Capítulo 40: Esbozos del futuro.

Nikos ahogó un pequeño gruñido. Se había percatado de la presencia de Arles aquella mañana, merodeando por los campos de entrenamiento, y no había podido más que preocuparse. Desde donde estaba, buscó rápidamente en dirección al grupo de Milo, esperando encontrar allí a Naia. Sin embargo, la había observado lo suficiente las últimas fechas, como para ser tan optimista.

La amazona se escabullía en cuanto los entrenamientos terminaban, no sin antes echar un vistazo a Saga, que siempre estaba en la lejanía. Después, cuando Shaina y los demás tomaban su camino, el peliazul seguía el mismo que ella.

A ojos del santo de Orión, ambos eran un par de obvios, e imaginaba que si él se había dado cuenta de la rutina que llevaban, no habría pasado desapercibida para Arles. Eso le molestaba. Naia estaba en el ojo del huracán. Y Saga, el gran genio, no hacía nada por protegerla de aquel caos en que él mismo la había metido.

Se despidió rápidamente de Aldebarán, y echó a correr rumbo a la cabaña de su hermana. Con suerte, lograría interceptarla antes de que el geminiano rondase cerca.

Cuando llegó, llamó a la puerta, y la voz de la amazona, sonó del otro lado.

—Soy yo, Naia.

—¡Pasa! —No se lo pensó dos veces, y se adentró, cerrando la puerta tras de si. Fuera como fuera, había logrado llegar antes que el gemelo.

—¿Qué haces por aquí?—dijo ella, mientras se cambiaba de ropa.

—Hace días que no hablamos, enana. —Besó su pelo, recién cepillado.

—Sí… pero tampoco sucedió nada interesante. —"Más o menos", pensó.

—¿Vas a salir? —Naia solamente lo miró de soslayo, no era necesario responder. —Naia…

—¿Qué?

—¿Viste a Arles?

—Sí, sí que lo vi.

—¿Podrías…? —Sus ojos violeta, se clavaron en los suyos, con aquella mirada cansada que se traía a últimas fechas. Como si supiera exactamente lo que iba a decirle.

—¿Tener cuidado? —Nikos se sopló un mechón de su melena, y asintió. —Ya lo hago, Nikos.

El mayor guardó silencio. Naia podía decir cuanto quisiera, a sus ojos, nunca sería lo suficientemente cuidadosa. No mientras continuase con aquella historia destinada al fracaso.

Ella, sin embargo, se humedeció los labios y suspiró. Se colocó la máscara en su lugar, y volteó hacia la puerta.

—¿Quieres caminar un rato? —Saga tardaría unos minutos en volver de Géminis. Su rutina estaba perfectamente estudiada y aprendida.

—Claro. —Asintió . ¿A dónde vamos?

—Por ahí. —Abrió la puerta, y lo invitó a salir.

-X-

Apenas habían cruzado palabra, y a cada paso que daban, Naia podía sentir la mirada de su hermano sobre si. Transmitía aquella genuina preocupación, y la tan conocida sobreprotección de siempre. Le resultaba irritante, desde luego, pero en cierta manera, también le hacía sentir bien; le hacía sentir en casa, querida, en familia. Nikos siempre había sido así, y sabía bien que nunca cambiaría.

Sin embargo, sabía que si tenía que soportar otra charla más acerca de lo arriesgada que era su situación, era muy posible que terminara golpeándolo.

—Estoy preocupado—murmuró él, mientras sus pasos les alejaban del ruido de los caminos principales. "Y ahí vamos de nuevo", se dijo ella.

—¿Si? —La vio de nuevo, y asintió. Aquel tono de voz…

—¿Qué te pasa, Naia?

—Nada. —Pero mentía horrible.

—¿Nada? —Nikos se encogió de hombros. —Estás triste, silenciosa… y cuando hablas, tu voz suena… —Suspiró. —No suena a ti.

—Son tiempos difíciles, nada más. —Su hermano asintió.

Una corazonada le decía que debía preguntar si todo con Saga estaba bien, pero por nada del mundo haría tal cosa. No quería que ella sufriera, pero a pesar de que el tiempo había pasado, seguía pensando que lo mejor que podía sucederla era que la historia se rompiera. Y para eso, cuanto antes, mejor.

—¿Segura? —Naia asintió apenas perceptiblemente.

—Es solo que estoy un poco agobiada.

—¿Por qué?

—No sé—murmuró—. Bueno, Arles está rondando todo el día cerca. —No hacía falta que Nikos le dijera nada al respecto. —Me queda el consuelo de que si no ha dicho nada al maestro, es porque… —Alzó los hombros brevemente. —Porque no quiere que el Templo Papal termine explotando en una discusión.

—Bueno, mientras Shion siga siendo el Patriarca, su voz es su voluntad. No importa lo que alguien crea que puede imponerse. —Naia rodó los ojos. Alguien, no era un alguien cualquiera, era Saga.

—No estuviste ahí cuando volvimos de Jamir. —Dejó escapar una risilla nerviosa, y continuó. —¿Realmente creíste que el viejo iba a mandarles a ambos al calabozo? —Nikos alzó las cejas al escucharla, y una minúscula sonrisa curvó sus labios. —Oh, quita esa cara… —Le dio un codazo.

—No, la verdad que no lo hubiera imaginado. Pero oye… a grandes problemas, grandes soluciones.

—No quiero que vuelva a suceder.

—Entonces, se cuidadosa.

—Soy cuidadosa.

—¡No lo suficiente!

—Nikos…

—Es verdad, Naia. No es tu lugar, no tienes porque estar en el punto de mira del maestro. —En eso, estaba de acuerdo. —En todo caso, es Saga quien tiene que responder.

—Los dos nos saltamos las normas. —Nikos rodó los ojos. —Como cientos de personas más en el santuario, pero…

—Pero el resto no son él, y no son Kanon. Son problemas. No dudo que les quieras mucho… o les quisieras. —No tenía claro donde quedaba el menor en todo esto. —Pero son difíciles.

—La vigilancia de Arles se está estrechando.

—¡Con más razón entonces! —Suspiró.—¿Te das cuenta del punto al que has llegado? Exiliada, Naia. Solo porque él estaba de por medio. Además, mírate. Toda la vida corriendo tras él, ¿para qué? —La cuestionó. —No pareces feliz.

—Estoy asustada. —Y lo estaba, de muchas maneras diferentes. Nikos la miró fijamente, pero no dijo nada, como si esperase que ella continuara. —¿Has estado atento? ¿Has escuchado? ¿Has visto? —Giró sobre si misma, y con un gesto de sus manos, señaló al cielo ennegrecido. —Estamos al borde del abismo.

—¿De qué hablas?

—De que una guerra va a estallarnos en la cara. —Se sopló el flequillo. —Hace meses que llueve, que el frío hiela hasta los huesos. Es como si el sol se hubiera olvidado de Grecia. El mar está descontrolado, la tierra… —Por un segundo, sus ojos se humedecieron. —Ni tú ni yo hemos peleado una guerra, Nikos.

—Lo sé… —No había mucho más que decir. Para él, ese panorama tan oscuro, se planteaba como un futuro lejano, y casi inalcanzable. Después de todo, solamente eran santos de plata, y con los Doce, o trece, en el Santuario, ¿qué podía pasar?

