Capítulo 46: La vida continua.
Decir que lo había pensado mucho, era quedarse ligeramente corto. De tanto pensar, el dolor de cabeza del que había logrado deshacerse hacia no mucho, amenazaba con volver. Quizá era que, simplemente, su cuerpo aún no había sido capaz de eliminar la absurda cantidad de alcohol que había ingerido en aquel grandioso arranque de estupidez. No lo sabía. La cuestión era que tenía que hacerlo, y cuanto antes lo afrontara, mejor. Sería doloroso, como todo a últimas fechas, pero no se sentía capaz de continuar con semejante agonía por mucho tiempo más.
Antes o después, Saga sabía que su camino se cruzaría con el de Shion. No tenía muy claro si el maestro se decidiría a volver por Géminis, para constatar que aún respiraba y no se hubiera ahogado en el cuarto de baño, o si esperaría pacientemente porque fuera él quien tomase la iniciativa. A Saga le espantaban cualquiera de las dos opciones, pero lo había demorado lo suficiente ya.
Aquel día había amanecido con la firme intención de recuperar su vida. Dudaba mucho que pudiera recuperar su dignidad con igual facilidad. Se había arreglado, tratando de lucir tan presentable como fuera posible, aunque la palidez de su rostro y sus ojeras delataban el castigo al que había sometido a su cuerpo. Incluso se había afeitado los tres pelos apenas visibles a los que a veces llamaba barba. Se había vendado las manos, y se había prometido a si mismo que una vez zanjara el asunto con el viejo, saldría a entrenar… A pesar de que lo que menos deseaba, era enfrentarse a la crudeza del Santuario y cruzarse con determinadas personas, con esas miradas.
Pero era lo que debía hacer.
¡Y él era un santo dorado! ¡Por todos los dioses! Nunca se cansaría de luchar por demostrar que era el mejor… pero, lo cierto era, que aquella debacle que había causado él mismo, le había hecho un flaco favor.
Masculló algo ininteligible en turco, la lengua madre de Zarek, recuperando una manía que había creído olvidada mucho tiempo atrás. Después cerró los ojos y suspiró, respirando lentamente, tratando de apaciguar su nerviosismo. Cuando abrió los parpados, segundos más tarde, nada había cambiado. No había rastro de nadie en el pasillo, y la puerta de los privados de Shion se alzaba ante él tan amenazante como cuando había llegado.
—Joder… —Y entonces, sin pensarlo más, llamó a la puerta suavemente, con la esperanza de no ser escuchado y encontrar así la disculpa perfecta para volver por donde había venido sin ser visto.
—Adelante. —La voz de Shion resonó con suavidad del otro lado, y el peliazul chasqueó la lengua. No podía tener tanta suerte. No él.
Entró en silencio y cerró la puerta tras de si, consciente de que la mirada rosada del viejo lemuriano, estaba clavada en él: analizándolo hasta el último detalle. A su lado, la princesa se había quedado quieta, como petrificada mirándolo. Saga se humedeció los labios con nerviosismo e inclinó la cabeza suavemente. Ella le devolvió una sonrisa más luminosa que el mismo sol.
—Saga.
Al escuchar su nombre, su mirada se cruzó con la del lemuriano, y Saga supo que aquel torpe y precario sentido del humor con el que había amanecido aquel día, había llegado a su fin.
Aquellos ojos tenían un poder especial. No tenía la menor idea de qué era, pero el par de amatistas que lo miraba de vuelta, siempre había parecido capaz de leer hasta el rincón más recóndito de su corazón, descubriendo inevitablemente, si trataba de ocultarle algo. Aunque al menos, a Saga le servía de consuelo saber que aunque Shion lograra averiguar que estaba callándose algo, rara vez lograba discernir qué era lo que ocultaba con tanto celo.
—Me alegro de verte—dijo, al fin.
—Sí… —Se humedeció los labios, y desvió el rostro, tratando por todos los medios de concentrarse en cualquier otra cosa que no fuera él.
—Si me disculpáis, yo iré a comer algo. ¡Hoy no desayune nada y muero de hambre! —Saori cerró el libro que sostenía en las manos, y se puso en pie, mirando tan discretamente como fue capaz de uno a otro. Cuando pasó junto a su Santo de Géminis, acarició su mano suavemente y buscó sus ojos. Le adoraba. Sabía lo mal que habían salido las cosas y era consciente de que si estaba ahí era porque de alguna forma, había terminado hundido. Solo deseaba infundirle ánimo… con la complicidad de una hermana menor. —¡Volveré más tarde!
Una vez se hubo marchado, un pesado silencio reinó en la habitación. Shion le invitó a tomar asiento, bajo el gran ventanal que iluminaba el dormitorio.
El peliazul asintió apenas perceptiblemente, y tomó asiento. Sus ojos, viajaron fugazmente por la estancia, agradeciendo a todos los dioses, por la decisión del viejo de haber cambiado de dormitorio nada más volver. No hubiera sido capaz de acercarse a su puerta siquiera, si la habitación continuaba siendo la misma donde Ares había reinado todos aquellos años. Habían sucedido demasiadas cosas tras aquellas puertas.
—Ten. —Le tendió su propia taza de té, y Saga alzó una ceja con curiosidad, aunque rápidamente identificó el olor: el remedio lemuriano. —Siempre sienta bien.
El peliazul se llevó la infusión a los labios, pero apenas dio un minúsculo sorbo. Su estómago aún no toleraba prácticamente nada y… ¡Dioses! No había pensado que fuera tan difícil…
—¿Cómo te sientes? —Shion lo conocía demasiado bien como para no darse cuenta de que era incapaz de articular palabra y escupir el discurso que, tenía claro, se había preparado.
—Mejor… creo. —Al menos, físicamente hablando.
—Me alegro. Has recuperado un poco de color. —El geminiano asintió, fijando la mirada en el contenido ambarino de su taza.
—¿No vas a decir nada?—preguntó al fin en apenas un susurro.
—¿Yo? —Alzó los lunares con fingida inocencia. —Eres tú quien ha venido a verme.
—Ya…—añadió otro azucarillo, y contempló con interés como se diluía—. La cuestión es que…
Shion no dejó de observarlo un solo segundo, animándolo internamente a que hablara. Aunque sus recuerdos le jugaron una mala pasada, y se descubrió sonriendo débilmente... A su mente había vuelto su pequeño, en una de aquellas numerosas noches que había huido de Géminis, para dormir acurrucado en el kliné de su terraza. Al despertar, muerto de frío, le había mirado con los mismos ojos que en aquel momento.
Finalmente, el peliazul respiró hondo y se animó a hablar.
—Escucha… se que fue ridículo. No debiste haberlo visto y… —Saga negó con el rostro. La seguridad con la que siempre hablaba, se había esfumado de su voz.
—No hubiera sido mejor si no lo hubiera visto, Saga—dijo él—. Es algo que, simplemente, no debió suceder.
—Si, eso. —Se corrigió, y se apresuró a continuar. —La cosa es que… —Tragó saliva, y de nuevo, y por un segundo, sus ojos se cruzaron con los del viejo. —Estoy de mierda hasta el cuello, y no se como… manejarlo. —El peliverde asintió, no hacía falta ser un genio para notarlo.
—¿Me explicarás ahora lo que sucedió?
Nada más hacer la pregunta, sintió como el geminiano se tensaba. Todo su cuerpo gritaba de tensión, pero la marcada línea de su mandíbula no dejaba lugar a dudas. Resopló, se pasó los dedos por el pelo, y clavó la mirada en algún punto del paisaje a través de la ventana.
