Capitulo 45: El recuento de los daños.
Nikos trató por todos los medios de mantenerse tranquilo. Había pasado mucho más tiempo del habitual con Naia aquellos días, y aunque eso siempre era una maravillosa noticia para él, hacía que se preocupase enormemente.
Su hermana le había contado lo que había sucedido. Había acudido a él, serena, y había empezado a hablar, hasta terminar hecha un mar de lágrimas, ira y frustración. Él no tenía demasiado claro que emoción era la que más pesaba, pero lo que sí sabía, era que verla así le rompía el corazón. Quiso decirle un "te lo advertí", un "te dije que Saga estropea todo lo que toca", pero era de sobra consciente de que no ayudaría. Al menos no en un momento como aquel.
Se había limitado a mirarla, a escucharla y abrazarla. Cualquier intento por consolarla, sabía que habría terminado por resultar contraproducente. Él no tenía experiencia en esos ámbitos, y sabiendo como era su propia relación con el geminiano, lo más probable era que Naia no tomase bien nada de lo que dijera. Estaba en esa confusa etapa donde quería odiarle, y a la vez no podía escuchar a nadie hablando mal de él. Nadie que no fuera ella, o el arquero, sospechaba.
Sin embargo, lo que más le había acongojado, era la situación con Deltha. Eran hermanas, y no solamente ellas se profesaban un amor incondicional, sino que para él, ambas habían sido su pequeña familia. Las adoraba y no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por ellas. Aunque si era sincero consigo mismo, debía admitir que el cariño que sentía por Apus era mucho más especial que el de un hermano…
Por eso no lograba entender. No comprendía cómo era posible que Deltha, la Deltha que él conocía y a la que quería… encantadora, adorable, divertida, cariñosa y perdida y perpetuamente enamorada del arquero, le hubiera sido infiel. No dudaba la versión de la historia que Naia contaba. Y dada la fama de Saga, no le extrañaba de él. Pero, ¿ella? ¿Había sido capaz de traicionar a Naia por alguien como él? Y no solo Naia, ¡Aioros! Nunca existió nada más sagrado en la vida de la amazona, que él. Bien lo sabía Nikos, tristemente.
Le costaba creer que le hubiera sido infiel, pero en el supuesto caso de que eso hubiera sucedido… le resultaba aún más difícil aceptar que hubiera sido con Saga. Al fin y al cabo, Saga y Aioros eran como ellas dos. Era por todos conocido, que se sentían más hermanos de lo que Saga podría decir de Kanon jamás. ¿Tan pocos escrúpulos tenía él y tan tonta había sido ella como para romperles el corazón a Aioros y Naia por culpa del peliazul?
Suspiró. No entendía nada. Y por mucho que reflexionara sobre ello, la cosa no mejoraba. Así que dejó de darle vueltas en su cabeza, y se decidió a llamar a la puerta de la cabaña. Llevaba un rato ahí parado, sin saber bien qué hacer, ni qué encontraría. Por lo que sabía, ambas se evitaban como la peste, y no tenía muy claro como era eso posible, compartiendo una vivienda tan pequeña.
Se sopló un mechón de la melena que caía por su rostro, y cuando iba a darse por vencido, y regresar por donde había venido, la puerta se abrió apenas una rendija. Los ojos avellana de Deltha lo observaban desde la penumbra.
—Hey… —Atinó a decir Nikos.
—No está—musitó.
—Oh… —Fue lo único que consiguió decir. Deltha desvió la mirada, y quiso cerrar la puerta, pero antes de que lo hiciera, él posó la mano sobre la misma, impidiendo que le dejara fuera. —¿Puedo… pasar?
La amazona lo pensó durante unos segundos, pero finalmente accedió. Se dio la vuelta, perdiéndose en el interior, y él la siguió. Cerró la puerta a sus espaldas, y la observó en silencio, sin saber que decir.
Iba y venía, silenciosa como un fantasma. Aclaró la taza de café bajo el grifo, y se secó las manos con cierto nerviosismo. Nikos podía notarlo desde donde estaba.
—¿Cómo estás? —Atinó a decir. Ella se encogió de hombros, mientras sentía una oleada de lágrimas inundar sus ojos. Procuró por todos los medios no mirar aquellos ojos violetas que la veían interrogantes, no cuando mirarlos era igual que ver a Naia.
—¿Qué quieres, Nikos?
El moreno entreabrió los labios, pero nada salió de ellos. Observó el rostro de ella, con su mirada burbujeante apagada y oscurecida. Con las ojeras enmarcando las dos avellanas que eran sus ojos. Pálida.
—Si vas a soltarme un sermón, ahórratelo, por favor.
—No… no tengo nada que decir.
—¿Seguro? Porque… —Su voz se rompió por un seguro, y Deltha se maldijo. Apretó los dientes, y tragó saliva.
—Las cosas mejorarán, Del… Sois hermanas, los hermanos siempre terminamos solucionando los problemas… por enormes que sean.
Antes de que cayera, Deltha se secó una lágrima traicionera de un manotazo, después clavó sus ojos en el suelo.
—Ojala fuera así. —Pero era de sobra consciente de que la realidad era diferente. Después de todo, ahí tenía a Saga y Kanon como vivo ejemplo.
—Vamos… —La rodeó con los brazos en un abrazo torpe, que ella no se atrevió a corresponder hasta unos segundos después. Estaba tensa, estaba… era tan poco ella, que asustaba.
—Sé que tu lealtad está con ella, pero… —Nikos cerró los ojos con pesar. —Nada sucedió con Saga.
—No es cosa mía, creo. —Y prefería no tener que tomar partido por una u otra.
—No, no lo es. —Deltha siempre tan directa cuando quería serlo.— Pero eres mi familia también, o al menos lo eras. —Le conocía demasiado bien, como para saber que a partir de aquel momento, se volcaría en Naia y ella lo perdería. Era la niña de sus ojos, y la devoción que la tenía, le impediría hacer cualquier otra cosa. —Solo necesitaba que lo escucharas de mí antes de que todo empeore más.
—No empeorará. —Ella dejó escapar una risa amarga, y se deshizo de su abrazo. Se pasó los dedos por la corta melena, y negó con el rostro.
—Lo hará, pero sé cuál es tu lugar. No pasa nada. Ella…
—Ella te quiere.
—Ya…
—En serio, Deltha.
—Cuando quieres a alguien, al menos le concedes el beneficio de la duda. —Se encogió de hombros, y cruzó los brazos abrazándose a sí misma, en busca de un poco de consuelo. Él únicamente agachó el rostro.
—Lo siento.
—No tienes porqué. —Nikos llevó su mano a la mejilla de la amazona, y la acarició suavemente, casi con timidez.
—No me gusta veros sufrir a ninguna de las dos. No me importa quien tenga razón… —Y con esas pocas palabras, Deltha confirmó lo que temía, no era a ella a quien creía. —Solo… cuídate, ¿quieres?
Deltha se obligó a esbozar una raquítica sonrisa. Él imitó el gesto y rompió la caricia. Después, se dio la vuelta y se marchó, con la amarga sensación de que ambas no eran sino una bomba de relojería a punto de explotar.
-X-
—¡Dioses! Llegar al desayuno se está volviendo todo un reto. —Se quejó Milo al irrumpir en el comedor. Las miradas de todos sus hermanos, o casi todos, se fijaron en él. Shion y Arles intercambiaron miradas.
—Buenos días para ti también, Milo. Llegas tarde.
—Vivimos en tiempos peligrosos, Arles. Podrías darme un pase por el retraso.
—¿Te encuentras bien, hijo?—preguntó Shion.
—Estoy completo, si a eso te refieres. Pero un día de estos, quizás llegué con alguna flecha encajada a saber en dónde.
—¿Qué…?
—Necesitas prestar más atención, Maestro. —El escorpión estiró las manos y fue directamente por los panecillos, para untarlos con mantequilla y un poco de mermelada. Empujó uno entero dentro de su boca y continuó del mejor modo en que pudo. —La armadura vecina se ha vuelto loca—masculló—. ¡Loca de remate! He intentado atravesar el salón de Sagitario esta mañana y te juro, que la sicópata me ha seguido todo el camino, apuntándome con la flecha. Hay maneras más sutiles de echar a un bicho amistoso de cualquier sitio.
Detuvo sus quejas por un momento para poder tragar, pero podía ver en el rostro de Shion que su sorpresa y preocupación eran genuinas. Lo curioso era que, de todos, quizás el lemuriano era el único sorprendido.
Habían pasado algunos días así, con Saga desaparecido y Aioros rondando por el Santuario a ciertas horas, como un fantasma, para luego desaparecer sin dar señales de vida. Ninguno de los dos había pisado el comedor, ni mucho menos habían coincidido de cualquier modo. Nadie había preguntado qué sucedió… y nadie quería hacerlo. Pero obviamente se trataba de malas noticias.
