Capítulo 38: Torpes travesuras
—¡Saga! —La repentina llamada hizo que el santo se detuviera justo donde estaba. Giró en la dirección de aquella voz de sobra conocida, y cuando finalmente la avistó, esperó por ella. Eire se apresuró a alcanzarlo, y llegó hasta él con la respiración desbocada. —¡Hey!
—No hacía falta que te dieras tanta prisa. —La voz de Saga surgió con cierto toque divertido, y ella solamente sonrió, con las manos apoyadas en sus rodillas.
—Lo sé. Pero no quería hacerte esperar.
—¿Todo bien?—preguntó cuando la irlandesa se irguió y emprendió el camino junto a él.
—¿Bien? —Una sonrisilla traviesa se dibujó tras la máscara de la pelirroja y Saga se encontró alzando las cejas con curiosidad. —¡Yo diría que maravillosamente bien!
—Vaya… —Atinó a responder, sin tener muy clara la dirección de la conversación. Eire era efusividad y energía pura, igual que Milo; así que no sabía si aquella respuesta era solamente su estado natural, o si la chica estaba realmente feliz por algo.
—¿No vas a preguntar? —La vio de soslayo, y sonrió suavemente.
—¿Debo hacerlo? —La sonrisa de la amazona se ensanchó aún más. —¿Eso es un sí? Si pregunto, no vas a contarme cosas íntimas que no quiero saber, ¿verdad? Tienes diecisiete años y…
—Bah… —Golpeó su brazo con el puño. —No creo que fuera a impresionarte si lo hiciera…
—Vale, vale. De acuerdo. —El peliazul se detuvo y la encaró. —¿Qué te trae tan feliz y emocionada hoy, Eire de Grulla?
De haber podido ver su rostro, Saga estaba seguro que su expresión hubiera sido la viva imagen de la felicidad: exultante y pletórica. Podía percibirlo con su cosmos, y lo cierto era que tenía alguna sospechas acerca del motivo que la tenía así. Sus ojos verdes volaron fugazmente a la puerta entreabierta de su cuartel general.
Sin embargo, antes de que siguiera elucubrando, Eire lo tomó del brazo y poniéndose de puntillas, tiró de él hasta que pudo hablarlo al oído.
—Tati y Shura… —Una risita pícara fue todo lo que añadió, y Saga se encontró sonriendo del mismo modo.
—Oh… Así que ya lo sabes.
—¡Claro que lo sé! ¡Tati es como mi hermana! ¡Sé todo de ella! —Por un segundo, Saga alzó una ceja. No tenía muy claro que tanto significaba ese "todo" y que detalles sobre él en su tierna adolescencia sabía la irlandesa. Casi se estremeció solo de pensarlo.
—A veces es mejor que los hermanos no sepan nada… —Otro golpe, algo más fuerte que el primero, impactó en sus costillas. —¡Oye! Un respeto a tus superiores.
—¡Calla! —Tiró de su brazo, y lo arrastró consigo. —¡Y vamos a ver que hacen!
-X-
—Por un segundo estaba temiendo encontrarme una escena embarazosa…—musitó Saga cruzándose de brazos junto a la puerta. A su lado, Eire se echó a reír.
—¡Saga! —La expresión de espanto de Shura siempre le había resultado impagable.— ¡Eire!
—¿Qué? Pasáis mucho tiempo aquí solos y…
—Quizá deberías pasar más tiempo aquí, Géminis. No me pagan por ser tu asistente. —Tatiana replicó tan rápido, que Saga no pudo sino ampliar su sonrisa. Se acercó a ella, y besó su pelo fugazmente, después, se dejó caer en la silla.
—Tienes mi plena confianza, Lince. Deberías sentirte halagada…
Shura miraba de uno a otro, con un sonrojo evidente en sus mejillas. Saga apenas lo miró fugazmente, pero aquel gesto travieso en el geminiano, hacía que a Shura le resultase imposible apaciguarse.
—Eire necesita explicaciones—continuó—. No seáis tan crueles de no dárselas…
—Eso es—añadió la amazona.
—Dijo algo de la confianza entre hermanos, o hermanas, y no sé que historias… Pero ese no es mi ámbito.
—Dime que Kanon aún tiene la cara en su sitio… —Apenas musitó Shura.
—Aunque no me creáis en este momento, poseo un excelente autocontrol—dijo con el ceño fruncido. Casi sin querer, se llevó la mano al puente de la nariz, acariciando con cuidado la marca que su pequeño desencuentro fraternal, había dejado. —Como sea. Ese no es el punto. No desvíes la atención, cabra.
—Eres tú quien realmente quiere saber… No ella—acotó la rusa.
—Quizá. ¡Pero me merezco una explicación al menos! Por mi colaboración en el asunto…
—No sé que quieres saber… —Shura habló tan bajito, que Saga estuvo tentado de pedirle que se lo repitiera. Sin embargo, se contuvo. Tampoco había que torturarlo en exceso. Al menos no antes de que contara los detalles.
—¡¿No sabes?!—exclamó Eire.
—Es que…
—Vale. Hagámoslo fácil. ¿Habéis mancillado mi mesa recién reconstruida?
—¡Saga!
—¡Qué!—exclamó de vuelta—. Me sorprende que habiendo pasado más tiempo con Milo cerca que yo, te resulte tan vergonzoso hablar de estos asuntos.
—Lo está haciendo a propósito—intercedió Tatiana sin despegar la mirada de los papeles que estaba leyendo. Posó su mano con delicadeza sobre el antebrazo de Shura. —Le divierte torturarte un poquito.
—Algo he notado.
—Pero ¿sabes qué? Tengo un remedio para cuando Géminis haga estás cosas.
—¿En serio? —Los dos santos dorados hablaron a la vez, con la misma curiosidad plasmada en sus rostros.
—Hubo un tiempo en que Mr. Ego aquí presente se ponía mucho más tímido que tú.
—Así que vamos a destapar trapos sucios…
—Voy a destapar, tú no tienes ninguno con el que contraatacar. —Una sonrisa de oreja a oreja se plasmo en el rostro de la rusa.
—Eso no es justo…
—Cuando Saga ganó Géminis, el maestro me colocó en su equipo. Tengo algunos detalles jugosos que contar de su tierna adolescencia.
—¿En serio?—preguntó Eire, y desde donde estaba, a Saga no le resultó difícil adivinar que Tatiana había logrado su objetivo. Desviar la atención de la cabrita, y lanzarlo a él… a los leones. —¡Cuenta!
—Esas cosas hay que mantenerlas guardadas…—murmuró el peliazul.
—¡Jah! —Shura sonrió emocionado. —Así que tienes algunos secretos embarazosos por ahí… —Y eso, era todo un milagro. La vida de Saga no había sido precisamente un secreto para nadie. Ares se había esforzado por demostrarlo.
—Si no te portas bien, Géminis, contaré cosas.
—¡Pero cuéntalas! Se va a portar mal de todos modos… —Movido por lo divertido del momento, Shura parecía haberse relajado considerablemente. Tanto, que su brazo había rodeado los hombros de la amazona, atrayéndola hacía si. Podía ser visto como un gesto relativamente normal entre amigos, pero la expresión de su mirada, hablaba por si sola. La miraba embelesado, y a Saga no le pasó desapercibido. Sonrió, más para si mismo que otra cosa, y continuó con el juego de la rusa.
—Soy un buen tipo, Shura. Casi me ofendes.
—Casi.
—Nah… —Tati acarició su mano, dibujando círculos en su dorso con los dedos. —Solamente has de tener en cuenta una cosa. Cuando trate de abochornarte, piensa en Saga igual de sonrojado que tú, todo timidez, y mirando a todas partes… menos a la chica que tenía delante. Quieto como un gatito asustado.
—Es…. Difícil de imaginar. —Saga sonrió.
—Bueno, te diré que es un buen plan. Lince aquí presente siempre tuvo una mente brillante—acotó el geminiano.
—En serio. Piénsalo. —Shura se esforzó por hacerlo, y sus labios se curvaron en un gesto sonriente segundos después. —¿A que intimida menos?
Shura rompió a reír, y Saga se encontró negando lentamente con el rostro, pero con un gesto divertido plasmado en él.
—Os diré algo…—dijo—. Me parece que hacéis un equipo fantástico. —Y por equipo, no se refería a tándem de trabajo precisamente. —Decidme que esto ha sido algo más que un polvo y…
—¿Quién dijo que fuera uno solo? —Por primera vez en mucho tiempo, Shura sonó y se vio tan presumido, que pilló a todos los presentes por sorpresa.
—¡Tati! ¡Mira lo que has hecho!—exclamó el griego—. Yo solo decía que… —Vio de uno a otro fugazmente. —Me alegraría mucho saber que estáis juntos de un modo más… formal. —Y de pronto, Saga se sintió como un abuelo hablando así.
Hubo un silencio atronador en la cabaña por unos segundos. El peliazul siguió observándoles, con la atenta mirada pícara de Eire imitándolo.
—¿En serio?—murmuró Shura— .¿Lo dices de verdad?