—Poco después de volver, Deltha vino a Géminis. Estaba hecha una furia, y se aseguró de que me enterase de ello. Se quitó la máscara y me miró con tanto odio y tanto dolor que… —Negó de nuevo. —No era solo ira, eran más de trece años de dolor en una sola mirada. Fui incapaz de despegar los labios, incluso cuando me dijo que deseaba verme muerto y que mi sola presencia aquí era un insulto. —Negó con el rostro, resignado. — Me lo merecía, ¿sabes? —No esperaba respuesta, pero los lunares de Shion se arrugaron con disgusto. No, no lo merecía. Saga dejó escapar una minúscula risa sarcástica al recordarlo. —En aquella época, Aioros y yo acabábamos de solucionar las cosas, y poco a poco, todo volvía a su sitio. Todo, salvo ella. Después pasó todo lo de Naia. Supongo que imaginarás que Apus no estaba muy entusiasmada con la idea de que estuviera siquiera cerca de Kanon o de mí.
El viejo asintió. No era la única. ¡Al menos alguien había demostrado un pequeño atisbo de sentido común! Le alegraba saberlo.
—Pero… no sé. —Se encogió de hombros. —Pareció que a medida que pasaba el tiempo lo toleraba más, hasta el punto de que cuando exiliaste a Naia, Deltha vino a verme y se empeñó en ayudarme, del modo que fuera a recuperarla. —Los lunares del viejo se alzaron con sorpresa. Saga se dio cuenta, pero no iba a hablar de más respecto a ese asunto. No pondría en peligro la coartada de Deltha por ningún motivo. —Y no sé, llámalo agradecimiento, llámalo… —Alzó los hombros una vez más y suspiró. —Desde ese momento, todo cambió. Comenzó a verme de otra manera… hablaba conmigo. —Guardó silencio por unos segundos y luego continuó. —Me perdonó.
Por un segundo, Shion hubiera jurado que sus ojos se humedecieron solo de pensar en ello. Había pronunciado esas dos palabras con suavidad, casi con mimo, incluso con cierta dulzura. Con un inmenso alivio.
—Comenzamos a pasar tiempo los cuatro juntos, y nos hicimos más cercanos. Me hablaba del mundo exterior, de su vida, me enseñó a usar el ordenador… —Rió suavemente. —Creo que empezó a verme como un mocosito… como un caso perdido al que podía enseñar algunas cosas. Sinceramente… agradecí hablar de algo que no fuera mi historia, mi pasado… que sus miradas no fueran iguales que las del resto del mundo. Ella nunca… —Por un instante, se perdió en sus pensamientos. —A ella siempre le resultó difícil el Santuario, la vocación de amazona… era como si hablando del mundo real, enseñándome cosas sencillas, hubiera encontrado un lugar donde la gustaba estar.
—Me alegra oír eso.
—La cosa es que… —Se sopló el flequillo y se sobó los ojos. —Tengo una fama. Una reputación un tanto particular con las mujeres. —Oh, y Shion lo sabía bien. Era asombrosamente fácil escuchar comentarios al respecto. —Después del choque inicial, a Deltha le resultó divertido… y el hecho de que decidiera bromear con ello, le quitó bastante peso al asunto, al menos para mí. Lo que sucedió fue que… —Lanzó un azucarillo más al té, y de modo casi inmediato, Shion retiró el azucarero. El peliazul frunció el ceño con disgusto. —Las bromas subieron de tono, y me resultó divertido.
—Debo suponer que a Aioros y Naiara, no les pareció lo mismo.
—Supones bien. —Saga se recostó en la silla, y echó la cabeza atrás, cerrando los ojos. —Se quejaron. Dejamos los juegos, pero… —Se encogió de hombros. —Ya dio igual. La mecha estaba encendida y… ¡Boooom! —Abanicó el aire con las manos a la vez que negaba con el rostro. —Están convencidos de que nos estamos acostando.
La mandíbula del Maestro se tensó sutilmente. Se humedeció los labios, y se revolvió incómodo.
—¿Lo hacéis? —Saga lo miró con expresión desencajada.
—¿Me lo preguntas en serio? —Las palabras surgieron apagadas, sonando a derrota. Shion le mantuvo la mirada. —No, no estamos haciendo nada. Somos amigos, buenos amigos. La quiero mucho, pero no de esa forma. ¡Joder!—gruñó—. ¿Qué sentido hubieran tenido entonces los últimos días?
—Tranquilo.
—Estoy tranquilo. —Por supuesto que no lo estaba. —Pero es que… —Sus ojos se humedecieron de nuevo, apretó los dientes y se esforzó por mantener la mirada. —¿Tan difícil es confiar en mi?
—No hijo, pero…
—¿Pero…? ¡No lo entiendo! —Hundió el rostro entre las manos. —Creí que Aioros… Es mi hermano, mucho más de lo que Kanon fue jamás. —Tragó saliva. —Y Naia…—balbuceó—. No hay nadie ahí fuera más importante para mí que ellos y ni siquiera me dieron el beneficio de la duda. Después de todo lo que hice por ella… —Lo dijo tan bajo, que a Shion le costó escucharlo. —No les importó, no… Soy un desgraciado, pero no soy un traidor.
Shion apretó su hombro con la intención de consolarlo, pero cuando el geminiano sintió el contacto, se respingó. El dolor era real, el peliverde lo sabía. Pero también había sabido desde el principio, que eso pasaría.
—Era real…—murmuró Saga, en un tono tan lastimero, que le rompió el corazón escucharlo.— Naia…
—Ahora solo queda ir hacia arriba, hijo. —Y realmente lo pensaba, aunque le estaba costando dios y ayuda acallar el "te lo advertí" que quemaba en la punta de su lengua.
Todo aquel caos, aquel cúmulo de sin sentidos y peleas, había terminado siendo un gran drama que no había valido para nada, más que para separar a sus chicos y romperles el corazón en el proceso. Y no a unos cualquiera… sino precisamente a ellos. Aunque no lo terminaba de aceptar, esperaba lo de Kanon. ¿Pero la ruptura con Aioros? Nunca. Se hubiera jugado las dos manos sin miedo a perderlas, porque la unión de Saga y el arquero resistiría contra viento y marea. Eran la clave de su ejército, eran… todo. ¡Demonios! Habían resistido a Ares, a la muerte, a la resurrección…
Ahora solo le quedaban sus pedazos, regados por el suelo. Y no tenía la menor intención de cómo solucionarlo.
—Nada de lo sucedido estos últimos días ha de repetirse. —Lo miró con cierta severidad, pero no con dureza. —No quiero volver a verte ahogado en vodka. Eres un santo dorado, un hombre orgulloso e imponente. Es hora de reponerse y levantar la cabeza. No sirve nada más, Saga. La mirada siempre en alto, hijo. Si no tienes nada de lo que arrepentirte, no te traiciones a ti mismo con tus actos.
—Duele… mucho—murmuró con la voz entrecortada.
—Dejará de hacerlo. —Apartó un largo mechón azul del rostro del geminiano, y alzó su rostro, sujetándolo, e impidiendo que apartara la mirada. —El tiempo pone a todo el mundo en su lugar. Las cosas volverán a la normalidad.
Saga asintió apenas perceptiblemente, incapaz de replicar. Tenía el corazón destrozado, su cuerpo no estaba mucho mejor… y encima de todo, aquella dolorosa sensación de que había vuelto a fallarle al viejo le cortaba la respiración.
