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"No sabemos cómo nuestro nombre llegó a existir o cómo algún ancestro distante lo adquirió. No entendemos nuestro nombre en absoluto; no conocemos su historia, y aún así lo llevamos con exaltada fidelidad. Nos fusionamos con él, nos gusta, estamos ridículamente orgullosos de él, como si se nos hubiese ocurrido a nosotros mismos en un momento de brillante inspiración."

Milan Kundera.

Inmortalidad

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Capítulo 3

Elrond se sentó en silencio, estupefacto, mientras Kate desaparecía escaleras arriba y la puerta del dormitorio se cerraba detrás de ella . Finalmente, giró la mirada hacia Gandalf, que estaba sentado con aire satisfecho comiéndose una galleta danesa, como si no ocurriese nada fuera de lo corriente.

Legolas contempló divertido como ambos peleaban en un duelo de voluntades.

Cuando Elrond no pudo soportarlo más, rompió el silencio.

—Deberías habérmelo dicho. Entonces ¿es una descendiente directa?

Gandalf asintió.

—Una de tus tatara-tataranietos. Aunque los —tatara— son demasiado numerosos para contarlos— dijo dándole un sorbo a su té.

—¿Por qué? ¿Por qué ocultármelo?— preguntó Elrond.

—Por miedo a que pudiese causar problemas imprevistos— dijo Gandalf.

—Solo habría servido para reforzar mi resolución de unirme a esta misión— dijo Elrond.

—Exacto. Cuando acudí a ti, todavía no les había pedido permiso a los Valar. Pero todo ha terminado bien— dijo Gandalf.

La conversación se apagó hasta convertirse en un silencio, lo cual no era, en absoluto, infrecuente entre los Elfos. Ser inmortal te permite tener ciertas peculiaridades y reflexionar la respuesta a una pregunta largo rato antes de responder es una ellas.

—¿Has estado cuidando de ellos todos estos años?— preguntó Elrond finalmente.

—No ha sido difícil. He seguido a padres y primogénitos durante muchas generaciones— dijo Gandalf. —He tenido la paciencia y el tiempo.

—¿Por qué?— preguntó Legolas. A su edad todavía encontraba aquella pregunta la más desconcertante de todas y generalmente la más difícil de responder.

—No es infrecuente que aquellos que pertenecen a su linaje cambien el mundo. Isildur lo hizo para peor. Aragorn lo hizo para mejor. Aunque hayan pasado años, esa carga debe recaer sobre sus descendientes— dijo Gandalf.

—¡Cuántas generaciones habrás contemplado!— dijo Elrond en voz baja, casi para sí mismo. Elevó la mirada para encontrase con la de Gandalf. —¿Así que Elladan y Elrohir están con Colin, el hijo primogénito?

—Colin no es el primogénito y eso me preocupa. Esta es la primera generación que no tiene un varón como hijo mayor.— dijo Gandalf. —Así que quizá estaba equivocado al creer que solo los hijos tenían importancia.

—¿Kate?— Elrond miró hacia arriba, en dirección al dormitorio de Kate. —¿Ella es la primogénita, y la legítima heredera?

Gandalf se echó a reír.—Si hubiera un trono para que ella lo heredase y Gondor todavía siguiera en pie, sí. Pero aquellos días hace tiempo que pasaron.

—Eso es cierto. Pero el poder del hijo primogénito permanece. Quizá por ello falló esta misión— dijo Elrond.

—Me temo que puede que tengas razón. Fue mi error. Yo permití, tontamente, que fuera Colin el que se marchase. Pero la verdadera misión puede que esté todavía por descubrir. Hay cosas más grandes que ver el Mal— dijo Gandalf.

—Deberías haber insistido en que ella fuese— dijo Elrond.

—¿Insistir?— dijo Gandalf con una sonrisa. —¿Y cómo te sentiste cuando insistí en que enviases a Arwen a caballo para buscar a Frodo con los Espectros del Anillo al acecho?

Elrond sonrió.

—En eso tienes razón.

—Exactamente. Y, además, Arwen estaba entrenada para entrar en batalla. Kate no es una guerrera,— dijo Gandalf.

—Creo que te equivocas— dijo Legolas.

Elrond y Gandalf se giraron hacia Legolas, como si se dieran cuenta por primera vez de que estaba allí.

—Es una guerrera. Quizá no tenga experiencia en el combate cuerpo a cuerpo, pero hay fuerza en ella. No podéis negarlo, porque incluso yo lo he sentido— dijo Legolas.

Gandalf asintió.

—Siempre ha tenido una fuerte voluntad. Pero antes de que esto acabe, necesitará más que una voluntad fuerte para vencer a este Mal.

—¿Qué más tenía Frodo aparte de la voluntad?— preguntó Legolas.

—¿Que te dije, Legolas? Sabiduría. La tienes y no te das cuenta— dijo Gandalf.

Legolas sonrió.

—No hay sabiduría en lo que digo. Es simplemente sentido común.

—Esa es la mejor clase de sabiduría— dijo Gandalf.

Y así pasaron el día reflexionando en silencio, esperando a que Kate se despertase. Los recuerdos del pasado de Elrond combinados con el hecho de haberse encontrado con el futuro cara a cara, hicieron que sintiera el peso de los años sobre sus hombros. Recorrió la casa, mirando las fotografías que colgaban de las paredes. Colin era alto, su mirada fuerte y sus hombros anchos. Kate era justo lo opuesto; aunque tenía el mismo pelo oscuro, no era alta, ni parecía fuerte físicamente. Elrond cogió una fotografía familiar de la repisa de la chimenea y se quedó mirándola durante un largo periodo de tiempo.

