Capítulo 42: Conato de incendio.

Llevaba un rato esperando con cierto nerviosismo, mientras jugueteaba con el cigarrillo encendido entre sus dedos. El estruendo de un trueno hizo cimbrar los cimientos de la fortaleza de Cabo Sunion, y casi sin darse cuenta, Saga se estremeció.

Hacia rato que Naia debía haber llegado, pero aquella extraña costumbre que había adoptado a últimas fechas de llegar siempre tarde, empezaba a resultarle ligeramente irritante. Las cosas ya estaban lo suficientemente raras de por sí, como para añadirle un poco más de complicación. Sin embargo, todo el optimismo del peliazul, que nunca había sido demasiado, había terminado por esfumarse.

Le dio una última calada al cigarrillo, se acurrucó en su rincón y cerró los ojos, dejando escapar el humo con deliberada lentitud. Esa cosa lo mataría, si vivía lo suficiente, claro, pero en aquel instante, agradecía enormemente el calor que aportaba a sus pulmones. Se había dado cuenta de que los nervios lo tenían destemplado.

Solo quería que Naia llegara de una vez, darle su regalo, y hundir el rostro en el hueco calentito de su cuello. No pedía más.

—Hola. —Aunque no se había dormido, la voz dulce de la amazona le forzó a abrir los ojos.

—Ey…—murmuró, desperezándose cual felino—. ¿El entrenamiento se complicó?

—No, es que se me hizo tarde en casa. —La amazona se hizo un hueco a su lado, y Saga buscó sus labios rápidamente. —Estuviste entrenando con Máscara Mortal.

—Ajá. —Naia se acomodó entre sus piernas, y Saga aprovechó el momento para rodearla con los brazos, perdiéndose unos instantes en el perfume de su melena recién lavada. —Estuvo bien…

—Todo el mundo habla de ello. Fue una sorpresa.

—Bueno… —Se encogió de hombros. —Tenía que llegar el momento, es todo.

—Está bien—musitó. No dijo nada más, así que ambos fueron rodeados por el silencio.

Saga besó su pelo. La necesitaba, la extrañaba. Echaba de menos a la Naia efervescente del principio, a la amazona que parecía querer robarle la vida con cada beso interminable. Pero sobre todo, extrañaba los mimos… las muestras de cariño simples y espontáneas, esas que nunca había conocido hasta que había permitido que Naia entrase en su vida, y que parecían haberlo conquistado de tal modo, que creía imposible vivir sin ellas.

—Cierra los ojos. —Le pidió, mientras acariciaba los brazos de la amazona con la yema de sus dedos.

—¿Mmmm?

—Solo hazlo. —Naia frunció el ceño, no sin cierto interés, pero tras unos segundos, hizo tal y como él pidió.

Saga estiró el brazo, y buscó por la rosa que había escondido junto a él. La tomó entre los dedos, y la sostuvo frente a ella.

—Ábrelos…

—¿Qué…? —Entonces, la mirada violeta de la amazona, se clavó en la flor. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

Estiró la mano, y la sostuvo con cuidado, observando cada detalle de ella. Podía sentir un sutil cosmos manar de ella, por lo que entendió de dónde provenía. El rojo brillante, casi húmedo, y su tacto aterciopelado, resultaban hipnotizantes. Olfateó su perfume, y la suave fragancia de la flor, resultó aún más agradable de lo que pensaba. Aquella rosa roja, carente de espinas, era simplemente perfecta.

Sin embargo, en apenas unos segundos, la hermosa sonrisa se borró de su rostro, y una expresión severa fue tiñéndolo poco a poco. Saga, que había observado cada segundo de aquella reacción, frunció el ceño.

—Es preciosa. —Y lo era. Naia solo maldecía el momento en que había llegado el regalo, porque quizá, en otra situación, le hubiera parecido maravilloso e irresistible. Se hubiera abalanzado sobre el cuello del peliazul, y no lo hubiera soltado. Sin embargo, ahora…

—¿Pero…? —Naia se escurrió de su agarre, y se puso en pie, con la flor entre sus manos. Después, volteó a verlo directamente. —No te gusta…

A la morena no le pasó desapercibido el modo en que la ilusión desapareció del rostro del Santo, pero algo dentro de ella dolía de un modo insospechado e incontenible. Un mar de lágrimas inundó sus ojos, pero no permitió que cayeran.

—¿Por qué?—musitó ella.

—Por qué, ¿qué? —Saga, simplemente, no entendía nada.

—¿Por qué este regalo, Saga? ¿Por qué ahora?

El peliazul la observó perplejo. Se humedeció los labios, dispuesto a defenderse. Aunque lo cierto era, que no tenía muy claro de qué debía hacerlo. De pronto, aquella mirada que tanto le gustaba, le veía de un modo terriblemente acusador y doloroso.

—Porque quise… —Ladeó el rostro al contemplar su expresión indiferente. Tragó saliva. —¿Debería haber otro motivo?

—Dímelo tú.

—¡¿Decirte el qué?!—exclamó. Comenzaba a alterarse, y no le gustaba.

—¿Esto es alguna manera retorcida de enmendar algo?

—¿Enmendar? —A cada segundo que pasaba, se sentía más y más perplejo. —¿Qué se supone debería enmendar? Solo quería… —Calló, abanicó el aire con un gesto frustrado de sus manos, y chasqueó la lengua con disgusto. Se puso en pie, y comenzó a caminar por la estancia de acá para allá. —¿Podrías hacerme un favor? —No esperó contestación. —¿Puedes hablarme claro de una vez? Llevamos días dando vueltas a un asunto invisible y creo que ya va siendo hora de que…

—¿Te parece que Deltha es invisible?

En el preciso instante en que pronunció el nombre de Apus, Saga entrecerró los ojos, clavándolos en los de ella.

—¿Hablas en serio? —Naia no retiró la mirada. —¿De qué me estás acusando?

—No te acuso, solo digo que…

—Me acusas. Llevas haciéndolo cada día desde que volvimos de Jamir. Así que sé valiente y dímelo a la cara. —Naia se tensó tanto, que los nudillos de sus manos se tornaron blancos.— Vamos, acabemos con este juego.

—¿Te estás tirando a Deltha?

Saga continuó mirándola directamente, con aquellos ojos verdes que parecían capaces de atravesar montañas. Entonces, sus labios se curvaron en una sonrisa amarga.

—¿Vas a creer lo que te diga? —Naia no respondió, continuó ahí, inmóvil, mirándolo con desencanto, luchando porque las lágrimas no escaparan de sus ojos. —No me estoy tirando a nadie que no seas tú, Naia. Contrario a lo que pareces creer, sé lo que es la lealtad.

—No me hables de lealtad, Saga—espetó—. No entiendo nada de lo que está pasando desde Jamir. Habéis pasado de odiaros a…—se encogió de hombros—pasar más tiempo juntos del que nunca hubiera imaginado. ¡Pero el problema no es ese!—exclamó—. El problema es el modo en que estáis juntos… ese estúpido juego que os traéis, ¿qué otra cosa quieres que pensemos?

Pensemos. En plural. La herida que Naia acababa de abrir con aquella acusación, se abrió y ahondó aún más al escucharlo. ¿Cómo no lo había pensado antes? Era obvio. Aioros lo evitaba como la peste. Y descubrir que las dos personas a las que más quería pensaban de aquella manera…

Apretó la mandíbula, y giró sobre si mismo con nerviosismo, tratando de despejar su mente. Se sobó los ojos, y negó lentamente con el rostro.