—¿Por qué no iba a hacerlo? Sois… —Se encogió de hombros, siendo consciente de que había llegado a ese punto en que las palabras se revelarían contra él, y le harían difícil expresar lo que quería. Siempre pasaba cuando intentaba hablar de algo tan… personal y serio.— Sois buenos el uno para el otro… creo. —Se rascó la nuca y continuó. —Y sois… —Volvió a encogerse de hombros nuevamente, y Tatiana sonrió. Vestigios del antiguo Saga se dejaban ver: con su timidez y dulzura. —Especiales para mi.
Por unos segundos, Shura no supo que decir. Permaneció callado, mirándolo con evidente curiosidad, y cayendo en la cuenta de la sinceridad y magnitud de aquellas palabras. La vida se había portado mal con ellos, desde luego. Pero, había cosas que nunca cambiaría, como aquellos momentos que les habían llevado a ese punto. De otra forma, lo más probable es que Saga y él nunca hubieran sido tan cercanos.
—¿Ves? No es tan difícil de imaginar—dijo la rusa—. Ahí tienes la adorabilidad geminiana, Shura. Mírala bien, y recuérdala. —El español asintió, y la atrajo hacia si, besando su cabeza.
—¿Esto responde a la pregunta?
—Yo diría que si…
—¿Y qué hay de ti?
Cuando escuchó la pregunta, Saga adoptó un gesto más serio casi sin darse cuenta. Se revolvió en la silla, y miró fugazmente a Tatiana, antes de desviar de nuevo la mirada y pensarse la respuesta.
—¿De mi?
—Sabes de que estoy hablando. —O de quién, más bien.
Saga se humedeció los labios antes de hablar. Sus tres acompañantes sabían acerca de su historia con Naia, pero eso no hacía que se sintiera más cómodo hablando de ello. Además, últimamente ella estaba… rara.
—Supongo que bien.
—¿Supones? —Saga se encogió de hombros.
—¿Qué quieres saber?
—Nada, nada…
—Lo cierto es que… —Le sorprendió que Eire se metiera en la conversación, por lo que captó su atención de inmediato. —¿Naia no te ha contado?
—¿Contarme el qué?
—No sé… Sobre cómo van las cosas por aquí.
No contestó. En parte porque detestaba estar al margen de algo, que tenía la impresión debía saber. En parte, porque Naia simplemente no le había hablado de lo que fuera eso.
—Habla. —Eire miró a Tatiana en busca de aprobación, a pesar de la petición del peliazul. Solamente cuando la rusa asintió, la amazona decidió hablar. Aquel ataque de prudencia, era realmente impresionante.
—Las cosas con Shaina no van nada bien.
—Nunca han ido bien…
—No, pero… —Se encogió de hombros. —Cuando estuvisteis en el calabozo, todo el mundo sabe que se pelearon. Y dijeron unas cuantas cosas… Es más, el Maestro las hizo llamar a ambas. —Y Saga aún tenía pesadillas con eso y lo que fuera que el viejo le dijo. —La cuestión es que… aunque se mantienen a una distancia prudencial la una de la otra…
—Físicamente hablando—añadió Tatiana.
—Shaina no ha parado. Sigue diciendo cosas y…
Saga resopló, sacó un cigarrillo del cajón y lo encendió con nerviosismo. Shura frunció el ceño. Había aprendido a reconocer los síntomas de estrés en él, y aquel era uno inequívoco. Fumaba por no romper algo mientras escuchaba. O por no pegarle a nadie. No le envidiaba, Shaina era difícil de controlar, y aún más difícil de lidiar.
—Lo que Eire quiere decir, es que quizá debas intentar hacer algo al respecto, o antes o después van a volver a enzarzarse. No creo que haya mucho margen de error para Caelum después de la aventura de Jamir.
El peliazul dejó caer la cabeza hacia atrás, exhaló el humo lentamente, y se sobó los ojos.
—Es curioso, pero aunque le resulte intimidante al 99,99% del Santuario, Shaina pertenece a ese 0,01% al que le resulto inofensivo. He intentado hablar con ella ya.
—Pues tendrás que pensar algo más.
Caló de nuevo el cigarrillo y asintió. Aunque no tenía nada claro que era lo que podía hacer. No dijo nada más, pero algo dentro de él, se revolvió incómodo solo de pensar en todos los secretos que Naia parecía guardarle. Quería pensar que era por protegerle… pero lo cierto era, que odiaba que lo hiciera.
-X-
Meridia poseía, por mucho, las vistas más bonitas del Santuario. Era el sitio indicado para sentirse el rey del mundo. Los ojos alcanzaban hasta el rincón más lejano de los territorios consagrados a la diosa, desde el templo papal, hasta Rodorio, e incluso más.
Había días, cuando el viento no soplaba con tanta fuerza, en las que podía verse Cabo Sunión al fondo del paisaje, a través de las copas de los árboles del bosque. Ese día era uno de esos. Las viejas ruinas, justo al borde del acantilado y con el Mediterráneo de fondo, tenían cautiva a la atención de Kanon y no estaban dispuestas a liberarla. El Cabo le traía emociones confusas; fuertes y contradictorias, que siempre terminaban por enredarlo. Eran un imán de pensamientos negativos, tanto como un repelente de emociones buenas... o al menos, de la mayoría de ellas. Salvo por alguien.
Resopló. Ya era hora de volver a casa y de olvidarse de historias viejas.
Inspeccionó con su cosmos a Géminis, con la esperanza de encontrarla vacía. Llevaba algunos días tratando de evitar a Saga, tanto como Saga lo evitaba a él. Al parecer, funcionaba para ambos. Él se sentía más tranquilo y su gemelo, hasta donde había visto, se encontraba de mejores ánimos que de costumbre.
Cuando confirmó que el camino estaba libre para que regresara al tercer templo, se dispuso a hacerlo. Pero justo entonces, escuchó el grito que provenía desde los pies del reloj milenario.
—¡Kanon! —No le sorprendió encontrarse a Máscara Mortal y a Afrodita. Aquel dúo era tan inseparable como Saga y el odioso arquero. —¡Quédate ahí! ¡Ahora subimos!
—Pero…
—¡Solo quédate ahí!—repitió el italiano, antes de desaparecer por única entrada a Meridia. Kanon no tuvo tiempo de replicar, así que asumió que había perdido la oportunidad de huir
Pocos segundos después, escuchó el golpeteo de los pasos en las escaleras y volteó hacia el pasadizo que las resguardaba. Máscara Mortal fue el primero en aparecer, seguido del santo de Piscis. Ángelo llevaba aquella sonrisa tan suya en los labios: tan patán como divertida. Pero Afrodita, en cambio, parecía más interesado es esculcar al gemelo con esos ojos que parecía ver más de lo que deberían.
No era que a Kanon le incomodaran. Sin embargo, tampoco se sentía de especial humor para soportarles. Solo quería un poco de espacio propio.
—¿Me buscabais, o solo fue mala suerte mía encontraros?—cuestionó, mientras se acomodaba en la baranda.
—Un poco de las dos. Iba de camino al templo papal cuando me encontré a la florecita y después contigo. Antes fui a Géminis y no estabas.
—¿Desde cuando nos visitas tanto?
—Desde que soy el vecino más agradable de las Doce Casas. Además, hoy preparé espagueti y, visto que no existe mejor comida italiana en el Santuario que la mía, decidí convidaros a un poco. Os llevé una cacerola para compartir. —Ángelo esbozó una sonrisa que hizo que Kanon ladeara la cabeza.
—¿Compartir? ¿Nosotros? ¿Te parece que lo llevamos bien? —El gemelo se sopló el flequillo. —Con suerte, para cuando llegue a casa, Saga se lo habrá comido todo.
—O habrá lanzado la olla al abismo.
—¡Oye! —Máscara Mortal se quejó del comentario de Afrodita. Pero el sueco se limitó a encogerse de hombros.
—¿Qué? Todos sabemos que Saga no come nada más que chocolate y Nutella.
—Nadie desperdicia un buen plato de pasta solo porque sí.
—Nadie salvo Saga.
—Como sea… —El santo de Cáncer se cruzó de brazos y adoptó una expresión ofendida. —Seguramente Saga esté muy ocupado como para preocuparse de la comida, al menos por un buen rato.
—¿Ocupado? ¿Qué es lo que sabes?
—¿No lo has notado, Kanon? Creo que Saga tiene un pequeño problema de adicción. —La aseveración hizo que tanto el geminiano como el de Piscis fruncieran el ceño. No era que Saga no fuera un hombre obsesivo en ocasiones, pero la curiosidad de descubrir su nuevo vicio hizo que prestaran atención a las palabras del italiano. Sabiéndose el centro de las miradas, Máscara Mortal continuó. —Pasa mucho tiempo en el ordenador…
—¿En el ordenador? —Kanon interrumpió. —Estás equivocado. Mi hermano jamás, nunca, usa el ordenador o cualquier tipo de tecnología.
—Pues ahí estaba, yo lo vi.
—Yo le creo. Corre el rumor de que Apus pasa tiempo en Géminis, enseñándole alguna cosa, o dos.
—¿Qué? ¿Cómo rayos sabes eso? Yo vivo ahí y no sé nada de eso.
—Estás disperso—terció, cortante, el italiano. Afrodita sonrió y se limitó a escuchar. —Como decía, Saga estaba frente al ordenador, ni siquiera pestañaba. Tendríais que haberle visto la cara; poco la faltaba para meterse por la pantalla.
