Naia pasó a su lado y le sonrió, entre empática y pícara. Al verla levantar las cejas en un gracioso gesto, Deltha supo que había perdido esa batalla… pero no la guerra.
No, señor. Eso no terminaría ahí. Poco sabía Saga al respecto, pero la amazona de Apus prometía venganza, en un plato que se serviría bien frío.
-X-
Dohko llegó tan rápido como pudo, y cuando apenas había cerrado la puerta tras él, Shion ya lo había invitado a sentarse.
—¿Qué sucede? —Internamente, quiso preguntar si había descubierto algo nuevo acerca del santo fugitivo, pero cuando se percató de la mirada concentrada y perdida de su viejo amigo, Dohko supo que no se trataba de eso. O al menos, no totalmente.
—Albiore me hizo llegar un mensaje urgente.
—¿De qué trata?
—Hay un nuevo aprendiz entre los suyos, una niña. La recogieron hace apenas unos días en la región de Metsovo, en el Épiro. June de Camaleón informó de que la visita a la región fue ciertamente problemática.
—¿En qué sentido?
—Las gentes, y la misma niña, hablan de hermosas mujeres convertidas en monstruos. Piernas de bronce, cabello en llamas y ojos ambarinos. Lengua viperina… amantes de la sangre y carne humana.
—Empusas. —Shion asintió. —¿Qué has pensado?
—Enviaré dos equipos.
—¿Dos? —el peliverde asintió de nuevo.
—Tal y como sucedió con las Lamias, no parece que se conozca el número determinado de Empusas que merodean por allí. Tampoco según que juicio aparecen y desaparecen. Necesitamos averiguar todo lo posible al respecto de cómo se generan estos monstruos y eliminar tantos como podamos.
—Entiendo. Suena como una buena idea. —Pero lo cierto, es que no tenía la menor idea de para qué lo había hecho llamar.
—He estado pensando. —Se acomodó en la butaca. —La guerra se acerca y sigo sin tener la más remota idea de cómo o cuándo golpeará. Lo que me queda claro, es que ahora que tenemos el ejercito prácticamente al completo, muchos de ellos carecen de experiencia real. Incluso en los rangos más altos. —Dohko alzó una ceja ante ese último comentario. —El equipo de Aioros y el equipo de Saga se harán cargo de esto.
—¿Saga? —Estaba casi seguro de que se había respingado visiblemente en su silla, pero la mirada afilada de Shion estaba clavada en la suya.
—Con Jabu las expectativas son espantosas. El chico es una calamidad, y quiero que se mantenga vivo todo el tiempo que sea posible. Pero también necesito que sea de utilidad. El equipo es de los más equilibrados y con sobrada experiencia, pero eso supone un riesgo enorme para él y un lastre que debemos solucionar ahora que hay tiempo. —Y para Dohko, todo eso estaba muy bien, pero seguía sin comprender. —Después está Aioros, que es brillante, pero no ha entrado en una batalla como tal y quiero que lo haga. Necesito que se enfrente a la crudeza real y olvide los brillantes ideales. Quiero que ambos equipos se complementen, porque Saga y Aioros son perfectos el uno para el otro en una batalla.
—Ya…
—Tienes preguntas. —Dohko asintió de nuevo.
—Alguna, sí.
—Adelante.
—¿Saga? ¿Cómo?
Shion suspiró, pasando sus largos dedos por la melena antes de responder. Estaba a punto de claudicar y declarar su derrota ante quién le había retado desde el inicio. Por muy sabio que fuera, por muchos años que hubiera vivido… su orgullo y autoridad se resentían.
—Tras una larga conversación con Saori, he tomado la decisión que tanto anhelabais. —Y estaba cediendo, por ello no pudo evitar hacerlo a regañadientes. —Saga y Naiara volverán cuanto antes. No cambia la situación. Sigo sin aprobar nada de lo que ha hecho, y menos aún su modo de actuar. Para mi, ella sigue siendo un problema lejos de estar solucionado. Pero comprendo que quizá he sido demasiado severo en mi actuación, y obviamente se esta tornando contraproducente.
—¿Obviamente? ¿Por qué lo dices? —Shion no tenía la mejor idea de si aquellas palabras escondían un pequeño toque de sarcasmo o no, pero si era así, prefería ignorarlo.
—No podemos permitirnos tener a Saga de excursión por ahí. A él, como a los demás, lo necesito aquí. Con la diferencia de que a él tengo que tenerlo mucho más vigilado. Seguimos sin saber que puede pasar. No puede continuar más tiempo en Jamir, ni completamente ausente del mundo e incomunicado con su cosmos totalmente apagado.
—Bueno, debo decir que… me alegro. Espero que después las cosas tomen un camino diferente al que llevaban hasta ahora.
—Yo también. Así que, avísale.
