Capítulo 43: Dudas.

A pesar de sus casi trescientos años de vida, Shion se consideraba a si mismo un hombre con el que era fácil entenderse. Sus ojos rosados habían contemplado como muchas vidas de distintas generaciones nacían y morían, para dar paso a una nueva. Inevitablemente, siempre había mantenido un vínculo especialmente estrecho con la Orden Dorada, al principio, habían sido como sus hermanos, y con el tiempo, todos y cada uno de aquellos chiquillos que lucían orgullosos una armadura de oro, se habían convertido en sus hijos.

Sin embargo, no se engañaba. Ninguna otra había sido como esta generación. Ni siquiera la Orestes y los demás, a los que había amado con locura. Y no importaba el poco tiempo que había pasado con ellos… simplemente, habían sido diferentes. Brillaban con una luz especial, y sus rasgos, aunque parecidos siempre a sus predecesores… les desmarcaban.

Podía decir orgulloso, que a pesar de aquellos cortos años que había pasado a su lado, les conocía más que bien. Sabía identificar sus viejas mañas, aún visibles a pesar de que ya no eran unos niños. Y al hacerlo, siempre se le dibujaba una sonrisa llena de añoranza. Por mucho que hubieran sufrido, y por mucho que hubieran cambiado, atisbar de cuando en cuando minúsculos destellos de los niños que habían sido, le conmovía el corazón.

Le gustaba observarles en silencio cuando estaban todos juntos. Por eso, anhelaba cada día porque llegaran las reuniones en el comedor del templo papal. No importaba cual fuera: desayuno, comida o cena… verles allí sentados, con sus rostros llenos de sueño cada mañana, o con la nariz sonrosada por el resfriado cada noche, era un regalo que agradecía enormemente a los dioses… si es que aún contaban con el favor de alguno.

Sin embargo, era precisamente por esa importancia que le daba a las reuniones, que había detalles que era difícil que le pasaran por alto. Sobre todo los silencios.

Sus ojos rosados volaron de modo casi inconsciente de Aioros a Saga. No sabía cuantas veces les había contemplado ya aquella mañana, y si ellos lo habían notado, Shion lo ignoraba.

Aioros escuchaba el parloteo incesante de Aioria y Milo. Si les prestaba atención o no, no podía asegurarlo, pero sus ojos azules lucían apagados, y de aquella sonrisa que le iluminaba el rostro cada vez que estaba en compañía de su hermano, no había ni rastro.

Y Saga… estaba, simplemente, callado. Shion suspiró con suavidad. Lo cierto era, que eso no era ninguna novedad. El peliazul había sido un chiquillo callado desde niño, quizá porque Aioros y Kanon hablaban todo por él. Mas, en aquellos meses desde que habían vuelto, Shion se había acostumbrado a escucharlo más a menudo. Tampoco demasiado… pero más que lo que venía oyendo de él a últimas fechas.

Se veía serio, especialmente concentrado en la taza de café, si bien no se había atrevido a darle un solo sorbo. El viejo sonrió. Goloso como era, al geminiano no le gustaba el café, no tenía la menor idea de porqué lo había pedido aquel día, pero si Saga continuaba dándole vueltas a la cucharilla, terminaría por desgastarla.

Un cigarrillo apagado, bailoteaba entre los dedos de su mano izquierda, bajo la férrea vigilancia de Arles. Si a Saga se le ocurría encenderlo, lo más probable es que el santo de Altair lo despertara de su letargo con un grito. Shion sonrió. A diferencia de los más jóvenes, los gemelos y Aioros se habían educado en ese templo, como los príncipes que eran. Y Arles siempre había sido estricto con los modales, tanto, que aún después de tantos años, su sola presencia les intimidaba lo suficiente como para que no lo retaran con algo tan simple como aquello.

Pero obviando aquellos detalles que lo llenaban de recuerdos, la realidad era otra muy diferente. Más cruda. No le gustaba la ausencia de sus rostros, las miradas apagadas, tan lejanas, que parecían estar en otro planeta. Shion era plenamente consciente de cómo de turbulentas estaban las cosas, o al menos, se hacía una idea que consideraba bastante aproximada. Y, por mucho que le irritara tener que hacerlo, había llegado el momento en que tenía que ceder.

Era tan orgulloso como sus chicos, era plenamente consciente de ello. Más aún, cuando consideraba que quien tenía toda la razón era él. Pero también era casi tres siglos más sabio, y sabía que había momentos en que debía hacer alguna concesión por un bien mayor.

Les observó marchar, uno a uno, y antes de que desaparecieran de su alcance, alzó la voz.

—¿Saga? —El aludido se quedo quieto, y volteó el rostro para verlo, sin decir nada. A Shion no le pasó desapercibido el modo en que los chicos intercambiaron miradas, ni tampoco le sorprendió. Desde el incidente de Jamir, apenas habían hablado, menos aún en público. Y por un instante, los ojos cerúleos del arquero, se cruzaron con los suyos, preocupados. —Camina conmigo.

El peliazul permaneció inmóvil, pero asintió sutilmente, hasta que el lemuriano lo hubo alcanzado. No era una pregunta, ni una petición, lo sabía de sobra. Saga echó a andar a su lado, y su mirada, voló inconscientemente al punto por el que los demás habían marchado, deseando poder huir y esfumarse en la nada. No tenía ni idea de qué era lo que quería Shion, pero lo cierto es que no se sentía de humor para escucharlo. Ni a él, ni a nadie, a decir verdad.

—Supe que has comenzado a entrenar con Ángelo. —Un sí, apenas audible, fue toda la contestación que recibió. —Me alegró mucho saberlo. —Shion lo vio de soslayo, mientras sus pasos lo encaminaron a la estoa que rodeaba el gran jardín, con la estatua de Aquiles en el centro.

El viento ululaba entre las columnas, y la lluvia, mecida por el aire, parecía estar en todas partes. Sin embargo, a Shion le gustaba aquel lugar, y tenía la impresión, de que a Saga le traía recuerdos agradables, algo que no sucedía con la mayor parte de los rincones de aquel templo.

—¿Cómo fue?

—No lo sé—respondió—. Solo se dio… y parecía una buena idea.

—Estoy seguro de que lo fue. —Saga se llevó el cigarrillo a los labios y finamente lo encendió, calándolo con suavidad, pero con cierto nerviosismo que no le pasó desapercibido al maestro. —Ángelo se ha estado esforzando mucho por cambiar y por encontrar su camino. Tu aprobación es importante para él.

—Bueno, creo que eso va mejor. —Se encogió de hombros. —Es… o era, más complicado de lo que parece.

—¿Qué hay de Afrodita?

Saga toqueteó el cigarrillo con sus dedos, desprendiéndose de la ceniza. No pareció inmutarse demasiado por la pregunta, aunque se esforzaba por mantener la atención puesta en el modo en que el polvo desaparecía arrastrado por el viento. Se esmeraba por no cruzarse con su mirada, Shion lo sabía… y no le gustaba. Le ponía nervioso, y multitud de pensamientos oscuros se revolvían en su mente al notarlo tan esquivo.

—Más o menos. Es diferente de Máscara Mortal. —Caló de nuevo, y expulsando lentamente el humo, tras unos segundos, continuó. —No porque lo considere más culpable o menos, es que… —Alzó los hombros de nuevo. —Simplemente, él es diferente. Es más tímido, o retraído. Ángelo es más… efervescente.

—Sea del modo que sea, me alegra mucho que dieras el paso. Creo que es bueno para todos, también para ti. —Por un instante, atrapó su mirada. Pero, lo que Shion vio en aquellos ojos, fue una insondable nada. Lucían apagados. Ausentes.

—¿Qué es lo que quieres?

Escupió la pregunta tan de golpe, que Shion no pudo sino alzar los lunares sorprendido. A veces la sutileza de Saga, brillaba por su ausencia.

—¿Tengo que querer algo para hablar contigo?

—¿Quieres que te responda a eso? —Shion entrecerró los ojos con fastidio.

