Capítulo 39: Corazones cómplices
Aioros ahogó un bostezo, y después de sobarse los ojos por enésima vez aquella mañana, se apretó la cinta de la frente, y se encaminó rumbo al templo papal. Había despertado perezoso aquella mañana. O más bien, la causa de aquel terrible cansancio, era que de un tiempo para atrás, las pesadillas se habían acentuado.
Desde que resucitarán había tenido aquellos sueños. Al principio, no les había dado mayor importancia… pues, consideraba que después de todo, era lo más normal. Descubrir el modo en que se habían dado las cosas había resultado doloroso, y sus recuerdos, le jugaban malas pasadas en sus sueños. Después, aunque no habían desaparecido, se habían apaciguado, para arreciar en las últimas fechas. No lo había hablado con nadie, y esperaba no tener que hacerlo jamás.
Era suficientemente doloroso tener que revivir la aciaga noche de su muerte una y otra vez, como para contagiar ese dolor a nadie más. Los ojos muertos de la máscara de Ares parecían mirarlo desde los más profundos rincones de su mente, y cuando creía olvidarlo, solamente atinaba a ver el rostro desencajado de la marioneta que fue Saga. Y sangre, sangre por todas partes. Propia y ajena.
Se revolvió los rizos con cierto nerviosismo, y negó con el rostro, tratando de ahuyentar todos esos malos recuerdos. Las cosas les iban bien, casi podía decir que estaban superándolo, poco a poco. No tenía sentido seguir sufriendo por algo que ya no podía cambiarse. Saga y él tenían que seguir adelante y aprender a vivir con ello.
Echó la vista atrás por un instante, cuando llegó a Capricornio. Saga no había pasado por Sagitario aquella mañana, como venía siendo costumbre a últimas fechas. Aioros frunció el ceño. No le resultaba difícil adivinar por qué. La reunión de aquella mañana se antojaba seria, la primera vez que oficialmente se reunían los doce desde la vuelta. Y Saga llegaba allí con los nervios a flor de piel a causa de la situación que vivía con el viejo.
—Qué no sea un desastre…—murmuró. Entonces, volvió la vista al frente y se adentró al salón de batallas de la décima casa. Solamente se detuvo cuando el inmaculado brillo de Capricornio, le dio los buenos días.
Aioros se detuvo, observándola. Estaba seguro de que él ya iba tarde, pero no esperaba que Shura también se retrasara. Eso era francamente raro. Giró a la derecha, y se escabulló por el corredor que conducía a los privados. Ni siquiera se molestó en anunciarse con su cosmos. Era Shura después de todo, y él siempre era bienvenido en su casa.
Cuando llegó arriba, oteó el panorama. Echó un rápido vistazo a la mesa del salón, donde un par de abandonadas copas de vino, hablaban del misterio de la noche anterior. El arquero alzó las cejas. Eso era inesperado. Sin embargo, no lo fue tanto, como escuchar la risa femenina que provenía del dormitorio.
Entonces, se quedó helado. Las piezas encajaron rápidamente en su cabeza, pero cuando se dio la vuelta para salir de allí a toda velocidad, las alas de Sagitario tropezaron con una de las copas, que cayó al suelo haciéndose trizas.
Contuvo la respiración, y se maldijo a si mismo por su ya legendaria torpeza. Las risas y las voces cesaron, y justo cuando escuchó unos pasos apresurados acercándose a la puerta, elevó su cosmos, anunciándose. Más valía tarde que nunca, después de todo.
Shura asomó a medio vestir y despeinado. Aioros hubiera jurado que lucía pálido, hasta que el acusador rubor tiñó sus mejillas.
—¡Te regalaré una copa!
—Aioros… —Shura carraspeó.
—En realidad, ya me iba. Pensé que estabas enfermo y por eso llegabas tarde. Pero tranquilo, ¡me voy! —Se dio la vuelta, y se alejó a grandes zancadas.
—Esto… —El castaño se giró sobre su hombro al escucharlo, pero algo captó su atención además de él.
Allí, en el sofá, había una máscara de plata. Una máscara de amazona. Una máscara con un zarpazo dorado en su mejilla izquierda. Abrió los ojos desmesuradamente, y entreabrió los labios dispuesto a decir algo. Pero Shura se le adelantó.
—Espérame abajo. —Shura permanecía bajo el marco de la puerta, como si temiera abandonar aquel dormitorio, y en realidad, el de Sagitario no podía culparle. —¡Enseguida voy!
Aioros asintió, e incapaz de decir nada, voló escaleras abajo. El español no tardó en seguirlo, con aquella expresión abochornada en el rostro, que forzó al arquero a aguantar una carcajada.
—Puedo explicarlo.
—¡Oh! ¡Claro que lo harás!
—Pensaba decírtelo, pero es que…
—¡Tatiana! —Shura se llevó el índice a los labios, suplicando por silencio, y de modo inmediato, Aioros bajó la voz. —¡No puedo creerme que…! ¡Tengo preguntas! ¡Necesito respuestas! ¡¿Desde cuándo…?! ¡¿Cómo demonios sucedió esto?!
—¡Calla!
—¡No puedo callarme!
—Estás exagerando. —Lo empujó nada sutilmente rumbo a Acuario, y Aioros se dejó arrastrar con una sonrisa en los labios.
—¿Es serio?
—Sí, creo. —El rojo en sus mejillas, seguía resultándole de lo más adorable. En el fondo, para él Shura seguía aquel niño tan encantador que lo perseguía por todos lados. — Es…
—¡Es grandioso! Pero no respondiste, ¿desde cuándo…?
—Un tiempo.
—¿Un tiempo? —Lo miró con las cejas alzadas. Shura se encogió de hombros sin dejar de caminar.
—Sí. Unas semanas… más o menos.
—¡Entonces es en serio!
—¡Ya te lo dije! —Lo miró fugazmente, lleno de fastidio, y esta vez, el arquero no contuvo la risa.
—¿Cómo fue?
—Pues… pasó.
—Estás cosas no "pasan" simplemente.
—Hemos pasado mucho tiempo juntos en la cabaña, y Saga…
—¿Saga lo sabe?
Shura guardó silencio y entrecerró los ojos. Estaba seguro de que aquella pregunta tenía trampa.
—¡Pensaba decírtelo! Pero es que no encontraba el modo, ni el momento, y…
—¡Me siento ofendido!
—Lo siento. —Sonó tan apesadumbrado, que Aioros no pudo sino rodear sus hombros con el brazo y atraerlo hacia si. En cierta manera, se sentía bien que aquellos dos hubieran terminado siendo tan amigos. Después de todo, Shura había sido el primero en saber lo de Naia.
—Me compensarás con detalles.
—No sé si ella… es una amazona seria, y no quiere escándalos.
—Oh, tranquilo. Saga es el especialista en esos. —Shura sonrió. —¿Es guapa? —Tenía la impresión de que no era la primera vez que se hacía aquella pregunta. Sin embargo, quince años atrás no se había atrevido a pronunciarla en voz alta. Lo más probable era que Saga se hubiera escondido en su caparazón de tortuga, y le hubiera increpado un par de maldiciones por la indiscreción. No dejaba de ser curioso, después de todo, que sus caminos se entrelazasen de aquella forma.
—Mucho. —Entonces, Aioros calló. Solo había sido una palabra, pero la había pronunciado de tal manera, que para el arquero no fue difícil distinguir la adoración que transmitía cada letra. Sonrió con dulzura.
—Me alegro mucho. En serio.
-X-
Arles se asomó al mirador del Templo y oteó el panorama a sus pies. Escudriñó cada rincón del Santuario, empezando por la escalinata zodiacal y terminando por el punto más lejano, en donde alcanzaba a ver el Pilar de los Doce. En el medio de todo estaba el gran reloj; la orgullosa y bella Meridia.
Las doce llamas estaban encendidas, anunciando el Chrysos Synagein: la reunión de los Doce.
La última vez que todas ardieron a la vez, había sido quince años atrás… y al viejo Santo de Altaír esos días le parecían a una eternidad de distancia. Solo dos de aquellos Doce sobrevivían. El resto habían sido reemplazados por sangre nueva. Arles no se quejaba, pues sus niños habían demostrado su grandeza más allá de cualquier duda y, a todos y a cada uno, a su manera, los admiraba y quería.
Sin embargo, le irritaba un poco que la reunión fuera con retraso. Los Doce se habían presentado a tiempo, vistiendo sus mejores galas. Las armaduras doradas resplandecían como ninguna otra, convirtiendo a sus portadores en algo más que mortales. Cuando los veía así, envestidos en semejante belleza, sentía un orgullo desmedido hacia ellos. Entendía que esos niños estaban un paso por delante de la simple mortalidad y coqueteaban con el aire magistral que solo los dioses exudaban.
