Renacer 47: Errores que condenan.
Camus tenía bastantes obligaciones, o al menos la cantidad justa para alguien de su rango. Se consideraba un tipo responsable, que lejos de tomar el trabajo como una imposición, lo veía como un honor. Si alguien confiaba lo suficiente en él como para darle una labor y hacerle responsable de ella, entonces, se esforzaría por honrar dicha confianza.
Así que cuando Shura pidió del modo más disimulado y, prácticamente suplicando, por su ayuda, debido a la ausencia de Saga, al acuariano no le costó aceptar.
Después de todo, los rumores detrás de la ausencia de Saga y el mal genio de Aioros había corrido como pólvora por todo el Santuario. No había nadie que no hablase al respecto, como si fueran incapaces de guardarse una opinión que nadie había preguntado. Y, si debía decirlo, en el campamento de las amazonas, los chismes parecían incluso peores. A Camus le costaba entender como un grupo tan marginado, como lo eran las Korees, y con tantas carencias, podían ser tan destructivas con su propia especie.
Al menos, estar encerrados en la cabañita les blindaba un poco de la explosividad de los rumores. La compañía de Shura alivianaba el trabajo y, dentro de todo, Camus se sentía a gusto con su compañía. Incluso los silencios eran agradables.
—¿Crees que Saga vuelva pronto por aquí? —Shura se desperezó. Llevaba un largo rato sentado, trabajando.
—No lo sé. Dada la capacidad con que los chismes corren en esta parte del Santuario, lo dudo. —Y eso que ni siquiera se habían puesto a considerar la cercanía de la cabaña de las amazonas en cuestión.
—Todo lo que sucede es terrible. Jamás pensé que Aioros y Saga volverían a separarse.
—Ambos están realmente mal.
—Lo sé. —El español apoyó los brazos sobre su escritorio y tomó un semblante pensativo. —Eso es lo peor, ¿sabes? Que se quieren y se necesitan, pero esto…
—Habrá que darles tiempo para pensar… y suplicar porque no empeore.
—No podría empeorar. —Pero la mirada que el acuariano le dirigió lo hizo sentir ingenuo. Shura arrugó la nariz con disgusto. —¿Qué opinas de todo esto?
—No tomo bandos, Ni creo que Saga y Apus hayan tenido, o tengan, una relación a espaldas de esos dos, ni creo que simplemente Aioros y Caelum hayan enloquecido de la nada. Algo sucedió, aunque probablemente nunca sepamos qué fue. Solo podría decirte que, cuando algo como lo que tenían se rompe, es porque se han cometido muchos errores, muy probablemente en ambos bandos.
El español lo escuchó sin replicar una sola palabra. Pensó en todo lo que se había enterado en los últimos días, desde la visión hasta las sospechas de Aioros. Ciertamente era difícil de comprender y, siendo amigo de ambos, también era difícil no tomar partido.
Chasqueó la lengua mientras meditaban en las palabras de Camus. Quizás debía seguir su filosofía y permanecer imparcial.
—Te diré algo curioso. —Shura no solía meterse mucho en asuntos ajenos, pero consideraba que el Santo de Acuario era su amigo y solo por eso, preguntaba.
—Escucho.
—Para ser amigos tan... cercanos, nunca nos hablas mucho de tu vida privada. —Camus, que estaba entretenido releyendo unos viejos papeles, dejó a un lado su lectura y se quitó las gafas. Por un segundo, el español se pensó que iba a contradecirle, pero en un gesto inusual, el francés le sonrió.
—Mi vida privada no es la mitad de interesante que la de otros.
—La mía tampoco y aún así...
—Bueno, bueno, ¿qué quieres saber? —Su disponibilidad para responder a sus cuestionamientos sorprendió al Capricornio. Decidió tomar la oportunidad y despejar una duda que traía atravesada en la cabeza. El problema era que no tenía la menor idea de cómo plantearla.
—Nada en particular. Solo... ¿cómo te va?
—Bien, creo. No me quejo.
—Oh, sí… es que… Lo que quería preguntar es que…—balbuceó. Su reacción hizo que Camus le prestara más atención. Shura supo que lo estaba estropeando y se apresuró a continuar. El acuariano parecía urgirle con la mirada. —Lo que quería preguntar es: ¿cómo van las cosas con Alessandra?
Su pregunta dejó momentáneamente mudo a su amigo, lo cual en sí, no era sencillo de lograr. La inusitada reacción hizo que el español se arrepintiera casi de inmediato, pero era tarde ya. El cuestionamiento estaba en el aire.
Sin embargo, sus preocupaciones se desvanecieron rápidamente, cuando Camus recobró el semblante serio e indiferente que le caracterizaba. Encogió los hombros y volvió a acomodarse en su butaca—o, mejor dicho, la butaca de Saga—, para continuar su lectura donde la había dejado.
—Alessandra y yo ya no estamos juntos—aseguró, sin hacer gala de ninguna emoción en particular. Shura, en cambio, se quedó pasmado.
—¿Me estás diciendo que has terminado con ella?
—Te estoy diciendo que ya no estamos juntos. Quien terminó con quien, no es asunto tuyo. —Y así era Camus: contundente, cortante y sin rodeos. Por supuesto, Shura sabía que había sido él quien dio por terminado todo. Simplemente lo sabía.
—Alessandra es una monada. Sabías que me gustaba, te la ligaste y ahora terminas con ella.
—Suele suceder. No todas las relaciones son cuentos de hadas, Shura. Además, no sé a qué vienen las quejas. Estás muy bien acompañado últimamente.
—Ese no es el punto... —Shura se sonrojó. Camus, a pesar de su habitual seriedad, sonrió para sus adentros.
—¿Y cuál sino?
—Pues...
Sin embargo, no le alcanzó para decir mucho más. En ese preciso instante, la puerta de la cabaña se abrió y una melena roja como el Sol apareció a través de ella.
—¡Estoy aquí! —Eire entró con pasos decididos y una bolsita en las manos. Oteó en la habitación con presteza, solo para la emoción que denotaba su cuerpo se esfumara un segundo más tarde.
Ambos santos la escucharon bufar tras la máscara. A Shura el desencanto le resultó a divertido, mientras que Camus no tenía la menor idea de lo que estaba pasando.
—Eire—saludó el español—. Me alegra verte, aunque parece que no vas a decirnos lo mismo.
—Pensé que Saga estaría aquí. Lo he visto andando más seguido por el Coliseo y esperaba que volviera pronto. Le traje unas gelatinas.
—Pues no está, pero nosotros sí. ¿Vas a invitarnos o vas a llevártelas? —Detrás de la máscara, la chica torció la boca. Se llevó las manos a la cintura, en un gesto de pura decepción.
—Ya que estoy aquí supongo que lo mejor sea comerlas, o se derretirán.
—Si lo pones así, parece que nos invitas por pura resignación.
—Eh, que les invito y no es para menos. —Sonrió, traviesa. Pero, de pronto, reaccionó a la presencia de Camus. Éste la observaba en silencio, con aquella mirada tan suya que hacía que cualquier se sintiera un bicho raro.
—Oh, lo lamento. —Shura reaccionó de inmediato. —¿Os conocéis?
—No personalmente, pero todo el mundo conoce a los habitantes de las doce casas. Soy Eire. —Le tendió la mano. El francés correspondió.
—Camus de Acuario.
—Bien, Camus de Acuario, veo que eres un tipo muy formal. Dime, ¿te apetece una gelatina? Las hay de cereza, limón y uva. Te recomendaría la de limón. Tu lengua verde combinará con tu pelo. Además la de cereza es mi favorita, así que es mía, y la morada para Shura, solo porque sí. Me gusta ver cuando la lengua le queda de color púrpura. Es gracioso. Le quita seriedad.
—Cualquier sabor está bien. Gracias—musitó, pensando que la joven amazona hablaba demasiado. Cada vez que abría la boca un montón de palabras desbordaban de sus labios con una velocidad pasmosa.
—Ten.
Y, contra todo pronóstico, fue todo lo que escuchó de ella. Tomó con cierto recelo el postre, no sin echar una mirada repleta de preguntas hacia Shura.