—Tengo que competir con el mundo por estar contigo, Saga. ¿No lo entiendes?

—No, lo cierto es que no lo entiendo. —masculló.

—Siempre estás ocupado. Eres una especie de patrimonio del Santuario. Eres… —Chasqueó la lengua.

Quería decir muchas cosas, pero no sabía cómo. Saga era simplemente inmenso. Haber conseguido estar a su lado era un sueño, pero cada día que pasaba, la creencia de que iba a perderlo, era más y más grande.

—Eres demasiado importante. A tu alrededor giran demasiadas cosas, demasiadas miradas, demasiada atención… El Maestro vigila cada movimiento que haces o que hago, y pasamos todo el tiempo que podemos, que es poquísimo, escondiéndonos. ¡Llevamos meses nadando a contracorriente y estoy cansada! —Saga la observaba atentamente, incapaz de interrumpir el torrente de palabras que Naia vomitaba. —Estoy agobiada, y encima tú divides tu tiempo en más cosas. ¡Tengo que competir con un estúpido ordenador! Suponiendo que sea eso lo que Deltha pretendía enseñarte en ese tiempo que pasáis en Géminis. ¿Puedes explicarme como pasaste de ser el mayor objeto de su odio, a recibir clases de informática, y luego a enzarzaros en ese estúpido juego de provocaciones? ¡Por los dioses, Saga! ¡Yo no he pisado Géminis y ella no sale de allí!

Naia calló en el preciso instante en que un par de lágrimas rodaron por sus mejillas. El corazón parecía dispuesto a escaparse de su pecho en cualquier momento, y ella solo deseaba llorar amargamente. Adoraba a ese hombre que tenía en frente, siempre lo había hecho, pero se sentía tan asustada y tan… celosa, que sentía que se ahogaba. Mirase a donde mirase, solo atinaba a ver fantasmas que amenazaban con robarle lo que más quería.

—¡Joder! ¿Podrías tratar de confiar en mi? —Saga elevó la voz más de lo que le hubiera gustado, pero lo cierto era que no había esperado aquel discurso letal. —¿Tan difícil es? —La amazona se encogió de hombros, mientras se abrazaba a sí misma con los brazos. —No me hables de la presión del viejo como si no me hubiera dado cuenta de ella, Naia. No lo hagas, porque el primero que se ha puesto en la línea de fuego por ti, he sido yo. Siempre soy yo. ¿Tú te sientes vigilada? Yo desayuno, como y ceno con él cada día. Es mi superior directo, soy un santo dorado. Es mi padre, joder. Es a mí a quien mira de la forma en que lo hace, porque está decepcionado. ¿Entiendes? ¿Sabes lo que significa eso para mi?

Pocas cosas había en la vida, que pudieran dolerle tanto como la decepción en los ojos de Shion. Podía enfrentarse a él, tener discrepancia de opiniones en todo, pero al final… necesitaba su aprobación con toda su alma. Siempre había sido así.

—¡Ni siquiera hablamos desde entonces! Y tú hablas de ir a Géminis. ¿Qué quieres que pase conmigo? Explícamelo, porque por si no te has dado cuenta, Kanon, mi hermano gemelo, vive ahí. ¿Qué crees que sucedería? Ya estuve en el calabozo, ¿recuerdas? —Ella no respondió, mas de sus ojos no cesaron de caer lágrimas. —Y Deltha… —Se apartó un mechón de pelo de un manotazo. —Es tu hermana, de la misma manera en que Aioros es mi hermano. Jamás os traicionaríamos de esa forma. Te lo digo ahora, Naia: si realmente me quieres, dame al menos el beneficio de la duda, porque creo que me lo merezco. O nos lo merecemos. Deltha solo ha intentado ayudarme, porque notó cosas que nadie más logró ver, y si te soy sincero, creo que lo está haciendo bastante bien. Y solo por el hecho de que lograra perdonarme todo lo que pasó… merece toda mi admiración y respeto. Es una de esas personas a las que siempre se deben conservar cerca. No te olvides de eso.

Tomó la chaqueta y se dio la vuelta dispuesto a irse, pero antes de hacerlo, beso su pelo una vez más.

—Te quiero, lo creas o no. —Después se dio la vuelta. —Quédate la rosa. —Y finalmente, desapareció en la oscuridad de la otra dimensión.

-X-

—¿Tienes un momento?

Cuando Shion escuchó la pregunta, no pudo sino alzar los lunares de su frente con cierta curiosidad. Estaba en su despacho, inmerso en la lectura de un montón de libros polvorientos, con Arles a unos pocos metros de él en su propia butaca. Por eso, cuando escuchó al de Altair, una pequeña sospecha creció dentro de sí.

—Claro. —Dejó la pluma sobre la mesa, y se recostó más cómodamente en su silla. —¿Qué sucede?

—Hay algo de lo que me gustaría hablarte. —Arles no era un hombre de rodeos, eso Shion lo sabía bien. Por ello, al notar el modo en que no sabía como encarar el asunto, casi temió lo peor.

—Estás preocupado.

—Lo estoy—replicó el más joven, suspirando—. Sabes que hay pocas cosas que se escapan a mi vigilancia…

—Lo sé. —Aunque el peliverde también sabía que había muchas que prefería callarse y no compartir con él. No le importaba, Arles le conocía bien, tanto a él como a los chicos, y le consideraba un hombre sabio. Si había cosas que prefería callarse, era por un buen motivo.

—La cuestión es que últimamente, he notado algo que…

—Vamos Arles, dispara. —Se estaba comenzando a poner nervioso.

—Es sobre Aioros y Saga.

Shion no dijo nada. Sus ojos centenarios permanecieron fijos en la mirada almendrada de Arles, aunque sus labios se habían apretado en una fina línea. Había ocasiones, en las que era mejor no tener noticias de sus chicos, eso solía ser un indicativo de que las cosas marchaban bien. Sin embargo, cuando sucedía lo contrario…

—Creo que ya oíste hablar a la gente acerca de que se les había vuelto a ver entrenar juntos, como antaño, después de que volvieran de la misión con las empusas.

—Esa misión fue un gran acierto, sí. —Arles asintió, dándole la razón.

—Lo fue en muchos sentidos. Tal y como imaginaste, a Aioros le sirvió como inyección de moral y confianza. Volvió como un chico diferente, mucho más seguro de sí mismo y de su capacidad para adaptarse y recuperar el tiempo perdido. A parte de que, lo que fuera que sucedió allí, sirvió para que ambos se reencontraran.

—Les sirvió para recordar quienes eran.

—Sí. Juntos son una máquina perfecta en todos los sentidos. A Saga también le aportó confianza en sí mismo, aunque en otro ámbito bien diferente. Aioros ha podido dudar de sus capacidades como Santo ahora que volvió y los demás aprovecharon esos trece años, pero Saga… —Se encogió de hombros. —Saga nunca va a dudar de sí mismo en ese aspecto.

—Es la parte personal la que supone un problema.

—En efecto. En Metsovo creo que pudo recordar quien era, lejos de la sombra de Ares. —Ante la mención del dios, Shion tragó saliva.

