Capítulo 44: Cataclismo

El entrenamiento había sido largo y productivo. Mientras más tiempo pasaba, Aioros se sentía más a gusto con su equipo. Poco a poco aprendía a conocerlos; detectaba sus fortalezas y también sus puntos débiles, y con base en ello había trazado estrategias que les permitieran funcionar a un nivel óptimo. Se sentía especialmente orgulloso de ello, porque había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que tuvo la oportunidad de diseñar un plan e implementarlo. Esa capacidad de jugar al ajedrez, con los recursos que tenía, y ganarlo, le recordaba el por qué era un santo dorado. Su rango, el de Oro, era el único de los tres que se entrenaba para ir más allá de los puños, las patadas y el cosmos. Ellos eran estrategas puros, guerreros de cuerpo y de mente.

De todo lo que acontecía en su vida, quizás aquella era su única satisfacción. El resto eran un montón de problemas difusos, a los que no encontraba solución alguna.

Se puso la chamarra y ajustó el cierre hasta lo más alto, ansioso de obtener un poco de calor. El invierno empezaba a llegar a su fin, pero el frío y la lluvia parecían no enterarse. Si algo, el clima se sentía como una extensión de su estado de ánimo: oscuro y revuelto.

—Vosotros, los griegos de sangre caliente, estáis sufriendo mucho últimamente, ¿no? —Aioros reaccionó al escuchar al recién llegado y buscó de inmediato por él con su mirada. Al encontrar a Shura, le sonrió, aunque el gesto fue apagado y carente de encanto.

—No te haces idea. Vivir en los Pirineos te ha dado cierta resistencia.

—Se podría decir que sí, aunque admito sin ningún problema que echo de menos al Sol.

—Comparto tu dolor. ¿Estás buscando a Tati? Porque si es así, acabas de perderla por un minuto. Recién terminamos los entrenamientos. Si te apresuras, podrías alcanzarla.

—No… bueno, sí… es decir, la alcanzaré luego. —Subió los hombros y adoptó aquella adorable expresión que el arquero recordaba bien en su amigo. —En realidad quería hablar contigo.

—Vale… —Y desconocía porqué, pero había algo que le resultaba sospechoso. —¿Te importaría caminar conmigo? Necesito moverme para entrar en calor.

—Griego quejica.

Aioros giró los ojos en un gesto cómplice mientras Shura ahogaba una sonrisa. Después, iniciaron la marcha sin rumbo fijo.

Sobre sus cabezas, las nubes grises y turbias se arremolinaban, trayendo presagio de una nueva tormenta. Algunas gotas, finas como el rocío de la mañana, cayeron sobre el Santuario, pero la lluvia no prosperó.

—Y… ¿de qué querías hablarme?—preguntó el castaño. Se acomodó el suéter en busca de más protección y miró de soslayo a Shura.

—De ti—respondió el español—. Me preguntaba si estabas bien. Has estado algo raro en estos días y me siento preocupado.

—Oh…

—Sabes que soy tu amigo y que puedes contarme lo que sea, ¿cierto? —Shura buscó su mirada, pero Aioros lo esquivó, fijando su vista en algún punto irrelevante frente a ellos.

—Sí, lo sé. —Le escuchó decir en apenas un susurro.

—¿Te gustaría contarme ahora?

—No sé muy bien por donde empezar.

—Por donde te parezca mejor.

—No lo sé, Shura. Todo está un poco confuso. —Sacó las manos de las bolsas de su abrigo y las llevó a su cabeza para acomodarse los rizos. Suspiró pesadamente y una nube de vapor surgió de su boca. —Además, realmente hay cosas que no… no entenderías.

—Pruébame. Dime que pasa y prometo hacer todo lo posible por comprender.

Aioros agachó la mirada, se cruzó de brazos y guardó silencio. El modo en que su mirada se empañó, alertó al español. Aioros no era de ese tipo de personas; él era energía y efervescencia. En aquel instante, no había nada de eso en él.

—¿Recuerdas cuando Shion envió a Naia a Jamir?—dijo por fin. Shura asintió. ¿Cómo olvidarlo? La mirada severa de Shion les había recordado de las consecuencias por semanas. —Sabes que Saga fue a por ella, todos lo sabéis… pero lo que ignoráis es que Deltha fue con él.

—¿Qué?

—Solo Camus lo sabe. Tuvimos que decirle para cubrirla.

—¿Cómo es que no nos enteramos de estas cosas? —Shura se preguntó a si mismo. Aioros solo encogió los hombros.

—Como te habrás dado cuenta, la misión fue un éxito: Naia volvió, ellos también. Sin embargo, las cosas no quedaron del modo en que estaban. Todo cambió. —Suspiró de nuevo, de tal modo que un gruñido disfrazado abandonó sus labios. —Antes de ese viaje, Del apenas soportaba a Saga. De hecho, verles partir juntos daba miedo. Pero al volver… Se volvieron inseparables y, de algún modo, también insoportables. Todo el tiempo hablando de cosas que solo ellos entienden, coqueteando uno con el otro, provocándose… Es incómodo, aunque ninguno de los dos parece entenderlo.

—¿Te molesta mucho? ¿Hubieras preferido que continuaran sin hablarse?

—¿Qué…? ¡No! —Sintió la mirada azul y fría de Aioros sobre él. Sus preguntas eran molestas y se notaba que pisaban algunas ampollas. —No, Shura, no. Me hubiera encantado que fueran amigos y se llevaran mejor, pero lo que sea que está pasando ahora…

—No está pasando nada. Saga me aseguró eso.

Tan solo escuchar el nombre, Aioros se detuvo en seco. Shura avanzó un par de pasos más, antes de darse cuenta que marchaba solo. Volteó rápidamente, solo para encontrarse con la mirada del arquero, que escupía preguntas.

Lo cierto era que el español no estaba seguro de que era exactamente lo que había hecho para ganarse aquella mirada. Fue tan genuina su sorpresa que no pudo evitar mirar hacia ambos lados y hacia su espalda, con la esperanza de que alguien más fuera la causa de su malestar. Tristemente, descubrió que aquella sombría mirada tenía una dedicatoria para él.

—¿Hablaste con Saga? ¿Él te mando a hablar conmigo?

—Le vi tan mal como tú y decidí acercarme. Pero de ningún modo estoy aquí porque él me lo pidiera. Si algo, fui yo quien se ofreció a hacerlo. Ambos sois mis amigos y os quiero. Me duele y me preocupa veros separados.

Fueron algunos los segundos que se escaparon en medio del silencio, con nada más que esa mirada vacía de Aioros sobre él. Shura decidió no decir más, para darle tiempo de entender que sus intenciones no beneficiaban, ni mostraban parcialidad por alguno. Para el santo de Capricornio, era imperante que Aioros y Saga se reencontraran; juntos representaban todo lo que el Santuario era y defendía… juntos eran invencibles y, por lo tanto, el resto de la Orden también lo era.

Sin embargo, cuando escuchó al arquero bufar y apartar el rostro, primero mirando a su pies y después al vacío, Shura supo que no había ganado nada. Subió los hombros antes de regresarle los ojos encima. Al chocar con su mirada, guardó silencio.