Shion sabía. ¡Por supuesto que sabía! Era tan obvio para él, como para el resto. Pero quizás ignoraba lo lejos que había llegado aquella situación. Llegaba el momento de dejar la pasividad e investigar un poco más.
—¿La situación es tan grave?—cuestionó el peliverde. Milo asintió y apuró el bocado para responder.
—Al menos en Sagitario, sí.
—Géminis no está muy distinto—murmuró Máscara Mortal. Trató de no lucir incómodo cuando todos los ojos volaron hacia él, pero no lo consiguió. Sin más remedio, y ante el montón de preguntas que leía en las miradas, suspiró antes de continuar. —El ambiente está un poco raro por ahí. Demasiada mala vibra. Y, tal vez sea paranoia, pero Cáncer se pone inquieta cuando tenemos que atravesar cerca de Géminis. Es como si esperara que nos salte encima para matarnos.
—Las armaduras son un reflejo de sus dueños, ¿no?—acotó Camus y Shion aprobó. Pero antes de que pudiera decir cualquier cosa, Milo volvió a adelantársele.
—Ya te lo digo, Maestro. Estos dos son una bomba de relojería. Un día de estos… ¡Kapoom! —Abrió los brazos para imprimir dramatismo a su idea. Aioria, a su lado, tuvo que ingeniárselas para evitar que el cuchillo de Milo le sacara un ojo. —Los primeros en morir seremos los vecinos cercanos. Ya lo veréis.
Muy a pesar de que la expresión del santo de Escorpio resultaba pintoresca y graciosa, sus palabras expresaban una verdad oscura e innegable.
El lemuriano se sobó las sienes mientras pensaba. Lo último que deseaba era caer en pánico, pero vista la situación, era buen momento para preocuparse con seriedad. También estaba aquella horrible sensación de impotencia. Saga y Aioros eran inseparables, y verlos así, dolía. Saber que quizás no podría ayudarles, dolía más. Sin embargo, estaba dispuesto a intentarlo.
Era imposible que no pensara en las razones detrás de dicha separación. También resultaba imposible no centrarse en una en especial: la ilusión.
—¿Alguien sabe que ha sucedido para que llegáramos a esto?—preguntó. Nadie respondió. —¿Aioria? —Buscó de inmediato por el león. Era el único que sabía al respecto, y el Patriarca esperaba que también estuviera al tanto de lo que sucedía con Aioros.
—No sé mucho más que el resto—admitió el aludido, encogiendo los hombros—. Aioros ha estado bastante hermético al respecto. Pero pensaba ir a verle cuando salgamos de aquí.
—¿Me harías el favor de contarme si hubiera algo en lo que pudiera ayudar?
—Lo haré.
—Te acompaño, si te parece.
—Claro. No hay problema. ¿Tú estás bien, cabra? Has estado algo callado.
—Sí, es que… —Decir que Shura era transparente, era decir poco.
—¿Qué?
—Nada. ¡Nada! —Se apresuró a responder. Sin embargo, no muy escondida dentro de él, la culpabilidad lo hacía retorcerse.
Aioros y él habían discutido justo antes de que todo se fuera al demonio. Sin darse cuenta, Shura sentía que inició la chispa que hizo arder el fuego. Jamás había sido su intención, pero todo salió tan terriblemente mal, que resultaba imposible no pensar en que pudo haberse evitado.
Agachó ligeramente la mirada cuando sintió los ojos verdes de Aioria sobre él. El león y todos los demás se sintieron intrigados, mas el español no cedió. Subió los hombros para restar importancia a la demanda en sus miradas. Para su buena suerte, no insistieron.
—Si no hay nada más que decir, terminad el desayuno y retomad vuestras obligaciones—sentenció el lemuriano mientras apartaba la servilleta de sus piernas y se ponía en pie. A su ritmo, y como muestra de respeto, todos hicieron lo mismo. Les indicó que volvieran a sentarse con un gesto de la mano. Su mirada rosácea buscó por la de Aioria y Shura. —Buscadme tan pronto sepáis algo. Sabed que las puertas de mi despacho están abiertas para vosotros siempre.
—Lo haremos, Maestro.
Entonces, con un gesto afirmativo, Shion marchó hacia la salida del salón, dejando al resto de sus chicos atrás. Kanon contempló cada uno de sus pasos con sigilo.
Tan pronto desapareció, la conversación se reinició. Milo volvió a contar cada detalle de su aventura, esperando que eso le valiera un poco de información. Sin embargo, Aioria no abrió la boca; quizás sabía más de lo que decía… o quizás no sabía nada. Como fuera, a Kanon poco le importaba, pues él lo sabía todo.
Dudó por algunos segundos antes de animarse a dar el primer paso. Por fin, se animó y salió corriendo tras el viejo, sorprendiendo a todo el mundo. Tenía que darle alcance. Era importante para todos que lo hiciera. En especial para Saga.
-X-
—¡Shion! ¿Tienes un momento? —Aquel llamado, en particular, le resultó poco menos que inusual. A pesar de todo, guardó tanta discreción como pudo y se detuvo, en espera de que Kanon le diera alcance.
La realidad era que estaba preocupado. Saga había estado desaparecido por días, mientras que a Aioros se le veía rondando a las horas de entrenamiento, pero no fuera de ellas. Según había escuchado, su sonrisa eterna había sido secuestrada por una mueca de asco permanente, que poco o nada tenía que ver con el castaño.
Kanon le dio alcance rápidamente. Al ver su rostro, Shion adivinó las malas noticias en él. Podía aventurarse y afirmar que el menor de los gemelos estaba preocupado genuinamente. Las alertas en la cabeza del Patriarca se encendieron y, sin darse cuenta, apretó los dientes en espera de lo peor.
—¿Qué puedo hacer por ti? —Kanon titubeó. Shion se dio cuenta de que medía con cuidado sus palabras.
—La conversación de antes, en el comedor. Aioria y la cabra se ofrecieron para ir a Sagitario, pero tal vez… tú deberías ir a Géminis.
—Pensaba hacerlo.
—Oh, bien.
—¿Qué debo esperar encontrarme?
—No sé si debería decírtelo.
—Me preocupas, hijo.
—Deberías estarlo, sí. Pero no por mí.
—Kanon…
—No, no, no diré más. Tienes que ir y verlo con tus propios ojos. De otro modo, no vas a creerme.
Entonces sí, el peliverde sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. La relación de los gemelos había ido en picado durante los últimos tiempos, tanto que parecía haber tocado fondo. Sin embargo, encontrarse con aquel atisbo de verdadera preocupación en la mirada verde e indomable de Kanon, era un presagio de la desgracia que, con toda seguridad, le esperaba en el tercer templo.
Tan sobrecogido, como irritado, se sobó los ojos. No tenía la menor idea de lo que sucedía, al menos no con certeza. Pero el recuerdo de su última conversación con Aioros y Aioria levantó fantasmas que el lemuriano hubiera deseado enterrar para siempre.
Temía lo peor. Podía sonar negativo, pero en lo que se refería a sus santos de Géminis y Sagitario, ser optimista no era algo que soliera permitirse mucho.
—Está bien, entiendo que no quieras hablar de ello—respondió la menor de los gemelos—. Pero, podrías al menos decirme qué es lo que ha pasado.
—No sé si yo debería estar hablándote de eso tampoco.
—¡Kanon! —Y esta vez, su voz indicaba que el Patriarca no aceptaría una negativa. Kanon bufó.
—Todo lo que sé es que el arquero y Caelum han mandado a Saga y a Apus al demonio—dijo. El modo en que la expresión del viejo cambió le resultó de lo más interesante. —Piensan que los han engañado, el uno con el otro. No metería las manos al fuego, ni por un bando ni por el otro, pero a juzgar por la reacción de Saga, diría que no mintió al negarlo. ¡No lo sé! No conozco tan bien a mi hermano. —Aunque lo cierto era que le conocía lo suficiente.
—Por los dioses. —Shion se pasó la mano por el rostro. Un enorme "se lo advertí" se le atoró en los labios. Sin embargo, era lo suficientemente prudente como para guardarse las ideas. Era un momento inadecuado para pensar en voz alta. —Esto es malo, Kanon.
El gemelo subió los hombros. En lo que a él respectaba, sus emociones eran encontradas. En un inusual arranque de sensatez, el peliazul prefirió reservarse sus opiniones. Pero eso no significaba que no estuviera de acuerdo con el viejo: era malo, muy malo. Con la guerra despuntando en el horizonte, lo último que hacía falta era que el ejército se viera dividido. Le gustara o no, con la separación de Aioros y Saga, se corría ese riesgo.
—Ve a verlo, ¿quieres?—dijo al peliverde. Éste asintió.