—Por Athena… —Kanon se llevó las manos a la cara. —Si vas a decirme que lo descubriste mirando porno, no quiero saber más, ¿entendido?
Ángelo encontró imposible retener una carcajada y rió con todas sus fuerzas. Lo cierto era que le hubiera parecido más natural encontrar al gemelo mayor en aquellos menesteres, que cómo le había pillado.
—No, no. No estaba viendo porno. —Se rascó la nariz y mostró los dientes con una gran sonrisa.
—¿Entonces?
—Estaba jugando.
—¿Jugando?—preguntaron a la vez. Ángelo asintió.
—Uno de esos juegos raros en Internet. —Chasqueó la lengua. —Algo dijo de magos y ovejas, ¿qué sé yo? —Subió una ceja y torció la boca. —Tuvimos una breve plática.
—Me estás asustando. Saga teniendo tiempo para jugar y conversando contigo, me da escalofríos.
El santo de Cáncer frunció el ceño, adoptando una expresión pensativa. Kanon no estaba nada equivocado. Si alguien le hubiera dicho que mantendría pláticas cordiales con Saga y que se sentaría en el despacho de Géminis para verle jugar, tan solo un par de semanas antes, le habría tildado de loco. La relación entre ellos llegó a ser tan mala que la pensó inmejorable.
Sin embargo, había algo distinto en el peliazul. Las aguas se apaciguaban lentamente entre los dos… o entre los tres. Porque, de algún modo, Afrodita también compartía esa calma incipiente.
—Suena como una locura, pero tal vez deberías esforzarte en mejorar las cosas también. —La acotación del santo de Piscis hizo que el semblante de Kanon se oscureciera. Era un tema truculento para hablar, pero en lo que a Afrodita respectaba, era inevitable no hablarlo tampoco. —Cada vez tengo menos claro el por qué os habéis liado. Muchos dedos apuntan a Caelum, como la manzana en discordia, pero creo que toda la escalera zodiacal sabe que es mucho más que eso.
—Lo es—bufó el griego.
—Es un trauma infantil—dijo Máscara Mortal, a lo que Kanon se apresuró a terciar.
—Y tampoco es asunto de nadie.
—Bueno, una excusa bastaba para explotar todo. Pero, lo que realmente quería decir en todo esto es que—Afrodita sonrió y Kanon, sin darse cuenta, retuvo el aliento—, sé que tienes una admiradora.
—¿Una admiradora? ¿De qué hablas? —En lo que a él respecta, su vida social relacionada con el género femenino era inexistente. Excepto por…
—Una sirena. —El gemelo atrincheró los dientes. No podía creerse que aquel asunto hubiera llegado a ser de dominio público tan rápido. —¿Qué hay de especial con ellas? ¿Eh? ¿Es verdad que encantan a los hombres con una canción? Porque mira que estoy a punto de creerlo.
—Oye, oye, ¿de qué estáis hablando?—intervino Máscara Mortal.
—Ya sabes que no creo en los cuentos de hadas, pero… Kanon, aquí presente, tiene una marcada debilidad por una rubia y pequeña sirena.
—¡¿Qué?!
—Incluso la abrazó. Una abrazo tierno y protector, si debe decirse. Diría que fue una abrazo casi fraternal. Casi. Pero temo mucho que quizás me estaría equivocando… No me gusta equivocarme.
—¡¿Cómo?!
—¡Maldita sea, Afrodita! ¡Cierra el pico!—bramó Kanon. Si le hubiesen conocido mejor, ambos santos habrían notado que el geminiano denotaba más de lo que le hubiera gustado.
—¡Kanon! —El italiano se metió en el campo visual del aludido y su rostro no disimulaba la sorpresa. —¡¿Es cierto?! —Sin embargo, fue ignorado.
—¿Cómo demonios…?—siseó el gemelo, sin despegar la mirada del santo de Piscis.
—¿Cómo lo sé? —Afrodita giró el rostro y su hermosa melena azul flotó en el aire. Contempló de reojo al gemelo, despidiendo picardía en la mirada. —Tengo una extensa red de pajaritos por todo el Santuario. Gracias a ellos veo incluso donde mis ojos no llegan. Nada se me escapa, Kanon. Nada. —Meneó el índice, a modo de negación.
—Entonces… ¿en verdad? ¿Abrazuqueaste a una sirena? ¡¿A la sirena de Julián?!
—No es la sirena de Julián—masculló con desagrado. Detestaba pensar en ella y en el maldito crío de ese modo. —Y no la abrazuqué, si es que esa es una palabra. Solo… ¡es algo personal! ¡No os incube! —Cual niño regañado, se cruzó de brazos.
—Atender a las admiradoras está bien—dijo Afrodita. Si le preguntaba, aquella faceta de Kanon le resultaba tierna… hasta cierto punto.
—La florecita tiene razón. —Pero, para Máscara Mortal, poco había de ternura en todo ello. —Uno no sabe que beneficios posteriores pueda haber.
Kanon abrió los ojos desmesuradamente y, antes de que el santo de Cáncer lo viera venir, le tomó de la camisa para zarandearlo un par de veces.
El embate tomó desprevenido al italiano Fue un susto momentáneo, pero bien justificado. Sin embargo, fueron las genuinas emociones en la mirada esmeralda de Kanon las que lo dejaron completamente quieto. Levantó las manos, aludiendo rendición y buscó de inmediato por su amigo, en espera de su apoyo. No le sorprendió que Afrodita estuviera tan conmocionado como él.
—Kanon… ¿qué…? Yo…—balbuceó, en espera del golpe. Soltó el aliento cuando lo dejó ir, pero tampoco se sentía del todo a salvo.
—Tethys es una buena chica. —Le oyó decir. No se atrevió a responderle, solo escuchó. Lo último que quería era que le arrancaran la cabeza. —Y, si quieres seguir siendo mi amigo, o al menos, cercano a mi, tendrás cuidado con el modo en que te diriges a ella. ¿Está claro, Ángelo?
—Sí, sí… clarísimo—balbuceó.
—Bien. —Kanon bufó—. Ahora—volteó hacia Afrodita—, si alguien más se entera de esto…
—Nadie lo hará.
La mirada que recibió del gemelo le hizo saber que no le creía. Mas Afrodita no se amedrentó, sino que se mantuvo firme. Quizás así, Kanon entendería que no estaba mintiendo. No era su bonita cara la que estaba en riesgo, si la de Ángelo… y el pobre ya estaba bastante dañado como para ir a peor.
Un largo instante después, Kanon resopló, dándose por vencido. En realidad, había sido estúpido al perder el temple ante ellos. Ángelo y Afrodita eran así: siempre pisando ampollas, viviendo al límite… especialmente el italiano.
—¿Estamos bien? —Escuchó la pregunta del sueco y asintió, no sin soltar un gruñido. Notó de inmediato la curiosidad en las miradas de los más jóvenes, sintiéndose ligeramente idiota por aquella reacción.
—Lo estamos. Ahora, me largo de aquí antes de que Saga se deshaga de los espaguetis.
—Buena idea.
Y, sin una sola palabra, Kanon se marchó de ahí. Durante los segundos que le tomó desparecer, ni Cáncer ni Piscis se movieron un centímetro. Fue hasta que el gemelo se esfumó en que ambos reaccionaron.
—Jah. —Ángelo suspiró al saberse a salvo, mientras acomodaba su camisa fuera de sitio y sacudía polvo imaginario de su ropa. —¿Quién iba a decirlo? —Llevó su mirada a Afrodita y supo que pensaban lo mismo. —Kanon está sinceramente interesado en alguien. ¡En una sirena! ¡Eso es una novedad!
—Eso parece.
—¿Qué opinas de esto? ¿Abrazo fraternal o algo más?
—No sabría decirte… aún.
No, a Afrodita detestaba equivocarse, y todavía era pronto para decantarse por una opción o la otra. Pero estaba bien descubrir que debajo de aquella coraza de patanería, había un Kanon diferente al que conocer. Perdería la cabeza si lo decía en voz alta, pero ese desconocido lado del gemelo resultaba… dulce. Demasiado.
O, de nuevo, tal vez simplemente estaba equivocado. Después de todo, nadie era infalible, ni siquiera él.
-X-
¿Cómo se había dejado convencer? Ese era el misterio. O, quizás no era un misterio tan grande, pues era por todos conocida la facilidad con la que Aioros cedía a casi cualquier petición de Saga. La cuestión es que, por esta vez, la misión en la que se embarcaban era delicada, rayaba en la estupidez y podía tener consecuencias mortales para ambos. Lo que era peor: aquella descabellada idea había nacido en el cerebro de Ángelo y, de alguna forma desconocida, se las había ingeniado para infectar aquel supuesto cerebro de genio del geminino. Estaba claro que ni siquiera los genios eran perfectos.
—¿Estás seguro de esto? —Tragó saliva cuando alcanzaron la entrada del octavo templo. Era el momento de que la razón cupiera en alguno y volvieran sobre sus pasos.
—Muy seguro. No me digas que estás dudando ahora. ¡Prometiste ayudar!
—¡Y lo haré! Solo quiero asegurarme que esto no nos salpique en la cara después.
—No sucederá. Por eso estamos aquí.
