Capítulo 49: Olor a muerte

Nikos arrugó la frente. Una vez más, enésima en aquel día, hundió el paño en la tinaja de agua fría y, tras retirar el exceso, cubrió la frente de su amigo con él.

El contacto frío contra su piel que ardía hizo que Keitaro se estremeciera. Mantenía los ojos cerrados pero su mente no estaba descansando. La fiebre hacía que delirara. Se revolvía en la cama con inquietud y sus labios musitaban palabras sin sentido. Había pasado toda la noche así, sin darse un descanso a si mismo, ni al moreno. Pero cuando la mañana llegó y la fiebre no estaba ni cerca de ser controlada, Nikos supo que no podía esperar. Aquella plaga que había asolado al pueblo ya estaba bien establecida dentro del Santuario y Keitaro pasaba a formar parte de su larga lista de víctimas.

—No... no... no quiero... es demasiado...—musitó en su agonía. Sin nada más que ofrecerle, Nikos empapó el paño de nuevo y limpió su frente sudorosa.

—Vamos, tranquilo. Eudora estará pronto por aquí y te ayudará a mejorar.

El pelirrojo susurró algunas palabras más. Su suplicio era interminable.

Sentirse atado de manos era un suplicio tan grande, o peor, para aquel que solo podía observar. Habían pasado horas desde que el Santo de Orión diera aviso a la Fuente y solicitara por ayuda. Pero la epidemia era grande y los recursos limitados. Por mucho que Eudora y sus doncellas lucharan por dar atención a todos los enfermos, les resultaba imposible.

Los médicos de Rodorio se habían dado por vencidos. Ninguno parecía entender lo que aquella extraña enfermedad representaba, ni sus causas, ni mucho menos su cura.

Era justo decir que incluso Eudora, con toda la experiencia que sus canas representaban, estaba completamente segura de lo que hacía. Su espíritu era fuerte, pero la carne era débil. Los años comenzaban a pesarle y aunque su mente era una fuente de aguas cristalinas, la edad de su cuerpo la traicionaba. Ya no se movía como antes; era más lenta y se cansaba más. Pero seguía siendo una mujer de inmensa sabiduría y de un corazón todavía más grande, que se caracterizaba por aquel instinto protector y maternal que la hacía tan buena en su trabajo.

Había tomado a Eurídice como su pupila, y la joven había respondido con gracia a aquel voto de confianza. Rápidamente se había convertido en su mano derecha y en su sostén. Donde la una iba, iba también la otra.

Los golpes a la puerta se escucharon cual tambores en el silencio de la cabaña. Como un resorte, Nikos se puso de pie y prácticamente corrió hasta la entrada. Agradecía que finalmente la ayuda llegaba. Keitaro la necesitaba con urgencia.

Pero el ceño volvió a oscurecérsele cuando descubrió que la persona al otro lado no era la vieja curandera, sino un montón de Santos adolescentes que le miraba con una mezcla de preocupación y curiosidad que resultaba todo, menos reconfortante. A pesar de la desesperación y de la decepción, el moreno se esforzó por controlar sus reacciones. Los chicos le agradaban y aunque no eran las visitas que esperaba, al menos le harían compañía.

—¿Cómo va todo? —Argol era el cabecilla de la comitiva. ¿Quién sino? Ningún otro Santo de Plata o Bronce, era tan popular como él.

—Está mal...

—¿Estás seguro de que se trata de... la enfermedad? —El rubio bufó, y casi a la vez, los demás chicos imitaron su gesto.

—No soy médico, pero los síntomas parecen ser los mismos.

—¡Esas son terribles noticias...! —Jamian se calló cuando el codo de Asterión se le hundió en las costillas y la mirada de Moses le recordó su falta de tacto. Misty se sobó los ojos con fastidio.

—Lo que Jamian ha querido decir, es que esperamos que se trate de algo más que eso. Quizás sea causa de la lluvia, pasamos empapados la mayor parte del día. Puede ser un resfriado mal cuidado—acotó Perseo. Sus ojos azules volaron hacia Jamian, advirtiéndole que, por una vez, cerrara el pico.

—Ojala sea eso.

—¿Podemos ayudarte en algo? —La presencia del pequeño Unicornio no sorprendía a nadie. Era el protegido de Argol y sus buenos modos le habían ganado un hueco entre la pandilla de Santos de Plata. —Si hay algo que podamos hacer...

—No, no. En realidad... —Nikos suspiró. Echó una mirada por encima de su hombro, a la cama donde Keitaro yacía y dejó escapar el aliento. —En realidad no hay mucho que hacer, salvo esperar por Eudora.

—¿Aún no llega? —El moreno respondió a la pregunta de Asterion con un gesto de cabeza negativo. —Supongo que la gente en Rodorio la ha acaparado. El Maestro y la princesa bajaron también.

—Esas son noticias agridulces.

—¿Por qué dices eso? —Jabú cuestionó a Argol.

—Porque, por un lado, la presencia de ellos dos traerá un poco de paz y subirá los ánimos de los aldeanos. Pero, por otro, significa que las cosas están yendo realmente mal. El Maestro no arriesgaría a la princesa a un contagio sino fuera realmente urgente que bajaran hasta el pueblo.

—La enfermedad no es contagiosa.

—¿Cómo lo sabes? —Ante la pregunta de Misty, Nikos encogió los hombros.

—Aldebarán me dijo que hubo al menos una docena de guardias que enfermaron, pero en la mayoría de los casos, aquellos con quienes comparten alojamiento no cayeron ante la enfermedad. Y mírame a mí, hasta ahora estoy bien.

—No sabemos si se trata de la misma enfermedad. En caso de serlo, Cruz del Sur sería el primer Santo de Plata en padecerla. —Argol se tornó pensativo. —Es decir, sabemos que es una plaga entre los aldeanos, y que ha habido algunos enfermos entre los aprendices y las Korees. También hubo un par de casos raros más; un Santo y una Amazona, ambos de bronce, pero ninguno de Plata.

