Capítulo 50: Punto de quiebre
Decir que aquel era un día más de una larga mala racha, era una obviedad. Deltha no había atinado a nada desde que abandonara la cabaña a toda prisa aquella mañana. No importaba lo paciente que hubiera sido Camus, o lo especialmente simpáticos que hubieran estado sus compañeros de equipo en un torpe intento por aligerar el ambiente. Simplemente, no funcionaba. Nada funcionaba.
Les miraba, les oía, pero no lograba escucharles. Sus voces, sus gestos, sus movimientos y técnicas se desdibujaban frente a ella tras una neblina de lágrimas permanente que anegaba sus ojos. Afortunadamente, la máscara le brindaba una vez más su invaluable protección. Se había esforzado horrores porque las perlas saladas no resbalaran por su rostro, y eso, al menos, lo había logrado. Sin embargo, lograr poner en orden y armonía al resto de su ser, había sido simplemente imposible.
Se sacudió el barro tan bien como pudo. Era la enésima vez que terminaba rodando por el suelo, y casi de modo milagroso, reparó en la mirada helada de Camus. ¿Qué había en ella? Nunca había encontrado gran cosa, más que un enigma sin solución; pero ahora, aquellos bellos ojos la miraban de un modo diferente. La transmitían todas las palabras que sus labios cerrados no pronunciarían: "Así no, Deltha", "sé fuerte", "levántate"… pero también veía decepción, lástima.
Cerró los puños y suspiró. Escuchó al francés dar por terminado el entrenamiento, y respiró aliviada. Se deshizo de las vendas de las manos, destruidas, con la única intención de hacer tiempo hasta que los demás se marchasen y pudiese quedarse sola. Una vez se hubieron marchado, la amazona se puso en pie. Tomó una bocanada de aire, y esperó un par de segundos antes de emprender el camino al campamento. Se aprovecharía del cambio de entrenamiento, cuando las demás estuviesen ocupadas, para darse una ducha, y con suerte, engullir una tila que calmara sus nervios.
No entendía como existía gente en aquel mundo capaz de dominar todas y cada una de sus emociones, incluso las más crudas. No sabía cómo eran capaces de mantenerse bajo control y guardar la compostura. Entonces, pensó en Saga.
¡Dioses! El genio de la compostura la había perdido tantas veces como ella en las últimas fechas, pero aún así… Lograba recuperarla mal que bien. Tendría que aprender. Al fin y al cabo, ella podía ser su maestra en muchas cosas mundanas de la vida, pero allí, en el Santuario… Era ella quien tenía que aprender todo de él.
Después de todo… estaban juntos en esto.
-X-
—¡Mira quién se ha dejado ver!
De modo inmediato, supo que todos sus planes se habían ido al traste. ¡Maldición! ¡Ya ni siquiera era capaz de calcular las rutinas de sus compañeras con un mínimo de certeza! Y ahora, viendo a los ojos opacos de la máscara de Giste, supo cuán perdida se encontraba. Volteó de izquierda a derecha. En el pequeño anfiteatro donde las amazonas solían entrenar en su campamento, apenas había nadie. Algunas korees, un par de amazonas adultas… pero la presencia de la amazona de la Salamandra, siempre era un indicativo de lo peor. Sobre todo, porque rara vez se mostraba amenazante si estaba sola.
Entonces, fue cuando reparó en el rostro ladeado de Shaina unos pasos más allá. Se estremeció. Luchó con todas sus fuerzas por evitarlo, por ser más fuerte, pero no lo logró. Y lo peor de todo, era que sabía que aquellas dos chiquillas, olían el miedo como las depredadoras que eran.
Naia y ella habían tratado de evitarlas por todos los medios posibles en todas y cada una de las ocasiones anteriores, pero el par de locas parecía capaz de aparecerse allá donde estuvieran, hambrientas de sangre. Oteó de nuevo, en busca de una mano amiga, alguien… Quién fuera, suplicó en silencio, que detuviera el desastre.
—Buenos días a ti también, Giste—murmuró Deltha, cabizbaja. Tomó la determinación de no detenerse, de continuar su camino hasta el resguardo de su cabaña.
—Es una sorpresa verte por aquí, a estas horas… —La pelinegra se llevó la mano a la cadera con gesto desenfadado, y agitó la otra en el aire. —Ya sabes, a la luz del día. Sabemos que te gusta más escabullirte en mitad de la noche… En compañías más masculinas.
Ahí estaba. Un ataque claro y directo. Sin rodeos. Deltha tragó saliva, pero continuó caminando. Apenas un par de metros la separaban de la puerta, cuando esta se abrió. Naia tomó forma frente a ella, y la pelipúrpura, se detuvo de inmediato. ¡¿Por qué la odiaban tanto los dioses?! ¡¿Qué había hecho ella?! ¡¿Quién había sido en su vida anterior?!
—Métete en tus propios asuntos, Salamandra—espetó Caelum, tomando a las otras tres amazonas por sorpresa—. Si es que tienes alguno. —Deltha alzó las cejas tras la plata.
—Esto sí que es nuevo…—murmuró Shaina.
—¡Si ahora hasta se defienden! —La enervante diversión de la voz de Giste, revolvió el estómago de Deltha, pero no volteó a verla. Simplemente se limitó a apretar los puños con fuerza. Naia, frente a ella, ignoró su presencia, como si no pudiera verla. —¡Y nosotras que pensábamos que los gritos y reproches solamente se debían a un par de zorras en celo peleando por su macho alfa! —Las dos adolescentes compartieron una mirada.
—Que, por cierto… ¿Dónde está? —preguntó la Cobra con tranquilidad, buscando alrededor. Siendo su superior directo, era obvio que Shaina conocía la respuesta de sobra. Saga no aparecería esta vez en su rescate.
—Parece que Saga tiene una habilidad extraordinaria para lograr que os abráis de piernas a su voluntad, sin importar cuánto os humilléis, pero luego… —Giste chasqueó sus dedos. —¿Lo veis por aquí? Yo no. Lo más probable es que esté con su hetaira, a ella, al menos… Cuentan que la trata como a una reina.
—Puede tratarla como le venga en gana, pues al fin y al cabo, es una hetaira. Pero vosotras… —Shaina usualmente aportaba la cordura que le faltaba a Giste, sí, pero no por ello sonaba menos loca y obsesiva. Chasqueó la lengua. —¡No importa cuántas veces os lo hayan advertido!
