Ooo

—Porque no nosotros, sino aquellos que vengan después construirán las leyendas de nuestro tiempo.— -

Aragorn

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Capítulo 2

En las tierras donde una vez estuvieron los grandes reinos de la Tierra Media, crecían las nuevas ciudades de los mortales. Aunque no les parecían del todo nuevas a los habitantes de Londres en Inglaterra. Ciertamente, en sus mentes, el reino parecía proceder de los albores del tiempo y recordaban los grandes mitos de los valientes Caballeros del Rey Arturo y la Tabla Redonda. Su historia los rodeaba, y tenían un sentido del orgullo y una seguridad que solo procede de conocer las propias raíces y caminar por el mismo camino que sus ancestros. Pero por aquel entonces, aquella historia corría peligro de ser destruida.

La guerra se había extendido por Europa como un fuego salvaje, consumiendo todo lo que encontraba en su camino. Un país tras otro, todos, caían bajo el terrible poderío de Alemania. Las fuerzas de Hitler parecían antinaturales, y con la velocidad del rayo conquistaban naciones. La Blitzkrieg, lo llamaban. La guerra relámpago. Pero no traía luz a las tierras que consumía, solo oscuridad y desesperación. Francia había caído aquel verano.

Y mientras el otoño de 1940 comenzaba, solo un pequeño canal de agua entre Inglaterra y Francia dividía las fuerzas del bien y el mal. Alemania tenía la vista puesta en Inglaterra y Londres era su siguiente objetivo. Y por primera vez, la guerra parecía un relámpago. El fuego caía de los cielos y amenazaba con consumir la ciudad.

Septiembre de 1940. Londres, Inglaterra.

Había caído la noche sobre Londres. Todas las luces de la ciudad estaban apagadas y la Luna todavía tenía que aparecer en el cielo. La oscuridad cubría la ciudad como una manta. Mientras Kate vigilaba la oscuridad todo parecía a salvo, pero las apariencias eran engañosas. Estaba de pie en la azotea del museo, mirando la ciudad desde las alturas y casi podía sentir todo Londres conteniendo la respiración. Esperando. Londres era tan grande, que no hacía falta ninguna luz para que las bombas acertaran sobre la ciudad. Cualquier avión alemán volando sobre un área de cientos de kilómetros cuadrados tenía casi garantizado que iba a alcanzar un objetivo.

Desde las dos primeras semanas de ataques aéreos, los sentidos de Kate se habían agudizado. Casi podía jurar que su vista se había vuelto más aguda en la oscuridad. Podía distinguir vagamente las formas de los edificios que rodeaban su bloque. La desventaja era que cada sonido que oía, cada golpe en la puerta principal, cada ruido del motor encendiéndose de un coche, ponían a su cuerpo en modo de ataque. Su corazón se ponía a palpitar y ella se sentía como si pudiera correr durante kilómetros sin detenerse. Por desgracia, uno no puede correr más rápido que los aviones alemanes o las bombas que habían estado tirando cada noche durante las últimas semanas

La gente se preguntaba si la próxima noche sería en la que las bombas alcanzarían su vecindario, su calle o incluso su casa. La vida de todo el mundo se había reducido a la tirada de un dado. Y la mayoría de la gente había ocupado refugios, sótanos o los túneles de tren que había bajo tierra. La familia de Kate había ocupado los tejados. Afrontando los ataques aéreos nocturnos con palas y cubos de arena, estaban preparados para apagar hasta el trozo más pequeño de ceniza ardiente.

Kate sonrió al recordar la primera noche de los bombardeos. Su padre había corrido hacia el museo, subido a toda prisa a la azotea y sacudiendo su puño en dirección al cielo había retado a los alemanes a dejar caer una bomba sobre su amado edificio. Las antiguas piezas de arte que habían sobrevivido a los avatares del tiempo no tenían precio, sus vidas, sin embargo eran negociables. Se habían convertido en una familia de insomnes. Recorriendo los tejados del museo bajo la luz de la estrellas, todos estaban preparados para que los bombardeos comenzasen.