—¿Sabes cuántas pelearon ellos? ¿Cuántas veces han muerto sin razón? —Nikos asintió. Sabía que sus pensamientos al respecto eran egoístas, pero… también tranquilizadores. —Demasiadas. Y lo peor de todo, es que no sabemos… no saben a dónde mirar. No saben de dónde procede la amenaza.

—Vamos… —Acarició su brazo con la yema de los dedos. —Tranquila.

—¡No estoy tranquila! ¡Todo es una mierda! ¡Y el viejo me está ahogando, no puedo…!

—¡Qué sorpresa! No esperaba visitas.

La voz de Saga, resonó en medio del claro. Sin darse cuenta, habían llegado exactamente al lugar acordado, dónde Saga y Aioros solían entrenar. El geminiano apoyado en el tronco de un viejo árbol, miraba de uno a otro de los hermanos, sin que ninguna emoción delatará su rostro. Habían pasado muchos años, y lo cierto era que desde que había vuelto a la vida, apenas se había cruzado con Nikos un par de veces. Pero su sola presencia lo disgustaba. Mucho.

—Ey…—murmuró ella, acercándose a su lado. Saga esbozó una minúscula sonrisa, pero no se movió.

—¿Qué pasa?

—Nada…—mintió de nuevo. Nikos chasqueó la lengua, y de modo inmediato, los ojos verdes del gemelo se clavaron en él.

—Está preocupada. Arles siempre está rondando.

—Lo he notado. —Sus ojos se habían cruzado en un par de ocasiones con el santo de Altair, mientras hacía sus rondas, y siempre le habían transmitido lo mismo: cautela, no hagas una idiotez.

—Deberíais tener más cuidado—masculló el santo de Orión.

—Agradezco tu preocupación. —Pero su voz, tan firme como siempre, sonó de todo menos sincera. Lo sabía, y tampoco se había molestado en que fuera de otro modo. —Pero Arles no debería ser la causa de ella.

—Lo eres tú.

Si algo tenía que reconocerle a Nikos, era su osadía. No importaba cuan imponente se viera o sonara, no importaba cuanto tiempo hubiera pasado desde aquel día en que le quemó la cara contra el suelo… más de veinte años atrás. Ni tampoco su pasado. Nada importaba para el Santo de Orión. Era, en todo el Santuario probablemente la única persona que no le tenía ningún respeto. Se atrevería a decir que no había dejado de verlo como un mocoso. Y era, cuanto menos, curioso.

Saga rompió a reír, y un gesto que el Santo de Orión no llegó a descifrar, se dibujó en rostro.

—¿Dónde has estado todo este tiempo, Nikos? Casi te extrañé.

—No bromeo.

—Lo sé—pronunció el par de monosílabos con una intensidad que logró que Naia se estremeciera. La amazona tomó su mano y tiró de ella con suavidad. Sabía que Saga nunca le haría nada, pero también era de sobra consciente de que Nikos podía ser muy… irritante. Más aún con él. No era necesario añadir más leña al fuego.

—La próxima vez, no importa cuanto patalees, el viejo no cederá. —Saga alzó las cejas.

—No sabía que estuvieras tan al tanto de mi relación con Shion.

—No lo estoy, pero… Es ella quién paga las consecuencias.

—Agradezco tu preocupación, pero es suficiente. —Nikos apretó los dientes, miró a Naia, y finalmente se resignó.

—Será mejor que me vaya.

—Si… Te veré luego. —Se despidió ella.

Saga no dijo nada. Solamente lo observó marchar, sin dejar escapar un solo detalle de su expresión corporal, que decía tantas cosas de Nikos.

Una vez estuvieron solos, Naia dejó escapar el aire que había contenido.

—No tienes por qué ser tan hostil con él. —Saga alzó las cejas.

—Es algo recíproco.

—Lo sé, pero Nikos es inofensivo y… —El peliazul, ladeó el rostro.

—Cierto, el peligroso soy yo.

—No te pongas irónico.

—No lo hago. —Naia calló. —No le gusto, nunca le he gustado. Pero me resulta curioso el modo en que se refiere a mi. Se dio cuenta de que ya no tengo nueve años, ¿verdad?

—Olvídalo.

—Sí… olvidado. —Se sopló el flequillo, y con un rápido movimiento, se deshizo de la máscara, robándola un beso; pero ella se sentía tan fría y tan carente de emoción, que… Saga se separó, mirándola bien. —¿Qué pasa?

—Solo estoy cansada. —El peliazul no dijo nada, y ella continuó. —Cada día que pasa es como una tortura. Arles solamente es la cabeza visible de los ojos del maestro. Hay muchas más miradas que andan buscando el momento de… —Negó con el rostro. —Es un poquito agotador… con tanta presión. ¿Es tanto pedir una relación normal?

Saga suspiró. Alejó las manos, dándose cuenta de que ella no respondería pronto a sus caricias. Después tragó saliva, pero cuando estuvo dispuesto a continuar, ella se adelantó.

—Además, siempre estás ocupado. Entre los entrenamientos, tu equipo, tu fascinación con el ordenador… Deltha. —Cuando pronunció su nombre, giró los ojos con fastidio.

Los ojos verdes del geminiano se entornaron. Entreabrió los labios, dispuesto a decir algo, pero nada escapó de ellos. ¿Qué podía decir? Era la primera vez en toda su vida, que había encontrado un hobby normal e inofensivo, algo que no incluyera aprender a como pegarle a alguien, o mil maneras diferentes de matar. Era una acusación un tanto injusta, y no la comprendía. Sin embargo, Naia lucía tan saturada, que no logró articular ningún argumento.

—Lo siento—murmuró apesadumbrado.

—Ya… no importa. — Pero importaba, Saga lo sabía. Y aquello comenzaba a sentirse como una losa sobra su cabeza.

—Pero… —Se encogió de hombros.— ¿Deltha?

—Es solo que no os entiendo; del ansia de venganza y el deseo de verte muerto, a esto.

—Bueno, mejor así…. ¿no? —Le parecía una mejora obvia y lógica, pero no estaba seguro de tener razón. El gesto impenetrable que la amazona le devolvía, le hacía dudar.— Naia… —Trato de atrapar su mano, pero la morena echó a andar.

Saga solamente atinó a observarla, boquiabierto, confuso, y con el corazón a punto de reventarle la sien.

-X-

Marin había hecho gala de su prudencia, y no había preguntado nada desde aquel día. Se había limitado a observar, y a continuar con su rutina de siempre. Cada día amanecía, desayunaba en el comedor de las amazonas, y temprano, entrenaba con Shaina antes de marchar con Orfeo y Aioria.

Sin embargo, sabía de sobra que por mucho que Shaina tratase de aparentar normalidad, algo había cambiado. Estaba un poco más callada, si; pero también se reía con más facilidad. Y sus miradas. Sobre todo sus miradas. No podía verlas la mayor parte del tiempo, pero podía sentirla, y si era discreta y seguía la dirección de su máscara, al fondo siempre encontraba la melena azul de Milo.

Así que, aquella mañana se había armado de valor. Había pensado mucho en todo lo que habían vivido. Tantísimos malos momentos que las habían separado y que habían hecho de su vida, especialmente en su caso, un infierno. Pero también, todo lo bueno que había nacido a raíz de una guerra. La amistad que había surgido, y que hacía que el día a día fuera más fácil.

