Capítulo 36: Confesiones inesperadas

El martillo de fuego. Aquel capaz de hacer crujir el acero más fuerte, para crear armas que solo los dioses podían empuñar. La lanza de Ares, el báculo de Athena, las sandalias de Hermes, el carruaje de Apolo y el rayo de Zeus, todos habían nacido en las forjas de Hefesto.

Cuando el dios blandía el martillo, la tierra se estremecía. A él pertenecía el fuego, robado por los mortales muchos siglos atrás.

Su forja ardía con llamas que hubieran calcinado a un hombre. El sudor le corría por la frente, mientras su martillo daba forma al metal, golpe tras golpe. Era un dios esmerado en su trabajo. Vivía para su oficio y encontraba una satisfacción única en él. Nadie, entre los seres mortales y divinos, podía igualar su talento. Siempre se había visto a sí mismo como el Zeus de las armas olímpicas: él les había dado vida a todas ellas.

—Hefesto. —Volteó ante la mención de su nombre. Sus ojos, naranjas como el aura del fuego, reflejaron el rostro del visitante. De inmediato, agachó la cabeza y curvó el cuerpo, ofreciendo una reverencia tosca, pero repleta de respeto.

—¿En qué puedo servirte?

—Requiero de algo especial… algo que solo tú puedes darme.

—Lo que quieras, lo tendrás.

Los ojos visitantes centellaron con rabia, pero también con satisfacción. Eran aquellos detalles los que dictaban cada una de sus decisiones. No se había equivocado. Todos ellos eran iguales.

Críos arrogantes, niños malcriados convertidos en reyes. A eso se había resumido el Olimpo.

El mundo necesitaba cambiar: debía renacer de sus cenizas… empezar de cero. Pero para conseguirlo, lo primero que había que derribar era a aquellos que gobernaban, con voluntad caprichosa y egoísta, por encima de los mortales. Debía arrancar de raíz todo lo que estaba mal, comenzando por el Olimpo.

Al igual que Cronos, y que Urano antes de él, los dioses se habían pervertido. La envidia, la sed de poder y la traición era todo lo que se tejía entre ellos. Era hora de una nueva limpieza. El ciclo reiniciaba.

—Necesito una gema, para mi corona—dijo, tras un momento de silencio.

—Puedo hacerte una corona y encontrar la piedra preciosa que le haga justicia.

—Ah, pero verás… —La sonrisa que iluminó su rostro puso en alerta a Hefesto. Jamás, nunca antes, se había sentido amenazado en su presencia, hasta ahora. —Tú eres la gema que deseo.

Hefesto no tuvo tiempo de reaccionar, ni las palabras tampoco acudieron a su boca. Su lengua fue atada por un poder superior al suyo, y su cosmoenergía, la que siempre había estado ahí para defenderle, lo abandonó sin que nada pudiera hacer para detenerla.

El suelo bajo sus pies se oscureció. El piso de mármol que revestía su taller se tornó oscuro, como el universo donde habitaban las estrellas. De aquel agujero sin fondo, surgieron brazos de oscuridad. Se alargaron cual tentáculos alrededor del dios. Se enredaron en sus piernas y brazos, impidiendo que se moviera. Con todo su poder, Hefesto se vio reducido a nada más que un simple espectador.

—¡¿Qué haces?!—reclamó. Pero su contraparte no se inmutó.

—Retomo lo que es mío. Fui yo quien os dio vida y seré yo quien os detenga.

—¡Estás cometiendo un error! ¡Esto es traición!

—¿Traición? ¿A quién? Nuestra existencia está basada en traiciones—contraatacó. Sus ojos centellaron con un aura de plata y los brazos que detenían al dios se encendieron con el mismo color. —Pero eso terminará pronto. Se avecina una Era libre de dioses caprichosos y egoístas; una época en que todo lo impuro de este mundo que habéis creado se extinga.

—¡Este ya no es tu dominio!—gritó Hefestos—. ¡Caerás ante de intentarlo!

—Tal vez sí, o tal vez no. Pero no serás tú quien me detenga.

Apretó el puño con fuerza, como si sus manos fueran capaces de destruir estrellas. Entonces, el principio del fin comenzó.

La voz de Hefesto se entrecortó por el esfuerzo, ahogándose lentamente en la bruma que lo envolvió. Sin nada que lo protegiera y completamente agotado, sucumbió. Su cuerpo comenzó a consumirse poco después, entre los brazos de energía que lo sujetaban. Se extinguió lentamente, hasta esfumarse por completo. Pronto, no quedó ninguna señal de lo que había sucedido ahí.

Cuando todo hubo terminado, la niebla se disipó. Poco a poco, el milenario taller recuperó su apariencia. El mármol volvió a brillar, la forja volvió a encenderse y sus llamas entibiaron la habitación.

El único vestigio de aquel enfrentamiento fue el brillo de una gema roja, justo donde el dios había estado.

Resplandeció aún más cuando aquel ser superior tomó la piedra preciosa en sus manos. Su cosmoenergía la hizo vibrar, al unísono con las otras que tenía en su poder. Su colección era perfecta: joyas brillantes, finas y únicas…. Y apenas estaba empezando. Para cuando terminara, el Olimpo entero brillaría entre su corona. Todos y cada uno de los dioses estarían en su poder.

Construiría un mundo nuevo, puro, libre de errores. Un mundo que gobernaría como nadie antes lo había hecho.

-X-

Con el rugido de un trueno, la tierra se cimbró. Después hubo un silencio corto, que se sintió eterno, y un descomunal crujido anunció la catástrofe.

El suelo, de roca dura y forjada por siglos, se quebró. Una enorme falla se abrió a través de la montaña, partiéndola en dos. La herida era profunda, tanto como solo un dios podría causarla. Entonces, de la oscuridad que reinaba en la piedra resquebrajada, manó la luz.

Empezó como el sutil brillo en el horizonte, cuando el Sol despunta. Pero conforme el fuego líquido subió hasta la superficie, su color se tornó de un rojo intenso que hería a los ojos. Al desbordarse, ríos de lava ardiente brotaron de las piedra erosionada. Corrieron por la ladera de la montaña, cual lágrimas de sangre que descendían del cielo hacia la tierra. En medio de la noche, su luz era la siniestra mensajera de muerte. Incluso a kilómetros de distancia, el fantasma de la destrucción se vislumbraba: en el cielo oscuro, se dibujaba el aura roja de la sangre que sería derramada esa noche.

Por varios minutos, la montaña lloró en silencio. Pero entonces, el infierno se desbocó y la roca entera se contorsionó. El volcán erupcionó como nunca antes. Sus fauces se abrieron y de ellas brotaron mares de lava. La piedra se desmoronó; el volcán escupía rocas color fuego, que surcaban el cielo como cometas. Por horas y horas, el fuego consumió todo a su paso. Vegetación, animales, villas enteras, toda vida cesó a su paso.