—Lo siento… —Atinó a decir. Después se puso en pie, y le dio la espalda, dispuesto a huir de aquella habitación tan rápido como le fuera posible. —Debí haberte escuchado.
-X-
El último toque de su atuendo fue el prendedor que oro que sujetaba la túnica a su hombro. Lo ajustó con cuidado, hasta que estuvo justo donde él quería. Solo entonces, se sintió listo. Loxia se aseguró de que todo estuviera en su sitio antes de continuar. Sus compañeros podrían acusarle de ser un perfeccionista, pero lo cierto era que, habiendo pasado tanto tiempo enfundado en las miserables ropas de un triste aldeano, vestirse con sus galas habituales era un placer que no dejaba de disfrutar.
Después abandonó sus aposentos dentro de aquel palacio. Sus pies sabían exactamente hacia donde llevarlo, de tal modo que no tardó en alcanzar su objetivo.
Empujó con decisión la gran puerta de madera y no se amedrentó cuando los ojos del resto de sus compañeros le cayeron encima, sino lo contrario. Loxia tenía razones de sobra para sentirse orgulloso; como guerrero, como siervo favorito de su señor, había cumplido con las expectativas, e incluso más. Su plan había sido todo un éxito. El primer gran paso en la conquista del Santuario estaba dado.
Llegó sin problema hasta el asiento reservado para él, justo al lado del asiento destinado para su señor. Sabía que sus compañeros se retorcían en envidia; lo sabía por el modo en que le miraban. Pero a Loxia no le importaba, pues él se había ganado aquel puesto.
—Vaya, vaya. Qué sorpresa, Loxia. ¿Has dejado de jugar al aldeano trabajador y nos honras con tu presencia?
—¿Jugando? —El rubio miró hacia su compañero, sentado exactamente al lado opuesto de la mesa. —Creo que estás equivocado, Acesio. Si algo, he estado haciendo el trabajo que todos vosotros no hacéis.
—No seas insolente, Loxia. Se te ha asignado esa misión, no te has ofrecido para nada. Así que no finjas ser un héroe. Cada uno tiene su lugar en esto.
—¿Sí? ¿Y cuál es el tuyo, Nomios?
—El suyo está aquí, conmigo, por ahora—rugió una voz al otro lado de la puerta, que puso a todos en alerta. De inmediato, los cinco se pusieron en pie. Sus sillas rechinaron al unísono con la puerta.
Un enorme grifo fue el primero en atravesar el portal. Entró con el paso elegante y sereno de un felino. Su cola de león iba y venía, de un lado a otro, mientras la mirada afilada de águila en su rostro recorría los rostros de los hombres frente a él. Sus alas eran largas y de plumas hermosas; acariciaban el suelo a cada paso que daba.
Atravesó el salón con parsimonia, hasta llegar al asiento a la cabeza de la mesa y se echó a los pies de la silla principal.
Su señor iba un par de pasos detrás, enfundado en una túnica de color naranja, tan intenso como el sol durante su cenit. La melena de un rojo profundo revoloteaba en su cabeza, como una corona de fuego que lo nombraba amo y señor del astro rey, mientras sus ojos, azules y fríos, contrastaban con el aura que lo envolvía.
Caminó hasta su asiento y se dejó caer. Su mano buscó la cabeza de su grifo para hundir los dedos en las plumas aterciopeladas. La bestia gruñó con gusto.
—¿Cuál es el problema aquí?—dijo Apolo, refiriéndose a sus lacayos—. ¿Sois tan ilusos como para pensar que esta guerra ha terminado ya? Porque apenas comienza. Athena y su ejército no deben ser subestimados.
—Sí, mi señor...—dijeron al unísono.
—Loxia—continuó el dios, buscando al rubio—, sé que te has mezclado entre sus huestes. También sé que el esfuerzo ha rendido frutos.
—Así es, señor. Como uno más de los aldeanos, he tenido acceso a ellos, incluso a los santos dorados, en lo más privado de sus templos. Puedo asegurar que no he sido descubierto. Gracias a ello les conozco mejor; conozco sus miedos, sus inquietudes, sus debilidades... sé como enfrentarlos.
—Me han dicho que empezaste a mover las piezas.
—Sí, así es. —Loxia sonrió, no sin cierta malicia. —Hay un nombre que cimbra incluso a la élite del Santuario, y me aseguro que no vayan a olvidarlo: Ares.
—Reencarnó en uno de ellos, ¿cierto?
—En el mayor, el santo de Géminis, candidato a sucesor del Patriarca. Y asesinó al segundo, al santo de Sagitario, heredero del Patriarcado. Ambos eran tan cercanos como hermanos... una verdadera tragedia familiar.
Apolo esbozó una mueca maléfica. Le fue sencillo adivinar las intenciones de su guerrero, así como sus acciones.
Dio un par de palmadas amistosas a la cabeza de su mascota. El grifo soltó un chillido, que sonó triunfal a los oídos de su amo. Apolo suspiró; todo marchaba a la perfección, y las noticias serían dulces a los oídos de su cómplice.
—Tal parece que la fuerza del rango dorado descansa, irónicamente, en la unidad de estos dos. Si les dividimos, la Orden se divide con ellos. Sabed, señor, que dicho objetivo ha sido conseguido. Todo entre ellos dos se ha caído a pedazos. Los ojos del Patriarca y del resto de los santos dorados están en ellos. No ven lo que hay alrededor.
—Magnífico. Justo donde los queremos. —El dios se recostó en su asiento, mucho más relajado de que lo que había llegado ahí. —Ahora que Loxia logró entrar en sus cabezas, Iatros, llegó el momento para ti. Destruiremos a Athena y a su Santuario empezando por su cimientos.
—Todo esta listo, mi señor. A tu mandato.
—Entonces, no esperes más. Comienza por la villa y expande el mal hasta el corazón del Santuario. Que nadie quede libre de la plaga y la miseria. La enfermedad arrasará con todos, mucho antes de que nuestro ejército llegue para hacerse de una victoria absoluta.
Iatros asintió, a sabiendas de que aquel era su turno de actuar. Su fortaleza era la vulnerabilidad humana, donde incluso el hombre más fuerte no era ajeno al dolor de la enfermedad.
Miró hacia sus compañeros y leyó el reto en la mirada de Loxia. No le importó, porque sabía como hacer su trabajo.
—Será como ordenes.
-X-
El corazón le latía tan fuerte en las sienes, que Saga estaba seguro que la cabeza le explotaría en cualquier momento. No creía ser capaz de apretar los dientes con más fuerza, pero lo cierto era, que se sentía el centro de todas las miradas. Conocía el Santuario suficientemente bien como para saber que el chisme ya era conocido por todo el mundo. Aunque ese no era el problema real… sino que todos se sentían siempre con el derecho de opinar y dar su versión de los hechos, tergiversando la realidad y causando un daño irreparable a los implicados. Una versión donde usualmente el rango dorado no era el peor parado… pero no por ello dolía menos.
Los fantasmas del pasado habían vuelto… y si se atreviera a dar voz a sus pensamientos, sabía que lo tacharían de paranoico. La cuestión era que no necesitaba escuchar sus opiniones, no necesitaba… Respiró un par de veces tratando de calmarse. Eran aquellas miradas de soslayo, aquellas sonrisas acusadoras que gritaban una sola palabra a volumen atronador: traidor. No importara a que rostro mirase, todos le decían lo mismo. Y de pronto, la inmensidad del coliseo, le resultó tan claustrofóbica como impresionante la presencia lejana del arquero en el rincón más apartado.
