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¿Cómo he llegado hasta aquí? Alguien me ha empujado. Alguien debe haberme dirigido en esta dirección y millones de otras manos deben haberse tocado para tener el control en varios momentos, porque yo no habría elegido este camino por nada del mundo.

- Joseph Heller

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Capítulo 9

El suave vaivén del tren mientras retumbaba sobre las vías meció a Kate hasta llevarla a un estado de casi relajación. Casi, pero no completamente. Estaba preocupada.

Gandalf y Elrond se habían marchado de Londres inmediatamente después de que Kate descubriera los documentos falsos. A través de los contactos que Gandalf tenía en el movimiento de Resistencia, Elrond y él se habían asegurado un pasaje para Francia. Desde allí intentarían descubrir el destino de Elrohir, Elladan y Collin.

Kate y Legolas habían pasado una larga semana esperando a que su viaje comenzase. La mayor parte de los días los habían pasado asaltando los armarios de su padre y alterando la largura de los pantalones. Durante el transcurso de la semana, Kate había comenzado a odiar la altura de Legolas. Coser no la ayudaba en absoluto a distraerse de sus problemas. Al principio pensaba que nada podía ser peor que irse a la Francia ocupada por los Alemanes. Sin embargo, rápidamente se dio cuenta de que era la "espera" lo que resultaba una tortura. Hacer cosas calmaba sus nervios mejor que las palabras tranquilizadoras que Legolas pudiera decirle.

Para contrarrestar su humor, Legolas había comenzado a responder sus preguntas acerca del pasado. El ritual comenzó de una manera simple. Kate había estado haciéndoles el dobladillo a un par de pantalones cuando agarró con torpeza la aguja y se pinchó en el dedo. En lugar de dejarse llevar por las ganas de gritar insultos, miró a Legolas y preguntó: ¿Cómo era la ciudad de Gondor?. Y así cada vez que la mente de Kate se veía embarullada por la preocupación, hacía una pregunta.

Una vez que iniciaron el viaje, tuvieron poca privacidad y no hubo ocasión para que Kate hiciera preguntas. Primero habían cogido un barco hasta España. Luego habían pasado las últimas semanas cogiendo trenes en territorio español que los llevasen hasta Francia.

Aquel día dejarían la Francia de Vichy y cruzarían la frontera hasta territorio alemán. Antes de que cayera la noche estarían en París.

Mientras el tren se detenía en un pequeño pueblecito Francés, los otros pasajeros que habían compartido el compartimento del tren recogieron sus pertenencias y se marcharon. Por primera vez desde que su viaje había comenzado, Kate y Legolas estaban a solas. Sabiendo que no iba a poder descansar nada hasta que estuvieran en Paris, Kate se sentó en su asiento y miró por la ventanilla. Podía sentir los nudos formándose en su estómago cuanto más se acercaban a la frontera.

—¿Cómo era Aragorn?— preguntó ella.

Legolas le lanzó una mirada. Estiró las piernas delante de él.

—Era alto.

—¿Mas alto o más bajo que tú?

—Más bajo. Pero aún así tendrías que haberle sacado el dobladillo a los pantalones de tu padre para que le sirvieran— dijo Legolas con una sonrisa.

Kate gruño.

—Su pelo era como el tuyo. Castaño oscuro. Y lo llevaba a la moda de los hombres de aquel tiempo— dijo Legolas. —Bastante maltratado y algo más largo comparado con la apariencia limpia y el pelo corto que los hombres llevan ahora. Sus hombros eran anchos. Y se comportaba como un rey mucho antes de que llevase corona. Ya presentí ese aire de realeza que tenía en el momento en el que le conocí.

—¿Cuando os encontrasteis?— preguntó ella, mientras cerraba los ojos e intentaba imaginarse a aquel hombre. Aquel ancestro distante.

—Fue en mi juventud. Yo apenas acababa de ser nombrado mayor de edad antes de los últimos años de la tercera edad. Fue unos diez años antes de la Guerra del Anillo. Estaba patrullando las fronteras del reino de mi padre cuando tropecé con él en el bosque. Yo estaba ansioso por defender mi tierra natal y el estaba igual de ansioso por defender su vida.

Legolas sonrió al recordar el incidente.

—El Bosque Negro era un lugar peligroso por aquel entonces y no éramos hospitalarios con los extraños. Pero fue al hablar Élfico cuando me pillo desprevenido. Había pocos mortales que pudieran hablar Sindarin, la lengua de mi pueblo, y él lo hablaba con el acento común en Rivendell. Cuando bajé mi arco pude sentir la presencia imponente de su espíritu . Su espíritu tenía una fuerza de voluntad que no se siente a menudo entre los mortales— dijo Legolas girándose hacia Kate. —Sentí la misma fuerza de espíritu en ti cuando nos conocimos.