—Lo que pasa entre Saga y yo va más allá de esto, Shura. Es complejo de explicar, pero puedo decirte que tengo demasiadas cosas en la cabeza. Tantas, que ni siquiera yo las entiendo.

—Él te necesita.

—¿Qué quieres que te diga?

—Nada en realidad. Solo quiero que pienses en esto.

—¿Crees que no lo he pensado? ¡Shura, estoy a un paso de perder a dos de las personas a las que más quiero! ¡Lo he pensado! ¡Lo he pensado cientos de veces! Pero a ninguno de los dos parece importarle lo que siento, ni cuánto daño hace. Cuando tuvieron la oportunidad, ninguno fue capaz de detenerse y ahora… —Se mordió los labios. —Ahora todo se ha salido de control. Siento que apenas les conozco. Yo… estoy confundido.

—¿Por qué? Son Saga y Deltha. ¿Qué más necesitas saber?

—No lo sé… No lo sé.

El modo en que se tragó las palabras no pasó inadvertido para el español. Conocía lo suficiente a su amigo como para saber que había algo que no decía y que se guardaba para sí. Sobraba decir que veía una confusión profunda y dolorosa, que solo recordaba haber visto una vez antes, y que había terminado en tragedia. Un Aioros confundido era mala noticia.

De pronto, lo vio manotear en el aire, en un gesto de rendición. No estaba seguro de que se tratara de una buena señal.

—Sé que esto no es lo que querías escuchar—dijo, llevándose las manos a los labios.

—No vine aquí en busca de una respuesta en particular. Quiero ayudar. —Shura posó sus manos sobre los hombros del arquero. Éste le sostuvo la mirada. —Él te echa de menos y puedo ver que tú también le extrañas. Estas enojado, lo entiendo. Pero lo que tenéis, vuestra amistad, va por encima de todo, Aioros. Tú lo sabes.

—Pues no le veo interesado en resolver el asunto.

—¿Cómo va a hacerlo, si eres tú quien le rehúye?

—Podría insistir más. —Se soltó de un manotazo, escondió las manos en su abrigo y retomó el camino hacia las doce casas, caminando a zancadas. Shura fue tras él tan rápido como pudo. —Yo he insistido más por él.

—Vamos, Aioros, conoces a Saga. Sabes lo que sucede cuando se cierra.

—¡Claro que lo sé! ¡Lo recuerdo! —Aioros se detuvo de pronto y giró violentamente hacia el español. —¡¿Crees que podría olvidar lo que sucedió la última vez que le dio por olvidarse del mundo?!

—Aioros…

—¡No! ¡Se terminó! Ya dije todo lo que tenía que decir.

Y, en esa ocasión, cuando volvió a girar para darle la espalda, no volvió a mirar atrás. Shura ni siquiera insistió porque, si lo conocía tan bien como creía, Aioros no iba a regresar.

Solo le quedaba lamentarse por no haber conseguido nada más. Quizás había pillado al arquero en un momento especialmente difícil. Quizás la situación en sí era difícil.

-X-

Aioros atravesó los pasillos de Géminis con el ceño fruncido y el corazón palpitándole en el pecho a toda velocidad. Quizá las intenciones de Shura no habían sido precisamente aquellas, pero en cierta manera, habían supuesto el empujón que necesitaba. Para bien, o para mal, precisaba sacárselo del pecho de una vez.

—¿Saga?—llamó desde la puerta.

—Esto sí que es una sorpresa… —Aunque su voz no sonaba en absoluto sorprendida. Saga apenas había respondido en voz baja, sin moverse del confortable sofá junto a la chimenea, y con el ordenador sobre sus piernas.

Se mantuvieron la mirada por primera vez en semanas, y de alguna manera, Aioros supo que con ese simple gesto, había logrado la completa atención del peliazul. Saga hizo a un lado lo que estaba haciendo, cerró el portátil, y lo dejó sobre la mesa.

—¿A qué debo el honor?

—Tenemos que hablar.

—Tú dirás…—murmuró de vuelta, ocultando del mejor modo posible el escalofrío que recorrió su espalda. Tenía un mal presentimiento. Aioros, mientras tanto, respiró hondo.

—Tenías razón cuando dijiste que te estaba evitando.

Vomitó las palabras y Saga guardó silencio. Para él, tal afirmación no era más que una obviedad, pero al menos confiaba en que ahora que el arquero se había animado a decírselo a la cara, las cosas solo fueran a mejor. O al menos, era lo que se repetía una y otra vez, con la única intención de creerse su propia mentira. ¿Por qué decirle nada si no? Saga no era un hombre optimista. Su naturaleza era bien distinta, y distinguía bien las nubes y los truenos en el horizonte.

—¿Has cambiado de parecer? —Aioros resopló, y sus labios apretados, dibujaron una línea apenas perceptible.

—¿Puedes explicarme qué está pasando con Deltha?

El peliazul se humedeció los labios, y escudriñó el rostro del arquero todo lo que pudo. A pesar de que resultaba obvio que tanto él como Naia compartían la misma opinión, se negaba a creerlo. Necesitaba encontrar algo, por minúsculo que fuera, que le dijera que Aioros quería creer en él. Pero no lo hizo, no había ni un ápice de esperanza en aquel rostro que creía conocer tan bien. Y la pregunta, sonaba exactamente como lo que era, un pretexto para hacerlo hablar, pero que de poco iba a servir.

Se rellenó la desangelada copa de vino que yacía en la mesa, y se lo llevó a los labios en un intento inútil por aplacar su nerviosismo. Se maldijo a si mismo; él, que siempre se mantenía entero contra viento y marea, amenazaba con agrietarse frente al arquero.

—No quiero excusas, ni mentiras vagas… quiero saber la verdad.

—Entonces, dímelo tú. Creo que tienes una teoría bastante firme al respecto.

—Déjate de juegos.

—Oh, no, no estoy jugando. Ni ganas que tengo, Aioros. —Se puso en pie, recolocando las vertebras de su cuello en el proceso, y apoyó su espalda contra la chimenea, cruzándose de brazos. —Así que, ¿por qué no me dices simplemente lo que quieres decirme, y nos ahorramos saliva?

—Creo que Deltha y tú tenéis algo. —Saga apretó los dientes con rabia.

—Crees mal—farfulló. Con un gesto de su mano, Aioros lo silenció.

—Voy a ahorrarme el discurso acusador que, estoy seguro, Naia te ha repetido un par de veces y que tú has preferido ignorar. Eres bueno en eso. —Sus ojos azules relampaguearon furiosos.— Todo lo referente a tu incapacidad para soportar su mirada, sus deseos de verte muerto... —Aioros dibujó una sonrisa amarga y negó con el rostro.— No importa. ¿Qué fue lo que hiciste para que ella se prendara de ti como una niña y de pronto escalases hasta el primer puesto en su lista de prioridades? Solamente quiero la verdad.

—Deltha no se prendó de nadie.

—Llámalo como quieras. ¿Qué pasó, Saga? ¡¿Qué?! —Y por primera vez, alzó ligeramente el tono de su voz. —Necesito oírlo, y así al menos, saber en qué punto quedamos.