Pero, casi de inmediato, regresó su atención a la amazona. Los ojos de la máscara estaban fijos en él y, aunque el francés era incapaz de verle la mirada, tenía la impresión que era tan demandante como el rostro de plata que la cubría.
—¿Qué?—preguntó al fin, incómodo ante la insistencia.
—¿Vas a darte la vuelta?
—¿Por qué?
—¿Por qué? ¿Eres nuevo? Quiero comer mi gelatina y no puedo contigo mirándome.
—Oh…
—Venga, date vuelta.
—¿En serio?—musitó él, no porque desconociera las normas, sino por el sorpresivo autoritarismo de ella. Eire asintió con determinación. —Vale…
La respuesta brotó de sus labios con una resignación tan inusual en el francés que resultó imposible para Shura contener la risa.
Sin embargo, mucho antes que la carcajada del español estallase, la risa desparpajada de la amazona inundó la habitación. Camus, quien se encontraba en pleno intento de darle la espalda, se detuvo y su única reacción fue dirigir una mirada severa a la mujer en cuestión. Sabía que todo había sido una burla.
—¡Fue una broma! —Se defendió ella al reparar en su expresión adusta. —¡Vosotros los dorados sois simplemente adorables! Sabéis manejar a los tipos mas poderosos, pero cuando os topáis de frente con una mujer, os veis superados.
—Eso no ha sido gracioso—ladró el francés. Pero lo cierto era que no contaba con el apoyo de Shura. El español a duras penas evitaba partirse de la risa.
—Vamos, hombre, no lo tomes en serio… —Y sin pensarlo mucho más, Eire se arrancó la máscara, solo para mostrarle la lengua con travesura y, de inmediato, meterse una gran cucharada de gelatina a la boca. —No vas a salir corriendo, ¿verdad?
—¿Debería?
—No, soy inofensiva… A menos que te enamores de mí, claro está. No creo que puedas sobrellevarlo, Camus de Acuario—dijo Grulla entre balbuceos, sin sacarse a cucharilla de la boca.
Camus levantó una ceja y la miró, con una mezcla extraña de fastidio, sorpresa e interrogación. Las amazonas eran todas seres extraños que jamás terminaría de comprender… pero algunas de ellas eran casos realmente particulares.
Buscó por Shura en busca de respuestas, pero éste no se las dio. Solo se encogió de hombros y ahogó su sonrisa con un poco de su propia gelatina.
-X-
Su cuerpo cayó pesadamente al suelo, levantando una nube de polvo rojizo. Apretó los dientes y permitió que su quejido se ahogara bajo la protección de la máscara.
Había sido torpe al no ver llegar aquel golpe. Para cuando reparó en el puño de Moses, evadirlo era imposible. Impacto de lleno contra ella, con una fuerza que la superó. Lo siguiente que Naiara supo fue que estaba en el suelo del Coliseo, boqueando por aire y con un golpe en pleno torso que seguramente dejaría una marca. Se llevó la mano a las costillas mientras luchaba por incorporarse. Detrás de la maraña que era su melena oscura, divisó a su compañero, quien la observa del otro lado de la arena.
Gruñó, disgustada con la situación, tanto consigo misma.
—Bueno, bueno, ya es suficiente. —Oyó la voz de Milo y lo vio avanzar hacia ella. —Creo que es todo por hoy, chicos. Os habéis ganado un descanso. Caelum, ¿estás completa? ¿Necesitas ayuda para respirar?
—Estoy bien—musitó ella. Al menos eso fue lo que sus labios dijeron, pues todo el cuerpo le ardía mucho más que su orgullo.
—Venga, déjame ayudarte. —Le tendió mano. Ella aceptó.
—Gracias. Ha sido un mal golpe.
—¿Malo? Terrible diría yo.
—Estaba distraída.
—Se nota.
Naia se incorporó en completo silencio. Milo tampoco habló, solo la observaba. Jamás, nunca, desde que recordaba, había sentido que los segundos pasaban tan lento en compañía de Milo.
Era también cierto que sus ojos azules se sentían penetrantes y llenos de una curiosidad que a la amazona le resultaba acusadora. Después de todo, no podía olvidarse que, si bien eran amigos y era ella la que se sentía herida en sus asuntos con Saga, Milo era su hermano, y eso podía más de lo que ella pudiera decir o hacer. Tampoco era su intención forzarlo a tomar un bando. Sus asuntos eran de ellos y de nadie más.
—Oye, quería agradecerte...—El peliazul entrecerró los ojos, interrogante ante su voz. —Gracias por no preguntar...
—No es como que sea muy necesario preguntar. Solo hay que afilar las orejas y escuchar lo que se dice.
—¿Y crees lo que se dice?
—Lo cierto es que no.
Naia apretó los dientes sin siquiera darse cuenta. Lo último que deseaba era dar más explicaciones. Había dado las suficientes, a aquellos que le importaban, pero no podía repetir todo de nuevo. Ya no tenía respuestas.
Calló, confiando en que Milo interpretaría su silencio. A últimas fechas, todo lo que le quedaba era callar.
—Mira, Caelum, yo no sé qué haya pasado, la verdad es que tampoco es mi asunto. —Aunque de algún modo, lo era. Aioros y Saga eran sus hermanos, y a Naia le tenía cariño. —Pero sé que los cuatro sufrís y eso no me gusta. Me cuesta creer que si os duele tanto, si os hace tanto daño, si tanto os extrañáis y decís que os queréis... esto no pueda tener arreglo. Y mira que no hablo solo de Saga y ti, o Aioros y Apus. Hablo de vosotras como hermanas y ellos como hermanos.
—Lo que ha pasado fue...
—Tuvo que ser terrible. No sé si esté a la altura de los rumores, pero si es así... Dioses, Caelum. ¿Qué demonios? —Pero ella no respondió. No sabía cómo hacerlo. —Lo que se dice, ¿es la versión oficial?
—Se dicen muchas cosas.
—Ya, pero sabes a que me refiero. ¿Aioros y tú en serio pensáis que esos dos os han engañado? —Naiara se tensó de tal modo que resultó imposible que el santo no cayera en cuenta. Milo se sobó los ojos y reconsideró sus palabras. —Lo que quiero decir es que, después de todo lo que Saga ha luchado por ti, me resulta estúpido que haga algo así. Saga no hace estupideces… al menos no la mayor parte del tiempo. —Sonrió con la esperanza de contagiar su sonrisa a la amazona, pero la máscara le impidió ver si había tenido éxito. Milo casi lo agradecía; no estaba seguro de que el buen humor fuera contagioso en esos días. Chasqueó la lengua. —Ey…
—No, está bien.
—No, no lo está. Lo que se dice por aquí es ciertamente horrible. —Y ahí tenía él a Shaina a su lado para enterarse de cada oscuro detalle y más. A veces, y solo a veces, Milo se preguntaba si la Cobra se inventaba todo aquello, o si realmente los rumores circulaban de un modo tan increíble por ahí afuera.
—Cada cual parece tener su versión del asunto.
—Sí, aunque la vuestra no es menos peor. ¿Cómo habéis llegado a la salvaje conclusión de que estáis siendo engaños?
—Es una larga historia...
—Tengo tiempo.
Naia suspiró. Se mordió el labio con ansiedad y miró por encima de su hombro, en busca de todas esas miradas que siempre parecían estar sobre ella.
Milo notó su ansiedad y, en un intento de calmarla, le palmeó el hombro. Por supuesto, sabía que no era suficiente, pero mucho más no podía hacerse. Si todas las cosas que esa mujer suya le había contado resultaban ser ciertas, entonces estaban ante un verdadero lío, del que no podrían salir aún con la ayuda del hilo de Ariadna.
Caminaron juntos hasta el abrigo que proveían las entrañas del Coliseo. Era un sitio usualmente solitario a aquellas horas, donde podían hablar con un poco de libertad.
Naia le contó la historia de pies a cabeza, tratando de no omitir detalle alguno. Tuvo que detenerse en muchas ocasiones, cuando la voz se le quebró y los ojos violetas que guardaba tras su máscara se inundaron de lágrimas. Milo, mientras tanto, escuchó atento y sin interrumpir. De vez cuando arrugó el ceño o frunció los labios, pero no dijo más. Su mente se hizo rápidamente un panorama de lo que había sucedido.