—Hace mucho que no hablamos, más que para llevarnos la contraria cuando nos reunimos.

—No tenemos por qué estar de acuerdo en todo, ¿no?

—No, no tenemos por qué. —Aunque le gustaba mucho más cuando era así. Tomó una gran bocanada de aire, y detuvo su caminar. Giró hacia él, y lo tomó suavemente del brazo. —Eres un hombre con una visión de las cosas muy clara. Y crítica también. —Y eso le irritaba enormemente, si, pero no era un rasgo negativo. No del todo, al menos. —Pero el hecho de que no estemos de acuerdo en determinadas cosas, no significa que debas aislarte.

—No me aíslo—respondió rápidamente.

—¿No? —Shion ladeó el rostro, buscando sus ojos nuevamente. Saga mantuvo su mirada por unos segundos, y finalmente, la apartó.

—No es como que tú me hayas dado mucha conversación.

—No, tienes razón. —Negó con el rostro. —Y sigo enfadado. —Sus facciones adoptaron un gesto severo, y Saga resopló. —Y tú sigues enfadado. Y yo considero que yo tengo razón, y tú crees que eres tú quien la tiene. Se que no vamos a llegar a un acuerdo en eso. —Saga dejó escapar una breve carcajada sarcástica, que Shion prefirió ignorar. —Pero eres mi hijo mayor, y te quiero.

Saga alzó la mirada, y por primera vez, fue él quien buscó sus ojos. Shion estrechó sus hombros suavemente, y continuó.

—Enterremos el hacha de guerra, ¿de acuerdo? —El peliazul asintió, y Shion continuó con una sonrisa en los labios. —Me gustas más cuando no me llevas la contraria todo el tiempo.

—Tranquilo, es mutuo—masculló.

—Lo sé. —Un trueno cimbró el cielo. —Abrígate. —Reemprendió el camino de regreso al templo, pero antes de desaparecer tras la puerta, volteó brevemente. —¡Y deja de fumar!

-X-

Siegfried podría pasar la vida observándola y jamás tener suficiente de ella.

Hilda era una mujer especial desde su nacimiento, una elegida. Como sacerdotisa de Odín, poseía un aura divina que la había rodeado desde que era una niña y la hacía única. Era cómo magia; un magnetismo que atrapaba los ojos de todos, incluidos los del dios guerrero. Su mirada era un remanso de paz y calidez en medio del violento frío asgardiano. Hilda representaba todo lo bueno que había en el mundo… Y además, coronando todas aquellas virtudes, era preciosa como la más bella de las diosas.

Su cosmos era lo más puro que el asgardiano había sentido jamás. Cuando la contemplaba al rezar, a la distancia pero siempre vigilante de su princesa, se perdía en ella.

Hilda acudía cada mañana al encuentro de Odín. Después del desayuno, sin falta, sin importar si la tormenta arreciaba o si el Sol brillaba, la peliplateada se hincaba ante su estatua y pedía en nombre de la humanidad, por el beneplácito del dios. En algunas ocasiones, especialmente cuando el clima era benévolo, era acompañada por decenas de asgardianos que entendían la importancia de su rol en el mundo y aceptaban con gusto el sacrificio de no conocer el Sol, o el verdor del follaje. Pero en otras, como aquella mañana en particular, cuando el viento era cruel y la nieve caía sin cesar, su única compañía era ella misma.

Habían pasado semanas desde la última vez que las nubes permitieron que el Sol brillara sobre ellos. Los inviernos en Asgard siempre eran duros, pero en aquel año la inclemencia de los dioses quedaba en evidencia.

Se envolvió un poco más en las pieles que le cubrían, justo en el momento en que una ráfaga de aire polar hizo aullar al viento. Hilda, como la mujer fuerte que era, ni siquiera se movió. El viento levantó su cabello y lo enredó, pero sus oraciones no fueron interrumpidas. Era admirable su entereza, aún bajo condiciones extremas.

—Es realmente fuerte, ¿no lo crees? —Esa voz le hizo voltear. No había reparado en que Fler estaba a su lado. —No se ha movido ni un centímetro; su cosmos no ha perdido fuerza y sus plegarias no se detuvieron.

—Su concentración es absoluta—musitó él. La rubia asintió con suavidad

—Hace demasiado frío hoy. Os traje algo caliente. —Acercó la bandeja que llevaba en manos al dios guerrero, poniendo a su alcance una taza de te caliente.

—Gracias, Fler. Se agradece algo tibio.

—Lo sé. Además, Hilda estará agotada cuando termine. Todo lo que ha sucedido últimamente, la inestabilidad en el ambiente, la tiene al límite. Es como si necesitara de más esfuerzo para mantener los favores de Odín en este mundo.

—Todo está fuera de control. —Siegfried arrugó el ceño al hablar. Como el hombre más cercano a Hilda, conocía cada detalle de lo que sucedía en tierras atenienses.

—Estás preocupado. —Fler le miró de soslayo. —Sé que vas a cuidar bien de ella, Sieg.

—Eso puedo prometerlo.

—Eres un gran tipo. Somos afortunadas de tenerte. —Y lo decía con toda sinceridad. Estaba feliz de tenerlo de regreso… a él y a todos los demás. Pero Siegfried en especial era importante para Hilda y, por su compañía, ella agradecía. Los momentos de dolor y penuria se sentían más lejanos que nunca, a pesar de las amenazas en el horizonte. Fler era una optimista de corazón; no podía evitarlo. Sin darse cuenta, sonrió. El dios guerrero de Alpha reparó en aquel gesto y, por un segundo al menos, se le contagió. —¿Crees que tarde mucho más? Su té va a enfriarse.

—No debería. Normalmente, sus oraciones estarían llegando a su final.

Y quizás pecaba de protector, pero el guerrero de Alpha esperaba que la sacerdotisa terminara pronto con sus obligaciones. El día había amanecido terriblemente mal y amenazaba con empeorar. Ahí, a los pies de la estatua de Odín, Hilda se sentía más vulnerable que nunca.

El rubio sorbió un poco de su taza de té y la calidez de su bebida corrió por su cuerpo. Sus ojos, sin embargo, no se separaron de la sacerdotisa. Cuidaba cada uno de sus movimientos.

Fue precisamente por esa atención al detalle que el corazón brincó con tanta fuerza cuando la charola resbaló de las manos de Fler y cayó al piso con un gran estruendo, rompiendo la taza en miles de pedazos y derramando la bebida caliente, que poco tardó en congelarse ante las inclemencia del tiempo.

—¿Fler?—llamó su hombre al voltear por ella—. Fler, ¿estás bien? ¿Qué sucede? —Y al no recibir respuesta, sus nervios afloraron violentamente. —Oye, ¡Fler! —La tomó de los hombros y la sacudió un poco. Pero la mirada azul de la joven estaba ausente, perdida en la nada.

Fler estaba inmóvil, como envuelta en un hechizo. Sus pupilas estaban contraídas y sus labios, apenas abiertos. De vez en vez, apenas en un murmullo, musitaba palabras que Siegfried no terminaba de entender. Su rostro, usualmente dulce y angelical, se desfiguró con el pánico. Cuando las lágrimas brotaron de sus ojos, corriendo por sus mejillas sin control alguno, fue que el dios divino verdaderamente se preocupó.

—¡Fler! ¡Vamos, Fler! ¡¿Qué pasa contigo?!

No tenía la menor idea de lo que debía hacer o decir. En un ataque de pánico propio, la había zarandeado, con más violencia de la que debería para regresarla, pero no había funcionado. El trance era profundo y poderoso.

Su desesperación consiguió lo que la ventisca no pudo y Hilda abandonó sus rezos matutinos.

Al distinguir a su hermana y su guerrero en franca desesperación, se levantó tan rápido como pudo y corrió hacia ellos. Lo que encontró toda vez que estuvo junto a ellos, la dejó sin palabras. Una mirada compartida entre ella y Siegfried bastó para que entendieran la magnitud de lo que sucedía, así como la impotencia de la que eran víctimas.