—Pero, Saga…
Pero el gemelo no estaba dispuesto a perder más tiempo. Antes de que Aioros pudiera expresar una sola objeción más, encendió su cosmos para anunciar su presenciar. No mucho después, el guardián de la octava casa respondió, invitándolos hasta sus privados.
Saga arrastró a Aioros, y Aioros arrastró los pies, pero nada les impidió llegar hasta Milo. Jovial y amable como siempre, el escorpión les dio la bienvenida.
—¡Ah! ¡Visitas! ¿A qué debo el honor de vuestra presencia en Escorpio? —Sonrió mientras les permitía el paso a los privados de su templo.
—Tenemos que hablar… —Saga le contempló de soslayo y se encaminó hasta el sofá del salón. . Se acomodó lo mejor que pudo, solo para observar como Aioros iba tras de él, prácticamente a regañadientes. —De negocios.
—¡Oh! Me encanta hacer negocios contigo. ¿De qué se trata?
—Es algo personal—añadió el gemelo. Ante todo, esperaba discreción y Milo no era conocido por tenerla. —Me gustaría que quedara entre los tres.
—Cuenta con ello. ¡Habla, habla, que me impaciento!
—Por Athena—susurró el arquero. Se llevó las manos a la cara, esperando el desastre que se venía encima.
—Sabes que Naia y la Cobra tienen una terrible relación—Saga le ignoró y continuó. Era un hombre con un propósito y, por alguna extraña razón, se sentía optimista. —Cuando estoy cerca, Shaina se cuida de no meterse en donde no debe. Pero, cuando Naia se queda sola, me han dicho que se dedica a molestarla. Hasta ahora, Naia ha sido prudente y ha soportado…
—Pero temes que cuando explote sea una tragedia.
—Sé que la Cobra se esforzará en hacerla explotar un día de estos; es una mujer sumamente lista y manipuladora, así que es cuestión de tiempo. Pero no es solamente eso. —Se sopló el flequillo antes de retomar la conversación. —Me preocupa Naia. Mucho. Han sido días tan difíciles que… No quiero que lo siga pasando mal.
—Entiendo, entiendo. —Milo adoptó un mohín serio y pensativo. Sin embargo, Aioros no se creía nada de eso. —¿Qué propones?
—Me han dicho que la Cobra y tú…
El más joven dibujó una sonrisa, esperando la continuación de aquella frase con unas ansias incontenibles. ¡Le encantaba que la gente hablara de él! Pero más le gustaba escuchar lo que se hablaba de él. En ese sentido, los chismes le eran entretenidos: la mayoría de las veces eran más un reflejo de quienes los iniciaban, que de aquellos que eran su objetivo.
Pero en esa ocasión, ¡era Saga quien chismoseaba! Y Milo no podía estar más fascinado con la idea. Quería saber… de sus propios labios.
—La Cobra y yo, ¿qué? —Sembró sus ojos en Saga. Oyó a Aioros toser con nerviosismo y solo encontró más fascinante aquel momento.
—Dicen… que os lleváis… decentemente.
—Es un modo de decirlo, sí. ¿Vinisteis hasta aquí para decirme esto?
—En realidad vinimos…
—Porque somos idiotas—susurró el arquero, pero lo hizo más alto de lo que hubiera querido. De inmediato sintió las miradas sobre sí y se encogió. —Lo siento…
—¿Por qué el arquero está tan asustado?
—Porque necesitamos un favor. —Ante la confesión de Saga, Aioros suspiró. El caso estaba perdido y solo quedaba apoyar.
—¡Decidme! ¡Me gusta ayudar! Especialmente a mis hermanos mayores y desadaptados.
El gemelo sonrió. El asunto de los desadaptados lo tenía bien asumido ya. No le molestaba. Quizás, lo más preocupante en ese momento, era su acompañante.
Saga echó una última mirada hacia su cómplice. Descubrió que nadie exageraba cuando decían lo transparente que Aioros podía ser. El santo de Sagitario estaba haciendo su mejor esfuerzo por no caer en el pánico y, aún así, estaba fracasando. Su rostro mostraba una rara mezcla de temor, vergüenza e incomodidad.
Menos mal que el geminiano estaba bien seguro de lo que hacía, porque no iba a encontrar valor en su amigo.
—Cómo te dije antes, lo que quiero es que Shaina deje en paz a Naia. El problema es que la Cobra tiene demasiado tiempo libre. Demasiado—masculló y gruñó a la vez—. Quizás, si tú pudieras entretenerla un poquito… —Pero se detuvo cuando la sonrisa en el rostro de Milo se esfumó y sus ojos azules se abrieron desmesuradamente. Tragó saliva esperando la peor de las respuestas.
—¿Quieres que entretenga a Shaina por ti?
—Sí. Si pudieras pasar un poco de tiempo con ella…
—¿Quieres que pase más tiempo con ella solo para deshacerte de sus gruñidos? —El geminiano asintió torpemente. Entonces, Milo estalló. —¡¿Estás loco?! ¿Qué he hecho para que me odies de ese modo?! —El escorpión se levantó de un brinco y comenzó a caminar alrededor del salón, mientras sus manos abanicaban el aire con desesperación. —¡¿Sabes lo que va a pasarme si la Cobra se entera?! ¡¿Eso quieres?! ¡¿Que me mate?! ¡Creí que era tu hermano favorito!
—¡Venga, que no es para tanto!
—Me estoy jugando el cuello con esto, Saga. —Milo se calmó momentáneamente, y volvió a acomodarse en el sillón. Se cruzó de brazos, adoptando una postura inusualmente seria que preocupó a los dos santos mayores.
—Vamos, Milo, por favor—suplicó Saga. El escorpión no movió un solo músculo.
—Me gusta mi nueva vida.
—Lo sé. ¡Yo intento que me guste la mía!
—¡Hombre! Encuentra el modo en que no se requiera sacrificar la vida de tu hermano más pequeño y adorable.
—Milo…
—Saga te necesita—terció el arquero, para sorpresa de ambos, y, como por arte de magia, recuperaron la emoción y la sonrisilla cómplice de Milo. ¡Saga lo necesitaba! ¡A él! Por algo era el hermano favorito.
—¡Claro que me necesita! ¿Qué haría sin mi? —Giró el rostro e infló el pecho con orgullo. —Pero, si voy a arriesgar mi vida en esto, necesitaré algo a cambio. Una pequeña motivación.
Se respingaron a la vez. El maravilloso plan que Ángelo había propuesto y Saga había tejido, no incluía peticiones por parte del bicho. Mucho menos involucraba peticiones de Milo que trajeron consigo esa sonrisa, tan angelical, como perturbadora, como cínica. Daba miedo pensar en lo que seguía.
—Y… ¿Qué es lo que quieres a cambio? —Fue Saga el que preguntó, pero fue Aioros quien retuvo la respiración.
—Quiero encargaros una misión importante.
—¿Te importaría ofrecer más detalles? —El santo de Sagitario colapsaría en cualquier momento si seguía sin respirar, Saga estaba seguro de que sucedería.
—Veréis, hace un tiempo, tuve una aventurilla de lo más entretenida con cierta amazona; nada serio, pero consensual, por supuesto. Pero… —Chasqueó la lengua y torció la boca. —No terminó como ella esperaba.
—Por Athena, Milo. ¿Te la tiraste y la abandonaste?
—¡Claro que no, arquero! ¿Qué clase de persona piensas que soy? —Milo miró con reproche al castaño y éste, se encogió de hombros. Para buena suerte de ambos, Saga intervino. —No a todos se nos da eso de la monogamia y, a veces, las chicas dicen aceptarlo, pero no lo hacen.
—¿Por qué no me sorprende…?
—Estás juzgando, Aioros.
—Vale, vale. Lo siento. Continúa.
—Sí, sí…—carraspeó antes de continuar—. La cuestión es que, después de que todo terminó, caí en cuenta que perdí algo muy importante y deseo recuperarlo. Pensaba que podríais ayudarme con ello.
—¿El qué?
—Unas esposas.
Hubo una larga pausa entre los tres. Saga se llevó los dedos a los labios, confundido acerca de cual debería ser su siguiente pregunta al respecto. Aioros lucía completamente fuera de lugar, como si el escorpión hablara un idioma desconocido.
—¿Esposas? ¿Para qué quieres…?
—¡Arquero! ¡Me sorprendes! Son esposas afelpadas y a estas alturas, ya deberías saber que a los Escorpio nos encantan las esposas. Los juegos de dominación y sumisión son nuestros favoritos.
—¿De qué está hablando? —Volteó hacia Saga, en busca de respuestas. El gemelo levantó una ceja y esbozó una sonrisa traviesa al adivinar la pícara respuesta a aquella pregunta. Milo se adelantó y respondió.
—Estoy hablando de esposar a alguien a la cama… o a una mesa, o a una silla, o a donde sea, para después… —Hizo una mueca pervertida que dijo lo demás, sin necesidad de palabras. Los colores se le subieron al arquero y la sonrisa traviesa de Saga se agrandó.
—¡¿Qué?! ¡¿Y por qué tendría yo que saber eso?!
—Apus es Escorpio. No vas a decirme que nunca la has atado a ningún lado para jugar un poquito—dijo Milo, sin molestarse en ocultar la gran sonrisa en sus labios. Saga, por su parte, miró de soslayo a su amigo y luchó con todas sus fuerzas por reprimir las carcajadas. Pudo jurar que Aioros se había convertido en un tomate.