Había visto los ojos de la joven Athena al contemplarlos: henchidos de orgullo y de cariño. Bastaba con ver el resplandor en su rostro para saber que compartían sentimientos. Era un remanso de felicidad en medio de los tiempos turbulentos por los que atravesaban.
Pero, a pesar de todo, la razón por la que esperaban, por la que Arles seguía ahí, de pie frente al salón, era porque Kanon aún no aparecía. Quizás el error había suyo, pues había convocado a "los Doce". Quedaba de sobra entendido que Kanon no se consideraba uno de ellos, a pesar de que el resto lo hiciera. Así que, ante su ausencia, había sido necesario llamarle personalmente. ¡Y seguía sin aparecer! Arles comenzaba a pensar que no lo haría y eso le resultaba molesto.
—¡Perdón por el atraso! —Le oyó decir tan pronto su turbulenta Otra Dimensión se abrió en medio del corredor. —Pero todo ha sido culpa tuya, Arles. La próxima vez, asegúrate de decir: Los Doce más Kanon.
—Eres uno de los ellos.
—Tu Santo de Géminis no opina lo mismo. Pero estaba bien. —Se encogió de hombros. —A estas alturas, me da igual. ¿Están todos adentro?
—Sí, esperan por nosotros.
—Vale, vale. Luego dirán que me gustan las entradas dramáticas…—masculló, con más gracia de la que hubiera deseado.
Arles no pudo suprimir una sonrisa. En las últimas semanas, Kanon no le había inspirado muchas de esas. Verlo relajado era tranquilizante. La tirantez cuando Saga y él coincidían en cualquier sitio era todavía palpable. Pero habían hecho un buen trabajo para no causar más problemas. Eso era algo en lo que el Santo de Plata no podía negarle parte del crédito y un buen gesto que agradecía.
—Apurémonos. Shion quiere hablaros a todos—insistió el mayor—. Y, ¿Kanon?
—¿Sí?
—La próxima vez llamaré por los Trece.
-X-
Varias pequeñas conversaciones había surgido durante la espera. Reinaba un ambiente relajado y, de vez en cuando, alguna carcajada resonaba por encima de las voces de los demás. A pesar de la tensión en las noticias que los habían llevado a reunirse, Shion encontraba agradable la paz entre sus chicos.
Uno de ellos llamó su atención con especial interés: Saga. También era el único que lo ignoraba deliberadamente y que mostraba cierta tirantez en la mirada, muy a pesar de los esfuerzos de Aioros y Shura por hacerle plática, y de las sonrisas que intentaban compartirle sin mucho éxito. El lemuriano tampoco se sentía completamente a gusto frente a él y, si debía admitirlo, aún se sentía ligeramente irritado de la actitud de su Santo de Géminis. Sin embargo, se esforzaba porque su problemas no se reflejarán en su relación con el resto.
Cuando la puerta se abrió y Kanon apareció, seguido de Arles, Shion suspiró. Por fin podían comenzar.
—Ya estamos todos. Empecemos—sentenció justo en el momento en que Arles cerró la puerta tras de si, mientras Kanon tomaba asiento en la única silla vacía. Rápidamente, las voces se extinguieron una a una, hasta que el silencio se apropió de la sala. —Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvimos todos aquí… desde la resurrección. Pero la situación amerita que, de nuevo, hablemos de asuntos que a todos nos conciernen y que evaluemos los avances conseguidos desde entonces hasta ahora.
—¡Por los dioses! Habrá reprimendas hoy—masculló Milo hacia Aioria, y éste no pudo evitar una risilla que obligó a Shion a afilar los ojos.
—Hay cosas serias que discutir. Espero que otorguéis la atención y el respeto que amerita nuestra plática. No estoy tratando con niños, ¿cierto?—cuestionó, sembrando la mirada rosa en sus Santos de Leo y Escorpio, y alcanzó a ver como el primero hundió el codo en las costillas del segundo.
—Mis disculpas, Maestro…
—Prestad atención, que es lo que me interesa, Aioria. —Regañado, el león torció la boca, mientras varias sonrisas traviesas se dibujaban en los labios de sus acompañantes, incluidos los de la princesa. —Continuemos. Quisiera comenzar por los acontecimientos de los últimos días… —Las sonrisas se borraron y los ceños se fruncieron. —Me parece que estáis enterados de los cataclismos que han azotado al planeta a recientes fechas. Sabéis también que varios de vosotros habéis sido enviados en misiones de investigación, sin resultados contundentes. Hemos descartado a Hades y su ejército como los causantes de los desastres, pero además de ello, carecemos de información relevante.
—¿Qué dicen las estrellas? —El hecho de que Saga formulara aquella pregunta, no le sorprendió.
—Star Hill es un sitio de misterio. A veces, las estrellas no ofrecen todas las respuestas.
—¿Ofrecen alguna?
—Ninguna con claridad.
—Pero, lo que sí sabemos es que, de quién sea que se trate, es capaz de interferir sobre los dominios de otros dioses—intervino Saori—. Las lluvias y las inundaciones demostraron que Julián ha perdido el control sobre las aguas, al menos de manera parcial. Y también está esa habilidad para convertir a personas inocentes en monstruos…
—Más los terremotos, las erupciones…
Shion recorrió los rostros de sus chicos, solo para descubrir en ellos las mismas preocupaciones que en el suyo. Por un lado, le agradaba que tomaran con seriedad la situación. Por el otro, la aterrorizaba la idea de enredarlos de nuevo en una guerra más, donde sus vidas volverían a correr peligro.
—Todas estas habilidades—Mu habló—, ¿existe alguien con tanto poder? ¿Con tal diversidad de destrezas?
—Significaría que se trata de alguien muy poderoso, e incluso más peligroso de lo que pensamos.
—O podría tratarse de algo más. —Cuando la voz de Aioros interrumpió a Shaka, todas las miradas le cayeron encima. Sorprendido, el arquero se revolvió en su asiento.
—¿A qué te refieres?
—Pues, tal vez, podría tratarse de más de un dios. —Tan pronto las palabras abandonaron los labios del castaño, Shion y la joven Athena buscaron mutuamente por el otro. Aioros lo notó y se mordisqueó el labios para continuar. —Es decir, podría ser posible, ¿cierto? Dos o más dioses uniendo esfuerzos por la misma causa. —Buscó por Saga en busca de su opinión.
—Es posible—musitó el gemelo.
—Pero altamente improbable—terció Kanon, casi de inmediato. Sintió los ojos de su hermano encima y supuso que tal vez, lo repentino de su objeción se había escuchado como el constante deseo de ir en su contra. Pero no era así. —Lo que intento decir es que, aunque todo en esta vida es posible, los egos divinos son… ¡son más grandes que los nuestros! Y eso ya es decir mucho. ¿Qué los dioses trabajen juntos? No es algo que sucedería con facilidad.
—Aún así, es una opción que no habíamos considerado hasta ahora—dijo Shion.
—Pero lo haremos. Cualquier posibilidad, por pequeña que pueda lucir, será tomada en cuenta y explorada.
—La princesa está en lo cierto. Todas las opciones deben ser consideradas ante un enemigo al que todavía desconocemos—terció Dohko. Hasta entonces, se había limitado a escuchar, pero estaba de acuerdo en que debían abrir los ojos y también la mente ante panoramas no contemplados.
—Estoy de acuerdo—intervino Shion—. Estad atentos, pues algunas misiones más serán implementadas en las próximas semanas. Quienes sean elegidos, serán convocados.
Algunas miradas chocaron con otras, cuestionándose cuánto más habría detrás de aquel misterio. Sin importar de quien se tratase, se pintaba como un enemigo de temer; y no solo era por la potencia y diversidad de sus ataques, sino porque, de manera incomprensible, había conseguido engañar a un hombre como lo era Shion y poner en pie de guerra a una Orden que todavía era incapaz de identificarlo.
Los augurios no era buenos y, mientras no supieran con claridad a que se enfrentaban, eran vulnerables. Un ataque sorpresa podría acabarlos en un suspiro. Permanecer en la oscuridad no era un lujo que podían permitirse.
—Cambiando de tema… —Cuando Shion habló, muchas cejas se levantaron. Observaron con atención como desplegaba una gran carpeta sobre la mesa y varios papeles quedaron a la vista. —Agradezco que la mayoría de vosotros haya cumplido puntualmente con la entrega de los reportes. Arles y yo los hemos analizado con detenimiento, y estamos complacidos del buen funcionamiento de los equipos… de casi todos.
