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"A menudo, las mentiras más crueles se dicen en silencio"
Robert Louis Stevenson
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Capítulo 4
Las lágrimas le aguijoneaban en los ojos mientras Kate marchaba por la acerca intentando poner la máxima distancia posible entre ella y la casa. El único pensamiento que corría por su mente era:
—No puede ser verdad. No puede ser verdad— Resonó una y otra vez por su cabeza hasta que se convirtió en una especie de cántico. Si se daba tiempo para asimilar que Colin se había ido para ver a Hitler, se vería superada por el miedo. No iba a pensar en ello. Tenía que ser un error.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que hizo todo el camino hasta el hospital sin un solo recuerdo del viaje entre la puerta principal de su casa y la puerta de la habitación de su padre en el hospital.
Aunque estaba hecho polvo, su padre estaba de buen humor. Su madre estaba sentada en una silla junto a la cama. —¿Cómo está mi bombera favorita?— preguntó su padre, mientras Kate se sentaba en la cama. Cuando ella no respondió, la cara de su padre se puso seria. —¿No me digas que ha ocurrido algo en el museo?
—Oh no, no tiene que ver con eso,— le aseguro y él se tranquilizó al saber que todas sus obras de arte estaban a salvo. —Gandalf está aquí.
—¿Que te ha dicho?— preguntó él.
—Una historia ridícula acerca de Colin yendo a ver a Hitler— dijo ella.
Su padre cerró los ojos. Su silencio era más aterrador que nada que le pudiera haber dicho. Su madre empezó a sollozar suavemente.
—No es verdad. Dime que no es verdad—dijo Kate.
—Hay cosas que debería haberte contado hace mucho tiempo. Cosas sobre nuestra historia que te van a ser difíciles de asimilar. Ya me costó mucho entenderlo cuando me lo contaron a mí y me lo dijeron siendo niño— dijo su padre, y suspiró. —Gandalf será capaz de hacerlo mejor que yo. Todo lo que tengo que pedirte es esto. Créele. Confía en él, y en cualquiera que esté con él. Ellos darán sus vidas para protegerte.
—¡Para!— dijo su madre, poniéndose de pie. —¡No puedo quedarme quieta escuchando esto durante más tiempo!
—¡Mary, por favor!
—No. ¡NO! No voy a escucharlo. Colin ya nos ha dejado. No permitiré... No me quedaré aquí parada escuchando como le das permiso a Gandalf para hacernos perder a otro de nuestros hijos —La voz de la madre de Kate temblaba y los sollozos sacudían su cuerpo.
—Mary, ¿Cómo puedes decir eso después de hablar con Gandalf?—
—No me importa lo que diga Gandalf. No me importa asegurar el futuro. Solo me preocupan mis hijos. Ya no puedo soportarlo más...Me voy con mi hermana —dijo ella y se giró hacia Kate y la agarró por los hombros. Sus uñas se clavaron en la piel de Kate. Había una mirada de desesperación en sus ojos —Kate, tu eres inteligente. No hagas lo que sea que te estén pidiendo que hagas. No lo hagas. Ven conmigo.
—No sabes lo que estás diciendo. Ninguno de los dos lo sabe —dijo Kate, con lagrimas derramándose por su cara.
Su madre salió precipitadamente de la habitación.
—Mírame, Kate —dijo su padre suavemente y cogió sus manos—¿Alguna vez te he mentido?
Ella negó con la cabeza.
—Entonces debes creerme. Ve a Escocia. En el estudio de tu abuelo hay libros que te explicarán las cosas de una manera más completa. Hay pruebas. O lo más cercano a pruebas que puedo darte. Gandalf y sus compañeros serán, sin duda, prueba suficiente.
—No lo entiendo —dijo Kate. —¿Prueba de qué?
—Prueba de nuestra historia familiar. De quiénes somos y quiénes fueron nuestros ancestros —dijo él.
—¿Que tiene que ver eso con que Colin se haya ido a ver a Hitler? —preguntó ella.
—Todo. —dijo su padre. —Prométeme que llevarás a Gandalf allí. Lo que decidas hacer después, depende de ti. Si quieres puedes irte con tu madre o volver a Londres conmigo. Pero haz esta única cosa por mí. Por favor—dijo, y su voz sonó desesperada.
—Si esto es solo una estrategia para sacarme de Londres... —dijo Kate
El padre de Kate sonrió con tristeza.
—Ojala fuera algo tan simple como eso. Ve y escúchale. Por favor, Kate.
Ella asintió.
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Faltaba una hora para que el sol terminase de ponerse, cuando Kate regresó a casa. Sus manos temblaban mientras abría la puerta principal. Legolas, Elrond y Gandalf estaban reunidos alrededor de la mesa de la cocina. Sus voces se detuvieron cuando entró en la habitación.
La chica de voluntad fuerte de la mañana se había esfumado y la tensión de semanas de ataques aéreos parecía haber vuelto a ella con toda su fuerza. Ya no tenía fuerzas para discutir. No con la noche a punto de caer.
