Capítulo 37: Ovejas, gatitos, ositos de gominola… y un Wyvern

Ser invisible se había convertido en su primer objetivo desde que volviera de Jamir. Nada de meterse en líos, ni llamar la atención más de lo estrictamente necesario; asegurarse de hacer su trabajo perfectamente bien y… No ocasionar la ira del viejo, en resumen. Saga sabía que no estaba en la lista de Santos favoritos de Shion en aquel preciso momento, y no tenía intención alguna de tentar a la suerte. Sobre todo cuando estaba probado, que esta era pésima. Pero lo cierto era, que los días comenzaban a hacérsele terriblemente aburridos.

Estar allí, en la cabaña encerrado, tampoco ayudaba mucho. Afuera, podía escuchar a las amazonas, con sus voces amortiguadas por el metal que cubría sus rostros, y el barullo que inevitablemente organizaban las korees. Pero dentro… Suspiró, se apartó el pelo de la cara, y se recostó en la silla después de darle un último vistazo a los papeles que estaba leyendo. Cerró los ojos, deseando poder dormirse y acortarle así unas cuantas horas al día.

Sin embargo, una risa conocida al fondo de la habitación le obligó a abrir los ojos con interés. Shura debía haber dicho algo de lo más gracioso, porque Tatiana, siempre correcta y formal, reía abiertamente mientras lo miraba. O quizá, simplemente era el simpático rubor que adornaba el rostro del español lo que la resultaba tan fascinante. Eso, Saga no lo sabía.

Se levantó de la silla, con más pereza que otra cosa, y se llevó un cigarrillo a los labios. Rebuscó por el encendedor en mitad de aquel caos de mesa que eran sus dominios aquellos días, y cuando finalmente logró encenderlo, un movimiento junto a la puerta llamó su atención.

Ladeó el rostro, dándole una suave calada al pitillo, con los ojos fijos en la salida. Y cuando pensó que todo habían sido imaginaciones suyas, su mirada se topó con dos pares de ojos de lo observaban con interés. Las dos cabezas de las korees, desaparecieron tan rápido de su vista como habían aparecido, dejando tras de si un par de risas infantiles que le sacaron una sonrisa al propio santo. Alzó las cejas, divertido, y dejó el cigarrillo en el cenicero.

Abrió el frasco de gominolas que tan fieramente guardaban él y Shura, y tomó un puñado de ositos de colores. Después, se acercó hasta la puerta en completo silencio. Podía oírlas cuchichear del otro lado, y se descubrió a si mismo escuchándolas a hurtadillas igual de sonriente que ellas. Aquel par de voces le resultaban inesperadamente refrescantes.

Entonces, se asomó.

—¡Ah!—gritaron casi al unísono.

—¡Hola!—saludó el santo.

—¡No estábamos espiando!

—¡Es feo espiar!

Saga alzó las cejas, divertido, al escucharlas hablar tan atropelladamente, y por un instante, se recordó de su propia niñez.

—Es feo, es feo—dijo asintiendo. Después se agachó hasta quedar a su altura. —¿Qué os trae por aquí?

—Es que…—empezó una.

—Queríamos…. —Lo que fuera que estaban haciendo, las avergonzaba, y les resultaba difícil encontrar una excusa con él ahí.

—¡Ver la armadura!

—¿Por qué no la tienes hoy?

—Oh… —Se rascó la nuca inconscientemente. —No la uso siempre.

—Vaya… —Una de ellas frunció el ceño.

—¿Cómo os llamáis?

—¡Lua!—dijo la más alta, y tomando de la mano a la otra, atrayéndola hacia si, continuó—. Ella es Nora. —La segunda, una preciosidad de unos enormes ojos azules y melena de tirabuzones rubios, saludó con la mano, mucho más tímida que la primera. —Tú eres Saga, ¿verdad? —Le tendió la mano, y él, sorprendido, y tras un titubeó le tendió la suya. La pequeña de cabello algo más oscuro que la otra, la estrechó, con una sonrisa enorme en el rostro, y él, se vio haciendo lo mismo sin siquiera darse cuenta.

—Encantado —Atinó a decir.

—¡El placer es nuestro! —Hablaba con seguridad, a pesar del simpático siseo que producía el hueco dejado por uno de sus dientes.

—¿Sois hermanas? —Ambas asintieron a la vez. —Ya veo. Pues… Si venís mañana, Shura y yo os enseñaremos la armadura. —Volteó sobre su hombro, en busca del susodicho, pero Shura ni siquiera se había percatado de su diminuta compañía. Saga rodó los ojos, y después, volvió su atención a ellas. —¿Qué os parece?

—¡Es fantástico!

—Vamos, dadme las manos… —Ambas lo miraron con curiosidad, y con ciertas dudas, voltearon hacia el campamento. Sin duda, buscando la mirada de su maestra, a la que Saga no encontró por ningún lado. Después, lo miraron de nuevo, e hicieron como pidió. —Es un regalo. —Dejó unos cuantos ositos en sus manos, ocasionando tal la expresión de felicidad en sus rostros, que por un segundo se quedó sin habla.

—¡Muchas gracias! —Nora, hasta entonces silenciosa, exclamó con alegría, llevándose uno a la boca. Saga dejó escapar una pequeña carcajada.

—¿Os gustan?

—¡Son riquíiiiiisimas!—replicó, dando un par de simpáticos saltitos de alegría. Volteó a ver a Lua, que observaba silenciosa.

—¿Qué pasa?

—Tienes un pelo muy largo…—dijo pensativa—. ¡Y muy bonito! El azul es mi color favorito.

—Oh… —Y de pronto, no supo que decir. Entreabrió los labios, pero no atinó a responder. Entonces, cayó en la cuenta de que una niñita preciosa de cinco años acababa de sonrojarlo. Carraspeó. —Muchas gracias.

—¡Volveremos mañana!—exclamó Lua feliz, y tomando de la mano a su hermana, ambas se alejaron a la carrera, diciendo adiós con sus manos.

Las observó marcharse, apoyado en la puerta, y recuperó el casi consumido cigarrillo. Se lo llevó de nuevo a los labios, y se quedó ahí hasta que las perdió de vista. Entonces, volteó hacia el interior, fijando su mirada en el par de acompañantes que lo ignoraban alegremente. Afinó el oído, y caló el pitillo una vez más.

—No, no… Así no. —Tatiana negó el rostro.

—¿Cómo que no? Es exactamente así como lo estaba diciendo…

—¡Claro que no! —Llevó sus manos al rostro de Shura, y sujetó su mandíbula mirándolo fijamente. —Ko-ze-rog.

—Koze… —Sus labios temblaron, tratando de aguantar la risa, pero Tatiana no lo logró. — Creo que simplemente diré Capricornio. Quizá el ruso no es para mi. —Ella fue la primera en reír, y al dulce sonido, se unió Shura.

—¿Habéis pensado en buscaros una habitación? —La voz de Saga les sobresaltó a ambos.

—¡Saga!

—¡No me mires así, Cabra! ¡Lo estás deseando! —Un gesto pícaro adornó el rostro del geminiano. —Un buen polvo solucionaría toda esta tensión sexual no resuelta. —Tatiana lo miraba fijamente, con la mirada muerta de plata. Sin embargo, cuando el geminiano estaba esperando por una contestación feroz, solamente la escuchó reír. Alzó las cejas, y continuó. —¿Ves? Creo que ella esta de acuerdo.

—Idiota…—murmuró la rusa, divertida. Shura, mientras tanto, había adoptado un color rojo casi púrpura, y a Saga le estaba resultando difícil no hacer sangre al respecto.