—¿A dónde quieres llegar?

—Pues… cuando volvieron, esas rutinas de entrenamiento, resultaron no solo impresionantes de contemplar para todos, sino que sirvieron como inyección de energía en ambos. Es asombroso lo mucho que Aioros ha cambiado en este tiempo. Creo que… —Tomó una gran bocanada de aire, y luego continuó. —Sería terrible que volvieran a separarse. —Shion frunció el ceño inmediatamente, y una expresión severa y preocupada adornó su rostro.

—¿Por qué habría de suceder tal cosa?

—No lo sé, Shion… pero lo cierto es que no es una hipótesis. Ya ha pasado.

—¿Se han peleado?

—No hasta donde yo sé. Pero claro, todo lo que he logrado averiguar, es que de la noche a la mañana, esos entrenamientos han cesado. Han pasado de estar juntos todo el tiempo—o casi todo, pensó—, a apenas verse fugazmente cuando uno va o viene.

—¿Qué crees que sucedió?

—No tengo la menor idea. —Y era verdad, estaba totalmente perdido ahí.— Pero lo que si sé es que… —Se encogió de hombros. —Deben permanecer juntos, Maestro. Especialmente ahora.

Shion guardó silencio, y se sobó el mentón, pensativo. Giró en su silla, y encaró la ventana que daba a las Doce Casas. En medio de los truenos y los rayos, lucían como una estampa triste, pero no menos hermosa. Exactamente igual que sus chicos.

—Con el panorama que tenemos frente a nosotros, con la incertidumbre sobre que pasará o quien nos atacará…

—Y con Ares sin sellar.

—Exacto. —Arles apoyó los codos sobre la mesa. —Saga no puede aislarse de nuevo, sea lo que sea que haya pasado entre ellos, no puede aislarse y recluirse. La soledad no le hizo bien una vez, tampoco lo haría ahora.

—¿Qué haré con él, Arles?

El de Altair no respondió, aunque lo cierto es que era una pregunta para la que Shion no esperaba una respuesta. La ambivalencia de Géminis era más notoria que nunca: Saga era tan duro como una roca en su faceta de soldado, pero tan delicado como el algodón en la faceta personal.

—Es como una mimosa. —Suspiró, y volteó de nuevo a verlo. —En cuanto lo tocas, se retrae y se esconde.

—Las cosas han ido bien este tiempo, teniendo en cuenta lo mal que empezaron; pero a Saga le queda muchísimo que aprender sobre cómo vivir. La relación con Kanon está rota, de lo que tiene tanto mérito uno como otro y no acierto a imaginar cómo podría solucionarse.

—En ese aspecto, es como si nunca hubieran crecido. —Y le daba rabia, porque cada día recordaba con perfecto detalle, aquellos años en que fueron uña y carne.

—Y luego está el asunto contigo… —Shion dibujó un gesto triste.

Eso, quizá, era lo más doloroso de todo, Arles lo sabía. Era de sobra consciente de que ninguno tenía intención de ceder, eran así de tercos e iguales, pero también sabía lo mucho que les hería a ambos la situación. Después de todo, siempre serían como padre e hijo, no importaba qué sucediera.

—Apenas habéis hablado desde Jamir y… —El peliverde se revolvió incómodo, con un mohín de disgusto en el rostro, que en otra situación le hubiera resultado divertido. Decidió no presionar más ese asunto, y continuó. —Va abriéndose poco a poco a los demás, pero… —Se apartó un mechón de su melena castaña, y continuó. —No sé si sea suficiente.

—Lleva unos días entrenando con Ángelo.

—Sí, exactamente desde que dejó de hacerlo con Aioros.

—Veamos la oportunidad a Ángelo como un paso más en la buena dirección. Lento, pero seguro.

—¿Crees que nos sirva? ¿Crees que realmente sea suficiente como para no perderlo por completo? La guerra se nos viene encima, y quiero pensar que nadie quiere cometer los mismo errores que en el pasado, pero admite que por muchos y buenos que hayan sido los cambios de Ángelo, el asunto de Saga y Ares es un tema delicado para él.

—Lo sé, lo sé… Pero lo cierto es que no me preocupa ni lo más mínimo la capacidad de Saga para manejarse en la guerra.

—No, pero la posibilidad de que Ares nos pille por sorpresa y tire por tierra todo lo que él significa y su fortaleza mental, siempre estará ahí.

—Hazme un favor, ¿quieres? —Se sobó los ojos con cansancio. —Centra tu atención en ellos dos. Que no se te escape nada de lo que suceda con Aioros y Saga. Con ninguno de ellos. No importa que haya cosas que prefieras no contarme. —Shion no era estúpido, sabía de sobra que los dos tenían sus historias con el par de amazonas más polémico que había conocido jamás, y que no habían cesado a pesar de todo lo que pasó. —Confío en tu buen juicio para decirme lo que realmente creas que es importante.

-X-

Mochila en brazo, Deltha llegó a Géminis. Usó su cosmos para asegurarse que Kanon no se encontrara en ningún lugar cercano y, tras cerciorarse que el camino estaba libre, entró.

Afuera había un frío brutal y los templos zodiacales, por estar construidos en su totalidad con mármol, solían convertirse en verdaderas congeladoras. Para su fortuna, el hogar de Géminis ardía con fuerza, brindando un calor agradable a los recién llegados. Se abrió la chaqueta y permaneció un segundo de pie, junto a la puerta. Saga le había hecho sentir bienvenida en Géminis, pero existían ciertas libertades que aún no se sentía lista para tomar.

—¿Hola? ¿Saga?—llamó. Atravesó el salón lentamente, atenta de por dónde aparecería el gemelo. Por fin, en el silencio del tercer templo, escuchó vida en la cocina. De inmediato fue hacia allá. Apareció por la puerta y divisó al gemelo rápidamente. Sonrió. —¡Ahí estás! Te estaba buscando.

—No es como que sea difícil de encontrar.

Había un toque de amargura en su voz que no pasó desapercibido a la amazona. A pesar de todo, decidió callar. Entró a la cocina en silencio y observante.

Saga estaba de espaldas a ella y hasta ese momento, no la había enfrentado. Rebuscaba en los anaqueles más altos de la alacena por un vaso. Después, fue un poco más allá, hasta el fondo del nivel, detrás de toda la vajilla, desde donde sacó una botella que escondía. La etiqueta quedó a la vista de la amazona: vodka.

—¿Tenemos fiesta? —Deltha preguntó, mientras se acomodaba en una de las sillas del desayunador. En ese preciso instante, Saga giró de camino hacia la mesa y ella pudo verle la cara. Tenía una expresión severa, con la mandíbula atrincherada y los labios tensos.

—Necesito un trago. ¿Quieres uno?

—No por ahora, pero te acompaño si no te molesta. —El gemelo se sentó en silencio y llenó su vaso del licor transparente. De inmediato, en un solo trago, lo vació.

—¿Qué te trae hasta aquí? No te había visto en unos días.

—Lo sé. He estado un poco ocupada y no había tenido oportunidad de pillarte. —Y si ella había retrocedido un poco era precisamente por la tirantez que había crecido con Aioros y Naia. Pensó que un poco de distancia ayudaría a enfriar los ánimos, pero los resultados seguían siendo los mismos. —Precisamente por eso vine a verte. —La pelipúrpura comenzó a preocuparse cuando rellenó el vaso, solo para vaciarlo al instante, una vez más.