—¡No pasó nada!—respondió al mismo volumen—. Las cosas simplemente se apaciguaron. Cambiaron. ¿No era eso lo que Naia y tú queríais? ¿Lo que no dejabais de repetirnos?

—Queríamos muchas cosas. Queríamos que empezaseis de nuevo, que os dierais una oportunidad de conoceros… ¡Pero miraos! Habéis pasado de un extremo a otro de la moneda, en un pestañeo. ¿No te parece raro? ¿De dónde salió esa confianza? Me consta que no es algo que regales a la ligera. —Y cuando hizo especial hincapié en aquella palabra, Saga la sintió como una puñalada.

—¿Es eso lo que te incomoda? ¿La confianza? ¿Qué haya sido más fácil de lo esperado dársela? ¿O son las bromas? ¿Los falsos gemidos? —El rostro de Aioros se oscureció un poquito más. —Pues no lo sé, no sé de dónde salió. El experto en socializar con la gente eres tú, no yo. —El arquero gruñó al distinguir el sarcasmo en su voz. —Simplemente resultó fácil sentirme cómodo con ella una vez que me perdió el miedo. Es todo. Todo. —Sus manos abanicaron el aire con resignación. —Quizá hablar de esas cosas me hace ver un poquito más humano ante sus ojos que cualquier otro tema de conversación.

—Ya. —Se limitó a decir.

—¿Ya? ¡Vamos, hombre! —La conversación no iba por donde Saga quería y comenzaba a desesperarse. Se sobó los ojos. —Obviaré el hecho de que no confías en ella, porque realmente ese es tú problema. ¡Es tu novia, no la mía! Pero…

—Pues escúchate, y recuérdatelo a ti mismo cada vez que te le acerques.

—¡Joder!—exclamó—. ¡Este ataque de celos es ridículo! Deltha nunca te traicionaría. Yo nunca te traicionaría, ni a ti, ni a Naia. Quiero a Naia. Nunca tuve algo así, ¿por qué iba a estropearlo de ese modo después de todo lo que hice por ella? —Comenzaba a sonar más desesperado de lo que le hubiera gustado, pero sentía tanta rabia que le resultaba difícil de controlar, y por un instante, su voz, siempre segura, se quebró. —¡No entiendo nada!

—¡No es solo un ataque de celos! —A pesar de que era consciente de que en gran parte, así era.

—Entonces, ¡¿qué?!

—¿Tan dolido estás? ¿Tan desesperado y triste por mi lejanía? —Saga frunció el ceño, un Aioros irónico no era algo que escuchara todos los días. —Shura vino a hablarme, a interceder por ti. Pero ¿sabes qué? ¿sabes quién no me buscó? .

—¿Y de que me valdría hacerlo? Tú mismo lo acabas de decir. Me estás evitando, no me quieres cerca.

—No quieres alejarte de Deltha, ni mal ni bien. Debe importarte muchísimo. Exactamente lo mismo que tú a ella. —Saga gruñó. —¿Pero yo? ¿Dónde quedo yo para ti? ¿Y dónde quedo yo para ella?

—Aioros…

En un movimiento idéntico, los dos santos voltearon en dirección a la puerta. Deltha observaba desde allí, con los ojos tristes y los labios entreabiertos. Apretando la máscara en su mano. Llevaba rato escuchando, y ninguno se había dado cuenta. Quizá lo más sensato hubiera sido marcharse por donde había venido sin llamar la atención, pero… no más. Las cosas no podían ir más allá.

Aioros se llevó las manos a la cintura y dejó escapar una carcajada amarga. Saga, solamente observó, con los labios apretados, y algo en sus ojos, le dijo a la amazona que él también pensaba que debió irse cuando pudo.

—Esto es justo lo que necesitábamos—masculló el arquero—. ¿No es una grandiosa casualidad? —Miró de uno a otro, con una mirada tan llena de ira, como ninguno le había visto antes. —Falta Naia para completar la fiesta. La llamaré, y terminaremos con esto de una vez.

-X-

Cuando la morena llegó, apenas unos pocos minutos después, un pesado silencio se había instaurado en el salón de estar de Géminis. Ninguno de los tres había compartido más que breves y fugaces miradas de enfado, dolor y confusión. Y ahora que la veía, Saga se sentía aún más acorralado que antes.

Sus ojos se cruzaron con los de ella, pero lo rápido que le esquivó, fue suficiente para que el santo comprendiera cual era su situación. Casi sin querer, apretó los dientes.

—¿Y bien…?—dijo Naia.

—Vine a ver a Saga antes. Hablamos. —Aioros dibujó una sonrisa tan fría en el rostro, que al peliazul le costó identificar el gesto con su amigo. —¿Y adivina quien llegó justo a tiempo…?

—Aioros…—comenzó Deltha. No le gustaba nada la situación en que se hallaban, pero menos aún, el modo en que empezaba a darse todo.

—No, está bien, en realidad. Llevamos dando vueltas a este asunto mucho tiempo, y no hemos conseguido nada.

—Ni siquiera habías hablado conmigo antes de...—masculló Saga, desde su rincón.

—A la vista está, que no iba a servir de nada. —El gemelo calló y entrecerró los ojos. No estaba acostumbrado a que el arquero resultara tan cortante y firme en su postura, especialmente con él, tampoco a lo interrumpieran. —Pero no importa. Ahora estamos los cuatro. Discutámoslo de una vez por todas y quitémonos este peso de encima.

Deltha bufó. Abrazó uno de los cojines del sofá, y esperó pacientemente porque uno de ellos se decidiera a hablar. A Kanon no le resultó difícil distinguir que la amazona de Apus se esforzaba por mantener a raya la impaciencia.

Apenas había salido de la ducha envuelto nada más con su toalla, cuando había escuchado las voces del salón. Y a pesar de que le hubiera gustado marchar volando a su habitación, y vestirse tan pronto como le fuera posible, hizo gala de la prudencia que pocas veces mostraba, y permaneció inmóvil y silencioso tras la puerta entreabierta del cuarto de baño. En momentos como aquel, se preguntaba por qué no utilizaba siempre el baño de su habitación. Le facilitaría mucho las cosas, y le evitaría momentos incómodos como aquel.

Aunque si era totalmente sincero consigo mismo, la conversación se prometía de lo más interesante. Para empezar, Naia estaba ahí. La morena no había pisado Géminis desde que estuviera con él… así que algo serio tenía que estar a punto de suceder para que estuvieran tomando semejante riesgo.

—Estoy cansada de esto—murmuró.

—Pues dejemos el asunto atrás, no es tan complicado. —Kanon sonrió. La impaciencia en la voz de Saga no era algo que se escuchara a menudo.

—¿No? —Naia dejó escapar una risa amarga, pero los ojos verdes que la contemplaban, no mostraban un ápice de broma en ellos. Lo que había dicho, lo había dicho totalmente en serio. —Las cosas no son tan sencillas, Saga. No llegados a este punto.

—¿Este punto? —Se sopló el flequillo.

—Es más fácil encontraros juntos a vosotros dos, que separados. —Aioros intervino, refiriéndose a Deltha y a el peliazul. —Y casi siempre aquí.

—¿Y cual es el problema?—preguntó Saga.

—¿Cuál?—respondió Aioros, incrédulo.