—No… yo no… ella no…—balbuceó mientras revolvía sus rizos con nerviosismo. Pero el escorpión no lo dejó continuar.
—¿Ella te ha atado a ti?
—¡No!
—¡Por Athena, Aioros! ¡¿Qué has estado haciendo?! ¡¿En qué has perdido tu tiempo hasta ahora?!—exclamó, levantando las manos al cielo. Aquella dramática reacción desbordó la risa de Saga. No así, el santo de Sagitario cambiaba de colores rápidamente. —Si tienes a uno de nosotros en casa, a un Escorpio me refiero, y nunca os habéis involucrado en un juego de ataduras, no has vivido. ¡Tienes que intentarlo!
—Pero… ¿por qué? Deltha y yo no tenemos ese tipo de relación—intentó defenderse, pero no estaba funcionado. Echó una mirada fulminante al geminiano que se había olvidado de ayudarlo y estaba a punto de atragantarse con su propia risa.
—¡Muy mal! Sorpréndela. Inténtalo y me lo agradecerás. Ambos me agradeceréis. —Le guiñó el ojo y Aioros se revolvió, incómodo.
—¡Ya lo creo que Apus le gustaría!—añadió, casi llorando de risa.
—¡Saga! —El castaño le clavó el codo en las costillas y le miró con el ceño fruncido, aunque el gemelo desconocía si era enfado o nerviosismo. —¿Qué sabes tú de lo que a Del le gusta, o no, en la cama? ¡¿Y por qué apoyas a Milo y no a mi?! ¡Te estás divirtiendo con esto!
—Un poco, sí. No es que me guste imaginarte en estos menesteres, pero…
—¡Silencio los dos! ¿Sabéis algo? —Miro de uno a otro. Por primera vez, tuvo la atención de ambos. —Sois iguales.
—¡Gracias!—dijo Milo.
—¡Oye! —Se quejó el gemelo.
—¡Has creado un monstruo, Saga!
Saga rió por lo bajo. Admitía que Milo no había sido obra suya por completo. Lo que también admitía era que el pequeño bicho avanzaba a zancadas para superarles a todos ellos. El maestro supera al alumno, rezaba el dicho. Saga lo creía.
Disfrutó por un momento más de aquel gracioso y cínico mohín en los labios del santo más joven. También se rió un poquito más de la cara de infarto de Aioros. Después, continuó.
—¿Sabes algo, bicho?—dijo—. Si me ayudas con el asunto de la Cobra y dejas el tema antes de que a Aioros le dé un síncope, te compraré un par de esposas nuevas.
—No quiero unas nuevas, quiero las mías. Me traen viejos recuerdos.
—Las tuyas son un riesgo sanitario.
—¡Qué exagerado, Aioros! Solo han sido utilizadas en unas cuantas ocasiones especiales. Todas dignas de recordar. —Subió las cejas con travesura.
—No quiero detalles…
—Digas lo que digas, Milo, Aioros puede tener razón en algo. Por lo que sabemos, la amazona en cuestión puede hacer pensado igual que él y desechado tus esposas; o podrían haberse perdido.
—Nop. Sé que siguen ahí.
—Estás siendo irracional.
—Estaré arriesgando mi vida por ti y por culo bonito.
—¡Oye! No la llames así—masculló el arquero, pero ni Saga ni Milo parecieron prestarle atención.
—Solo quieres meternos en problemas—insistió Saga—. Y Aioros tiene razón: no la llames de ese modo.
—Quiero mis esposas… y Caelum tiene un trasero un lujo. —El peliazul chasqueó la lengua. Milo rió con cinismo al saber que había ganado la partida..
—Estoy consciente de lo segundo, pero no entiendo lo primero. ¡¿Qué hay de malo con unas esposas nuevas?! No sabía que fueras tan obsesivo.
—¡Te estás repitiendo!—exclamó el escorpión. Aioros mientras tanto, alternaba la vista entre Saga y Milo. —Y esto tampoco es una negociación. Pusiste tus términos y yo los míos. ¿Aceptáis o no?
Saga se tomó un segundo. Necesitaba de Milo, pero la mirada del santo de Sagitario le suplicaba que diera vuelta atrás. A pesar de todo, por más morisquetas que hiciera, sabía que contaba con él para cualquiera travesía, por calamitosa que fuera. Aioros era así: demasiado preocupado por algunas cosas, pero capaz de ser hacer cualquier tontería por un amigo.
El castaño tuvo que leerle la mente porque resopló, resignado. Ya podía verse, a mitad de esa misión suicida, siendo pillado dentro de la cabaña de una amazona, con unas esposas de peluche. ¡Shion iba a matarlos! Eso si las chicas no los mataban antes.
—Entonces, ¿qué? ¿Tenéis una respuesta ya o el ratón os ha comido la lengua? Soy un santo muy ocupado.
—¡Hecho!
—Por los dioses. —Aioros hundió la cara entre las manos. —Deltha va a matarme por esto. —Pero, por enésima vez, ambos le ignoraron para seguir con su conversación.
—¡Genial! —Milo agrandó su sonrisa radiante. —Os daré todos los detalles que necesitéis. Recuperad mis esposas y yo me encargaré de la Cobra.
-X-
Eligieron el momento justo después de los entrenamientos para escabullirse al campamento. Normalmente, a esas horas, ambos campamentos se encontraban medio vacíos, con sus habitantes entretenidos en los deberes del día a día, bien lejos del sitio al que ellos querían llegar. No fue difícil localizar la cabaña mencionada por Milo y tampoco fue tan complicado meterse en ella.
Encontrar las benditas esposas fue una historia bien diferente y, aún peor, ingeniárselas para arreglar todo, de tal modo que su presencia ahí pasara desapercibida.
Estaban limitados en el uso del cosmos. Si dejaban al menos un poquito de energía al descubierto, era seguro que terminarían siendo atrapados. Así que ahí estaban, con toda su mortalidad en despliegue, esperando que su dignidad no terminara siendo pisoteada. Eran momentos difíciles para un santo dorado.
Total que, tras mucha tensión y varios sustos que terminaron dejando a Aioros al borde de los gritos, encontraron las esposas de Milo perdidas en un cajón.
—¡Las tengo!
—¡Excelente! Ahora podemos largarnos de aquí. —Saga se acercó y revolvió los rizos castaños del arquero.
—¿Tanto lío por… esto? —Aioros meneó las esposas en sus dedos.
—El bicho tiene sus fetiches.
—Por los dioses…
—Anda, guárdalas y vámonos.
—¿Yo?
—Sí, tú. Si alguien nos pilla, nadie creerá que son tuyas. —Saga se encogió de hombros. —Y, no es que no agradezca tu ayuda, pero… ¿te han dicho que te has vuelto bastante quejica? —La expresión descompuesta de su amigo le hizo sonreír. —Venga, nadie quiere quedarse más tiempo aquí.
Saga se detuvo en la puerta y abrió solo un rendija, lo suficientemente amplia para acechar en busca de problemas.
Detrás de él, incapaz de contener un suspiro de resignación, Aioros esperó por instrucciones. Estaba aliviado de terminar con la tonta misión y, todavía más feliz de no haber perdido su dignidad en el intento. Era un quejica, y un miedoso, y todos los demás adjetivos que el geminiano pudiera pensar… ¡pero aún tenía una buena reputación! Tal cosa no era muy común en las Doce Casas.
—¿A dónde ahora? ¿Escorpio?—preguntó a Saga. Contra todo pronóstico, el peliazul se tomó un segundo para pensar.
—Tengo una mejor idea.
—¡¿Qué?! ¡No vamos a hacer esto más grande! —Pero la expresión relajada de Saga le dijo lo contrario.
—¿Ves? Quejica. —Asintió. —Necesitas trabajar en eso.
Y antes de que el castaño pudiera replicar, su amigo se escabulló fuera de la cabaña, no dejándole más remedio que ir tras sus pasos.
-X-
Saori guardó silencio, mientras contemplaba a Shion de soslayo. Se veía cansado, y no podía culparle por ello. A últimas fechas, los acontecimientos turbulentos que azotaban a todo el mundo, empezaba a cobrarse su precio sobre los ánimos de todos. La princesa entendía que Shion no era un hombre acostumbrado a las dudas y al desconocimiento.
Y aquello era exactamente lo que les rodeaba por todas partes. Dudas y más dudas. Se sentían como un barco a la deriva, esperando por el siguiente golpe de mar que lo tambaleara, pero sin saber de donde vendría la ola. Sin saber cómo podían prepararse.
Estaba claro que todo lo que sucedía era obre de un dios. Uno que atacaba sin importarle el objetivo: Poseidón, Odín… ellos mismos. Pero además, uno asombrosamente poderoso, tanto, como para involucrar a dioses nórdicos en su juego.
Fuera quien fuera, tenía un plan demoledor en marchar, y adoraba la guerra.
—¿Por qué no descansamos un poco?—sugirió. Shion llevaba tanto tiempo en silencio, con la mirada perdida en la mesa de estrategia, que comenzaba a dudar que estuviera siquiera despierto.
—No estamos haciendo realmente nada, princesa—murmuró con pesadez. Saori suspiró, no se veía optimista en absoluto, y eso la asustaba.