—Cuenta con ello.
-X-
Cuando llegó, a Shion no le resultó difícil comprender qué era lo que Kanon había tratado de decir. El Templo entero estaba envuelto en un aura melancólica y pesada, mas el hermoso ropaje que iluminaba con su brillo el salón de batallas, transmitía aún más emociones.
Él las conocía bien. Solo necesitaba contemplarlas para saber que algo no estaba en su sitio. Era el vínculo irrompible, y el privilegio, que mantenía con todas y cada una de las armaduras sagradas desde hacía siglos.
Contempló a Géminis con el ceño fruncido y un gesto severo en el rostro. El tesoro de oro no hablaba, pero por un instante, las dos caras brillaron de modo diferente. Géminis lloraba. Quizá de un modo no tan obvio como lo había hecho en otras ocasiones, pero lo hacía. Shion creía saber porqué.
Acarició con la yema de sus dedos el metal, a modo de breve despedida, y volteó en dirección a la escalera que conducía a los privados. La influencia que tanto Géminis como su portador tenían el uno sobre el otro, era sobrecogedora, y a veces, le resultaba difícil de soportar. Las emociones danzaban en ellos a toda velocidad y, a veces, tiraban de ellos en sentidos opuestos.
Sin embargo, esa no era una de esas ocasiones. Sabía de sobra que solamente se sentía tan tenso porque temía lo que iba encontrarse arriba. No deseaba contemplar los pedacitos de su santo de Géminis regados por el suelo. Menos aún por un motivo como aquel. Pero el hecho de que Kanon, nada más y nada menos que él, le hubiera puesto sobre aviso, hizo que realmente temiera lo peor.
Suspiró cuando llegó al salón de estar, sumido en el silencio. Miró de un lado a otro, más por reflejo que por otra cosa, y finalmente se aventuró hasta el dormitorio principal. Posó la mano sobre el pomo de la puerta, y se pensó durante unos segundos si lo que hacía era lo correcto. Le gustara o no, Saga no era un bebé, era un hombre, un santo formidable… pero siempre sería su niño. Lo más probable era, que antes o después, el peliazul terminara irritado por la intromisión.
Poco importaba en ese momento.
Llamó un par de veces con sus dedos, pero nadie contestó. Así que abrió y, cuando entró, solamente la penumbra lo recibió. El olor a tabaco inundó sus fosas nasales, y arrugó la nariz. Las ventanas estaban cerradas, aunque el viento reinante en el exterior hacía que los cristales temblasen. Apenas entraba un poco de luz por las rendijas que habían dejado las pesadas cortinas de terciopelo. La cama estaba desecha y en la mesilla de noche, el cenicero estaba repleto de cigarrillos consumidos. A su lado, una botella de vodka semivacía terminó por encender todas sus alarmas y algo dentro de sí se encogió.
Un ruido inconfundible atrajo su atención hasta la puerta del baño, que permanecía entreabierta. Entonces, frunció el ceño con disgusto, y apretó los dientes. Dio media vuelta, y se perdió en la cocina.
-X-
Cuando volvió, con la taza humeante entre sus manos, reparó en detalles que antes había pasado por alto, pero finalmente entró al baño.
Se quedó quieto donde estaba y si Saga había reparado en su presencia, no hizo o dijo nada que se lo confirmara. Shion dejó la taza sobre la encimera de mármol. Se mordió el labio inferior, y lo contempló durante unos segundos.
Su Santo de Géminis, su niño, su… Apretó los dientes aún con más fuerza. Se arrodilló a su lado, y apartó la cascada de su melena azul. Después, solamente pudo sujetarle la frente, mientras Saga vomitaba.
Le acarició la espalda, tratando de reconfortarle, tal y como había hecho alguna vez cuando era niño, y lo contempló con una enorme tristeza en sus ojos rosados. Ningún Santo Dorado debía verse así. Ninguno. Pero lo que realmente le dolía, es que había terminado por tener razón, y había tratado de advertirles, a Caelum y a él, y no le habían escuchado. Ahora, mientras vomitaba, Shion acaba de darse cuenta de la magnitud del problema.
Los pedacitos de Saga se le escurrían entre los dedos y él se sentía tan apesadumbrado como molesto. Con Caelum, desde luego; pero sobre todo con él. Nada ni nadie debía tener la fuerza para doblegarlo y hacer que se humillara de ese modo. Quizá nadie más que él podía verle en semejante situación, pero Shion creía haberle educado como a un rey. Saga era inteligente, muchísimo, pero ahora que había decidido ahogarse en vodka, el lemuriano tenía impresión de estar contemplando a un adolescente. ¿Qué había sido de su amor propio? ¿De esa dignidad inquebrantable que siempre había mostrado al mundo?
—¿Qué haces aquí…?—musitó el peliazul con voz pastosa, minutos después, cuando su estómago le dio una tregua.
—Sujetarte el pelo.
Saga apoyó la espalda contra la pared y se abrazó las rodillas. Cerró los ojos. Su cabeza daba vueltas, y lo cierto era que no sabía si era mejor abrir los parpados o mantenerlos cerrados. Su estómago hacía tiempo que se había declarado en rebeldía, o en agonía, no lo tenía muy claro. Todo daba vueltas. Y no importaba cuantas veces vomitara, ni si le quedaba siquiera algo que vomitar… no se sentía mejor, ni de cerca. Por no hablar de la cruel muerte, y también previsible, de su dignidad ahora que el viejo había aparecido de la nada.
—¿Qué demonios estás haciendo, hijo?—murmuró el lemuriano.
El peliazul no replicó palabra alguna, tampoco es que Shion esperase que lo hiciera. Era, más bien, una pregunta que no requería respuesta. Se limitó a guardar silencio, sentado a su lado, observando. Apartó con el pie un montón de cristales que había esparcidos por el suelo. Un vaso que había tenido mala suerte, asumió.
Mas de pronto, se quedó quieto y un nudo se formó en su garganta. Ahí, en medio del montón de cristales, yacía olvidada la pluma dorada. La joya que Aioros le había regalado y que significaba tanto. La tomó con cuidado, evitando cortarse con alguna de las esquirlas y la observó, fría y abandonada en la palma de su mano. La cadena estaba rota, Saga probablemente la había arrancado, y algunas manchas de sangre opacaban el brillo del valioso colgante, que lucía tristemente apagado, como si extrañase el cuello de su portador. De modo inmediato, volteó a ver a su santo de Géminis.
Saga lo miraba, pero lo hacía de tal modo, que parecía que realmente no lo veía. Sus ojos se veían tristes, cansados y enrojecidos. Había estado llorando. Mucho, a juzgar por cómo lucía. Sus labios se veían agrietados, carentes de color. Y así como estaba, sin afeitar, y con la melena desordenada, Saga se veía tan poco él… que Shion no encontró nada que decir. Finalmente, sus ojos se toparon con sus nudillos: en carne viva. Fuera lo que fuera, había estado golpeando algo, y encontró ahí la explicación a la sangre del colgante.
—Quédatelo—murmuró, no sin esfuerzo, el peliazul.
—Es tuyo.
—No. —Negó con el rostro. —Ya no. —Su voz sonó rota, ronca. —Llévaselo.
—Saga… —Quiso decirle que estuviera tranquilo, que las cosas se arreglarían. Mas no encontró modo alguno de hacerlo sin sentir que lo engañaba. Confiaba en que antes o después, Aioros y él arreglaran las cosas. O al menos, eso quería pensar con todas sus fuerzas. Se querían, les unían demasiados lazos… y el ejército les necesitaba. Pero no podía decir lo mismo de las chicas. —¿Qué estás haciendo? Tú eres más que esto, Saga.
El geminiano dejó escapar una carcajada breve y amarga. Sus ojos se humedecieron por un instante, y casi sin querer, apretó los puños llenos de rabia, agrietando las heridas de sus nudillos. Si en algún momento tuvo intención de decir algo, decidió callarse. Y Shion se preocupó aún más, al ser consciente de lo obvias que resultaban sus ganas de llorar. Si tan difícil le resultaba mantener sus emociones bajo control, era porque…
Tomó la taza olvidada, y se la acercó.
—Ten. Te sentará bien. —Prácticamente le obligó a cogerla entre sus manos, descubriéndolas heladas y temblorosas. El gemelo le dio un sorbo minúsculo, y sus labios se curvaron en una mueca de disgusto. No que la infusión supiera mal, sino porque su estómago ya no toleraba nada más. —Remedio lemuriano. Tómalo, vamos.
Un mechón azul cayó por su frente, oscureciéndole el rostro; pero Saga hizo tal y como Shion pidió… hasta que las nauseas volvieron, y comenzó a vomitar de nuevo. Shion lo sujetó una vez más, con la paciencia que solo un padre podría mostrar; y una vez que los espasmos pasaron, suspiró.
