Capítulo 41: Hermanos de Armas
Aioria se sabía afortunado. No solo su vida personal iba sobre ruedas, sino que además había sido bendecido con uno de los mejores equipos de trabajo, quizás con el mejor. Orfeo y Marin eran dos sobresalientes santos de plata, que no requerían de su constante supervisión y en los que podía confiar ciegamente. Asimismo, como guerreros, ambos eran condenadamente buenos; disciplinados, aplicados, inteligentes y con un sentido de moralidad superior. Eran los subordinados perfectos que cualquier de sus compañeros de Orden podría desear y envidiaba.
Era gracias a todas esas cualidades que el león podía darse el lujo de terminar con los entrenamientos a tiempo y proveerse de tiempo libre suficiente para lo que le placiera. Tal era el caso aquel día.
Marin se había excusado, prometiendo ir a por él más tarde. Aioria no hizo preguntas, siempre y cuando cumpliera su promesa. Tras despedirse, trepó las gradas del Coliseo y buscó un sitio donde sentarse, con la esperanza de encontrar a alguno de los chicos con el cual gastarse las horas que quedaban de la tarde. Pero, para su desilusión, Aioros no estaba por ningún lado y Milo seguía atormentado a sus subordinados; tal parecía que había cogido las malas mañas de Camus.
Aún así, esperó con paciencia. Entrenar con Milo era algo que le gustaba, porque ninguno de los dos tenía que contenerse. Los golpes iban y venían al grado que querían, sin que hubiera quejas de por medio… Quizás, hubiera algún lloriqueo posterior y un montón de magulladuras tal vez, pero por lo demás, era divertido.
Por fin, vio al escorpión despedir a su grupo. Ni cortos, ni perezosos, los recién liberados santos desaparecieron. Entonces, cuando el peliazul se quedó solo, fue quien se animó a acercarse.
—¡Al fin! Estaba esperándote.
—¿No puedes vivir sin mi, gato? —Aioria respondió girando los ojos. —Parece que soy un hombre codiciado. —El peliazul infló el pecho y sonrió con desvergüenza.
—Eres codiciado, sí… como bolsa de boxeo. ¿Te apetece?
—Eres puro romanticismo, gata dorada. —Al verlo sacar la lengua, el león esbozó la misma sonrisa burlesca que el menor de los dos tenía antes. —Pero, aunque tu oferta es tentadora y me encantaría usarte de alfiletero, hoy tendré que pasar.
—¡Ay! ¡¿Por qué?!
—Ya, ya, no llores por mi. —Milo le palmeó el hombro. —Tengo otros asuntos que atender; asuntos con menos vello facial y curvas más bonitas que las tuyas.
—No sé si eso ha sido un halago o que…
—Tómalo como prefieras.
—Sí, sí. ¿En serio me cambias por la Cobra? Podría sentirme ofendido por eso.
—Tú siempre me has cambiado por Águila y nunca me quejé. Entiendo que hay cosas que no puedo darte.
—Mentira. —Se cruzó de brazos. —Siempre lloriqueaste porque te dejaba. Incluso buscabas el modo de interrumpir. Interrumpir es feo, bicho.
—Pues no vayas a interrumpirme. —Milo levantó el dedo índice con autoridad.
—¡Bicho!
—Tengo prisa. ¡Otra vez será!—dijo, mientras se marchaba a la carrera.
—Sí… otra vez será—masculló el león, solo y abandonado—. ¡Y yo que había esperado por ti!
—¡No intentes seducirme! ¡No eres mi tipo!
—Yo no intento… —Pero antes de que pudiera emitir cualquier réplica, sintió las miradas curiosas sobre él y oyó las risitas divertidas de quienes le rodeaban. Bufó y prefirió callarse.
Estúpido bicho y sus juegos de palabras.
Lanzó alguna que otra mirada amenazadora con la intención de acallar las risas, para después encaminarse a la salida del Coliseo. Decidió que iría al risco donde solía entrenar cuando pequeño rompiendo algunas olas. Era un día nublado, como ya era costumbre en los últimos tiempos. El mar estaba agitado y las olas eran perfectas para ponerle resistencia. Sin dudas, sería un buen lugar para pasar el rato.
-X-
Nada más verlo, Saga supo que algo andaba mal. Aioros siempre había sido transparente como el agua para todo el mundo, pero lo cierto era, que el vínculo que ambos habían compartido desde niños, le había permitido ir siempre un pasito por delante del resto en lo que al arquero se refería. La vuelta a la vida había dejado en un estado permanente de confusión su relación: en unos momentos parecía que el tiempo no había pasado en absoluto, y en otros, el geminiano no tenía la menor idea de qué pensar.
Sin embargo, ahí estaba. Dudaba mucho que hubiera sido una casualidad, pero ambos se habían encontrado apenas al comienzo del sendero que llevaba a su área de entrenamiento. Los últimos días Aioros había estado extrañamente ocupado, y sino fuera porque temía pecar de paranoico, hubiera jurado que le estaba evitando descaradamente.
—Hey… —El saludo no fue más que un murmullo carente de emoción.
—¡Ha vuelto a llover! —Se quejó Saga. El arquero lo observó: estaba empapado.
—Deberías cuidarte más. —No supo de dónde salió aquella súbita preocupación, pero Aioros lo decía con sinceridad. Había aprendido algunas cosas en aquellos meses, y una de ellas era que Saga tendía a descuidarse a si mismo, incluso olvidaba que los mortales tenían que comer. Con todo lo que se traía en la mente, lo que Aioros menos deseaba, era contemplar un atisbo de deterioro en el físico del gemelo. Eso terminaría por arrancar todas sus alarmas.
—Ya, ya… —Saga volteó los ojos, y se apartó la melena mojada lo mejor que pudo. —¿Vamos?
Formuló la pregunta como si nada, pero realmente, todas sus alertas se habían activado. Aioros lo sabía. Saga era demasiado listo, y demasiado observador. Se llevó la mano a los rizos, y los revolvió, apretándose después la cinta roja de la frente.
—Lo cierto es que querría ir con Aioria a…
—Entiendo. —Pero no lo hacía.
Saga no lo dejó terminar. Cuando había llegado, la expresión de su rostro se veía más tranquila, relajada, incluso cuando el color de su piel se había esfumado a costa del frío. Sin embargo, en un solo pestañeo, Aioros se dio cuenta de que la máscara de impenetrabilidad, había aparecido. Sus ojos verdes lo observaban fijamente, sabía que no perdían detalle, ni siquiera del ritmo de su respiración, pero lo peor era percatarse de la carencia de emoción en ellos.
No le gustaba la reacción, porque era un claro indicativo de que Saga acababa de cerrarse a cal y canto.
—¿Me estás evitando? —Saga, como siempre, no se ando con medias tintas. Aioros se revolvió ligeramente incómodo, pero trató por todos los medios de mantenerse firme en su torpe intento de disimular.