—Sois una vergüenza para la Orden. ¡Para las amazonas!—espetó la más joven—. Somos guerreras, peleamos por ser iguales a ellos, no por calentarles la cama. ¡Y miraos! Volvisteis aquí con tantas ínfulas, tanta palabrería… Traidoras, desertoras… Solo por el deseo de follaros a un santo dorado al que le importáis menos que nada. Convencisteis al Maestro y a la propia Diosa de que estabais aquí por ella… Pero la realidad…
—Cierra la boca—masculló Deltha dándose la vuelta. ¡Por los dioses, era una mujer adulta, casi le doblaba la edad a la mocosa! ¡Y era una amazona igual de válida! No podía temblar como una hoja ante ella y sus provocaciones…
—La gatita tiene lengua.
—Dije… que te calles—espetó con rabia. Iba a llorar, o a explotar. Lo que sucediese primero.
—¿Por qué? ¿No te gusta lo que oyes? ¿Tú? —Giste recortó la distancia que le separaba de Deltha. —Inmiscuirse con los gemelos… —Dejó escapar una carcajada burlona mientras miraba a Naia con un desdén palpable incluso a través de la máscara. —Pero Aioros es otra cosa. —El modo en que pronunció su nombre, se clavó en el corazón de Apus como una daga. —Traicionarle de esa forma…
La mano de Deltha se cerró en la garganta de Giste con una fuerza que no sabía poseía, sorprendiéndose a sí misma por su reacción.
—No te atrevas a hablar de ellos. De él—siseó—. De ninguno. ¡Cómo si te importasen! ¡Cómo si les conocieras! Tú, dando lecciones de traición… Cuando el mismo Ares te exilió… Cuando ni siquiera él te consideró como una sucia cucaracha con utilidad alguna. —Sintió como sus uñas se hundieron en la garganta de la más joven, pero no le importó. La adrenalina y la ira que cruzaba por sus venas, le espoleaba. Quizá era el momento de recuperar su dignidad perdida. —No vuelvas a mencionarles… A ninguno de los dos, ni a considerarte digna de nada. Porque si para algo sirves, es para que Máscara Mortal te manosee día sí y día también. —La soltó de un empujón, y rápidamente Shaina se interpuso entre ambas, lista para atacar, con sus garras amenazadoras. —Y tú… —Deltha se dirigió a ella. —Harías bien en cerrar esa boca y pasar desapercibida, porque resulta que también te has abierto de piernas gustosamente, ¿verdad, víbora?
—¿Qué…? —Desde dónde estaba, Apus se percató del sobresalto que sacudió el cuerpo de la italiana. ¡No se había esperado aquel ataque!
—Hazte la mosquita muerta todo lo que quieras. Pero como tú misma te tomaste la molestia de enseñarnos, en el Santuario no existen secretos. Te humillaste ante el mundo entero por Pegaso… te arrastraste… —Trató de escupir tanto veneno como le fue posible. —Quién sabe lo que puedas hacer ahora por una armadura de oro y un hombre más…—hizo una pausa deliberada—experimentado. Escucha tus propios consejos, serpiente… y haz gala del respeto que predicas para tus superiores, si es que eres tan buena amazona como te crees.
Se dio la vuelta, ciega por la ira. No aguantaba más. Las lágrimas corrieron. No se percató de la identidad de todas las caras que observaban y los ojos que cuestionaban su discusión. Sin saber cuándo, se habían agolpado allí como espectadoras mudas. Tampoco le importaron los susurros, ni la mano que detuvo la puerta antes de que se cerrase con un portazo.
Dejó el exterior atrás. Se despojó de la máscara, la lanzó a un rincón con rabia. Avanzó a grandes zancadas hasta el armario, y sacó la mochila. Metió algunas de sus pocas pertenencias sin miramientos, y después, tomó algunas de sus cosas del baño. Se secó las lágrimas de un manotazo.
—¿Qué estás haciendo?—preguntó Naiara a sus espaldas.
—Largarme. —Se puso la chaqueta. —Hasta aquí llegué. —Sus ojos enrojecidos se toparon con la mirada violeta de Caelum. —Lo intenté, Naia. Los dioses saben que lo intenté, pero me rindo. —Alzó las manos acompañando a sus palabras. —No me merezco esto. Tú tampoco. Y desde luego que Saga y Aioros, menos aún. Hay que reconocer los errores… Y estábamos equivocadas, te guste o no. El Maestro tenía razón. Ellos no nos necesitan. —Un nudo se atoró en su garganta. —Al menos, no así. No a estas dos estúpidas niñatas.
—Si no hubiérais…
—¡Cállate! —La morena obedeció, sorprendida como estaba, ante el arranque de ira de la siempre pacífica Deltha. —Eres la primera culpable de todo esto. —Agitó las manos con tanta rabia, que Naiara dio un paso atrás. —Tanto amor por ellos, tanto protegerles, tanta…—rió desesperada—tanta tontería para nada. ¡Mira a lo que nos ha llevado! ¡A nosotras! ¡A ellos! ¿Crees que necesitan esto?
—Deltha…
—¡No! ¿Lo crees? —La morena negó lentamente con el rostro. —Bien. Al menos algo funciona en tu cabeza.
Después, Deltha se colgó la mochila, tomó en brazos a Mico, y se marchó. Naia, estupefacta, solamente pudo observarla marchar sin que una palabra pudiese abandonar sus labios.
-X-
Espiar a través de la puerta nunca había estado entre sus planes. Pero llegado a aquel punto, su curiosidad se había impuesto ante la prudencia y ahí estaba él, incapaz de retroceder y proveer a los demás implicados de un poco de privacidad.
El desayuno recién había terminado y, tras despedirse, cada Santo había tomado su propio camino. Shion y Arles no habían hecho acto de presencia, levantando cejas, generando preguntas y acortando la comida. Después, la gran mayoría de sus hermanos tomaron curso hacia el Coliseo, escaleras abajo; era hora de empezar el día y cumplir con las obligaciones propias de cada rango. Pero no él. Aioros tenía otros planes.
Antes de poder encaminarse hacia las áreas de entrenamiento, Aioros había decidido que tomaría unos minutos para una visita fugaz a la Fuente. Las horas de entrenamiento incesante con el arco habían cobrado factura en sus dedos y en los de sus nuevos compañeros de oficio. Nada grave, por supuesto. Nada que un poco de mercurio y unas vendas nuevas no pudieran aliviar. Y un consejo de la siempre fabulosa Eudora podría hacer mucho más por ellos.
Sin embargo, nomás llegar a la fuente e ir en pos de la oficina de la vieja sanadora, había tenido que detenerse en la puerta. Al otro lado, el murmullo de las voces conocidas le puso en alerta.
Miró sobre su hombro, para asegurarse que nadie era testigo de su falta de discreción y, prácticamente, pegó la oreja. Prestó atención a cada palabra y cuando tomó el hilo de la conversación, supo que no se había equivocado.