—¿Cuánto has bebido? —Saga se encogió de hombros, con una fina capa de sudor frío cubriendo su piel. Demasiado era, probablemente, la respuesta acertada. —¿Hace cuánto estás así?
Tres días. Shion sabía la respuesta, pero en algún rincón de su mente, se negaba a creerlo. Saga se veía tan vulnerable, con su ego tan pisoteado…
—No puedes seguir así.
—¿Vas a decir que tenías razón?—masculló, arrastrando las palabras. Shion frunció el ceño.
—No, hijo. No voy a decirlo. —Saga se mordió los labios, porque sabía de sobra que el silencio del viejo al respecto de ese tema, casi pesaba aún mas que si hablara en voz alta. —Solo quiero que esto pase y te recuperes.
—Aioros…
Quiso decir muchas cosas, pero solo con mencionar su nombre, su voz amenazaba con romperse de nuevo.
—Vais a superarlo, Saga. Son cosas de la vida. —Esa que sus chicos no tenían ni idea de cómo vivir. —Solamente necesitáis tiempo… —Él solo esperaba que fuera poco, porque no tenía muy claro cuánto les quedaba.
—No pasó nada. ¡Te juro que…! —Shion estrechó suavemente su hombro.
—Tranquilo.
—¡De verdad! Es que…
—Hablaremos de esto en otro momento, ¿de acuerdo? Cuando estés más tranquilo, y estés mejor. —El peliazul cerró los ojos de nuevo, y asintió. —Ahora necesitas descansar. Date una ducha, te sentará bien.
—Sí… —Al escucharlo, Shion se puso en pie, e inmediatamente, volteó hacia él. No estaba muy seguro de que fuera capaz, el solo, de ponerse en pie en sus condiciones actuales.
—Vamos, te ayudo.
Una vez que oyó el agua correr, salió. Ventiló la habitación, arregló la cama, y reavivó la chimenea agonizante. Tomó a Mickey Mouse entre las manos, y lo observó con curiosidad unos segundos… No era algo que hubiera pensado encontrar allí. Lo dejó sentado sobre la almohada, justo donde lo habían encontrado. Vacío el cenicero y se deshizo del vodka. Unos minutos después, Saga salió. Su andar, torpe y tambaleante, delataban que el alcohol estaba aún lejos de desaparecer de su organismo. Se dejó caer en la cama, y casi sin moverse, se tapó con la manta. Todo ello sin cruzar su mirada con la suya. Shion conocía ese gesto: se sentía, en gran parte, avergonzado.
Él, por su parte, se quedó donde estaba. Se quedaría más tranquilo si lo acompañaba, al menos así sabría que no hacía nada estúpido.
—Tendremos mucho de lo que hablar—murmuró, más para sí mismo que otra cosa.
-X-
Aioros salió de la ducha y se envolvió la toalla alrededor de la cintura. Se secó el cabello enmarañado, aunque no lo suficientemente bien. Algunas gotas resbalaron de los rizos mojados y le recorrieron el cuerpo. El baño estaba brumoso, hasta el punto de empañar el espejo. Con la mano, lo limpió. Miró su reflejo por algunos segundos. Después, tomó la espuma de afeitar y vertió un montón en las manos. Se untó la cara, cuidando de cubrir cada milímetro de la barba. Detestaba tener que rasurarse cada día. La piel eventualmente se le irritaba y ardía.
Terminó tan rápido como pudo con el acicalamiento. Se peinó medianamente bien, aunque lo cierto era que recordaba bien todas la veces que Orestes había hecho burla de sus rizos revueltos. Pensar en ello siempre lo hacía sonreír, incluso en medio de las oscuras circunstancias. Esta vez, la sonrisa le duró muy poco.
Se vistió a toda prisa antes de ir a la cocina en busca de algo para comer. Desde la pelea con Saga, no había pisado el comedor. Sin embargo, Shion se encargó que todos los días hubiera comida fresca en su cocina a las horas debidas. Agradecía el gesto, así como también daba gracias por su discreción. No tenía deseo alguno de dar explicaciones, ni tampoco se creía capaz de hacerlo sin echarse llorar. Necesitaba tiempo para calmarse y para enfrentar su dolor en soledad.
Porque aún dolía. Su pérdida dolía mucho.
Atravesó el pasillo que llevaba de su alcoba al salón, y ahí, a la cocina. Pero, tan pronto llegó a su salón, se encontró con una sorpresa.
—Ey—saludó Aioria. Shura no habló, pero movió la mano a forma de saludo. —Nos tomamos la libertad de entrar sin aviso… ¡Te has afeitado!
—Sí. Aletia me dijo que comenzaba a lucir como un pordiosero con la barba de tres días.
—Pues ha sido un buen consejo.
—También fue un buen helado.
—El helado siempre ayuda—acotó Shura. Hubo un momento de silencio antes de que la siguiente pregunta surgiera en apenas un murmullo. —¿Cómo te encuentras?
—No lo sé… Aún es confuso y doloroso.
—Se supone que lo sea. —Aioria palmeó el hombro de su hermano con empatía. Aioros no era el único confundido. El león miró fugazmente a Shura, solo para notar su preocupación. Él también se sentía receloso al respecto. Aioros y Saga se suponían inseparables y ahora, había un océano entre ellos.
—Si hay algo que podamos hacer…
—Nada en realidad—terció el arquero. Sopló sus flequillos y caminó hacia su cocina, seguido de los santos más jóvenes. —Solo hay que darle tiempo al tiempo, ¿cierto?
—Cierto. Pero algo se tiene que hacer. Saga y tú sois hermanos…
—Shura, basta ya con eso. No quiero escucharlo. —No levantó la voz, ni tampoco sonó imperativo, pero sí fue lo suficientemente firme como para que el español callara. —Lo que ha pasado, pasó por una razón. Él y yo… —Se encogió de hombros y guardó silencio cuando la voz se le quebró. ¿Cómo decirlo para que fuera más sencillo de entender? —Solo quiero salir adelante—musitó.
—Lo lamento, Aioros.
Después nadie dijo nada. Aioros tomó uno de los panecillos que las doncellas habían dejado sobre la mesa antes y lo partió en dos. Comió solo la mitad. En los últimos días, el apetito le había desaparecido.
Sentía que nadie podía comprenderlo, por mucho que expresaran su pesar y también su empatía. Hasta que no les sucediera a ellos, hasta que perdieran a dos seres tan especiales como él los acababa de perder, no arrebatados por la muerte sino por algo peor, no podrían saber cómo él se sentía. Hasta que estuvieran en sus zapatos, no sabrían.
—Venga, chicos. —Aioria intervino. Era la primera vez desde el incidente en que Aioros había hablado tanto. No quería perder aquel avance, ni tampoco deseaba que la cabra se sintiera más culpable de lo que ya se sentía, porque aunque no confesara nada, el león lo conocía lo suficientemente bien. —¿Vas a entrenar?
—Sí. Con todas estas amenazas alrededor, no quisiera desatender a mi equipo.
—Si vas a bajar ahora, podemos acompañarte. Quizás incluso podamos entrenar un poco juntos.
—Estaría bien.
—Genial. ¿Qué opinas, cabra?
—Me parece bien. Hace mucho que no entrenamos los tres.
—Nunca, de hecho. ¿Qué os parece? ¡Nuestro primer entrenamiento juntos! Preparaos, que os patearé el culo, par de viejos.
Shura correspondió con una sonrisa fugaz y golpeó a modo de juego el hombro de león. Sin embargo, lejos de mostrar entusiasmo, Aioros parecía más concentrado en su desayuno que en ellos. Estaba ausente, con la mirada perdida y los pensamientos bien lejos de ahí.
Aioria y Shura intercambiaron miradas. El primero suspiró con pesadez. Hubiera dado cualquier cosa por saber lo que surcaba la mente de su hermano. Sin embargo, tenía aquella sensación de que sabía muy poco al respecto. No se atrevía a afirmar con seguridad lo que había pasado entre su hermano y Saga, pero esperaba, con toda sinceridad, que la ilusión que hiciese presa al arquero unas semanas antes, no fuera la causante de la separación. A la vez, se sentía ingenuo al pensarlo.
Si no se atrevía a preguntar, era porque Shura estaba ahí. Desconocía hasta donde sabía, aunque mucho dudaba que supiera siquiera. Todo se había mantenido bajo tal hermetismo, que era poco probable que alguien más, además de ellos y Shion, pudiera estar enterado. Temía decir algo fuera de lugar, pero por Aioros, haría cualquier cosa.
—Oye…—carraspeó—. Estamos en confianza, ¿no? ¿Podemos hablar de eso? —Llevó su mirada del arquero al español. Después de todo, Shura siempre había sido el hermano de en medio; el favorito de Aioros… y Aioros sabía muy bien a qué se refería el león.