—No, no te estoy evitando. —Las facciones del peliazul no cambiaron un ápice. —Aioria y Marin están acomodando Leo, y llevo días echándole una mano. Necesito recuperar tiempo con mi hermano, lo he descuidado…
—Oh. —O lo que era lo mismo, "me estas mintiendo en la cara, pero no diré nada al respecto", eso era lo que decía su mirada. Aioros suspiró.
—No te preocupes, seguiremos entrenando uno de estos días. —Saga se humedeció la labios, y el castaño no supo si realmente tenía intención de decir algo o solo lo estaba poniendo nervioso. Entonces, el peliazul sonrió. Negó lentamente con el rostro, y le dio la espalda. Aioros solo pudo preguntarse que era exactamente lo que pasaba por aquella intrincada mente suya.
—Tengo que trabajar en mis habilidades sociales. Últimamente, me rehúye todo el mundo.
Saga sospechaba que Aioros no sabía nada acerca de cómo estaban las cosas entre él y Naia. Él no se las había contado, no había encontrado el momento entre tanta huida, y tenía la impresión, de que si Deltha sabía algo, también había preferido guardar silencio. Naia estaba extraña. Le rehuía, siempre parecía enfadada, pero luego tenía momentos en que… parecía que se le iba la vida aferrándose a él. Saga estaba confuso. No era ningún genio en ese ámbito, y entre uno y otro, empezaban a confundirlo enormemente. Comenzaba a sentirse perdido, y sobre todo, solo… Y le aterraba la idea de volver a sentirse así.
—¿De qué hablas?
Aioros trató de darle conversación, mientras caminaban de vuelta a las doce casas. Saga, que iba un par de pasos por delante, solamente se encogió de hombros, y por un momento, el de Sagitario contuvo la respiración. Su mente voló muchos años atrás, cuando aquel gesto era el único modo de respuesta de Saga, cuando todo se desencadenó…
Sin querer, se estremeció, y llevó la vista a otro lado. Saga no era el problema. Lo sabía. Pero solamente con mirarle hacía que se le desbocara el corazón. Las pesadillas parecían cobrar vida, y su melena azul se desteñía a un gris ceniza ante sus ojos. Sabía que no era verdad, que no era real… que Ares no estaba ahí.
—De nada. —Por supuesto, aquella era la respuesta que Aioros esperaba, pero no por ello se sintió menos preocupado. —No soy muy popular.
El castaño quiso hablar. Quiso decirle algo, y tranquilizarlo, quiso bromear. Pero no acertó, y cada segundo que pasaba, jugaba en su contra; sentía que las cosas se estaban estropeando a pasos agigantados. Lo sabía. A Saga le costaba un triunfo abrirse, pero solamente le llevaba un pestañeo cerrarse herméticamente.
Suspiró de nuevo. Todo el malestar que el asunto de Deltha había ocasionado, se lo había callado. O al menos, a él no le había mencionado nada, tal y como ella había aconsejado. O suplicado. No lo tenía muy claro. Ahora, siendo consciente de que el peliazul iba a bloquearse, no tenía la menor idea de cómo aclarar o quitarle importancia a aquella situación. Solamente tenía clara una cosa: mientras él estaba aterrado a costa de la visión, y muerto de preocupación por aquella relación tan sorprendente de Apus y Géminis, el efecto contrario se produciría en Deltha. Lo sabía. Para ella era inevitable, era como una mamá gallina cuidando de sus pollitos. Y Saga era el pollito más débil y vulnerable en la faceta humana.
—Suerte con la decoración—musitó Saga cuando se encaminó al coliseo, sin voltear a mirarle.
—Sí… —Aioros lo observó irse, y se maldijo por dentro. Sabía que su actitud le hería, pero no solamente a Saga, también a si mismo. —Te veo luego, ¿de acuerdo?
Saga solamente se encogió de hombros. De nuevo.
-X-
Era agradable sentir el rocío del mar sobre su rostro. Aioria lo disfrutaba enormemente. Las diminutas gotitas de agua saltaban por los aires cada vez que su cosmos rompía las olas. Impregnaban en sus labios el sabor a sal que tanto le recordaba épocas pasadas, cuando el sabor de sus lágrimas se fundía con el del mar.
Ahora todo era diferente. Los malos tiempos quedaban atrás, junto con las pesadillas, y aunque la sombra de la guerra opacaba el momento de felicidad que sentía, al menos conservaba la esperanza.
Una ola se levantó frente a él; la más grande del día. Sonrió y permitió que su puño envuelto en cosmos golpeara el aire. La fuerza del impacto hizo que el viento cortara el agua a la mitad. Una lluvia de finas gotas de agua salada cayó sobre él, arrancándole una risa de triunfo. Pero la sonrisa no duraría mucho en su rostro, pues un segundo más tarde, todo rastro de dicha se esfumó.
—"Aioria..." —Se congeló cuando escuchó su nombre en aquella voz.
—Ares…—musitó para sí.
Tan pronto aquel nombre maldito abandonó sus labios, una punzada de dolor golpeó su cabeza, obligándole a cerrar los ojos. Entonces, su mente voló a aquella noche, quince años atrás, cuando la noticia de la muerte de Aioros llegó a él, en medio de burlas, miradas de desdén y odio.
Se vio a si mismo, arrastrado sin misericordia por los guardias. Escuchaba sus propios gritos y sollozos, que solo crecieron cuando la puerta del salón del trono quedó frente a él. Al abrirse, sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo. El salón estaba frío y apestaba a tensión. El Maestro estaba al fondo, con Shura. La sangre oxidada de Aioros cubría a Capricornio; su dueño observaba todo, con ojos muertos.
La superficie aterciopelada de la alfombra le rasgó los brazos cuando los guardias lo aventaron contra el piso, pero las lágrimas en sus mejillas ardían más que sus heridas.
—"¡Aioros no es…!" —Escuchó sus propias quejas. Apenas reconoció su voz, infantil y ahogada por el llanto.
—"Deberás olvidar su nombre, pues trae vergüenza al Santuario y a la Orden de Athena. Tú mismo deberías sentirte asqueado de compartir su sangre." —La voz de Ares resonó, haciéndole hervir la sangre. Era un hombre cruel, que se regocijaba en su dolor.
—"¡Mentira! ¡Mentira!"
El ardor de la bofetada que el Patriarca Arles asestó en su mejilla lo hizo despertar. De pronto se encontró de nuevo sobre el risco, con la brisa del mar sobre su rostro, inusualmente fría al contacto con las lágrimas que le empapaban la cara.
Estaba hincado sobre el pasto, que la llegada del invierno había secado. No recordaba en que momento las rodillas le habían fallado, y había caído de nuevo, como el niño asustado que se sentía. Las manos le temblaban, mientras el nudo en su garganta se apretaba tanto, que le retaba a soltar el sollozo que venía guardándose. Había quedado atrapado en sus recuerdos, de un modo tan real que su dolor era genuino.