—Sieg, ¿qué está sucediendo?—preguntó, mientras tomaba el rostro de su hermana pequeña entre sus manos. Estaba pálida y fría. Solo sus lágrimas brindaron algo de calor a sus dedos cuando las tocó.

—No lo sé…

Pero justo cuando aquella tragedia parecía tocar fondo, Fler rompió a llorar. La desesperación con la que el llanto desgarró su garganta devolvió la vida a su cuerpo catatónico. Se aferró a lo primero que encontró frente a ella, que fue Hilda.

Al sostenerla contra su cuerpo, la mayor la sintió temblar entre sus brazos. Su cuerpo convulsionaba al rebosar de emociones. Era incapaz de controlarse.

—Fler, cielo, tranquila. —Hilda la sostuvo con tanta fuerza como le fue posible. Acarició su cabello, sintiendo como poco a poco, sus mimos rompían toda resistencia de su hermana. —Todo está bien—susurró mientras besaba su frente y buscaba por sus ojos. Solo lamentaba no poder asegurarle lo que sus labios prometían.

—Lo vi, lo vi… Lo vi todo—balbuceó, con el aliento aún cortado por el llanto.

—¿Qué has visto? —Pero no respondió a Siegfried. Sentía que no podía.

—Fler—esta vez, Hilda le levantó el rostro para enfrentarla—, ¿qué has visto? Tienes que decirnos.

—A él… A Saga, destruyéndolo todo, tal como hizo Kanon. —Los ojos de Hilda y Siegfried se abrieron con incredulidad, pero jamás abandonaron los de la rubia. —Lucía diferente. Se veía como él, pero no lo era. Pero hizo que el mundo entero ardiera.

-X-

Hacía rato que Tethys había terminado el desayuno que una doncella había traído para ella más temprano. Había comido en silencio, en el balcón, observando cada detalle de todo aquello que podían contemplar sus ojos.

Aún no conocía nada del Santuario, pero en el poco tiempo que había estado allí, se había hecho una idea bastante aproximada de la distribución del templo papal.

Aunque todo el mundo se refiriera a él como un único templo, en realidad, se componía de tres naves diferentes. El megarón principal, donde se ubicaba el salón del trono, la gran biblioteca, y los despachos. Y los templos complementarios, destinado uno a las viviendas y otro a las cocinas y el servicio. Se situaban a izquierda y derecha envolviendo al Templo en su elegancia de mármol blanco y rosa. La estoa comunicaba los tres edificios, y el jardín reinaba en el centro, en todo su esplendor. Al fondo, la impresionante estructura circular de la Fuente de Athena, cerraba el complejo, rodeada de las cristalinas aguas del manantial.

Desde su terraza, Tethys podía escuchar las voces alegres y cantarinas de las doncellas, que iban y venían envueltas en sus peplos de gasa blanca. Incluso no mucho antes, había visto a Saga y el Maestro hablar un poco más allá. Les había observado con interés, aunque había procurado no ser vista; era una invitada a la que estaban tratando con todos los lujos, y no tenía intención alguna de estropearlo. Quería que confiaran en ella, de igual modo que ella sentía podía confiar en ellos.

No sabía como explicarlo… pero cuando Aioros y el gemelo mayor visitaron Atlántis, una agradable sensación de seguridad la envolvió. No era que no confiara en sus marinas, sus propios hermanos, a los que adoraba y consideraba magníficos guerreros; pero algo en el aura de los santos, en su porte, incluso en sus miradas, les hacía diferentes… impresionantes.

En aquel momento, alguien llamó a la puerta, y la sirena rubia dio un respingo. De modo instintivo se pasó una mano por los rizos rubios, y se arregló la ropa.

—¿Tethys? —La voz de Saori Kido se escuchó del otro lado. —¿Puedo pasar?

—¡Sé, claro! ¡Adelante!

Pocos segundos después, los ojos grises de la diosa la contemplaban con una expresión alegre y aniñada.

—Espero no molestar…

—¡Por supuesto que no, Princesa! —Inclinó el rostro suavemente, y la sonrisa de la pelilila se amplió.

—Siento que hayas estado tan sola toda la mañana, pero ahora que ya estoy libre de obligaciones por un rato, me preguntaba si querrías pasear conmigo. —Las cejas de la sirena se alzaron ligeramente, sorprendida ante el ofrecimiento. —Así puedo mostrarte algunas cosas del Santuario…

—Sería un honor.

-X-

La mirada de Kanon lo estaba poniendo nervioso. Llevaba prácticamente todo el entrenamiento con los ojos encima de él, prestándole más atención de la que le había prestado en toda su vida. Aioros se sentía realmente inquieto, a pesar de esforzarse por no demostrarlo.

Por fin, el momento de dar por terminado el día y enviar a todos sus subordinados a casa, llegó. Agradeció a todos, se despidió y tomó su propio camino.

No le sorprendió que el gemelo fuera tras de él. Kanon era como un perro de caza: toda vez que olía sangre y tenía un rastro, no lo dejaba ir. El arquero maldecía su suerte; no existía peor momento para convertirse en la más reciente obsesión del gemelo. Casi extrañaba esos días en los que era invisible, cuando todo lo que Kanon quería era desaparecerlo del mundo.

—Oye, arquero. —Ante el llamado del peliazul, no se detuvo.

—¿Qué quieres, Kanon? —Continuó su camino sin mirar atrás, aunque poco más tarde, el gemelo le dio alcance. Aioros apenas lo miró por el rabillo del ojo. Kanon llevaba en los labios aquella maldita sonrisa insolente que tanto aborrecía.

—¿Estás evitándome?

—Llevas acosándome todo el día. ¿Te parece que puedo evitarte?

—Creo que quieres hacerlo, pero que no eres bueno en ello.

—Es una habilidad que no he desarrollado. Usualmente no necesito evitarte, porque eres tú quien finge que soy invisible. ¿De dónde ha surgido tanto interés por mi?

—En realidad, es pura curiosidad. Quiero saber si le has dicho al viejo.

—¿Decirle?

—De las ilusiones. —Aioros entrecerró ligeramente los ojos y aquella reacción no escapó de la mirada vigilante de Kanon. —Lo has hecho, ¿eh?

—No es asunto tuyo.

—Oh, vamos. ¿Tan terrible ha sido? Si te soy sincero, ¡muero de ganas por saber lo que has visto!

—Y, de nuevo, no es asunto tuyo.

—Ya, ya. Te repites, arquero. ¿Quieres saber que es lo que pienso? —El castaño no respondió. No tenía interés alguno en ahondar en las teorías del geminiano. Sin embargo, estaba seguro de que eso no iba a impedir que las expresara. Tal como esperaba, Kanon pasó de su silencio y continuó hablando. —Creo que, lo que sea que hayas visto, está relacionado con mi hermano. —Milagrosamente, Aioros no reaccionó de ningún modo ante aquella verdad. Kanon se sintió decepcionado, pero no por eso iba a renunciar a su búsqueda. —He notado que no entrenáis juntos, ¿qué ha pasado entre vosotros?

Fue esa pregunta la que le colmó, e hizo que Aioros se detuviera. Abrió la boca, dispuesto a deshacerse de Kanon de una vez por todas. Pero, cuando las palabras estaban a punto de salir por raudales, la aparición de alguien hizo que se detuviera.

Naia estaba ahí, bien cerca, y avanzaba en dirección a ellos, o más bien, hacia él, pues en el momento en que divisó a Kanon, se congeló donde estaba. Desde el incidente entre los gemelos, que terminó con ellos en el calabozo y con ella en Jamir, Naia y Kanon no habían hablado. Su interacción se había reducido a un par de miradas distantes y nada más. Aquella era la primera vez en que realmente estaban frente a frente.

Para Kanon, fue sencillo seguir a los ojos azules de Aioros para encontrarla. Ahí estaba, muy cerca de ellos y sin escape. Llevaba un buen rato buscando reencontrarse con la amazona, pero cada oportunidad se le había negado. Esta vez, todo indicaba que no podría evitarse por más tiempo.

