Capítulo 48: Cada hombre para sí mismo.

Una cosa era que Aioria tratara de solucionar los problemas que llovían en su vida sentimental, y otra bien diferente era que Milo, con su estilo desparpajado y libre de inhibiciones, se empeñara en dar consejos que solo conseguían ruborizarle. Aioros estaba lejos de ser un donjuán, y su experiencia romántica no iba más allá de Deltha y la relación prácticamente platónica que llevaban desde niños, pero tampoco era un mojigato. Sin embargo, Milo tenía la extraña habilidad de hacerlo sentir como tal.

Esa mañana, cuando llegó a entrenar en compañía de Aioria, el escorpión no había tardado en unirse a ellos. Los primeros minutos habían sido tensos, ante la espera de las temibles explicaciones que Aioros pensaba, iba a exigirle. Pero conforme el tiempo pasó y las expectativas de un momento difícil se diluyeron, la compañía se tornó agradable.

Total, que no mucho más tarde, el arquero incluso se encontró riendo ante las ocurrencias de Milo. Uno podía encontrarle muchos defectos al escorpión, pero "aburrido" no era uno de ellos.

Le había contado, en cuestión de minutos, todas las aventuras y desventuras que Aioria y él habían compartido en sus épocas de juventud y rebeldía; desde el rocoso reencuentro a su vuelta al Santuario, hasta las calamidades más absurdas que habían conseguido sacar de quicio a cierto santo de Virgo, que en su momento, se había declarado fiel protector y amigo único del león.

La anécdota favorita de Milo, esa que nunca se cansaba de contar, muy a pesar de Aioria, era el infame descubrimiento de que Lithos, la antigua escudero del santo de Leo, era en realidad una chica, y no un chico. ¡A Milo siempre le había parecido ridículo que Aioria hubiera tenido que llegar a la bañera con ella para darse cuenta de que se trataba de una chica! ¡Era el colmo!

No importaba cuantas veces la contara, el santo del octavo templo siempre terminaba partiéndose de la risa, mientras su compañero de Leo gruñía por lo bajo.

De ahí en adelante, explorando y comparando el nivel de golfería entre ambos, la conversación perdió todo candor. Una cosa llevó a otra y, de modo casi imperceptible, Aioros y su inexistente vida sentimental quedaron en el ojo del huracán. Y ahí estaban, discutiendo pormenores que dejaban al arquero pasmado y con la boca abierta. Solo Milo podía tener tantas ocurrencias al respecto.

—Debes aprovechar la soltería. Ser soltero es divertido—acotó el peliazul. Aioria giró los ojos y esbozó una mueca burlona.

—Seguro que a la Cobra le encantará escuchar eso.

—¡Eh! No tuerzas mis palabras, gato. Ahora soy un hombre con compromisos, pero no voy a negar que mis épocas de soltero fueron grandiosas. Todos deberíamos vivir un período así alguna vez en nuestras vidas.

—Si "grandiosas" significa "llenas de golfería, perversión y abusos", entonces, quizás estemos de acuerdo: la vida de soltero es así.

—¿Lo echas de menos, gata callejera?

—Bah…

La escueta respuesta se complementó con un intercambio de miradas cómplices y, una risilla torpe y ahogada que obligó al arquero a levantar una ceja. Conocía de sobra el lado pícaro del escorpión, pero era más que interesante ver a su hermano contagiado de su picardía. Verlo así, le recordaba que, a pesar de lo mucho que Aioria había crecido, no dejaba de ser un niño.

Poco tiempo para tuvo para divagaciones, pues casi de inmediato, Milo volvió a la carga. Aioros tenía bien claro que no iba a librarse tan fácilmente de él.

—Pero, arquero, mi consejo para ti es: toma esta tragedia como una oportunidad. Experimenta un poco en la vida y recupera el tiempo perdido. Solo se es adolescente una vez, y vosotros tenéis la oportunidad de serlo a los treinta. ¡Sacadle provecho!

—Si quieres un buen consejo, Aioros, ignórale. —La repentina interrupción de Camus hizo que todas las miradas voltearan en su búsqueda. El escorpión, interrumpido y falsamente ofendido, arrugó los labios y entrecerró los ojos.

—¡Camus! ¿Por qué dices esas cosas? Ya sabes que soy magnífico dando consejos.

—Tus consejos suelen ser caóticos.

—Mentira. Mira a gato. —Sin ningún tapujo, apuntó al castaño. Éste se respingó ante la súbita mención. —¿Quién crees que lo animó a irse de cacería para atrapar a un pajarito? ¿Eh? Fui yo.

—Oye, eso no es del todo…

—Silencio, minino, silencio. —Lo calló, alzando el dedo índice. —Mira al arquero. ¿Recuerdas su fiesta de cumpleaños? Mejor aún, ¿recuerdas el regalo de cumpleaños que le hice a nombre de todos? —Camus gruñó. ¿Cómo olvidarlo? —¿Quién crees que lo motivó a dejar el celibato? Anda, dime, Camus.

—Eso tampoco es del todo cierto…

—Silencio, arquero. —Con el mismo gesto que calló a Aioria, calló a Aioros. —Se nota que sois un par de hermanos groseros que no dejáis de interrumpir a los demás…

—¡Eh! —Pero Milo pasó de ellos y siguió hablando.

—El punto es… llorar las penas está bien. Pero encontrar las oportunidades en medio de las desgracias, es aún más saludable. Vive un poco. —Pasó su brazo por encima de los hombros del castaño. —Hay un montón de chicas que están más que dispuestas a hacer cosas sucias a un santo dorado.

—¡Milo!

—¿Qué? Es verdad. No es como que ninguno de vosotros, par de cínicos, jamás haya tomado ventaja del atractivo que da el oro. Nuestro buen arquero también tiene derecho a disfrutar un poco.

Aioros se revolvió, ligeramente incómodo. Se revolvió los rizos enmarañados con la mano y suplicó, a todos los dioses del Olimpo, porque el escorpión no notara el rubor en sus mejillas.

Pero tenía que reconocer que su suerte no alcanzaba para tanto. Milo estaba disfrutando cada segundo de aquel bochorno que lo hacía víctima. No importaba cuanto se esforzaran Camus, y especialmente Aioria, en hacerlo callar a base de miradas asesinas, nada parecía suficiente… sino lo contrario.

—Creo que todavía es un poco pronto para…—carraspeó el arquero.

—Estoy de acuerdo—terció Aioria, antes de que Milo tuviera oportunidad de rebatirle.

—No, no, no es…

—Quizás es una buena oportunidad para tomarse un tiempo propio. Reflexionar acerca de uno mismo. —Esta vez fue Camus quien le rebatió. El escorpión gruñó más fuerte.