Sin embargo, antes de que la conversación pudiera llegar mucho más allá, una nueva voz interrumpió.

—¡Hola! —La voz risueña de Deltha resonó en la cabaña. —¿Estás listo?

—¡Ey!

—¿Nos vamos a Géminis?

Y entonces, de algún modo, Saga sintió que aquello había sonado terriblemente raro e inoportuno. Shura y Tati lo miraban fijamente, esperando una respuesta.

—Si, nos vamos. Ya. —Apagó el cigarrillo en el cenicero, y se dio la vuelta. Deltha apenas dijo adiós con un gesto, aún ligeramente cohibida con la presencia de Shura. Mas, cuando ella ya se había alejado unos pasos, Saga volteó sobre su hombro desde la puerta.— Si vais a hacer algo sucio aquí, cerrad la puerta. —Les guió un ojo divertido, y luego continuó. —Pero en serio, ¡hacedlo! Tenéis mi bendición.

Después, cerró la puerta tras de si, dejando un silencio sepulcral. Shura y Tatiana, tropezaron sus miradas, sin decir nada. Se habían dicho muchas cosas en los últimos meses. Pero Shura, era un tipo tímido y respetuoso. Se reacomodó en la silla, y clavó la vista en el suelo, sin saber qué decir.

Tatiana solamente lo observaba, mordisqueándose el labio. Ladeó el rostro, y una expresión de inusitada dulzura se dibujó en sus facciones al reparar en la timidez ya conocida del santo. Entonces, se quitó la máscara, gesto que para Shura pasó inadvertido, tan concentrado que estaba en el suelo a sus pies.

Ella estiró la mano, posándola en su antebrazo y llamando su atención. Shura alzó el rostro, y, finalmente, se quedó perplejo. No había visto jamás unos ojos más hermosos que aquel mar azul hielo que lo veía de vuelta. Entreabrió los labios, y entonces, ella dejó la máscara en su mano.

—No sé que…—dijo él. Pero no pudo continuar. No encontró las palabras para hacerlo, y los rosados labios que se habían posado sobre los suyos, no parecían necesitarlo.

Después, solamente se dejó llevar.

-X-

Mientras atravesaban el amplio puente que llevaba hasta la entrada del castillo Henstein, a Aioria se le enchinó la piel. De haber sido un gato de verdad, el lomo se le habría erizado y habría mostrado los dientes con recelo.

Milo iba a su lado, soltando suspiro tras suspiro, y gruñendo en el entretiempo. Los dos sabían que compartían pensamientos, a pesar de que ninguno estaba dispuesto a externarlos. Solamente faltaba Mu y, entonces, muy probablemente los tres se echarían a llorar. No era cuestión de miedo, sino de orgullo. Y aquello, en un santo dorado, era lo más grave que podía suceder.

—Ains, gato…—suspiró el escorpión. El castaño le miró de reojo.

—¿Qué te pasa?

—Es que yo no quería venir.

—Deja de quejarte. No es como que tuvieras algo mejor que hacer en el Santuario.

—No es eso. —Ofendido, el escorpión se cruzó de brazos. —Es solo que odio este sitio… Me trae malos recuerdos. —Giró el rostro, con desagrado.

Aioria se sopló el flequillo. Muy a pesar de que Milo era el experto en dramas del equipo, el león no podía negarle la razón. El castillo Heinstein era el peor lugar del mundo para volver a hacer turismo.

Pocas cosas tenía tan grabadas en la mente como aquella infame pelea contra Radamanthys. Mu, Milo y él habían sido barridos por el gigante uniceja. Y no era solamente que a Aioria le molestase perder, lo cual le revolvía el estómago. Sino el modo en que la derrota se había dado. De haber tenido su cosmos a entera disposición el idiota de Wyvern no habría podido tocarles un maldito pelo. En cambio, la batalla había sido una humillación pública y sin sentido. Era más de lo que estaba dispuesto a soportar.

—Solo piensa en que ahora mismo, pase lo que pase, nosotros tenemos ventaja. —Se consoló, aunque no era suficiente. —El campo de energía de Hades desapareció, así que nuestros cosmos no se verán afectados. Si el maldito Wyvern aparece por aquí, podrás patearle el culo sin que siquiera pueda tocarte.

—¡No importa! Jamás podré patearle el culo las veces necesarias para sentirme a gusto.

—Pues resígnate y ya. —Y vaya que decir esas palabras hacía que la lengua del león escociera.

Tan solo quedaban unos poco metros para que alcanzaran la entrada principal. El viaje había transcurrido sin eventualidades. Hasta ese momento, ningún enemigo se les había cruzado en el camino. La fortaleza lucía abandonada y en ruinas, como si junto con Hades, ella se hubiera hundido en el olvido.

Ambos santos otearon los alrededores con ayuda de sus cosmos. Lo que encontraron realmente no les sorprendió. Tres cosmoenergías grandes y poderosas, pero a la vez, recelosas; una más, oscura y llena de rabia, y unos pocos cosmos débiles que sobrevivían de milagro. Todo eso, más el constante ir y venir de almas que surgían de las entrañas del castillo, donde se encontraban las puertas del Inframundo.

—Creo que el viejo se burla de nosotros al mandarnos aquí—masculló Milo. Aioria le miró de reojo y no tuvo más remedió levantar las cejas, dándole la razón. —¿Qué intenta hacer? ¿Bajarnos la moral?

—Diría que nos pone una prueba o algo así.

—¿De qué hablas?

—Creo que intenta comprobar si podremos regresar a casa sin destruir nada en el intento.

—Pues si fuera por mi… —Pero no alcanzó a terminar aquella frase. Una esfera de energía apareció de la nada y se abalanzó sobre ellos. Ambos santos afilaron sus sentidos, poniéndose en alerta, pero ninguno de los dos se movió. Una fracción de segundo después, aquella cosmoenergía explotó en el suelo, justo frente a ellos. —¡¿Qué clase de broma es esta?!—reclamó el escorpión, descubriendo sin dificultad a su atacante.

—Los visitantes no son bienvenidos… mucho menos los Protegidos de Athena.

—¡Hombre, para eso están las palabras! —Milo volvió a gritar. —¡Si vuelves a atacarnos así, subiremos hasta donde estás y te bajaremos hasta aquí, arrastrado de las putas cejas, Wyvern!

Aioria estuvo a punto de atragantarse al escucharlo. El maldito escorpión era jodidamente bueno para molestar a las personas con un par de palabras y, a juzgar por el rostro de Radamanthys, quien les miraba desde la parte superior del arco de entrada, lo había conseguido sin ningún problema.

Esperó por su próximo movimiento y no le sorprendió cuando el Juez se dejó caer, para aterrizar a unos metros de ellos, destrozando la piedra bajo sus pies. Su cosmos oscuro se desplegó, amenazante. Pero los santos no retrocedieron: no lo habían hecho, aún cuando sus cosmos estaban reducidos a nada, y no lo harían ahora, cuando contaban con todo el poderío de su energía para sacarlos adelante, sin ninguna dificultad.

Pero, junto con el rubio, notaron la segunda figura que emergió de las sombras, al final del puente. La melena blanca bailoteaba con el aire salvaje de las alturas y su porte, tan altivo como el de Wyvern, declaró la presencia de un segundo juez del Inframundo.

Sin embargo, al menos para lo que al león respectaba, no fue el hombre quien atrajo su atención, sino otro pequeño detalle en ellos.