—Sí, porque no lo entiendo.

No entendía… Saga no entendía. ¿Había algo más inusual, o falso, que eso? Porque, con todo lo que conocía a su amigo, con todo lo inteligente e intuitivo que pudiera ser, decir que no entendía sonaba casi a una burla para el arquero.

Pocas eran las personas que tenían la capacidad de adelantarse a cualquier situación del modo en que el gemelo lo hacía. Así que, en aquel momento, saberse un paso por delante de él podía tomarse como una deliberada mofa o un cuestionable halago. Del modo que fuera, era terriblemente irritante.

—Entiendes, convenientemente, lo que quieres entender. ¿Y sabes qué? Creo que si la situación fuera del revés, tú estarías aún más molesto que nosotros.

—¿Y eso a qué viene?

—Porque tú… eres como eres. —Podía añadir muchas cosas a esa explicación tan difusa, pero lo cierto es que no tenía ánimos de hacerlo. Saga tenía un ego enorme, y Aioros sabía que a veces jugaba a su favor, pero otras, en contra. Y estaba segurísimo de que esa sería una de esas situaciones. No es como que fuera a intentar comprobarlo.

—¿Qué…?—masculló Saga. Después chasqueó la lengua.

—La situación es la que es. —Deltha intervino antes de que la conversación se liara más y más. —Los cuatro somos adultos, y tengo tanto derecho como tú, a venir aquí si soy bienvenida.

—Sí, todo el derecho Deltha. ¿No es gracioso que tú seas bienvenida y yo no tenga permiso ni para acercarme a las escaleras de Tauro?

—¡Venga ya, Naia! —Saga comenzaba a desesperarse. —Sabes que eso no depende de mi. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué te traiga aquí, con Kanon ahí al lado y con los pajaritos de los viejos por todos lados? —Kanon alzó las cejas desde su escondite. — ¿Es eso? ¿Te parece poco lo que ha pasado hasta ahora, siendo discretos?

—No es el hecho de venir o no, es que…—gruñó.

—¿Es que qué? ¡Shion te exilió, joder! ¡Si sucede de nuevo, no podré moverme de aquí!

—¡No sucederá!—exclamó ella. Saga solamente se pasó los dedos por la melena con nerviosismo. Sentía el latir del corazón en su sien como si un mazo lo golpeara.

—Estáis haciendo todo esto mucho más grande de lo que es—farfulló Deltha.

—No, Deltha, no. —Aioros apretó los puños al hablar. —Es confuso, es… incomprensible. No entiendo nada de lo que tiene que ver con vosotros dos. —Señaló a uno y otro. —Simplemente no me entra en la cabeza, y el hecho de que a ella le suceda lo mismo, no hace más que reafirmarme. Uno es locura, dos… —Desde donde estaba, Saga gruñó con disgusto. —Las cosas son bien sencillas: tú eres incapaz de confiar en nadie simplemente por buena fe. —Buscó los ojos del gemelo. —Para que alguien se gane tu confianza, ha tenido que esforzarse mucho. Y en muchos casos, eso no es siquiera suficiente para ti.

—¿Y qué? ¿Qué tiene que ver Deltha con el resto de personas? ¿Lo que ha pasado entre nosotros es siquiera parecido?

—¡Ese es el problema! ¡No sabemos que ha pasado entre vosotros!—exclamó Naia.

—¡Nada! —Deltha alzó la voz. Tristemente, ninguno de los otros dos parecía prestarle atención.

—¿Os sirvieron un par de días a solas para solucionar y espantar todos vuestros fantasmas? ¿Así, tan fácil? Porque suena difícil de creer, Saga. —Aioros volteó hacia Deltha. —Y a ti… —Negó con el rostro. —¿Cuántas veces te pedí por favor que no fueras tan severa con él y con Shura? ¿Qué trataras de comprender como habían sido las cosas? Fuiste incapaz. Te lo pedí de mil maneras diferentes, y fuiste incapaz.

—¡Ahora pude y te molesta!—exclamó con desesperación. Pero antes de que pudiera dar cualquier otra explicación, Naia se le adelantó.

—Yo te lo pedí también. Y no solo te pedí por Saga, sino por Kanon. ¿Qué ha pasado para que uno sí y el otro no?

—¡Oh, venga ya! ¿Ahora resulta que vas a situarlos a los dos al mismo nivel, Naia? —Kanon alzó una ceja; lejos de ofenderse, aquello le empezaba a resultar divertido. —Te has pasado la vida defendiendo a ambos pero dejando claro lo diferentes que son uno y otro, y ahora preguntas por qué uno sí y otro no. ¿Sabes cuando fue la última vez que tuve una conversación con Kanon en la que no me cagara de miedo? ¡El día que os quedasteis atrapados en el sótano de Sagitario!

—¡Así de asustada estabas de él! —Aioros apuntó a Saga. —¿Vas a decirme que un día de estos, tomarás un café con Kanon y os convertiréis en mejores amigos? —El aludido, desde su posición de incógnito, arrugó la nariz con desagrado.

—No es ni mínimamente parecido…

—Por los dioses… —Saga se sobó los ojos.

—Saga y yo pasamos un par de días fuera, actuando como mortales normales y corrientes para traerte de regreso aquí. Quizá tengo mis problemas con algunas cosas en cuanto a la faceta de Santo de muchos de vosotros aquí, pero te aseguro que vivir fuera, y enfrentarse a la vida real, cambia. Y ves cosas que aquí te resultaría imposible distinguir. El peso del Santuario os aplasta. Fue agradable descubrirle sin esa losa. Eso paso. Eso. —Respiró hondo, tratando de apaciguar su corazón, y de romper el nudo que estaba atorado en su garganta. —Nada más.

—Qué bonito suena…—murmuró Aioros, apretándose la cinta de la frente. Necesitaba mantener ocupadas sus manos, o terminaría por romperse los nervios más de lo que ya estaban.

—¿Pero…?—preguntó el peliazul.

—Pero resulta difícil de creer.

—¿Por qué? —La voz del peliazul casi sonó suplicante. O al menos, eso le pareció a Kanon.— ¿Por qué no puedes… podéis, confiar en nuestra palabra? Una y otra vez nos hemos defendido por esto. —Sus ojos buscaron la mirada violeta de Naia, pero la encontró tan oscura y fría, que sintió que un abismo imposible de saltar les separaba. Un enorme sentimiento de desazón le recorrió. —Encontraste ofensas hasta en los detalles más… sinceros. —Lo sucedido con la rosa aún dolía.— ¿Realmente creéis que os traicionaríamos de esa manera?

Nadie respondió. Su mirada permaneció fija en Naia, y cuando no hubo reacción alguna, busco a Aioros. Solamente hubo un enorme y pesado silencio que habló por si solo. Kanon se enderezó en su rincón y su ceño se frunció. La conversación que estaba escuchando a hurtadillas, no dejaba de ser un asunto de pareja. Pero esa última pregunta dejaba en manifiesto problemas mucho más grandes. Aioros había dejado de confiar en él.