—¿Eso? ¿De qué habláis?—preguntó Shura. El santo de Sagitario mantuvo la boca cerrada y eso hizo pensar a Aioria que quizás se había equivocado.
—No… es que...—dudó. Aioros no se había movido un milímetro. Se negaba a levantar la mirada y sus labios solo se movían al masticar el desayuno. El más joven se mordió el labio con indecisión.
—Nadie sabe de esto, Shura, y confío en que nadie más a va a saberlo de tu boca—intervino el arquero de pronto y dejó a los dos chicos confundidos—. Promete que no hablarás de esto con nadie. Y cuando digo nadie, me refiero a nadie.
—Vale…—musitó, sacado de lugar. Tenía la impresión de que el mundo estaba a punto de venírsele encima, y a juzgar por la mirada, prácticamente en pánico del león, parecía que estaba en lo cierto.
—Bien. —Aioros abandonó la comida y, por primera vez, le miró directo a los ojos. —Te contaré, pero entiende dos cosas: nada tiene esto que ver con lo que pasó con Saga y, si le consideras tu amigo, tendrás que convertirte en el mejor mentiroso del mundo frente a él. ¿Puedes con eso?
—Dioses, Aioros. Suena como el Apocalipsis.
—Podría serlo. —Al arquero le pareció que Shura acababa de palidecer. —Hace unos días, Aioria y yo fuimos atacados, no a la vez, pero sí dentro del Santuario.
—¡¿Atacados?!
—No con cosmos, ni físicamente.
—Alguien usó su habilidad para crear ilusiones en nosotros, cabra—terció el santo de Leo. A juzgar por la mirada del español, no daba crédito a lo que escuchaba. —Creemos que ese alguien es, o podría estar relacionado, con quien orquesta los demás ataques al mundo exterior.
—¿Cómo es posible?
—Porque intenta guiarnos en la dirección equivocada. —A Aioria le sorprendió la contundencia en la afirmación de su hermano. —Este villano, si podría llamársele así, quiere que creamos que Ares es quién está detrás de todo lo que pasa. Cuando hablabas del Apocalipsis no estabas equivocado. Lo que él nos mostró fue precisamente eso: la extinción de este mundo, bajo el yugo de Ares, en el cuerpo de Saga.
A Shura, las palabras se le quemaron en los labios. Abrió los ojos de par en par, mientras que, por instinto, su mirada buscó a Aioria. El león lucía serio, con los labios apretados y la mirada interrogante sembrada en él, en espera de sus reacciones.
Resultó que el santo de Capricornio no era muy diferente a ellos. Su pensar se le plasmó en la cara; el pánico en sus ojos, la sorpresa en sus labios y la tensión en su mandíbula.
Ninguno de ellos le culpaba. Ares había cobrado muchas víctimas, en mayor o menor escala, pero si había alguien que había convivido por años con los demonios desatados por el dios, era precisamente él: Shura. La sola idea de que Ares pudiera regresar debía pesarle y volvía a abrir heridas que ni siquiera terminaban de sanar.
—¿Cómo es posible? —tartamudeó.
—No lo sabemos, Shion tampoco.
—Intentamos encontrar el cómo, pero en realidad no tenemos respuestas—terció el mayor de los tres—. Hasta entonces, Shion quiere mantenerlo como un secreto. Él cree que, si Saga llega a enterarse, esto va a destrozarle. Ares no está sellado, así que existe una mínima posibilidad de que vuelva, aunque dudo mucho que sea quién está detrás de esto.
—Entonces, el Maestro sabe. —Ambos castaños asintieron. En una ínfima parte, eso tranquilizaba al español. —Pero tiene que ser un secreto.
—Sí. Nadie sabe.
—Casi nadie—musitó el arquero. Incluso Aioria se mostró sorprendido por dicha confesión.
—¿Quién más, además de nosotros?
—Creo que Kanon.
—¡¿Kanon?!—exclamaron a la vez.
—Él estaba ahí cuando fui atacado. Sospecha acerca de lo que pasó, y es jodidamente acertado. Nunca le confirmé nada, pero… —Torció la boca.
—Dioses. —Aioria se llevó la mano al cabello y hundió los dedos en los rizos rubios. —Eso es peligroso.
—Sí, eso pienso.
—Pero, lo de Saga—Shura recobró la atención de los dos—, tiene que ser un error.
—Eso parece. Pero no podemos afirmarlo con exactitud. La posibilidad siempre está ahí, por diminuta que sea.
—¿Eso no hace que sea un horrible idea separarse ahora? —Y al poner sus ideas en palabras, todo lo que el santo de Leo ganó fue una mirada especialmente dura de su hermano. Sonrió con torpeza tratando de aligerar la situación. —Lo que digo es que… Saga no debería estar solo ahora.
—Te aseguro que solo no está—gruñó antes de llevar su taza de café a los labios. Pensar en ello volvía a despertar el amago de lágrimas. Lo detestaba.
Ninguno de los otros dos se atrevió a pronunciar palabra. Intercambiaron miradas antes de agacharlas. A ninguno terminaba de quedarle claro qué era realmente lo sucedido entre Aioros y Saga, y tampoco lo mucho o poco que el arquero se veía influenciado por la ilusión que lo convirtiese en presa. Por supuesto, preguntar no tenía sentido, no cuando el mismo Aioros parecía no tener idea de dónde estaba parado.
Callaron. El silencio fue incómodo y tajante.
—Tal vez yo pueda ayudar. —Shura se atrevió a hablar. Cuando los ojos azules e irritados del arquero le cayeron encima, se respingó. —Respecto a Saga, me refiero.
—¿Cómo?
—Trabajo con él—respondió a Aioria. Le tranquilizó que al menos el león mostrara interés genuino y no peligroso. —Nos asignaron juntos al campamento de las amazonas, así que pasamos tiempo en la cabañita, juntos. —O al menos era así cuando Saga se dignaba a asomarse, cosa que en esos últimos días no había sucedido. —Le conozco bien, nos hemos vuelto buenos amigos. Puedo asegurarme de que nada vaya mal.
—Eso sería magnífico—Aioria contestó. Buscó aprobación en su hermano, pero este lucía ausente, casi desinteresado.
—¿Te parece? —Cuando Shura le cuestionó, Aioros solo atinó a subir los hombros. Tomó un último sorbo de café antes de abandonar la taza en el fregadero.
—Como te parezca—dijo—. ¿Nos vamos ya?
Pero no esperó respuesta, pues de inmediato tomó el camino hacia la salida de su cocina, y posteriormente, de su templo. Shura y Aioria fueron tras de él. Tenían la impresión de que no iba a detenerse para esperarlos.
-X-
La habilidad que Deltha había desarrollado para escabullirse por las Doce Casas, no había hecho sino mejorar a últimas fechas. Era como un alma en pena que vagaba por el Santuario, tratando por todos los medios de resultar invisible para el mundo. Aunque no tenía muy claro si tal cosa era posible.
Quizá era paranoia, o simplemente todo el dolor que se cargaba. Pero fuera a donde fuera, sentía una mirada observándola, unos labios juzgándola… Y ella, simplemente, deseaba desaparecer, pero no tenía ningún sitio al que ir. Su casa, su único refugio, se había convertido en un infierno que procuraba no pisar más que lo mínimo. Vivía con la persona a la que más había querido en toda su vida, su única familia; a la que, siempre había creído, la unía un vinculo especial a irrompible.
Rió para si misma. Una risa amarga. El destino le había dejado en claro que no había nada irrompible. Ni el amor, ni la familia.
Sus ojos se humedecieron de nuevo, algo que se había convertido en habitual los últimos días. Agradeció por la protección de la máscara, y suspiró. Sus labios temblaron. Nunca, ni en sus peores pesadillas, se hubiera imaginado esa situación.
Buscó por Kanon, y cuando no lo encontró en ningún sitio cerca, se atrevió a salir del pasaje secreto. Apresuró el paso, hasta que la oscuridad reinante en Géminis la abrazó. Se quitó las botas a toda prisa, en un torpe intento por acallar sus pasos, y atravesó el salón a toda carrera. Abrió la puerta sin hacer un solo ruido, sin llamar. Solamente necesitaba un poco de cobijo, un lugar donde sentirse segura y menos sola.
La única luz que iluminaba la estancia procedía de la chimenea. La habitación estaba arreglada… pero dudaba muchísimo que Saga se hubiera tomado el tiempo de hacerlo el mismo. Asumió que alguien del templo había venido de visita. Se acercó a hurtadillas hasta la cama, y se sentó en un rincón de ella. Apoyó la espalda contra el cabecero, y se abrazó las rodillas, tomando a Mickey en el proceso.