—Veo que Kanon os ha dejado un recuerdito. —Apuntó sin ninguna sutilidad a las armaduras rotas que llevaban. —Las sapuris pierden bastante cuando se hacen pedacitos, ¿no os parece? —Sonrió al ver el semblante de Radamanthys oscurecerse. Milo imitó el gesto. —Cualquiera diría que los Jueces del Inframundo sabrían mejor que presentarse en esas fachas.

—¡Cierra la maldita boca!—rugió el rubio. Las alas heridas de su armadura se desplegaron con la fuerza devastadora de su energía. —¡No tenéis ninguna vergüenza al venir a insultarnos en nuestro territorio! ¡Os enseñaré respeto!

Los santos tomaron posición de combate. Sus capas, de un blanco inmaculado, volaron en medio de la oscuridad de la colina, mientras sus cosmos de oro se arremolinaban alrededor de ellos, listos para protegerles.

El aire se tornó eléctrico ante el inminente choque de energías. Wyvern solo tenía que dar el primer paso y el Infierno se desataría.

—¡Gran Cau…! —Pero antes de que terminara, una relámpago de energía púrpura surgió de sus espaldas, le rebasó y formó un muro entre él y los santos. Los tres guerreros se vieron sorprendidos, y sus rostros no se molestaron en ocultarlo. Sin embargo, para los santos, quizás lo más impresiónate fue que aquella amenaza silenciosa consiguió que el inglés detuviera su ofensiva.

—¡Radamanthys! —La voz femenina demandó su atención. —¿Qué crees que estás haciendo?

—Señorita Pandora—siseó, entre dientes.

A sus espaldas, incluso detrás de Minos, la estilizada silueta de la mujer se dibujó en la oscuridad. Otro hombre iba a su lado, alto como el otro par de jueces y con un cosmos equiparable al de ellos. Ni Milo, ni Aioria, dudaron por un segundo que se tratara del último Juez que les quedaba por conocer. Sin embargo, permaneció oculto entre la penumbra, incluso cuando Pandora se le adelantó y fue al encuentro de ellos.

Se detuvo cuando estuvo justo en medio de su juez y de los visitantes. Llevaba su lanza en la mano y su larga indumentaria se mecía con el viento. Su rostro era digno de una muñeca, más sus expresiones la tornaban espeluznante.

—Retírate, Wyvern—ordenó ella y, visiblemente disgustado, pero sumiso, el rubio hizo como le indicó—. Y vosotros, ¿a qué habéis venido? Este no es lugar para vuestra clase. Es posible que vuestra diosa haya ganado la guerra contra mi señor, pero eso no significa, que pueda jactarse de poseer sus territorios.

—Venimos por información—replicó Leo—. Sucesos extraños ocurren por todo el mundo. Nuestra misión es asegurarnos que su origen no esté aquí.

—¿Sucesos extraños?—cuestionó la explicación de Aioria. Entonces, el santo de Escorpio se permitió continuar.

—Fantasmas, gente inocente convertida en monstruos, catástrofes naturales fuera de proporción… cosas raras. Ya habéis jugado antes con el orden natural del mundo, así que solo queremos asegurarnos que no estáis enredando por aquí otra vez. Una simple precaución.

La mujer guardó silencio, aún cuando la explicación hubo terminado. Sus ojos, púrpuras y vacíos, los contemplaron con detenimiento. Los segundos de silencio se alargaron, alimentados por la tensión y acentuados por el silbido de las ráfagas de viento que soplaban en las alturas.

Por fin, en una inesperada reacción, Pandora giró sobre sus talones y les dio la espalda. Entonces, mirando por encima de su hombro, se dirigió a ellos.

—Acompañadme—ordenó, mientras retomaba el regreso a su castillo—. Hay cosas que tenéis que saber.

—Pero, señorita Pandora…

—Silencio—reprendió a Wyvern—. Si el Santuario quiere explicaciones, las tendrá. No estamos preparados para afrontar una nueva batalla contra ellos y tampoco tenemos nada que ocultar. Venid conmigo. Escoltaremos a nuestros invitados hasta el castillo.

La mujer tomó la delantera, con Radamanthys tras de ella, a regañadientes. Cuando pasaron cerca de Minos, éste se les unió.

Milo y Aioria dudaron sobre si debían seguirles, o volver por donde habían llegado. Hasta donde sabían, Pandora y sus jueces no eran de confiar. Su palabra valía poco y sus deseos de venganza eran muchos. Bien podría tratarse de una trampa, que les ocasionara más problemas de los que podían manejar. Con eso en mente, intercambiaron miradas. No hubo palabras de por medio, pero supieron que ambos compartían inquietudes

Pero, eran jóvenes y también arrogantes. Quizás por eso, se animaron a ir detrás de la comitiva de espectros.

Pandora y Minos eran en realidad, una incógnita para ambos. Todo lo que sabían de ellos era lo poco que el resto de los chicos habían contado, que era prácticamente nada. Radamanthys, en cambio, les era un libro abierto: el hombre quería sangre… su sangre. Tenía deudas pendientes y algún día se daría la oportunidad de cobrarlas. Y, luego, estaba aquel tercer hombre, que se habían mantenido al margen; el último de los jueces, al que llamaban Aiacos.

Pasaron a su lado y, entonces, por primera vez, el rostro de Garuda estuvo a la vista de los dos santos. Aioria no pudo evitar la sorpresa. Le miró, tan confundido y abobado, que tardó en darse cuenta que traía la boca abierta.

—¿Pero qué…?—susurró Aioria, sin entender muy bien lo que estaba viendo. Llevó su mirada a Milo, casi de inmediato, y lo vio entrecerrar los ojos.

Las cosas se estaban poniendo todavía más raras.

-X-

—"Estoy asustado"—dijo Aioria, directamente a la mente de Milo.

Llevaban algunos minutos caminando dentro del castillo Henstein. Pandora y Aiacos iban adelante, mientras que Radamanthys y Minos caminaban tras de ellos, sin quitarles la vista de encima.

Quedaba claro que, al más mínimo movimiento sospechoso, se les lanzarían encima hasta asesinarlos.

—"Tranquilo, gato. Ya lo dijiste: podemos con ellos si nos lo proponemos. Ya no es como la vez anterior."

—"Pero es que eso no me asusta"

—"Entonces, ¿qué es?"

—"¡Qué tienes un gemelo!"—exclamó, burlón—. "¡Dos Milos! ¡Dos! ¡Con uno era más que suficiente!"

Milo arrugó el ceño, miró de soslayo a su amigo y, sin ningún aviso, soltó un golpe contra su brazo. El santo de Leo trastabilló, al ser pillado con la defensa baja. Pero no pudo ocultar aquella sonrisa retorcida que hizo irritar más al escorpión. La cara de fastidio del bicho era excepcional.

El pequeño incidente generó miradas recelosas de sus acompañantes. Sin embargo, con un carraspeo y una sonrisa de inocencia, Aioria intentó restar importancia a la situación.

Pero, para el santo de Escorpio, aquel enredoso asunto no era divertido en absoluto. Notó cuando Garuda les miró por encima del hombro. Por un segundo, sus miradas coincidieron y Milo no se inmutó en mostrarle su desagrado. Sin embargo, recibió un palmo de narices cuando Aiacos desvió la mirada sin prestarle atención, como si de un molesto mosquito se tratara.

—"Creo que a él tampoco le agradas. ¿Qué clase de reunión familiar es esta?"

—"¡Cierra la boca, gata dorada! Ni siquiera nos parecemos."

—"¿No? ¡Sois idénticos! Es cómo decir que Saga y Kanon no se parecen."