Y Saga también se dio cuenta. Kanon lo supo porque un gesto de genuino dolor oscureció su mirada. El mismo gesto que le había visto tantas veces cuando eran más chicos y él se esforzaba por escupirle toda la mierda que le era posible con el único objetivo de hacerle daño.

—No puedo creerme que… —Deltha buscó a Naia, pero no pudo continuar. Saga la interrumpió.

—Después de todo lo que ha pasado, Naia… —Quiso estirar la mano y acariciarla, pero algo dentro de sí se lo impidió. —Después de… la muerte de Keitaro, de Kanon, del calabozo, Jamir, el viejo… ¿Qué más puedo hacer para que creas en mi? ¿Por qué iba a traicionarte de esa manera habiendo arriesgado tanto? No entiendo como puedes creer que…

—¡Yo tampoco, Saga!—exclamó alzando la voz. —Pero no puedo… Quisiera, pero no puedo…

—¡Dioses Naia! ¿Qué hay de mi? —Deltha tomó su mano, pero Naia no reaccionó a su contacto.— ¿Todo lo que hemos vivido, sufrido…? ¿Tampoco puedes creer en mi? Tú y yo somos…

—La confianza se rompe. —musitó el arquero, adelantándose a cualquier respuesta de la morena.

—Aioros… —La mirada avellana de Deltha se humedeció. —Volví por ti, renuncié a mi vida sencilla fuera, por ti…

—Tuve que convencerte de que te quedaras. Te supliqué.

—¿Crees que hubiera vuelto al Santuario si no pensara en quedarme antes o después? ¿Por qué iba a hacerlo sino por ti? ¿Por mi inexistente vocación de amazona? —Una lágrima rodó por su mejilla. Aioros desvió la mirada. No porque no doliera verla así, que lo hacía, muchísimo. Sino porque de veras sentía que aquello ya no tenía sentido y había cosas que prefería no tener que escuchar. Dolía demasiado.

—Eres… —Esta vez fue Saga quien se refirió a él. Mas el peliazul no encontró las palabras, y por primera vez, Saga sintió que la mirada de Aioros le había derrotado, que el arquero le había ganado con un par de palabras, o más bien, con la ausencia de ellas. Con el silencio, su propia arma, esa que manejaba tan bien. —Escúchame, por favor—suplicó. Él. De pronto, sintió unas ganas enormes de llorar. Algo dentro de sí, le gritaba que había perdido, y que ninguna otra derrota en su vida, dolería tanto como esa. —Pondría mi vida en tus manos sin siquiera pensarlo. No sé… —Su voz volvió a fallarle.— ¿No puedes darme siquiera el beneficio de la duda?

—Ya lo hice, Saga. —La voz de Aioros sonó asombrosamente tranquila y queda, también vacía. El castaño sabía de sobra el inevitable camino que habían tomado las cosas. Sonaba como alguien que ya había tomado una decisión inamovible.— Fui yo quién te buscó la primera vez, al volver, cuando el ofendido decías ser tú, cuando espetaste un montón de cosas que dolieron. Te busqué porque te quería, porque te necesitaba. Pensé que todo podría ser como antes. Pero…

—Eres mi hermano.

Y aquellas tres palabras en labios de Saga, adquirían un significado enorme y especial. Kanon lo sabía mejor que nadie. Pero el arquero también lo sabía, o al menos, el gemelo menor pensaba que debía saberlo.

Los ojos de Saga se tornaron vidriosos. A ninguno de los allí presentes les pasó inadvertido.

Aioros tuvo que luchar contra sus propias lágrimas cuando sostuvo su mirada, pero guardó para sí sus propios pensamientos. Saga era su hermano; lo había sido desde que eran unos niños y lo siguió siendo, incluso después del infierno que compartieron. Lo adoraba e idolatraba, quizás como a ninguno, y era precisamente por eso que aquella traición era amarga y lo rompía por dentro.

—¿Cómo vamos a seguir a partir de ahora si…? —Deltha trató de seguir adelante, aunque aquello supusiera sonar mucho más ingenua de lo que en realidad era.

—No podemos. —Fue Naia quien respondió, y entonces, también lloró. Buscó a Saga. —No podemos seguir, porque… —Se encogió de hombros, dejando que las lágrimas corrieran con libertad.

—Naia…—suplicó de nuevo—. No. Te quiero… —Y no le importó sonar tan patético.

—Querer no es suficiente, Saga. —Se encogió de hombros, temblorosa. —Tú me lo dijiste hace tiempo, la confianza lo es todo… y si la confianza está rota…

—No tiene sentido continuar. No queda nada aquí para salvar. —Aioros acabó de hablar por ella, con sus propios ojos anegados en lágrimas, consciente de lo grande que era la decisión que estaba tomando y de lo mucho que implicaba. Miró a Deltha, y en aquella ocasión, la mirada bastó. La pelipúrpura rompió a llorar.

Saga había perdido la voz en algún punto. Miraba a Naia, miraba a Aioros, y por mucho que lo intentaba, no lograba reconocerles. Las lágrimas que comenzaban a agolparse en sus ojos verdes, tampoco se lo ponían fácil. Tragó saliva, sintiendo la garganta como lija, y respiró hondo.

—¿Qué…?—atinó a decir. Ladeó el rostro, mirando a la que consideraba la mujer de su vida, tratando de adentrarse en aquella mirada violeta que tanto amaba. Tratando de encontrar la trampa, el engaño… algo que le dijera que nada de lo que acababa de escuchar, había sido de verdad. Que todo era mentira. Una broma. Una mala broma.

Pero Naia lo miraba de vuelta, con los ojos vacíos y los labios temblorosos y con las mejillas sonrojadas por el dolor, las lágrimas y la ira mal contenida. Saga lo supo inmediatamente. Era verdad. Entonces, buscó a Aioros. Entreabrió los labios, tratando por todos los medios de que las palabras surgieran, de decir algo que le diera una oportunidad. Una sola. No pedía más. Pero estaba perdido, no encontró absolutamente nada que decir… y Aioros no iba a tenderle la mano. No esta vez.

Entonces, cayó en la cuenta.

Los había perdido. A ambos. Y algo se rompió en millones de pedazos dentro de él. Se mordió el labio inferior con rabia, tanta, que sintió el penetrante sabor de la sangre en su lengua. Negó con el rostro, tratando de mantener las lágrimas a raya, mas no pudo.

Apuró el contenido de la copa de vino, y la dejó con fuerza de vuelta en su lugar. Una lágrima se escurrió por su mejilla, justo en el preciso instante en que les dio la espalda.

No dijo nada, ni una palabra.

Solamente deseaba huir. Correr tan lejos como sus piernas le permitieran, gritar.

Y llorar. Sobretodo, llorar.

Deltha lo observó desaparecer y deseó esfumarse con él. Volteó a ver a Naia y Aioros una última vez.

—¿Qué habéis hecho…?—murmuró. Trató de secarse los ojos inútilmente. Ahogó un sollozo… y luego sintió el peso de aquel par de miradas. Tragó saliva, y se dio la vuelta. Tampoco ella podía quedarse allí. Todo había terminado.

-X-

Había sido el último en abandonar Géminis. Después de que Saga y Deltha desaparecieran, Naia fue la siguiente y, al final, solo quedó él.