—Todo indica que tenéis razón, Princesa, Maestro—dijo Eudora. Un suspiro cargado de pesantez siguió a su aseveración. —Por alguna razón que no comprendo, esta plaga retrocede ante el cosmos de Athena.
—Tal como lo sospechaba.
—Es solo que no tiene ningún sentido. Sería entendible que el cosmos de sus Santos reaccionara al de Athena. Pero, ¿el de los aldeanos? Más aún, que el cosmos de la diosa les permitiera sanar de un modo tan increíble… Las dotes de sanación no son un atributo tuyo, princesa.
—Lo sabemos. Es por eso que Shion ha sospechado desde el principio…
¿Sospechado? ¿Sospechas de qué? Aioros levantó una ceja, sintiéndose más intrigado que al principio. Pero la conversación continuó y poco tiempo tuvo para hacer cualquier otra cosa, sino seguir escuchando.
—Me preocupan las implicaciones que este descubrimiento pone sobre la mesa—acotó el Patriarca. Suspiró.
—Qué son…
—Pues… Es complicado de explicar, princesa. —Shion buscó la mirada de Arles, quien pareció encontrar sentido en sus palabras. Después, continuó. —Verás, si las enfermedades que aquejan a los nuestros retroceden ante tu cosmos, y a la vez, tu energía no es una que posea habilidades de sanación, lo único que tendría sentido es que la plaga sea el resultado de la cosmoenergía de alguien más, que en todo caso es inferior a la tuya, y por eso se rinde ante tu poder de diosa.
—Un ataque directo.
—Así es—replicó Arles. Shion asintió.
—Quizás lo hemos estado sufriendo todo este tiempo. La aparición de lamias, empusas; la rebelión del océano ante Julián y el descontrol de los elementos… —Deliberadamente evitó hablar de los ataques hacia Aioros y Aioria. —Quien sea que esté detrás de todo esto, y tras presenciar hasta donde llega su poder, dudo que a alguien le resultara sorpresivo. Incluyéndote a ti, Aioros—dijo de pronto. Al otro lado de la puerta, el castaño se sobresaltó. —Sé que estás ahí. Sé que has estado ahí todo el tiempo. Es de mal gusto espiar a través de las paredes.
—¿Eh…?
Las miradas fueron en dirección del único acceso a la oficina donde, segundos más tarde, aparecieron los rizos castaños y revueltos.
El Santo de Sagitario, fracasado en su plan de espionaje, carraspeó. Se revolvió el pelo y apretó un poco más la cinta roja a su frente. Abochornado, miró a cada uno de los involucrados. Sonrió con torpeza, antes de obsequiar alguna reverencia mal ejecutada.
—Lo siento. No era mi intención espiar. —O sí, quizás un poco.
—Pero has estado ahí lo suficiente como para escuchar toda la conversación. —Al principio sonó como un reproche, más la actitud del lemuriano cambió enseguida. —Vamos, entra. Ya que te has enterado, quizás lo mejor sea que tengas todos los hechos y las menores suposiciones.
—En realidad, no se siente como que nadie aquí tenga todos los hechos. —Y desde donde estaba, Aioros hubiera podido jurar que Arles le había gruñido. —Así que estamos bajo ataque…—musitó, tratando de llevar la conversación por el camino correcto y bien lejos de su falta de discreción.
—Yo diría que sí.
—¿Por quién?
—Ese, hijo, es un misterio aún más grande de descifrar. Me encantaría poder darte una respuesta.
—La prioridad ahora es la gente—terció la diosa. A su lado, Eudora asintió. —El pueblo está enfermando. Ellos, que son inocentes, sufren por nosotros.
—Rodorio siempre ha sido un pueblo fiel. Desde el principio han vivido cada guerra de nuestra mano. Han sangrado con nosotros y llorado también.
—Con más razón debemos protegerles—respondió Saori a Arles. Éste aprobó su determinación.
—Y lo haremos.
—¿Cómo?
—Tenemos parte de la respuesta en ti. —La respuesta del Maestro resultó difícil de comprender al principio. Pero poco a poco, tomó sentido. —Hace muchos años, durante la Guerra Santa de mi generación, Athena fue capaz de levantar un muro invisible de cosmos, que mantenía al Santuario bajo su protección y resguardo.
—Leí sobre eso. —Aioros dijo. En realidad, las crónicas de guerras pasadas eran lectura obligatoria para todos los de su rango. Del pasado siempre había algo que aprender. —¿Crees que sea una buena idea?—cuestionó al lemuriano—. Porque suena como una buena idea, pero también cojea de algunas partes. —Tanto Shion como Arles le dejaron continuar, aún sabiendo el camino por el que se dirigían sus palabras. —Tengo entendido que semejante despliegue de cosmos terminó por agotarla y puso su vida en peligro. El precio a pagar podría ser muy alto. Las repercusiones son grandes.
—Así es.
—Y aquella reencarnación de Athena…
—Sasha era su nombre—terció Arles.
—Sasha—corrigió—, era una diosa en completo manejo de sus cosmos, en todo su esplendor. Princesa, tú has sacrificado parte de su divinidad para traernos a la vida. Eso te haría más vulnerable… Más frágil.
—Eso no importa. Si lo que se requiere es de mi cosmos, entonces habremos de encontrar una solución para ello. Rodorio y el Santuario están en peligro. Tengo que ayudar. Acepto los riesgos.
Y, a pesar de que no dudaba de que fueran capaces de encontrar una respuesta, Aioros se sentía ligeramente pesimista. Si el desconocido enemigo había podido atacarles por tanto tiempo, pasando desapercibido, llegando incluso hasta el mismo corazón de la Orden, entonces las probabilidades eran que fuera más listo y poderoso de lo que le daban crédito.
Luego estaba la descabellada idea de arriesgar a Saori. Simplemente no lo concebía en su cabeza, y estaba seguro de que tampoco sería fácil de entender para ninguno de sus hermanos. Después de todo, su misión era protegerla, mantenerla a salvo. Preservarla. ¿Qué sentido tendría su existencia sin ella? ¿Qué era un Santo sin Athena? Arriesgarla iba en contra de su religión, atentaba contra toda esencia del Santuario.
—¿Existe alguna forma en la que nosotros podamos ayudar?—cuestionó Aioros.
—¿Vosotros?
—Nosotros: los Santos Dorados. —Shion se tornó pensativo. Creía entender a grandes rasgos la idea de su Santo de Sagitario, más no fue necesario que hiciera más preguntas, pues fue el castaño quien, al reparar en su semblante, se animó a continuar. —La Athena de la generación anterior—carraspeó—, Sasha, ella tuvo que echarse dicha tarea en hombros, porque el resto de los recursos estaba comprometido. Es decir—se apresuró a continuar—, los Santos de Oro tenían otras tareas de las cuales ocuparse. La guerra contra Hades era prioridad.