—¿Fuerza?— preguntó ella, incrédula. —No soy fuerte. Estoy aterrorizada. Ni siquiera hemos llegado a territorio alemán y todo lo que quiero es salir corriendo de vuelta a casa.

—Luché junto a Aragorn en más de una batalla. No importa lo terrible que fuera la situación, su coraje nunca desfallecía. Tu llevas su misma sangre. A pesar de tu miedo, no huirás— dijo Legolas.

—No soy una guerrera— le recordó ella.

—Cada noche en Londres haces frente a los aviones que dejan caer bombas sobre tu ciudad. No vas armada. No tienes la esperanza de vencerlos o protegerte a ti misma contra ellos y aún así te mantienes firme para hacerles frente. Eres una guerrera— dijo Legolas.

—No me siento como una,— dijo Kate, mientras se removía en su asiento, cansada de las duras faldas de viaje que había estado llevando durante días —Ni parezco una.

—De ese manera tu enemigo te subestimara y esa será tu mayor arma.

—Ah, ¿así que se supone que debo seducirlos con mis encantos femeninos?— se burló ella.

—Hacer semejante esfuerzo no es necesario. Tú seducirías a amigos y enemigo por igual con solo tu sola presencia— dijo Legolas sin atisbo de duda.

Antes de que pudiera responder, el tren se detuvo y ella miró por la ventanilla. Habían alcanzado la frontera.

Se oyeron pasos haciendo eco por el pasillo del tren y la puerta de su compartimento se abrió. Un oficial alemán entró dentro y extendió la mano con impaciencia. Legolas busco en el bolsillo de su abrigo y le entregó su pasaporte. Mientras el soldado lo cogía, el corazón de Kate comenzó a palpitarle en el pecho y cientos de preocupaciones pasaron por su mente al pensar en lo que ocurriría si se descubría que era un documento falsificado. Legolas miró al soldado con un aire de indiferencia mientras su pasaporte era examinado. Después de un instante, se lo devolvió a Legolas. Kate dejó salir un suspiro que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo y le entregó sus documentos al alemán. Este los leyó cuidadosamente. —¿Ambos son Ingleses?— preguntó.

Kate asintió.

—Viajamos a Paris por negocios. Nuestra declaración de intenciones ha sido aprobada por las autoridades alemanas. Esta todo en regla.

—Yo seré el que juzgue eso— dijo el Alemán revisando los documentos.

Después de lo que pareció una eternidad, le entregó los papeles a Kate de nuevo y dejó el compartimento. Kate se derrumbo sobre el asiento, exhausta por el encuentro.

—La primera confrontación con el enemigo siempre es la más difícil.

—Debe ser fácil para ti decirlo— dijo Kate.

Una media sonrisa de diversión se extendió por la cara de Legolas.

—Tú lo has llevado mejor que yo en mi primera confrontación con un orco.

Los mirada de Kate se cruzó con la de Legolas, y ella esperó a que él continuase.

—Mis manos temblaban tanto que casi no podía poner la flecha en el arco— dijo Legolas. Pero no mencionó que era todavía un niño cuando el ataque a su tierra natal lo había forzado a actuar.

Kate extendió las manos. No importaba lo mucho que lo intentase, no podía hacer que dejaran de temblar. Fue algún tiempo después, el tren ya se había puesto en marcha de nuevo y la frontera se había quedado atrás, cuando sus nervios se calmaron lo suficiente para permitirle disfrutar del escenario que pasaba por la ventanilla. La campiña de aspecto pastoril comenzó a verse más poblada según se acercaban a la ciudad.

Fue después de la hora de comer cuando el tren se detuvo en Paris. Kate cogió el estuche con las pinturas, Legolas cogió sus maletas y ambos se dirigieron hasta la plataforma en medio de una multitud de gente. Además de pasajeros, la estación estaba plagada de soldados Alemanes. Los Alemanes hacían parar a alguna gente y les requerían sus pasaportes para inspeccionarlos. Kate miró hacia la salida. Parecía estar a una eternidad de distancia y además se interponía en su camino lo que parecía una compañía entera de soldados Alemanes. Mientras comenzaban a caminar hacia la salida, Legolas comenzó a hablar.

—¿Te he contado por qué Gimli me guardaba tanto resentimiento la primera vez que nos encontramos?

Kate lo miró asombrada. Aquel era, difícilmente, el mejor momento para contar historias. Legolas le sonrió insistentemente, hasta que ella se dio cuenta de lo que estaba haciendo. La sonrisa de Legolas estaba dirigida a los Alemanes. Si sonreían y se reían, no parecerían sospechosos. Ella le devolvió la sonrisa.

—No, no me lo has contado— dijo Kate, mientras lo cogía del brazo y comenzaba la larga caminata hasta la salida de la estación.

