—Te hieres a ti mismo con dolor y mentiras. Estas sufriendo todo el tiempo; y elfo, has construido tu prisión tu mismo, y luego tramas planes y sueñas con los cielos abiertos.—
Neil Gaiman
The Sandman
Capítulo 10
Gandalf estaba escudriñando la entrada de un café parisino, o más específicamente los toldos que colgaban sobre él. Tenían un tono peculiar de verde que no conseguía capturar de un modo que le satisfaciera. Elrond y él estaban de pie, en frente de sus caballetes, en un parque de la ciudad. En la otra acera se encontraba el café. Gandalf había comenzado a añadir una pizca de amarillo a su paleta cuando Elrond dejó su pincel y suspiró. Una sonrisa divertida se extendió por la cara de Gandalf.
—No sabía que te habías vuelto impaciente con los años, Elrond. No es propio de ti— dijo Gandalf, mientras daba un par de toques con el pincel sobre el lienzo.
—Ya hemos estado en este parque pintando el mismo café toda la semana pasada. ¿Cuánto debe durar mi paciencia?—preguntó Elrond.
—Tanto como haga falta— dijo Gandalf, mientras continuaba mezclando sus pinturas. —Mi contacto con la Resistencia vendrá tan pronto como pueda. No puedes culparla por ser demasiado cautelosa.
—No la culpo a ella— dijo Elrond con un suspiro. —Pero me preocupan mis hijos. No puedes culpar a un padre por eso.
—No esperaría menos de ti— dijo Gandalf, mientras terminaba de preparar el color y se atrevía a probarlo sobre el lienzo. —Perfecto, el color de la Comarca.
Elrond sonrió a su viejo amigo.
—Pasaste muchos años entre ellos. Si alguien conoce el tono exacto de verde de la Comarca, ese eres tú.
—Deberías haberte tomado un descanso por allí cuando tuviste la oportunidad— dijo Gandalf.—Era bastante relajante. Un par de meses allí y te habrías sentido como si hubieses vuelto a la Primera Edad.
—La Primera Edad no es algo que tenga ganas de recordar— dijo Elrond.
Gandalf levantó la ceja al oír aquella frase.
—No fue todo TAN malo. Me parece recordar a cierto joven elfo viniendo a mí para pedir consejo acerca de como cortejar a cierta adorable doncella elfa.
—No es que tu consejo me sirviera de mucho Me llevó una edad entera convencer a Celebrian de que no encontraría a otro que la amase más— dijo Elrond sonriendo. Luego añadió, casi para sí mismo. —¿No era hermosa?
—Lo era y todavía lo es— dijo Gandalf.
—Y me cortará las orejas si no traigo de vuelta a sus hijos sanos y salvos— dijo Elrond.
Mientras charlaban no se dieron cuenta de que una joven recorría la calle y se paraba justo frente a ellos. Se quedó mirando la pintura de Gandalf.
—Es muy hermosa— dijo ella.
Gandalf ya conocía a la joven de antes. Ella le compraba las pinturas, consciente de los documentos falsos que contenían. Y el ritual transcurrió como siempre. Gandalf le dedicó una sonrisa —Gracias, no soy un artista muy bueno.
—¿Puedo invitarle a un café mientras discutimos el precio?— preguntó ella.
—Por favor— dijo Gandalf. Elrond y Gandalf siguieron a la joven hasta el café y tomaron asiento en una de las mesas en el exterior. Les sirvieron café y croissants.
—No tenemos mucho dinero para hacer el intercambio por los cuadros— dijo ella nerviosamente cogiendo trocitos de su comida
—No pasa nada— dijo Gandalf.
—¿Contiene el mismo número que siempre?.
—Cuatro, es lo máximo que nos atrevemos a esconder sin llamar a atención sobre el lienzo— dijo Gandalf.
La joven sacó el dinero de su monedero. Comenzó a ofrecérselo a Gandalf pero él la detuvo. —Estamos interesados en un intercambio.
Los ojos de la joven se abrieron de par en par.
—¿Qué clase de intercambio?
—Información.
Ella se removió nerviosa en su asiento y miró alrededor.
—No estoy en posición de dar ninguna información. No sé nada— dijo ella.
Gandalf se inclinó hacia delante y le sonrió.
—Estoy buscando a tres personas que fueron vistas por última vez en Francia.
—Hay mucha gente en Francia— dijo ella mientras comenzaba a levantarse de la mesa. No se sentía a gusto con la dirección que estaba tomando la conversación.
Elrond posó una mano con suavidad sobre su hombro.
—Dos de ellos son mis hijos. Por favor...— dijo suavemente.
De mala gana, se volvió a sentar a la mesa y se inclinó hacia delante.
—Denme sus descripciones y haré lo que pueda. Pero no se me permite dar información sin permiso.