—¿Yo?
Los ojos rosados se clavaron en los suyos con dureza.
—Tú. Sé de sobra que le ayudaste.
—Shion… —El lemuriano lo silenció alzando su mano.
—Me mentiste, y estoy profundamente molesto. —Dohko revolvió su ya de por si desordenado pelo castaño, con nerviosismo. —No solo me mentiste cuando te pregunté al respecto, sino que además, le has ayudado a pisotear mi autoridad. Así que, tú y yo ya solucionaremos esto más adelante. Está visto que al igual que nuestra princesa, también tú debes leer literatura romántica juvenil—masculló, pero el chino no entendió ni media palabra de a qué se refería—. Ahora hazme el favor, y tráelo de vuelta. Ya. Dile que Caelum y él tienen permiso para volver, pero déjale bien claro, que lo primero que van a hacer nada más llegar al Santuario, es venir a verme. Con urgencia y sin juegos.
—¿Y qué harás entonces?
—Mandarlo a cazar empusas—respondió tranquilamente. Entonces, fue cuando Dohko cayó en la cuenta de la estrategia. Se reclinó en su asiento, y respondió.
—Ese es tu castigo.
—¿Castigo? No. —Shion sonrió de lado, pero no había nada en el gesto que lo identificara como una sonrisa real. Era su peculiar castigo, sí. Tanto para Saga, como para Aioros por cómplice. —Pero si esta es la única forma en que puedo mantenerlo centrado en su deber, así sea. Las vacaciones se han acabado.
—De acuerdo.
—Mientras tanto, informaré a los equipos, para que estén listos para marchar cuanto antes.
Dohko asintió y se puso en pie. Sin embargo, cuando alcanzó la puerta, se detuvo y volvió a encarar a su amigo.
—No lo tomes como algo… personal.
—¿El qué?
—Lo que ha pasado. Si ayudé a Saga fue porque consideré que así los daños serían menores. Sé que eso te ha dolido, porque de alguna manera es una pequeña traición hacia ti. Pero espero, y deseo, que después de todo este tiempo que nos conocemos, sepas que si he intercedido por él, ha sido porque realmente consideraba que era lo mejor. Sé de sobra cuan inteligente es Saga, mucho. Sabe lo que hace, porqué lo hace, y conoce las consecuencias de sus actos. Las aceptará, siempre y cuando no toques lo único realmente suyo que tiene en este momento. Nunca se negaré a nada que beneficie a esta Orden y sirva para proteger a nuestra diosa, por mucho que duela… pero esto… —Se encogió de hombros. —Esto simplemente era personal. Y realmente no quería que te vieras enfrentado a los gemelos, o a él. Porque sé lo mucho que significan y sé el vínculo que te une a ellos.
—¿Por qué intercediste por él? No sois especialmente cercanos, y hasta donde sé… su cercanía te incomodaba hasta hace no mucho.
—Tienes razón. No soy tan cercano a Saga como puedo serlo a Aioria o a Mu, pero no deja de ser uno de mis chicos también. Además… —Guardó silencio un instante con la mirada fija en el suelo. Luego, esbozó una sonrisa y buscó el rostro de mi amigo. —Se parece mucho a alguien que conozco. Quizá tú no hayas reparado en ello, pero es por eso que supe que tu proceder solo iba a empeorarlo. Es igual que tú.
-X-
Lo primero que llamó su atención al acercarse a la cabaña, fue el hecho de que Keitaro estaba apostado bajo un árbol, cerca de la entrada. Aioros pasó junto a él, sin dirigirle la palabra. Sin embargo, no pudo resistir la tentación de echarle un vistazo. Justo en ese momento, él levantó el rostro y sus ojos chocaron. El hecho de que el pelirrojo se notara tan afligido le resultó interesante. Tantos años después, Cruz del Sur seguía perdidamente enamorado de Naiara.
Aioros casi se sentía mal por él… casi.
Pero rápidamente cayó en cuenta de lo que realmente significa la presencia del santo de plata. Si Keitaro estaba ahí, seguramente Nikos también rondaba por los alrededores. Al entrar a la cabaña, descubrió que estaba en lo cierto.
El santo de Orión estaba en la diminuta cocineta, bebiéndose un vaso de agua fresca. Cuando lo vio aparecer, le dirigió aquella mirada suya, tan indiferente como acusadora. Era fácil darse cuenta que, de algún modo y por cualquier razón que le pareciera, Nikos extendía la culpabilidad de la partida de Naia a él. Después de todo, a los ojos del moreno, todos los santos dorados eran iguales.
—Ey—saludó el arquero. Nikos no se molestó en responderle. —No esperaba encontrarte. —Tampoco quería. Sabía que eran cómplices del crimen, pero eso no significaba que tuvieran que compartir espacios, ni intercambiar palabras. ¡Ni siquiera tenían que respirar el mismo aire!