—¿Se han recuperado? —Y cuando vio al rubio asentir, Nikos se sintió terriblemente aliviado. —Gracias a Athena...

—Oye, oye... —Moses posó la mano sobre los hombros del mayor. Nikos elevó su mirada violeta para buscarle. —Keitaro estará bien. Si estas fiebres le han pillado con la guardia baja, es porque el pobre está en constante contacto con el veneno de las rosas de Afrodita. Eso jode al sistema inmunológico de cualquiera.

—Sí, en eso tienes razón.

—Por lo pronto, el descanso le vendrá bien.

Nikos levantó las cejas. A Keitaro podía resultarle provechoso el descanso, que en sí no lo era, pero a él, al pobre Nikos, tanta tensión iba a matarlo.

Cerró los ojos tan solo un segundo mientras exhalaba en busca de un poco de paz interior. Sin embargo, el revoloteo de los cuervos de Jamian lo obligó a romper el momento.

Jamás se sintió más feliz de escuchar el graznido lúgubre de las aves oscuras.

—¡Mirad quien viene ahí!—celebró Jabú—. ¡Es Eudora! ¡Ya está aquí! Ahora todo estará bien... Eso es seguro.

-X-

Shion no perdió de vista a la princesa un solo segundo. Había accedido a regañadientes a que lo acompañara… a pesar de que entendía su interés en hacerlo. Durante toda su larga vida, él había bajado hasta Rodorio y paseado entre sus calles, saboreado únicamente el te caliente que sus aldeanos le ofrecían como muestra de gratitud en tiempos de desesperación. Había tratado de aportar consuelo en los últimos momentos de muchos de aquellos hombres y mujeres que tan leales les eran.

No podía curarles, eso lo sabía bien, y tristemente, eso no había cambiado con los años. Sin embargo, podía hacer aquellos momentos más llevaderos, más tranquilos… Su cosmos, como el de cualquier santo que lo usara correctamente, era una bendición de los dioses. Tan suave y cálido como una caricia, y reconfortante como un abrazo.

Siempre, siempre, sin excepción, había ido allí cuando las noticias de que alguien se encontraba en el final de sus días llegaban a sus oídos. Había consolado a los que se quedaban, y había rezado por los que iban. Nunca le había importado el efecto que pudiera tener sobre él, sobre su edad, sobre sus achaques.

Mas ahora, las cosas eran diferentes. Desconocían que sucedía… y no se trataba simplemente de él. Al fin y al cabo, el Patriarca no era completamente imprescindible, podía ser reemplazado. Pero la diosa… Ella no. Ella era intocable, era un tesoro, la joya más brillante de su corona, y ahora que su fortaleza estaba diezmada a causa de la resurrección de los chicos, era vulnerable. Lo que menos necesitaban, y deseaban, era que ella cayera enferma de un mal desconocido.

Sin embargo, Saori tenía un carácter fuerte e inquebrantable, que día a día se fortalecía y maduraba. Lejos quedaban los días en que la niña diosa solamente podía contemplar como los acontecimientos se precipitaban frente a sus ojos. Tan solo quince años… la diferencia no era tanta. Pero en aquellos meses, había madurado, había aprendido muchísimo acerca de quien era, y había logrado sentir que aquel Santuario y aquella gente, eran suyos.

El fantasma de una enfermedad desconocida no iba a mantenerla lejos de los aldeanos, los más vulnerables, por mucho que Shion se preocupase. Dudaba siquiera que cualquiera de los chicos fuera capaz de convencerla. Ni siquiera ellos, a los que admiraba y adoraba de un modo asombroso.

Así que el no tan viejo patriarca, se resignó. Suspiró una vez más, sin despegarse de su lado, y sostuvo su mano con mimo mientras sus cosmos, entrelazados en una armonía fantástica, inundaban una a una las estancias que visitaban.

—Cuidaré de ti, Dario—murmuró. Después, besó la mano del chiquillo, que no alcanzaba aún los ocho años.

El pequeño la miró, con el par de orbes azabache entrecerrados, y con un par de lágrimas mojando sus mejillas regordetas y pálidas. Al parecer, el niño siempre había sido delicado de salud, enfermizo. Pero aquel mal que acosaba sin cuartel a los más viejos, comenzaba a cobrarse victimas menos probables.

Algunos guardias, incluso algún santo de bronce y plata había enfermado, y ellos, no eran simples mortales. Desde la Fuente no hallaban solución, por lo que diosa y patriarca habían ido hasta allí solamente a modo de consuelo.

—Te pondrás bien, y crecerás para ser un hombre fuerte, como el Dario de las viejas historias, el que te dio nombre. —Acarició su frente, y retiró el cabello humedecido por el sudor. El pequeño, dejó escapar un suspiro cuando Saori alzó sutilmente su cosmos, dispuesta a eliminar todo rastro de dolor del modo que fuera.

Sin embargo, cuando sus manos volvieron a acariciar aquel rostro infantil, algo en su rostro cambio. Shion se percató de ello de modo inmediato. La princesa, entrecerró los ojos, y escudriñó con interés al chiquillo.

—La fiebre ha desaparecido—dijo. Shion alzó los lunares, y rápidamente llevó su mano a la frente de Dario.

Sorprendido, entreabrió los labios. Volteó hacia Saori fugazmente, y después se volvió hacia el pequeño. Había recuperado algo de color, y aunque se había dormido, el vaivén de su pecho era más regular y pausado. Había mejorado.

Abandonaron la casa poco después, con la promesa de que Eudora misma pasaría a revisar que todo estuviera bien, y caminaron en silencio rumbo a las doce casas. Solamente cuando estuvieron lo suficientemente alejados de la aldea, se atrevieron a despegar los labios.

—Ha remitido.