Marin era una chica fácil de tratar, siempre amable, y que se llevaba bien con todo el mundo. Pero también era una amazona, una que había sobrevivido a los años oscuros, y por tanto, desconfiada. Eso era lo que las diferenciaba de las demás. Le costaba abrirse al mundo, aunque cuando lo hacía, lo hacía sin reservas. Shaina era un caso más extremo, más difícil. Mucho más dura, mucho más fría, o al menos eso aparentaba. Marin había descubierto que no era así.

La había visto llorar en la intimidad, había entendido su dolor sin siquiera hacer una pregunta, y también había sido testigo del modo en que Shaina rápidamente había secado sus lágrimas, al ver su rostro compungido. Ella también extrañaba a Seiya, aunque de un modo muy diferente. Quizá eran todas esas cosas que tenían en común lo que le hacía más fácil relacionarse con la Cobra.

Aioria siempre le decía que tenía mucho mérito por ello. Ella solamente pensaba que tenía una gran capacidad para perdonar, y que todos podían cambiar, exactamente igual que él y los Doce. Shaina tenía muchos defectos, muchísimos y enormes, pero era una buena chica. Solo hacia falta que esas virtudes se mostraran más a menudo. Confiaba en que Milo fuera la solución.

Y ahí estaba, esperando que la peliverde saliera de la ducha, con un plato caliente esperándole en la mesa de la cabaña que compartían. Repitiéndose su discurso una y otra vez en la cabeza.

—¿Has cocinado? —La voz de la italiana, la sobresaltó. Ella solamente asintió.

—Sí, me apeteció, y pensé que quizá te gustaría.

—Tiene buena pinta. —Se sentó en la otra silla, mirándola de soslayo. Shaina era magnífica con la intuición, Marin lo sabía. —¿Qué pasa?

—Hay algo que llevo días pensando y que querría preguntar.

Shaina la miró con aquel rostro angelical e infantil, buscando sus ojos azules. Cuando los encontró, mantuvo la mirada unos segundos, hasta que un rubor inesperado coloreó sus mejillas.

—Sí—musitó.

—¿Sí, qué?—preguntó la japonesa, ladeando el rostro.

—Milo.

Marin no dijo nada. Guardó silencio unos segundos más, y finalmente, una sonrisa dulce adornó sus labios.

—¿Es en serio?—preguntó al fin.

—Es… —Shaina se encogió de hombros, pero el rubor no hizo más que aumentar. Rápidamente, retiró la mirada. —No sé cómo definirlo.

—¿Qué pasó? —Shaina suspiró. No era una mujer de confidencias, y podía notarse solamente en lo atenazado que se notaba su cuerpo. Marin dejó escapar una risilla divertida.

—¿De qué te ríes?

—De nada, de nada.

—¡Águila!—espetó, con la dureza característica de su voz, pero lejos de amedrentar al Águila, Marín rió aún con más fuerza—. No seas estúpida…

—No lo soy.

—¡Pues deja de reírte!

—El rubor te sienta bien, ¿sabes? —Shaina frunció el ceño.— Te hace parecer más humana.

—Te estás divirtiendo.

—Un poco. —Amplió la sonrisa, y se atrevió a acariciar su mano. Se observó a si misma haciéndolo, y cayó en la cuenta de que jamás habían compartido aquella cercanía o complicidad. —Pero ¿sabes qué?

—¿Qué?

—Sea lo que sea, creo que es bueno. Y me gusta.

—¿Tú crees? —La dureza de su rostro desapareció, y la duda y el nerviosismo, tiñó su mirada. —Milo es…

—Sé lo que es, pero… también sé que es un chico excelente. —Shaina parecía hipnotizada observando sus manos unidas. —Y si realmente te gusta…

—Me besó. El otro día. —Marin alzó las cejas y se hizo la loca. —Después de que me marchara, me quitó la máscara, y me besó. ¡Y no hice nada por evitarlo!

—¿Quisieras haberlo evitado?

—No, creo que no—respondió Shaina después de pensarlo unos segundos—. Es solo que no sé que cómo… no sé qué hacer, o qué espera de mi.

—Creo que no deberías preocuparte por eso. ¿Has vuelto a verlo? —Shaina asintió. —¿Y? —El rojo de sus mejillas se acentuó aún más si era posible, e internamente, Marin ensanchó su sonrisa.

—Y… —Se encogió de hombros. —Fue bien. Muy bien. Es… engreído, y coqueto. —Shaina rodó los ojos al decirlo. —Pero también es sorprendentemente dulce, y divertido.

—Y leal, y noble.

—Si, creo que también.

—Entonces, olvídate de los miedos. Quizá nosotras no morimos, pero también vivimos una nueva vida. Merecemos un poco de felicidad. Mereces un poco de felicidad después de todo.

—Quizá, pero no quiero que la gente hable, no quiero ser como…

—Ni lo digas. —Sabía que el nombre de Naiara o de Deltha seguiría a la frase, y no quería oírlo. —Será divertido.

—¿Divertido?

—Aja. Te has burlado toda la vida a costa de mi Dorado. Ahora te conseguiste el tuyo propio.

—Idiota.

La risa de Marin inundó la habitación, y Shaina se sorprendió imitando su gesto tímidamente. Realmente, las cosas habían cambiado. Nunca lo hubiera imaginado.

-X-

Llevaba un rato esperando cerca del camino. Aioros no tenía idea de por qué había decidido esperar ahí, como si fuera una emboscada, en vez de ir directamente al encuentro de Deltha. Pero ahí estaba.

La amazona aparecería en cualquier momento. Aquel era el camino que tomaba a casa, después de terminar los entrenamientos. Así que, tarde o temprano, la vería llegar.

Por fin, la vio aparecer. No fue a su encuentro, sino que esperó en su sitio a por ella. Ondeó la mano para que pudiera verle y así fue. Tan pronto Deltha reparó en su presencia, apuró el paso. Trotó hasta donde él y, cuando lo tuvo cerca, lo abrazó.

—¿Qué haces aquí?—cuestionó ella.

—Pensaba que podríamos hablar un poquito.

—Oh. —Pero, por el tono de voz del santo, la amazona supo que tal vez no sería la mejor de las pláticas. —¿Sobre qué?

—Hay algo que me tiene inquieto y pensé que… deberías discutirlo.

—Vale. Dispara, arquero. —Le guiñó el ojo.

Un suspiro de Aioros confirmó sus sospechas. El santo tenía la particularidad de ser transparente y los problemas se reflejaban con claridad en sus ojos azules.

También notó cierta inseguridad en él, como si midiera con cuidado sus palabras. Dicha dubitación le resultó curiosa, pues desde que retomaran su relación, la confianza del castaño hacia ella había sido absoluta. Eran pocas las cosas que no le contaba y, por difíciles que fueran sus palabras, era capaz de decirlas como venían, sin nada de que preocuparse. No era ese el caso en aquel momento.

—¿Aioros? Puedes decirme—insistió.

—Ya voy, ya voy. —Sopló sus flequillos y se dispuso a hablar. —El asunto con Saga…

—¿Saga? ¿Qué hay con él?

—Eso es lo que yo debería preguntar. ¿Qué es todo eso entre vosotros?

Deltha abrió los labios, pero no respondió de inmediato. Se limitó a mirarle con extrañeza, como si no terminara de comprender su pregunta.