—¿Eh? ¿Casi? —Milo soltó una risita tonta. Esperaba que su equipo no estuviera en la lista de reprobados.
—Me temo que también hay un par de equipos con carencias que me preocupan. —El hecho de que la mirada del lemuriano buscara dos rostros en particular, no sorprendió a nadie. —Ángelo, Kanon, ¿tenéis algo que decir en vuestra defensa? Vuestros equipos se encuentran considerablemente rezagados en comparación con los demás.
—¡Ay, no! —Se quejó el Santo de Cáncer. No esperaba que le dieran un premio al mejor líder pero confiaba en no estar en la lista de los peores. —¡Me estoy esforzando! ¡Lo juro! —Un par de sonrisitas traviesas asomaron en unos rostros, pero nadie se atrevió a soltar algún comentario mordaz. Era por todos conocido que el humor del Maestro no era el mejor en los últimos días.
—Entonces, debes esforzarte más—dijo Shion—. Lobo ha llamado nuestra atención, por su poco y torpe manejo del cosmos. Algunos otros de sus compañeros de rango han tenido avances más significativos.
—Es… difícil dedicarle tiempo cuando tengo que lidiar con Giste.
—Y ahora se queja—masculló Milo al oído de Aioria. Sin embargo, una mirada severa de Shion lo hizo callar.
—Encuentra el modo de encargarte de los dos. Debes balancear el tiempo entre ambos.
—Sí, sí… entiendo—bufó. Sonaba más fácil de lo que era.
—¿Kanon? ¿Qué hay de ti?
—Yo creo que todo esto es muy injusto.
—¿El qué?
—¡La comparación entre equipos! A mi me tocaron todos los inútiles—exclamó, cruzándose de brazos.
Alguien tosió, alguno más carraspeó, un par de risitas sonaron e incluso la joven Athena curvó los labios ante el gracioso gesto de indignación del gemelo, solamente para forzarse en fruncir el seño cuando los ojos de Shion la reprendieron por la señal de complicidad.
—Si trabajaras con tanta pasión como te quejas, tendrías mejores resultados—reprehendió el peliverde.
—Pero…
—No quiero excusas, Kanon. Quiero ver resultados, o de lo contrario, encontraré el modo de que haya consecuencias que te importen. ¿Entendido?
—Entendido—masculló.
—¿Algo más que decir?
El menor de los gemelos no era tonto. Shion era un buen tipo, pero abusar de su paciencia sería un error. Los calabozos no eran el lugar más cómodo en el que Kanon había estado, y no estaba dispuesto a regresar ahí.
Así fue que prefirió callar. Torció la boca y desvió la mirada, aceptando la derrota. Eso sí: el lemuriano le pedía milagros que no estaba seguro de conseguir.
—Bien—continuó Shion—, os recuerdo que tenéis compañeros. Si necesitáis ayuda, o consejos, pedidlos. Estoy seguro de que cualquiera estará dispuesto a ayudaros. —Se aseguró de mirar a todos los ojos, deteniéndose en uno en particular. Saga sostuvo su mirada, a pesar de saber que no debía. El resto contemplaron la lucha de egos en silencio. La tensión entre Patriarca y Santo se contagió al grupo. Afortunadamente, duró tan solo unos segundos, y terminó cuando Shion desvió los ojos para seguir con la conversación. —Quisiera hablaros un poco más de lo que implementaremos a partir de ahora…
-X-
Tan pronto Shion dio por terminada la reunión, la sala se vació rápidamente. Ángelo esperó que todos se marcharan y después salió disparado, con rumbo al Coliseo. Iba caminando a zancadas y mascullando un montón de cosas en su lengua madre. Incluso cuando pasó junto a Afrodita, no se detuvo. Prácticamente dejó al Santo de Piscis con la palabra en la boca. Ni siquiera notó cómo éste levantó la ceja y se apartó el flequillo mientras giraba los ojos.
Pero Máscara Mortal iba encerrado en sus propios pensamientos. Tenía sus propios asuntos en la cabeza.
Fue adelantando a todos sus compañeros, uno a uno. Su prisa resultaba inquietante, pero nadie dijo nada. Sin embargo, en el momento en que arrolló a Camus, poniéndole en peligro de aterrizar sobre su trasero, tuvo que parar. El acuariano estaba a punto de frustrar su escape.
—Oye, ten cuidado. —Lo oyó decir.
—Disculpa, tengo prisa—masculló, sin dejar de avanzar.
—Todos la tenemos, pero…
—Nadie más va atropellando acuarianos por ahí—interrumpió Milo—. Es peligroso, ¿sabes? Podrías terminar con el culo congelado.
—Milo… —Pero la amenaza del francés no pudo borrar el mohín divertido del escorpión.
—¿Qué pasa contigo, Ángelo?—preguntó Aioria. Entonces, el italiano se detuvo y, tras un par de segundos, volteó hacia ellos y se cruzó de brazos. Llevaba la indignación plasmada en la cara.
—Soy un desastre nivel Kanon—escupió.
—¿Nivel Kanon?—corearon los otros tres.
Máscara Mortal asintió y, a cada segundo, el rostro se le oscurecía más y más, pasando de lo preocupado a lo gracioso.
—Shion me nombró, junto con él, entre los peores. Eso está bien, si tienes el peor equipo de todos, como Kanon. Pero es terrible, si de verdad aspiras a ser un Santo decente. —Levantó el índice, puntualizando. —Es una desgracia.
La confesión dejó mudos a los otros tres chicos. No hubo bromas, ni medias sonrisas, ni muecas burlescas. Solo un ligera confusión, matizada con sorpresa.
Era conocido por todos, que tanto Máscara Mortal como Afrodita habían regresado con una actitud distinta y necesitada de redención. Pero, aunque sus acciones habían dejado en claro que sus intenciones eran serias, que alguien como el italiano permitiera que sus labios le confesasen, no dejaba de sentirse irreal.
—¿En verdad… te estás aplicando tanto? —Aioria tartamudeó un poquito. ¡Pero nadie podía culparlo! El Santo de Cáncer que conocía de toda su vida era muy diferente al que tenía enfrente ahora.
—Me estoy aplicando y eso debería bastar. El problema es que no sé lidiar con mocosos como él.
—Pero sí con Amazonas sexys… —Milo se ganó una mirada asesina del cangrejo, pero no le importó demasiado. Al menos la conversación iba relajada.
—Estoy hablando en serio, Escorpio.
—¡Y yo! No tiene nada de malo preferir a la subordinada bonita por encima del chico torpe, ¿no? —Camus giró los ojos y Aioria se guardó una risa.
—Cómo sea—Camus bufó—, si de verdad quieres mejorar y necesitas quien te ayude… como dijo el Maestro, podemos apoyar.
—¡¿Eh?!—exclamaron el león y el bicho. No fueron los únicos tomados por sorpresa.
El italiano se respingó. Esperaba muchas cosas, pero no aquello, mucho menos de Camus. No era que tuviera al francés en un mal concepto, sino que la confianza entre ellos no era tan firme, como para no sorprenderse ante una proposición así.
A pesar de todo, lo agradecía. Esos gestos lo hacían sentir parte de un todo… parte de sus compañeros.
—¿En serio?—carraspeó.
—Sí.
—No lo… esperaba.
—¿Por qué no? Solo quería decir, que si necesitas ayuda, nosotros tenemos algo de experiencia tratando con chicos como Lobo.
—¿Eh? ¿La tenemos? —Pero Camus ignoró a Milo y continuó.
—Yo, por ejemplo, crecí a Hyoga y a Isaak; y Aioria siempre tuvo un relación muy buena con Seiya, además de participar en su entrenamiento. Y Milo…
—¿Qué hay de mi? ¿Qué hay de Milo?—insistió el Escorpión. Quería saber como encajaba él en la cabeza de Camus.
—Milo tiene amplia experiencia lidiando consigo mismo, así que sabe tratar con críos problemáticos.
Aioria soltó una carcajada que se ahogó, cuando el índice de Milo se le clavó en las costillas. Le gruñó por la violencia, pero la cara del escorpión, impregnada de fastidio, hacía imposible que no se riera.
Pero rápidamente recobró la compostura, cuando reparó en la forma en que Ángelo los miraba. Esa mezcla de extrañeza e incredulidad era demasiado rara para él.
—Estaría bien—dijo, mientras trataba de ponerse serio—. Si en algo podemos ayudarte, sabes donde encontrarnos.