—Recién terminé con los entrenamientos y decidí pasar por aquí. Solía hacerlo cuando ambas estaban aquí.
—Ya.
La falta de palabras no sorprendió al castaño. Lo único que Nikos y él tenían en común eran las chicas. De no haber sido por ellas, jamás hubieran tenido motivos de unirse por nada. De cualquier modo, el silencio tampoco le importaba demasiado. Giró los ojos y miró a su alrededor.
Como cada vez que entraba a la cabaña, recorrió el sitio con la mirada. Cada rincón de aquel lugar guardaba un recuerdo de las amazonas. Aioros no concebía el Santuario sin ellas. Deseaba con todas sus fuerzas que Saga pudiera de traerlas de regreso. Pero, aunque confiaba en el geminiano, su último encuentro con Shion no le daba ningún buen presagio para su causa. Lo peor era la incertidumbre de no tener noticias. Ni siquiera sabía si Saga y Deltha habían conseguido llegar vivos y enteros hasta el Tibet.
—¿Sabes algo de ellos? —Cómo si leyera su cabeza, Nikos le cuestionó. Aioros negó suavemente.
—No, nada.
—No debiste dejarla ir.
—¿A Deltha? Fue idea suya la de acompañar a Saga y sabes de sobra lo importante que es Naia para ella. ¿Te parece que yo hubiera podido detenerla?
—Saga no es de confiar. —La afirmación hizo que el arquero levantara las cejas. Había cosas que nunca cambiaban y el moreno era una de ellas. —Ya era bastante malo que Naia fuera culpada de sus estupideces, como para que también Deltha terminara exiliada por capricho suyo.
—Te preocupas demasiado por Deltha.
—Es mi amiga.
—Amiga. Por supuesto. —Chasqueó la lengua. Nikos tenía que pensar que además de ciego, era estúpido. —Pero es irónico, ¿sabes?
—¿El qué?
—Que no puedas confiar en Saga y que, a pesar de todo, el regreso de Naia dependa precisamente de él. Y el de Deltha, tu… amiga. Si yo fuera tú, le tendría un poco más de fe.
—Dohko dijo lo mismo.
—Dohko es un viejo sabio. —¿O era un sabio viejo?
Le oyó resoplar y no se hizo ilusiones. Hablar con Nikos acerca de Saga, e intentar cambiar su opinión al respecto, era gastar de saliva. Claro que también lo entendía. A pesar de los años, a Aioros le seguía pareciendo que él y Keitaro eran un par de idiotas sin remedio.
—Por cierto, ¿qué demonios hace Keitaro aquí?
—Insistió en acompañarme.
—¿Sabe algo de lo que sucede? —Nikos no respondió, así que Aioros prefirió ser más claro. —Sobre Saga y Deltha.
—Solo eso te importa, ¿eh? Saga y Deltha.
—Oh, por Athena. Cierra la boca, que sabes que no es así. —¡Ni siquiera sabía por qué se justificaba ante Nikos! Pero le sacaba de juicio. —Todos estamos en este lío para ayudarla.
—¡Claro! ¿Y qué haces, genio? ¿Eh? —El tono de voz del moreno había aumentando. A Aioros no le gustaba en absoluto, pero sabía que necesitaba hacer gala de paciencia. —¡Mandas a Deltha como carne de cañón! ¿Crees que a Saga le importará lo que suceda con ella? No. A ese idiota solo le importaba apropiarse de Naia otra vez. La traerá hasta aquí por puro capricho, solo para destruirla cuando se aburra de ella.
—Baja la voz—siseó el castaño.
—¡No me digas qué hacer!
—Claro que lo haré. Así que cierra esa bocaza tuya —Se sorprendió a si mismo cuando Nikos de verdad guardó silencio. Era una lástima que aquella maldita mirada insolente y acusadora siguiera irritándole a límites que no conocía. —Ahora, piénsalo bien. ¿Quieres a Naia de regreso o no? —La falta de palabras del moreno le dio la respuesta. No había modo en que él no pudiera querer a su pequeña hermana de regreso. Lo deseaba tanto como todos. Salvo que la frustración e impotencia le ponían en una posición más difícil. —Bien. Entonces, mantendrás el pico cerrado y no dirás una sola palabra más. Ni una queja más, Orión. Ni una—terció rápidamente, antes de que intentara interrumpirle de nuevo—. Si alguien puede traer a Naia de regreso, son esos dos. Saga la tendrá aquí antes de que puedas encontrar una nueva excusa para odiarlo… A ambas.