—Quita la cara de pánico, Apus. Solo son un par de tragos. Te invité y no quisiste.

—Quizás más tarde. ¿Vas a contarme que te pasa o tendré que suplicar?

Saga la miró de soslayo. Su vaso se llenó de nuevo. Esta vez no lo bebió de un trago, sino que jugueteó con el borde mientras sus ojos lo encontraban especialmente interesante. Tardó un poco en animarse a hablar. Después de todo, no tenía muy claro que decir.

Pero la mirada de Deltha no se apartó de él en ningún momento, a pesar de que se esforzó por esquivarla. Sin embargo, cuando sintió su mano acariciarle el brazo, no le quedó más remedio que levantar los ojos, para buscar los de ella.

—Habla, Géminis.

—Naia y yo discutimos—admitió con un suspiro. La pelipúrpura retuvo el aliento, aunque no era una sorpresa. Su amiga había fallado en escucharla. —La versión corta de la historia es que le he regalado una rosa… y básicamente lo ha tomado como una disculpa de mi parte, por algo que ni siquiera hice. Piensa que tú y yo…

—Saga…

—No sé por qué me sorprende. Ya habíamos discutido antes sobre el tema y se esfuerza por rehuirme sin importar cuanto la busque. —Apartó la mirada por un segundo, mientras una sonrisa ácida se formó en sus labios. —Y ni siquiera es la única. Últimamente, no atino a nada.

—¿Aioros también?

—Sí.

—Maldición… —Deltha musitó. Dejó caer la cabeza con pesadez, mientras un profundo suspiro le escapó de la garganta.

—Pero tú ya sabías todo esto, ¿cierto?

—Sí—admitió sin más remedio. Mentirle a Saga no solo era imposible, sino que tampoco era algo que iba a hacer. —Es decir, no sabía de la rosa, que por cierto, eres adorable. —Y lo era, mucho. Que terminara en fracaso era una absoluta pena. —Pero de los recelos de esos dos… Aioros no termina de entender que todo es juego y que no somos más que amigos. Traté de explicarle y dijo que lo tomaría con calma, pero… —Se mordió los labios al reparar en el modo en que la expresión de Saga se resquebrajaba. Había sido ingenua al pensar que el arquero podía manejarlo. —Naia también saltó con lo mismo. Le pedí que pensara las cosas con calma. Le dije que la adorabas y que no había modo que le hicieras daño. Pensé que ayudaría. Ahora veo que no. Lo siento…

Se sentía terrible mirando el rostro desencajado del gemelo, que rápidamente mutó a aquella expresión de hielo que ella no quería volver a ver en él. Saga se había esforzado tanto por mejorar y ahora, todos esos avances, esas sonrisas que tanto habían festejado juntos, se desmoronaban frente a ella.

No era justo para nadie. Mucho menos para él.

A pesar de todo, trató de no caer en pánico. Si lo hacía, entonces todo estaría completamente perdido. Atravesaban una mala racha; y los momentos amargos, por difíciles que fueran siempre terminaban atrás, opacados por el brillo de días mejores.

—¿Estás enojado conmigo?—cuestionó al santo. Adoptó su expresión más adorable, esperando obtener un poco de clemencia. De algún modo, aquellos ojos de cachorro abandonado funcionaron.

—No, no es tu culpa—dijo él y Deltha sabía que estaba siendo sincero—. Pero podrías haberme avisado del montón de mierda que se nos venía encima. —El vaso se vació por tercera vez.

—Esperaba controlar los daños antes que…

—Está claro que el control de daños fue un fracaso, Apus. —El peliazul cerró los ojos y negó pesaroso. —¿Sabes que es lo peor? Que no sé si sentirme dolido o furioso. Por una vez, estaba esforzándome de verdad. No hice nada malo y, sin embargo, ahí están los dos, apuntando hacia mi.

—Lo has dicho ya: no has hecho nada malo.

—No creo ser un tipo tan terrible.

—Claro que no lo eres. —Le tomó la mano.

—Ya no sé que creer…

El modo en que Saga suspiró le hizo saber que, lo que decía de boca para afuera, quedaba en duda en su cabeza. La amazona no quería eso. Habían hecho muchas cosas mal, pero aquella no era una de ellas.

—En vista de todo lo que ha pasado, creo que llego a tiempo—replicó, tratando de recomponerse. Había ido hasta el tercer templo con un objetivo bien claro.

—¿A tiempo para qué?

—Para darte esto. —Abrió su mochila y sacó una caja envuelta en papel azul con motas de colores. —Es un regalo para ti.

—Oh… —En definitiva, un obsequio era lo último que Saga esperaba en ese momento. El asunto de los regalos no le funcionaba mucho ese día. Resultaba casi irónico después de lo ocurrido antes con Naia. —Gracias—musitó un instante después, mientras tomaba la caja entre sus manos y husmeaba un poco, sin llegar a abrirla. —¿Debería preocuparme? Tú último fue regalo no fue precisamente útil.

—Es porque eres un bobo que no sabe apreciar la adorabilidad de un boxer de cerdito. Pero tranquilo, estoy seguro de que ésta vez te gustara mi elección. —Lo vio titubear, y aquella mueca de confusión en su rostro le resultó increíblemente adorable en medio de su tristeza. —¡Vamos, ábrelo!

Dubitativo, el santo deshizo el moño que mantenía la tapa de la caja en su sitio. La removió con cuidado, esperando que los demonios se desataran cuando aquella caja de Pandora fuera abierta. Acechó, con una curiosidad infantil, y frunció el ceño cuando encontró miles de papelitos multicolores dentro.

No estaba seguro de lo que estaba viendo, así que volteó hacia a la pelipúrpura. Ladeando la cabeza, ella le invitó a seguir buscando. Saga obedeció, no sin reprimir un suspiro.

Hundió las manos en ese pequeño mar multicolor y, por fin, sus dedos se toparon con el secreto escondido dentro. Tiró de él. Abrió los ojos de par en par al encontrarse frente a frente con su obsequio. En definitiva, jamás se le hubiera cruzado por la cabeza de qué se trataba.

—¿Un juguete?

—No es un juguete cualquiera, Géminis. ¡Es un Mickey de peluche! Es muy suave y abrazable. —Deltha se lo arrebató de las manos y lo apretujó contra el rostro. —¿Te gusta?

—Es bonito. Nunca antes tuve un juguete. —Una minúscula sonrisa, que no ocultaba cierto aire de tristeza, apareció en el rostro del gemelo, que para la amazona lo valió todo. Orgullosa del éxito obtenido, devolvió el ratón de peluche a su dueño, sin apartar la mirada de él y aquella expresión ligeramente emocionada y taciturna en su rostro cuando lo tomó en sus manos y lo inspeccionó con cuidado.

—Sabía que te gustaría. Puedo reconocer a un fanático de Mickey con tan solo verlo. —Saga la miró de reojo con cierta incredulidad. —Eso… y el hecho de que el otro día te pillé mirando videos de Mickey en YouTube y sonriendo.

—Eres una fabulosa detective, Apus. Pero, ¿sabes qué? Esta vez has hecho una excelente elección. Mickey se mudará a mi cama de inmediato.