—Dioses, ¿todo eso ha pasado en estos días?—musitó cuando ella hubo terminado de hablar—. ¿Cómo demonios no nos hemos enterado sino hasta ahora? —La amazona solo encogió los hombros y desvió la mirada.
—No creo que fuera asunto de nadie más.
—Tal vez, pero a cómo van las cosas... ¿Quieres que sea sincero contigo?
—Si debes serlo.
—Lo seré porque te considero mi amiga también. Tus líos son con mi hermano; son vuestros, no míos. Aún así... creo que os habéis equivocado al saltar tan rápido a conclusiones. A pesar de todo, supongo que vuestras razones tuvisteis. Solo quisiera que las cosas se arreglaran. Todo iba tan bien, y ahora...
—Lo siento.
—Y yo, de verdad. —Milo posó las manos sobre los hombros de la morena y apretó con suavidad, esperando reconfortarla. —Pero lo hecho, hecho está. Todo este desastre habrá de arreglarse, de una forma u otra—y deseaba, con todas sus fuerzas, que se arreglara del mejor modo para todos—, y es hora de hacer frente a las decisiones que habéis tomado. Llorar está bien para desahogar el corazón. Sin embargo, no soluciona nada. Si crees que has tomado la mejor decisión, entonces llora todo lo que tengas que llorar, porque el desamor duele. Pero después levanta la cabeza y mira al futuro. —La tomó del mentón y la obligó a levantar el rostro. Sonrió sin saber si era correspondido.
Sin embargo, todo lo que su cabeza podía pensar era: ¿y si no? ¿Y si se habían equivocado? Entonces vaya que iba a ser difícil vivir con ello.
-X-
Sin darse cuenta, se rascó con cierto nerviosismo los puntos de la sien. Inmediatamente siseó con disgusto. Enredó sus dedos en la melena, se apartó los mechones azules que le caían por el rostro y, entonces, suspiró. A sus espaldas quedaba la escalera zodiacal, la seguridad de su casa y los templos amigos. Sabía que dando únicamente un paso más, la cruda realidad del Santuario caería sobre él sin ninguna piedad. Pero Saga se había resignado.
Era un tipo inteligente, con un cerebro privilegiado, sin embargo, eso no significaba que de cuando en cuando no fuera capaz de comportarse como un idiota adolescente, y se dejará en evidencia frente al mundo. Alguien le había dicho alguna vez, que el peor enemigo que se podía tener, era uno mismo. Y, tristemente, estaba de acuerdo.
Uno mismo, y todos los estúpidos rumores acerca de él, claro. A como lo veía, el concepto que tenía de él el Santuario, era cuanto menos contradictorio. Sabía que era respetado y admirado. Más era de sobra consciente de que sobre todo era temido y mirado con recelo. Eso hacía que cada paso que diera, o cada palabra que pronunciara, fuera analizada en profundidad por aquella multitud de ojos y oídos que no le conocían y no entendían nada de lo que sucedía con él, pero que no le daban tregua.
Por eso, las palabras eran especialmente peligrosas en su caso. Había visto y escuchado suficiente como para saber que la palabra "traidor" rondaba muy a menudo por las cabezas de la mayoría cuando posaban sus ojos en él. Tampoco podía culparles exactamente. El fantasma de Ares nunca le abandonaría, ni tampoco el terror que les había causado… y él nunca había pedido la opinión de nadie para nada, había actuado según sus propias directrices, haciendo lo que consideraba necesario hacer, sin importar cuánto se manchara las manos. En cierto modo, la desconfianza era lógica.
Sin embargo, había cosas mucho más personales que nada tenían que ver con aquellos temas escabrosos que estaban terminando por dilapidar la confianza que el Santuario pudiera tener en su persona. ¿Cómo iban a confiar en él, si había traicionado a Aioros de esa forma? ¿Al que decía su mejor amigo?
Saga ahogó un gruñido. No importaba que todo eso fuera mentira. La semilla de la discordia ya se había sembrado, y para ese pequeño mundo en que vivían, él y Deltha eran culpables. Y lo peor de todo, era que siempre lo serían. Por mucho que quisiera remediarlo, no habría forma posible de hacer que cambiaran de opinión. ¿Por qué iban a hacerlo? En realidad, les daba igual. Solamente era un tema morboso más… y a nadie le importaba si en realidad era inocente. Después de todo, si el rumor había empezado… por algo sería, ¿no?.
Se adentró por las calles de Rodorio, con las manos heladas protegidas por las mangas de la chaqueta. Apenas le prestó atención a nadie, aunque todos le prestaban atención a él. Tragó saliva, consciente del escrutinio al que le sometían aquellas miradas, pero continuó perdido en sus pensamientos. Era lo único, y lo mejor, que podía hacer.
Odiaba la forma en que el mundo les veía, o le veía. Pero al menos, tenía algo a su favor. Le necesitaban, y no había nadie que no tuviera ese pequeño detalle en cuenta. Y si algo malo sucedía, o una guerra estallaba, era a él a quién querían cerca. Era, probablemente, el único beneficio que tenía ser un santo dorado en su situación. El rango y la armadura le protegían. Aunque fuera un poco. No tenía que escuchar aquellos comentarios de modo directo, entre otras cosas, porque nadie tenía el valor para hacerlo de frente. Pero… ¿qué pasaba con Deltha?
¿En qué había estado pensando él todos esos días de autodestrucción? En él. En nada más. Había sido terriblemente egoísta, y solo había reparado en ello cuando había abierto los ojos aquella mañana, y se había topado con la mirada penetrante de Mickey, mirándolo acusador desde la mesilla.
Deltha, probablemente la amazona que menos amazona se sentía de todas, una mujer más fuerte de lo que ella misma pensaba… pero que en el Santuario, se sentía como una niña indefensa y abandonada. En el pasado había contado con la inquebrantable compañía de Naia, de Aioros y de Nikos. Ellos la habían mantenido a flote, y la habían dado una razón para permanecer ahí y luchar día a día. Una familia. Pero…. ¿ahora? ¿qué la quedaba?
Su mente le gritaba la palabra "nada" una y otra vez, y el nudo en la garganta que le provocaba, le había hecho entender. Deltha solamente le tenía a él. ¡Y era irónico! Porque Saga no se sentía capaz, o merecedor siquiera, de semejante privilegio. No sabía cuidar de nadie, y estaba claro que tampoco de sí mismo. Él solamente sabía pelear, sangrar, matar, morir... Destruir. El resto, era un completo misterio y ahora…
Suspiró de nuevo cuando se detuvo frente a la puerta que buscaba.
Ahora no tenía la menor idea de qué debía hacer. Solamente tenía claro que quería ayudarla, que quería estar ahí para ella. Cuidarla, y evitar que se sintiera tan sola. Aunque aprender a hacerlo le resultara casi una tarea titánica.
Empujó la puerta, y el sonido de las caracolas que colgaban del techo, tintineó en la pequeña tienda. Los ojos de la joven dependienta, y de sus dos acompañantes se fijaron en él de modo inmediato. Agacharon la cabeza respetuosamente como siempre que lo veían y mantuvieron silencio por unos segundos, impresionados por su presencia. Después de un tímido saludo, Saga se perdió entre las estanterías repletas de regalos, y solo entonces retomaron la conversación con cierta timidez. Aunque nunca dejaron de observarlo.
Él, mientras tanto, paseó sus ojos de acá para allá. Había tantas cosas, que no sabía ni por dónde empezar. Pero entonces, atisbó el rincón que buscaba. Al fondo de la tienda, un estante repleto de peluches parecía esperarle. Se acercó hasta allí, y cuando apenas estuvo a un par de pasos, alzó las cejas.
¡No había imaginado que hubiera tantos! ¡Por los dioses! Eran un pequeño ejército, y los había de todo tipo. Grandes, pequeños, suaves, de felpa, ositos, conejos, koalas, vacas, perros… ¡¿Cómo demonios iba a elegir uno?!