—Lo entiendo. Estamos intentando localizar a tres hombres jóvenes. Colin...
—Shhhh. Nunca damos nuestros nombres reales— dijo ella. —Ni siquiera yo utilizo mi nombre real cuando me reúno con los otros. ¿Cuales su aspecto?
—Aparentan unos veinte o veintitantos años. Uno tiene el pelo corto y castaño.
—Eso reduce la búsqueda— dijo ella con sarcasmo.
Gandalf sonrió.
—¿Qué te parece esto otro? Los otros dos se parecen a su padre, son altos y tienen el pelo largo y oscuro.
La joven estudió a Elrond un instante y dejo escapar un pequeño quejido de sus labios.
—¿Los conoces?— preguntó Elrond.
Ella frunció los labios y se limitó a decir:
—Haré lo que pueda y volveré cuando sea seguro. Es todo lo que puedo prometer. —dijo llevándose la pintura de Gandalf y caminando rápidamente por la acera.
Elrond miró a Gandalf.
—¿Que hacemos ahora?
—Esperamos.
—Preferiría estar en medio de una batalla que sufriendo esta espera interminable— dijo Elrond mientras se levantaban de la mesa y cruzaban la calle. Recogieron sus útiles de pintar y caminaron por la acera.
—Tengo que admitir que hay una cierta satisfacción el luchar contra los orcos, que aligera el espíritu— dijo Gandalf.
—Eso es porque cuando mueren sabes que has librado al mundo de un pedazo de maldad— dijo Elrond. —Pero aunque hubiera destruido a todos los orcos yo mismo, no habría disminuido mi odio hacia ellos.
—No haber llegado a tiempo para asistir a la sanación de Celebrían es una de las cosas que más lamento de mi vida— dijo Gandalf. —Espero no tener que lamentar haber enviado a Kate a esta misión para encontrar el colgante.
Aunque Gandalf nunca había hablado de sus miedos acerca de la misión de Kate hasta ese momento, Elrond sabía que tenía el corazón lleno de preocupación. Gandalf conocía a Kate desde que era una niña y se preocupaba por ella y por Colin, de una manera parecida a como se había preocupado por los hobbits. Ya estaba lleno de remordimiento por la desaparición de Colin y si algo le ocurría a Kate, Elrond no estaba seguro de como haría frente Gandalf a la situación.
—Legolas está con ella— dijo Elrond.
Un jeep lleno de soldados alemanes pasó junto a ellos. Elrond los contempló hasta que desaparecieron de la vista.
—Estos hombres son realmente los orcos de su tiempo. Legolas no dejaría que Kate sufriese ningún daño. Si fuese necesario, se colocaría el mismo entre ella y el peligro en un parpadeo.
Gandalf consideró las palabras de Elrond y asintió con solemnidad.
—Eso es parte de lo que me preocupa. Tiemblo al pensar lo que ocurriría si cualquiera de vosotros cayese en manos enemigas. Vuestras diferencias serían difíciles de explicar.
OoO
Fue la diferencia entre elfos y hombres la que le provocó a Kate un quebradero de cabeza increíble aquella mañana. El sonido insistente del reloj despertador la despertó temprano y después de ducharse y cambiarse de ropa, Kate se acercó a la habitación de Legolas en la puerta de al lado. La puerta estaba ligeramente entreabierta, lo que sorprendió a Kate, y echó un vistazo dentro de la habitación
Legolas estaba tumbado sobre la cama, con las manos plegadas sobre el estomago. Dejando escapar un suspiro de alivio, cerró la puerta tras ella y se acercó a él, preparada para reprenderlo por haberse quedado dormido. Tras echarle una ojeada se quedó paralizada por el terror. Sus ojos miraban desenfocados al techo. Frenéticamente lo miró por todos lados, pero no pudo ver ninguna herida que le hubiera causado la muerte. Reuniendo todo su coraje, extendió una mano para tocarlo. En el momento en el que sus manos se rozaron, él volvió de repente a la vida. Kate dejó escapar un grito de sorpresa y retrocedió tropezando por toda la habitación. Legolas se sentó y se desperezó. Con solo mirar a Kate, Legolas supo que algo andaba mal.
—¿Que ha ocurrido? preguntó, despabilándose al instante. Legolas se levantó de la cama y se acercó a ella. Ella retrocedió con cautela, mirándolo con asombro. Después de tomar varias bocanadas de aire para calmarse e intentar que el nudo que oprimía su garganta desapareciese, finalmente se atrevió a hablar .
—Pensé... Pensé que estabas muerto— dijo ella.
—¿Muerto? Solo estaba durmiendo...— dijo Legolas confundido.