—Vosotros tenéis otras prioridades del mismo modo que ellos. Todo indica que, de un modo u otro, también estamos en medio de un guerra.
—Pero ahora, aunque estamos vigilantes, no hay mucho más que podamos hacer. Mientras no conozcamos al enemigo y éste no decida atacar de frente, somos inútiles. Podemos invertir nuestra propia energía en apoyar a Athena en su misión. Es viable, ¿o no? —Aioros se cruzó de brazos y clavó la mirada seria en Shion.
—No tengo claro como podríamos conseguirlo, pero… tiene algo de sentido. Es una opción que podríamos explorar.
—Y los demás deberían saber de esto. Los secretos dentro de la propia Orden nunca llevan a nada bueno.
—Si la estrategia es apoyarnos en vuestro cosmos, será cuestión de tiempo antes de que deban enterarse—recalcó Arles.
—Debo recordaros que tenemos el tiempo en contra. Lo que sea que intentéis, decididlo pronto. Mientras más tiempo dejemos escapar, más vidas perderemos. —La preocupación de Eudora era genuina y compartida por todos. La lista de enfermos y muertes, tanto en la villa como en los rangos bajos, crecía y crecía con el paso de los días.
—Lo que yo pueda hacer, confiad en que lo haré, sin importar el precio.
Y en aquellos ojos grises, Aioros se dio cuenta que Saori no mentía.
En los pocos meses que llevaba viviendo entre ellos, entre su verdadera familia, el cariño de la joven diosa se había convertido en una fuerza más poderosa que su cosmos venido a menos. Había aprendido a amar aquel mundo, por mucho que le costara adaptarse a él. Y con el amor, venía aquel deseo de protección, esa necesidad de preservarlo para ella y para el futuro.
Miró también a Shion, y en medio de la preocupación de su mirada, halló un dejo de orgullo.
Su pequeña diosa crecía y maduraba, y lo hacía en tiempos justos, cuando el mal volvía a cernirse sobre ellos como un fantasma de rostro imposible de reconocer.
-X-
Shura esbozó una sonrisa, que trató de disimular del mejor modo posible. Se esforzó por continuar la lectura como si nada hubiera escuchado. Pero cuando volvió a escuchar el bufido de Camus, fue incapaz de contener por más tiempo a su curiosidad.
—¿Estás gruñendo?—preguntó. Camus le dirigió una de esas miradas gélidas, que negaban todas las acusaciones, pero que a la vez le daban la razón.
—No.
—Sí, está gruñendo—terció Eire. El francés giró los ojos y regresó la mirada a su lectura, esperando desentenderse de la discusión. —Hoy está de mal humor.
—No estoy de mal humor—musitó.
—Lo estás, se te nota.
—No se me nota nada, porque no hay nada que notar.
—Meh—dijo la amazona—. Error, señor de los hielos. Eres magnífico ocultando ciertas emociones, pero cuando traes mal genio, no puedes con ello.
—Shura, tu subordinada está siendo molesta.
—¿Vas a pedirle que me controle?
—¿Controlarte? —Camus levantó la mirada y la miró, arrugando el ceño. —Con todo respeto para Shura y para ti, no creo que él sea capaz de controlarte, ni que tú seas controlable.
Eire le respondió con una mirada fija y penetrante, pero sin ninguna palabra. Camus tampoco dijo nada, aunque temió que alguna de sus palabras hubiese sido tomada del modo equivocado. Mientras, Shura se entretuvo mirando de uno a otro, divertido y expectante por la reacción que haría terminar aquello.
Esta última llegó en la forma de una carcajada. De la nada, Eire se soltó a reír.
—¡Eres gracioso, Acuario!
—¿Gracioso? —No era una palabra que le definiera.
—A tu manera, pero lo eres.
—Por todos los dioses…
—¡¿Qué?!
—Creo que está asustado—intervino Shura—. Nunca antes nadie le llamó gracioso.
—Oh. —Eire se tornó pensativa. —En tal caso, quizás debas acostumbrarte, Acuario. Ahora que estamos en confianza y vamos conociéndote un poco más, es muy probable que te llamemos de muchas formas diferentes por primera vez.
La expresión en el rostro del francés era tan vacía como una hoja en blanco. Eso sí, la falta de emoción se le notaba a leguas.
—Uh…—susurró Shura, aunque él estaba más divertido que nadie. Guardarse las carcajadas se estaba volviendo una misión imposible.
—¿Qué? ¿Qué significa esa cara?
—Esta es la cara de un acuariano no feliz—explicó Shura.
—¡Pero eso ya lo sabíamos! A ver, cuéntanos. —Eire se acercó y se encaramó sobre el borde del escritorio de Camus. —¿Qué tiene de tan malhumor a un Santo Dorado tan bonito?
—¡Bonito! —Shura no pudo más y estalló en risas. Después de todo, la cara de Camus ante semejante comentario era una poesía. —¡Oh, dioses! ¡Esto es muy grande! ¡Saga se lo está perdiendo!
—Tú también estás siendo molesto. —Camus le dirigió una mirada severa que el español ni siquiera notó, porque las lágrimas de risa le inundaban los ojos.
—Y distraes la atención del punto en cuestión, Shura. Anda, Camus, cuenta. ¿A qué vienen los gruñidos?
—Cosas del trabajo.
—¿Trabajo? Eso es bueno.
—¿Por qué va a ser bueno?
—Si fuera algo personal, lo llevarías contigo a todos lados. Pero siendo de trabajo, al llegar a casa puedes olvidarte de ello.
—Eso sucedería si no tomara en serio mis obligaciones.
—Suenas obsesivo.
—No lo soy.
—Un poco.
—Me has llamado obsesivo, Grulla.
—Sí. También te llamé gracioso y bonito. —Se encogió de hombros. —Te dije que debías acostumbrarte a los motes nuevos. Que, por cierto, son todos verdaderos.
—Grrrr…
—Deja de gruñir. Te invitaré a gelatina más tarde. —El Santo giró los ojos. No estaba seguro de que la gelatina fuera de verdadera ayuda.
—¿Ha pasado algo en el entrenamiento? ¿Los chicos siguen dándote problemas?—cuestionó Shura, tratando de retomar la seriedad.
—Jamián, siempre. Ya casi es normal. Pero si encima, nunca podemos entrenar los cuatro juntos, se complica más. ¡Es literalmente imposible reunirlos a todos!
—Creí que Jamián se había recuperado de la gripe y reintegrado al equipo.
—Él sí, pero ahora Apus está ausente. —Eire se revolvió en su sitio. —Lleva días completamente absorta en sí misma. Apenas habla y parece que no presta atención a nada...