—Pero no nos hacemos responsables si tu crío termina como Seiya, Hyoga. Isaak…
—O como él. —Tanto el león como el acuariano, apuntaron hacia Milo. Éste volvió a ofenderse.
—Bobos…
Pero a Máscara Mortal, el parloteo de esos tres, poco le importó. Era la primera vez que se sentía realmente cómodo con ellos y ellos con él. Antes hubieron conversaciones breves, e insulsas, pero por esta vez, era diferente. Sin darse cuenta, por un segundo, dibujó una sonrisa. La borró tan pronto los otros chicos repararon en ella y lo miraron con si de un extraterrestre se tratara.
Se aclaró la garganta, intentando recobrar la normalidad. No supo si lo consiguió con éxito, pero al menos se esforzó.
—Gracias. Agradeceré vuestra ayuda—respondió.
Y, tras echar un último vistazo, se marchó de ahí.
-X-
—No sabía que mi equipo te resultará tan interesante—murmuró Aioria, observando a Milo con interés.
El Escorpión estaba sentado a su lado, en una de las columnas caídas que acotaba el área de entrenamiento. No estaban en el coliseo, y lo cierto era, que el peliazul agradecía la discreción. Aquellos rincones de entrenamiento desperdigados por el santuario, lejos de los ojos curiosos, eran agradables cuando se deseaba pasar desapercibido, o cuando uno simplemente tenía un mal día.
—¿Milo? ¿Estás enfermo?
—¿Eh?
—¿Me estabas escuchando?
—Lo cierto es que no. —Aioria ahogó un bufido y se sentó junto a él. Sus ojos, siguieron la trayectoria de la mirada del peliazul, y permanecieron fijos en el mismo punto. Ladeó el rostro, y por un instante, miró de Milo al objeto de su interés.
—¿Estás mirándole el culo a mi novia?
—¿Por qué haría tal cosa, gato? —Aioria frunció el ceño.
—Porque me inquietaría sobremanera que se lo estés mirando a Shaina.
Una sonrisa traviesa adornó el rostro del más joven, y Aioria supo en aquel momento que había acertado de pleno. No sabía si sentirse espantado por ello, o si simplemente debía comprobar si Milo se había golpeado la cabeza al levantarse de la cama.
—Un momento, un momento…
—¿Para que quieres un momento?
—Nunca vienes a verme entrenar.
—Sigo sin hacerlo, gato. Te apreció, pero no me genera ningún interés ver tu culo gordo y sudoroso. —El rubio golpeó sus costillas sin piedad, y Milo solamente dejó escapar una risa divertida.
—No, en serio. ¿Has venido a verlas a ellas?
—¿Vas a seguir haciendo preguntas tan obvias mucho más tiempo?
—¿Qué…?
—¡Oye! Me alegro la vista. Shaina es una fiera entrenando. Me pregunto si será así en otros ámbit…
—¡Calla! ¡No lo digas!
—¿Por qué no?
—Porque te quiero, y quiero conservarte con vida. Levanta tu culo de ahí, y ve a ver el de Caelum. Es mucho más seguro.
—Caelum está ocupada, y los dioses saben que no estoy tan loco como para meterme ahí en medio.
—¿Sino lo harías?
—No es el punto.
—¡¿Y cuál es el punto?!
—Shaina es interesante.
—Interesante. —Atinó a decir Aioria, tras unos segundos de silencio. De todos, probablemente él era el único que podía considerarse medianamente cercano a ella, y no estaba seguro si aquello era algo bueno, o una desgracia.
—Aja.
—Milo, te lo digo ahora. Corre por tu vida.
—Innecesario, gato. —Se puso en pie, cuando ambas amazonas se detuvieron para descansar y se encaminaron hacia ellos. —Solo no digas nada inapropiado.
El león alzó las cejas, sorprendido, ante la advertencia. Y temeroso, sobretodo, temeroso. No dudaba que Shaina tuviera un buen corazón… aunque le había costado llegar a comprenderlo. Pero en lo que a él respectaba, seguía siendo una fiera indomable y antisocial. Y con el corazón destrozado. Milo estaba siendo optimista. Mucho. Estaba seguro que ni siquiera él, con su legendario encanto, sería capaz de ablandarle el corazón. Shaina había sufrido demasiado, y se había humillado aún más por un amor enfermizo y no correspondido.
—Milo. —Marin inclinó suavemente el rostro, a modo de saludo, cuando llegaron hasta ellos.
—¡Buen entrenamiento!
—Gracias. —Shaina solamente asintió. Por inexplicable que fuera para ella, se había terminado acostumbrado a la cercanía del escorpión. Siempre andaba sospechosamente cerca.
—¿Vas para el coliseo? —Volteó a mirarla directamente a ella, y por un instante, la peliverde sintió la intensidad de aquella mirada celeste, como si fuera capaz de ver a través de la plata que la protegía.
—Sí… Saga ya debió volver del templo.
—Te acompaño entonces. —Se dio la vuelta alejándose un par de pasos, y giró sobre su hombro solamente para despedirse. —Gato, pórtate bien.
—Estás loco.
Milo no dijo nada más, le guiñó el ojo con picardía, y emprendió el camino con una silenciosa cobra a su lado. Rápidamente se olvidó de los dos pares de ojos que lo observaban más atrás, y centró su atención solamente en ella.
—No te das tregua—dijo.
—Es mi responsabilidad mantenerme en forma.
—Es admirable. —Sortearon un recodo del camino, quedando al resguardo de la pared de piedra de la montaña a su izquierda, y de los arboles a su derecha, y entonces, Milo se detuvo.
Estiró la mano, y la posó en el antebrazo de Shaina con delicadeza, deteniendo su camino. Sintió su sobresalto ante el contacto, y sus labios se curvaron en una minúscula sonrisa.
—Espera—dijo con firmeza.
Llevó las manos a los hombros de la amazona, y la giró hasta que quedó frente a él. La observó en silencio unos segundos, y desde donde estaba, podía sentir su inquietud como si de un animalillo acorralado se tratase. Sin embargo, el hecho de que no le hubiera apartado, zafándose de su agarre, le indicaba que su cercanía no era despreciada.
—Estás sangrando—murmuró con suavidad. Llevó su mano derecha hasta el borde de la máscara, apenas rozando la piel blanca de su hombro, y acariciando fugazmente el contorno de su mandíbula con el dorso de su dedo. Internamente, agradeció a Marin y su entrenamiento, por aquella oportunidad que le brindaba.
—¿Qué…? —Quiso protestar. De veras que quiso. Pero las palabras se le habían quedado atrancadas en la garganta. A ella, que siempre tenía la última palabra, que era de todo menos una niña dócil y estúpida.
Milo apartó la mano, y por un segundo, algo en el interior de la amazona maldijo la súbita lejanía.
—Mira. —Le mostró la yema de su dedo índice, enrojecida por la sangre que, efectivamente, goteaba tras la máscara.
—No tienes que preocuparte. Solo es un arañazo. —Giró el rostro, y se alejó unos cuantos centímetros, echando a andar de nueva cuenta.
—Lo sé. —Milo la siguió, como un felino acechando a su presa. —No sé por qué, pero estoy seguro de que no tienes rostro para lucir heridas—dijo a la vez, que atrapaba su muñeca, deteniendo su huida.
Ella volteó hacía él, fulminándolo con la mirada, aunque él no pudiera verla. Sin embargo, aquel gesto en el rostro del griego, tenía algo que… resultaba hipnotizante. Quizá era la seguridad en si mismo que transmitía, o ese ego desmesurado, pero tan de sobra conocido. O quizá, simplemente era que tenía unos ojos del color del cielo, y…
La mano de Milo, volvió a su cuello. La aguja escarlata arañó con suavidad aquel rincón de tono níveo, y antes de que pudiera hacer o decir nada para detenerle, le quitó la máscara.
Entreabrió los labios, frunció el ceño. Quiso gruñirle, quiso golpearle, pero no atinó a moverse. El pulgar del escorpión acarició el corte en su pómulo, mientras sus ojos observaban hasta el último detalle de aquel rostro angelical. Era aún más bonita a como la había imaginado, y de pronto, aquello que empezó como un juego estúpido, un desafio y un favor, tenía la impresión de que se había convertido en algo más.
—¿Qué haces?—tartamudeó ella.
—Te observo.
—¿Qué…?
—Eres perfecta. —Sus ojos se clavaron en los suyos, y parecían no tener intención alguna de abandonarlos.
—Suéltame.
—¿Y si no quiero hacerlo?
—No sé qué pretendes, pero esto no…
—¿Quieres que te devuelva la máscara y me marche?