El último año de universidad de Kate había sido pospuesto indefinidamente, una carrera de arqueología podía esperar en un momento en el que el mañana era incierto. Pero a ella no le importaba. Se sentía mejor actuando que escondiéndose en una esquina oscura rezando para que la bomba fallase. Si iba a morir, al menos tendría un show de fuegos artificiales que contemplar mientras tanto. Aunque no había palabras para describir la sensación de vértigo en su estómago cuando los aviones volaban cada vez más cerca de su localización.

La familia de Kate no era la única que pasaba las noches en los tejados. Por todo Londres, los voluntarios de la Brigada de Bomberos y los miembros de la Patrulla Auxiliar del Fuego hacían guardia sobre los edificios sagrados de la ciudad, con la esperanza de protegerlos de la destrucción, porque incluso un trocito de ceniza ardiente era suficiente para empezar un fuego y cada día perdían un nuevo edificio. Y esta noche, se preguntó: ¿Cuantos edificios desaparecerán esta noche?

Podía oír a su padre recorriendo el extremo más alejado del tejado, hablando en voz baja con su hermano pequeño, Colin. Se imaginó que estarían debatiendo las últimas acciones de los aliados y analizando cada palabra que Churchill había dicho en la última emisión de radio. Su padre estaba seguro de que había un mensaje secreto oculto en las frases de los discursos de Churchill para que lo decodificasen los agentes más allá de las líneas enemigas. Sin embargo, aquella noche su conversación no giraba en torno al intrigante mundo de los espías, sino acerca del soldado corriente que se iba a la guerra.

Colin se acercó a ella y se sentó en la cornisa del tejado.

—Me han denegado la entrada en el ejército.— dijo. Sus brazos se hundieron, se le veía derrotado.

—Me han denegado la entrada en la marina y en la fuerza aérea también. ¿Por qué iba a ser el ejército diferente?— preguntó Kate.

Se pasó una mano por su pelo castaño.

—No lo sé. Simplemente pensé que.., quiero decir, ¿Por qué tengo que tener un cuerpo perfecto para luchar contra los alemanes? ¿Solo por lo que le pasa a mi maldito pie ya no puedo disparar un arma? Mi puntería es perfecta. Podría ser un francotirador. Podría conducir un tanque.

Colin suspiró, y contempló la ciudad. Las sirenas de ataque aéreo retumbaron. Ambos miraron hacia el cielo.

—¿Y que estoy haciendo? Ser bombero. En lugar de estar ayudando a salvar el mundo, estoy salvando un museo.

—Da Vinci te lo agradece.— dijo ella.

—Da Vinci puede besarme el trasero.— dijo él.

Ella se echó a reír.

—Me gustaría verlo.

Y Colin le lanzó una mirada envenenada. Ella sabía que estaba molesto.

—Lo siento.— dijo ella. —Escucha. Si te hace sentir mejor, hay otras formas de ayudar. Únete a la Patrulla Anti-incendios, ya tienes experiencia con solo estar en este tejado cada noche.

El suspiró.

—Lo sé. Eso es lo que papá ha dicho. Pero. . . pero. . . quería tanto luchar contra los alemanes.

Se miraron el uno al otro y oyendo lo absurdo de sus propias palabras y su voz lloriqueante como la de un niño, él no pudo evitar echarse a reír . Ella caminó hacia su hermano y se puso de puntillas para darle un beso rápido en la mejilla.

—Cumplirás con tu deber. Sé que lo harás. Aunque no sea detrás de un arma.— dijo ella.

Ambos se mantuvieron vigilantes y escucharon el sonido distante de los aviones acercándose y el lejano crump crump crump de las bombas cayendo.

A Kate no le molestaba el sonido de las bombas. Era el sonido de las armas lo que odiaba. El interminable sonido de las armas, que parecía venir de todas las direcciones a la vez, que empezaba en cuanto las sirenas comenzaban a sonar y no terminaba hasta que sonaba la señal de "todo despejado" .