—Tu cosmos lo hizo remitir…

—Pero no soy sanadora. La sanación no está entre las virtudes de Athena. Puedo ayudar a mis santos insuflándoles energía, porque mientras su cosmos viva… pueden levantarse. —Lo había hecho con Seiya y los demás, pero no había podido hacer nada con Camus, Shura, Saga o cualquiera de los demás. —El es un niño normal…

Shion dejó escapar un bufido pensativo. Su mirada se perdió en el horizonte mientras caminaban, tratando de encontrar una explicación a aquel acontecimiento tan extraño.

—Elora también mejoró—dijo al fin.

—Y ella solamente es una anciana, no tiene la vitalidad de un niño para luchar… —De nuevo, el peliverde guardó silencio, sumido en sus pensamientos. Ella, entre impaciente y emocionada, continuó. —¿Crees que…?

—Hay que ser prudentes, pero… —Se apartó la melena de la cara y se humedeció los labios, pensando bien lo que iba a decir.— No hay ningún santo dorado enfermo. Y los casos en el rango de plata, se cuentan con los dedos de una mano. Después de lo que hemos visto hoy… sería lógico pensar que nuestro cosmos, o el tuyo, tiene algún tipo de efecto contra la enfermedad. La hizo remitir.

—Quizá… —Se mordisqueó el labio con nerviosismo. —La única explicación posible para que mi cosmos sane, es que el ataque, el origen de la enfermedad… también sea cósmico.

—Eso significaría que nuestro atacante encontró otro modo de diezmarnos desde las sombras.

—Después de las ilusiones, si esto resulta ser como pensamos, podríamos estar enfrentándonos a una plaga…

-X-

Llegó un momento en que Camus perdió por completo la concentración. Y eso, era algo que no sucedía a menudo. Estaba acostumbrado a tener a Milo cerca, revoloteando como un pajarillo, y aún así era capaz de mantener la atención donde quería. Sin embargo, aquel día, parecía simplemente imposible. Y la culpa no era precisamente de ese peliazul.

Saga había aparecido sin previo aviso. Como siempre a últimas fechas. A veces utilizaba la Otra Dimensión para entrar y salir sin ser visto, otras, simplemente se escabullía con maestría a través del campamento. Y él se alegraba de que estuviera ahí. Había abandonado su autoreclusión en Géminis, y casi se atrevía a decir, que había recuperado la dignidad perdida en aquel entrenamiento con Máscara Mortal en el coliseo. Lo veía bien físicamente, muy bien. Aunque su rostro delataba la falta de sueño.

Sin embargo, el peliazul distaba mucho de estar tranquilo como les tenía acostumbrados. De acuerdo, no era como Milo, pero algo, simplemente, no encajaba. Se movía de acá para allá todo el rato, se mordisqueaba los dedos, aunque dudaba que ya quedara algo que morder, jugueteaba con los bolígrafos, con las bolas de papel, ordenaba las estanterías y cuando terminaba, volvía a empezar. Camus se sobó los ojos. Saga solamente intentaba mantenerse ocupado, pero era posible que le provocara una crisis nerviosa antes.

Había perdido la cuenta aquella mañana de cuantas veces se había levantado hasta la ventana. Lo hacía con la excusa de fumar allí, con la ventana abierta, cuando nunca antes le había importado hacerlo en el escritorio.

Así que Camus se levantó de su silla, captando la atención de Shura, que parecía capaz de ignorar la hiperactividad del geminiano mucho mejor que él, y se acercó hasta la ventana.

—Dame eso.

Sin miramientos, le quitó el cigarrillo antes de que pudiera darle una calada. Saga se quedó quieto, mirándolo estupefacto.

—¿Qué…?

—Apestas a humo. Deja de fumar.

—¿Sabes lo caro que está el tabaco? —Camus volteó los ojos, y se apoyó al otro lado de la ventana, contemplando el mismo panorama que él.

—Tómalo entonces como mi preocupación por tu economía y salud. Tendrás los pulmones como alquitrán a estas alturas. ¿Estás comiendo bien?

—¿A qué viene…? —Camus no lo dejó terminar de protestar, porque sabía que lo haría. Saga tenía aquella expresión casi infantil y traviesa en el rostro que nunca antes había visto hasta que presenció el duelo de la Nutella con Arles en el comedor del templo papal. Camus se había dado cuenta de que cuando estaba contrariado, tendía a hacerlo. Era gracioso en realidad, o al menos lo era la mayor parte del tiempo, cuando no se enzarzaba en una boba discusión con uno mismo.

—El azúcar causa hiperactividad. —Saga alzó una ceja, la sombra de Arles era alargada.

—Y felicidad.

—El chocolate es sustitutivo del sexo, dicen—acotó Shura, desde la mesa. Saga gruñó, y Camus esbozó una sonrisa microscópica.

—Haz algo con tu vida, Saga.

—Soy respetable.

—Más o menos.

—¿Cómo que más o menos?

—Tiendes a la calamidad, y en esos momentos, te olvidas de las cosas básicas que debe hacer un ser humano para sobrevivir. Estás entrenando, bien.

—Mucho, de hecho—dijo Shura de nuevo.

—Incluso estas logrando algo provechoso de Jabu, y eso tiene mucho mérito, lo reconozco.

—¿Entonces cuál es el problema?

¿Cuál era? Se preguntó Camus. Suspiró de nuevo, buscando las palabras apropiadas para no meter la pata y que Saga comprendiera.

—Es genial que te mantengas ocupado. Eso ayuda a… —Se encogió de hombros. —Distraerte. Y es genial que estés aquí con nosotros, pero…

—¿Si? ¿Prefieres que no esté?

—¡Vas a matarme de un ataque de nervios si sigues revoloteando de acá para allá sin parar! ¿Sabes cuantas veces has ordenado y cambiado de orden esa estantería? —Señaló con el dedo, y Saga giró en aquella dirección. Una carcajada disimulada provino del rincón de Shura.