Observó el vaivén de la respiración de Saga, la paz de su rostro mientras dormía. Se veía tan vulnerable acurrucado bajo las mantas, que impresionaba. Después, observó las marcas de sus ojos, y su propia mirada se humedeció. Un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas, y ella no les puso freno. Aquel era el único lugar donde se sentía con la libertad suficiente como para llorar… siempre y cuando él no la viera. Saga no necesitaba de eso.
No supo cuanto tiempo pasó ahí, en silencio, con la mirada fija en el peluche.
—No te ves bonita cuando lloras… —Su voz la sobresaltó, y de inmediato, se secó las lágrimas de un manotazo. Los ojos verdes de Saga la miraban, escondidos tras la cascada azul de su melena.
—Gracias...—dijo con ironía, sonriendo con tristeza—. ¿Cómo estás?
Saga solamente la observó durante unos segundos. Después, cerró los ojos. ¿Cómo estaba…?
—Tengo la peor resaca de mi vida—masculló, incapaz de moverse. Juraba por los dioses que todo seguía dándole vueltas. —Aunque supongo que sobreviva… —Después de todo, la resaca era lo que menos dolía. Al menos mantenía su frágil capacidad de concentración en el malestar físico, y no en lo mucho que le dolía el corazón.
—Tres días duros, ¿eh? —Él gruñó, dándola la razón. —No has salido…
—Días de mierda—dijo apesadumbrado.
—Al menos adecentaste la habitación… —Saga chasqueó la lengua.
—Eso… —Se sobó los ojos con pesadez. —No he sido yo… Ni se me pasó por la cabeza.
—¿Una doncella? —Saga guardó silencio, la verdad era mucho peor. —¿Qué?
—El viejo.
—¡No! —Saga asintió tan levemente, que si Deltha no hubiera estado viéndolo directamente, no se hubiera dado cuenta siquiera. —¿Cómo?
—Creo que ha sido lo más humillante de toda mi vida…
Las lágrimas de Deltha no habían cesado, pero de alguna forma, el peliazul tenía la sensación de que si lo escuchaba hablar, se olvidaría de llorar… al menos por un momento. Eso, o se pondría a llorar con ella. Estiró los dedos, alcanzando a acariciar la mano de ella, apenas con las yemas. Deltha tomó su mano, apretándola entre la suya. No fue capaz de preguntar nada más, pues el torrente de lágrimas arreció.
—Hey… te agradezco que llores por mi dignidad muerta, pero… —No supo que más decir. Ella solamente atinó a sonreír, entre lágrimas, pero frustrada por ser incapaz de lograr lo único que se había propuesto: no llorar frente a él.
—¿Qué sucedió? —La observó unos segundos directamente a los ojos. Su mirada avellana se veía tan destruida como la suya. Finalmente, se decidió a hablar.
—Apareció aquí… —Intentó encogerse de hombros, pero su cuerpo no estaba por la labor de responder a sus peticiones. —Y decidió que era una excelente idea sujetarme el pelo mientras vomitaba hasta mi primer desayuno…
Deltha abrió sus ojos llorosos de par en par. Apretó los labios, imaginándose la situación de mil formas diferentes, pero no importaba el modo en que lo hiciera, se veía terrible de todos modos. Escondió el rostro tras Mickey Mouse, y ahogó una pequeña carcajada.
—Riete, Apus… yo también me reiría sino tuviera que verle la cara un día de estos… y si no me dieran nauseas solo con pestañear.
—Oh, Saga… —Sus ojitos lo miraron asomados entre las orejas del ratón.
—No tengo la menor idea de por qué apareció aquí… —Al menos, ella se había reído. Algo era algo. —Recogió la habitación, se deshizo de mi tabaco y mi vodka.
—¿Y tus manos? —No la habían pasado desapercibidas las heridas de sus nudillos. El color amarillento del mercurio delataba los cuidados a los que habían sido sometidas. Saga se miró las manos como si hasta aquel momento no hubiera reparado en ello, y lo cierto era… que no lo había hecho. Ahogó un gruñido contra la almohada.
—Eso también… supongo.
—No lo recuerdas. —Saga no contestó, y Deltha casi sonrió con ternura. Un silencio valía más que mil palabras.
—A veces, la falta de recuerdos es más grata que la presencia de ellos.
De pronto, Deltha tuvo la impresión de que no hablaba solo del efecto del alcohol. Su mirada se había nublado, hasta que finalmente, sus párpados se cerraron. Lo escuchó suspirar, y alcanzó a imaginarse lo miserable que se sentía en aquel momento. Tenía el cuerpo de un dios, esculpido en mármol, pero ni siquiera los dioses resistían tanto abuso. Tampoco podía culparle por ello. El alcohol no solucionaba nada, pero a veces, esa nube que te envolvía cuando uno se hallaba bajo su influjo, hacía que la realidad doliera menos. Al menos, por un momento. Después, la caída era como un precipicio.
—¿Qué dijo?
—Creo que…—tragó saliva—me aguarda una charla importante un día de estos.
—¿Qué harás?
—Oír, ver y callar. No tengo nada que decir, y aunque lo tuviera… —Chasqueó la lengua. —¿Cómo voy y me defiendo? Después de todo lo que pasó… —La voz se le atoró en la garganta. —Le desafié… y mira como salió. Menos aún después de lo de hoy, que fue lo más patético que me ha visto hacer en toda mi vida. O vidas.
—El viejo no quiere verte así, Saga. —No le conocía, ni se atrevía a adivinar su comportamiento, pero lo que sí tenía claro, es que nadie quería ver a un santo dorado de esa manera.
—Ya da igual.
Fijó la mirada en el techo, y guardó silencio. Deltha no se atrevió a continuar. Se acurrucó aún más en donde estaba, y descubrió lo relajante que resultaba el vaivén de su pecho. Tras unos largos minutos, Saga finalmente se atrevió a hablar.
—¿Y tú?
¿Ella? Un sollozo se le atoró en la garganta cuando preguntó. Las lágrimas se desbordaron de sus ojos, y solamente atinó a morderse los labios.
—Del…—murmuró con nerviosismo. No quería verla llorar, no quería ser él quien provocara más lágrimas. Suficiente había hecho ya. Pero se veía tan pequeña, tan sola y vulnerable… Estiró el brazo, tomando su mano, y atrayéndola hacia sí. Le costó trabajo, pero finalmente, logró que la pelipúrpura se acurrucara junto a él.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—No quiero llorar… no contigo. —Saga la rodeó con el brazo, pero procuró no mirarla. Era más sencillo hablar si una mirada herida no te devolvía tu propio dolor. —No lo necesitas.
—Yo lloré contigo…
—Joder, Saga… —Los sollozos sacudieron su cuerpo. — Debí saberlo… —Se aferró a él. —Debí saber que… y ahora… —Necesitaba poner en orden sus ideas. —Lo siento tanto…
—¿Te arrepientes de que lo que éramos cambiara…?
—¡No!—exclamó.
—Entonces, no te disculpes… No lo hagas. —No quería oírla hacerlo, porque el vínculo que habían desarrollado era tan especial y único, que no había otra persona con la que compartiera algo así. —Por favor…
—Eres lo único que tengo. —Tembló, y él solamente atinó a acariciar su pelo, sintiendo como el nudo de su garganta se apretaba, pero incapaz de decir nada. —Aioros… Él lo ha sido todo en mi vida. La razón de todo… De mis aciertos, de mis errores, de mi vida aquí, de mi vida fuera… Nunca, jamás, creí que su confianza en mi fuera tan frágil. —La entendía, porque en cierto modo, sentía lo mismo. —Le quiero tanto, Saga… tanto que ahora no sé qué hago aquí. Tenía una vida afuera… me iba bien. Tenía amigos, un trabajo, una casa… lejos de la violencia, de la sangre y el dolor de este lugar. Pero solamente necesité ver sus ojos suplicando, para… —Rompió a llorar con más fuerza. —Toda mi determinación se esfumó. Y ahora es como si no significase nada, como si el dolor de su ausencia, para él no fuera más que una broma; como si hubiera decidido ignorar que la antigua Deltha murió con él… Como si no le hubiera importado que cada día aquí, me mata lentamente y solamente él le daba sentido al sacrificio…
No se dio cuenta de cuando comenzó a llorar con ella. Las lágrimas corrían por su rostro, como la sangre fluía por sus venas. Y esta vez, ni siquiera intentó detenerlas. No tenía la fuerza necesaria.