—"Gato, te lo estoy advirtiendo ahora"—siseó—. "Si dices una palabra más, tu culo conocerá a mi Aguja Escarlata."

—"Eso ha sonado sucio. ¿Es una propuesta indecorosa? Camus se pondrá celoso si lo es."

—"Grr…"

Aioria estaba a punto de soltar una risita de triunfo, cuando ésta se le atoró en la garganta. El grupo se había detenido y Pandora acababa de abrir el gran portón que guiaba a las escaleras de caracol que descendían hasta la entrada al Inframundo.

Lo que vieron al otro lado, les dejó mudos.

Energía color esmeralda surgía del cubo de aire que las escalinatas formaban, iluminando aquel rincón del castillo. Eran pequeñas llamaradas de luz, decenas de ellas, parecidas a los Fuegos Fatuos de Máscara Mortal. Corrían por todo el lugar, entre chillidos y susurros. Las voces de los muertos resonaban a su paso. Era fácil adivinar lo que eran y su procedencia.

—Son almas…—musitó Milo.

—Miles de ellas, sin límites y fuera de control. —Pandora complementó. —Lo que sea que preocupe a Athena, no es asunto nuestro. Aquí tenemos nuestros propios problemas. No necesitamos más.

-X-

Aunque Deltha conocía de sobra Sagitario, Géminis para ella era todo un misterio. Las veces que había estado en aquel templo, se podían contar con los dedos de una mano; y lo cierto era, que pocas veces se había adentrado en los privados de su guardián. Sus ojos avellana pasearon por todo el lugar, observando cada rincón mientras caminaba junto a él, deseando no perderse ningún detalle de aquel palacio.

—A la izquierda. —Saga, apenas un paso tras ella, la indicó con una sonrisilla plasmada en el rostro.

Era extraña la cercanía, desde luego; pero no le resultaba en absoluto incómoda. Le gustaba. Deltha era… ¡no sabía definirla! Era diferente, y hacía que todo fuera distinto. Verla con aquella expresión fascinada en su rostro mientras observaba, no dejaba de maravillarle, porque cada minuto que pasaban en la compañía del otro, servía para conocer un mundo nuevo que uno u otro desconocían.

—¿A dónde vamos?

—Al despacho. —Saga abrió la puerta, y se hizo a un lado. Ella se quedó quieta en el umbral durante unos segundos.

—Vaya…—murmuró.

Observó de un lado a otro, y después se adentró un par de pasos.

La ventana estaba abierta, y las cortinas blancas se agitaban al ritmo que marcaba el viento. Dos de las cuatro paredes estaban recubiertas de libros con hermosos lomos de oro y plata, en un orden inmaculado… herencia quizá, de todos aquellos lejanos años de castigos ordenando la biblioteca del templo papal. La mesa, antigua y finamente labrada, estaba ubicada en el centro, enfrentada a la chimenea. Leda, y los pequeños Castor y Pólux la miraban de vuelta desde el mosaico de colores que adornaba el frente.

—¡Qué bonito!—murmuró la amazona, llevando la mano a los diminutos azulejos de colores.

—Los Dioscuros. —Por un instante, sus ojos recorrieron el mosaico al ritmo de la amazona. —Zarek nos tenía prohibida la entrada aquí. —Se agachó, y prendió la leña en busca de un poco de calor. —Pero siempre me gustó este sitio.

—Zarek era un tipo… raro. —Deltha rodeó la mesa, y se dejó caer en la confortable butaca de piel.

—Raro es una forma de llamarlo, si. —Cuando Saga se dio la vuelta, ladeó el rostro divertido. —¿Cómoda?

—Mucho. ¿Nunca has hecho nada pervertido en esta butaca? —La cara de póker de Saga, siempre le resultaba impagable. Dejó escapar una carcajada y continuó. —Tranquilo, no te pongas nervioso. En este despacho uno puede sentirse como un rey. El de Aioros está mucho más desordenado. —Desde donde estaba, lo escuchó reír. —Ven aquí, anda. Tengo mucho que enseñarte. —El geminiano tomó otra de las sillas, y se sentó a su lado, observándola mientras enredaba en el ordenador. —Y tú tienes muchas cosas que aprender.

—Tú cuéntame algo interesante.

—Algo interesante nivel… ¿cómo ver porno en internet? —Saga alzó las cejas casi de inmediato, y una sonrisa maquiavélica se dibujó en el rostro de la amazona. —O si lo prefieres, puedo limitarme a enseñarte como ver el tiempo…

—Empieza por donde quieras.

—¡Jah! Estaba segura de que no sabrías como responderme…—masculló, más para si misma que otra cosa. Después, tecleó a una velocidad pasmosa, o al menos, así era a los ojos de Saga. —Lo primero, has de saber que el ordenador no muerde, por muy amenazadoras que te parezcan todas estas simpáticas lucecitas de colores. ¿De acuerdo? —Sin lucir muy convencido, Saga asintió. —Mira, te presento a Youtube. Será uno de tus mejores amigos de Internet, que consumirá tu tiempo sin que te enteres siquiera. Podrás ver todo tipo de videos, salvo porno, e incluso escuchar música. Desde un documental hasta videos de gatitos…

—¿Gatitos? —Alzó una ceja, sin comprender, y la pelipurpura, sonrió de lado.

—Calla, y observa. —Deltha llevó su mano al rostro del santo, obligándolo a mirar la pantalla. Después, no perdió detalle de sus gestos, porque estaba segura de que el rostro de Saga hablaría por si solo. La expresión de ternura que se adueñó de él casi inmediatamente, la resultó de lo más interesante. Sonrió. —¿A qué son monos?

—Son demasiado… —Fue él quien quiso ver otro más. —Adorables.

—El mundo no sería lo mismo sin videos de gatitos, Saga. No lo olvides. Ellos son quienes realmente dominan el mundo. —Él respondió con una pequeña carcajada, y ella simplemente sonrió de nuevo al escucharlo. —Tienes la misma cara que lucías antes en la cabaña.

—¿Eh? —Apenas despegó la vista de la pantalla un segundo.

—Antes. Tenías esa sonrisilla.

—¡Oh! Es que creo que me he enamorado. —Deltha alzó las cejas, ante la declaración de amor tan directa. —Se llaman Lua y Nora.

—¿Encima polígamo? No estoy seguro de que a Naia le guste eso…

—Tienen cinco años.

—Oh…

—Estaban espiando en la cabaña, les regalé ositos de gominola. —Por supuesto, no podía contar nada de Shura y Tatiana, así que simplemente ignoró la parte por la que había terminado charlando con las niñas. —Dijeron que tengo un pelo muy bonito.

—¡Por Athena! —Ella rompió a reír. —¡Dos niñas te han conquistado! ¡Así de fácil!

—¿Acabas de llamarme fácil?

—Lo eres, cielo.

—¡Claro que no!

—El primer paso es aceptarlo. ¡Aparentas ser un tipo duro pero esa máscara tuya no tiene efecto conmigo! —Le sacó la lengua divertida, y el dibujó un mohín de disgusto. —Mira, voy a enseñarte algo que a mi exnovio le encantaba. Creo que te gustará.

Saga alzó una ceja ante la mención de un novio desconocido. Eran cosas normales, pero para él, Deltha siempre sería la chica de Aioros. Las cosas eran así, imaginarla con alguien más era extraño. Claro que, poca idea podía hacerse de lo que había sido su vida fuera… y eso, en cierto modo, le asustaba. No por Deltha, no por Aioros. Sino por Naia.

—Bienvenido a Warcraft. Es un videojuego online de estrategia y guerras épicas fantásticas. Juegas en tiempo real con personas de cualquier parte del mundo.