—Imagino que tú si lo sabes…

—¡Cinco! ¡Por los dioses, no hay ni una docena de libros en ella!

—Estás un poco nervioso.

—¡ me pones nervioso!

—¡Eh!

—Además, todos aquí sabemos que vienes a fumar a esta ventana por un motivo muy concreto, no porque te preocupe nuestra salud o el estado de nuestro sistema respiratorio.

Saga se quedó callado. Pestañeó lentamente, sin dejar de mirarlo. Camus le sostuvo la mirada de hielo, y finalmente, Saga claudicó y miró hacia otro lado. Shura vio de uno a otro, esperando por una reacción con cierta preocupación. Después, el geminiano buscó de nuevo la ventana y suspiró. Camus tenía razón.

—Olvídate de ella. —Su voz se tornó más seria, más pausada. Desde esa ventana tenían visión directa de la cabaña de Naia y Deltha. —No te hizo ningún bien cuando estabais bien… no lo hará ahora.

El peliazul no respondió. Se llevó el dedo meñique a los labios, y mordió lo poco que quedaba de él. Procuró no mirar a Camus, porque sabía que el francés tenía su mirada fija en él.

—No es eso—dijo Saga al fin.

—¿Y qué es? —Tras unos segundos, en los que el mayor no encontró una respuesta lo suficiente rápida y contundente, gruñó disgustado. Sabía que Camus tenía razón, y sabía que en las últimas semanas había actuado como un adolescente obsesivo depresivo, pero no lograba hacer otra cosa.

—Paso a paso, Acuario—masculló.

—Te auguro más problemas.

—¡Qué alentador! ¿Qué podría pasar? A estas alturas, lo más probable es que me caiga por una escalera y me rompa el cuello.

—No lo descarto.

—Gracias.

—Naiara es complicada. No pongo en duda que sea buena chica, se que lo es. Pero…

—¿Pero…?

—Una persona con un nivel de inseguridad tan grande y esa capacidad para ponerse celosa, es peligrosa. Para ti, y para quienes te rodean. —Saga entrecerró los ojos. Inmediatamente, sus pensamientos volaron hacia otra persona.

—¿Deltha está bien?

—No puedes controlarlo todo.

—No, pero tú si, es tu subordinada.

—Y trato de mantenerlos en orden, pero eso no significa que vaya a hacer de Jamian un hombre respetable, ni de Apus una amazona prodigiosa. —Shura volvió a reírse allá desde la mesa. Se ganó una mirada severa de Saga, pero poco le importó.— Es una mujer… particular.

—Odia esto.

—Lo se. Por eso, sus logros tienen mérito. Pero no es el punto.

—¿Y cuál es el punto?

—¡Dioses! Aléjate de las mujeres, tienes un problema serio con ellas.

—Deltha y yo no…

—Ya lo se. Pero Deltha y tú, sois un problema para Caelum y Aioros, especialmente para ella. Más pronto que tarde, tendrás problemas.

—Eres como Pepito Grillo.

—Estoy casi seguro que tienes muchos de esos. —Aunque lo más interesante de esa aseveración, era que Saga conociera al grilo animado. Inquietante.

—Gracias por tus consejos Camus.

—De nada.

A lo lejos, la silueta de Eire y Tatiana se dibujó, y la risa cantarina de la irlandesa llegó a sus oídos. Saga, esbozó una sonrisa traviesa, y recuperó su tabaco. Se llevó un cigarrillo a los labios, y lo encendió con deliberada lentitud. Camus volteó hacia él con el ceño fruncido, aunque algo en su rostro había cambiado.

—Acepta un consejo mío, Acuario. De hermano mayor.

—Soy todo oídos.

—¿Ves a Shura? —El francés lo vio fugazmente.

—¿Qué pasa conmigo?—preguntó el de Capricornio con interés.

—Shura odiaba esta cabaña y odiaba cada segundo que pasamos aquí. Pero míralo ahora, que sonrisa y cara de satisfacción. —El español alzó las cejas sin tener muy claro hacia dónde iba la conversación. —Pasas mucho tiempo en esta cabaña, Camus, y lo haces porque quieres. Es un halago que te guste nuestra compañía, se que en el fondo adoras mi faceta hiperactiva y te gusta cuidarme.

—¿Qué…? —Quiso interrumpir el menor.

—Pasas demasiado tiempo aquí, y eso es peligroso.

—¿Qué demonios…? —Saga rodeó los hombros de Camus con el brazo, y con la mano que sujetaba el cigarrillo encendido, señaló por la ventana.

—La rubia cazó a Shura. Y tú no vas a cazar a la pelirroja.

—No se de que hablas…

—Ella te va a cazar a ti. —Palmeó su hombro. —Acéptalo. Diecisiete años, y aquí estás. Fingiendo que cuidas de mi, pobre y torpe hermano mayor, cuando estas esperando a que ella llegue. Estás perdido.

Shura estalló en carcajadas, y Camus refunfuñó, se cruzó de brazos, y quiso protestar, pero en ese momento, la puerta se abrió. Eire, asomó quitándose la máscara en el proceso, y sus enormes ojos azules, chisporrotearon como un copo de nieve bajo el sol. Saga palmeó su hombro con gesto divertido, saboreando su minúscula victoria, y dejando a un lado el mal sabor de boca que las certeras palabras de Camus habían dejado en él.

—¡Hola!—saludó la joven—. ¿Has vuelto a escabullirte, Saga?

—Ha vuelto a escabullirse. —Shura le dio la razón antes de que el peliazul se inventará una rocambolesca excusa, porque había que admitir, que tenía imaginación.

—No podéis culparme, este campamento es peligroso—dijo al fin—. Podría no venir y dejaros aquí abandonados, pero… —Se encogió de hombros con gesto divertido. —Temo por ellos. La cabaña es peligrosa, ¿verdad Camus?

