—Si el destino pretende que pierdas,
sigue peleando de todas maneras...—
El hotel estaba demasiado tranquilo cuando Legolas y Kate atravesaron el vestíbulo hacia las escaleras. Inmediatamente, Legolas sospechó que algo ocurría. Cada atardecer el vestíbulo bullía lleno de conversaciones. Pero aquella noche estaba en silencio.
Recorrió la habitación con la mirada. Nada parecía estar fuera de lugar, pero Legolas no pudo dejar de ignorar la silenciosa tensión en el aire. Era una sensación tan palpable que habría podido extender el brazo y tocarla.
Con cautela, Legolas subió las escaleras seguido por Kate. Al llegar arriba se detuvo. Tan silenciosamente como le fue posible, abrió la puerta y echó un vistazo al pasillo. Desde donde se encontraba podía ver perfectamente la puerta de la habitación de Kate que estaba entreabierta. Del interior llegaba el suave murmullo de voces.
—¿Qué ocurre?— preguntó Kate.
Legolas sacó su daga.
—Por desgracia, un beso no nos ayudará a evitar esta confrontación— dijo con seriedad. —Espérame en el vestíbulo.
—Ten cuidado,— dijo ella antes de desaparecer escaleras abajo
Cuando Kate estuvo fuera de peligro, Legolas se deslizó silenciosamente por el pasillo. Tomando posición fuera de la puerta de la habitación de Kate, echó un vistazo dentro.
Dos soldados alemanes estaban registrando la habitación. El contenido de la maleta de Kate estaba esparcido por encima de la cama. Pero lo que más preocupó a Legolas fue la colección de pinturas. Uno de los soldados estaba guardando cada una de ellas en una funda protectora portátil.
El sonido casi inaudible de pasos en la escalera atrajo la atención de Legolas. Envainando la daga, cruzó el pasillo y desapareció dentro de un armario de limpieza. Mientras, la puerta que daba a las escaleras se abrió y Kate echó un vistazo tentativamente por el pasillo. Por su comportamiento, Legolas dedujo que algo no andaba bien. Con un rápido movimiento de su mano, Legolas atrajo la atención de Kate y al ver su señal, ella recorrió a toda prisa el pasillo y se metió en el armario.
Mientras Legolas vigilaba, Kate le explicó la situación.
—Hay un oficial alemán en el piso de abajo— dijo ella.
—Le he oído preguntarle al recepcionista nuestros nombres.
Legolas le hizo un gesto a Kate para que guardase silencio. Kate se inclinó para poder mirar a través de la rendija de la puerta. Los soldados dejaron la habitación de Kate y se dirigieron a la de Legolas. Mientras pasaban por delante del armario de la limpieza, Kate cayó en la cuenta de que uno de ellos se llevaba las pinturas. Un instintivo grito de protesta se alzó en su garganta pero anticipando su reacción, Legolas le tapó la boca con la mano.
—¿Cómo nos han encontrado? murmuró Kate, después de tirar de la mano de Legolas para quitársela de la boca.
Antes de que tuviera oportunidad de responder, la puerta que llevaba a las escaleras se abrió y el oficial alemán caminó pasillo abajo. Desapareció dentro de la habitación de Legolas. Tras una breve conversación con los soldados, el oficial se marchó, llevándose las pinturas con él.
Terminadas las inspecciones de las habitaciones del hotel, los dos soldados que permanecían allí se pusieron a hacer guardia en ambos extremos del pasillo, vigilando ambas salidas hacia las escaleras. Sin planearlo, los alemanes habían cortado las dos únicas vías de escape.
Legolas cerró la puerta del armario de mantenimiento y echó el pestillo por dentro. Sabía que no podrían esconderse allí indefinidamente. Si eran descubiertos habría violencia. Incluso sin su arco, Legolas estaba dispuesto a luchar. Habían pasado siglos desde la última vez que había visto una batalla y la tensión que estaba extendiéndose por sus músculos anhelaba liberarse.
Legolas estudió el armario. Era pequeño. Luchar dentro de él no sería fácil. A pesar de que Legolas había crecido en el interior de las cavernas de Mirkwood, no le gustaba luchar en espacios cerrados. Cuanto más pequeña era el área de ataque, menos espacio había para cometer errores. Cada movimiento tenía que ser ejecutado con precisión.