—¿Qué es esto…?—balbuceó, luchando contra el quiebre de su voz.
Pero, ni bien había conseguido dominar los reflejos de su cuerpo ante el miedo, que el dolor volvió a su cerebro, oprimiéndolo una vez más.
Sus ojos se cerraron de nuevo y con la oscuridad, regresaron las visiones. Ésta vez no fue su pasado el que desfiló ante él, sino un mundo desconocido… pavorosamente parecido al futuro.
Ahí estaba, el Santuario que construían día a día, del mejor modo en que podían, se había roto. Sus niños, aquellos a los que cuidaba a diario yacían sobre el suelo rocoso, entre el lodazal de tierra y sangre que sus cuerpos desmembrados habían formado. Sus expresiones atestiguaban el miedo que la muerte les trajo consigo. El dolor se reflejaba en sus muecas desfiguradas.
Y no eran los únicos cuya sangre formaba ríos que regaban el suelo alguna vez bendecido por Athena. Armaduras de plata y bronce vistiendo cadáveres reposaban por doquier. Por encima de ellos, el oro destacaba en aquel baño carmesí.
Distinguió la melena azul de Milo y su rostro le miraba con ojos vacíos. Aldebarán estaba junto a él y también Afrodita. Una a una, las caras de sus demás compañeros aparecieron; ninguna de ellas con vida. Las alas de Sagitario descansaban un poco más allá y bajo ellas, el cuerpo inerte de Aioros. Algo en su interior se rompía a cada imagen, hasta el punto en que respirar se volvió imposible. Pero, cuando encontró la cabellera color fuego que tantas veces había ensortijado con sus dedos, el corazón se le detuvo.
Marin estaba ahí, aún de pie entre los muertos. Lo veía, del mismo modo que él a ella: como si quisiera correr a refugiarse en sus brazos para darle un último adiós.
Entonces, tras de ella, la sombra de la muerte apareció. Jamás olvidaría aquella mirada teñida de rojo, ni esa larga cabellera gris, que envolvía al mal encarnado en hombre. Había vuelto, más furioso que nunca y con una sed de venganza que solo la sangre ateniense aplacaría. Una vez más tomaba vida en el cuerpo de Saga. El pasado se convertía en futuro.
Volvió en sí en el instante justo en que la mano de Ares se cerró sobre el cuello de Marin, arrebatándole la vida.
Sus ojos se abrieron de par en par, mientras el nombre de la amazona se le atoró en la garganta. Tenía la garganta seca y se sentía incapaz de hablar. Una sensación de pánico sin precedentes le había caído encima, asfixiándolo bajo ella.
-X-
Aunque Deltha se había sentido tentada a ir en busca de Saga para hablar de las reacciones de Aioros y Naia ante aquella particular relación suya, desistió de hacerlo. Y, sí: estaba segura de que las inquietudes de Aioros eran compartidas por Naiara. La conocía demasiado bien como para pasar por alto su disgusto al encontrarlos en pleno juego durante su última visita a Cabo Sunión.
También tenía muy claro que Saga no debía enterarse de los recelos de Aioros. Su desconfianza terminaría por herirlo y, visto que Aioros había aceptado ser más paciente, no tenía caso crear problemas entre los dos. Después de todo, adoraba verlos juntos.
Sin embargo, del mismo modo en que había zanjado el asunto con el arquero, consideraba que debía hacerlo con su amiga. Esas dudas no podían seguir existiendo; no eran justas para ninguno de los cuatro. Así que haciendo acopio de fuerzas, se prometió que ese día discutiría el asunto con ella, fuera como fuera.
Y ahí estaba, en la compañía de Naia y de un silencio sepulcral que hacía que la cabaña se sintiera más pequeña que nunca.
La amazona de Caelum se mantenía ocupada ordenando sus pocas pertenencias en la cajonera que compartían. Había regado todas sus cosas sobre la cama y, poco a poco, volvía a llenar los cajones meticulosamente. Mientras, desde el rincón que le pertenecía, sentada sobre su propia cama, Deltha observaba en espera de la oportunidad y el coraje para abordarla.
—¿Estás enojada? —Por fin preguntó. La respuesta era obvia: ¡Claro que lo estaba! ¿Por qué otro motivo se esforzaría tanto por ignorarla de aquel modo tan feroz?
—¿Debería estarlo?
—No, no deberías. Razones no tienes.
—¿Te lo parece?—replicó con sorna, y con una ligera sonrisa agria en los labios, que la pelipúrpura no alcanzó a ver, pues le daba la espalda.
—Sé que no tienes razones. Pero creo que no estamos viendo este asunto desde la misma perspectiva. —Sin que lo viera venir, la morena giró para enfrentarla. Su molestia era notoria en su mirada.
—¿De qué modo deberíamos verlo, Deltha? Explícamelo.
La confrontación tan directa por parte de Naia la dejó confusa. Abrió las labios, sin saber bien que decir y, por un par de segundos, la perplejidad la sobrepasó.
Entonces, soltó un suspiró y relamió sus labios, mientras las ideas tomaban orden en su cabeza. Solo tenía que ser honesta; las excusas y mentiras no iban a llevarla a ningún lado con Naia, además de que no había necesidad de ellas. Lo que pasaba con Saga, esa relación cómplice entre ambos, era puramente amistad. Pura y noble amistad.
—Lo que viste el otro día…—comenzó.
—No se trata solo de lo que vi en el Cabo. —La sorprendió la rapidez con la que Naiara la interrumpió. —No estoy ciega, ni sorda. Este jueguito vuestro lleva un buen rato, desde Jamir. Y, por Athena—abanicó el aire con las manos, en una señal de frustración—, ni siquiera estoy hablando del hecho que pareces una pegatina suya. Pasas más tiempo con él que con el resto de nosotros, incluido Aioros.
—¡Es que solo intento ayudar!—exclamó la amazona de Apus, tan frustrada como su amiga—. Saga no lo está pasando bien, Naia. Entre Kanon y Shion, la guerra, las complicaciones de vuestra relación… Él se está asfixiando. —Hizo pausa, pensando que la morena volvería a interrumpirla, pero no fue así. —Pasa la mayor parte de su tiempo preocupado o enojado. Está permanentemente estresado y, si te fijaras mejor, notarías que está tan asustado como tú. Todo esto le duele. Mucho.
—¿Y qué? ¿Lo distraes a base de coqueteos y conversaciones íntimas?
—No coqueteo con él. —Se apresuró a aclarar. —Hablamos de tonterías, graciosas para ambos; y lo hacemos delante de vosotros, de Aioros y de ti, porque estáis invitados a participar en el momento en que queráis, ¿sabes? Eso solo un juego.
—No estoy segura de que solo sea eso.
—Naia…
Solo atinó a pronunciar su nombre. Su expresión se entristeció, pero en ningún momento apartó la mirada de Naiara.