Si tenía que confesar, debía admitir que todos le parecían de lo más monos, y no terminaba de hacerse a la idea de cuál sería el peluche perfecto para Deltha. Es decir… Naia tenía al Señor Orejas, la gustaban los conejitos, pero…
—¿Necesitas ayuda…? —La voz cantarina de la dependienta, le sobresaltó.
Rápidamente se giró en su dirección, hasta que se topó con dos enormes ojos color miel que lo miraban interrogantes.
—Pues…—atinó a decir. Imaginó que su cara de póker fue obvia y cómica, porque a ella le resultó difícil no reírse: disimuló una sonrisa lo mejor que pudo, pero no tuvo mucho éxito en ello.
—¡Perdón! —Se apresuró a decir, inclinando de nuevo el rostro.
—No, está bien… no pasa nada. Lo cierto es que…
—¿Es un regalo? —Saga asintió. Tan nervioso como confundido. No estaba acostumbrado a tratar mucho con los aldeanos, y el hecho de que la mujer lo tratará con tranquilidad, y sin esa distancia que muchos interponían, le provocaba sensaciones encontradas y le confundía. Era inesperado. —¿Le gusta algún animalito en especial?
—Pues lo cierto es que… —Se sopló el flequillo. Trato de imaginar a Deltha abrazando a cualquiera de aquellos muñecos… y se sintió aún más confuso. Todos parecían perfectos para ella. —¿Alguno abrazable? —Una nueva sonrisa se esbozó en el rostro de la mujer.
—Entonces descartaremos los grandotes, y los más pequeñajos. Estos de aquí son… —Tomó un oso y lo atrajo hacia sí, dibujando un gesto aniñado que sorprendió al geminiano. —Fantásticos. Además, mira… —Se lo acercó al rostro, sin reparos. —Dentro tienen hierbas aromáticas. ¡Huelen fantástico y son relajantes!
—Oh…—atinó a decir.
—Creo que… mejor te dejaré a solas para que escojas—dijo ella, tal y como si hubiera adivinado lo raro e incómodo que se sentía.
—Gracias…
Después, la observó marchar hasta el mostrador con una enorme sonrisa en el rostro. Mas la pareja de ancianos que la acompañaban, no dejaban de observarlo. ¡Le estaban poniendo nervioso! ¿Cómo iba a elegir el peluche perfecto para Apus con semejante presión? ¡No podía pensar! Chasqueó la lengua con disgusto, y enredó entre los muñecos.
Pasó unos minutos interminables frente al estante, con un koala en la mano derecha y un pingüino en la izquierda. Miraba de uno a otro alternativamente. ¡No lograba decidirse!
Vamos, Géminis. Puedes hacer esto. Se dijo mentalmente. Gruñó de nuevo, y cuando estaba a punto de huir del lugar a toda carrera, un par de ojitos negros lo miraron de vuelta.
Saga ladeó el rostro, vio de nuevo del koala al pingüino, y finalmente les devolvió a su lugar. Atrapó al dueño de aquella mirada y lo alzó frente a sus ojos. Era el mono más simpático que había visto jamás. Apretó la barriguita del muñeco, lo olió… y volvió a contemplarlo. El monito le sonreía de vuelta. Era una sonrisa tierna, pero también pícara. Igual que la de Deltha.
Saga imitó el gesto, y pronto se encontró asintiendo. Era él. Porque el nuevo amigo de Apus, era un monito niño. Eso estaba claro. Giró sobre sus talones, y se acercó hasta el mostrador.
—¿Tenemos un elegido?
—Lo tenemos—dijo orgulloso, tendiéndoselo a la joven.
—¡Ah! ¡El monito! Es una excelente elección. Le encantará. —La chica le guiñó un ojo con complicidad. Él alzó las cejas, descolocado. Hubiera jurado que no había hecho o dicho nada que delatara quien era el destinatario de aquel regalo, pero… —¿Quieres que lo envuelva?
—Sí, por favor. —Ella asintió. —Oye, ¿podrías…?
—¿Si?
—¿Podrías ponerle ese lacito azul en la cola?
—¡Por supuesto!
Sonrió satisfecho. Después, se alejó unos pasos, y perdió la vista en la colección de imanes del expositor.
—¿Diodoro, dijiste? —La voz del anciano llegó a sus oídos.
—Sí, sí, abuelo. Esta misma mañana vi como sacaban el cuerpo de la casa. Ningún barco abandonó el puerto hoy.
—El viejo parecía estar bien hace un par de días, estuve con él en el mercado, Fiale.
—Lo sé, pero parece que enfermó y… —La ensortijada melena castaña de la joven se agitó con gracia cuando se encogió de hombros.
—Es este clima—masculló la otra mujer—. Nos enterrará a todos.
—Solamente es un invierno duro. Hemos pasado por otros peores… —Y por un instante, Saga no supo si continuaban hablando del clima.
—Yo solo sé que hay más enfermos. ¡Apenas pueden moverse! Diodoro estaba sano y fuerte como un chiquillo hace dos días.
—¡Las mujeres sois tan exageradas!—exclamó él—. Simplemente estamos viejos.
—¡Ya, ya! Estas cosas pasan—replicó la chica, Fiale—. Dejemos el asunto, ¿de acuerdo?—musitó. Después, volteó a verlo a él. Carraspeó. —¿Saga? —El nerviosismo fue evidente en su voz. ¡Lo cierto era que no tenía la menor idea de cómo referirse a un Santo de su rango! —¿Está bien que te llame así? No sé si…
—Sí, sí, no te preocupes. —Se acercó al mostrador y se encogió de hombros. —Es mi nombre.
—Menos mal… —Suspiró. Le tendió la bolsa de papel. —Ahí lo tienes. No tienes que pagarme nada, es…
—Gracias, pero… —Dejó el billete sobre el mostrador, y dibujó una sonrisa amable. Por un momento, se sintió como quince o dieciséis años atrás, cuando Aletia se empeñaba en regalarles los helados. —No tienes que regalarme nada—dijo con suavidad—. Tened un buen día.
Luego, fue él quien inclinó suavemente el rostro, y se marchó. Podía ser una calamidad con un ego del tamaño de la luna, pero había recibido la educación de un rey. Ellos, los santos, vivían para los mortales... para esos hombres y mujeres que trabajan día a día para vivir en una aldea que parecía sacada de los libros de la antigüedad: con sus beneficios… y los peligros que ello acarreaba. Les debían respeto.
Satisfecho con el resultado de su aventura, alzó el rostro y echó a andar. Misión cumplida.
Peluche cero. Saga uno.
-X-
—¡Ajá! ¡Ahí está! ¡He aquí la más reciente super estrella del Santuario! ¡El hombre capaz de tumbarse a Saga de una patada! ¡El cangrejo más temerario! ¡Aquel que no…!
—Ya, ya, córtale, Kanon—ladró Ángelo—. ¿Cuántas veces te han dicho que eres un tipo molesto?
—Algunas pocas. —Sonrió el aludido con desvergüenza.
—Pues no las suficientes.
—¿Estás enojado? ¿Vas a abrirme la cabeza de una patada?
—Ya quisiera.
—Eh, si lo dices así, podría ofenderme.
—¿Por qué habrías de hacerlo? No es como que fuera el único que, de vez en cuando, desea caerte a patadas. Hay una larga fila para eso, Kanon.
—Vamos, vamos, tranquilos los dos—intervino Afrodita. Se situó en medio de ambos y levantó las cejas con curiosidad cuando escuchó a Ángelo bufar.
—Fue un accidente, ¿vale? No pensé que Saga se tragará Acubens con tanta facilidad. Usualmente es más listo y hábil que eso. No fue culpa mía—gruñó el cangrejo, mientras cruzaba los brazos por encima del pecho.
—Quizás sí es tu culpa. No consideraste que la mitad de su sangre es alcohol todavía—terció Afrodita.
—Cierra el pico, florecita.
—Bah, deberías tomar más crédito. —El geminiano tomó la palabra de nuevo. —Alcoholizado o no, no cualquiera consigue lo que has hecho.
—¿Estás de broma?—ladró una vez más ante la sonrisa desvergonzada del gemelo.
—Es posible. Aunque no creo que bromearía con algo así.