Europa, América, Asia, África y el vasto océano también. El planeta entero convulsionaba. Por doquier, la tierra explotaba y se abría para dar paso al fuego.

Nubarrones de humo se extendieron en medio de los océanos, donde el agua fría aplacaba a la lava hirviente. El suelo marino se sacudía. El mar cedió parte de su territorio, dejando playones donde alguna vez hubiera agua, solo para volver unos segundos después, con una fuerza devastadora que arrastraba todo consigo.

Muchos puertos y playas desaparecieron ese día, atrapados entre olas tan altas como gigantes. El mar reclamaba más de lo que debía. Sus garras se cernían sobre la tierra y se aferraban a cuanto pudieran tocar.

El mundo se unió en una gran lamentación. Cientos de vidas mortales se perdieron, devoradas por fuego o por agua.

Nadie lo sabía, pero ese día también, un dios desapareció del Universo.

-X-

—¡Por Athena! —La exclamación de Shion resonó en el salón del trono mientras se ponía en pie de un salto.

—Su cosmos procede de Cabo Sunion—aclaró Arles, mientras una estupefacta Saori miraba de uno a otro, tan sorprendida como ellos.

—Arles, acompáñame.

Y antes de que nadie pudiera decir una sola palabra, el Patriarca y el Santo de Altair desaparecieron, teletransportados por los poderes del lemuriano, llegando unos segundos después al risco maldito de las afueras del Santuario.

—Debo confesar que esta visita es toda una sorpresa—dijo, inclinado el rostro en respetuoso saludo, pero guardando la compostura lo mejor que pudo.

—Mis disculpas por ello, Maestro, Arles. —La voz de Julian abandonó sus labios con suavidad, pero sus palabras no sonaron tan sinceras como pretendía. —Los últimos acontecimientos me han forzado a venir de esta forma tan apresurada. —Shion asintió. —Él es Sorrento de Siren. —El pelilila dibujó una diminuta sonrisa y asintió al escuchar su nombre. —Y a ella, ya la conocéis, Tethys, mi sirena.

—Bienvenidos de nuevo al Santuario—dijo—. Pero, ahora será mejor que regresemos al templo. Athena aguarda por vosotros.

Shion echó una rápida ojeada al paisaje tras ellos. El mar estaba inusualmente revuelto, y las olas golpeaban con tanta fiereza el Cabo, que millones de diminutas gotitas de agua, danzaban en el aire y chocaban con sus rostros. Después, buscó los ojos de Julian, y casi sin querer frunció los lunares. Frente a él, aún luciendo un rostro de adolescente, el señor de los Mares lo miraba de vuelta con semblante grave, confirmando sus miedos. No era Poseidón el responsable del furioso danzar de las aguas.

—Si me permitís, os llevaré hasta el templo y nos ahorraremos la caminata. —Julian asintió, e instantes después, casi antes de que pudiera parpadear, dejaron atrás Cabo Sunion, siendo recibidos por el acogedor calor del templo papal.

-X-

—Sinceramente, no se que está sucediendo.

Los lunares del lemuriano se arrugaron cuando escucharon a Julian pronunciar aquellas palabras tan libremente. Debía sentirse muy perdido, para admitir sus miedos de aquel modo ante ellos, por muy aliados que fueran en aquella nueva era que habían comenzado.

—Imagino que visteis las noticias. Vosotros mismos pudisteis notar el temblor de la tierra, estoy seguro. Creo que no ha quedado un solo lugar en el mundo que no haya temblado.

—Terremotos y erupciones volcánicas en cadena—acotó Saori, con voz queda.

—Y no solo eso, princesa—continuó Julian, con un preocupación que ninguno allí le conocía—. Un terremoto, acarrea consecuencias geológicas de sobra conocidas: corrimientos de tierra, incendios… además de toda la destrucción material que puede ocasionar. Enfermedades y epidemias. Ciudades enteras han sido arrasadas entre las rocas, el hielo, el barro y la lava. Países al completo. —Se encogió de hombros y vio fugazmente al lemuriano. —Ya habéis visto lo que sucedió en Nepal… Pero lo que más me preocupa, es el mar. Un terremoto grande, en una zona marítima, ocasiona maremotos. ¿Sabéis cuantas perdidas hubo en las líneas costeras de todo el mundo? Miles. Millones. No solamente en materiales, sino en pérdidas humanas. Lo que sucedió en Indonesia, o en Japón hace años, no es nada en comparación a esto.

—No parece una simple catástrofe natural—intervino Shion.

—Porque no lo es. He perdido el dominio de los mares.

Un silencio sepulcral siguió a las palabras de Julian. Nadie se atrevió a responder ante semejante declaración, porque el chico, siempre había sido sinónimo de altanería y ego desmedido.

—Odio confesarlo. Y especialmente odio confesarlo ante vosotros, pero las cosas están así. He tratado de controlar las aguas, pero no responden a mi cosmos. Y sucede igual con las lluvias. Llevamos meses casi ahogados, y no hay modo de aplacarlo. Es como si, simplemente, hubieran decidido ignorarme. —Su mirada buscó a Saori, cuyos ojos permanecían fijos en algún lugar del paisaje que veía a través de la ventana.

—Todo esto…—musitó ella—. Me resulta familiar.

—Porque lo es. —La voz de Tethys, sorprendió a todos en la sala. —Es difícil haber vivido la locura de Kanon, y no pensar en esto. —Shion se sobó los ojos. —Solo que esta vez, es peor. Kanon desató la ira del mar y de los cielos. Supo como manejar a Poseidón para que desplegara su poderío de modo incesante durante semanas. Ahora… —Miró a Julian, y calló.

—Ahora, es tan sencillo, como que no soy yo quien promueve nada. No es mi cosmos el que agita las aguas. Hay una presencia, enorme, que lo cubre todo, pero no soy yo… Llevamos demasiado tiempo así, y la situación no hace más que empeorar. No puedo hacer nada por evitarlo, no se…

—Mantengamos la calma. —La voz de Shion, a pesar de sonar tan severa como sonaba, tenía aquel toque de candor tan especial, que susurraba un "todo estará bien". Julian clavó sus ojos en los suyos, y apretó los labios, con resignación. —Necesitamos pensar en todo esto profundamente. —Sus manos acariciaron la mesa, labrada con finos hilos de oro, que dibujaban un mapa del mundo. —Hemos recibido ataques de monstruos mitológicos, en distintas zonas de Grecia. —Su dedo índice señaló las zonas donde las Lamias y las Empusas habían atacado, después, colocó allí las pequeñas figuras de un par de hoplitas de plata. —También, tenemos el misterio del templo hundido en Antalya… un templo de Apolo cuyas rocas lloraban lágrimas de agua dulce. Y las Fylgjas de Asgard, un pueblo entero asesinado por el reflejo de su propia alma.

—Sea quien sea, o quienes sean… está claro que están atacando con especial dureza las zonas protegidas por dioses o avatares. Los demás lugares, han sido ignorados, a excepción de las catástrofes naturales—acotó Julian.