Escuchó el gruñido del santo de plata, pero no le prestó más atención. Se aseguró que todo dentro de la habitación estuviera en orden y, cuando se sintió satisfecho, se dejó caer sobre la cama de la amazona de Apus. Se acomodó, cruzando los brazos por detrás de la cabeza, mientras su mirada se perdía en las decenas de ladrillos del techo de adobe. Nunca se acostumbraría a ese sitio sin la voz de las chicas.
Pero, sus divagaciones se vieron interrumpidas por una sucesión molesta de bufidos. Nikos podía ser realmente exasperante cuando se lo proponía… y también cuando no.
—Ya puedes irte si quieres—dijo—. Yo me quedaré un rato más antes de volver a casa.
—Avísame si sabes algo.
—Vale. —Sintió la mirada de Nikos sobre sí, por última vez y, de reojo, lo vio marchar hasta la puerta. Pero, antes de que se marchara, le detuvo. —¡Oh! Lo olvidaba. —El moreno volteó y sus ojos violeta estaban teñidos de fastidio. —Asegúrate de llevar contigo a Keitaro. Ahogará al pobre olivo con sus lágrimas.
La mueca de disgusto en el rostro de Nikos lo hizo olvidarse por un segundo de su propio malestar. Sin embargo, tan pronto se quedó solo, se dio cuenta de lo mucho que extrañaba a Saga, a Deltha y a Naiara. Le frustraba terriblemente que sus esfuerzos no hubieran ayudado en nada.
Eventualmente, tendría que volver a donde a Shion, a pesar de que el mismo Dohko le había pedido paciencia. El viejo era un hueso duro de roer.
-X-
Cuando Kanon vio colisionar a Cassios y a Jaki, levantó las cejas. Estaba seguro de que aquel impacto había hecho vibrar al suelo. Se había sentido como un pequeño temblor y, le gustara o no, no pudo sino admitir que la fuerza bruta era un cualidad temeraria. Imaginaba que, si alguno de esos tipos conseguía despertar su cosmos, podrían convertirse en guerreros de cuidado a los ojos de cualquiera.
Pero, a final de cuentas, era una lástima que no fueran más que un montón de inútiles.
Ahogó un bostezo y desvió la mirada hacia Ichi y Docrates. Por un segundo pudo jurar que el Santo de Hidra temblaba ante la imponente presencia del otro. Ichi, para Kanon, era el Jabu de Saga. Igual de frustrantes, de débiles… y malogrados. No tenía la menor idea de quién los había entrenado, pero si algún día lo averiguaba, iría a buscarle y a patearle el culo, por idiota. Porque, ahí estaba él, tratando de componer lo que alguien más había descompuesto.
Gruñó sin darse cuenta. Lo cierto era que no tenía más opciones. Ya había causado demasiados problemas, y no podía permitirse más. Si quería mantenerse lejos de la ira de Shion, y de paso no arruinar nada más, tendría que hacerse un poco más responsable respecto a su trabajo.
—¿Eso fue un gruñido? Juraría que la única bestia salvaje de estos rumbos era el gato. Ya veo que deseas hacerle competencia.
Kanon miró a su lado, solo para encontrarse con la sonrisa burlona de Máscara Mortal. El italiano lucía más que satisfecho con su ocurrencia, a pesar de que a Kanon no le había hecho la menor gracia. Afrodita era más disimulado, pero no por eso estaba menos divertido.
—Cuidado, que podría morderos.
—Uh. Tú ten cuidado. La florecita podría emocionarse y querer más mordiscos. Grrr… —El Santo de Piscis giró los ojos y dibujó una sonrisa. El gemelo, en cambio, arrugó la nariz.
—Eso ha sido inquietante, Ángelo. ¿Qué demonios hacéis aquí?
—La verdad es que te acosamos un poco.
—¿Por qué? ¿Os debo algo?
—Chismes solamente—terció Afrodita—. Saga ha estado ausente y nos preguntábamos si sabrías algo.
—Verás, mi amigo Afro, aquí presente—Máscara Mortal dio un codazo al aludido—, extraña ver ese culito suyo rondando por aquí todos los días.
—No puedes culparme. Es una buena forma de alegrarse la mañana.
—¡Por los dioses! Esas son las cosas que no quiero saber.
—Oye, no te pongas tímido conmigo. Tú no estás nada mal tampoco, pero no eres mi tipo. Los hombres que cuidan su apariencia son más atractivos que los que parecen… mendigos. —El gemelo entrecerró los ojos. —Sin ofender, Kanon.
—Ya…
Viró la cabeza para el lado opuesto. Con un poco de suerte, aquel par de idiotas comprenderían la indirecta y se marcharían. Sin embargo, quizás Kanon les daba más crédito del que me merecían, porque antes de que se diera cuenta, se sentaron cada uno al lado de él. Estaba atrapado y no tendría más remedio que soportar su presencia.