—Cuéntame en que piensas. —La mirada rosácea del lemuriano, atrapó la suya, y sonrió con ternura.
—No es nada…
—Vamos, déjame compartir la carga. No lo quieras hacer todo tú solo.
Shion la miró perplejo, porque en sus casi tres siglos de vida, nadie le había dicho nunca algo así. Había olvidado por un instante que ella no era uno de sus chicos, educados para obedecerle y no cuestionarle… aunque hubiera excepciones. Ella estaba por encima de todo y todos. Era una diosa, y a veces, la dulzura que emanaba de ella, hacía que Shion lo olvidara.
—Valoro opciones.
—¿Opciones?
—Acerca de la identidad de nuestro enemigo.
—¿Y… qué piensas?
El peliverde paseó sus dedos sobre el canto de oro y mármol de la mesa. Al principio, a Saori le pareció un gesto sin importancia, hasta que escuchó un pequeño chasquido proveniente del lugar donde Shion había dejado su mano. Un cajón, en el que nunca antes había reparado, se abrió. Ladeó el rostro, con curiosidad, pero antes de que pudiera hacer una sola pregunta que aclarase sus dudas, la daga de oro relampagueó bajo la trémula luz de aquel día.
Shion la depositó sobre la mesa, contemplándola casi hipnotizado, y ella hizo lo mismo. Sin querer, el aire se había quedado atrancado en su garganta.
—¿Qué…?
—Creo que es buena idea que sepas dónde la guardé.
—Pensé que seguía bajo el trono.
—No. Decidí cambiarla de sitio. Es un arma peligrosa, y no quería que estuviera al alcance de cualquiera.
—¿Por qué? —Tenía la impresión de que la respuesta iba a romperla el corazón, pero tenía que saber.
—Porque he estado pensando.
—¿Y…?
—Y… cada día que pasa, estamos más cerca de que la guerra nos explote en la cara. Seguimos sin respuestas, sin saber a dónde mirar. —Aunque a él le resultaba difícil desviar sus ojos de aquel arma maldita. —Tengo miedo de alguna de las posibilidades que se nos presentan.
—Temes que sea Ares. —Shion no contestó, pero Saori casi pudo sentir el modo en que su corazón se encogió.
—¿Y si lo es?
—Las estrellas no muestran nada.
—No siempre son tan claras como quisiéramos. Ni nos cuentan exactamente lo que deseamos saber.
—Si lo es… —Estiró la mano, y sostuvo la daga entre sus dedos.
Un aluvión de imágenes y recuerdos inundó su mente: sus chicos destrozados tras aquellas largas horas de pelea, sus sentidos segados, sus rostros bañados en lágrimas. Las manos temblorosas y heladas de Saga cuando las sostuvo entre las suyas. Su grito desgarrador antes de que ella se ahogara en su propia sangre.
—¿Por qué la escondiste realmente?
—Me da miedo la posible reacción de Saga. Nunca se deja llevar por el miedo, pero… Ares le coloca en una situación de pánico permanente. Y no sabe actuar estando en pánico. No quería que el mero pensamiento de que Ares pueda ser la causa de todo esto, y que su retorno fuera inminente, le llevara a tomar decisiones apresuradas que… —Tragó saliva, y se encogió de hombros. —Que todos fuéramos a llorar después.
—Temes que vuelva a intentar… —Por un segundo, su voz se quebró. Aquella noche, tras la batalla de las Doce Casas, jamás se borraría de su mente.
—No quiero que el miedo le empuje a tomar decisiones drásticas que no tienen vuelta atrás. No después de todo lo que hemos pasado. —De lo que Saga había pasado.
—¿Cómo le ves?
—¿A Saga? —Saori asintió. Él le conocía mejor después de todo.
—Francamente, no lo sé. El asunto de Caelum nos ha colocado en extremos opuestos. Estoy molesto con él, y él lo está conmigo. Es difícil saber que siente al respecto de esta forma…
—Yo creo que…—carraspeó, antes de decir lo que sabía Shion no quería escuchar. —Creo que Naiara le hace bien. Sino la tuviera a ella, creo que pensaría más en todo esto. Aunque eso no significa que no lo piense a diario… conociéndole, me resultaría raro que no fuera así. Pero está distraído, más relajado.
—Solo espero que no necesitemos usar esto. —Ignoró el tema de Caelum a propósito. Especialmente porque sabía que lo que había dicho Saori, era cierto. Y le dolía el orgullo de tener que admitirlo. Sin embargo, no por ello pensaba que Naira y Saga tuvieran futuro alguno. En lo que a él respectaba, seguía pensando que todo terminaría mal. —Porque no soportaría fallarle de nuevo con Ares. No podría vivir sabiendo que volvió y no pude hacer nada por preverlo.
—Estamos atentos. —Saori apretó su mano. —Además, dentro de todo, lleva una vida normal. Cumple con sus obligaciones, no esta apartado del mundo. Todos estamos vigilando.
—Ni siquiera sé si duerme bien… si descansa, o si tiene pesadillas.
—Vamos a hacerlo bien esta vez. Y esto… —Devolvió la daga a su cajón. —No será necesario. Ni para él, ni para nosotros.
Shion solamente asintió apesadumbrado.
-X-
—¿Por qué estamos aquí? —Aioros se aseguró de que nadie les hubiera visto entrar a la cabaña y cerró tras de sí.
—Porque nunca antes estuve dentro.
—¿En serio?
—Sí. —La respuesta de Saga hizo que el arquero ladeara la cabeza.
Él había estado cientos de veces en la cabaña de las chicas. Por supuesto, Aioros no era perseguido por Kanon o Shion, ni había tenido que preocuparse jamás de su relación con Deltha. Como Saga había dicho en alguna ocasión: se sentía tan culpable como cómplice de aquello. Quizás tener una vida "propia" era un derecho que su partida prematura le había ganado, al menos ante los ojos de los demás. En lo que a él respectaba, agradecía que nadie le prestara atención.
Miró hacia Saga y no se preocupó en ocultar la sonrisa que apareció en sus labios cuando vio aquella rara curiosidad geminiana brillándole en los ojos. Saga contemplaba cada rincón de aquel diminuto espacio, seguramente con mil ideas surcándole la cabeza. Y es que era diferente.
Ellos, acostumbrados a sus palacios de mármol, cuyos dormitorios eran más grandes que la cabaña completa, no podían sino plantearse pregunta tras pregunta acerca de lo que era vivir ahí.
A Aioros la parecía un rincón acogedor, a pesar del espacio limitado. Le gustaba y estaba seguro de que a Saga también.
—Todo es tan pequeño aquí… —Le oyó musitar y ensanchó la sonrisa. Se le adelantó, para tumbarse en la cama de Deltha, llevó las manos detrás de la nuca y se dedicó a observar a Saga en sus descubrimientos.
—Es porque ellas son pequeñas.
—¿Está es la cama de Naia? —Apuntó a la otra, cerca de donde Aioros parecía haberse acomodado.
—Sí.
—Y, estás, ¿sus cosas?
—Aja.
Miró por encima de la mesita de noche, husmeando. No tocó nada, solo observó. Por fin, dibujó una sonrisa al reparar en la foto de ambas chicas que, suponía, había tenido lugar en esos años lejos del Santuario. Después de eso, Aioros lo sintió más relajado.
Se sentó sobre la cama, dubitativo. Volteó a su izquierda, y luego a su derecha, pasando por alto que los ojos del castaño seguían sobre él. Entonces, encontró algo que amplió el simpático gesto en su rostro.
—El Señor Orejas. —Tomó al conejo de peluche en sus manos.
—¿Lo conoces?
—Sí. Cuando sacamos a Naia la primera vez… —Aioros se incorporó, interesado. Saga raras veces, sino nunca, hablaba de aquella noche. —Lo tenía entre las poquitas cosas que llevó consigo. También lo tenía en Jamir.
—Es un regalo de Nikos.
—Algo así supe…
El sonido de la cerradura los hizo levantarse en un santiamén. Retuvieron la respiración, hasta que un segundo después, Naia y Deltha entraron por la puerta. Iban entretenidas en su propia conversación, así que ninguna pudo ocultar un respingo de sorpresa ante los invitados inesperados.
Cuatro pares de ojos intercambiaron miradas entre sí, sin saber muy bien a que atenerse. Ellas lucían intrigadas y ellos, inocentes. Al fin, Deltha fue la primera en cuestionarlos.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
—Y, ¿qué haces con el Señor Orejas?
—Oh. Yo… —Saga se aclaró la garganta mientras volvía a depositar al conejo sobre la cama, donde lo había tomado. —Pasábamos por aquí y decidimos entrar a visitar.
—Saga nunca antes había estado en vuestra cabaña.
—¿Vinisteis de tour?
—Podría decirse que sí. —Aioros respondió a la pelipúrpura.
—Esto es muy raro…—terció Caelum—. No sois las personas más apropiadas para pasearos por el campamento así porque así, especialmente tú. —Apuntó a Saga. Ambos eran conscientes de que Shion observaba cada paso suyo. Saga resopló con hastío.
—Lo sé, lo sé. Pero ya que estábamos cerca, pensamos que sería una buena idea.
—¡Ah! ¿Estáis en una aventura? ¿Os falta adrenalina en la sangre? ¿Tenéis síndrome de abstinencia? ¿O, solo venís a coquetear?