Legolas se acercó a él.

—Estas.. fotografías...— Legolas dijo las palabras como si su lengua no estuviera acostumbrada a pronunciarlas. —Engañan a los ojos porque no puedes sentir sus espíritus.

—Cierto. Pero cómo me gustaría tener una de Arwen. No necesito sentir su espíritu porque vive dentro del mío,— dijo Elrond.

—Su espíritu era brillante, como un cielo lleno de estrellas— dijo Legolas suavemente.

—Lo era— dijo Elrond.

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El sol estaba alto en el cielo de la mañana siguiente cuando Kate se despertó y se levantó de la cama. Había descansado bien y se sentía revitalizada. Mejor de lo que lo había hecho en días, desde el comienzo de los ataques aéreos. Se estiró y estaba debatiendo que preparar para comer, cuando los eventos de la mañana anterior volvieron a su memoria. Gandalf, dos extraños y algo acerca de Colin. En su estado adormilado había asumido que eran algo que su exhausta mente había inventado mientras se deslizaba hacia el sueño. Al bajar las escaleras, comenzó a oír voces y se dio cuenta de que lo que había ocurrido era real.

Sus invitados dejaron de hablar cuando ella entró en la sala de estar. De nuevo, se dio cuenta de las miradas intensas que le dirigían Elrond y Legolas. Gandalf le sonrió y le hizo gestos para que se uniera a ellos. Pero después de haber tenido una buena noche de descanso y sintiéndose ella misma por primera vez en semanas, no estaba de humor para sus modales condescendientes.

Se acercó a ellos pero no se sentó.

—¿Que está pasando, Gandalf?— preguntó. —¿Dónde está Colin?

—No lo sé— dijo Gandalf.

—Pero sabes algo. Mi madre me dijo que la carta era tuya. Pero yo no puedo leerla— dijo Kate.

Gandalf asintió.

—La carta era mía, lo admito. Pero no te va a gustar lo que tengo que decir.

—¿Dónde está Colin?— preguntó Kate.

—Se ha ido a contemplar la cara del Mal— dijo Gandalf. —A ver a Hitler.

—Y mis hijos están con él— dijo Elrond.

—¿Hitler? Una broma estupenda. ¿Donde está realmente?— Kate los miró uno por uno, pero ni Elrond ni Legolas hicieron el más mínimo intento por contradecir a Gandalf.

—Se ha ido con los hijos de Elrond para ver a Hitler. Pero no es lo que tú crees. Colin no debía hablar con él. En realidad, todo lo que debía hacer era estar en un sitio donde pudiese verlo. Quizás en una audiencia. He oído que Hitler habla a menudo para miles de personas— dijo Gandalf .

Kate intentó encontrarle sentido a lo que Gandalf estaba diciendo, pero fue incapaz.

—¿Hitler? ¿Se ha ido a ver a Hitler?— Se repitió las palabras a sí misma, como sí al decirlas en voz alta la situación le fuese a parecer más real. Como si aquellas palabras fuesen a cobrar alguna clase de sentido. Pero no funcionó. Antes de que pudiera alcanzar alguna conclusión racional sonó el teléfono. Era su madre, pidiéndole que trajese algunas de las cosas de su padre al hospital. Colgó y comenzó a dirigirse a las escaleras.

—Espera— dijo Gandalf. —Todavía no hemos terminado aquí.

—Oh, sí que hemos terminado aquí— dijo Kate, con la voz destilando desprecio. Desapareció unos instantes y volvió con una pequeña bolsa llena con las pertenencias de su padre.

—Kate. Por favor, sentémonos y hablemos sobre ello— dijo Gandalf.

—¿Sentarme? ¿Quieres que me siente y hable sobre ello?— preguntó Kate. —No hay nada de lo que hablar. Obviamente, estáis todos locos. ¡Has enviado a mi hermano con dos personas locas a ver a Hitler!

—¡No le hablarás a Gandalf de esa manera! ¡Siéntate!— La voz de Elrond hizo eco por toda la casa.

Kate dio un respingo, sobresaltada al oír su voz autoritaria, y se lo quedó mirando con furia. Para sorpresa de Legolas y Gandalf, ella sostuvo la mirada de Elrond y no flaqueó. Se acercó a ellos y dijo:

—Habéis venido a mi casa como invitados. Me decís que mi hermano se ha ido en una misión sin sentido para ver a Hitler, por razones que no puedo entender y que no me importan . ¡Y tenéis el coraje de gritarme en mi propia casa!

—No tienes ni idea de quienes somos o por qué hemos venido aquí. No deberías ser tan rápida en juzgarnos hasta que hayas oído la historia entera— dijo Elrond .

—Tienes toda la razón. No sé quiénes sois. Y francamente, no me importa. Mi madre me está esperando— dijo ella.

Con aquellas palabras, cogió la bolsa y salió de la casa dando un portazo.

Elrond suspiró.

—Este asunto podría haberse manejado mejor.

—Ciertamente. Pero la consume el deseo de proteger a los que ama. No se da cuenta de que el papel que juegan ella y su hermano puede ser más importante que todas las decisiones de los grandes generales de su tiempo— dijo Gandalf .

Legolas era el único que no parecía muy preocupado por los eventos del día. Si acaso, una pequeña sonrisa de diversión se había extendido por su cara, porque no todos los días una muchacha joven, y mortal además, superaba a Elrond en un duelo de voluntades. Y ganaba. Miró por la ventana y observó a Kate caminar por la acera hasta que desapareció de la vista.