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Mantener nuestros rostros hacia el cambio y comportarnos como espíritus libres ante la presencia del destino es tener una fuerza imbatible.

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Capítulo 8

Aunque apenas había estado fuera de Londres una semana, Kate se sentía como si hiciese una vida desde que se había marchado. Si realidades enteras habían sido alteradas para siempre, parecía correcto que todo lo demás hubiese cambiado también. Pero todo seguía igual. Los bombardeos aéreos continuaban y la gente de Londres seguía luchando con todo lo que tenía.

El padre de Kate había sido dado de alta del hospital y estaba recuperándose en casa. Proteger su precioso museo tendría que esperar hasta que su cuerpo estuviese completamente curado. Kate se sentó al borde de la cama. Las miradas que intercambiaron entre ellos dijeron más que cualquier palabra que pudieran haber cruzado.

—¿Por qué no me lo contaste?— dijo Kate.

Su padre suspiró.

—He pensado en ello miles de veces. Y cientos de veces he pensado que no tenía sentido contártelo. Cuando era muy joven, Gandalf me contó que un día yo tendría que luchar contra un gran Mal ¿Tienes idea de las grandes aventuras que construía en mi mente cuando era un muchacho? Pero nunca sucedió nada— dijo él. —Parecía un estúpido cuento de hadas. No quería preocuparte. Pensé que, si se daba la remota posibilidad de que algo ocurriera, sería yo el que tendría que actuar. Ciertamente no pensaba que seríais tú o Colin.

—No es culpa tuya. No tenía por qué haber ido con ellos— dijo Kate, pero sabía que sus palabras ofrecían poco consuelo. Su padre se culparía a sí mismo mientras Colin siguiera desaparecido.

Su preocupación se vio interrumpida por un golpe en la puerta. Gandalf y Elrond entraron en la habitación.

—Por favor, discúlpanos, Kate— dijo Gandalf. —Necesitamos hablar con tu padre. Legolas espera tus instrucciones.

Kate besó a su padre en la mejilla, antes de cerrar la puerta del dormitorio tras ella. Legolas estaba esperándola al pie de las escaleras.

—¿Cómo está tu padre?— preguntó Legolas.

—Está mejorando— dijo Kate. —Pero está preocupado por Colin.

—Es comprensible— dijo Legolas. —Aunque hayan pasado siglos, Elrond todavía se preocupa por sus hijos.

Kate asintió.

—Tengo los nombres de los propietarios de antigüedades con los que debemos contactar. Mi padre conoce a mucha gente. No deberíamos tener ningún problema localizando el colgante. Pero necesitaré un poco de ayuda— Dijo mirando a Legolas y estudiándolo por un instante. —Tendremos que hacer algo con tu pelo.

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Kate y Legolas caminaron por las atestadas calles de Londres. Legolas era el perfecto caballero inglés. Su pelo había sido recogido con tanta destreza que no había evidencias de su largura. Su altura hizo que fuera casi imposible encontrar en el armario de su padre algo que pudiera llevar. Durante la tortuosa hora que Kate pasó sacando los dobladillos de las perneras de los pantalones, se encontró a si misma deseando que su madre no hubiera abandonado la ciudad. De niña, Kate se había negado a aprender a coser. Su madre le había dicho que un día lamentaría no haber aprendido. Aquel fue ese día.

Mientras bajaba la mirada por las perneras del pantalón, pensó que había hecho un trabajo estupendo, incluso si una pernera quedaba un poco más larga que la otra. Además, sabía que nadie se fijaría en los pantalones de Legolas. Si alguien le prestaba atención por algún motivo, pensó para sí misma, sería por sus ojos. Eran de un increíble tono de azul.

—Estás muy callada— dijo Legolas.

Kate lo miró y se sonrojó, avergonzada por sus propios pensamientos.

—Ha sido una semana larga— dijo ella.

—No más larga que cualquier otra— dijo Legolas.