Legolas no dudaba de sus propias habilidades, pero no podía garantizar las de sus atacantes. Un movimiento en falso y Kate podía resultar herida. Aunque Legolas estaba más que dispuesto a correr el riesgo, no quería poner en peligro a Kate.
Antes de dejar Londres; Legolas le había dado al padre de Kate su solemne promesa de que la protegería. Le había prometido que lo haría incluso a costa de su vida y no era un juramento que los elfos se tomasen a la ligera.
Mientras miraba a Kate, Legolas se dio cuenta de que su prioridad principal en aquel momento era escapar. Su mirada recorrió los dos altos estantes llenos de toallas y artículos de limpieza.
—Podemos subir al ático, si puedes llegar al tirador de la puerta en silencio— sugirió Kate mirando al techo.
Legolas levantó la vista. En el techo había una trampilla con una manija. Kate cogió un cubo que estaba colocado en una esquina y le dio la vuelta para que Legolas se pusiese de pie sobre él. Después de subirse al cubo, Legolas extendió el brazo y tiro de la manija para abrir la puerta, teniendo cuidado de no hacer ningún ruido mientras la dejaba colgando.
Legolas entrelazó los dedos y se inclinó. Sin decir una palabra, Kate puso un pie entre sus manos y Legolas le dio un empujón hacia arriba para que subiese. Después, Legolas saltó y se impulsó hacia arriba. Cuando ambos estuvieron dentro, Legolas cerró la trampilla.
Era difícil penetrar con la mirada la negra oscuridad del ático. Incluso con su vista élfica, Legolas apenas podía adivinar la silueta de Kate en la oscuridad. Esperó un momento a que sus ojos se ajustasen a la penumbra y lentamente los contenidos del ático se volvieron visibles.
El ático era alargado, con el tejado descendiendo abruptamente en cada extremo. Las paredes de cada lado tenían pequeñas ventanas que estaban cubiertas por persianas, las cuales bloqueaban la poca luz que pudiera haber a aquella hora de la noche. Llegar hasta las ventanas iba a ser un problema. El ático estaba lleno hasta arriba de cajas, viejos colchones y somieres que se habían ido acumulando durante los años en los que el hotel llevaba en funcionamiento.
—¿Dónde estás? No veo absolutamente nada,— murmuró Kate, moviendo las manos a ciegas.
Legolas la agarró del brazo haciendo que se detuviese antes de tropezar con un antiguo somier.
—Sígueme— murmuró.
Kate se agarró a la espalda del abrigo de Legolas, mientras este serpenteaba entre las cajas, hasta que llegó a la pared más alejada del ático. Legolas ajustó la persiana de la ventana para que se filtraran los rayos de luz de la calle e iluminaran la habitación lo suficiente para que Kate pudiese ver.
Kate se deslizó hacia el suelo bajo la ventana.
—No entiendo por qué nos persiguen a nosotros.
—Quizás, el General Bernhardi ha pensado que es más sabio robar lo que quiere obtener en lugar de intercambiarlo por otro objeto.— Legolas observó desde la ventana las oscurecidas calles de París, con sus ojos recorriendo constantemente el área en busca de señales de peligro. —Puede que nos hayan seguido desde que llegamos por primera vez a París.
—Si ese es el caso, entonces Gandalf y Elrond pueden estar en peligro,— dijo Kate.
—No hay nada que podamos hacer por ellos esta noche,— dijo Legolas. —Al amanecer volveremos al café a avisarles.— Legolas miró a Kate. —Deberías intentar dormir un poco.
—¿De verdad esperas que duerma cuando, por lo que sabemos, puede que todo el ejército alemán nos esté buscando?— preguntó Kate.
—Es cuando más falta hace— respondió Legolas.
Había pasado una media hora desde que el hombre había informado a Elrond y Gandalf de su aprieto y había desaparecido por la puerta tras decirles que se sentasen a esperar. Sentarse y esperar era la última cosa que Elrond quería hacer.
Un espía nazi estaba esperándolos fuera para seguirlos. Un batallón entero de soldados estaba desmantelando su habitación en el hotel, en aquel mismo instante. Y Legolas y Kate se habían convertido en objetivos, simplemente por haber sido vistos en su compañía.