—Aburridos. Lo decís porque a vosotros no os falta acción en la vida.

—En serio, bicho, cierra el pico.

—Le tratáis como a una muñeca de trapo descosida. Permitidle darse un gusto.

—No es para tanto… —Aioros mismo trató de defenderse. Esperaba que nadie le viera realmente de ese modo.

—Y nadie le trata como una muñeca, ni nada. Deja de complicar el asunto, bichejo del mal.

—Eres un minino sobreprotector.

—Y tú un bicho provocador.

Una vez más, como si sus cerebros pensaran como uno solo, los dos gruñeron al unísono. Camus negó, a sabiendas de que era imposible que esos dos llegaran a un consenso con aquel tema.

Aioros, en cambio, a pesar de lo incómoda que resultaba la situación para él, rió por lo bajo. A final de cuentas, entendía lo que los dos querían para él, o los tres, si contaba también a Camus: querían que siguiera con su vida... querían que la viviera en los mejores términos posibles.

-X-

Kanon tenía un par de cualidades maravillosas. Podía ser invisible cuando quería, y tenía un magnifico sentido del oído. Además, era un buen observador. Claro que, en la situación en la que estaban, no hacía falta serlo para darse cuenta del montón de mierda en que Saga y el arquero estaban metidos.

El Santuario en si era un hervidero de chismes. Siempre habían resultado especialmente morbosos los asuntos de pareja, de amantes, de infidelidades… pero ahora que los protagonistas pertenecían a las Doce Casas, la cosa se había puesto aún más incandescente. Y, oye, todo había empezado con él mismo. No sabía si sentirse orgulloso o espantado… pero si se sentía aliviado de que, al menos, él no llamaba la atención tanto como Saga.

Se había limitado a escuchar las rocambolescas historias de unos y otros. Las desagradables e injustas críticas de las que tanto Naiara como Deltha eran víctimas, e incluso algunas burlas demasiado osadas.

Sin embargo, los dos grandes protagonistas, obviando el escándalo sexual, eran una incógnita. Tras aquellos días de autodestrucción en que Saga se había sumido, después la situación había cambiado radicalmente. Se había dedicado a entrenar como un animal: del coliseo a casa, y de casa al coliseo. Había evitado por todos los medios cruzarse con nadie que no fuera Máscara Mortal, habiendo pasado más bien desapercibido.

Aioros, aparentemente, seguía con su vida normal. Le había visto aquí y allá con Naia. Lo cual tampoco era raro: siempre habían sido amigos, y visto el lio en que se habían metido… era fácil imaginar que entre uno y otro se habían autoconvencido de aquella historia sin pies ni cabeza.

Eso sí… lo que más le intrigaba era el aparente divorcio entre Saga y el arquero. Nunca antes había sucedido, y empezaba a matarlo de curiosidad. Porque había pasado un tiempo ya, y su historia no tenía visos de mejorar. Solo necesitaba averiguar hasta qué punto las cosas tenían remedio o no…

Entonces lo decidió. Echó a andar en busca de Saga.

-X-

Saga había detenido tantas veces sus ataques aquel día, sin siquiera mover un solo dedo, que Jabu encontró realmente difícil levantarse del suelo cuando cayó por enésima vez. Se tomó unos segundos, estirado boca arriba, boqueando por oxígeno, mientras trataba de dilucidar que parte de su cuerpo dolía más.

—Vamos. —Cuando escuchó su voz, cerró los ojos.

El peliazul nunca alzaba la voz cuando trataba con él. Siempre le hablaba con firmeza, pero con suavidad. Le tenía una paciencia infinita, sin importar el tiempo que tuviera que perder… porque así era como lo sentía el joven unicornio: tiempo perdido para Saga. Nunca osaría compararse, pero la diferencia entre uno y otro era tan asombrosa, que en ocasiones aún le sobrecogía.

—Una vez más—continuó.

¿Cuántas iban ya…? No tenía la menor idea. Respiró hondo, se pasó las manos ensangrentadas por la frente, tratando de secar el sudor del mejor modo posible, y se puso en pie, tambaleante.

—Más rápido esta vez. Concéntrate. —El rubio asintió.

Se puso en guardia, tratando de apaciguar su respiración, y elevó su cosmos con torpeza. Estaba demasiado cansado, y se notaba en el modo tan irregular con que lo controlaba. No que fuera una estrella haciéndolo precisamente, pero desde que volvieran de aquella espantosa misión con las Empusas había mejorado mucho. Apretó los dientes con rabia, y negó con el rostro, tratando de ahuyentar los pensamientos pesimistas.

Se concentró todo lo que pudo en su cosmoenergía, tal y como el geminiano le había enseñado y una fina capa de cosmos violáceo cubrió su cuerpo. Después, tomó impulso y se arrojó con brío contra Saga.

—Galope del Unicornio—murmuró, estaba demasiado cansado para gritar.

Trató por todos los medios de que cada patada fuera más rápida que la anterior. Concentró su cosmos en las piernas y los pies, para impulsarse más rápido y golpear más fuerte. Se sabía de memoria aquellas lecciones, Saga no había tenido que repetirle dos veces las palabras. Él solamente quería ser mejor, quería ser útil. Para todos, pero sobre todo… para Saori.

Y tan concentrado estaba, que le pasó desapercibido el sutil modo en que la ceja de Saga se arqueó. La velocidad de Jabu había aumentado, y una minúscula sonrisa se dibujó en el rostro del peliazul. Como santo de bronce que era, su cosmos tenía limitaciones, más aún para alguien como él que ni siquiera llevaba un año utilizándolo. Sin embargo, si lograba aumentar su velocidad y aproximarla a la del rango de plata… las cosas cambiaban.

Quizá no era un caso perdido después de todo, pensó el gemelo.

Alzó la mano, y detuvo la pierna del chiquillo. La sucesión de patadas del Galope del Unicornio cesó y los ojos azules de Jabu lo miraban de vuelta, agotados e interrogantes. Entonces, Saga elevó suavemente su cosmos, lo suficiente como para hacer que el rubio retrocediera.

—Maldición… —Lo escuchó gruñir. Entonces, una perfecta y letal esfera de cosmos, abandonó la mano del peliazul a toda velocidad.

Los ojos del Unicornio se abrieron de par, y retrocedió de un salto, pero en aquel preciso instante, todo lo que había aprendido hasta entonces, se ordenó perfectamente en su cabeza. Echó las manos al frente y quemó su cosmos. Cerró los ojos, esperando por el momento en que la energía de Saga le explotara en la cara, pero cuando no sucedió… los abrió tímidamente. Entreabrió los labios, pero nada salió de ellos y poco a poco, fue apagando su cosmoenergía.

Con la mirada fija en sus manos humeantes, no se percató de la sonrisa del geminiano.