Bufó. Bufó de nuevo, con más fuerza. Bufó una tercera vez, con la esperanza de que Cáncer y Afrodita le entendieran. Entonces, para cuando bufó por cuarta ocasión, ya se había resignado.
—¿Qué has hecho con tu gemelo, Kanon? Confiesa. ¿Lo encerraste en el sótano de Géminis? ¿Lo drogaste y lo convertiste en el bello durmiente del Santuario? ¿Le has reseteado el cerebro?
—Énfasis en "bello". —Kanon bufó al escuchar el comentario de Afrodita. Esos dos eran un fastidio.
—Ya, ya, Afro. Tranquiliza esas hormonas tuyas. —Ángelo paseó el índice frente a su amigo. Después, volteó de nueva cuenta hacia el gemelo. —Anda. Puedes contarnos.
—No hice nada de esas cosas… aunque drogarlo de pronto suena como una buena idea.
—El viejo se enfadará si escucha eso.
—¿Vais a decírselo?
—No, sabes que no. Somos buenos cómplices.
—No estoy seguro. Nunca fuisteis mis cómplices. —Se encogió de hombros. Si le preguntaban, aunque simpáticos a su manera, aquel par todavía le ponía receloso. Más que nada, por esa extraña relación de amor y odio que llevaban con Saga. —Y, por si no lo habéis notado, estoy ocupado.
—Claro, claro… trabajando.
El universo estaba muy mal ese día si Kanon había decidido salir a hacer sus labores. Probablemente era una inequívoca señal del Apocalipsis.
Un grito atrajo la atención de los tres. Ichi había caído estrepitosamente y se quejaba de un golpe mal recibido. No dudaban que su hombro izquierdo se amorataría y dolería por un par de días, pero tanto escándalo resultaba irrisorio.
—Oh, por Athena… —El gemelo se llevó la mano a la cara. No entendía que extraña fuerza le había llevado a enfocarse en un equipo como aquel.
—Eso es bastante lamentable.
—Bah. Cualquiera diría que no has visto esta misma escena en cualquier otro equipo, florecita.
—Ya sé que todos tenemos un inútil con el que lidiar, pero eso no la hace menos terrible.
—¿Sabéis que es lo verdaderamente terrible?—terció Kanon.
—¿Qué tú tienes cuatro de esos?
—Bueno, eso también—resopló—. Pero me refería al hecho de que Shion realmente espera que hagamos algo útil de ellos.
—El viejo tiene fe. ¿Qué hay de malo con ello?
—¿Estás diciendo que podrías hacer algo decente de Cruz del Sur? —La pregunta de Máscara Mortal fue respondida con una risilla irónica por parte de Afrodita.
—No, ¡por supuesto que no! Dije que no hay nada de malo con la fe del viejo. Pero no dije que fuera a servirnos para algo.
Kanon esbozó una sonrisa: la primera desde que ambos habían llegado. Hizo un gesto con la mano, que el resto de su equipo interpretó como una despedida. En un abrir y cerrar los ojos, antes de que el geminiano se arrepintiera y cambiara de idea, todos desaparecieron. Kanon estaba aliviado.
Se puso en pie lentamente y estiró la espalda. También estaba listo para marcharse a casa.
—Terminé aquí. Me voy. Pasad un buen día. —Sin embargo, estaba siendo demasiado optimista respecto a su huída.
—¡Eh! ¡Nos abandonas!
—Por supuesto que os abandono. No me apetece quedarme aquí toda la tarde, disfrutando de vuestra fina compañía, Cáncer.
—Ni siquiera nos has contado que sucede con Saga.
—Escucha, florecita. —Sonaba raro. Muy raro. —En verdad comienza a ser preocupante el asunto del acoso. Pero, si debéis saberlo, mi hermano no está disponible.
—Aja. ¿Y…?
—¿Y?
—¡Cuéntanos más!
—No tengo más que contaros.
—Mierda, Kanon. Mierda. Y lo sabes.
—El viejo no está paranoico por nada—intervino Afrodita—. Parece dispuesto a asesinar a alguien con su tenedor cada vez que nos reunimos para comer. Solo que no estoy seguro a quien.
—¿Y eso qué tiene que ver con Saga?
—Que Saga no está. Todos lo hemos notado.
—¡Danos más detalles! No me obligues a plantar cámaras de vigilancia en Géminis.
Kanon entrecerró los ojos, mirándoles con severidad. A pesar de ello, ninguno de los dos se inmutó.
El gemelo no esperaba que ninguno de ellos fuera estúpido, pero aquella aventura de su hermano había dejado de ser un secreto desde hacía mucho tiempo. Lo cierto era que Saga se había confiado. Fuera la desesperación o las prisas, ¿cómo demonios había pensado que aquello funcionaría?
—Haceros un favor y olvidaos de este tema—ladró.
—¡Vamos!