—¡Tus ojos estaban completamente abiertos y mirando al techo!— dijo Kate mientras el susto daba paso a una sensación de enfado. —Tu puerta estaba abierta. ¡He pensado que algún Nazi había venido y te había envenado durante la noche!
—Los elfos dormimos con los ojos abiertos— le explicó Legolas.
Una sonrisa se extendió por la cara de Legolas y Kate no pudo evitar devolverle la sonrisa. Por muy enfadada que estuviera consigo misma por parecer una idiota, también se alegraba de descubrir que se había equivocado.
—Te aseguro que no me han envenenado los Nazis— dijo Legolas.
Cuando la mirada de Legolas se encontró con la de ella, se dio cuenta del impacto que había tenido aquella confusión. Tenía los ojos húmedos por las lágrimas contenidas. Se hizo un silencio incómodo antes de que ella se apartase de su mirada y caminase hacia la puerta.
—Voy abajo a desayunar, así que date prisa y vístete—dijo ella. —Y prepárate para contestar a varias preguntas. Quiero saber EXACTAMENTE como de diferentes son elfos y hombres.
OoO
Cuando vivía en la Tierra Media, Legolas nunca había pasado mucho tiempo entre los mortales, hasta que se unió a la Comunidad. Para su alegría, se dio cuenta de que su compañía era agradable, aunque los hobbits lo hubiesen mirado al principio con algo parecido al asombro. Habían pasado varias semanas antes de que Sam Gamgee se hubiera atrevido a hacerle preguntas a Legolas. Pero una vez que Sam hubo comenzado, las preguntas apenas habían cesado. Sin embargo, su nivel de curiosidad ni se acercaba a las interminables preguntas con las que Kate bombardeó a Legolas mientras este se sentaba para desayunar.
—¿Que quieres saber?— preguntó Legolas inocentemente.
—¿Siempre duermes con los ojos abiertos? ¿No se te secan los ojos? ¿Por qué tienes el pelo largo? ¿Alguna vez te pones enfermo? ¿Puedes soportar mucho tiempo sin comer?
Legolas sonrió y Kate dejó de hablar, con las mejillas sonrojadas.
—Tú lo has pedido,— dijo ella.
—Es cierto y me alegrará poder responder a todas tus preguntas. Pero quizá sería más fácil si me las hicieras de una en una— dijo Legolas riendo.
Kate le sonrió.
—Sí, siempre dormimos con los ojos abiertos,—dijo Legolas, mientras comenzaba a comerse el desayuno. —Los elfos no necesitan dormir tanto como los mortales. Podemos aguantar días sin dormir. A los elfos nos es posible entrar en un estado de somnolencia mientras estamos despiertos. Podemos descansar nuestras mentes mientras nuestros cuerpos trabajan.
—¿De veras?— dijo Kate, —¿Con que sueñas?
—El mar. El bosque. El cielo estrellado— dijo Legolas encogiéndose de hombros.
Kate estaba pensando en su próxima pregunta cuando un hombre se aproximó a su mesa.
—Disculpe señora ¿Es usted la Kate Elessar?— preguntó él.
—Sí, señor.
—Soy Rolf Helmrich, chofer de Klaus Ranlow. Me ha pedido que compruebe si es posible recogerles a usted y al señor Legolas esta mañana— dijo.
—¿Ahora?— dijo Kate.
Mr. Helmrich asintió.
—Tiene asuntos importantes en Alemania y dejará el país después de mediodía. Si quieren verle esta semana, tendrá que ser hoy por la mañana. Tengo el coche esperando.
—Está bien. Podemos marcharnos inmediatamente— dijo Kate.
Legolas y ella abandonaron sus platos de desayuno y siguieron al señor Helmrich fuera del hotel.
OoO
La hacienda de Klaus Ramelow estaba un área residencial pudiente en las afueras de Paris. Legolas y Kate fueron escoltados fuera del coche y hasta el interior de la gran casa. Pudieron oír la voz de Ramelow mucho antes del verle. Estaba ladrándole ordenes a su mayordomo, que caminaba detrás de él, siguiéndolo con un puñado de maletas. Ramelow entró en la habitación hablando, como si su tiempo estuviera demasiado ocupado para gastarlo en presentaciones.
—La señora Schneider se ha puesto en contacto conmigo y ha dicho que encontrarme con usted y el señor Legolas sería una inversión valiosa para mi tiempo— dijo Ramelow mientras los acompañaba hasta su oficina. —Esa ha sido la única razón para retrasar mi viaje hasta esta tarde. Espero que no me decepcionen.
—Creo que estará muy complacido con nuestra oferta—dijo Kate mientras abría su bolso y sacaba la lista de objetos para intercambiar.
El semblante de Ramelow se suavizó mientras leía la lista.
—Una colección estupenda, como cualquiera en Londres. ¿Y han traído estas piezas con ustedes hoy?