Aquella afirmación, la muestra de desconfianza en los labios de su amiga, la dejó muda. Pero se esforzó por no tomar sus palabras en serio, a pesar de lo mucho que le dolieron. Quería pensar que la dureza de sus palabras provenía de su miedo y de su propia inseguridad.
La amazona de Caelum estaba aterrorizada. Todo lo que había deseado por años, la oportunidad de una relación verdadera con Saga, que ahora tenía, estaba en peligro. Con la amenaza de Shion sobre ambos, como un peso cruel y aplastante sobre sus hombros, el aire se les acababa. Saga había encontrado el modo de enfrentarlo y mantenerse firme, a pesar de todo. Pero Naia… se desquebrajaba poco a poco bajo la incertidumbre.
—Eso no es justo—musitó Deltha, tras unos segundos—. No es justo para Saga, Naia. No después de todo lo que ha hecho… que ha arriesgado absolutamente todo por ti—agregó.
—¿Crees que es fácil para mi? ¿Quererle tanto y tenerle tan poco? ¡Tengo que competir por su atención!
—¿Crees que lo es para él? Te aseguro que, si Saga pudiera, no se separaría un segundo de ti. Pero no va a ponerte en riesgo, no cuando puede perderte otra vez. Te adora. No te atrevas a hacerle esto. No le hagas daño.
Su súplica fue respondida por una mirada que la amazona de Apus no alcanzó a descifrar. Naiara la miraba fijamente, como si de pronto hubiera dejado de reconocerla. Sus ojos violetas la contemplaban con una extrañeza tal, que no pudo sino sentirse incómoda.
—¿Desde cuándo lo defiendes como una leona? ¿Eh? Hasta no hace mucho, le odiabas a muerte—siseó.
—Tú tenías razón: estuve equivocada por mucho tiempo. Ahora, he caído en cuenta de que jamás dejó de ser nuestro doradito adorable, tal como dijiste tantas veces.
—¿Nuestro? —Deltha tragó saliva. La conversación no iba por el rumbo que ella quería.
—¿Sabes qué? —Ante la sorpresa de la morena, la pelipúrpura se puso de pie. —Todo lo que estás implicando, quiero pensar que lo haces en un momento de debilidad y que no es lo que sientes realmente. Saga y yo no hemos hecho nada que te lastime a ti, o a Aioros. Si nos hemos reconciliado, es precisamente por vosotros.
—Sendo favor nos hacéis. —La oyó mascullar.
Sintió como si la hubiera abofeteado: una mezcla de confusión, rabia y dolor. Mordió sus labios, para evitar contraatacar con palabras de las que después se arrepentiría. Fuera como fuera, Naia era su amiga, su hermana… de otro modo no hubiera dolido tanto.
Sabía también que no era la única mortificada por la situación. A su manera, la amazona de Caelum también sufría. No podía ser fácil vivir con todas esas dudas revoloteándole en la cabeza; querer creer y no poder hacerlo. Esperaba que Saga no tuviera que enterarse, o que al menos, las acusaciones no brotaran con tanta crudeza de los labios de Naiara. El gemelo no merecía toda esa mierda encima. Ella tampoco.
—Voy a irme ahora, antes de que sigas diciendo estupideces—afirmó, sintiendo que la rabia le apretaba la garganta y amenazaba con desbordar lágrimas de indignación. No estaba dispuesta a soportar un minuto más. Después, a zancadas, Deltha caminó hacia la puerta. Cuando estuvo frente a ella, se detuvo y buscó una vez más por el rostro de Naia. —Te diré algo y quiero que lo recuerdes muy bien—habló—. Cuando un hombre como Saga, que ha sufrido tanto, que ha dejado de creer en todo lo bueno de este mundo y que se ha olvidado del amor, te dice "te quiero", es porque realmente te ama con locura. Te ha entregado lo más íntimo de su ser con dos palabras; te ha dado la oportunidad de hacerle feliz, o de destruirle. Por los dioses, Naia, haz lo correcto. Por él.
Y sin darle oportunidad de réplica, se marchó de ahí, dando un portazo y dejando a la morena con los ojos inundados en lágrimas.
-X-
Detestaba mentir y detestaba aún más, ser malo en ello. Estaba prácticamente seguro de que Saga había notado que estaba huyendo. Pero, ¿qué más podía hacer?
Desde el momento en que aquellas visiones le habían arrebatado la calma, se sentía incapaz de mirar a los ojos a Saga sin ocultar su miedo. Tampoco podía ser honesto y contarle todo lo que viese, pues el gemelo no se detendría a pensar que, el temor que Aioros sentía, no era hacia él sino hacia a Ares. Recordar era revivir sus pesadillas, ésta vez con los ojos abiertos y sin oportunidad de descanso.
Caminó, caminó y caminó, dando vueltas a sus pensamientos reviviendo cada detalle de las visiones con precisión. Era incapaz de darle sentido a lo que había visto. ¿Sería un engaño? ¿O sería una mirada al futuro, donde el nombre del misterioso enemigo quedaba al descubierto?
Sin respuestas y con más dudas de las que podía manejar, se dirigió a la vieja armería, cerca del campo de tiro. La prohibición de armas ordenada por Athena, la había convertido en un lugar fantasma, donde la soledad era la mejor aliada para encerrarse en sus pensamientos. Entró y rebuscó por los arcos y las flechas, permitiéndose observar el enorme arsenal, olvidado por el tiempo. Por fin, tras encontrar lo que buscaba, salió con dirección a las dianas. Lanzar siempre le relajaba.
—Cualquiera diría que te ocultas, arquero. —Escuchó aquella voz tan pronto puso un pie fuera. Apretó los dientes y soltó una maldición. No esperaba encontrárselo ahí.
—¿Qué haces aquí, Kanon?
—Debería preguntarte lo mismo.
—Soy un arquero. —Levantó las manos para mostrarle el arco y el carcaj repleto. —Tengo que practicar.
—Ya… —Kanon chasqueó la lengua y, con brinco, saltó la maltrecha verja que dividía a la armería del campo de tiro. —¿Sabes? Si te conociera mejor, me atrevería a decir que estás aterrado.
—Si me conocieras… Pero desde unos años para acá, tú y yo somos un par de desconocidos.
—Bah. Nos subestimas a ambos; siempre fuimos buenos calando a las personas, ¿no lo crees?
Aioros no respondió. Echó una mirada ligeramente torva al gemelo y, cruzando a su lado, se dirigió a su destino original. Quizás si le ignoraba lo suficiente, Kanon se alejaría y lo dejaría en paz.
Pero siempre había pecado de optimista, pues tal cosa jamás sucedió. El peliazul se encaminó tras sus pasos, dispuesto a no dejarlo escapar. Aioros no entendía de dónde surgía tanto interés, tan repentinamente. Kanon solo le prestaba atención para incordiarle. De otro modo, estaba seguro de que el gemelo prefería fingir que era invisible. Pero ahí estaba, pegado a él, poniéndole los nervios de punta.