—Y las victimas, todas, son inocentes convertidos en monstruos mitológicos de gran peligro. Es como si fuera una epidemia, dispuesta a erradicar todo lo que somos, con armas mucho más peligrosas que una simple explosión de cosmos.

—¿No os parece curiosa la descripción que hizo Dohko del templo de Apolo en Antalya? —La interrupción de Saori, hizo que todas las miradas se fijasen en ella. Entonces, sus ojos grises pasearon por todos y cada uno de sus acompañantes. —Solamente el templo está hundido. El templo llora… Ya vi algo así antes.

—¿Disculpa? —Julian se había perdido.

—Yo vi llorar a Géminis. Allá, en la batalla de las Doce Casas. Géminis tiene dos caras opuestas entre sí. La triste… lloraba, y el reguero de lágrimas, dejó un enorme charco a sus pies. Es como si la armadura se quejara del destino de su dueño… o de la situación que estaba atravesando en aquel momento. Saga se debatía entre dos frentes en aquel entonces: el control de Ares, y el control de si mismo.

—Lo que tratas de decir… —Shion carraspeó. —¿Es que, de algún modo, el templo de Apolo refleja que algo sucede con su dios?

—Si. Quizá esté equivocada, y no tenga absolutamente nada que ver. Pero creo que deberíamos investigar si otros acontecimientos extraños han ocurrido en lugares de culto de otros dioses. Quizá eso nos de una pista más clara.

—Nosotros podemos encargarnos—afirmó Julian. Ya se sentía lo suficientemente frustrado, por su situación, como para empeorarlo, sintiéndose totalmente inútil en aquella alianza recién formada.

—Yo puedo hacerlo. —Por primera vez, Sorrento habló.

—De acuerdo. —Shion accedió. Era arriesgado, y no le complacía del todo, dejar en sus manos toda aquella investigación. Pero también sabía que debía darle una oportunidad. —Pero debéis mantenernos informados de cada detalle, y si surge algún nuevo imprevisto, no dudéis en pedirnos ayuda. Mis santos acudirán con presteza.

Sin embargo, antes de que la conversación pudiera ir más allá, alguien llamó a la puerta. Arles se apresuró a abrir, y después de intercambiar un par de palabras con el guardia, volvió, cerrando tras de si.

—Un mensaje, Maestro. De Asgard. —La expresión de todos, se ensombreció.

Visto lo visto, era difícil esperar buenas noticias. Le tendió el sobre lacrado al lemuriano, y volvió a su asiento. Todas las miradas permanecieron fijas en el peliverde, mientras leía. Una vez acabó, lo dejó en manos de Saori.

—Los hielos de Asgard sufren—dijo la joven diosa—. Los temblores y las olas también han llegado allí. La nieve cae de las montañas, y muchos de sus pueblos y aldeas han sido sepultados en la nieve. —Se sopló el flequillo, en un gesto que había copiado de sus hermanos mayores sin darse cuenta, y dejó el papel sobre la mesa. —Y además, han vuelto a avistar ataques de las Fylgjas.

—Sea quien sea, los ataques están arreciando… No nos están dando tregua—dijo Arles con pesadez.

—El plan es claro, entonces. No tenemos más alternativa que vigilar los territorios de otros dioses y ver que está sucediendo allí. —Saori continuó. —Quizá debiéramos empezar por el Inframundo…

—Estoy de acuerdo, reino de Hades salvaguarda lo que nosotros dos no podemos vigilar.

-X-

—¡¿Eh?! —La expresión le salió tan marcada y espontánea al santo de Cáncer, que Afrodita no pudo evitar voltear a verlo.

Le pareció que Ángelo lucía inusualmente sorprendido, casi intrigado. Sin poder evitarlo, buscó por la causa de dicha actitud. No tardó en descubrir lo que sucedía.

Frente a ellos, en un rincón de la arena del Coliseo, Jabú había conseguido dominar a Nachi sin mayores complicaciones. No había sido una batalla intensa, ni cargada de ataques cósmicos, pero cuando el Unicornio había necesitado, y usado su cosmoenergía, ésta le había respondido.

Tampoco era extraño que un santo, fuera cual fuera su Orden, recurriera al cosmos durante una batalla. Lo extraño era que esos santos en particular lo hicieran. Ninguno nunca se había distinguido por ser habilidoso en dichos menesteres. De hecho, eran bastante calamitosos y, hasta cierto punto, a los ojos del italiano, inútiles. Era precisamente por eso que el cambio de Jabú era tan notorio. Tampoco se trataba únicamente de sus habilidades como guerrero, sino también en su actitud y en su autoestima.

—¡¿Qué ha sido eso?!—ladró Ángelo.

—Creo que el niño de Saga le ha pateado el culo al tuyo.

—Eso ya lo sé. Me refiero a eso. Eso. —Confundido, Afrodita arrugó la nariz. —¡Cosmos! ¿Desde cuando el mocoso sabe utilizarlo así?

—Es subordinado de Saga y protegido de Argol. ¿Por cuánto tiempo más esperabas que fuera un inútil?

—Pues… no lo sé. —Se rascó la nariz y torció la boca, en un gesto tan gracioso como grotesco. —¡Ni siquiera se me cruzó por la cabeza que pudieran mejorar!

—Eso es porque a ti no te interesa que lo hagan.

—Eso es ofensivo, florecita.

—Solo digo: si te esforzaras más, podrías hacer algo decente de Lobo.

—¡Eh! El único milagro en el que alguna vez participé fue en destruir el Muro de los Lamentos. Esas cosas no se me dan.

—Pues es una lástima… —Justo en ese momento, Máscara Mortal cayó en cuenta de que su amigo había dejado de prestarle atención. Alguien más acaparaba los ojos de Afrodita y no tardó en descubrir de quien se trataba. —Porque el señor milagros acaba de llegar al Coliseo y hace mucho que no conversamos con él.

Y constaba a ambos que, si bien no pasaban mucho tiempo con Saga, era más que nada porque su relación seguía siendo tirante. Sin embargo, ambos eran conscientes de que el gemelo estaba en su derecho y, por lo tanto, se habían ganado a pulso su desconfianza. Pero serían pacientes y constantes. Tarde o temprano—con suerte más temprano que tarde—las cosas mejorarían entre ellos.

Pero lo que el santo de Piscis no esperaba, era que Ángelo se tomara sus palabras tan serio.

Se respingó cuando lo sintió levantarse a toda prisa y lleno de decisión. Sin poder evitarlo, le dirigió una mirada que expresó las preguntas en su cabeza. El otro peliazul le respondió moviendo la mano, pidiéndole que levantara ese culo de las gradas, pues debían marchar antes de que el gemelo se les escapara. Por un segundo, dudó. Pero al ver a Ángelo girar los ojos, no le quedó más remedio que ir detrás de él.

—Mueve el culo, Afro. Tengo un geminiano que interrogar.