Toda vez que la calentura de la rabia fue abandonando su cuerpo, un sensación de desasociego e incredulidad fue todo lo que quedó. Aioros sentía que algo le había golpeado, aunque no sabía exactamente qué. Así que, dejado entre dos aguas, no supo que era lo que debía hacer.

Sus pies lo guiaron al único refugio seguro que conocía: Sagitario. Pero toda vez que estuvo ahí, nada mejoró. Todo lo que pudo hacer fue dar vueltas y vueltas en su salón, como un león enjaulado, atacado por cientos de preguntas y dudas que no era capaz de responderse. Se maldijo a sí mismo por esa inseguridad que le brotaba en cada poro y que no tenía la menor idea de donde había surgido.

Se dejó caer en su sofá y, por primera vez en mucho tiempo, realmente se sintió solo… solo y asustado.

Sus ojos azules se abrieron, grandes e incrédulos, mientras su mente repasaba cada palabra de aquella conversación, con una pasmosa fidelidad. Era como si cada alegato, cada frase, se hubiera grabado a fuego en su cabeza. Excepto que ahora sonaba peor. Sus propias palabras parecían extrañas, ajenas.. difíciles de pensar en sus labios. ¿Qué demonios había hecho?

Se frotó los ojos, pues le ardían. Notó la humedad de sus propias lágrimas.

No deseaba meterse en la cama y sentir pena por sí mismo, porque no estaba seguro de si la merecía. Pero, si se quedaba ahí sentado, también se veía a punto de enloquecer.

La pregunta que surgía era: ¿a dónde ir? ¿Con quién hablar? ¿Cómo poner en palabras aquello que ni siquiera su corazón entendía, pero que se sentía con tanta intensidad? No sentía que nadie pudiera comprenderle, ni tampoco se sentía capaz de explicar sus emociones.

Además, por encima de un hombro amigo donde llorar, necesitaba alguien que le dijera que había hecho lo correcto… porque estaba muy lejos de sentirse así.

Incapaz de calmar a las voces en su cabeza, que gritaban en todas direcciones, decidió que lo último que haría, sería quedarse en casa. Aquel enorme palacio se sentía vacío y frío, igual que él. Solo la caricia tibia de sus lágrimas le recordaba que nada ahí era un sueño.

-X-

Kanon esperó a que Géminis volviera a hundirse en el silencio antes de abandonar su escondite. Era justo decir que se estaba congelando, pero hasta ese momento, no había reparado en el frío que hacía dentro del cuarto de baño. La discusión entre aquellos cuatro lo había mantenido interesado y entretenido por el tiempo suficiente. Pero ahora que el tercer templo regresaba a la calma, el gemelo caía en cuenta que la toalla mojada alrededor de su cintura no le proveía de suficiente calor.

Abandonó su escondite con dirección a su recámara. Una vez dentro, reconfortado por el calor del hogar que ardía con fuerza, terminó de secarse y vestirse.

Sin embargo, su mente no dejó de repasar la discusión de la que fuese testigo, sorprendiéndose a sí mismo del rumbo que había tomado todo. Todas esas veces en que, siendo niños, Arles les había advertido de tener cuidado al hablar, pues las paredes escuchaban, le parecieron más certeras que nunca.

Ahí, sin que nadie reparara en su presencia, había aprendido más de lo que hiciese en el año que había pasado desde la resurrección. Saga no era un secreto para él, pero ciertamente le sorprendió encontrar matices en él que desconocía, o que veía tan poco. Poco había esperado que sus sentimientos hacia Naia fueran tan intensos, del mismo modo en que no dejaba de asombrarle lo vulnerable que se había visto frente a esos ojos azules y gélidos del arquero.

Aioros, en cambio, era otra historia. Muchas cosas hubiera esperado del arquero, pero tal vez ninguna como esa. Aioros y su hermano habían sido inseparables desde que se conocieron, a tal punto que él mismo, aún siendo el gemelo de Saga, quedó relegado a causa de aquella amistad que se sentía indestructible, pero que esa tarde se había roto ahí, justo frente a sus ojos. ¿Quién hubiera esperado que detrás de aquel amor matrimonial tan odioso pudiera tejerse tanta rabia? ¿Y quién hubiera dicho que dicha rabia viniera del arquero? ¡Absolutamente nadie! Kanon estaba intrigado de que tanto más se guardaba en la cabeza del castaño, porque a juzgar por su mirada, había mucho más de lo que sus labios habían espetado.

No pudo negarse que, en cierto punto, se sintió tremendamente divertido e, incluso, experimentó una sutil satisfacción. Pero tampoco podía fingir que en un rincón de su cabeza, nacía una incipiente preocupación que tenía más bases de las que le gustaría admitir.

La guerra se cernía sobre ellos, arropándolos en brazos de incertidumbre y muerte. Era ahora cuando la unidad de la Orden era vital. Si quería salir victoriosos y conservar sus nuevas vidas, debían permanecer juntos; y le gustara o no, Saga y Aioros eran el fundamento de esa unidad. Ahora, cada cual marchaba por su lado; uno con el corazón destrozado y el otro, asfixiado por sus propias dudas. Una brecha infranqueable acababa de abrirse entre los dos. En aquel preciso instante, Kanon no encontraba una solución aparente.

Ya lo había dicho el arquero: Saga no otorgaba su confianza con facilidad a nadie… y ahora que éste había escupido por encima de ello, sería increíblemente difícil, por no decir imposible, recobrar lo que habían dejado ir.

Además, le quedaba aquella inquietante sensación, ese instinto suyo que le gritaba que había algo más de lo que se dejaba ver. No podía asegurarlo, pero estaba cada vez más seguro de que la ilusión que hiciera víctima a Aioros había tenido más éxito del esperado. Se preguntó si Saga sabía al respecto, o si el viejo estaba consciente de cuanto daño había hecho aquel enemigo desconocido.

Lo cierto era que ya importaba poco.

—Sobrevivir tanto para nada…—musitó, pensando en la extinta hermandad.

Miró hacia la ventana cuando escuchó el golpeteo de la llovizna sobre el mármol de la barandilla. Lluvia, de nuevo… solo para no perder la costumbre.

-X-

Las lágrimas habían empañado su mirada tras la máscara hasta tal punto, que sus pies caminaban en aquella dirección por pura inercia. Sin embargo, aunque no le quedaba mucho para llegar a su destino, había decidido hacer un alto en el camino y recomponerse. Suponiendo, claro, que aquello fuera posible.

Cada palabra se repetía una y otra vez en su cabeza, y volvía a sentirse como una nueva puñalada al corazón.

Dolía. El aire se negaba a regar sus pulmones en condiciones, y cada intento por respirar, suponía para Deltha una tortura; trayendo consigo un nuevo torrente de lágrimas.

Nunca se había planteado un panorama como aquel. Le había resultado dificilísimo volver al santuario, enfrentarse al posible rechazo, y a la posibilidad de sufrir de nuevo el inmenso dolor de la pérdida. Pero Naia le había dibujado aquel horizonte con ciertos toques de esperanza, tal y como solo ella sabía hacer, y Deltha, se lo había creído.