—Hola, Caelum—saludó el peliazul—. Hace mucho que no nos veíamos.

—Hola. —Naia suspiró. Sin más remedio y sin sitio a donde huir, decidió acercarse. Se retiró la máscara y buscó de inmediato por los ojos de Aioros. Estaba en extremo seria, como había estado siempre en los últimos días, y su mirada parecía rogar por la ayuda del arquero si llegaba a ser necesario. —No esperaba verte por aquí. Esto siempre suele estar vacío.

—En una Orden que ha prohibido el uso de armas, la armería suele ser un sitio fantasma—respondió el peliazul—. Pero, por lo que sé, es su refugio favorito de mi amigo arquero. Me sorprende encontrarte a ti con él. No sabía que erais tan cercanos. —Hizo una pausa en la que midió a ambos chicos antes de continuar. —Por cierto, Caelum, te diría que te ves bien, pero lo cierto es que te ves… gruñona. El ceño fruncido jamás fue para ti.

—¿Ahora te preocupa?—terció Aioros. Se arrepintió tan pronto soltó las palabras, pues eran duras tanto para el gemelo como para Naiara. Kanon volteó a verlo, levantando las cejas. El arquero no inmutó y le sostuvo la mirada. —No te molestaste en lo mucho que iba a fruncir el ceño cuando decidiste liarte a golpes con Saga.

—Buena observación, arquero. Pero, ¿sabes qué? Me parece que no soy el único que tienes sentimientos encontrados hacia determinadas personas. Creo que entiendes algo de eso, ¿cierto?

Aioros lo miró detenidamente, primero con una seriedad absoluta, para después dibujar una sonrisilla que desbalanceó al peliazul. Negó con sutileza y pensó muy bien sus siguientes palabras. Kanon estaba comenzando a hartarle y eso nunca era bueno.

—Siempre he pensando que tienes una obsesión enfermiza con Saga. Ahora mismo, creo que la tienes conmigo también y me asusta.

—¿Te asusta mi presencia? —Rió el otro.

—No. Me preocupa que, a diferencia de Saga, yo no voy a guardarme ningún golpe pensando que eres mi hermano.

El rostro de Kanon se oscureció por un segundo, a tal punto que Naiara tuvo que interponerse entre los dos, esperando poder detener al gemelo de hacer una locura. Sin embargo, su sorpresa fue enorme cuando una carcajada repleta de desparpajo estalló en la garganta del peliazul. Llevó su mirada hacia Aioros y descubrió la incertidumbre plasmada en su rostro también.

—Molestarte es mucho más divertido cuando respondes, arquero. Deberías hacerlo más seguido—dijo al fin.

—Solo déjale en paz, Kanon.

—Oye, oye, preciosa, solo estaba preocupado por él. Es todo. Pero, si en realidad quiere que le deje en paz, lo haré.

—Quiero.

—Genial. No diré ni una sola palabra más del tema. —Se encogió de hombros. Fuera lo que fuera, se enteraría tarde o temprano. —Pero, ¿qué hay con vosotros? ¿Vuestras respectivas sombras están desaparecidos? —La pregunta tocó un nervio. Para Kanon fue fácil de notar y su silencio confirmó sus sospechas. —¿Qué? ¿Os comió la lengua el gato? Oh… así que es por eso que estáis enojados. Os dejaron olvidados.

—Por Athena—masculló Aioros—, y yo que pensaba que era exagerado decir que no conoces límites.

Naia, en cambio, no dijo absolutamente nada, pero sus ojos violetas hablaron por ella. Resultaba impresionante el modo en que Kanon, por muy lejano que se sintiera de ellos, los leía con tanta facilidad. Tal parecía que los conocía como si jamás se hubiera marchado.

Estaba por demás hablar de su capacidad de enterarse de todo y su habilidad para encontrar puntos de quiebre. Dos palabras y se metía debajo de la piel de cualquiera.

—Esos ojos, Caelum… Siempre pensé que era divinos, pero hoy hablan de más—continuó el gemelo.

—No sé que más quieres saber.

—Me intriga el porqué os molesta tanto la soledad. O, quizás, ¿os molesta más que esos dos estén juntos? —Nuevamente, ninguno respondió. En silencio, el gemelo obtuvo contestación. —Vaya, vaya…

—¿Qué sabes tú de eso?

—¿Yo? Nada que vosotros no sepáis, en realidad. Pero como todo el mundo, tengo una opinión. —Y Aioros estuvo a punto de interrumpir para decirle que no le importaba. Lamentablemente, eso no iba a hacer ninguna diferencia. —Por un lado, creo que estáis exagerando. Ninguno de esos dos es tan idiota para pasaros sus aventuras por la cara. Pero por el otro… lo que mal inicia, mal termina, ¿no lo crees, Caelum? Saga siempre ha tenido inclinación hacia lo que no puede tener. Es mala idea meterle más obsesiones en la cabeza.

—Nadie les metió nada en la cabeza. Ellos han jugado con nosotros—replicó la morena.

—Es una acusación grave. Lo sabes, ¿cierto?

—Sé lo que siento.

—Y Saga sabe lo que siente también; odia sentir desconfianza hacia su persona, mucho más viniendo de vosotros, su gente más cercana. No puedo hablar por Apus, porque no la conozco tan bien, pero quienes están en un verdadero aprieto, sois vosotros. Terminaréis mal parados.

—¿Ahora hablas a favor de Saga? —Aioros negó. Una mueca agria adornaba su rostro.

—No hablo a favor de nadie, solo os pinto el panorama completo. No importa lo que haya pasado, o no, ya habéis perdido. Si esos dos verdaderamente están acostándose, os habéis dado cuenta tarde; y si no… la estáis cagando. Como dije, lo que sea, estáis jodidos.

—Vale, escuché suficiente. —Aioros dijo, tras unos segundos de silencio. El gemelo giró los ojos con fastidio. Lo dejaría pasar… por el momento. —¿Seguirás mucho más con esto? Hablar contigo de estas cosas no es precisamente nuestra intención. ¿Vienes, Naia?

Pero la amazona no se movió. Se quedó quieta, durante algunos segundos, mirando al gemelo. Era la primera vez desde el gran incidente en que le tenía tan cerca.

A pesar de lo mucho que se había complicado todo, Kanon había sido un buen amigo suyo… seguía siéndolo. Era un enigma para ella si él la veía de ese modo o si se había convertido en una de esas personas a las que el peliazul repudiaba. Hubiera querido preguntarle, pero tenía miedo a la respuesta.

—¿Vienes? —El arquero insistió. No quería dejarla ahí con el gemelo. Desconocía cuales eran sus intenciones.

—Ya voy…—dijo ella. Pero antes, buscó el rostro de Kanon. Abrió los labios para decirle algo, cualquier cosa que pudiera ayudar a mejorar su relación, pero no encontró las palabras. Fue así que desistió, limitándose a esbozar una sonrisa, triste a los ojos del gemelo. —Adiós, Kanon.

Con un movimiento de la mano, el gemelo se despidió. Se sopló el flequillo, ligeramente decepcionado por no haber conseguido más información. Sin embargo, ahora tenía un panorama más amplio lo que se venía.

Sonrió con marcado interés, hasta que algo más cruzó por su cabeza y le robó la atención.

-X-

La Princesa se ocupó de llevarla por lugares que no había podido ver en su primera visita. Habían dejado atrás la escalinata zodiacal, con sus maravillosos templos brillando como gemas bajo la caricia de la lluvia. Incluso habían picoteado algo de comer a medio día, en Rodorio, en medio del revuelo de gente que siempre acarreaba la presencia de la joven diosa. Y cada paso que daba por aquellos senderos empedrados, la invitaba a adentrarse más y más en aquel paraje de cuento y leyendas.

—Me duelen las piernas solo de pensar en volver a subir… —Las palabras de Saori, captaron rápidamente su atención, sacándola una sonrisa.

—Es un camino largo.