-X-

Cuando divisó a Ángelo yendo en su dirección, con Afrodita detrás, Saga entrecerró los ojos. Había aprendido a soportarlos, e incluso, había perdido parte de la incomodidad que sentía al principio cuando estaba en su presencia. Si debía admitirlo, casi sentía curiosidad por saber lo que cruzaba por la cabeza del italiano. El canceriano era un tipo de sorpresas; siempre ocurrente.

Intrigado, decidió esperar por ellos. Tampoco tenía caso huir: ellos lo alcanzarían.

—¡Saga!

—Ángelo.

—¡Justo el hombre al que quería ver!—exclamó el italiano. Afrodita, a su lado, saludó ondeando sutilmente la mano.

—Afrodita—saludó también al santo de Piscis y, después, volvió a Máscara Mortal. —¿Qué os sucede?

—Tengo que preguntarte algo.

Saga ladeó la cabeza y su mirada esmeralda se llenó de curiosidad. Su última conversación con Kanon le volvió a la cabeza, haciéndolo pensar, por un instante, que aquel par estaba dispuesto a interrogarle sobre Naia y su misteriosa desaparición. Le crispó los nervios solo pensarlo.

Sin embargo, aunque dar respuestas sobre su vida privada no era algo que le gustara, decidió darles una oportunidad y dejarles preguntar. De ahí dependería si permanecería en la conversación, o se marcharía.

—¿Qué quieres saber?

—Quiero saber como lo haces.

—¿Hacer qué? —¿Meterse en líos? Porque, si de eso se trataba, entonces no tenía ninguna respuesta. Era algo que le salía natural.

—Convertir a un inútil en alguien… decente.

—No sé de que me hablas. —Y, genuinamente, Saga no tenía la menor idea de lo que estaba hablando con Máscara Mortal. Menos mal que Afrodita se dio cuenta de aquel enorme despiste e intervino, porque de otro modo, la conversación se habría alargado un rato más.

—Habla de Unicornio. Antes ha vencido a Lobo más fácilmente de lo que debería.

—¿Jabú?

—¡Claro que Jabú! Tienes que decirme como lo haces.

—Pues… Jabú no es ningún inútil. —Subió los hombros. El chico tampoco era una lumbrera, pero había dado un gran paso durante la última de sus misiones. Sería severo calificarlo como un caso perdido. —Es un chico inexperto, pero se esfuerza.

—Ya, ya. Pero, ¿cómo lo hiciste? Lobo lleva meses conmigo y sigue siendo idiota.

—¿Has pensado que quizás sea eso? Lo has etiquetado de idiota y no tienes interés en él. Si quieres que el chico mejore, tienes que invertirle tiempo. No solo usarlo de carne para cañón.

—¡Es que yo no hago milagros!

—¿Y por qué demonios me preguntas si no pretendes poner empeño?

—No es eso…—gruñó el italiano.

Saga levantó una ceja, sin saber muy bien que pensar. A su lado, escuchó la risa acallada del santo de Piscis. Cuando volteó a verlo, y su expresión declaró que se sentía perdido, éste estalló en carcajadas.

—¿De qué me perdí?

—Creo que Ángelo está preocupado de su propia integridad física.

—¡¿Qué?! ¡Cállate, florecita!

—Explícate—pidió Saga. No pudo reprimir una sonrisa al reparar en el rostro exasperado del italiano.

—¿Sabes que pasará si algo le sucede al mocosito, por incompetencia de su superior? —El gemelo chasqueó la lengua. Ahora comenzaba a entender el punto de Afrodita. —O, peor aún: ¿sabes lo que pasará si algo le sucede al mocosito, mientras su superior está más interesado en manosear a la amazona a su mando, que en entrenarlo?

—¡Oye! ¡Pero que cosas dices! ¡Yo no manoseo a Giste! —Y más le valía no hacerlo, porque la mujer era como un maldito gato: arrancaba la piel a arañazos.

—Tal vez, pero lo que queda claro, es que no haces nada por tu mocoso. Todos los chicos Kido han tenido algún avance, menos el tuyo.

—¿Los vigilas? —El detalle llamó la atención de Saga. El santo de Piscis asintió.

—Vigilo todo.

No le sorprendía tampoco. Por razones como aquella, Afrodita había sido uno de los santos más útiles para Ares. Era como si tuviera ojos y oídos en todos los rincones del Santuario. Como si, a veces, pudiera leer en las personas sin necesidad de palabras.

Era, sin lugar a dudas, un informante excepcional, que raras veces erraba.

—Ya, ya, señor chismoso. Deja de hablar de mí y cuéntanos algo interesante. Realmente interesante.

—No hay mucho que contar. —Meneó la cabeza. —Salvo que, la repentina visita de Julián ha puesto patas arriba al Templo Papal. El Maestro no esperaba tener que recibir a Atlantis tan pronto. De hecho, Arles y él están más que ocupados con los preparativos finales.

—¿Qué más sabes?—terció el gemelo.

—Sé que vendrá con una pequeña comitiva: Julián, alguno de los marinas y la sirena.

—¿Por qué tanto hermetismo?

—Básicamente, porque como dije antes, ha sido algo improvisado, a pesar de que llevan tiempo planeando la reunión. Dicen que se ha venido gestando desde la primera misión de reconocimiento de Dohko y Aioria. Pero, ha habido una pequeña convulsión mundial que puso al Maestro en alerta.

—¿Las erupciones?

—Sí, exacto.

—¿Eh? —Máscara Mortal se sobó la nariz con nerviosismo. Tenía que comenzar a leer los periódicos. —¿De que hablan?

—De un serie de catástrofes naturales alrededor de todo el mundo. —Saga lo miró de soslayo. De pronto, compartió la angustia y desesperación de Shion por solucionar aquel misterio. —Leí sobre ello el otro día, pero no pensé que fuera asunto nuestro.

—Pues lo es. Julián está aquí para discutir eso, porque aparentemente, alguien ha estado jugando con sus dominios, sin que él pueda evitarlo.

—¡¿Cómo te enteras de estas cosas?! ¡Siempre fuiste jodidamente bueno para saberlo todo!—bramó Máscara Mortal.

—Tengo mis modos…

Y, aunque el gesto de frustración en la cara de santo de Cáncer le resultó infundado, Saga no pudo evitar una ligera sonrisa. Al menos era gracioso en un momento tan tenso.

Sin embargo, pronto reparó en que, si la visita de Julián se había adelantado tan repentinamente, era porque las razones detrás de ella eran más oscuras de lo que Shion había pensado en un principio. El lemuriano era un hombre prudente, que nunca pecaba de impaciente. Jamás tomaría algo como eso a la ligera.

—¿Afrodita?—llamó al santo en cuestión. Éste, no pudo evitarse sentirse sorprendido ante la mención.

—¿Sí?

