Puedes conquistar con
la espada, pero eres
conquistado por un beso
Antes de que Elrond y Gandalf se marchasen a Francia habían acordado reunirse con Kate y Legolas en momentos específicos durante la duración de su viaje. A pesar de que Gandalf había venido a Francia a buscar a los hijos de Elrond, no veía ningún mal en echar un ojo o los dos a Kate y Legolas tan a menudo como le fuera posible. No tenía previsto asistirles, puesto que su meta estaba suficientemente clara, pero aun así quería estar informado de cómo progresaban las cosas. Si era afortunado, Legolas y Kate ya tendrían el colgante en sus manos.
— ¿Crees que es sabio volver a este café tan a menudo?— Preguntó Elrond, mirando con cautela a las patrullas que iban y venían.
—He estado usando este café durante todo el año pasado y no he sentido ninguna señal de amenaza. ¿Qué te preocupa?— Pregunto Gandalf
—No lo sé— dijo Elrond, sin apartar la vista de los otros ocupantes del café. —Pero siento una tensión en el aire que no había antes.
Gandalf miró alrededor con recelo, pero no vio nada que lo alertase. Ciertamente, el café estaba lleno con los "habituales" que solía ver la mayoría de los atardeceres. El hombre de mediana edad con la barba blanca que se detenía allí cada noche para picar algo, estaba sentado en la mesa junto a ellos. Cerca de las puertas estaba sentada la pareja joven con las narices enterradas en sus libros. Antes de que Gandalf pudiese seguir examinando la situación, vio que Legolas y Kate venían caminando por la acerca hacia ellos.
— ¿Tenéis noticias de Colin?— Pregunto Kate mientras se sentaba a la mesa
—No, todavía estamos esperando a recibir alguna comunicación de nuestro contacto—, dijo Gandalf.
—Eso es todo lo que hemos hecho nosotros también. Esperar. Y esperar. Y esperar—, dijo Kate.
Los ojos de Gandalf se elevaron en una mueca divertida. —Bueno Elrond, parece que algún rasgo de tu personalidad ha pasado de generación en generación.
Ignorando el comentario de Gandalf, Elrond preguntó:
—¿Qué ocurre con el colgante?
—Le pertenece al General Friedrich von Bernhardi— dijo Kate, Extendiendo la mano y cogiendo un trozo de galleta del plato de Gandalf
—Aunque otros puedan poseerlo nadie, salvo Arwen, es su auténtico dueño—, la corrigió Elrond. Su voz era severa.
—Pertenezca a quien pertenezca, actualmente lo tiene el General Bernhardi—, dijo Kate con un suspiro.
—Estamos esperando a tener noticias suyas— dijo Legolas.
—¿Y no habéis tenido problemas hasta el momento?— Pregunto Gandalf.
De mala gana Kate le contó que se había visto forzada a entregarle una pintura a Ramelow.
—He oído hablar de él. Me sorprende que hayáis escapado entregándole una sola—, dijo Gandalf.
Gandalf se dio cuenta de que Legolas miraba nerviosamente a su alrededor.
—¿Qué ocurre?
—Hay algo maligno en el aire esta noche— dijo Legolas.
—Yo también lo he sentido— dijo Elrond.
Estudiaron el terreno que los rodeaba pero nada parecía estar fuera de lugar. Gandalf se giró hacia Legolas y Kate.
—Haríais bien en mantener los ojos abiertos.
—Legolas no tiene ningún problema en hacerlo— murmuró Kate en voz muy baja. Se echó a reír al oír sus propias palabras.
—Me alegro de que encuentres esto tan divertido. Porque si yo estuviese en tus zapatos, no creo que fuera capaz de reírme— dijo Elrond severamente.
—No encuentro nada en esta situación que sea divertido—, dijo Kate.
—Es bueno oírlo. Odiaría pensar en el destino que te espera, si decidieses que esto es alguna clase de juego creado para tu entretenimiento. Y ya has perdido una de las pinturas—, dijo Elrond.
Incapaz de expresarse con palabras, Kate se levantó abruptamente de su silla y echó a andar precipitadamente por la acera. Legolas, rápidamente, la siguió. En el mismo instante en el que ella se marchó, Gandalf supo que Elrond estaba arrepentido por sus palabras. Y aun así permaneció sentado en la mesa calmadamente y tomó un sorbo de café.
—Ella se está esforzando, Elrond.