¿Y que estaban haciendo ellos? Esconderse en el baño. Elrond recorrió los dos pasos frente al lavabo y dio la vuelta millonésima vez. Gandalf estaba sentado sobre la taza del váter como si se tratase de una simple silla y fumaba su pipa con aire de satisfacción.
Tras lo que pareció una eternidad, la puerta se abrió y el hombre volvió a entrar.
—Deprisa, debemos movernos rápido. No tenemos mucho tiempo.
Gandalf se puso de pie, apagó su pipa y ambos siguieron al hombre fuera del café.
Caminaron un par de bloques de distancia por las calles desiertas y giraron por un estrecho callejón. El callejón era obviamente una vía muerta y Elrond se preparó para ser atacado, asumiendo que habían sido engañados.
—¿A dónde nos llevas?— dijo Elrond, negándose a dar otro paso hasta tener una explicación satisfactoria.
—Bajo la ciudad,— dijo el hombre. Se detuvo en mitad del callejón y comenzó a tirar de la parte de arriba de una gran tapa de alcantarilla. Después de esforzarse por moverla durante unos instantes, finalmente consiguió quitarla.
Gandalf y Elrond miraron hacia la oscuridad.
—¿A dónde lleva?— preguntó Gandalf.
—A un lugar seguro. Confíen en mí,— dijo el hombre.
—Ni siquiera sabemos tu nombre,— dijo Elrond.
Por primera vez una sonrisa se extendió por la cara del hombre.
—Es Pierre. Ahora vámonos.
Gandalf bajó primero y Elrond le siguió de cerca. Mientras el agua fría y turbia de la cloaca mojaba sus pantalones, Elrond se encontró deseando estar de vuelta en el baño de nuevo. Pierre salpicó detrás de ellos. Durante un instante, la oscuridad fue completa, hasta que Pierre encendió una pequeña linterna.
Elrond contempló los túneles en penumbra. El techo se arqueaba justo sobre su cabeza y estaban metidos hasta la rodilla en la porquería de la ciudad.
—Y yo que pensaba que las Ciénagas de los Muertos olían mal,— murmuró Gandalf para sí mismo mientras seguía a Pierre a través de los túneles.
Pierre se movía con rapidez. Los túneles eran más complejos de lo que Elrond había esperado y pasaron muchos ramales de túneles que desaparecían en ambas direcciones. Incluso siendo sumamente consciente del número de veces que habían girado a derecha o a izquierda, Elrond no estaba completamente seguro de ser capaz de encontrar la salida de nuevo.
Pierre, sin embargo, parecía sentirse como en casa, y tras veinte minutos de caminata se detuvo.
—Esperen aquí,— dijo Pierre. Le entregó a Gandalf la linterna antes de subir por una escalera y salir por una tapa de alcantarilla.
Un par de minutos más tarde, Pierre metió la cabeza por el agujero de la alcantarilla y dijo:
—Es por aquí. Rápido.
Gandalf y Elrond subieron por la escalerilla y volvieron a las calles de París. Elrond no reconoció su localización y lo único que pudo deducir es que se encontraban en una parte residencial de la ciudad. Después de seguir a Pierre un par de edificios más abajo, se detuvieron en frente de una pensión.
—Aquí es donde yo debo dejarles,— dijo Pierre. Una mujer esperaba sobre los escalones delanteros de la pensión. —Esta es Marie, les está esperando.
—Gracias por su ayuda, —dijo Gandalf con una reverencia.
Pierre se inclinó con aire dramático y luego desapareció por la calle. Gandalf y Elrond subieron los escalones hasta la pensión.
—¿Marie?— preguntó Gandalf.
—Sus habitaciones y una comida caliente les están esperando,— dijo ella.
Ambos la siguieron al interior de la casa. Ella los condujo escaleras arriba hasta una pequeña habitación.
—Hay una muda para que se cambien de ropa en el armario. Por favor, reúnanse con nosotros para cenar después de que se hayan refrescado,— dijo Marie cerrando la puerta tras ella.