—¡Dichosos los ojos que te ven! —Se sobresaltó de modo tan visible, que Ángelo solamente atinó a alzar las cejas con sorpresa. —Empezamos a pensar que te habías perdido en una dimensión lejana y oscura…
—Sí… casi—respondió. Se humedeció los labios en un gesto nervioso.
—Argol y Jabú se alegraran de tenerte de vuelta. —Palmeó su hombro con gesto pícaro en el rostro, aunque internamente, todas sus alarmas estaban encendidas y él, plenamente alerta. —He tratado de mantenerles a salvo de la Cobra y de Giste, pero ha sido una labor asombrosamente complicada.
—Son perseverantes.
—Sí… —Le miró de nuevo, y no pudo sino sentirse sobrepasado por el nerviosismo nada habitual que Saga transmitía. —¿Quieres entrenar un poco? —El peliazul no respondió, y el cangrejo dorado frunció el ceño. —¿Debo tomar el silencio como un no?
—¿Eh? —De pronto lo miró como si acabara de reparar en su presencia. —No, no… es una excelente idea, de hecho. Vamos.
Echó a andar, bajando con cierta parsimonia las escaleras que llevaban a la palestra. Ángelo lo siguió, no sin antes recorrer el coliseo con la mirada. Tal y como estaban las cosas, no hacía ningún mal ser precavido y asegurarse de mantener una distancia prudencial con Aioros.
-X-
Quizás lo único que hacía sonreír a Aioros en esos días eran las largas y graciosas discusiones entre Malco, Aetes y Roshi. El santo de Libra había tomado la costumbre de unírseles a él y a Aioria en los entrenamientos de los aprendices un par de días a la semana. Era en esos días en que los aprendices parecían revolucionarse. No era una sorpresa, pues muy a pesar de todos los años vividos, Dohko conservaba una energía inigualable y una paciencia envidiada. Los niños eran felices a su lado, satisfaciendo su curiosidad y escuchando sus historias. No podía culparles: tanto a Aioria como él les encantaba hacerlo también.
Agradecía por esos momentos que lo alejaban de sus problemas. Estaba tomándose el mal vicio de pensar de más y eso jamás terminaba bien para él.
—Ya os dije. No voy a deciros quien es más fuerte—repitió por enésima vez el chino. Meneó su cabeza en negación al ritmo de sus palabras.
—¡Roshi!—corearon los niños.
—Tienes que decirnos. Queremos saber. —Malco y su usualmente demandante voz dijeron.
—Ya os dije la respuesta muchas veces: todos son igual de fuertes.
—Eso es mentira. No es lo mismo destruir galaxias que abrir los ojos y mirar feo a la gente—terció Malco.
—¡Oye! Es más que eso. Shaka es muy genial—replicó Hermión, un chiquillo normalmente bien portado, pero que siempre conseguía sacar de quicio a Malco.
—Si te parece genial la gente que duerme sentada...
—¡Ey!
—¡Silencio los dos!—chilló Aetes con todas sus fuerzas. Denes a su lado, ahogó una sonrisa al verlo conseguir su objetivo. —Destruir galaxias y dormir sentado son cosas muy geniales. Os diré qué es lo más genial de todos los geniales. —Aetes, con lo pequeño que era, encontró una roca alta sobre la cual treparse.
—¿Qué? Dinos—urgió Malco, o más bien, gruñó. Por encima de todo, esperaba que su amigo le diera la razón a él. Dohko levantó una ceja, presintiendo que el pequeño no recibiría la respuesta que quería.
—Prestad atención todos. Lo más genial de los geniales es: ¡tener alas y volar! —Aetes expandió los brazos y se lanzó de la roca para después emprender la carrera a carcajadas.
—¡Eso es trampa!
—¡Y Aioros no vuela! ¡Caer hacia abajo no es lo mismo que volar!
Dohko acompañó sus risas con la propia. Se llevó las manos a la cintura y observó con gusto como se alejaban a toda prisa, entre carcajadas y risas estruendosas, de regreso hacia sus maestros. Se rascó la nariz a sabiendas de que había sido otro buen día de trabajo. Pero tan pronto los vio desaparecer, volteó hacia el otro tipo de niños que le preocupaban todavía más. Aioria y Aioros estaban detrás de él, mirándole también. Cada vez que veía al arquero pensaba en todo lo que iba mal.
Saga había sido un fantasma en los últimos días y Aioros no estaba muy distinto. No había perdido una sola de sus obligaciones, pero siempre se lo notaba ausente y distante; muy diferente al Aioros al que Dohko estaba acostumbrado. Menos mal que Shion le había puesto al tanto o habría cometido alguna indiscreción de la que se arrepentiría.
—Bueno, por mi, es todo por hoy—dijo cuando se acercó al par de hermanos. Se estiró hasta hacer crujir los huesos de su espalda. —Ya estoy viejo para crecer niños, pero nunca deja de ser divertido. Os veré mañana.
—Hasta mañana, Roshi. —Aioria respondió. Aioros solo se limitó a sonreír y ondeó la mano en el aire. Tal como dijo, Dohko desapareció en un abrir y cerrar de ojos, dejándoles solos. El arquero suspiró y Aioria le palmeó el hombro. —Así que las alas solo sirven para caer hacia abajo, ¿eh?
—Suele pasar cuando las pisas.
—Eso sería divertido de ver.
—No para mí.
Aioria miró de reojo a su hermano y, de no ser porque fue un gesto tan pasajero, hubiera pensado que vio una sonrisa en su rostro. Pero lo que fuera que viese, se esfumó con rapidez. No pasó mucho antes de que el gesto de extrema seriedad volviera al arquero.
Si algo deseaba el león era que su hermano hablase. Sin embargo, tenía la impresión de que no iba a resultar nada fácil, especialmente después de tantos días de hermetismo total. Tampoco creía que presionar ayudase en nada. Prefería pensar que, cuando Aioros estuviera listo, tendría la confianza de abrir la boca y confiarle sus secretos, fueran los que fueran.
—¿Volverás a Sagitario ya?—preguntó, tratando de dejar sus pensamientos atrás.
—No lo sé. Quizás vaya un rato al pueblo y después a casa.
—¿Te apetece un poco de compañía? —Volvió a preguntar. Lo hizo con prudencia y con la esperanza de no sonar demasiado desesperado. —Es decir, yo quedé en ver al bicho más tarde, así que tengo un tiempo libre. Si quieres, puedo acompañarte hasta Rodorio.
Los segundos en que el arquero pasó en silencio, meditando en su respuesta, le resultaron eternos. Pero, cuando por fin lo vio ladear la cabeza y asentir, se sintió más tranquilo. Dejó escapar el aliento y esbozó su propia sonrisa.
Por encima de todo, adoraba a Aioros, verlo así era un calvario para él, y si todo había llegado a aquel terrible punto a causa de las razones de las que todo el mundo hablaba, entonces se sentía peor. Saga y su hermano habían llegado tan lejos… para que después todo se cayera a pedazos.
—Tengo que decir algo—dijo cuando notó que avanzaban en un silencio desesperante.
—¿Qué es?
—Casi siento envidia de que los pequeños intenten dilucidar quien es el más fuerte de nosotros, y que estés en los tres primeros. Casi. —Aioros levantó una ceja, intrigado por la cara traviesa de su hermano.
—¿Pero…?