O quizá, simplemente, había decidido que aquella era la opción más sencilla. Engañarse a sí misma, vendarse los ojos, y que así el salto al vacío fuera más fácil. Pero, ¿ahora? Ahora, ¿qué? ¿Qué iba a hacer ella allí, sola? Porque tenía clara una cosa: había perdido al amor de su vida, y a su hermana.

Se mirase como se mirase, ambas cosas resultaban demoledoras.

Aioros… su arquero siempre había estado en un altar para ella; era un ángel, flotando en una nube de algodón bien cerca del Olimpo, porque era lo más cercano a la perfección en un ser humano que había conocido jamás. Pero ese día se había dado cuenta de que la manera en que le veía, no había sido real ni suficiente. Como tampoco había sido suficiente aquel amor que se había negado a morir con él tantos años atrás. Aioros buscaba algo que ella simplemente no podía, y no sabía, ofrecerle.

Le había roto el corazón. Quizá ella se lo había roto a él también. Sin embargo, ninguna de las dos cosas había sido su intención. Quería ayudarle a crecer, quería recorrer con él todo el camino… fuera el que fuera. Y ahora, se enfrentaba a la realidad.

Aioros no la quería a su lado, porque no confiaba en ella. ¿Había algo peor que eso en una pareja? ¿Algo peor que mirar los ojos que más amabas y ver que te contemplaban como a una extraña, con desprecio?

Solamente una cosa: que tu hermana te mirase del mismo modo.

Naia.

Se secó las lágrimas de un manotazo y ahogó un sollozo. Habían superado tantas cosas juntas, habían resistido cada envite del tiempo… para no sobrevivir a la supuesta felicidad que tanto habían buscado.

¿Qué iba a ser de ellas ahora? ¿Qué iba a ser de ella…? ¡El Santuario le resultaba tan sobrecogedor… tan inmenso e imponente!

Volteó en la dirección a la que la conducían sus pasos. No podía verle, pero podía sentirle. Saga estaba poco más allá. Solo, y hecho pedacitos. Había visto como se rompía frente a sus ojos. Había visto como toda su fortaleza se tambaleaba…

Respiró hondo. Ambos habían perdido mucho… todo, podía decirse. Pero había una cosa que Deltha se negaba a perder.

Respiró hondo un par de veces y se sobó los ojos.

A él. No pensaba perderlo a él, ni dejar que se perdiera.

Reemprendió el camino, y un par de minutos después, cuando sus ojos se posaron finalmente en él, lo poco que quedaba en pie de su corazón, se terminó de romper.

-X-

Estaba destrozada. Echa un ovillo, envuelta en sus mantas, y casi ansiosa de que la puerta de la cabaña se abriera y Deltha entrara por ella, Naia trataba de darse un poco de calor. Pero el dolor que traía por dentro, que le abría le pecho como una espada desgarrando su carnes, sumado a las lágrimas que le cubrían el rostro, la envolvía en los fríos brazos del desamor.

Todo lo que alguna vez soñó, todo lo que la llevó de regreso al Santuario, había sido suyo. Su cuento de hadas, contra todo pronóstico, cobró vida… y, de igual forma, se esfumó ante sus ojos.

Había caído del cielo hasta el infierno en un abrir y cerrar de ojos, víctima de la traición. Una parte de ella, diminuta y agonizante, quería creer que se equivocaba. Pero todo lo que había visto, lo que su instinto le gritaba, era que había hecho lo correcto. Lo que Saga y Deltha habían hecho estaba mal, bajo cualquier moral o lógica. Ella era su hermana, y él… él era el hombre de sus sueños, cuya presencia había dictado cada paso de su vida. Era por eso que dolía aún más. La herida era grande y la separación la ensanchaba, con tal saña que parecía que jamás sanaría.

—¿Naia? ¿Estás ahí? —La puerta opacó aquella la voz, aunque a la amazona no le costó reconocer que pertenecía a Aioros. —¿Puedo entrar?

—Pasa…—musitó, ahogada en sus propios sollozos. Se incorporó lentamente como si su cuerpo pesara toneladas en aquel instante. Sus mejillas estaban coloreadas, su cabello revuelto y sus ojos violetas eran opacados por una neblina de lágrimas.

—Ey… Necesitaba hablarte. —Aioros entró y caminó hacia la cama. Se hizo un hueco cerca de ella, donde se sentó. Su mirada fue, por un agónico segundo, hacia la cama vacía de Deltha y la foto de ambas que yacía sobre la mesilla. Pero, cuando chocó con el rostro de Naia, arrasado por la tristeza, su propio pesar se hizo más grande. —Estás hecha un desastre. —Apartó con cuidado los mechones de cabello oscuro pegados a su rostro.

—Todos lo estamos.

—Sí…

Y eran sus propias expresiones las que dejaban en claro que él tampoco estaba bien. Su mirada, usualmente azul y brillante como el cielo de la mañana, estaba oscura e irritada. No había optimismo en ella, ni el más mínimo toque de paz.

—¿Se supone que debe doler tanto?—preguntó el santo tímidamente. La voz se le cortó y tuvo que detenerse por un segundo. —Pensé que tenía bien claro lo que quería. Pensé que no podíamos continuar así, pero ahora que terminó, no sé si hice lo correcto. No se siente correcto. —Una lágrima solitaria corrió por su mejilla.

—Equivocarse da miedo, ¿no es así?

—Mucho.

—Pero, dejarlos ir no ha sido un error, por mucho que nos duela.

—¿Cómo estás tan segura? Ahora mismo, yo no sé… —Pero Naia no lo dejó continuar. Posó sus dedos sobre los labios del arquero con suavidad, obligándole a callar. Esbozó algo parecido a una sonrisa triste y las lágrimas volvieron a desbordarse de sus ojos cuando volvió a hablar.

—Hay algo que se dijo antes y que es una verdad absoluta, Aioros—susurró—. No hemos sido capaces de confiar en él, ni en ella. Aún si quisieras creerles, en este momento, ¿podrías? —El santo no respondió. Agachó la mirada y su vista se volvió difusa. —¿Podrías creer ciegamente en ellos, más allá de cualquier duda?

—No lo sé. No…

—Ahí tienes tu respuesta. —Levantó la mano para limpiar las lágrimas en las mejillas bronceadas de Aioros. Las suyas, sin embargo, corrían en libertad. —El amor y la amistad se basan en confianza; una confianza que debería ser inquebrantable. Si no existe, entonces no puede haber nada más. Solo un gran engaño.

—Pero duele—sollozó.

—Duele porque fue bonito y especial, porque dejaron una marca en nosotros, ambos. Fueron parte de nuestra vida: nuestros hermanos y nuestros amores. Si no doliera, no hubiera sido precioso. ¿Me entiendes? —Él asintió.

Aioros se cruzó de brazos, envolviéndose a si mismo. Hubiera querido decir más, pero la mandíbula le temblaba y estaba seguro de que le sería imposible articular palabra alguna sin que la voz le traicionase. Era demasiado para sobrellevar. Un dolor punzante que parecía que jamás desaparecería. No había recuerdo que no palideciera ante la desilusión y el sufrimiento que causaba.

Posó su frente sobre el hombro de Naia y ahí, en silencio, el llanto volvió a apoderarse de él. Sintió la caricia de la amazona sobre su espalda y lejos de reconfortarle, despertó todos esos sentimientos que había intentado controlar.