Ángelo soltó una maldición en su lengua madre que, incluso a los oídos de Kanon, sonó especialmente sucia. Meneó las manos en el aire y dio la vuelta, dispuesto a marcharse de ahí.
Afrodita marchó tras de él, lo suficientemente cerca como para no perderle el paso, y lo suficientemente lejos como para que sus maldiciones le resonaran en los oídos; y detrás de ellos, fue Kanon. Era obvio, en el mohín de diversión en su rostro, que se lo estaba pasando en grande. Al santo de Piscis tampoco le resultaba del todo aburrido.
—Oye, Ángelo, no te pongas así—dijo por fin el peliazul.
—¿Y cómo más voy a ponerme? Si estás jodiendo...
—Era una broma. En realidad, me muero de curiosidad por saber que ha pasado—admitió mientras la daba alcance. Afrodita también apuró el paso y marchó hombro con hombro, con ellos. —Saga al fin salió del agujero en que se había metido y, al parecer, la única persona con la que realmente ha hablado, o pasado tiempo, es contigo. Tienes que admitir que tú no eras la primera opción para que eso sucediera.
—¿Debo darte explicaciones por ello? —Pero Ángelo no ralentizó el paso, sino lo contrario.
—Solo quería saber que puedes contarme.
—Corrección: quieres ver que puedes sacarme.
—Sí, eso también. —El peliazul se encogió de hombros y Afrodita no se guardó una sonrisa.
—Eras la sutilidad encarnada, Kanon.
—Sabes que las sutilezas no son lo mío, florecita.
—Solo Ángelo me llama así.
—Eso crees tú.
—En todo caso, es un derecho que hay que ganarse.
—¿Y cómo debo llamarte? ¿Frofro? —Una mueca de disgusto se dibujó en el hermoso rostro del santo más joven. Kanon sonrió. Había tocado un nervio. —Frofro será.
—Kanon...
Pero se vieron forzados a detener su intercambio de palabras cuando cayeron en cuenta de que Ángelo había arreciado el paso y les sacaba ventaja. De inmediato, se miraron, declarando una tregua, antes de ir tras de él.
Para el santo de Cáncer, ambos eran molestos. No porque no quisiera hablar al respecto de Saga, o incluso chismosear un poco al respecto, sino porque no podía. En los últimos días, todo lo que sabía, lo que había visto o escuchado acerca de la situación del gemelo, le resultaba personal. Estaba en una situación en la que se sentía el intruso observador de una parte de la intimidad del gemelo que hasta entonces le era desconocida.
Además, de algún modo, aunque fuera con escuetas palabras y frases a medio decir, Saga había confiado en él. Confiado.
Ni en sus sueños más lejanos, Ángelo había llegado a pensar que algún día sería merecedor de esa confianza de nuevo. Pero Saga se la estaba obsequiando de nuevo y él no estaba dispuesto a perderla otra vez. Si algo había aprendido gracias a la resurrección, era a tener cuidado para evitar repetir sus errores.
—¡Vamos, Ángelo! Cuéntanos algo. No eres el único preocupado por Saga.
—No dije que lo fuera.
—¿Entonces?
—Entonces nada. —Se detuvo de pronto, obligándolos a hacer lo mismo. —No hay nada que contar. Realmente no hablamos de mucho. Le curé la herida, le invité un cigarrillo y... —Se sopló el flequillo. No tenía claro qué más debía decir.
—¿Y?
—Y... le dije que le creía.
—¿Qué le creías?—preguntó Afrodita con interés. Ángelo asintió.
—Lo que se habla en el Santuario...—No iba a darle importancia repitiéndolo. Aquel terrible rumor no lo merecía. —Sé que Saga es inocente.
Kanon y Afrodita arrugaron el ceño casi a la vez, en un gesto que borró las sonrisas de sus rostros.
El italiano chasqueó la lengua, apartando la mirada. No estaba seguro de que ninguno de los dos entendiera nada. ¿Cómo podrían? Ninguno había visto o escuchado lo que él.
—Suenas muy determinado.
—Lo estoy y tú también deberías, Kanon. Tú le viste, viviste con él lo que pasó. No puedes decirme que, después de todo lo mal que lo pasó, no estaba siendo sincero.
—No dije eso.
—Y, entonces, ¿por qué te sorprende que yo le crea?
—Me sorprende que a él le importe que le creas. —Notó de inmediato la tensión en la mandíbula del italiano cuando sus palabras le salieron de los labios y se apresuró a continuar. —No te ofendas, pero hasta ahora, no has sido de sus personas favoritas, ni tampoco de aquellas cuya opinión les sea más invaluable. Pero, de pronto...
—Saga solo necesita alguien que tome su palabra sin importar qué—interrumpió Ángelo—. Eso fue lo que hice y fui sincero. Sé que Saga no hizo nada malo y se lo he dicho. Si eso le basta, o le ayuda, me alegra. Lo ha pasado realmente mal.
A Kanon le resultó imposible negarle la razón. Después de la debacle que había atestiguado en Géminis, resultaba difícil pensar de un modo distinto al de Cáncer.
Se rascó la cabeza y bufó. Le pareció que Ángelo pasaba de él y que, toda la situación en sí, era irritante. Pero más allá de la incertidumbre, había algo que le calmaba un poco los nervios… al menos provisionalmente. Saga parecía haber reaccionado, lo cual en sí, no era poco.
-X-
Shion había aprovechado la tregua que les había concedido la lluvia aquel día, para salir a caminar. Siempre le había gustado... Pasear a solas, perderse por los rincones de aquel hogar al que tanto amaba. Respirar su aire y empaparse con las historias que movían su corazón.
Sin embargo, aquel no era el motivo real por el que había salido ese día. Era cierto que el mal tiempo le tenía confinado en el templo principal, y podía resultar agobiante en ocasiones. Mas la realidad era bien diferente.
Había pasado un par de horas con Dohko aquella mañana, igual que hiciera todas las anteriores. Había compartido con su viejo amigo las preocupaciones que lo agobiaban, pero sobre todo, había querido escuchar lo que él tenía que decir.
Después de todo, Dohko tenía una habilidad única para leer a las personas y ver entre líneas. Si alguien sabía cuál era la situación real que atravesaban sus chicos, con toda probabilidad era él. Y lo que era mejor, no solía dejarse llevar por su propios sentimientos. No que él mismo lo hiciera, pero a veces, le resultaba simplemente inevitable.
Y aquella era una de esas ocasiones. Recoger del suelo los pedazos de su Santo de Géminis, después de todo lo que había sucedido durante aquellos meses, le había dejado tocado. E inmensamente preocupado.
Llegó a los aledaños del coliseo, y buscó por allí la silueta de Aioros. No tardó en encontrarlo, y con una media sonrisa, se sentó en las cercanías a observar. El arquero entrenaba con Aioria, y desde dónde Shion estaba, podía distinguir media sonrisa. Lo cual, dada la situación, era una maravillosa noticia. O eso quería creer.
Verles allí, intercambiando golpes, desafíos en forma de palabras burlonas, y tomándose la mano para ayudar al otro a levantarse, le hizo retroceder muchos años atrás. Cuando Aioria no levantaba más que dos o tres palmos del suelo.
Se sintió nostálgico, y tan perdido en los recuerdos, que ni siquiera se dio cuenta de cuando terminó el entrenamiento. Fue la voz de Aioros la que le sacó de su ensoñación.
—¿Admirando el paisaje?
—Sí, podría decirse que sí—replicó él con una sonrisa.
—¿Cómo tú por aquí? —Aioros se sentó a su lado. Se embutió en el calor de su chaqueta, y se revolvió los rizos humedecidos.
—Continua haciendo un clima de mil demonios, pero al menos la lluvia nos ha dado un descanso. Aproveché para salir a caminar un rato.
—Bien pensado.
—¿Caminas un rato conmigo, o estas muy cansado? Si me quedó aquí sentado, creo que se me congelara el trasero. —Una risa tímida escapó de los labios del castaño.
—Sí, caminemos.
Shion sonrió, y con una vitalidad a la que Aioros aún no se acostumbraba, se levantó de un salto. Echó a andar con paso firme, alejándose poco a poco del barullo del coliseo. Mantuvo la mirada siempre al frente, sin perder detalle de nada de lo que sucedía a su alrededor. O al menos, eso es lo que le parecía al castaño.