—Pero el hecho de que Buda esté ahí os pone en nivel mustio. Nadie con tanta genialidad quiere estar en ese nivel. —La risa de Aioria estalló poco después, divertido ante sus propios comentarios. Su hermano le acompañó con una sonrisa.
—Visto así… Creo que cederé el dudoso honor a alguien más.
—No deberías. Alguien tiene que bajarle los humos a Buda. A veces puede ser un poquito irritante—gruñó. Shaka era su amigo, pero eso no lo hacía ciego hacia sus repentinos momentos de carente humildad.
—Shaka siempre fue una personalidad.
—Y que lo digas. —El león giró los ojos y Aioros rió por lo bajo. —Eso me gusta—dijo de pronto el más joven.
—¿El qué?
—Verte sonreír otra vez. Lo extrañaba.
—Oh…
—Quisiera poder ayudarte, ¿sabes?
—Lo sé—musitó en apenas un hilo de voz. —Pero también sé que no hay mucho más que pueda hacerse. Ni por ti, ni por nadie.
—¿Estás seguro de eso? Es decir, Saga y tú… Debería haber algo más que pueda reconciliaros. Sois hermanos.
Aioros no respondió, pero su mente trajo a cuentas una pregunta que no deseaba responder en aquel momento: ¿Lo eran? ¿Eran hermanos? O, ¿podrían volver a serlo después de todo lo que estaba pasando?
Negó con la cabeza y tomó la decisión de no responder a aquella aseveración. Siguió el camino, de nuevo en silencio.
—¿Aioros? —Aioria dijo de nuevo.
—¿Mmm?
—¿Estás seguro de que no quieres hablar de ello con nadie? Quizás te sentirías mejor…
—Aioria… —El mayor se llevó la mano a la cabeza, enredó sus dedos en los rizos castaños y sacudió su cabello hasta alborotarlo. No tenía la menor idea de lo que debía decir, aunque sabía que aquel era un trago amargo que tarde o temprano tendría que dar.
—No quiero presionar, pero somos hermanos. Si alguien te apoyaría, ese soy yo.
—No es eso…
—¿Entonces?
—Mi novia, o ex novia, mejor dicho, se ha tirado a mi mejor amigo. O mi mejor amigo se ha tirado a mi novia. Como prefieras pensarlo, da lo mismo. —El santo de Leo calló y abrió los ojos de par en par sin siquiera percatarse. ¿Era tan serio? ¿Era real? —Es horrible. Duele, enoja, humilla… todo a la vez. No es algo que me sienta a gusto hablando con nadie.
—Entonces, ¿era cierto? —Aioros se encogió de hombros, pero no dio una respuesta directa. A Aioria le bastó para hacerse de conjeturas.
—Deltha y yo terminamos. Saga y Naia también.
—Pero, ¿estás seguro? A Apus no la conozco tan bien—y ciertamente no le agradaba demasiado—, pero es Saga. Cualquiera pensaría que, después de todo lo que habéis pasado, vuestra amistad le importaría algo más que un polvo.
—Eso pensaba yo. Ahora no lo tengo muy claro.
—¿Y qué pasará con vosotros?
—¿Con nosotros? Nada en realidad. —Y nada, en el sentido más absoluto, era doloroso en sí.
—Ojala pudiera hacer algo…
—¿Puedes volver el tiempo?
El santo de Leo chasqueó la lengua y arrugó el ceño mientras se perdía en sus propios pensamientos. Le costaba trabajo comprender todo lo que estaba sucediendo y más aún, cuando la sombra de las ilusiones se cernía sobre ellos, larga e imposible de evitar.
Se preguntó a la fuerza si su juicio no estaba nublado por ello... o si el juicio de Aioros no lo estaba también. No fue capaz de responderse.
Miró de soslayo a su hermano y le pareció que al menos lucía sereno. Su mirada azul estaba triste y se notaba que no dormía mucho. El hecho de que no luciera permanentemente disgustado, como en días anteriores, podía ser considerado una ganancia. No mucho, pero algo era.
En un gesto de apoyo, posó su manos sobre su hombro y lo apretó con firmeza. El arquero volteó para sonreírle. Aioria quería que confiara en él y que, por encima de todo, supiera que no estaba solo.
-X-
Saga se maldijo a si mismo y a las decisiones que había tomado las últimas semanas, cuando tras unos pocos minutos, su pulso latía exageradamente desbocado. No importaba que todos ellos fueran un portento físico, su cuerpo, después de todo, era tan humano como el del resto, y el maltrato pasaba factura.
Retrocedió de un salto, buscando una tregua ante el acoso al que estaba siendo sometido por parte de Máscara Mortal, e intentar así recuperar el aliento. Sin embargo, sus reflejos estaban sutilmente adormecidos, y sus músculos tan tensos, que cada golpe que trataba de asestar, le terminaba resultando torpe y apresurado.
Echó una mano al suelo en el último instante, esquivando el puño de Ángelo, después tomó impulso dispuesto a contraatacar y se lanzó hacia él. No le gustaba sentirse acorralado.
Sin embargo, el italiano lo vio venir. Observó cada movimiento con una nitidez perfecta, y entonces, se sorprendió al notar lo precipitado de sus intenciones. Movimientos tan improvisados, tan extraños en Saga. Entrecerró los ojos cuando vio la oportunidad: el geminiano no se estaba protegiendo adecuadamente, tan concentrado que estaba en recuperar el terreno perdido.
Ángelo se preparó, tomó impulso y armó la pierna. Y cuando lo tuvo lo suficientemente cerca, buscó el hueco y… golpeó.
—¡Acubens!—gritó.
Las costillas de Saga crujieron. El geminiano ahogó un quejido lleno de dolor y rabia, pero cuando quiso reaccionar y poner remedio a aquella tonta catástrofe en que se había metido, fue tarde.
Era la primera vez que el cangrejo lograba golpearle con aquella técnica, y solamente cuando el puño izquierdo de Ángelo le atinó en la sien, poniendo el broche final a Acubens, supo que estaba realmente jodido.
El italiano lo tumbó, y la fuerza del golpe lo arrastró un par de metros por el suelo embarrado. Entonces, finalmente paró… aunque todo continuaba dando vueltas para él. Se quedó quieto, bocarriba, con los ojos cerrados y la respiración dolorosamente acelerada… sin saber que dolía más: sus costillas, su cabeza, o su orgullo vilmente asesinado en público que le había hecho retroceder dieciséis años en el tiempo… cuando Athan y Zarek acostumbraban a limpiar el suelo con su cara.
—¡Saga! —Ángelo fue a su encuentro a toda velocidad. Consternado, se agachó a su lado. —¿Estás bien? No pensé que…
—Sí…—murmuró, arrastrando suavemente la lengua.
—¿Qué demonios…? ¡Siempre esquivas Acubens! Ni siquiera se por qué sigo intentando si… No esperé que…—balbuceó, tan sorprendido y aturdido como estaba.
—Está bien… —¡Pero no lo estaba! Había caído ante esa tonta técnica como un principiante. ¡¿Qué demonios pasaba con él?! Estaba siendo, simplemente, patético. No había otra forma de llamarlo.
—¿Seguro? Estas sangrando. —Entonces, Saga abrió los ojos con lentitud. Le pesaban los párpados, y descubrió que, desgraciadamente, el suelo aún se movía a toda velocidad. Se llevó la mano a la sien, justo al punto donde comenzaba el cuero cabelludo, y siseó cuando sus dedos encontraron el corte. Gruñó. Desde luego, era el mejor boicoteando su propia vida, de eso no había duda, pensó. —Vamos… —Ángelo le tendió una mano, y cuando Saga se la estrechó, el menor se sintió infinitamente aliviado.