Oyó los aviones virando despacio en su dirección y contempló como un grupo de bombas incendiarias caían una tras otra. Cada vez se acercaban más, hasta que estuvieron directamente sobre sus cabezas. El fogonazo inicial era casi cegador y ella se protegió los ojos. El sonido era ensordecedor. Entonces volvió a mirar y pequeños trocitos de cielo llameantes cayeron sobre ellos. El tejado estaba sembrado de pequeños puntitos de luz .

Ella cogió el cubo y corrió hasta el más cercano, extinguiéndolo con arena hasta que estuvo apagado. Entonces comenzó la tediosa tarea de quitar con la pala los restos hasta que el ultimo trocito de ceniza hubo desaparecido.

Después de asegurar su área, contempló la ciudad. Aquella noche no todas las patrullas de vigilancia de incendios habían sido tan afortunadas como la suya. La silueta de la ciudad de Londres, que apenas había sido visible bajo el cielo sin luna, estaba de repente viva y despierta. Los incendios habían empezado a formarse. Al principio eran fulgores apagados hasta que crecían en tamaño. Algunos estaban tan cerca que Kate podía oír el crujido de las llamas y oír los gritos de los bomberos.

Ella se mantuvo de pie, alerta, tensa y preparada para la siguiente ronda. Pero la siguiente ronda nunca llegó. Los aviones dieron la vuelta hacia el este y los bombardeos empezaron a parecer estrellas fugaces por la distancia.

Se acabó de un modo tan rápido como había comenzado. Los primeros rayos del alba rompieron la silueta de la ciudad. Las llamas sobre Londres eran todavía brillantes, pero lo peor se había acabado, al menos durante una noche. Kate bostezó y se sentó sobre el tejado para contemplar el amanecer. Su padre se unió a ella. No era una persona que mostrase afecto fácilmente, así que ella se sorprendió cuando su padre levantó una mano y le dio un par de suaves palmaditas en la espalda.

—Has hecho un buen trabajo esta noche,— dijo.

Él se quedó en silencio un instante pero ella casi podía oír a su cerebro pensar.

—Nada de lo que digas me convencerá para dejar la ciudad.— dijo ella.

Su padre la miró.

—¿Cómo lo has sabido?— preguntó él.

Ella sonrió.

—Te conozco desde hace mucho tiempo. Y si tú, mamá y Colin os quedáis, entonces yo me quedo también. No vas a enviarme a Escocia para quedarme en aquella casa vacía y solitaria del abuelo. No he estado allí desde antes de que muriera.

—Estarás más segura allí.— dijo él.

—Quizá. Pero dudo que vuelva a ver un amanecer como este.— dijo ella.

El sol se alzó con tonos rojos y anaranjados brillantes, que el fuego y las llamas de los edificios en llamas hacían todavía mas hermosos. Era terrible y era hermoso. Se quedaron contemplándolo hasta que el sol se alzó sobre la silueta de la ciudad.

Entonces la puerta de la azotea se abrió y la madre de Kate salió fuera. La seguían dos hombres jóvenes, que eran tan parecidos, que Kate decidió que debían ser gemelos. Ambos parecían extranjeros. Eran altos con largo pelo oscuro que cubría sus orejas. Sus ropas, aunque contemporáneas parecían un poco fuera de lugar. No supo decir que era lo que le parecía extraño, pero no tuvo mucho tiempo para meditar sobre ello, porque su atención se vio desviada hacia sus penetrantes ojos. Uno de ellos miró en su dirección y ella le sostuvo la mirada hasta que tuvo. que apartar la vista. Su padre se puso de pie.

—¿Caballeros?— dijo. —¿En qué puedo ayudarles?

Le fue entregada una nota. Su padre se fijó en el sello y rápidamente lo rompió para abrir la nota. Su comportamiento cambio inmediatamente de amistoso a serio en cuestión de segundos .