—Sé… es útil en caso de asedio, pero en la rutina del día a día… —Negó lentamente con el rostro, mientras un mohín de disgusto se dibujó en su rostro.

—¿A dónde vamos ahora?

—Hay un sitio que me gusta visitar de cuando en cuando… Es especial. —El sendero, flanqueado de pinos, parecía conducir a un viejo tholos semiderruido, un templo de forma circular. —Creo que todos nuestros invitados de honor deben verlo al menos una vez.

Tethys se percató del modo en que la mirada de Saori cambió a medida que se acercaban. Sus facciones se entristecieron. Y solo cuando hubieron atravesado el arco de entrada, la rubia supo porqué. Entreabrió los labios, sobrecogida, pero no atinó a decir nada.

—Es real… —Frente a ella, el Pilar de Piedra se alzaba entre las aguas, agitadas solamente por el continuo vaivén de los peces de colores.

—Lo es. —Y algo en el modo en que lo dijo, le sirvió ala sirena para saber que su reacción era más que común.

—Nunca pensé que… —Uno a uno, fue reconociendo las siluetas: desde Shion hasta… Un nudo se formó en su garganta. Kanon. Él también estaba ahí: tallado con el flequillo cayéndole por los ojos y con un gesto de decisión en el rostro que nunca antes le había conocido.

A Saori no le pasó desapercibido aquel detalle, y casi sin querer, una sonrisa minúscula adornó sus labios. Se alejó unos pasos, hasta el heroon. Retiró un par de flores marchitas, y atusó otra que lucía resplandeciente. Prendió las velas, y elevó suavemente su cosmos, cerrando los ojos y rezando por ellos. Apenas unos segundos después, sintió la presencia de Tethys a su lado.

— Los rumores llegaron a Atlantis… pero con todo lo sucedido, con todos revividos, pensamos que no era cierto.

—Han sufrido mucho. Aún sufren… y mucho me temo que nunca dejaran de hacerlo del todo—dijo con voz triste.

—El Santuario les respeta—murmuró la sirena.

—Dicen que el Santuario muere cuando mi cosmos desaparece. Que sus flores y bosques se marchitan, y las rocas se resquebrajan, envejecidas—suspiró, y abrió los ojos. —Pero yo creo que muere cuando son ellos los que faltan. Son la sangre que lo mantiene con vida.

Tethys no acertó a decir nada, tampoco es que fuera necesario. Sin embargo, aquel sentimiento sobrecogedor que la había embargado cuando llegaron allí, la había estrujado aún más el corazón cuando la diosa habló. El amor que manaba de sus labios, la preocupación que dejaban ver sus gestos y sus ojos… ¡Eran tan diferentes a todo lo que ella conocía!

—La gente les ama—dijo al fin.

—No te haces una idea. —Una minúscula sonrisa se abrió paso en medio del pesar. —Aún les miran con recelo, y en algunos casos con cierto temor. Pero saben de sobra lo valiosos que son… saben que están dispuestos a morir por ellos, aún sin haber recibido un gesto amable de su parte.

—Es tan diferente a Atlantis…

—Lo es. No creo que sea ni mejor, ni peor. —Aunque para Saori, no había lugar en la tierra más bello que su Santuario. —Allí sois todos guerreros, de un rango u otro y vuestra responsabilidad no es cuidar de campesinos, viejos y niños. La nuestra sí. Convivimos día a día con los detalles mundanos, con las heridas y sonrisas de la mortalidad común y corriente.

La sirena guardó un silencio solemne. Su gesto pensativo y enigmático, soportó el escrutinio de la diosa, mientras contemplaba ensimismada el fino hilo de humo del incienso.

—No es por presumir, pero lo cierto es que nos dejaron bien guapos.

La voz de Kanon pilló por sorpresa a ambas. Dieron un respingo al escucharlo, y rápidamente voltearon en su dirección. El gemelo había llegado hasta allí sin hacer un solo ruido que delatara su presencia. Las había visto a lo lejos cuando hablaba con Naia y el arquero, y toda la curiosidad que ambos le provocaban, se esfumó en un suspiro, para centrarse en ellas dos. Las siguió, haciendo gala de aquella habilidad suya para mimetizarse con el ambiente, y se encaramó en lo alto de una columna, desde donde las contemplaba plácidamente sentado, con una enigmática sonrisa plasmada en el rostro.

—¡Kanon!—exclamó la princesa. El peliazul saludó con gracia, con un gesto de su mano. —No te oímos llegar.

—Lo sé. —Saltó, hasta quedar a unos pocos pasos de ellas. Sus ojos esmeralda, buscaron casi inmediatamente a Tethys, y cuando se topó con sus orbes aguamarina, un gesto travieso adornó su rostro. —¿De visita?

—Sí… le mostraba a Tethys el Santuario, para que vaya familiarizándose con él. —Miró de uno a otro, discretamente; con aquella corazonada que tenía creciendo en su pecho, y cuando se percató de la electrificante mirada que compartían su santo y la sirena, sonrió para sus adentros. —¿Querrías acompañarnos?

—¡Claro! —Se apresuró a decir, quizá más rápido de lo que le hubiera gustado. —¿Hacia dónde vais?

—No lo sé… —Saori se encogió de hombros. —¿Alguna sugerencia?

—De hecho, sí. —Infló el pecho orgulloso, y se adelantó un par de pasos. —Uno no conoce el Santuario hasta que lo ve desde Meridia.

—¿El Reloj de las Doce Llamas?—preguntó la sirena. Kanon asintió, e instantes después, extendió su mano invitándolas a seguirle.

—¿Me acompañáis, princesas?

-X-

—Es… —Fue todo lo que Tethys atinó a decir cuando sus manos se posaron sobre la milenaria balaustrada del reloj, y sus ojos se perdían por la inmensidad que se extendía ante ellos.

Las aguas del estanque se veían casi negras, igual que los cielos que les cubrían. Sin embargo, en el horizonte, alcanzaba a verse el mar, donde unos tímidos pero relucientes rayos de sol pintaban de colores el oleaje. Su mar, aquel al que estaba acostumbrada a ver desde abajo, descubriendo que su superficie, aquella que acariciaba el Santuario, era tanto o más hermosa.

Impresionante—murmuró al fin. Kanon esbozó una sonrisa presuntuosa, y se apoyó a su lado.

El peliazul miró fugazmente a los lindes del bosque, donde Saori se había quedado, escudriñando unas flores. O al menos, esa era la excusa que les había dado para no acompañarles a lo alto de la torre. La sinceridad tras aquel motivo, Kanon la desconocía, pero no podía sino agradecérselo.

No se había percatado de lo mucho que extrañaba algunas cosas referentes a Atlantis, hasta que había tenido a la sirena ante sus ojos. Y ahora que la tenía a su lado… no tenía la menor idea de por dónde empezar. Solamente tenía clara una cosa: necesitaba que ella amase el Santuario. Que comprendiera su elección.

—Desde aquí se ve todo…—murmuró.

—Ya lo veo. —Ella apenas lo miró de soslayo, y él, percatándose de ello, se acomodó, apoyando los codos en la baranda, perdiendo su mirada en el mismo horizonte que la rubia.

—Es más bonito en primavera, pero… —Se encogió de hombros.

—Transmite paz. —Kanon, a su lado, guardó silencio. —Y calidez… —Casi sin darse cuenta, se abrazó a si misma, en busca de un poco de calor. —Nada que ver con el clima, sino con el aura de todo el lugar.

—Es por ella. —Con un gesto de su rostro, señaló a la joven diosa.

—Ella cree que es por vosotros. —Está vez, sus miradas se cruzaron durante un par de segundos más.

—¿Qué te parece? ¿Crees que te acostumbres aquí?

—Me gustaría creer que sí.

—Julian debe tener mucha fe en nosotros, para mandarte a ti. —El ceño de la sirena se arrugó sutilmente.

—Supongo que la tiene… aunque no precisamente en ti. —Kanon alzó una ceja, y segundos después dibujó una sonrisa torcida.

—Razones tiene.