—Saga y yo nos llevamos mejor ahora—dijo—. Hemos redescubierto que somos amigos.

—Sí, sí, eso lo entiendo. Pero, ¿qué hay con el jueguito entre los dos? Vuestras conversaciones sobre temas íntimos son… —Expresó el resto de la oración con una mueca embarazosa.

—¡Ah, eso! —La amazona de Apus ahogó una risilla torpe, pero al reparar en el ceño fruncido de Aioros, trato de ponerse seria. —A ver…

Deltha le tomó la mano y tiró de él, hasta arrastrarlo a un sitio más privado, donde pudieran hablar sin testigos, ni intromisiones.

Mientras, arrastrando los pies, Aioros se dejó llevar. Esa conversación no le emocionaba en lo más mínimo. Sin embargo, creía fervientemente que era un tema que los dos tenían que saldar a como diera lugar, porque comenzaba a metérsele en la cabeza y eso era lo último que desea.

Se detuvieron unos metros más allá del camino, donde las formaciones rocosas creaban una entrada. Una vez ahí, se retiró la máscara. Quería que él viera en sus ojos que no mentía.

—Hablemos de esto, cielo—suspiró—. Lo que tienes que entender es que, entre Saga y yo, no hay nada más que una buena amistad, que crece y se fortalece. Jamás te haríamos daño… os haríamos daño—se corrigió—, a Naia y a ti. Porque os adoramos.

—Lo que no entiendo es por qué tenéis que hablar de esas cosas, como si se tratara del clima.

—Porque es divertido. —Una sonrisa traviesa iluminó los labios de la amazona, que se difuminó rápidamente al no ser correspondida. Su lugar fue tomado, primero por una mueca nerviosa y después, por un gesto provocador. —Escucha, tú y yo somos magníficos practicando perversiones, pero tienes que aceptarlo: detestas hablar de ello. Con Saga, es exactamente al revés. No tiene reparo para hablar de sexo, pero está completamente fuera de lugar que hagamos algo más que hablarlo. Él y yo sabemos eso.

—Sigue siendo incómodo.

—Lo es porque no lo entiendes.

—¡Claro que no lo entiendo!—exclamó también, ligeramente frustrado—. Cuando estáis juntos, solos o acompañados, pasáis el rato intercambiando experiencias… ¡o peor aún! Provocándoos mutuamente. El asunto del gemido, Deltha, es desconcertante.

La pelipúrpura lo observó por un par de segundos, con ese par de ojos marrones bien abiertos y pestañeando un par de veces, con cierta incredulidad. Su objetivo era incomodar a Saga, pero no se había detenido a reparar en otras reacciones.

Lo cierto era que, para ella, era un entretenimiento de lo más divertido y que, a pesar de la travesura implícita, resultaba de lo más inocente.

—¡Eso es una broma! —Rió. La expresión de fastidio en el rostro de Aioros, la obligó a explayarse. —Creo que conoces el tamaño del ego de Saga. Ya sabes, cuando se lo propone, el hombre simplemente es superior al resto.

—¿Y eso qué?

—Durante nuestro viaje hasta Jamir, descubrí que el Señor Ego no es tan seguro como parece. Hay que cosas que lo descontrolan y que lo ponen incómodo.

—¿Cómo un gemido de mujer? —Aioros rodó los ojos. —Estás siendo ingenua. No tengo detalles, pero hasta donde sé, Saga esta muy acostumbrado a esas muestra de… satisfacción femenina. —Se sopló el flequillo. Pensó que era más sencillo haber dicho que el geminiano era un golfo.

—No estoy hablando del gemido en sí. Sé de sobra que ha escuchado miles de esos en su larga vida de perversión. —Vio al santo entrecerrar los ojos y eso la hizo sonreír con picardía. —Pero, las chicas con iniciativa y que toman el control le asustan.

La explicación dejó al castaño más confundido de lo que estaba. Empezaba a considerar que, tal vez, el único ahí con sentido común era él, porque nada de lo Deltha dijera o explicara, terminaba de encajar en cualquier lógica.

—¿Has pensando que en realidad no son las chicas así las que le asustan, sino que seas precisamente tú la que le provoca?

—Bah. Lo que importa, es que le gano. No puede contra mí, soy su punto débil. —Se plantó, orgullosa.

—Pues no me interesa que quieras convertirte en su kriptonita, Deltha.

—¡Por los dioses! —La amazona exclamó, divertida. —¡Una referencia actual al mundo de los cómics! ¡Por fin! Tantas horas de plática irrelevante y fangirlista han funcionado. Me siento orgullosa de ti, arquero. —Quiso colgarse de su cuello y acercarlo para robarle un beso, pero Aioros se resistió.

—¡Estás cambiando el tema! —Se cruzó de brazos y giró el rostro, lejos de ella. Su rechazo hizo que Deltha se desconcertara. Pero después, que se planteara enfrentar la situación con seriedad.

—¡Ey! Mírame. —Le tomó de la mandíbula con la mano y volvió a girarle el rostro, para obligarlo a verla de frente. —Lo creas o no, solo quiero ayudarlo—dijo con firmeza—. Sabes bien que, desde el principio, para Saga, esta nueva vida jamás se ha sentido como un premio, ni como una segunda oportunidad. Para él, como para ti, todo ha sido más difícil. Y ahora, por primera vez, se está dando la oportunidad de disfrutar este bizarro obsequio. —Por un breve instante, el santo de Sagitario apartó la mirada, y ella supo que no podía negarle la razón. —Por primera vez en su vida, se ha enamorado; y el amor es precioso, pero a veces también duele. Él lo está descubriendo en carne propia. No lo tiene fácil, y a pesar de todo, se esfuerza porque funcione. Yo quiero ayudarlo; quiero que no se rinda, quiero que luche por un poquito de felicidad, quiero que la disfrute, quiero… que ría hasta ahogarse con su propia risa. Saga piensa las cosas demasiado y, a veces, solo necesita darle un descanso a esa compleja mente suya. ¿Cuándo fue la última vez que lo viste reír así, hasta las lágrimas? ¿Eh?

—No lo recuerdo…—masculló el castaño.

—Pues yo sí—afirmó Deltha—-. Desde que empezamos con este aparente sinsentido, lo he visto llorar y doblarse de risa más veces de las que le vi en todo el resto de su vida. Y no se trata solo de las carcajadas, sino también de esas ganas de vivir a pesar de las dificultades. Así que, si tengo que molestarlo más seguido y dejarme molestar, para mantenerlo en una pieza, puedes apostar a que lo haré… porque es mi amigo y le quiero. —Hizo una pausa y, con suavidad, acarició los tirabuzones descuidados que caían sobre la frente de Aioros. —Eso es lo que quiero que veas y entiendas. Se ve como un juego tonto, pero de algún modo incompresible, funciona.

El santo apretó los labios y retuvo momentáneamente el aliento, para después soltarlo con suavidad. Había una parte de verdad en todo lo que la pelipúrpura decía, que él no podía negar.

Sin embargo, también estaba aquella voz que seguía recordándole lo molesta de la situación en la que estaban atrapado. No tenía ganas de resignarse ante una situación que, francamente, no tenía idea de cómo sobrellevar. Tal vez era egoísta de su parte, pero no le gustaba del todo el modo en que las cosas se daban.