No desvió la mirada del gemelo un solo segundo, pues una vez que estuvo en pie, se seguía viendo tan inestable como cuando estaba en el suelo… a medio camino entre la consciencia y el mundo de los sueños. ¡Malditas fueran sus grandes ideas! ¿Cómo pensó que era una buena entrenar después de todos aquellos días de descontrol? Por lo que él sabía, Saga ni siquiera había probado bocado.
La preocupación hizo que el orgullo que había sentido por lograr pillarle desprevenido con su vieja técnica, se desvaneciera en un segundo. Tanto, que casi se había olvidado de las miradas curiosas e interrogantes que no habían perdido detalle del estrepitoso final del entrenamiento. Uno no veía a Géminis morder el polvo todos los días precisamente, menos aún ante él, eso estaba claro.
—Creo que es hora de volver a casa… —Lo soltó sin estar nada seguro de que Saga fuera capaz de guardar el equilibrio. —Te ves como la mierda ahora mismo.
—Sí… sí. Creo que es una buena decisión. —Gruñó de nuevo cuando echó a andar. Casi imaginaba el color azulado que estaba comenzando a adoptar su maltrecho pecho. —Hoy no es mi día.
Ángelo simplemente lo miró. Se mordisqueó los labios con nerviosismo, y caminó a su lado, comenzando el largo camino de regreso a Géminis. No se atrevía a preguntar nada, aunque ganas no le faltaban.
—Viéndolo por el lado bueno, quizá así hablen de otra cosa. —El menor lo miró de soslayo, comprendiendo a la perfección a qué se refería.
—Todo forma parte de un plan perfecto, ¿eh?—replicó, ciertamente irónico, pero un tanto divertido—. Nada se escapa de tu control.
—Aja…—dijo llevándose la mano a las costillas.
—¿Cómo es que decidiste salir de la cueva precisamente hoy?
—No lo tengo muy claro… suena como una mala decisión ahora. —Ángelo sonrió.
Si no lo supiera mejor, diría que el mayor aún seguía borracho por su forma de hablar tan lenta y atolondrada. Sin embargo, la sangre que goteaba por el rostro del peliazul, le recordó que, en realidad, los dos golpes que se había llevado, le habrían recolocado las valiosas neuronas que Saga no se hubiera encargado de ahogar en los días previos.
—Bueno, como me siento pletórico por el éxito de mi entrenamiento hoy, te invito a comer. —Saga alzó una ceja al escucharlo. —Oye, soy un excelente cocinero. Kanon podría dar fe de ello…
—Acerca de eso…
—¿Si?
—Gracias. —El menor ladeó el rostro, sorprendido. —Creo que tengo algunos recuerdos difusos de unos espaguetis que olían realmente bien en mi cocina.
—Sabían mejor… —Infló el pecho orgulloso. —Alguien tiene que ocuparse de alimentarte. Estás viejo, mírate. —Saga gruñó de nuevo y Ángelo sonrió con travesura. —Y estoy seguro de que no vives del aire, aunque a veces lo parezca. Si te portas bien, te dejas curar esa herida, y comes un poco… te llevaré un poco de Nutella también. Los italianos tenemos clase.
—Malditos italianos…
—Jodidos griegos, que se creen inmortales. —Palmeó su hombro suavemente. — También sois de carne y hueso. —Su semblante adoptó un gesto más serio. No hablaba de nadie más que de él. Después de volver a la vida, tras conocer la historia completa de lo que había sucedido, Ángelo se había dado cuenta de algo importante: Saga no tenía instinto de supervivencia alguno. No importaba lo que hubiera que hacer para lograr el objetivo… Saga lo hacía sin siquiera poner el precio de su vida en una balanza. Era todo lo que les habían enseñado, todo y todos por encima de uno mismo… no le importaba el riesgo que corriera, pero tal y como estaban las cosas, en aquella nueva vida, con una nueva oportunidad, por admirable que fuera también era una locura. Al fin y al cabo, Saga no sabía cómo vivir. —Me asustaste.
Y por primera vez, en toda una vida, Saga descubrió en los ojos de Ángelo una preocupación genuina. Olvidó por completo la molestia, los recelos que la cercanía del cangrejo le habían provocado desde que habían revivido, y finalmente, se sintió agradecido.
Infinitamente agradecido de tener a alguien a su lado que no lo juzgara y que creyera en él aún a sabiendas del montón de mierda que siempre terminaba rodeándolo.
Tropezó, y Ángelo lo atrapó rápidamente. Pasó uno de sus brazos sobre los hombros, y ya no lo soltó.
La vida, definitivamente, era caprichosa.
-X-
Aunque Tethys había pasado mucho tiempo con la princesa y con Shion aquellos últimos días, no dejaba de sentirse sola. A menudo sus ojos viajaban por el horizonte, perdiéndose en el contorno hipnotizante del mar, y preguntándose qué estarían haciendo allí abajo. Les extrañaba… nunca había pasado más de un par de días lejos de los marinas, y era ahora que realmente sentía lo importantes que eran todos ellos. Incluso Kaysa y sus rarezas.
Sonrió al pensar en el marina de Leumnades, y continuó caminando, en busca de un pequeño rincón donde entrenar. Lo encontró rápido, al resguardo de la montaña, y a la sombra de la gran Estatua, a medio camino de la Fuente de Athena. No se había alejado mucho del templo, porque lo cierto era que las Doce Casas le resultaban ciertamente intimidantes. No tenía muy claro como debía tratar a sus guardianes… y los únicos a los que conocía, vivían demasiado lejos.
Tampoco que estuviera segura que su compañía fuera precisamente una buena idea.
Kanon y Saga… Tethys había procurado pasar desapercibida aquellos días, pero había afinado el oído todo lo posible, y los chismes que rondaban aquí y allá, eran cuanto menos, caóticos. Tampoco podía esperar otra cosa, no con Kanon de por medio.
Suspiró, tratando de alejar al peliazul de su mente, concentrándose en su cosmos. Cerró los ojos, y comenzó a moverse con maestría. Sus manos, pálidas y aparentemente delicadas, concentraban tanto poder como el de una amazona. Y a medida que su cosmos fluctuaba, extendiéndose en el jardín, adoptaba un brillo de millones de colores danzantes, hasta que finalmente, cristalizaba en las formas caprichosas del coral.
Abrió los ojos, y sonrió. Nunca dejaría de maravillarse de la belleza que podía llegar a generar. Sin embargo, cuando estaba dispuesta a continuar…
—Es un buen sitio para entrenar. —La voz de Kanon la tomó desprevenida. Tal parecía que el peliazul había desarrollado una extraña habilidad para aparecerse allá donde ella estuviera.
—Sí… ¿No deberías estar haciendo tú lo mismo? —Ladeó el rostro, mirándolo con interés.
—Ese es un asunto delicado, Sirena.
—¿Por qué?—preguntó, alzando una ceja.
—Pues… —Jugueteó con una flor, mientras pensaba una respuesta que no delatara sus problemas reales en ese ámbito. —Tengo un equipo difícil, se puede decir.
—¿No te gusta y por eso no entrenas?
—Lo has dicho tú, no yo. —Una sonrisa pícara se dibujó en el rostro del mayor, y ella negó lentamente. Aquella expresión era capaz de convencer a cualquiera de lo que fuera.
—¿Y tus compañeros?