—Sí. —El peliazul guardó silencio, aunque no dejó de contemplarla un solo segundo.

Tal y como si ella fuera incapaz de resistir más aquel escrutinio, tras un momento, volteó a verlo fijamente. Ninguno dijo nada. Solo se miraron… viendo con claridad, hasta el rincón más escondido de sus almas.

-X-

Hacía rato que había caído la noche, y con ella, la tormenta había arreciado. Shura había ido al encuentro de su amazona favorita, cuando la tromba de agua lo sorprendió a medio camino. Así que, empapado como estaba, y medio congelado, decidió que ya no tenía caso deshacer el camino andado. Con un poco de suerte, Tatiana aún no había cenado.

Suspiró, apretando la bolsa que traía en su mano, y buscó por ella en las inmediaciones. No necesito esperar mucho.

—¡Vas a morir congelado, Capricornio! —La voz de Eire, le sacó una sonrisa casi instantánea.

La joven amazona, lo saludaba desde el porche del comedor, apretujada en una gruesa chaqueta. No estaba sola, algunas chicas parloteaban por allí cerca, y desde donde estaba, Shura podía oler el apetecible aroma de la cena y escuchar el alboroto en el ala de los hombres.

Eire lo vio acercarse, y rápidamente, se apartó un poco de sus acompañantes. Shura era respetado y su presencia tolerada, y aunque comenzaba a saberse que mantenía una relación con Tatiana, era algo que nadie tenía ganas de mostrar al público. Ella incluida. Les apreciaba demasiado como para generarles más problemas de los necesarios. Al fin y al cabo, estaba viendo lo que sucedía con Saga y Caelum, y no quería lo mismo para ellos. Apreciaba a Shura, muchísimo. No solo era un excelente líder de equipo, sino que además, era familia.

—En el cuartel—dijo ella, cuando lo tuvo al lado. Shura alzó una ceja.

—¿Aún?

—Creo que está preocupada. —Con un gesto de su rostro, señaló a la cabaña donde él y Saga habían pasado los últimos meses hundidos en montones de papeles mohosos. El de Capricornio frunció el ceño. Saga estaba allí, sentía su cosmos.

—¿Cómo de preocupada?

Después de encogerse brevemente de hombros, Eire contestó.

—Diría que bastante.

—¿Qué sabes que yo no se y debería saber antes de ir? —La risa de la amazona traspasó la plata de la máscara con frescura.

—Los últimos días Saga ha pasado ahí mucho tiempo. —Y ahora que lo mencionaba, era cierto. Ya estaba ahí cuando Shura llegaba, y continuaba cuando se iba. —No habla mucho. —Había ido a visitarle, y ni ella ni las korees habían logrado gran cosa, más que una sonrisa cansada, y ciertamente triste.

—De acuerdo. —Acarició su brazo fugazmente en un gesto cariñoso. —Gracias por la información. ¡Iré a ver!

—¡Suerte!

-X-

Tatiana siempre se había esforzado por ser una valiosa compañía. Y después de todo lo que había sucedido a lo largo de los años, no había hecho más que reafirmarse en sus propósitos. Conocía a Saga desde hacía mucho tiempo, cuando era una persona diferente, en otra vida. Le había tenido cariño desde el primer momento, y con el tiempo, el cariño mutó a algo más. Pero los años habían pasado, y superada la tensión inicial de la vuelta a casa, no podía evitar verlo como a un hermano menor, vulnerable y en apuros.

Porque a sus ojos, Saga siempre estaba en apuros. De uno u otro tipo, pero apuros de igual modo. Se había acostumbrado a la versión divertida y relajada del geminiano, a su mordaz sentido del humor, y a los mil y un temas de conversación que podía mantener. Los avances habían sido lentos y tortuosos, pero al final, a su modo de ver, Saga había logrado caminar solo, sin tropezar.

Hasta entonces. Lo miró de nuevo, mientras limpiaba el polvo de una de las estanterías. Aquel no era su trabajo, pero no la importaba demasiado. Necesitaba mantener un ojo atento sobre él, y era la única forma en que podía hacerlo, se había quedado sin nada más que hacer. Llevaba toda la tarde allí, desde que Aioros había dado por zanjado su entrenamiento aquel día, y Saga apenas había pronunciado tres palabras.

—¿Se puede? —La puerta se abrió, y un Shura empapado asomó tímidamente. Cerró la puerta tras de sí y dejó la bolsa que cargaba en la mesa. —Hace un día especialmente infernal.

—¿Qué demonios haces de paseo con lo que está lloviendo?

—Vine a ver a mi amazona favorita. —Se acercó hasta ella, rodeó su cintura con una mano, y besó sus rizos dorados que olían a flores. Vio fugazmente a Saga, que no había dicho nada, y de nuevo a Tatiana. —¿Has cenado, Saga?

—¿Eh? —Distraído, alzó la vista del libro que estaba leyendo.

—Traje cena: gyros y yogur con nueces.

—No ha cenado, no—dijo ella—. Yo tengo que ocuparme de unas cosas ahora, ¿por qué no cenáis y te veo luego?

—¿Capricornio?—La rusa asintió.

—Capricornio.

—De acuerdo.

Rápidamente, Tatiana tomó su chaqueta, se enfundó en ella, y se acercó hasta la puerta.

—Se te van a derretir los ojos de tanto leer. —El aludido esbozó una minúscula sonrisa. —Hasta mañana, Géminis.

—Hasta mañana—murmuró de vuelta.

Una vez se hubieron quedado solos, Shura aprovechó para desenvolver la comida. Aquel no era exactamente el plan que tenía en mente, pero lo cierto era que entre las palabras de Eire, la actitud de Tatiana, y las propias observaciones que había hilado él mismo, le pareció una buena idea.

—Ten. —Le tendió un platillo a Saga, sin dejar de observarlo, y retiró el cenicero casi repleto que estaba a su lado, con cigarrillo encendido y todo. —No se fuma mientras se come.

—¿Has considerado que esa frase te hace sospechosamente parecido a Arles? —Shura sonrió.

—Oye, el viejo tiene sus cosas, pero sabe lo que son los buenos modales. —Tiró a la papelera la ceniza, y dejó el cenicero un tanto alejado. —Creí que no fumabas tanto.

—Es el mal tiempo—dijo Saga encogiéndose de hombros. Shura alzó las cejas, y al cabo de unos segundos, se echó a reír.

—Es la peor excusa que he oído en un buen rato.

—No estoy muy imaginativo. —Robó un pedacito de queso feta de su gyros y se lo llevó a la boca.

—Guardaré unos segundos de silencio por tu imaginación agonizante. —Cerró los ojos con solemnidad, y cuando los abrió poco después dio un bocado a su cena. —Suficiente. —Dejó escapar un gemidito, y se recostó en la silla. —Esto está de vicio. Vamos, come algo.

—No tengo mucha hambre…

—¡Eh!—exclamó mientras abría una Coca-Cola—. ¿Hace cuanto que no te invita a cenar un santo dorado en una cena íntima?

—Por cosas como esas, la gente habla, Cabra. —Shura sonrió de nuevo.

—Bueno, ya estamos acostumbrados, ¿qué más da? —Satisfecho, el español vio como Saga también daba un bocado. Minúsculo, pero al menos era algo. —Últimamente pasas mucho tiempo aquí solo. ¿Estás bien?

El peliazul le dio un sorbo a su refresco, mirándolo a los ojos. ¿Qué fue de aquellos tiempos en que Shura se ponía nervioso y daba mil rodeos antes de preguntar? Ahora era él quien deseaba dar mil rodeos, y no responder.

—Vamos, sabes que puedes hablar conmigo… —Y juró, por los dioses, que nunca antes había visto mayor cara de inocencia e irresistible ternura en el rostro del español. Maldición.

—Soy un tipo de pocas palabras.

—Bah. —Le quitó la razón con un gesto de su mano. —Mentiras. Eres reservado, pero cuando te sientes cómodo, hablas. Me gustaría creer que conmigo te sientes así…

Maldito fuera Shura. Saga chasqueó la lengua, y se recostó en la silla, colocando los pies sobre la mesa.