—No estoy convencido de esto—masculló, tras una pausa eterna—. Pero puedo intentarlo.

—No hay nada de que preocuparte, cielo.

—Te creo. —Deltha le acarició la mejilla con suavidad.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Por qué no vienes a la cabaña un rato?—cuestionó la amazona con picardía. Rodeó su cuello con los brazos y tiró de él, al mismo tiempo que se ponía de puntas, para alcanzar a besar su boca. —Podemos aprovechar el tiempo libre.

Aioros, sin embargo, negó con suavidad. Se escapó sutilmente del abrazo y le besó la frente.

—Ahora no puedo. Tengo algunas cosas que hacer. —En gran parte, era una mentira. —Pero, ¿te veo más tarde?

—Iré a buscarte si es necesario. —La amazona asintió y él imitó el gesto.

De despidieron con un beso fugaz y, sin perder tiempo, Aioros tomó rumbo con destino desconocido. Probablemente terminaría el pueblo o en los alrededores.

—Oye, arquero—llamó ella, cuando se hubo alejado algunos metros. El santo volteó y la encontró sonriendo. —Te quiero.

-X-

—Mucho mejor, Nachi. —La voz suave y fría de Camus, sorprendió al joven lobo, que asintió con cierta timidez. —Tómate un descanso hoy.

Sus ojos negros, buscaron a Máscara Mortal, que junto al francés se limitó a asentir. Nachi agradeció con la mirada, y rápidamente desapareció de su vista.

—Ha sido menos catastrófico que de costumbre—murmuró Ángelo.

—No olvides que el chico realmente quiere mejorar. —El peliazul asintió. —Puede que sea torpe, o que sus habilidades no estén nada desarrolladas, pero eso no significa que no vayan a estarlo que esté menos comprometido que los demás con su trabajo. Anímalo por sus logros, por pequeños que sean. Le subirá la moral.

—¿Entrenar al Patito de las Nieves fue tan difícil?

—Lo fue. —Un dejo de tristeza coloreó el rostro de Camus, y el italiano se maldijo inmediatamente por sacar aquel asunto a relucir. —Hyoga era un niño, y yo no era un completo incompetente como el viejo Lobo. —Que en paz descansará, pero por Athena, si volvía a resucitar, jamás entrenaría a nadie. ¡Él se encargaría! —Al menos le enseñé unas cuantas cosas, y Crystal ayudó. Los problemas de Hyoga eran otros muy distintos. —"Y enormes", pensó.

—Se te dan bien los críos. —Camus se encogió de hombros.

—Amplia experiencia—intercedió Milo.

—Contigo, bicho—acotó Aioria, burlón.

—Pero suficiente. —Lo cierto era que molestar a Milo, era una tarea prácticamente imposible.

—Solamente tienes que tener un poco de paciencia. Nachi es nuevo en el santuario, y todos aquí deben hacerle sentir un incompetente. —Ángelo nunca sabría como lo hacía, pero cada vez que Camus hablaba, uno prestaba atención inevitablemente. —Pero tú también eres nuevo en esto. —El italiano alzó las cejas. —Nunca antes tuviste la responsabilidad de enseñar a nadie. Los dos tenéis que aprender con el otro, míralo de ese modo.

—Supongo que si.

—Todo es mejor que compararte con Kanon. —Los ojos verdes de Aioria, contemplaban a Cassios y los demás en la lejanía.

—Es solo que Jabú…

—¿Qué pasa con el unicornio? —Quiso saber Milo.

—No era mejor que él, pero míralo ahora…

—Bueno, cangrejo, creo que tú mejor que nadie, debería saber que en ese equipo concretamente, algo tiene que pegarse. —Y era cierto, conocía de sobra a los otros tres componentes, habían formado parte del mismo bando. —Por no mencionar que, o aprende, o muere. Además, tuvo que salir a una misión, que al parecer no fue demasiado agradable.

—¡Bah!—exclamó Milo—. Nadie aquí se quejaría si lo enviasen con Saga y Aioros de excursión. Más bien, al contrario.

—Uno querría hacerlo bien en esa situación—continuó el felino—. Además, Saga nunca dejaría que al mocoso le sucediera algo malo.

—O al menos, no muy malo. —Máscara miraba de Milo a Aioria alternativamente, mientras hablaban. —La princesa moriría de pena si Jabú sufriera más de lo necesario.

—Es su responsabilidad. —Camus siguió con la explicación. —Su incompetencia no hace que sea menos en tu equipo. Y como líder que eres, ellos son tu responsabilidad. Tanto Giste como Nachi. No tenéis que llevaros bien, pero has de cuidar sus espaldas en caso de ser necesario, y darles las herramientas para que puedan cuidarse solos.

—Fácil de decir.

—Sí, pero es así. Escucha… —Su mirada turquesa se clavó en la suya. —Pronto pelearemos una guerra. No tiene sentido pensar que no sucederá, porque… —Se encogió de hombros. —Y es la primera vez que nuestro ejército está más o menos completo. No estamos nosotros solos. No estamos divididos. Cuando llegue el momento, cada uno tendrá una función, y no será ser simple carne de cañón. Debe ser algo más si queremos sobrevivir.

—Por cosas como esta, siempre estoy cerca de Camus. —Milo sonrió. —Se pone tan serio y catastrofista que tengo que estar yo ahí para aligerar el ambiente. —Se puso en pie de un salto, y se desperezó como un felino. —Vamos, entrena conmigo un rato.

—¿Quién? ¿Yo? —Ángelo sonaba tan extrañado, que Milo rompió a reír.

—Se lo pediría a Aioria, pero es la hora de visitar a Marin, así que no sucederá. ¿Te doy miedo, Cangrejo?

Las cejas del italiano se alzaron de un modo tan cómico, que Aioria rompió a reír, y una sonrisa se dibujó en el rostro de Camus. Sin embargo, si algo sabía el italiano, era que Milo era la persona perfecta para ayudar a cualquiera a encontrar su lugar, a encajar. Era un genio relajando el ambiente, y haciendo sonreír.

—De acuerdo. —Ángelo lo siguió. Él también sabía todas esas cosas, pero estaba tan poco acostumbrado a su compañía que se sentía como un pez fuera del agua. Deseaba por todos los medios encajar, deseaba encajar en ese equipo que formaban, y no pensaba dejar escapar la mano que Milo le tendía.

-X-

Aioros se sentía contrariado. Durante su conversación con Deltha, se aseguró de sentirse satisfecho con sus respuestas, pero no era así.

No tenía la menor idea del porque se sentía de ese modo, pues él mismo era incapaz de definir sus emociones en aquel instante. Su relación con la amazona era uno de los pocos aspectos seguros en su vida. Pero, de pronto, el terreno que pisaba se volvía inestable y comenzaba a asustarle.

Se repitió una y otra vez que estaba exagerando. Carecía de razones justas para dudar tanto de Deltha como de Saga. Los quería a ambos y, en tiempos pasados, había deseado que se llevaran mejor. Pues bien, su deseo ahora era una realidad… y poco entendía de por qué le contrariaba tan de pronto. Se suponía que era algo agradable, algo de lo que debía disfrutar. En cambio, vagaba por el pueblo, rabiando sin motivos.