—Aioros y ella. ¡Dioses! Nunca hubiera pensado que podría perderla… no así, nunca. Toda mi vida siempre giró en torno a ellos… —El llanto arreció. —Ahora no tengo nada… Estar en esa casa es un infierno, sus ojos me miran con desprecio, ni siquiera se digna a dirigirme una palabra… es como si no fuera digna tan siquiera de su mirada. Nunca pensé que termináramos como…
Como vosotros. No lo dijo, pero a Saga no le resultó difícil imaginar que se refería a él y Kanon. Y solamente con pensar en ellas dos de ese modo, el corazón se le rompió aún más. Los viejos fantasmas que su vuelta habían traído al santuario cuando posó sus ojos en Naia por primera vez, retornaron. ¡Lo que había costado mantenerla a salvo para estar ahora en esa situación! Le había regalado una nueva vida fuera… y ella…
—Las cosas cambiarán…—murmuró.
Ni siquiera se creyó a sí mismo, pero estaba seguro de que tanto para bien, como para mal… las cosas cambiarían.
—Nikos fue a verme por la mañana. Aunque ni siquiera era a mi a quién buscaba. Fue amable, fue casi dulce… —Algo que a Saga le costaba creer, pero decidió callar. —Pero también fue un adiós. Sé que es ella, o soy yo. Lo perdí a él también. ¡A él!—exclamó con desesperación.
—No sirve de mucho, pero… soy… Yo no sé nada de la vida, Deltha, de las personas, pero… —Atinó a decir él, tras unos segundos de silencio. —Yo estaré ahí para ti.
-X-
Kanon se dispuso a volver a Géminis. Desde aquella discusión que presenciase días atrás, trataba de no pasar tanto tiempo en casa. Prefería estar fuera que dentro, encerrado con Saga y su espiral de destrucción.
No era que le preocupase su hermano, o al menos eso se decía. Pero verlo en aquel estado lamentable y patético, era como un golpe en el estómago que le robaba el aire. Saga no era así. Saga era un titán; fuerte, orgulloso, duro de roer e inquebrantable. Si iba a ser el mejor de los dos, era de ese modo como Kanon quería pintarlo. Y, si debía admitirlo, verlo tan roto y fuera de sitio le resultaba inquietante. Había una guerra en el horizonte, en la que necesitarían la parte divina de su hermano, no la mortal.
Llegó a Géminis algunas horas después que el tiempo de entrenamiento terminó. Después de la reprimenda de Shion respecto a su trabajo como líder de equipo, no mucho había cambiado. Pero al menos había tomado la costumbre de bajar al Coliseo, sentarse y mirar.
Tardó medio segundo en darse cuenta de que Géminis no era el templo que él había dejado más temprano esa mañana. Estaba silencioso y no apestaba a alcohol, prueba fehaciente de que Shion había cumplido su palabra y pasado por ahí. La habitación de Saga estaba cerrada, como siempre. Realmente, de todo el templo, quizás aquella era la única habitación prohibida para el menor de los gemelos. Pasó de largo, como todas las veces anteriores. No pudo evitar curiosear. Cuando encontró el cosmos de Apus dentro, no supo si debía sorprenderse o no. ¿Qué demonios estaba pasando justo frente a sus narices?
Llegó a su dormitorio solo para darse una ducha, quitarse el polvo ancestral del Coliseo y volvió a salir, con rumbo a la cocina. El estómago le sonó. Estaba hambriento.
Justo cuando estaba por entrar, un aroma en particular hizo que el estómago le chillara con más fuerza. El olor de pasta, con el queso, las especias y las hierbas hizo que babeara. Estaba de suerte; todo indicaba que Ángelo había vuelto a pasarse por Géminis para dejar otra cacerola de esa comida italiana bajada del cielo que preparaba. Si alguien había cosechado de las lágrimas de Saga, ese era Kanon. No recordaba la última vez que había comido tanto y tan bien.
—¡Eh! —Se sorprendió al entrar en la cocina y encontrarse de frente con Máscara Mortal. —No pensé que siguieras aquí. Tu comida puede olerse por todo el templo.
—Lo sé. Traje algo más para Saga, aunque creo que alguien más se lo ha estado comiendo por él. Tu camisa va a reventar un día de estos, Kanon. No uses botones o dejarás a alguien sin ojos.
—Para gordos están los Aios.
—Pues yo diría que estás igual que ellos.
—Bah, no me culpes. ¿Dónde has aprendido a cocinar? Dioses, deberías enseñar a las mujeres del templo.
—Digamos que no cualquiera se merece mi tiempo. Dicho eso, más vale que no vuelvas a comerte la comida de Saga, gordito vago. —Acompañó sus palabras de un par de golpeteos suaves con el índice a la tripa del gemelo.
—Sí, sí. —Con un manotazo, Kanon le forzó a apartar las manos. —Pero, no me has dicho. ¿A qué debemos tanta preocupación por mi hermano querido?
Ángelo recobró la seriedad en un instante. Se plantó y esquivó la inquisidora mirada de Kanon. Naturalmente, Kanon, siendo Kanon, notó de inmediato que algo más había detrás de todo ello.
—Solo me preocupo por él. Lleva tres días lejos de cualquier ojo humano. Además, por lo que he visto por aquí, todo está un poco de cabeza, ¿cierto?
—Un poco, sí—añadió el gemelo con sarcasmo.
—Oh, ironía. Me gusta. ¿Vas a contarme algún chisme?
—¿Debería? Tal vez tú quieras contarme algo a mí.
—¿Yo?
Midieron miradas, con certeza de que el otro sabía más de lo que admitiría. Pero ninguno de los dos iba a abrir la boca y a hablar de más. Lo que habían presenciado, a su manera, era digno de cierto respeto e intimidad ajena. Sobraba decir que no se consideraban mutuamente las personas más adecuadas con las cuales compartir lo atestiguado.
Solo quedaba esperar por quien sería el primero en animarse a hablar, aunque ni Kanon ni Ángelo, estaban dispuestos a ceder.
—Venga ya. Habla, cangrejo.
—Eres tú quien vive aquí y quien salió desesperado tras el viejo. Habla tú.
—No haré tal cosa.
—Pues yo tampoco.
—¿Quieres que interrogue a la florecita? Él hablará más fácilmente.
—Adelante. Afro no sabe nada que haya venido de mí.
—¿Tan malo es? —Y el hecho de que, ante su pregunta, Ángelo callara, hizo que el gemelo se sintiera terrible. Quizás el santo de Cáncer tenía razones tan fuertes como las suyas para guardar silencio. —Maldición, Máscara—masculló, dándole a entender que compartían motivos.
—Entonces sí sabes de que hablo.
—Eso creo.
—¿Hay algo que podamos hacer?
—No, y tampoco creo que Saga quiera que intervengamos. ¿Saga sabe que tú sabes?
—No, no me vio. ¿Y a ti?
—Tampoco. Nadie notó que yo estaba aquí. Ya sabes, ventajas de ser invisible.
—Sé de que hablas.
Volvieron a caer en el silencio. No pasó mucho antes de que notaran que se les había terminado de que hablar. Lo que quedaba en claro era que estaban preocupados, muy probablemente por los mismos motivos, aunque Ángelo tenía dudas de lo que eso significaba para Kanon.
Si el geminiano sabía tanto como él, entonces, la separación de Caelum y el divorcio con Aioros, visto el pasado que arrastraban, eran dos pequeñas victorias para Kanon. Máscara Mortal temía de que ahora más que nunca, Kanon pudiera intentar algo raro. Pero tenía en claro que toda su discreción era un punto a favor, una diminuta muestra de respeto en medio de la tormenta de mierda que caía sobre Saga. Quiso pensar que era una muestra de buena fe. Necesitaba un poco de optimismo, no por él, sino por Saga. Después de verlo de rodillas, destruido, como aquel día, de atestiguar su dolor en un modo en que jamás lo había visto llorar, estaba genuinamente consternado. Quería ayudar, a pesar de saber que no podía hacer más que llevar un plato de comida caliente que el santo de Géminis nunca probaría.
—¿Crees que pueda arreglarse? —La pregunta se le escapó de los labios, sin que considerara sonar ingenuo, o quizás atrevido. Kanon desvió la mirada hacia la alcoba. Arrugó el ceño.
—¿Arreglarse? Quizás, algún día. Pero cuando la fe se pierde…
No fue necesario que terminara de hablar. Máscara Mortal tragó saliva y su mente terminó aquella frase por él.
-X-
La divisó a través de las mantas multicolores que conformaban los tenderetes y protegían escuetamente del mal tiempo a los vendedores.
Empezó a seguirla, sin que ella lo notara. Los mismos chiringuitos, apostados por toda la plaza del pueblo, le servían de cómplices en su persecución. Pasaron varios minutos sin que Naia se percatara de su presencia. Su máscara blindaba su rostro de los ojos del santo, pero el sutil modo en que miraba de vez en vez sobre su hombro, le hacía sospechar que se sentía observada.