—Es el mejor sitio para un peluche. Cuando te sientas triste, o enojado, o solitario, solo tienes que abrazarlo tan fuerte como puedas. Te hará sentir mejor. Además, los peluches son magníficos amigos: puedes contarles cualquier cosa, o lloriquear con ellos tanto como quieras, y no te juzgarán. —Los ojos verdes del santo abandonaron al juguete para centrarse en su amiga. La melancolía en su voz le resultaba hipnotizante y, aunque había un dejo de empático dolor en sus palabras, de algún modo también las encontraba reconfortantes. Deltha notó el modo en que la miraba y recompuso el camino. No estaba ahí para hacerlo sentir peor, sino lo contrario. Quería animarlo. Eso era lo que el geminiano necesitaba. Sonrió, tratando de lucir más optimista. —¡Y si estás feliz, puedes cundirle a besos! Te aseguro de que no va a quejarse tampoco.

—Suena como que eres una experta en el manejo de peluches.

—¡Que va! Solo tuve uno; lo compré poco después de abandonar el Santuario y, tengo que admitir, que me resultaba terapéutico. Antes de él, nunca tuve uno antes, así que puedes imaginarte cuanto le quería.

—¿Aún lo conservas?

—Me temo que no. El pobre bicho murió entre las garras del gato de mi compañera de piso. —Saga levantó las cejas con espanto, al reparar en el trágico final de la historia, a lo que la amazona respondió encogiendo los hombros y esbozando una sonrisa de resignación. —Espero que Mickey tenga una mejor y más larga vida.

—Prometo cuidarlo.

—Bien. A Mickey le encantan los mimos, así que asegúrate de dárselos. —Asintió enérgicamente. —Y nada de hacer cosas sucias y pervertidas delante de él. Es muy sensible.

—Dudó mucho que haya diversión en mi futuro inmediato, Apus.

—Tal vez… pero creo que hemos dejado claro que el celibato no te va bien. Así que considérate advertido: los ojos de Mickey son impresionables.

—Lo tendré en cuenta. —Por un segundo, la amazona creyó ver un atisbo de sonrisa en sus labios. Tendría que conformarse con eso.

—Muy bien. Ahora que hemos aclarado esto, creo que estoy dispuesta a aceptarte el trago de antes.

—Genial. —Saga intentó levantarse para ir por un vaso, pero Deltha lo detuvo. Fue ella quien se puso en pie y fue hasta la alacena para conseguirlo.

—Deja. Iré yo.

Mientras, Saga acomodó a Mickey sobre la mesa, sentándolo de frente a él. Se detuvo a contemplarlo por un segundo más, en el que sus pensamientos volaron de inmediato hacia la discusión de aquel día con Naia. Las emociones regresaron a él como una avalancha. Se sentía tan furioso como herido; lo que había empezado como una muestra suya de cariño e ilusión, se ensució con el fantasma de la desconfianza… una desconfianza que no tenía ningún sustento.

No entendía el porque todo se había retorcido de aquel modo. No creía ser merecedor de esos reproches sin sentido, ni tampoco de aquel recelo feroz que alejaba, uno a uno, a quienes más quería. Porque a esas alturas, no se trataba solo de Naiara, sino también de Aioros. ¿Acaso jamás serían capaces de confiar de él? ¿Le consideraban un hombre tan horrible?

Las lágrimas le traicionaron e inundaron su mirada esmeralda, a pesar de que se negó a dejarlas correr. Eran una amarga mezcla de rabia y desencanto. Apuró su bebida, con la falsa esperanza de disimularlas, pero no fue así.

Ni un instante de aquella reacción había pasado desapercibida para la amazona. Así que, cuando pasó a su lado, en el camino de regreso a su asiento, Deltha se detuvo tras de él y, abrazándole por la espalda, depositó un beso en su melena. Lo sintió estremecerse y supo que se esforzaba por no llorar. Ella no se movió; permaneció quieta, sin soltarlo.

—Todo se solucionará, Saga—susurró—. Todo va a estar bien. Ya lo verás.

-X-

Desde el regreso a la vida, Aioria se había propuesto cuidar de su hermano de la mejor manera que pudiera. Era una misión personal que se esforzaba por cumplir. Sabía de sobra que no siempre era sencillo; que no siempre concordaban en ideas y que, muy a pesar de sus buenas intenciones, a veces se veía obligado a sobreponer el respeto a la privacidad de Aioros por encima de lo demás. Pero se consideraba un buen hermano y, como tal, haría hasta lo imposible por ayudarle a adaptarse a ese mundo desconocido en el que Aioros había regresado.

Era precisamente por eso que caminaba en dirección a Sagitario. Había esperado que la lluvia cesara y ahora marchaba con rumbo definido.

El león no era ciego, por lo que había notado los cambios en su hermano durante los últimos días. Estaba de sobra decir que el distanciamiento con Saga le tenía preocupado. Y luego estaba su visión… aquella maldita visión que estaba enredando en su cerebro como una víbora dispuesto a envenenarle. Resultaba imposible de olvidar y, por lo tanto, difícil de superar.

Entre idea e idea, llegó a Sagitario. No se anunció, pues muchas de aquellas formalidades eran innecesarias con Aioros. Además, Sagitario también había sido su hogar por algunos años. Recordaba aquel templo con cariño.

—¿Aioros? ¿Estás aquí?—cuestionó al abrir la puerta de los privados. Abrió solo una rendija para acechar, antes de atreverse a entrar. Al no encontrase con nadie, se adentró al salón. —¡Aioros!

—¡Estoy aquí!

Aioria se sopló el fleco. "Aquí" no era muy útil, considerando lo grandes que eran los templos por dentro. Decenas de habitaciones vacías, cuyo uso podía ser de lo más variopinto dependiendo del dueño del lugar.

—¡¿Dónde estás?! ¡¿Dónde es aquí?!

—¡En el despacho! —De inmediato, se abocó en ir a su encuentro. Tan solo unos segundos más tarde, asomó la cabeza al interior de la oficina.

Levantando una ceja, el más joven demostró su curiosidad. Aioros estaba sentado en el suelo, frente a la chimenea y sobre la gruesa alfombra de pieles, rodeado de un incontable número de libros, abiertos en diversas páginas. Un tarro de chocolate caliente estaba a su lado, al igual que un lápiz mordisqueado y la libreta forrada en cuero, con su nombre tejido en hilos dorados, que Shion les obsequiase a todos sus santos dorados al volver.

—¿Qué estás haciendo?

—Solo… investigaba—respondió el arquero. Aioria entró, cuidando de no pisar nada de aquel regadero y se acomodó junto a la chimenea, en busca de un poco de calor.

—¿Investigando?

—La última reunión con Shion dejó muchas dudas, e intento ayudar en lo que pueda. Así que, en vista que terminé los entrenamientos con mi equipo, decidí quemarme un poco las pestañas. Además, aquí hace calor y estoy seco. Afuera llueve y hace un frío terrible.

—Cierto. —El león asintió. —Pero el clima no te había detenido antes. Saga y tú soléis entrenar un poco más todos los días, juntos.

—Hoy no me apeteció.

El modo en que el arquero le esquivó la mirada y volvió a concentrarse en sus libros, además de la brusquedad en su tono, fueron suficientes para que Aioria supiera que algo iba mal.