Camus solamente lo miró, preguntándose una vez más, como funcionaba aquella mente geminiana que era capaz de cambiar las tornas de la situación con un chasquido de sus dedos.

-X-

Aioros colocó el capuchón de bronce donde encajaría la cuerda, en el astil de la flecha y comprobó que no tuviera holgura. Después, tomó tres plumas y las pegó en su lugar, trabajo que requería maña. Observó la pieza terminada atentamente, midiendo el peso y el correcto balance de la misma en la palma de su mano, y cuando se dio por satisfecho, clavó la flecha en el suelo y continuó con la siguiente.

Era un trabajo artesano que requería no solo maña, sino mimo y dedicación. Casi se atrevería a decir, que también pasión. Recordaba a Orestes haciendo aquel mismo trabajo, innecesario para un santo de su rango, pero a la vez tan mundano y normal, que le resultaba entrañable. Su maestro le había enseñado los secretos de la fabricación de las flechas.

Siempre decía que las flechas de caza eran las más difíciles, ya que las de guerra, al fin y al cabo, nunca se recuperaban. A esas no les ponía el capuchón de bronce que nivelaba su peso y tan útil resultaba para la correcta posición de la cuerda, sino que simplemente cortaba una muesca en el astil y colocaba un cordel en la punta. Sin embargo las de caza… con ellas se disparaba más lejos, a blancos más difíciles, por lo que cada flecha era una pequeña obra de arte en si misma. Tenían que ser perfectas. Orestes siempre decía que un arquero debía fiarse únicamente de sus propias flechas.

Terminó otra más y suspiró. Lo cierto era que Orestes se ocupaba de las flechas cuando necesitaba un poco de paz y tranquilidad, le resultaba relajante. Y Aioros había descubierto que trabajar con sus propias manos, tenía exactamente el mismo efecto en él. Lo mantenía ocupado y concentrado en aquella labor, sin pensamientos inoportunos o recuerdos dolorosos que surcaran su mente. Simplemente sus manos.

La galería de tiro estaba en un estado deplorable. No había sido usada prácticamente en años, y las veces que él había pasado por allí desde su regreso, se contaban con los dedos de una mano. Así que aquella tarde se había propuesto la tarea de devolver la magia a aquel rincón apartado.

Colocó las flechas en uno de los gorytos que colgaban de la pared, recogió las piezas sobrantes y las guardó en uno de los desvencijados cajones del armario. Después, decidió que al menos debía arreglar una de aquellas dianas.

Retiró la tela sucia y enmohecida que cubría la diana de paja, y acomodó con sus manos un nuevo manojo de hierba seca. Lo trenzó en grandes hebras, y aunque al principio se le hizo costoso y sus dedos se resintieron, cuando terminó el circulo había cogido ritmo. Una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro, y entonces, colocó el último detalle: la tela. Estaba vieja, y roída por el tiempo, pero la había encontrado en el armario y al menos estaba limpia. Después, pasó la escoba y apartó todas las malas hierbas y hojas podridas que el temporal había arrastrado hasta allí.

Se apretó la cinta de la frente, colocó los brazos en jarras y amplió la sonrisa. El lugar se veía… bien. Aún necesitaría trabajo, pero ya recordaba a lo que antaño había sido. Invirtiendo un poco de su tiempo los siguientes días, estaba seguro que la galería quedaría como nueva.

Se dio la vuelta, y tomó uno de los arcos que había arreglado. Tensó la cuerda un par de veces, comprobando que todo estuviera correcto, y colocó una de sus flechas nuevas. Tomó posición, armó el brazo y disparó. Un blanco perfecto.

Dejó escapar una pequeña carcajada. Una como la que no había escapado de su garganta en semanas. Tomó otra flecha y disparó de nuevo, y así una y otra vez. Tan ensimismado estaba en su práctica, que no se había dado cuenta de que había público.

Un par de guardias contemplaban asombrados su quehacer. Cuando reparó en ellos, el arquero se detuvo, esbozó una sonrisa nerviosa y se revolvió los rizos.

—Hola—dijo, ellos agacharon la cabeza con un respeto infinito.

Sin embargo, el arquero ladeó el rostro. Apenas alcanzarían la mayoría de edad y había algo en sus miradas que era diferente.

—Eres magnífico—murmuró el más alto.

—Gracias, pero solo… es mi especialidad.

—¿Has arreglado tú todo esto?—preguntó el otro sorprendido. Aioros asintió.

—Aún queda trabajo.

—No tenías porque ocuparte tú. Solo con haberlo dicho, nosotros…

—Oh, no, descuidad, lo hice encantado.

—Nosotros también somos arqueros… —Pero algo en su voz se resquebrajó al hablar.

—¿En serio? —Aioros alzó las cejas, con ilusión. Lo cierto es que era lógico, entre los guardias siempre hubo un batallón de arqueros. Orestes supervisaba sus entrenamientos de cuando en cuando años atrás. De pronto, una idea se iluminó en su cabeza. —¿Querríais practicar conmigo?

—¿Podríamos? —Ilusión. Aioros solo encontró ilusión en aquellas jóvenes miradas, que acostumbraban a recibir únicamente indiferencia de los rangos superiores. Eran el último eslabón del Santuario: quienes no valían para nada más que portar un arma y ser los primeros en morir.

—¡Claro! —Le tendió un arco. —¿Cómo os llamáis?

—Yo soy Titus, él es Urian.

—¡Bienvenidos!

Le colocó un gorytos a cada uno y repartió las flechas, y con un gesto de la mano les invitó a seguirle. Les indicó, les aconsejó… y descubrió, que incluso cuando un Santo Dorado está perdido entre los suyos, siempre hay un hueco para uno. Quizá, de modo casual y accidentado, él había encontrado una ocupación importante a largo plazo.

Escuchó sus propias palabras cuando les corregía y, entonces, se dio cuenta de que en realidad, era tan útil como los demás. Solo que cada uno tenía un hueco y un momento en el mundo. Había envidiado a sus compañeros tanto y por tantos motivos, que no había reparado en que debía ser él mismo quien encontrará su lugar y alcanzara un poco de paz.