—Hablo en serio—dijo, interrumpiendo a Máscara Mortal—. Mientras menos sepáis, mejor será para vosotros. —Después continuó su camino, por varios metros antes de volver a detenerse. —Oh, y más vale, Afro, que yo no te descubra mirándome el culo al pasar. —Una sonrisa divertida se dibujó en los labios de los tres. —Estoy seguro de que Saga se pondría celoso.
—¡Que va! Lo nuestro es puramente platónico.
—O lo sería… si Saga supiera que está involucrado.
Kanon le concedió la razón con gracioso gesto, pero no dijo nada más. Siguió con su marcha y antes de que se dieran cuenta, desapareció del lugar.
Afrodita y Ángelo intercambiaron miradas. No se necesitaba de grandes mentes para notar lo grave que se planteaba el futuro y lo poco esperanzadoras que eran las opciones. Cuando Saga se dignara a volver, de donde fuera que se hubiera ido, Shion iba a estallar como un volcán… y los arrastraría a todos.
—Maldición—bufó el santo de Cáncer. Cruzó los brazos por encima del pecho y sopló los flequillos que le caían en la frente. Afrodita asintió con suavidad.
—Sé a que te refieres. Tengo un mal presentimiento de esto, ¿sabes? De pronto, me siento como en medio de una telenovela.
—Oh… todo eso es muy cierto. Pero no es en lo que pensaba.
—¿No?
—No. ¡Pensaba en que esas malditas cámaras serían realmente útiles!
Piscis rodó los ojos y dejó escapar un gran carcajada. Después, tiró de Ángelo para que se marcharan de ahí.
-X-
Saga casi podía asegurar, que aquel momento estaba siendo uno de los más extraños y a la vez agradables y hogareños que hubiera vivido nunca. Naia dormitaba acostada sobre sus piernas, acurrucada bajo una manta, mientras Deltha hacía exactamente lo mismo en el sillón a su lado. La chimenea crepitaba a unos pocos pasos de ellos, mientras afuera, el viento aullaba y la nieve que había comenzado a caer, se amontonaba en las ventanas. Hacía un frío del demonio, pero se sentía asombrosamente agradable.
Le dio un sorbo al licor lemuriano que habían encontrado en la despensa y dibujó un gesto de disgusto cuando el líquido dorado bajó por su garganta. Sabía a rayos, pero lo cierto era que cumplía con su objetivo. Daba calor. Sonrió, al percatarse del absurdo detalle, y volvió a centrarse en vigilar a su compañía femenina.
Ambas se veían como un par de angelitos, con las mejillas sonrojadas. Enredó los dedos en la melena negra de Naia, y cerró los ojos, dispuesto a unirse a ellas en aquella relajante dejadez. Aunque era de sobra consciente de que no se dormiría, había algo en el ambiente que lo arrullaba, y empujaba a sus parpados a cerrarse.
Tras unos segundos así, una voz intrusa y lejana irrumpió en su paz. Abrió los ojos con lentitud, y pestañeó un par de veces, hasta que identificó la voz de Dohko en su adormilada mente. Suponía que así se sentía cuando trataban de hablarte y tu cosmos estaba totalmente apagado.
—¿Dohko?
—Al fin. Creí que no lograría encontrarte y que tendría que buscar a Naiara o Deltha.
—Bien hecho.
—Tengo buenas noticias. —Saga se mantuvo en silencio, expectante. —Shion ha dado su visto bueno para que volváis a casa.
Sin querer, Saga se tensó, y su rostro adoptó una expresión severa y pensativa.
—¿Bajo que condiciones?
—Bueno… no dijo gran cosa. Solamente que te diera el aviso, y que volvierais cuanto antes los dos. Desea veros en su templo nada más llegar.
—¿Cómo supo que tú lo sabías?
—Tú lo hubieras sabido si hubiera sido Aioros, ¿no? —Saga lo escuchó reír al otro lado del cosmos.— Shion y yo somos como vosotros dos.
—Lo siento.
—No te preocupes por mi, y preocúpate por ti.
—¿Tan mala es la predicción?
—Sinceramente, no lo sé. Solo puedo aconsejarte que seas cuidadoso dejando a Deltha a salvo, ya que de ella no sospecha nada, y que tú seas prudente. Quien dice prudente, quiere decir mudo.
—Si… entiendo. —Sonrió, aunque sabía de sobra que la situación no lo ameritaba. —¿Y ella?
—No se nada más. Pero es una buena noticia, ¿no?
—Lo es.
—Entonces no te retrases.
—Tranquilo. Y Roshi… —A Dohko siempre se le removía algo cuando le llamaban así. —Gracias. Muchas gracias.
—Está bien.
-X-
—Vamos, despertad, dormilonas. —Deltha respondió con un gruñido, y Naia se tapó la cabeza con la manta. —Sois como un par de ositos.