Resopló, tratando de llamar su atención. Sin embargo, Aioros no cedió con la facilidad que él esperase. Su terquedad sorprendió al más joven, pues no era precisamente el mejor mentiroso del mundo. Quizás debía insistir un poco más, o ser más directo. El santo de Sagitario tampoco era el más difícil de romper.

—¿Qué es lo que pasa?—preguntó sin tapujos.

—¿Qué más va a pasar?

—No, no. No me respondas con otra pregunta. Soy tu hermano y estoy preocupado. Vine hasta aquí, prácticamente con la lluvia encima porque te he notado algo raro. Soy un griego de sangre caliente y me estoy congelando el culo por ti. Ten la decencia de decirme que sucede contigo.

—¿Desde cuando eres tan mandón? —Ante dicha respuesta, acompañada por el mohín de resignación en el rostro del arquero, Aioria ladeó la cabeza. Pero no cedió, ni borró la seriedad de su rostro.

—Siempre fui un niño de carácter fuerte y lo sabes. Venga, Aioros, escúpelo.

—Es que… —Pero al ver que no se animaba a decir más, el león intervino.

—¿Te has peleado con Saga?

—No exactamente. Tenemos algunos problemas—bufó—. O tengo algunos problemas… ¡No sé!

—¿Qué clase de problemas?

—Problemas. —Subió los hombros.

—¿En serio? ¿Tengo que sacarte las palabras a cucharadas? No soy una persona que se destaque por su paciencia y lo sabes. —Al verlo girar los ojos, Aioria supo que iba ganando.

—Estoy un poco confundido, ¿de acuerdo? —Aioros hizo una pausa, en la que Aioria calló también, invitándole a continuar. —Deltha y Saga han estado actuando un poco raros. Demasiado amigables el uno con el otro. De pronto han cogido una confianza inusitada que no sé como interpretar.

—¿Amigables? ¿Por qué lo dices de ese modo? No estás implicando que algo más pasa entre esos dos ¿verdad? —Y el solo hecho de preguntarlo le generaba la más extraña sensación del mundo.

La amazona de Apus no era su persona favorita, y eso era más que conocido por todos. Pero había aprendido a sobrellevarla, porque sentía que su presencia ayudaba a Aioros a sentirse en casa.

Luego, del otro lado, estaba Saga, a quién empezaba a sentir de nuevo como a un hermano mayor. Antes de la visión, la oscuridad del pasado estaba en el olvido y Saga, el nuevo y viejo Saga a la vez, se había convertido en uno más de ellos; en familia, como era desde el principio. Y no se trataba solo de cariño, sino también de admiración. Juntos, Aioros y el gemelo, eran la viva imagen de todo lo que era magnificente en el Santuario. Eran la gloria del pasado y el brillo del futuro.

—Ya te dije que no lo sé—continuó el arquero—. Deltha asegura que solo son amigos, pero tienen las conversaciones más raras, y siempre están hurgando en la vida privada del otro. Tienen una fascinación mutua en provocarse. Pasan horas y horas juntos, en Géminis, supuestamente frente al ordenador. —¿En qué momento Aioria abrió la boca? No lo supo. Pero ahí estaba, escuchando las explicaciones de su hermano en completa incredulidad.

—Tal vez no sea nada—atinó a decir.

—Tal vez. Pero creo que Naia comparte mis dudas y ninguno de los dos está dispuesto a ceder a pesar de que es incómodo.

—¿Se lo habéis pedido?

—Yo se lo pedí a Deltha. Básicamente dijo que no se detendría.

—Quizás es algo que debéis discutir de nuevo. Sois una pareja, y tanto derecho tienes tú a estar a gusto, como ella. Debéis encontrar una solución que os satisfaga a ambos y ojo, que no digo que no debas ceder, pero si vas a hacerlo, al menos hazlo sinceramente. De nada te servirá decirle que estás bien cuando es obvio que no lo estás.

—Lo tomaré en cuenta… —Aioros soltó un suspiro y negó sutilmente, dejando entrever que empezaba a considerarle una causa perdida.

—Deberías. Soy un magnífico consejero matrimonial.

—Que tengas una novia estable no significa que lo seas. —La declaración del mayor hizo que Aioria se enfurruñara al sentirse ofendido. Pero Aioros continuó mascullando y eso lo hizo divertirse un poco. —Aunque algunas veces tengas razón.

—Sabes que la tengo.

—Sí…

Dio un sorbo a su chocolate y recorrió fugazmente sus montones de libros. Estaba saturado de información y aún así, seguía sintiéndose perdido. ¿Qué era lo que buscaba? O, peor aún, ¿qué era lo que quería encontrar?

—¿Estás seguro de que eso es todo? —Cuando oyó la voz de Aioria, le devolvió su atención. —No te conozco verdaderamente enojado, pero tengo la impresión de que un malentendido como este no sería suficiente para que evitaras a Saga como si se tratara de la peste. Todo iba magnífico entre vosotros a últimas fechas. Me gustaría pensar que tomaría mucho más que un poco de incomodidad para separaros.

—Me gustaría pensar lo mismo.

—Entonces, habla.

—Algo sucedió el otro día—dijo el arquero. El león notó que su voz se había apagado y su mirada adoptó cierta oscuridad. Las señales de lo que estaba por venir no le gustaron, pero tampoco se atrevió a interrumpirle. —Estaba en la plaza del pueblo cuando… —Las palabras se le atoraron en la garganta. —Lo vi.

—¿Qué viste? —Y, por los dioses, que el propio corazón de Aioria empezaba a desbocarse. ¿Podría ser…?

—¿El futuro? —Él mismo no sabía la respuesta. Revolvió sus rizos con nerviosismo y continuó. —No sé lo que vi. Salvo que se trataba de él.

—Ares.

—Sí. —Buscó de inmediato por la mirada felina de Aioria. Que se adelantara a sus palabras, era algo inesperado para el arquero.

—Demonios. —El más joven soltó el aliento y se llevó la mano al cuello, sintiendo la tensión de su propio cuerpo. —Creo que sé de que hablas. Sé lo que viste: una visión.

—¿Cómo…?

—Me pasó también… no hace mucho. Entrenaba y de pronto, ¡zas! Todo volvió a mi cabeza; el pasado, tenebrosamente acertado, y también algo que parecía el futuro.

—¿Por qué no dijiste nada? —El león subió los hombros.

—Quizás por las mismas razones que tú. ¡No lo sé! Solo Marin sabe de eso y ella considera que es algo que el viejo debería saber. Yo confiaba en que fuera un incidente aislado, pero si te ha sucedido a ti también… Tal vez ella tenga razón.

Se miraron el uno a otro, en espera de que alguno de los dos fuera el primero en dar el primer gran paso. Sin embargo, sin importar quien fuera el primero, eran conscientes de lo que debían hacer.

Dos eran más fuertes que uno y dos también eran más peligrosos. Dos casos que creaban un precedente, dejando entrever una sutil pero directa declaración de guerra.

-X-

Miró por la ventana solo para descubrir que la llovizna comenzó de nuevo. Siendo lemuriano, y habiéndose criado en el inhóspito clima de Jamir, Shion esta acostumbrado al frío. Con una taza de té humeante y un abrigo lo suficientemente grueso, podía sobrevivir a todo… O, casi a todo.