Culpó de su mal genio al insomnio. Las últimas semanas habían sido complicadas a causa de las pesadillas. El mismo sueño se repetía noche tras noche, despertándole en medio de un baño de sudor frío y convulsionado por el pánico.

—Estás quedando idiota, Aioros—masculló para sí mismo, mientras pasaba los dedos por sus rizos despeinados.

Cerró la boca cuando se dio cuenta que había alcanzado la plaza de Rodorio y que, como siempre sucedía cada vez que descendía hasta ahí, tenía encima más miradas de las que pudiera manejar.

Era curioso, pues antes de su muerte, la atención que recibía jamás le había parecido molesta. Pero después de la resurrección, los ojos que seguían cada uno de sus movimientos le incomodaban. Le agradaban las sonrisas que recibía; eso también era cierto. Sin embargo, adaptarse a esa nueva vida, en una etapa tan diferente a la que había dejado, resultaba más difícil cuando estaba constantemente expuesto a un escrutinio absoluto.

Oteó por los alrededores en busca de algún conocido, pero no encontró a nadie. Ni siquiera sabía por qué había llegado al pueblo.

Sin embargo, en su búsqueda encontró un sitio familiar, al que siempre se sentía feliz de volver y que toda la vida le había arrancado sonrisas. El lugarcillo de Aletia, donde se preparaban los helados más ricos del pueblo, estaba a tan solo un par de pasos de él. Quizás era buena idea prestar una visita.

-X-

Saga había llegado al coliseo apenas cinco minutos antes de que Ángelo y Milo dieran por zanjado su entrenamiento. No había perdido detalle alguno, y había sacado muchas conclusiones de aquella situación. Sin embargo, cuando logró escuchar la escandalosa risa del Escorpión, y contempló el modo en que Milo palmeaba la espalda del italiano, ladeó el rostro con interés.

Pronto, ambos lo alcanzaron.

—¿Qué haces ahí solo? ¿El arquero pidió el divorcio, Saga? —Rodó los ojos.

—Perdido en combate. —Caminó a su lado, y sus ojos verdes, volaron rápidamente a Ángelo. —Ese fue un buen entrenamiento.

—Tengo veneno de escorpión en el culo—gruñó—. Pero no estuvo mal.

—Le enseñaba al cangrejo a socializar. Hay grandes problemas en ese ámbito en las Doce Casas. Es un drama.

—Sí, sé lo que me dices.

—Aunque Aioros y tú seguís lideres en el ranking de antisociabilidad.

—Oye, nos esforzamos lo mejor que podemos.

—Ya, ya… —Milo vio de Saga a Máscara, y aprovechó la ocasión para echarle una un cable al cangrejo. —Entonces, ¿le das el aprobado al entrenamiento, Saga?

—Aprobado, aprobado.

—Camus, Gato y yo estuvimos compartiendo nuestra amplia sabiduría con Ángelo.

—Estuvo bastante bien, al menos Nachi no huyó despavorido. Aunque creo que lo correcto sería decir que Camus compartía su sabiduría.

—¡Calla! Creo que, oficialmente, lo hemos adoptado. —Pasó un brazo sobre los hombros de Máscara Mortal, y Saga no pudo evitar esbozar una sonrisa al sentir al de Cáncer tan fuera de lugar. Al parecer era un mal más habitual de lo que les gustaría.

—Creo que Nachi…—empezó Saga. Apenas escuchó a Saga, Ángelo buscó su rostro. A Milo no le había pasado desapercibido el modo en que el cangrejo intentaba redimirse y agradarle, había notado lo importante que era para él la aprobación del geminiano. —Creo que solamente tienes que protegerle un poco más. Giste se basta y se sobra por si misma, pero es del tipo de amazona que disfruta viendo morder el polvo a los demás. Si le dejas pasar mucho tiempo con ella, se lo comerá vivo. Ocúpate tú de él. Ella puede entrenar de modo más intenso con las amazonas, y tú con nosotros.

—Suena como un buen consejo—musitó el italiano, sin quitarse de la cabeza ese "nosotros". Saga solo asintió, mirándolo de soslayo. —Gracias.

—No es nada…

—Todo consejo es bienvenido. —Ángelo suspiró. —De todas formas, creo que os dejo solos. Quisiera ir a vigilar que la florecita viva, hace horas que no lo veo.

—¡Hasta mañana!

Tan pronto Milo se despidió, Ángelo se marchó. Saga lo observó alejarse en silencio, hasta que la voz del menor lo interrumpió.

—Se está esforzando de verdad.

—Eso veo.

—Es un Cangrejo diferente al que conocimos, ciertamente. —Sus miradas se cruzaron por un momento. Si Saga tenía la certeza de algo, era que un elogio de Milo, valía mucho. Muchísimo. Y era digno de tener en cuenta. —¿Cómo te fue a ti? Apenas te dejaste ver un ratito en el coliseo…

—Sin mayor novedad.

—¿Y Caelum?

—¿Por qué la pregunta?

—Anda un poco huraña últimamente, mucho menos divertida que de costumbre.

—Sí… sé de que me hablas—murmuró, con tanta suavidad, que Milo se sorprendió.

—¿Todo bien?

—Podría preguntarte lo mismo. —Una sonrisa coqueta adornó el rostro del más joven.

—Maravillosamente bien, Saga. —Ignoró el modo en que el mayor había esquivado la pregunta.

—Eso he oído.

—Solo… hay algo que quisiera aclarar.

—Soy todo oídos.

—Shaina… No es un juego, ¿de acuerdo? —Saga alzó una ceja. No le sorprendía, pero tampoco esperaba una declaración así. —Hace tiempo que intentaba… solo que cuando vinisteis a verme, me resultó muy oportuno. Querría que funcionara.

—Suerte entonces.

—¿Crees que lo haga?

—¿Me consideras capacitado para dar consejos o previsiones amorosas, Milo?

—No—respondió después de pensarlo unos segundos—. Lo cierto es que no. —Después, la mano de Saga se estrelló contra su nuca, y él solo atinó a reír.

-X-

La vida en Rodorio era lenta y rutinaria; nunca nadie tenía prisa y pocas cosas salían de la normalidad. Era un vida terriblemente pesada para alguien como Loxia. Sin embargo, el hombre tenía una misión definida, ejecutada con éxito hasta ese punto.

Había conseguido mezclarse con los aldeanos sin ningún problema. Formaba parte de ellos, y por lo tanto, era invisible para los ojos que buscaban con sospecha. Nadie lo veía como una amenaza, ni tampoco tenía motivos para desconfiar de él. Aunque distante, era un hombre servicial y trabajador, que llegó ahí en busca de una vida tranquila y la había encontrado. Rodorio tenía esa particularidad: aceptaba a aquellos hombres de buena voluntad con los brazos abiertos. Y, en lo que respectaba a todos, Loxia era uno de ellos.

Pero, habiendo completado la primera parte de su estrategia, era momento de poner la maquinaria en marcha.

Inmiscuido en la vida del Santuario, había explorado cada recoveco de las relaciones e historias que se tejían entre la Orden Ateniense, prestando especial atención a aquellas que marcaban el paso en los niveles más altos del ejército enemigos. Los santos dorados eran las criaturas más interesantes que había tenido la oportunidad de estudiar.

Eran tan poderosos como frágiles y predecibles. Resultaba increíble que sus puntos débiles estuvieran a la vista de cualquiera y que fueran tan fáciles de explotar.