—¿Existen juegos así?

—Hay todo lo que quieras que haya. —Le guiñó el ojo. —Dado que eres un guerrero de verdad, y dicen por ahí que eres el rey de la estrategia y sé de sobra que eres un cerebrito, creo que te gustará. Por ejemplo… GeminiSaga será tu usuario, y vas a ser… —Se lo pensó durante unos segundos. —Un mago.

—¿Mago?

—Aja. —Tecleó, mientras un montón de opciones diferentes danzaban por la pantalla más rápido de lo que Saga podía leer. —Existen un montón de personajes, y cada cual tiene unas cualidades diferentes. Puedes formar parte del ejercito de los buenos, o de los malos. A mi, personalmente, me gustan los magos; son divertidos. A medida que vayas consiguiendo objetivos, subirás de nivel y te harás más poderoso.

—Oh… —Deltha lo vio fugazmente, notando su expresión de sorpresa y desconcierto. Entonces, clavó su vista en él fijamente.

—¿Qué?

—No te imaginaba haciendo este tipo de cosas…

—Bueno… —Se encogió de hombros. —A veces está bien abstraerse un rato, cuando la mente de uno juega malas pasadas. ¿No crees? —El geminiano ladeó el rostro, y asintió suavemente. —Además, realmente es divertido, y puedes conocer a otras personas. Vamos. —Ladeó el portátil, hasta colocar la pantalla frente a él. —Prueba tú. —Saga titubeó durante unos segundos… pero no tardó en animarse. —Puedes convertir a gente en ovejas…

—¿Por qué querría?

—¡Géminis! ¡Son ovejas! ¡Es fantástico!

—Parece sacado de un cuento de princesas y brujas.

—En ese caso, serían sapos. —Golpeó suavemente su brazo con el puño. —Vamos, cuando seas de mayor nivel, incluso podrás abrir portales de teletransportación. —Los ojos del griego se abrieron con más interés. —Lo cierto es que los santos dorados sois como personajes de videojuego.

—No sé si ofenderme, o tomarlo como un halago.

—¡Oye! Los niños de todo el mundo, adoran a los superhéroes. Es bueno.

—Si, es un modo sutil de llamarnos bichos raros… —Sus ojos se abrieron con espanto. —¡Apus! ¡Me atacan!

—¡Rápido! ¡Rápido! ¡Defiéndete!

—¡¿Y eso cómo se hace?!

A una velocidad asombrosa, Deltha se abalanzó sobre el teclado, guiando sus manos con las suyas en busca de la combinación de teclas apropiadas. Y en medio de aquel improvisado derroche de energía y determinación, aunada a la torpeza de principiante que Saga descubrió en si mismo, no pudo evitar romper a reír.

—¡Vamos! ¡Casi lo conseguimos!

—¡Por Athena!

—¡Deja de reírte! ¡Es un combate serio! ¡Lucha por la vida de tu mago!

—¡Lo intento!

—¡No lo intentas! ¡Te ríes! —Ella continuó a lo suyo, y apenas unos instantes después soltó un grito triunfal. —¡Sí!

—¿Lo has salvado?

—¡Por supuesto! ¿Pensabas que iba a dejarte morir? —La risa de Saga se apaciguó, y ella esbozó una sonrisa de lado a lado. —Estás llorando de la risa.

—Claro que no. —Pero Deltha, pretendía demostrárselo. Llevó uno de sus dedos hasta sus ojos, y los secó.

—¡Mentiroso!

—Ha sido divertido…

—Deberías reírte así mucho más seguido. —Recuperó la calma, y se sentó de nuevo en la butaca. —Es sano.

—¿Tú crees?

—Por supuesto. —Estiró la mano, y jugueteó con el anillo de oro que reposaba abandonado en la mesa. Lo giró entre sus dedos, observando el detalle del relieve donde el símbolo de Géminis relucía. Quitó con cuidado una minúscula gota de cera escarlata adherida a él, pues sabía que esos anillos se usaban como lacre y sello oficial en los informes para el Patriarca. —Hay más cosas en la vida además de la guerra, de los entrenamientos—su otra mano rozó los nudillos magullados del peliazul—, de los grandes planes de conquista y de defensa… De los dioses, y de la muerte.

—No te pongas triste.

—No… —Ella murmuró. —Os admiro. Mucho. Tanto, que muchas veces me asusta… pero a la vez, os veo y os siento tan indefensos ante tantos ámbitos de la vida, que recuerdo lo mucho que os queda por vivir y conocer. Lo mucho que os queda por reír por cosas tontas… Las lágrimas de alegría. Me apena…

—Puedes enseñarme. —Sabía que no se refería únicamente a él, pero lo cierto es que todas aquellas palabras en labios de Deltha, sonaban terriblemente tentadoras… porque era muy diferente a Naia. Naia era una amazona, una guerrera igual que él, y parecía haber hecho a un lado con facilidad los recuerdos de la vida en el exterior. Deltha era una mujer, más que una amazona. Extrañaba Naxos, extrañaba las cosas simples y sencillas… y ahí estaba, enseñándolo a usar un videojuego y viendo videos de gatitos. —Soy un alumno avanzado.

—Bah… —despeinó la inmaculada melena azul. —Eso dicen… pero no lo sé.

—Lo extrañas mucho, ¿verdad?

—¿El qué?

—El mundo exterior.

Deltha guardó silencio, y hubiera jurado que por un segundo, sus ojos amenazaron con romper a llorar.

—Un poco… —Suspiró. —Las preocupaciones ahí fuera son más livianas… más simples. Puedes pelear con un ser querido, sin miedo a que a la mañana siguiente haya muerto en combate, y esas sean las últimas palabras que compartiste. —Lo vio de reojo. —Pero bueno. Esa soy yo. Soy una amazona espantosa.

—Claro que no. —Sonó tan seguro y firme, que ella buscó sus ojos. —Eres exactamente el tipo de persona al que queremos proteger… y por el que estamos dispuestos a morir.

-X-

Pandora lucía especialmente seria. Su rostro permanecía frío e inmutable, mientras estaba de pie, al inicio de las escaleras, observando el ir y venir de las almas. Nadie más se movía, incluidos los santos. Solamente las almas perdidas revoloteaban alrededor, en busca de libertad.

Los ojos de los jueces alternaban entre ellos y su señora. Las emociones que exudaban iban desde la rabia de Radamanthys, hasta la indiferencia de Minos, o la curiosidad de Aiacos. Sin embargo, ninguna de ellas se molestaba en ocultar cierto sentido de gravedad; y las tres, sin excepción, les acusaban sin miramientos.

—¿Estáis convencidos ahora? ¿Seguís pensando que estamos involucrados en cualquier desgracia que pueda estar afectando ahí afuera?—cuestionó Pandora, sin dirigirles la mirada—. Desde que mi señor Hades fue sellado y nuestro ejército derrotado, el Inframundo se ha hundido en un completo caos. Cada día miles de almas van y vienen entre los dos mundos. Sin el poder de mi señor, no tenemos forma de detenerlas. Sin la cosmoenergía de Hades, con el Muro de los Lamentos y los Eliseos destruidos, es imposible mantener a los espíritus bajo control.

—Nosotros hemos regresado del mismo modo en que ellos: escapando. Pero la mayoría de nuestros espectros no han retornado. Solo quedamos un puñado de nosotros. —Las explicaciones de Minos hicieron gruñir a Radamanthys. Aiacos se limitaba a escuchar en silencio—. Nuestro ejército está mermado y no contamos con el favor de ningún dios para protegernos. ¿Pensáis que estaríamos dispuestos a empezar una nueva guerra en estas condiciones? No somos estúpidos.

