"Aquel día fue memorable, porque fue la causa de grandes cambios en mí. Pero pasa lo mismo con cualquier vida. Imagina elegir un día al azar y pensar lo diferente que podría haber sido su curso ."

Capítulo 5

Legolas miró por la ventanilla del tren. El viento soplaba retirando el pelo de sus orejas y él intentaba en vano mantenerlas tapadas. Al volver a la Tierra Medía no se había dado cuenta de cómo de grandes serían los cambios que le esperaban. No estaba acostumbrado a un mundo donde las ciudades y las lenguas que se hablaban eran extrañas y dónde incluso su propia existencia como elfo le era negada. Pero algunas cosas no cambian: La apariencia del sol mientras rompía el horizonte y el perceptible olor de la tierra que se extendía ante él. Tomó una profunda bocanada de aire mientras contemplaba el cielo de la mañana.

Cuando se habían marchado de Londres, habían tenido la oportunidad de ver de cerca la destrucción. Mientras viajaban en el autobús hasta la estación de tren, se habían visto forzados a zigzaguear por toda la ciudad debido a que las calzadas estaban bloqueadas por escombros de los ataques. La estación de tren había estado a rebosar de gente, la mayoría dejando Londres para viajar a lugares más seguros . Una vez subieron al tren, sin embargo, el viaje a Edimburgo no comenzó inmediatamente. Durante dos largas horas habían permanecido parados en la misma vía, esperando, mientras los trenes de municiones pasaban junto a ellos. Finalmente, el tren salió de Londres, aunque pasó algún tiempo antes de que las calles de la ciudad dejasen paso a los espacios abiertos y las granjas. El compartimento del tren era estrecho y hacía un calor sofocante, y se vieron forzados a pasar la noche en la estación de tren de Edimburgo. Pero una vez que se hubieron subido al tren con destino a Fife, las multitudes se redujeron. Tenían un compartimento para ellos solos. Elrond y Gandalf a un lado, Legolas y Kate en el otro.

Durante horas viajaron en silencio. Los ojos de Kate estaban pegados al paisaje que la rodeaba y no decía nada, a pesar de los varios intentos de Gandalf de trabar conversación con ella. El único momento en el que ella había hablado había sido cuando pasaron sobre el puente Forth. Había buscado dentro de su bolsillo y lanzado un penique a las aguas que corrían bajo ellos. Había pronunciado silenciosamente unas palabras que Legolas había sido incapaz de descifrar. Cuando le habían preguntado acerca de aquel ritual, ella había dicho simplemente "Tradición" y había centrado su mirada sobre las onduladas tierras de cultivo de Fife. Elrond estaba perdido en sus propios pensamientos, e incluso Gandalf parecía preocupado.

La mente de Legolas estaba llena de preguntas. Miró por la ventana, contemplando como la tierra pasaba apresuradamente ante sus ojos convertida en un borrón. Intentó calcular la velocidad del tren, pero le fue imposible.

—Más rápido que Sombragrís, espero— dijo Legolas para sí mismo.

—No hay nada hecho por el hombre que pueda igualar a Sombragrís— dijo Gandalf. La seguridad en la voz de Gandalf no dejaba lugar para el debate.

A media mañana, el tren redujo la velocidad y se detuvo.

—Esta es nuestra parada— dijo Gandalf, levantándose del asiento Se puso de pie y estiró su espalda, tensa por el largo viaje. Legolas, Elrond, y Kate lo siguieron fuera del tren.

La estación era pequeña. A diferencia de Londres o Edimburgo, no había mucho bullicio en las calles de la ciudad. Solo dos pequeños andenes para carga y descarga, una pequeña tienda para vender billetes y calle abajo, lo que parecía un almacén y una oficina de correos. Kate caminó por el andén hasta la tienda. Un granjero local salió y se dirigió a su camioneta.

—Discúlpeme, señor— dijo Kate mientras se acercaba a él.

—Si señora— dijo el granjero, levantando su sombrero para saludarla.

—Me estaba preguntando si se dirige usted hacia el oeste, hacia las tierras de Alistair Ellesar— preguntó ella.

El granjero miró a Kate, a sus compañeros y de nuevo a ella.

—Bueno, lo más lejos que puedo llevarles es hasta la carretera de Thistle.

—Eso será perfecto— dijo ella.