Quizá de esa forma logrará, al fin, cortar los hilos que aún le unían a Saga y Deltha y que tanto dolían. Quizá pudiera simplemente olvidar.

-X-

—Dichosos los ojos...

Milo estaba esperando por él en la cocina, tal como su cosmos acusó en el instante en que se había anunciado.

Era cierto que la visita de Kanon a Escorpio le caía por sorpresa. Y no era que hubiera problemas entre los dos, pero todo indicaba que a últimas fechas, el gemelo prefería quedarse en casa, husmeando en los asuntos de su hermano, que salir de visita. Mucho menos a esas horas de la noche.

—De hecho. Honrado deberías sentirte por mi visita. —Kanon replicó. El más joven esbozó una sonrisa traviesa y giró los ojos con fastidio.

—¿Te has perdido? Porque Géminis está unos cinco templos más abajo.

—Que gracioso, Escorpio. Sabes que me encanta caerte por sorpresa.

—¡Qué va! Si eres un malagradecido que solo se acuerda de su hermano pequeño cuando necesita asilo.

—¡Eh! No te quejes. Traje cerveza. ¿Tienes algo de comer?

—Hummus, patatas fritas y algo de crema de cebolla y hierbas.

—El hummus y las patatas fritas me sirven.

—Sírvete tú mismo. —Rebuscó por la tarrina de puré de garbanzo en la nevera y la dejó sobre la mesa. —¿Quieres pan o te basta con las patatas?

—Las patatas están bien.

Untó un poco de la pasta sobre las frituras y se la metió a la boca. Estaba sabroso, pero como siempre le pasaba, su sabor le transportaba al pasado. Era inevitable que el recuerdo de Zarek le viniera a la cabeza cada vez que probaba el hummus. Él y el hummus eran uno de aquellos detalles que se le habían marcado profundamente desde su niñez.

—Y bien, escupe. ¿A qué debo el honor de tu presencia?

—Ah, eso... La mascota de Saga está en Géminis. —Kanon sacó las cervezas de la bolsa del mercado y las acomodó en el refrigerador, dejando fuera una para cada quien.

—¿Mascota?

—Su pajarito.

—¿Apus? —El gemelo asintió y Milo no se esforzó por disimular una risilla. —¿Y les das privacidad, o qué?

—Calla, calla. Si alguien te escucha, van a arrancarte la lengua. Lo peor es que no sé quien lo hará primero: el arquero o Saga.

—Quizás los dos.

—Quizás se peleen de nuevo por dicho honor.

—Es posible. —Rieron. Kanon abrió ambas botellas y le tendió una. Tomó una nueva patata y repitió el ritual antes de comerla. —¿Qué demonios esta pasando en Géminis, Kanon?

—No tengo la menor idea... y no sé si quiero saberlo.

Aunque quería. Con todas sus ganas. Moría por detalles. Pero Saga no iba a darle ninguno más.

A Milo, en cambio, el asunto no terminaba de encajarle. Sin embargo, el hecho de tener al gemelo en Escorpio, huyendo de su propio templo, o expulsado quizás a causa de las visitas de Saga, solo encendía aquel incendio en su mente que era la curiosidad.

Y no era que Milo dudara de cualquiera de las dos partes, sino todo lo contrario. Creía con medida vehemencia en la inocencia de Saga y Apus, pero también era consciente que la paranoia de Aioros y Naiara no había surgido de la nada. La cuestión era: ¿Por cuánto tiempo más estarían todos equivocados? A final de cuentas, bien lo rezaba el dicho: una mentira que se repite muchas veces... siempre termina por convertirse en una verdad.

—¿Piensas volver a Géminis esta noche?

—Acabo de llegar. ¿Ya estas echándome?

—De acuerdo, de acuerdo. Debido a que has traído cerveza, voy a dejar el tema por la paz. Y, solo para que sepas, mi sofá siempre está disponible para la familia.

—¿La Cobra está de acuerdo con eso? —Milo se lo pensó un momento. Después asintió.

—Vale. Rectifico: mi sofá siempre está disponible para la familia... mientras mi Cobra no esté de visita.

—Eso pensaba. —Compartieron una sonrisa y chocaron sus botellas antes de dar el primer trago.

La cerveza les supo bien. La noche se pintaba agradable y tranquila para ambos; algo ligero para comer, una buena bebida y, con suerte, una plática interesante. Ninguno de los dos pedía, o esperaba, por algo más.

Para Kanon, tratar con el Santo de Escorpio siempre había sido fácil, a diferencia que con el resto del mundo. Mucho tenía que ver el enfoque relajado y amigable con el que Milo se acercaba a él en cada ocasión. Aún en momentos duros, de crítica, reprimenda o reprehensión, el joven peliazul se le antojaba justo. Podía no gustarle lo que tenía que decir, pero de algún modo, Kanon no podía negarle parte de razón.

—¿Sabes algo? —Kanon habló. Tomó en sus manos los entremeses y marchó con rumbo al sofá del salón. Milo fue tras de él.

—No. ¿Qué?

—Es un poco inquietante cuando la llamas tu Cobra. No sé por qué, pero imagino que te sacaría los ojos si supiera que reclamas cierta propiedad sobre ella.

—Es altamente probable. Por eso lo dejaremos como un secreto entre tú y yo.

—Suena inteligente. Aún no entiendo cómo terminaste enredado con ella.

—Me gustan los retos y esa mujer lo vale. —Y resultaba ahora irónico, que la razón por la que había comenzando, hubiera resultado más frágil que aquella improvisada relación suya.

—Ya... Sigue siendo raro. Es la Cobra.

—Viendo tus gustos, supongo que lo sea.

—¿A qué viene eso?

—¡Me encanta cuando finges demencia! —Milo se carcajeó. —¿A la sirena le gusta también?