—No, Apus, no. Simple curiosidad… —Saga hizo una pausa, en la que se pensó un poco su propia respuesta antes de continuar, con una sonrisa traviesa en los labios. —Aunque lo de coquetear no suena tan mal.
—¡Golfos! —Rió Naia.
—Curiosos, preciosa.
—Curioso y golfo es él, no yo. —Se quejó el arquero.
—Aioros, en serio…
—¡¿Qué?!
—Te estás amargando.
—¿De quién será la culpa?
Saga chasqueó la lengua y giró los ojos; un Aioros enfuruñado era tan fastidioso como divertido.
De pronto, la pelipúrpura notó algo extraño. Aioros estaba más quieto, tenso y parco que de costumbre, por no decir que se afana en mantener las manos ocultas tras la espalda.
—¿Qué traes ahí?—preguntó.
—¿Yo? Nada.
—Algo. Muéstrame.
—No… no es nada, Del.
—¡Déjame ver! Anda.
—¡No es nada!
—¡Solo quiero ver! —Y así, se vieron involucrados en una bailoteo, en el que ella trataba de pillarle por la espalda y él se esforzaba por rehuirle.
—¡Y yo te digo que no hay nada que ver!
—¡Sagitario!
—¡Apus! ¡Aleja las manos de mi trasero!
—¡Quiero ver que ocultas de mi! ¡Y tampoco es cómo que no lo haya tocado antes!
—¡Pues no te dejaré hacerlo más! ¡Además, me arañas! —Para cuando se dio cuenta de lo que había dicho, era demasiado tarde. Volteó en busca de los rostros de Naia y Saga que lo miraban, al principio con sorpresa, para luego estallar en carcajadas.
—¡Ay, Aio! ¡Tienes que empezar a pensar antes de hablar! —Naia trataba de controlar su risa, pero resultaba imposible. La cara de susto y vergüenza del santo de Sagitario la superaba con creces.
Deltha aprovechó la distracción para sorprenderlo y quitarle de las manos aquel misterioso objeto. Victoriosa, alzó las manos con el trofeo de batalla.
—¡Jah! ¡Lo tengo!—exclamó triunfante.
—¡Deltha!
—Bajaste la guardia, arquero… —Y, de pronto, reaccionó ante lo que tenía en las manos. —¿Eh? Son… ¿esposas?
—¡No son mías! —Quiso defenderse, pero nadie lo escuchó. Las amazonas estaban bastante ocupadas haciéndose teorías propias y Saga no podía ni respirar de la risa.
—Oh, dioses…—musitó Naia, tratando de tragarse una risa que las metidas de pata del arquero le robaban—.¿Qué pasa contigo hoy?—preguntó al castaño—. ¿Has estado bebiendo, o solo te has levantado con las hormonas revolucionadas?
—¡No, no! No he estado bebiendo y tampoco… mis hormonas… no… —Dejó caer la cabeza, en un gesto tanto de frustración como de rendición. Las mejillas no podían quedarle más rojas de lo que ya las tenía. —Las esposas no son mías.
—¡Aioros con esposas afelpadas! ¡El mundo está de cabeza!
—¡Naia!
—Dadle un respiro. —El gemelo intervino, aunque no precisamente en apoyo a su amigo. —El chico es nuevo en estos temas.
—Cielo, si tenías curiosidad al respecto, ¡haberlo dicho antes! —La pelipúrpura meció las esposas en su índice, mientras una sonrisilla preocupante para el arquero, se le dibujaba en los labios.
—¡Es que no tengo curiosidad!
—¿Seguro? Porque podríamos conservarlas.
—¡Deltha!
—No, no puedes conservarlas, Apus. Estas cosas tienen dueño. —Sin previo aviso, Saga se las arrebató. Deltha lo echó una mirada de reproche, pero él le devolvió una mueca burlona. Tranquilamente, volvió a sentarse sobre la cama de Naia, y poco después, Caelum se le unió, acomodándose a su lado.
—Esto se pone interesante. ¿Son tuyas?—preguntó la morena.
—Temo desilusionarte pero… son de Milo.
—¡Que pena!—Naiara exclamó y Deltha soltó una risita tonta—. Pero, ¿qué rayos hacéis vosotros con las esposas del bicho?
—Pues…
Se lo pensó. Era un pregunta con una respuesta comprometedora, que ponía en tela de duda su sanidad mental y su grado de desesperación.
—Me hacéis pensar—terció la amazona de Apus—. Os pillo el otro día en el cuarto de baño, con Saga medio desnudo, y ahora aquí, con Aioros tendido en la cama y sujetando unas esposas. ¿Debemos preocuparnos de que nos estéis engañando? —Saga quedó tan sorprendido como Aioros y aquella expresión en él era invaluable para ella.
—¡Qué cosas dices!
—Explicaciones, Géminis. Ahora.
—Yo apoyo eso. —Naia se unió a la petición.
—Está bien. Pero debéis saber que todo ha sido con buenas intenciones—dijo Saga. Supo que sería él quien daría las explicaciones, porque Aioros ya había hablado demasiado por ese día. —Supe que Shaina trae pleito comprado contigo y… quise ayudar un poco.
—Saga, no tenías…
—Tenía, sí. —La interrumpió. —En parte, es culpa mía que se comporte así contigo. La cuestión es que hablé un poco de esto con Ángelo y… me dio una idea.
—¿Una idea de Máscara Mortal? Eso es… —volvió a cuestionar Naiara. Aioros rápidamente terminó lo que ella había empezado.
—Terrible. Lo sabemos.
—¡No es tan malo! Él dijo que, de algún modo, la Cobra encuentra a Milo soportable. —La confesión las sorprendió a ambas. —Así que le pedí que pasara un poco más de tiempo con ella, para que se mantuviera alejada de ti… de vosotras, en general. —Una sorpresa aún mayor fue lo que encontró en sus rostros. —Milo aceptó a cambio de que recuperáramos esto. Las dejó en la cabaña de cierta amazona y fue así como llegamos hasta aquí.
Naia y Deltha intercambiaron miradas. Aioros se hizo todo tipo de ideas acerca de lo que eso significaba. Esperaba no terminar con una regañiza o con un golpe mal encajado.
—Vaya... Eso sí que fue interesante.
—Tu concepto de interesante es curioso, Naia…
—Eres la reina del drama, arquero—dijo el gemelo—. Debisteis verlo, estaba al borde de un infarto.
—¡Estuvimos en la cabaña de una amazona, con unas esposas en la mano! ¡Sabes lo que cualquier pensaría de eso!
—Bah. No hay de que asustarse, cielo. Las esposas pueden ser divertidas si se usan correctamente—dijo, mientras se hacía un hueco junto Saga, al lado opuesto de donde estaba Naiara—. ¿Cierto, Géminis?
—¿Cómo voy a saber yo de esas cosas, Apus?
—No te hagas al inocente. Un hombre como tú seguramente tiene experiencia con esas. —Le golpeó suavemente el hombro.
—¿Un hombre como yo? Un hombre como yo solo podría asumir que esas cosas son interesantes y divertidas si se usan adecuadamente.
—¡Ah! Asumir, por supuesto. —Voltearon a verse y compartieron una sonrisa tonta. —Un hombre como tú también puede asumir que una mujer como yo conoce al tipo de hombres que disfrutan de esas cosas. Y eres de ese tipo. —Antes de que Saga pudiera decir algo más, se las arrebató y cerró una de ellas alrededor de su muñeca.
—¡Oye! ¡¿Qué haces?!
—¡Jah! ¡Te atrapé! ¿Te trae recuerdos pervertidos?
—¿A ti sí?
—Sí.
—Pervertida.
Aioros levantó las cejas, intrigado; Naia los entrecerró, sin estar segura del crédito que debía dar a sus ojos y a sus oídos. Tenía que admitir que al menos era curioso observar a los dos en aquel plan, especialmente después del inicio tan rocoso que había tenido.
Volteó, en busca de la mirada azul del castaño y, al encontrarla, éste asintió con suavidad. "Te lo dije" dijeron sus ojos. El arquero le había comentado de aquella particular dinámica entre los dos, pero verlo era diferente. Naia se encogió de hombro y regresó la mirada hacia los otros dos, justo cuando comenzaban una pelea por ver quien terminaba atrapado al otro extremo de las esposas.
—Ya, suficiente con los dos. —Tomándolos por sorpresa, la mano de Aioros se metió entre ambos y, tomando las esposas, detuvo la pelea.
—¡Aioros! ¡Estaba a punto de ganarle!
—¿Qué ibas a ganar? ¿Quedar esposado a ella? —Saga torció la boca. Visto así, sonaba una victoria estúpida. —Deberíamos irnos ya. Después será más difícil salir de aquí sin ser vistos.
—Tienes razón. Será mejor que…
Solo alcanzaron a escuchar el clic de las esposas y, para cuando voltearon, la sonrisa pícara de Naia los saludó. Los había esposado el uno al otro.
—Os tengo… a ambos—les dijo. Después, la risa de Deltha se dejó escuchar.
-X-
—¡Sólo tenemos que romperlas, y listo! —Se quejó Aioros amargamente.
—Si las rompemos, Milo pondrá un precio aún más alto.