—Pf. —La pelirroja sopló su flequillo. —No la culpo. Después de la escena con Shaina y Giste, creo que no volverás a verla en un rato.
Se levantó y volvió hacia el escritorio de Saga, del cual se había apropiado en su ausencia. Fue el silencio de los dos Santos lo que la hizo voltear para encontrar sus miradas expectantes.
—¡No os enteráis de nada!
—¿Qué pasó ahora? —Shura quiso saber.
—Visto que os enteraréis tarde o temprano. Os contaré. Pero os aseguro que será el tema de conversación por los próximos días. Veréis…
-X-
Algo había sucedido. Algo importante y, que sin lugar dudas, le involucraba. Aioros simplemente lo sabía.
Después de abandonar la Fuente, caminó sin rumbo fijo, por los senderos de piedra que llevaban desde el Coliseo, hacia prácticamente cualquier sitio. La improvisada conversación en el sanatorio había hecho que se perdiera los entrenamientos de ese día. Quizás más tarde tendría que ir en busca de Asterión o de Tatiana, para preguntar qué tal había ido la rutina de su equipo… Eso si había existido algún tipo de rutina ese día y nadie decidió tomarse el día libre, como él.
Pero mientras caminaba, Aioros sentía las miradas sobre él a cada paso que daba.
No estaba seguro de lo que significan, aunque reconocía muchas de ellas. Algunas exudaban cierta pena, otras intentaban transmitir una empatía que ya había sentido antes, y algunas pocas, dejaban entrever cierta burla, teñida de morbo. Esas últimas eran las peores, las más dolorosas y también las más difíciles de esquivar.
Los líos entre Saga, Deltha, Naiara y él se habían salido de control. Se habían vuelto públicos y estaban en lengua de todos, pues parecía que no existía nada más de qué hablar... como una guerra en ciernes. Habían terminado por convertirse en un montón de chismes, rumores; mentiras a medias y medias verdades. Todas y cada una de ellas, odiosas. Pero quizás lo peor era que todo el mundo afuera de las Doce Casas, había tomado un bando, e indudablemente, fuera Saga y Deltha, o Naia y él, tenían que sufrir los efectos del bando contrario, o de ambos.
Suspiró.
En momentos como aquel comprendía el pesimismo de Saga y sus constantes quejas contra toda falta de privacidad. Quizás en eso sí había tenido razón. Solo en eso.
Arrugó la nariz con disgusto, ante sus propios pensamientos y continuó el camino. ¿Qué buscaba? No lo tenía claro. Tal vez simplemente un poco de paz, un rostro amigo o una palabra de aliento. Necesitaba deshacerse de lo malo y quedarse solo con lo bueno. Con lo que le servía. Ese era él: optimista y soñador, y quería continuar siéndolo.
Su mirada azul se iluminó cuando encontró a quien recurrir. Pero rápidamente volvió a oscurecerse cuando reparó en el cosmos agitado y confundido que tenía enfrente y venía hacía él. Malas noticias.
—Ey… Naia. ¿Qué tal?—saludó. Al no recibir respuesta, apretó los labios y frunció el ceño. —¿Qué ha pasado?
—Nada.
Le sorprendió lo tajante de su respuesta, pero le preocupó aún más el sonido de su voz, grave y severa. Había estado llorando, o lo estaba. La conocía lo suficiente como para adivinarlo sin necesidad de mirar a su rostro desnudo.
—Algo. Acabas de mentir peor que yo. Repito: ¿qué ha pasado?
Esta vez, la amazona no respondió. Blindó sus labios y se abrazó a si misma, en busca de un poco de consuelo que no iba a hallar. Fue tan solo un segundo, pero el castaño notó el momento en que su rostro giró oteando los alrededores, con miedo a encontrar las miradas que la seguían.
De pronto, algo dentro de su cerebro encajó y alcanzó a comprender de donde venían todas esas palabras y murmullos que le habían acompañado hasta ahí. Algo había sucedido y ellos estaban en el centro de ello.
—¿Podemos irnos de aquí?—murmuró ella. —No quiero estar aquí.
—Vamos a dónde quieras.
—¿Sagitario está bien?
—Por supuesto. Sabes que siempre serás bienvenida ahí.
Aioros tragó saliva y retomó el camino de regreso a su lado. La miró de soslayo, sintiéndose tan confundido y ansioso como ella. Después miró a su alrededor, como si los fantasmas les siguieran. Acarició con suavidad su espalda, tratando de ser comprensivo e infundirle un poco de fuerza. Naia lo necesitaba.
-X-
—¿Algo más? —Su voz sonó asombrosamente pausada, como si nada de lo que acababa de escuchar, le hubiera perturbado el ánimo lo más mínimo. Eire negó, y con cierto nerviosismo, buscó la mirada cómplice de Camus o Shura. ¡Quién fuera! Se había acostumbrado al lado simpático del geminiano y esta nueva faceta, la atemorizaba. Necesitaba que alguien le quitase gravedad, pero el silencio de los otros dos santos, parecía indicar que esta vez no sucedería.
—Nada… —Se encogió de hombros y negó con el rostro una vez más. —Eso fue lo que pasó. O al menos es lo que me han contado… No pudo ser peor…. Quiero decir, después de todo, los chismes siempre son peores que la realidad, así que…
—Gracias. —Saga se dio la vuelta con el semblante en blanco. Nada podía leerse en él, y por un momento, Camus temió lo peor.
—¿A dónde vas? —Sujetando el pomo de la puerta abierta, y mojándose con la lluvia que estaba descargando en aquel momento con tanta furia como sentía él, el geminiano le devolvió la mirada, olvidándose de la divertida discreción de los días anteriores.
—Tengo asuntos importantes que resolver. —Si Camus tenía alguna sugerencia que hacer, le traía sin cuidado. Lo dejó con la palabra en la boca, y les dio la espalda a todos en un pestañeo.
No utilizó su cosmos, no utilizó la Otra Dimensión, ni hizo gala de su habitual faceta disimulada para marcharse. Salió del campamento de las amazonas ignorando miradas y susurros, con el rostro en alto y con pies de plomo. Rápidamente, el camino ante él cambió, tomando el sendero que llevaba hacia el Coliseo, y por un instante, agradeció salir de aquella ratonera infernal.
No tardó en encontrar a Máscara Mortal en la lejanía, y antes de acercarse a él, escaneó con su cosmos en busca de Deltha una vez más. Ni rastro. Estuviera donde estuviera, se había esfumado.
Ángelo mantenía una acalorada conversación con Argol mientras los chicos de bronce escuchaban con atención. Ésta terminó abruptamente cuando el italiano reparó en la mirada del geminiano. ¡Oh! ¡Aquella mirada! ¡Qué poco tenía que ver con la que había contemplado día a día durante los últimos meses, y cuánto con la del antiguo Santo! Alzó una mano, instando al rubio a guardar silencio cuando el gemelo llegó hasta ellos.