Milo esperó pacientemente por la respuesta. Sabía que aquella era una apuesta arriesgada, pero no haría nada que ella no quisiera. Y si realmente quería que se marchara, se iría. Era una joya demasiado hermosa como para ser herida de nuevo.
Pero los segundos pasaron, y por mucho que Shaina deseó decir que si, y asestarle un golpe que relajara un poco su ego, le resultó imposible. Entonces Milo sonrió. De aquella manera. De esa forma que le hacía ver como un dios recién bajado del Olimpo. Mas no era solo aquella sonrisa lo que resultaba tan hechizante. Era aquella mirada. Esa mirada que la contemplaban como si fuera la única mujer sobre la tierra, y que empezaba a provocarle vértigo.
Eran aquellos labios.
Esos labios que atraparon los suyos en una caricia tan suave e inesperada, que solamente atinó a cerrar los ojos y a suspirar. La mano del escorpión se cerró sobre su nuca, impidiendo que se marchara, y sujetándola, evitando que el suelo que daba vueltas bajo sus pies, la hiciera caer.
Un par de lágrimas viajaron hasta sus ojos verdes. Había soñado muchas veces con aquel momento, aunque en ninguno de sus sueños, era él el protagonista. Y ahora, ahora que estaba ahí, todas las ideas preconcebidas que tenía acerca del griego, se desvanecieron. Era imposible que los labios de un idiota engreído se sintieran tan bien.
Entonces, Milo rompió el beso. Se alejó apenas unos centímetros, sin dejar de mirarla. Se percató de las lágrimas, y las secó rápidamente con sus dedos.
—No te sientan nada bien.
—Eres…
—¿Soy?
—Un idiota. —Sonó infantil, sonó estúpida, pero no encontró nada más que decir. Temblaba.
—Lo sé. —Sonrió de nuevo, colocó la máscara en su lugar, y se alejó de ella. —Ten un buen día, Ophiuco.
Echó a andar, dejándola ahí, quieta. Con una sonrisa auténtica en la cara. Lo sabía. Sabía que Shaina había dejado de ser un juego, para ser algo mucho más interesante. No tenía nada que ver con la historia de Saga y Aioros. Aquello, solamente había sido un empujón. Sin embargo, ahora que había hecho lo más difícil, solamente quedaba esperar por ella.
Shaina, mientras tanto, lo observó marchar, perdiéndose en el contoneó de la cola de oro del escorpión, que se entremezclaba con la cascada azul de su melena. Se descubrió sonriendo, y sin darse cuenta, se llevó la mano a los labios, ahora cubiertos tras la máscara.
Idiota. Idiota, pero encantador.
-X-
—¿Esto acaba de pasar?—murmuró Aioria. Había arrastrado a su Águila, hasta un lugar desde el que pudieran ver qué sucedía. Milo le había dejado muerto de curiosidad.
—Creo que… —La voz de Marin respondió, insegura. —Sí.
—¿Cómo demonios ha conseguido…?
—¿No perder la mano al quitarle la máscara?
—¡Y vivir para contarlo!
—No tengo la menor idea.
—¡Milo y Shaina!—exclamó.
—¡Tshhh! —Marin le tapó la boca, y acto seguido, el rubio continuó hablando en susurros.
—¡No puedo creérmelo!
—Quizá sea bueno…
—Lo que está claro es que a ella le ha encantado… ¡Mírala!
—Sabes que hará si se entera que lo hemos visto y que decimos algo, ¿verdad?
—Sí, sí… no te preocupes.
—Sé discreto.
—¡Soy discreto!
—Quizá esto sea bueno para ella.
—Bueno, yo no dudaría nunca de la experiencia de Milo en estos ámbitos.
—Si es un juego, lo matará.
—Estoy seguro de eso.
—Házselo saber.
—Creo que ya lo sabe.
—Pues que no lo olvide, me cae bien Milo.
—Está lleno de sorpresas. —Una sonrisa enorme le iluminó el rostro.
—Estás contento.
—No sé si contento, o aterrado. Pero tienes razón. Quizá sea bueno. Para ambos. —Besó su pelo, atrayéndola hacia si. —Necesitamos más cosas como ésta por aquí. Ya hemos sufrido suficiente.
—Lo sé. —Y lo sabía de sobra. Marin les había visto pelear, morir… llorar y sufrir. Les veía cada día peleando por salir adelante, y aunque Milo fuera tan efervescente, sabía que no estaba exento de dolor. Sonrió. Eran buenos tiempos. —Vayamos con Orfeo, es tarde. ¡Y tú y yo tenemos que ir de compras después!
Aioria rió, y caminó a su lado rumbo al coliseo. En otros tiempos, le hubiera resultando impensable simplemente poder ir de compras en su compañía. Ahora era una realidad. ¡Y Milo había besado a la Cobra sin perder la lengua en el intento! Aquel era, definitivamente, un buen día.
-X-
Los entrenamientos terminaron a la hora acostumbrada, a pesar de que los líderes de equipo habían llegado con atraso.
Después de despedirse, Aioros marchó sin rumbo por algunos minutos. A veces lo hacía, permitiéndose observar a todos a su alrededor. Descubría muchas cosas interesantes de ese modo y, cuando menos, encontraba algo que le divertía. Pero ese día, lo más llamativo que vio fue una conversación a la distancia entre su hermano y Milo, en la que, decir que Aioria lucía sorprendido, era decir poco.
Pensó en interrumpir, pero a último momento, cambió de opinión. En vez de eso, expandió su cosmos y buscó por el de Saga. Al encontrarlo, decidió encaminarse hacia él.
Sin embargo, apenas había caminado por un par de minutos, cuando fue detenido.
—¡Aioros! —Para cuando volteó, Aioria ya había pasado el brazo por encima de su cuello, y tenía aquella enorme sonrisa en los labios. — ¡Te alcancé! ¿Tienes algo que hacer ahora mismo?
—Pensaba convencer a Saga de entrenar un poco. ¿Por qué?
—¿Hay alguna posibilidad de que pueda persuadirte de ser un vago para que te olvides de entrenar y bajes a Rodorio conmigo?
—¿Qué pasó con Milo? Hace solo un instante os vi juntos y pensé…
—¡Bah! El bicho me ha abandonado.
—¿Por Camus?
—¡Mejor! ¿Qué no sabes?
—¿Saber qué? —La pregunta dibujó una enorme mueca de travesura en la boca del león. La reacción se contagió al arquero. —¿Qué pasa? ¿Qué es lo que no sé?
—Milo se ha vuelto loco. ¡Más loco que nunca! —Aioros levantó las cejas. —Por ahora es un secreto, aunque dudo que lo sea por mucho tiempo. ¿Puedo confiar en ti?
—Dime que no está relacionado con su negocio de ventas ilegales.
—¡No, no! ¡Algo mil veces más sorprendente!
—Anda, cuenta.
Aioria miró sobre su hombro, asegurándose de que oídos curiosos no escucharan sus palabras. Tras percatarse que estaban solos, la sonrisa traviesa en sus labios se ensanchó, hasta mostrar los dientes.
A Aioros, la reacción de su hermano le resultaba cómica. El león estaba tan divertido que se lo contagiaba. Además, se sentía muy intrigado.
—¡Me estás poniendo nervioso! Venga, escúpelo.
—¡Ya voy, ya voy! —Aioria se acercó a su oído y susurró. —Milo se ha ligado a la Cobra.
—¡¿Qué?! ¿En serio? —El arquero sabía que Saga y el escorpión tenían un trato, así que no le pillaba desprevenido. Pero, lo que le sorprendía, era que Milo hubiera actuado tan rápido y que fuera tan efectivo. Además, aquel era el día de las sorpresas. Primero Shura y ahora Milo. Carraspeó antes de continuar. —¿A qué te refieres con ligar?
—Por ahora, un besito por aquí y allá. Pero conociéndole, verás lo que tarda en llegar a algo más interesante.
—Por los dioses…
—No sé si es estúpido, o temerario.
—No sabría decirte… —Al menos sabía que el peliazul era un hombre de palabra. Después del terrible lío en que los había metido, cumplir su parte del pacto era lo mínimo que podía esperarse de él.
—Es bastante inquietante, si me preguntas.
—Espero que sepa lo que hace.
—¡Yo también!
—¿Me mantendrás informado? —Aioros preguntó. La sonrisa pícara de Aioria volvió a aparecer.
—¡Sabes que sí! Cada minúsculo detalle. Esto va a ser muy entretenido—canturreó.
Compartieron una carcajada y continuaron el camino. El arquero tenía la impresión de que Aioria no estaba mintiendo, y que terminaría conociendo cada pormenor de esa nueva relación de Milo.