—Vengan por aquí.— dijo. Le entregó la nota a la madre de Kate. Mientras caminaba hacia la puerta del tejado se detuvo un instante. —Colin, ven conmigo.

Colin intercambió una expresión de curiosidad con Kate antes de que su padre y él desaparecieran por la puerta. Su madre estaba sosteniendo la nota en sus manos mientras la leía y sus manos comenzaron a temblar. Kate se puso de pie y se apresuró a ir a su lado.

—¿Que está pasando? ¿Qué ocurre?— preguntó.

Su madre no dijo nada, se limitó a entregarle la nota y se quedó mirando a la ciudad mientras las lágrimas corrían por su cara. Las palabras que recorrieron los ojos de Kate no estaban en inglés. Ni en ningún alfabeto que ella hubiese visto antes. El texto estaba escrito en letra cursiva y era hermoso, pero no tenía nada de familiar. No podía leerlo.

—¿Qué dice? ¿Qué idioma es este?— preguntó Kate.

Su madre se secó las lágrimas en sus ojos.

—Élfico. Y no me corresponde a mí decirte lo que pone. Tendrás que preguntarle a tu tío Gandalf.

Kate miró la carta y luego, de nuevo, a su madre.

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19 de Octubre de 1940

Los ataques aéreos continuaron sucediendo, bombardeando Londres cada noche. Cansada, sucia y sola, Kate regresó al piso de la familia, a un par de manzanas del museo.

Colin se había marchado inmediatamente después de la visita de aquellos extraños. Le había dado a Kate un abrazo rápido y se había ido sin ni siquiera una explicación. No habían sabido nada de él desde entonces. Su madre había empezado a llorar durante largos periodos de tiempo, encerrándose en su habitación. Las finas paredes no eran capaces de amortiguar los sollozos que resonaban por todo el piso .

A pesar de sus preguntas, su padre se había negado a hacer ningún comentario sobre los extraños. Simplemente había dicho que su hermano se había marchado a atender un asunto urgente que requería del respeto y la paciencia de Kate, no se su comprensión. Ella había contemplado la nota durante largas horas, intentando entender que tenía que ver el tío Gandalf con aquello.

Sabía bien que Gandalf no era su tío, pero lo había conocido desde que tenía memoria. Algunos de sus recuerdos más felices de la infancia consistían en estar sentada en su regazo junto al fuego, escuchando sus historias de tierras mágicas y extrañas llenas de elfos, enanos, goblins y dragones..

Mientras pasaban los días, la preocupación de sus padres había crecido junto con la frustración que ella sentía. Pero toda su frustración y sus preguntas habían quedado en segundo plano cuando, dos noches atrás, su padre había sido herido en uno de los ataques aéreos mientras se apresuraba a llegar al museo después de la puesta de sol. Tenía una conmoción, una pierna rota y varias costillas astilladas.

Kate sabía que había sido afortunado y que el daño podía haber sido mucho peor. Sin embargo, la familia pareció desintegrarse sin él. Colin estaba vete a saber donde con los misteriosos extraños. Su madre estaba hecha un manojo de nervios . Y su padre estaba en el hospital. Kate era el único miembro de su familia que estaba en posición de pensar con algo de claridad. Así que el deber de obtener nuevos guardias para la patrulla del fuego y calmar los miedos de los benefactores del museo había recaído sobre sus hombros.

No la ayudaba el hecho de que no había dormido nada durante los dos últimos días. Estaba exhausta y sucia, y todo lo que quería era una comida caliente, un largo baño y una cama limpia. Abrió la cerradura del piso y entró dentro. El aroma del té flotaba en el aire de la habitación y ella siguió a su nariz hasta la cocina. En lugar de encontrarse con su madre, encontró al tío Gandalf y dos hombres que le resultaron desconocidos, sentados en la mesa de la cocina bebiéndose el té.

—Kate, has pasado un par de semanas duras.— dijo Gandalf, levantándose de su asiento. —Siéntate y toma un poco de té.