—Quizá lo sea para ti, pero yo me siento como si hubiese envejecido un par de vidas extra esta semana— dijo Kate.

Legolas sonrió.

—Escondes bien tu edad.

—Tú también— dijo ella con una sonrisa mientras abría la puerta de la tienda de antigüedades.

Durante los años que había pasado ayudando a su padre en el museo, había tratado con muchos de los marchantes de antigüedades que había en Londres. Después de hacer algunas preguntas generales sobre dónde encontrar artefactos prehistóricos ingleses, finalmente la habían enviado a Antigüedades Welsh. Kate había conocido al señor Welsh años antes, pero nunca de manera profesional. Mientras entraba dentro de la interior vagamente iluminado de la tienda, esperó que su atuendo profesional y su actitud compensasen su edad.

La puerta se cerró tras ellos y el señor Welsh salió del mostrador.

—Kate, hace siglos que no te veo. ¿Cómo está tu padre?

Ella relató el encuentro cercano de su padre con una bomba alemana y le presentó a Legolas. El señor Welsh y Legolas se dieron la mano.

El señor Welsh contempló a Legolas con una mirada severa, antes de volver a centrar su atención en Kate.

—¿Has dicho que estabas interesada en artefactos de los túmulos?

—Sí, he oído que tienes los mejores archivos sobre el destino de los artefactos— dijo Kate.

—Vamos a mi oficina— dijo él.

Kate lo siguió hasta un pequeño despacho. Cerró la puerta tras él y se giró para mirar a Kate.

—Kate Elessar, no me engañas.

El corazón de ella comenzó a palpitarle en el pecho.

—¿Señor?— tartamudeó ella, mientras se sentaba en la silla frente al escritorio y se agarraba con fuerza al reposabrazos.

—Por mucho que lo intentes, no vas a engañarme y hacerme pensar que ya eres toda una adulta— dijo el señor Welsh.

Kate dejo escapar un suspiro de alivio y le sonrió al señor Welsh mientras este se sentaba detrás de su escritorio.

—Bueno, depende de mí mantener el museo funcionando mientras mi padre se recupera— dijo Kate.

—¿En qué está interesado tu cliente?

—Cualquier artefacto del túmulo de Kennett del Este— dijo ella.

Los ojos del señor Welsh se elevaron interesados.

—Kennett del Este. Bueno, ya conoces la postura oficial sobre ese túmulo.

—Nunca ha sido excavado. Lo sé— dijo Kate.

El señor Welsh sonrió con aprobación.

—Pero nosotros estamos mejor informados, ¿verdad?— Guiño un ojo y bajó un libro de la estantería que tenía tras él. —¿Hay algo en particular que estés buscando?

—Joyería y armaduras,— dijo ella, inclinándose hacia delante para mirar las entradas en el catálogo, mientras él buscaba en el libro de contabilidad.

—Hmmmm— Mr. Welsh estudio las entradas durante cinco largos minutos. —¿Por qué está interesado en Kennett del Este?

—Oh, ya conoce a los coleccionistas— dijo ella. —Quien sabe de dónde sacan sus motivos. Creo que es uno de esos que cree en la reencarnación. Ha localizado a sus ancestros en el área de Kennett y cree que una vez estuvo enterrado en el túmulo.

Mr. Welsh se rió entre dientes.

—Ah ya, uno de esos. He tenido que lidiar con un par de ellos yo mismo...Ok, aquí está— dijo, mientras miraba el libro. Su dedo señalaba una entrada. —Solo hay cuatro cosas listadas.

—¿Qué son?— dijo Kate, clavando las uñas en los reposabrazos de cuero.

—Veamos...Hay una cota de malla. Un escudo pequeño apropiado para un niño. Un colgante de algún tipo- nada espectacular- aparentemente está bastante deslustrado por la edad. Y hay una espada en muy buenas condiciones, que te costara una pequeña fortuna— dijo él.