— Mañana iremos a Escocia. Mi padre dice que allí hay pruebas de lo que sea que tengáis que contarme —dijo Kate.
—Mi misión comenzaba en Escocia de todas maneras. Parece que seguiremos el mismo camino, al menos durante un tiempo—dijo Gandalf.
Kate dirigió su mirada hacia Elrond.
—Cualquier noticia que tengáis para mí, o secretos que queráis contarme, tendrán que esperar hasta mañana. Esta noche tengo que reunirme con los nuevos miembros de la patrulla anti-incendios en el museo. El sol se pondrá pronto.
Legolas se puso en pie.
—¿Puedo ofrecer mi ayuda?
—¿Por qué no? —dijo ella saliendo por la puerta principal, y él la siguió.
Legolas no le dijo nada a ella, pero levantó la vista hacia el cielo y tomo una profunda bocanada de aire de la ciudad. Estaba cargado de olores que no reconoció, pero había suficiente aroma dulce a tierra y cielo para satisfacerle. Los coches rugían al pasar. Kate no les prestaba atención, pero Legolas los contempló con creciente curiosidad. Eran más rápidos que el corcel más rápido de Rohan.
Mientras caía la oscuridad, Legolas se contentó con mirar la ciudad de Londres desde el tejado del museo y entretanto Kate instruyó a los miembros de la patrulla anti-incendios. Los edificios se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Había pocos árboles y solo pequeñas aéreas de hierba verde entre toda aquella piedra y ladrillo. No era tan espléndida como Gondor, pero el colosal tamaño de la ciudad le maravillaba. Legolas no podía creer que os hombres hubieran sido capaces de construir ciudades tan extensas.
Las sirenas que anunciaban el ataque aéreo resonaron en la distancia. Kate se acercó a Legolas y le entregó un cubo.
—Aquí es donde comienza la diversión—dijo ella.
—¿Instrucciones?— preguntó él.
—Si ves algo ardiendo, lo apagas.
Ella se quedó cerca de él, mirándolo cautelosamente de vez en cuando, como si no estuviese segura de poder fiarse de él. Pero aquella noche los aviones evitaron completamente su parte de la ciudad. A Legolas le pareció estar viendo alguna clase de exhibición de fuegos artificiales como las que hacía Gandalf en la Comarca, porque la bombas y los fuegos que surgían por toda la ciudad estaban demasiado lejos para parecer una amenaza. Sus ojos podían percibir los pequeños aviones volando sobre la ciudad oscurecida.
—Se parecen a los Nazgûl,— dijo en voz baja para sí mismo.
Kate se giró hacia él.
—¿Naz-qué?
—Los Nazgûl son criaturas aladas de la oscuridad—explicó Legolas.
Mientras un avión dejaba caer un grupo de bombas incendiarias en la distancia, Kate dijo:
—Esos son, definitivamente, criaturas de la oscuridad.
Ambos contemplaron cómo los aviones dejaban caer las bombas más cerca, pero no demasiado cerca de su localización. Un enorme fuego llameó a una manzana de distancia y una explosión envió una lluvia de chispas ardientes al aire. Las cenizas vagaron por el aire como luciérnagas y flotaron en su dirección. El tejado quedó salpicado de pequeños puntos de luz.
—Maldición.— Kate se puso en pie de un salto. De un lado a otro del tejado, los otros miembros de la patrulla anti-incendios se pusieron de pie y comenzaron a extinguir las cenizas ardientes.
—¡Nueve!— gritó Kate, mientras barría el ultimo pedazo de ceniza del tejado. Los otros miembros de la patrulla anti-incendios gritaron sus puntuaciones.
—Cinco.— dijo una voz.
—Tres.— dijo otra.
Kate se acercó a Legolas.
—¿Y bien?
—Seis.— dijo él.
Una mirada de respeto cruzó la cara de Kate, que estaba sin aliento y con las mejillas coloradas por el frio aire nocturno. Legolas pensó que parecía extremadamente complacida para ser alguien que estaba en medio de semejante peligro.
—No está mal.— dijo ella, sentándose junto a él —Pero te gano por tres.
—La noche no se ha terminado todavía —dijo Legolas con una carcajada.
Su expresión divertida se convirtió en nostálgica y Kate vio claramente que sus pensamientos estaban muy lejos de Londres y aquella noche. Ella no dijo nada y se contentó con mirar al cielo.
El apagón provocó que las estrellas brillasen con más fuerza. Kate no recordaba haberlas visto nunca de aquella manera. Orión se estaba alzando, y ella contempló las tres estrellas en fila que dibujaban su cinturón. Y aunque Legolas estuvo sentado junto a Kate en el tejado hasta la salida del sol, los pensamientos de él vagaron entre sus recuerdos de un alto muro dominando una vasta planicie, en la lluviosa víspera de una batalla en lugar muy lejano y largo tiempo olvidado.