Caminaron en silencio unos cuantos minutos, hasta que al fin, Aioros decidió hablar.
—¿Cómo lo ves? —Shion sonrió internamente. No tenía intención alguna de presionarle para absolutamente nada, y que él hubiera empezado la conversación, le parecía una buena señal.
—¿El qué?
—El Santuario.
El peliverde asintió como única respuesta. Siguió caminando, mientras ordenaba las palabras en su mente, y al cabo de unos segundos, finalmente habló.
—No ha cambiado prácticamente nada. —Se encogió de hombros. —La vida continúa, los santos van y vienen, pero al final, el espíritu de este lugar permanece. Todos los chicos y chicas que vestís armadura, os comportáis de modo parecido. Tenéis carácter, peleáis, pataleáis, pero al final las cosas vuelven a su lugar.
—Supongo que sí. —Aunque en aquel momento, Aioros no estaba muy seguro de ello. Todo su mundo se había puesto del revés, y no tenía nada claro que alguna vez volviera a ser lo que era. Era entonces, más que nunca, cuando extrañaba el pasado que dejó atrás quince años antes.
—¿Cómo lo ves tú?
—Yo... —Se revolvió los rizos, y se colocó la cinta. —A decir verdad, yo sí lo noto cambiado. Antes todo el mundo era más tranquilo... Quizá es la inolvidable perspectiva de un aprendiz, pero... No sé. Ahora todo parece mucho más grande, más difícil.
—Habéis crecido. Ya no tenéis un maestro que os guíe o castigue. Ahora, sois vosotros la guía.
—Lo sé... Es solo que no estoy acostumbrado. —Su voz sonó suave, pesarosa. Y a Shion no le pasó desapercibido el modo en que su mirada se apagaba perdida en el horizonte.
—¿Y tú? —Sus ojos centenarios no le perdieron de vista un solo segundo mientras formulaba la pregunta. —¿Cómo estás?
—Estoy... —Aioros hundió los hombros y negó lentamente con el rostro.— Que no es poco.
—¿Y Deltha?
La pregunta hizo que el castaño se detuviera. No porque la mención de la amazona le cortara la respiración, que también, sino porque durante meses se suponía que había vivido con ella una relación clandestina que Shion no aprobaba.
—Pues...
—Hijo, no me tomes por ingenuo. —El lemuriano esbozó una sonrisa ligeramente presuntuosa. —Este es mi Santuario... Vosotros sois mis chicos. Hay pocas cosas que se me pasen por alto. ¿Realmente pensabas que no sabía que estabais juntos?
—La verdad es que... —Lo pensó unos segundos. En algún rincón de su mente, se había engañado creyendo que así era... Pero en realidad sabía que estaba equivocado. —No, lo cierto es que no.
—Bien. —El viejo continuó caminando, viéndolo únicamente de soslayo, sin alterar su actitud de normalidad.
—Entonces, quizá sepas que nosotros ya no... —Su voz se apagó. Se tomó unos segundos para reponerse, porque sabía que si continuaba en aquel momento, las lágrimas lo traicionarían. Creía que estaba mejor… pero hablar de ello con el viejo, iba a demostrarle, estaba seguro, que se equivocaba.
—Algo he escuchado... —Apretó su hombro con suavidad. —¿Cómo estás?
Aioros suspiró, y tragó saliva. ¿Cómo estaba? Dolido, furioso. Con el alma destrozada.
—Estoy mejor... Fueron peores los primeros días.
—Me alegra oír eso, al menos. ¿Qué pasó?
Oh, aquella sí que era una pregunta complicada. Shion lo sabía. Solamente había que ver el lenguaje corporal del chiquillo a su lado, para notarlo. Estaba tenso, nervioso y sus ojos...
Aioros, mientras tanto, pensaba en todo y nada al mismo tiempo. La respuesta a esa pregunta, era inmensamente fácil. Pero también, horrorosamente difícil.
—Me traicionó—musitó—. O más bien, me traicionaron. —Y lo peor era, que no tenía muy claro que traición dolía más. Shion sonrió con obvia tristeza.
—¿Cómo fue eso?
—Quizá sea mejor que esa pregunta la responda Saga. —El peliverde frunció los lunares sutilmente. Al menos ya no tenía que andarse con rodeos.
—¿Quieres contarme?
—No.
No dijo nada más. Solamente siguió caminando a su lado. Si Shion estaba decepcionado con su respuesta, no lo sabía. Pero el lemuriano no era ningún idiota. Caminaron en silencio durante unos minutos. Unos minutos durante los cuales aquella ausencia de palabras, amenazó con volverlo loco.
—O sí—farfulló. Después, resopló, sobándose la cara.
—Es tu decisión, hijo. No pasa nada.
—Es que... —Abanicó el aire con las manos. —En ningún posible panorama de lo que me podía deparar esta vida había imaginado que ella me traicionase. Tampoco él. No después de todo lo que pasó. Y resulta que... —Un montón de lágrimas asaltaron sus ojos, pero no las dejó caer. —Que sí. Que lo hicieron. Al parecer yo no era tan importante... O quizá es que simplemente me ven como un pobre chiquillo perdido, que no sabe nada de la vida. No lo sé. Parece que ellos son los expertos en todo. ¿Y sabes qué? No puedo pelear contra él, no en esto. Es simplemente imposible. —Shion prefirió escuchar y no intervenir. —¡Joder! —Pateó una piedra con rabia. Se estaba desmoronando frente a Shion como un castillo de arena. —No necesitaba más en esta vida que a ellos dos y a Aioria. A Shura. ¡Nada más! Me bastaba con eso. La gracia estaba en que Deltha le odiaba tanto que... Esa rabia la devoraba. Bastaba con verlo en la lejanía, para que toda la dulzura que la desborda, se esfumara y fuera sustituida por un odio puro y crudo. Él... —Se encogió de hombros y negó con el rostro. —Deltha le intimidaba al muy idiota. ¡Y no te haces una idea de hasta qué punto! Yo solamente quería que ellos...
El nudo de su garganta le cortó la respiración por un momento. Miró hacia otro lado, y agitó el rostro, tratando por todos los medios de espantar las ganas de llorar.
—Solamente quería que se llevaran bien—musitó apenas perceptiblemente—. Todo el mundo tenía algo que reprocharse. Aioria no tolera a Deltha por haberse ido sin él. Deltha no toleraba a Saga, por obvias razones. Tampoco a Shura. ¡Joder! Eran los míos... mi familia. Necesitaba que se llevaran bien... pero desde luego, que no así. —Apretó los puños con frustración. —No era esto lo que quería...
Él, ingenuamente sabía ahora, solo quería recuperar aquellos años. Volver exactamente al lugar dónde lo dejó... o quizá un poco antes, cuando las cosas aún marchaban bien. ¿Ahora?
—Ellos tomaron una decisión, ¿sabes? En el momento en que pusieron un polvo por encima de mí, en que ambos, de alguna manera me fueron infieles... pusieron el clavo en el ataúd. ¡Y no es solo el hecho de que estén liados!
—¿Qué es...? —Se atrevió a preguntar Shion.
—Es que... —Aioros se mordió el labio con nerviosismo. —Saga no es el único que necesitaba atención, tiempo... dedicación. —Una lágrima rodó y él solamente la ignoró. —No era el único que necesitaba ayuda... que necesitaba una mano para reparar los pedazos. —Tragó saliva. —Yo también lo necesitaba... Lo necesito.
Shion pasó un brazo por sus hombros, y lo atrajo suavemente hacia sí. Transmitía tanto dolor, como había encontrado en Géminis, solo que mucho menos catastrófico. Con la salvedad, de que era muy posible que Aioros realmente se estuviera equivocando.
—Y Deltha decidió anteponerlo a él. Por el motivo que fuera. —Suspiró de nuevo. —La tenía, ¿sabes? Era mía, la única cosa en este mundo, únicamente mía. Y de la noche a la mañana, Deltha simplemente desapareció.
—Nada sucede de la noche a la mañana, hijo. Todo lleva un proceso, lo que pasa es que algunas veces, nos pasa inadvertido. Y esas son las que más duelen.