Todavía llevaba la ropa de entrenamiento, cubierta por el suéter azul que, cuando no llevaba máscara, causaba que sus ojos violetas parecieran en realidad cerúleos. Cruzada sobre su pecho, la bolsa del mandado rebosaba de cosillas que había comprado aquí y allá, golosinas en su mayor parte, igual que él. Su cabello, azabache y brillante, iba recogido en una coleta alta. Lucía más corto de lo que era, pero le brindaba cierta frescura inusual para un día como aquel.
Por fin, tras un largo rato de misteriosa persecución, decidió que era momento de acercarse.
Aioros ni siquiera sabía qué lo había impulsado a llegar al ágora de Rodorio, ni que era lo que buscaba. Solo sentía a Sagitario como un enorme templo, frío y vacío, que lo hacía sentir más solo que nunca. No tenía muchos deseos de volver.
—Caelum–saludó en apenas un murmullo cuando le igualó el paso y estuvo junto a ella. Naia se vio sorprendida.
—¡Aioros! ¡Ey! —Sin pensarlo, lo saludó con un abrazo que él correspondió mientras depositaba un beso sobre su melena. —Apenas te había visto en estos días. ¡Te has afeitado! —Pasó su mano suavemente sobre el rostro del arquero. —Ya no picas.
—Sí, larga historia. —Estuvo a punto de preguntarle cómo se sentía, pero el tono apagado de su voz, que poco tenía que ver con la máscara que la cubría, se lo dijo todo. Estaba seguro que detrás del inerte rostro de plata, los preciosos ojos de la amazona denotaban un pesar que los opacaba. —Ven.
La tomó de la mano y la alejó de la multitud. Ahí, justo a mitad del pueblo, se sentía más vulnerable que nunca; demasiados ojos sobre él y decenas de pares de oídos, todos dispuestos a robar cualquier palabra que pudiera brotar de sus labios.
Naia y Aioros se perdieron en el sinfín de pasadizos que eran las calles de Rodorio, en busca de un sitio más tranquilo. Callejón tras callejón, calluejas más abajo, encontraron el sitio que buscaban. Aioros recordaba aquel lugar en particular. Saga y él habían pasado horas en esa calle ciega, justo detrás de la heladería de Aletia. Estaba lo suficientemente apartada como para poder hablar sin problemas. Nadie entraba y salía sin que ellos pudieran notarlo y ponerse en alerta. Estar ahí le traía sentimientos encontrados: un sentimiento de seguridad que solo se empañaba por la ausencia de aquel hombre al que había considerado su hermano.
Sabiéndose a salvo de ojos curiosos, el arquero respiró aliviado. Naia notó de inmediato su reacción, resultándole sencillo identificarse con él.
Rozó su brazo con las puntas de sus dedos y se retiró la máscara. Tal como Aioros había imaginado, su tristeza robaba el brillo que siempre caracterizó a los ojos violetas de la amazona.
—No voy a preguntar cómo estás, porque puedo verlo en tu mirada. Creo que te sientes exactamente como yo—dijo él, y aunque hubiera deseado que nadie más se sintiera del mismo modo que él, agradecía a los dioses por ese alguien especial que podría entenderle—. Solo quería decirte que lamento no haber estado ahí tanto como quisiera. Es que… no estoy seguro de que quisieras ver esta cara de miseria cada día. No querría que te doliera más—musitó.
—Han sido días difíciles para ambos, pero no hay nada por lo que debas disculparte. Cada cual sana a su ritmo, Aioros, y no dolerá más si te veo triste. —Aunque ver su tristeza reflejada en él, era un recordatorio de cómo ella se sentía. —Si quieres estar cerca, para mí sería perfecto. Pero si necesitas tu espacio… lo comprenderé.
—No, está bien. Si paso más tiempo encerrado en casa, voy a volverme loco.
—Sé a qué te refieres.
Para Naia, no dejaba de ser menos difícil. La cabaña que compartía con Deltha era un hervidero de tensión, en la que su mejor opción, o la que menos dolía, era simplemente no mirarla.
Se sentía incapaz de sostenerle la mirada. Deltha era su hermana, su familia; toda su vida había contado con que ella siempre estaría ahí, a su lado, a pesar de todo. Pero había aprendido, de la manera más dura, que aquella fe ciega que tenía en ella solo sirvió para llevarla al punto en que nunca hubiera esperado una puñalada por la espalda. Así, en un abrir y cerrar de ojos, su mejor amiga se había marchado, llevándose con ella al amor de su vida.
Los ojos se le aguaron y tuvo que desviar la mirada para no llorar. Reparó de inmediato en el silencio que se había apropiado de ambos, así que decidió terminarlo.
—Al menos Milo no ha hecho preguntas—dijo tras aclararse la garganta—. Gracias a los dioses, porque no sabría cómo explicarle que…
—Cómo si no fuera lo suficientemente difícil vivirlo, cómo para también tener que hablar de ello con los demás.
—¿Lo has hablado con alguien?
—Con Aioria… más o menos. —La interrogante en la expresión de Naia lo obligó a continuar. —Él sabía lo que pasaba y creo que no le resultó complicado sacar conclusiones. Ha sido discreto, si me preguntas.
—¿Te ha preguntado acerca de…?
—¿Saga? —Adivinó de quién se trataba. — No. Aunque creo que deseos no le han faltado.
Y, cuando el momento llegara, no tendría idea de que decir. No era algo de lo que se sintiera a gusto hablando, ni ahora, ni en el futuro. Simplemente era demasiado doloroso y confuso, incluso para él. ¿Cómo podría explicar y hacerse entender, sobre algo que realmente no comprendía, ni aceptaba?
Suspiró con fuerza. Si no respiraba, rompería a llorar, tal como sucedía cada vez que se detenía a pensar en ello.
No podía seguir así, rompiéndose, perdiéndose a sí mismo, pedazo a pedazo. Estaba cansado de sufrir, pero tampoco quería sobrevivir a base de indiferencia u odio. Solo necesitaba mantenerse ocupado. Mientras su mente tuviera algo que hacer, encontraría el modo el sobrevivir. Toda distracción, por pequeña que fuera, era agradecida.
—Todo esto es… Estoy tan cansado—musitó. Apoyó la espalda en la pared y resbaló, hasta quedar sentado en el piso. —Pareciera que jamás va a terminar.
—Bueno… —Naia suspiró. Hizo acopio de fuerzas, tratando por todos los medios de conservar la serenidad y después, se sentó junto a él, sobre las baldosas de piedra. Tomó la mano del arquero y la acarició suavemente con el pulgar. —Axelle siempre decía que una vez que se toca fondo, no hay más sitio a donde ir sino hacia arriba. Si aún no hemos tocado fondo—lo cual dudaba—, no creo que quede mucho en nuestra caída, Aioros—susurró. Cayó en cuenta de lo difícil que era mantenerse entera. El llanto comenzaba a hacer estragos en su voz. —Eventualmente, algo tendrá que ir a mejor.
—¿De verdad lo crees?
Pero jamás obtuvo una respuesta. Sintió el firme apretón de la mano de la amazona sobre la suya, en un gesto que buscaba reconfortarle. Pero la mirada que vio en sus ojos, lejos de traerle paz, hizo que algo dentro de él, lo que fuera que quedaba entero, se rompiera en miles de trozos.
El futuro, ese en el que todo se vería mejor, seguía atrapado en el pasado.
-Continuará…-
NdA:
Ángelo: Algunos si que saben montarse fiestas… :/
Kanon: Mientras haya pasta, pueden contar conmigo :)
Ángelo: Deberías dejar de comerte cosas ajenas.
Kanon: Las cacerolas abandonadas en mi cocina, son mías también.
Milo: Eh, eh! Un momento!
Kanon, Ángelo: ¿Qué?
Milo: Deberíamos estar celebrando un funeral… el de la dignidad de Saga.
Kanon: ¿Habrá pasta?
Milo: A mi no me mires, eso es cosa del Cangrejo.
Shura: Maldición… T_T
Gato: ¿Por qué lloras, Cabra?
Shura: En parte es culpa mía T_T
Santitos: …
Milo: A propósito de eso… lectores, lectoras, tengo algo muy importante que decir.
Gato: ¡Prestad atención!
Milo: 1. La confianza es la base de cualquier relación, de amistad o sentimental. 2, Hombre y mujeres somos exactamente iguales. No es responsabilidad de uno, ni de otro hacer las cosas bien o ser considerad . Es de ambos. 3, El alcohol es divertido por un rato, pero… no soluciona nada y además, tiene mucho que ver con la 4… Fumar es perjudicial para la salud.
Ángelo: Y para la dignidad de uno.
Gato: ¡Eso! Y Sun se disculpa, pero no podrá responder reviews en esta ocasión.
Ángelo: Está siendo una mujer de provecho, muy aplicada, y el trabajo es lo primero!
Gato: Más o menos… ¡Cómo sea! ¡Nos despedimos hasta el próximo capitulo!
Saga: … x_X