—Si supieras algo más… —Se alejó un par de pasos, dispuesto a retomar su camino, y entonces, se detuvo. Volteó a verle por encima del hombro, de tal modo que buscó la mirada de Afrodita. —Dímelo, ¿quieres?

Afrodita asintió torpemente, mientras lo veía marchar. Ángelo se quedó a su lado, mirando alternativamente entre uno y otro, sin entender del todo lo que acababa de suceder.

Cuando Saga se hubo alejado lo suficiente, el italiano decidió confrontar a su amigo. Se llevó el índice a los labios y los golpeó con suavidad.

—¿Qué demonios fue eso?

—No estoy seguro. —Afrodita se encogió de hombros. —Pero creo que me ha dado permiso de hablarle en algún futuro cercano.

—Eso es…

—¿Raro?

—Iba a decir interesante, pero raro también me sirve. —Máscara Mortal entrecerró los ojos. —¿Crees que eso significa que yo también puedo hablarle de vez en cuando?

Escuchó la carcajada de Afrodita y sintió la palmada sobre su hombro. Al verlo tomar la delantera, sin dejarle ninguna otra respuesta, esbozó aquella graciosa expresión de confusión tan suya. Un instante más tarde, apuró el paso para darle alcance.

-X-

Kanon mentiría si dijese que aquello se debía meramente a la casualidad. Los rumores en el Santuario volaban, eso lo sabía de sobra. Así que cuando se había acercado a la cocina del templo papal, en busca de uno de aquellos bollitos de crema que habían hecho sus delicias de niño, no pudo evitar escuchar. Todo el mundo allí le había parecido más alterado de lo habitual, más ajetreado. Y cuando finalmente escuchó el nombre de Poseidón, supo a que se debía todo aquello.

Ninguno de los doce, o trece, había sido avisado de la visita, que él supiera. Así que aquello convertía el viaje de Julian en una pequeña aventura inesperada, de la cual estaba seguro que Shion tampoco había estado al tanto.

Le dio un bocado al pastelillo, apoyado en una de las milenarias columnas del peristilo que rodeaba el jardín, y alzó la vista al cielo. Las nubes negras rugían, allá a lo lejos, y la humedad, era tan palpable, que el mismo aire parecía mojar. Se viera como se viera, mucho se temía que el futuro se veía tan negro como aquel cielo.

Sin embargo, rápidamente echó a un lado aquellos pensamientos, pues la razón que le había llevado hasta aquel rincón apartado del templo papal, acababa de aparecer ante sus ojos.

Se quedó quieto donde estaba, observándola desde la distancia. Se veía tan guapa como la recordaba, con aquella melena de oro cayendo por su espalda. Tethys no había cambiado durante aquel tiempo, o al menos, su aspecto no lo había hecho.

La sirena no le había visto, y caminaba ensimismada por las galerías, observando todos los detalles que se había perdido la primera vez que había pisado el Santuario. Pero, entonces, sus pasos la condujeron hasta él. Tethys se quedó quieta, con sus ojos celestes clavados en el rostro del griego. Y Kanon, la veía de vuelta. Apoyado allí, con los brazos cruzados, y los ojos casi ocultos por los mechones desordenados de su melena.

La rubia no lo confundió esta vez, y se maldijo por haberlo hecho antes. Al fin y al cabo, ahora que lo pensaba, se veían muy diferentes. Kanon siempre tenía esa pose despreocupada incluso cuando lucía serio y concentrado. Saga transmitía una formalidad muy diferente, y su misma mirada… hablaba otro idioma.

Frunció el ceño, cuando se vio a escasos pasos de él y se percató de que la salida estaba justo a sus espaldas.

—¿Qué es lo que quieres?—espetó.

—Casi esperaba que me golpearas… —Tethys frunció el ceño aún más, y rezó porque el rubor no colorease su rostro. Saga se lo había contado… y en ese preciso instante, el hecho de que Kanon lo supiera, la hizo sentirse una niña inmadura y avergonzada.

—No mereces el esfuerzo.

—Se de alguien que tendría algo que decir al respecto.

—No tú, eso desde luego. Me disculpé, y Saga lo entendió. —Kanon asintió, con una minúscula sonrisa en los labios. Sin embargo, no era una sonrisa triunfal o retorcida, era diferente. Era triste.

—Debo confesar que me hubiera gustado verlo...

—¿Todavía traumatizado por tu hermano gemelo? —El peliazul no dijo nada, pero algo dentro de él se quejó. —Uno pensaría que después de ahogar a medio mundo, y perder tu propia y ridícula guerra de venganza, hubieras madurado y dejado todo eso atrás. —Y de pronto, Kanon dejó escapar una pequeña carcajada. El rostro de Tethys se desencajó. —¿Lo encuentras divertido?

—No, lo cierto es que no—murmuró, acercándose un par de pasos hasta ella—. Lo cierto es que, visto ahora, me parece de lo más patético.

—Lo es. —"Lo eres", quiso decir, pero las palabras se le atrancaron en la garganta.

—Escucha… —El gemelo respiró hondo, esperando poder continuar, pero ella no se lo permitió.

—No, Kanon. No tengo nada que escuchar.

—No tienes porqué hacerlo, pero aún así, me gustaría decir algo.

—¿Para qué? —Sus ojos se clavaron en él como espadas, y aunque esa mirada hería, descubrió que ocultaba un dolor indescriptible.— Nada de lo que dices, nunca, tiene valor. Eres un mentiroso y un egocéntrico al que no le importa nada, ni nadie. —Kanon guardó silencio, aunque sin dejar de mirarla. Probablemente, de todo el mundo, ella era la única persona a cuyas palabras realmente prestaría atención, quizá no en el instante en que las pronunciase… pero siempre lograba remover algo en él. Antes o después. —Nos destruiste, Kanon. Nos condenaste, y por tu culpa, todos murieron…

Tethys sintió las lágrimas agolparse en sus ojos a medida que hablaba, mientras su mano golpeaba el pecho del santo. Se sintió furiosa por ser tan débil y dejar que las emociones la dominaran de aquella manera, pero… una cosa había sido imaginar y reflexionar todo aquel tiempo acerca de lo que sentía por aquel hombre, y todo lo que querría espetarle alguna vez… Y otra muy distinta, tener la oportunidad de hacerlo. De verle a los ojos, de perderse en ellos… y de volver a recordar lo impresionante que resultaba para todos ellos.

Lo quisiera o no, Kanon había sido todo lo que ellos desearon ser. Y todos habían estado terriblemente equivocados. ¿Qué había en él que mereciera la pena…? ¿Qué…?

—Eran mi familia, ¿entiendes? ¡Familia! —Algo dentro de él, se rompió cuando la escuchó, pero se forzó a no desviar la mirada.— Se que para ti, esa palabra no significa nada… pero nosotros somos diferentes. —Las palabras se atrancaron en su garganta. —Murieron por ti. Murieron por nada…—siseó—. Solo por tu sed de venganza… por tu engaño. Nunca fuimos nada para ti. Nunca.