—Ahora estoy solo. —Los lunares del viejo se arrugaron.
—¿Solo? —Negó enérgicamente. —No, claro que no lo estás.
—¡Venga ya! Solamente encajaba con ellos, con Shura... Y ahora, Shura está dividido. No quiere elegir, y tampoco le culpo, aunque realmente me duela. No conozco a los demás, ellos no me conocen a mí. Este no es mi mundo, es... —Otra lágrima cayó y la secó de un manotazo. —No sé qué es.
—Encontrar el lugar de uno lleva tiempo, pero ellos te reservan el lugar más especial. No deberías olvidarlo, por mucho que te cueste verlo. O sentirlo. Solamente tienes que estirar la mano, y ellos la tomaran. Son tus hermanos.
—¿Elegirme a mi sobre Saga? —Dejó escapar una risa amarga, y negó. —Eso no sucederá.
—No, claro que no. Porque nunca han de hacer semejante cosa. Vuestros desencuentros no han de dictar el camino de los demás. Ni mucho menos, hacerlos elegir un bando. Para ellos, los dos sois hermanos, independientemente del desastre en que estéis metidos o lo que suceda entre vosotros. Y eso, no cambiará.
—Ojala…
—Verás que sí.
Siguieron caminando en silencio, hasta que sus pies les llevaron al borde de un promontorio que les resguardaba del viento inclemente. Shion tomó asiento, y Aioros, hizo lo propio poco después.
—No te has sorprendido. —El patriarca lo miró de soslayó, pero no respondió. —¿Sabías todo esto?
—No, todo no. Desconocía tu verdad.
—Me resulta difícil de creer que Saga hablara contigo. O que hablara con alguien, en realidad…
—Sois las dos caras de una misma moneda. Cuando uno se tambalea, solamente hay que mirar al otro.
—¿Qué te dijo? —Quiso saber.
—Lo que dijera o no, me lo guardo para mí. Igual que me guardaré todo lo que has dicho tú. —Palmeó su hombro con suavidad. —Pero...
—¿Si?
—Me dio esto. —Extendió la mano, y la pluma dorada brilló bajo la luz del atardecer.
Aioros observó el colgante fijamente, aguantando la respiración. Y fue entonces que Shion tuvo la impresión de que reparaba en la magnitud de la situación. El castaño apretó los dientes, y volteó hacia el horizonte.
—Está manchado de sangre...
—Sí... No preguntes. —Sus ojos amatista se perdieron en el mismo horizonte. —Asumo que esto fue un regalo valioso, pero no sé la historia tras él. Saga no dijo media palabra al respecto.
—Fue un regalo, sí. —De nuevo, Shion guardó silencio, dejándole espacio para hablar. —Días antes del combate de sucesión de Sagitario, lo enviaste a una misión fuera. Vino a despedirse, y me prometió que estaría ahí, que no se lo perdería por nada del mundo...
—Pero no llegó.
—No. Nunca llegó. O sí... Porque en realidad, estaba allí, solo que... —Se encogió de hombros suavemente, y el dolor del recuerdo, atenazó su cuerpo. —Resultó invisible. Cuando volví a casa, dejé la pluma en Géminis. No entré. Si lo hubiera hecho, le hubiera encontrado… —Suspiró pesadamente. —Era un modo de decirle que yo también lo había conseguido, que éramos iguales… que estaríamos juntos pasase lo que pasase.
—¿Dónde estuvo todo este tiempo?
—No lo sé, pero parece que se encargó de guardarla bien. Cuando volvimos... Tuvimos un par de encontronazos, y tras el último de ellos, se la colgó en el cuello. Un nuevo principio, dijo—musitó en un hilo de voz. A aquellas alturas, sus palabras eran prácticamente inaudibles. —Era una nueva oportunidad para los dos, para recuperarnos y reencontrarnos.
Se secó las lágrimas, esta vez con más suavidad, con dedos temblorosos. Respiró hondo, tratando de despejarse, pero no lo consiguió. Ver esa pluma bañada en sangre en manos de Shion, le había herido. De pronto, cayó en la cuenta de la magnitud de las cosas... De su decisión; del enorme vacío que había dejado en su corazón.
Observó cómo Shion acariciaba la joya con mimo, y solo pudo preguntarse qué pasaba por la mente del viejo.
—¿Quieres guardarla tú?—preguntó el peliverde.
—No... No. —Negó rápidamente. —Es mejor que la tengas tú. —De esa forma, no terminaría perdida en algún recóndito lugar del sótano de Sagitario, ni vagaría por otra dimensión.
Él había tomado una decisión. Había decidido olvidar, dejar las cosas atrás y empezar realmente de nuevo. Que Saga se hubiera desecho de la pluma, significaba exactamente lo mismo... O al menos, eso es lo que él pensaba. Apretó los dientes.
—¿Qué piensas tú?
—¿Acerca de qué?
—De todo...
—Estoy preocupado. He visto cosas y Saga...—susurró. Después apretó los labios, y negó con el rostro. —Creo que... —Guardó la pluma con cuidado. —Tienes tus motivos para haber actuado del modo en que lo has hecho. Pero en asuntos tan delicados y personales, nadie tiene la verdad absoluta. Las cosas no siempre resultan tan simples y obvias como nos parecen, porque cuando estamos implicados, es mucho más difícil ver las cosas con perspectiva. Todo nos parece inmenso... Y no nos damos cuenta de que tomamos decisiones cuyas consecuencias no hemos medido del todo bien.
—¿Crees que estoy equivocado?—preguntó, casi sin aire, pues aquella respuesta le había partido en dos.
—No he dicho eso. He dicho que has tomado una decisión, basada en argumentos firmes. Pero, ¿y si te has equivocado en algo?
—Si me equivoqué... —El gesto de su rostro, lo dijo todo por él.
—Entonces es cuando hay que saber pedir perdón, aunque sea muy posible que no nos lo concedan. Es lo que sucede cuando la confianza se rompe, ¿no?—Atrapó su mano entre la suya y Aioros asintió. —Hijo, has perdido el color de la cara cuando has visto la pluma. Creo que es en este momento, cuando realmente has reparado en la magnitud de la situación... Y el panorama que se presenta no es fácil para nadie.
—Joder…—farfulló. Shion lo atrajo de nuevo hacia sí, en un intento por consolarlo.
—Tranquilo. Sabes que si hay algo que necesites, o algo en lo que pueda ayudar, estaré aquí para ti.
—¿Y para él?
—Desde luego. —Dejó escapar el aire retenido en sus pulmones. Estaba preocupado, demasiado preocupado. —No pienso fallaros de nuevo.
-X-
Saga había esperado hasta el atardecer. Se había dado un baño caliente, y se había cambiado de ropa. Después, se había encomendado a la suerte. Suicida, sí. Había algunos hábitos difíciles de corregir. Pero llegados a aquel punto, no tenía muchas más opciones. Confiaba en la sorprendente habilidad de Deltha para escabullirse por las Doce Casas sin ser vista.
Así que él mismo había hecho gala de sus mejores habilidades de discreción, y había emprendido el camino.
Había llegado antes que ella, y había buscado cobijo en el balcón del reloj. Hacía viento y frío, pero Meridia seguía conservando su aura de paz eterna. Sacó un cigarrillo y se lo llevó a los labios. Lo caló con lentitud, y se sentó de un salto en la baranda de piedra. Perdió la mirada en sus manos, y tironeó de las pieles muertas que rodeaban las magulladuras.
Sus manos eran un claro indicativo de su estado actual: calamitoso. Siempre les había puesto especial cuidado, las vendaba metódicamente, tal y como Shion le había enseñado de bien pequeño y las curaba con mimo, porque sabía que sino, las heridas se convertían en un martirio a la hora de entrenar.
—¿Necesitas una sesión de manicura, Géminis?
El peliazul alzó el rostro y esbozó una sonrisa traviesa.
—Quizá.
La miró a los ojos, descubriendo su mirada avellana cansada y asombrosamente oscura: triste. Reparó en los colores con los que el frío teñía sus mejillas y en la ausencia de su sonrisa.