Se preguntaba a quién había favorecido Saga realmente: ¿a Naia, o a Shaina? Con suerte sería bueno para las dos.
—¡Por cierto!—reaccionó de pronto—. ¡No me has dicho que planeas!
—¡Cierto! Quería que me acompañaras a Rodorio. Necesito tu ayuda con algo.
—¿Algo?
—Algo.
—Cuanto misterio… —Y ni había terminado de hablar cuando el león dejó escapar una carcajada.
—Marin y yo compramos algunas cosas y necesito que me eches una mano para llevarlas hasta Leo—declaró, revolviendo sus propios rizos con nerviosismo.
—¿Qué tipo de cosas?
—Cosas. —Aioria se encogió de hombros. —Para la casa.
—¡Ah! ¿Ahora compráis cosas juntos?—preguntó el arquero, y notó la risilla torpe y las mejillas sonrojadas de su hermano—. ¡Vais muy en serio!
–¡Pues claro que vamos en serio! ¡Es mi novia! ¿Sabes el trabajo que me ha costado que lo sea?
Esta vez fue el arquero quien pasó el brazo sobre los hombros del león y tiró de él para abrazarlo, mientras revolvía cariñosamente la melena rubia. Aioria se quejó, pero no hizo por alejarse. Rieron juntos, como el par de adorables tontos que eran. El Santo de Leo había esperado catorce largos años por esos juegos y esas caricias… y cada día de espera había valido la pena, porque Aioros estaba junto a él, y no volvería a marcharse.
-X-
—¡Ahí están! Donde Stavros. —Aioria apuntó hacia el rincón de la plaza, donde el almacén del viejo había sobrevivido por años.
Marin los divisó también y ondeó la mano en el aire para llamar su atención. Estaba de pie, justo a la entrada, en compañía de Janelle y algunas cajas de cartón, de diversos y considerables tamaños. Conversaban animadamente, aunque los Santos no alcanzaban a escuchar de que hablaban. A juzgar por la expresión relajada de Janelle, su plática era agradable para ambas.
Al verlas, el león apuró el paso. Tiró de Aioros consigo, haciéndolo tropezar. Pero, habiendo recuperado el equilibrio y mantenido intacto el orgullo, Aioros consiguió seguirle el ritmo. Se aproximaron a toda prisa, donde las chicas esperaban por ellos.
—¡Ya estamos aquí! Perdón por la tardanza—dijo Aioria—. Traje a mi hermano para ayudarnos. —El aludido saludó con un escueto y torpe movimiento de mano.
—No pasa nada. Janelle y yo aprovechábamos para revisar que todo llegara en buen estado. Hola, Aioros.
—¡Hola!—respondió él—. ¡Janelle! Hace mucho que no te veía.
—¡Lo sé! El abuelo ha estado delicado, así que me he hecho cargo del almacén. Loxia, nuestro ayudante, se ha encargado de ir y venir con las provisiones de la Escalera Zodiacal y del Templo.
—Oh… no sabía. Espero que Stavros mejore.
—Gracias. —Ella sonrió. —De cualquier modo, eres bienvenido para saludar o platicar siempre que te plazca. Sabes donde encontrarme.
—Prometo pasarme por aquí pronto. —El castaño le guiñó el ojo. Después buscó por su hermano y por la pelirroja, y los descubrió examinando sus nuevas pertenencias. —Vaya que habéis comprado cosillas…
—Quizás lo has notado a estas alturas, pero Leo es un desastre—respondió la Amazona.
—¡Oye! Será un desastre, pero es mi desastre.
—Es imposible encontrar cualquier cosa ahí.
—¡Marin!—El león se quejó y Aioros dibujó un gesto divertido.
—¿Se puede saber que es todo esto?—cuestionó, con obvia curiosidad.
—Todo lo necesario para que Leo deje de parecer un tiradero y sea habitable.
El Santo de Sagitario escuchó a su hermano gruñir, aunque estaba seguro de que la intrusión de Marin en su vida le molestaba menos de lo que decía. Aioria era un felino voluntarioso, pero cuando se trataba de la Amazona, solo era un gatito adorable. Esa faceta de él, era una que le encantaba contemplar.
Vio a Marin premiar su buena voluntad acariciando los rizos que apenas le acariciaban los hombros. Llevaba la máscara sobre el rostro, pero eso no dificultaba adivinar la sonrisa escondida tras ella: tan grande como la sonrisa de Aioros.
-X-
—Oh, vamos, podrías hacer caso a los expertos. —Deltha, infló el pecho orgullosa. —Y solo por aclararlo, el experto en este caso, no eres tú.
—¿Eres tú? —Saga alzó una ceja, y adoptó una sonrisa burlona, que hizo que la amazona frunciera el ceño. Avanzó un par de pasos hacia él, y cuando lo tuvo lo suficientemente cerca, tiró de su camisa, para acercarlo.
—En efecto. Soy yo. —Adoptó la expresión más severa que encontró, y continuó hablando, pero cuando la sonrisa del geminiano se ensanchó, supo que no la estaba tomando en serio. Lo abofeteó suavemente. —¡Oye! Un respeto.
—Te respeto, Apus. Mucho. No voy dejando que alguien a quien no respeto, me pegue. —Se llevó la mano a la mejilla, y sobó con suavidad, aunque estaba lejos de doler.
—Debería haberte pegado más fuerte.
—Como si te atrevieras.
—Que no tengas cara para recibir golpes, no significa que no los merezcas.
—Me alegra que estemos de acuerdo en que no tengo cara para…
—Kanon debió pegarte más fuerte. —Saga calló de inmediato, y esta vez, quien arrugó el ceño fue él. La expresión maquiavélica en el rostro de Deltha, resultaba todo un fastidio.
—Ya, ya. —Por acto reflejo, se sobó la nariz, justo en el punto en que su gemelo la había roto sin piedad.
—¿Ahora vas a escucharme? —La pelipúrpura se cruzó de brazos. Saga asintió, con un mohín casi infantil en el rostro. Sin duda, estaba recordando la infame pelea. Deltha lo sabía. —Bien, porque trabajé durante años en el mar. Ya lo sabes. Y bañarse en él cuando cae la noche, es peligroso. Mucho. No sabes lo que puedes encontrarte en la oscuridad: un hoyo, una roca... Es una norma básica que nunca se debe romper. Ni siquiera en el Mediterráneo.
—¿Sabes? —Saga ladeó el rostro, y la miró de un modo que a Deltha se la antojó de lo más misterioso. —Serías una excelente mamá.
—¿Estás de broma? —La cara de sorpresa que mostró, a Saga le resultó impagable.
—En absoluto.
—¿Es solo una excusa para desviar la atención y bañarte de todos modos?
—Sí y no. —Deltha alzó las cejas, aún con los brazos cruzados. —Sí. Pienso bañarme de todos modos. Y no, no es una excusa, realmente pienso que serías una excelente mamá. —Le guiñó el ojo, y antes de darle oportunidad de réplica, se quitó la camiseta, y echó a correr al agua.
Deltha lo observó sumergirse. Después, se acurrucó en el hueco excavado en la roca viva, ahí donde la tortuosa escalera subía a Cabo Sunion, la misma donde se habían conocido muchos años atrás. La luna apenas se dejaba entrever entre las nubes ennegrecidas, y verlo, resultaba difícil. Sin embargo, encendió suavemente su cosmos, tal y como Aioros y Saga solían hacer, para ver con su ayuda y seguir al santo a través de la olas. Frunció el ceño. El oleaje seguía siendo extrañamente fuerte.
Volteó la vista al sendero que conducía a la playa, y cuando no vio rastro alguno de nadie que se acercara, afinó un poquito más su cosmos. Nadie, ni Naia ni Aioros andaban cerca. Se retrasaban. Se apretujó en la chaqueta del geminiano, y esperó.
-X-
Una vez al cobijo de la fortaleza, Deltha se sorprendió de lo acogedora que había quedado la estancia. Desde que Saga y Naia empezarán su tortuosa historia, habían declarado aquella zona olvidada por el Santuario, como suya. Sabía que pasaban allí la mayor parte del tiempo que estaban juntos, las velas y las mantas, les delataban. Una sonrisa pícara iluminó su rostro.
—Así que este es vuestro… —Buscó por las palabras apropiadas. —¿Nidito de amor?
—¿Nidito…? ¿Eso es lo mejor que se te ocurrió? —Desde donde estaba, Deltha podía verlo tiritar.
—Sí. —Se tapó con la toalla, y se sentó sobre un par de cojines.