—Calla, Géminis. Estaba siendo agradable—masculló la pelipurpura.
—Ya… bueno, tengo buenas noticias. —Un ojo almendrado se abrió y lo miró, mientras Naia se revolvía sobre sus piernas. —Dohko me habló, podemos volver.
Entonces, como impulsada por un resorte, Naia se incorporó de golpe.
—¿En serio?
—Eso parece. Solo tenemos que ir al templo papal nada más llegar.
—Oh—murmuró Deltha.
—Tranquila, te dejaré en algún lugar a salvo, y luego iremos.
—No lo decía por eso…
—Shion me odia. —Naia se tapó de nuevo con la manta, igual que una niña.
—No te preocupes, vamos. —Dejó escapar una pequeña carcajada. —Ten por seguro que nos va a dar una charla a ambos, pero el problema aquí lo tengo yo. —Besó su frente. —No te preocupes. Solo volvamos cuanto antes, y evitemos empeorarlo.
Deltha se levantó, y arrastrando los pies, se dejó caer sobre Naia en el otro sofá. Saga, bajo ellas, se quejó.
—Ha sido una linda excursión. —Les abrazó a los dos del mejor modo que pudo. —Pero no volváis a hacerme pasar por esto. —Después, besó el pelo de Saga y se marchó, dispuesta a recoger sus pocas pertenencias.
-X-
Había dejado a Deltha en Géminis tan pronto habían llegado al Santuario. La había hecho prometer que utilizaría los pasadizos para salir de las Doce Casas, y que a ser posible, lo hiciera mientras ellos estuvieran con el viejo. De esa forma, el Maestro estaría lo suficientemente ocupado como para no reparar en un movimiento tan sutil como aquel.
Además, se había deshecho de las mochilas y los abrigos. Si por algún casual Shion preguntaba porqué había ido al tercer templo primero, tenía una excusa. Un tanto absurda, pero excusa al fin y al cabo. Saga confiaba en que el lemuriano no ahondara más en el asunto. Total, estaba seguro de que tenía otras muchas quejas en mente antes que esa.
Echó una última mirada a Naia cuando las puertas del Salón del Trono se alzaron ante ellos. Los guardias les miraron discretamente, pero no lo suficiente como para que no lo notaran. Por ello, el gemelo no trató siquiera de decir nada. Todo estaba dicho ya, y nada de lo que pudiera mencionar ahora, tranquilizaría a Naia. Así que, con un gesto de su cabeza, indicó a los dos jóvenes custodios que anunciasen su llegada.
Apenas unos instantes después, las lanzas de plata se hicieron a un lado y las puertas se abrieron. Por un instante, ambos contuvieron la respiración; pues por muy familiarizados que estuvieran con aquella estancia, siempre provocaba una sensación de vértigo inigualable al sentirse rodeado por su fuerza.
Saga se adentró en el salón, con la cabeza bien alta, pero el semblante serio. La amazona, caminaba a su lado, pero un par de pasos tras él. No sabía porqué lo hacía, pero de alguna manera, esa sutil diferencia hacía que se sintiera protegida. Al fondo, Shion esperaba en el trono de oro, con la vista fija en su santo de Géminis, como si la amazona de plata no existiera.
Aguardó unos segundos antes de decir nada, contemplándoles… pensando con mucho cuidado las palabras que pronunciaría. Aunque había pensado en ellas largo y tendido ya, no podía evitar darles vueltas mientras apretaba los dientes por haber accedido a las peticiones de Saori y haber claudicado en su autoridad.
—Espero que esta vez no tengas ninguna queja airada que espetarme. —Saga no dijo nada, pero a su lado, Naia tragó saliva. —Antes de nada, quiero que quede bien clara una cosa. A ambos. —Por primera vez, la miró, y juró que desde donde estaba, la podía ver temblar. —Si estáis aquí, en este momento, es porque habéis contado con muchos aliados que yo hubiera considerado inesperados. Sé que Dohko te ayudó a salir, así como que Aioros trató de encubrirte y allanarte el camino—dijo refiriéndose al peliazul—. Pero ninguno de los dos logró convencerme de que esta era la solución apropiada. Eso deberéis agradecéroslo a vuestra diosa. —Saga ladeó el rostro sutilmente, sorprendido. —Y realmente espero que lo hagáis, porque lo cierto es que tenemos cosas realmente importantes de las que preocuparnos, como para que Athena misma preste atención a esto.
Dicho eso, Shion se levantó del trono y bajó uno de los escalones que lo separaban de la pareja. Clavó los ojos en la mirada esmeralda del chico, y frunció el ceño, arrugando los lunares.