—¿Qué tal llevas el dolor de cabeza?—cuestionó Kanon. Una vez más, el castaño se negó a responderle, aunque la pregunta en sí, le sorprendía. No le había contado a nadie de las jaquecas a partir de las visiones. —¿Tienes mareos? ¿Dolor de ojos? ¿Confusiones repentinas? Hay quienes incluso sangran por la nariz. Es normal. Tu cerebro reacciona con rebeldía al ataque.
—No sé de que hablas.
—¿No? —El gemelo esbozó una sonrisa burlona. —Yo creo que sí. Soy ilusionista, Aioros. Sé cómo se ven los rostros de aquellos atrapados en una ilusión, y sé las consecuencias de jugar con cerebros ajenos. La resistencia hace que la víctima luche con todo lo que puede contra el invasor y esa batalla se refleja en el cuerpo. Por eso sé que alguien estuvo jugando con el tuyo.
—Parece que sabes muchas cosas. —El castaño giró los ojos, intentando no caer en el juego de provocación del geminiano. Lo cierto era que no estaba equivocado. El maldito Kanon había adivinado cada detalle de lo sucedido.
—Lo que no sé, es lo que viste… y el por qué estás aterrorizado.
Para su sorpresa, Aioros se detuvo. Giró sobre su talones, de tal modo que, por primera vez en la conversación, le miró de frente.
Kanon levantó las cejas con curiosidad. Cuando el arquero se plantaba de aquella forma, le resultaba más chocante que de costumbre. Después de todo, había algo en su mirada azul, determinada e inusualmente seria, que le recordaba su lugar; uno era un santo dorado y el otro… no.
—Ya que lo sabes todo, podrías intentar adivinar también eso—sentenció el castaño. Se sintió ligeramente satisfecho cuando notó la molestia en los ojos de Kanon. Después, volvió a darle la espalda para continuar su camino.
—No creo que le estés dando la importancia que algo así merece, arquero. —Pero el peliazul no iba a darse por vencido y fue tras él. —Una cosa es estar asustado, y una bien diferente es ser idiota. —Aioros no volteó, pero el gemelo no estaba dispuesto a rendirse. —Si estoy en lo cierto, estaríamos hablando de un ilusionista… y no hay muchos de nosotros por aquí. Es una pista importante para descubrir quien está detrás de todo esto. El viejo tiene que saber.
El santo sabía que Kanon estaba en lo cierto. Sin embargo, en momentos como ese, la vena rebelde se le despertaba.
Además, no sabía si decirle a Shion era lo correcto, ni sabía como hacerlo. ¿Cómo definir lo que había visto? ¿Cómo narrarlo sin despertar el pánico y las sospechas hacia Saga? El tema de Ares era uno sensible; levantaba ampollas hasta al más valiente y ponía en tela de juicio la vulnerabilidad de la Orden.
Pero por sobre todo, destruiría a Saga con su sola mención.
-X-
Cuando Máscara Mortal lo vio llegar, se puso nervioso. Sin embargo, decidió que lo mejor era continuar. La rutina que Camus le había enseñado para Nachi, parecía funcionar ligeramente, y hoy que el trio calamidad lo había dejado solo, no quería estropearlo. Giste observaba desde las gradas, en paz, y tranquila, por fortuna para todos.
Saga se sentó a una distancia prudencial de ella, y al percatarse del detalle, Ángelo sonrió. No importaba cuan impresionante resultara uno, había mujeres en el santuario que lograban ponerle los pelos de punta a cualquiera.
Atrapó el golpe que Nachi lanzó directo hacia su cara, mientras llevaba su puño al estómago del joven lobo. Apenas fue un segundo, pero en ese tiempo, la expresión del mocoso se torno en una de completo pánico, y fue entonces, que el italiano se detuvo, justo antes de que su mano hiciera blanco.
—No puedes lanzarte a la desesperada. —Le dijo. —Si peleas contra alguien más rápido que tú… —Lo cual, tristemente, era la inmensa mayoría de sus posibles oponentes. —Te contraatacarán antes de que puedas pestañear. —Soltó el férreo agarre de su mano, y esbozó un gesto que pretendía ser una sonrisa.
—Entiendo. —Nachi soltó el aire que había retenido, respiró hondo, y cuando se vio libre de la trampa en que él mismo había caído, devolvió el gesto.
—Ha estado bien, ¿no crees?
—Sí, mucho mejor… —Ángelo asintió. Le debía una muy grande a esos tres, porque de no ser por su buena voluntad, probablemente el mocoso hubiera acabado en la enfermería de nuevo, y él condenado al nivel "desastre Kanon" de por vida.
—Descansa por hoy. Nos vemos mañana.
El moreno asintió, rápidamente se alejó, buscando con la mirada a Jabu, y cuando lo encontró voló en su dirección. Ángelo lo observó marchar, y solo cuando comprobó que los dos chicos parecían haber superado el día sanos y salvos, volvió la vista al objeto de su nerviosismo.
—¿Aburrido? —Saga se veía asombrosamente serio.
—Eso ha estado bien. —El italiano lo miró a los ojos, tratando de dilucidar si realmente era lo que pensaba o solo… No importaba. Escuchar la palabra "bien" de sus labios, y que Saga hubiera ido ahí voluntariamente, le servía.
—¿Tú crees?—dijo al fin.
—Sí, lo estás haciendo bien.
—El matrimonio de tres me ha echado una mano. —Saga esbozó una minúscula sonrisa al oírle llamarlos así. —Aunque debo decir que Camus es…
—Es un buen maestro, sí. —Y el único de todos ellos que sabía realmente de lo que hablaba. Ángelo asintió.
—¿Qué te trae por aquí? Acabaste el entrenamiento hace rato… —Y hasta donde sabía, a esas horas debía estar en algún lugar con el arquero, entrenando, apartado de los ojos de los curiosos.
—¿Quieres entrenar conmigo?
—¿Qué?
Saga buscó sus ojos, y casi sonrió de nuevo. Su estado actual era un poco calamitoso, y quizá se sentía ligeramente desencantado. Sin embargo, hacía días que le había dicho al cangrejo que él también ayudaría. Si podía. No había sido por cumplir, había sido sincero. Y aunque aún tenía reparos sobre él, lo cierto era que Ángelo se estaba esforzando realmente por cambiar.
El geminiano se puso en pie y se ajustó las vendas de las manos.
—Oye, no muerdo. —El de Cáncer alzó las cejas, pero antes de que pudiera decir nada, Saga continuó. —Solo devoro amantes. —Ángelo lo miró boquiabierto. —Con chocolate. —Y entonces, estalló en carcajadas.
El geminiano dibujó una sonrisa minúscula, casi tímida; pero realmente solo respiró más tranquilo cuando el cangrejo se puso en pie de un salto, y se acercó a él sin dudarlo.