—Entonces supongo que sí. —Saga se apartó la melena empapada y la escurrió. —¿Podrías darme la toalla?
—Nah. Tengo frío.
—¡Apus!
—¿Si?
—Estoy empapado.
—Haberlo pensado antes. —Alzó el dedo índice de modo amenazador.
—Sí, mamá. —Saga rodó los ojos. —Pero es culpa de Naia y Aioros por llegar tarde.
—¡Claro que no! Es culpa tuya. Te advertí.
—Necesito estar ocupado—murmuró. Lo cierto era, que se sentía inquieto. La reunión de la mañana no había ayudado. —Pero al menos usé el bañador. Te hice caso. En parte.
—Debo decir que estoy decepcionada. —Saga ladeó el rostro. —¿Qué ha sido de ti? Cualquiera diría que en otros tiempos te hubieras bañado desnudo sin importar quien estuviera presente.
—¿Querrías haber contemplado el espectáculo? ¿Has hablado con Afrodita?
—¿Debería?
—No, nunca. Jamás. —Negó rápidamente con el rostro. Estaba seguro que el de Piscis no se tentaría en contar detalles de lo más… truculentos y explícitos de su vida íntima si le daban ocasión. Peor aún si la oportunidad se la daban a Máscara Mortal. —¿Decepcionada?
—Sí.
—Te gusta lo que ves, ¿eh, Apus? —Desde donde estaba, hubiera jurado que el santo inflaba el pecho orgulloso. Esgrimió una sonrisa. No sabía que sería de él sin su enorme ego.
—No soy nada fan de las cicatrices, pero oye, tengo ojos.
—Gracias.
—Engreído.
—Lo sé.
—¿Así conquistas a las mujeres? ¿Con una demostración de ego irresistible? He oído que hay una hetaira por ahí que…
—A las hetairas no hace falta conquistarlas. —Y lo cierto era, que a parte de ellas, no tenía apenas experiencia con mujeres.
—No cuentan eso las malas lenguas.
—Las malas lenguas también decían que me comía a mis amantes.
—Bah… creo que esa hetaira confirma que no era cierto. —Chasqueó la lengua.
—¿Desilusionada?
—Si. —Saga rió, pero ella continuó. —De todas formas Géminis… ¿una hetaira? —Dibujó un mohín de disgusto.
—¿Qué hay con ellas?
—Pues que son hetairas. Uno paga por follárselas. No es como que alguien como tú las necesitara o necesite.
—Eres griega Apus, deberías conocer la diferencia entre una hetaira y una puta.
—Sí, sí. —Rodó los ojos. —Ahorraré la teoría. ¿Te bañabas mucho con ella en la playa?
—¿Por qué asumes que hubo un solo "ella"?
—Naia me habló de una en concreto, y el resto de la gente completó la historia.
—¿Qué pasa con la intimidad en el Santuario? —Se quejó dejando caer la cabeza hacia atrás y suspirando.
—Nunca existió para ti. —Una sonrisa enorme se formó en su rostro. —Al parecer nuestra pequeña Caelum te pilló con las manos en el culo de cierta hetaira escultural, de melena negra y ondulada…
—Eso fue embarazoso. — Y no precisamente porque se avergonzara de su aventura con Arabella. Sino porque no estaba seguro de querer que Naia supiera de ese tipo de aventuras.
—¡Grandioso, diría yo! ¿Acaso tienes decencia alguna como para avergonzarte?
—Poca—masculló—. Pero aún me queda algo.
—Entonces lo admites.
—¿El qué? ¿Qué el celibato no esta hecho para mi? Porque no lo está. —La risa de la amazona resonó en la fortaleza.
—¿Cómo se llama?
—¿Para qué quieres saberlo?
—¡Jah! La proteges. ¿Perversión elevada a la máxima potencia?
—En efecto, Apus, en efecto. Pero si sabes detalles, deberías saber su nombre, porque no es un secreto. Nunca lo fue.
—¿Nunca? —Saga la miró de soslayo antes de continuar.
—Digamos que ella… fue la amante de Ares por muchos años. No que fuera la única, pero si la… favorita. —"Y la superviviente", pensó.
—Creo que, hetaira o no, eso es impresionante. —Sobretodo, porque por su mente pasaban los mismos pensamientos que por la del gemelo: impresionante porque era la que había logrado vivir. —Como sea. ¿Alguna perversión de la que quieras hablar?
—De mi vida sexual no hablo, Apus.
—¡Hay que ver qué tímido te pones!
—¿Tímido? —Ladeó el rostro, y se relamió los labios con coquetería. —En absoluto.
—Tendré que afinar los oídos a las historias que pululan por ahí.
—Bah… las hetairas fueron mi único contacto con la vida real y la humanidad en catorce años. Y prácticamente con el género femenino. —Deltha calló por un segundo. Nunca lo había mirado desde ese punto de vista. —Uno aprende cosas muy interesantes con ellas que no tienen que ver con sexo.
—¿En serio? —La expresión de incredulidad en su rostro y el tono desinteresado de su voz, lo decía todo por ella.
—Se aprenden cosas muy interesantes sobre sexo también, si es lo que quieres saber, viciosilla. —Dejó escapar una risilla pícara, y continuó. —Pero no deberías olvidar que fueron educadas en el templo, por las doncellas, a la antigua usanza. Uno puede tener una conversación inteligente con ellas si se lo propone.
—No te tenía del tipo hablador en la cama. —Saga alzó una ceja.
—Solo hay que motivarme correctamente. —Ensanchó la sonrisa, y se sentó al lado. —De todos modos, no sé que idea tienes de mi en esos ámbitos.
—Naia mencionó un par de cosas…
—¿En serio? —Su cara de espanto le resultó impagable.
—Somos amigas, prácticamente hermanas. Hablamos de eso. Le regalasteis un Kamasutra a Aioros por su cumpleaños, ¿vas a decirme que vosotros no habláis de ello? Porque nunca te creería…
—Unos más que otros. —Se animó a responder tras unos segundos. El cumpleaños de Milo, y la famosa conversación sobre Naia, aún le hacía sangrar los oídos. —Pero no importa. Vamos, dame la toalla, estoy al borde de la congelación.
—No.
—¡Deltha!—lloriqueó, mientras tironeaba de la prenda.
—¡Dije que no!
Deltha se apretujó aún más, aferrándose lo más posible a la toalla, y apretando los brazos contra su pecho, conteniendo la risa. Pataleó y le increpó, en medio de un ataque de risa que minó sus fuerzas durante la improvisada pelea. Saga aprovechó el momento, y la rodeó con los brazos, dispuesto a apartar los suyos a la fuerza. Después de todo, era adorablemente pequeña y manejable.
—Es mía, Apus. ¡Suéltala! —Casi la tenía, solo necesitaba presionar un poco más, pero cuando prácticamente saboreaba la victoria, la amazona mordió su mano. —¡Me has mordido! —Deltha se reía tanto, y tan fuerte, que un par de lágrimas inundaron sus ojos. —¡Eres una salvaje! No pensé que al arquero le gustaran estas cosas…
—Al arquero le gustan muchas cosas que tú no sabes, Saga. —El peliazul volvió a la carga. —¡Oye! ¡Ese brazo es mío! ¡Vas a sacármelo de sitio! ¡Me haces daño, Géminis! —De modo inmediato, Saga la soltó. La preocupación tiñó su rostro, y Deltha lo miró durante unos segundos más, con un mohín apenado en el rostro.
—Lo siento, no quería… —Sin embargo, el mohín desapareció pronto, sustituido por la sonrisa traviesa de la amazona.
—¡Eres tan…! —Rompió a reír, y cuando el peliazul se supo burlado, rodó los ojos con fastidio. —¡Adorable!
—Boba. —Ella solo le sacó la lengua, y el geminiano, no tuvo más remedio que volver a la carga si quería terminar de secarse pronto. La atrapó en apenas medio segundo, y antes de que ella pudiera decir nada, la cargó en brazos y la acercó a la ventana, asomándose peligrosamente sobre el alfeizar semiderruido.
—¡Saga! —Pataleó. —¡No me gustan las alturas! ¡Bájame!
—Hay una caída grande desde aquí…
—¡Bájame! —Aflojó el agarre, amagando con dejarla caer. Deltha soltó un grito, y rodeó su cuello con los brazos, aferrándose a él con todas sus fuerzas. Ella escuchó su risa, y en medio de aquella situación, una sonrisa nerviosa se formó en su rostro. Sabía que Saga no la dejaría caer. —¡Saga!