Su preocupación mas grande de ese día, para no variar incluía a Saga. No tenía la menor idea de lo que iba a hacer con él. Los problemas perseguían al gemelo como las abejas a la miel. Era increíble lo fácil que siempre terminaba en la mira. Esta vez, no parecía ser la excepción. Arles y sus informes habían conseguido preocuparle. No era para menos.

Desde el regreso de Jamir, la distancia entre el Patriarca y el gemelo se había agrandado. Apenas cruzaban palabras, mayormente para formalidades que poco o nada tuvieran que ver con su vida personal. Sin embargo, quizás lo único que mantenía tranquilo al lemuriano, era el hecho de que las cosas entre Saga y Aioros volvían a la normalidad que él recordaba; de nuevo eran inseparables, como si jamás se hubieran distanciado.

Lo último que deseaba eran que todos esos adelantos se perdieran. Muy a pesar del fantasma de la guerra, y de los problemas entre el peliazul y él, Shion sentía que sus chicos progresaban.

—¿Maestro? —Los rizos rubios de Aioria aparecieron por la puerta e interrumpieron sus meditaciones. Con un movimiento de su mano, le invitó a entrar. El peliverde no pudo ocultar su sorpresa cuando, unos pasos atrás de su santo de Leo, Aioros entró. ¡Que conveniente era! —¡Vaya! Está helando afuera.

—¿Os apetece un poco de té? Os ayudará a entrar en calor—ofreció el lemuriano.

—Estaría bien, gracias.

—Sentaos. Os serviré en un momento.

Mientras los castaños se acomodaban del otro lado de su escritorio, Shion se levantó y fue hasta el carrito de servicio, donde sirvió dos tazas de aquel té de color verdoso, pero sabor dulce, que tanto le gustaba. La bebida humeaba cuando la entregó a los chicos. El solo tacto con la porcelana fina y tibia, les reconfortó un poco.

—Tened cuidado. Está caliente—dijo el mayor, acomodándose de regreso en su butaca y bebiendo un sorbo de su propia bebida—. Ahora decidme, ¿qué os trae hasta aquí con este temporal?

—Bueno, nosotros… teníamos que hablarte de algo importante. —Aioria sopló un poco su taza antes de beber un sorbo. Miró de soslayo hacia su hermano, sentado justo frente a él, esperando que fuera él quien confesara primero. Aioros lucía como una estatua.

—¿Qué pasa? ¿Debería preocuparme? —Tanto recelo no le gustaba en lo absoluto al Patriarca.

—No sé si deberías, pero nosotros lo estamos. —Escuchó al fin la voz de Aioros. Le pareció que lucía desmejorado, con marcas oscuras alrededor de sus ojos que evidenciaban su falta de sueño. —Aioria y yo hemos sido… ¿atacados? —El arquero buscó por la mirada de su hermano, en busca de una mejor palabra.

—¿Atacados? ¿A qué os referís?

—Hace unos días, mientras estaba en Rodorio, una serie de imágenes llegaron a mi cabeza. No sé como sucedió, ni tampoco sé quien lo hizo. Lo único que sé es que estaba ahí un momento, y al siguiente, todo lo que podía ver eran ilusiones.

—¿Ilusiones?

—Sí. Kanon dice que lo son.

—¿Kanon sabe de esto?

—Él estaba cerca y, de algún modo, se dio cuenta de lo que sucedía. No sabe lo que ví, pero insiste en que fui víctima de un ilusionista. Detesto admitirlo, pero creo que tiene razón.

Meditabundo, Shion dejó su taza sobre el escritorio y se acomodó en su silla. Miró de uno a otro hermano, con detenimiento, midiendo con cuidado cada una de sus reacciones.

Encontró genuina preocupación en ellos y eso, si algo, lo asustó más.

—A mi me sucedió algo parecido—terció Aioria, mientras la consternación del lemuriano se creció—. Aioros dice haber visto algo parecido al futuro, pero yo vi también el pasado.

—¿El futuro? —Shion se sobó los ojos. Debía preguntar, pero no quería saber. —¿Qué habéis visto, chicos? Quiero la verdad. —No era que les considerara mentirosos, pero vista la reciente revelación de Arles, la falta de sueño de Aioros y el modo cuidadoso en que Aioria media sus palabras, completamente ajeno a su habitual ímpetu, comenzaba a hacerse una idea… Y el panorama lucía terrible.

—Vimos a Ares, usando el cuerpo de Saga para arrasar de nuevo con nosotros—escupió Aioros. Inconscientemente, Shion retuvo la respiración. De pronto, todo cobraba sentido.

—Y cuando decimos arrasar, no estamos exagerando. Lo que las visiones muestran es una verdadera masacre. Maestro, si esto es verdaderamente el futuro… Tenemos que detenerlo.

Shion no podía estar más de acuerdo. Pero las dudas asaltaban su cabeza, de un modo no muy diferente al de sus chicos. Después de todo, si Kanon estaba en lo cierto, adivinar si aquellas visiones eran una certeza del mañana, no era más certero que lanzar una moneda al aire y adivinar que cara caería.

Temía por Saga; al tomar una decisión al respecto, podrían terminar en el mismo punto que inició la pesadillas. Si afrontaban el problema de frente, el santo de Géminis corría el riesgo de hundirse. Pero si no lo hacían, podrían pecar de confiados y ser tomados por sorpresa, arruinando todo una vez más. Cualquiera que fuera la decisión, no podía ser tomada a la ligera. No tenían el lujo de iniciar un escándalo de aquello, pero tampoco podían errar en la importancia que otorgarían a las ilusiones.

—Seamos prudentes—habló, tras un largo instante de reflexión—. Desconozco el origen de estas visiones, o el por qué llegan en este preciso momento, pero por el bien de todos—especialmente el de Saga, pero eso lo guardó para sí—, estaremos vigilantes. Dudo mucho que Ares sea el enemigo a vencer en la guerra que se viene; carece de las habilidades para suplantar el poderío de otros dioses y tampoco es un dios creador de monstruos. Pero no bajemos la guardia.

—¿Saga debería saber de esto? —Fue Aioria quien preguntó, pues entre su hermano y el gemelo, Ares era un tema más que delicado.

—No por ahora. —Después, se aseguró de mirar directamente a los ojos de su santo de Sagitario. —Os pediré que estéis atentos. Si vuelve a sucederos, o sabéis de alguien más, decidme. También echad un ojo a Saga. La última vez…—calló. No era necesario repetir lo mucho que se habían equivocado entonces. —Vigiladle. Cuidadle, por favor.

Para el viejo, aquella noticia llegó como una reprimenda divina. El enojo hacia Saga y su rebeldía no se había aplacado, permitiendo que la distancia entre ambos creciera. Sin embargo, quizás era hora de dejar el orgullo atrás y volver a centrarse en lo que era realmente importante.

No tenía idea de cómo iba a conseguirlo, pero tendría que ser él, quien primero izara la bandera blanca. Bajo ningún concepto le dejaría solo de nuevo. No cometería el mismo error dos veces.

—¿Shion? —La voz de Arles les interrumpió. El santo de plata entró y ofreció una reverencia a los presentes antes de continuar. —Disculpad la interrupción, pero algo ha sucedido. Es importante tu presencia en el salón del trono, Maestro.