—Solo no me humilles demasiado, tengo una reputación que mantener.
-X-
Hacía rato que había empezado a llover con fuerza, pero lo cierto era que a ninguno de los dos parecía importarles. Ángelo estaba cansado, terriblemente cansado; pero una enorme sensación de satisfacción había anidado en su pecho desde el momento en que habían empezado a entrenar.
Nunca, jamás, había tenido la oportunidad de practicar con Saga. Cuando era chico, el geminiano estaba demasiado lejos, resultaba inalcanzable; y Athan había monopolizado todo su tiempo. Y desde que habían vuelto… No había sido muy diferente, pero él no había dejado de buscar la manera de pedir perdón. No era solo el hecho de buscarlo, sino que realmente la necesidad que tenía de que la redención fuera concedida, era mucho mayor que cualquiera de sus reparos. Unos habían resultado mucho más accesibles que otros, al igual que las heridas de unos y otros no eran siquiera similares. Lo había entendido desde el principio. Juraba que lo había hecho…
Sin embargo, nada de lo que había imaginado se parecía a eso. Las habilidades de Saga no le pillaban de sorpresa. Es más, dudaba que hubiera un solo santo o guardia que no las conociera, al igual que sucedía con las del arquero; y no tenía problema alguno en admitir que el peliazul le aventajaba por mucho.
Se habían limitado al uso de sus cosmos en golpes fugaces y rápidos, dejando las técnicas realmente peligrosas fuera del juego. Aún así, Saga era rápido, mucho; y hacía demasiado tiempo que Ángelo no entrenaba tan en serio.
Retrocedió ante el acoso incansable del geminiano, resbalando en el último momento con el barro acumulado bajo sus pies. Cuando lo vio venir hacia él a toda velocidad, Máscara Mortal hincó la rodilla en el suelo y giró sobre si mismo, impulsándose para ponerse en pie rápidamente. Agotado, vio la última oportunidad. Armó la pierna, y cargó con fuerza. Ya no tenía fuerza para más.
—¡Acubens!—gritó.
Saga se había dado la vuelta rápido, pero no lo suficiente como para esquivarlo por completo. Detuvo el golpe con el antebrazo, protegiéndose el costado izquierdo, pero la fuerza del ataque lo hizo retroceder un par de metros, a la vez que el gesto de su rostro delataba el daño recibido.
Entonces, sus ojos esmeralda se cruzaron con los suyos, y Ángelo se topó con lo inesperado de su sonrisa. Aún con la respiración agitada, el rápido vaivén de su pecho tras la ropa empapada, y el rostro sonrojado por el cansancio; Saga lucía satisfecho.
—Nunca usaste Acubens en batalla…—dijo, mientras se desvendaba la mano izquierda.
—Pero tú ya la habías visto antes, ¿eh? —No lo sabía a ciencia cierta, pero la sonrisa de Saga se ensanchó, confirmándoselo.
—Es posible que Athan me hiciera añicos las costillas una vez… —
El de Cáncer imitó su gesto. Se revolvió el pelo empapado, y dejó escapar una pequeña carcajada. —¡Qué tiempos aquellos! Me ha gustado…
—Dignidad intacta, creo—respondió asintiendo.
A pesar del acercamiento que había supuesto aquel combate, cuando Saga le tendió la mano para incorporarse, el italiano titubeó por un instante. Después, su sonrisa cambió a un gesto mucho más profundo… que transmitía muchos sentimientos diferentes. La tomó y a pesar de notar sus dedos helados, y el cansancio cayendo de golpe sobre él ahora que la adrenalina comenzaba a apaciguarse, Ángelo se sintió infinitamente aliviado.
—Más que intacta. —Saga asintió, llevándose la mano al antebrazo dolorido, que comenzaba a tomar un ligero color amoratado.
—Oye, gracias por…
—No me las des. —El gemelo se apresuró a callarlo, mientras emprendía el camino rumbo a algún lugar más resguardado. —Somos hermanos de armas.
Ángelo calló. Lo observó fijamente durante unos segundos que le parecieron horas, con los labios entreabiertos. Sus ojos se nublaron fugazmente, aunque confiaba en que la lluvia disimulara la inesperada reacción.
Eso era, eso era lo que había estado buscando desesperadamente. Ser, finalmente, uno más… y Saga era el último paso, y también el más difícil para conseguirlo. Ahora, realmente, podía decir que empezaba de cero.
Todo quedaba atrás, al fin.
—¡Joder, Saga!—exclamó, cruzándose de brazos—. ¡Eso ha sido un golpe bajo!
—Pero ha funcionado, ¿no? —El gesto pícaro, pero también titubeante del mayor, le dejó en claro que aquella era su manera de decirle que él también dejaba el pasado que compartían atrás. A su modo: extraño y especial.
—Podría decirse que sí. —El cangrejo dorado infló el pecho orgulloso. —Pero tengo que preguntarlo… ¿Estás bien? ¿Te caíste de la cama y te golpeaste la cabeza? ¿Qué…?
—A veces las cosas pasan cuando pasan… no hay que buscarle una explicación a todo.
Y Ángelo podía haber sido quien lo preguntara, si; pero aquellas palabras no dejaban de ser un consejo para si mismo. Uno que era incapaz de tomar, y que dejaba en claro lo confuso y perdido que se sentía. El encuentro con Aioros le había dejado más tocado de lo que inicialmente había pensado, a pesar de que no había sucedido nada realmente preocupante. El sabor de boca había sido tan amargo que…
Se sopló el flequillo, y a lo lejos, en las gradas y resguardado, atisbó a Afrodita. El sueco no había perdido un solo detalle de aquel entrenamiento, lo sabía; y Saga no pudo evitar sentirse ligeramente mal por él. No le había puesto nada fácil, ni un poco. Cierto era que a Ángelo tampoco, pero el cangrejo tenía una personalidad más atrevida… y a pesar del riesgo, había tratado por todos los medios de acercarse. Era como si a Afrodita le hubiera intimidado en exceso, condenándolo a una lejanía que en el fondo sabía que no era justa.
Al italiano no le pasó desapercibida aquella mirada, y un halo de esperanza se iluminó. No tenía la menor idea de que le había pasado a Saga, de qué era lo que le había removido tanto aquel día, para que finalmente rompiera el muro que les separaba de él. Pero sentía que, temerario o no, debía aprovechar aquel momento. Afrodita lo merecía tanto como él.
—¿Te parece si vamos a ver que hace la florecita? —Lo miró de soslayo mientras caminaban. —Está seco, a cubierto, y hay toallas.
—Me parece bien.
Máscara Mortal alzó las cejas con sorpresa, pero asintió rápidamente, y antes de que Saga cambiara de opinión, encaminó sus pasos hacía el de Piscis.
—Afrodita también está… —Preocupado, asustado, solo, triste. Estaba muchas cosas, lo sabía, y no hacía falta que Matti se lo confesara. Se conocían demasiado bien.