—Creo que acabamos por hoy.

—¡Lo conseguí!—exclamó al fin. Saga asintió.

—Bien hecho. Lograste encontrar el modo de defenderte y atacar con tu cosmos. —Una sonrisa deslumbrante adornó el rostro aniñado del más joven, a medida que se acercaba a él. Palmeó su hombro con suavidad. —Ahora, tienes que aprender a evitar este desastre. —Señaló a sus manos magulladas, y Jabu farfulló algo ininteligible. —Vamos, ven aquí, te enseñare un truco que tus manos sobrevivan a los entrenamientos.

-X-

Sujetó su mano derecha con firmeza, y la limpió con agua oxigenada. Escuchó al chico sisear, y Saga dejó escapar una minúscula carcajada. ¡Joder! Ver crecer a Jabu era como volver a ser un crío también.

—Siempre, siempre que entrenes, sin excepción, limpia bien tus manos y cúralas. Sino lo haces, lo único que sucederá es que se infectaran, te dolerán más al día siguiente, te entorpecerán el entrenamiento, y solamente irá a peor.

—Entendido.

—¿Sabes cómo vendarlas? —Jabu lo miró con tal cara de póker, que Saga no esperó más respuesta. —Mira… —Tomó el rollo de vendas, y envolvió la mano del chico tan meticulosamente y con tanto cuidado, como hacía él con las suyas. —Así conservas la movilidad de la mano y de los dedos, pero te protege del polvo y de magulladuras indeseadas. ¿Listo?

—Sí… —Movió la mano frente a sus ojos, comprobando como efectivamente, podía mover los dedos a la perfección.

—El Maestro me enseñó a vendarlas así hace muchos, muchos años…—murmuró con cariño y nostalgia, absorto en los recuerdos—. Sabiduría lemuriana. Me ahorré muchos problemas innecesarios.

—Muchas gracias. —Lo miró fugazmente, queriendo decirle muchas cosas, pero no supo como hacerlo, ni tampoco encontró valor.

Estar junto a Saga, era como estar junto a un dios, se sentía infinitamente protegido, pero lo admiraba tanto como lo intimidaba su presencia. Sin embargo, a Jabu lo que más le interesaba y apreciaba, era aquella tímida parte humana que Saga mostraba tan poco. Él se sentía afortunado, porque de un modo u otro, creía que el peliazul le había tomado cierto cariño… y el trato que le dispensaba era ligeramente distinto al de sus otros subordinados. Precisamente por eso, Jabu se preocupaba por él.

El peliazul se percató del titubeó.

—¿Estás bien?

—Sí, es solo que… —Se rascó la nuca con nerviosismo. —Gracias.

—¿Por qué?

—Por perder tu tiempo conmigo… por hacer algo útil de mí. —Y aunque en verdad estaba agradecido, no eran aquellas palabras las que danzaban por su cabeza.

—Si creyera que es una pérdida de tiempo, no lo haría, Jabu.

—¿Crees que no lo es…?

—No. ¿Tú sí?

—Es que… —Suspiró. —Os veo a vosotros, recuerdo a Seiya…

—No lo hagas. No te compares. —Y eso se lo decía él, que nunca, jamás, había dejado de compararse con alguien. ¡Jah! Ironías de la vida. —La competencia está bien, si la mantienes bajo control. Las comparaciones no ayudan. Menos aún si te comparas con alguien como él. —Se encogió de hombros. —Tuvo un entrenamiento diferente al tuyo, entró en batalla mucho antes que tú, y con enemigos que lo superaban por mucho. Era superarse o morir… y Seiya era lo suficientemente terco como para no rendirse. El modo en que su fortaleza creció… igual que la de los otros chicos, es algo que pasa una vez entre un millón. Tú tienes tu propio camino. Perteneces a un ejército. Tus circunstancias son diferentes. Aprovéchalas y saca lo mejor de ti. Nada más.

De pronto, Jabu rió.

—¿Qué?—preguntó Saga confundido.

—Últimamente estas… —Se encogió de hombros. —Diferente.

Jabu no era ajeno a los rumores. Había escuchado lo que decían tan bien como los demás, y con disgusto había oído algunos comentarios de mal gusto. De hecho, viviendo con los demás santos como lo hacía, probablemente se encontraba en el mismo foco de los chismes. Él no se atrevía a juzgar a nadie, especialmente porque, sin querer, había idealizado al peliazul… y le costaba creer que alguien con un pasado como el que se cargaba, pero con una conciencia tan evidente, metiera la pata de esa forma.

Saga había desaparecido durante días después de que todo sucediera, y cuando había vuelto, se había dedicado a entrenar todo el tiempo. Lo que más le había sorprendido, y fascinado, era verlo entrenar solo. No había parado un solo segundo. Solamente había que mirarle, no le había visto antes en semejante estado de forma. Pero Jabu sospechaba que, aunque fuera su obligación, la rutina de un santo dorado… Saga lo hacía para mantenerse ocupado, enfocado en algo que acaparase sus pensamientos.

—¿Tú crees?

—Estás más hablador...

Saga alzó las cejas casi divertido, pero lo cierto era que Jabu llevaba razón. Había encontrado que invertir el tiempo en él, sacaba una parte de sí mismo desconocida. Le hacía olvidar la mierda en que se había metido y le hacía recordar que incluso él, tenía mucho que enseñar. Resultaba casi terapéutico.

—Es decir... —El adolescente comenzó a balbucear. —Siempre has hablado, solo que ahora es... Diferente. —No era la persona más habladora del mundo, y Jabu sabía que tras la fachada dorada y grandiosa, a la parte humana le costaba mucho acercarse a la gente. Tampoco podía culparle... Pero ahora, la diferencia radicaba en que realmente hablaba con pasión. Cada explicación, cada detalle... Todo. Saga adoraba ser un santo, adoraba aquella vida y aquella armadura que vestía.

—La vida son ciclos, ¿no?—murmuró el mayor. Jabu asintió.

Más, cuando pensaba responder algo, una maldición en italiano, seguida de una inquietante carcajada femenina, llegó a los oídos de ambos. Los dos santos voltearon inmediatamente, y de igual modo, sus rostros se ensombrecieron sutilmente.

—¡Me pregunto si algún día el viejo se apiadará de mí, y considerara que ya tuve suficiente castigo! —Ángelo se acercaba a ellos a grandes zancadas, y sus manos, que se movían con nerviosismo, acompañaban a sus palabras.

—Probablemente no. —La tranquila voz de Argol, sonó casi divertida a su lado.

—Cállate, rubia. —Se detuvo de pronto y Perseo lo imitó. Ángelo lo encaró. —Solo tienes esa sonrisilla presuntuosa en tu cara de niña bonita porque las dos salvajes te están ignorando.