Entonces, un par de lágrimas desbordaron sus ojos, y aunque su mandíbula temblaba por la fuerza con que apretaba, Kanon no pudo evitarlo. Estiró la mano, y apenas rozándola con la yema de sus dedos, secó una de aquellas gotas cristalinas. Sin embargo, Tethys nunca fue tan dócil, y apartó su mano de un manotazo. Ella no había sido nunca tan dócil, no. Ella, simplemente, era especial. La única persona especial que había tenido en su vida. Era su niña.

—No me toques. No tienes derecho.

—Lo sé—murmuró—. Y lo siento, lo siento mucho. Se todo lo que he ocasionado… se hasta donde os arrastré, y porqué lo hice. Ninguno os lo merecíais. —Y de pronto, bajó sutilmente la voz. — no lo merecías. Se que te hice daño.

—¿Lo sientes?—masculló—. ¡¿Lo sientes?! ¡Hubiéramos ido hasta Marte si tú no los hubieras pedido! ¡Hubiéramos…! —Su voz se cortó de nuevo, y después, solamente pudo susurrar. —Y tú lo sabías. Solamente nos utilizaste, todo lo demás era mentira—musitó.

—Lo siento, Tethys, se que… —No pudo continuar. La mano de la sirena se estampó contra su rostro con tal fuerza, que lo hizo voltear.

—No pronuncies mi nombre… no de nuevo. —Y finalmente, rompió a llorar.

Ya no fueron dos, ni tres lágrimas. Fue todo un torrente que resbaló por su rostro, solamente una muestra de todo lo que había llorado y sufrido en aquel tiempo.

—Eres… —Quiso decir. Pero entonces, los brazos de Kanon la rodearon, y la estrecharon contra si. Se revolvió, tratando de liberarse, pero el gemelo no la dejó huir y ella se vio finalmente acurrucada contra su pecho. Quiso gritar, quiso golpearle… pero no pudo hacer nada. Solo quedarse allí, quieta, como un cachorrito, embriagándose con su olor… y respirando al ritmo de su corazón.

—Perdóname.

-X-

Ese día, Milo estaba más que optimista. Pero, ¿cómo no estarlo? Esa mañana, había bajado a Rodorio, solo para descubrir que Aletia, la anciana dueña de la heladería, había hecho algo muy especial para él. ¡Manzanas bañadas en chocolate y caramelo! ¡Eran sus favoritas!

Así que le había agradecido con un abrazo y un gran beso, y tras coger su regalo, volvió de inmediato al Santuario para guardar aquel tesoro.

Le resultó imposible resistir la tentación de comerse una en el camino. La sensación del caramelo y el chocolate, derritiéndose en su boca, sumada al delicioso jugo de las manzanas y su textura crocante, era lo más cerca de los Eliseos que Milo podía imaginarse. El mundo podría acabarse, y los dioses declararse la guerra, pero mientras el escorpión tuviera a sus manzanas, ni siquiera se daría cuenta.

Sin embargo, su momento de pura satisfacción se vio interrumpido cuando, sin previo aviso, fue arrollado. Hizo su mejor esfuerzo para evitar que sus manzanas se le escaparan de los brazos y miró de inmediato, en busca del perpetrador. Nadie ponía en riesgo sus tesoros y salía ileso. Pobre del desgraciado que…

Pero, ¡ah! No se no se trataba de un él, sino de una ella.

—¡Cobra!—saludó alegremente, olvidándose de inmediato del peligro al que sus golosinas habían sido expuestas.

—¡Escorpio! ¡Ahí estás!

—¿Me buscabas?

—No, pero ahora que estás aquí, tú debes saber. ¿Dónde está Caelum?

—¿Naia? Pues… no lo sé. Ya dimos por terminado el entrenamiento y lo que haga con su tiempo, es cosa de ella. —Dio un gran mordisco a su manzana y poco le importó hablar con la boca llena. —¿Para qué la buscas?

—Las amazonas también tenemos entrenamientos y ni ella, ni Apus, han aparecido a la hora.

—¿No? ¡Que cosas! —Pero, en su tono de voz, la amazona encontró irritante que no viera la verdadera gravedad del asunto.

—Y a ti no te interesa.

—No es que no me interese. Esos entrenamientos no son obligatorios, al menos no todavía. —Meneó la cabeza. —No deberías calentarte la cabeza por esas cosas. En todo caso, serán ellas quienes tengan que dar explicaciones. No tú.

—Son amazonas y, como una de ellas, me irrita que no sepan comportarse como tales. Avergüenzan a la Orden. Actúan como un par de adolescentes enamoradas. Estúpidas.

El escorpión la escuchó, sin decir nada. La vio emprender el camino y, sin saber muy bien porqué, fue tras de ella.

Dio un nuevo y gran mordisco a su manzana, mientras la seguía. Notaba que su presencia la irritaba. O, quizás la ponía nerviosa. No estaba seguro, pero la veía voltear a cada rato por encima del hombro.

Lo cierto era que Shaina le agradaba. Siempre la había considerado una grandiosa amazona, aunque su temperamento era brutal.

Sin embargo, en su conducta, veía que realmente se lo pasaba mal. Raras veces reía, no tenía ninguna otra vida más que sus obligaciones como amazona; y sus amistades, aquellas que de verdad podían considerarse sus amigos, se reducían a Giste y a Marin. Era una vida solitaria y triste la de Ophicus. En lo que a Milo respectaba, las sonrisas eran algo que nunca debía escasear en la vida de nadie.

—Oye, Shaina—llamó por ella y, con incredulidad, la vio detenerse. Antes de que se arrepintiera y escapara, se apresuró a darle alcance. —¿Has pensado que quizás deberías dejar el asunto con Naia en paz? La última vez fue un desastre… y no creo que Saga esté para soportar más cosas.

—¿En serio me estás diciendo esto?

—Sí.

—Entonces, me confirmo—terció. Después, añadió entre dientes. —Todos vosotros sois iguales.

—¿De qué hablas?

—Vosotros, los hombres. Veis un culo y unas tetas bonitas, y os volvéis idiotas—gruñó con disgusto. Sin poder evitarlo, una gran carcajada se le escapó el santo.

—Pues con razón vives rodeada de idiotas, Cobra. Solo hay que mirarte…

Pero las carcajadas se le atoraron en la garganta cuando sintió el cosmos amenazante de la mujer. Contuvo la risa y dibujó un mohín de inocencia. Por supuesto, no esperaba que Shaina cayera en un viejo truco como aquel.

—Di algo así de nuevo, Escorpio, y te arrancaré los ojos.

—¡No te pongas así! ¡Lo siento! —El peliazul se rascó la cabeza y dibujó una sonrisa torpe. —No quería ofenderte.

—Entonces, fíjate al hablar. No me confundas con ellas.