Ahora que los conocía, Loxia tenía todas las ventajas que necesitaba a su favor. Su principal habilidad era, sin lugar a dudas, la mejor arma para herir a aquella Orden desprevenida. Él jugaba con la mente y también con el futuro. Revelaba todo lo que el tiempo traería, del mismo modo en que mostraba aquello que él quería que los demás supieran.

-X-

Con su cono de helado en mano, Aioros se sentó en el borde de la fuente, a mitad de la plaza. El pequeño mercado, en una esquina de la plaza, comenzaba a retirarse. Era el momento del día en que todo, absolutamente todo, estaba a remate. Los comerciantes preferían volver a casa cargando monedas, que cargando sobras.

Mientras observaba las discusiones de regateo, se sintió entretenido. Estaba tan ensimismado en observar y en comer helado, que no notó el instante en que uno niño se sentó a su lado.

Solo reparó en su presencia cuando la insistencia de su mirada le hizo voltear. Sonrió torpemente ante el modo, casi embelesado, en que el pequeño le contemplaba.

—Sé quien eres—dijo el niño. La mirada de Aioros se tiñó de curiosidad. No era mayor que los chiquillos a los que cuidaba cada día. Si algo, quizás más pequeño de los que estaba acostumbrado a tratar. —Eres el Santo Dorado de Sagitario. Papá dice que eres un héroe.

—Oh. —El arquero asintió. Nunca se acostumbraría a la leyenda que se había tejido alrededor de su nombre. —Mi nombre es Aioros. ¿Cuál es el tuyo?

—Yanni.

—¿Sabes, Yanni? Hay muchos héroes por aquí.

—¿Además de ti? —El castaño soltó una carcajada.

—Además de mi, sí. Tú también puedes ser un héroe si quieres.

—¡¿Cómo?!

—Pues… solo hay que estar atento y ayudar a quien lo necesite.

—Eso suena muy fácil.

—Bueno, no siempre lo es. —Le guiñó un ojo. Después, sin borrar la sonrisa de su rostro, rebuscó en sus bolsillos para sacar algunas chocolatinas y un par de monedas. Era inevitable que saliera de casa sin llevar golosinas consigo. Era un vicio; una indulgencia propia. En sus bolsillos siempre había algo dulce para comer. —¿Quieres un dulce?

—¿Puedo quedarme con las monedas también? —Ante el desparpajo del niño, el arquero alzó las cejas. Unos segundos después, volvió a soltar una carcajada.

—Solo si prometes algo.

—¿El qué?

—Que las usarás para comprarte un helado.

—¡Hecho!

Sin que se lo dijeran dos veces, Yanni tomó las monedas y las golosinas de un manotazo. Su boca dibujó una enorme sonrisa de agradecimiento hacia el Santo, que mostraba algunos dientes torcidos y una que otra pieza faltante. Brincoteó con alegría antes de contar su ganancia.

La ilusión en su rostro resultó relajante para Aioros. Que un gesto tan pequeño desbordara en una alegría tan sincera, le era reconfortante.

—Anda, ve. Ese helado está esperando por ti.

—¡Muchas gracias! —Ondeó la mano en el aire y se marchó a toda prisa de ahí.

Aioros lo vio marchar, hasta que desapareció tras la puerta de la heladería. Rió por lo bajo ante el derroche de felicidad y volvió a centrarse en su propio postre.

Pero, de la nada y sin previo aviso, el mundo se le desdibujó. La piel se le erizó y palideció repentinamente. Sus manos comenzaron a temblar tanto, que el helado escapó de ellas y cayó al piso. Todo sentido de placer se le escapó de las manos, mientras una tras otra, una serie de imágenes se reproducían en su cabeza.

Lo primero que vio fue sangre; sangre por doquier, sangre propia y ajena. Vio decenas de cuerpos a su alrededor y vio a aquellos que sobrevivían abriéndose paso por encima de los caídos. Presenció el terror en sus rostros y también el dolor.

A lo lejos, vio el Santuario ardiendo. Los cuerpos desechos y las armaduras rotas de sus compañeros de Orden pavimentaban las escaleras hasta el templo principal. La estatua de Athena yacía en el suelo, convertida en escombros, y a sus pies, la sangre de la diosa corría sobre una derrotada Niké. La hermosa melena lila de la joven Athena se había teñido de carmesí y su cuerpo, frágil y pequeño, mostraba las señales propias del fracaso.

Y fue justo entonces cuando vio de frente al culpable de la masacre. La lanza empapada en sangre, los ojos inyectados en locura y aquella sonrisa diabólica que Aioros jamás podría olvidar.

Ares.

Ares… en el cuerpo de Saga.

Se llevó las manos al rostro y apretó sus ojos, como si así pudiera detener las visiones que proveían directamente de su mente. La cabeza le dolía, como una punzada directa a su cerebro.

Habían sido solo un par de segundos, pero bastaron para el corazón se le desbocara y el miedo le cortara el aliento.

—¿Qué te pasa, arquero? ¿Se te ha congelado el cerebro? —Oyó la voz de Kanon, a pesar de que sus sentidos estaban perturbados. Levantó los ojos para encontrarse con sus ojos verdes, curiosos y a la vez, burlescos.

—No… no es nada. Es que… —Se llevó la mano a la cabeza y sobó sus propios rizos. Pero, conforme el dolor y la adrenalina se aplacaban, reaccionó y cayó en cuenta de un detalle que el pánico le había impedido notar. —¡Maldición!—gruñó. Se puso de pie con un brinco y escudriñó a su alrededor. Como sus ojos no encontraron respuestas, usó su cosmos para buscarlas.

—Oye, oye… En serio, ¿qué demonios pasa contigo? ¿Estás bebido? ¿Te has intoxicado con helado?

—Cierra el pico y dime si notas algo extraño.

—¿Además de a ti?

—Un cosmos, Kanon. Alguien ajeno.

La actitud del arquero no le gustó en lo más mínimo, pero a pesar de todo, obedeció. Después de todo, no era común ver a Aioros en plena histeria.

Buscó con su cosmos en busca de cualquier energía extraña, pero su búsqueda fue infructífera. Nada en los alrededores se antojaba sospechoso. En lo que a Rodorio respectaba, nada ni nadie estaba fuera de sitio.

Contrariado, regresó su atención al arquero. Quizás el idiota solo quería engañarlo.

—No hay nada aquí—ladró.

—Tiene que haberlo.

—Pues busca cuanto quieras, pero no encontrarás nada. —Encogió los hombros. —Además, ¿qué estamos buscando exactamente? ¿Por qué estás tan seguro de que hay algo raro por aquí?

—Porque… —Guardó silencio. ¿Qué debía decir? Su respiración pesada lo decía todo. —Algo está mal.

Kanon levantó las cejas y torció la boca. Era momento de empezar a considerar que la locura era contagiosa… especialmente la de Saga. Tal vez las alucinaciones y la paranoia también lo eran; o quizás, el arquero simplemente estaba perdiendo la cordura.

Todo lo que tenía seguro era que se veía genuinamente preocupado.

—No es que me preocupe. Pero, ¿estás bien?

—Sí, es que… —Por enésima vez, sus manos se hundieron en su cabello. —No es nada.