—Lo cierto es que debo admitir que tienes razón... —Hacía un tiempo que Argol había dejado se verse intimidado por el santo de Cáncer, incluso podía decirse que lo consideraba un amigo. Claro que jamás lo mencionaría en voz alta. El destino había sido caprichoso, compartían un pasado, y el destino había querido que de un modo u otro, compartieran el presente. Máscara Mortal le resultaba a todos los efectos, un tipo divertido. Ahora que se había deshecho de las máscaras de la pared, claro.

—Cierra el pico. Deberías agradecerle a él por tu buena vida. —Señaló a Saga con un gesto del rostro.

—¡Y lo hago!

—¿Lo haces? —Saga intercedió, con una minúscula sonrisa en el rostro ladeado.

—¡Por supuesto! Son los pequeños gestos... Los detalles. Ya sabes.

—¡Los detalles!—exclamó Ángelo—. ¡Por los dioses, Géminis! Ese par va a matarme. ¿No puedes hacer el esfuerzo y ponerle esa cara encantadora que conquista a todo el mundo a la Cobra?

—Te equivocas de Santo Dorado. Yo ni siquiera la caigo en gracia. No es mi cara encantadora la que la mantiene bajo control. Habla con Milo de eso.

—Debería esmerarse más.

—Probablemente sí... ¿Qué te pasa? —El sutil modo en que las cejas de Argol se curvaron con interés, levantó todas las sospechas de Saga.

—Nada nuevo. —Después respiró hondo. En realidad, si había algo nuevo. —Ya sabes que me resultan… —Resopló y negó con el rostro. —Además, juntas son insufribles y…—Sin darse cuenta, la mirada de Saga voló en dirección al par de amazonas. —Me desesperan. —Y la mirada de ambas, se fijó en él. Por algún motivo desconocido, el peliazul entrecerró los ojos con nerviosismo.

—Creo que se dio cuenta de que manosear el culo de Giste mientras entrenan, no compensa el resto del tiempo—acotó el rubio. Máscara Mortal le asestó un codazo en las costillas que le robó un quejido.

—¿De qué han estado hablando?

—No les presto atención.

—Al menos no a lo que dicen...—intervino de nuevo Argol. La mano del cangrejo se estrelló en su nuca.

—Pues para no haber escuchado estás nervioso. —El ceño del geminiano, se frunció un poco más. Su observación hizo que Jabu se revolviera incómodo a su lado. Tenía la impresión de que, al igual que él, Saga sabía perfectamente de qué iba el asunto. —¿Deltha...?—preguntó. La mandíbula de Ángelo se apretó, guardando silencio, y segundos después, asintió. Saga suspiró apesadumbrado, y se llevó los dedos a la melena. —Bueno, este par no está sorprendido, así que... Imagino que no son las únicas, ni las primeras que hablan. —Desvió la mirada. —Conozco el Santuario…

—En el campamento...—comenzó Jabu—. Pero en realidad solo son chismes, nadie sabe que es lo que pasó o no pasó...

El rubio intentaba ayudar. Saga lo sabía, era su manera de intentar quitarle importancia al asunto, pero el geminiano llevaba toda su vida lidiando con aquella atención que atraía, con los chismes, y los susurros. De alguna forma, había terminado por aceptar que era una excelente atracción para los demás, aunque siguiera renegando cada vez que se repetía. Sin embargo, había ciertos temas que dolían especialmente. Otros simplemente resultaban graciosos y rocambolescos. Pero ese... en ese preciso momento de su vida…

Se sopló el flequillo, y vio de Argol a Jabu. El japonés se veía nervioso, en toda su inocencia. Argol no tanto. Al fin y al cabo, pertenecía a ese particular grupo de santos chismosos, adolescentes, y como tal... Problemáticos para él. El hecho de que Shaina y Giste hablaran de ello con libertad, no era una sorpresa. Era el siguiente paso lógico.

—Si alguna vez encuentro al patán que inicia todos los chismes, le despellejaré vivo, Argol. Lo sabes, ¿verdad?

—¡Oye!

—Ni siquiera sé cómo os enteráis de ciertas cosas.

—No me preguntes, la gente solo habla y...

—Tsh. —Chasqueó la lengua con disgusto. —Ya que sé que los rumores no van a cesar, ¿podría al menos tener vuestro silencio en este asunto?

—¡Claro!—exclamó el menor.

—Sí, sí...—murmuró Argol—. Pero...

—Pero nada. —Se sopló el flequillo una vez más. —Solo para que conste... Cualquier cosa que digáis, es mentira. Cualquiera.

—Técnicamente no, porque...

—Cállate—gruñó—. No me tiré, ni me tiro a Deltha. ¿Estamos?

—Estamos, estamos.

—Bien.

—Hay que admitir que captas la atención de todo el mundo como nadie. Eres un auténtico genio en eso.

La voz burlona de Kanon, a pocos pasos más allá, logró que de alguna forma, Saga contuviera el aire en los pulmones. Lo que menos deseaba en aquel momento, era una confrontación con él, y era fácil adivinar, que Kanon no venía en son de paz.

—Bueno, nosotros ya nos íbamos—dijo Argol, tomó a Jabu del brazo, y prácticamente lo arrastró lejos de ahí.

El de Perseo era un chico listo, y no tenía intención alguna de verse en medio de una nueva discusión entre los hermanos de Géminis. Saga los observó marcharse con la mandíbula apretada, mientras, Ángelo a su lado, se revolvió incómodo.

—¿Alguien se interesó por tu opinión, Kanon?—farfulló. Le hubiera gustado mantenerse callado, ignorarlo y simplemente irse. Pero… ¡demonios! Iba contra su naturaleza, jamás había sido capaz de hacerlo, y mucho se temía que la experiencia que le otorgaban todas sus vidas y muertes, tampoco iba a ser suficiente para que lo lograra. Era, simplemente, imposible.

—Lo cierto es que no, pero no es como que nunca me haya importado mucho.

Saga no lo miró, se dio la vuelta, y echó a andar con Máscara Mortal a su lado. Imaginaba que el italiano tenía la teoría de que si el estaba ahí, nada explotaría. No sabía si alabar su fe, o lamentar su ingenuidad. Kanon ladeó el rostro al verse ignorado, y rápidamente, siguió sus pasos.

-X-

Podría resultar tonto a los ojos de cualquiera, o ingenuo, e inclusive, chocante, pero la llegada de Mico la había hecho sentir menos sola.