—No quiero que olvide el peligro del aprieto en el que se encuentra—, dijo Elrond. —No hay tiempo para comentarios infantiles.
— ¿Que ha ocurrido para que hayas cambiado tanto? Dijo Gandalf suavemente. —En una ocasión incluso tú sonreíste al oír los comentarios inapropiados de los hobbits al interrumpir el Concilio en tu patio.
—Eso fue diferente dijo Elrond.
— ¿Lo fue?— Todo lo que estaba en juego entonces era la paz y la felicidad de la Tierra Media— dijo Gandalf con un tono en cierto modo sarcástico. —Y el humor tiene un poder increíble para aliviar el espíritu. Seguro que no has olvidado eso.
Un gran agotamiento llenó la cara de Elrond. Suspiró pesadamente.
—No puedo dejar de pensar en que Kate está viva porque mi hija no lo está— dijo Elrond. — A pesar de que me esfuerzo, eso consume mis pensamientos cada vez que la miro. Sé que es una locura obsesionarse con tales cosas y no debería haberle hablado a Kate como lo he hecho...pero...incluso el paso de los años no ha disminuido mi dolor.
—Agradece que Kate tenga tanto del espíritu de Arwen dentro de ella como para que seas capaz de reconocer su legado todavía.
—Lo estoy. Pero me vuelvo viejo y mis acciones son una prueba. El remordimiento no es algo fácil con lo que vivir.
—Al menos es algo que se remedia con facilidad. Tendrás que disculparte— dijo Gandalf.
— ¿Disculparme?— Dijo Elrond con una sonrisa divertida extendiéndose por su cara. — ¿Sabes cuantas edades han pasado desde la última vez en la que admití que me había equivocado?
Gandalf le devolvió la sonrisa. Un camarero se detuvo junto a su mesa para rellenar los vasos de café. Mientras se inclinaba para servirlo, el café se derramó desde el jarro y se extendió sobre la mesa, goteando sobre los pantalones de Gandalf. El camarero murmuró unas palabras de disculpa y Gandalf se levantó y entró en el café.
Al abrir la puerta del baño cayó en la cuenta de que había un hombre dentro. Se dio la vuelta para marcharse pero el hombre murmuro: —Venga aquí.
Gandalf cerró la puerta detrás de él. El hombre inmediatamente se acercó y cerró la puerta con llave, para diversión de Gandalf.
—No es seguro para usted permanecer aquí— dijo el hombre con nerviosismo.
— ¿De veras ¿Y eso por qué?— Preguntó Gandalf.
—Le han seguido. No sé cuánto tiempo llevan haciéndolo. Pero mi última mensajera fue arrestada antes de que pudiera entregarnos las pinturas— dijo el hombre.
La cara de Gandalf se entristeció al pensar en la joven asustada y adorable que había estado comprando sus pinturas durante el pasado año. — ¿Que ha ocurrido? Preguntó Gandalf
¿Que cree usted? dijo el hombre. —Alguien le ha hablado a los Nazis sobre sus entregas. Esperaron a que la transacción tuviese lugar y la arrestaron. Cualquiera que haya sido visto en su compañía en este café tiene una diana pintada en la espalda.
La preocupación en la cara de Gandalf se intensificó.
—Siento no haber podido ponerme en contacto antes de que sus amigos llegasen— dijo el hombre.
—Debo avisarles—. Gandalf intentó alcanzar el pomo de la puerta pero el hombre lo detuvo.
—Es demasiado peligroso. Incluso en este momento, los espías alemanes están esperándole en su hotel—, dijo el hombre. —Puedo ponerles a salvo a usted y a su amigo. Pero deben venir conmigo ahora.
Gandalf asintió. Unos instantes más tarde, Elrond entró en el baño. Miró a su alrededor y dijo: —En todos mis largos años de vida nunca he participado en un concilio en un lugar como este.
A pesar del peligro en el que se encontraban, Gandalf sonrió.
OoO
El sol se había puesto pero todavía no había oscurecido completamente. El cielo era de un color azul profundo salpicado por las primeras estrellas del crepúsculo. Pero Legolas no tenía tiempo de disfrutar de la belleza del atardecer porque Kate y él estaban siendo seguidos. Tan pronto como Kate había salido corriendo del café, un hombre se había levantado de su asiento y los había estado persiguiendo. Legolas se había percatado de ello inmediatamente y se había apresurado a alcanzar a Kate mientras ella se deslizaba como un tromba por las calles oscurecidas de Paris. Sin embargo, no se molestó en informarla de su perseguidor. Ella estaba perdida todavía en sus propios pensamientos.