—Y el suelo es inestable. —Pateó una piedra suelta, y unos largos segundos después, el sonido de la misma estrellándose en el agua, llegó a sus oídos. —Me portaré bien si me devuelv…
—¿Qué demonios estáis haciendo?
Voltearon rápidamente en dirección a la voz de Naia, que los miraba con las cejas alzadas. Ninguno de los dos se movió.
—¡Naia!—exclamó Saga—. ¿Y el arquero?
—Enseguida viene… —Continuó mirándoles en aquella peculiar situación, sin tener muy clara la conclusión que debía sacar de ello.
—Oh. Vamos Apus, sé buena. —La dejó en el suelo y su voz adoptó un tono más serio y menos juguetón. —Yo no te he tirado por la ventana, tú me devuelves mi toalla. ¿Si?
—Eres un tanto extremo. ¿Lo sabías? —Respiró aliviada cuando sus pies tocaron tierra firme.
—Soy Géminis. —Ella le sacó la lengua, y cuando el santo estiró la mano dispuesto a recuperar lo que era suyo, lo miró con desconfianza. —Oh, venga…
—Esto no ha acabado, Santo. —Le sacó la lengua. —Tú y yo tenemos una batalla pendiente.
—¡Perdón por el retraso!
—¡Aioros!—dijeron a la vez.
—¿Lo teníais ensayado? —Ladeó el rostro divertido, y luego, fugazmente, miró a Naia. Su gesto no lucía feliz... pero lo cierto era, que últimamente no era la viva imagen de la felicidad. —¿Por qué estás medio desnudo? ¿Y mojado? Creí que el mal vicio del exhibicionismo estaba superado, Saga.
—Me di un baño, porque os retrasasteis considerablemente.
—¿Hoy? ¿En serio? ¡Hace frío!
—¡Lo he notado! Apus no me devuelve mi toalla. Dile algo. —Deltha dibujó un gesto de triunfo. —¡Y me ha mordido! ¡Tu novia es una salvaje!
—¿Lo has… mordido? —Rápidamente, Saga estiró el brazo, mostrándole la marca rosada de los dientes en su antebrazo.
—¡Controla a tu mujer, arquero!
—Llorón. —Deltha le sacó la lengua, y le lanzó la toalla.
—¡Al fin! —Saga se envolvió el ella, agradeciendo un poco el calor, y se secó el pelo lo mejor que pudo.
—Un día, pillarás una pulmonía—masculló Naia—. Deberías dejar de bañarte en la playa hasta que vuelva el buen tiempo.
—Suponiendo que eso suceda algún día, preciosa. —Se acercó a ella, y besó sus labios fugazmente. Naia sonrió sutilmente. Sabía a sal, y sus labios, suavísimos, estaban helados.
Deltha se deshizo de la chaqueta del gemelo, y se la tendió. El juego había terminado. Después, se acurrucó junto a Aioros, dejando caer la cabeza sobre su hombro.
—Me alegra saber que no vas a pelear por ella, Apus. —Saga se vistió a toda prisa con sus ropas de entrenamiento, y después, se abrochó la chaqueta hasta arriba. Escondió las manos en las mangas, y rodeó con su brazo a Naia, atrayéndola hacia si.
—Otro día continuaremos nuestro duelo—retó la pelipúrpura.
—Perderás y acabarás en el agua.
—Ya veremos.
—Nunca pierdo, Apus.
—¿Qué demonios pasa con ellos?—murmuró Aioros, buscando respuesta en los ojos lilas de Naia.
—No me digas. —Ella se encogió de hombros. —Ya estaban así de raritos cuando llegué. Más o menos.
—¿Raritos?—masculló Deltha—. Solo era un juego, mujer. Relájate. —Naia suspiró, en el preciso instante en que Saga besó su pelo.
—Como sea… —Aioros no entendía nada, pero traía noticias mucho más interesantes. —No vas a creerte lo que ha pasado, Saga.
—¿Qué fue?
—Milo y la Cobra…
—¡¿Qué?!—exclamaron las chicas a la vez, dando prácticamente un salto en su asiento.
—Parece que hay algo entre ellos. —Aioros le dirigió una mirada cómplice, que el peliazul fue el único en comprender. Saga se dejó caer en el camastro, arrastrando a Naia con él, y sonrió.
—Milo es… —Empezó a decir. —Infalible y diría que irresistible.
—Estaba extrañamente contento hoy. —Lo cierto era, que ahora que Naia lo pensaba, era así. Milo también había llegado tarde, pero lucía una sonrisa y un brillo en los ojos, que era difícil de explicar. —¿Y a ella? ¿Se le suavizó el carácter? Quizá un buen polvo la endulce la vida…
—Pues ahora que lo mencionas…—murmuró pensativo el peliazul. —Estaba un tanto ausente.
—Pero… ¿La Cobra?—insistió Deltha con incredulidad—. ¿No teme por su vida? ¿No encontró a nadie mejor para él?
—Oye, Milo ha probado de todo, con amplia variedad de chicas. —Deltha alzó las cejas. —Incluida la playa, Apus.
—¿Cómo sabes eso? —Quiso saber ella con gesto travieso.
—Porque lo sé todo y porque Milo nunca fue discreto. Quizá puedas preguntarle a él que opina, seguro que te cuenta con todo lujo de detalles.
—Wow, wow, wow…—interrumpió el arquero—. ¿Playa? ¿Preguntar a Milo? ¿Detalles? ¡Ni hablar, Deltha! —Lo que menos necesitaba, era que el bicho y ella mantuvieran conversaciones íntimas y pervertidas.
—De todas formas, Apus… —Saga se incorporó, y la miró directamente a los ojos. —Tienes mucho interés con la playa, pero… no es nada en comparación a las termas. —Deltha entreabrió los labios, siendo la única que sabía a qué se refería. —Agua caliente natural, neblina, a veces burbujas, perfume, velas…
—Mmm… —Deltha dejó escapar un gemidito, que dejó a sus acompañantes boquiabiertos, incluido el peliazul. Después, la travesura de su rostro se esfumó, adoptando una expresión mucho más sugerente y provocativa, mientras se relamía los labios mirándolo a los ojos.
—¡Mujer!—exclamó él. Ella solamente atinó a estallar en carcajadas. —¡Contrólate! —Seguía poniéndose tan nervioso, que le resultaba difícil de olvidar y comportarse. Incomodarlo era el mejor hobby que hubiera tenido nunca.
—¿Qué demonios…?—farfulló el arquero.
Él y Naia intercambiaron una mirada, boquiabiertos. Casi seguros de que compartían los mismos pensamientos. Estaba bien que esos dos se llevaran bien, pero de pronto, se habían topado de bruces con una faceta de ellos que no terminaban de comprender. No sabían de donde había salido aquella confianza, aquella sintonía tan extraña recién descubierta. La complicidad en esos temas íntimos que…
—No entiendo nada—murmuró Aioros.
—Ya somos dos—gruñó Caelum.
—Tu novia es una pervertida. —A Saga no le pasó desapercibida la reacción, a sus ojos exagerada. Solo era un juego divertido. —Es todo.
—¡Y mira quién fue a decirlo! —La réplica de Deltha le robó una nueva sonrisa.
Naia buscó con sus ojos al arquero nuevamente. Aioros solamente se encogió de hombros, con el ceño ligeramente fruncido. Hacía mucho, muchísimo, que Saga no sonreía tanto, ni tan seguido.
-Continuará…-
NdA:
Gato: ¡Vosotros dos no tenéis decencia! ¡Habéis enviado a vuestro hermano pequeño a una muerte segura!
Saga: O al mejor polvo de su vida..
Aioros: Deberíamos apostar por cuanto tiempo sobrevive
Saga: ¿A Shaina o al polvo?
Milo: Mi integridad física esta íntimamente relacionada con la vuestra, así que.. yo en vuestro lugar, queridos hermanos mayores, tendría cuidado.
Aioros: Sí, sí... pero me asusta que haya tantas hormonas en el ambiente :/
Saga: No son malas.
Aioros: Depende…
Saga: ¿De qué?
Aioros: De quienes sean…
Milo: Yo me apostaría algo a q alguien esta celoso…
Aioros: ¿Seiya?
Milo: cualquiera estaria celoso si yo entro en la ecuación, arquero.
Santitos: ...
Milo: Dicho esto, deberíamos despedirnos porque YO tengo cosas muy interesantes que hacer.
Saga: ¡Se bueno con la Cobra!
Milo: ¿Cuándo he sido malo?
Aioros: ¡Y nada de celos, por favor!
Milo: No me mires a mi (a)
Saga: ¡Hasta la próxima!
Santitos: ¡Bye!