—Felizmente ocupados.
—¿Y tú hermano?
—Probablemente… no tan felizmente ocupado. —Aunque se había sentido ligeramente aliviado al saber que había abandonado Géminis. Los ojos de Tethys chisporrotearon con curiosidad, y aunque intentó no seguirle el juego, una minúscula sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿Está bien? No lo he visto desde que llegué…
—Está, que no es poco.
—Ya… —Algo había oído, pero decidió guardar silencio.
—Ten, para ti. —Le tendió la flor amarilla, y continuó. —No hay de estas en el mundo marino.
—¿En serio? —Extendió la mano, y por un segundo, sus dedos se rozaron sutilmente, y sus ojos chocaron. —¿Ahora regalas flores?
—Soy una caja de sorpresas… —La rubia asintió, mas antes de que Kanon retirase su mano, elevó sutilmente su cosmos, hasta que una fina capa de coral cubrió la flor que le ofrecía. —Mucho más bonita así.
Y no mentía. Las yemas de sus dedos hormigueaban, no solamente por el fugaz contacto con su mano, sino por la caricia fría de su cosmos cristalizado. Había olvidado aquella sensación, y traerla de nuevo a la memoria, removió algo en su interior. Entrecerró los ojos suavemente, sin dejar de mirar a la sirena. Después, se rio solo.
—¿Puedo ofrecer mi compañía para entrenar, Sirena? —Sus ojos de cristal se clavaron en los suyos, y aunque internamente quiso responder de modo inmediato, se contuvo.
—¿Crees que lo soportes? Llevas meses vagueando, no es un secreto, Santo.
Santo. Era la primera vez que ella lo llamaba así. Mas la extrañeza que sintió al escucharlo, solo se igualó al sentimiento de satisfacción que le provocaba, en lo más hondo de si, ser considerado uno. Al menos por ella.
—Haré lo que pueda por no llorar. —Quemó su cosmos suavemente, en el preciso instante en que ella retrocedió de un salto. Kanon sonrió.
Para él, no era más que un juego, pero verla en acción una vez más, le provocaba una sensación indescriptible, y era en ese preciso momento, cuando no podía sino agradecer a los dioses porque ella y los marinas hubieran vuelto a la vida. A pesar de todo, y aunque nunca lo fuera a confesar… les apreciaba, y todo el sufrimiento que les había ocasionado, pesaba.
La persiguió por el claro, mientras su voz dulce y cantarina tarareaba una melodía familiar y peligrosa. Esquivó sus golpes con maestría y se zafó de la trampa de coral. Desapareció en la oscuridad de la Otra Dimensión, solo para aparecer a unos pocos centímetros de ella, tomándola desprevenida. Estiró la mano, queriendo atrapar su muñeca, pero a pesar de estar fuera de su hábitat, Tethys seguía siendo tan escurridiza como un pez.
Kanon sonrió de nuevo, y cuando la risa de ella se mezcló con su canto, giró sobre sus pies, dispuesta a huir en la dirección opuesta. Sin embargo, no hubo escape posible.
Chocó con el moldeado pecho del peliazul, y aunque de primeras no entendió cómo era posible... cuando dio un fugaz vistazo sobre su hombro, comprendió. La ilusión en la que Kanon la había atrapado se desvanecía, pero la calidez de su cuerpo tan cerca del suyo no hacía sino aumentar.
Tethys entreabrió los labios, dispuesta a decir algo, pero las manos del geminiano posándose con suavidad en su cintura, la acallaron. Después, solamente atinó a perderse en el mar esmeralda de sus ojos.
-X-
Nikos llevaba días cabizbajo. Se le notaba ausente, y el ceño permanente fruncido delataba su molestia. Era precisamente por eso, por ese gesto tan duro que llevaba tatuado, que Keitaro no se había atrevido a pronunciar palabra al respecto, muy a pesar de que se moría de ganas por hacerlo.
El pelirrojo estaba al borde del colapso entre tanta duda. ¡Quería saber! ¡Lo necesitaba! Su curiosidad, si es que podía llamarla así, era su punto débil.
Pero la última vez que Nikos y él habían terminado en medio de las habladurías, el final fue catastrófico. Mucha gente había pagado esa estupidez y ahora que el santo de Cruz del Sur parecía recobrar a su mejor amigo, no estaba dispuesto a perderlo. Tal vez valía la pena amarrarse la lengua para no decir nada fuera de sitio. Además, para hablar ya estaban los demás. Nadie era tímido para hacerlo… al menos en lo que se refería a la chicas. Para hablar de los chicos no se requería desvergüenza, sino valentía. Había que ser estúpido o temerario para hablar en voz alta delante de un dorado.
—Hace un buen día—musitó. Y no, no lo hacía. El día era tan sombrío como todos los demás a últimas fechas, pero Keitaro no tenía la menor idea de cómo entablar una conversación con su amigo.
—Es un día de mierda—ladró el otro.
—Bueno, quizás un poco…
—No tienes que fingir que eres ciego, ni sordo, como para no darte cuenta de lo que pasa.
—Oh, pero no finjo que soy ciego o sordo. Solo intento ser mudo.
La honestidad en su respuesta hizo que el moreno dibujara una sonrisa diminuta y ligeramente ácida. Lo cierto era que necesitaba que mucha gente fuera muda en vez de idiota. Aunque, claro estaba también, que no podía tildarlos de estúpidos, al menos no en su totalidad. Eran lo suficientemente listos para saber de quién y ante quién hablar. Mientras cualquiera de los que vestían en oro estaba cerca, ni una sola palabra insolente o fuera de sitio abandonaba los labios de nadie. Pero tan pronto el gato se ausentaba, los ratones salían, más desatados que nunca.
Nikos estaba harto de escuchar las burlas y los chismes que destrozaban a sus niñas. Poco le importaba quien era inocente y quien era culpable, a él le dolía por igual. También le generaba una rabia inaudita aquella mentalidad machista que reinaba en el Santuario, donde Saga y Aioros tenían pase libre de toda la culpa en aquel embrollo.
Gruñó de disgusto justo en el momento en que un par de guardias pasaron junto a él, le echaron una mirada de soslayo, mascullaron algo y rieron en conjunto. El santo de plata solo pudo imaginarse a qué se debía la burla. La sangre le hirvió y tuvo ganas de botarle los dientes a alguien. Pero, de algún modo, se contuvo. Si caía en provocaciones, solo terminaría por empeorarlo todo.
—Vámonos de aquí—masculló mientras se ponía de pie. Keitaro no objetó y fue tras él.
—No es mucho consuelo, pero deberías ignorarles. Son solo un montón de adolescentes que se divierten con chismes ajenos—dijo, y si esos chismes tenían de protagonistas a cualquier habitante de las doce casas, eran mejores.
—Tengo oídos y no puedo ignorarles. Además, estás hablando de mi hermana y de Del. Sabes que ellas son mi familia y que las adoro.
—Pues con más razón deberías evitar prestar atención. Sabes quienes son ellas, y supongo que sabes lo que pasa con cada una. —Y los dioses se apiadaran, pero Keitaro tenía unos deseos insanos de preguntar hasta dónde eran ciertos los rumores.
—¿Lo sé?
—¿No lo sabes? —El moreno subió los hombros. —Entonces, ¿todo ese asunto de Saga y Apus podría ser cierto?