Sonriendo, Gandalf abrió los brazos. Como sucedía siempre que estaba a su alrededor, al instante hizo que se sintiese protegida. La paz la inundó y caminó hacia él para abrazarlo.

Antes de que pudiera mencionar una palabra sobre su padre o su hermano o los horrores que los amenazaban, Gandalf la tranquilizó levantando la mano.

—Sé todo lo que le ha ocurrido a tu padre. He hablado con tu madre antes. Aunque no estaba en buenas condiciones para decirme lo que necesito saber.— dijo. —Hemos venido por tu hermano.

Por primera vez desde que había entrado en la habitación, Kate se fijo bien en los dos extraños. Uno era mayor, quizá de la edad de su padre, y se parecía mucho a los dos jóvenes que se habían marchado con Colin. Tenía el mismo pelo largo y oscuro. Sentado junto a él estaba un hombre joven que parecía más próximo a su edad. Su pelo largo era rubio dorado y sus penetrantes ojos eran de color azul. Estaba mirando a su alrededor, contemplando un objeto y después otro, como si el contenido del piso fuese una gran maravilla y un misterio para él.

Gandalf dijo:

—Estos son mis compañeros, Elrond y Legolas.

Ella extendió la mano, primero, en dirección a Elrond.

—Encantada de conocerle, señor Elrond.

—No hay necesidad de llamarlo señor, Kate, el tiempo para las formalidades ha pasado.—dijo Gandalf.

—Elrond.— repitió ella. —Soy Kate Elessar.

Al oír la palabra Elessar, la taza de té se deslizó de las manos de Legolas. Con los reflejos de un gato, la cogió antes de que se estrellase contra el suelo. Elrond miró a Gandalf y Gandalf se limitó a asentir. Elrond sacudió la cabeza. Tanto él como Legolas la contemplaron con tanto asombro que hicieron que se sintiera nerviosa.

—¿Qué ocurre?— preguntó ella.

Gandalf sonrió.

—Es solo que Elrond es un pariente lejano y no lo sabía cuando lo he traído aquí. Me temo que es culpa mía, porque no se lo he dicho.

—No sabía que tuviera parientes en Londres a los que no conocía. ¿Entonces perteneces a la familia de mi padre?— preguntó ella, sentándose a la mesa y demasiado exhausta para darle demasiada importancia a las extrañas expresiones de sus caras.

Elrond, recuperándose del shock, se limitó a asentir. —Sí. Estoy emparentado con la familia de tu padre, pero muy remotamente.

—Mi padre se alegrará de verte,— dijo Kate. —La genealogía es su hobby. Se pasa horas rastreando a nuestros ancestros.

Al oír aquella palabras, Legolas sonrió. Recordando sus modales, preguntó.

—Legolas, ¿tú también eres un pariente lejano?

—No, no lo soy. Solo un amigo de la familia.— dijo él.

Mientras ella comía, Gandalf se sentó delante de ella. Kate no se dio cuenta del modo en el que Elrond la miraba. No era consciente de mucho, porque la tensión de las dos noches sin dormir finalmente había comenzado a afectarla. Era como si, ahora que estaba en presencia de Gandalf, pudiese relajarse lo suficiente para permitirse dormir. Kate bostezo entre bocado y bocado de galleta danesa.

—No sé dónde está Colin, Gandalf.— dijo ella, mientras otro bostezo se apoderaba de ella . —No sé quiénes eran los que se fueron con él, o adónde iban. Nadie me cuenta nada.— bostezó de nuevo.

—No te preocupes por eso, pequeña. Duerme un poco; ya hablaremos más tarde,— dijo él. Ella se levantó de la silla y asintió.

Antes de dejar la habitación recordó sus modales, sonrió y dijo:

—Encantada de conoceros, Elrond. Legolas. Estáis en vuestra casa. Está bien que alguien más, aparte de mí, utilice este lugar.

Y con esas palabras desapareció escaleras arriba. Los ojos de Elrond le siguieron y siguieron mirando en su dirección largo rato después de que se hubiera ido.