No era que el ambiente dentro de la cabaña dejara de ser sofocante y tenso, pero al menos Deltha sentía que, cuando no tenía nada que mirar, más que a los ojos duros y juiciosos de Naia, podía enfocarse en la sonrisa tierna que el monito de peluche siempre tenía para ella. Lo había acomodado en su cama, de donde jamás se movía. Después de todo, ambos pasaban la mayor parte del tiempo en aquel rincón de la cabaña. Era su espacio, el único lugar donde realmente no se sentía una intrusa en la modesta casa.

Ese día en particular, no estaba dispuesta a moverse de ahí.

Había salido disparada de los entrenamientos tan pronto Camus los clausuró. Se sintió tentada a ir a por Saga y acosarle un poco, pero le había visto en compañía de Máscara Mortal y prefirió dejar la visita para otra ocasión.

Una vez en casa, se había preparado un emparedado, llenado un tazón con cereal y leche, y se habían instalado en su cama. Mico, por supuesto, era el único invitado para hacerle compañía. Le resultaba imposible no reír cada vez que lo miraba. Apretujarlo era una delicia y respirar el perfume de las hierbas dentro de él.

—Eres el monito más guapo de todos. —Le dijo y rió para sí misma ante el hecho inevitable de que parecía una loca hablando con un peluche. Palmeó la cabeza de Mico con mimo antes de continuar con su cena.

En ese preciso momento, la puerta se abrió y Naia entró por ella. Deltha no se movió, pero atinó a seguir cada paso de la morena con los ojos. Guardó silencio y echó una mirada cómplice a Mico.

Naia, por su parte, ni siquiera volteó a verla. Llevaba la melena oscura atada en una coleta alta y el rostro enrojecido por el calor del ejercicio. Entró directamente hacia el cuarto de baño y, unos instantes después el sonido del agua corriendo en la ducha se dejó escuchar. Minutos más tarde, en el mismo silencio con el que había entrado, Naia abandonó el cuarto de ducha, anunciando su presencia con una nube de vapor.

Fue directa a la diminuta cocina donde rebuscó en la alacena por una taza y algo de cacao, para prepararse un chocolate que la ayudase a relajarse un poco.

Cuando lo tuvo listo, se sentó a la mesa. Sujetó la taza con ambas manos para sentir la calidez de la cerámica en los dedos. Inevitablemente, su mirada violeta voló hasta su antigua amiga y se quedó ahí por varios minutos.

Deltha parecía no reparar en que la observaba. Estaba entretenida anudando listones con mimo en la larga cola del mono de peluche, sonriendo como una tonta a cada segundo y canturreando una canción que no terminaba de identificar. Lo cierto era que a Naia ya no le sorprendía. El último par de días, desde que el peluche apareciese en la cabaña, la pelipúrpura no tenía ojos más que para él. Le susurraba, se reía con él, no lo dejaba un segundo… Francamente, era molesto y rayaba en lo ridículo.

Lo peor de todo era que, aunque no con completa seguridad, la amazona de Caelum sospechaba el origen del peludo macaco.

Gruñó sin proponérselo y, al darse cuenta de su error, apuró su bebida.

—¿Dijiste algo? —Oyó la voz de Deltha casi en un susurro. Al menos había servido para hacer que se olvidara de la irritante melodía que tarareaba.

—Nada.

—Vale. —La amazona de Apus encogió los hombros y retomó el canturreo. Naia giró los ojos con fastidio.

—Deja eso. Es molesto.

—No estaba haciendo nada.

—La cancioncilla.

—Es de Kiss…

—No me importa. —La respuesta hizo que Deltha atrincherara los dientes. —Es molesta. La tendré todo el día en la cabeza.

—Pues no es mi problema. —Y solo por el hecho de contrariarla, aumentó un poco el volumen y volvió a centrarse en acicalar a Mico. Naiara bufó con fuerza.

—¿Sabes que el mono es solo un peluche? Podrías dejarlo en paz alguna vez.

—Es mi peluche y hago con él lo que quiero. Nunca nadie te dijo que hacer y que no, con el Señor Orejas.

—Nunca lo traté como a un ser vivo.

—Eso es tu problema, no el mío.

—Es solo un estúpido mono, Deltha. No va a responderte aún si le hablas. Solo te hace ver como una loca.

—Se llama Mico y, visto que es mi único amigo en esta casa, le hablaré cuanto quiera. Él no va a hacerme daño.

Ambas levantaron las miradas a la vez, de tal modo que sus ojos chocaron por primera vez en días. También era su primera conversación desde la debacle en Géminis, la primera vez que intercambiaban palabras y se estaba tornando más tenso que el silencio.

—Si estás tan a disgusto aquí, y no hablo solo de esta cabaña, tal vez deberías cumplir todas esas amenazas tuyas y largarte. Estoy segura de que en Naxos hace mejor clima que aquí.

—No sabes de que hablas. —El corazón le dio un vuelco en el pecho ante la dureza de esa sentencia.

—¿No? Yo creo que sí, porque te has asegurado de que todos sepamos lo infeliz que eres aquí.

Deltha no respondió. Desvió la mirada, solo para evitar que Naia viera las lágrimas que ahogaron sus ojos avellana, y regresó su atención al peluche, esta vez en silencio. No quería seguir discutiendo. Tampoco estaba segura de que podría hacerlo sin lágrimas de por medio.

Solo alcanzó a escuchar el bufido asqueado de Naiara y, en un santiamén, la vio ponerse de pie, echarse la chaqueta encima y desaparecer de ahí, tan rápido como había llegado.

Entonces, las lágrimas resbalaron por sus mejillas sin más control.

-X-

—¿Se puede saber qué quieres? —Saga se detuvo de pronto, a medio camino y enfrentó a su gemelo. —Me estás siguiendo.

—Falso. —Negó con un irritante movimiento de su dedo. —Compartimos el mismo camino.

—Kanon… francamente, si quieres sacarme de quicio en este momento, lo vas a tener fácil, así que decídete de una vez: o consigues lo que quieres, o déjame en paz.

—¿Por qué iba a querer algo?

—Porque siempre quieres y buscas algo. No me tomes por idiota.

—¡Eh! —Alzó las manos a modo de defensa, pero la sonrisa burlona de su rostro, traicionó a sus palabras. —No quiero nada.

—Vamos, pregunta. —Kanon amplió la sonrisa, y se encogió de hombros.

—¿Preguntar el qué?

—Sabes el qué. Lo estás deseando, así que pregunta de una maldita vez. —Ángelo, a su lado, suspiró, aunque el peliazul ni siquiera lo notó.

—¿Realmente te estas follando a Apus? —Saga ahogó un gruñido, y el menor dejó escapar una pequeña carcajada. —No, en serio. Es que suena… —Abanicó el aire con las manos, bajo la atenta mirada esmeralda de su gemelo. —Inverosímil, sí. Pero conociendo tu pequeño problema de adicción al sexo opuesto, y el hecho de que no sueles respetar lo ajeno ¿por qué no?