—¿Giste?—preguntó. El cangrejo dorado le indicó dónde encontrarla con un gesto de su cabeza: donde siempre entrenaba con la Cobra y su equipo cuando se hacía cargo de él en su ausencia, tras el risco semiderruido. No hizo falta que mencionara que la morena no estaba sola, pues el cosmos de Shaina se dejó sentir en medio de su entrenamiento.
Saga llegó al claro en apenas un segundo. Poco le importó el combate en que estaban enzarzadas pues con un breve, pero nada sutil, toque de su cosmos, ambas salieron disparadas en lados opuestos.
Por un instante solamente hubo silencio. El peliazul miró de una a otra con frialdad, con una actitud que Ángelo hacía tiempo no veía, pero que, de modo inmediato, logró el efecto deseado. Respeto. Incuestionable respeto. Ambas habían sido tomadas por sorpresa.
—Solo voy a decir esto una sola vez. Una. —recalcó con el dedo índice de su mano derecha.— Creo que necesitáis un recordatorio de quiénes sois y cuál es vuestro lugar aquí.
Volteó hacia la menor de las dos.
—Tú—no se molestó siquiera en pronunciar su nombre—, eres una exiliada que ni siquiera cuenta entre los ochenta y ocho santos y amazonas de esta Orden. Tu sola existencia y tu presencia en el Santuario, se debe exclusivamente a la benevolencia de los que están por encima de ti. Y no te hagas ideas equivocadas, porque no—esbozó una sonrisa torcida—, no se debe a mi. El Maestro y la Princesa así lo decidieron y así se hará.
Hizo una pausa durante la cual no dejó de mirarla un solo segundo, como si sus ojos fueran capaces de traspasar la máscara. Y en cierto modo, así era. Su cosmos afilado le permitía distinguir más allá del metal que la protegía. Podía sentir el miedo, la sorpresa. Su respiración contenida. Bien.
—Como tú, hay decenas de Santos aquí, entre los que yo mismo me incluyo. Viviendo una segunda oportunidad concedida por alguien mucho más sabio que nosotros. Ninguna de vosotras—miró a Shaina de soslayo—sois nadie para impartir justicia y oportunidades aquí. Ni para juzgar lo correcto de lo incorrecto. Deberíais tener ambas suficiente con enmendar vuestro propio camino, que ya debería ser bastante para toda una vida, como para andar sermoneando y humillando a nadie más. —Silencio, un perfecto y maravilloso silencio, solamente roto por el potente latido de su corazón en las sienes. —¿O es que acaso una amazona, una niñata, que se dedicaba a perseguir y torturar a otros, tiene algo que predicar sobre ética o moral? —Giste pareció encogerse. —No eres más que una mosquita muerta, Giste, una mocosa que nunca hizo nada o demostró ser digna de ocupar el lugar que cree merecer. Recordadme, ambas, ¿qué es eso tan remarcable y maravilloso que habéis hecho en vuestra vida para auto situaros en ese pedestal donde os habéis subido, creyéndoos con el derecho de juzgar a quien os plazca?
Satisfecho con sus palabras y el efecto que parecían haber tenido sobre la menor, volteó hacia Shaina. El gran reto. La Gran Víbora.
—Dime, Ofiuco, ¿Qué hay sobre repartir consejos sobre conducta emocional? —Una vez más, nadie dijo nada. —Te jactas de ti misma, de lo brillante que eres… Lo dura. —Sonrió de nuevo. —Pero, ¿sabes qué? No puedes ir por ahí cacareando sobre que el respeto hay que ganárselo, cuando tú fuiste la primera en pisar y torturar a cualquiera solo por estar por encima. La primera en saltarse ese código de honor y olvidar su lugar y su rango. La primera en usar el abuso y el miedo para obtener ese falso respeto. —Negó despacio, asombrado con el silencio de la peliverde. —Ni siquiera voy a molestarme en entrar a juzgar tus descalabros sentimentales, porque…—rodó los ojos con cierta burla—. No mereces la pena, ni un poquito de mi tiempo. Entreno santos de verdad, no mocosas de patio de colegio… y ya estoy francamente aburrido. —Se dio la vuelta, pero antes de marcharse, se detuvo y las miró por encima de su hombro. —Haced el favor y comportaos a la altura de lo que deberíais ser. Olvidaos de mis asuntos, de mi vida personal y de la de vuestras compañeras. Llegará un momento en que seremos yo y los míos quienes se interpongan entre vosotras y la muerte. Estoy seguro de que entonces, mi vida sentimental os traerá sin cuidado. Soy vuestro superior. Me debéis respeto.
-X-
—¿Quieres algo más? Tengo algunas tablillas de chocolate con leche, dulces de miel y muffins de varios sabores. —Sus ojos recorrieron la cocina del templo, conforme la lista de dulces surgió de sus labios.
Aioros asentó una humeante taza de chocolate caliente frente a Naia. La amazona la envolvió con las manos. Sus dedos, delicados y finos, estaban blancos. Hacía frío y sus nervios estaban a flor de piel. El calor de la bebida ayudó a devolverles el color, pero no consiguió reconfortarla.
Su mirada permanecía clavada en la mesa, apagada… Hipnotizada por sus propios pensamientos. Su silencio hizo que el suspiro del arquero resonara como un tambor. Estaba consternado.
—Oye, oye. —Inclinó el rostro buscando su mirada. Cuando consiguió que ese par de ojos violeta le miraran, le obsequió una sonrisa tenue. —¿Por qué estas así? ¿Qué te ha pasado?
—Ha sido un mal día…
—¿Problemas?
—Peleamos…
—¿Quiénes?
—Shaina, Giste… Deltha… —La sola mención de cada nombre hizo que el castaño retuviera la respiración. Cerró los ojos por un segundo, repasando todas las cosas que pudieron salir mal. —Ha sido, francamente desagradable. Dolió. Más que nunca.
—Puedo imaginarlo. —Acarició su brazo con suavidad.
—No estuviste ahí, no puedes. —Meneó la cabeza. Se mordió los labios, en un gesto tanto de desesperación como de rabia. —Todo este tiempo se han burlado de nosotros, han hecho escarnio de cada acción, de cada palabra, de cada lágrima… ¡Por los dioses! Ha sido lo más humillante que he pasado jamás… Lo más… —Calló, mientras una lágrima resbaló por su rostro. Demasiada furia, demasiado dolor.— Deltha se ha ido. Cogió sus cosas y se marchó… No sé a dónde.