Se subieron a la parte de atrás de la camioneta. El vehículo rugió siguiendo la polvorienta carretera hasta lo que parecía una interminable sucesión de tierras de labranza y onduladas colinas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Y así pasaron los kilómetros, hasta que el olor de algo familiar, que solo podía ser encontrado en un lugar de la Tierra Media, golpeó a Legolas con tal fuerza que dejó escapar un pequeño grito de sorpresa . Elrond y Gandalf también se habían dado cuenta. Se sentaron más derechos y comenzaron a mirar alrededor. Solo Kate pareció no darse cuenta.

—Es muy débil, pero todavía está aquí, mi viejo amigo—dijo Gandalf.

—Pero los árboles son tan pocos...— dijo Legolas.

—Sí, pero los restos de los mallorns bendicen la tierra con la que están mezclados y el aroma permanecerá para la eternidad— dijo Gandalf.

—¿Entonces esto es...? No puede ser..—dijo Legolas.

—Lothlorien— dijo Elrond.

El granjero redujo la velocidad de la camioneta hasta pararla en la intersección de dos caminos. El grupo bajó de la parte de atrás de la camioneta y le dio las gracias al granjero. Kate se giró hacia el camino más estrecho y comenzó a caminar. La tierra que recorrían estaba cercada por un murete bajo de ladrillo, lo suficientemente bajo para que fuera fácil trepar por él.

—Ya no estamos lejos, esta es la esquina más alejada de la propiedad y la puerta está a un kilometro de la carretera aproximadamente— explico Kate.

Después de abrir la puerta, subieron por el largo camino hasta la gran casa de ladrillo. Sin decir una palabra, Kate abrió la puerta de la casa y entró dentro. Luego desapareció escaleras arriba. Elrond comenzó a seguirla pero Gandalf lo evitó poniendo una mano sobre su brazo.

—Hay algunas cosas que debe descubrir por ella misma— dijo Gandalf. —Dale tiempo para leer las historias.

—Eso puede llevarle días— dijo Elrond. —No tenemos tiempo.

Gandalf sonrió.

—Ella y la gente de la Tierra Media no tienen tiempo. Tú y yo tenemos todo el tiempo del mundo. Necesitará ese tiempo si debe entender la situación completamente.

—Ni en cien días, ni en mil, será capaz de entender las profundidades de este Mal—dijo Elrond.

—Entonces nosotros le debemos al menos un par de días para que comience a comprender— dijo Gandalf.

El viento sopló y el aroma de los mallorns se hizo más fuerte, Elrond tomo una profunda bocanada de aire y caminó de vuelta a los escalones de entrada para contemplar la tierra ante él.

Kate encendió las luces mientras entraba en el estudio de su abuelo. Los muros estaban forrados con estanterías. Todas las estanterías salvo una estaban abiertas y llenas de libros que se podían coger libremente Sin embargo, una columna de estanterías tenía unas gruesas puertas de madera cerrándolas. La curiosidad por saber qué había detrás de aquellas puertas la había devorado desde que era una niña y ahora era el momento de descubrirlo... Se acercó al escritorio de su abuelo y sacó una pequeña llave. Abrió la cerradura y las puertas.

Sobre el estante superior había dos libros muy gruesos. Ella saco ambos y los colocó sobre el escritorio. Los dos tenían encuadernaciones rojas, aunque uno de ellos estaba descolorido y desgastado por la edad. Las páginas en su interior eran frágiles y las palabras con las que se encontraron sus ojos estaban escritas en el mismo alfabeto que la carta de Gandalf. El otro libro era más reciente y estaba en Inglés. En la portada decía:

"EL LIBRO ROJO"

Abrió la primera página y leyó:

EL LIBRO ROJO DE LA FRONTERA DEL OESTE

Escrito por:

Bilbo Bolsón, Frodo Bolsón, y Samsagaz Gamgee

Entregado a la casa de Gondor por Elanor Fairbairn

Traducido por: Alistair Elessar, 1896

Ella miró los dos libros y los abrió lado con lado, y a pesar de la hora tardía comenzó a leer.