—Yo estaba a cargo de patrullar el bosque cuando encontramos a una compañía de enanos caminando sin rumbo por nuestros bosques y sin nuestro permiso— dijo Legolas. —El padre de Gimli, Gloin, estaba entre ellos.

—¿Qué hiciste?— preguntó Kate, apoyándose sobre su hombro con un poco más de fuerza de la que era necesaria mientras pasaban junto a un soldado alemán .

—Me divertí un poco con ellos, lo cual, probablemente, no fuera la cosa más sensata dado lo que ocurrió después. Los atrajimos con fuego y comida a partes cada vez más profundas del bosque— dijo Legolas echándose a reír

Kate se apartó ligeramente para permitir a una mujer y su bebé tener espacio para que pasasen a su lado. Las ventanillas de ventas de tickets estaban a la izquierda y había una larga fila serpenteante de gente esperando para comprar billetes, ocupando toda la estación. Varios soldados alemanes pasaron por su lado.

—Entonces los llevamos a ver a mi padre. La oscuridad estaba extendiéndose más allá del Bosque Negro y mi padre deseaba saber por qué unos enanos se atrevían a pasar a través de su reino. Los enanos no habían hecho algo así en siglos— le explicó Legolas.

Un soldado alemán tropezó accidentalmente con Legolas.

—Disculpe— dijo el soldado.

Legolas asintió y siguió caminando La salida estaba a tan solo unos metros.

—Pero los enanos se negaron a decirnos cuál era su misión—dijo Legolas. —Y la noche de un gran festejo, escaparon.

—Había oído partes de la historia de Gandalf y el Libro Rojo, aunque su versión es ligeramente diferente a la tuya— dijo Kate mientras salían de la estación de tren y disfrutaban del sol.

—Sí, ¿Pero sabías que la fiesta que iba a tener lugar era en honor a Gandalf, que había venido para asegurarse de que los liberábamos?— preguntó Legolas. —Iban a ser puestos en libertad inmediatamente— Gandalf pensó que era mejor que no supiesen que su accidentado viaje rio abajo en los barriles había sido una pérdida de tiempo.

Kate le miró y se echó a reír.

Una vez que salieron de la estación de tren, desparecieron rápidamente por las calles de la ciudad. La ciudad de Paris estaba tan atestada y bulliciosa como siempre. Si no fuese por los soldados Alemanes patrullando las calles y las esvásticas colgando de las señales de los edificios controlados por los Alemanes, Kate nunca habría adivinado que estuviesen en guerra. Para alivió de Kate, la caminata hasta el hotel fue agradable.

Antes de que dejasen Londres, la señora Schneider se había hecho cargo de todos los preparativos. Kate y Legolas se quedarían hospedados en L'Hotel du Seine. Cuando llegasen, recibirían más instrucciones acerca de con quién contactar.

El hotel no era grande, pero era acogedor. Kate se sintió inmediatamente como en casa mientras entraba en el pequeño vestíbulo.

—Bonjour — dijo la mujer tras el mostrador.

—Bonjour, je m'apelle Kate Elessar. J'ai reservations— dijo Kate, en lo que sabía que era un francés horrible.

La empleada tras el mostrador sonrió. Después de hacer el registro, la mujer busco detrás del mostrador, sacó un pequeño sobre y se lo entregó a Kate. —C'est pour vous, mademoiselle.

—Merci— dijo Kate.

Era una carta de la señora Schnieder. La carta decía:

Klaus Ramelow les espera mañana a las dos de la tarde. Un coche les recogerá a usted y su compañero mañana a la una y media.

- Schnieder

Kate dobló la carta y la colocó en su bolsillo

—¿Que hacemos ahora?— preguntó Legolas.

—Esperamos— dijo Kate.

Sin nada en lo que ocuparse por el momento, Legolas y Kate se retiraron a sus propias habitaciones para refrescarse después de su largo viaje. Kate dejó salir un profundo suspiro de alivio mientras cerraba la puerta de su dormitorio con llave, como si todos los horrores del mundo pudieran ser contenidos con aquel único acto. Se dejó caer sobre la cama y se sintió segura por primera vez desde que habían dejado Londres. En lugar de dejarse llevar por el sueño, su mente comenzó a vagar y se puso a pensar en Gandalf y Elrond y se pregunto en qué parte de la Ciudad de las Luces estarían.

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Notas del autor:

#1. Disculpad mi francés. Cuatro años aprendiendo francés y todo lo que puedo mostrar son palabras mal escritas y completamente inexactas. Tenéis la libertad de corregirme. .

#2. No sé cómo alguien podría viajar a Francia desde Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. He buscado arriba y abajo alguna clase de información sobre el tema. No he podido encontrar ninguna.