—Entonces, ¿no sabéis nada al respecto de lo que sucede? —El santo de Leo preguntó.

—No más que vosotros. Ahora mismo, nuestras prioridades son otras y lo que menos necesitamos, es que las almas de los muertos lleguen a borbotones.

—Solucionadlo solos—rugió la voz de Radamanthys—. Vuestra diosa se jacta de ser la diosa de la sabiduría. Iros y dejad de molestarnos.

—Cuidado con esa boca, Wyvern. Puede que soportemos tus estupideces acerca de nosotros, pero no te atrevas a hablar de nuestra princesa. —Y Milo hablaba bien en serio. Solo necesitaba un pretexto, uno solo.

—Tranquilízate, Escorpio. No hay honor en patear al caído y, como veis, aquí no hay nada a que temer. Del Inframundo solo quedan las ruinas. —Las palabras de Pandora fueron tan duras como amargas.

Pero el escenario no era ajeno a los santos. Quienes perdían las guerras terminaban así: olvidados y en penurias, humillados.

Milo se sopló el flequillo, a sabiendas de que esa conversación los dejaba en un callejón sin salida. Si Shion había pensando que obtendrían respuestas en el Inframundo, estaba equivocado. No existía modo en que tuvieran el poder para crear un caos tan grande, no cuando sus mismos dominios eran una desgracia y sus objetivos no eran de conquista.

Buscó a su compañero solo para descubrir lo obvio: a juzgar por la mirada de Aioria pensaban lo mismo. Quizás era hora de darse la vuelta y volver a casa. Solo habían perdido el tiempo.

Sus enemigos acechaban desde otro sitio, no desde ahí.

-X-

Echó un vistazo disimulado a Dohko y sonrió, porque Aioros agradecía realmente su presencia. Echaba de menos a Aioria, ahora que estaba de misión… y no terminaba de estar seguro de que fuera capaz, él solo, de dominar a aquellas fieras que eran los pequeños niños a su cargo. Así que cuando Roshi había aparecido aquella tarde allí, con su eterna sonrisa, respiró aliviado.

Tenía una mano especial con los niños. Quizá eran aquellos casi trescientos años de experiencia, o quizá, era que simplemente el chino tenía ese don. Pero como fuera, el arquero no dejaba de admirar su habilidad para manejar a los chiquillos. A él le admiraban, cierto. Era una leyenda y sus bocas se llenaban de fantasías con tan solo verlo o escuchar su nombre. Casi como sucedía en el Santuario entero, sin importar que fueran niños o adultos. Pero de ahí a obedecerle había un paso. Dohko, sin embargo…

Aioros chasqueó la lengua al no llegar a ninguna conclusión útil. Tampoco es que la necesitara. Se limitó a observar en silencio al grupo de aprendices. Estaban sentados, en circulo, y con los ojos cerrados. Dohko había tenido la grandiosa idea de que aquel día oscuro y húmedo, era un excelente momento para aprender a meditar y relajar sus mentes ajetreadas. Y tras unos cuantos intentos, y mucho esfuerzo, los pequeños parecían haberle encontrado interés a aquella actividad. O al menos, casi todos.

Malco había aprovechado el momento de calma para levantarse. Sin duda, pensando que los ojos cerrados de Dohko y Aioros, no se percatarían de nada de lo que hiciera. Aioros esbozó una diminuta sonrisa, al notar la inocencia del chiquillo. Hubo un tiempo en que todos ellos, sin importar rango y condición, habían sido como él. Y no pudo sino reafirmarse, cuando el crío se acercó sigiloso hasta el charco a espaldas de Aetes. Su tan conocido archienemigo, y a la vez alma gemela.

Una sonrisilla maquiavélica se dibujo en el rostro de Malco, cuando flexionó sus piernas en busca de impulso para saltar sobre el agua. Sin duda, saboreando el triunfo de la ocurrencia que estaba por llevar a cabo. Entonces, saltó. Pero cuando sus pies estaban a punto de salpicar de agua y barro al concentrado Aetes, unos brazos lo alzaron en vilo, impidiéndolo moverse.

Aioros abrió los ojos con una sonrisa de oreja a oreja cuando contempló al crío patalear bajo el brazo de Dohko. Los demás, que habían roto toda la concentración lograda hasta el momento, los miraron a ambos sin comprender que había sucedido.

—¡Socorro!—gritaba el chiquillo una y otra vez—. ¡Alguien me ayude!

—Puedes gritar y patalear todo lo que quieras. No voy a soltarte.

—¡Pero no hice nada!

—Ibas a hacerlo.

—¡Eso no lo sabes!

—Oh, claro que lo sé. —Revolvió el cabello enmarañado del aprendiz, y volvió a su lugar con él a cuestas. Aioros, a su lado, dejó escapar una carcajada.

—¿Gracioso? —Dohko casi lucía serio, con una ceja levantada.

—Un poco… si. —Asintió suavemente. —Es solo que me recordó a algo. O a alguien.

—Más bien, a tres alguien.

—Exacto…

Aioros no pudo sino verse a si mismo, rodeado de dos mocosos iguales cual gotas de agua, en la tranquilidad de Rozan. Pensando más en osos pandas, que en meditación; pero con idéntico final. Si Dohko se hubiera sacado un bastón bajo la manga en aquel momento, no le hubiera extrañado en absoluto.

—Es una pena que crezcan tan rápido. Cuando sois pequeños, sois adorables. Después… —Soltó un minúsculo gruñido que logró hacer reír al arquero. —Después sois unos golfos.

—¿Unos qué? —La pregunta de Malco, interrumpió la conversación.

—Nada, nada. —Roshi lo sentó a su lado. —Vamos chicos, podéis iros. Ha sido suficiente por hoy. —Aetes se levantó como un resorte y corrió hacia ellos. Sabía que había sido el objetivo de la travesura frustrada, y pretendía vengarse con la misma moneda. Pero, tal y como le sucediera a su compañero de batallas, fue interceptado antes de alcanzar su objetivo. Aioros fue quien lo atrapó esta vez.

—Tenéis que calmaros vosotros dos, ¿me oís?

—¡Pero es que Malco empezó! ¡Siempre empieza él!

—¡Llorón!—intervino el aludido.

—¿A quién llamas llorón? —Aetes, para ser tan pequeño como era, se revolvía con fuerza.

—¡Oye, oye! Aioros tiene razón. Es hora de que vosotros dos os calméis. —Dohko posó la mano con firmeza sobre la cabeza de Malco, a su lado, pero sin intención alguna de dejarlo ir. —Va siendo hora de que dejes de molestarlo solo porque es más pequeño que tú. Eso no lo convierte en más débil.

—¡Claro que sí!

—¡Claro que no! —Roshi se puso en pie. —Yo soy el más pequeño de los Doce. ¿Te parece que soy débil o indefenso? —Hubo unos segundos de paz y tranquilidad entre ambos niños, mientras meditaban al respecto. —Antes de que digas algo equivocado, no, no lo soy. Ni un poco. Así que quiero que ahora mismo, os deis la mano, y prometáis que vais a dejar esta pelea vuestra. ¡Ya sois mayores!

—Pero…

—Ahora. —Malco refunfuñó, pero se levantó de su asiento y avanzó un par de pasos hacia Aioros. El arquero compartió una mirada cómplice con Dohko, y dejó a Aetes en el suelo. —No os escucho.