Página tras página, verdades escondidas le fueron reveladas. La historia comenzaba de un modo bastante simple, y para su sorpresa, era una historia que había oído de niña. Gandalf la había arropado más de una noche con las historias de un Mediano llamado Bilbo, que se iba de aventuras con unos enanos para rescatar el tesoro de un dragón Pero el simple cuento infantil, parecía mucho más oscuro y conectado a una historia más grande. Una historia peligrosa. Una historia que le llevaría cuatro días leer, para empezar a comprender el alcance de la epopeya en la que se había visto envuelta.

Elrond y Legolas caminaron por las tierras de lo que una vez fue Lothlorien. A pesar de que la tierra había cambiado y la belleza élfica que una vez había poseído se había desvanecido, todavía podían sentir la presencia de una sensación de paz que emanaba de la tierra.

Kate cerró el libro. Había terminado. Su mente estaba intentando entender la historia como un todo. Pero la historia nunca se puede comprender como un todo. Y las páginas del Libro Rojo estaban llenas de más vida de la Kate podía imaginar. Grandes alegrías y grandes penas, hazañas heroicas y actos de cobardía, nacimientos y muertes, batallas ganadas y perdidas. Terrible desesperación y maravillosos triunfos. Arrepentimiento. Despedidas.

Gente y lugares que hacía tiempo que habían sido olvidados, de repente, le eran conocidos. Aragorn. Ella estaba emparentada con Aragorn. Y Arwen Estrella de la Tarde. Pero los nombres de Legolas, Elrond y Gandalf estaban escritos también sobre aquellas páginas y ella se quedó sentada en un asombrado silencio, intentando calcular sus edades.

—¿Lorien?— dijo ella en voz alta, recordando las palabras de Elrond del día anterior. —¿Esto es lo que queda de Lorien?

Se levantó de la silla tan abruptamente que la tiró al suelo mientras caminaba apresuradamente hacia la puerta. El sol estaba colgando bajo del horizonte. Sus ojos recorrieron las ondulantes colinas de las propiedad, pero ella sabía donde debían estar. Solo quedaba un árbol en pie en las tierras de su abuelo. Era muy antiguo y estaba medio muerto, pero Kate sabía que había sido grande en sus días de plenitud. Pudo verlos, en la distancia, reunidos bajo él.

Kate se acercó a ellos cautelosamente . Legolas estaba cavando un agujero y estaba metido en él hasta la cintura. La pila de tierra junto a él estaba creciendo en altura. Elrond y Gandalf miraban. Pronto, salió al a luz un ataúd. Al principio, Kate pensó que estaba entrelazado con las raíces del árbol, pero, en realidad, el propio ataúd estaba construido con las retorcidas raíces grises. Lo aprendido en las clases de arqueología volvió a su mente y comenzó a hablar: —Nunca había oído decir que se haya encontrado de un ataúd construido con esta clase de técnica antes —dijo Kate, mientras saltaba dentro del agujero y examinaba la madera.

—La madera generalmente se descompone rápidamente y los restos se destruyen. Solo hay un excepción en el norte, en algún punto de la costa de las Tierras Altas en Escocia.

Legolas salió del agujero que había cavado y sacó a Kate con él. Gandalf permaneció a un lado, solemne. Su mirada se cruzó con la de Elrond y ambos asintieron en silencio. No era algo que deseasen hacer, pero era necesario. Elrond caminó con reverencia hacia delante y se arrodilló junto al ataúd. Murmuró unas palabras en voz baja, puso una mano sobre él y mientras sus manos se movían para abrirlo, Kate habló:

—Hay ciertos protocolos que seguir para preservar lo que hay dentro.. no deberías abrirlo sin el equipo adecuado— dijo ella.

Sus protestas cayeron en oído sordos. Elrond abrió el ataúd y Kate tomó una bocanada de aire. No podía explicar lo que sus ojos estaban contemplando. El cuerpo perfectamente preservado de una mujer hermosa. Su pelo era largo, oscuro y caía sobre sus hombros. Sus orejas eran puntiagudas, con la forma de una hoja recién caída. Sus manos permanecían cruzadas sobre el pecho y llevaba un vestido blanco resplandeciente, que centelleaba al acariciarlo los rayos de sol. Pero fue su rostro lo que capturó la atención de todos los que se habían reunido alrededor del ataúd. Sus facciones eran delicadas y el aspecto pacífico que tenía su cara daba la impresión de que iba a despertar en cualquier momento.