—Eres un cretino. —Reanudó el camino, tratando por todos los medios de mantener el control de su carácter.

—¿Eso es un sí, o un no?

—¡No! —Se detuvo de modo tan repentino, que Kanon chocó con él. —¡No me estoy follando a nadie, menos aún a Deltha! Tampoco es asunto tuyo, ni de nadie. Y para dejar las cosas suficientemente claras, fuiste tú quien le dio la patada en el culo a Naia, así que deja de llorar por esa historia ficticia y melodramática que has terminado creyéndote en tu cabeza, sobre que te la quite. No te quite nada a ti, y tampoco le quité nada al arquero. Fin de la historia.

—Parece que el arquero no piensa lo mismo… ¿no?—dijo el menor con una ceja alzada. A modo de respuesta, los nudillos de Saga se tornaron blancos de rabia.

—Oye Kanon, ¿Siempre tienes que ser un jodido dolor en el culo? —El antiguo Marina, vio fugazmente al cangrejo, y como única respuesta, se encogió de hombros. Pero rápidamente volvió la atención a su hermano.

—Solo dime una cosa, y te dejaré en paz.

—Eso sería un auténtico regalo de los dioses. Y los dioses no me quieren tanto.

—¿Aioros realmente te ha dado semejante patada en el culo? ¿A los dos? ¿A Apus y a ti?

Saga entreabrió los labios, pero no llegó a decir nada. Su mirada, perdida en algún punto no demasiado lejano, se oscureció de pronto. Kanon volteó en la misma dirección, solamente para comprobar como el santo de Sagitario caminaba unos pasos más allá. Les había visto perfectamente, joder, era imposible no hacerlo… pero cuando parecía que sus ojos azules se iban a cruzar con los de Saga, simplemente miró a otro lado. ¡A otro lado!

Kanon frunció sutilmente el ceño. Suponía que aquella era la mejor respuesta a su pregunta, después de todo. Más cuando volvió de nuevo la vista hacia su hermano… comprendió algunas cosas. Había visto antes aquella mirada, aquella expresión rota. Había sido muchos años atrás… y en aquella ocasión, había sido él mismo, Kanon, el que la había provocado. ¿Cuándo? Ni siquiera sabía cuándo había empezado, pero sabía que Saga lo había mirado así cada vez que habían peleado, cada vez que le había espetado lo mucho que le odiaba y lo mucho que le deseaba muerto. El mayor nunca había acertado a decir nada de vuelta… a defenderse.

Exactamente como ahora. Kanon no lo sabía, pero de algún modo, imaginaba que la reacción de Saga ante las acusaciones había sido precisamente esa: callar, apretar los dientes, y desaparecer. Nunca acertaba a defenderse. Y ahora, desde donde estaba, podía sentir su corazón ya roto, hacerse pedacitos aún más pequeños. Incluso sus ojos se cubrieron de un brillo peligrosamente delicado. El ritmo errático del vaivén de su pecho… Todo. Todo Saga dolía.

Saga volvía a estar roto… y de alguna forma, contemplando aquella mirada, aquella expresión destruida, supo que su hermano no mentía. No es que lo hubiera creído, porque para él, toda aquella historia le resultaba de lo más inverosímil… pero aquella era la confirmación que le faltaba. Saga no estaba preparado para perder al arquero, probablemente nunca lo estaría.

¿Por qué? Kanon a veces se lo preguntaba a sí mismo, pero en realidad no necesitaba una respuesta. Así como él siempre había sido la oscuridad para Saga… Aioros siempre había sido la luz. Saga admiraba todo de él, y era todo lo que había soñado ser alguna vez. Tenerlo a su lado era una forma de caminar por el rumbo correcto, la brújula en medio de la tempestad para no perderse… El único modo que tenía de mantener vivo, aunque agonizante, al viejo Saga al que todo el mundo había amado con locura alguna vez. La luz de Aioros lograba alejar los fantasmas de Saga, y esos, eran muchos fantasmas.

Kanon apretó los dientes y suspiró mientras su hermano se alejaba a paso rápido sin haber acabado la conversación. Le comprendía mejor de lo que parecía… lo que pasaba era que, Kanon también tenía muchos monstruos interiores, y la única forma que conocía de imponerse a su hermano o de acercarse, aunque fuera un poco… era esa. Romperlo con las palabras… porque sabía cómo y dónde tocar, y sentía exactamente el dolor que sentía él.

Se sopló el flequillo. Lo cierto era, que aunque siguiera molesto por el tema de Naia… le echaba de menos. Y sabía lo importante que era la entereza de Saga para todo el mundo. A últimas fechas esta se había tambaleado peligrosamente, y sabía que él no ayudaba con todo aquello. Pero era superior a sus fuerzas. Necesitaba aprender a controlar aquel instinto de acoso y derribo, necesitaba aprender a entender lo impresionantemente fuertes que resultaban las emociones para Saga… Aunque le llevaría un tiempo, lo sabía. Había hecho tanto daño, que el muro que Saga había construido a su alrededor, era infranqueable para Kanon.

Y quería pasar. De verdad que quería hacerlo.

-X-

El invierno ya había terminado, pero el mal tiempo se negaba a irse.

El sol del mediodía se había esfumado con rapidez, mientras que la brisa que soplaba desde el mar arreciaba. Grandes nubarrones oscuros cubrían el Santuario y la villa, ocasionalmente iluminados por relámpagos que presagiaban tormenta. Aullaba el viento, con fiereza, pero los truenos estaban ausentes, y eso en sí, aliviaba un poco la tensión que el cielo oscuro traía consigo.

El aire frío golpeaba con fuerza contra su cara y podía sentir el aroma a tierra mojada. Aioros se acurrucó contra su chaqueta y consideró, por enésima vez en los últimos minutos, acerca del por qué había decidido bajar hasta el pueblo por chocolate en medio del presagio de tormenta.

—¡Rayos! —Se quejó cuando las primeras gotas le cayeron encima. Al igual que él, todos los aldeanos pillados por la lluvia corrieron en busca de abrigo. Aioros se resguardó en el marco de la puerta de la carpintería, justo en el momento en que un trueno retumbó con fuerza desmedida y luego, las cortinas del cielo se abrieron para dejar caer el aguacero.

—Este clima no ayuda para nada—sentenció el hombre a su lado—. Por cosas como esta la gente se está enfermando.

—Sí… Más temprano había sol y solo hay que ver la tormenta ahora.

—Mi padre ha caído enfermo esta mañana y no es el único. Parece una epidemia. —Aioros lo escuchó con atención, frunciendo el ceño.

—Lamento escuchar eso.

—El pobre Diodoro murió hace unos días—en Rodorio, todo el mundo se conocía—, pero hay muchos más que están enfermos.