—Ya, ya. Pero en serio, deberías tranquilizarte. Me han dicho que tienes un rostro de muñeca escondido detrás de esa máscara. Pero, ¿sabes que es lo que creo, Cobra? —A pesar de que ella ni siquiera se dignó a responderle, sino que soltó un bufido de hastío, Milo continuó. —Yo creo que si sonrieras más seguido, seguramente luciría como el rostro de un ángel.

Suavemente, golpeó con su índice, la nariz de la máscara metálica. Esbozó una sonrisa perfecta y, girando sobre sus talones, se marchó de ahí, rumbo a Escorpio.

La máscara le prohibió verlo, pero detrás de sí, dejó a una Shaina muda y boquiabierta. Casi sonrojada.

Casi.

-X-

—¡Géminis! —Apenas tuvo tiempo de protestar, cuando la camiseta de Saga le cayó en toda la cara, pero cuando Deltha escuchó la risilla pícara del Santo, no pudo sino imitar la sonrisa. —¡Un poco de decoro, por favor!

—No lloriquees.

—¡Eres un desvergonzado! ¡Uno no puede ir por ahí medio desnudo!

—Si entrenarás más a menudo, Apus, sabrías que uno se acalora.

—Oye, entreno a diario—refunfuñó.

—Llorona.

—Vamos, vamos… —Aioros les interrumpió, aún con la respiración agitada. —Parecéis un par de niños. —De modo inmediato, ambos lo miraron de vuelta, con tal expresión en la cara, que parecía estuvieran viendo a un alienígena de rostro verde y divertidas antenitas. —Ten, agua.

—Gracias, arquero. —Saga tomó el botellín, y le dio un sorbo con avidez.

—No me las des. Ni siquiera había reparado en que sería útil tener agua con nosotros, hasta que Naia apareció… —Se rascó la nuca, en aquel gesto suyo tan lleno de ingenuidad y adorable torpeza.

—Eso es preocupante, lo sabéis, ¿verdad?—intercedió la aludida, con una sonrisa—. Lleváis días entrenando aquí durante horas, y ni siquiera se os había pasado por la cabeza…

—Entonces, gracias a ti, preciosa. —Saga le guiño el ojo con aire coqueto, mientras Aioros lo miraba con las cejas en alto.

—¿Qué demonios…?

—¿Qué?

—Creo que nunca voy a acostumbrarme a esa faceta tuya…

El arquero escuchó la suave risa de Saga mientras le daba la espalda, volviendo a su lugar, y no tuvo más remedio que seguirle. El peliazul se hizo a un lado la melena, y se arregló las vendas de las manos. Aioros, mientras tanto, lo observaba. Había descubierto que observar las maneras del geminiano era un entretenimiento de lo más interesante. Y porqué no decirlo… muchos de sus gestos, de sus movimientos y costumbres, le hacían viajar muchos atrás, cuando venían cada día a aquel mismo rincón, tratando de crecer, de mejorar y, finalmente, cambiar el mundo.

Sin embargo, lo que más curioso le resultaba, era lo mucho que Saga podía cambiar según quienes lo acompañaran en cada momento. Siempre había sido callado, y hasta cierto punto, un poquito tímido. De rostro serio, y sereno, que rara vez sonreía con sinceridad, porque si lo hacía, la máscara se resquebrajaba y deja ver mucho más de si de lo que le se sentía cómodo mostrando. Pero ahí, sin su brillante armadura, era solamente él. Su amigo. Su hermano. Su alma gemela. A pesar de todas las cicatrices que la ausencia de su camisa dejaba a la vista, y de aquella pluma dorada que colgaba de su cuello, como vestigio de tiempos complicados… Saga se veía como antes.

Aunque no por ello resultaba menos imponente.

Desde que volvieran de Metsovo, las cosas habían cambiado para mejor. Nada había sucedido. Ni tampoco se habían mencionado nada. Pero aquella promesa que le hiciera durante la misión de que lo alcanzaría, había sido muy seria. Aioros siempre se había considerado un buen santo, a pesar de todas las dudas e inseguridades que había descubierto en su nueva vida. Sin embargo, todo había cambiado en aquella misión. Había redescubierto la sincronía con Saga, había recordado porque habían sido tan brillantes quince años atrás, y porqué le pareció tan injusta la decisión de Shion de elegirlo a él como sucesor.

Era, simplemente, porque juntos eran mil veces mejores. Mil veces más eficaces, más seguros. Lo que a uno le faltaba, lo aportaba el otro. Y por primera vez desde que volviera, en Metsovo había sentido que de nuevo encajaba en el puzzle de la orden.

Tampoco se engañaba. Quince años, eran muchos años. Especialmente del modo en que Saga los había vivido. Hubo un tiempo en que estaban peligrosamente igualados… pero en el presente, por mucho que le gustara recordar todo aquello, ya no era así. Saga había recorrido mucho camino. Había crecido, y sus habilidades le resultaban asombrosas. Muchas se las había conocido en aquel entonces, otras, las había descubierto hacía poco. Pero el modo en que había refinado todas sus habilidades, y la seguridad con la que afrontaba una batalla… real o en entrenamiento, le maravillaba. Observándolo casi podía escuchar los engranajes de su cerebro, mientras pensaban y se armaba una estrategia.

Quería alcanzarle. Quería ser su otra mitad nuevamente. Quería volver a sentir que podía cambiar el mundo solo con desearlo con fuerza.

Por eso, desde aquella misión, habían coincidido en aquel rincón de modo casual. Después, las chicas se habían unido, como meras espectadoras de un espectáculo asombroso. Y ellos, se habían dedicado a entrenar de modo incansable desde entonces.

De pronto, el hilo de sus pensamientos se vio interrumpido. Habían retomado su combate particular, sin grandes derroches de su cosmos, más bien practicando su rutina física. Y Aioros había descubierto, que a pesar de que aquel estilo no era el preferido de Saga, la ventaja que una vez le tuvo, se había esfumado.

Su situación actual se lo recordaba. En medio de su rutina de golpes, había atrapado su puño, y ahora, sus dedos envueltos en cosmos, le recordaban porqué nunca había que bajar la guardia.

Chasqueó la lengua con disgusto al verse atrapado, pero sus ojos captaron momentáneamente la sonrisa triunfal del peliazul.

—Esa sonrisa grita: "pégame"—masculló, cuando un movimiento de sus piernas, obligó a Saga a soltar su mano.

—No importa que pegues más fuerte que yo, si te distraes más fácil.

—Engreído. —Saltó, y se alejó unos metros de él. Lo suficiente, como para alejarse del aura del geminiano, que se había extendido a su alrededor como una nube dorada y letal.

Después, solamente lo oyó reír. Saga elevó aún más su cosmos, que pronto lo envolvió todo, y Aioros supo que lo había llevado a su terreno. Una densa neblina surgió de la nada, entorpeciendo su visión, y cuando quiso pestañear, lo había perdido de vista por completo. Entrecerró los ojos, concentrándose, y elevando su propio cosmos, en busca de la particular firma que dejaba tras de si la cosmoenergía de Saga. Llevaban días practicando con eso, y aún así, aún no lograba pillarle el truco a aquella técnica.