Elrond se quedó sin aliento y durante un instante fugaz se sintió tan cautivado por su belleza, que tuvo la impresión de que podía agacharse y despertarla con un roce. Miró a Gandalf un instante antes de extender una mano hacia el cuerpo.

Kate no era consciente de la conversación silenciosa que estaba teniendo lugar a su alrededor, ni tampoco sabía de su gran pesar y angustia. Lo único que ella sabía era que Elrond estaba a punto de profanar la tumba de alguien que estaba tan en paz que parecía malvado molestarla.

—¡NO! Ha descansado en paz durante muchos años. No la molestes ahora. No estaría bien— dijo ella.

Elrond no hizo caso de sus palabras y cogió las manos de la mujer entre las suyas, moviéndolas.

Levantó la vista hacia Gandalf

—No está aquí.

—No pensé que lo estuviera,— dijo Gandalf. —Pero teníamos que estar seguros.

Kate dio un paso adelante.

—Sois ladrones de tumbas. ¿Qué tesoros esperabais encontrar aquí?— dijo ella, incapaz de soportarlo durante más tiempo.

La mirada de Elrond se cruzó con la de Kate y su cara estaba tan llena de rabia que la sobresaltó . Antes de que nadie pudiera decir otra palabra, Legolas cogió enérgicamente el brazo de Kate. Poniendo una mano firme alrededor de su cintura, la guió fuera del enterramiento. Solo cuando estuvieron fuera del alcance de los oídos élficos, Legolas la soltó. Para su sorpresa, ella no protestó .

—Me tratáis como si fuera una niña que ha hecho algo horriblemente inapropiado— dijo Kate. —¿Que he hecho? ¿Quién era ella?

Kate intentó que Legolas le diera respuestas, pero no era asunto suyo darlas. Cuando se negó a hablar, ella suspiró y se sentó sobre el muro bajo de ladrillos.

—No puede alguien, por favor, decirme algo...— dijo Kate, dirigiendo su frustración hacia el cielo. Pero su voz no sonaba frustrada, solo triste.

Legolas se sentó junto a ella.

—No deberían haberte mantenido ignorante durante tantos años,— dijo Legolas. —No debería ser yo el que respondiese a algunas preguntas, pero contestaré a todas las que pueda.

—Tu aparecías en el libro que he leído,— dijo Kate. —¿Es verdad lo que dice?

—Nunca he tenido el placer de leer el Libro Rojo, así que tendrás que contármelo— dijo Legolas.

—Todo. El abismo de Helm, Isengard, Gondor. Porque si quieres que te diga la verdad, todo esto suena como un cuento. Alguna gran historia que mi padre ha inventado para sacarme de Londres— dijo Kate.

—Tu padre debe preocuparse mucho por ti, pero te aseguro que esto no es ficción. Donde esta historia puede llevarte, será a lugares de los que tu padre desearía mantenerte muy alejada.

—Supongo que esos libros y la tumba son la prueba de la que hablaba mi padre— dijo ella.

—¿Que más pruebas necesitas?— preguntó él.

—Que Smaug aparezca planeando sobre aquellas colinas no estaría mal del todo— dijo ella. —O conocer a un Mediano.

—Me temo que no puedo mostrarte ninguna de esas cosas. Solo me tengo a mi mismo para ofrecerme como prueba de lo que digo.

—¿Tú? ¿Qué puedes ofrecerme? Aparte de ser bastante útil en la patrulla anti-incendios— dijo ella con una sonrisa.

—¿No te has dado cuenta? Elrond, sus hijos y yo somos de la misma sangre. Somos elfos,— dijo Legolas.

El viento retiró el pelo de sus orejas y esta vez no hizo ningún intento por esconderlas. Las orejas eran la diferencia más obvia entre ellos, pero no fueron sus orejas lo que la convencieron de sus palabras. Como Elrond y sus hijos, a los que había conocido brevemente, la presencia de Legolas estaba más definida. Algún sentimiento indescriptible emanaba de ellos, haciéndola sentir casi inapropiada en su compañía. Era el mismo sentimiento que había tenido desde que era una niña, cuando contemplaba las estrellas. Una emoción a la que nunca había sido capaz de dar forma o nombre, y que venía de contemplar algo tan lejano, antiguo y asombroso. Ella se lo quedó mirando y, aunque se sentía incómoda bajo su penetrante mirada, la sostuvo durante un largo momento.