Aioros se llevó la mano a los labios. Sus ojos azules estaban abiertos de par en par, sin que ninguna palabra atinara a ser pronunciada. Mil cosas le cruzaron a toda velocidad por la cabeza, ninguna de ellas buenas. Y lo peor, era que no tenía palabras de consuelo, nada que pudiera aliviarla, o aliviarse a sí mismo. ¿Qué debía hacer? ¿Qué estaba sucediendo ahí afuera?
Vio como Naia hizo el amago de levantarse, solo para arrepentirse medio segundo más tarde y volver a tomar asiento. Abanicó el aire con las manos, musitó una maldición y, por último, se rindió en la pelea contra sí misma. Suspiró y apartó la mirada de la conversación. Por un instante lució tranquila, a pesar de no estarlo.
—Lo siento…
—Esto no terminará jamás —Aioros no respondió. —Ha sido un día de mierda tras otro. Siempre a peor. Es una pesadilla. Estoy… —Muchas palabras pudieron completar aquella frase pero solo una abandonó sus labios. —Tan cansada…
—¿Hay algo que…? —Algo. Cualquier cosa. Solo quería ayudar. A ellos les protegían sus rangos, sus templos, su distancia. Pero ellas eran completamente vulnerables y el Santuario era un sitio cruel para sobrevivir.
—¿Le arrancarías la lengua a la Cobra y la Salamandra y se la obligarías a comer?
—Wow... Eso ha sido muy gráfico. —Y quizás fue su expresión, quizás lo grotesco de la imagen, pero una diminuta sonrisa apareció en el rostro consternado de la amazona. Sonrisa que él imitó. —Pero lo haría, si Shion no fuera a asesinarme después, probablemente después de hacerme tragar mi propia lengua.
—¡Eso sería horrible! —Entre lágrimas y mocos, Naia rió. El arquero compartió su sonrisa.
—¿A qué sí? —La vio asentir con torpeza y ensanchó su sonrisa. —Pero hablo en serio cuando digo que estoy aquí, ¿vale? Y, que si tuviera el modo, haría todo para que este infierno se terminara.
—Lo sé… Pero no puedes.
—No. —Negó con un movimiento de cabeza. —Aunque, salir de esto, depende en buena parte de cada uno. —Si estaban listos para dar aquel gran primer paso, claro estaba. —Sé que la gente ahí afuera lo hace todo más difícil, pero… Hay que continuar. Salir adelante.
—¿Cómo?
—Quisiera tener una respuesta concreta a ello. Pero no la tengo. Intentándolo supongo.
Naiara guardó silencio. Bajó la mirada y la centró en los malvaviscos que flotaban en la superficie del chocolate. Sopló un poco para enfriarlo, y así dar un trago diminuto.
—No sé si pueda.
—Cuando estés lista, podrás.
—No sé cuándo sea eso.
—Yo tampoco, pero llegará el día. Ninguna tristeza es para siempre. —O eso quería pensar. —¿Qué dices? ¿Eh?
—Digo que… Al chocolate le caería bien un poco de alcohol. —Aioros soltó una carcajada. Ella intentó reír, pero sus ojos violeta se tornaron acuosos. —Vaya mierda de día, Aioros…
—Lo sé y lo siento, enana. —La abrazó con cuidado y acarició su melena. La oyó sollozar y deseó tener el poder para alejar todos aquellos males que les herían. —Encontraré el modo de ayudarte en lo que sea que necesites de acuerdo. —Tomándola de los hombros, la separó para mirarle a los ojos.
—Podrías empezar regalándome un trocito de muffin.
—¡Los que quieras! —Río.
Naia se sobó la nariz enrojecida y lo observó mientras corría a la alacena para servirle un panecillo. Había algo en él que era diferente ahora, o para decirlo mejor, algo que había vuelto a ser muy propio del arquero. Cuando uno le veía sonreír era más fácil creer; era más sencillo confiar y comprar esas ideas cargadas de optimismo, por muy ingenuas o lejanas que se sintieran. Su sonrisa reconfortaba y su consternación se sentía sincera. Por un momento quiso creer, muy a pesar de que su corazón herido le decía que no podría.
Entonces lo vio voltear, empujado quizás ante la insistencia de su mirada. Solo atinó a sonreírle, de tal modo que él correspondió. Regresó de inmediato a su lado para ofrecerle el pastelillo que le había prometido.
—Aquí tienes. Todo tuyo.
—Gracias. —Tímidamente arrancó un trocito y lo metió a su boca. Lo miró de soslayo y volvió a sonreír, con un dejo de picardía.
—¿Qué?
—Hay que ver la cantidad de comida que tienes aquí.
—Hay suficiente para sobrevivir al Apocalipsis.
—Deberías dejar de gastar todo tu dinero en ello. Es demasiado par ti solo.
—¡Eh! Ni siquiera lo compro. Mayormente son regalos.
—¿Regalos? —Naia, quien estaba dispuesta a devorar otro pedacito de pan, se detuvo. —¿De quién? ¿Quién quiere dejarte gordo, arquero? Confiesa. —El castaño esbozó una sonrisa traviesa.
—¿Recuerdas a Janelle? La nieta de Stavros.
—¿El viejo del almacén?
—Ella.
—¡Por Athena! ¡Tienes una admiradora!
—¡¿Qué?! ¡Claro que no! Solo es una amiga. —Revolvió sus rizos con nerviosismo. Pero las risas de Naia le hicieron entrecerrar los ojos. —¡Oh, venga ya!
—Intenta conquistarte por el estómago. ¡Es un truco clásico! —Los dedos de la amazona se clavaron en las costillas el Santo y éste brincó con las cosquillas.
—¡Basta! ¡Me haces cosquillas!
—¡Eres terrible!
Y de pronto, la risa que estalló con fuerza, como un huracán, arrastró lejos los malos pensamientos y los dolores, al menos por unos pocos segundos. Porque la realidad era, que el pesar y las preocupaciones seguían con ellos, por mucho que tratasen de evitarlas.
-X-
Se había dado por vencido. De verdad que sí. Había pasado tantas horas bajo la lluvia, tratando de encontrarla, o de pensar en algún lugar dónde hubiera podido esconderse, que un monumental dolor de cabeza lo estaba matando. Tenía frío, temblaba. Estaba empapado y disgustado. Estaba cabreado con todo y todos y no quería creer que realmente Deltha se había ido del Santuario.
No podía haberle dejado solo así… ¿verdad?
Se apartó los mechones mojados de la frente, y ahogó un estornudo lo mejor que pudo. Refunfuñó en silencio y siguió caminando, escuchando el chapoteo del barro bajo sus pies. La armadura necesitaría una buena limpieza después de aquel día.