Las ilusiones eran algo nuevo para él. La primera vez que había tenido la oportunidad de ver una, había sido justamente con las empusas. Y desde entonces, habían levantado su curiosidad. Saga le había explicado a grandes rasgos como funcionaba, pero no le había dicho cómo hacerles frente, ni cuales eran sus puntos débiles.

Y ahí estaban, frente a él, dos Sagas idénticos, envestidos con Géminis. Vio de uno a otro, con el ceño fruncido, y rápidamente se arrojó contra ellos. Observó a toda velocidad los movimientos de sus manos, y distinguió aquellos gestos como una incipiente Explosión de Galaxias.

Su mano envuelta en cosmos, asestó un puñetazo al de la izquierda, que ágilmente bloqueó, pero Aioros se apresuró a asestarle un rodillazo en el estómago que logró enviarlo unos cuantos metros hacia atrás. Se dio la vuelta, justo a tiempo, cuando el otro Saga lanzaba su pequeña Explosión hacia él.

—¡Trueno atómico! —Atacó, logrando hacerlo retroceder. Afinó su cosmos aún más, y apenas cuando el último golpe escapó de su puño, giró sobre sus talones y gritó. —¡Destrucción Infinita!

No había nada, aparentemente, en aquella dirección. Mas, a medida que los rayos y saetas abandonaban sus manos, la neblina fue engullida por la Otra Dimensión. La ilusión se disipó, y allí, frente a él, estaba el Saga real, con la respiración acelerada.

Una sonrisa enorme se plasmó en el rostro del arquero, y al verlo, Saga imitó su gesto.

—¡Toda ilusión tiene una grieta!—exclamó Aioros.

—Eso ha estado bien. —Saga se llevó una mano al brazo izquierdo, donde un par de flechas lo habían cortado de refilón, y la sangre goteaba. —Muy bien, de hecho.

—¡Jah! —Se apretó la cinta roja de la frente. —¡Al fin!

—¿Cómo has sabido que ninguno era real?

—Fácil. —Infló el pecho orgulloso, y Saga rodó los ojos con cierta molestia. —¿Qué pasa genio, no pensabas que lo averiguaría nunca?

—Deberías haberlo hecho antes.

—Idiota. —Frunció el ceño, pero rápidamente la sonrisa volvió a su rostro. Se acercó hasta Saga y revisó los cortes del brazo. —Tú, jamás, te hubieras lanzado sobre un enemigo de esa manera.

—¿De qué manera?

—Inconsciente. Si hubieras sido real, uno de mis golpes podía haberte matado, porque aunque la ilusión llevase armadura, tú no la tenías.

—Bueno, soy suicida, pero no estúpido. —Aioros frunció el ceño de modo inmediato ante sus palabras. Saga decidió ignorarlo. —¡Me siento orgulloso!

—¿De que rompiera tú ilusión?

—Si. Ahora ya podemos ponernos serios.

—¿Ahora?

—Ahora ya sabes como funcionan las ilusiones. Pero romper las mías, por buenas que sean, siempre te resultará algo más fácil que romper las de otro ilusionista.

—Porque conozco tu manera de pelear, y te conozco a ti. —Saga asintió. —Los ilusionistas sois unos malditos calculadores sin escrúpulos.

—Lo somos. —Saga sonrió. Después, sus pasos lo llevaron hasta las chicas, se dejó caer en el suelo, apoyando el rostro en el regazo de Naia. —Las ilusiones están pensadas para jugar con la mente del adversario. Si logras atraparlo, podrás derribar cada una de sus defensas, poco a poco. Es algo así como guerra psicológica. Haces que vean y crean, lo que tu quieres que vean y crean.

—Bueno, al menos ahora ya podremos entrar en combate, y no moriré de un infarto pensando que alguien te cortó el cuello o matado de algún modo espantoso de esos que se te ocurren. —Saga rió suavemente, mientras Naia acariciaba su melena. —¿Tienes que crear escenarios tan espantosos?

—Crea mejor efecto.

—Eres terrible.

La risa de Deltha, hizo que ambos mirasen en su dirección. Tomada de la mano del arquero, retiró un par de briznas de hierba de sus rizos castaños, y después, le lanzó la camiseta a Saga.

—Póntela, o te resfriarás.

—Si, mamá.

—Sois impresionantes. ¿Lo sabíais?

—No les digas eso, Del. —La voz de Naia sonó suave y apagada, igual que venía haciendo durante los últimos días. —O luego no habrá quien les soporte. A Mr Ego aquí presente le encantan los halagos…

—Tú si que me gustas. —Estiró la mano, rodeando la nuca de la amazona, y la atrajo hacia si robándola un beso. Deltha rió de nuevo.

—No, en serio. Era muy escéptica cuando volvimos… ella estaba empeñada en que las cosas serían como antes, y yo no creí ni me día palabra. Pero os veo ahí, y…

—¿Vas a llorar, Apus? —La voz de Saga sonó burlona. Ella le sacó la lengua, picó sus costillas con el pie, y rió después.

—Es maravilloso volver a contemplaros de esa manera. Es todo. —Aioros rodeó su cintura con su brazo, y la atrajo hacia si. —Os extrañé.

—Yo también. —Nadie respondió, pero escuchar a Saga pronunciar aquellas dos palabras, resultaba más especial de lo que él mismo podía imaginar. —Yo también os extrañé…

-Continuará…-

NdA:

Sunrise: ¡Tengo urticaria alérgica!

Damis: Ha sido por ver a Bicho coqueteando con Shaina, ¿verdad?

Sunrise: Mi pobre Bicho… ¡¿Qué hemos hecho de él?!

Saga: ¿Un golfo?

Milo: ¡Oye! Soy un caballero ;)

Naia: ¡Eres un coqueto!

Aioros: ¡Lo es! Pero… yo tengo otra confesión inesperada que hacer. ¡Kanon me ha resultado demasiado adorable! O_o

Kanon: Soy un hombre de muchas virtudes, arquerito.

Tethys: 3

Saga: Buen bofetón, Sirena. :)

Tethys: ¡Gracias! Me esforcé.

Damis: ¡Atención, niños! ¡Tenemos que irnos! Creo que Sun está a punto de asfixiarse con la alergia e_e

Saga: ¡Espera, espera! Tengo algo que explicar. Como dato arquitectónico del día, os diré que el Peristilo, es la galería de columnas que rodea un edificio, o parte de él; o el recinto rodeado de columnas, como los atrios.

Damis: ¡Ah! Felicidades a los gemes por su cincuentaytantos cumpleaños… y a nosotras, por el tercer cumpleaños de DTE: Renacer. ¡Ahora si! ¡Hasta el próximo capi!

Deltha: ¡Saga, vístete!

Saga: ¬¬' Me prostituis por reviews u_u' ¡Adiós!

Deltha: Wahahahahaha…. ¡Adiós!