—Si pudiera ponerme en contacto con los propietarios le estaría muy agradecida.

—Será un placer hacerlo— dijo él recorriendo con los dedos las líneas de anotaciones del libro de contabilidad y su expresión cambió . —Hmmm. ¿Cuánto quiere estos objetos?

—El dinero no es problema para mi cliente. Los quiere a toda costa— dijo Kate.

El señor Welsh estudió la expresión de Kate un instante.

—¿Adivino que conseguirás un buen beneficio con esta venta?— preguntó él.

Kate asintió.

—Así es.

El señor Welsh cerró el libro y se inclinó hacia adelante para hablar con ella.

—¿Tiene tu familia problemas de dinero?

No estaba segura de a donde quería ir a parar el anticuario con aquellas preguntas y comenzó a sentirse incómoda. El señor Welsh podía apreciar la preocupación en la cara de Kate... Suspiró y volvió a recostarse en la silla.

—Te iría mejor si le levantases de esa silla y le dijeses a tu cliente que no has tenido suerte.

—No puedo hacerlo— dijo Kate.

—Tenía la impresión de que me ibas a decir eso— dijo él. —Los artefactos en los que estás interesada están en Paris. Territorio alemán. ¿Cuánto los necesitas?

—MI propia vida depende de ello— dijo Kate.

El asintió.

—Muy bien. Sabes que si hay algo que pueda hacer para ayudar a tu familia, lo haré.— dijo abriendo los libros y escribiendo la información. —A pesar de lo que me dice la voz de la razón, voy a ponerte en contacto con un tratante de arte alemán que vive en Londres— dijo entregándole un trozo de papel.

Ella se puso de pie.

—Gracias, no tiene idea de lo que esto supone para mi familia— dijo ella.

El señor Welsh asintió y Kate dejó la oficina. Legolas la siguió fuera de la tienda, hasta la calzada. El la miró expectante, pero ella no dijo nada. Solo siguió caminando por las calles llenas de gente.

Legolas juzgo su expresión.

—No lo has encontrado— dijo él.

—No. Sí que lo he encontrado — dijo Kate. —Junto con una espada, una cota de malla y un escudo.

—¿Dónde están?— preguntó él.

—Están en Paris. En el Paris ocupado por los alemanes— dijo Kate.

—Entonces tendremos que ir a Paris— dijo Legolas.

—Haces que la decisión suene tan fácil— dijo Kate.

—¿Y no lo es?— preguntó Legolas.

—Tienes razón— dijo ella, y abrió el trozo de papel que llevaba en las manos. La dirección no estaba lejos. En lugar de retrasar lo inevitable, Kate pensó que era mejor continuar y hacer frente a cualquier destino que la esperase.

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La primera cosa que sorprendió a Kate fue que el tratante de arte fuese una mujer. Y la segunda cosa fue que no era del todo alemana.

—Mi padre era alemán, pero yo crecí en Inglaterra— dijo Mrs. Schneider con un rítmico acento inglés, mientras se sentaban a tomar el té.

—Los lazos con mi tierra natal no se rompen fácilmente. A pesar de los cambios políticos que detesto. ¿Es tan difícil de creer?

—En absoluto— dijo Legolas. —El lugar del que venimos tiene siempre poder sobre nosotros, no importa lo mucho que haya cambiado.

—Bien dicho,— dijo ella. —Puede que no me guste el Führer, pero adoro las oportunidades que me ha dado. De no haber subido al poder, nunca habría sido capaz de comprar algunas de las mejores obras de arte ocultas por toda Europa— dijo ella, gesticulando con las manos en dirección a las paredes.

Estaban cubiertas por toda clase de pinturas: Monet, Renoir, Van Gogh... Kate estaba sorprendida por el numero de obras maestras reunidas en una sola habitación. No tenía ni idea de donde había comprado aquellas piezas de arte. Mucha de la gente que recibía tales obras, las mantenía como legado familiar o las conservaba en museos. Se preguntó por el coste humano de aquellas pinturas y se sintió enferma al pensar que cada una de ellas probablemente había sido la causante de la muerte de al menos una persona inocente.