—Están en la caja fuerte del hotel— dijo Kate. —No queríamos añadir a nuestra visita la carga de proteger nuestra propiedad.
—Que considerado por su parte— dijo Ramelow con un tono de voz helado . —¿Que objetos están interesados en comprar?
—Un colgante y una espada de la colección del túmulo de Kennett del Este—dijo Kate. —El señor Legolas ha localizado las raíces de su familia en ese área de Inglaterra y desea tener artefactos de ese periodo de tiempo.
Ramelow dijo:
—Yo no los tengo. Soy simplemente un intermediario de arte y adquisiciones para el gobierno alemán en Paris . Estoy a cargo de autentificar los trabajos de arte para el Tercer Reich y decidir cuáles son lo suficientemente valiosos para ser añadidos a la colección personal de Hitler.
—Debe estar muy bien considerado en su campo— dijo Kate, —¿No dudo en que no tendrá problemas para localizar esas piezas por nosotros?
—Tienen suerte. Estas piezas están en la ciudad de Paris en la colección privada del General Friedrich von Bernhardi. ¿Están seguros de que no hay nada más que les pueda interesar para realizar un intercambio? Tengo muchos y excelentes artefactos neolíticos en mi propia colección.
Legolas sacudió la cabeza.
—No, le agradezco su amable oferta, pero lo que deseo con todo mi corazón son los artículos que figuran en esa lista. Si puede concertar un encuentro con el General Bernhardi, lo apreciaría muchísimo.
Ramelow pareció reticente a responder.
—El General es un hombre ocupado, no tiene el mismo tiempo del que disponía antes.
—Podemos hacer que valga la pena— dijo Kate. —Como muestra de nuestro aprecio, me honraría que usted se quedase con una de estas pinturas.
Ramelow sonrió.
—Es demasiado amable. Si me envía una esta tarde, estoy seguro de que recibirá una llamada del ayudante del general mañana o pasado mañana.
—Estoy segura de que la recibiremos. Le enviaré una pintura inmediatamente— dijo Kate.
Se levantaron de sus sillas y Ramelow los acompaño hasta la puerta principal.
—Tengo la impresión de que esto es una carrera de locos— dijo Kate, mientras caminaban de vuelta al hotel después de cenar.
—¿Carrera de locos?— preguntó Legolas.
—Exacto, primero los túmulos, luego la señora Schneider, después sobornar a Klaus Ramelow, y ahora ese General...—dijo Kate. —Estoy comenzando a preguntarme si veremos ese colgante alguna vez.
—Lo veremos. Estamos tan cerca de nuestra meta que no podemos rendirnos tan rápidamente— dijo Legolas.
—No me he rendido— dijo Kate, mientras lo seguía hasta su habitación. Kate se sentó en el asiento de la venta y contempló las calles. —Pero si tenemos que dejarnos por el camino alguna más de las pinturas como soborno, no nos quedará nada con lo que negociar.
Legolas se quitó las horquillas del pelo, dejándolo caer sobre su espalda. Luego cruzó la habitación y se unió a ella en el asiento junto a la ventana.
—No has respondido a ninguna de mis preguntas— dijo ella fijándose en sus orejas. —Ya me he llevado todas las sorpresas que podía soportar. ¿Hay algo más que deba saber sobre ti?
Kate miró fijamente sus orejas. Reprimiendo las ganas de reír al ver la seriedad de su expresión, Legolas se retiró el pelo y se inclinó hacia ella permitiéndole que lo mirase más de cerca. Durante un largo instante Kate estudió su oreja como lo habría hecho con una de las obras de arte que colgaban de los muros del museo de su padre. Sin embargo, Kate lo sorprendió cuando extendió una mano y comenzó a recorrer la punta de la oreja. Para que no se sintiera avergonzada, Legolas pensó que no sería sabio mencionar la sensibilidad de las orejas élficas y se esforzó por no estremecerse mientras ella las tocaba con delicadeza.
Cuando su curiosidad quedó satisfecha, se apoyó contra la ventana y dijo medio en broma:
—¿Estás seguro de que no hay nada más fuera de lo común que puedas hacer para asustarme? ¿Cómo respirar bajo el agua? ¿O echarte a volar de repente?
—Mis pasos son ligeros, pero te aseguro que no puedo volar— dijo Legolas. —Aunque no dejaría huellas en la nieve o sobre el barro.
Y así pasaron las horas. El sol se puso y la luna brilló sobre Paris antes de que cada pregunta que Kate hizo fue contestada satisfactoriamente. Mientras Legolas estaba tumbado sobre la cama con los ojos abiertos, contemplando las vistas que existían solo dentro de su mente, pensó que no recordaba haber tenido una tarde tan agradable desde hacía siglos.