—Esta bien… —Malco se cruzó de brazos, y ladeó el rostro, viendo a otro lado.— Lo siento. —murmuró tan rápido como pudo.

—Creo que Aetes no te escuchó.

—¡Dije que lo siento!

—¡Mucho mejor! —Dohko esbozó una sonrisa enorme en su rostro, y buscó al más pequeño. —¿Y bien?

—No volverá a suceder—masculló.

—Falta algo. —Y a la vez, y a regañadientes, ambos se tendieron la mano mutuamente. —¡Mucho mejor!

—¿Roshi? —La voz casi tímida de Denes, rubio y menudo, se dejó escuchar justo cuando Dohko terminó. —¿Ya pueden venir a jugar?

—¡Oh! Claro Denes, ahora si.

—¡Bien!—exclamó—. ¡Yo seré Shura!—gritó mientras se alejaba a la carrera.

—¡Yo Saga!—exclamó Aetes, siguiéndolo.

—¡Oye! ¡Tú siempre te pides a Saga! ¡No es justo!

—¡Yo fui más rápido!

—¡Pero yo quiero…!

—¡Tonto el último!—gritó Aetes, mientras se alejaba sonriente a toda prisa.

—¡Vale, vale! ¡Entonces seré Camus! —Echó a correr, persiguiéndoles. —¡O mejor, Aioros! ¡Trueno relámpago!

—¡Explosión de Galaxias! —Se oyó a lo lejos.

Aioros y Dohko les observaron mientras se alejaban, y solo cuando el viejo maestro rompió a reír, Aioros desvió la vista de ellos.

—Los niños son lo único que nunca, jamás… cambiará en el Santuario. —Aioros alzó una ceja divertido, aunque estaba de acuerdo. —Todas las generaciones, una tras otra, son iguales hasta que crecen.

—Es… curioso. —Se revolvió los rizos con cierto nerviosismo. Les había visto y oído jugar otras veces, siempre imitando a alguno de los doce, o al menos, echándole un poco de imaginación. A veces cambiaban de Santo… pero usualmente, los niños tenían su favorito. Nunca terminaría de acostumbrarse a ser el ídolo de juegos de alguno de aquellos pequeños.

—Deberías sentirte halagado.

—Lo hago. ¡Lo hago! —Pero eso no evitaba, que se sintiera un poquito avergonzado al verles jugar así frente a los demás. Dohko dejó escapar una carcajada, y palmeó su hombro divertido.

—Vamos… ¿Vas a Sagitario? —Aioros asintió. —Te acompaño entonces, sino te importa.

—No, claro que no. —Apenas se habían alejado unos metros, pero ya era tarde y el lugar comenzaba a vaciarse. —De hecho… quería agradecerte por venir al rescate.

—¿Rescate?

—Si, con los niños. Sin Aioria aquí estaba un poco aterrado acerca de lo que podía suceder…

—Se te dan fenomenal los niños.

—No estoy tan seguro de eso…

—Tonterías. Tienes una habilidad fabulosa para eso… y no solo para los niños pequeños. Para los niños grandes también. —Lo miró de soslayo, y su ojos se cruzaron con los del arquero.

—Oh, no. No creo que haya nadie que pueda decir que esos niños se le dan fenomenal, precisamente.

—Quizá alguna amazona.

Alguna.

—¿Cómo les va? —Dohko dejó escapar una risa alegre, y continuó caminando. —A Deltha y Naiara, me refiero.

—Creo que bien, dentro de lo que cabe. En realidad… —Se lo pensó unos segundos, antes de seguir. —Creo que Deltha está mucho mejor desde la aventura de Jamir. Está más animada, más tranquila aquí… como si las cosas hubieran terminado de encajar.

—Esa es una excelente noticia. El santuario puede ser un verdadero infierno para quienes no están seguros de cuál es su camino o a dónde pertenecen. Si al menos el ámbito personal le va bien, todo lo demás irá a mejor.

—Sí, eso pienso.

—¿Y Caelum?

—Naia es otra historia. —Dohko frunció el ceño suavemente. —Siempre ha sido un torbellino de energía. Si me preguntas, ligeramente parecida a Kanon… Paradojas de la vida. —Carraspeó, y luego continuó. —Pero desde que todo pasó… está mucho más callada. Más seria, más triste, más gruñona, más… asustada. No esperaba, ni por lo más remoto, que las cosas se dieran así.

—Debo confesar, que no creo que nadie esperase que Shion les mandase al calabozo para empezar y luego la sacase a ella. Cuando el viejo quiere, puede convertir su amabilidad lemuriana en puro espanto.

—Si, lo sé. —Y Aioros bien sabía que el viejo podía ponerse de lo más intimidante si quería. Él mismo lo había comprobado al volver de Atlantis, tras el pequeño encontronazo con el labio de Saga. Y eso, que él contaba con el favor de Shion y todo su cariño. —Estoy preocupado por ella, la verdad.

—¿Y los gemelos? —Aioros lo vio de soslayo nuevamente antes de continuar.

—Pues… —Se encogió de hombros. —Creo que Saga está bastante bien, a pesar de todo. —Y por todo, se refería a Shion. —Es muy curioso como funcionan las cosas para él.

—¿A qué te refieres?

—A que… usualmente siempre tiene dudas, miedos, recelos… sobre su hacer en la faceta personal, sobre Ares… Pero sácale de aquí, o ponle a hacer algo útil, y… ¡voilá!

—¿Hablas de la misión?

—Si. Desde que salimos, está… con su seguridad renovada. No ha vuelto a mencionar nada del asunto de Ares, es como si hubiera recordado de pronto que es realmente bueno en algunas cosas.

—¿Y Kanon?

—No tengo la menor idea. —Resopló. —Desde que se pelearon, Saga pasa poco tiempo en Géminis. Menos aún que antes. Naia tampoco se le acerca. Y sinceramente, mejor así. Kanon es sinónimo de problemas. Nunca encontrarás a nadie en el santuario que se preocupara, o se preocupe, por él más que Saga o Naia. Obviando a Shion. Y mira como lo agradece.

—Creo que necesitamos un plan.

—¿Un plan? —Dohko asintió.

—Tienen que reconciliarse.

—No sé si…

—¡Tienen qué!

-X-

—¡Ya llegué! —Deltha azotó la puerta de la cabaña y se despojó de inmediato de la máscara. —¡Por los dioses, Naia! Lo que sea que hayas cocinado, huele delicioso.

—Espero que sepa tan bien como dices que huele…

—¡Seguro que sí! Estoy hambrienta. ¿Ya cenaste?

—No. Recién terminé con la cena.

—¡Genial! Te ayudo a poner la mesa.

Rápidamente se abalanzó sobre la alacena y preparó todo lo necesario para ayudar a Naia a servir a ambas. Le llamó la atención el silencio que de pronto se hizo entre las dos. Miró de soslayo a la morena, solo para descubrir lo que tanto temía: continuaba con aquel humor ligeramente oscuro de los últimos días.

Carraspeó e hizo sonar los platos un poco más fuerte de lo que deberían, esperando atraer su atención. Sin embargo, el plan no le funcionó.

Naia sirvió la cena en silencio y, del mismo modo, las dos amazonas se sentaron a la mesa, una frente a otra, sin mucho más que decirse. A la pelipúrpura, tanta mudez le hería los nervios. Su amiga jamás había sido del tipo de personas que se quedaban sin palabras, ni que pasaban tanto tiempo a oscuras. Los augurios eran malos.

—¿Sabes?—trató de iniciar cualquier conversación—. Saga ha mejorado muchísimo con el ordenador. Todavía está un poco torpe, pero no cabe duda que es un maldito sabelotodo. ¡Ha aprendido en un santiamén!