—Eso escuché. ¿Habéis hablando con Eudora? Estoy seguro de que no le molestaría ayudaros, o echar un vistazo a los enfermos.

—Quizás tengamos que recurrir a ella si las cosas empeoran.

—Deberíais. Es una mujer de recursos.

El hombre suspiró pesadamente, en un gesto que al arquero le resultó tanto de preocupación como de resignación. Se quedó mirando, mientras el aldeano inspeccionaba el cielo encapotado sobre ellos, la expresión en su rostro le hizo entender que la lluvia no cesaría pronto.

Lo vio envolverse todavía más en el viejo suéter que le cubría y, una vez más, le oyó suspirar. Aioros supo que iba a correr bajo la lluvia.

—Tardará en que amaine—dijo el hombre—. Y yo debo llegar a casa con los medicamentos de mi padre. Será mejor que apresure el paso.

—Lamento lo de tu padre. Espero que mejore.

—Gracias. —El hombre le sonrió antes de perderse en la densa caída de agua. Aioros lo despidió con un movimiento de la mano.

El santo se pensó seguir los pasos del hombre y adentrarse en la tormenta, todo con tal de llegar a casa lo más pronto posible, pero un trueno que hizo retumbar la villa le hizo desistir. Así que se quedó ahí, protegido a medias, por varios minutos más, con nada más que la cortina blanca de lluvia frente a él.

Tras un rato más largo del que Aioros hubiera deseado, la lluvia bajó de intensidad, y solo entonces, se replanteó volver a Sagitario.

Dispuesto a no pensar de más, se echó la capucha sobre la cabeza y apresuró el paso.

Las calles empedradas de Rodorio formaban un sinfín de pequeños charcos que salpicaban a su paso. El agua corría a través de la piedra resquebrajada, formando arroyos que se deslizaban por la pendiente.

El castaño iba con cuidado; la piedra húmeda era resbalosa y los charcos podían lucir engañosamente superfluos. Un mal paso y terminaría sobre su culo, empapado, lleno de lodo, y muy posiblemente, deseoso de volverse invisible. Resbaló y le costó retomar la compostura. Se detuvo un segundo antes de dar su siguiente paso. Pero, justo entonces, levantó la mirada y la vio.

—¿Naia? —Se acercó con cuidado a la puerta del almacén, donde la amazona de Caelum tomaba refugio. —¿Qué haces aquí con esta lluvia?

—¿Qué haces aquí? Estás empapado.

—Vine a comprar golosinas y la lluvia me pilló. —Sonrió con torpeza. —Ya sabes, la ansiedad me antoja comer todo el tiempo.

—Te entiendo. Yo solo quería salir de la cabaña—masculló. Miró por encima de su hombro, en busca de oídos curiosos. —Estoy harta del mono.

—¿Mono?

—Un mono de peluche. Deltha se ha conseguido uno, y todo el tiempo está sobre él, hablándole, poniéndole moños, canturreándole… ¡Son cansinos!

Aioros guardó silencio. Su cerebro tardó medio segundo en atar cabos, y relacionar la muy comentada visita de Saga a la tienda de regalos con el nuevo inquilino de la cabaña. Estaba seguro de que Naia lo había hecho también,

Se sopló el flequillo al escucharla bufar, y le resultó sencillo adivinar la expresión, entre triste y enojada en su rostro. La conocía demasiado bien como para no imaginarla, como para no saber que le dolía el corazón.

—¿Por qué no vienes a Sagitario conmigo?—dijo—. Es obvio que no quieres volver a la cabaña, pero no puedes pasarte el resto de la tarde aquí. La lluvia no va a parar pronto. Puedo preparar chocolate caliente; tengo nubes y nata. Al menos no pasarás frío ahí. ¿Qué dices?

—Voy a empaparme.

—Te prestaré algo de ropa, mientras la tuya se seca al calor de la chimenea. Anda, no me hagas insistir, que me dará una neumonía si sigo aquí, todo mojado. —Al oírla suspirar supo que cedería.

—De acuerdo, de acuerdo. Te tomaré la invitación.

El arquero sonrió. Acomodó el albornoz del abrigo de la amazona y, con un gesto de cabeza, la invitó a seguirle.

Rápidamente se perdieron en la tormenta.

-X-

Naia agradeció el calor que invadió rápidamente su cuerpo cuando se puso algo de ropa seca encima. Aioros le había prestado una sudadera y unos pantalones deportivos que la hacían lucir como un tanto ridícula.

Secó su larga melena azabache con la toalla hasta que dejó de gotear, y después, usó la secadora para quitarle un poco de humedad. No pudo evitar sonreír mientras lo hacía. De todas las personas en el Santuario, Aioros era la menos probable para tener una de esas. Después de todo, sus rizos castaños siempre eran el ejemplo perfecto de desparpajo y naturalidad.

Tomó su ropa húmeda y salió del cuarto de baño para acomodarla cerca de la chimenea, con la esperanza de que se secara.

—Esto me queda enorme—bufó cuando llegó a la cocina. Aioros volteó a verla y soltó una carcajada.

—Es porque esa es mi ropa y tú eres diminuta. Creo que mides la mitad de lo que yo.

—Exagerado. —Naia le mostró la lengua y entró para sentarse a la mesa.

—Ten. —El arquero asentó una gran taza de chocolate frente a ella. —Le añadí virutas de chocolate por encima de la nata. Bébela toda, quizás así crezcas—dijo, revolviendo juguetonamente su melena.

—¡Oye! —Lanzó un codazo que se hundió en el estómago del arquero sin fuerza suficiente para lastimarlo. Este volvió a carcajearse, y segundos más tarde se sentó a la mesa, frente a ella.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! Pero ya, en serio, bébelo que te ayudará a entrar en calor. No queremos que te enfermes.

—Sí, sí… espero que esté rico.

—Es chocolate. No hay forma de que incluso yo lo arruine.

—Todo es posible…

Esta vez, fue él quien le mostró lengua. Naia ahogó una risa y se llevó la taza a los labios, Sopló para enfriar un poco su bebida, antes de atreverse a dar un primer sorbo. Tal como el santo dijo, la calidez del chocolate le resultó reconfortante.

Levantó los ojos y, a través del humo de su taza, se encontró con el rostro de Aioros, quien se había tornado serio de repente.

—¿Cómo te ha ido?—preguntó ella en un murmullo.

—Diría que he mejorado un poquito. Aioria y el resto de los chicos hacen las cosas llevaderas, y el otro día, por fin hablé con el viejo. —Los ojos violeta de la amazona se abrieron con interés.

—¿Le has dicho lo que sucedió?

—Le conté, pero él ya lo sabía; Shion siempre sabe todo. —Se guardó una sonrisa cómplice para sí. Al menos había algo en el Santuario que permanecía igual.