—Has ignorado todas y cada una de mis ordenes. Has pisoteado mi autoridad, y me has desafiado a sabiendas de que eres tú quien ha roto todas las reglas que no debía romper. Te has rebajado al nivel de un simple mocoso caprichoso y malcriado, mostrándote como tal ante todo el mundo… te has tomado la justicia por tu mano. —Saga apretó los dientes. Sabía que todo lo que decía era cierto, pero también era consciente de que no tenía ningún derecho a replicar nada. Ni siquiera a defender sus propios motivos. Sin embargo, eso no significaba que oírlo de sus labios no doliera. —Si Naiara está aquí y no en Jamir tal y como yo ordené—una mirada fulminante la forzó a agachar el rostro—, es porque tú eres necesario como Santo Dorado. Y con esta aventura tuya, la has antepuesto a ella a tus obligaciones. Me has dado la razón.
—No es cier… —Trató de decir, pero Shion alzó una mano, silenciándolo. Por un momento, Saga casi esperó una bofetada.
—Te expliqué muy detenidamente porqué motivos esta relación no era posible. Te dije que antes o después, tú terminarías distrayéndote de tu camino. ¡Por los dioses, Saga! ¡Te lo dije! Traté de que entendieras que cuando una persona a la que uno cree querer irrumpe en nuestra vida, nuestro trabajo se hace mucho más difícil de llevar a cabo. Se toman menos riesgos, aunque estos sean necesarios, y la lista de prioridades cambia.
—Nada ha cambiado—murmuró. Podía guardar silencio ante muchas cosas, pero que lo cuestionaran como santo, jamás.
—¿No? —Shion alzó un lunar y Saga apretó aún más los dientes, a sabiendas de que el peliverde tenía más argumentos bajo la manga. —Hasta donde yo sé, Saga, tenemos una guerra en ciernes con todos los frentes del mundo abiertos. Uno de los cuales, gira en torno a la deidad que asestará el golpe. ¿En qué momento te pareció inteligente salir del Santuario, solo y con tu cosmos apagado? ¿Valoraste todos esos riesgos? ¿Necesito ponerle nombre a nuestros miedos, ese que tan bien conoces, o basta con esto? ¿Lo pensaste antes de irte? ¿Se te pasó fugazmente por la cabeza siquiera? —Sin poder evitarlo, Saga retiró la mirada a la ventana. Au. Au… —Si eso hubiera pasado, te hubiéramos perdido. Y lo más probable es que ella estuviera muerta ahora. —Un escalofrío recorrió la espalda del geminiano, mientras los ojos de Naia se nublaban por las lágrimas. —Piensa en todo esto muy detenidamente y encuentra tu rumbo de nuevo. —Se dio la vuelta y volvió al trono. —Mañana, al amanecer, partes con tu equipo y con el de Aioros rumbo al Épiro. Aprovecha la ocasión para centrarte.
—Si—murmuró.
—Deberías agradecérmelo, porque con gusto te mandaría de nuevo al maldito calabozo. —Se sopló el flequillo. —Respecto a vuestra historia… —Esta vez la miró a ella. —No voy a malgastar ni saliva ni tiempo. Ya sabéis lo que pienso. Espero que seáis razonables al respecto, y seáis lo suficientemente listos como para manteneros totalmente lejos de la atención. Ya he tenido suficiente. Retomaras tus obligaciones sin falta, Naiara. ¡Y por Athena! Contrólate. No quiero que se repita lo de Shaina.
—Si, Maestro—susurró, apenas audiblemente la morena.
—Podéis marcharos.
—Continuará…—
NdA:
Saga: Menos mal que traje conmigo un poco de ese licor lemuriano asesino… u_u
Naia: Espero que me des un poco. T_T
Dohko: ¡Nada de alcohol para ninguno de los dos! ¡Nos ha costado trabajo traeros de regreso!
Saori: 3 3 3 ¡Qué romántico!
Shion: Si. Mucho. ¬¬'
Aioros: Creo que os cambiaré el nombre… ¿Cómo se llaman los personajes de "Crepúsculo"?
Masky: ¡Mejor de "50 Sombras de Grey"!
Saga: …
Naia: ¡No bromeéis! ¡Tengo un susto de muerte! T_T
Del: Yo lo encuentro gracioso…
Aioros: Salvo por la parte de los latigazos…
Saga: Es lo que me hubiera faltado. Eso y el bofetón.
Deltha: ¡Y adiós dignidad!
Shion: ¡Atención los dos! ¡Os quiero fuera! ¡A cazar empusas ya!
Aioros, Saga: ¡Si, si, si! ¡Hasta el próximo capi!
Kanon: _ Glup… glup… ese trago estaba rico.. _
Aioria: e_e Y si nos retrasamos en volver, ya sea por una historia romántica, pervertida, por una mala borrachera o por un bicho mitológico… consolaos viéndome en Soul of Gold! ;)
Santitos Dorados: ¬¬'