—Te creo— dijo ella. —Aunque desearía no hacerlo.

—Las cosas que para nosotros son normales, son nuevas para ti— dijo Legolas. —Date tiempo para absorber todo el conocimiento que puedas de Elrond y Gandalf porque son inmensamente sabios.

—¿Y tú no lo eres?— preguntó ella.

Legolas sonrió.

—Soy solamente una persona en la historia de muchas. Y mis hazañas no son importantes en absoluto.

—Estuviste implicado tanto como el resto. Tu y...y.— Kate intentó acordarse del nombre. —Tú y Gimli. Tu amigo era un enano llamado Gimli.

Al oír mencionar el nombre de Gimli, una sonrisa agridulce se extendió por la cara de Legolas. —Gimli hijo de Gloin. Hay muchas historias sobre él que puedo contarte. ¿Qué quieres saber?

Kate reflexionó un instante y levantó la mirada hasta encontrar la de Legolas.

—Todo.

Legolas sonrió y comenzó a hablar.

—Había esperado encontrar el colgante aquí— dijo Elrond.

—¿Pensabas que ella habría recuperado el pendiente después de la muerte de Aragorn?— dijo Gandalf.

Elrond calló y finalmente Gandalf entendió lo que pretendía.

—La has buscado para despertarla.

Dándole el pendiente de la estrella de la tarde a Aragorn, Arwen había perdido su inmortalidad. Sin embargo, si ella hubiera recuperado el colgante después de la muerte de Aragorn, habría estado sin él un corto periodo de tiempo. Y aunque todavía hubiera estado condenada a morir, podría haber sido revivida por el poder sanador de los Elfos. Un destino similar le había recaído sobre una elfa muchas edades atrás . Era una historia tan asombrosa que había pasado de generación en generación y sobrevivido hasta el presente. Gandalf recordaba a Kate contándole la historia de Blancanieves y los Siete Enanitos. Gandalf había pasado varios años intentando entender como los enanos habían entrado a formar parte de la historia, cuando no habían participado en ella en absoluto. Pero no se podía razonar con los mortales y las historias que distorsionaban pasados los años.

—Sabía que no sería así— dijo Elrond con tristeza. —Pero, sin embargo, había mantenido la esperanza, por pequeña que esta pudiera ser.

—La esperanza es la única cosa que ni la muerte puede conquistar— dijo Gandalf.

—Tendremos que encontrar el lugar donde yace de Aragorn— dijo Elrond.

—Yo conozco el lugar.

—Me alegro de que uno de nosotros lo sepa, porque he visto poco de la Tierra Media que recuerde— dijo Elrond. Miró las tierra vacías que lo rodeaban. Su mirada cayó sobre Legolas y Kate que estaban sentados sobre el muro.

—¿Crees que es bueno que Legolas hable con ella?— preguntó Elrond. —Solo nosotros tenemos la explicación completa que busca.

—Quizá las palabras de la juventud tengan éxito donde han fallado las de la edad— dijo Gandalf.

—¿Juventud?— Elrond casi se echó a reír. —Legolas ya no es el joven elfo que era durante la compañía.

Gandalf sonrió.

—Quizá no, pero el brillo de la juventud todavía es fuerte en él. Tan fuerte incluso, que creo que nunca le pesarán los años en el espíritu como nos sucede a ti o a mí.

—La juventud es locura— dijo Elrond cínicamente. —Solo cometen errores. . . .los peores errores.— Y contempló el cuerpo sin vida de Arwen. Gandalf reconfortó a Elrond poniéndole una mano sobre el hombro.

—Ella no era tan joven como para no entender el dictado de su corazón. ¿Preferirías que hubiera vivido una eternidad de arrepentimiento?— preguntó Gandalf.

—Mi opinión es de poco valor, y no voy a obsesionarme con decisiones que se tomaron hace ya largo tiempo— dijo Elrond.

—Muy bien. Dejémosla descansar— dijo Gandalf.

Elrond tocó su mejilla y se inclinó para darle un beso sobre la frente. —Buenas noches, mi amor— murmuró.

Cerró el ataúd y Gandalf le entregó la pala. Mientras llenaba el agujero con tierra, Elrond se sintió como si la belleza de todas las estrellas se hubiera extinguido para siempre.