Shion dirigió una última mirada hacia los hermanos antes de sentenciar el fin de su reunión. Se aseguró que sus ojos confirmaran su súplica anterior.

Después, siguió a Arles fuera de la habitación.

-X-

Camus inclinó el rostro en señal de respeto cuando entró al salón del trono. Tras él caminaban las visitas recién llegadas. Isaak y Tethys habían vuelto al Santuario de improviso, y tanto Shion, como Arles y la misma princesa, sospechaban que no lo hacían por mera cortesía. Algo había sucedido.

—Maestro. —Isaak y Tethys imitaron el gesto del francés.

—Gracias por acompañarles hasta aquí, Camus. —El peliverde esbozó una sonrisa minúscula.

—Me retiro por ahora. —Dedicó una última mirada a su antiguo alumno, y desandó el camino que conducía al trono. A Shion no le pasó desapercibido el cariño disimulado en sus ojos azules.

—Nos veremos en la cena. —El francés asintió, y apenas unos segundos después, los guardias cerraron la puerta tras él. Shion volvió su atención a las visitas. —Bienvenidos de nuevo, es un placer veros. Aunque mucho me temo que no es una visita de cortesía ni traéis buenas noticias.

—No, Maestro. —Isaak lucía el mismo saber estar que Camus, su misma templanza; y el peliverde no pudo sino sentirse orgulloso de su santo de Acuario. Había tomado a sus dos alumnos siendo apenas un niño, y era obvio que había hecho un excelente trabajo, a pesar del poco tiempo que había pasado con la Marina de Kraken. Kanon tampoco lo había hecho nada mal, pero ese era otro asunto.

—Acompañadme entonces, pongámonos cómodos y hablemos con más tranquilidad.

Shion fue el primero en acomodarse en su asiento, y rápidamente, los demás siguieron. Sirvió a los recién llegados te caliente, y una vez todos estuvieron cómodos, prosiguió; procurando por todos los medios, disimular su impaciencia.

—Vosotros diréis.

—Julián nos envía para hablaros de los últimos acontecimientos que han sacudido Atlantis.

—¿Qué sucedió? —La voz preocupada de Saori, resonó entre el crepitar de las llamas de la chimenea.

—Sufrimos un ataque, en pleno corazón de nuestro reino. Un grupo de sirenas mitológicas destrozó sin piedad a algunos de nuestros guardias a los pies del mismo Pilar del Atlántico Norte. —Los ceños de los presentes, se fruncieron por igual. Salvo el de Tethys, que escuchaba silenciosa, y ligeramente divertida, la adaptación de la historia que realmente había acontecido. —No solo fueron capaces de llegar hasta allí—lo cual, realmente no era difícil sin una marina que lo protegiera, pero eso, no tenían porque saberlo—, sino que Julián no logró controlarlas a pesar de ser criaturas de sus dominios. Tethys y Sorrento se vieron obligados a intervenir y eliminarlas a todas.

—Me alegra saber que al menos, estáis bien. —La mirada rosada de Shion, se fijó en la joven rubia, que lucía orgullosa, más que preocupada. Sin embargo, había algo en aquella chiquilla, que le gustaba. —Buen trabajo.

—Después de todo lo que ha sucedido a últimas fechas, especialmente el descontrol de los mares y sus bestias, Julián está preocupado. Envía sus disculpas por no ser él quien os diera el mensaje, pero consideró que su salida del templo marino podría resultar peligrosa.

—No tenéis de que preocuparos. Lo comprendemos. —Se apresuró a aclarar Saori.

—Y es una sabia decisión. Independientemente de que los mares estén más o menos descontrolados, Julián es su señor y sin él en Atlantis, el peligro de descontrol es aún mayor.

—Eso pensamos. —Isaak estuvo de acuerdo con el maestro. —La cuestión es que… además de eso, hay una petición que Julián desea que os sea transmitida.

—Adelante, somos todo oídos.

—Con este nivel de alerta y como aliados que somos, le gustaría mantenerse al tanto de todo lo que suceda, de todo lo que se averigüe aquí en el Santuario…

Observó con detenimiento a sus acompañantes, sopesando las opciones de que realmente accedieran. Isaak era optimista, porque después de todo, Julián había jugado bien sus cartas enviándolo a él. Sabía de sobra que en el Santuario era visto con buenos ojos gracias a Camus, y era una condición que no tenía intención alguna de estropear. En lo que a él respectaba, la nueva vida había traído consigo muchas oportunidades, y la de mantenerse como fiel aliado del Santuario, le resultaba especialmente agradable.

—Entiendo.

—Por eso, le gustaría contar con vuestra aprobación para que Tethys permanezca aquí, con vosotros. Bajo vuestra protección, como invitada pero también como aliada. —Tethys asintió al escuchar su nombre. —Debéis saber que ella es como una hermana para Julián, la tiene en mucha estima, igual que todos nosotros, y es nuestra sirena más valiosa. —Posó su mano con suavidad sobre la de ella. —Hablando con menos formalidad… ella es nuestro pequeño tesoro, y nos gustaría que sirviera como enlace entre ambos reinos, y muestra de buena voluntad.

—¿Sabes, Isaak? —Shion dibujó una sonrisa en sus labios. —Hay pocas cosas más valiosas, que la unión entre un grupo de guerreros como somos todos nosotros. Me gusta, como no imaginas, contemplar el vínculo que os une. Hace que el futuro de nuestra alianza, luzca mucho más fuerte. —Volteó a verla a ella, y agrandó el gesto un poco más. —Eres bienvenida, Tethys. Arreglaremos todo. Espero que puedas sentirte como en casa.

—Muchas gracias, Maestro.

—No me las des.

—Le diré a Julián—acotó Isaak, satisfecho.

—Sí, hazle saber. Pero también avisa de que volverás más tarde. ¿Por qué no pasas la noche aquí? Camus estará contento de tenerte en casa.

Y por primera vez, desde que Shion le había conocido, vislumbró en el chico una sonrisa genuina, lejos de la formalidad que caracterizaba a los Acuario.

-Continuará…-

NdA:

Santitos: Ho Ho Ho!

Tethys: Navidad en el Santuario!

Milo: ¡Santa Julián nos trajo una sirenita!

Kanon: Algo bonito en el Santuario, ya iba siendo hora!

Milo: ¡Ey! Que yo soy bonito :)

Afro: Mis pobres y despreciadas rosas T_T

Saga: Calla… :(:(

Gato: ¿Qué demonios pasa aquí? ¿Debo pegarle a alguien?

Saga: ¿En serio? ¿Ahora eres héroe de día y superhéroe de noche? ¿Cómo Batman? ¬¬'

Gato: Eh! Tranquilo… ¬¬'

Saga: … … …

Deltha: Mickey, Saga… recuerda a Mickey!

Aioros, Naia: ¬¬'

Deltha: Como están los ánimos, eh…?

Milo: ¡Esto se pone interesante! ¿Apuestas?

Shion: ¡Chicos, chicos! Calma, ¿si? Teneis que relajaros un poco. ¡Y nada de apuestas, Milo!

Arles: ¿Despedimos el capítulo?

Shion: Mejor, si. Es Navidad, y hay que ser buenos y quererse más aún!

Santitos: …

Arles: ¡Feliz Navidad!

Shion: ¡Y Feliz Año Nuevo!