—Pero… —El arquero agitó la mano con cierta violencia, arrastrando la muñeca de Saga detrás.
—¡Oye! ¿Quieres romperme la muñeca o qué? Es mi mano izquierda, me la rompí con seis años, esas fracturas son delicadas y pueden volver a…
—¡Cállate! —Aioros lo fulminó con la mirada.
—¡Qué agresivo!
—¿Te estás divirtiendo? ¿En serio? ¡Estamos esposados el uno al otro!
—Nunca se me hubiera pasado por la cabeza usar este tipo de esposas contigo, la verdad. —Aioros rodó los ojos. —Pero tampoco es tan grave, solo es un juguete. Se las daremos al bicho, y listo.
—¿Sabes qué?
—No, y creo que no quiero saber.
—Esto es culpa tuya. —Saga alzó una ceja. —En primer lugar, porque escuchaste a Máscara Mortal. ¡¿En qué estabas pensando?! —El geminiano intentó defenderse, pero Aioros lo calló rápidamente. —Y segundo, porque has creado un pequeño monstruo. No hay nada que puedas alegar en tu defensa, es culpa tuya que Milo sea así de… retorcido y pervertido.
—En lo personal, yo diría que Viggo tuvo algo que ver, pero…
—¡Saga!
—Vale, ya me calló.
Agitó su cosmos suavemente, y cuando Milo respondió, arrastró al arquero a los privados de Escorpio. Caminó escuchando la retahíla de maldiciones que Aioros parecía incapaz de acallar, y tras unos segundos, finalmente la luz del salón de estar, les dio la bienvenida.
—Misión cumplida, Milo.
Lo que Saga no esperaba encontrar era a Arles. El Santo de Altair miraba en su dirección, con el informe de la misión de Milo y Aioria, abandonado entre sus manos. Boquiabierto, miraba de Aioros a Saga y a las esposas de peluche.
—¡Arles!—exclamó el arquero casi por instinto. Y una sensación de creciente pánico, muy familiar, comenzó a crecer en su pecho. Exactamente igual que cuando robaban los bollitos de crema de la cocina y emprendían la huida a toda carrera sabiendo que él les descubriría. Porque Arles siempre descubría todo.
—¿Qué demonios…?—musitó el más mayor.
Saga fulminó a Milo con la mirada, que comenzó a carcajearse en el sofá, de forma poco disimulada.
—Voy a matarte.
—No lo harás. —Siguió riéndose.
—¡Podías haber avisado de que…!
—¿De qué…? —La pregunta de Arles acalló al gemelo, que frunció el ceño, y de un modo que a Milo le resultó sorprendentemente cómico, miró al suelo. La mirada abochornada de ambos santos le resultaba, simplemente, impagable.
—Tranquilo, Arles. Saga y Aioros estaban siendo buenos hermanos mayores, y me hicieron un pequeño favor.
—¿Esposados con… eso?
—Bueno, eso no formaba parte del plan, pero… ¡Han recuperado mi juguete!
—¿Recuperado? ¿Cómo…? —De pronto, Arles abrió los ojos de par en par.
Las andanzas de Milo y sus aventuras eran de sobra conocidas. El chico había heredado la coquetería de su maestro, y sus hermanos mayores no se habían esmerado mucho tratando de enmendar su camino. Una idea llevó a otra, y antes de que Saga y Aioros pudieran decir media palabra, Arles ya sabía lo que había sucedido.
—¡Decidme que no habéis entrado en algún lugar donde vuestra presencia no está permitida para recuperar eso!
Saga y Aioros no atinaron a decir nada. Milo acalló su risa tras un cojín, y Arles supo que tenía razón.
—¡Por los dioses! ¡Sois un par de mocosos estúpidos! ¿Dónde está vuestro sentido común? Desde que habéis vuelto parece que tenéis quince años: borracheras, escapadas, excusas estúpidas, y ahora… ¡Esto! —Señaló a las esposas que les mantenían unidos.
—Técnicamente, ninguno de los dos tuvo adolescencia, así que…
—¡Milo!—gritó Arles.
—Vale, vale…
—No puedo creerme que perdáis el tiempo en semejantes idioteces y os ridiculicéis por el camino. ¡Por Athena! Sois santos dorados. ¡Dorados! Y ahora invadís el campamento femenino, rebuscáis entre las cosas de una amazona, solamente para… ¡Eso!
—¿Cómo demonios sabes qué…?—musitó Saga. La capacidad de Arles para adivinar cosas, nunca dejaría de sorprenderle.
—¡Cállate! —Saga obedeció de modo inmediato. —¿Qué hubiera pasado si Shion os encuentra de estas fachas? ¿Qué hubiera pasado si se entera de lo que andáis haciendo? —Se acercó hasta ellos, y enfrentando a Saga golpeó su pecho con el dedo índice repetidas veces. —Quizá decida exiliarte a ti definitivamente. ¡Está suficientemente molesto como para que lo empeores!
—Arles… va a darte un infarto. Tienes una edad y…
—¡Milo!
—Ya, ya…
—¡Madurad de una vez y dejaros de tonterías!
—Perdón. Lo sentimos mucho. No pensamos que… —Un apesadumbrado Aioros trató de disculparles a ambos.
—¡Claro que no pensasteis! ¡Sois un desastre! ¡Y ahora estáis esposados! Debería dejaros esposados y llevaros conmigo al templo papal. Maldición.
—No es necesario…—replicó Saga—. Milo nos las quitará, las guardará, nos olvidaremos del asunto y nunca más volverá a suceder. —Puso la mejor cara angelical que fue capaz de encontrar, pero la mirada severa de Arles no disminuyó.
—¿Yo?—preguntó Milo—. No tengo las llaves.
—¡¿Qué?! —exclamó Aioros—. Voy a romper estas malditas cosas del mal…
—No me importa como, pero quitaos eso ahora mismo y tratad de recuperar algo de dignidad. ¡Por Athena! —La mano izquierda de Aioros concentró algo de su cosmos, pero cuando pensaba romper el dichoso juguetito, Milo interrumpió.
—Oh, vamos. ¡No os pongáis así! —Se levantó del sofá, y se acercó hasta ellos. Tomó la mano de Saga, quizá porque la mirada asesina de Aioros empezaba a darle un poco de miedo, y Antares iluminó su dedo índice. —Soy un tipo de recursos.
En apenas medio segundo, las esposas se abrieron.
—Podría dedicarme a ser cerraj…
—Esto no va a volver a repetirse. —Arles lo ignoró, y continuó con su sermón. —No importa lo absurdo que parezca el juego, todo cuenta y estamos en una situación complicada. Haced el favor de dejar las idioteces, y centraros en lo que realmente importa. ¿He sido claro? ¿O debo hablar con Shion al respecto?
—Clarísimo.
—Como el cristal—acotó Saga.
Después, Arles tomó los papeles y se marchó de Escorpio hecho una furia, dejándoles atrás. Por un momento, los tres santos guardaron silencio, hasta que Milo decidió romperlo.
—Ha sido…
—Como digas "brillante" voy a pegarte—masculló el arquero.
—Bueno, ya está. —Saga respiró hondo, consciente de que había contenido el aliento durante toda la regañina de Arles. —Nuestra parte está cumplida. Ahora, Milo, esmérate.
—¿Lo dudas?
—No sé que decirte… —El menor de los tres sonrió ante los gruñidos del arquero.
—Realmente lo estás deseando—dijo Saga—. Así que, por favor, se bueno, trata a la Cobra como una reina, no la rompas el corazón… y no volvamos a hablar de esto jamás.
—¡Hecho!
-Continuará…-
NdA:
Damis: ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡La culpa del retraso es toda mía, pero este verano ha sido de locos!
Sunrise: La buena noticia, es que ha sido de locos en el buen sentido. ¡Damis ha estado muy ocupada trabajando!
Damis: ¡Y además, me estoy independizando!
Saga: Pero no os preocupéis, ya tiene una vitrina lista para trasladar todos los Myth Cloths a su nueva casa.
Aioros: Aunque no tiene cama.
Damis: n_n'
Milo: Las camas están sobrevaloradas. Hay que ser imaginativo y…
Aioros: ¿Fue siendo imaginativo cómo perdiste tu juguetito?
Milo: Exactamente :D
Saga: Arles me da miedo T_T
Aioros: ¡Culpa tuya! ¡Por escuchar a Angie! ¿Desde cuando tú, genio entre genios, escuchas al cangrejo?
Saga: No sonaba como un mal plan…
Angie: Tengo mi encanto.
Afro: Tenemos. Tenemos.
Kanon: Últimamente Afrodita está desconocido.
Afro: Soy un hombre de muchos secretos. ¡Agradezco a Soul of Gold por mostrar algunos!
Aioros: Como sea… antes de que alguien mencione el parecido de mi hermano en SoG con cierto Santo de Pegaso… solamente os diré que las malvadas inauguran nuevo Blog. Por cuestiones de tiempo, no pueden dedicarle tiempo al grupo en DeviantArt, y creen que esta es una mejor solución.
Saga: ¡Os invitamos a verlo! Podéis encontrarlo en: Elsantuariodeathena . wordpress . com
Aioros: ¡Sin espacios entre los puntos, ya sabéis!
Damis, Sunrise: ¡Disfrutadlo!
Shura: 3 ¡Hasta el próximo capítulo!