Que Kanon, siempre tan en control de sus reacciones, levantara las cejas y abriera los ojos con la expresión obvia de un hombre culpable, se delatara a si mismo, resultó un enorme éxito para el escorpión. Si tan solo hubiera tenido la cerveza en la boca...

—¡¿Qué demonios...?!

—¡Eso tendría que decirte yo a ti! ¿Desde cuando...?

—Desde nunca. No sé que es lo que creas, pero no me la estoy tirando.

—Oh, pero eso lo sé. No era eso lo que quería preguntar. Me refería a desde cuando te parece tan interesante. Estaba al tanto que era la favorita de Julián, pero no la tuya.

—Tethys es la favorita de todos en Atlantis. Y antes de que pienses algo sucio, lo digo en el buen sentido.

—Sí, sí. La niña de vuestros ojos. —Le echó una mirada que dejaba en claro las dudas acerca de la inocencia en su sentir hacia ella. —Por eso será que no han aguantado mucho sin ella. Sé que volvió a Atlantis.

—Por un par de días. Ella también los echaba de menos. Son una familia, igual que nosotros. —Tristemente, aún más unidos que ellos.

—Ya, bueno. No llores demasiado por ella, que volverá pronto y podrás tenerla solo para ti de nuevo.

—Milo...

—Cómo fuera, quiero que sepas que me agrada. —Le palmeó el hombro. Kanon sopló sus flequillos. —A Shaina no le gusta tanto, pero a mi sí, y ya sabes que soy bueno calando a la gente.

—Sí, seguro. Te agrado yo, no sé que tan bueno sea eso—bufó el gemelo, y el gruñido que siguió a su propia afirmación hizo que Milo estallara en risas.

—Nadie es perfecto. Pero hablo en serio: se te puede acusar de muchas cosas, pero jamás de tener malos gustos.

Kanon decidió enterrar aquella conversación dando un gran trago de su cerveza y centrando su atención en el hummus sobre la mesilla. Milo podía llegar a ser realmente molesto e insistente... También podía ser terriblemente acertado.

Lo peor era que, al menos en ese asunto, no estaba del todo equivocado.

Hasta el momento en que volvió a tenerla cerca, no había reparado en lo mucho que la echaba de menos. Tethys era su sirena, su compañera. La había tomado bajo su cuidado en Atlantis y desde entonces siempre había estado ahí, a su lado. La había utilizado, igual que al resto. La puso en peligro, le rompió el corazón y después la perdió. Quizás había sido precisamente por eso que se resignó a no volver a tenerla y, por lo mismo, que la sola posibilidad de recuperarla resultaba en gran parte, descabellada.

—Demasiado hummus para un día. —Apartó el tazón de pasta de garbanzo y con él, empujó la conversación a terrenos seguros. —Me recuerda a Zarek.

—Te creo. Me sucede lo mismo con Vigo cuando Shura nos invita a tortilla de patata. Casi me parece escuchar la carcajada del viejo.

—Excepto que Vigo es agradable de recordar. Zarek, por otro lado...

—Ya. Te doy la razón. —No había punto de comparación. Suspiró y de pronto se tornó serio. Echaba de menos a su maestro. El español siempre había sido bueno con él. Era un gran tipo. —Oye, sé sincero. ¿Crees que este asunto con Saga y Aioros se arregle pronto?

—No.

—Wow. Ni siquiera te lo has pensado...

—No hay nada que pensar. Al arquero le salió el carácter y eso es malo para Saga, porque el suyo desapareció.

—Si lo pones así.

—No se trata de lo que yo diga, se trata de lo que es. No importa el lado desde el cual lo veas, esto es traición. —Y, de pronto, cobró sentido para Milo.

—No lo había pensado así—susurró. Se llevó la botella a los labios y bebió un sorbo de cerveza. La respuesta de Kanon era tan amarga como su bebida.

—¿Preocupado?

—¿Tú no? Son Saga y Aioros. Son…

—Sé lo que son. —O, mejor dicho, sabía lo que significaban. El gemelo encendió un cigarro y lo caló. Soltó el humo lentamente. —Pero no es asunto nuestro. Es cosa de ellos resolverlo.

—¿Y si no se resuelve?

—Se resolverá. —Asintió. La expresión de Milo dejó sus dudas al descubierto. —Sé revolverá, Milo—insistió el mayor—. Ya lo dijiste: son Saga y Aioros. Tiene que resolverse.

-X-

Se maldijo a si misma por ser tan descuidada. Se había repetido cientos de veces que la opinión de la gente no importaba, por dolorosa que fuera, pero que no daría lugar a más rumores... no los alimentaría. Sin embargo, regresar a mitad de la madrugada al campamento desde Géminis no contribuía a su causa. Si alguien la pillaba escabulléndose a esas horas de regreso a la cabaña, no iba a pensar que pasó la noche tratando de cultivar la cultura musical moderna de Saga, que era lo que había sucedido en realidad, sino que hablarían de cómo ella y el guardián del tercer templo se hacían cargo de sus asuntos cuando el resto del Santuario dormía.

Lo cierto era que a nadie le interesaba la verdad. Solo importaba lo que era más divertido de contar, y en eso, Deltha sabía que no tenía absolutamente nada que ganar. Todo lo contrario.

Aunque hasta ese momento había conseguido pasar desapercibida, la prueba más fuerte estaba aún frente a ella. Había alcanzado la entrada de su cabaña, pero ahora tenía que entrar y rogar a todos los dioses porque Naiara no reparara en la hora en que llegaba. Estaba tan cansada de discutir y no tenía deseo alguno de hacerlo a tan solo unas horas del alba.

"Sé como un gato, sé como un gato..." Se repitió mientras recolectaba fuerzas para dar el gran paso. Empujó la puerta con suavidad, reteniendo la respiración, en espera de que su maldita suerte hiciera chillar a las bisagras de la madera. "Joder, joder. Por favor no suenes... no vayas a rechinar..."