—Y, ¿qué te dijo?

—Bueno, le conté todo lo que sucedió… Me parece que no se creyó nada de lo que le dije.

—¿A qué te refieres?

—Él lo llamó mi verdad, mi perspectiva del problema. Pero, creo que la de Saga es mucho más convincente, al menos en lo que al viejo se refiere. —La vio fruncir el ceño y se adelantó a sus pensamientos. —No me preocupa tanto tampoco, ni me sorprende. Realmente, esperaba que fuera así. Es Saga, y él, ante los ojos del viejo es… especial.

Shion era un Patriarca ejemplar y había sido un padre amoroso para todos ellos, pero como todos los padres, sentía un cariño extraordinario por algunos de sus hijos. Los gemelos y Mu estaban en ese pedestal especial; los primeros siendo prácticamente sus hijos de sangre, y el segundo por ser de los pocos elegidos de su raza.

Sin embargo, aún entre esos tres, destacaba el aprecio por Saga. Quizás porque era el primogénito, quizás porque ambos eran más parecidos de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir, quizás por todo lo que había sufrido, quizás porque simple y sencillamente, era su niño desde siempre. Por las razones que fueran, el vínculo entre el gemelo y el lemuriano era particular, e incluso único. Cuando Aioros los veía, encontraba en ellos los lazos de sangre que un padre comparte con su hijo.

—De cualquier modo—suspiró, retomando sus propias palabras—, me tranquiliza que el viejo lo sepa. No hay nada que ocultar, ni tampoco es necesario fingir.

—Algo salió de ello.

—Sí… —Aioros se sopló el flequillo y, de repente, volvió a ensimismarse. Naia fijó su mirada en él con curiosidad. —Me dijo algo más…

—¿De qué?

—Creo que conoces la pluma dorada que Saga llevaba colgada al cuello desde hace un tiempo.

—La he visto.

—¿Te contó la historia alguna vez?

—A grandes rasgos. Fue un regalo tuyo después de que obtuviste a Sagitario.

—Sí, exacto.

—¿Qué pasa con la pluma?

—Saga se la dio a Shion, no la quiere. Le pidió que me la devolviera. —Naia abrió los ojos de par en par. Instintivamente, su mano buscó el colgante de hielos eternos en su cuello, pero ya no estaba ahí.

—¿Te la entregó?

—No, no, no la acepté.

—Entiendo. —La amazona agachó la mirada. Sus labios se apretaron sutilmente. —Tal vez yo deba devolverle el copo de nieve.

—No deberías. —Aioros se encogió de hombros. Ante la rápida y rotunda negativa, le buscó el rostro. —Ese colgante era para ti, para nadie más. Sin ti, su existencia no tendría sentido.

—Pero…

—Escucha… —Se tomó un momento para pensar sus palabras. —A pesar de todo lo que ha sucedido, no me arrepiento de haberle obsequiado la pluma a Saga. En su momento, era lo que quería, y no veo esa pluma en el poder de nadie más, ni siquiera el mío. No lo sé, tal vez Saga ve el copo de nieve del mismo modo.

—Pero lo que significa… se ha ensuciado.

—Ahora, porque todo es demasiado pronto y duele. Pero, no sé, cuando las heridas cicatricen y cuando solo queden los recuerdos, lo que vendrá a tu memoria al verlo serán las buenas épocas. Recordarás que fue un regalo hecho con cariño y, aunque no tuviera un final feliz, sabrás que en su momento sí lo fuiste. Además, en esta vida todo puede suceder. —Suspiró. —Ahora estamos lejos, mañana… quién sabe.

La amazona calló, meditando bien las palabras del arquero. Quizás estaba en lo cierto, quizás no… Sin embargo, no se sentía lista para desprenderse de aquella joya. Era probable que jamás lo consiguiera.

—Tomaré tu consejo.

—Sabia decisión.

—Aún así, ¡dioses!… Si antes me resultaba difícil ver al viejo a la cara, ahora que piensa que nos hemos inventado todo esto…

—No creo que dabas sentirte mal. Es decir, Shion puede ser duro, pero también es comprensivo. No creas que me ha dicho de buenas a primeras que no cree lo que yo tengo que decir, sino al contrario. Ha sido muy fino para implicar que es altamente probable que esté equivocado y que quizás deba prepararme para pedir perdón.

—¿Y crees que nos hemos equivocado? —La pregunta instauró el silencio entre los dos. Tomó unos segundos antes de que Aioros se atreviera a responder.

—Creo que teníamos, y tenemos, razones de sobra para sentirnos como nos sentimos. Creo también que, hoy por hoy, con la cabeza más fría, yo haría lo mismo. Con menos drama, quizás, pero lo mismo. Así que, solo queda continuar viviendo con la decisión que tomamos. El mundo no puede detenerse por ellos, ni por nosotros, Naia; en eso, el viejo es infinitamente sabio. Si necesitamos de alguien, siempre encontraremos alguien que nos sostenga. En eso cuenta conmigo.

Naia no respondió, solo clavó sus ojos en los de él, que eran azules como el cielo en esos días de Sol que tanto extrañaban.

—Y tú conmigo.

Aioros extendió el brazo y revolvió de nuevo su cabello oscuro. Shion tenía razón: si miraban lo suficiente, encontrarían que siempre habría alguien a su lado.

-Continuará…-

NdA:

Damis: Cof… cof… Esto… Cof…

Milo: Si, Damis, ya sabemos, te volviste a retrasar.

Damis: Si... y no tengo perdón, fue mucho tiempo, lo se. Pero estos meses han sido especialmente difíciles a nivel personal. Entre otras cosas, mi abuelito falleció... y no me sentí muy bien para hacer maldades :(

Gato: Solo por eso te perdonamos y te damos besos y abrazos. *Abrazo grupal a Damis*

Damis: Espero me sigáis queriendo como yo os quiero a vosotros *ojitos*

Kanon: Por ahora sí, pero estarás bajo vigilancia...

Angie: Tú si que deberías estar bajo vigilancia. Tienes algún tipo de trastorno difícil de... comprender.

Kanon: ¿Te refieres a algo en particular?

Angie: Tu manera de mostrar preocupación fraternal, es... maravillosa.

Kanon: Oh, te refieres al capítulo...

Saga: Grr…

Kanon: Sí, bueno, algunas cosas nunca cambian.

Milo: Lo cierto es que nadie puede decir que el Santuario sea un sitio aburrido. Pasan muchísimas cosas... curiosas.

Gato: Y seguirán pasando. Pero habrá que esperar hasta la siguiente actualización.

Damis. ¡Intentaré no retrasarme mucho esta vez!

Santitos: ¡Adiós!