—Lo sé. —La voz de Saga sonó suave, en apenas un murmulló. —Lo sé, es que… —No sabía que decir. No le resultaba fácil dar el paso. No le resultaba sencillo cerrar los ojos y olvidar todo lo acontecido aquellos años… ignorar el daño que le habían hecho a plena conciencia. Sin embargo, sabía que debía hacerlo, porque sino era él quien avanzaba, Afrodita jamás lo haría. A pesar de que Saga estuviera muy lejos de tener superado todo aquello.
—Hermanos de armas, ¿no?
Saga lo vio de soslayo al ver como su propia estrategia se le volvía.
—Bien jugado, cangrejo. —Ángelo rió, a pesar de lo osadas de sus palabras, pero cuando estaba listo para responder, ya habían alcanzando al de Piscis.
—Parecéis un par de cachorros abandonados, mojados y apaleados—dijo, con cierto nerviosismo. Sus ojos turquesas buscaron a los de Saga, pero rápidamente lo rehuyeron, en busca de la seguridad que le proporcionaba el cangrejo. —Sobre todo tú.
—Gracias, florecita, gracias—masculló el italiano, sentándose a su lado. Afrodita le tendió una toalla vieja y amarillenta de las que siempre quedaban por allí olvidadas. —¿Has pensado cuanta mierda han limpiado estas cosas a lo largo de los años?
—Ugh... —El quejido de Saga llamó la atención de ambos, y cuando se supo el centro de atención, carraspeó. —Visto así es desagradable.
—¿Ves, florecita?
—No sabía que fueras tan remilgado…
—No lo soy. —Se defendió el cangrejo.
—Entonces deja de llorar, y úsala antes de morir congelado.
Máscara Mortal rió de nuevo, llevándose la toalla al pelo y secándolo lo mejor que fue capaz. Sin embargo, sus ojos viajaron de Afrodita a Saga alternativamente. No tenía nada claro como continuar a partir de ahí, aunque el hecho de que el geminiano no hubiera huido, ya era un avance.
—Oye, Afrodita… —Como un resorte, el sueco alzó el rostro, clavando sus ojos aguamarina en el gemelo.
—¿Si?
—Me preguntaba si podrías… —Buscó las palabras apropiadas. —Hacerme un pequeño favor.
—¡Por los dioses! No le digas eso, o te hará más favores de los que quieras.
La mano de Afrodita se estampó contra su nuca con fuerza, y el cangrejo solo atinó a reír. El rostro confuso, y ligeramente abochornado del gemelo le resultó impagable, aún mejor que el de Kanon durante aquella famosa conversación acerca del trasero del mayor.
—Ignóralo—masculló Afrodita. Saga solamente atinó a asentir—. ¿En qué puedo… ayudarte? —La pregunta escapó de sus labios con suavidad, pero transmitía tanta sinceridad, tantas esperanzas, y a la vez tantos miedos y recelos… que temió que Saga no lo tomara en serio.
—Es que… —Aunque viéndole, y escuchándole, no sabía quien de los dos estaba más incómodo y espantado. —Había pensado que quizá podrías regalarme una de tus rosas… —Las cejas de Máscara y Afrodita, se alzaron en un gesto casi idéntico.
—Creí que no te gustaban.
—No es que no me gusten, es que… me traen recuerdos incómodos. —Por decir algo.
—Oh.
—Pero sé de alguien a quien le gustan y me gustaría regalarle una…
—A Naiara le encantará. —Saga entreabrió los labios, pero nada salió de ellos. Empezaba a darse cuenta que todo lo que tenía que ver con su vida sentimental, resultaba transparente a los ojos del mundo. —¿Roja o blanca?
—Roja. —Afrodita asintió, y apenas unos segundos después, su cosmos se revolvió en la palma de su mano con delicadeza. Poco a poco, una brillante rosa roja, hermosa, perfecta y carente de espinas, tomó forma.
Un gesto satisfecho se dibujó en su rostro cuando la terminó, y no sin cierto titubeó, tomó la mano de Saga y la colocó en ella con delicadeza.
—No es venenosa, pierde cuidado. —El peliazul asintió, mientras contemplaba absorto la obra de su cosmos. —Nunca me imaginé que fueras tan detallista.
Y entonces, hubiera jurado que las mejillas de Saga se tiñeron de un sutil color rosado que nada tenía que ver con el cansancio y la agitación.
-X-
La sombra del Pilar del Atlántico Norte, nunca se había sentido tan alargada como aquel día. Tethys se estremeció solo de pensarlo, mientras caminaba en busca de Julian y Sorrento.
Los viejos dominios de Kanon se habían visto reducidos prácticamente al abandono desde que todo el desastre se desatara. Ninguno había tenido la fuerza, ni las ganas, para volver allí y dedicarle el tiempo que necesitaba el templo milenario. Al menos no hasta aquel día en que el joven dios había encontrado una motivación ciertamente sorprendente para visitarlo.
En la superficie la noche comenzaba a caer, y la luz que se filtraba a través de las aguas resultaba trémula y fría. La arena había invadido la explanada de mármol, y la corriente se sentía exageradamente helada y solitaria, incluso para estar bañada por el gran Atlántico.
De modo inconsciente se rodeó a si misma con los brazos, en busca de un poco de calor, y oteó el panorama una vez más. No entendía por qué los cosmos de Julian y Sorrento se sentían tan débiles y lejanos, adormecidos. Frunció el ceño. Tenía un mal presentimiento.
Apuró el paso, tratando por todos los medios de no prestarle más atención de la necesaria al Pilar. Sabía que si lo contemplaba por mucho tiempo más, los recuerdos vagarían ante ella, y la imagen de Kanon volvería a capturar sus retinas. Casi podía verlo allí, en lo alto de la escalinata, con la capa mecida por la brisa submarina, y la melena rebelde revoloteando a sus espaldas; envestido en aquella escama que, a sus ojos, siempre había estado hecha para él. No podía dejar de preguntarse cómo un impostor podía haberse fusionado con ella tan bien como si realmente hubiera nacido bajo su estrella.
Sin embargo, antes de que sus incómodos pensamientos fueran más allá, un sonido en la lejanía, capturó su atención. Agudo y estridente, el chillido sonaba diferente a cualquier animal marino que surcara el inmenso mar sobre sus cabezas. Sin poder controlarlo, el ritmo de su corazón se aceleró, y en un pestañeo, echó a correr con su cosmos encendido.
-X-
Los ojos celestes del joven dios miraban sin ver, hipnotizados por el mar de burbujas y escamas frente a él.
La risa que llegaba a sus oídos resultaba una dulce melodía que lo invitaba a seguirlas allá dónde fueran. La exótica belleza que les proferían las escamas multicolor, se enredaba con sus largas cabelleras de burbujas y coral. Un coral cristalino, de miles de colores; aún más hermoso que el que las hábiles manos de Tethys eran capaces de crear, que cubrían sus pechos y moldeaban la fina silueta de su cintura, allá donde las escamas hallaban su fin.