Pero el gemelo era buenísimo oliendo las mentiras y Aioros apestaba a ellas. Intrigado, lo observó por algunos segundos más. El santo de Sagitario y él podían haberse apartado muchos años atrás, pero Kanon seguía siendo capaz de reconocer muchas de sus expresiones. ¡Claro que algo andaba mal! Solo bastaba ver al arquero para saberlo.

Sin embargo, fuera lo que fuera, Aioros no iba a contárselo a él.

—Estoy bien. —Lo oyó musitar y solo asintió, sabiendo que no obtendría más.

Ninguno notó que, desde la distancia, a través de las vidrieras del modesto almacén del viejo Stavros, los ojos color sangre de Loxia les contemplaban. Había un dejo de satisfacción en ellos, mientras saboreaba una victoria pequeña, pero significativa.

Había conseguido entrar a la mente de arquero y, en días venideros, haría lo mismo con los demás santos. El temor a Ares era la cubierta perfecta tras la cual ocultar al verdadero enemigo de la Orden y del mundo. Sería cuestión de tiempo antes de que todos los ojos del Santuario se posaran en Saga y en el dios demonio que llevaba dentro. Mientras, sin que lo notaran, el verdadero enemigo respiraba el mismo aire que ellos y, para cuando la verdad quedara al descubierto, sería tarde.

Loxia había visto el futuro y sabía que la victoria sería suya.

-X-

Aquellos salones eran los más bellos del Olimpo. No había un solo templo en el Monte que los igualara en magnificencia. En sus paredes radicaba el origen y el corazón de los dioses. Su historia se escribía ahí, en el inicio de los tiempos.

Incluso para dioses como Apolo, recorrer sus pasillos era un honor que pocas veces se presentaba. Pero en los últimos meses, sus visitas a aquel palacio se habían vuelto constantes y todo indicaba que el número de encuentros furtivos aumentaría. La suya era una alianza que rayaba peligrosamente en el servilismo. Pero no le importaba, pues lo que él pudiera conseguir de ello, sin duda sería valioso. A veces, para ganar, valía la pena ceder un poco.

Se detuvo en el punto de espera acostumbrado; cerca del jardín interno, donde los corredores se dividían en busca de destinos opuestos. Ahí, en medio del templo, podían encontrarse sin testigos.

Mientras más tiempo pasaran desapercibidos, más sencillo sería ver a los paganos caer. Su guerra no era una por poder, sino por supervivencia. Era una batalla por un futuro diferente, donde el mundo debía comenzar desde la nada y florecer bajo el beneplácito de dioses dignos, que gobernaran a hombres buenos.

—Te esperaba. Comenzaba a pensar que no vendrías —Oyó la voz de su cómplice.

—Mis disculpas. —Se inclinó en una perfecta reverencia, pero no recibió ninguna a cambio. —Ha sido difícil pasar desapercibido en el camino hasta aquí. Los otros empiezan a sospechar; el pánico hace mella en ellos y los pone alertas. Debemos ser más cuidadosos a partir de ahora.

—Debemos ser más listos, sí. Pero no podemos compartir sus temores. Recuerda, Apolo: no somos sus iguales ahora. Somos superiores.

Agachó la cabeza otorgándole la razón. Tenía un modo de decir las cosas, que Apolo no podía dudar de su palabra. Le hacía sentir fuerte; le infundía poder.

Por el momento, la ofensiva estaba en sus manos. Era él quien movía las piezas, alimentado por ese poderío que le habían prestado y que había aprendido a usar con maestría. Apolo sabía que tenía lo que se necesitaba. Su plan ya estaba en movimiento, a manos de sus hombres más confiables. Era cuestión de tiempo antes de que el último dios cayera.

—Te traje un obsequio. —Presentó el cofre que llevaba entre las manos. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en los labios de su acompañante cuando lo abrió y develó el hermoso tesoro escondido dentro. —Una adición más para tu corona.

—Es una joya magnífica.

—Verde; como la esperanza de un futuro distinto.

—Es el inicio perfecto para la siguiente etapa de nuestra cruzada. Los primeros Olímpicos empiezan a caer. Sus almas crean piedras hermosas, de un brillo excepcional.

Apolo no podía sino asentir.

El costo para crear la nueva joya había sido la esencia divina de Deméter. Una diosa maternal, cuyo proteccionismo hacia los mortales los había convertido en una peste, que solo sabía exigir y no dar. También era una diosa de paz, ajena a los ejércitos y a las guerras; y eso la convertía en un blanco débil y fácil.

Su captura no fue un reto para el dios Sol. En realidad, ni siquiera le había preocupado. El plan para atraparla había sido sencillo, y su implementación rápida y sin contratiempos.

Ahora, su mente revoloteaba alrededor de los objetivos más problemáticos: aquellos que sabían defenderse. Dioses como Zeus, Poseidón o Athena, conllevaban estrategias más densas y mucho más elaboradas. Pero todo estaba en marcha. Pronto, sus hombres darían los primeros pasos para la batalla de conquista.

—¿Cuándo me traerás más?—preguntó su acompañante.

—Pronto. Tendrás cuanta joya desees.

—Confío en que así será. ¿Qué sucede con los mortales?

—Su final llegará a su tiempo, cuando Athena y su orden caigan. Cuando ella no esté para protegerlos, tendrán que enfrentar el juicio final, donde serás tú quien dicte sentencia.

—¿Y cuándo llegará ese día? —No era impaciente, simplemente tenía ansias por aquel nuevo inicio con el que soñaba.

—Antes de lo que esperas. Las piezas se mueven y serán ellos mismos quienes se condenen.

Aquella sonrisa, tan hermosa como inquietante, en los labios aliados, le erizó la piel. Se consideraba afortunado de haber sido elegido para sobrevivir al Apocalipsis. Por eso mismo, honraría el privilegio de compartir la victoria. El momento había llegado.

-Continuará…-

NdA:

Saga: Tienes una cara espantosa, Aioros.

Kanon: ¡Siempre la ha tenido!

Saga: Hoy peor…

Aioros: Jugar con cerebros ajenos es feo .

Saga: Eso dicen... ¡cof, cof! ¡Podrían jugar con Nikos!

Aioros: Estaría bien .

Kanon: ¡Decidme! ¿Os divorciareis?

Saga: ¡Claro que no!

Kanon: Yo creo que... tal vez...

Saga: Dije que no ¬¬'

Milo: ¡Hagamos apuestas!

Saga: ¬¬'

Kanon: Venga, yo apuesto que si…

Milo: Yo les tengo fe :D

Kanon: ¿En serio?

Milo: ¡Pues claro! Son un matrimonio firme...

Gato: Como Camus y él.

Milo: ¡Más aún!

Kanon: Pues me haré rico :) No lloréis después.

Saga: ¡Cierra el pico! ¿Por qué no puedes hacer algo con Nikos? Sois tal para cual...

Aioros: ¡Silencio! Las neuronas me explotaran. Decid adiós y pedid reviews.

Angie: Vamos lectores, ¡las malvadas y yo nos portamos bien esta vez y mirad qué rápido hubo capítulo nuevo! ¡Escribidnos!

Kanon: ¡Y apostad también! El bicho quiere perder dinero…

Milo: Hombre de poca fe… ¡Abrigaos bien! ¡Y hasta el proximo capitulo!

Aioros: Si, si... ¡Adiós! ¡Adiós! .