—Elrond me odia— dijo, cuando finalmente se decidió a hablar.
—No te odia— le aseguró Legolas.
—Lo he arruinado todo. He tenido que entregar una de las pinturas— dijo Kate.
—Ha sido un intercambio para encontrarnos con el General Bernhardi. No había otra elección posible—. Dijo Legolas. —Si Gandalf hubiese estado en tu posición habría hecho exactamente lo mismo.
— ¿Entonces por qué Elrond me hace sentir como si cada decisión que tomo fuese la equivocada?— Dijo Kate
—Quizá sea porque le recuerdas a Arwen—. Dijo Legolas.
Antes de que ella pudiese responder, Legolas miró rápidamente el reflejo de un escaparate pasajero. En la distancia, el hombre se iba acercando rápidamente hacia ellos.
—Nos están siguiendo—, dijo Legolas. Su voz era calmada y firme, como si no ocurriese nada fuera de lo ordinario, pero sus sentidos estaban completamente alerta y su cuerpo estaba preparado para el ataque.
Kate levantó la vista hacia él.
— ¿Quién? ¿Donde?
—Lleva siguiéndonos un rato—, dijo Legolas mientras cruzaba la calle.
— ¿Es alemán?— Murmuró Kate.
—No lleva uniforme. Pero se mueve como alguien que ha visto batalla—, dijo Legolas.
Comenzaron a cruzar un pintoresco puente peatonal que cruzaba las tranquilas aguas del Sena. En mitad del puente, Legolas se detuvo y miró hacia atrás. El hombre había cogido velocidad y estaba caminando deliberadamente hacia ellos.
Legolas buscó en su abrigo y sacó una larga daga élfica. Kate se quedó sin aliento. Hasta ahora, Legolas no había creído necesario informar a Kate de que iba armado.
— ¡No puedes hacer eso! ¡Guárdala!— siseo Kate.
— ¿Tienes una idea mejor?— Preguntó Legolas, mientras contemplaba al hombre. Kate miró frenéticamente a su alrededor. Sus ojos registraron varias parejas que estaban caminado de la mano por las orillas del río.
—Bésame—, dijo ella.
Legolas se distrajo momentáneamente al oír lo que sugería, pero por su expresión se dio cuenta de que hablaba en serio. Viendo que no había otra alternativa, Legolas se acercó a ella. A pesar de sus palabras, Kate instintivamente se retiró hasta que tropezó con la barandilla del puente. Sus ojos se desviaron hacia el hombre que continuaba acercándose y entonces miró a Legolas, ofreciéndole una sonrisa tímida.
Legolas recorrió el espacio que los separaba y bajó sus labios hasta tocar los de ella. La dulce suavidad que había en ellos cogió a Legolas por sorpresa. Y los sentimientos que se despertaron dentro de él lo sorprendieron hasta tal punto que tuvo que retirarse inmediatamente y se quedó mirando a Kate con asombro.
El sonido acerado de los pasos mientras el hombre caminaba por el puente sacó a Legolas de su ensimismamiento y rozó sus labios con los de ella en otro beso. Sintió como las manos de Kate se aferraban a la parte delantera de su camisa mientras sus labios exploraban con indecisión los de ella. Y aunque Legolas era sumamente consciente del peligro de su situación, apenas le dedicó al hombre un pensamiento pasajero mientras el sonido de los pasos se acercaba y luego disminuía por la distancia.
De mala gana, Legolas se obligó a separarse de Kate. Durante un largo instante, ella permaneció apoyada contra el puente, con las manos agarrándose a la barandilla mientras recuperaba la respiración.
—Eso ha sido mucho menos desagradable que clavarle una daga en las tripas, ¿no crees?— Dijo Kate, con una voz aguda.
—Admito que si hubiéramos usado tus tácticas para prevenir la confrontación durante la Tercera Edad, la Tierra Media habría sido un lugar mucho más feliz—. Bromeó Legolas.
Kate dejó escapar una débil carcajada. Legolas estudió las calles de la ciudad. No había rastro del hombre. Tras decidir que el peligro había pasado, Legolas le ofreció su brazo a Kate. Ella lo tomó, aunque Legolas no pudo evitar darse cuenta de que evitaba su mirada.