—Es muy inteligente.

—Sí, sí, eso ya lo sabía. Aioros siempre se queja de eso, o lo admira, ¡no lo sé! Pero una cosa es escucharlo y otra bien distinta es presenciarlo. A este ritmo, tendré que bajarle un poco el ego, o se volverá insoportable. —Se calló solamente porque se metió un gran trozo de carne a la boca.

—Supongo que considere útil usar el ordenador para sus deberes.

—¿Deberes? —Deltha estuvo a punto de atragantarse con su bocado. Sin embargo, se apresuró a mascar y tragar para seguir hablando. No le pasó desapercibido el hecho de que Naia no había tocado la cena. Se limitaba a jugar los espárragos con el tenedor. —Dudo mucho que estuviera pensando demasiado en sus deberes. No vas a adivinar que ha descubierto. —Hizo una pausa, esperando que su amiga se esforzara por soltar cualquier idea, pero solo consiguió silencio. —¡Adivina! Es algo relacionado con Internet—insistió.

—¿Eh? No lo sé, Deltha. Solo dilo.

—Ay, estás dispersa. —Masticó un espárrago mientras su boca se fruncía con cierta desesperación.

—Lo siento. Estoy cansada. Sigue contando, anda.

—Vale, vale—resopló. El asunto quizás no tenía remedio. —Hoy descubrió el Warcraft.

—¿El juego?

—Sí, el juego. Y temo mucho decirte, que creo que se ha vuelto adicto. ¡Para cuando me dé cuenta, será un mago nivel cinco mil! Es demasiado bueno y obsesivo para ser real.

—No existe tal cosa…

—¿El qué?

—El mago nivel cinco mil.

—Pues ya verás lo que le toma a tu novio llegar ahí.

Pudo jurar que la amazona de Caelum esbozó una sonrisa y estaba a punto de compartirla cuando la vio mutar en una mueca de desagrado. Dudó sobre si debía, o no, preguntar. No estaba segura si lo que le desagradaba era la conversación, ella o las nuevas hazañas del geminiano.

Solo sabía que, de pronto, habían vuelto a quedarse sin palabras. Era frustrante y, a la vez, incómodo.

—¿Qué?—cuestionó al fin.

—¿Eh?

—¿A que viene esa mueca? ¿Te estoy aburriendo?

—No, no es eso. Es solo que…—musitó la amazona de Caelum, entre dientes—. Es que ahora, además de competir con Shion, tendré que competir con un maldito ordenador. ¡Es lo que me faltaba!

—¿Competir con el ordenador? —Deltha levantó una ceja y después soltó una risita tonta.

—No te rías. Saga y yo apenas pasamos tiempo juntos. Vivimos escondiéndonos y cada vez es más complicado vernos. Para el poquito tiempo que tenemos, que ahora se lo pase en el ordenador es una mierda.

Deltha la miró como si se tratase de un bicho raro. A Naiara, la mirada le resultó molesta. Quizás sonaba como una cría caprichosa, pero así se sentía: desesperada. La constante presencia de Shion entre ambos, empezaba a asfixiarla. Llevaba un par de días con la horrible sensación de que su relación con Saga era tan frágil como una burbuja. Bajo ningún motivo deseaba perderlo. No podría soportar verlo alejarse… por eso le afligía tanto sentirlo lejos.

Supo que ella y su amiga estaban a punto de involucrarse en una discusión cuando vio a la pelipúrpura dejar los cubiertos. Por instinto, agachó la mirada y apartó el rostro. Detestaba cuando Apus se ponía seria.

—¿Estás loca o qué?—cuestionó Deltha—. Puede que Saga sea un nuevo adicto a los juegos en línea, pero te aseguró que estar contigo está muy por arriba de eso en su lista de cosas favoritas.

—Te oyes muy segura…

—¡Y tú deberías estarlo! ¿Le has visto mirarte? —Ante la pregunta, Naia levantó ligeramente la vista para enfrentar a su amiga, pero no respondió. —Te mira como si fueras el único ser en el universo para él. Jamás lo vi mirar a alguien de ese modo y, desde ahora te digo, que los ojos no mienten, Naia. Te adora y eso deberías saberlo.

—Y yo a él, es solo que…

—Solo que nada—terció Apus, solo para escucharla gruñir—. Sé que no necesitas una reprimenda y no la tendrás. Tampoco tienes porque darme explicaciones si no lo deseas. Simplemente no lo olvides, ¿vale? Saga te quiere y tú a él. Eso es lo importante.

—De acuerdo…

La morena no sonaba del todo convencida, pero a Deltha le bastaba con que la escuchara. Era necesario que no se olvidará jamás del por qué ella y el geminiano estaban juntos. No quería verlos sufrir… no quería que después de todo lo que Saga había hecho por ella, terminara perdiéndola por una tontería.

Suspiró y se dispuso a continuar con la cena, esperando que el asunto no pasara a más y que Naiara recapacitara. Quizás los malos ánimos se le esfumaran pronto. Solo hacía falta un poquito de suerte.

—Además—trató de retomar la conversación y de aligerarla—, hay muchas razones más por las que le patearías el trasero a ese estúpido ordenador. —Miró de reojo a Naiara, esbozando una sonrisa pícara. —Para empezar, aún no se inventa el porno 4D, o al menos, yo no me he enterado. Así que…

—¡Deltha! —La susodicha soltó una carcajada y levantó las manos alegando inocencia.

—¡Oye! No me mires así. —Ensanchó la sonrisa hasta mostrar los dientes. —Ya sabes cómo son las cosas con respecto a Saga y el sexo…

—¿Saga y el sexo qué?

—Solo digo… Saga y sexo van bien en una misma oración y supongo que en la práctica… y… y… —Caelum entrecerró los ojos, casi amenazante, y Apus supo que era mejor cerrar la boca. —¡Y yo que sé! Tú sabrás mejor que yo acerca de los líos entre esos dos.

Naia bufó y Deltha sonrió con travesura. Se miraron mutuamente y, de algún modo, que la pelipúrpura no terminaba de entender, las comisuras de los labios de la morena se curvaron para dibujar un diminuta sonrisa. No duró mucho, pero ésta vez no fue producto de su imaginación. Había estado.

Quizás, por ese día, la amazona de Apus tendría que conformarse con eso.

-Continuará…-

NdA:

Milo: Creo que oficialmente… podemos decir que la Cabra no necesitará más del porno en línea…

Saga: Todo el mundo habla de porno últimamente! Pero no :) Shura ya puede estar contento :)

Shura: ¡No hablemos de esto!

Milo: ¡El Lince se comió a la Cabra!

Saga: No te pongas tímido, Shura…. Recuerdo como chismoseaste a costa mía y de Naia ;)

Aioros: Cof… ¡Karma!... Cof!

Angie: Maldición con la Cabra…

Saga: Lo convertiré en oveja…

Deltha: Aprendes rápido, pequeño…

Milo: Es por el porno. Es motivante. ;)

Dohko: ¡Pues a mi todo esto me hace muy feliz!

Kanon: Menos mal que no trajiste el bastón contigo…

Dohko: Soy un hombre nuevo, Kanon :) No lo necesito. Pero ándate con ojo…

Aioros: Es pequeño, pero poderoso :D

Shion: ¡Niños! ¡Concentraos! ¡Hay una guerra en camino! Despedid el capítulo y a trabajar.

Damis: ¡Reviews! ¡Nos gustan los reviews!

Sun: ¡Wahaha! ¡Hasta la próxima!