—El mal tiempo me deprime. Soy un griego de sangre caliente y el agua es para los peces. —Shura se echó a reír.

—Excusas, excusas. —Negó con el rostro. —Vamos, escúpelo. —Ladeó el rostro, apoyando los codos sobre la mesa y mirándolo fijamente. —Puedo ponértelo más fácil, o difícil según se mire.

—¿De qué hablas?

—Caelum y Sagitario, ¿verdad?

Entonces, solo hubo silencio. Saga desvió la mirada, y sus dedos, de modo casi inmediato, juguetearon con el mechero.

—No sé qué está pasado—susurró. El rostro de Shura adoptó una expresión más seria. —Aioros me evita. Siempre fue pésimo mintiendo, y ahora no lo es menos. Sea lo que sea que sucede… —Se encogió de hombros. —Bueno, en parte sé que sucede.

—¿Qué sucede? —Aioros no le había mencionado nada, pero era cierto que lo sentía más oscuro y taciturno.

—Parece ser que… tanto él como Naia, tienen la firme creencia de que me estoy tirando a Deltha. —Shura se atragantó nada más escucharlo. Tosió un par de veces.

—Perdón. Continúa, continúa…

—No hay mucho más que decir. No creo que sea lo único que le sucede a Aioros, pero… no sé. —Dejó caer los brazos con pesadez. —Y ella… parece que ha adoptado la molesta costumbre de convertir toda muestra de cariño en una afrenta personal o en una excusa para justificar lo que según ellos, hago.

—No me esperaba esto.

—¿A que no? —Suspiró y se sopló el flequillo. —Yo tampoco. De ninguno. —Chasqueó la lengua de nuevo. —Todo parecía ir bien. Y ahora… —Respiró hondo. —Creo que mi lista de pleitos es cada vez más larga. Y ni siquiera lo hago a propósito.

—Pero… ¿A qué viene lo de Deltha? —Saga gruñó.

—A que después de Jamir, las cosas cambiaron. No sé que pasó, que Deltha dejó de verme como al demonio personificado… y resulta que nos llevamos bien. Muy bien. Es una amiga maravillosa, divertida y… —Se apartó un mechón de la melena de un manotazo. —No sé, bromeamos de un montón de cosas que a ellos les incomodan.

—¿Qué cosas?

—¿Qué crees que incomodaría a Aioros para que piense que somos infieles?

—¿Sexo? —Saga asintió. —Pero… si solo son bromas y juegos, no pasa nada, ¿no?

—Eso pienso yo, pero parece que ellos han decidido no creer nada de lo que digo.

Shura no supo que más decir. Aquello le había pillado por sorpresa y ver al geminiano tan afectado, de forma tan evidente, le preocupaba.

—Dices que no crees que sea todo lo que pasa con Aioros, ¿por qué?

—Llámalo corazonada. —Shura frunció el ceño. Había aprendido a tener en cuenta aquellas corazonadas. Siempre.

—No lo pienses mucho—dijo al fin—. Intentaré averiguar que le tiene así, ¿vale?

—No tienes porqué hacerlo, Shura, Aioros…

—Quiero hacerlo. Sois mis amigos. Los mejores que tengo. Déjame ayudar.

Por primera vez aquella noche, Saga lo miró directamente a los ojos. Aquel par de orbes esmeralda, brillaba especialmente, y Shura vio en ellos una emoción sincera como ninguna: gratitud.

—Siento haberte estropeado la cena con Tati.

—No te preocupes. ¿Sabes lo que se cotiza una cena contigo ahí fuera? Soy afortunado, Géminis. —Una minúscula sonrisa se dibujó en los labios del peliazul. Triste y desangelada, pero por el momento, a Shura le bastó. —Vamos, come.

—Sí, papá.

-X-

—¡Ya estoy aquí! ¡Traje la cena!

Deltha apareció como un remolino en la cocina de Sagitario. Dejó las bolsas de compra sobre la mesa y de inmediato, sacó los refractarios listos para meter al horno.

Unos segundos después, Aioros se dejó ver. Se detuvo bajo el marco de la puerta a observarla, en silencio. Cuando la pelipúrpura reparó en él, volteó para sonreírle, sin descuidar lo que hacía. El arquero la correspondió con una de esas sonrisa que no tenían ningún sabor y fue directo al refrigerador. Lo abrió y miró dentro.

—Hay cerveza y algo del vino que sobró la última vez—dijo—. ¿Qué quieres?

—El vino está bien.

Aioros, entonces, sacó la botella de vino, y una de cerveza para él. Las botellas repicaron al chocar en su mano. Fue por una copa y la llenó de la bebida púrpura. Después, bebió un sorbo de su propio trago.

Mientras, ella lo miraba de soslayo, sin perderse un solo detalle de su actuar. Estaba muy silencioso y su expresión denotaba una tensión que pocas veces le había visto. Era obvio el modo en que le esquivaba la mirada, como si su sola presencia le incomodara. Por primera vez, Deltha se sintió realmente una extraña en aquel palacio de mármol. Sagitario, después de todo, siempre había sido su refugio, el de ambos. No importaba que el mundo estuviera mal, pues en aquel templo encontraría siempre aquella radiante sonrisa que hacía que incluso el día más nublado se viera radiante.

—Ten. —Aioros asentó la copa junto a ella. Depositó un beso en su cabello y se quedó así, un par de segundos, como si no quisiera alejarse. Sentía que la perdía y ya la echaba de menos. La sintió estremecerse ante su cercanía. —¿Qué trajiste para cenar? —El castaño lo estaba intentando. Se esforzaba, a pesar de no sentirse del todo a gusto. Quizás Aioria tenía razón y lo estaba viendo todo mal. No debería perder el temple, ni caer en equivocaciones. Ni él, ni por Deltha, ni por Saga.

—Traje un poco de todo. Asalté la nevera: lasaña congelada, pizzas miniatura, burritos congelados, ¡oh! Y también te compré algo: almendras confitadas con chocolate. Sé que son tus favoritas.

—¡Me encantan! —Sacó un par de almendras de la bolsita y las metió a su boca.

—¡Ey! Son para después de la cena. No pienso comerme sola toda este exceso de comida.

—Oye, tranquila, Apus. Si algo sé, es que comer me gusta. —La amazona se guardó una carcajada, justo en el momento en que el pitillo del horno avisó que la cena estaba lista.

—¡Está listo!

Tomaron platos y cubiertos, y se movieron hacia el sofá para cenar. Se acomodaron rápidamente, empezando la comida sin mucho que decir. Lejos quedaron aquellos silencios cómodos; la tensión y las palabras que quedaban en el aire se imponían por encima de la efímera calma.

—Y… ¿Qué tal tu día? —Aioros fue el primero en hablar. No era que se sintiera especialmente conversador, pero tampoco tenía ganas de arruinarse la cena. —¿La lluvia frena un poco las exigencias de Camus?

—Que va. Aunque Jamián está enfermo y eso quizás ayude a ablandarle el corazón. No querrá que todos nos enfermemos. Así que ese es nuestro próximo argumento.

—Buena suerte.

—Sí… —No lucía especialmente animado con su historia. —¿Qué hay de ti? ¿Cuándo retomarás los entrenamientos con Saga? Os lo pasabais genial y…

—No pronto. No creo—interrumpió él; ahí estaba de nuevo: Saga, siempre Saga. Notó la desilusión en el rostro de la amazona.

—Oh. ¿Y eso por qué? Saga te echa de menos y yo pensé que te gustaba pasar tiempo con él.

—Tengo otras cosas que hacer, Deltha. Quizás cuando tenga más tiempo libre. —Se encogió de hombros.

—Pero…

—A ver. —No la dejó continuar. El santo dejó su cena sobre la mesa y adoptó una expresión que presagiaba problemas. —Para entrenar ya tengo a mi equipo; también tengo otras obligaciones y, por ahora, tengo algunos proyectos que me llevan tiempo, ¿vale? Retomaré lo de Saga cuando pueda. —O, al menos, cuando fuera capaz de controlar sus propias emociones, puesto que en aquel instante, se sentía más confundido que otra cosa. —Creo que Saga puede sobrevivir sin mi por unos días. Apuesto que también tiene otras obligaciones.