Increíblemente, algún perezoso dios del Olimpo escuchó sus súplicas y pudo abrir y cerrar la puerta sin que un solo ruido la traicionara. Dejó escapar el aliento.

Se detuvo unos momentos junto a la entrada, quieta como una estatua. Resultó obvio que su plan de convertirse en gato fracasó rotundamente cuando sus ojos fueron incapaces de adaptarse con rapidez a la oscuridad dentro de la cabaña. Aprovechó aquella emboscada para quitarse las botas. Razones de sobra tenían los felinos para prescindir de los tacones: eran unos cómplices espantosos cuando la misión requería de silencio.

"Casi lo tienes, Deltha. No seas tú, no seas torpe ahora..."

Ser ella, en aquel momento, implicaba romperse el dedo pequeño del pie contra la mesilla, o enredarse en la alfombrilla junto al sofá, o encontrar el modo de hacer retumbar la casita con su peculiar torpeza. Una veintena de pasos afortunados era todo lo que la alejaba de unas horas de sueño tranquilo, y vaya que no había tenido mucho de eso en los últimos días.

Usualmente se iba a la cama entre lágrimas, rodando entre las sábanas con todo tipo de pensamientos que no hacían más que alimentar su inquietud.

Los sollozos de Naiara tampoco ayudaban. Deltha no entendía porque tenía que ser así, porque ambas tenían que sufrir por algo que ni siquiera había sucedido. Una enorme equivocación los hacía víctimas, pero tristemente, era tarde para repararla. No había vuelta atrás. El daño estaba hecho y era imborrable.

Suspiró cuando consiguió alcanzar su cama y se dejó caer en ella. Cogió a Mico y lo abrazó, haciéndose un ovillo. El aroma que brotaba del peluche la tranquilizaba.

Se cubrió con la manta y se acurrucó con la almohada. Cerró los ojos con la esperanza de caer dormida pronto. Estaba cansada; el día había sido largo, pero aquellas últimas horas, molestando y tonteando con Saga, la habían relajado tanto que, de pronto, toda la tensión del día se descargó sobre ella, haciéndola sentirse agotada.

-X-

Deltha despertó con la caricia deliciosa del olor a café que impregnaba el aire. Abrió los ojos muy lentamente, como si realmente no quisiera hacerlo y descubrió que la luz del día iluminaba la cabaña. No había dormido todo lo que le hubiera gustado, pero al menos había descansado mucho más que en semanas anteriores.

Se desperezó en la cama y, a duras penas, consiguió incorporarse. Fue en ese preciso instante en que se arrepintió de haber ido tan tarde a la cama. No dormía mucho en los últimos y el cansancio empezaba a hacerle mella.

Abandonó la cama y caminó los poquitos pasos que la llevan a su diminuta cocina. Naia estaba ahí, de espaldas a ellas, en la meseta, y por el modo en que se esforzaba en no enfrentarla, parecía determinada a ignorar su presencia hasta el fin de los tiempos. Deltha suspiró, quizás con más fuerza de lo que hubiera querido y se sentó a la mesa, en espera de que Naiara terminara y ella pudiera hacerse de un taza de café para terminar de despertar. Soltó un bostezo y apartó la mirada. Poco esperaba lo que vendría a continuación.

—¿Cansada? —Brincó en su asiento cuando escuchó la voz de Naia y la taza que ésta le ofrecía golpeó la mesa. —Tal vez deberías intentar dormirte más temprano.

—¿Qué…? —Por instinto, su mirada fue a la taza de café primero, pero cuando levantó los ojos y chocó con la mirada violeta de la morena, tragó saliva. Las marcas oscuras alrededor de sus ojos acusaban las pocas horas de sueño y en enrojecimiento de los mismos delataba las lágrimas. Fue ahí cuando Deltha entendió que no había sido tan discreta como pensó al principio. —Estabas despierta…

—Es lo que sucede cuando alguien entra a tu casa a las cuatro de la mañana: una se pone en alerta. —La pelipúrpura intentó replicar, pero su amiga no la dejó. Simplemente siguió hablando. —¿Sabes qué es lo peor? ¡Qué debería estar acostumbrada! Todos esos meses escabulléndote de Sagitario al alba debieron enseñarme algo de tus costumbres amatorias.

—¡Dioses! ¿Vamos con esto de nuevo? Por enésima vez…

—¡Sí, sí! Ya me sé el cuento: nada pasa entre Saga entre tú. Excepto que ya nadie os cree.

—¿Gracias a quienes es eso?

—A vosotros, que no actuáis del mismo modo en que predicáis. Conozco tu rutina, Deltha; tus hábitos para escabullirte a mitad de la madrugada desde las Doce Casas, todas tus manías, tus…

—¡Basta! —Apus levantó la voz. Sus manos golpearon la mesa con frustración. Solo los dioses supieron como consiguió disimular el temblor en su voz, que provenía de las amenazantes lágrimas de furia y dolor. —No quiero escuchar una sola tontería más de tus labios. Ni una sola.

—Estamos igual. Yo no quiero saber de ninguna de tus estupideces. Lo que es más, ¡quisiera no saber de ti!

Sus palabras fueron el último golpe, el definitivo.

Sin nada que replicar, con un hueco en el estómago y el corazón, Deltha abandonó la cocina. Se vistió tan rápido como pudo, sin que una sola palabra se pronunciara entre las dos. Tomó su máscara, que estaba sobre la mesilla junto a la puerta, y desapareció en un silencio doloroso para ambas, dejando atrás a Naia y el café frío sobre la mesa.

-Continuará…-

NdA:

Damis: ¿Qué decir, amigos? La vida no nos trata muy bien últimamente ni a Sun ni a mi.

Sun: Os pedimos paciencia, mucha paciencia.

Damis: ¡Nos vemos en el próximo capítulo!