—¿Importa? —Cruz del Sur no respondió. —Ambas están destrozadas; no se hablan, apenas se miran. Son hermanas y ahora... están separadas. Por culpa de ellos. Pero claro, a la gente le resulta más divertido ponerlas a ellas por el piso. Las tratan como si fueran... —Se mordió los labios de tan solo pensarlo. Sus ojos violetas centellaron con furia.
—Lo siento...
Aunque, siendo egoísta, una pequeña parte de él se alegraba de que, por fin, Saga se viera lejos de Caelum. No era como que Keitaro se sintiera con muchas probabilidades de obtener algo más que un saludo de la amazona, pero con el gemelo lejos, quizás algo mejoraría para ella.
—Y yo. Ojala hubiera algo que pudiera hacer para cambiarlo todo.
—Pero no hay nada. Es asunto de ellos...
—Es que, ¡no me cabe en la cabeza! Saga es un jodido idiota, pero Del...
—No quiero hablar mal de nadie, pero a veces uno hace cosas terribles de las que después se arrepiente.
—Tal vez, pero estamos hablando de Naia y del arquero también. Ella es su hermana y él es... me atrevería a decir que el amor de su vida. No puedo creer que les hiciera daño.
—En ocasiones sucede: uno lastima a aquellos a quienes más quiere. —Y ahí estaba él de ejemplo, en aquella tragedia ocurrida quince años atrás, donde sin quererlo, tomó la vida de su mejor amigo.
—Aún así. Jamás hubiera imaginado que haría algo así.
Keitaro guardó silencio, aunque no le pasó desapercibido el punto de vista de Nikos en la situación. Si algo, le confirmaba lo que había pasado entre los cuatro y todo lucía verdaderamente terrible para ellos.
-X-
Se había llevado a Saga a rastras hasta Cáncer, con el pretexto de que si quería una buena comida, necesitaba su propia cocina, ya que allí al menos habría algo comestible a diferencia de Géminis. El mayor no se había quejado demasiado, había ahogado un nuevo gruñido cuando las escaleras que llevaban de su templo al cuarto, se extendieron ante sus ojos, pero nada más. Había caminado a su lado, o más bien, había dejado que Ángelo lo arrastrará.
Al cangrejo dorado, le daba francamente igual.
Le había ayudado a sentarse en su sofá, con cuidado; mientras su mirada aturdida paseaba con curiosidad por aquel Templo en que no había puesto un pie en más de quince años.
—Toma. —Le tendió un poco de hielo envuelto en una toalla limpia, y lo colocó con cuidado sobre sus costillas. Saga siseó ante el contacto, y cerró los ojos, dejando caer la cabeza sobre el respaldo del sofá. —Estarás hecho una mierda unos cuantos días.
—Hmpf… —Fue todo lo que dijo.
Ángelo dibujó una sonrisa tan divertida como orgullosa, y apartó la melena del gemelo lo mejor que pudo. Empapó una gasa en alcohol y limpió el corte, con cuidado, pero sin dejar de verlo un solo segundo. Los ojos cerrados y la mandíbula apretada de Saga, delataban su situación, pero el mayor procuró no quejarse.
—Está dejando de sangrar… por un momento pensé que tendríamos que ir a ver a Eudora y me estaba preocupando.
—¿Por tener que arrastrarme hasta allí?
—También. —Lo miró de soslayo. —Pero me preocupaba más la excusa que tendría que inventarme. —Saga dejó escapar una minúscula carcajada cansada al escucharlo.
—No sabía que tuvieras dotes de enfermero…
—A decir verdad, yo tampoco.
—Gracias—musitó, sin abrir los ojos—. De nuevo…
Ángelo lo agradeció, porque aquella extraña situación en que se encontraba, no dejaba de resultarle inmensamente curiosa, obviando toda la preocupación que sentía. No estaba acostumbrado a ver a Saga así. En lo que a él respectaba, en algún rincón de su retorcida cabeza, Saga estaba hecho de hierro, y nada podía tumbarlo. Más o menos. Por eso no podía detener su escrutinio.
Fue entonces que reparó en la ausencia de la valiosa joya que había adornado su cuello por meses. La pluma de Sagitario ya no estaba, y algo dentro de él, se encogió al notarlo.
—Oye…—murmuró. Saga apenas abrió los ojos unos milímetros. Lo suficiente para animarle a continuar. —¿Estás bien? —Los labios del geminiano se abrieron sutilmente, pero no respondió. —Es que… Es decir, entiendo que no quieras decirme nada, no es cosa mía y no tenemos esa confianza, pero… —¿Cómo decirlo? ¿Cómo hacerlo y no sonar tan…? —Me preocupo.
Saga sabía que la preocupación era genuina. En otro tiempo no muy lejano, no le hubiera tomado en serio, e incluso se hubiera burlado, soltando una que otra puñalada en forma de palabras. El pasado le pesaba. Pero ahora… no sabía qué había sucedido, ni cómo: solo sabía que el italiano hablaba con sinceridad.
—Estaré bien…—musitó, acurrucándose en el sofá. Estar allí, no se sentía tan mal después de todo.
—Vale, vale. Es que…
—Lo has oído, ¿no? —Máscara Mortal sabía a qué se refería, era imposible no hacerlo. No se hablaba de más aquellos días. Sin embargo, si se sentía tan preocupado, era precisamente por aquella escena que había presenciado a hurtadillas. Por eso, y por la propia consternación de Kanon. Eso sí que le había puesto los nervios de punta.
—Sí.
—Y… ¿qué piensas?
Se tomó unos segundos para responder. Había pensado mucho en ello los últimos días, los Doce habían comentado al respecto, y lo cierto era, que al menos él tras verlo llorar de aquella forma, no tenía ninguna duda. Saga no mentía. Y fuera lo que fuera que había llevado a Caelum y al arquero a tomar aquella decisión, se equivocaban. Lo peor de todo era que, probablemente, como siempre sucedía en el Santuario, se dieran cuenta de su equivocación demasiado tarde.
—Sé que no es verdad. —Hizo especialmente hincapié en sus palabras. Necesitaba que le creyera, casi tanto como Saga necesitaba escuchar que alguien confiaba en él.
—Ojalá hubiera quién pensara como tú.
Ángelo no atinó a decir nada más. Se humedeció los labios, y le tendió un cigarrillo. No creía que fuera momento de indagar mucho más. Pero lo que sí tenía claro era que, de pronto, Caelum no le simpatizaba demasiado.
—Descansa un poco—murmuró.
-Continuará…-
NdA:
Kanon: La vida de Saga y Aioros pertenece a la portada de una de esas revistas del corazón…
Afro: Está claro que lo más interesante es su propio matrimonio, no lo de las chicas…
Kanon: Son como Brangelina. Saioros los llamaremos.
Afro: ¡Es una excelente idea!
Kanon: ¡Lo es! Hay que hacer equipos. Team Saga y Team Aioros.
Gato: ¡Eh! Deberías tomar este lío más en serio. ¡Es un desastre! No puedo creerme que…
Angie: No hay nada que creer, gato.
Gato: Eso lo dirás tú…
Kanon: Uuuuh. ¿Veis? Se conforman los equipos. ¿Apuestas?
Angie: Quizás deberíamos apostar lo que pasaría cuando el viejo se entere que andas toqueteando a niñas menores de edad…
Kanon: ¡Eh!
Angie: Eh, nada.
Gato: Terminemos ya, ¡Decid adiós!
Kanon: ¡Cómo sea! Se admiten apuestas de todo tipo sobre Saioros.
Santitos: ¡Kanon!
Kanon: ¡Hasta el próximo capítulo!
Saga: Hmpf…