—Lo sé, pero las cosas van mal con Naia y necesita compañía.

—Para compañía estás tú—pensó en voz alta. Deltha guardó silencio de pronto y él cayó en cuenta de lo que acababa de decir.

—Te molesta que esté con él.

—Me preocupa.

—No, te molesta. Ya hablamos de esto antes y te expliqué que nada malo sucede. No quiero que te equivoques, como Naia. Tienes que creer en mí y en él.

—Te di mis razones también, que aparentemente, son menos válidas que las tuyas.

—Por los dioses…

—Además, hay más cosas que tú no entiendes en juego. —Y era que estaba genuinamente preocupado por ella y por las repercusiones que habrían si la visión que había tenido se volvía realidad. Ares iba a cargar contra todos, incluida Deltha. —Confía en mí cuando te digo que debes ir con cuidado. Estar cerca de Saga puede ser peligroso. Pasan muchas cosas…

—¡Basta! ¡Aioros, basta!—exclamó ella, interrumpiéndolo—. Esto está yendo demasiado lejos. Sé que todo lo que ha pasado no te gusta y sé que te cuesta entenderlo. ¿Pero acusarlo de ser peligroso? Estás cruzando los límites. Saga jamás me haría daño, ni a nadie. Es tu mejor amigo, ¡es tu hermano! No deberías hablar de él de esa forma.

—No estamos hablando aquí de un capricho mío, Deltha.

—¿No? Porque pareciera que sí.

—Pues no lo es. Hay mucho que no sabes.

—¿Cómo qué? Explícamelo.

—No puedo… —No podía, no sin romper la confidencia que todos habían hecho respecto a Saga y a Ares. El geminiano era el único que tenía semejante derecho, y aunque Aioros se sintiera furioso respecto a su falta de honestidad, entendía hasta donde estaban los límites para él. —Si no lo sabes de sus labios, no es asunto mío decírtelo.

—¡Pues cállate! Si no es asunto tuyo, ni siquiera tienes porque mencionarlo. Es feo hablar con medias palabras.

Aioros apretó los labios. Retuvo la respiración sin darse cuenta. Se sentía furioso y dicha rabia manchaba su mirada azul. Fue así que, sin que ella lo viera venir, intempestivamente, se levantó del sofá.

—¿Sabes qué? Perdí el apetito. —Cogió la cerveza que estaba sobre la mesa y giró sobre sus talones, dispuesto a salir de ahí. La amazona lo miraba sin dar crédito. Inmediatamente fue tras él. Esa no era la forma en que esperaba pasar la velada.

—Aioros, espera. No te vayas así… Lo siento.

—Ya estoy harto, Del.

—No quería molestarte… No quería que discutiéramos. —Lo alcanzó y le tomó de la mano, obligándolo a detenerse. —Por favor, escúchame. En verdad, lo siento. Solo esperaba que pudiéramos pasar un rato juntos, en paz. No haré ningún comentario más al respecto.

—Es más que eso. —Aioros se mordió los labios, mientras soltaba su mano de la de ella. Su semblante era duro y su voz sonaba inusualmente grave. La amazona no lo dejó ir y volvió a atrapar su mano.

—Si es por el asunto de los juegos con Saga, te prometo que lo dejaremos. Se acabó, ¿vale? No volverá a suceder.

—No, no estás entendiendo, Deltha. —La amazona guardó silencio, aunque sus ojos suplicaban por una respuesta que pudiera comprender. Al ver que no lo interrumpiría, el santo se animó a continuar. —Hace unos días, saber que dejaríais esta estupidez me habría bastado, pero ya no se trata solamente de eso. Desde que Saga y tú empezasteis con lo que sea que tienen—desconocía que era aquello y como definirlo—, lo has antepuesto a él a todo. A todo, incluidos nosotros. Te quiero muchísimo y te necesito. Lo sabes. Para mí, eres… —Se encogió de hombros. No habían palabras que bastaran para definir lo que ella representaba. —Pero no quiero vivir atado a una relación que siempre estará por debajo de alguien más, llámese Saga o cualquier otro. ¡Pareciera que estás con él y no conmigo!

—Sabes que no es cierto.

—¿No? Desde que volvisteis de Jamir, para encontrarte, primero hay que pasar por Géminis.

—Intento ayudar a Saga. Él y Naia están pasado por un bache en su relación. Todo ha empeorado desde el regreso de Jamir y lo sabes.

—Naia y Saga, ¿eh? —Una sonrisa amarga, y ligeramente cínica, apareció en los labios del arquero. —¿Has pensando en ti y en mi? —La amazona no respondió. Lo cierto era que no había considerado que su relación con el santo se viera afectada por su cercanía con Saga. —Ya veo que no. Pues ya que solo piensas en en Naia y en Saga, ¿has considerado siquiera que tu presencia en medio de los dos no está ayudando a nadie?

—No he hecho nada malo, y no puedo creerme que lo menciones en ese tono. Tú no puedes creer que algo más que una amistad sucede entre los dos.

—Ya no sé lo que debería creer. Vuestras conversaciones, vuestras acciones, no son precisamente inocentes. —Aioros agachó la mirada y guardó silencio. Se relamió los labios, mientras su cabeza trataba de dar forma a sus ideas. Cuando volvió a enfrentarla, supo que las verdades a medias no servían para nadie. Tenía que ser sincero y decir exactamente lo que sentía. No había otro modo y, quizás por eso, era que dolía tanto. —¿Recuerdas lo que siempre decías cuando recién volviste? Eso que espetabas cada vez que te sentías obligada a decidir entre quedarte aquí, o volver a tu vida en Naxos. —Deltha no respondió, aunque Aioros la sentía aferrarse a su mano cada vez con más fuerza, como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier momento. —Decías que habíamos cambiado, que éramos personas diferentes: dos desconocidos que debían volver a conocerse.

—Estaba equivocada.

—No, Del, no. Resultó que no lo estabas. Hoy siento que no te reconozco a ti, ni tampoco a mí y no me gusta la idea de sentirme así permanentemente. Así que ya es hora de que dejes de ver por los ojos de Saga y sopeses que tanto te interesa lo nuestro.

Fue en ese instante en que Deltha soltó su mano, dejándole ir. Las lágrimas que se aglutinaban en sus ojos marrones amenazaban con desbordarse como un río revuelto, a pesar de que ella no estaba dispuesta a permitirlo.

En otro momento, a Aioros le hubiera dolido verla así, pero esta vez, estaba superado por sus propios sentimientos. No estaba conmovido, sino furioso y también dolido a su manera. No lo pensó dos veces y retomó el camino hacia su habitación, dejándola atrás sin nada más que decir. El día entero había sido una mierda y por eso, le urgía que terminara.

-Continuará-

NdA:

Shura: Creo que hoy saldremos a cenar gyros.

Milo: Solo si hay Coca-Cola :D

Saga: ¿Y tabaco?

Shion: Coca-Cola bien. Tabaco no ¬¬'

Saga: Siempre tienes que llevar la contraria… ¬¬'

Shion: Que hiciéramos las paces no significa que deje de cuidarte.

Saga: Grrr…

Tethys: ¿Yo puedo ir a cenar?

Kanon: Por supuesto, princesa. :)

Santitos:

Saori: ¡Estoy muy feliz! ^0^

Milo: ¡Brindemos con Coca-Cola!

Saori: Wahaha

Aioros: ¿Podemos simplemente despedirnos? ¬¬'

Kanon: Ya va, señor malas vibras ¬¬' ¡Hasta la próxima!

Aioros: Y dejad reviews ahora que habéis tenido suficiente de Kanon…

Kanon: ¡Nunca hay suficiente de mí!

Santitos:

Kanon: ¡Hasta el próximo capítulo!