¡Y vaya día de mierda había sido aquel! No era que le pillase de improviso. En absoluto, sabía que antes o después, todo aquello acabaría estallando. Y ya estaba, ya lo había hecho. Confiaba al menos en que las cosas con las amazonas se calmasen. Si de algo había servido aquella historia, era para darse cuenta del daño que se habían hecho a ellos mismos. Y no se refería a la parte emocional precisamente… Sino a su parte brillante, a la honorable… A la parte respetable que todos debían admirar. Ante el mundo, debían ser tan perfectos como la misma superficie de su armadura… Y él había estado muy lejos de conseguirlo esta vez. Se sentía avergonzado. Había hecho un idiota de sí mismo.
De pronto, le pareció escuchar un sollozo. Uno ahogado, como cuando uno intenta que no le oigan llorar. Se detuvo de inmediato, y miró de un lado a otro. Fue entonces que reparó en dónde estaba. Apretó los dientes, y el corazón se le aceleró. Aquel era exactamente el lugar por el que Deltha y él habían escapado del Santuario tiempo atrás, en busca de Naia. Era el lugar más recóndito y alejado, y pocos pasaban por ahí…
Entonces, alzó el rostro y frunció el ceño.
—¿Deltha?—preguntó, al aire.
No hubo respuesta, al menos no por unos instantes. Después, escuchó un sollozo con más claridad. Afiló la vista, y miró a su derecha. Allá, a los pies de la falda de la montaña, en una hendidura, estaba ella abrazando sus rodillas… Acurrucada, empapada y desolada. Mirándolo fijamente con los ojos enrojecidos, y ahogando los sollozos en su mono de peluche.
El peliazul se quedó helado observándola. Una parte de sí, infinitamente aliviada. La otra, tan destruida como se veía Deltha. No soportaba verla así. Se acercó hasta ella, casi titubeante, y aunque la mirada almendrada de la amazona lo esquivó, se atrevió a hablar.
—Hazme un hueco ahí, Apus. —Una lágrima enorme resbaló por sus mejillas cuando se acurrucó aún más, abrazando al peluche en el proceso, y dejando espacio tal y como Saga había pedido. En apenas un segundo, el peliazul se sentó a su lado.
Sin previo aviso, pasó un brazo dorado por sus hombros delicados, y la atrajo hacia sí.
—Lo siento mucho, Deltha. —Ella no dijo nada. Solamente la escuchó llorar durante un momento. —Siento mucho habernos arrastrado hasta este punto… Hay muchas cosas que debí hacer diferentes para que nadie saliera herido, pero…
—No es tu culpa. —Su voz, nasal y entrecortada, lo calló.
—No volverán a molestarte—susurró él.
—No importa… Este no es mi lugar, Saga. —Su corazón se rompió un poquito más. No iba a dejar que se marchara. No.
—¿Y cuál lo es?
—No lo sé… Pero me niego a creer que mi destino es pertenecer a un lugar donde solamente hago daño a personas a las que quiero… —Se encogió de hombros.
—Eso no es cierto. —Deltha dejó escapar una risa desesperada. —No lo es, Deltha.
—No me necesitáis para haceros la vida más difícil, Saga.
—Escucha… —El peliazul tragó saliva. —Estamos jodidos, hemos hecho todo mal… Y lo cierto es que estamos solos. Pero… —Estaba acostumbrado a estar solo, sin embargo, algo no encajaba estaba vez. No concebía la sola idea de que nadie hubiera intercedido por ella, o incluso por Naia, a pesar de lo dolido y enfadado que se sentía con ella… Todo el mundo había mirado a otro lado cuando habían sido humilladas. Aunque, lo cierto era que ellas eran adultas y no eran la responsabilidad de nadie. —Podemos hacer las cosas bien a partir de ahora. —Buscó sus ojos. —Necesito a una amiga, Del. Necesito a alguien del mundo real… Alguien que me mantenga con los pies sobre el suelo y me recuerde por qué tenemos que seguir haciendo lo que hacemos. No… por un segundo, su voz tembló, amenazando con quebrarse—. No puedes irte—musitó.
—¿Por qué…?
—Porque te necesito aquí, conmigo. Eres mi amiga, mi mejor amiga. No tengo a nadie más como tú. Quiero pensar que me quieres, que has aprendido a hacerlo, aunque sea un poco… Y que lo haces a sabiendas de todo lo que soy, de todo lo que he hecho… De todas mis fallas, fantasmas y monstruos. No solamente por el recuerdo infantil que tienes de lo que fui. Que me lo he…. Ganado—susurró, encogiéndose de hombros—. Después de todo el daño que te hice, que permanezcas a mi lado es… —No tenía palabras para describirlo.
Deltha perdió su mirada en los ojos verdes del santo durante unos segundos que parecieron una eternidad.
—No te vayas, por favor. —La amazona se mordió los labios. —Yo cuidaré de ti. No tendrás que volver al campamento. No tendrás que compartir tu vida con ellas… —Y tristemente, incluía a Naia en ese grupo. —Ni soportar más humillaciones. Serás mi protegida. Hablaré con el Maestro y haremos las cosas bien… Saldrá bien.
Dos enormes lágrimas cayeron de nuevo, pero los brazos de la amazona se cerraron sobre su cuello. Saga no se movió. Solamente trato de ser el consuelo que ella necesitaba… Nunca había sido bueno transmitiendo cosas personales. Esperaba que esta vez, las cosas hubieran cambiado.
—Estás loco. —La oyó decir. —El Maestro va a matarte. —Pero algo dentro de ella, le creía ciegamente.
—Sí… es probable. —Sonrió. No tenía la menor idea de cómo iba a convencerle, pero el riesgo merecía la pena. —Y además, a parte de mojado y resfriado, tengo el pelo lleno de mocos…
—Lo solucionarémos…
—Juntos.
-Continuará…-
NdA:Bueno, esta vez no habrá una conversación animada por aquí que justifique los hechos o nuestra ausencia. Ha sido más de un año desde el último capítulo que publicamos y… ¿por dónde empezar?
Las cosas no nos han ido bien a nivel personal: hemos sufrido perdidas invaluables, la salud nos ha jugado (y juega) malas pasadas, y nuestros propios demonios se pusieron de acuerdo para hacer las cosas aún más difíciles, hasta llegar al punto de que este, nuestro pequeño gran bebé, dejó de ser divertido.
Con este capítulo, esperamos retomarlo y recuperar el ritmo. Alcanzar de nuevo la sintonía. Llevarlo a buen puerto, corregir defectos, mejorar otros puntos. Disfrutar escribiendo y haceros disfrutar leyendo. Porque al fin y al cabo, este proyecto empezó hace diez largos años y es nuestra vida.
No existen Malvadas, sin Donde Todo Empieza.
Esperamos que os guste,
Sun&Damis