Después de cambiarse de ropa y ponerse un traje que olía a antipolillas, Elrond siguió a Gandalf escaleras abajo hasta el comedor. Los otros tres ocupantes de la pensión estaban ya sentados a la mesa con Marie. Elrond se sentó junto a Gandalf y estaba escuchando mientras Marie hacía las presentaciones. Pero las presentaciones se interrumpieron cuando uno de los miembros de la pensión exclamó:
—¡Gandalf! ¡Qué estás haciendo aquí!
En la cara de Gandalf había una combinación de sorpresa y alegría.
—¡Colin!
Colin se levantó de su asiento de una manera tan abrupta que derramó su vaso de agua y mojó a la muchacha que estaba sentada junto a él. Después de disculparse y limpiar el estropicio, se levantó de su silla para darle a Gandalf un enorme abrazo.
—¡No tienes ni idea de lo que me alegro de verte, muchacho!— dijo Gandalf con una carcajada.
Los otros residentes y Marie estaban contemplando la reunión con sonrisas tolerantes. Elrond lo contempló todo en un silencio aturdido.
—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? ¿Que habéis venido a hacer?— miles de preguntas se escaparon de los labios de Colin. A Colin le bastó una mirada en dirección a Elrond para dejar de hablar.
Elrond se levantó de su asiento. —¿Dónde están mis hijos?
Elrond, Gandalf, y Colin estaban sentados en la pequeña habitación. Colin tomó una larga bocanada de aire antes de comenzar su historia
—No tuvimos ningún problema en llegar a Francia, las falsificaciones de papá son de primera categoría. Yo contacté con algunos de los líderes de la resistencia, que me dieron instrucciones para cruzar la frontera alemana. Nos dijeron que el mejor lugar para cruzar era donde se cruzan las fronteras Suiza, Alemana y Francesa. De esa manera, si hay problemas, se puede escapar rápidamente a Suiza— Colin se levantó de la cama y comenzó a pasear nerviosamente.
—Elrohir y Elladan fueron a explorar mientras yo esperaba en la casa franca. Al día siguiente volvieron con media docena de personas que intentaban escapar de Alemania. Y tenían a otra docena esperando al borde de la frontera Alemana.
Colin suspiró.
—Después de eso, no tuvimos mucha elección acerca de lo que íbamos a hacer. Reunimos algunos suministros y los guiamos a través de las montañas hasta Suiza. Solo pretendíamos guiar a un grupo. Pero cuando volvimos había otro grupo esperando, y luego otro. Teníamos que hacerlo. Si hubierais visto sus caras tampoco habríais sido capaces de decirles que no.
—Hace un par de semanas, cuando acabábamos un viaje, fuimos emboscados. Un pequeño grupo de nazis nos estaban esperando. Elrohir y Elladan acabaron con la mitad de los nazis antes de ser capturados. Esa fue la última vez que los vi.
—¿Sabes dónde están ahora?— preguntó Elrond.
Colin asintió.
—Están retenidos en la Prisión de París, en el lado este de la ciudad. Es donde llevan a todos los miembros de la resistencia. La dirige el General Bernhardi.
Elrond y Gandalf se miraron el uno al otro.
—¿Bernhardi? ¿Estás seguro de que ese es su nombre?
—Sí, lo he visto en persona. Un tipo grande. Desagradable. Se me pone la piel de gallina al mirarlo. Debería aparecer en los posters de la Alemania nazi,— dijo Colin. —¿Lo conocéis?
—Hemos oído su nombre,— Gandalf suspiró. —¿Tienes muchos contactos dentro de la resistencia?
—Algunos. ¿Por qué?— preguntó Colin.
Gandalf sabía que no había una manera fácil de decirlo, así que lo dejó caer directamente. —Kate y Legolas están intentando concertar una cita para conocer a Bernhardi. Pero han sido vistos con nosotros esta tarde y a nosotros nos han fichado como miembros de la resistencia por los nazis. Necesitamos que les envíes un mensaje para avisarles.
La cara de Colin palideció. Se sentó abruptamente en la cama y no dijo nada durante un largo instante.
—El tiempo es de extrema importancia, Colin. No hay un momento que perder. El nombre del hotel es L'Hotel du Seine,— dijo Gandalf suavemente.
Colin tomó aire y se levantó de la cama.
—Me pongo inmediatamente a ello.