La escuchó sollozar también y la sintió temblar junto con él. Al menos ya no se sentía solo.

-X-

Si la había visto o no, Deltha lo ignoraba. Aunque a decir verdad, no pensaba que Saga pudiera o quisiera reparar en nadie en un momento como aquel.

Había abandonado Géminis, su propia casa, a toda prisa; buscando refugio en cualquier otro lugar alejado de las miradas. No tenía muy claro si lo había conseguido o no, porque aunque alejado, el lugar donde estaban no dejaba de ser uno de los cientos de caminos que surcaba el Santuario. Pero era como si sus piernas no hubieran querido caminar más y a él, al orgulloso santo, le hubiera dado finalmente igual.

Sentado sobre un risco, con los codos en las rodillas, y la cabeza entre las manos, lloraba. Y lo hacía tan desconsoladamente como nunca antes había podido imaginarle. Porque realmente, nunca había contemplado una sola lágrima abandonar aquellos ojos verdes. Saga siempre había sido magnifico tragándose sus emociones, controlando cada gesto de su rostro, llegando parecer en muchas ocasiones una fría estatua carente de emoción.

Se decía que como el representante de Géminis que era, sus sentimientos eran tan extremos como su signo. Saga sentía, y cuando sentía, para bien o para mal, lo hacía con una intensidad arrolladora. Pero le habían educado para que nada de eso se dejara entrever en su impresionante aspecto de soldado griego.

Precisamente por eso, resultaba tan impresionante y sobrecogedor.

Quedó frente a él, en completo silencio. Se deshizo de la máscara, y dejó que cayera al suelo, hundiéndose en el barro. Se mordió el labio, y llevó sus manos heladas a la melena azul. Lo acarició con cuidado, con mimo, como aquel que acaricia a un niño asustado, y lo sintió temblar bajo su tacto. Sollozó, y se estremeció.

—Tranquilo…—murmuró ella—. Estoy aquí.

No dejó de acariciarle un solo segundo, y a ella le pareció que el santo asentía suavemente. Deltha lo acercó hacia sí, acunándolo contra su estómago. Saga tardó en responder, pero cuando la amazona sintió la caricia sutil y tímida de sus manos en sus piernas, apretó el abrazo.

Se preguntó cómo se sentía recibir una muestra de cariño así por primera vez, en un mundo como el de Saga. ¿Cómo de roto tenía que estar para permitirse un contacto tan humano? Deltha tragó saliva y aguantó las lágrimas del mejor modo que pudo. Recordó lo mucho que dolía cuando te rompían el corazón por vez primera, e imaginó lo perdido que debía sentirse ahora.

Lo estúpido e ingenuo que se debía creer.

—No voy a irme a ningún lado, Saga. —Le dijo con dulzura. —Estoy aquí para ti. —Su llanto no cesó, y de sus labios no salió una sola palabra, tal y como esperaba. Mas tomó el sutil cambio en el ritmo de la caricia a sus piernas, como una respuesta afirmativa

—¿Por qué…? —Fue lo único que atinó a decir entre sollozos. —¿Por qué no renunciaste a mi, tal y como ellos hubieran querido?

—Porque me han dejado claro que tú eres lo único que tengo. —Sus propias lágrimas cayeron al decirlo, mezclándose con su melena azul. Saga no respondió. —Eres un tesoro difícil de alcanzar, Saga, pero cuando se llega hasta ti… —Lo abrazó aún con más fuerza. —No voy a perderte. Además… —Su voz se rompió. —Tú tampoco quisiste renunciar a mi.

Y eso, era mucho más de lo que Naia y Aioros habían hecho por cualquiera de los dos.

—Lo siento…—murmuró él.

—No lo hagas. —Se alejó levemente, y tomó su rostro entre las manos, obligándole a mirarla, lejos de la protección que le otorgaba su melena. Sus ojos lucían enrojecidos, e hinchados, y aún así, se veían absolutamente hermosos, como dos gemas de cristal. —No es culpa tuya, ni mía. Ellos tomaron su decisión… —Otra lágrima rodó de sus ojos avellana, y Saga quiso retirar el rostro, pero ella no le dejó. —Para bien, o para mal… la decisión es suya y solamente suya. Tú y yo sabemos lo que hicimos o no hicimos. Decidieron no creer ni en ti, ni en mi. No te disculpes por ser un amigo de verdad, Saga. Ni mucho menos por tu lealtad.

Una lealtad tan pura como nunca antes le había mostrado nadie.

—Y no te avergüences de tus lágrimas. Llorar está bien. Ayuda a sentirse mejor después. —Saga chasqueó la lengua, discrepando con sus palabras. —Además, te ves excepcionalmente bonito así. Mírame a mi, yo parezco un adefesio. —El peliazul lloró y rió a la vez. Y por primera vez desde que había llegado, Deltha respiró más tranquila.

Se sentó a su lado, y tomó su mano entre las suyas, sin importarle que comenzara a llover. Apoyó la cabeza en su hombro, y lloró con él.

—Después de esto, creo que tú y yo nos merecemos un poco de vodka en compañía de Mickey Mouse—musitó entre lágrimas. Solamente lo escuchó reír, una risa amarga y acuosa, pero risa al fin y al cabo. Y le resultó suficiente para olvidarse, al menos por un rato, de que antes o después tendría que volver a aquella cabaña.

De lo que ninguno de los dos se dio cuenta, era que alguien más había presenciado aquella conversación. Ángelo había sido lo suficientemente discreto como para no hacer un solo ruido, ni interrumpir aquel inesperado encuentro. Por respeto, por su intimidad… y porque nunca, jamás, hubiera pensando en ver a Saga llorar así.

-Continuará…-

NdA:

Kanon: Achuuuu! Achuuu!

Angelo: Achu!

Milo: Ejem… Ejem… Su atención, por favor! Debido a los trágicos acontecimientos en esté capítulo, nuestros protas están de licencia. Pero no lloréis, que me tenéis a mi a cambio. :)

Kanon: Y a mi :)

Milo: Ya decía que estabas muy callado. Aunque en realidad, eres un poco fastidioso.

Kanon: ¿Fastidioso por qué? ¡Me comporté bien!

Milo: ¡Porque todo el mundo quiere más de ti! Y las Malvadas están un poco fastidiadas…

Angelo: Solo mira el drama que han organizado.

Kanon: ¡Esto no es mi culpa!

Angelo: Quizá no… o quizá si.

Loxia: :) :) :) Mucho mejor de lo esperado.

Milo: ¿Quién invitó a este? ¬¬

Angelo: Habrá que poner un aviso: Saints Only.

Shura: Ya, chicos, ya. Yo no quería que esto sucediera… intente ayudar, pero…

Milo: Tranquilo, Cabra, veremos cómo sigue.

Kanon: Y lo que es más interesante aún, quién de los dos se quedará con la custodia de Shura tras el divorcio?

Milo: ¡Las respuestas en el próximo capítulo!

Angelo: ¡Aceptamos donaciones de pañuelos!

Kanon: ¡Y también de vodka!

Milo: ¡Corto y cierro!