—Siento haberme retrasado… —Había procurado ser lo más rápida posible, pero Naia estaba en la cabaña, y ella había intentado esperar por ahí hasta que se había ido.
—No te preocupes.
—Deberías dejar de fumar.
—Apenas lo hago. —Exhaló el humo hacia otro lado.
—Hueles a cenicero.
—No es como que nadie vaya a besarme.
Deltha se acurrucó a su lado en busca de un poco de calor, y chasqueó la lengua al reparar en la razón que tenía el geminiano. Se abrazó a sí misma, y guardó silencio.
—¿Cómo estás?—preguntó él. Deltha solamente se encogió de hombros. —Ya…—musitó.
—¿Y tú?
—Estoy… que es más de lo que han sido las últimas semanas. —Deltha llevó sus manos al rostro del peliazul, y lo giró, buscando con sus ojos la herida de la sien.
—¿Cómo llevas eso?
—La herida mejor que el golpe del pecho. —¡Por los dioses! Sus costillas aún dolían como un demonio.
—Fue toda una… sorpresa.
—¿Lo viste? —Deltha asintió. Aunque la pregunta correcta debió ser: ¿alguien no lo vio?
—Camus acababa de darnos un descanso en aquel momento, y bueno… —Se encogió de hombros una vez más.
—Si hay algo que no se me puede negar, es que soy grandioso llamando la atención. —La pelipúrpura dejó escapar una pequeña carcajada mientras negaba con el rostro.
—¿Fuiste a la fuente?
—Nah…
—¡Saga!
—Apus. —Inclinó el rostro, y le dio una última calada al cigarrillo moribundo. —Me he roto suficientes veces las costillas como para saber si vuelvo a hacerlo. Solo es un golpe. Un poco de crema para los hematomas, un poco de hielo… y voilá. Mi cuerpo está bien, más o menos—puntualizó, frunciendo el ceño—. Mi dignidad no tanto.
—Ni tu ego. —Deltha acarició su mano con suavidad.
—Mi ego menos aún.
El viento aulló con fuerza, y Deltha se estremeció. Saga la atrajo hacia sí.
—Siento mucho haber desaparecido, Del…—murmuró. Ella no dijo nada, pero por el rápido vaivén de su pecho, Saga pudo adivinar sin mirarla, que trataba de aguantar las lágrimas. —He sido egoísta, además de estúpido, y…
—No te preocupes—replicó, con la voz entrecortada—. Entiendo que… me basta con saber que estás un poquito mejor. Aunque no haya dejado de doler.
—¿Dejará de hacerlo?
Deltha no respondió. Le hubiera gustado poder decirle que sí. Calmarlo, y de paso, calmarse a sí misma. Pero había vivido más relaciones que él… y había perdido a Aioros antes. Sabía bien que había algunas personas cuya perdida nunca dejaría de doler.
Saga suspiró, comprendiendo su silencio.
—¿Sabes? —La apartó y sujetó sus hombros con delicadeza para poder verla a los ojos. —Hay un motivo por el que te pedí que vinieras. —Secó con sus dedos el par de lágrimas traicioneras que rodaban por las mejillas de la amazona y sujetó su mentón, obligándola a alzar la mirada. —Tengo una cosa para ti.
La mirada triste de la griega se tiñó de modo inmediato de curiosidad.
—¿El qué?
—Esto. —Besó su frente fugazmente, y se apartó. Deltha lo miraba con cara de póker.
—¿Me has hecho venir aquí para darme un beso en la frente?
—¡Eh! Mis besos están cotizados. —Adoptó un gesto engreído, y ella golpeó sus costillas. Inmediatamente, cuando vio su gesto de dolor, se arrepintió.
—¡Perdón! ¡Perdón! ¡Saga!
—Está bien… me lo pensaré antes de regalarle un beso a nadie—masculló—. Y eso que ese tipo de besos son los más difíciles de conseguir. —Deltha rodó los ojos. —No, ahora en serio. ¿Ves esa bolsa? Dentro hay algo para ti.
Deltha ladeó el rostro, mirando de él a la bolsa alternativamente.
—Vamos… —La animó.
Y en apenas un segundo, la amazona se había abalanzado sobre su regalo. Se deshizo de la bolsa, y cuando apretó el paquete, su mirada buscó a la de Saga, que lo miraba con timidez y emoción. Con nerviosismo. Los ojos de Deltha se humedecieron, tanto, que abrió el paquete prácticamente a ciegas.
Dejó escapar un sollozo mientras contemplaba al muñeco. Saga contuvo la respiración. ¿Y si había sido una elección terrible y no la gustaba?
—Si no te gusta puedes…
—¡Me encanta! —Se llevó el peluche al pecho, y lo abrazó con todas sus fuerzas. Después, buscó el cobijo de los brazos de Saga, que se cerraron sobre su espalda.
—Solo quería… —Las palabras se amontonaron en su mente, y de pronto, se vio sobrepasado. —Dijiste que un amigo de peluche era excelente para abrazarlo cuando uno se sentía mal… Pensé que… ya que yo soy un desastre… —Respiró hondo, y trató de continuar, aunque los sollozos de Deltha, con el rostro escondido contra su pecho, no se lo ponían fácil. —Que necesitabas un amigo peludo para ti sola. —Su voz se rompió por un segundo. Carraspeó.
La amazona lo abrazó con más fuerza, y solamente un par de minutos después, logró calmarse. Se separó de él, y buscó su mirada esmeralda, cristalina y humedecida. La expresión insegura en su rostro, y el modo en que se mordía el labio con nerviosismo, la pareció especialmente adorable. Especialmente puro y sincero.
—Gracias, Saga, no sabes cuánto significa…
—No me agradezcas, solo es…
—Calla. —El peliazul obedeció. —Muchas gracias.
—¿Le pondrás un nombre?
—MiCo.
—¿Mico?
—Mi Corazón.
Esta vez, quien guardó silencio fue él. Comprendía la magnitud de aquella elección. Le emocionaba, le… Se sopló el flequillo.
—Me gusta.
—Dame tu mano anda. —Obedeció, y observó cómo anudaba en su muñeca el lacito azul. —No lo pierdas, ¿de acuerdo? Cuando lo mires, acuérdate de que yo también estoy aquí… para lo que sea.
—Hecho.
Pasaron un rato en silencio, ahí, sin moverse. Casi sin respirar. Las lágrimas de Deltha cesaron, y el nerviosismo de Saga, se apaciguó. La compañía del otro resultaba reconfortante.
—¿Dónde lo compraste?
—Rodorio. —Una sonrisa traviesa surcó el rostro de la amazona.
—¿Algún día me contarás esa aventura?
—Ah… si tú supieras, Apus. Si tú supieras…
-Continuará...-
NdA:
Shion: Por este tipo de cosas, la ley de las amazonas es útil.
Camus: ¡No digas esas cosas!
Shion: Oh, Camus, vosotros vivís en la ignorancia, no sabéis lo que yo sé, ni habéis visto lo que yo vi.
Shura: Camus vio el rostro de Grulla, si la ley de las amazonas es cierta, entonces...
Camus: ¡Shura!
Milo: Camus, debo decir que eres un golfo. ¡Te lo tenías bien guardado!
Camus: ¡No he guardado nada! Porque no hay nada que guardar...
Kanon: ... ¿Un mono?
Saga: Un monito niño.
Kanon: ¿Qué demonios?
Frofro: ¿Debemos considerarlo vuestro primogénito?
Saga: Sí.
Santitos: O_O O_O O_O
Milo: ¡Esas son declaraciones muy serias!
Saga: Mucho. Tengo un hijo de peluche.
Gato: Grrrr…
Saga: ¿No te gustan los peluches, Aioria?
Gato: Grrrr….
Saga: ¬¬'
Angie: Bueno, bueno… Antes de que Aioria muerda a alguien, despidamos el capítulo…
Kanon: ¿Tendré más sobrinos de peluche?
Saga: Es posible.
Shion: Por los dioses... Vamos, vamos. ¡No quiero más líos! ¡Renacer cumple 4 años a finales de mes!
Santitos: ¡Enhorabuena!
Kanon: ¡Dejar reviews a modo de regalos!
Damis, Sun: ^^ ¡Hasta el próximo capítulo!