Y sus ojos.
Aquellos ojos rosados y brillantes, que parecían capaces de traspasarlo todo.
Sin embargo, para Julian, no había nada más hermoso que la ternura de su voz cantarina, que les arrullaba y adormecía con cada nota incomprensible que abandonaba sus labios azulados. Sorrento y él eran protagonistas de un espectáculo único que nunca antes habían tenido ocasión de presenciar.
Una sirena lo rodeó, danzando en la brisa, acariciando su piel con el aterciopelado pero frío tacto de sus aletas. Julian dejó escapar una sonrisa, a la vez que su mano trataba de darle alcance. Ella lo esquivó, dejando su burbujeante risa tras de si, y girando sobre si misma en un hermosísimo baile de color. Buscó los ojos del dios, y al encontrar el ansia en ellos, sonrió.
Durante toda la eternidad había sido así. Ni un solo hombre había logrado resistir al hechizo de las milenarias sirenas. Ni el gran Ulises, ni el mismísimo Poseidón. Se acercó de nuevo hasta él, acariciando la sedosa melena del joven con sus dedos largos y helados. Julian no se movió. Era incapaz de hacerlo, tal y como si una droga desconocida lo adormeciera. Solo esperó con ansia, por aquellos labios que se relamían a escasos centímetros de él, recortando la distancia a cada segundo que pasaba.
—¡Trampa mortal de coral!
Rápidamente, el coral trepó por la cola de la sirena, atrapándola y deteniéndola justo en el instante en que sus colmillos parecían dispuestos a desgarrar el pálido cuello del joven dios. Entonces, Tethys se topó con la mirada confusa de Sorrento, que recién despertaba de su propio trance, y el lento pestañear del peliazul. Era como si ambos hubieran dormido durante décadas.
—¡Apartaos! —Incansable, la rubia corrió, invadiendo con su propio canto el valle que les rodeaba, y acallando así el rugido atronador de las bestias que se esparcían ante ella.
Sorrento reacción con presteza, y después de agitar rápidamente su rostro, tratando de alejar aquel sopor que lo atenazaba, quemó su cosmos, que danzó caprichoso al ritmo de su mano y la flauta travesera, rodeando a Julian y manteniéndolo lejos del alcance de las sirenas.
—¡Barrera circular! —Contempló con el ceño fruncido y alerta cada movimiento de Tethys, mientras las perseguía y daba caza. Era una nereida formidable, rápida, de movimientos elegantes y con unas técnicas tan maravillosas como letales. Se llevó la flauta a los labios, dispuesto a ayudarla sin dejar el lado de Julian, y cuando las notas de su Sinfonía Mortal se unieron al canto sobrenatural de la rubia… todo cesó, dejando únicamente un rastro de preciosas estatuas de coral.
—¿Qué demonios…?—murmuró Julian. Trató de avanzar un par de pasos, pero entonces, sus pies resbalaron. Guardó el equilibrio, pero sus ojos, viajaron con sospecha hasta el suelo. Una mueca de disgusto se dibujó en sus labios cuando se percató del charco de sangre a sus pies. —¿Cómo no hemos visto…?
—Son sirenas, mi señor. —Tethys llegó a su lado con la respiración agitada y las mejillas coloreadas. —Sabes que no son tal y como cuentan las leyendas populares.
—Pero no me di cuenta de que… —Se agachó. Los cadáveres semidevorados de un grupo de guardias regaban el piso frente a él, convirtiendo la escena de ensueño en una pesadilla grotesca.
—Visteis lo que ellas deseaban que vierais. Tal es el poder de las sirenas. —Tethys lucía rabiosa. Asustada también, pero sobre todo sentía rabia por lo fácil que había sido atrapar al señor de los mares. —Su canto engaña a los hombres, las convierte a sus ojos en seres hermosos y maravillosos, tentadores; os convierte en sus títeres, cuando la realidad es bien distinta. —Lo miró a los ojos, con el ceño fruncido. —Esa sirena, Julian, estuvo a punto de arrancarte el cuello, mientras tú babeabas ante su canto.
—Nunca antes contemplamos sirenas…—acotó Sorrento, avergonzado.
—Lo preocupante no es no haberlas visto… sino que estuvieran dispuestas a degollar a su señor—continuó ella, inspeccionando la estatua de coral que había quedado frente a ella—. Deben obedecerte, jamás atacarte.
—Están fuera de control…
—Igual que el mar.
—Igual que el mar—masculló Julian—. Sea lo que sea que está pasando, ha llegado demasiado lejos.
—Reforzaremos las patrullas—sugirió el de Siren—. Pero quizá debamos informar a…
—Lo haremos. —El rostro hermoso del dios, se contrajo con rabia. Aquel había sido un error estúpido, y peligroso, uno que ni siquiera había visto venir. Su ego dolía enormemente. —El Santuario debe saber. —Se sopló el flequillo, y continuó. —Pero omitamos algunos detalles.
Una minúscula sonrisa se dibujó en el rostro de Tethys. A pesar de todo, se había sentido bien volver a la acción. Y por qué no… salvar a su dios y a su superior, se sentía enormemente gratificante. Sin embargo, la posibilidad de volver al Santuario se sentía bien distinta: hacía que su corazón temblara de emoción.
-Continuará…-
NdA:
Kanon: Deberíais escucharme más seguido. Puede que sea un idiota, ¡pero soy más listo que la mayoría!
Aioros: Es que eres un idiota de dimensiones estratosféricas, eso lo hace considerablemente difícil.
Kanon: Se nota que te han freído el cerebro. ¬¬'
Aioria: Malditos ilusionistas .
Saga: Principiantes que no saben lo que hacen.
Afrodita: ¡Ya tengo tu rosa lista, Saga!
Santitos: O_o
Saga: Gracias, Afrodita… Cof Cof. … … … ¡¿Qué?! ¿Qué miráis todos? Ni que fuera un alien…
Milo: ¡Mejor aún! Eres todo un Don Juan.
Saga: … Pues no me va tan bien…
Kanon: El arquero no opina igual…
Saga: El arquero esta confuso.
Kanon: Al arquero le han frito el cerebro…
Saga: ¡Pero yo soy inocente!
Aioros: Tengo jaqueca. T_T
Afrodita: ¡Saga ya me quiere!
Angie: ¡Pero a mi me quiere más!
Saga: Si, si… Cof. ¡Ya quiero irme! ¡Así que adiós!
Angie: Me llamó hermano de armas. Creo que me lo tatuaré en el brazo :D
Kanon: Tomaremos eso como tu regalo de Papá Noel. Al resto de nuestros lectores, ¡Felices fiestas!
Milo: ¡Y qué os traigan muchos regalitos!
Saga: ¡Y reviews para las Malvadas! ¡Adiós!