Legolas dijo:.

—Espero que usted sea capaz de asistirnos para aprovechar al máximo esta oportunidad.

—¿Estas son las piezas en las que están interesados?— dijo ella, leyendo la lista que Kate le había entregado. —¿Que tienen para ofrecer a cambio? No aceptamos dinero. Solo piedras preciosas y obras de arte.

—Tengo una galería entera de obras de arte para intercambiar,— dijo Kate.

La marchante de arte le sonrió a Kate.

—Excelente. Mi contacto en Francia volverá por aquí en un par de días. Llámeme entonces y veré como lo puedo arreglar.

—Deseamos hacer la transacción en persona— dijo Kate.

—Por supuesto, no esperaba nada menos. Una mujer y sus obras de arte no se separan fácilmente, ¿verdad?— dijo ella.

Kate sonrió.

—Usted me conoce bien.

Terminaron el té y se levantaron de sus asientos. La señora Schneider los acompañó hasta la puerta principal.

—Ha sido un placer conocerlos a ambos. Estoy deseando que volvamos a encontrarnos.

Kate asintió.

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El sol se estaba poniendo cuando Legolas y Kate regresaron a casa. Siguieron el sonido de las voces hasta la cocina donde Gandalf y Elrond estaban sentados con el padre de Kate. Un surtido de papeles se hallaba extendido sobre la mesa de la cocina.

—¿Y bien?— preguntó su padre.

—El colgante está en Paris. Hemos conocido a una tratante de arte que nos va a conseguir un pasaje para Francia para hacer el intercambio— dijo Kate.

—Perfecto— dijo Gandalf.

Kate, su padre y Elrond se quedaron mirando a Gandalf como si se hubiera vuelto loco.

—Elrond y yo nos dirigimos hacia Francia— dijo Gandalf. —Al menos estaremos lo suficientemente cerca para echaros un ojo.

—¿Vas a buscar a Colin y a los hijos de Elrond?— preguntó Kate.

Gandalf asintió.

—Hace demasiado tiempo que se fueron. Y quiero ver con mis propios ojos lo que los retiene.

Kate se sentó a la mesa y cogió uno de los muchos documentos. Era un pasaporte con la foto de Elrond. Cogió otro documento y era un carnet de identidad. La mesa entera estaba llegan de documentos falsos. Miró a su padre.

Este le sonrió avergonzado.

—¿Creías que me quedaría quieto y no haría nada durante toda la guerra?— preguntó. —Tengo estas habilidades y les estoy dando buen uso.

Kate miró a Gandalf.

—Tu padre ha estado falsificando documentos para el movimiento de resistencia por toda Europa. Su trabajo es bastante legendario. Yo he estado ayudándole desde hace un tiempo.

—¿Cómo?— preguntó ella.

—Los pasamos metidos en pinturas. Pongo dos láminas de lienzo, una sobre la otra, y los escondo en medio— dijo su padre.

—Sé a ciencia cierta que algunos de los documentos de tu padre han salvado a algunos judíos en Polonia— dijo Gandalf.

Kate se quedó sin palabras. Sacudió la cabeza.

—¿Hay algo más que alguien tenga que contarme? No creo que pueda soportar muchas más sorpresas.

—La única sorpresa que quiero recibir es ver a Colin entrar por esa puerta— dijo su padre, poniéndose serio de repente.

—Si está en Europa, lo encontraremos— dijo Elrond.

La habitación se quedó en un silencio incómodo mientras la importancia de la tarea calaba en sus mentes. La oscuridad cayó y las sirenas que anunciaban el bombardeo nocturno comenzaron a sonar. Comparado con la incertidumbre del futuro, el sonido distante de las bombas no sonaba tan amenazador.